Resulta curioso cómo los objetos que nos rodean cotidianamente

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LOS GORDITOS
Resulta curioso cómo los objetos que nos rodean cotidianamente pasan a integrarse en nuestro entorno y
dejan de ser visibles para nuestro inconsciente al poco tiempo de tenerlos siempre en el mismo lugar.
No es el caso de los gorditos, una par de figuritas de yeso que nos trajeron hace años como recuerdo de un
viaje, creo recordar que a la Costa Brava. Después de los corteses agradecimientos se les buscó un lugar
donde, como a casi todos estos detalles, aparcarlos y olvidarlos. Pero, en este caso, la cosa no fue así. Desde
el primer momento nos cayeron muy bien porque componían una pareja que adornaba y embellecía,
rodeados de frascos de colonia y otros afeites, nuestro cuarto de baño.
A lo largo de estos años, a menudo me he sorprendido fantaseando sobre cuál sería la relación de parejita.
En un primer momento pensé que era uno de esos matrimonios nórdicos que, una vez jubilados, se vienen a
nuestras costas a disfrutar sus ventajosas pensiones. Pero lo descarté pronto atendiendo a su morfología;
bajitos y redondos, más fácil era que fueran latinos (aunque hace unos años vimos, en un escaparate de
Múnich a un gemelo de él anunciando bronceadores) de vacaciones en la Costa Brava.
Así, viéndolo a él, con las gafas de buceo, la tabla de surf bajo el brazo y el mínimo slip marcando paquete,
decidí que era un latin lover venido a menos por la acción de la edad y de la escasa cabellera, ya totalmente
blanca, que adornaba pobremente sus sienes. Ella, también entrada en años y en carnes, mantiene, sin
embargo, un glamour que remite a los tiempos de la bohemia y por eso pienso que la gordita fue, en su
juventud, una guapa mujer que vivió la vida a tope y robó el corazón de muchos hombres. Ahora, en su
espléndida madurez, no muestra interés por ninguno, pero continúa jugando con ellos provocándolos dentro
de su ceñido bañador blanco, del mismo color de los cabellos, recogidos en un descarado moño; los brazos
hacia atrás y el cuerpo doblado por la cintura realzan el voluminoso pecho y el culo respingón, y sugieren un
inminente plongeon, que nunca acaba de llegar. Con su cara de pasmado, el gordito no puede dejar de
admirarla.
Hace días, en un descuido imperdonable, ayudé a mi gordita a dar el salto tanto tiempo anunciado, pero
debajo no encontró el mar y su cuerpecito de escayola se hizo añicos contra el suelo. Desde entonces estuve
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LOS GORDITOS
observando al gordito por el rabillo del ojo. Seguía aferrado a la tabla, aunque me daba la impresión que sus
hombros habían perdido gallardía: caían como prolongación de los abatidos brazos. Seguía boquiabierto,
pero ahora, más que admiración por la bella, su gesto sugería un grito mudo, pero desgarrador. Su mirada,
oculta tras las oscuras gafas, fija en el botecito de perfume que ahora ocupaba el lugar de su compañera,
decía que sabía que no iba volver a verla. Conmovidos, intentamos recomponer la maltrecha figurita de la
gordita y aunque muy apedazada, y con algún agujerito en la piel, la hemos regresado a su lugar. El gesto
del hombrecillo ha vuelto a ser relajado, el de ella, pizpireta siempre, sigue siendo desafiante, retador: “a que
salto otra vez”, parece decir.
Y me alegro de volver a verlos juntos en su alacena y, más aún, de que me los regalasen juntos y no los
separasen en la tienda. ¿Qué habría sido de él allí, abandonado entre un montón de objetos hechos para sacar
la pasta a los turistas, sin el aliciente de encontrarla cada mañana cuando levantaban la persiana? ¿Habría la
gordita mantenido su provocadora postura sabiendo que no estaría él allí para desearla?
Malilla. L'Horta, a diez de octubre de dos mil catorce.
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