La guerra de Crimea 1853 - 1856

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LA GUERRA DE CRIMEA
1853 - 1856
Informe mensual de estrategia
abril 2014
NG & FINA
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WEALTH
MANAGEMENT
SPAIN
2013
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Alejandro vidal
Responsable de Estrategia de Mercados
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Informe mensual de estrategia. Abril de 2014
LA GUERRA DE CRIMEA, 1853 - 1856
“Estamos viviendo un conflicto internacional que puede traer consecuencias económicas
importantes a medio plazo para Rusia y otras naciones por las medidas que pueden
adoptar. La influencia de Rusia en la zona del Mar Negro y el acceso de la nación al Mar
Mediterráneo lleva siendo un asunto de máximo interés geopolítico desde hace siglos. Ya a
mediados del siglo XIX, la descomposición del anacrónico Imperio Otomano era evidente
y solamente el interés de las potencias europeas por evitar conflictos en caso de una caída
caótica mantenía en pie la presencia turca en Europa y Oriente medio. Repasamos el
conflicto crimeo del siglo XIX”.
A mediados del siglo XIX, el Imperio Otomano seguía manteniendo el control nominal de amplias
zonas de Europa del Este y Oriente Medio, aunque era muy evidente para las grandes potencias
europeas que era incapaz de defender dichos territorios, por su atraso en cuestiones tecnológicas,
industriales y militares, puestas en blanco sobre negro especialmente tras la independencia de Grecia
en 1821 después de un conflicto bélico.
Aún así, el Imperio Otomano tenía bajo su control importantes poblaciones y lugares de culto
cristianos, tanto de confesión católica como ortodoxa, incluyendo Jerusalén. Así que como forma de
intervención más o menos indirecta en la gestión de la decadencia turca, las potencias europeas se
habían arrogado (mediante acuerdos con el cada vez más débil Sultán) la protección a poblaciones
y lugares de culto cristianos si fuera necesario. En concreto, Rusia era el guardián de la confesión
ortodoxa y Francia de la confesión católica, en virtud de una serie de acuerdos alcanzados en la
década de los 30.
Y en esta situación, comenzaron a generarse fuertes tensiones entre los monjes de confesión
ortodoxa y católica por el control de la Basílica de la Natividad y la Iglesia del Santo Sepulcro, en
Jerusalén. El conflicto se estaba escalando rápidamente y ambas partes elevaron al Sultán peticiones
irreconciliables entre sí, por lo que éste tuvo que tomar parte en la solución, inclinándose a favor de
la confesión católica, e indirectamente, a favor de Francia, que era el guardián de los católicos en el
Imperio.
Esta toma de postura gustó entre poco y nada al Zar Nicolás I, que rápidamente envió ante el
Sultán turco a un embajador bastante agresivo, el Príncipe Ménshikov, un veterano militar ruso con
experiencia en las Guerras Napoleónicas y en las guerras ruso-turcas que habían llevado al Imperio
de los Zares a controlar la mitad del Mar Negro, y en concreto, la península de Crimea, que había
pasado a manos rusas en 1778 tras expulsar a turcos y tártaros. El Príncipe Ménshikov era, pues, un
viejo conocido en la corte de Estambul y presionó fuertemente al Sultán para revisar los acuerdos
de protección de los cristianos en sus dominios, mediante la firma de un tratado que diera a Rusia
mayor capacidad para intervenir en Turquía.
Estas negociaciones llegaron a oídos del embajador británico, Lord Starford, que finalmente
convenció al Sultán de que dicho acuerdo ponía en riesgo el equilibrio geopolítico en el este del
Mediterráneo, por lo que la oferta de los rusos fue rechazada.
La temática de fondo no era tanto proteger los intereses de los monjes en Palestina, sino el riesgo
que planteaba para las potencias europeas que Rusia obtuviera o bien una salida directa al Mar
Mediterráneo o bien el control de los estrechos de Bósforo y Dardanelos, que daría una mayor
operatividad a su flota en el Mar Negro. En décadas anteriores, Rusia había obtenido acceso al Mar
Báltico (a costa de los suecos) y al Mar Negro (a costa de los Turcos, en Crimea); el resultado había
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sido bastante similar: Rusia había implantado rápidamente bases navales y luego había formado
armadas muy poderosas, que le habían dado la supremacía naval en la zona. Además, el Mar
Mediterráneo y su control era fundamental para las potencias europeas, para asegurar sus líneas de
abastecimiento y comerciales con África, donde estaba desarrollándose la colonización, con lo que
la presencia de una poderosa flota rusa en la zona era muy poco deseada por franceses y británicos.
Así que cuando Rusia recibió la negativa del Sultán, reaccionó de forma muy agresiva, invadiendo
y anexionando las regiones otomanas de Moldavia y Valaquia, un avance sobre las costas del Mar
Negro y al sur del Danubio en dirección hacia los estrechos y el Mediterráneo. Las cuatro grandes
potencias europeas (Reino Unido, Francia, Alemania y Austria) se declararon neutrales en el conflicto
y se emplazaron a negociar junto con los beligerantes en este momento (Rusia y Turquía) una
solución acordada. Pero en el fondo, las posturas europeas también estaban polarizadas: Francia y
Reino Unido enviaron dos poderosas flotas al estrecho de Dardanelos por si la cosa se salía de madre
(ya hemos comentado que su primer objetivo era evitar una flota operativa rusa en el Mediterráneo),
mientras que Austria y Alemania eran más pasivas, puesto que pensaban que la paulatina caída del
Imperio Turco les permitiría ganar en Europa del Este y los Balcanes una zona de influencia que les
estaba siendo negada en América y África.
Las negociaciones no fructificaban, así que el Sultán decidió enviar a sus ejércitos a la guerra, con
desastroso resultado: el ataque turco no sólo no consiguió hacer retroceder a los rusos, sino que la
flota turca fue casi totalmente destruida en la Batalla de Sinope, alterando totalmente el equilibrio
de fuerzas en la zona, y dejando a los rusos una capacidad operativa absoluta para avanzar hacia el
sur por tierra y mar. Ante esta situación, Francia y Reino Unido emitieron un ultimátum a Rusia: o se
retiraba al norte del Danubio o entrarían en la guerra del lado de los turcos. Rusia confiaba en que
Alemania y Austria apoyarían su causa, o por lo menos, permanecerían neutrales. Pero no fue así, y
pese a no luchar, se decantaron por el bando anglofrancés, facilitando sus operaciones.
Pese a ello, Rusia se negó a retirarse, y Reino Unido y Francia le declararon la guerra, poniendo
en juego 650.000 efectivos junto con los 300.000 turcos ya en contienda, para enfrentarse a un
ejército de 1.200.000 rusos. En abril de 1854 la flota combinada anglofrancesa bombardeó Odessa,
aunque no logro desembarcar. Si consiguió sitiar por tierra y por mar la ciudad de Sebastopol, base
de la flota rusa en el Mar Negro ya en aquellos días.
El asedio de Sebastopol suponía de facto la pérdida de la flota, por lo que Rusia desencadenó varias
feroces ofensivas para recuperar la operatividad de la plaza. Primero, la Batalla de Baclava (octubre
de 1854), donde se produjo la famosa Carga de la Brigada Ligera (la Delgada Línea Roja), donde
una línea de unidades de caballería ligera británica cargaron con sables a la vieja usanza sobre
posiciones de granaderos y artilleros rusos, que los arrasaron: el avance de la industria y la artillería
desde las guerras napoleónicas habían cambiado totalmente las normas de la guerra. La batalla fue
desastrosa para las fuerzas británicas, con cuantiosas bajas, pero los rusos no consiguieron levantar
el asedio a Sebastopol.
Pocos días después, se produjo otra ofensiva rusa, la Batalla de Inkerman, aunque en este caso, los
británicos habían aprendido la lección, y alteraron sus tácticas de guerra. Los rusos no consiguieron
levantar el sitio de Sebastopol, aunque causaron bajas importantes en los ejércitos francés y británico,
que les impidieron tomar Sebastopol antes de la caída del invierno ruso, que hizo pasar terribles
penurias a los soldados.
A pesar de ello, finalmente Sebastopol cayó en septiembre de 1855, lo que forzó a Rusia a pedir
un armisticio, que se firmaría en París en 1856. Las consecuencias políticas del conflicto fueron
diversas, y en algunas de ellas están las causas de la primera guerra mundial. El Imperio Turco se
mantuvo como un muerto viviente en Europa, mientras que Rusia perdía las relaciones cordiales
Informe mensual de estrategia. Abril de 2014
con las potencias centrales europeas, con las que había luchado frente a Napoleón unas pocas
décadas atrás. La presión sobre los Balcanes, que seguían siendo nominalmente turcos, pero cada
vez más sujetos a nacionalismos alentados desde las potencias colindantes, siguió aumentando,
especialmente con las nuevas malas relaciones entre Austria y Rusia.
En cuanto a Rusia, el armisticio le supuso una pérdida de influencia muy relevante en la zona. Aparte
de renunciar y devolver a los turcos las regiones ocupadas, el Mar Negro se declaró zona neutral, por
lo que quedaba prohibido destacar ejércitos o flotas en sus aguas y costas. En el Báltico, grandes
regiones del Gran Ducado de Finlandia (parte de Rusia en esos momentos), fueron desmilitarizadas,
facilitando el camino a su posterior independencia, en 1917.
La guerra en sí fue diferente a las anteriores, puesto que se estaban empezando a integrar avances
tecnológicos en el campo militar, que cambiarían las reglas de la guerra definitivamente en los
primeros meses de la Primera Guerra Mundial, en Verdún. Aún así, la guerra de Crimea fue una
auténtica carnicería, donde murieron 250.000 combatientes y 750.000 civiles. Fue además la
primera guerra documentada por fotógrafos y corresponsales de guerra, con lo que las noticias y el
escándalo que causó la crudeza del conflicto repercutió plenamente en la población civil, que hasta
ese momento, sólo recibía relatos épicos y heroicos del desempeño de sus tropas.
El conflicto actual sobre la península de Crimea no parece que vaya a terminar en un enfrentamiento
bélico, pero sí que está teniendo efectos económicos con las medidas que se están tomando por
los países occidentales. Por el momento estas medidas son muy limitadas, pero a medio plazo es
probable que sean más importantes y que afecten sobre todo al mapa energético mundial.
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