Cuando el agua entra en casa

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Cuando el agua entra en casa
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Los problemas del PCE con su memoria histórica
Cuando el agua entra en casa
- solo en la web -
Fecha de publicación en línea: Martes 27 de septiembre de
2016
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Francisco 'Quico' Martínez-López en el homenaje a los asesinados por el franquismo en El Barranco de Aigues.
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La publicación en El Diario.es de una carta abierta firmada por Francisco Martínez, veterano militante comunista de
91 años, así como la de Víctor García Fernández, de 63 años, hijo del guerrillero Víctor García, El brasileño, muerto
en 1948 (http://www.eldiario.es/cv/guerrilleros-antifranquistas-PCE-autocritica-ejecuciones_0_556094661.html) ha
puesto de actualidad los problemas a los que tiene que hacer frente el Partido Comunista de España (PCE) con su
propia memoria histórica.
En esencia Francisco Martínez , el Quico/1, viene a plantear la necesidad de dar a conocer públicamente los
métodos utilizados por la dirección comunista en los duros años cuarenta para resolver tanto las querellas internas
como el trato dado a los opositores políticos que, por diversas causas, entraron en colisión con los planteamientos
impulsados desde el exilio por el PCE. Un elemento llama la atención del caso. Francisco Martínez se presenta
como comprometido militante que durante décadas, desde su exilio en 1951, ha venido participando de manera
activa en la vida orgánica del partido desempeñando diversas responsabilidades dedicándose en las últimas
décadas a impulsar el trabajo relacionado con la recuperación de la memoria histórica a través de la Asociación
Guerra y Exilio (AGE) aspecto que, sin duda, ha influido a la hora de hacer pública su decisión de pedir algún tipo de
responsabilidad al partido para que "reconozca públicamente los repugnantes métodos que usó la dirección en la
época del maquis"
Lo cierto es que, en los últimos años, con la aparición de numerosos trabajos historiográficos, están saliendo a la luz
diversos casos en los que el aparato comunista no dudó en utilizar cualquier método de lo que podría denominarse
"guerra sucia" contra sus propios combatientes cuando aparecían tensiones entre quienes se habían quedado en el
interior del país para luchar contra el fascismo y la dirección asentada en Francia en el período final de la II Guerra
Mundial. Entre estos métodos se incluyó la ejecución de militantes disidentes. Uno de estos casos fue el de Víctor
García García, el brasileño. Durante décadas su hijo creyó que su padre había sido una víctima más de la represión
franquista. Su gran sorpresa vino cuando, en el año 2009, se enteró de que en realidad su padre fue asesinado por
orden del Comité Central del partido. Desde ese momento Víctor García Fernández, su hijo, ha venido solicitando la
rehabilitación de su padre mediante una serie de cartas a miembros destacados de la actual dirección del PCE sin
obtener respuesta hasta el momento.
Reconocer el significado de estos hechos y proceder a su rehabilitación pública es un difícil trago para el PCE ya
que, de hacerlo, se vería obligado a revisar su propia historia oficial, básicamente durante los años más duros en los
que el estalinismo estuvo vigente como armazón ideológico del partido: período de la guerra y revolución a partir de
1936 con la represión contra el POUM y la desaparición forzada de su dirigente Andreu Nin; los problemas
planteados por las primeras direcciones clandestinas (Quiñones, Monzón, León Trilla), el acoso a dirigentes que no
comulgaban con las nuevas instrucciones procedentes de la dirección de Carrillo y Pasionaria establecida en
Francia, el caso de Fernández Ladreda -Ferla- en Asturias, dirigente de los fugaos que sobrevivían en los montes
asturianos, que de combatiente ejemplar pasó a ser excluido y calumniado con diversas acusaciones a cada cual
más infame que la anterior, el caso del dirigente catalán Joan Comorera, que sufrió una ominosa campaña
tachándolo de traidor titista y que cuando fue detenido por la policía en su piso clandestino de Barcelona, en junio de
1954, Mundo Obrero publicó que se había entregado a la policía después de haber ejercido su trabajo de delator de
comunistas entre otros. Son muchos y diversos los casos que podrían incluirse en este listado hasta llegar al de la
citada ejecución del brasileño. Ni siquiera su ejecución por el franquismo permitió que militantes como Quiñones o
Ferla pudieran ser rehabilitados y reconocidos como propios por el PCE.
El problema es que no se trata de algunas excepciones. Desgraciadamente el listado puede ser amplio: Víctor
García, el brasileño; Miguel Cardeñas, Bailarín, los hermanos Díaz, de León muertos en A Coruña; Francisco
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Corredor, gafas; Francisco Blas Aguado, Pedro; Juan Ramón Delicado en Levante son algunos de los nombres
aportados por Francisco Martínez, el Quico, en su carta. A la vista de los datos parece cierto que exista un dilema a
la hora de afrontar los hechos puesto que asumir púbicamente lo ocurrido, rehabilitar y reparar esa parte de la
memoria exige un ejercicio elevado de sinceridad y autocrítica porque, precisamente por su amplitud, el asunto
exige una revisión de lo ocurrido en aquellos años y depurar algún tipo de responsabilidad entre los dirigentes del
momento hoy muertos: Santiago Carrillo, Dolores Ibarruri Pasionaria por citar los más conocidos pero también
personajes como Uribe, Claudín o Semprún cuyas biografías también se encuentran afectadas por su implicación en
los centros de decisión del partido en aquellos años.
Coincidiendo con el final de la II Guerra Mundial accede a la dirección del PCE la generación de jóvenes del 36 con
Santiago Carrillo a la cabeza con una ideología y unas prácticas plenamente estalinistas siguiendo el camino
iniciado años antes con José Díaz y Dolores Ibarruri. Hay una forma de hacer las cosas, un método, para afrontar
los debates y las disidencias internas del que son partícipes por igual todos los miembros de la dirección. Cada vez
que aparece alguna voz disidente rápidamente se elabora el correspondiente epíteto descalificador (troskismo,
titoísmo, monzonismo, ladredismo en Asturies, todo puede valer) para proceder a continuación a su exclusión del
partido y posterior ajuste de cuentas con quienes se atrevieron a traicionar. El mecanismo funcionará de manera
implacable. Pasarán los años y será siempre el mismo, solo cambiarán los nombres. Monzón no tendrá ninguna
opinión comprensiva hacia Heriberto Quiñones sin saber que poco después será él mismo quien ocupe ese mismo
lugar atribuido a los traidores.
Con el paso del tiempo algunos miembros de la dirección comunista girarán hacia la derecha aproximándose hacia
la socialdemocracia y para ello se esforzarán en denunciar la práctica autoritaria estalinista. Los casos más
llamativos serán los de Jorge Semprún, Federico Sánchez, y Fernando Claudín. Ambos se construirán una historia
propia en la que intentan distanciarse de aquellas prácticas pero los testimonios existentes echan por tierra esos
intentos ya que en ambos casos existen numerosas pruebas y declaraciones que denuncian su participación en la
toma de decisiones.
El elemento novedoso que aporta el debate abierto por Francisco Martínez, el Quico, es el hecho de que procede de
las filas del mismo PCE y de alguien que durante décadas ha venido desarrollando tareas militantes lo que concede
a su pretensión una inequívoca legitimidad para hacer esa reclamación y dificulta que pueda ser calificado de
infiltrado o de cualquier otro calificativo excluyente. Ante esto solo hay dos opciones: se reconocen los hechos o el
silencio. De momento parece ser esta última opción la que se impone.
Conviene recordar que junto a los aspectos más graves señalados por la denuncia que comentamos, durante
décadas el PCE utilizó también otras fórmulas igualmente indignas contra sus opositores políticos y detractores con
efectos también devastadores: las acusaciones de delación, de infiltración policial, de confidente o insinuar que
algunas organizaciones estaban manipuladas por no se sabe bien qué oscuros intereses permitieron en momentos
determinados excluir o perseguir a quienes eran víctimas de las mismas. A quienes padecían aquellas acusaciones
la vida se les volvía poco menos que imposible víctimas del doble acoso que suponía la lucha contra el franquismo
y, a la vez, frente a los infundios surgidos desde las propias filas opositoras. También en estos casos el listado
podría ser muy amplio: la acusación de confidente policial hacia Pilar Cotarelo sin presentar nunca ninguna prueba ,
la extensión de rumores sobre la manipulación de periódicos u organizaciones clandestinas sin contar con ninguna
evidencia más allá de que sostuvieran posiciones políticas diferentes (quizás el caso más significativo la reiterada
acusación lanzada en plena Transición de que los GRAPO eran un montaje de la policía pese a saber que su origen
estaba en una organización política diferente a la suya surgida en 1968) o que determinadas actuaciones habían
sido instrumentalizadas por el espionaje extranjero (caso emblemático la atribución del atentado que costó la vida a
Carrero Blanco a intereses de la CIA que fue quien, a la postre, permitió que la acción se llevara a cabo)
Todo esto nos lleva a plantear algunas cuestiones que aunque parezcan simples y evidentes no son sencillas de
aplicar. No es posible recuperar la memoria histórica sin asumir la propia porque si el objetivo de la misma es
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establecer la verdad no puede existir ningún tipo de inmunidad para cualquiera de las partes. Para alcanzarlo habrá
que partir de una premisa clásica, la verdad es revolucionaria porque no se puede hacer una política revolucionaria
con medias verdades o mentiras lo que a su vez significa que la mentira y la calumnia no puede ser un método
político frente al adversario. El PSOE hizo su propia revisión de la memoria histórica el año 2008 cuando procedió a
rehabilitar a varias decenas de dirigentes entre los cuales se encontraba Juan Negrín reconociendo públicamente
los errores del partido hacia esos militantes e intentando reparar su memoria con la entrega de carnets simbólicos a
sus descendientes. El PCE debería emprender ese camino sin más pérdida de tiempo. Durante años hemos
escuchado que el caso Nin está superado porque la práctica política ha llevado a superar las causas que lo
motivaron. Ahora tiene una ocasión de oro para que una implícita revisión de los hechos se convierta en explícito
rechazo a unas determinadas formas de hacer política.
26/09/2016
Tino Brugos, del Consejo de Redacción de VIENTO SUR
Nota:
1/ En el nº 46 de octubre de 1999 publicamos en la revista impresa la entrevista que le realizó su hija Odette
Martínez: La guerrilla antifranquista en León. La memoria enterrada. Pag. 93. Ver en:
http://cdn.vientosur.info/VScompletos/vs_0046.pdf
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