1 “NIÑOS CON DISCAPACIDAD ESCOLARIZADOS EN CENTROS

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“NIÑOS CON DISCAPACIDAD ESCOLARIZADOS EN CENTROS PRIVADOS:
APROXIMACIÓN A LA RESPONSABILIDAD CIVIL”
Patricia López Peláez
Profesora Titular de Derecho Civil
Vicesecretaria General de Asuntos Jurídicos de la UNED (España)
A. Introducción. B. Sujeto responsable. C. Criterio de atribución de la
responsabilidad. D. Extensión personal de la responsabilidad. E. Bibliografía
básica
A. Introducción
La regla general en materia de responsabilidad civil extracontractual recogida
en el artículo 1.902 del Código Civil español, y en cuya virtud se responderá de los
actos u omisiones propios que causen daño a otro interviniendo culpa o
negligencia, se ve completada por lo dispuesto en el artículo 1.903 del mismo
cuerpo legal, que recoge la responsabilidad por actos u omisiones ajenos, de
personas de quienes se debe responder, a no ser que se pruebe que se empleó
toda la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el daño.
En este sentido, establecía en su redacción inicial el artículo 1.903 del
Código Civil, en su apartado 5º que
“Son por último responsables los maestros y directores de artes y oficios
respecto de los perjuicios causados por sus alumnos o aprendices mientras
permanezcan bajo su custodia”.
El sistema hacía por tanto responsable personalmente al maestro o profesor
de los daños ocasionados por sus alumnos.
Dicho sistema en su aplicación había dado lugar a una serie de preguntas que
surgían constantemente a la hora de resolver los casos prácticos que se planteaban
en la realidad, entre ellas las de determinar quienes eran responsables (el
establecimiento docente o el personal que trabajaba en el mismo, únicamente
quienes realizaban funciones estrictamente docentes o también el personal docente
encargado de las funciones directivas), o cómo interpretar la expresión “mientras (los
alumnos) estuvieran bajo su custodia”, porque únicamente de los daños causados
durante la misma respondían los educadores.
También se planteó la cuestión de si era necesario que los alumnos tuvieran
alguna limitación en su capacidad de obrar, por ejemplo la minoría de edad, para que
surgiera la responsabilidad de sus educadores, o si éstos respondían siempre de los
daños que ocasionaran los alumnos, aunque fueran mayores de edad, y
especialmente qué pasaría si los estudiantes estaban afectados por alguna
discapacidad, y el hecho de si esta situación debía influir en la determinación de la
responsabilidad civil.
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A cada una de estas preguntas la jurisprudencia española fue ofreciendo
diferentes respuestas, en muchas ocasiones distintas, e incluso contradictorias,
pues casi siempre venían determinadas más por las circunstancias del caso
concreto, y por el deseo de ofrecer la mayor reparación posible al perjudicado, que
por la adopción de un criterio lógico igual para todas. En bastantes casos se acudía
incluso a la solución de resolver el supuesto no en virtud del apartado del precepto
relativo a la responsabilidad de los profesores por hechos dañosos de los alumnos,
sino en virtud del apartado relativo a la responsabilidad del empresario (el centro
docente) por hechos dañosos de sus dependientes (los profesores).
Ahora bien, en la actualidad no tenía mucha explicación, no que los maestros
y profesores respondieran de los daños ocasionados por sus alumnos cuando se
probara su negligencia en su deber de vigilancia y educación, sino que se
presumiera dicha negligencia. Tal sistema, en la situación actual de la enseñanza,
en la que se ha generalizado el acceso a la misma de la población (con la
consecuencia de que se ha elevado el número de alumnos que se coloca a cargo
de cada profesor), y en la que parte importante de la jornada escolar se desarrolla
fuera de las aulas (en actividades complementarias, deportivas, de recreo...), y
teniendo en cuenta además que en la actualidad la relación profesor-alumno ha
variado notablemente, y la autoridad del primero se cuestiona constantemente,
resultaba injusto. También se convirtió en un freno para la práctica de actividades
extraescolares, tan recomendadas por la pedagogía actual.
Por ello, durante los años ochenta los docentes llevaron a cabo numerosas
movilizaciones, estimuladas porque durante esos años se plantearon algunos
supuestos en los que se obligó a los profesores a hacer frente a reclamaciones de
gran importancia económica pero derivadas de hechos que difícilmente podían
controlar. Estas movilizaciones se tradujeron en la reforma del Código Civil de 7 de
enero de 1.991. Tras dicha reforma el precepto antes citado, 1.903, establece en
su apartado 5º que
“Las personas o entidades que sean titulares de un Centro Docente de
enseñanza no superior responderán por los daños y perjuicios que causen sus
alumnos menores de edad durante los periodos de tiempo en que los mismos se
hallen bajo el control o vigilancia del profesorado del Centro, desarrollando
actividades escolares o extraescolares y complementarias”.
Es necesario recordar aquí que los daños ocasionados pueden ser
constitutivos de un delito de homicidio o asesinato, o de un delito o falta de
lesiones, entre otros. Si así fuera, habrá de estarse a lo dispuesto en la Ley
Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los
menores, y en el Código Penal de 1995 (aprobado por Ley Orgánica 10/1995, de 23
de noviembre, y modificado desde entonces en varias ocasiones)1.
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Recordemos que es doctrina reiterada del Tribunal Supremo español que la sentencia penal
absolutoria, a no ser que declare no haber existido el hecho del que los daños hayan podido nacer,
no impide que la jurisdicción civil pueda, valorando libremente las circunstancias del supuesto,
apreciar una situación de culpa civil, y declarar la responsabilidad civil correspondiente. Véase la
Sentencia de 18 de octubre de 1999.
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En otro caso, el régimen de la responsabilidad por los accidentes y lesiones
ocurridos en los centros docentes es hoy por tanto el siguiente:
B. Sujeto responsable
Como regla general ya no responden los profesores concretos de los daños
sufridos por sus alumnos menores de edad durante el tiempo que están bajo su
vigilancia, sino el titular del Centro, que es, dice el Código Civil, quien debe adoptar
las correspondientes medidas de organización2.
Es decir, será responsable, si el centro es privado, la persona física o jurídica
titular del colegio.
En los debates parlamentarios de la reforma se planteó en particular si no
era posible identificar director del centro con responsable de las medidas de
organización del mismo, y por tanto responsable de los daños causados.
Desde luego, es verdad que en la nueva organización de los colegios es el
director y los cargos próximos, y por supuesto el Consejo Escolar, quien organiza la
actividad escolar, pero lo cierto es que la ley ha hecho responsables a los titulares
de los centros y no a los organizadores de dicha actividad, en el supuesto de que
no coincidan unos y otros. En este caso además la reforma lo único que habría
conseguido es desplazar la responsabilidad del profesor concreto al director del
centro, amen de hacer imposible encontrar a un profesor que quisiera asumir las
funciones de director, cosa ya de por sí difícil en muchas ocasiones3.
Por otra parte, la expresión “centro docente” no se ha de interpretar en
sentido restrictivo, en opinión de la doctrina más generalizada. De esta forma
quedan incluidos, además de colegios e institutos, guarderías infantiles y centros de
educación preescolar, entidades organizadoras de campamentos, granjas-escuela,
y demás centros que realizan actividades educativas, como conservatorios y
centros de enseñanza de música, danza, artes plásticas y diseño, y también se
incluyen los internados y residencias estudiantiles4. Todos ellos responderán de los
daños sufridos por sus alumnos.
Lo que sí es necesario es que se trate de un centro de enseñanza no
superior. Esto se debe a que, normalmente, en los de educación superior los
alumnos son mayores de edad, por lo que ya son responsables personalmente de
los daños que causen.
2
Parece estarse creando un nuevo tipo de negligencia, hasta ahora desconocida en el
ordenamiento civil: la “culpa in organizando”.
3
Establece la Sentencia de 22 de diciembre de 1999 (a propósito de un accidente en clase de
gimnasia) que no cabe descargar en el Director del colegio una especie de responsabilidad genérica
por todo lo que ocurre en el mismo. En cambio, en la de 10 de octubre de 1995 sí se establece la
negligencia de la Directora del colegio, dado que no existía control efectivo del acceso de los
alumnos a un patio, ni vigilancia de sus juegos en el mismo, ni se había retirado de dicho patio un
armazón metálico inútil para su finalidad originaria de canasta de baloncesto y del que los niños
solían colgarse.
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En la Sentencia de 30 de diciembre de 1999 se resuelve precisamente un supuesto de un
accidente ocurrido en un albergue, dependiente del Institut Catalá de Serveis a la Joventut, en el
que se impartía durante el mes de julio un curso de lengua francesa.
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El Código Civil no dice que la responsabilidad que impone se predique tan
sólo de los centros que imparten enseñanzas regladas, por ello en principio parece
que igualmente responderán todas las organizaciones o instituciones que se
dediquen a la formación y enseñanza de menores de edad, cualquiera que sea la
actividad concreta desarrollada, aunque sea no reglada (hípica, conducción de
motocicletas, escultura, grabado, academias que refuerzan la enseñanza de
determinadas materias, como informática, matemáticas, inglés...).
De cualquier forma, aunque el Código Civil induce a pensar que se ha
trasladado la responsabilidad del profesor al centro docente en el que está
integrado, lo cierto es que sigue siendo posible demandar personalmente al
profesor, en virtud de lo dispuesto en el artículo 1902, siempre que su propia
imprudencia haya sido causa del daño. Si es posible se hará además por la vía
penal, más rápida. Por ello, lo que se ha producido no es una exención de
responsabilidad de los profesores por su negligencia, sino un aumento de la
garantía, de la solvencia
(sería absurdo además que los profesores no
respondieran frente al perjudicado, y sin embargo sí lo hicieran frente al centro por
vía de repetición, como luego veremos).
Por último, hay que recordar que prácticamente todos los centros docentes
de titularidad privada tienen concertado un seguro de responsabilidad civil, que,
mediante el pago de una prima, desplaza a una Compañía de Seguros la obligación
de pagar las indemnizaciones provenientes de daños causados o sufridos por los
menores a su cargo. No ocurre lo mismo con los centros de titularidad pública, pero
en tales casos, al ser responsable la Administración, no parece que pueda
plantearse un problema de solvencia para efectuar los pagos.
C. Criterio de atribución de la responsabilidad
Dado que se mantiene el último inciso del artículo 1903 del Código Civil, que
permite a los Centros Docentes de titularidad privada exonerarse de
responsabilidad mediante la prueba de que utilizaron toda la diligencia de un buen
padre de familia para prevenir el daño, es decir, de la inexistencia de culpa, esto
supone que el sistema sigue siendo culpabilista, de responsabilidad por culpa o
negligencia, y que no se ha modificado el principio teórico que inspira la regulación
de la responsabilidad extracontractual en general.
Lo que sí es verdad es que la diligencia exigible al titular del Centro privado
se debe medir con relación a la elección y control del profesorado, y al
mantenimiento de infraestructuras y medios necesarios para desarrollar sus
actividades docentes, y no ya de una manera puramente subjetiva, de vigilancia de
los menores encomendados a su cuidado. La responsabilidad del centro no se
agota por tanto en la que pueda derivar de la negligencia de su personal, también
incluye la que derive de otras situaciones a las que dicho personal puede ser
completamente ajeno.
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En cualquier caso, a pesar de que el sistema siga siendo en principio
culpabilista, de responsabilidad por culpa o negligencia5, en la doctrina y
jurisprudencia se observaba hace ya algunos años una fuerte tendencia a la
objetivación, hacia la responsabilidad derivada de la simple relación de causalidad
entre una acción u omisión ocurridas durante el tiempo de vigilancia del centro y un
daño ocasionado por ellas.
Esta tendencia hacia la objetivación está fundamentada en que la actividad
docente con menores tiene un riesgo propio, por las características mismas de la
infancia, por naturaleza inconsciente e imprudente; de lo que se trata es de que los
menores estén libres de peligro durante el tiempo dedicado a su formación, de
manera que si se produce algún daño, habrá que indemnizarlo. En virtud de ese
riesgo, que debió haber sido previsto y evitado por el centro escolar, debe
responder éste (siempre teniendo en cuenta que la previsión de riesgo que debe
hacer el centro no debe llevar a que, en un afán de evitar todo riesgo, lo que por
otra parte es imposible, se limiten actividades necesarias en la formación del
alumno; hay sucesos que entran en el desarrollo normal de la vida escolar, y que
sólo podrían evitarse coartando de manera excesiva la libre actividad de los
menores).
Esta tendencia hace que, en la práctica, el nivel de diligencia exigido a los
centros docentes privados sea tan elevado (siempre teniendo en cuenta las
circunstancias de persona, tiempo y lugar), que resulta prácticamente imposible
exonerarse de responsabilidad.
A pesar de todo ello, si el centro es de titularidad privada, aunque sea
concertado, el criterio de imputación de la responsabilidad como regla general sigue
siendo el subjetivo, y por lo tanto serán responsables los centros de los daños
causados o sufridos por sus alumnos menores de edad y debidos a culpa o
negligencia de dichos centros, pudiéndose exonerar de responsabilidad si
demuestran que obraron con la diligencia debida.
Se plantea por tanto como una cuestión fundamental determinar el grado de
diligencia exigible a estos centros docentes.
En la práctica, y de acuerdo con la regla general de tener en cuenta las
circunstancias de persona, tiempo y lugar para medir la diligencia establecida en el
artículo 1104 del Código Civil, pues no es la misma la vigilancia que debe prestarse
dentro del aula que en el recreo, ni respecto de niños pequeños, de adolescentes a
los que se debe reconocer un margen de libertad superior, o de menores
discapacitados, los criterios que el Tribunal Supremo suele utilizar para determinar
si existió o no una diligencia suficiente son los siguientes:
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Afirma así la Sentencia de 10 de marzo de 1997 que “...si bien es cierto que la jurisprudencia de la
Sala ha evolucionado en el sentido de objetivizar la responsabilidad extracontractual, no lo es menos
que tal cambio se ha hecho moderadamente, recomendando la inversión de la carga de la prueba y
acentuando el rigor de la diligencia requerida, según las circunstancias del caso, de manera que ha
de extremarse la prudencia para evitar el daño, pero sin erigir el riesgo en fundamento único de la
obligación de resarcir, y sin excluir, en todo caso y de modo absoluto, el clásico principio de la
responsabilidad culposa”.
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- La edad de la víctima, pues a menor edad hay que prestar una mayor
vigilancia, y en cambio a mayor edad hay que ir reconociendo un margen mayor de
libertad para no lesionar los derechos del menor y reconocer el desarrollo de su
personalidad. Lógicamente, también deben tenerse especialmente en cuenta las
situaciones de incapacitación o de discapacidad.
- La actividad en la que se ha producido el daño, si se debió o no permitir, y
si, permitida, necesitaba o no una especial vigilancia por su peligrosidad.
- Las instalaciones del centro y su adecuación a las actividades que en ellas
se desarrollaban.
- La ausencia de profesores, o su falta de atención.
- El que la conducta dañosa sea imprevisible, o se haya visto anunciada por
comportamientos previos que habrían debido ser tenidos en cuenta.
Además, hay que añadir que en principio las simples autorizaciones o
prohibiciones, al menos en alumnos de corta edad, no deben bastar para justificar la
disminución de la vigilancia, porque se debe prever que tales autorizaciones o
prohibiciones pueden ser muy fácilmente excedidas o transgredidas,
respectivamente.
Por último, es necesario destacar que, en estos centros privados, el concepto
mismo de culpa o negligencia está llamado a experimentar una desmesurada
extensión, pues la jurisprudencia se verá inclinada a inventar cada día mayores
deberes de vigilancia y seguridad, a cargo del titular de cualquier actividad
relacionada con la educación, con la finalidad de poder acudir a la “culpa en la
organización” para poder obtener una declaración de responsabilidad del centro
docente, en protección del perjudicado, cuando las posibilidades reales y efectivas
de los titulares de dichos centros de organizar todas y cada una de las actividades
escolares no son muy grandes, en especial con relación a alumnos de dieciséis o
diecisiete años. Además, por muchas medidas que se tomen, no se podrán evitar
ciertos daños que sufren o causan los alumnos y que estadísticamente son
inevitables a medio y largo plazo.
Por ello quizá sería aconsejable una nueva reforma del Código Civil que
declarase la responsabilidad objetiva de los titulares de los centros docentes
privados, como ya se ha hecho con los públicos, si bien entendiendo que en todo
caso no responderán los centros, públicos ni privados, de todos los daños que
causen los alumnos, o por cualquier fallo en la organización, sino sólo de aquellos
daños que sean previsibles en su actividad, la escolar, a largo plazo, por típicos e
inherentes a la misma, y respecto de los cuales son quienes se encuentran en la
mejor situación para prevenirlos, y para distribuirlos socialmente a través del
seguro.
Si se opta por mantener para los centros privados la responsabilidad
extracontractual por riesgo, subjetiva pero fuertemente objetivada, el criterio que
debe presidir tanto la determinación la negligencia del agente, de la persona a la
que se podía exigir el cuidado y atención necesarios para evitar el daño, como la
determinación del nexo causal ente la acción u omisión y el daño producido, es el
de la previsibilidad del daño. Es el criterio que parece más equilibrado, y por otra
parte ya está recogido en nuestro Código Civil, en concreto en el artículo 1.107, y
en él se inspiran además todas las Sentencias del Tribunal Supremo que hemos
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encontrado relativas a este tipo de responsabilidad, aún en materias no
relacionadas con la actividad docente, sea para admitirla, por ser el riesgo
previsible, sea para denegarla si no lo era, sea para compensar las culpas
respectivas reduciendo la indemnización.
A diferencia de lo anterior, tratándose de centros docentes de carácter
público, a la vista del criterio general establecido en los artículos 106.2 de la
Constitución y 139.1 y 145.1 de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen
Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo
Común6, la regla básica del sistema de responsabilidad patrimonial de la
Administración es la de que el ciudadano no tiene que sufrir los daños que tengan
su origen en la actuación administrativa, aunque ésta sea lícita y se oriente al bien
común, y por tanto debe ser indemnizado de los mismos.
Por ello la responsabilidad de la Administración se configura como
absolutamente objetiva, según mantiene de manera prácticamente unánime la
doctrina; basta la relación causa-efecto entre la prestación del servicio y el daño
causado a un particular para que surja para la Administración el deber de repararlo,
aunque tal prestación no sea defectuosa.
Este sistema supone que, producido un daño, a o por un alumno menor de
edad, y durante el periodo de tiempo en que éste se encontraba bajo el control y
vigilancia del profesorado, surge para la Administración titular del centro docente la
obligación de repararlo, y ello con independencia de si el funcionamiento del centro
fue o no normal, y con independencia de la culpa o negligencia de los profesores.
En cambio, con relación a los centros docentes que han formalizado con la
Administración un concierto, en cuya virtud recibirán fondos públicos para ayudar a
su sostenimiento, su responsabilidad debe regirse por las reglas del Código Civil,
pues aunque el “concierto escolar” se pudiera configurar como una figura cercana a
la concesión administrativa, la titularidad del
centro no corresponde a la
Administración, y aunque la intervención de ésta en los centros concertados es muy
fuerte, no lo suficiente como para imponerles la misma responsabilidad civil.
Por tanto, su responsabilidad civil por daños ocasionados por sus alumnos
mientras están bajo su custodia no será objetiva, aunque sí fuertemente objetivada,
y deberá sustanciarse ante la jurisdicción civil, pudiendo ser reclamada la
indemnización sólo al centro (en virtud de los apartados 4º o 5º del artículo 1903), o
sólo al profesor (en virtud de lo dispuesto en el artículo 1902), o a ambos, lo que
será lo más frecuente.
D. Extensión personal de la responsabilidad
Dado que la responsabilidad por hecho ajeno es excepcional, hay que
establecer con la mayor exactitud posible los límites de la misma. Así, en lo que se
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Esta norma rige para todas las Administraciones públicas como norma básica, abarca todo tipo de
actividad administrativa, y atiende no tanto a la idea de culpa sino a la de lesión indemnizable. Ha
sido desarrollada por el RD 429/1993, de 26 de marzo, que aprueba el Reglamento de los
Procedimientos en materia de responsabilidad patrimonial de las Administraciones Públicas, y
modificada por la Ley 4/1999, de 13 de enero, que dio una nueva redacción a varios preceptos.
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refiere a la extensión personal de la responasbilidad, el Código Civil se refiere
ahora únicamente a los perjuicios que causen los “alumnos menores de edad”.
Por lo tanto, en principio los daños ocasionados por alumnos mayores de
edad deberán ser indemnizados por ellos mismos (no entra en juego la
responsabilidad de los padres establecida en el artículo 1903.2 del Código Civil,
puesto que los hijos mayores ya no están bajo su guarda).
En opinión de algunos autores no obstante deben entenderse incluidos en la
responsabilidad de los centros docentes los alumnos mayores de edad que están
incapacitados, o no pueden gobernarse por sí mismos (y se encuentren en centros
especiales para discapacitados); esto lo entienden así porque la razón del precepto
es en su opinión que se proteja a los alumnos que no tienen capacidad para
responder de sus propios actos, se deba esto a su minoría de edad, o a que
efectivamente no puedan comprender el alcance de los actos que realizan aunque
sean mayores.
En cambio otros autores defienden que la razón de ser del precepto que
desplaza la responsabilidad civil al centro docente no es proteger al alumno sino al
profesor, por lo que no se puede aplicar por analogía la regulación de los menores
de edad a los mayores, habrá que atender al tipo y grado de incapacitación, que
pueden ser tan variados como las personas incapacitadas, cuando ésta exista.
El mismo criterio se defiende, respectivamente, respecto de los mayores de
edad física o psíquicamente disminuidos pero que no han sido incapacitados ni se
encuentran en patria potestad prorrogada.
Con relación a los menores emancipados legalmente, o que lleven vida
independiente, el Código Civil asimila su capacidad a la de los mayores de edad
(artículo 322), con lo que en principio responderán personalmente de los daños que
causen, y no el centro docente.
Y decíamos “en principio” al inicio de esta sección porque, en nuestra
opinión, hay otro matiz a tener en cuenta: si la razón de ser de la responsabilidad
de los centros docentes es el deber de vigilancia y custodia de sus alumnos resulta
lógico que no respondan de los daños ocasionados por los mayores de edad,
puesto que ya son capaces de conocer las consecuencias de los actos que
realizan, de comprenderlas, y de regir su vida por sí mismos; de hecho con la
mayoría de edad se acaban las instituciones de protección de los menores, como la
patria potestad y la tutela, salvo casos excepcionales.
Ahora bien, si la razón de ser de aquella responsabilidad no es tanto la
vigilancia de los menores encomendados a su cuidado, como el hecho de que los
centros docentes son quienes tienen que adoptar todas las medidas de
organización necesarias en el establecimiento para prevenir tales daños, entonces
no se comprende muy bien que se haga distinciones entre los alumnos mayores de
edad y los menores.
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En realidad, pensándolo bien, si se responde por falta de vigilancia es lo
mismo que el vigilado tenga discernimiento como que no lo tenga, pues aunque lo
tenga una vigilancia adecuada habría evitado el daño.
De cualquier forma, la minoría de edad delimita por imperativo legal el ámbito
de la responsabilidad.
También la delimita el hecho de que el menor ha de ser alumno del centro en
cuestión, es decir, alumno matriculado, o al menos ya aceptado, en el centro de
que se trate, y que esté incorporado a su actividad docente.
Por lo tanto, si el daño ha sido causado en el centro docente, pero no por un
alumno menor, sino por un profesor, o un tercero, no será responsable del mismo el
centro, en cuanto centro docente, sin perjuicio de que sí pueda serlo por la vía de
los artículos 1903.4 (el profesor es un dependiente del establecimiento) o 1902 (por
negligencia propia al haber dejado entrar en las instalaciones a un extraño) del
Código Civil.
Si el daño hubiera sido causado por un alumno menor de edad pero que no
pertenece al mismo centro, sino a otro, en principio será responsable el centro
docente al que pertenece el menor, por su negligencia en dejarlo salir durante el
horario escolar, y no el centro en que se encuentra, aunque las circunstancias
pueden hacer que respondan ambos centros, solidariamente si no se puede
determinar la parte de cada uno en la responsabilidad (por ejemplo, si el alumno se
encuentra allí porque acude a una competición deportiva). Y si no pertenece a
ningún centro escolar (pero va a jugar al patio de recreo), serán responsables del
daño que cause sus padres (ex artículo 1903.2), o el centro (ex artículo 1902, por
haberlo dejado entrar)7.
Por último, queda en pie la cuestión de a quién se ha de causar el daño. En
principio, dado que el precepto legal no distingue, se han de indemnizar los daños
ocurridos mientras los alumnos se encuentran bajo la vigilancia del profesorado
tanto si se han ocasionado por los alumnos a otros alumnos, como si se han
causado a profesores8, a terceros ajenos al centro docente, o incluso a sí mismos.
Este último supuesto, muy frecuente con relación a menores de edad (lo
cierto es que muchos de los daños sufridos en un centro docente se los han
causado las propias víctimas), ha planteado en algún momento ciertas discusiones,
por el tenor literal del precepto (“... daños ... que causen ... y no “...daños que se
causen...”), y por la concurrencia de la regla del artículo 1902 del Código Civil, de la
que se desprende que cuando el daño se lo ha causado uno a sí mismo no se
puede reclamar a otra persona.
7
La Sentencia del Tribunal Supremo de 28 de junio de 2004, por ejemplo, reconoce la
responsabilidad de un colegio por daños sufridos por un menor que no era alumno del mismo, pero
se encontraba dentro de su recinto, en concreto en las instalaciones deportivas.
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La Sentencia del Tribunal Superior de Cataluña de 19 de julio de 2002 resuelve un caso en el que
fue una profesora quien solicitó el resarcimiento en vía administrativa y le fue denegado; contra la
denegación interpuso recurso contencioso-administrativo, que le fue admitido y sustanciado en su
favor. Los hechos probados declaran que la profesora tropezó con el pie de uno de sus alumnos, y
aunque la zancadilla no se demostró, sí quedó acreditado que los estudiantes no estaban en su
lugar y que la profesora sufrió daños cuantificables.
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Ahora bien, es hoy doctrina unánime que no se ha de distinguir si el alumno
menor de edad se ha causado un daño a sí mismo o a otra persona a los efectos
de establecer la responsabilidad del centro docente, puesto que el artículo 1903 del
Código Civil tiene una amplia redacción, y no hace distinción alguna, únicamente se
refiere a quién ha de causar los daños, pero no a quién debe ser la víctima.
De aplicarse tal exclusión se llegaría además a un resultado absurdo en los
centros privados, como es el de que si con un mismo juego peligroso un alumno
causa un daño a otro alumno responderá el centro, salvo que demuestre su
absoluta diligencia, pero si se lo causa a él mismo, en virtud de la responsabilidad
por hechos propios sería el perjudicado quien tendría que demostrar la negligencia
del profesor, o del centro, para obtener su responsabilidad. Y, por otra parte, si las
autolesiones se ocasionan en un centro público no cabe duda de que responderá la
Administración, y por razones de coherencia del sistema hay que defender el
mismo criterio, si no está expresamente prohibido, para los centros privados.
Finalmente, el centro indemnizará los daños que hayan ocasionado los
alumnos solos, o con ayuda de otros alumnos. Y por supuesto si se los han
ocasionado a los alumnos otras personas, integradas en la plantilla del colegio o
no, siempre que ocurran durante el tiempo en que están bajo el control y vigilancia
del centro (en estos supuestos responderá respectivamente como empresario, ex
artículo 1903.4, o por negligencia propia, por haberles dejado entrar, ex artículo
1902), y sin perjuicio de la responsabilidad personal de dichas personas (ex artículo
1902).
Por otra parte, son también indemnizables los daños ocasionados a las
cosas, sean de otros alumnos, de los profesores o personal del centro, o de
terceros ajenos al mismo. Si se trata de cosas propias, hay que tener en cuenta lo
expuesto para los daños que se cause la propia víctima.
Cuando el daño ha sido causado por un alumno menor de edad o
incapacitado se plantea una interesante cuestión, que es la de determinar si en su
conducta puede apreciarse también la culpa o negligencia, a los efectos de declararlo
responsable, a él o a sus padres9, del daño que cause, o al menos de aplicar la
reducción correspondiente en la cuantía de la indemnización si el daño se lo ha
causado a sí mismo, supuesto muy frecuente tratándose de menores de edad.
La jurisprudencia ha declarado en diferentes ocasiones que en principio no es
posible declarar culpables de sus propios actos a los menores o incapacitados, por
su especial falta de capacidad de entender, pero sí se han tenido en cuenta, en
ocasiones, las conductas de menores ya capaces de discernir, y también que sus
propios movimientos son, en ocasiones, los únicos de los que puede hablarse como
causantes del daño.
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Es el supuesto de la Sentencia de 10 de diciembre de 1996, en la que se condena a una profesora
por negligencia al permitir que una alumna de cuatro años llevase un broche con un imperdible, que
clavó en el ojo a otro compañero, y en cambio se exonera de culpa a la madre de dicha alumna, que
permitió que la niña fuese al colegio con tal broche.
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Por tanto, hay que decidir dónde se encuentra la capacidad de discernimiento
en cada caso, sin que parezca equitativo hacer responder en exclusividad al agente
del daño, en este caso el centro docente, cuando el alumno causante, o la víctima,
pudieron darse cuenta del peligro e incurrieron también en negligencia10. Podría
incluso apreciarse la culpa exclusiva de la víctima, con la consiguiente falta de
responsabilidad del centro docente, aunque el altísimo nivel de diligencia que hoy se
exige a los centros docentes hace que esto sea en la actualidad prácticamente
imposible11.
Recordemos aquí que el hecho de que los menores sean frecuentemente
insolventes no quiere decir que siempre lo sean, pueden tener bienes, o tenerlos en
el futuro, para responder de los daños que ocasionen, y la responsabilidad es por
principio universal.
No obstante, será difícil apreciar la culpa exclusiva de la víctima, aún en los
supuestos de autolesiones, a los efectos de excluir la indemnización del centro
docente, pues casi siempre existirá también culpa del centro, por falta de vigilancia,
y además en muchos supuestos el menor no tendrá capacidad personal o
discernimiento suficiente como para apreciar en él culpa de ningún tipo.
E. Bibliografía básica
- Agoués Mendizábal, C. El régimen jurídico de los centros docentes de educación
no universitaria, Comares, Granada, 2000.
- Díaz Alabart, S. Responsabilidad de los centros docentes públicos y de su
profesorado por los daños causados por sus alumnos, en “Cuestiones sobre
responsabilidad civil”, Díaz-Ambrona Bardají, Mª. D. (coord), Colección Estudios de la
UNED, Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 2000, págs. 11 a 37.
- Díaz Alabart, S. Comentario a la Sentencia del Tribunal Supremo de 3 de diciembre
de 1991, en los Cuadernos Civitas de Jurisprudencia Civil, nº 28, ene-mar de 1992,
págs. 115 a 121.
- Díaz Alabart, S. Comentario a la Sentencia del Tribunal Supremo de 15 de
diciembre de 1994, en los Cuadernos Civitas de Jurisprudencia Civil, nº 38, abr-ago
de 1995, págs. 631 a 642.
10
De hecho el Tribunal Supremo ya ha reconocido en varias ocasiones la concurrencia de culpa de
la víctima en el daño que se ha ocasionado, a los efectos de moderar la indemnización reclamada.
Así lo ha hecho por ejemplo en la Sentencia de 30 de diciembre de 1999 (menor con trece años que
salta por balcones exteriores a la altura de un tercer piso de una habitación a otra), o en la de 14 de
febrero de 2000 (menor con doce años que salta por la ventana de un séptimo piso con la intención
declarada de suicidarse).
11
Sin embargo así ha ocurrido en la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña de 12
de junio de 1997. En ella se juzgan los daños sufridos por un alumno de once años que, durante un
partido de balonmano en clase de gimnasia, se colgó de una de las porterías que le golpeó en su
caída; con relación a los mismos se afirma que el necesario nexo causal entre el daño sufrido y el
funcionamiento del servicio público no existe, al derivar dicho daño de la propia conducta de la
víctima; no hubo fallo mecánico ni defectuoso funcionamiento de las instalaciones deportivas, ni la
lesión fue consecuencia de un lance propio de la actividad deportiva, ni de la falta de vigilancia, por
lo que no hay factores imputables a la Administración.
11
12
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