El otro Yves Saint Laurent

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El otro Yves Saint Laurent
Estos días, y hasta finales de agosto, puede verse en el
Petit Palais de París una exposición retrospectiva de Yves
Saint Laurent, la primera después de su desaparición, la
segunda después de la organizada por Diana Vreeland en
el MOMA de Nueva York en 1983 -para celebrar sus 25
años en el mundo de la moda-, que tuvo el añadido de ser
la primera vez que un creador de moda recibía en vida tal
homenaje.
Es indiscutible que Saint Laurent ha sido uno de los
creadores más influyentes en la moda de la segunda mitad
del siglo XX, con una trayectoria tan excepcional como
oscura. Y si bien para la posteridad ha quedado grabado el
nombre de Saint Laurent como uno de los genios de la
moda contemporánea -gracias, especialmente, al empeño
que Pierre Bergé puso (y sigue poniendo) en ello-, la
verdad es que, como todo humano, Saint Laurent tenía los
pies de barro. En un mundo donde se hipervalora el éxito
obtenido en la vida se tiende a esconder todo aquello que
pueda dañarlo.
Le ocurrió a Chanel, que toda su vida se empeñó en
esconder su pasado, ocultando incluso a su familia; pasó
con Dior, del que pocos conocen su faceta bulímica, su
exacerbada superstición y su desdicha en amores; y
también es el caso de Saint Laurent, que, frente al éxito de
su vida profesional, vivió una vida volcada a la
autodestrucción. Genial, visionario, revolucionario,
perfeccionista; pero también egoísta, irresponsable de sí
mismo, adicto a las drogas y el alcohol, y maníacodepresivo. Ídolos adorados a los que la historia ha
reservado un lugar sobresaliente, pero que, de vez en
cuando, merecen ser revisados más de cerca por lo que
tuvieron de seres humanos.
El genio. Yves Mathieu-Saint-Laurent nació en Orán en
1936, y ya con 4 años aconsejaba a las mujeres de su
familia sobre cómo vestirse, haciendo gala de un gusto
seguro y de una gran exigencia con la imagen femenina.
Más tarde, en 1974, declararía: “Soy un esteta a la
búsqueda de la perfección”.
Su nombre vio la luz pública en 1954, cuando ganó el
primer y tercer premio de la categoría ‘vestidos de noche’
del concurso del Secretariado Internacional de la Lana,
escogidos entre más de 6 000 diseños anónimos. Tenía 18
años y pinta de seminarista. En ese mismo concurso, un
Karl Lagerfeld de 21 años venció en la categoría ‘abrigos’.
Fue el inicio de una relación que acabaría marcada por
una inevitable guerra de egos.
Ambos coincidieron después en la École de la Chambre
Syndicale de la Couture de París, donde estudiaron,
aunque Saint Laurent de forma breve: aburrido a los tres
meses por considerar el programa de estudios demasiado
tradicional, se pasaba el día dibujando a su aire unos
bocetos que presentó a Michel de Brunhoff, entonces
redactor jefe del Vogue francés, que, asombrado,
comprobó que eran casi idénticos a los de la próxima
colección de Christian Dior, a quien se los mostró. Y Saint
Laurent fue contratado como asistente de Dior.
Con 21 años, y debido a la inesperada muerte del maestro,
lo sucedió en 1957, bajo la estupefacción general de que la
casa de costura más famosa del mundo confiara en alguien
tan joven y, aparentemente, inexperto. Para su primera
colección Dior, Saint Laurent sorprendió con la línea
Trapecio, rejuveneciendo el estilo de la maison. Pocos
saben es que ese mismo año Marc Bohan, 31 años, venido
de Patou, había sido contratado por si fallaba Saint
Laurent. Pero el Pequeño Príncipe, como la prensa apodó a
Saint Laurent, se convirtió en rey, y Bohan fue enviado a
Nueva York primero y a Londres después para hacerse
cargo del prêt-à-porter de Dior.
En julio de 1960 Saint Laurent presentó la colección Beat,
inspirada en Juliette Grèco y el movimiento beatnik de
Saint-Germain. Toda negra, cocodrilo y cuero, de líneas
juveniles. A pesar de que fue un éxito comercial, la
dirección Dior la juzgó demasiado radical y empezó a
preparar el recambio, que llegó bajo la forma de servicio
militar. A los 24 años, Saint Laurent es llamado a filas en
septiembre, y Marcel Boussac, dueño de Dior, al revés de
en ocasiones anteriores, no hizo nada para evitarlo.
Ese momento fue uno de los peores de la vida de Saint
Laurent, a pesar de breve. Pasó de pequeño príncipe a
príncipe desterrado, ya que, cuando reclamó su trabajo en
Dior, ocupado entonces por Bohan, le ofrecieron diseñar el
prêt-à-porter, una humillación que no aceptó. El 4 de
diciembre de 1961 vio la luz la maison Saint Laurent,
creada con el dinero recibido por la indemnización por
incumplimiento de contrato de la casa Dior y 700 000
dólares de un inversor norteamericano. El adalid de la
causa Saint Laurent fue Pierre Bergé, entonces ya su
amante, y después también socio. Bergé, homosexual
liberado y fascinado por los artistas, se convirtió desde
entonces en el guardián protector de Saint Laurent,
velando siempre, cual Pigmalión, por los intereses de la
empresa y los del propio creador.
Como joven que vivió plenamente su época, en los Sesenta
Saint Laurent supo intuir el cambio que el auge del prêt-àporter impondría en el sistema de la moda, y fue el primer
creador de alta costura que en 1966 osó diseñar una línea
de prêt-à-porter, Rive Gauche, y abrir una boutique al
mismo tiempo en Saint-Germain, el barrio más bohemio de
París, vinculándola, tanto por su nombre como por su
localización, a la vanguardia y la rebeldía. Ese mismo año
lanzó el smoking para mujer, evidenciando así la ruptura
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de esquemas al cuestionar los roles de género
establecidos, a tenor de la revolución sexual.
Julio de 1968 marcó el inicio del ascenso imparable de
Saint Laurent, que presentó una colección que consagró el
pantalón como el indispensable del guardarropa femenino,
creando definitivamente el estilo Yves, además de poner
por primera vez en una pasarela las transparencias,
homenaje al cuerpo de las mujeres. Ese año también creó
la versión masculina de Rive Gauche, liberando también a
los hombres del tradicional canon de virilidad,
acompañándolos en su acceso a la androginia.
Después llegaría la colección 1971, la más controvertida
de su carrera, calificada como vulgar e incluso
“nauseabunda” por el Daily Telegraph, por subvertir el
buen gusto de la alta costura y presentar a unas mujeres
sexys, de aire canalla, nunca antes vistas sobre una
pasarela, recordando más a las prostitutas de la calle que a
las burguesas bienpensantes. Por si el escándalo fuera
poco, ese mismo año decidió posar desnudo con aires de
Jesucristo Superstar para promocionar su primer perfume
masculino, bajo el objetivo de Jean-Loup Sieff, reflejo de la
liberación sexual del mundo gay y del triunfo de la belleza
carnal. El creador se transformó en producto: esa fue su
gran licencia y una excelente operación de marketing,
como el lanzamiento de Opium, en 1977, un perfume
concebido para provocar, con una sensual campaña
publicitaria protagonizada por Jerry Hall y firmada por
Helmut Newton, que causó las protestas de las
asociaciones antidroga y de la comunidad china en EE.UU.
Una impagable publicidad gratuita, cuyo resultado fue un
éxito espectacular de las ventas.
Los años Setenta marcaron, a mediados, un importante
giro en su carrera como creador, además de ser el primer
signo de la crisis de su salud. Si por un lado fue el
momento en que Saint Laurent accedió al flechazo del
color, expresado por sus colecciones Ballets Rusos y
Ópera, por otro empezó a abandonar la radicalidad de su
estilo, que fue haciéndose más conformista, volcándose en
el exotismo y las referencias artísticas en unas colecciones
marcadas por la opulencia y el color, que lo llevaron
progresivamente a desconectar de la realidad de la moda.
El mortal. Homosexual consciente desde pequeño, fue un
paria en el colegio, vivido como un calvario de burlas y
escarnios, cuando todavía esa condición sexual estaba
penada socialmente, mientras ocultaba su sufrimiento a su
familia. Después vino el trauma del servicio militar, donde
fue víctima de una depresión nerviosa e internado en el
hospital, atiborrado de tranquilizantes y sometido a un
tratamiento de electrochoques durante dos meses. Fue el
inicio de la fragilidad mental que caracterizaría toda su
vida.
La década de los Sesenta fue intensa. Empezó con la vida
en común con Pierre Bergé; marcó el inicio de la
consagración de Saint Laurent; su descubrimiento de
Marrakech, lugar exótico de encuentro de la jet-set hippie;
la ruptura con su pasado, concretada por el inicio de su
guerra personal con Karl Lagerfeld, celoso de su éxito; el
abandono de su imagen de burgués de provincias, y su
iniciación al consumo de drogas y alcohol. Es también la
década en la que se creó el clan Saint Laurent, que tanta
tinta haría correr a lo largo de la década siguiente,
formado por la ambigua Betty Catroux, su alter ego
femenino; la fascinante Loulou de la Falaise, su mano
derecha; Paloma Picasso, la extravagante heredera;
además de Bergé; Clara Saint, responsable de prensa de
Rive Gauche; y Anne-Marie Muñoz, directora del estudio.
Un clan que lo protegería como un escudo impenetrable
del mundo exterior, desde el principio hasta el final.
1973 marcó un encuentro importante en la vida de Saint
Laurent. Jacques de Bascher, un joven de 22 años, con
veleidades aristocráticas y aspecto de dandy, por entonces
el mantenido de Lagerfeld, entró en su vida. De Bascher
fascinó a Saint Laurent hasta llevarlo a la obsesión,
manteniendo con él una relación extrema que fue un
ataque directo al orgullo de Lagerfeld, avivando así más su
guerra privada, desde entonces pública y notoria. Una
relación tormentosa que dejó una huella indeleble en la
salud de un Saint Laurent volcado en el exceso y adicto ya
a las drogas y el alcohol.
Saint Laurent y Bergé mantuvieron una relación de 18
años de vida en común, que se rompió en marzo de 1976,
tras la impotencia de Bergé para seguir soportando la
presión provocada por la tendencia de Saint Laurent a la
autodestrucción. A partir de ese momento el tema de su
salud, hasta entonces convenientemente ocultado, salió a
la luz. Sólo su círculo de íntimos conocía la cara oculta de
Yves Saint Laurent, el gentil, amable, tímido, adorable e
hipersensible creador. Saint Laurent era maníacodepresivo.
Este hecho, teniendo un imperio económico en plena
expansión, debía gestionarse cuidadosamente, así que se
enmascaró recurriendo a la tradición romántica del genio
torturado, a lo Proust. A medida que su salud fue
empeorando, Bergé vivió en una tensión constante para
proteger la vida de Saint Laurent y su reputación. El
propio creador dejó de hacer apariciones públicas,
escondiendo así sus intermitentes ingresos en un hospital
psiquiátrico. En octubre de 1976 cayó en un estado
depresivo del que ya nunca saldría. Para Bergé, de
Bascher era el responsable.
Pero la realidad es que la autodestrucción era esencial
para la creatividad de Saint Laurent. Él escogió su propio
destino, y de Bascher fue sólo un instrumento. Saint
Laurent vivió una vida de martirio voluntario, consentida
por el propio Bergé, atrapado por la fascinación del genio.
Una relación que si bien estaba rota en la convivencia, ligó
a ambos hombres de por vida.
Saint Laurent hizo responsable de su persona a Bergé,
porque era dependiente, y decidió dejarse controlar. Y si a
los ojos del mundo hubo momentos en que parecía que,
efectivamente, Bergé era el que dominaba la relación y la
vida de Saint Laurent, más tarde la lectura cambiaría, y el
propio Bergé se reconocería “prisionero consentido”.
En 1978 Saint Laurent bebía cuatro litros de alcohol al día
y fumaba 120 cigarrillos. En 1985 fue hospitalizado por
coma etílico. Sus colecciones se habían hecho repetitivas y
extravagantes para la época. Crear representaba una
tortura cada vez aumentada. Su egocentrismo se hizo más
agudo. “Como todos los creadores, es de un egoísmo
espantoso y los demás no cuentan demasiado, a causa de
ese egoísmo. El mundo exterior no le interesa. Cada
artista, cada creador, inventa su propio sistema solar y el
mundo entero gira alrededor del sol y ¡el sol es él!” De
esta manera Pierre Bergé describía a Saint Laurent. Y el
propio creador, en una entrevista en 1991, declaró: “En
verdad, hay muy pocos grandes couturiers, muy pocos
geniales… Para ser precisos, diría que sólo dos: Givenchy y
yo. El resto, los otros, son la multitud, el horror”.
No quiso sucesor, convencido que su muerte marcaría
también la muerte de la costura: “Soy el último couturier,
la última casa de costura. Sólo quedo yo”, declaró a su
retirada en 2002. Por eso renegó del efímero éxito que
tuvo Alber Elbaz cuando se hizo cargo en 1998 del diseño
de Rive Gauche, haciendo lo mismo cuando llegó Tom
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Ford. “Hace lo que puede, pobre”, fueron sus palabras.
Yves Saint Laurent, genio mortal. Ídolo inmortal con pies
de barro. ¿Qué hay de más humano? Memento mori…
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