marxismo y ciencia política

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PAUL VALADIER
MARXISMO Y CIENCIA POLÍTICA
Analyse politique et marxisme, Projet, 82 (1974) 632-646
Se oye frecuentemente que el compromiso político implica, como condición, el
desarrollo de un único análisis político de la realidad social y económica y que sólo el
marxismo es capaz de proporcionarlo. Si los que hablan así son cristianos, no dudan en
afirmar que, supuesto que el marxismo proporciona una lectura rigurosamente científica
de la realidad, no hay razón para no adherirse a él. Esta adhesión supone mutuos
beneficios, ya que el marxismo recibirá un impulso basado en valores morales y
religiosos, y, a su vez, el cristianismo se verá enriquecido por un rigor analítico que le
salvará del angelismo y del idealismo. La actitud de estos cristianos se reduciría al
razonamiento siguiente: el cristianismo no es apto para dar instrumentos de análisis
económico y político; pero el análisis es necesario para la coherencia de la acción; por
lo tanto, hay que tomar dicho análisis allí donde exista, es decir, en la racionalidad
científica del marxismo al que la fe cristiana le da una inspiración subjetiva. La caridad
informaría desde el exterior una racionalidad en sí misma constituida.
¿Una lectura unificada de la sociedad?
Reflexionemos sobre la pretensión de encontrar un único análisis político y de que sea
precisamente el marxismo quien lo proporcione. ¿Quién puede pretender en la
actualidad encontrar un método analítico universal y desear ordenar la acción sobre la
base de una aprehensión única de la realidad histórica? Quisiéramos subrayar que el
mismo análisis científico está impulsado por una motivación no-científica, sobre la que
no conviene ilusionarse.
No se trata, por tanto, de verificar la calidad científica de los análisis del propio Marx.
Partimos más bien de la pretensión presente en algunos cristianos de encontrar en el
marxismo los instrumentos de un análisis científico de la realidad, invocando
globalmente el patronazgo de Marx, para dar forma racional y científica a sus opciones.
Y prescindimos del problema que supone la existencia de diversas versiones actuales
del marxismo.
El análisis se basa en posturas previas
A menudo se presenta el análisis científico como una empresa autónoma, que no conoce
otra realidad anterior a ella misma. Se dice que es preciso recoger del marxismo los
instrumentos de una aproximación rigurosa al modo de producción capitalista, y
ordenarlos en un proyecto global inspirador de la acción. Una presentación de este tipo
¿no se olvida de su presupuesto que no es científico, sino anterior a la ciencia e
inspirador de ella? El desarrollo de una lectura científica de la realidad se apoya en una
decisión de realizar una tal lectura de la realidad. Si esta decisión no es irracional,
puesto que está al principio de toda ciencia, no por ello debe dejar de reflexionar sobre
sus presupuestos, de lo contrario, su desarrollo se apoyaría sobre posturas previas no
criticadas.
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En el caso del propio Marx, no es difícil ver que la gran obra científica El Capital, se
desarrolla en función de un a priori doble, fuera del cual no existiría: por una parte, la
realidad social, por diversa y disparatada que aparezca, constituye en cada período
histórico determinado una organización coherente, aunque diversificada en estratos no
homogéneos; por otra parte, contrariamente a lo que sostienen los economistas liberales,
el análisis puede descubrir un lugar decisivo en el que se origina la alienación humana o
la falsificación de todas las relaciones humanas. Fuera de este a priori de leer la realidad
histórica como una coherencia, demostrando en su propio proceso una contradicción ya
localizada - lugar donde la riqueza social producida no revierte al conjunto de los
productores de esta riqueza- no habría marxismo. Como consecuencia, si Marx
denuncia tan bien los intereses que los capitalistas no ven, ¿no es en nombre de otro
interés moral, no-científico, pero director del desarrollo analítico?
Así pues, no es posible en Marx lograr una rigurosa separación entre los aspectos
filosófico y científico. La voluntad de dar una lectura científica del modo de producción
capitalista procede de una actitud previa a la ciencia a la que da forma y dirección.
Puede demostrarse que Marx desarrolla una ontología de la producción y de la industria
y que realiza un acto filosófico por el solo hecho de leer la realidad humana como
productora de sí misma.
Se comprende entonces que la lectura científica de Marx no solamente está orientada
por un interés (de tipo moral o pasional), sino que procede de una verdadera
antropología que implica una filosofía de la sociedad y de la historia.
Estas indicaciones no suponen la negación de la calidad científica de la obra de Marx;
solo exigen que el análisis la demuestre por su puesta en práctica y que su despliegue
suscite la crítica razonada, como ocurre en todas las ciencias.
El contexto cultural y la violencia humana desbordan el análisis científico
Todo esto ayuda a comprender que la ciencia no se apoya únicamente en un interés
cualquiera o en una filosofía más o menos inconsciente, sino que se inscribe también en
un contexto cultural, al que tiende a ignorar, por ser precisamente producto de este
contexto.
La decisión de leer científicamente la realidad social e histórica, y de reconocer
únicamente en la ciencia la capacidad para una lectura de lo real, es unitaria con un
contexto materialista que lleva a leer esta historia desde un ángulo privilegiado dejando
en segundo plano la relación de los hombres a sus valores, la referencia moral, sus
motivaciones... Ahora bien: la realidad histórica es produc ida tanto por la referencia a
los valores espirituales o morales como por el desarrollo de las contradicciones internas
en las relaciones de producción. El propio Marx vincula el punto de partida del modo de
producción no con los factores económicos, sino con la violencia, con la injusticia, con
la voluntad de dominio... ¿No debería mantenerse la presencia de estos factores durante
el desarrollo de la economía? ¿Y no se trata de factores que desbordan lo científico y de
los que la ciencia no puede dar cuenta?
Esta decisión de leer la realidad humana como producida por el hombre no puede
olvidar su solidaridad con un contexto cultural que la funda. Pues, con apariencia de
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objetividad, puede proceder de una voluntad acrítica de poseer una forma unitaria de
leer la realidad humano social, puede valorar determinados factores, bajo la influencia
no reconocida de cierto materialismo, y ser el producto relativo e inconsciente de
aquello que pretende dominar. Si ignora todo esto, el marxismo científico se expone a la
crítica desarrollada por Marx contra los economistas liberales: no ver hasta qué punto su
análisis es el resultado de una historia y solo puede ser comprendido por esta historia;
olvidar que una lectura simplificadora del presente puede convertir las conc lusiones
provisionales en rasgos esenciales.
Es preciso subrayar que sólo el marxismo ofrece una pretensión de ser el único análisis
unitario, porque está conducido por un postulado de tipo antropológico según el cual es
posible abarcar la totalidad humana bajo un prisma unitario "en última instancia". A
aquel que pregunte si existe otro análisis no marxista capaz de alcanzar a la sociedad en
su globalidad, habría que responderle que probablemente no hay ningún otro, porque no
hay sistema que esté movido por una ambición tan totalizadora.
¿Es la lucha de clases la referencia preferente?
Uno puede estar tentado de confesar que si el análisis marxista resulta problemático y
necesita de la verificación, hay que reconocer que el análisis de los datos históricos
contenidos en la noción de lucha de clases guarda un valor eminente v constituye un
elemento de lectura y de acción muy penetrante y eficaz. Nadie duda que esta expresión
es evocadora e iluminadora, en una sociedad antagonista y violenta, que concreta la
ilusión o la vanidad de una cooperación o comunión inmediatas de los grupos sociales
entre sí, y que más de un cristiano, educado en la ilusión de la reconciliación espontánea
o latente entre los grupos sociales, ha encontrado, y puede encontrar en esta expresión,
la intuición de las oposiciones o de los intereses contradictorios entre categorías o clases
sociales. Pero ¿está fuera de lugar afirmar que la expresión lucha de clases es una
expresión, es decir un lenguaje? Lo que significa que, contrariamente a lo que se cree, la
lucha de clases no es solamente un hecho, sino la lectura de un conjunto de hechos que
tiende a demostrar la naturaleza violenta de la sociedad moderna; lo que significa que
esta lectura procede de una interpretación de conjunto de la realidad histórica. El
concepto lucha de clases tiene una historia precisa y esta historia demuestra que la
expresión no cobra todo su sentido más que en una lectura coherente y particular de los
conflictos.
Los cristianos que adoptan esta expresión para purificar su idealismo, no deben caer en
otro idealismo: por una parte, esta expresión puede tener las más diversas acepciones;
por otra parte, no es neutra, ya que se sitúa en el interior de la interpretación marxista de
la historia y nos llega a través de ella. La expresión no designa únicamente las
contradicciones históricas presentes, sino que alcanza su sentido particular en el
advenimiento de una sociedad sin clases y sin estado, mediante la dictadura del
proletariado. El concepto no deriva, pues, de la pura ciencia, sino de una filosofía de la
historia que presupone el fin de todos los conflictos.
Es cierto que la urgencia del momento -como dicen muchos militantes- no permite
detenerse en la delimitación de escrúpulos intelectuales contenidos en esta expresión y
que lo importante es mover las energías y denunciar los inmovilismos. Con todo, si solo
se ven antagonismos por todas partes, fácilmente se olvidará que los antagonismos son
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vividos en tensión hacia sus soluciones o, por lo menos, hacia la búsqueda de fórmulas
que permitan una coexistencia común, tanto a nivel internacional como local.
No se cuestiona el deseo de vivir en comunidad
No hay que confundir la lucha de clases con la guerra civil, ya que en este último caso
es la vida comunitaria lo que está disuelto y el antagonismo social es lo que toma el
lugar preferente. La lucha se convierte entonces en desobediencia civil y todo es
boicoteado (cfr. Irlanda del Norte). La práctica de la lucha de clases es otra. En efecto,
en muchos conflictos, el combate finaliza cuando se encuentra una solución;
consecuentemente, la lucha no es más que un medio hacia un objetivo que va mucho
más allá. La realidad no consta únicamente de lucha; hay un sobrepasar esta lucha en la
búsqueda de una nueva coexistencia posible.
Lejos de excluirse, violencia y palabra, lucha y solución pacífica provisional, se llaman
mutuamente. Salvo en el caso en que degeneren en guerra civil, las luchas sociales se
apoyan en la base de un querer vivir en comunidad y en una mayor justicia e igualdad.
Basta escuchar las palabras de los protagonistas sociales comprometidos en la acción,
para convencerse que apelan, en el seno de la lucha, a una común voluntad de restaurar
las relaciones no conflictivas.
El empleo de la expresión lucha de clases es sospechoso si da a entender que el único
principio explicativo de la historia social de los hombres es la lucha (y la lucha a
muerte); no es así, ya que los mismos conflictos solo se afrontan apelando a otro
principio: los hombres solo luchan a partir de una historia común ya comprometida y
que tiene un sentido para ellos, y lo hacen en orden a engendrar otra historia común. Un
análisis correcto del origen humano de la realidad histórica no puede olvidar las luchas;
tampoco puede olvidar la unión relativa que producen.
Si solo se retiene el aspecto combativo de la historia, se olvida que, aun en el marxismo,
la lucha de clases solo tiene sentido porque inaugura o prefigura una sociedad sin clases
ni Estado, una sociedad donde el individuo pueda vivir ampliamente.
Consecuencias tiránicas de la pretensión dogmática
Es difícil admitir en toda su amplitud la realidad contradictoria de las sociedades
humanas. En el momento en que se exaltan los conflictos en una teoría como la de la
lucha de clases, es tentador el deseo de buscar los medios de un análisis científico que
asegure el dominio de esta realidad contradictoria y que abra las puertas a una práctica
política ordenada a la instauración de una sociedad libre de la explotación del hombre
por el hombre o de la violencia institucionalizada.
Puesto que este deseo de dominar los conflictos está presente en la elaboración de las
grandes doctrinas políticas, vale la pena preguntarse por su naturaleza y su origen.
Hombres tan diferentes como Platón o Hobbes se han formulado repetidas veces
preguntas que también son nuestras: ¿es la vida social y política un lugar de conflictos
que se renuevan constantemente, de oposiciones violentas y sangrantes? ¿Por qué? Las
soluciones elaboradas por la tradición fracasan; los hombres se enfrentan de nuevo y
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encuentran excusa para hacerlo de nuevo. La ambición de las teorías políticas de Platón
o de Hobbes, así como la de Marx, consiste en desplegar un análisis de la causa exacta
de los conflictos, permitiendo inaugurar la historia del pleno desarrollo del individuo
libre.
Sin embargo, por comprensible que sea este deseo de encontrar una teoría, gracias a la
cual la ciencia política permitiera el reinado de la justicia y el derecho, es preciso
confesar que esta nostalgia es paradójicamente creadora de tiranía y, por tanto, de la
más intolerable injusticia.
Si existiera una ciencia única de lo político, algunos conocerían sus principios y
deberían preocuparse de su puesta en práctica. A esta minoría le incumbiría el
conocimiento de esta ciencia, formar la opinión de las grandes masas, realizar el Bien
(Platón), la concordia y la paz (Hobbes) o la victoria del proletariado y advenimiento de
la sociedad sin clases. Esta minoría que sabe, tiene el deber de realizar la política justa
conforme a la teoría. Si hay una ciencia única, a la que algunos tienen acceso, debe
haber también una política única, definida por esta ciencia, y que no es susceptible de
oscilar por las pasiones o los oportunismos. Si además esta política conoce los
verdaderos intereses del proletariado, aquel o aquellos que la desconocieran
traicionarían los verdaderos intereses de la justicia o del proletariado.
Si es verdad que la política procede de una ciencia unitaria, no se ve cómo evitar aquella
fórmula que encantaba a Engels: la práctica política no consiste en afrontar los
conflictos que siempre se renuevan, ni en descifrar la realidad de los intereses y de los
deseos humanos contradictorios, sino en poner en práctica una teoría científica cuyo
conocimiento dispensa a los hombres de preguntarse sobre sus propios intereses, puesto
que la teoría está mejor dotada que ellos para conocerlos. Podemos preguntarnos,
entonces, si aquellos cristianos que abogan por la teoría marxista de la lucha de clases y
reprochan a la Iglesia su aspiración nostálgica a la seudoreconciliación por el amor, no
son testigos de otra nostalgia más enraizada, en la medida en que creen poseer una
ciencia de la historia que niega la política como lugar donde siempre se renuevan los
conflictos y que ninguna teoría resuelve.
Afirmar la exclusividad de un análisis político es negar la realidad política.
Es preciso admitir que el recurso a un único análisis político necesario a la acción,
supone la negación de la realidad política y la ignorancia de algo intrínseco: la
contradicción, la diversidad, la pluralidad de puntos de vista y de intereses. Esto es así,
no en nombre de una teoría a priori de la pluralidad, sino porque la realidad política se
manifiesta de esta manera, a no ser que alguien estuviera tentado de dominarla
tiránicamente.
¿No es la política el lugar de la común existencia de una comunidad histórica, modelada
o distendida por esta historia, y la acción política no es el conjunto de técnicas y
decisiones referentes al bien común de esta comunidad con tendencia a fortificarla y
vitalizarla? Una comunidad así está constituida por múltiples elementos no unificables
entre sí.
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Desde este punto de vista hay que comprender que cada uno participe en la política
según sus condicionamientos propios, aunque las opciones no sigan a un análisis
científico sino que le precedan. Así pues, la opción por el socialismo puede enraizarse
en un deseo libertario, colectivista o regionalista; este deseo encuentra siempre la
justificación ideológica adecuada que, por interés polémico, intenta hacerla pasar por
una opción científica. Tampoco el marxismo escapa de este proceso.
Conviene añadir que si la opción es anterior a toda ciencia, también le es posterior: la
ciencia (aun la marxista) nada dice sobre la oportunidad de la decisión y de la acción
políticas. Puede ayudar a medir la correlación de fuerzas, a analizar la naturaleza de las
realidades presentes, a iluminar las posibles consecuencias, pero no puede pronunciarse
sobre la necesidad de tomar determinadas decisiones. No fue, por ejemplo, el análisis
marxista quien decidió la revolución de 1917 -puesto que muchos marxistas no la
juzgaban madura- sino un sentido seguro del acontecimiento, una intuición
revolucionaria... Lo que los hombres -en una comunidad histórica y en una situación
dada- están dispuestos a hacer o a no hacer, lo que van a decidir sus pasiones o
convicciones, son cosas morales a las que el análisis científico puede ver sólo como
epifenómenos o superestructuras. Y, sin embargo, la his toria está hecha con estas
"irracionalidades".
Conclusión
No pretendemos negar la necesidad de articular la acción política sobre una
aproximación rigurosa y científica a la realidad política y social. La búsqueda de
instrumentos de análisis debe superar la tentación de entregarse a una teoría unitaria
dispensándose de investigaciones que verifiquen los postulados teóricos. Una tentación
de este tipo es frecuente en algunos cristianos. La entrega de éstos a un instrumental
analítico global ¿no reproduce en la acción política la nostalgia de una aprehensión
unificada del mundo que ellos han creído encontrar en la fe? ¿No huyen de la difícil
empresa de las mediaciones por las que se despliega la realidad histórica humana, en
provecho de un decir y hacer globales? Nietzsche hablaba de la necesidad de creer de
los creyentes. La nostalgia de otros tiempos, presente en la voluntad de creencia
religiosa y política, puede abrirse camino en la búsqueda de una aproximación
"científica", presentada como el análisis riguroso de lo real, eliminando la paciencia de
lo concreto en provecho de los juicios previos sobre la totalidad. Sutil manera de ignorar
la realidad política a la que son propensos los cristianos que no saben tomar en serio las
urgencias de lo real, sin reducirlo a alguna ley más pretendidamente verdadera. Cabe
preguntar seriamente, si el cristianismo da muestras de su aptitud para transformar el
mundo y construir un universo más humano, sin agravar al mismo tiempo la
enfermedad del hombre.
Tradujo y extractó: PAU BRICALL
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