Chile, un país humanizado

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Chile, un país humanizado
Primera parte: desde y para la persona
Un proyecto para Chile debe ser una proposición para los chilenos. Una proposición que
parta de una clara concepción de la naturaleza humana, de sus posibilidades y límites, de
sus activos y defectos, y que proponga formas tradicionales y nuevas para su más pleno
despliegue.
De lo que se trata de es de buscar un Chile humanizado, algo mucho más de fondo que un
país desarrollado. Un país de y para personas a las que se mira como hijos de Dios; no un
país para las estadísticas, los gráficos o las posiciones en el ranking. Un país que sea
paciente consigo mismo, pero, al mismo tiempo, que no acepte su propia mediocridad.
Por eso, un proyecto humanizador se centra en el concepto clave de la vida pública: la virtud,
como despliegue de la naturaleza y de la libertad. Las posibilidades que las personas tienen
de alcanzar un creciente grado de humanidad dependen del avance en ciertas virtudes
concretas a las que todos pueden acceder, sin importar su grupo social ni su condición
económica, su grado de cultura formal o su participación en los procedimientos de la
democracia: son las virtudes cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza) y
algunas de las virtudes humanas, de especial trascendencia social: laboriosidad, lealtad,
responsabilidad, veracidad, etc.
Es sobre los comportamientos personales que pueden construirse las políticas concretas
adecuadas. Las leyes, los procedimientos, los presupuestos, las estructuras administrativas,
todo eso depende de los comportamientos personales y, por lo tanto, aquellos instrumentos
en todo momento deben procurar el despliegue de la virtud.
Para hacerlo, corresponde recuperar el sentido de los máximos, de los ideales. Hay que
crear las condiciones para que pueda lograrse una plenitud humana: justamente eso es el
Bien común. Es imprescindible volver a hablar sin temor de los ideales, de los máximos
posibles, explicando muy bien porqué corresponden y convienen; ciertamente no se trata
de pedir desde la acción pública que las personas sean impecables, sino de plantearse para
cada uno y para todos una mayor exigencia personal, que es la única forma para promover
una más amable y eficaz exigencia a los demás.
Justamente en ese contexto es que cabe insistir en el sentido del límite: mientras más se
promueva la virtud, lo que puede (y debe) hacerse, es más fácil mostrar que hay
comportamientos privados y públicos que parece que pueden ejercitarse, pero que
terminan siendo contrarios a la propia persona, a su propio fin. La ley, así planteada, pasa a
ser a la vez un instrumento de horizontes y de límite; cada proyecto legal, cada acto
legislativo, incluso la propia aplicación de los preceptos ya vigentes, debe enmarcarse en
esa doble dimensión: lo debido por una parte, lo prohibido, por otra; la libertad y el derecho
por una parte; la responsabilidad y el deber, por otra.
Pero todo este planteamiento no está enfocado a individuos aislados, sino que alcanza su
mayor riqueza en el mundo intermedio, en la vida social más sencilla y potencialmente
fecunda: El barrio en la gran ciudad; la agrupación voluntaria en los planos culturales,
artísticos, educacionales, recreativos, sindicales, profesionales, etc.; el pequeño pueblo,
repartido por toda la geografía nacional; los emprendimientos creativos… Es ahí donde se
pueden desarrollar los máximos y se entienden los límites. Debilitada la vida de lo
intermedio, es el Estado o son lo individuos los que conducen y el dilema vuelve a ser
estatismo o autonomía individualista..
Justamente es en el mundo de lo intermedio donde mejor se puede procurar la derrota de
todas las pobrezas, porque todas y cada una de ellas consisten en unas prácticas erróneas
de unos mínimos autónomos que degradan a la persona. Ese combate debe enfocarse
contra la droga, la violencia, el hedonismo, la soledad, el consumismo, la ignorancia, el
individualismo. Todas estas pobrezas -y otras asociadas- se vinculan entre sí. Unas traen
a las otras y las potencian, porque no se ha puesto adecuadamente el énfasis en las
instancias que son su antídoto o su remedio, según los casos. Toda lucha contra las
pobrezas, todo empeño humanizador debe estar centrado en la familia, en la moralidad
pública, en la comunicación altruista, en la educación cualificada, como algunos de los
instrumentos más aptos y, al mismo tiempo, de mayor exigencia. Es en ellos donde toda una
nueva generación -una más- de actores públicos tiene que prestar su servicio, seguros de
que ahí se juegan más destinos que en otros ámbitos formales de la política.
La subsidiariedad y la solidaridad encuentran en esas tareas su ámbito de natural
articulación.
Para esto, los actores públicos de una nueva generación de servidores deben desarrollar
capacidades excelentes en el ámbito de la reflexión (para pensar a fondo antes de actuar) de
la creatividad (para transformar en soluciones buenas y actuales los principios fundantes)
de la versatilidad (para moverse en los diversos ambientes con soltura) y del generoso uso
del tiempo (para entender que es tarea de muchos años y muy intensa).
El trabajo de construcción de un proyecto de esta naturaleza será largo, cansador y habrá
muchas dificultades. Si todo proyecto humanizador debe tener un sentido del fin, de razón
final integradora para todo lo que propone, en el caso de Chile, esa conciencia debe ser muy
explícita y debe ser continuamente recordada. Porque esa meta -que es tan única en lo
esencial como diversificada en lo accidental- es la que sirve de criterio evaluador para el
conjunto de los actos públicos y privados.
Y esa meta es la plenitud humana.
Segunda parte: unas instituciones políticas adecuadas
Partiendo del concepto que lo que se debe lograr para Chile es más sociedad, ya que un
proyecto de país humanizado supone una mirada que trasciende al individuo aislado y se
adentra en el mundo intermedio, la institucionalidad debe ser capaz de reflejar esa
aspiración. Así, subsidiariedad y solidaridad, deben ser pilares centrales en ella.
Esta institucionalidad debe ser tributaria de nuestra historia (experiencias, aciertos y
fracasos) y de lo mejor de la tradición occidental. En este sentido, debe existir pleno apego a
la juridicidad, respeto irrestricto por los derechos esenciales que emanan de la naturaleza
humana, un régimen republicano representativo, auténtica separación de poderes y
sufragio universal y libre.
Esta institucionalidad debe ser, asimismo, coherente con la existencia de una sociedad
abierta, plural, libre y responsable que permita el despliegue tanto material como espiritual
de sus integrantes, cualquiera sean sus convicciones o creencias privadas. Esto significa, el
reconocimiento de unos mínimos fundamentales que son comunes a todos y un espacio
amplio para el desarrollo responsable de la libertad. Lo esencial no puede estar constituido
únicamente por lo instrumental, es decir, por el procedimiento o la forma de resolver los
conflictos. En efecto, si hablamos de lo esencial, las formas deben estar acompañadas por
unos ciertos principios compartidos que guíen e iluminen la deliberación pública.
Estos marcos referenciales de fondo deberán ser articulados prudencialmente en
cada caso por quienes ejerzan el poder público, mediante el uso de una conciencia recta y de
buena fe. Esos mínimos fundamentales lo constituyen el respeto por la dignidad
trascendente de toda persona desde su concepción hasta su fin natural; la renuncia al uso de
la fuerza como forma de resolución de conflictos; y la visión de que el fin del Estado es el
bien común y su acción debe servir a la persona, la familia y las organizaciones intermedias
libres.
Estructurado en lo anterior, la institucionalidad debiera:
a)
Favorecer un sistema político en que los representantes estén mucho más cerca de
los ciudadanos y sus organizaciones. Esto significa evaluar desde la formas de elección de
esos representantes, hasta las formas de sustitución de los mismos.
−
Pareciera razonable avanzar hacia un sistema en que el número de diputados de
una zona represente, aproximadamente, el número de votantes; lo cual no debiera significar
el abandono de un sistema electoral mayoritario que permita formar gobierno.
−
En la elección de parlamentarios hoy juega un papel importante el llamado
marketing político, incluso en ocasiones es más relevante que las convicciones y la
pertenencia ideológica del candidato. De este modo, para ser exitoso a nivel electoral se
requiere mucho dinero, lo que dificulta el acceso a esos cargos de personas que no poseen
redes más o menos amplias que le provean ese apoyo. ¿No debiera explorarse un sistema
de elección indirecta de parlamentarios, al menos de diputados, en que participaran muchos
miles de dirigentes locales, elegidos directamente por sus vecinos? Explorar una fórmula de
este tipo, podría permitir una participación, paradojalmente más directa, de los ciudadanos
que podrían interactuar de mejor modo con sus representantes.
−
La mayor madurez y educación de la ciudadanía debiera expresarse en formas más
complejas de elección de representantes. Así, por ejemplo, podrían explorarse fórmulas que
permitieran que las listas o pactos presentaran más de un candidato por cada cupo y que los
ciudadanos pudieran votar no sólo marcando preferencia por uno, sino expresando su
rechazo por otro u otros, e incluso ordenando los candidatos de acuerdo a la forma que le
pareciera más adecuada para elegir.
b)
Favorecer un Congreso Nacional que pueda convertirse en real contrapeso de un
ejecutivo cada vez más hipertrofiado.
−
Se podría pensar en una separación de funciones entre las dos corporaciones que
conforman el Congreso, de manera de mejorar la calidad, efectividad y eficiencia de las
funciones tradicionales. Así, el Senado, compuesto por integrantes de carácter nacional
propiamente tal, podría avocarse fundamentalmente a la tarea legislativa para ser
contraparte real de las propuestas del ejecutivo, sin tener una función política propiamente
tal. Por su parte, la Cámara podría asumir las funciones más políticas y fiscalizadoras, para
ello debiera ajustarse su labor con la de la Contraloría General de la República. En esta línea
puede pensarse que quedaran radicadas en la Cámara baja: (a) La aprobación de la idea de
legislar y de las ideas matrices sobre una materia, pero no el articulado específico del
proyecto; (b) La aprobación de todos los nombramientos que corresponden a cuestiones
sobre la marcha del Estado y que son formas de ejercicio de la soberanía: consejeros del
Banco Central, ministros de la Corte Suprema, Fiscal Nacional, integrantes del Consejo de
Transparencia y miembros del Consejo Nacional de Televisión, entre otros; (c) La
aprobación de los proyectos de ley más políticos: impuestos, presupuesto, declaración de
regímenes de excepción y declaración de guerra; y (d) Fiscalización de los actos de la
administración (comisiones investigadoras, interpelaciones y acusaciones constitucionales).
En este último punto, debiera revisarse el papel que al respecto juega la Contraloría General,
de manera de coordinar esta actividad con la labor de la Cámara para que esta tenga mayor
capacidad de investigación y adopción de sanciones políticas.
−
Prohibición de que los parlamentarios asuman funciones ejecutivas, salvo que se
optara por un sistema parlamentario, en cuyo caso, sólo podrían ser convocados a labores
ejecutivas quienes integran la Cámara de Diputados.
c)
Promover una estructura judicial que se haga cargo de la experiencia y diversidad
actual. Debe haber un tribunal que vele por los mínimos fundamentales, es decir, respeto
esencial por derechos básicos y por la mantención del orden constitucional y la juridicidad;
y no se convierta en el lugar para resolver las disputas propiamente políticas y de
deliberación pública. (Así, por ejemplo, nunca este Tribunal debiera ser el lugar para
resolver la exigencia de diferencia de sexos para el matrimonio o el divorcio vincular). ¿No
debiera ser el máximo Tribunal del país, velando por ese apego constitucional de todos
quienes ejercen poder: ejecutivo, legislativo y judicial?
d)
Asegurar un sistema de derechos que recoja la experiencia y desarrollo de los
derechos económico-sociales, y los incorpore formalmente en la Constitución, en la medida
en que puedan establecerse formas y condiciones reales de exigibilidad y justiciabilidad.
Ello permitiría garantizar ciertos mínimos comúnmente aceptados hoy, en conformidad a la
situación actual del país.
e)
Desarrollar una estructura económico-social libre, con respeto por el derecho de
propiedad, la libre iniciativa económica y la igual repartición de las cargas públicas. Debe
asimismo, para favorecer y fomentar la subsidiariedad y solidaridad, hacer un
reconocimiento especial a las entidades o asociaciones sin fines de lucro que persigan
objetivos sobre bienes públicos. Estas entidades no sólo debieran ser permitidas, sino
reconocidas, fomentadas e incentivadas, ya que se harían cargo de esos bienes públicos
sobre la base de una responsabilidad solidaria que es asumida desde abajo y libremente.
No debieran ser discriminadas en su trato por parte del Estado sobre la base de sus ideales
o de las convicciones de sus integrantes. Como contrapartida a esos beneficios, debieran ser
escrupulosamente fiscalizadas para evitar su instrumentalización partidista o económica.
Tercera parte: Algunas proposiciones en materias sociales y económicas
El actual malestar ciudadano está resultando incomprensible para la mayoría de los
analistas, y también para la clase política. Se preguntan: ¿qué produce el descontento,
cuando el país registra una sólida macroeconomía, un aumento progresivo de los ingresos
promedios de la población, créditos al por mayor, y un creciente incremento de las tasas de
empleo?
Pero es sintomático que dicho descontento se esté manifestando igualmente en otros países
occidentales, considerando que conformamos la misma cultura.
El desconcierto nace de intentar comprender el fenómeno aplicándole los mismos códigos
materialistas y sociopolíticos de los siglos XVIII, XIX y XX, que se están derrumbando
estrepitosamente pues en vez de humanizar al ciudadano en cuanto persona, simplemente
lo colectivizaron e hicieron de él un número estadístico sin nombre ni rostro. He ahí la
rebelión.
Lo que está colapsando es la supremacía de la tecnocracia, del economicismo y de su brazo
operativo, la democracia representativa (convertida en un sistema de poder excluyente, que
sólo se representa a sí misma y que en desmedro de la excelencia humana hizo de los
ciudadanos unos simples mendigos). Esa trilogía hegemónica y de raíces materialistas
impide la solución real de los problemas y deja a las mayorías al margen de las
oportunidades (que sí le brinda a una reducida élite empresarial y política): Por eso está
sufriendo la embestida de una inédita cohesión ciudadana generada por las redes sociales,
al punto de que los "conductores" políticos han pasado desvergonzadamente de ser
"líderes" a followers de sus reclamos y demandas.
El libro "Hacia un Nuevo Paradigma Sociopolítico", publicado en septiembre de 2010,
anticipó esta crisis, e indagó exhaustivamente en las causas de fondo que la explican. Lo que
se sugiere es una nueva síntesis sociopolítica, fundada en la amplitud e integración de la
condición humana, orientada a resolver la decimonónica y compleja problemática en todos
sus alcances.
Se propone un giro radical de la educación, centrado en el desarrollo del entendimiento
(30% de los alumnos universitarios no entienden lo que leen), que instale al alumno en el
conocimiento de las grandes categorías de la realidad y en la comprensión del sentido
humano y práctico de la vida. Para que acto seguido, y orientado por el profesor, se abra a
un autoaprendizaje activo, busque y obtenga por sí mismo la información, la analice, la
clasifique y le imprima un sello personal, emanado de sus propias convicciones valóricas y
capacidades operativas, de modo que desarrolle un sentido crítico y se convierta en sujeto y
objeto de su propia investigación y en un protagonista activo del orden social.
Una segunda propuesta se centra en la transformación del trabajo en una instancia de
desarrollo humano, sobre todo de la inteligencia práctica (70% de nuestros trabajadores
asalariados son analfabetos funcionales) y, al mismo tiempo, de desarrollo económico
efectivo. Para eso hay que estudiar una radical transformación del sistema salarial y
permitir la asociación de capital y trabajo, vinculando los ingresos laborales al rendimiento
productivo de los trabajadores, a la rentabilidad de las empresas, e incluso a los parámetros
de la macroeconomía, pero estableciendo un ingreso base fijo a todo evento, que opere por
la vía del descuento.
Así, el mundo del trabajo podrá participar activamente en la economía, y hacer una lectura
crítica y a tiempo real de la marcha económica y política de su propio país. Esta inclusión
activa del mundo laboral erradicará de paso el síndrome de la lucha de clases, que
permanece larvado en los corazones de dicho segmento social, y asimismo nivelará las
gigantescas desigualdades en la distribución del ingreso (el 20% de la población de mayores
ingresos se lleva el 40% del producto, y el 80% restante se lleva el 60%).
Se propone, además, restaurar la integridad de la familia, núcleo básico y natural de
la sociedad (es anterior al Estado), pues es la institución que, mediante el apego, su sentido
comunitario y la afectividad que entregan los padres, dota de inteligencia emocional y social
al niño y al adolescente, indispensable para la vida adulta. Esto, junto con ser el mejor
"ministerio" de educación, de salud, de cultura, de justicia, de deportes, de turismo etc.).
Considerando dicho altruismo, se propone eximir de tributos a todos los gastos familiares
inherentes a la educación y a la salud de los hijos. Se propone, además, la construcción de un
Estado eficiente y ejemplarizador, que se funde en el bien común verdadero. Y desde una
perspectiva de desarrollo moral fomente y asegure constitucionalmente el desarrollo
superior y en primera persona de todos los ciudadanos.
En síntesis, se propone una integración conceptual y operativa de todas las dimensiones
humanas (justicia, salud, ecología, etc.), pues se considera que la persona es un todo que
requiere una permanente actualización, para conocerse a sí mismo y conocer al resto de sus
congéneres, considerando que todos deseamos autosuficiencia en el plano intelectual, en el
plano práctico, en el plano emocional y en el plano societario. En otras palabras, se busca
humanizar mediante el desarrollo de la inteligencia espiritual a través de una acción que
construya el mundo, ciertamente de la mano de Dios.
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