Existe un paralelismo entre los poetas y los físicos malditos

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“Existe
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un paralelismo entre los poetas y los f ísicos malditos” « Tam-Tam Press
“Existe un paralelismo entre los poetas y los
físicos malditos”
By Tam-Tam Press / 10 de octubre de 2012 / CIENCIA, ENTREVISTAS / Deja un comentario
(http://tamtampress.files.wordpress.com/2012/10/1-miguel_-hoyuelos.jpg)
Miguel Hoyuelos, físico.
Por ELENA SOTO (http://elestablodepegaso.blogspot.com.es/)
“Existe un paralelismo entre los poetas y los físicos malditos, unos exploran lo más
profundo del espíritu humano y los otros la verdad de la naturaleza”
Miguel Hoyuelos (http://fisica.mdp.edu.ar/mlhoyuelos/personal.php?idioma=0) es físico,
profesor en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina) e investigador del
CONICET. Trabaja en temas de física teórica como la formación de estructuras en luz láser.
Tiene varios artículos publicados en revistas científicas internacionales. Obtuvo la mención
especial del premio internacional UPC de ciencia ficción por la novela ‘Siccus’.
Esta entrevista se ha realizado con motivo de la conferencia de divulgación ‘Físicos malditos’
ofrecida por Miguel Hoyuelos en el Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos
(IFISC) de Palma de Mallorca. La charla versó sobre las contribuciones de físicos —en su
mayoría del siglo XIX y principios del XX— en el campo de la termodinámica y la mecánica
estadística. Los personajes fueron seleccionados no solo por haber realizado contribuciones
importantes a la física, sino también porque la injusticia, el rechazo o la tragedia habían
tocado sus vidas en alguna medida.
—¿Por qué ha titulado su conferencia ‘Los físicos malditos’?
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—El título está tomado del libro Los poetas malditos de Verlaine, que es una apología de los
autores que él admiraba. Los físicos que he seleccionado presentan características que, en mayor o
menor medida, también se ven en estos poetas. Son científicos que se encontraron con la
incomprensión y el rechazo de sus contemporáneos y sus vidas estuvieron tocadas por la tragedia.
En algunos casos hay una cierta afinidad con el mal y los excesos que tiene que ver con la
búsqueda de la verdad de forma apasionada, sin importarles las consecuencias. Existe un
paralelismo: los poetas exploran lo más profundo del espíritu humano y los físicos la verdad de la
naturaleza.
—¿Por qué le parece importante conocer la intrahistoria de la ciencia?
—Permite valorar los conocimientos científicos de otra manera. La idea me vino a través de una
cita de D. L. Goodstein que leí hace algún tiempo, en la que mencionaba a dos físicos. Uno era
Ludwig Boltzmann, que pasó gran parte de su vida estudiando mecánica estadística, y murió
en 1906, por su propia mano. El otro, Paul Ehrenfest, completando el trabajo, murió de manera
similar en 1933. Ahora es nuestro turno de estudiar mecánica estadística. Tal vez sea prudente
abordar el tema con cautela. El tema me interesó porque, además de las aportaciones científicas,
abordaba también sus vidas. Ya no se trata solo de ecuaciones, detrás de esos resultados hay
vidas.
—¿En qué áreas de la Física trabajaban?
—La mayoría realizaron importantes contribuciones en el campo de la termodinámica y la
mecánica estadística. Sus vidas son muy interesantes porque se dedicaron a la ciencia de forma
apasionada y para ellos la investigación era una cuestión de vida o muerte.
—¿Qué inventos o descubrimientos arrancan de investigaciones de físicos que casi no
conocemos?
—Está el caso de Julius von Mayer (1814- 1878) que propuso el ‘Principio de conservación de la
energía’, la que sería la Primera Ley de la Termodinámica. Era médico y durante su época de
estudiante tuvo un problema con la policía que le acusó de pertenecer a una organización política
que por aquel entonces estaba prohibida en Alemania. Aunque no tengo los detalles, parece ser
que fue encarcelado por asistir a una reunión vestido con colores que lo identificaban como
integrante de este grupo. El arresto le supuso un periodo en la cárcel y un año de expulsión de la
universidad. Durante este tiempo se enroló en un barco holandés rumbo a Yakarta y durante el
viaje realizó algunas observaciones que comenzaron a despertar su interés por la física. Vio, por
ejemplo, que en los días de mucho oleaje la temperatura del agua era un poco más elevada que en
los días de mar calma. Estas y otras observaciones le llevaron a la idea de que la energía se
conserva y realizó un experimento y descubrió el equivalente mecánico del calor —la equivalencia
de calorías y unidades de fuerza por distancia—.
A su regreso, en 1841, escribió un artículo en el que exponía sus ideas y que fue rechazado en
varias ocasiones. Una de las razones fue su falta de formación como físico y el uso de conceptos de
lenguaje a los que la comunidad científica no estaba acostumbrada. Al año siguiente James
Joule, en Inglaterra, llegó a los mismos resultados con experimentos mucho más precisos. A,
partir de entonces Mayer se obsesionó con la física. Trabajaba día y noche, comenzó a padecer
insomnio y síntomas de locura. La incomprensión y la muerte de dos de sus hijos le sumió en una
depresión y en un intento de suicidio y en 1850 acabó ingresado en un sanatorio mental. Pero
sobrevivió y poco a poco comenzó a recuperarse, superando tratamientos médicos inhumanos. Su
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gran capacidad de supervivencia le llevó a trabajar de nuevo como médico, pasaba consultas en
su ciudad natal, Heilbronn. Pero la física volvió a su vida en 1862, veinte años después de la
publicación de su trabajo. Su retorno se debió a que el físico inglés John Tyndall le escribió una
carta a Rudolph Clausius pidiéndole información sobre las contribuciones de los principales
científicos alemanes en el tema de la termodinámica —en esta época Joule era el descubridor de la
conservación de la energía y Mayer un completo desconocido—. Clausius le respondió citándole
los trabajos de diferentes autores y le dijo que también estaban los de Mayer, pero que eran un
desastre. Después de escribirle debió pensárselo, porque él en realidad nunca los había leído, era lo
que se decía. No quiso ser injusto, los leyó y se dio cuenta que sus teorías eran correctas. Escribió
de nuevo a Tyndall reconociendo que se había equivocado. El hecho de que se hubiera anticipado
a James Joule iba a caer como una bomba en Inglaterra y esto a Tyndall, que era un polemista, le
gustó. Se creó una gran controversia y, finalmente, para zanjar el tema Tyndall tradujo sus
trabajos al inglés y los publicó. Aunque tardío, significó un reconocimiento a su contribución y
Julius recibió, entre otras distinciones, el Von antes del apellido.
—¿Cuál de ellos fue más innovador o creativo rompiendo los paradigmas reinantes en su
época?
—De los que menciono en esta conferencia el más revolucionario es Boltzmann. A grandes
rasgos, su trabajo estuvo encaminado fundamentalmente a establecer cómo el movimiento de los
átomos y su interacción mutua determina las propiedades visibles, macroscópicas, de la materia,
tales como presión, viscosidad o la conductividad térmica. Lo que logró fue conectar dos mundos,
el macroscópico y el microscópico, que a primera vista estaban desconectados entre sí, algo que
no es intuitivo. Una de sus frases fue “Soy un teórico de pies a cabeza. La idea que llena mis
pensamientos y mis actos es el desarrollo de la teoría. Para glorificarla ningún sacrificio es
demasiado grande para mí: dado que la teoría es el contenido de mi vida entera”. Esta frase de
Boltzmann es tremenda y su grado de exaltación quizás revela un problema mental. Padecía un
trastorno bipolar y tenía momentos de una actividad exuberante seguidos de otros de terribles
depresiones. Hay quien compara su vida con un gas, moviéndose de ciudad en ciudad, nunca
permanecía quieto en un lugar. Se suicidó en 1906 antes de que los resultados experimentales que
confirmaron su teoría aparecieran. Algunos atribuyen su trágico final a las encendidas polémicas
con otros científicos de la época que discutían sobre hipótesis fundamentales, aunque yo creo que
su enfermedad también tuvo que ver. Boltzmann defendió con pasión la idea de los átomos, en
una época en que una parte de la comunidad científica todavía creía que la materia no estaba
formada por átomos sino que era un continum. Había críticos que decían “No tiene sentido en
ciencia hablar de cosas que no se pueden observar” y los átomos no se podían observar. A partir
de 1982, con el invento del microscopio de efecto túnel ya existe una evidencia directa. Supongo
que ésta sería la prueba definitiva que hubiera servido para convencer a los positivistas de la
época.
—¿Hay alguno que haya realizado importantes investigaciones y que apenas sea
conocido porque otros se han llevado la fama?
—Hay varios casos. Uno es el de John Waterston (1811-1883) que propuso la equipartición
energía, pero sus trabajos fueron rechazados por la Royal Society que los calificó de disparates y
fueron archivados. Cuando William Strutt los descubrió por casualidad 40 años después, en
1892, se dio cuenta de que lo que proponía ya estaba aceptado por la ciencia y que había cosas
que habían sido descubiertas posteriormente por otros científicos. Strutt dijo que eran un avance
inmenso y que no haberlos publicado en su momento fue una desgracia que probablemente
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retrasó el desarrollo de la teoría en diez o quince años. Pero Waterston había desaparecido nueve
años antes. De hecho, hoy en día todavía es un personaje muy poco conocido.
Otro caso es el de Rosalind Franklin (1920-1958). Su trabajo fue fundamental para descubrir la
estructura de doble hélice del ADN, descubrimiento por el que recibieron el Nobel Crick, Watson
y Wilkins en 1962. Franklin realizaba un trabajo experimental con una técnica muy usada para
encontrar la estructura molecular en sólidos cristalinos, la difracción de rayos X. No recibió el
Nobel porque había fallecido cuatro años antes. Pero en esta historia no solo hubo la tragedia de
su muerte prematura —tenía 38 años— sino que sufrió discriminación por ser mujer. Watson
escribió el libro titulado Doble Hélice en el que bajo el nombre de Rosy, aparece la científica, y la
presenta de forma despectiva. Y aunque más tarde se disculpó diciendo que no había valorado su
trabajo, el daño ya estaba hecho.
—¿Y los malditos del siglo XX?
—Citaría a tres, Fritz Haber, Robert Oppenheimer y Alan Turing. Uno por judío, otro por
comunista y el tercero por homosexual. El primero, Fritz Haber, era físico químico y usaba las
leyes de la termodinámica para descubrir las reacciones químicas que le permitieron realizar la
síntesis del amoniaco con el que se fabricaron fertilizantes, pero también explosivos. Sus
descubrimientos permitieron a Alemania independizarse de las importaciones de guano de Perú,
en una época en que las rutas comerciales estaban cortadas. Fue también el inventor del gas
mostaza. El se consideraba un patriota, y todo lo que hacía era por Alemania, pero su vida dio un
vuelco con la llegada al poder de los nazis y su política antisemita, y tuvo que huir del país.
Terminó sus días como un paria, rechazado en su país y odiado en el resto del mundo.
Oppenheimer, físico estadounidense, fue de los primeros en desarrollar la primera arma nuclear,
pero en los años 50 tuvo problemas y se le quitó la credencial que le permitía acceder a los
archivos secretos de su país por su afinidad con el comunismo.
Y el caso de Turing es el más terrible. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo un papel clave
al lograr desencriptar los códigos secretos alemanes. Entre otros muchos logros y descubrimientos
se puede destacar el de ser el primero en proponer un modelo matemático para las estructuras
espaciales que describen, por ejemplo, las rayas de la cebra. Tras la Segunda Guerra Mundial se
descubrió su homosexualidad y esto en la Inglaterra de aquellos años era delito. Se le dio a escoger
entre la castración química o ir a la cárcel. Eligió lo primero y dos años después, en 1954, se
suicidó.
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