Unidad 2. La filosofía como racionalidad teórica

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Unidad 2. La filosofía como racionalidad teórica
Objetivos
Situar el valor de la razón y los sentidos en los procesos cognitivos humanos.
Distinguir entre los distintos grados del conocimiento humano.
Saber diferenciar los distintos usos que se hacen del término «verdad».
Comprender la epistemología relacionándola con la ontología y la ciencia.
Valorar críticamente las diferentes actitudinales ante la verdad desde una
postura intercultural.
Reflexionar sobre los límites del conocimiento filosófico y las investigaciones
científicas.
Antes de empezar
Aunque la filosofía se ha
preguntado siempre por
conocer la verdad,
creando grandes teorías
sobre el mundo y el
hombre, sin embargo,
no es sino a partir de las
revolución científica que
se produce en los siglos
XVII y XVIII, cuando la
filosofía se interroga por
la naturaleza del
conocimiento. Durante
muchos siglos un número
importante de filósofos y
el común de la gente,
sostenían ingenuamente
que el hombre puede
conocer la realidad
De Chirico: la conquista del filósofo
tal cual es. Sin embargo,
investigaciones y
reflexiones posteriores
ponen de manifiesto que
nuestro conocimiento del
mundo está determinado
por factores fisiológicos,
psicológicos, culturales,
emotivos, etc. A partir de
aquí la filosofía reflexiona
sobre cómo se produce
el conocimiento de la
realidad, sobre las
facultades de nuestra
razón y los criterios que
tenemos los hombres
para poder afirmar que
una proposición, una
teoría, un hecho son
verdad.
Cuestiones iniciales




¿Crees que es verdad que todos los seres humanos, como dice Aristóteles,
necesitamos conocer?, ¿por qué?
¿Percibimos la realidad tal cual es?
¿Cómo sabemos cuando algo es verdadero?
¿Existen verdades definitivas o todo es relativo y revisable?
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Esquema de la Unidad
1. Racionalidad teórica y racionalidad práctica.
2. La filosofía como racionalidad teórica.
3. La Epistemología, ciencia del conocimiento
4. El proceso cognoscitivo.
4.1. Sensación y percepción
4.1.1.Las leyes de la percepción
4.1.2.Los factores de la percepción
4.2. Imaginación y memoria
4.3. Conceptualización
4.3.1.El mundo perceptivo y el mundo conceptual
4.3.2.Caracterización del concepto
4.4. Juicio y razonamiento
5. Grados del conocimiento
6. El problema de la verdad
6.1. El concepto de verdad
6.2. Clases de proposiciones
6.3. Criterios de verdad
6.4. Posturas ante la verdad del conocimiento
1. Racionalidad teórica y racionalidad práctica
El ser humano, a diferencia de los animales, no sólo busca explicaciones racionales sobre la
realidad, sino que por medio de la razón busca también cómo debe orientarse y conducirse
en su vida. La razón, por tanto, no es monolítica y uniforme, sino que en función de la
manera como la usemos podemos hablar de dos tipos de racionalidad humana:


Racionalidad teórica. Aquélla que se orienta hacia el conocimiento de la realidad y
que busca informaciones tanto concretas y particulares de la vida cotidiana, como
otras de carácter más complejo y abstracto, como son las ideas, teorías y leyes de
la naturaleza y de la sociedad. Esta racionalidad teórica busca un conocimiento de
la realidad que nos sirva para explicarla y comprenderla.
Racionalidad práctica. Trata de orientar la acción del hombre, de saber cómo
actuar. Abarca tanto conocimientos de cómo se construye o utiliza una herramienta
o máquina, hasta cuáles son los valores y normas que deben orientar nuestra vida
moral o política, tanto en el ámbito privado como social.
La filosofía como saber racional que es, utiliza esta distinción, de manera que podemos
hablar de “filosofía como racionalidad teórica”, y de “filosofía como racionalidad práctica”.
En la primera acepción, la filosofía reflexiona sobre problemas que se derivan de nuestro
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conocimiento de la realidad. La filosofía como racionalidad práctica reflexiona sobre cómo
debemos orientar nuestra conducta, sobre cómo debe de ser la acción humana.
2. La filosofía como racionalidad teórica
La palabra “teoría” procede del griego y significa algo así como observar, contemplar, echar
una mirada. En este sentido, la filosofía como racionalidad teórica significa observar, echar
una mirada al mundo y reflexiona sobre lo que se observa para obtener teorías explicativas
acerca del mundo y del hombre, de sus caracteres y límites.
Como vimos en la anterior Unidad la filosofía nace en Grecia en los siglos VII y VIII y su
primera preocupación intelectual es explicar racionalmente las causas últimas del Cosmos,
su origen y constitución. Surge de esta manera, en primer lugar, una de las ramas
fundamentales de la filosofía, la Metafísica.
La Metafísica estudia los aspectos de la realidad que son inaccesibles a la investigación
científica. Según Immanuel Kant, una afirmación es metafísica cuando afirma algo sustancial
o relevante sobre un asunto
que por principio escapa a toda posibilidad de ser
experimentado sensiblemente por el ser humano. Algunos filósofos han sostenido que el ser
humano tiene una predisposición natural hacia la metafísica. Kant la calificó de "necesidad
inevitable". Arthur Schopenhauer incluso definió al ser humano como "animal metafísico"
La metafísica pregunta por los fundamentos últimos del mundo y de todo lo existente. Su
objetivo es lograr una comprensión teórica del mundo y de los principios últimos generales de
lo que hay, porque tiene como fin conocer la verdad más profunda de las cosas, por qué
son lo que son; y, aún más, por qué existen.
A partir de las revoluciones científicas y la aparición de la ciencia moderna, que se produce
en Europa en los siglos XVII y XVIII, surgieron algunas corrientes filosóficas, que se prolongan
hasta nuestros días, que niegan la posibilidad de que podamos alcanzar un conocimiento
verdadero de esas pretendidas realidades que están más allá de la realidad sensible (Dios,
alma,…), pues sólo es un conocimiento verdadero aquél que puede ser comprobado
experimentalmente.
Junto a la Metafísica surge otra rama de la filosofía que reflexiona sobre la posibilidad del
conocimiento humano e intenta extraer las condiciones que hacen que un determinado
conocimiento pueda ser considerado como verdadero. También indaga sobre las facultades
racionales del hombre, sobre sus posibilidades y posibles límites. Esta corriente, aunque surgió
con Platón y Aristóteles, es con la Filosofía Moderna cuando adquiere su especial
importancia. Pero estas tareas implican un problema previo que hay que resolver: el qué sea
la verdad. De toda esta problemática se ocupa la teoría del conocimiento, Gnoseología o
Epistemología. En esta Unidad nos vamos a detener en la Epistemología y en la próxima
Unidad estudiaremos la Metafísica.
3. La epistemología, ciencia del conocimiento.
El conocimiento humano del mundo ha sido siempre una preocupación de la filosofía. Sin
embargo, únicamente a partir de la época moderna se consideró que era un problema
central de la filosofía, y sólo con Immanuel Kant (1724-1804) se convirtió en objeto de estudio
de una nueva disciplina filosófica, denominada teoría del conocimiento o epistemología.
La consolidación de la revolución científica de los siglos XVII-XVIII se convirtió en una
exigencia para que la filosofía buscara con urgencia su renovación. El pensamiento filosófico
metafísico, que había estado dedicado a fundamentar la teología durante la Edad Media,
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se planteó en la Edad Moderna su función en el nuevo horizonte abierto por la nueva
ciencia. Era necesario restablecer la reflexión filosófica sobre la razón, saber cuáles son sus
poderes y sus límites, lo que representó el primer paso de un proceso denominado revolución
kantiana, que inició René Descartes (1596-1650) y se consolidó con Kant.
Galileo, uno de los genios que impulsaron la aparición de la ciencia moderna, demostró que
la mente humana podía conocer la naturaleza sin necesidad de recurrir a una explicación
sobrenatural. Mientras que el pensamiento medieval había intentado fundamentar la
realidad en Dios, la filosofía moderna se propuso establecer este fundamento en la
capacidad humana para llegar a su conocimiento. Determinar el papel de la razón en la
relación del ser humano con la naturaleza se convirtió en el tema central de la filosofía. La
nueva filosofía nace, pues, como epistemología y tiene como objetivo estudiar la naturaleza
del conocimiento humano y sus límites.
3.1. ¿Qué es el conocimiento?
La Epistemología se ocupa el origen y naturaleza del conocimiento, los tipos de
conocimientos, sus límites y los métodos para alcanzar tales conocimientos.
Podemos definir el conocimiento como aquella actividad que tiene como objetivo la
aprehensión de un estado de cosas de manera que pueda ser compartido por los demás
miembros de una comunidad.
Nuestro conocimiento tiene su origen en la experiencia, a partir de los datos que nos
suministran nuestros sentidos. En el conocimiento podemos distinguir dos elementos: el sujeto,
protagonista del acto de conocer, y el objeto, que es aquello conocido por el sujeto. Los
datos que nos suministran nuestros sentidos –olores, sonidos, colores, etc.- son caóticos y son
ordenados por nuestro cerebro.
Esta relación de la que hemos hablado entre el sujeto y el objeto es mucho más complicada
en el hombre que en el resto de los animales. Lo primero que es necesario tener en cuenta es
que rara vez conocemos la realidad natural, social y cultural tal y como es exactamente, sino
que nuestro conocimiento se encuentra condicionado por una serie de factores. Veamos
algunos de ellos. Como sabemos nuestros sentidos solo captan algunas sensaciones, siendo
incapaces de captar otras. Esta es la razón de porqué los perros, por ejemplo, captan
sonidos u olores que no son “sentidos” por el hombre.
Pero es que además, el sujeto humano no se limita a recoger pasivamente los datos de la
realidad por medio de los sentidos, sino que pretende comprender lo percibido, explicarlo y
predecir lo que de él se deriva. Además, la realidad que pretendemos conocer los hombres
no es estática y limitada, pues no está compuesta sólo por las cosas del universo, sino
también por las personas y las distintas sociedades y esto es algo que cambia, tanto en el
espacio como en el tiempo.
El conocimiento humano tiene otra complicación, dado que no nos limitamos a conocer el
mundo, sino que al mismo tiempo lo interpretamos, lo valoramos: no nos limitamos sólo a oír,
por ejemplo, un conjunto de sonidos que componen una canción, como haría cualquier
animal, sino que ésta nos gusta o nos disgusta, nos trae recuerdos o añoramos una situación
pasada, de acuerdo a nuestra interpretación cultural y subjetiva, condicionada por nuestra
cultura, experiencias, estado de ánimo, etc.
Llegamos entonces a un problema central para la filosofía: si nuestro conocimiento depende
no sólo de las capacidades de nuestros sentidos (podemos conocer el color rojo, pero no
podemos percibir los infrarrojos, por ejemplo), sino también de circunstancias subjetivas,
culturales, que condicionan nuestra interpretación, entonces, ¿cómo sabemos si algo es
verdadero?, ¿Cómo saber si la realidad que conocemos es la realidad misma o es pura
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apariencia? Es por ello, que la gnoseología también intenta responder a dos importantes
interrogantes, ¿qué es la verdad?, ¿qué relación existe entre nuestro conocimiento de la
realidad y la realidad misma?, ¿existen verdades universales fuera del campo de la
matemática y la lógica?
4. El proceso cognoscitivo
Conocer es una actividad mental mediante la cual el ser humano se apropia del mundo que
le rodea. Esta apropiación es una captación intelectual del entorno o del propio organismo.
El acto de conocer es un proceso complejo en el que intervienen, como ya hemos dicho,
aspectos biológicos, cerebrales, lingüísticos, culturales, sociales e históricos y no se puede
disociar de la vida humana ni de las relaciones sociales.
De ahí que conocer sea una necesidad fundamental para el ser humano ya que a partir del
conocimiento la persona puede orientarse, decidir y actuar (dimensión práctica o praxis).
Explicar la constitución de nuestro conocimiento en todos sus aspectos y con todos los
factores que intervienen modelándolo es algo sumamente complejo. Por lo tanto, nos
limitaremos a hacer una primera aproximación destacando los aspectos más relevantes:
4.1.
Sensación y percepción
El conocimiento humano se inicia a partir de la sensación que es un proceso exclusivamente
fisiológico y, en sentido estricto, aún no es un conocimiento. La sensación puede definirse
como el fenómeno elemental de la vida psíquica que resulta de las impresiones producidas
en nuestros sentidos por los excitantes exteriores o por la actividad de los órganos internos.
La misión de los sentidos es informarnos del mundo exterior y de nuestro propio cuerpo.
El proceso sensorial se inicia cuando una determinada energía física provoca la estimulación
de un órgano sensorial provocando la estimulación de un nervio sensorial, generándose un
impulso eléctrico que llega al cerebro, donde se descodifica el mensaje sensorial
produciéndose la imagen del objeto. Así, en el caso de la vista, por ejemplo, las ondas
electromagnéticas del espectro de luz visible inciden en la córnea y a través de la pupila
atraviesan el cristalino hasta llegar a la retina, donde se excitan las células llamadas
bastoncillos y conos, produciéndose un impulso, un mensaje sensorial codificado, y a través
del nervio óptico llega al cerebro, donde se descodifica y se ve la imagen. De manera que
podemos decir que no es el ojo el que ve, sino que se ve a través del ojo.
La Psicología actual distingue entre:
Sentidos exteroceptores. Se encuentran en la periferia de nuestro cuerpo y
captan los estímulos externos. Son los cinco sentidos clásicos.
Sentidos interoceptores. Son internos y captan el estado de nuestro organismo,
como la sed, el hambre, el sueño,…
Sentidos propioceptores. Están situados en los músculos y permiten la
coordinación muscular y el equilibrio.
Sentidos nocioceptores. Están localizados en todo nuestro organismo y nos
informan de los estímulos perjudicares para el organismo, como el dolor.
Las especies sobreviven al captar la realidad según la complejidad de su sistema nervioso. El
conocimiento que cada especie tiene del mundo está determinado por su capacidad
perceptiva, de forma que el mundo a pesar de ser el mismo, se convierte en diferente para
cada especie.
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Por otra parte, la teoría de los umbrales sensoriales explica que una sensación sólo se
produce cuando el estímulo se manifiesta dentro de un margen de intensidad mínima y
máxima, por debajo o por encima de estos umbrales no captamos sensación alguna.
La sensación como tal no nos da el objeto, sino solamente cualidades del objeto; es la
percepción la que capta el objeto que ha impresionado los sentidos y lo capta como tal
objeto. Dicho de otro modo: la sensación “pura” no existe en el hombre: cuando decimos
ver una naranja, estamos expresando el resultado de una serie de experiencias anteriores, y,
en consecuencia, no solamente vemos lo que en realidad “vemos”: un color dentro de
determinados límites, sino que estamos “viendo” la disposición interior y “oliendo” su
perfume, y “gustando” su sabor y “tocando” la superficie rugosa de la corteza. En la
percepción hay algo más que una simple acumulación de sensaciones.
La percepción es un proceso sensocognoscitivo mediante el cual le damos sentido a las
sensaciones que acceden a nuestro organismo. La percepción no es una mera suma de
sensaciones, sino un todo complejo integrado por las sensaciones y otros elementos
subjetivos como las motivaciones, carácter, cultura, experiencia, etc. Mediante ellas nos
informamos sobre la realidad y tienen como finalidad alcanzar la mejor adaptación al
medio.
Al resultado lo denominamos percepto: el objeto de la percepción. Posee las siguientes
características:
Requiere de la presencia del estímulo.
Construido a partir de los datos de los sentidos. (Materia prima: la sensación)
Se presenta de forma singular (de uno en uno) y concreta (en todos sus detalles),
Se produce en un tiempo y espacio determinados.
Se conoce de forma directa, nítida y exacta. Lo puedo recorrer en todos sus
detalles.
Sus cualidades se me imponen, no las puedo modificar a gusto o voluntad.
4.1.1. Las leyes de la percepción
Nuestra percepción de la realidad está sometida a una serie de leyes que fueron
investigadas por los psicólogos de la Gestalt (forma). Estos psicólogos observaron que el
cerebro humano organiza las percepciones como totalidades de acuerdo con ciertas leyes
a las que denominaron "leyes de la percepción".
Según esta escuela
percibimos totalidades y no solo la suma de cualidades sensoriales, es decir, en nuestra vida
cotidiana es primero la percepción de un objeto que los elementos sensoriales de que
consta. Por ejemplo, cuando reconocemos a un amigo, primero lo percibimos a él, luego nos
fijamos cómo va vestido.
Las leyes de la percepción son las siguientes:
Ley de la figura/fondo. Percibimos figuras que se destacan sobre un fondo, que
aparece menos brillante y difuminado.
Ley general de la buena forma. Los objetos de la percepción son organizados en
figuras lo más simples que sea posible, (simétricas, regulares y estables)
Ley del cierre. Tendemos a cerrar y completar las figuras.
Ley del contraste. La posición relativa de los diferentes elementos incide sobre la
atribución de cualidades (como ser el tamaño) de los mismos.
Ley de la proximidad. Los elementos tienen a agruparse con los que se
encuentran a menor distancia.
ley de la semejanza. Los elementos que son similares tienen a ser agrupados.
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Movimiento común o destino común: Los elementos que se desplazan en la
misma dirección tienden a ser vistos como un grupo o conjunto
Las leyes que gobiernan nuestra percepción del mundo no actúan de modo independiente,
aunque se las enuncie por separado, sino que en muchas ocasiones actúan
simultáneamente y se influencian mutuamente creando resultados, en ocasiones difíciles de
prever.
4.1.2. Los factores de la percepción
En el proceso de la percepción intervienen, junto con los datos provenientes de los sentidos,
diversos elementos interpretativos. Percibimos objetos, no sumas de sensaciones. Y los objetos
son siempre algo que tiene una cierta significación en nuestra vida: árboles, hombres, sillas,
mesas o automóviles. Los objetos sin significado para nosotros se perciben peor, o incluso
pasan inadvertidos, a pesar de que envíen sus estímulos a nuestro sistema receptor. Si vamos
paseando por la calle es posible que nos pase inadvertido el tipo de baldosas de la acera,
las señales de tráfico, algunos de los establecimientos, aunque sean captados por nuestros
ojos, pero si lo que vemos es un billete de 100 euros, seguro que no nos pasa desapercibido.
La interpretación de los datos sensoriales depende de factores objetivos y subjetivos. Un
individuo puede interpretar una misma realidad de una forma u otra, según su estado de
ánimo, su bagaje cultural, o la presión que el grupo social ejerce sobre él. En este sentido,
debemos cuidarnos de valorar en exceso el testimonio de la percepción. Podemos distinguir
los siguientes factores que afectan a nuestra percepción de la realidad:
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Factores objetivos:


Los datos proporcionados por los sentidos, que constituyen -por así decir- el
material que tiene que ser interpretado.
La interpretación de esos datos procedentes de los sentidos está sometida, como
ya hemos dicho, a las llamadas "leyes de la forma", unas disposiciones básicas de
nuestra mente, a las que llamamos "elementos configuradores”.
Junto a los factores objetivos intervienen también elementos más variables, o subjetivos, no
ligados ya con la naturaleza de la especie humana, sino con la cultura y la experiencia de
determinados grupos humanos o individuos. De ellos podemos destacar:

La cultura y sociedad en la que hemos nacido y la educación y aprendizaje que
hayamos adquirido a lo largo de nuestra experiencia. Sabido es de todos que los
esquimales distinguen más de diez matices del color blanco y cada uno de ellos
tiene su propio nombre.

las que derivan de intereses (o motivos) del sujeto que percibe. En los seres
humanos, las expectativas debidas a intereses previos actúan constantemente.
Tendemos así a fijarnos -a atender- en aquello que nos interesa. Por ejemplo,
cuando paseamos por una calle es más fácil que un amante del deporte perciba
con más facilidad una tienda de deportes que otro a quien no le gusta.

la situación emotiva. Nos llevará a percepciones distintas provocadas por el
mismo objeto según el papel que ha tenido en nuestra existencia. No percibe
igual la camiseta blanca un madridista que uno del Barça, como no perciben
igual una imagen religiosa el ateo militante y el cristiano. Otro ejemplo: ante un
vaso mediado de vino, el optimista percibirá que está “medio lleno” y el pesimista
lo percibirá como “medio vacío”.
Nuestra comprensión de la realidad está afectada también por las denominadas ilusiones
perceptivas, cuyo origen se encuentra en una defectuosa interpretación de los datos
sensoriales. Ejemplos clásicos de estas ilusiones perceptivas son la ilusión de Poggendorf, la de
Müller-Lyer o la de Zöllner. En ellas, nuestra percepción de los datos sensoriales es incorrecta,
y, por ello, la aprehensión de la realidad resulta errónea.
Si pinchas en las direcciones de abajo podrás observar multitud de iluiones ópticas.
http://www.ilusionario.es/RESTO/vista.htm
http://www.psicoactiva.com/ilusion.htm
Además de las ilusiones perceptivas, podemos ser víctimas de alucinaciones, que son
percepciones de objetos que, en realidad, no existen. La enfermedad mental o las lesiones
cerebrales, la fiebre muy alta o el consumo de drogas provocan la creación de imágenes
alucinantes y son la causa de percepciones anormales.
4.2. Imaginación y memoria
Lo percibido lo podemos evocar más tarde a través de dos procesos psicológicos:
Memoria: conserva y reproduce la información en ausencia del estímulo que la
provocó.
Imaginación: reelaboración de forma la información almacenada.
Los dos procesos poseen las siguientes características:
No requiere la presencia del estímulo.
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Reproducido o reconstruido a partir de percepciones anteriores. (Materia prima:
la percepción)
No está necesariamente unido a un tiempo o espacio determinados,
Aparece como "ausente", más difuso, menos definido, más manipulable,
Puedo modificar sus cualidades a gusto o voluntad.
4.3. Conceptualización
4.3.1. El mundo perceptivo y el mundo conceptual
Imagina un paisaje montañoso en un día caluroso de verano, un valle atravesado por un río
caudaloso de aguas bravas. De repente, un ciervo se acerca a la orilla del río, se detiene y
bebe. No muy lejos, desde la cima de una montaña, un grupo de ingenieros contempla el
valle y comenta, plano en mano, el proyecto que transformará el valle dentro de unos años:
la construcción de una inmensa presa, que producirá electricidad para los pueblos de la
región.
¿Hay alguna diferencia entre el modo en que el ciervo percibe la realidad y el modo en que
los ingenieros perciben esa misma realidad? ¿Viven el ciervo y los ingenieros en el mismo
mundo? Si no es así, ¿cómo es esto posible?
El animal percibe el agua como aquello que sacia su sed. Su mundo, digamos, es
meramente perceptivo, y su conocimiento de ese mundo le permite adaptarse al mismo.
También el ser humano percibe el agua como aquello que sacia su sed; pero, además, ve
en el río una posible fuente de energía. El mundo del ser humano, como el de las demás
especies, es perceptivo, pero, a diferencia del de las otras especies, es también conceptual.
Y esta nueva pauta de interpretación conceptual de la realidad permite al ser humano
transformar el mundo objetivo.
El ser humano transforma el conocimiento perceptivo en conocimiento conceptual, de
forma que su comprensión del mundo se convierte en algo mucho más amplio que el mundo
que capta a través de sus sentidos. Al ser iluminado por la inteligencia humana, un objeto
cualquiera, por ejemplo, el agua, sin dejar de ser parte de la realidad material, adquiere una
carga simbólica. El animal conoce el agua, pero no conoce su valor, no sabe que es agua.
Para poder percibir ese objeto como agua, ha de entender primero qué significa ser agua,
tiene que haber apreciado las cualidades que la diferencian de cualquier otro objeto de la
realidad; es decir, tiene que haber construido el concepto de agua. Al convertirse en
símbolo, el agua toma el valor de expresión lingüística, fórmula química, representación
religiosa o estética, y el ser humano puede modificar el uso que hace de ella.
Probablemente, la razón última de esta característica del ser humano sea que su mundo
perceptivo es insuficiente para lograr su adaptación al medio, a causa del déficit sensorial y
de las limitaciones perceptivas, que más adelante comentaremos. Esta falta de adecuación
al mundo, que no se da en las demás especies, posibilita la creación de un mundo simbólico
y la representación de objetos que no son captados por los órganos sensoriales.
El ser humano transforma la realidad objetiva en realidad simbólica a través de eso que
llamamos pensamiento, y que consiste, básicamente, en realizar una serie de operaciones
mentales: aprehender, juzgar y razonar.
4.3.2 Caracterización del concepto
Aprender consiste en captar el concepto de las cosas; esto es, elaborar la imagen intelectual
de aquello que queremos conocer. No debemos confundir la imagen conceptual con la
imagen sensorial. La realidad del agua, por ejemplo, puede aparecer en nuestros sentidos
un día en que hemos decidido ir a esquiar a Granada. Los órganos sensoriales captan
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diferentes estímulos -lluvia, niebla, río, hielo, nieve-, que se convierten en imágenes
perceptivas distintas. Pero, al mismo tiempo, se produce una percepción exclusiva de la
inteligencia humana: a pesar de presentar diferentes formas y de generar distintas imágenes
perceptivas, esa inteligencia crea una imagen conceptual -el concepto de agua-, que se
refiere a una propiedad compartida por todas las formas que adopta el agua. Dicho
concepto no se refiere a individuos o cosas concretas, sino a clases de individuos o
fenómenos.
Todo concepto tiene dos características: la comprensión y la extensión. La primera se refiere
al conjunto de notas que caracterizan al objeto de conocimiento; la segunda, al conjunto
de individuos a los que se puede aplicar el concepto. Cuanto mayor sea la comprensión,
menor será su extensión.
Podemos definir el concepto como la representación mental de una cosa y se forma a
través de un proceso de abstracción de la información que nos suministran nuestros sentidos.
Los conceptos poseen las siguientes características:
No requieren la presencia del estímulo ni la de la imagen.
Están construidos a partir de percepciones y representaciones previas. (Materia
prima: perceptos e imágenes).
Se presentan de forma universal (No un objeto solo sino todos los de la clase que
define el concepto). Cuando pensamos el concepto de “hombre” lo hacemos
refiriéndonos a “todos los hombres”.
Se presentan de forma abstracta (No las características de cada objeto sino sólo
las que son comunes a todos los de la clase definida).
Se presentan como un símbolo (Prescinde de los componentes sensoriales e
imaginativos).
El concepto se forma en nuestra mente a través de tres pasos:
Abstracción. Etimológicamente significa separar (del latín). La conceptualización
consiste, pues, en separar lo que es universal, necesario y esencial de lo que es
solamente individual, casual y contingente. Mediante la abstracción, el
pensamiento separa (abstrae) una o más características esenciales del objeto
representado, prescindiendo del resto de las características particulares que éste
posea. Los hombres, observando conjuntos de objetos o acontecimientos
separamos las características que observamos comunes a todos ellos. Dejamos así
de lado aquellos rasgos que son singulares de estos objetos para construir el
concepto.
Simbolización. Con ese conjunto de rasgos comunes formamos el concepto y
para representarlo inventaremos un símbolo que será convencional.
Generalización. A partir de ese momento el conjunto de todas las cosas que
posean esas propiedades quedará representado por ese concepto.
Todo concepto tiene dos características: la comprensión y la extensión. La primera se refiere
al conjunto de notas que caracterizan al objeto de conocimiento; la segunda, al conjunto
de individuos a los que se puede aplicar el concepto. Cuanto mayor sea la comprensión,
menor será su extensión.
4.4. Juicio y razonamiento.
Pero nuestra inteligencia no se detiene en la elaboración de conceptos, sino que lleva a
cabo otras dos operaciones: el juicio y el razonamiento. Efectivamente, el hombre en su
acción cognoscitiva va relacionando unos conceptos con otros, elaborando juicios sobre el
mundo sin necesidad de estar en contacto directo con él. El juicio consiste, por tanto, en unir
unos conceptos con otros para afirmar o negar alguna cosa. Al expresarse por medio del
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lenguaje, el juicio se denomina proposición. Una proposición del tipo de “la nieve es blanca”
afirma algo, y, por tanto, podemos decir de ella que es verdadera o falsa. En cambio, un
enunciado del tipo de “¿qué hora es?” no es propiamente una proposición, puesto que, al
no afirmar o negar algo, no podemos decir de él si es verdadero o falso.
El razonamiento es el producto de la tercera operación pensamiento y consiste en relacionar
unas proposiciones con otras conocidas para obtener otras nuevas. Se denomina también
inferencia y puede presentar la forma de deducción, cuando la conclusión deriva
necesariamente de las premisas, o de inducción, cuando la conclusión es sólo probable.
No todas las relaciones entre proposiciones son fuente de conocimiento; ello depende del
tipo de conexión que adopten las distintas proposiciones. Es necesario, pues, establecer las
condiciones necesarias para que una relación entre proposiciones sea un razonamiento, de
lo que nos ocuparemos más abajo.
5. Grados de conocimiento
Supón que en clase de Filosofía pregunto quién fue el autor de esta célebre frase: “Pienso,
luego existo”. La mayoría de la clase reconoce abiertamente que no sabe quién es el autor.
Pasado un momento, uno de tus compañeros interviene para decir que, aunque no está
seguro, cree que fue Sócrates. Finalmente, otro compañero corrige al anterior y afirma que
no fue Sócrates, sino Descartes quien la escribió.
Fíjate en que cada una de estas tres posibles respuestas representa una actitud diferente con
respecto del conocimiento del dato por el que pregunto: la autoría de esa afirmación. La
actitud de la mayoría de la clase es de ignorancia; la del compañero que creía que la frase
era de Sócrates es de duda; y, por último, la actitud del último en intervenir es de
convencimiento.
Los pensamientos de los que estamos totalmente convencidos se denominan creencias.
Ahora bien, el hecho de que el conocimiento sea una creencia no significa que todas las
creencias puedan constituirse como conocimiento, ya que hay creencias equivocadas. El
conocimiento exige, pues, que la creencia sea verdadera.
El hombre a lo largo de su vida va almacenando en su cerebro múltiples conocimientos
teóricos e información muy diversa, sin embargo, no todos ellos tienen el mismo grado de
verosimilitud. Según tengamos un sentimiento de mayor o menor seguridad acerca de
nuestras afirmaciones, tendremos un tipo o grado de conocimiento distinto Existen tres
grados de conocimiento que dependen de las relaciones que guarden el sujeto y el objeto:
La creencia. Es un conocimiento en el que el sujeto está seguro de la verdad de algo,
pero no tiene razones ni justificaciones que convenzan a los otros de la verdad de la
creencia. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de la verdad de las creencias? Sólo se
podría calificarse como verdadero conocimiento a aquellas creencias cuya verdad
puede ser demostrada, aunque sea indirectamente. Conocer o saber algo significa
que no se está equivocado y que no se ha llegado a la verdad por azar, sino que se
posee una justificación. Sin embargo, la historia recoge intentos de la humanidad por
justificar creencias que han resultado ser falsas, como, por ejemplo, la creencia de
que el Sol da vueltas alrededor de la Tierra. La pregunta que resulta obligado formular
es, por tanto, la de cómo saber si una justificación es la más correcta, pues solo existe
sólo una seguridad subjetiva y ésta no se apoya en nada que pueda demostrarse.
Ejemplo: “No tengo pruebas pero estoy seguro de que fue Pablo”.
La opinión. Conocimiento en la que el sujeto considera algo como verdadero, pero
no tiene seguridad en ello y no lo puede demostrar ante los otros. Más que un
conocimiento sobre la realidad es una valoración de ella, y muchas veces supone la
defensa, a veces de forma inconsciente, de nuestros intereses y gustos.
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Objetivamente, el sujeto no tiene ninguna justificación suficientemente convincente
que pueda persuadir a los demás de su verdad.
Desde un punto de vista subjetivo, no existe un convencimiento suficientemente
fuerte como para estar seguro de ello, por ello hablamos de “yo opino que…”, en
lugar de “estoy seguro de…” Por ello también cuando no es aceptada decimos a
veces “bueno, era sólo una opinión”.
El saber. Es una opinión suficientemente fundamentada, tanto desde el punto de vista
subjetivo, como desde el objetivo. Es una creencia de la que estamos seguros y
además podemos demostrar. Es el único conocimiento que podemos llamar
propiamente verdadero. Este conocimiento implica que puede ser demostrado
experimentalmente y es el único que puede ser asumido por todos.
Pese al sentimiento de seguridad que provoca puede coexistir con el error. Es el caso
de cuando hemos tenido la seguridad de una cosa y después hemos tenido que
reconocer que nos habíamos equivocado.
Para terminar este capítulo nos referiremos al conocimiento ordinario del hombre, que está
compuesto de ideas correspondientes en distinta proporción a los tres grados cognoscitivos.
Es indudable que una parte del saber procede de antiguas opiniones y creencias. Este
conocimiento cotidiano es el que acompaña a nuestras actividades diarias y está
compuesto de ideas que hemos aprendido en nuestro entorno, de experiencias personales o
colectivas, de testimonios más o menos fiables, de la observación del entorno, de la tradición
cultural, de generalizaciones, de datos aportados por las ciencias.
Su grado de racionalidad indudablemente es muy variable y tiene un carácter acrítico y
asistemático.
6. El problema de la verdad
6.1. El concepto de verdad
Es indudable que la pretensión del conocimiento es obtener conocimientos verdaderos, pero
filosóficamente resulta problemático estar seguro de que algo es verdadero y saber cuál
debe de ser el criterio universal que debemos utilizar para decir que algo es verdadero y qué
es la verdad. Vamos a intentar aclararnos y saber cuáles son las posturas más importantes
sobre este tema.
Para empezar, hay que distinguir entre verdad y certeza, ya que es posible que estemos
totalmente convencidos de la verdad de una creencia y que, a pesar de ello, ésta sea falsa.
La certeza es un estado subjetivo, y, por sí misma, no es garantía de conocimiento
verdadero; la verdad, en cambio, es un estado objetivo.
Pero, ¿qué significa el término verdad? Fíjate en estos cuatro ejemplos:
1.
2.
3.
4.
“Tengo en mi salón un Picasso de verdad”
“Es verdad que la mesa es redonda”
“Es verdad que el todo es mayor que la parte”
“Es verdad que Sócrates es mortal, si todos los seres vivos son mortales y Sócrates
es un ser vivo”
Si te fijas bien, verás que en cada uno de ellos el término verdad posee un significado
distinto. En el primer ejemplo, la verdad es entendida como una cualidad, la de ser
auténtico, que se aplica a un objeto, en este caso a un cuadro. Se trata de la verdad
entendida como autenticidad.
En el segundo ejemplo, la verdad no es una propiedad de un objeto, sino del enunciado
mismo. Se refiere a la relación que hay entre el enunciado y la realidad. Aquí la verdad es
entendida como correspondencia.
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En el tercer ejemplo, la verdad es una propiedad también de una afirmación, pero que, a
diferencia de la afirmación del segundo ejemplo, es siempre verdadera, porque indica la
relación de los conceptos de todo y parte. Esta clase de verdad, que es lógicamente
necesaria, se denomina verdad como identidad.
Por último, en el cuarto ejemplo, la verdad se refiere a la correcta construcción de un
razonamiento o argumento. En este caso, cuando utilizamos el término verdad, lo que
queremos decir es que si las premisas son verdaderas, entonces la conclusión ha de ser
necesariamente verdadera; es decir, la verdad de la conclusión se deduce necesariamente
de la verdad de las premisas. Ésta es la verdad entendida como consistencia.
6.2. Clases de proposiciones
De los cuatro sentidos del término verdad señalados, a la epistemología le interesa, sobre
todo, la verdad entendida como correspondencia y la verdad entendida como identidad.
En ambos sentidos, la verdad se aplica a proposiciones. Como dijimos más arriba una
proposición es todo enunciado que puede ser verdadero o falso. Por tanto, no todo
enunciado es una proposición. Si yo afirmo: “La nieve es blanca”, dicha afirmación puede
ser verdadera o falsa (de hecho, es verdadera); en cambio, un enunciado del tipo: “¿Qué
hora es?”, no es ni verdadero ni falso, puesto que no aporta ninguna información que pueda
ser verdadera o falsa.
No debemos confundir una proposición con su expresión concreta en una lengua
determinada. Por proposición entendemos, propiamente, el significado que adquiere un
determinado enunciado en una lengua. Distintas afirmaciones, expresadas en distintos
idiomas, poseen un mismo significado, que puede ser verdadero o falso. Pues bien, esto
último es, en sentido estricto, la proposición.
Hay dos clases de proposiciones: las proposiciones analíticas y las proposiciones sintéticas:
proposiciones analíticas son aquellas cuyo predicado está de alguna manera ya
contenido en el sujeto. Son universales y necesarias, pero no amplían nuestro
conocimiento del mundo. Su verdad o falsedad no se puede poner en duda. Existen
tres tipos:
 proposiciones basadas en verdades lógicas, como “Llueve o no llueve”.
 proposiciones verdaderas en virtud de su significado, como “Un triángulo
tiene tres lados”.
 proposiciones aritméticas, como “Tres más dos son cinco”.
proposiciones sintéticas son aquellas cuyo predicado no está contenido en el sujeto.
No son ni universales ni necesarias, pero sí expresan alguna información sobre el
mundo. En ellas el predicado aporta información nueva sobre el sujeto; por ejemplo,
en la proposición: “La tierra gira alrededor del sol”, no hay nada en el concepto
tierra que indique que debe dar vueltas alrededor del sol.
Esta distinción entre proposiciones analíticas y proposiciones sintéticas es equivalente a la
que estableció Leibniz, filósofo alemán de los siglos XVII-XVIII, entre verdades de razón
(correspondientes a las proposiciones analíticas) y verdades de hecho (correspondientes a
las proposiciones sintéticas).
Observa que el fundamento de la verdad de estos dos tipos de proposiciones se establece
de manera diferente: en las proposiciones analíticas, por causas internas a la misma
proposición y con independencia de lo que ocurre en la realidad; y en las proposiciones
sintéticas, por causas externas a la proposición, es decir, viendo si lo que afirma la
proposición se corresponde o no con lo que ocurre de hecho en el mundo.
En una proposición analítica, del tipo de “El todo es mayor que la parte”, su verdad no se ha
de comprobar en el mundo, porque es independiente de los objetos de la realidad. Pensar
en su negación equivale a incurrir en una contradicción. La verdad de estas afirmaciones se
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nos presenta como algo evidente, es decir, algo de lo que no podemos dudar. En cambio,
en una proposición sintética, del tipo de “La tierra es un planeta que gira alrededor del sol”,
la verdad no depende del simple análisis de los conceptos relacionados en el sujeto y en el
predicado, sino de la correspondencia con los hechos. Su negación no resulta
contradictoria, de manera que pensar en un significado opuesto no resulta absurdo.
El primero en formular la concepción de la verdad como correspondencia fue Aristóteles,
filósofo griego del siglo IV a. C., al decir: “Decir de lo que es que no es o de lo que no es que
es, es falso; y decir de lo que es que es y de lo que no es que no es, es verdadero”.
6.3. Criterios de verdad
Surge ahora una pregunta: ¿es posible establecer de una forma infalible la verdad de las
proposiciones sintéticas, es decir, la verdad de nuestro conocimiento empírico? Aunque en el
pasado no siempre se pensó así, hoy día prevalece la opinión de que nuestras creencias
sobre el mundo no son infalibles, sino que cabe la posibilidad de que sean erróneas. Ahora
bien, eso no quiere decir que nuestro conocimiento no sea fiable, ya que muchas de
nuestros conocimientos se fundamentan en diversas razones.
Dejando a un lado el denominado argumento de autoridad, que es una razón muy primaria y
débil, existen diversos criterios para justificar la verdad de nuestras creencias acerca del
mundo. Son los siguientes:
La verdad como evidencia con la que se presentan nuestras creencias perceptivas, que se
nos imponen de forma inmediata, provocando nuestra certeza respecto de su verdad. La
certeza de este tipo de enunciados se fundamenta en el hecho de que son afirmaciones de
experiencia inmediata. Aunque existe siempre la posibilidad de dudar del testimonio de los
sentidos o de pensar que podemos estar siendo víctimas de una alucinación o de un sueño,
en circunstancias normales el principio dominante es admitir que las creencias perceptivas
son fiables, de manera que sólo surge la duda si tenemos la sospecha de alguna anomalía.
En todo caso, esta forma de evidencia está limitada por el hecho de que las percepciones
proporcionan escaso conocimiento y, a veces, son falsas.
La verdad como coherencia de nuestras ideas con el resto de proposiciones que forman
parte de un mismo campo de conocimientos. Por ejemplo, decir que un palo se quiebra,
cuando es introducido en el agua, no es coherente con los conocimientos que poseemos
acerca de las leyes de la refracción de la luz.
Sin embargo, la coherencia tampoco asegura la verdad de una afirmación. Decir que el sol
gira alrededor de la tierra es una proposición que fue coherente con los conocimientos sobre
el mundo que antiguamente se tenían.
En tercer lugar, la utilidad de algunas proposiciones, que proporcionan resultados positivos y
eficaces, nos hace pensar que esas afirmaciones son ciertas. Este criterio es defendido por el
relativismo y por el pragmatismo estadounidense. Para estas corrientes lo verdadero es todo
aquello que es útil o eficaz y, por tanto, nos conduce al éxito. De acuerdo con esta
concepción, una proposición es verdadera si cuando la aplicamos produce resultados
positivos. El más importante representante de esta escuela, William James nos afirma que el
auténtico conocimiento, cuando busca la verdad, no es sólo un conocimiento verdadero
desde un punto de vista teórico, sino que el conocimiento verdadero debe construir
verdades que sean útiles para el hombre. Según esta teoría la verdad de una ciencia se
mediría por los resultados tecnológicos que se crean con este saber. Por ejemplo, la teoría de
Newton de que el universo era esférico y finito fue considerado durante siglos verdadero
porque era útil para aquella época, ya que permitía explicar suficientemente las
observaciones astronómicas. Pero esta misma teoría ya no era útil para, por ejemplo, el
lanzamiento de satélites, apareciendo otra teoría sustitutoria, que era útil para poder
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lanzarlos con éxito. Un posible punto débil de esta postura es que una idea o conocimiento
no siempre, ni en todo lugar, ni para todo el mundo, resulta igualmente beneficioso.
Por último, podemos considerar verdaderas las proposiciones que resisten el ensayo del
método científico, si se realizan experiencias que las pongan a prueba y los resultados no van
en contra de lo que afirman. Sin embargo, en ciencia no hay forma para determinar
absolutamente la verdad de una proposición, ya que ésta, en un momento u otro, puede ser
refutada por un experimento.
Ninguno de estos criterios de verdad ha de considerarse como absoluto en lo que respecta a
nuestros conocimientos empíricos, pero este hecho no impide que tengamos unas creencias
de las cuales estemos totalmente convencidos.
La conclusión que se sigue de lo dicho hasta aquí es que resulta imposible establecer con
absoluta certeza el conocimiento de la verdad fuera del contenido expresado por las
proposiciones analíticas. En efecto, no podemos justificar con la misma fuerza las
afirmaciones que se refieren al mundo empírico. Sin embargo, esto no nos legitima para
afirmar que nuestro conocimiento empírico del mundo sea imposible. Nuestro conocimiento
del mundo no es infalible, pero sí puede ser fiable hasta cierto punto.
6.4. Posturas ante la verdad del conocimiento
A lo largo de la historia los filósofos se han preguntado si el hombre puede alcanzar la
verdad, dándose seis posturas distintas:
Dogmatismo. Esta primera postura defiende que el hombre, gracias a su razón, puede
alcanzar un conocimiento absolutamente cierto de la realidad. Este conocimiento
tendría un carácter universal, es decir, todos los hombres con el sólo uso de la razón
pueden alcanzar la verdad, que es única.
Afirma que la capacidad intelectual es suficiente para conocer la realidad tal como
es por lo que se pueden establecer verdades universales y absolutas, totalmente
ciertas e indudables.
Esta postura se basa en una confianza total en las posibilidades de los sentidos o la
razón humana.
Se considera una postura ingenua que ha sido criticada por numerosos filósofos. De
manera general, el dogmatismo se entiende como la actitud de quien tiende a
imponer una doctrina o unos valores sin pruebas suficientes y sin admitir discusión,
actitud que ha tenido en muchas ocasiones consecuencias trágicas, al obligar a los
que piensan de manera diferente a que dejen sus ideas y abracen las dogmáticas.
Escepticismo. Esta postura, radicalmente contraria a la anterior, niega la posibilidad
de que el hombre pueda alcanzar un conocimiento firme y seguro sobre la realidad.
Nunca, piensan los escépticos, hay una justificación suficiente para aceptar algo
como verdadero. No se puede saber si existe la verdad absoluta pero aunque ésta
existiera no habría manera de saber cuál es.
Esta imposibilidad de encontrar la verdad se basa en el error de los sentidos o en la
falta de acuerdo entre los seres humanos incluso en aquellos principios de carácter
más general. Defendida por filósofos de la antigüedad como Pirrón de Elis (360-270 a.
C.) o modernos como Michel de Montaigne (1.533-1592).
La alternativa en esta postura es no adoptar ninguna opinión o creencia ya que no
podemos decidirnos por ninguna cosa. Es lo que se denomina suspensión de juicio, el
silencio como opción que nos permita alcanzar la serenidad y ser así felices.
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Algunas objeciones que se le han hecho se basan en el aspecto paradójico que
tiene esta postura llevada al extremo:



El escepticismo es contradictorio cuando afirma que "nada se puede
afirmar". Si nada es cierto, ¿por qué lo ha de ser afirmarlo?
No se puede vivir con una convicción así. Si se tomara al pié de la letra no
podríamos hacer o pensar nada.
La duda ya es una prueba de una cierta verdad.
Sin embargo el escepticismo parcial aplicado sólo a algunos objetos u aspectos del
conocimiento humano puede ser una buena medida para marcar los límites del
conocimiento humano pues sirve para determinar qué es incognoscible para
nosotros y cuál es la naturaleza de nuestro propio conocimiento.
Relativismo. Niega la posibilidad de alcanzar verdades universalmente válidas para
todos y para todas las culturas. La verdad depende del sujeto o de la cultura en la
que estamos insertos. La verdad, a diferencia del escepticismo, es posible de ser
alcanzada, pero ésta no puede tener un carácter universal, sino que depende de la
situación personal, grupal o cultural desde donde nos situemos. Que las verdades son
relativas significa que un juicio es verdadero dependiendo de las condiciones o
circunstancias en las que ha sido formulado: dependiendo del ser humano que lo
formula, la sociedad en que vive, el momento histórico, etc. Ya lo formuló Protágoras
(480-410 AC) en la Grecia Clásica: "El hombre es la medida de todas las cosas".
Pragmatismo. Identifica la verdad con lo útil o conveniente.
Criticismo. Se sitúa en un terreno intermedio entre el dogmatismo y el escepticismo.
Según esta posición es posible por parte del hombre alcanzar conocimientos
verdaderos, pero es necesario tener en cuenta dos cosas:

Nuestro conocimiento de la realidad está condicionado por nuestras
facultades cognoscitivas, por tanto, nuestro conocimiento de la realidad no
es una copia absolutamente exacta de la realidad, sino que se encuentra
condicionado por nuestras estructuras cognoscitivas, que son las mismas para
todos los hombres. Por otra parte, nuestras facultades tienen límites y, por
tanto, no podemos alcanzar nunca un conocimiento absoluto de la realidad.
Esta es la postura que defiende uno de los filósofos más importantes de la
historia: Emmanuel Kant.

El conocimiento no puede alcanzar una verdad incuestionable y definitiva,
sino que es falible y, por tanto, debe ser continuamente puesto a prueba, de
manera que lo que en un momento determinado es considerado verdadero
puede pasar a ser falso por la aparición de nuevas pruebas o datos. Esto fue
lo que sucedió, por ejemplo, a la teoría gravitacional de Newton, que fue
considerada como verdadera, hasta la aparición de las teorías de Einstein,
que demostraron que aquella teoría no se cumplía cuando intentábamos
aplicarla en distancias, espacios y tiempos interestelares. Esta teoría fue
defendida por un filósofo del siglo XX, muerte hace unos años: Karl Popper.
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