El arte de legislar

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Heraldo de Aragón l Martes 7 de junio de 2016
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LA FIRMA I Por José María Gimeno Feliu
HOY, MARTES 7
El arte de legislar
Santiago Mendive
La corbata
La convivencia democrática necesita leyes justas, técnicamente bien elaboradas
y estables. Por eso la tarea del Parlamento, que legisla en nombre de la ciudadanía,
tiene que buscar el consenso antes que la imposición, el diálogo y no el dogmatismo
L
a democracia se caracteriza por la separación de poderes y por la soberanía del
pueblo, que se expresa en las decisiones del Parlamento. Decisiones que se concretan en normas
que deben ser conocidas y aplicadas por los ciudadanos, al ser esta
una característica consustancial a
la propia idea de democracia. Por
ello, el Parlamento se configura
como ‘casa de la palabra’, donde
los distintos representantes, desde
el diálogo (y no desde la imposición), explican y debaten propuestas, con el fin de mejorar la sociedad y resolver adecuadamente los
problemas reales de la ciudadanía.
Desde el derecho, pues, se construye el modelo social que necesita y desea la sociedad.
Sin embargo, la realidad
nos presenta un panorama diferente. Por un lado,
la utilización de la ley y el
derecho como herramienta de justificación de
políticas de segregación o
de exclusión (o de exterminio, como sucedió con
el régimen de Hitler en
Alemania, o el de Stalin en
la Unión Soviética, y cuyas dolorosas experiencias no se pueden olvidar), que pervierte la idea
misma de la democracia,
caracterizada por la suma
de intereses para construir un modelo de convivencia consensuado que
corrija desigualdades y
evite la exclusión social.
Por otro lado, como muy
gráficamente ha explicado el profesor José Bermejo Vera en su intervención en la festividad de la
Facultad de Derecho de
este año, nos encontramos con un derecho insostenible, tanto por la
proliferación de normas
de distinta procedencia,
como por la falta de estabilidad de las mismas y,
también, en ocasiones,
por falta de claridad o precisión técnica. Y esa ‘insostenibilidad’ conduce a
la inviabilidad de los objetivos pretendidos, lo
que genera en la ciudadanía confusión, desafección e indiferencia. Y ello lastra gravemente
el valor de la ley como instrumento de consolidación de la democracia.
En estos tiempos complejos, de
problemas económicos, de situa-
inmediato y de largo recorrido. Y,
además, aconseja estabilidad, reconocimiento por la ciudadanía y,
sobre todo, aplicación en igualdad
de sus exigencias. Sirvan para recordar el valor de estas reglas las
enseñanzas de Dante Alighieri en
su obra la ‘Divina comedia’, al situar al emperador romano Justiniano en el Paraíso gracias a su codificación de las normas jurídicas
en el Digesto, lo que facilitaba su
conocimiento y comprensión, como una herramienta idónea y de
indudables ventajas en varios órdenes. La paz social necesita de un
derecho ordenado y reflexionado,
coherente, estable y, sobre todo,
reflejo del pacto de y entre la ciudadanía. De ahí la comparación
del proceso legislativo
con un arte y no con un
proceso mecánico. Y es
que la política, como tal,
necesita de una adecuada
‘lex artis’ legislativa y normativa, fruto de la reflexión y el análisis del impacto y de cierta pericia
técnica, pues es la esencia
de la verdadera democracia y de su futuro.
Son tiempos de nuevas
elecciones generales. Políticos y ciudadanos deberíamos aprovechar esta
nueva oportunidad para,
sin rígidos dogmatismos,
abordar reformas profundas, pactadas, que den respuesta a las demandas de
las mayorías, pero respetando el valor de minorías, y hacer de la ley, y del
Parlamento un instrumento de construcción de
democracia que impulse
la necesaria e imprescindible relación entre Estado y sociedad.
Ese, como destacaba mi
maestro, el profesor José
Bermejo, en la citada conferencia con motivo de su
jubilación, es el verdadero reto. Y pone de relieve,
también, el valor del pensamiento académico y
KRISIS’16
universitario, esencial en
los procesos de transformación de nuestra sociedad. Por ello, mi reconocimiento a tantos maestros
académicos, universitarios y pro«La política, como tal, nefesionales, pues su ejemplo y vocesita de una adecuada ‘lex cación deben servir de estímulo
artis’ legislativa y normati- para romper indiferencias o conva, fruto de la reflexión
formismos.
L
os revolucionarios franceses la llevaban negra, como Pablo Iglesias y Pablo Echenique este fin de semana en
televisión. Se han puesto la corbata como
símbolo de que ya no son lo que eran, de que
emergen como tipos de fiar, votos que merecen la pena depositarse sobre hombros responsables. Nada de Venezuela ni de Irán,
ellos quieren gobernar con corbata, como los
otros. Ahora ya solo hace falta que aclaren el
origen de su financiación, cuyas dudas son
directamente proporcionales a su falta de explicación convincente. Iglesias asegura en los
platós que es un socialdemócrata europeo y
ya ni siquiera recuerda lo que todos le escucharon hace un puñado de meses. Tampoco
se acerca a las herriko tarbernas, con o sin
corbata. La política, los gestos, la imagen, la
televisión. El candidato lanza un jueves una
soflama para destacar las virtudes democráticas de Otegi y el domingo quiere convencer a la audiencia de su proyecto moderado.
Iglesias, el candidato catódico, se ha puesto
la corbata para preparar su asalto final a la
Moncloa, mientras Sánchez se la quita agobiado por el ‘sorpasso’. Y aún dicen que no
ha empezado la campaña electoral.
ciones de exclusión social injustificables, de intolerancias ideológico-religiosas en otros países que
causan mucho dolor, de inaceptables supuestos de corrupción política y económica que ponen de
relieve que una legislación burocrática y formal es insuficiente para prevenirla, resulta más necesaria que nunca la ley como instrumento esencial para corregir las
debilidades y patologías, y cimentar un modelo institucional y social.
Urge revisar el valor de la ley y
su articulación. La ley exige reflexión, consenso, anticipación de
problemas, y medidas de efecto
y el análisis del impacto
y de cierta pericia técnica»
José María Gimeno Feliu es catedrático
de Derecho Administrativo
CON DNI
Cayetano González
Vértigo en el PSOE
L
as encuestas publicadas
el pasado fin de semana
coinciden en algo: la
coalición Podemos-IU superaría en votos y en escaños al
PSOE, convirtiéndose así en la
primera fuerza de la izquierda.
Desde los inicios de la Transición ese papel de referente
principal de la izquierda siempre lo había tenido el PSOE.
Si el famoso ‘sorpasso’ se
confirma el 26-J, el PSOE entraría en una situación muy delicada que requeriría, de entrada, el inmediato relevo de la actual dirección encabezada por
Pedro Sánchez. Asimismo, sería necesaria la reconstrucción
del proyecto ideológico que en
esta etapa democrática siempre ha encarnado el PSOE, más
identificado con la socialdemocracia que con posturas radicales. Pero esa reconstrucción llevará tiempo y requerirá un cierto sosiego, algo que
los socialistas solo podrían encontrar en la oposición y en
ningún caso apoyando un gobierno de izquierdas liderado
por Podemos.
A menos de tres semanas de
las elecciones, el vértigo para
el PSOE crece día a día. Pero
sería injusto culpar de todos
los males actuales del PSOE a
Sánchez y a su equipo. Los
males profundos de este partido empezaron con la llegada
de José Luis Rodríguez Zapatero al poder en marzo de
2004. Zapatero desdibujó hasta tal punto el proyecto político e ideológico de su partido
que lo acabó haciendo irreconocible. La radicalidad con la
que actuó desde el gobierno
en cuestiones como la memoria histórica, la negociación
política con ETA o las concesiones a las reivindicaciones
independentistas que ya entonces empezaban a llegar
desde Cataluña provocó que
el PSOE perdiera sus señas de
identidad y abandonara ese
espacio de centro-izquierda,
socialdemócrata, desde el que
había ganado elecciones y gobernado España durante catorce años.
Zapatero, quizás sin quererlo, hizo en esos años de su gobierno mucho daño a su partido. Posteriormente, Rubalcaba,
que había sido un colaborador
necesario de las políticas de
Zapatero, no pudo o no quiso
rectificar el rumbo. Y ahora Pedro Sánchez será el que tenga
que pagar los platos rotos.
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