La identidad cultural europea es el diálogo

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La identidad cultural europea es el diálogo
Umberto Eco
Escritor y filósofo – Tomado de www.othernews.com
Los que ejercen la misma profesión que yo, deben realizar unos esfuerzos
titánicos para no asistir a congresos, simposios o entrevistas sobre el tema
obsesivo de la identidad europea. El problema no es algo nuevo, pero se ha
vuelto más candente en los últimos años, cuando precisamente muchas
personas niegan su existencia.
Es curioso constatar que muchas de las personas que la rebaten y a las que
les gustaría que el continente se dividiera en una multitud de minúsculas
patrias poseen un bagaje cultural limitado y, más allá de su xenofobia casi
congénita, ignoran que desde 1088, fecha de la creación de la Universidad de
Bolonia, “clérigos vagantes” de todos los horizontes deambulaban de
universidad en universidad. Desde Uppsala [en Suecia] a Salerno [en Italia], se
comunicaban en el único idioma común que conocían, el latín. Tenemos la
impresión de que únicamente las personas cultivadas perciben esta identidad
europea. Es triste, pero al menos es un comienzo.
Perfume de germanofilia
En este sentido, me gustaría citar algunos pasajes de El tiempo recobrado de
Proust. Nos encontramos en París, durante la Primera Guerra Mundial. Por la
noche, la ciudad teme las incursiones de los zepelines. La opinión pública culpa
a los aborrecidos “boches” (término despectivo con el que denominaban a los
alemanes) de todo tipo de atrocidades. Pues bien, estas páginas de Proust
exhalan un perfume de germanofilia que se refleja en las conversaciones entre
los personajes.
Charlus es germanófilo, aunque su admiración por los alemanes parezca estar
menos relacionada con afinidades culturales que con sus preferencias
sexuales: “Nuestra admiración por los franceses no debe hacernos
menospreciar a nuestros enemigos, sería rebajarnos nosotros mismos. Y no
sabe usted qué soldado es el soldado alemán, no le ha visto desfilar a paso de
revista, al paso de la oca. Y volviendo al ideal de virilidad que me esbozara en
Balbec […], añadió: ‘Mire, ese soberbio mocetón que es el soldado boche es un
ser fuerte, sano, que no piensa más que en la grandeza de su país:
Deutschland über alles”.
Dejemos ahora el personaje de Charlus, aunque en sus discursos germanófilos
encontremos ya ciertas reminiscencias literarias, y hablemos mejor de SaintLoup, un soldado valeroso que perderá la vida en combate. “[Saint-Loup] para
hacerme comprender ciertos contrastes de sombra y de luz que habían sido ‘el
encanto de su madrugada’ […] no dudaba en aludir a una página de Romain
Rolland, hasta de Nietzsche, por esa independencia de las personas del frente
que no temían, como los de la retaguardia, pronunciar un nombre alemán […].
Saint-Loup me hablaba de una melodía de Schumann, daba el título en alemán
y no andaba con circunlocuciones para decirme que cuando, al amanecer, oyó
un primer gorjeo en la orilla de aquel bosque, sintió el mismo arrobo que si le
hubiera hablado el pájaro de aquel ‘sublime Siegfried’ que esperaba oír
después de la guerra".
Estudiar la cultura
O incluso: “Me enteré de la muerte de Robert de Saint-Loup, caído a los dos
días de volver al frente, cuando protegía la retirada de sus hombres. No hubo
hombre con menos odio que él a un pueblo […]. Las últimas palabras que oí
salir de su boca, seis días antes, eran las que comienzan un lied de Schumann
y que me tarareaba en mi escalera, en alemán, tanto que, por los vecinos, le
hice callar”.
Y Proust se apresura a añadir que toda la cultura francesa no se privaba de
estudiar la cultura alemana, ni siquiera entonces, aunque tomando ciertas
precauciones: “Un profesor escribía un libro notable sobre Schiller y se
comentaba en los periódicos. Pero, antes de hablar del autor del libro se hacía
constar, como una autorización de la censura de imprenta que había estado en
el Marne, en Verdún, que había sido citado cinco veces, que había perdido dos
hijos en la guerra. Consignado esto, se alababa la claridad, la profundidad de
su obra sobre Schiller, que se podía calificar de gran obra con tal de decir en
lugar de ‘ese gran alemán’, ‘ese gran boche’”.
Esto es lo que constituye el fundamento de la identidad cultural europea, un
largo diálogo entre las literaturas, las filosofías, las obras musicales y teatrales.
Nada que no pueda borrar una guerra. Y sobre esta identidad se fundamenta
una comunidad que resiste a la mayor de las barreras: la del idioma.
Edición N° 00377 – Semana del 15 al 21 de Noviembre de 2013
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