El fantástico viaje de ese anillo que lleva: del Big

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El fantástico viaje de
ese anillo que lleva: del
Big Bang a su mano
Informe mensual de estrategia mayo 2016
Alejandro Vidal Crespo
Director de Estrategia de Mercados de Banca March
Informe mensual de estrategia. Mayo 2016
El fantástico viaje de ese anillo que lleva: del Big Bang a
su mano.
Cuando se formó la materia que compone el Universo, según la teoría más aceptada de nuestros
días (el Big Bang), la práctica totalidad de la misma estaba formada por hidrógeno (el elemento más
sencillo de la tabla periódica) y helio, el siguiente gas en la escala. Entonces, ¿de dónde proceden
el resto de elementos que existen, 118 en total? Y, aunque el hidrógeno y el helio siguen siendo los
elementos predominantes en el Universo, formando el 98,5% de la materia visible, ¿por qué en los
planetas como el nuestro vivimos rodeados de elementos tan residuales a nivel cósmico? Bueno, pues
comencemos desde el principio de todo…
Hace unos 13.800 millones de años, justo tras el Big Bang, se formaron los elementos primigenios
del Universo; si hablamos de materia visible, la práctica totalidad de los mismos serían el hidrógeno
(75%) y el helio (25%), menos algunas partes centesimales de otros tipos de átomos. Al tener masa, la
fuerza de la gravedad comenzó a actuar sobre ellos, agrupándolos paulatinamente en nubes de gas,
cada vez más densas, porque las fuerzas gravitatorias harían que los átomos se fueran aproximando
más y más entre ellos, formando estructuras esféricas. Si esa estructura tenía masa suficiente, la
gravedad llegaría a juntar los átomos de hidrógeno hasta el punto de producirse colisiones entre ellos
a altísimas velocidades, lo que supondría la fusión de cuatro de ellos para formar un átomo de helio,
en una reacción que libera altísimas cantidades de energía en forma de luz y calor: la fusión nuclear
del hidrógeno. Habría nacido una estrella, en sentido literal.
Durante los primeros miles de millones de años de su vida, la estrella sería una estructura estable,
puesto que la fuerza de expansión de los gases que la componen (a causa del calor) se compensa
con la gravedad que la constriñe, por lo que la estrella en esta etapa (en la que se encuentra nuestro
querido Sol) vive tranquila y apacible. Sin embargo, no olvidemos que la reacción que la mantiene
viva va consumiendo el combustible, y llega un momento en el que en el núcleo de la estrella queda
poco hidrógeno, y sin embargo, abunda el producto de su fusión, el helio; la combustión comienza a
decaer, y con ella, el calor. Al enfriarse un poco el núcleo, la fuerza de la gravedad contrae de nuevo
la estrella, y eso permite que también el helio comience a fusionarse en carbono, dando una “segunda
vida” a nuestra estrella, ya madurita. La fusión del helio expande tremendamente la estrella, que pasa
a ser enorme en tamaño y a brillar en tonos rojos (cuando nuestro Sol alcance esta etapa, dentro de
unos 6.000 millones de años, su tamaño será similar al de la órbita de la Tierra, que hoy se encuentra
a unos 150 millones de kilómetros del astro rey).
En este punto, la cosa se empieza a poner peliaguda… Si la estrella no es muy grande (hasta 9 o 10
veces nuestro sol), va formando un núcleo de carbono que no será capaz de fusionar, por lo que se irá
apagando lentamente y expulsando materia, hasta dejar un pequeño residuo caliente conocido como
estrella enana blanca. Pero si se trata de una estrella grande, la gravedad la presionará y fusionará el
carbono, formando átomos más y más pesados, como el neón, el oxígeno o el silicio, hasta llegar al
hierro; y ahí se monta la marimorena.
El hierro es el núcleo atómico más estable que existe y de hecho, al contrario que los anteriores,
cuando se ve implicado en reacciones nucleares tiende a absorber energía. Así que, cuando se forma
un núcleo pesado de hierro en la estrella y este se comprime, no libera calor que compense la presión
de la gravedad, sino que se comprime hasta un máximo, y luego hace rebotar sobre él al resto de
capas, un efecto similar al que obtendríamos si golpeamos con un mazo una pelota de baloncesto (¡no
intentar en casa!). Esto genera una inmensa explosión, conocida como supernova. Las capas exteriores
de la estrella salen propulsadas a altísimas velocidades hacia el espacio, repartiendo con ellas los
elementos que se han formado. Estos escombros, unidos a más hidrógeno y helio, compondrán una
nueva nube que se condensará, formando una nueva generación de estrellas, y también planetas con
Informe mensual de estrategia. Mayo 2016
un perfil más rocoso, como el nuestro. Pero, ¿qué pasa con los elementos más pesados que el hierro?
¿No habíamos quedado que una vez que llegamos al hierro la estrella se hace pedazos? ¿De dónde
sale entonces el oro de mi anillo? Una pequeña fracción pudo haber sido formada en la supernova,
pero no la mayoría.
Ya hemos comentado que los elementos más frecuentes en nuestro planeta proceden de las capas
externas de la estrella que ha explotado, pero aún nos queda hablar del núcleo. Este forma uno de
los cuerpos más extraños del universo, las estrellas de neutrones: imaginen una masa equivalente a 2
veces nuestro sol condensada en una esfera de 20 kilómetros de diámetro que gira sobre sí misma en
fracciones de segundo (las más rápidas, hasta 700 veces por segundo). Por proporcionar la densidad
de ese objeto, un centímetro cúbico de esa materia (el tamaño de un terrón de azúcar) pesaría unos
cien millones de toneladas, casi 1.000 veces el peso del mayor portaviones nuclear de la flota de
Estados Unidos. ¿Y si dos de estas cosas chocan? ¿Puede ocurrir? Pues sí.
Y cuando pasa, el fenómeno resultante (conocido como explosión de rayos gamma de corta duración)
es de tal magnitud que no sólo origina multitud de elementos más pesados que el hierro, sino que la
masa resultante se comprime y colapsa hasta tal punto que el objeto resultante adquiere tal densidad
y fuerza de gravedad que impide alejarse hasta a la luz: un agujero negro, capaz de alterar la propia
estructura del espacio y el tiempo. Pero a lo que nos atañe, una explosión de este tipo puede generar
masas de oro de hasta diez veces la de nuestra luna. Ahí es nada, quien lo pillara…
Esos restos también formarán nubes, que se dispersan por el universo durante miles de millones de
años, hasta que entran en el proceso de formación de una nueva generación de estrellas, pongamos
por ejemplo, el de nuestro Sistema Solar (hace 4.600 millones de años). Una vez más, las nubes
de gas y polvo se irían condensando hasta formar una estrella (el Sol), y los restos formarían los
planetas, en estado de roca líquida, con los elementos más pesados (como el oro) depositados en el
núcleo. Nuestro gozo en un pozo. ¿Y si casi todo el oro original del planeta está en el núcleo, una vez
más, de donde viene el oro que compone mi anillo?
Pues mayoritariamente de filtraciones de magma desde el interior de la Tierra, y también del
bombardeo de asteroides masivo que se produjo hace 3.800 millones de años, tras un baile orbital
entre los planetas gigantes que disparó millones de objetos residuales hacia el interior del Sistema
Solar, y que depositó en la corteza elementos pesados que somos capaces de explotar. ¡Ya tenemos
oro en la superficie de la tierra, eureka!
A partir de aquí, el oro de su anillo pudo ser extraído en cualquier momento de la historia del hombre,
pero si nos podemos poner un poco románticos (nos tomaremos la licencia, con su permiso), podríamos
imaginar que parte de su anillo llegó a Cádiz a bordo de un galeón cosido a cañonazos tras batirse a
toca penoles con un corsario en las Bahamas, otro poco en una caravana de camellos desde la cuenca
del río Níger, y otro poquito fue extraído por los romanos en la Península Ibérica.
Así que recapitulando, tras formar parte del núcleo de una megaestrella que sufrió una descomunal
explosión, las partículas que forman su anillo compusieron una estrella de neutrones durante cientos o
miles de millones de años, hasta que probablemente colisionó con otra estrella similar; se libraron por
los pelos de pasar a formar parte de un agujero negro, y fueron expelidos al espacio de nuevo, donde
vagaron durante miles de millones de años hasta formar parte de un asteroide en el Sistema Solar.
Luego la gravedad de un planeta de gran tamaño a la deriva hizo que cayeran sobre la Tierra, donde
aguardaron pacientemente en una veta de oro a que fueran extraídos. Tras librarse, por ejemplo, de
ir a pique a bordo de un galeón, pudieron formar lingotes, monedas, o hasta un diente, vaya usted a
saber. Y finalmente, han pasado a adornar su mano. ¿Y qué les deparará el futuro?
Algún otro informe de Estrategia en algún lugar del tiempo y el espacio nos dará esa respuesta, pero
Informe mensual de estrategia. Mayo 2016
de momento, hasta aquí podemos leer…
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