Las aldeas condenadas

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LATERCERA Viernes 1 de julio de 2016
Mundo
Estragos de la ocupación
CAPITULO I
Las aldeas
condenadas
Basta examinar un mapa de los territorios ocupados para comprender la razón de los
asentamientos: rodean a todas las grandes ciudades palestinas, a la vez que van
ensanchando la presencia israelí y fracturando el territorio que supuestamente debería
ocupar el futuro Estado Palestino hasta hacerlo impracticable.
“
El problema mayor de Israel
es uno solo, los asentamientos
en Cisjordania, es decir, la
ocupación de los territorios
palestinos” –me dice Yehuda
Shaul-. “El próximo año cumplirá medio siglo. Pero tiene
solución y la veré puesta en práctica antes de morir”.
Le replico a mi amigo israelí que hay que
ser muy optimista para creer que un día
más o menos próximo los 370.000 colonos
instalados en las tierras invadidas del
West Bank –verdaderos bantustán que
cercan a los 2.700.000 habitantes de las
ciudades palestinas y las desconectan una
de otra- podrían salir de allí en aras de la
paz y la coexistencia pacífica. Pero Yehuda, que trabaja incansablemente por hacer conocer lo que una gran mayoría de
sus compatriotas se niega a ver, la trágica
situación en que viven los palestinos de la
orilla occidental del Jordán, me dice que
tal vez yo sea menos escéptico después del
viaje que haremos juntos, mañana, hacia
las aldeas palestinas de las montañas del
sur de Hebrón.
Estuvimos él y yo en esas montañas, casi
en el límite de Cisjordania, hace seis años.
Y, es cierto, la aldea de Susiya, que entonces tenía unos 300 habitantes y parecía
destinada a desaparecer al igual que otras
de la zona, ahora tiene 450, porque, pese a
los infortunios de que sigue siendo víctima, han regresado buen número de las familias que habían huido; también ellas,
como Yehuda, gozan de un optimismo a
prueba de atrocidades.
Porque el acoso que padecen Susiya y las
aldeas vecinas desde hace muchos años no
ha cesado, al contrario. Me muestran la
demolición reciente de las casas, los pozos
de agua cegados con rocas y basuras, los
árboles cortados por los colonos y hasta
los videos que han podido tomar de las
agresiones de éstos –con fierros y garrotes- a los vecinos, así como las detenciones
y maltratos que reciben también de las
FDI (Fuerzas de Defensa de Israel). En la
casa comunal, una de las pocas viviendas
que se tienen en pie, quien hace las veces
de alcalde, Nasser Nawaja, me muestra las
órdenes de demolición que, como espadas
de Damocles, se ciernen sobre las construcciones todavía no destruidas por los
buldóceres del ocupante. Las formas se
guardan: esta zona ha sido elegida para
maniobras militares de las FDI y las aldeas
deberían desaparecer (pero no los asentamientos ni los puestos de avanzada de los
colonos que prosperan por todo el contorno). A veces, el pretexto es que las frágiles
viviendas son ilegales, pues carecen de
permiso de edificación. “Es cosa de locos
Por Mario Vargas Llosa / El País
RR Mario Vargas Llosa conversa con Zuheir Rajabi, vecino y defensor del barrio de Silwan. FOTO: OREN ZIV / ACTIVESTILLS
Hay una intencionalidad clara
en esta estrategia: mediante la
proliferación de
asentamientos volver
irrealizable aquella solución
de los dos Estados.
No se entiende por qué todos
los gobiernos, de centro, de
izquierda y de derecha, hayan
permitido y sigan haciéndolo,
la existencia y crecimiento
sistemático de unas colonias
ilegales.
–me dice Nasser-; cuando pedimos permiso para construir o reabrir los pozos de
agua, nos lo niegan, y luego nos demuelen
las viviendas por haberlas levantado sin
autorización”. En este pueblo, como en los
otros del contorno, los campesinos y pastores no viven en casas sino en frágiles
tiendas levantadas con telas y latas o en
las cuevas –muy abundantes en la zonaque los soldados todavía no han inutilizado rellenándolas de piedras y basura.
Pese a todo, los vecinos de Susiya y de
Yimba, las dos aldeas que visito, siguen
ahí, resistiendo el acoso, apoyados por algunas ONG e instituciones israelíes solidarias, como Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio), de la que es miembro
Yehuda y la que me ha invitado aquí. En
Susiya conozco a un joven muy simpático,
Max Schindler, judío norteamericano; ha
venido como voluntario a vivir unos meses en este lugar y enseña inglés a los niños de la aldea. ¿Por qué lo hace?: “Para
que vean que no todos los judíos somos lo
mismo”. En efecto, hay muchos como él
–los justos de Israel-, que los ayudan a
presentar alegatos en los tribunales, que
vienen a vacunar a los niños, que protestan contra los atropellos, y, entre ellos, es-
critores como David Grossman y Amos
Oz, que firman manifiestos y se movilizan
pidiendo que cesen los abusos y se deje vivir a estas aldeas en paz.
Un pronunciamiento de esta índole, encabezado por ellos, hace algunos meses,
salvó de la picota –por el momento- a
Yimba, un pueblo antiquísimo, aunque se
llegaron a demoler 15 casas. Ahora aguarda una última decisión de la Corte Suprema sobre su existencia. Tiene una enorme
cueva, todavía indemne, que, me aseguran, es de la época romana. En ese entonces la aldea estaba a la orilla del camino
–todavía se puede seguir su trazo en el áspero desierto de piedra, polvo y rastrojos
que nos rodea- que conducía a los peregrinos a la Meca; entonces Yimba era próspera gracias a sus tiendas de abastos y restaurantes. Ahora su antigüedad esconde
un riesgo: que, como se trata de un lugar
arqueológico, la autoridad israelí decida
que debe ser deshabitado para que los arqueólogos puedan rescatar los tesoros históricos de su subsuelo. Las quejas son
idénticas a las que escucho en Susiya:
“Apenas consigan echarnos con ese pretexto, llegarán los colonos; ellos sí pueden
convivir con los restos arqueológicos sin
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