Lo diverso complejo en la pintura abstracto

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Lo diverso complejo en la pintura abstracto-figurativa
de Vivian Asapche
"Me es difícil hablar de mi pintura,
pues ella ha nacido siempre
en un estado de alucinación…”
Joan Miró (1893-1983)
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El crítico venezolano de arte Roberto Echeto ha dicho que “el límite
entre la abstracción y la figuración nunca ha sido muy sólido (…).
Los artistas actuales están más abiertos a borrar los límites,
experimentando con un poco de cada cosa” (Caracas, 1999). Y
rememoro esas palabras tras observar las recientes obras de la
reconocida creadora Vivian Asapche, también nacida en la tierra de
Bolívar y radicada en Francia desde 1981, cuya obra deviene
rítmico discurso, que armoniza emociones y pretensiones intimistas
en una oleada de color, abstracciones y figuraciones.
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Asapche, con total autonomía, hace de su pintura un juego de
alucinaciones. Tal vez para ella, el ejercicio pictórico también lo sea.
Lo cierto es que su discurso, fluido y diáfano, exterioriza ideas que
parten desde lo más profundo de su psiquis.
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Esta artista recurre, una y otra vez, a la mácula trascendental y
referencial, concebida a través de aproximaciones y
superposiciones que, en última instancia, constituyen paisajes
interiores que, como un rompecabezas, están armados con la suma
de todas esas huellas. Y digo “huellas” porque esas manchas,
evidentemente abstraccionistas, reflejan diferentes sentimientos y
emociones extraídos del convulso mundo que le rodea.
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De tal modo la prolífica artífice convoca al observador a introducirse
en enjundiosos laberintos que siempre conducen al “vía crucis” de
la existencia humana de principios de milenio. Y lo hace consciente
de que sus pictografías nos doblegan a establecer una forma —
“diferente”— de mirar al arte, perversa condición lúdica que muchas
veces se vale de la introducción de reconocidas figuras y objetos
que atraen nuestra mirada —como en su pieza titulada Vestige que
simula un gran escarabajo con un árbol seco sobre su caparazón,
totalmente deshojado— para someternos a juicios y valoraciones
que poco tienen que ver con tales apariencias; sino con asuntos
relacionados con el individuo y la sociedad, con la destrucción del
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medio ambiente y la interrelación de éstos con disímiles
sensaciones, tales como la desolación, el miedo, la incertidumbre…
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Son narraciones pictóricas que, por otra parte, se conectan con los
diferentes estados de ánimo con que el espectador se enfrenta a
ellas. De ahí, su diversidad de lecturas.
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Esas circunstancias revelan en sus obras un frágil expresionismo
figurativo-abstracto en el que mucho tiene que ver el uso del color,
generalmente mesurado y sobrio, oscuro y primario, así como las
técnicas de pintura — trazos fuertes, gruesos, remarcados por las
fibras del pincel— utilizadas por la creadora, quien en otros de sus
trabajos identifica al espectador con referentes aportados
directamente desde el mismo título y complementados con el uso
de los tonos, tal es el caso de Fruto de cal I, en el que la
abundancia del pigmento blanco, de claridad, “justifica” o nos
introduce inmediatamente al propio tema de la obra. Pieza
esencialmente minimal donde el verdadero mensaje únicamente
puede encontrarse en lo más recóndito de la conciencia del
receptor, a quien exige pensar y reelaborar su propia tesis filosófica.
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La pintura de Asapche también está conectada con el surrealismo
abstracto-figurativo, con evidentes influencias de Miró y de
Kandinski —en su primera etapa creativa—. Sin embargo, sus
cuadros poseen naturaleza única, fuerza creadora resultante de las
recurrentes investigaciones realizadas por ella sobre los lenguajes
de las formas, los colores y las manchas. De tal forma, puede
asegurarse que el espíritu plástico de esta creadora es abstracto,
pero su proyección artística es eminentemente figurativa,
representación que aparece en sus obras como signos
reconocibles, entre los que se esconden o discurren las verdaderas
claves de la razón de sus discursos pictóricos.
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Y a través de ese lenguaje mayoritariamente abstracto se divisan
infinidad de conceptos que —a veces de forma sosegada o
apresurada— pugnan por salir al exterior y ganar protagonismo ante
el espectador, quien en la lectura de los cuadros igualmente debe
aportar una considerable carga de contenido intelectual.
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Las iconografías de Vivian Asapche son, definitivamente, pinturas
de significación, de simbologías…, estudios filosóficos del hombre
contemporáneo mediante su aproximación o re-contextualización
plástica al universo de la abstracción, desde lo figurativo, y también
viceversa. Por ello, en estas pinturas nunca percibiremos pureza
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figurativa, como tampoco pureza abstracta, lo que significa que nos
encontramos ante una creación que podemos calificar como
figurativo-abstracta o abstracto- figurativa; salvo algunas
excepciones, como en la obra titulada Palo pa’barco, de fuerte
carga dramática, en la que los elementos figurativos ganan
protagonismo en la exposición del discurso.
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Cuando escudriñamos el conjunto creativo de esta fértil pintora
rememoramos el carácter lúdico que Magritte imprimió a su lienzo
sarcásticamente titulado con la espléndida frase negativa Esto no
es una pipa, obra indudablemente figurativa, pero con una
trascendental hondura abstracta. Tal pieza reafirma la importancia
del título en la “ubicación” (o confusión) intelectual del espectador,
hecho al que esta artífice presta especial cuidado, al punto de que
en sus obras existe cierta loable manipulación del público a través
del nombre o identificación que adjudica a sus trabajos , para así
dirigirnos directamente hacia el asunto sobre el que quiere hacernos
reflexionar.
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Si se examina minuciosamente su conjunto plástico encontraremos
que estamos en presencia de un arte conceptual que intenta
penetrar la esencia de las cosas de este mundo, acudiendo para
ello a un ejercicio pictográfico en el que lo abstracto y lo figurativo
poseen plena identidad cualitativa. Con certeza se ha dicho que
“toda obra figurativa no deja de ser una representación abstracta de
la realidad”.
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Paul Cezanne afirmó que “no se trata de pintar la vida, se trata de
hacer viva la pintura”; sentencia que Vivian Asapche ha hecho suya
en el intento por llevar al arte, como cronista de su tiempo, los
acontecimientos más relevantes de la sociedad en la que vive. Eso
solo basta para reconocer que su obra trascenderá los límites entre
la abstracción y la figuración para erigirse en valioso e
imprescindible testimonio. Extender nuestra mirada sobre su obra
constituye una fascinante aventura, algo así como enfrentarnos ante
un enorme espejo, y en él reconocernos a nosotros mismos, con
nuestros aciertos y desaciertos… Al valorarnos así, quizás
entonces muchos comenzarán a comprender (y emprender) mejor
su existencia…
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Lic. Jorge Rivas Rodríguez
Otoño de 2011.
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