Ponencia marco de Miguel Lorente

Anuncio
EL AGRESOR EN LA VIOLENCIA DE GÉNERO.
CONSIDERACIONES SOBRE SU CONDUCTA Y ESTRATEGIAS
Miguel Lorente Acosta
Director General de Asistencia Jurídica a Víctimas de Violencia. Consejería de Justicia. Junta de Andalucía.
Médico Forense
Profesor Titular Hab. de Medicina Legal. Universidad de Granada
1. LA BÚSQUEDA DEL MALTRATADOR
En ocasiones, la propia terminología desubica el problema de sitio y al responsable
del mismo de lugar, así mientras que otras denominaciones conllevan la
consideración social y jurídica dentro de lo que es la delincuencia, por ejemplo
cuando se habla de un ladrón, de un asesino o de un estafador, al hacer
referencia al maltratador se coloca en un lugar de nadie, o lo que es lo mismo, en
un lugar propio que sólo se decantará hacia el lado de la sanción jurídica o al de
la crítica social dependiendo de si la justificación vence sobre la demostración de
unos hechos, que también nacen de un embarazo gemelar (por un lado el
componente cultural y por otro el jurídico) unidos al beneficio de la duda
existencial, en el más puro estilo cartesiano.
El maltrato es zona de claroscuros, tanto por la forma de producirse las agresiones,
en ese siempre sombrío lugar del hogar violento, oculto a los ojos de la sociedad,
como por la esencia de una conducta que es confundida con el amor, aplicada
en nombre de un orden y por culpa, según se trata de presentar, de quien la sufre.
Y el maltratador, como el depredador más feroz, aparece camuflado con la
actitud y las formas adecuadas para conseguir ese mimetismo con el ambiente
que lo haga pasar desapercibido para su presa y para la sociedad. Con la
sociedad lo consigue por medio de las formas, por esa manera de presentarse en
público, por cumplir con lo que se espera, pues lo demás se supone; y frente a su
víctima pasa desapercibido por el camuflaje del afecto, que no sólo ciega los
ojos, sino que también oscurece la razón.
No es fácil ver al maltratador, pues sólo se manifiesta como tal ante la víctima,
pero sin duda, la mejor forma de identificarlo debajo de ese disfraz de las “buenas
conductas” es con la luz del conocimiento. Esta, como si fueran los rayos X que nos
permiten descubrir la estructura interna de su esqueleto violento, traspasa los
elementos externos de su representación para mostrar signos y datos que pueden
identificarlo respecto a las conductas realizadas y a las que puede llevar a cabo
en el futuro.
¿Qué se debe conocer sobre la figura del maltratador? No es fácil contestar a
esta pregunta, pues, como los virus más letales, son muy diferentes y mutan con
facilidad. Quizá, lo primero que se debe saber, aunque parezca una afirmación
propia de Perogrullo, es que al maltratador hay que buscarlo y encontrarlo.
Difícilmente se presentará ante nosotros como cualquier otro delincuente, es cierto
que vendrán al Juzgado o al IML, podrá, incluso, venir detenido, pero aún así
habrá que desplegar, como el cirujano coloca sobre la mesa auxiliar todo el
1
material necesario para ir diseccionando los distintos planos de la anatomía, toda
una estrategia investigadora que permita ir avanzando por la estructura que se
levanta ante la idea del maltratador, repleta de imágenes y razones falsas, unas
centradas sobre cuestiones puntuales relacionadas con los hechos, otras
amparándose en los elementos que habitan en el lugar común de la cultura, con
el control siempre vigilante de unas normas que rechazan sólo lo visible, pero que
en cierto modo silencian ante lo que no trasciende.
Por eso hay que buscarlo, porque de lo contrario es fácil que demos más
credibilidad a aquello que coincide con la normalidad desarrollada, y en lugar de
avanzar en esa búsqueda nos quedemos en una de sus antesalas, sobre todo si los
hechos ocurren en las tinieblas de los conflictos de pareja, más aún si la propia
víctima de su violencia aparenta una inseguridad y unas dudas que hacen
sospechar de su credibilidad al desconocer que forman parte de las agresiones
que han sufrido.
“Sólo se ve lo que se mira, y sólo se mira lo que se tiene en la mente”. Con esta
frase el investigador francés Alphonse Bertillon, a finales del siglo XIX, resumió de
forma gráfica cómo el principio directivo de la conducta hacia la consecución de
un determinado objetivo parte de su identificación, y esta del conocimiento de la
situación que se va a presentar y de sus posibles variables, que como
interferencias en las ondas, se pueden entrometer entre la imagen o la idea que
tenemos de esa realidad para deformarla, ocultarla o, incluso, hacerla
desaparecer. De manera que ante la propia realidad permaneceremos ciegos de
entendimiento, no por negar lo objetivo o lo evidente, sino por dejarlo hueco de
valor o sentido, ligero de significado y capaz, por esa maleabilidad que da la
orfandad conceptual, de integrarlo a cualquier contexto con tal de hacerlo
desaparecer de nuestra conciencia, si su presencia nos genera algún tipo de
conflicto o inseguridad.
Si, además, ese hecho ya de por sí entra en conflicto con nuestra idea de
convivencia, con los valores que nos mueven en el día a día entre las calles de la
sociedad, o con los sentimientos que nos llevan a buscar las relaciones
interpersonales como fuente de riqueza personal, la tendencia al ocultamiento se
convertirá en una necesidad, y el lugar donde esconderlo será el recoveco más
estrecho y oscuro de todos los disponibles.
No se trata de una pieza aislada, sólo tiene sentido en un determinado contexto y
con las otras piezas que lo forman (la relación de pareja, la víctima, los hijos –
cuando los hay-, las circunstancias en las que se desarrolla,…) y desempeña una
función concreta (mantener una posición de poder), no es como otro delincuente
que un día puede robar una casa, otro asaltar a una persona, y al siguiente herir o
matar a alguien. Él es un maltratador en su relación de pareja. Por eso hay que
centrar el estudio en dos elementos, por una parte la propia violencia contra las
mujeres como una situación diferente al resto de la violencia interpersonal, y con
unos elementos particulares, y luego con el agresor en sí.
2
2. CARACTERÍSTICAS Y ELEMENTOS DIFERENCIALES DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS
MUJERES
El primer obstáculo que encontramos cuando queremos aproximarnos y conocer
los elementos específicos de la violencia contra las mujeres es el propio contexto
socio-cultural en el que se produce. Las características de las normas culturales y el
papel que el género juega en la conducta violenta que estamos analizando,
podemos resumirlos en los siguientes puntos:
-
La violencia funciona como un mecanismo de control social de la
mujer y sirve para reproducir y mantener el status quo de la
dominación masculina. De hecho las sociedades o grupos dominados
por las ideas "masculinas" tienen mayor incidencia de agresiones a la
mujer. Los mandatos culturales, y a menudo también los legales, sobre
los derechos y privilegios del papel del marido han legitimado
históricamente un poder y dominación de este sobre la mujer,
promoviendo su dependencia económica de él y garantizándole a
este el uso de la violencia y de las amenazas para controlarla.
-
La conducta violenta frente a la mujer se produce como patrones de
conducta aprendidos y transmitidos de generación a generación. La
transmisión se hace fundamentalmente en los ambientes habituales
de relación.
-
Las mismas normas sociales minimizan el daño producido y justifican la
actuación violenta del marido. Se intenta explicar atribuyéndola a
trastornos del marido o, incluso, de la mujer. Por mucho que el hombre
tenga problemas de estrés, de alcohol, de personalidad,
curiosamente la violencia sólo la ejerce sobre la mujer, no contra un
conocido o amigo, y, por supuesto, nunca contra su jefe. También
influyen toda la serie de mitos antes recogidos que perpetúan la
violencia y niegan la asistencia adecuada a estas víctimas.
-
El modelo de conducta sexual condicionado por el papel de los
géneros también favorece en algunos casos la existencia de una
actitud violenta contra la mujer al tratarse de un modelo
androcéntrico. Existen una serie de factores que favorecen esta
agresividad, entre los que se encuentran: Los patrones de
hipermasculinidad, el inicio de un mayor grado de relación
sentimental, la duración prolongada de la relación y los modelos
sexuales existentes, que contienen una tensión intrínseca entre
hombres y mujeres, creando la posibilidad o las condiciones para que
se produzcan errores en la comunicación que desemboquen en una
situación de violencia frente a la mujer.
-
Por el contrario, el alcohol, tantas veces esgrimido como causante o
precipitante del maltrato, ha sido eliminado como un factor etiológico
3
directo de este tipo de violencia. Se ha comprobado que actúa de
forma general como desinhibidor y de forma particular como excusa
para el agresor y como elemento para justificar la conducta de este
por parte de la víctima.
Partiendo de este marco, tan amplio como la propia sociedad, pues en realidad
lo que hemos hecho no ha sido acotar el terreno que da lugar a la violencia, sino
lo contrario, romper con las barreras que lo limitaban a determinados contextos
para presentarlo como un problema social, pero con una serie de matices
diferenciales.
Para conocer cuales son las causas reales de la agresión a la mujer y diferenciarla
de otro tipo de violencia interpersonal, tenemos que irnos a los cimientos de la
conducta humana, a su origen y nacimiento. Toda conducta, no sólo la violenta,
tiene dos componentes fundamentales, el instrumental y el emocional. El primero
de ellos incluye a los objetivos y motivaciones del acto que se realiza, es decir, el
porqué y el para qué de dicha conducta, o sea, qué pretendemos conseguir con
ella y qué es lo que nos mueve a realizarla. Por su parte, el componente
emocional se refiere a al carga afectiva –positiva o negativa- que ponemos al
llevar a cabo dicha conducta, que puede ser con más o menos entusiasmo, rabia,
odio, alegría,...
Al analizar la agresión a la mujer considerando estos elementos vemos que se trata
de una conducta totalmente distinta al resto de las agresiones interpersonales. Y
como tal deberá ser considerada y tratada.
-
Cualquier violencia es injustificada, pues simplemente no debería
utilizarse, pero si analizamos las circunstancias en las que se produce
la violencia encontramos que, dependiendo del tipo y contexto en
el que surge, existe una especie de umbral a partir del cual la
agresividad y la hostilidad se transforman en violencia. Sin embargo
en el maltrato a la mujer las causas, en la gran mayoría de las
ocasiones, no existe ese umbral y ante conflictos mínimos se
produce una violencia de gran intensidad, al contrario que en los
otros contextos violentos; cualquiera de las razones argumentadas
por el agresor es suficiente para que el hombre se crea con el
derecho de corregir a su mujer por medio de la violencia.
-
El objetivo que pretende conseguir con esa agresión no es
ocasionar unas determinadas lesiones, producir un hematoma, unos
arañazos a varias heridas, sino que lo que realmente busca es
aleccionar a la mujer para dejar de manifiesto quién mantiene la
autoridad en la relación y cual debe ser el papel que debe jugar
cada uno en ella, quedando claro que el de la mujer es estar
sometida a los criterios, voluntad y deseos del hombre y el estar
controlada por él, que en cualquier momento puede pedirle
cuentas de sus actividades. Por eso el hombre cuando agrede no
4
finaliza la discusión o el conflicto con un golpe, que ante la
desproporción de fuerzas sería suficiente para que la mujer cayera
herida físicamente y derrotada psicológicamente, sino que el
agresor, más fuerte físicamente y en una posición de superioridad,
lleva a cabo una agresión caracterizada por múltiples y violentos
golpes de todo tipo (puñetazos, patadas, bocados,...), recurre en
ocasiones al uso de instrumentos u objetos lesivos (jarrones,
bastones, vasos, ceniceros, otros objetos de la casa,...), a veces
también a armas blancas e, incluso, a armas de fuego. Todo ello,
insistimos, partiendo y disponiendo de una mayor fuerza física. El
objeto de esta conducta es buscar el aleccionamiento e introducir
el miedo y el terror, para que recuerde qué puede ocurrirle ante la
negativa u oposición a seguir sus mandatos, y hacer, de este modo,
más efectivas las amenazas que lanzará ante la más mínima
contrariedad.
-
Bajo este mismo argumento debe entenderse la frecuencia relativa
del uso del fuego como elemento lesivo directo, en comparación
con los otros casos y circunstancias en los que se utiliza del mismo
modo. La inmensa mayoría de los casos en los que la agresión se
produce prendiendo fuego a la víctima, normalmente habiéndola
impregnado previamente de un líquido combustible, son casos en
los que el marido o compañero agrede a la mujer, generalmente en
un momento cercano a la separación, buscando su muerte o la
producción de heridas que dejen importantes cicatrices para
ocasionarle un mayor sufrimiento físico, psíquico y social, y para que
recuerde cada vez que se mire los motivos y circunstancias bajo las
que se produjeron.
-
Y si todo eso no fuera suficiente para conseguir sus objetivos,
también se trata de una violencia extendida, es decir, que no se
limita a la mujer, sino que cualquier persona de su entorno próximo
que el agresor perciba o considere que la está ayudando o
apoyando, puede ser víctima de sus agresiones. Bajo estos
argumentos se producen frecuentes agresiones a familiares de la
mujer y, sobre todo, a las personas con las que intentan iniciar una
nueva relación. Pero donde debemos prestar especial atención es
a las agresiones que se llevan a cabo sobre los hijos, los cuales
sufren siempre las agresiones psicológicas, por ser testigos de la
violencia, pero también físicas al introducirlos como forma de
agredir a la madre, llegando incluso al homicidio de los hijos de la
mujer al considerar que le van a ser arrebatados o para demostrar
que es capaz de cumplir las amenazas vertidas.
Vemos cómo se trata de un tipo de violencia que se aparta por completo del
resto de las agresiones interpersonales. La agresión a la mujer es inmotivada,
desproporcionada, excesiva, extendida y con intención de aleccionar, no tanto
5
de lesionar. Por eso el agresor es consciente de lo que hace y porqué lo hace, y
por dicha razón nos encontramos con otra característica diferencial. A pesar de
ese intento de relegar la agresión al ámbito privado del hogar y de mantenerla
ocultada, resulta que al hombre no le importan los gritos ni las voces ni los ruidos
que traspasan paredes y ventanas, ni tampoco realizar sus agresiones,
especialmente las más graves, en lugares públicos, como vemos con frecuencia
en los medios de comunicación: mujeres asesinadas en la calle al salir del trabajo,
en una estación de autobuses, en un parque mientras su hijo jugaba, al volver de
la compra,... El agresor no busca la nocturnidad ni parajes solitarios, no huye
después, sino que comete la agresión y se entrega a la Policía o a la Guardia Civil,
porque tiene que quedar bien claro que ha sido él el autor de la agresión. De este
modo se demuestra a sí mismo y demuestra a los demás que no iba en broma,
que su autoridad está por encima de muchas cosas y que, como dice el
personaje de Muñoz Molina en Carlota Fainberg, Marcelo Abengoa, “...un
hombre, por muy buena voluntad que tenga, es difícil, si es hombre, que pueda
controlarse siempre”. Evidentemente el descontrol es “siempre” hacia la mujer.
Antes de centrarnos en la figura del maltratador, por ese concepto global que
hemos adelantado al principio, manifestando que el maltratador es un pieza que
debe ser insertada en el engranaje de la violencia con el resto de las piezas de su
situación, recogeremos algunas consideraciones sobre la víctima, pues nos
ayudarán a entender la conducta y actitud del agresor.
En este tipo de hechos la víctima presenta una serie de características que hacen
pensar a priori que gran parte de la situación viene condicionada por ella.
Los primeros estudios centrados sobre la víctima, partiendo de la base de que la
conducta es el reflejo de la interacción de la persona con una situación, llevaron
a dicha conclusión, pensando que determinadas características de algunas
mujeres hacían que tuvieran una mayor probabilidad de ser maltratadas. Estos
trabajos se basaron en el estudio de mujeres que habían sido agredidas, las cuales
presentaban una serie de síntomas que fueron considerados como causa de la
violencia frente a ellas (SCHULTZ, 1960(6); KLECKNER, 1978(7); SYMONDS, 1979 (8);
WALKER, 1979(9)).
Estudios posteriores demostraron que los trabajos anteriores fallaban en el análisis
de la interacción entre las personas y la situación, confundiendo la etiología con
las consecuencias del trauma, quedando por tanto desacreditados. Analizando
tres grupos de mujeres, por un lado víctimas de malos tratos que no han adoptado
ninguna conducta para acabar con la situación hasta fases avanzadas, por otro
mujeres que han adoptado una actitud más activa en contra de la agresión y
finalmente otro grupo formado por mujeres que no han sido víctimas de dicha
agresión, se llegó a la conclusión de que no existen diferencias en las
características de la personalidad entre los tres grupos (KOSS, 1991)(10). Si se
encontró (KOSS y DINERO, 1989)(11) un "perfil de riesgo", en las que el riesgo de ser
maltratadas era dos veces más elevado que en el resto, pero sólo afectaba al 10%
de las mujeres. El principal factor de riesgo eran los ANTECEDENTES DE MALTRATO Y
6
ABUSO SEXUAL DURANTE LA INFANCIA y las consecuencias reflejadas como
alteraciones de conducta derivadas de los mismos, es decir, consecuencias de la
violencia ejercida por un maltratador durante el desarrollo de la mujer. Este hecho,
por lo tanto, caracteriza a ambos, al agresor y a la víctima.
Tampoco se encontraron en las víctimas relaciones consistentes con los ingresos
económicos, nivel de educación, ser o no ama de casa, pasividad, hostilidad,
integración de la personalidad, auto-estima, ingesta de alcohol o emplear
violencia con los niños. Del mismo modo, no se hallaron evidencias con relación al
estatus que la mujer ocupa, al trabajo que desempeña, a las conductas que
realiza, a su perfil demográfico o a las características de su personalidad. Ninguno
de estos factores influye de forma significativa en las posibilidades de que sufran
una agresión en su vida familiar.
Por el contrario, las características del hombre con el que la mujer mantiene la
relación actúan como marcadores más apropiados para conocer el riesgo de
que una mujer llegue a ser víctima de la agresión de su pareja. Esta situación hizo
afirmar a HOTALING y SUGARMAN que "el precipitante más influyente para la
víctima es ser mujer. La victimización de las mujeres puede ser mejor comprendida
como la realización de una conducta masculina".
La explicación del porqué se llega a producir una victimización tras los abusos en
la infancia ha sido aportada por diferentes estudios clínicos, apuntando que el
hecho de abusar sexualmente de un niño va asociado con un mayor riesgo de
revictimización en fases más avanzadas de su vida por diferentes tipos de
agresores, incluyendo a sus parejas. Los clínicos han especulado que puede ser
debido a una ausencia de oportunidad para desarrollar mecanismos de
protección adecuados combinado con otros efectos postraumáticos, tales como
la dificultad de análisis de la situación o de las personas con relación al peligro, el
fatalismo relacionado a la depresión o la sensación de incapacidad y desamparo.
También puede deberse a respuestas alteradas por la amenaza de peligro, que
van desde la negación y aturdimiento psíquico hasta la disociación
(HERMAN,1992).
Quedan, pues, desacreditadas las teorías que argumentaban que la causa del
maltrato era el "masoquismo de la mujer" basadas en que la mayoría de las
víctimas expresan amor por sus agresores, del mismo modo que deben ser situado
en un lugar secundario todos los argumentos que hagan referencia a este tipo de
manifestaciones que parten más de una situación de dependencia emocional,
que de la expresión de unos sentimientos de afecto sinceros.
3. LA FIGURA DEL MALTRATADOR
Una primera aproximación a la figura del maltratador debe servirnos para romper
muchos de los mitos que se han levantado sobre ella, más que para
proporcionarnos elementos que lo caractericen.
7
Si hay algo que define al agresor es su normalidad, hasta el punto de que su perfil
podría quedar resumido de forma gráfica en los siguientes tres elementos: hombre,
varón, de sexo masculino. Su perfil es que “no hay perfil” Una normalidad social y
conductual que sólo se modifica cuando el caso es denunciado, pero hasta ese
momento todos lo consideran como una persona dentro de la normalidad por dos
circunstancias fundamentales: porque se acepta que el hombre pueda utilizar la
violencia sobre la mujer para corregirla y establecer su criterio en la relación, y
porque dicha agresión se produce en el hogar, es decir, en el ámbito privado,
quedando como un tema de pareja en el que nadie puede ni debe entrometerse.
Cuando alguno de estas circunstancias no se cumple, bien porque la agresión se
produce fuera del hogar o porque ciertos elementos hagan pensar que las
agresiones se están extralimitando en esa capacidad correctora o de control, es
cuando la sociedad, y no siempre, empieza a poner reparos.
Pero lo curioso es que hasta ese momento, cuando de alguna forma se recoge la
opinión sobre el agresor, los vecinos y personas cercanas lo definen como “normal
y simpático”, “muy trabajador”, “siempre pendiente de su familia”, “un buen
padre”, “un buen vecino”,... sólo de forma ocasional se oyen comentarios que
hacen referencia a que de vez en cuando se oían gritos, ruidos o peleas, que, en
todo caso, son consideradas como “lo normal dentro del matrimonio”.
Esa doble cara, ese doble comportamiento, esas nubes en el hogar y esos claros
fuera de él, son el reflejo de la doble moral y de la diferente percepción y
valoración que existe en la sociedad respecto a lo que afecta al hombre y lo que
lo hace a la mujer, y consecuencia directa de esa sociedad de primera para
hombres y de segunda para las mujeres. Pero ¿qué es lo que ve la sociedad para
no ver la realidad de la agresión a la mujer?. Pues justo lo que quiere ver, no lo que
realmente observa, por eso se produce una especie de selección de estímulos y
sólo se retienen aquellos que no afectan al orden general establecido y
representado en nuestro “micro-orden” particular, que justifica y minimiza lo que
podría producir un conflicto.
Es por eso que la mayoría de los agresores desarrollan habilidades especiales a la
hora de relacionarse con otras personas fuera del hogar. Son personas afables que
intentan ganarse la confianza y el respeto de los demás, incluso tratando en
ocasiones a la mujer de manera exquisita cuando se les ve en público, buscando
la integración social en el terreno que le interesa a la sociedad, el público, y
manifestando la verdadera consideración que tiene a la mujer en el seno del
hogar o ante determinadas circunstancias. Sabe que será su mejor coartada y el
argumento más rotundo a su favor en caso de que el caso trascienda a lo público.
Este mecanismo no es gratuito ni casual, resulta fundamental para que las cosas
sean como son. Si no existiera un mecanismo capaz de socializar a hombres y
mujeres bajo estos patrones de conducta y con estos criterios androcéntricos, la
agresión a la mujer no podría haber perdurado en el tiempo. Pero al continuar en
esa línea, lo que estamos enseñando a niños y niñas para el futuro es que
aprendan a comportarse como hombres y mujeres, es decir, que reproduzcan el
8
papel del agresor y de víctima como algo dentro de la normalidad, y que vean en
la violencia un recurso más al que poder acudir.
La violencia contra las mujeres se ha caracterizado por ser una situación oculta y
negada que ha exigido el posicionamiento activo y la actuación de los diferentes
elementos (sociales e individuales) relacionados con ella para que se haya
mantenido alejada de la realidad de una sociedad que nunca podría haberla
aceptado como una situación estructural, y que sólo se ha enfrentado a
determinadas manifestaciones de la misma. Y si ese componente de ocultación es
el más significativo, el elemento clave de esta violencia, por coherencia con la
actitud adoptada ante ella, ha sido el más remotamente apartado del análisis de
los casos y de la realidad de la violencia.
Nos referimos al agresor, a ese hombre que de manera progresiva va adoptando
una actitud de control y violencia para imponer a la mujer una serie de límites
individuales y de referencias sobre las que construir la relación, y que de forma
paulatina, como si se tratase de un nudo corredizo, van estrechándose hasta
ahogar definitivamente a la mujer como persona, para convertirla en “un algo”
que él puede utilizar y modificar a su antojo, pues ella, entre el daño psíquico
sufrido y el miedo a una nueva agresión, que siempre suele ser más intensa, se ve
imposibilitada para enfrentarse a su realidad.
En el análisis de la violencia contra la mujer, el agresor se presenta como uno de
los elementos fundamentales, pues los mismos factores que hacen que sólo se
aprecien determinadas manifestaciones violentas en las que las víctimas son
mujeres, están estrechamente relacionados con los valores que la cultura ha
situado como parte de la identidad masculina, por lo que la imagen del
maltratador, de ese hombre agresor, aparecerá fragmentada y dispersa entre las
manifestaciones de la violencia.
La valoración debe considerar, en consecuencia, las diferentes situaciones, pues
por una parte nos encontraremos con los agresores que han sido denunciados,
por otra los que además de haber sido denunciados han sido condenados, y por
último, con aquellos otros hombres que utilizan la violencia contra la mujer en la
relación de pareja, pero que no han sido denunciados. De este modo veremos
cómo son las circunstancias que llevan a la denuncia, y no las características de
los hombres denunciados, las que contribuyen a formar una imagen tipo del
agresor que no coincide con la realidad. El simple dato de los “agresores
conocidos” nos sitúa ante esta situación, pues en realidad la aproximación a ese
conocimiento de los agresores se hace sobre los “agresores denunciados y
estudiados”, que son una mínima parte del total. Diferentes estudios han
establecido que los casos denunciados no superan el 10% de los reales, de ellos el
seguimiento de los procedimientos judiciales abiertos nos indica que la
investigación se limita al 50%, por lo que realmente hablamos del 5% de los casos
reales, y de ellos sólo podremos acceder por medio de los estudios a los
condenados que, además, quieran colaborar en este tipo de investigaciones, que
no suelen ser muy numerosos, por lo que los trabajos centrados en los agresores
9
con dificultad pueden llegar al 1% del total. Ante esta situación ay que ser muy
prudente a la hora de obtener conclusiones y de aplicarlas a la generalidad de
maltratadotes y de la violencia contra la mujer, pues al margen del sesgo
introducido, podemos presentar una imagen y concepto totalmente desviado de
la misma, que en lugar de contribuir al necesario conocimiento de su significado,
lo que haga es influir más, ahora incluso “científicamente”, a su desconocimiento y
a su ocultamiento.
Partiendo de este razonamiento inicial, sí se pueden destacar algunos estudios
que se han llevado a cabo sobre la figura del maltratador.
El elemento fundamental la encontramos en la propia circunstancia en la que se
produce la violencia: el agresor es alguien que mantiene o ha mantenido una
relación afectiva de pareja con la víctima. Sobre esta circunstancia la primera
gran característica de los autores de estos hechos es que no existe ningún dato
específico ni típico en la personalidad de los agresores. Se trata de un grupo
heterogéneo en el que no existe un tipo único, apareciendo como elemento
común el hecho de mantener o haber mantenido una relación sentimental con la
víctima.
Los estudios realizados en este sentido se han dirigido en diferentes direcciones y
han puesto de manifiesto algunas características generales:
1- HAMBERGER y HASTINGS (1986) concluyen que entre los agresores había
tres tipos (no trastornos) mayores de personalidad: el Narcisista-Antisocial, el
Esquizoide-Borderline y el Pasivo/dependiente-Compulsivo.
2- Comparando grupos de individuos que habían agredido a sus parejas
con otros que no lo habían hecho, se han encontrado algunas
características de personalidad en el grupo de agresores: Hostilidad frente a
las mujeres, baja socialización y responsabilidad, autoreconocimiento de
consumo de drogas, comportamiento agresivo, conducción peligrosa de
vehículos, conducta delictiva y tendencias antisociales y narcisistas. BARNET
y HAMBERGER (1992) encontraron hallazgos indicativos de que los hombres
que se muestran violentos en sus relaciones de pareja presentan
características de personalidad diferentes respecto a los otros grupos de
estudio en el terreno de la intimidad, impulsividad y en la resolución de
problemas. El grupo de agresores resultó ser más rígido y estereotipado y
demostró mayor dificultad para desarrollar relaciones íntimas basadas en la
reciprocidad y sinceridad.
3- En los autores de este tipo de violencia existe una clara hipermasculinidad
con adopción de las conductas y papeles relacionados con el teórico
comportamiento del hombre en las relaciones interpersonales.
10
4- Las conductas violentas se ponen de manifiesto de tres grandes formas
(GONDOLF, 1988), que nos dan tres tipos de agresores según el resultado de
su conducta.
A.Agresores con características de personalidad antisocial y
tendencia a perpetrar actos con extrema violencia sexual
y física (5-8%).
B.Agresores con características de personalidad antisocial
con tendencias a realizar actos con extrema violencia
física y verbal, pero no sexual (30-40%).
C.Agresores sin un perfil psicológico marcado que realizan
abuso verbal y físico, pero a niveles menos severos que los
otros dos grupos (52-65%).
5- El factor de riesgo más importante es haber sido testigo o víctima de
violencia por parte de los padres durante la infancia o adolescencia.
6- Entre las razones y motivaciones existentes en este tipo de hechos nos
encontramos con las siguientes: Necesidad de control o de dominar a la
mujer, sentimientos de poder frente a la mujer y la consideración de la
independencia de la mujer como una pérdida de control del hombre. Con
frecuencia los hombres atribuyen las agresiones hacia sus parejas al hecho
de no haber desempeñado correctamente sus obligaciones de buenas
esposas. HOATLING (1989) encontró entre las respuestas de los agresores
que el propósito primario de la violencia era "intimidar", "atemorizar" o "forzar
a la otra persona a hacer algo". De este modo, como SONKIN y DUNPHY
(1982) observaron, muchos hombres maltratan simplemente porque
funciona como medio de obtener sus objetivos, lo cual supone una crítica al
argumento emocional o situacional que escapa al control del agresor,
también actúa como una salida segura para la frustración que pueda
tener, tanto si esta proviene de dentro del hogar como si lo hace de fuera.
La gratificación obtenida al establecer el control por medio de la violencia
también puede reforzar a los agresores y hacerlos persistir en esta actitud.
Por lo tanto, como resumen, podemos establecer que la gratificación por el
uso de la violencia frente a sus parejas (esposas o novias) puede ser debida
a:
1.-Liberación de la rabia en respuesta a la percepción de
un ataque a la posición de cabeza de familia o de déficit
de poder.
2.-Neutralización temporal de los intereses sobre
dependencia o vulnerabilidad.
3.-Mantenimiento de la dominancia sobre la compañera
o sobre la situación.
4.- Alcanzar la posición social positiva que tal dominación
le permite.
No se han encontrado diferencias significativas en relación a la edad, nivel social,
educación,... Sí se ha hallado una mayor incidencia de conductas antisociales en
11
estos hombres, pero sin que se haya determinado de forma consistente un patrón
psicopatológico en los individuos que agreden a su pareja.
A pesar de estos resultados, generalmente basados en muestras relacionadas con
episodios de maltrato en el medio familiar, debemos tener en cuenta que la
mayoría de estos agresores no se encuentran envueltos o relacionados en hechos
criminales o disturbios públicos. Estos casos caracterizados por una gran violencia
al ser más conocidos y llamativos producen una especie de efecto umbral sobre
la sociedad que identifica el maltrato con ellos, minimizando los restantes.
Como hemos visto no existe, pues, una característica clara en la personalidad de
los agresores estudiados, haciendo hincapié en la heterogeneidad de este grupo
de individuos. Esto ha hecho que se estudien algunos factores o circunstancias
que han favorecido la adopción de esa peculiar forma de conducta violenta.
El agresor patológico
Las características generales la violencia contra las mujeres así como las
posiciones sociales ante los casos que se producen, nos hacen insistir en una
situación que, si bien no es frecuente, sí resulta trascendente en cuanto a las
posibles consecuencias que se puedan derivar de la misma en diversos planos: el
agresor patológico o enfermo.
En los casos de agresión a la mujer raramente la situación es analizada bajo una
perspectiva realista, normalmente y como consecuencia de la carga sociocultural y afectiva del observador se suele ver a través de lentes convexas o
cóncavas que maximizan o minimizan el hecho en sí y, que en cualquier caso,
deforman la realidad. El análisis derivado de dicha situación será en consecuencia
reduccionista o magnificador, y complica, cuando no impide, la comprensión del
hecho. En el caso del maltrato a la mujer predomina una actitud simplificadora y
de forma general se considera que, "o el hombre está loco, o tiene problemas, o a
la mujer le gusta que le peguen", de lo contrario no se justifica la prolongación o el
mantenimiento de una situación caracteriza por la existencia de una relación
basada en los lazos afectivos.
Ya hemos explicado como la realidad es mucho más compleja y nunca se puede
tratar de comprender basándose sólo y exclusivamente en el episodio puntual de
la agresión, a pesar de que este se repita y sea el elemento más significativo y
fundamental del maltrato. Se trata de una situación prolongada en la que la
interacción víctima-agresor y ambiente (social y familiar) condiciona y matiza por
completo lo que en apariencia no tiene una justificación razonable.
Las características del agresor son los elementos que más condicionan a este tipo
de violencia. A pesar de que en la mayoría de los casos el agresor es una persona
"normal" que no se puede encuadrar dentro del grupo de las psicopatías o
trastornos de la personalidad ni como enfermo mental, resulta interesante hacer
un diagnóstico diferencial entre los posibles tipos de agresores desde el punto de
12
vista clínico, ya que la trascendencia y modo de abordaje a la hora de plantear
soluciones será muy diferente. Los agresores se pueden incluir, por tanto, en uno
de estas categorías: Normales, psicópatas o con trastornos de la personalidad y
enfermos mentales.
1. Agresores NORMALES (no padecen una enfermedad o trastorno mental)
No deja de ser hasta cierto punto paradójico hablar de normalidad en una
situación caracterizada por lo contrario, no obstante con esta denominación
queremos hacer referencia a un criterio clínico, refiriéndonos a aquellos agresores
que no padecen enfermedades mentales ni trastornos de la personalidad. Este
grupo se corresponde con lo estudiado párrafos arriba.
2. Agresores con PSICOPTIAS o TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD
Según el DSM-IV-TR, este tipo de trastornos aparecen como personalidades con
rasgos inflexibles y desadaptativos que causan una incapacidad funcional
significativa o una perturbación subjetiva. Estos trastornos deben diagnosticarse
psicobiográficamente y deben permanecer a lo largo del tiempo, por lo tanto,
determinadas conductas aisladas que puedan parecer "obra de un psicópata" no
deben de encuadrarse dentro de esta categoría diagnóstica sin cumplir otros
requisitos.
Existen doce tipos de trastornos de la personalidad y en un mismo individuo
pueden presentarse más de uno de ellos. Es evidente que en no todos los
trastornos existe una heteroagresividad más marcada que en el resto de los
individuos, en algunos casos más bien ocurre lo contrario. No obstante, en otros de
los tipos sí existe una tendencia a la violencia y una facilitación para la
interpretación de una situación como amenazante o agresiva y al paso a la
acción de forma impulsiva e irreflexiva, justificando, en muchos casos, el empleo
de la violencia. Suele haber una frialdad afectiva con ausencia de angustia, pero
sobre todo existe una buena adaptación a la realidad. Dentro de estos tipos
tendríamos los trastornos de la personalidad paranoide, antisocial, límite y
pasivo-agresivo.
Hombres con estos trastornos de la personalidad pueden dar lugar a violencia
contra sus parejas, aunque el análisis de las circunstancias y características típicas
de este tipo de violencia nos indican su baja frecuencia y cómo la actitud violenta
no parte tanto del trastorno como de los elementos generales de tipo sociocultural. En cualquier caso el diagnóstico no debe hacerse sobre la base del
resultado de la conducta, sino bajo el criterio evolutivo psicobiográfico respecto a
las características de su personalidad y su psicopatología.
13
3. Agresor PATOLOGICO (Enfermo)
No cabe duda que existe una agresividad normal que depende de factores
innatos y adquiridos. El problema está en delimitar cuando la agresividad es
patológica.
El modelo clínico sólo es utilizable para la delimitación individual de la enfermedad
mental y normalidad psíquica, es obligado por tanto utilizar un modelo social,
aunque una conducta (agresiva o no) no puede ser considerada como anormal
en sentido de enferma por el mero hecho de que se aparte de la norma social. Un
crimen no es una forma de agresividad patológica por el hecho en sí, tiene que
estar debidamente cualificado por el estado de conciencia y de la voluntad del
que lo comete. El delito y la conducta delictiva proceden de una norma,
"delincuente es el que la ley dice que lo es".
La agresividad patológica dependerá esencialmente de su encuadramiento
como síndrome de una enfermedad mental dentro de la problemática, tan difícil
de resolver en ocasiones, de la clara delimitación entre normalidad y enfermedad.
Los principales cuadros que pueden dar lugar a un aumento de la agresividad
serían: las enfermedades orgánicas, las psicosis funcionales, las neurosis y el
consumo de bebidas alcohólicas y otras sustancias tóxicas.
a) Enfermedades orgánicas.
- TRAUMATISMOS CRANEOENCEFALICOS y TUMORES.
Hay una agresividad exaltada cuando hay una afectación de las
estructuras neurofisiológicas que estimulan las pautas agresivas
(cíngulo, amigdala e hipotálamo posterior) o una destrucción de las
estructuras que inhiben la agresividad, fundamentalmente las áreas
órbito-frontales.
- EPILEPSIA.
En los estados crepusculares e ictales pueden aparecer crisis de
heteroagresividad.
b) Psicosis funcionales.
Los principales cuadros en relación a la agresividad son la
esquizofrenia, el trastorno delirante paranoide y la psicosis maniacodepresiva. La heteroagresividad es especialmente importante en los
dos primeros cuadros y dentro del maltrato a la mujer destaca el
trastorno delirante paranoide tipo celotípico. En estos casos el sujeto
está convencido, sin motivo alguno, de que su pareja es infiel,
interpretando hechos y signos completamente insignificantes como
justificantes de sus ideas. En una situación como esta el sujeto
siempre se enfrenta a la pareja y puede tratar de tomar medidas
agresivas y violentas para acabar con la infidelidad imaginada. No
14
es infrecuente tampoco que la violencia vaya dirigida contra quien
cree que mantiene una relación con la mujer.
c) Neurosis
En las neurosis el componente de la agresividad más marcado es el
autoagresivo, por lo que en el caso del agresor no suele haber
componente neurótico alguno.
d) Alcohol y sustancias tóxicas
Lo incluimos dentro de las agresiones patológicas porque los
mecanismos íntimos de la agresividad suele estar alterados y por los
factores condicionantes de esta conducta de abuso y
dependencia, aunque se produzcan sobre un individuo que no
padece una enfermedad mental.
En estos casos hay que diferenciar entre la relación de la
agresividad y la personalidad del consumidor, que podría llevarnos
a cualquiera de los otros grupos de agresores, y la acción directa
de las sustancias tóxicas sobre la personalidad.
Muchos autores consideran el consumo de sustancias tóxicas como
un suicidio crónico y, por tanto, como una forma de
autoagresividad. También se ha comprobado como la mayoría de
estas sustancias conducen a un estado de intoxicación en el que la
heteroagresividad está aumentada, no sólo por la acción sobre la
fisiología del organismo, sino también por los factores ambientales
en los que se desenvuelven estos individuos. En general la
agresividad viene condicionada fundamentalmente por la
desinhibición que producen estas sustancias y por el contexto, por
lo que el grado de agresividad puede ser muy variable,
dependiendo de la participación de cada uno de los
componentes. El argumento del alcohol y del consumo de
sustancias tóxicas es el más frecuentemente utilizado como causa
del maltrato en España, por lo que en otro apartado lo
abordaremos de forma más detenida.
En todos estos casos debe llegarse a la conclusión de AGRESIVIDAD PATOLOGICA
por medio del diagnóstico del proceso o enfermedad en la que se enraíza y de la
que surge la conducta violenta, sin que esta justifique la anormalidad clínica del
sujeto, y siempre considerando que pueden existir características de diferentes
tipos de agresores en un mismo individuo.
Desde el punto de vista clínico resulta importante llegar a un diagnóstico del
agresor patológico desde un primer momento para iniciar las medidas oportunas y
evitar nuevos episodios de agresión, que en algunos casos pueden traer fatales
consecuencias por partir de enfermos mentales sin los recursos psicológicos
suficientes para poder inhibir sus acciones.
15
No obstante, lo que debe quedar bien claro es que no existe ningún mecanismo
fisiopatológico, bien de causa externa, o bien interna, que justifique la existencia
de una situación de violencia salpicada de múltiples agresiones, que se mantenga
y repita a lo largo del tiempo de forma sistemática, con el objetivo de imponer
una serie de criterios con los que obtener una posición de ventaja por parte de
quien utiliza el recurso de la violencia.
4. ¿PERFILES O FORMAS DE LLEVAR A CABO LAS AGRESIONES?
Tal y como apuntábamos con anterioridad, si hay algo que caracteriza al agresor
es precisamente lo que no contribuye a su caracterización, aquello que
permanece oculto y ha sido ocultado por las mismas razones que se ha permitido
y posibilitado actuar de forma violenta contra la mujer para conseguir su control y
sometimiento. No se trata, por tanto, de un desconocimiento sino de un
ocultamiento, en el sentido de que han sido los propios mecanismos sociales y
culturales los que por medio de la negación, justificación, minimización,... en
definitiva de la normalización de una conducta completamente anormal, los que
han contribuido a que, todavía en la actualidad, la mayoría de los casos
permanezcan retenidos en el zulo del hogar y cubiertos por toda una serie de
valores, normas y creencias socio-culturales que no dejan ver su verdadera
expresión.
Los perfiles del agresor han actuado como amortiguador de todos los intentos de
afrontar la situación en su realidad y como pantallas que han ocultado las
manifestaciones de este tipo de conductas. Y cuanto más se destacan unos
determinados perfiles, menos contribuyen a la identificación y definición del
problema, no tanto porque no estén aportando una información que en su justa
medida viene a poner algo de luz a este siempre oscurecido problema, sino
porque lo que más hacen es ocultar el resto de características del agresor y de
problema, y contribuir a esa imagen tópica que se presenta y representa del
agresor.
Ahora bien, la inexistencia de características particulares en los agresores como
causa de esa conducta violenta, y la presencia de unos elementos comunes en
todos ellos como elementos esenciales de ese papel que representa el agresor,
unido a las diferencias, a veces muy significativas, entre las distintas formas de
agresión y en las diferentes maneras de llevar a cabo un mismo tipo de agresión,
no significa que no existan matices o peculiaridades o características que
diferencian a unos agresores de otros, pero estos elementos que llevan a
diferentes formas de comportamiento, al contrario de lo que en ocasiones trata
de presentarse, no parten de alteraciones psicológicas en forma de trastornos de
la personalidad o patologías que dan lugar a un determinado tipo de agresor. Se
trata más bien de formas de agresión en las que se ven relacionadas las
características de la personalidad del agresor con la asunción de determinados
valores, roles y estatus, en los cuales influyen de manera significativa su historia
16
psicobiográfica, el contexto socio-cultural específico en el que se encuentran el
agresor y la víctima y la percepción que las consecuencias de su conducta tienen
en sentido instrumental, tanto positivas(consecución de poder y control) como
negativas (consecuencias de la denuncia, trascendencia de los hechos,
valoración social ante los mismos,...), así como los factores circunstanciales que
puedan presentarse en un determinado momento, que con frecuencia son muy
similares al estar refiriéndonos a una relación de pareja con una dinámica
relativamente estable y que se desarrolla habitualmente dentro de unos mismos
patrones.
Estos tres elementos fundamentales (psicobiografía, situación social y
circunstancias alrededor de los hechos) hacen que nos encontremos ante
determinadas formas de agresión que serán asumidas por distintos tipos de
agresores para ejercer el control, el dominio y para conseguir la sumisión de la
mujer. Es por ello que podemos volver a repetir lo de que “no todos los hombres
son iguales”, pero que esos perfiles diferentes son perfilados por una determinada
forma de llevar a cabo la agresión en la que nos encontraremos características
psicológicas diferentes, niveles socio-culturales distintos y circunstancias muy
desiguales. Posteriormente, la combinación de determinados elementos
particulares de esos factores generales, la percepción que tiene el agresor y la
valoración general, en la que influye también el resultado de la agresión y la
respuesta y actitud de la víctima, hará que esas formas de llevar a cabo la
agresión se repitan y perpetúen.
Los comportamientos comunes en su manifestación no significan que partan de
lugares similares ni que sigan caminos iguales; una mañana de domingo temprano
si caminamos por un parque nos encontraremos con grupos de personas que
reproducen conductas y hábitos muy similares (unas caminan tranquilamente,
algunas con un walkman oyendo música o noticias, otras pasean a sus perros,
algunas sentadas leen el periódico, y no pocas permanecen plácidamente
acomodadas en una terraza desayunando “café con tiempo”, por ejemplo) y así
en cualquier ámbito de la vida, y sin embargo no estamos hablando de perfiles
comunes, de personalidades iguales, ni de otros factores como el nivel sociocultural, la educación recibida o el tipo de trabajo que desarrollan. Los elementos
que llevan a ese tipo de comportamientos son muy diferentes y no pueden
reducirse a un determinado perfil de personalidad, como en ocasiones se intenta
hacer.
En el caso de los maltratadores, todos necesitan el control de la mujer, pero cada
uno de ellos lo hace por diferentes motivos, percibiendo unas circunstancias
distintas y justificando su conducta de forma que se pueda integrar en el conjunto
de elementos apuntados. Es por eso que las formas de llevar a cabo la agresión
serán también distintas. Por esta razón no se trata de una situación rígida como
muchas veces se quiere presentar, el agresor no viene condicionado a actuar de
esa forma violenta, ni el contexto con todas sus normas androcéntricas de
discriminación y desigualdad y búsqueda de poder empuja al hombre a
comportarse de esa forma. El agresor y la agresión a la mujer han dado muestras
17
de ser y tener una conducta perfectamente definida y destinada a la
consecución de un objetivo concreto, es por eso que se aprecia cómo el agresor
en todo momento es consciente de lo que está haciendo, sabe por qué lo hace y
para qué lo lleva a cabo, y en cualquier instante mantiene un control de la
situación, tanto para saber cuándo debe ejercer la violencia física o psíquica,
como para decidir no hacerlo, y para dirigir los golpes a determinadas zonas y
para diseñar una estrategia eficaz tras la agresión con vistas a reforzar lo
conseguido por medio de la violencia y evitar que se produzcan consecuencias
negativas sobre él si es denunciado, al tiempo de guardar un poco de sangre fría
para responsabilizar a la mujer de lo ocurrido.
No se trata, por tanto, de ese cliché o papel del que no se puede salir, sino que a
pesar de que se describen diferentes formas de agresión con las características
que presentan la mayoría de los agresores que las reproducen, estas conductas
violentas pueden ser reproducidas por agresores muy diferentes cuando otros
elementos (habitualmente los sociales o circunstanciales) le hagan entender la
conveniencia de actuar de esa forma y no de otra. Por dicha razón, el agresor, en
muchos casos, necesita un tiempo para encontrar lo que podríamos considerar
“su forma de agredir”, aquella en la que él percibe que el equilibrio de
efectividad, eficacia y seguridad se ha alcanzado. Por eso no es extraño ver
cómo, sobre todo en las fases iniciales, que coinciden con un mayor componente
compulsivo, va modificando su estrategia y forma de agredir hasta sentirse seguro,
por lo que su actitud y respuesta ante las agresiones también son diferentes,
pasando de una mayor ansiedad y descontrol a una mayor tranquilidad y control
sobre su conducta y sobre la situación como consecuencia del aprendizaje.
La forma de agredir, a pesar de que describamos una conducta y unos elementos
relativamente limpios para favorecer la conceptualización y la esquematización
de la cuestión, no es una conducta pura, en el sentido de presentar esos
elementos de forma única y perfectamente definidos, sino que realmente lo que
ocurre es que predomina una serie de elementos que nos llevan a una conducta
característica que define la forma de agresión, pero en la mayoría de ellas
podemos observar algunos elementos y actitudes de las otras, porque tal y como
hemos indicado, todas ellas persiguen lo mismo y conforme lo van consiguiendo, a
modo de caminos que convergen en una plaza, se van impregnando de ese
ambiente y de la luz de sus farolas que la envuelven, y que invade también la
parte más próxima de las calles que en ella desembocan.
Del mismo modo y por razones parecidas, no se trata de formas de agresión
excluyentes. Aunque un agresor lleva a cabo sus agresiones y ejerza la violencia
de una manera característica y de una forma que predomina sobre las demás, no
significa que no pueda llevar a cabo otras formas de agresión, aunque estas
aparezcan en circunstancias que se apartan de las habituales en que se
desarrollan la mayoría de los ataques. Son precisamente esos factores ajenos a la
personalidad del individuo los que más pueden moldear una conducta
previamente modelada por su psiquismo, pero siempre sobre un material lo
suficientemente blando y maleable como para adaptarlo a determinadas
18
circunstancias y cambiarlo para conseguir una efectividad ante situaciones
cambiantes. Es precisamente esta característica de cambio propia de la situación
de violencia, con el aumento de la intensidad en las agresiones, la modificación
en la percepción del agresor sobre la mujer y sobre la propia violencia, y las
reacciones adaptativas que sufre y desarrolla la mujer, la que hace que el agresor
vaya cambiando. Ello no significa que las circunstancias mandan sobre la
voluntad del agresor. Conviene insistir en estos aspectos, puesto que son los más
fácilmente esgrimidos como elementos que demuestran la irresponsabilidad del
agresor, su falta de control, la precipitación por factores externos o por un
desbordamiento de las emociones,... y tantos otros elementos que justifican y
minimizan la agresión, no son factores de la improvisación y la espontaneidad, sino
de la adaptación en busca de la mayor eficacia.
El verdadero significado de la variabilidad de la conducta predominante, aunque
lo sea por las circunstancias, teniendo en cuenta el contexto general en el que se
produce y los objetivos y motivaciones que persigue, está en el control de la
situación por parte del agresor y cómo es capaz de supeditar todo a su objetivo.
Este punto a medio y largo plazo hace que el “corto plazo” pueda ser modificado
en pos de su consecución. Ninguna conducta violenta por muy intensos que
fueran los golpes ni por mucho miedo que indujera en la víctima sería efectiva, ni
ninguna agresión sería eficaz para conseguir el control si siempre y sólo se
desencadenara por los mismos motivos y ante las mismas circunstancias.
De nuevo comprobamos como el perfil del agresor no existe como tal, tendríamos
que referirnos a él como “los perfiles del agresor”, partiendo del elemento común
de la agresión nos encontraremos que dentro de esa forma de agresión los
agresores que comparten ciertas características definitorias de un perfil actúan de
forma diferente, es decir, llevan a cabo diferentes formas de agresión y, además,
aún manteniendo un determinado modo de agredir de manera predominante,
este se ve modificado y cambia a lo largo del tiempo y a tenor de las
circunstancias. Las razones de esta evolución y de estos cambios de nuevo
radican fuera de los perfiles y los encontramos en la estrategia diseñada sobre las
motivaciones y los objetivos de la conducta violenta, básicamente en la
obtención del control de la mujer y en utilizar la violencia no sólo como un daño
físico, psíquico y moral dirigido a la resolución ventajosa de un teórico conflicto
puntual que haya podido surgir, sino como una forma de aleccionar a la mujer
para que se deje controlar y someter, y para que se mantenga en esa posición
secundaria e inferior a la del hombre. Es por eso que es el agresor quien decide
cuándo y por qué agredir a la mujer, cuándo reaccionar de manera violenta en
público insultándola a voces y ridiculizándola cuando más le puede doler. Las
agresiones en muchos de los casos son verdaderos ataques que se producen de
manera intempestiva e inesperada, no la culminación de una fase de tensión
creciente, y en todos ellos el hombre decide cual ha sido el precipitante que la
mujer ha utilizado para provocar su propia agresión.
Esta estrategia cambiante en cuanto a la forma de manifestarse e inconstante y
aleatoria en cuanto a los precipitantes, anulan completamente a la mujer en su
19
intento de sobrellevar la situación por medio de la adopción de una conducta
tendente a evitar un nuevo conflicto que desembocará en una nueva agresión.
La mujer está completamente desorientada, y así lo manifiesta, no tiene referentes
válidos para saber cuándo, cómo y por qué sufrirán el nuevo ataque, lo cual le
hace vivir en un estado de alerta permanente que aumenta la ansiedad, todo lo
cual contribuye al deterioro psicológico.
El agresor percibe esa situación, ve a la mujer nerviosa, asustada, vulnerable,
sumisa, e interioriza la eficacia de su comportamiento y comienza a flexibilizar la
rigidez de un perfil basado exclusivamente en lo psicológico para convertirlo en un
auténtico perfil camaleónico, capaz de camuflarse como un buen marido y padre
ante cualquier circunstancia con tal de mantener la eficacia en la consecución
de sus objetivos.
En el intento de identificar la agresión a la mujer con unas determinadas
circunstancias o con unos factores concretos, para de esta forma más que
combatirla, justificarla, tampoco se ha hecho nada por actuar sobre esos
elementos, de manera que esa doble estrategia (poner perfiles al agresor y a la
mujer) sólo ha quedado como un argumento descriptivo, pero nunca se ha
utilizado para adoptar medidas consecuentes, y así, por ejemplo, a pesar de
haber considerado históricamente que la agresión a la mujer era consecuencia
del alcoholismo, del bajo nivel socio-cultural, del paro,... tampoco se han puesto
en marcha ningún programa específico dirigido a esos grupos con el fin de
prevenir, evitar o solucionar los casos de agresión.
En el caso de los perfiles de las mujeres víctimas las consecuencias han sido aún
más graves, puesto que si los perfiles del agresor identificaban las características
de estos hombres y venían a decir que la agresión era consecuencia de dichos
factores y, por tanto, no algo generalizado a la sociedad y a todos los hombres en
potencia, en el caso de los perfiles de la mujer lo que se ha venido manteniendo, y
aún en la actualidad se afirma por muchos autores, aunque es cierto que
matizando el concepto y la forma de presentarlo, es que eran esas características
de la mujer las que la hacían susceptible de sufrir la agresión; es decir,
responsabilizan a la propia víctima de sufrir violencia por parte del hombre debido
a que por los motivos más diversos, o provoca la agresión o es incapaz de
desenvolverse en el terreno de las relaciones humanas y en la resolución de
conflictos.
Esta actitud social y la postura científica recogida han hecho mucho daño a la
hora de conocer y profundizar en la realidad de la agresión a la mujer, puesto que
en cierta manera ha contribuido a considerar estos casos como perdidos por lo
poco o nada que se podía hacer, al presentarlos como una consecuencia del
destino y poner la solución en el tiempo de espera para que el agresor cambiara.
Si bien es cierto que las diferentes personalidades responderán de forma diferente
antes estímulos y situaciones similares, en ningún caso la agresión física y psíquica
contra una persona puede estar justificada o quedar minimizada por las diferentes
20
aptitudes que la víctima pueda tener para resolver el conflicto o la situación que
se presenta como consecuencia de la voluntad de otro. Y, sobre todo, no se
puede olvidar nunca el contexto en el que se produce, el por qué se lleva a cabo
esa conducta violenta y para qué la realiza el agresor. Considerando todos los
elementos vemos cómo los perfiles desaparecen y se difuminan como una gota
de color en un estanque.
Los estudios sobre perfiles vienen a demostrar parte de lo evidente e intentan
llegar al núcleo del problema, pero sólo consiguen mostrar lo accesorio y no
acceden nada más que a lo superficial, a la periferia que envuelve y protege un
núcleo ocultado celosamente, como máscara que a pesar de su fealdad guarda
y esconde tras de ella una realidad aún más desagradable.
Con esta actitud debemos abordar el estudio de la agresión a la mujer, y con ese
planteamiento debemos diseñar y entender los estudios sobre perfiles de agresores
y víctimas, como en un juego de muñecas rusas debemos ir abriendo las más
externas para llegar a la esencia y ver que en ella, como en un cuadro cubista,
aparecerá más de una cara, y cómo de forma paradójica, conforme se van
quitando muñecas las de dentro serán más grandes, porque en este problema es
precisamente lo accesorio y mínimo lo que esconde la realidad social que hay
detrás.
No hay perfiles de agresores en cuanto a que la violencia no parte de
determinadas personas ni de rasgos de personalidad o características
psicológicas, pero sí formas de llevar a cabo las agresiones y de ejercer la
violencia que nos permiten agruparlas en diferentes grupos alrededor del
protagonista de las acciones violentas (“El Rompecabezas”, M. Lorente -2004-).
Estas formas serían las realizadas por los siguientes agresores:
1. EL ROMPECABEZAS
-
Parte de la posición de inferioridad de la mujer, no tanto de la superioridad
suya
Responsabiliza a la mujer ante hechos puntuales (discusiones o conflictos).
No ante la situación general que viven.
Busca CORREGIR en busca de un bien mayor centrado en la familia
Agresión en momentos en los que percibe que la relación está más fuerte
Busca un control objetivo, pero bajo interpretación subjetiva, de manera
que siempre encontrará un motivo para llevar a cabo una nueva agresión.
Violencia inmotivada
No arrepentimiento, sólo la escenificación del mismo
Narcisismo (orientado hacia el ambiente familiar)
Cada vez agraden más por menos
21
2. EL QUEBRANTAHUESOS
-
Irritabilidad e impulsividad (afectivas)
Inseguros con cierta falta de autoconfianza, lo cual los llevan a buscar
apoyos (la mujer es el principal)
Cambios bruscos
Todo lo que dan lo hacen a cambio de algo, y creen que dan mucho,
luego exigen más
VIOLENCIA: Impulsividad en el inicio y extraordinaria intensidad. Labilidad al
final, lo cual lleva a la “luna de miel”, también intensa
Rabia e ira
No hace una valoración crítica de sus múltiples agresiones, más bien se
produce una habituación a la violencia, que cada día es más justificada
Conflictos externos también por la desconfianza (laborales, vecinales,
relacionales,…)
3. PSÍQUICO. EL MANDO A DISTANCIA
-
-
-
Efectividad de la violencia contra la mujer por la dispersión de los casos y la
fragmentación de las circunstancias. Todo ello lleva a la invisibilidad y esta a
la inexistencia (la cual se refuerza como tal ante los casos graves, que son
los que se ven)
Objetivo fundamental: Control psicológico
Rígido, perfección, orden, control (no le gusta la improvisación, aunque
haya dado resultados positivos)
Relación de pareja debe estar en orden, según su criterio
Rasgos obsesivos
El orden lo interpreta como tranquilidad por un doble mecanismo:
o Uniformidad de criterios
o Ver que se cumple su criterio
Control de todo, hasta de los detalles más mínimos
El mando a distancia confunde:
o Lo invisible con lo inexistente
o El amor con la sumisión
o La ternura con la felicitación
o El orden impuesto con la paz familiar
4. CONTROLADOR DE LO NORMAL
-
“Lo contrario al maltratador”: Considerado con la mujer, incluso busca el
reconocimiento público de ella, siempre que lo haga bajo ciertos criterios
La mujer es un “apéndice”
Cumplimiento rígido de roles desiguales, no tanto el control impuesto
Adaptado e integrado socialmente
Nivel socio-cultural más elevado
22
-
-
-
-
Narcisismo orientado hacia el exterior
Egocentrismo
Orden (primero) después imposición de normas y pautas a mujer e hijos
No hay una estrategia de violencia específica (ni física ni psíquica), es un
control exhaustivo de las normas
Al final la situación se torna insostenible y él se vuelve más expeditivo:
o Control económico y crítica a los gastos (daño psíquico)
o Interpretación referencial: La mujer lo hace mal a conciencia, lo cual
lo lleva a la violencia física y psíquica
Las normas y los valores sociales como control de lo normal se convierten así
en el control como norma, lo cual lleva al “sobrecontrol”
Donal G. Dutton habla de dos tipos de sobrecontrol:
o Activo: Como mecanismo asertivo. Son meticulosos, perfeccionistas,…
o Pasivo: Parecido al agresor psicológico. Ataca más a la mujer
Ambos buscan la DOMINACIÓN-SUMISIÓN en lugar de la superioridadcontrol
Negación de las fuentes de afectividad y ataque a las fuentes de apoyo, lo
cual unido a los ataques puntuales da lugar a la Sumisión, que las convierte
en Esclavas psicológicas, y de ahí a la identificación con el agresor
Agresiones físicas explosivas ante conflictos mínimos, cuando la situación se
ha desestabilizado. Se produce por cuestionamiento de la imagen pública
HOMICIDIO-SUICIDIO
5. AGRESOR CÍCLICO
-
-
Dualidad omnipresente: Cubismo psicológico
Duplicación del ego (Robert Lay Lifton): Conductas distintas en contextos
diferentes con sus referencias. Todo ello para evitar la culpa
QH: actúa por voluntad (inmotivada), pasa a la acción por decisión propia
Cíclico: Necesita una situación precipitante (la externas suele ser la
frustración). Esa situación suele estar en relación con el cambio de contexto,
lo cual no significa pasar a la acción de manera inmediata.
Inestabilidad en las relaciones interpersonales y en la afectividad
Cambios bruscos, lo cual los lleva a la inestabilidad, lo cual los hace cerrarse
más sobre sí mismos, y ello lleva a ejercer más control
Agresiones verbales sarcásticas e hirientes, debido a que controla la
situación en cada contexto.
Gran intensidad en cada una de las fases del ciclo de violencia, tanto en las
agresiones como en la luna de miel
La relación significa una unión para perdurar, por lo que lo que no dura es
superado por la propia relación, de ahí que los cambios bruscos sean
considerados como algo ajeno a la relación.
6. DESALMADOS Y ARMADOS
-
Solitarios e individualistas
Buscan su propio beneficio
23
-
Agresivos, irritables y violentos: Peleas fuera de la relación
Impulsividad
Predilección por vivir el momento presente
Modo de actuar más lento y placentero (se deleita)
Familia como plataforma utilitarista de su status y economía (recurre a la
familia para obtener privilegios dentro y fuera)
Claves para iniciar la relación:
o Carisma y liderazgo (superioridad, autosuficiencia, independencia,
confianza,… y desconexión de los límites y restricciones)
o Perversión para utilizar todo y a todos
o Elige a la mujer vulnerable, a partir de ese momento la mujer sufre
o Controla a la mujer con el poder y la seducción
o Ejerce una gran intimidación (situaciones de riesgo y amenazas para
él y la familia)
o No quiere ser controlado, y la situación hace que la mujer no pare de
pedirle que cambie de actitud, lo cual lo lleva a ser más violento
o Agresiones difíciles de predecir, pues en ocasiones se deben a motivos
insignificantes y en otras aguanten mucho.
o Estallan de forma progresiva para deleitarse
o Violencia terriblemente eficaz por su frialdad y falta de empatía.
Mantiene control en los momentos álgidos. REACTIVOS VAGALES (10%)
o Tras la agresión: olvido y minimización, lo cual junto al halo de
desvalido por la falta de empatía y de compromiso hace que se
entregue más la mujer.
o A todo lo anterior hay que unir el terror que se produce ante la
experiencia de la convivencia con él.
5. LA REINCIDENCIA DEL AGRESOR: VIOLENCIA CONTRA LA MUJER Y PELIGROSIDAD
El peligro viene de fuera y lo sufren dentro. La parte dinámica del maltrato con ese
ciclo de violencia de intensidad creciente, con esa mezcla tóxica de la violencia
de la agresión y del afecto y el perdón de la “luna de miel”, con la taladradora
combinada de la violencia psíquica y física, que termina por derribar al más
resistente de los pilares, y con ese gas paralizante que son las amenazas,
especialmente cuando se acompañan de esa foto recordatoria que es su propia
imagen llena de moratones en el espejo de la ducha, indican que existe un
peligro. A todo ello hay que unir la posición del agresor, dispuesto a ejercer una
violencia bajo criterios subjetivos e inconsistentes, sólo basta que él decida que no
está dispuesto a aguantarle eso a su mujer, o que esta necesita una lección, para
que él, maestro en valor y doctor en valores, le dé el golpe en cualquier lugar y
con independencia de los testigos que puedan haber, que pasarían a formar
parte de la propia lección. Además, la llevará a cabo con una gran intensidad, no
bastará resolver la situación puntual, él, como buen docente, quiere que no se le
olvide la lección, que interiorice sus normas y los patrones que establece dentro de
esa relación-escuela. En estas circunstancias el peligro se convierte en riesgo, de
manera que se pasa de la realidad de que se produzca un daño en términos de
24
probabilidad, propia del peligro, a la realidad y certeza (bajo esas circunstancias)
de que se produzca el daño. Las mujeres en el seno de una relación violenta están
en una situación de riesgo objetivo que no podrá ser controlado, pues,
fundamentalmente, depende de la subjetividad del agresor.
Es ahí donde los condicionamientos culturales y la socialización de las mujeres
condicionan la respuesta de las mujeres ante esa percepción, y en lugar de huir o
evitar el peligro, primero, y el riesgo después, permanecen en él adaptándose a
las circunstancias que impone, creando una situación de vulnerabilidad al
entender que su obligación es quedarse en ella, que incluso ellas mismas pueden
ser responsables de lo que ocurre y con amenazarlas con el rechazo social del
“qué dirán” y la crítica, todo lo cual refuerza la intensidad de esos matices de
perversión en el cuadro de la situación, pues la propia permanencia en la relación
luego será utilizada en su contra como argumento de normalidad.
Si el peligro y el riesgo para ser experimentados como tales necesitan de una
exposición discontinua y limitada en el tiempo, de lo contrario no se viven bajo esa
concepción, la propia naturaleza de la situación que la genera en la violencia del
maltrato, con esa relación de pareja, actúa como otro amortiguador de los
efectos que dan lugar al riesgo que viven las mujeres, unas circunstancias que
pueden llegar a hacer que la mujer no sepa cuál es su verdadera situación, por
esa inconsciencia que da el vértigo de la proximidad y la continuidad. Pero esa
inconsciencia individual no puede permitirse a la sociedad, que conocedora de
esa situación no actúa o lo hace de manera permisiva, lo cual debe ser tomado
como una verdadera imprudencia por no sopesar las graves consecuencias que
se producen con su pasividad.
Todo ello dificulta la adopción de medidas para acabar o disminuir la situación de
peligro que viven las mujeres en las relaciones con violencia de por medio, sin
embargo, conociendo los objetivos que persigue el agresor, las motivaciones de
las que parte y las formas de llevar a cabo la agresión, sí podemos combatir el
riesgo de las mujeres actuando sobre el generador del peligro, sobre el agresor.
Por eso es fundamental que ante el conocimiento de un caso se estudie al agresor
para determinar su peligrosidad criminal, es decir, la capacidad que tiene de
realizar un determinado crimen, en este caso una nueva agresión contra la mujer.
Se trataría de determinar su criminogénesis, pero siempre relacionada con unas
circunstancias concretas y respecto a unos hechos determinados, no como algo
intrínseco a su personalidad y de manera general. Así podríamos combinar la
prevención con la evitación para ser más eficaces
El diccionario de la Real Academia Española nos dice que EVITAR es “apartar un
daño, peligro o molestia impidiendo que suceda” y en su cuarta acepción
“eximirse de un vasallaje”; mientras que PREVENIR es “preparar, aparejar y
disponer con anticipación las cosas necesarias para un fin”.
A la hora de combatir la agresión a la mujer se habla mucho de medidas de
prevención, que hace referencia a objetivos a largo y medio plazo y busca más
25
una actuación generalizada sobre el conjunto de la sociedad (educación,
información, regulación,...). Sin embargo, en ocasiones nos olvidamos de la
evitación, que es una actuación más a corto plazo y próxima en el tiempo y en la
distancia, y por tanto más individualizada actuando en el contexto cercano a la
víctima y al agresor intentando suprimir la repetición o la continuidad, para de ese
modo evitar la agresión y hacerla desaparecer.
Para conseguir evitar la repetición de nuevos casos y de este modo ayudar a la
prevención general debemos estudiar la peligrosidad del agresor, especialmente
en los casos de amenazas.
Como recogen Villanueva y Valenzuela, el estado peligroso puede definirse como
“aquel comportamiento del que con gran probabilidad puede derivarse un daño
contra un bien jurídicamente protegido”. La peligrosidad criminal consiste en un
juicio de probabilidad de que un sujeto llegue a ser autor de un delito, y
generalmente parte de la base de que ya ha cometido algún hecho delictivo.
El diagnóstico de la peligrosidad o del estado peligroso no es sencillo, debido la
dificultad de predecir una conducta humana y a lo inespecífico del propio
concepto de peligrosidad. A pesar de todos los estudios clásicos que se han
venido realizando desde el siglo pasado, no se ha encontrado una personalidad
criminal, aunque sí podemos obtener una serie de rasgos de personalidad que son
más frecuentes entre colectivos de delincuentes probadamente peligrosos. No
obstante, esta aproximación define a un colectivo, no a un individuo peligroso, y
no es la que debe aplicarse a la hora de valorar al maltratador, sino buscar los
elementos que influyen en la capacidad criminal ante determinadas
circunstancias.
En general dos son los elementos que pueden ayudar al diagnóstico del estado
peligroso: El diagnóstico de la capacidad criminal o temibilidad y el diagnóstico
de la inadaptación social
1. Diagnóstico de la capacidad criminal o temibilidad
La capacidad criminal se apoya en dos conceptos: la nocividad y la
inintimidabilidad.
La NOCIVIDAD se refiere a lo dañino que pudo haber sido el acto y si hubo o no
odio o pasión en la ejecución de los hechos delictivos anteriores. Estos rasgos se
traducen en términos psicológicos por su agresividad y su indiferencia afectiva.
Con el estudio de la ININTIMIDABILIDAD se trata de conocer, a través del hecho, si
el autor no se retuvo por las repercusiones que la realización del acto pudieran
tener en contra suya o si se condicionó por los sentimientos que rodeaban la
acción. En el lenguaje psicológico se trata de evaluar fundamentalmente el
egocentrismo y la labilidad afectiva, pero además en los casos de violencia de
26
género habrá que tener en consideración ese componente de “crimen moral o
por autojustificación”.
2. Diagnóstico de la inadaptación social
Consiste en el estudio de los rasgos de temperamento, las aptitudes y las
necesidades instintivas. Estos rasgos y aptitudes son susceptibles de iluminar la
motivación, el nivel de satisfacción y la dirección general de una conducta
criminal, pero no son suficientes para explicar el paso a la acción por sí mismos.
La valoración de estos elementos, especialmente cuando se realiza por medio de
una serie de pruebas psicológicas (tests de inteligencia y personalidad, sobre todo
midiendo determinadas características o funciones psicológicas) y completadas
con un estudio social, pueden aproximarnos al diagnóstico de la peligrosidad
criminal. No obstante, a pesar de ello hay extremos que no pueden llegar a
conocer, como lo son la evolución de la personalidad del sujeto estudiado o las
circunstancias biográficas y ambientales que van a incidir sobre su personalidad
en determinadas circunstancias.
Por otra parte, esa aproximación a las circunstancias específicas de la violencia
contra las mujeres, nos indica que existe una serie de elementos que pueden
elevar el riesgo para que la amenaza se lleve a cabo; entre ellos esta la existencia
de una maltrato crónico anterior (físico o psíquico), la separación de la pareja (es
el momento de mayor riesgo) y no debe confundirse con la denuncia, lo que
ocurre es que en muchas ocasiones coincide un hecho con el otro, la percepción
de que la mujer rehace su vida, el inicio de una relación sentimental con otra
persona,... En el agresor resulta especialmente indicativo descubrir la ausencia de
un sentimiento negativo con relación a lo que dicen que van a hacer por medio
de las amenazas, las manifestaciones de indiferencia ante la posibilidad de ir a la
cárcel en caso de llevarlas a cabo o la referencia, directa o indirecta, al suicidio
tras cumplir con las amenazas... cuando estas circunstancias coinciden con los
elementos psicológicos que están en la base de la peligrosidad, el riesgo para la
mujer se dispara, pues indica que lo ha pensado, no sólo como posibilidad, sino
valorando también las consecuencias de su acción, todo lo cual hace referencia
a que el crimen moral puede estar en marcha. Ante esta situación no bastarán las
medidas de protección basadas en una contención pasiva o en un control a
distancia y esporádico de las actividades del agresor, y menos aún podemos
convertir a la mujer en centinela de su propia seguridad, en estas circunstancias
hay que tomar medidas restrictivas sobre ese hombre que puede llevar a cabo las
amenazas que han vertido y asegurar la tranquilidad de la mujer y de sus hijos.
La aproximación a la situación concreta que puede sufrir una determinada mujer
en una relación de pareja específica, permite hacer un viaje de lo general a lo
concreto y considerar los elementos puntuales que del conjunto de los teóricos
están actuando en él, para así adoptar las medidas más adecuadas. De este
modo partimos de una concepto descriptivo e ilustrativo para situarnos ante la
realidad del problema, como es el de “población de riesgo”, y nos vamos
27
aproximando hacia lo concreto por medio del estudio de los factores que pueden
configurar una situación de peligro, que ya nos indica que existe una situación real
en la que se puede producir un daño, pero que el hecho de que este ocurra (si no
se ha producido) o que vuelva a ocurrir (si ya se ha ocurrido antes) no es un hecho
absoluto, sino probable, y seguir avanzando por este dificultoso y “tramposo”
camino hasta determinar la existencia de una situación de riesgo, en la que el
daño es más objetivo y cierto, siempre bajo determinadas circunstancias, que son
las que dejan un espacio para que los hechos sucedan en un determinado
momento y de una forma u otra. En cualquier caso, estaremos en el territorio del
riesgo y ello supone que se presenta frente a un daño concreto y delimitado, pues
al igual que las circunstancias que lo originan se basan en lo discontinuo y la
temporalidad, de lo contrario estaríamos hablando de otra cosa (estrés, acoso,
violencia, agresiones repetidas,...), y el hecho de estar en ese terreno donde el
riesgo acecha y aguarda su mejor momento para materializar el daño, ya implica
un daño menor que se deriva de las propias circunstancias que generan el riesgo
dentro de la violencia contra las mujeres.
Debemos tener presente que estamos ante una violencia diferente y que, por lo
tanto, las circunstancias serán distintas. Hablar de riesgo en la relación de pareja
violenta significa hablar de que la mujer puede sufrir una agresión capaz de
causarle un grave daño, situación que habitualmente nos pone ante la posibilidad
de sufrir una agresión grave, y por tanto nos sitúa ante las circunstancias que
configuran ese riesgo en la relación de pareja, es decir, una relación configurada
y asentada ya en la desigualdad de una posición de superioridad que viene
sometiendo y controlando a la mujer por medio de la violencia mantenida y de las
agresiones repetidas, y estos elementos ya de por sí están causando un daño más
continuado y de menor intensidad que el que ahora delimitamos con el riesgo,
pero necesario para que la actitud de las mujeres en lugar de basarse en la alerta
y la huida o en afrontarlo con garantías, responda con aceptación y cierta
sumisión basada en la desconsideración y las dudas que le embargan ante la
situación objetiva.
A la hora de adoptar medidas sobre la peligrosidad del agresor se debe ser
consciente de la situación en la que se encuentran las mujeres para que dichas
medidas las tengan en cuenta y no caigan en el error de entender que el riesgo
sólo parte de las circunstancias que apuntan hacia una daño objetivo, que en
muchos casos pueden ser modificadas por un agresor que pretende el control y
que es consciente de las consecuencias que se pueden originar con el
mantenimiento de su actitud. Hablar de riesgo objetivo en la relación de pareja en
la que el maltrato tiene su lugar, es hablar de agravación del daño y de
intensificación de la violencia, no de que esta aparezca, y las medidas deben
dirigirse aprovechando esa situación a evitar el daño y a resolver la situación que
lo crea una y otra vez. Sería como un enfermo que acude a urgencias con una
crisis surgida en el seno de una enfermedad de base, la actuación desde el
Servicio de Urgencias debe ir dirigida a evitar el ataque agudo de la
complicación, pero una vez resuelto este no se debe abandonar al enfermo hasta
que vuelva a acudir con una nueva crisis, hay que proponerle un tratamiento
28
continuado que le permita recuperar su salud y evitar esas situaciones de riesgo
que ocasionaba la enfermedad.
La experiencia nos muestra cómo la tendencia va siguiendo la línea marcada por
este planteamiento, y a pesar de las reticencias y de las dificultades que se siguen
presentando, por desgracia sólo superadas después de que la tozudez de la
realidad venza los tercos posicionamientos que, simplemente, se negaban a
reconocerlas, y los casos (siempre sangrantes) en los que mujeres que
denunciaban las agresiones y las amenazas mortales se hayan confirmado a
consta de sus vidas, el riesgo y la peligrosidad se empiezan a considerar, es cierto
que aún muy relacionados con determinadas circunstancias del contexto y de la
personalidad del agresor, pero en cualquier caso se va avanzando. El ejemplo
más claro es la reciente orden de protección de las víctimas de “violencia
doméstica”, aprobada de manera casi precipitada el día 31 de julio de 2003.
Sin embargo no es suficiente. Estas medidas irán dirigidas a los casos más graves
después de la denuncia y la intervención de las instituciones, lo cual significa que
sólo podrán beneficiar a un porcentaje mínimo de las mujeres que sufren la
violencia de manera repetida y continuada, mujeres que están perdiendo su vida
en ese goteo de ilusión, de esperanza, de vitalidad, de sueños, de ganas de vivir y
cambiar hasta el punto de convertirlas en autómatas capaces de seguir
enganchadas a una rutina en la que la violencia también está presente. Algunas
de ellas podrán reaccionar y recuperarse del daño psicológico que da lugar al
Síndrome de la Mujer Maltratada, e intentarán escapar de esa unión traumática, y
quizá necesiten de esas medidas de protección tras objetivar el riesgo y la
peligrosidad, pero la gran mayoría no llegarán a esa meta, y de una forma u otra
intentarán sortear las agresiones y construir un mundo irreal en ese otro plano de
los sueños, que a diferencia del resto de las personas, no se situará en las parcelas
del futuro, sino en las del pasado, un pasado en el que la violencia no existía y al
que le gustaría regresar para reconducir su situación hacia un futuro que ya ha
desaparecido, y de algún modo sobrevivir viviendo, no hacerlo muriendo, poco a
poco, día a día.
Y no podemos permitirlo, ni podemos pedirle a las mujeres que continúen en esa
situación mientras reivindicamos un cambio que no sólo puede producirse en la
parte más superficial, en esa superficie alicatada con las normas más a la moda y
solicitadas en las demandas sociales, pues en realidad su valor no está tanto en lo
que muestran, en ese dibujo que aparece en su superficie, sino en lo que ocultan
tras de sí. Y cuando hablamos de violencia contra las mujeres y de medidas frente
a los casos graves, significa que estamos dejando que otros muchos casos
transcurran por esa espiral ascendente hasta la gravedad, pues el resto de
medidas también vienen muy condicionadas por la participación de las
instituciones y muy limitadas por las propias circunstancias que rodean a este tipo
de violencia.
29
Todos estos elementos aparecen junto a los demás componentes de la violencia
de género (especialmente a los de las víctimas y el contexto) en unas relaciones y
asociaciones dinámicas y cambiantes en cada uno de los hechos, y con las
acciones que se llevan a cabo en cada momento. Y todos ellos han de ser tenidos
en cuenta en la valoración médico-psicológica forense si en realidad se quiere
alcanzar una percepción global que lleve a un análisis integral de lo sucedido. De
lo contrario nos quedaremos con algunas de las manifestaciones y, en cualquier
caso, con una imagen parcial y fragmentada de una realidad compleja,
circunstancias que siempre actuarán en contra de las víctimas. Por ello resulta
fundamental la especialización de los profesionales, pero también de las
estructuras administrativas que actúen en los casos de violencia de género, y de
este modo facilitar la coordinación, la cooperación y la creación de bases de
datos que integren la información generada con el objetivo de facilitar las
relaciones con otras administraciones e instituciones que intervienen en estos casos
de violencia. Una actuación basada en este modelo de respuesta permite
trasladar la mayor información a los Juzgados y Tribunales y facilitar la adopción
de las medidas más adecuadas, recordando que en violencia de género no
basta con la reparación del daño sufrido, sino que el objetivo último al que ha de
contribuir cada una de las actuaciones debe ser la recuperación integral de las
víctimas.
30
Descargar