Literatura mexicana: La fiesta de las balas

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Literatura mexicana: la fiesta de las balas
PETER ELMORE
Los estantes que ocupa la literatura mexicana del siglo XX se
verían menos poblados sin los volúmenes dispuestos bajo el rótulo
de «La novela de la Revolución». Desde Los de abajo (1915), de
Mariano Azuela, hasta La muerte de Artemio Cruz (1962), de
Carlos Fuentes, un amplio número de obras tuvo como asunto y
problema la violencia social y la emergencia política que, desde
1910 hasta el inicio de la siguiente década, siguió al colapso del
porfiriato, ese régimen nominalmente democrático y severamente
oligárquico con el cual México conoció, al mismo tiempo, un
periodo de estabilidad política y acusada injusticia entre 1876 y
1910.
Fue en la década de 1960 que tanto historiadores como
novelistas decretaron que, para casi todos los fines prácticos y la
mayoría de los simbólicos, la Revolución había caducado. El
movimiento estudiantil de 1968, y la represión sangrienta con la
cual
el
gobierno
de
Díaz
Ordaz
lo
ahogó,
marcaron
dramáticamente la separación entre la intelligentsia y la clase
política que se reclamaba heredera de la Revolución, aunque el
Partido Revolucionario Institucional (PRI) siguió ejerciendo el
monopolio del gobierno hasta el término del siglo. En todo caso,
mucho antes de la derrota en las urnas ya la Revolución había
perdido lustre y relieve: convertida en fenómeno oficial y

Escritor y crítico literario. Ejerce la docencia en la Universidad de Boulder Colorado en EE.UU.
burocrático, servía cada vez menos como horizonte retrospectivo
de la nación y fundamento simbólico del Estado.
EL DESENCANTO PRECOZ
Las ficciones del ciclo de ‘la novela de la Revolución’
contribuyeron, desde muy temprano, a la corrosión y el desgaste
del discurso oficial sobre lo sucedido entre 1910 y 1920.
Paradójicamente, la existencia de ese mismo discurso fue lo que
les garantizó repercusión y vigencia. El caso más notable y
llamativo es el de Los de abajo, que los manuales literarios
consagran como la primera ‘novela de la Revolución’. En 1915,
después de haberla publicado por entregas y muy modestamente
en la ciudad de El Paso, mal podría haber imaginado Mariano
Azuela el destino de su texto; tampoco la primera edición en libro,
de 1916, autorizó mayores esperanzas, pues la novela pareció
perderse en el fragor de la hora, marcada por los enfrentamientos
entre caudillos y el vértigo de las conjuras. Casi una década
después de su primera aparición, comienza la fortuna editorial y
crítica de Los de abajo, cuando en 1924 Francisco Monterde hace
notar —en el curso de una polémica sobre el perfil ideal de la
literatura contemporánea— la existencia de ese breve relato que,
con estricto realismo, refería la trayectoria del campesino Demetrio
Macías y del cambiante número de sus compañeros en el
convulso Norte de México.
¿Qué había sucedido entre 1915 y 1924? Entre otras
cosas, en 1917 se había promulgado una nueva constitución que,
pese a no diferir en puntos decisivos de viejos documentos
liberales, se presentaba como acta de nacimiento y fundamento
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jurídico de un nuevo orden. Aparte de ratificar la separación
tajante de la Iglesia y el Estado, siguiendo así la tradición
anticlerical del liberalismo juarista, la Constitución que se dictó
durante el gobierno de Venustiano Carranza (1916-20) reconocía
derechos antes negados a los obreros —entre ellos la jornada de
ocho horas, por ejemplo— y abría el camino a una reforma agraria
basada en la restitución de tierras a las comunidades y en la
abolición de las deudas serviles. Con el fin de proteger los
recursos naturales del país, el famoso artículo 27 reivindicaba para
los mexicanos la propiedad de la tierra y el subsuelo, con lo cual
afectaba los intereses de los petroleros estadounidenses y creaba
el marco para las nacionalizaciones que Lázaro Cárdenas habría
de realizar dos décadas después.
Carranza, como antes de él Francisco Madero, se mostró
incapaz de imponer un nuevo modelo de gobierno y poder. En
1910,
Madero
perspectiva—
había
un
canalizado
movimiento
—o
detonado,
nacional
contra
según
el
la
ritual
reeleccionista del ya longevo Porfirio Díaz. En febrero de 1913, un
golpe encabezado por el general Victoriano Huerta había puesto
fin al gobierno y la vida de Madero. En abril de 1914, Huerta, que
había querido hacer retroceder el reloj de la Historia a los tiempos
de Porfirio Díaz, tuvo que partir al exilio para salvarse del pelotón
de fusilamiento. En 1920, Venustiano Carranza no supo resistir la
tentación de imitar a Porfirio Díaz y, en vez de retirarse a sus
cuarteles de invierno, quiso imponer a su candidato por medio de
un fraude. Su intento causó otro rebrote de violencia, al cual no
llegó a sobrevivir: fue asesinado en el tren que lo llevaba al exilio.
De los grandes líderes populares de la década, Emiliano Zapata
ya había muerto —asesinado por un agente de la facción en el
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poder— cuando cayó Carranza; y Pancho Villa, reducido a un
caudillaje local, sería asesinado en 1923.
Antes de que se disipara la humareda, Álvaro Obregón —
que sería el presidente constitucional de 1920 a 1924— salió
vencedor de una contienda que no se podía resolver solo por
medios militares. La guerra es la continuación de la política por
otros medios, había dicho Clausewitz; también es cierto que la
política puede ser la continuación de la guerra por otros medios.
Los caudillos de Sonora, liderados por Obregón, consiguieron
redefinir para todo el país la guerra civil —laberíntica y
sangrienta— de los últimos diez años y, al hacerlo, legitimaron su
propio poder. La versión que se impuso desde las esferas oficiales
a partir de 1920 fue que México había emergido no de una
carnicería, sino de una Revolución. El 20 de noviembre de 1920, el
presidente provisional Adolfo de la Huerta —que era del bando de
Obregón—, encabezó la primera celebración del levantamiento de
Madero contra la reelección de Porfirio Díaz, en 1910, con el
expreso propósito de situar en ese gesto rebelde el origen —es
decir, la fundación simbólica y política— de un gran fenómeno
histórico: la Revolución mexicana. Así, el prestigio radical de un
nuevo nombre designó el pronunciamiento de Madero y las
guerras entre facciones que lo siguieron. Como los rusos en 1917
o los franceses en 1789, los mexicanos habían recurrido a la
violencia para acabar, en nombre del progreso, con un ancien
régime reaccionario.
Leída en un nuevo contexto de recepción, Los de abajo
cambió de envergadura y sentido. En 1915 o 1916, los personajes
de Los de abajo ilustraban, sobre todo, los efectos del caciquismo
y el colapso del régimen porfirista entre los pobres rurales de una
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región periférica de México. No había entonces cómo leer en las
páginas del libro la historia ejemplar de las vicisitudes y extravíos
de una Revolución en marcha. Demetrio Macías y los suyos eran
campesinos a los cuales las circunstancias locales habían
convertido en bandoleros. Es precisamente como bandoleros —y
no como ciudadanos en armas— que actúan: la lealtad que
conocen no es ideológica, sino personal; su identidad no es la de
quienes se reconocen en una nación o una clase, sino en un lugar
de origen. Ciertamente, es el énfasis en la particularidad de los
personajes lo que vincula al relato de Azuela con el reportaje, que
—junto a la crónica— es el género periodístico cuya influencia ha
absorbido más y mejor la prosa de ficción latinoamericana.
Sin duda, hay tipos humanos que desfilan por Los de abajo,
pero estos no cumplen funciones alegóricas o simbólicas (como
las que, por ejemplo, habrían de informar a las representaciones
monumentales del muralismo mexicano). Luis Cervantes es un
letrado oportunista, cuya falta de escrúpulos contrasta con la moral
sencilla y rústica de Demetrio Macías, pero sería forzado ver a uno
y otro como meras encarnaciones ficcionales del Intelectual y el
Campesino.
Los
de
abajo
—a
diferencia
de
otras
novelas
latinoamericanas como Doña Bárbara, del venezolano Rómulo
Gallegos— no ilustra una tesis a través de la ficción; su mérito
principal radica, más bien, en mostrar a través de un relato a la
vez escénico y episódico cómo vive y se comporta un grupo de
individuos en el marco de una violencia ubicua y sin cuartel. En
esa medida, lo que más impresiona en Los de abajo es la
capacidad del narrador para referir, de un modo que no sería del
todo anacrónico calificar de cinematográfico, las peripecias y los
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incidentes de la lucha armada. Así, por ejemplo, la emboscada
inicial que la banda protagónica le tiende a una partida de
federales muestra en sucesivos primeros planos a los alzados y,
por los diálogos de estos, produce la impresión de que son ellos
los que están ganando; cuando el foco de la representación se
desplaza hacia Macías, sin embargo, el lector entiende por la
actitud del jefe que el ataque dista de ser eficaz y que la victoria en
la escaramuza no será de los rebeldes. Admirablemente, no son el
comentario autorial ni la visión abarcadora de un narrador
omnisciente los que nos revelan el sentido y el carácter del
episodio; por el contrario, son el uso diestro de la focalización y el
montaje los que ponen en evidencia, desde el inicio del texto, que
Demetrio tiene dotes de las que carecen sus compañeros.
Al trazar la singularidad de sus personajes y subrayar la
especificidad del mundo representado, Los de abajo proporciona
una lección artística que su autor no siempre siguió. En la década
de 1920, la obra narrativa de Azuela pasó por una fase que acoge
la retórica del estridentismo, en un intento fallido de hacerse
‘moderna’; en las dos décadas siguientes, por el contrario, la
escritura
de
Azuela
tendió
con
frecuencia
al
panfleto
melodramático.
A Martín Luis Guzmán —que, pese a ser funcionario de
larga data del nuevo régimen, se libró de ser un escritor áulico y
propagandístico— se le deben, entre otros libros clave, El águila y
la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1930). El primer texto
puede ser descrito como un fresco histórico en el cual alternan los
retratos de personajes típicos o emblemáticos con la narración de
episodios representativos. La sombra del caudillo es una novela
política —de hecho, una suerte de roman a clef— que refiere con
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notable conocimiento del material y control seguro de sus medios
expresivos las intrigas letales que se urden en las altas esferas del
Estado revolucionario. Las dotes de observación que se notaban
en El águila y la serpiente son, en La sombra del caudillo, objeto
del propio discurso narrativo, que con sutileza y rigor explora la
relación entre lo dicho y lo tácito, entre lo abiertamente mostrado y
lo sugerido: el teatro del poder aparece, así, revelado y encubierto
al mismo tiempo. Más lejos del nuevo poder y del centro desde el
cual se ejerce no puede estar, por otro lado, Al filo del agua
(1947), de Agustín Yáñez, que sitúa su acción —o, se diría, su
casi total ausencia de ella— en un pueblo ultraconservador de los
Altos de Jalisco, un año antes de que el gesto antirreeleccionista
de Madero iniciara la década más turbulenta en la historia del
México republicano. La expresión rural que le da título al libro se
usa para designar las vísperas de una tormenta. Locos de aldea,
mujeres devotas hasta la histeria, migrantes retornados que no
toleran ya la lentitud de la rutina agraria y autoridades necias,
entre otros, pueblan un relato que hace la apología de la
Revolución de un modo oblicuo, pues lo que se representa en el
libro de Yáñez —de estilo moroso y, en sus mejores páginas, de
un rico lirismo etnográfico— es la atmósfera opresiva y asfixiante
del viejo orden.
Un díptico no premeditado, pero coherente, forman Al filo
del agua con Pedro Páramo (1955), la obra maestra de Juan
Rulfo, cuya melancólica historia de aparecidos en el pueblo
fantasma de Comala discurre en un plano fantástico donde se
refractan, teñidas y moldeadas por un imaginario barroco y
mestizo, la geografía y la sociedad de los Altos de Jalisco. Relato
mítico de la orfandad y la pérdida, inquisición en los laberintos del
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deseo erótico y la voluntad de poder, Pedro Páramo sostiene con
las llamadas «novelas de la Revolución» una relación tangencial,
pero no insignificante: los vientos de la guerra soplan, en algún
momento, contra el poder del cacique local, pero este encuentra la
manera de hacer que resulten pasajeros e intrascendentes.
Quien se propuso de modo consciente y casi programático
cerrar el ciclo fue, sin duda, Carlos Fuentes en La muerte de
Artemio Cruz. Cuando se publicó la novela, en 1962, la
aclamación fue inmediata y el propósito del novelista pareció
cumplirse. La agonía del protagonista replica, ostensiblemente, la
de un proceso social que el novelista presenta bajo la forma de la
biografía: la vida de Cruz ilustra, en forma didácticamente
ejemplar, las fases de la Revolución, desde sus orígenes épicos
hasta su degradación burocrática, pasando por las etapas
intermedias de prosperidad financiera y deterioro moral. Artemio
Cruz sirve como vehículo de una interpretación del México
revolucionario y posrevolucionario; de hecho, el personaje es,
sobre todo, un emblema y una cifra. De ahí que Cruz no se
distinga ni por la profundidad sicológica ni por la complejidad y
coherencia de su persona, pese a las mudas de voces narrativas
que usan las tres personas gramaticales para dar cuenta —con
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una perspectiva múltiple— de su vida. La muerte de Artemio Cruz
refiere la existencia del protagonista en densos monólogos
interiores, interpelaciones de dicción tan solemne como perentoria,
y segmentos narrados por una tercera persona omnisciente, pero
el personaje existe menos como individuo que como ilustración y
reflejo de lo que Fuentes piensa sobre la capa dirigente y el
régimen
mexicanos.
Balance
y
liquidación
del
México
revolucionario, La muerte de Artemio Cruz es una ambiciosa
novela de tesis; es, también, la summa y la síntesis de esa
tradición textual cuyo origen se remonta, por acción y obra de la
crítica, al desencantado realismo de Los de abajo.
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