PERSONA Y CIUDADANÍA

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CAPÍTULO 6: PERSONA Y CIUDADANÍA
Afirma Aristóteles que el ser humano es un zoon politikon, al serle consustancial habitar
en la polis. Desde los albores de la civilización se ha integrado dentro de la estructura social a
través de su familia. Hemos referido someramente las distintas hipótesis que tratan de explicar el
origen de la familia para, a continuación, reseñar las notas características del Derecho de familia
que se ocupa de los presupuestos, formalidades y contenidos de las diferentes realidades
familiares con eficacia civil.
Persona y personalidad. Refexión iusfilosófica y constitucional
Los términos persona y personalidad se encuentran íntimamente concatenados,
vinculados y son interdependientes. De ambos conceptos, y desde un punto de vista
iusfilosófico, dos concepciones mantienen posiciones antagónicas. Para el iusnaturalismo -de
raíz teológica o racionalista-, persona es un concepto metajurídico que el Derecho no crea sino
se limita a constatar. La personalidad emana y es consecuencia inexorable del ser persona y se
predica de todo ser humano, por el hecho de serlo. Para el positivismo el concepto de persona
es creación del Derecho, que otorga personalidad a quien cumple los requisitos normativos
prefijados por la ley cambiante y diversa en cada momento histórico y en cada ordenamiento
determinado.
Si entendemos que el concepto de persona, respecto del ser humano, es un concepto
metajurídico, queremos significar que el Derecho sólo reconoce la personalidad que el propio ser
humano o individuo tiene por si mismo. Se trata de una constatación de una realidad previa. El
razonamiento esquematizado sería: todo hombre, entiéndase ser humano, es persona per se. El
Derecho reconoce la personalidad del hombre, no pudiendo ni desconocerla ni condicionarla. Si
el hombre es persona en si mismo, ontológicamente, el concepto de persona referido al hombre
es un concepto metajurídico.
Esta concepción deriva de la intrínseca dignidad de la persona humana, que la hace
merecedora de un conjunto de derechos, los derechos humanos o derechos fundamentales, que
le corresponden en cuanto ser humano, y se le reconocen en cuanto persona. Volveríamos a
afirmar que el derecho no concede u otorga los derechos humanos, sino que se debe limitar a
afirmarlos o constatarlos, en suma a reconocerlos. Por ello, entendemos que el conjunto de los
derechos humanos volvería, pues, para algunos, en línea de pensamiento teórico, a preexistir al
derecho.
A pesar de estas consideraciones que son mantenidas, básicamente, por las distintas
corriente de pensamiento que se puede calificar de iusnaturalismo, si reparamos o
consideramos exclusivamente el ámbito del derecho positivo, es decir, del Derecho vigente, el
concepto de persona ha sido siempre y es un concepto jurídico, ya que el orden jurídico-positivo
en cada momento histórico y en cada comunidad política o realidad estatal ha establecido unos
determinados requisitos que debe cumplir un ser humano o un ente para otorgarle la
personalidad, es decir, la condición de sujeto de derechos.
Esta posición ha sido la predominante, prácticamente la única, en la historia del derecho
positivo. En este sentido, puede decirse que no todo ser humano es persona y que no toda
persona es ser humano, pues, el Derecho, de acuerdo con sus prescripciones legales concretas,
otorga personalidad a entes determinados que se convierten en personas jurídicas.
No todo hombre, entendido como ser humano, es persona, pues, sólo lo será aquel que
cumpla con los concretos, y a veces cambiantes, requisitos exigidos por el ordenamiento vigente.
Bastaría analizar los derechos positivos contemporáneos, incluso los de nuestro entorno cultural,
para comprobar que estos requisitos, si bien guardan una fundamental semejanza también
presentan algunas diferencias.
En nuestro ordenamiento vigente la personalidad debe ser analizada desde el marco
establecido en nuestra Carta Magna. Para ello, debe partirse del reconocimiento de la dignidad
humana como principio básico del orden constitucional. El Derecho reconoce la personalidad del
hombre como expresión genuina de su dignidad como persona. Ello no puede depender de cada
coyuntura sociopolítica que da lugar a un versátil contenido de derecho vigente, cambiante de
acuerdo con una variable moral social. Por el contrario, la dignidad humana que el Derecho
constata, emana de la invariable naturaleza humana.
Este planteamiento puede inferirse de la consagración constitucional enunciada en el
artículo 10 de nuestra Norma Suprema: “La dignidad humana es el fundamento del orden político
y de la paz social”. El precepto está inspirado en la Ley Fundamental Bonn, promulgada desde
los escombros físicos y morales de la Segunda Guerra Mundial, por influjo del partido
democristiano alemán. Dispone en su artículo primero: “La dignidad del hombre es sagrada y
constituye deber de todos las autoridades del Estado su respeto y protección”.
Al enunciar nuestra Constitución esta formulación en el frontispicio del reconocimiento de
los derechos fundamentales de la persona, debe entenderse que se configura como el
fundamento de los mismos. Este planteamiento ha sido tomado por el Tribunal Constitucional
como sólido fundamento para formular su doctrina de la doble naturaleza, subjetiva y objetiva, de
los derechos de la persona.
Al configurarse como derechos inalienables e irrenunciables que emanan de la propia
dignidad de la persona no son sólo derechos subjetivos, en tanto que individuales, sino también
“elementos esenciales de un ordenamiento objetivo de la comunidad nacional”. De acuerdo con
esta nueva concepción, “los derechos fundamentales por cuanto fundan un status jurídicoconstitucional unitario para todos los españoles…son elemento unificador”.
Nacimiento de la persona física.
En el Derecho romano clásico no se llegó a formular -de acuerdo con su espíritu
casuístico, alejado de dogmatismo y poco proclive a abstracciones-, una teoría general sobre los
requisitos del nacimiento. Por el contrario el Derecho justinianeo contenido en la Compilación,
redactado en el siglo VI d.C., analizando y reelaborando las decisiones particulares contenidas
en las respuestas de los juristas clásicos, llegó a una formulación general, que procedo a
exponer, de los requisitos que ha de reunir el nacimiento de un individuo para que pudiera
hablarse de existencia humana.
1º) Nacimiento efectivo, esto es, que el nuevo ser no sólo sea alumbrado, es decir,
expulsado del claustro materno sino que además quede enteramente desprendido del dicho
claustro. Ello se produce cuando se corta el cordón umbilical.
2º) Nacimiento con vida. Ha sido una cuestión polémica en el Derecho Romano
determinar exactamente cuándo empieza la vida independiente del niño respecto de la madre.
Pues bien, el requisito de que el feto nazca vivo fue objeto de discusión entre las dos escuelas a
los efectos de probar o constatar esta exigencia. Así los juristas proculeyanos entendían que el
feto había nacido con vida si se había emitido llanto; por su parte, los juristas sabinianos
entendían que bastaba que el nacido realizase alguna función locomotriz, tales como respirar o
moverse. La postura sabiniana es la que prevaleció en la Compilación justinianea, por lo que es
la que pasa a nuestro derecho histórico.
3º) Que el nacido tuviese figura humana. Por figura humana se entiende aquel ser que
nace, básicamente, con la configuración normal de una persona.
4º) Viabilidad. Se señala que el nacido es viable cuando posee las condiciones
orgánicas necesarias para poder continuar viviendo, es decir, la aptitud o capacidad fisiológica
para seguir viviendo después de nacer y de comenzar a tener vida independiente.
Nuestro Derecho, de base romana, ha seguido en toda época histórica una concepción
positivista del concepto de persona, considerando que es un concepto de creación jurídica. No
se identifica, pues, el inicio de la vida biológica con el de la vida jurídica. Nuestro Código Civil
afirma: “El nacimiento determina la personalidad”. A continuación transcribe la tradición
justinianea que exige para el otorgamiento de personalidad, no sólo el hecho de nacer sino
además: vida independiente, extrauterina con ruptura del cordón umbilical; figura humana; y
viabilidad. Este último requisito se concreta en nuestro texto legal, a través de un sistema de
viabilidad objetiva que consiste en establecer un plazo determinado, que se concreta en vivir
veinticuatro horas enteramente desprendido del claustro materno.
El nasciturus.
En el Derecho romano al concebido pero aún no nacido, se le denomina de diversas
formas en los textos jurisprudenciales. Así, en primer lugar conceptus; también nasciturus, que
significa el que se espera que nazca y, en algunos supuestos, postumus. El Derecho romano,
desde etapas muy tempranas, toma en consideración al nasciturus, es decir considera digno de
protección algunos de sus intereses y por ello asigna determinados efectos al mero hecho de su
existencia intrauterina. El origen de la máxima que protege los intereses del concebido
equiparándolo al nacido para lo que le sea favorable, pudiera encontrarse originariamente en la
defensa de las expectativas hereditarias del hijo póstumo.
La regla que expresa el artículo 29 de nuestro Código Civil: “Al concebido se le tiene por
nacido para todo aquello que le sea favorable…” está, pues, no solo inspirada sino trascrita de la
máxima medieval de sustrato romano que acabamos de exponer: conceptus pro iam nato
habetur. Esta capacidad del conceptus es una capacidad jurídica condicionada, ya que se
somete a la exigencia de que llegue a ser realmente natus, que se produzca su efectivo
nacimiento y que éste cumpla con los requisitos exigidos en el artículo treinta.
Personalidad y capacidad.
La condición de persona reconocida por el Derecho positivo se traduce en el
otorgamiento de personalidad que, a su vez, se concreta en la concesión de la capacidad
jurídica. Así el proceso lógico jurídico es: la Una importante aportación de Roma al espacio del
Derecho público es la concepción de la ciudadanía como expresión del ius civile. En este sentido
tiene derechos de participación política en la civitas aquel que el derecho privado lo convierte en
ciudadano romano. Esta dependencia del otorgamiento de la ciudadanía por el Derecho privado
para el ejercicio de los derechos reconocidos por el Derecho constitucional se reproduce de
forma idéntica por la Revolución francesa. Así, la Constitución de la República establece el
conjunto de derechos fundamentales de los ciudadanos franceses, bajo la noción subjetiva del
derecho civil recogido en el Código de Napoleón.
En Roma solo posee plena capacidad, lo que implica ser ciudadano de pleno derecho, el
cives optimo iure. Es decir, el individuo que en cuanto al status libertatis es libre; en cuanto al
status civitatis es ciudadano romano; y en cuanto al status familiae no está sometido a la
potestas de un pater, sino que él mismo es o tiene una situación que le permite ser paterfamilias.
El Derecho Romano como Derecho creado por una ciudad concreta y determinada, la
civitas romana, se aplica sólo a una categoría de personas, los cives o ciudadanos romanos; por
lo tanto, primitivamente el Derecho que tomaba la denominación de Derecho Quiritario, era el
derecho que se aplicaba a los fundadores de la ciudad, a los Quirites, llamados así por asentarse
en las laderas de la colina del monte Quirinal.
No obstante, desde los primeros momentos la ciudad se relacionó con otros pueblos y
con los miembros de éstos concertó tratados. También llevó a cabo acciones guerreras que
supusieron la conquista militar y absorción de las comunidades sometidas. Este proceso llevó a
lo largo de casi mil años -desde el siglo VIII a.C. hasta el siglo II d.C.- a la dominación política de
la mayor parte de los pueblos del mundo por entonces conocido.
Es natural que en este proceso no pudiera mantenerse el principio rígido de aplicar el
Derecho Romano sólo a los habitantes que ostentaban el privilegio de ser ciudadanos romanos.
Durante mucho tiempo el derecho Romano es, por tanto, un Derecho de aplicación personal. A
comienzos del siglo III d.C., como consecuencia de la promulgación de una Constitución imperial
del año 212 -denominada Constitución Antoniana debido a que fue aprobada en tiempos del
Emperador Antonino Caracalla-, el Derecho Romano se trasforma en un derecho de aplicación
territorial ya que se concede la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio, a todos los que
viven bajo el poder imperial de Roma.
La ciudadanía
Históricamente, dejando aparte la situación político social que pudiera darse en las
organizaciones precívicas, la condición de ciudadano romano comienza con la vida y la
organización de Roma como civitas. El civis es miembro activo y puede participar en la vida
pública de la civitas, en cuanto forma parte del Populus Romanus a través de su incorporación a
las primeras Asambleas populares, tal y como hemos visto en un Capitulo anterior. La
ciudadanía suponía ser miembro activo de la ciudad debido a estar inscrito en el censo, census
populi, pues, éste es la base de la estructuración del Comicio. Dentro de la ciudad el ciudadano
gozaba de todos los derechos, la ciudad era un recinto sagrado en el que sólo estaba permitido a
los magistrados el ejercicio del imperium domi.
Tres son las situaciones en las que puede encontrarse en Roma una persona en relación
con el status civitatis. Puede ser ciudadano, latino o peregrino. Analicemos, de forma
particularizada, cada una de estas situaciones, tratando de conocer tanto el contenido como el
modo de su adquisición y pérdida. Comenzamos con la condición de ciudadano y más
concretamente con el examen de su adquisición. Son varias las causas por las que una persona
puede convertirse en ciudadano que deben ser estudiadas de forma particularizada con las
necesarias referencias a la adquisición de la nacionalidad española y al reconocimiento de la
ciudadanía de la Unión Europea.
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