1- Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) Septimo mandamiento 2

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1- Catecismo de la Iglesia Católica (CIC)
Septimo mandamiento
2427 El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y
llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la
tierra (cf Gn 1, 28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere
trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3, 10; cf 1 Ts 4, 11). El trabajo honra los dones del Creador
y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf Gn 3,
14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre
colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra redentora. Se muestra como discípulo
de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cf LE 27). El
trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el
espíritu de Cristo.
2- Compendio de la doctrina social de la Iglesia
II. LA PERSONA HUMANA « IMAGO DEI »
a) Criatura a imagen de Dios
108 El mensaje fundamental de la Sagrada Escritura anuncia que la persona humana es
criatura de Dios (cf. Sal 139,14-18) y especifica el elemento que la caracteriza y la distingue
en su ser a imagen de Dios: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios
le creó, macho y hembra los creó » (Gn 1,27). Dios coloca la criatura humana en el centro y en
la cumbre de la creación: al hombre (en hebreo « adam »), plasmado con la tierra (« adamah »),
Dios insufla en las narices el aliento de la vida (cf. Gn 2,7). De ahí que, « por haber sido hecho a
imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien.
Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras
personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de
fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar ». 204
109 La semejanza con Dios revela que la esencia y la existencia del hombre están
constitutivamente relacionadas con Él del modo más profundo.205 Es una relación que existe
por sí misma y no llega, por tanto, en un segundo momento ni se añade desde fuera. Toda la
vida del hombre es una pregunta y una búsqueda de Dios. Esta relación con Dios puede ser
ignorada, olvidada o removida, pero jamás puede ser eliminada. Entre todas las criaturas del
mundo visible, en efecto, sólo el hombre es « “capaz” de Dios » (« homo est Dei capax »).206
La persona humana es un ser personal creado por Dios para la relación con Él, que sólo en esta
relación puede vivir y expresarse, y que tiende naturalmente hacia Él. 207
110 La relación entre Dios y el hombre se refleja en la dimensión relacional y social de la
naturaleza humana. El hombre, en efecto, no es un ser solitario, ya que « por su íntima
naturaleza, es un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades, sin relacionarse con
los demás ».208 A este respecto resulta significativo el hecho de que Dios haya creado al ser
humano como hombre y mujer 209 (cf. Gn 1,27): « Qué elocuente es la insatisfacción de la que
es víctima la vida del hombre en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal y
animal (cf. Gn 2,20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de un ser que es hueso de sus
huesos y carne de su carne (cf. Gn 2,23), y en quien vive igualmente el espíritu de Dios creador,
puede satisfacer la exigencia de diálogo interpersonal que es vital para la existencia humana. En
el otro, hombre o mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda persona
».210
111 El hombre y la mujer tienen la misma dignidad y son de igual valor,211 no sólo porque
ambos, en su diversidad, son imagen de Dios, sino, más profundamente aún, porque el
dinamismo de reciprocidad que anima el « nosotros » de la pareja humana es imagen de
Dios.212 En la relación de comunión recíproca, el hombre y la mujer se realizan profundamente
a sí mismos reencontrándose como personas a través del don sincero de sí mismos. 213 Su pacto
de unión es presentado en la Sagrada Escritura como una imagen del Pacto de Dios con los
hombres (cf. Os 1-3; Is 54; Ef 5,21- 33) y, al mismo tiempo, como un servicio a la vida. 214 La
pareja humana puede participar, en efecto, de la creatividad de Dios: « Y los bendijo Dios y les
dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra” » (Gn 1,28).
112 El hombre y la mujer están en relación con los demás ante todo como custodios de sus
vidas: 215 « a todos y a cada uno reclamaré el alma humana » (Gn 9,5), confirma Dios a Noé
después del diluvio. Desde esta perspectiva, la relación con Dios exige que se considere la vida
del hombre sagrada e inviolable.216 El quinto mandamiento: « No matarás » (Ex 20,13; Dt
5,17) tiene valor porque sólo Dios es Señor de la vida y de la muerte. 217 El respeto debido a la
inviolabilidad y a la integridad de la vida física tiene su culmen en el mandamiento positivo: «
Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19,18), con el cual Jesucristo obliga a hacerse cargo
del prójimo (cf. Mt 22,37-40; Mc 12,29-31; Lc 10,27-28).
113 Con esta particular vocación a la vida, el hombre y la mujer se encuentran también frente
a todas las demás criaturas. Ellos pueden y deben someterlas a su servicio y gozar de ellas,
pero su dominio sobre el mundo requiere el ejercicio de la responsabilidad, no es una libertad
de explotación arbitraria y egoísta. Toda la creación, en efecto, tiene el valor de « cosa buena »
(cf. Gn 1,10.12.18.21.25) ante la mirada de Dios, que es su Autor. El hombre debe descubrir y
respetar este valor: es éste un desafío maravilloso para su inteligencia, que lo debe elevar como
un ala 218 hacia la contemplación de la verdad de todas las criaturas, es decir, de lo que Dios ve
de bueno en ellas. El libro del Génesis enseña, en efecto, que el dominio del hombre sobre el
mundo consiste en dar un nombre a las cosas (cf. Gn 2,19-20): con la denominación, el hombre
debe reconocer las cosas por lo que son y establecer para con cada una de ellas una relación de
responsabilidad.219
114 El hombre está también en relación consigo mismo y puede reflexionar sobre sí mismo.
La Sagrada Escritura habla a este respecto del corazón del hombre. El corazón designa
precisamente la interioridad espiritual del hombre, es decir, cuanto lo distingue de cualquier
otra criatura: Dios « ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el
afán en sus corazones, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de
principio a fin » (Qo 3,11). El corazón indica, en definitiva, las facultades espirituales propias
del hombre, sus prerrogativas en cuanto creado a imagen de su Creador: la razón, el
discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre.220 Cuando escucha la aspiración
profunda de su corazón, todo hombre no puede dejar de hacer propias las palabras de
verdad expresadas por San Agustín: « Tú lo estimulas para que encuentre deleite en tu
alabanza; nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no
descanse en ti ».221
2da. Parte; cap VI
“EL TRABAJO HUMANO”
ASPECTOS BÍBLICOS
a) La tarea de cultivar y custodiar la tierra
a) La tarea de cultivar y custodiar la tierra
255 El Antiguo Testamento presenta a Dios como Creador omnipotente (cf. Gn 2,2; Jb 38-41;
Sal 104; Sal 147), que plasma al hombre a su imagen y lo invita a trabajar la tierra (cf. Gn 2,56), y a custodiar el jardín del Edén en donde lo ha puesto (cf. Gn 2,15). Dios confía a la primera
pareja humana la tarea de someter la tierra y de dominar todo ser viviente (cf. Gn 1,28). El
dominio del hombre sobre los demás seres vivos, sin embargo, no debe ser despótico e
irracional; al contrario, él debe « cultivar y custodiar » (cf. Gn 2,15) los bienes creados por
Dios: bienes que el hombre no ha creado sino que ha recibido como un don precioso, confiado a
su responsabilidad por el Creador. Cultivar la tierra significa no abandonarla a sí misma;
dominarla es tener cuidado de ella, así como un rey sabio cuida de su pueblo y un pastor de su
grey.
En el designio del Creador, las realidades creadas, buenas en sí mismas, existen en función del
hombre. El asombro ante el misterio de la grandeza del hombre hace exclamar al salmista: «
¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él te cuides? Apenas
inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras
de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies » (Sal 8,5-7).
256 El trabajo pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída; no es, por
ello, ni un castigo ni una maldición. Se convierte en fatiga y pena a causa del pecado de Adán y
Eva, que rompen su relación confiada y armoniosa con Dios (cf. Gn 3, 6-8). La prohibición de
comer « del árbol de la ciencia del bien y del mal » (Gn 2,17) recuerda al hombre que ha
recibido todo como don y que sigue siendo una criatura y no el Creador. El pecado de Adán y
Eva fue provocado precisamente por esta tentación: « seréis como dioses » (Gn 3,5). Quisieron
tener el dominio absoluto sobre todas las cosas, sin someterse a la voluntad del Creador. Desde
entonces, el suelo se ha vuelto avaro, ingrato, sordamente hostil (cf. Gn 4,12); sólo con el sudor
de la frente será posible obtener el alimento (cf. Gn 3,17.19). Sin embargo, a pesar del pecado
de los primeros padres, el designio del Creador, el sentido de sus criaturas y, entre estas, del
hombre, llamado a ser cultivador y custodio de la creación, permanecen inalterados.
257 El trabajo debe ser honrado porque es fuente de riqueza o, al menos, de condiciones para
una vida decorosa, y, en general, instrumento eficaz contra la pobreza (cf. Pr 10,4). Pero no se
debe ceder a la tentación de idolatrarlo, porque en él no se puede encontrar el sentido último y
definitivo de la vida. El trabajo es esencial, pero es Dios, no el trabajo, la fuente de la vida y el
fin del hombre. El principio fundamental de la sabiduría es el temor del Señor; la exigencia de
justicia, que de él deriva, precede a la del beneficio: « Mejor es poco con temor de Yahvéh, que
gran tesoro con inquietud » (Pr 15,16); « Más vale poco, con justicia, que mucha renta sin
equidad » (Pr 16,8).
258 El culmen de la enseñanza bíblica sobre el trabajo es el mandamiento del descanso
sabático. El descanso abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una
libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb 4,9-10). El descanso permite a los hombres
recordar y revivir las obras de Dios, desde la Creación hasta la Redención, reconocerse a sí
mismos como obra suya (cf. Ef 2,10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de
ellas es el Autor.
La memoria y la experiencia del sábado constituyen un baluarte contra el sometimiento
humano al trabajo, voluntario o impuesto, y contra cualquier forma de explotación, oculta o
manifiesta. El descanso sabático, en efecto, además de permitir la participación en el culto a
Dios, ha sido instituido en defensa del pobre; su función es también liberadora de las
degeneraciones antisociales del trabajo humano. Este descanso, que puede durar incluso un
año, comporta una expropiación de los frutos de la tierra a favor de los pobres y la suspensión
de los derechos de propiedad de los dueños del suelo: « Seis años sembrarás tu tierra y
recogerás su producto; al séptimo la dejarás descansar y en barbecho, para que coman los
pobres de tu pueblo, y lo que quede lo comerán los animales del campo. Harás lo mismo con
tu viña y tu olivar » (Ex 23,10-11). Esta costumbre responde a una profunda intuición: la
acumulación de bienes en manos de algunos se puede convertir en una privación de bienes
para otros.
3- Encíclica papal Tít.II 4-6
CARTA ENCÍCLICA
LABOREM EXERCENS
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
EN EL 90 ANIVERSARIO
DE LA RERUM NOVARUM
II. EL TRABAJO Y EL HOMBRE
4. En el libro del Génesis
La Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la
existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción considerando también
todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre: la antropología, la
paleontología, la historia, la sociología, la sicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera
irrefutable esta realidad. La Iglesia, sin embargo, saca esta convicción sobre todo de la fuente de
la Palabra de Dios revelada, y por ello lo que es una convicción de la inteligencia adquiere a la
vez el carácter de una convicción de fe. El motivo es que la Iglesia —vale la pena observarlo
desde ahora— cree en el hombre: ella piensa en el hombre y se dirige a él no sólo a la luz de la
experiencia histórica, no sólo con la ayuda de los múltiples métodos del conocimiento
científico, sino ante todo a la luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer referencia al
hombre, ella trata de expresar los designios eternos y los destinos trascendentes que el Dios
vivo, Creador y Redentor ha unido al hombre.
La Iglesia halla ya en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción
según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana sobre la
tierra. El análisis de estos textos nos hace conscientes a cada uno del hecho de que en ellos —a
veces aun manifestando el pensamiento de una manera arcaica— han sido expresadas las
verdades fundamentales sobre el hombre, ya en el contexto del misterio de la Creación. Estas
son las verdades que deciden acerca del hombre desde el principio y que, al mismo tiempo,
trazan las grandes líneas de su existencia en la tierra, tanto en el estado de justicia original como
también después de la ruptura, provocada por el pecado, de la alianza original del Creador con
lo creado, en el hombre. Cuando éste, hecho «a imagen de Dios... varón y hembra», 9 siente las
palabras: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla»,10 aunque estas palabras no
se refieren directa y explícitamente al trabajo, indirectamente ya se lo indican sin duda alguna
como una actividad a desarrollar en el mundo. Más aún, demuestran su misma esencia más
profunda. El hombre es la imagen de Dios, entre otros motivos por el mandato recibido de su
Creador de someter y dominar la tierra. En la realización de este mandato, el hombre, todo ser
humano, refleja la acción misma del Creador del universo.
El trabajo entendido como una actividad «transitiva», es decir, de tal naturaleza que, empezando
en el sujeto humano, está dirigida hacia un objeto externo, supone un dominio específico del
hombre sobre la «tierra» y a la vez confirma y desarrolla este dominio. Está claro que con el
término «tierra», del que habla el texto bíblico, se debe entender ante todo la parte del universo
visible en el que habita el hombre; por extensión sin embargo, se puede entender todo el mundo
visible, dado que se encuentra en el radio de influencia del hombre y de su búsqueda por
satisfacer las propias necesidades. La expresión «someter la tierra» tiene un amplio alcance.
Indica todos los recursos que la tierra (e indirectamente el mundo visible) encierra en sí y que,
mediante la actividad consciente del hombre, pueden ser descubiertos y oportunamente usados.
De esta manera, aquellas palabras, puestas al principio de la Biblia, no dejan de ser actuales.
Abarcan todas las épocas pasadas de la civilización y de la economía, así como toda la realidad
contemporánea y las fases futuras del desarrollo, las cuales, en alguna medida, quizás se están
delineando ya, aunque en gran parte permanecen todavía casi desconocidas o escondidas para el
hombre.
Si a veces se habla de período de «aceleración» en la vida económica y en la civilización de la
humanidad o de las naciones, uniendo estas «aceleraciones» al progreso de la ciencia y de la
técnica, y especialmente a los descubrimientos decisivos para la vida socio-económica, se puede
decir al mismo tiempo que ninguna de estas «aceleraciones» supera el contenido esencial de lo
indicado en ese antiquísimo texto bíblico. Haciéndose —mediante su trabajo— cada vez más
dueño de la tierra y confirmando todavía —mediante el trabajo— su dominio sobre el mundo
visible, el hombre en cada caso y en cada fase de este proceso se coloca en la línea del plan
original del Creador; lo cual está necesaria e indisolublemente unido al hecho de que el hombre
ha sido creado, varón y hembra, «a imagen de Dios». Este proceso es, al mismo tiempo,
universal: abarca a todos los hombres, a cada generación, a cada fase del desarrollo económico
y cultural, y a la vez es un proceso que se actúa en cada hombre, en cada sujeto humano
consciente. Todos y cada uno están comprendidos en él con temporáneamente. Todos y cada
uno, en una justa medida y en un número incalculable de formas, toman parte en este gigantesco
proceso, mediante el cual el hombre «somete la tierra» con su trabajo.
5. El trabajo en sentido objetivo: la técnica
Esta universalidad y a la vez esta multiplicidad del proceso de «someter la tierra» iluminan el
trabajo del hombre, ya que el dominio del hombre sobre la tierra se realiza en el trabajo y
mediante el trabajo. Emerge así el significado del trabajo en sentido objetivo, el cual halla su
expresión en las varias épocas de la cultura y de la civilización. El hombre domina ya la tierra
por el hecho de que domestica los animales, los cría y de ellos saca el alimento y vestido
necesarios, y por el hecho de que puede extraer de la tierra y de los mares diversos recursos
naturales. Pero mucho más «somete la tierra», cuando el hombre empieza a cultivarla y
posteriormente elabora sus productos, adaptándolos a sus necesidades. La agricultura constituye
así un campo primario de la actividad económica y un factor indispensable de la producción por
medio del trabajo humano. La industria, a su vez, consistirá siempre en conjugar las riquezas de
la tierra —los recursos vivos de la naturaleza, los productos de la agricultura, los recursos
minerales o químicos— y el trabajo del hombre, tanto el trabajo físico como el intelectual. Lo
cual puede aplicarse también en cierto sentido al campo de la llamada industria de los servicios
y al de la investigación, pura o aplicada.
Hoy, en la industria y en la agricultura la actividad del hombre ha dejado de ser, en muchos
casos, un trabajo prevalentemente manual, ya que la fatiga de las manos y de los músculos es
ayudada por máquinas y mecanismos cada vez más perfeccionados. No solamente en la
industria, sino también en la agricultura, somos testigos de las transformaciones llevadas a cabo
por el gradual y continuo desarrollo de la ciencia y de la técnica. Lo cual, en su conjunto, se ha
convertido históricamente en una causa de profundas transformaciones de la civilización, desde
el origen de la «era industrial» hasta las sucesivas fases de desarrollo gracias a las nuevas
técnicas, como las de la electrónica o de los microprocesadores de los últimos años.
Aunque pueda parecer que en el proceso industrial «trabaja» la máquina mientras el hombre
solamente la vigila, haciendo posible y guiando de diversas maneras su funcionamiento, es
verdad también que precisamente por ello el desarrollo industrial pone la base para plantear de
manera nueva el problema del trabajo humano. Tanto la primera industrialización, que creó la
llamada cuestión obrera, como los sucesivos cambios industriales y postindustriales, demuestran
de manera elocuente que, también en la época del «trabajo» cada vez más mecanizado, el sujeto
propio del trabajo sigue siendo el hombre.
El desarrollo de la industria y de los diversos sectores relacionados con ella —hasta las más
modernas tecnologías de la electrónica, especialmente en el terreno de la miniaturización, de la
informática, de la telemática y otros— indica el papel de primerísima importancia que adquiere,
en la interacción entre el sujeto y objeto del trabajo (en el sentido más amplio de esta palabra),
precisamente esa aliada del trabajo, creada por el cerebro humano, que es la técnica. Entendida
aquí no como capacidad o aptitud para el trabajo, sino comoun conjunto de instrumentos de los
que el hombre se vale en su trabajo, la técnica es indudablemente una aliada del hombre. Ella le
facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica. Ella fomenta el aumento de la
cantidad de productos del trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos. Es un
hecho, por otra parte, que a veces, la técnica puede transformarse de aliada en adversaria del
hombre, como cuando la mecanización del trabajo «suplanta» al hombre, quitándole toda
satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad; cuando quita el puesto de
trabajo a muchos trabajadores antes ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina
reduce al hombre a ser su esclavo.
Si las palabras bíblicas «someted la tierra», dichas al hombre desde el principio, son entendidas
en el contexto de toda la época moderna, industrial y postindustrial, indudablemente encierran
ya en sí una relación con la técnica, con el mundo de mecanismos y máquinas que es el fruto
del trabajo del cerebro humano y la confirmación histórica del dominio del hombre sobre la
naturaleza.
La época reciente de la historia de la humanidad, especialmente la de algunas sociedades,
conlleva una justa afirmación de la técnica como un coeficiente fundamental del progreso
económico; pero al mismo tiempo, con esta afirmación han surgido y continúan surgiendo los
interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relación con el sujeto, que es
precisamente el hombre. Estos interrogantes encierran una carga particular de contenidos y
tensiones de carácter ético y ético-social. Por ello constituyen un desafío continuo para
múltiples instituciones, para los Estados y para los gobiernos, para los sistemas y las
organizaciones internacionales; constituyen también un desafío para la Iglesia.
6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del trabajo
Para continuar nuestro análisis del trabajo en relación con la palabras de la Biblia, en virtud de
las cuales el hombre ha de someter la tierra, hemos de concentrar nuestra atención sobre el
trabajo en sentido subjetivo, mucho más de cuanto lo hemos hecho hablando acerca del
significado objetivo del trabajo, tocando apenas esa vasta problemática que conocen perfecta y
detalladamente los hombres de estudio en los diversos campos y también los hombres mismos
del trabajo según sus especializaciones. Si las palabras del libro del Génesis, a las que nos
referimos en este análisis, hablan indirectamente del trabajo en sentido objetivo, a la vez hablan
también del sujeto del trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y está lleno de un gran
significado.
El hombre debe someter la tierra, debe dominarla, porque como «imagen de Dios» es una
persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar de manera programada y racional, capaz de
decidir acerca de sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como persona, el hombre es pues
sujeto del trabajo. Como persona él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del
trabajo; éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas ellas a la
realización de su humanidad, al perfeccionamiento de esa vocación de persona, que tiene en
virtud de su misma humanidad. Las principales verdades sobre este tema han sido últimamente
recordadas por el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes, sobre todo en el
capítulo I, dedicado a la vocación del hombre.
Así ese «dominio» del que habla el texto bíblico que estamos analizando, se refiere no sólo a la
dimensión objetiva del trabajo, sino que nos introduce contemporáneamente en la comprensión
de su dimensión subjetiva. El trabajo entendido como proceso mediante el cual el hombre y el
género humano someten la tierra, corresponde a este concepto fundamental de la Biblia sólo
cuando al mismo tiempo, en todo este proceso, el hombre se manifiesta y confirma como el que
«domina». Ese dominio se refiere en cierto sentido a la dimensión subjetiva más que a la
objetiva: esta dimensión condiciona la misma esencia ética del trabajo. En efecto no hay duda
de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al
hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un
sujeto que decide de sí mismo.
Esta verdad, que constituye en cierto sentido el meollo fundamental y perenne de la doctrina
cristiana sobre el trabajo humano, ha tenido y sigue teniendo un significado primordial en la
formulación de los importantes problemas sociales que han interesado épocas enteras.
La edad antigua introdujo entre los hombres una propia y típica diferenciación en gremios,
según el tipo de trabajo que realizaban. El trabajo que exigía de parte del trabajador el uso de
sus fuerzas físicas, el trabajo de los músculos y manos, era considerado indigno de hombres
libres y por ello era ejecutado por los esclavos. El cristianismo, ampliando algunos aspectos ya
contenidos en el Antiguo Testamento, ha llevado a cabo una fundamental transformación de
conceptos, partiendo de todo el contenido del mensaje evangélico y sobre todo del hecho de que
Aquel, que siendo Dios se hizo semejante a nosotros en todo,11 dedicó la mayor parte de los
años de su vida terrena al trabajo manual junto al banco del carpintero. Esta circunstancia
constituye por sí sola el más elocuente «Evangelio del trabajo», que manifiesta cómo el
fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es en primer lugar el tipo de trabajo
que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad
del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión
subjetiva.
En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres
en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen. Esto no quiere decir que el trabajo
humano, desde el punto de vista objetivo, no pueda o no deba ser de algún modo valorizado y
cualificado. Quiere decir solamente que el primer fundamento del valor del trabajo es el
hombre mismo, su sujeto. A esto va unida inmediatamente una consecuencia muy importante de
naturaleza ética: es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el
trabajo está «en función del hombre» y no el hombre «en función del trabajo». Con esta
conclusión se llega justamente a reconocer la preeminencia del significado subjetivo del trabajo
sobre el significado objetivo. Dado este modo de entender, y suponiendo que algunos trabajos
realizados por los hombres puedan tener un valor objetivo más o menos grande, sin embargo
queremos poner en evidencia que cada uno de ellos se mide sobre todo con el metro de la
dignidad del sujeto mismo del trabajo, o sea de la persona, del hombre que lo realiza. A su vez,
independientemente del trabajo que cada hombre realiza, y suponiendo que ello constituya una
finalidad —a veces muy exigente— de su obrar, esta finalidad no posee un significado
definitivo por sí mismo. De hecho, en fin de cuentas, la finalidad del trabajo, de cualquier
trabajo realizado por el hombre —aunque fuera el trabajo «más corriente», más monótono en la
escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina— permanece siempre el
hombre mismo.
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