EL ORGULLO Texto base: He aquí que aquel cuya

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EL ORGULLO
Texto base:
He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; más el justo por la fe vivirá.
Habacuc 2:4
Ilustración:
Lucas 18:18-27
18
Un hombre principal le preguntó, diciendo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la
vida eterna? 19Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios.
20
Los mandamientos sabes: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso
testimonio; honra a tu padre y a tu madre. 21Él dijo: Todo esto lo he guardado desde mi
juventud. 22Jesús, oyendo esto, le dijo: Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a
los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme. 23Entonces él, oyendo esto, se puso muy
triste, porque era muy rico. 24Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡Cuán
difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! 25Porque es más fácil pasar un
camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. 26Y los que oyeron esto
dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? 27Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es
posible para Dios.
“Existe un vicio del cual nadie en el mundo se halla libre: uno que todo el mundo
critica cuando lo ve en los demás; uno del cual casi nadie se cree culpable. Oímos
hablar de personas que tienen mal carácter, o que no pueden dejar de pensar en
las mujeres o en la bebida. Pero no oímos a nadie que se acuse de este vicio. Es
más, no hay una falta de la que estemos más inconscientes en nosotros mismos. Y
mientras más la tenemos en nosotros, más nos disgusta verla en otros. El vicio de
que hablamos es el orgullo o amor propio. Y lo opuesto se conoce como
humildad. Según los maestros cristianos, el vicio esencial, la maldad externa, es
el orgullo.”
C.S Lewis
Cuando fuimos creados, Dios nos formó de manera tal que estuviésemos a gusto con las
condiciones del huerto de Edén. Cuando el hombre pecó fue expulsado de ese paraíso, pero la
mayor llenura la recibía de su relación con Dios. Tal era el caso que no era problema estar
desnudo, porque el ser humano estaba completo y todo eso desapareció. Dice Pablo Thompson:
nosotros heredamos esa pecaminosidad pero mantenemos nuestro diseño original y estamos
buscando nuestro paraíso porque fuimos creados para vivir en él y no lo tenemos, para cada
persona el paraíso representa algo diferente pero todos queremos crear nuestro cielo en la tierra.
Tenemos una necesidad, lo que pasa es que no siempre nos damos cuenta de que esa necesidad
fue suplida, y cargamos con un peso que ya Cristo cubrió con su sangre y como resultado fue
quitado de encima de nosotros. Esa necesidad es la aceptación y es ahí donde entra el orgullo.
Piénselo. ¿Dónde buscamos la aceptación? ¿Qué pregunta hizo el joven rico? Ahora, para todos
no tiene que ser las riquezas pero siempre hay algo en lo que nos sentirnos seguros. Me
pregunto, ¿por qué quería el joven heredar la vida eterna? La respuesta es aceptación. El joven
quería seguir siendo alguien importante siempre y su confianza para lograrlo estaba solo en sí
mismo. ¿Qué significa que su confianza estaba puesta en él mismo? La respuesta es orgullo.
El orgullo vino a causa de la ausencia de Dios en el ser humano. Como no se siente aceptado
necesita hacer algo para llenar ese vacío y cree que puede hacerlo.
El problema de la aceptación es más grave de lo que pensamos. Yo me dediqué por muchos
años a construir un muro impenetrable en mi carácter. Estaba tan cansado de no llenar las
expectativas de las personas que me sentía frustrado; por mucho que me esforzaba no lograba
ser admirado por aquellas personas que me interesaban. Cuando finalmente decidí rendirme en
lo que prometía una guerra sin fin, tomé el extremo opuesto. Mi interés era crear una fortaleza
que nadie pudiera traspasar porque entendí que mi problema era de aceptación. Leí en un
artículo que recomendaba como solución auto aceptarme y por supuesto, seguí esa vía. Decidí
que nunca necesitaría el reconocimiento de nadie, eso sólo había servido para frustrarme y no lo
necesitaba más. Con mucha frecuencia me repetía cuán suficiente era yo para arreglar mi
problema. Tampoco funcionó. Sólo sirvió para aumentar mi carga; no tenía motivación para
hacer nada y generalmente asumía una actitud rebelde porque culpaba a todos de mi problema.
La realidad es que no; no podemos llenar nuestro vacío. Sin embargo, seguimos intentando
esconder nuestro corazón dentro de un bunker de insensibilidades e independencia de Dios, por
lo que el orgullo se arraiga más y nuestra alma corre el peligro de ser dominada por una falsa
moralidad que corrompe nuestra relación con el Padre celestial. De forma clara lo dice Habacuc
2:4, He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece… Mientras este vacío sigue, se
hace más grande porque tratamos de sustituirlo con el orgullo, que nos dice: Tu significado no
está en Dios sino en ti, sólo tienes que seguir intentando algo.
“Los pecados sexuales, la ira, la avaricia, la borrachera y todo lo demás son
‘picaduras de mosquito’ en comparación con el orgullo. Fue por orgullo que el
diablo se convirtió en diablo: el orgullo lleva a todos los vicios; este es un estado
de anti-dios en la mente.
¿Suena esto a exageración? Si es así, piénsalo bien. Mientras más orgullo
tengas, más te molesta verlo en los demás. Si deseas hallar cuánto es tu orgullo,
la forma más fácil de saberlo es preguntarte: “¿Cuánto es lo que me disgusta que
los demás me menosprecien, que no me tomen en cuenta, que me hagan remar
para su propio beneficio o que se crean superiores a mí?” El caso es que el
orgullo de cada quien está en competencia con el orgullo de los demás. Es
porque deseábamos ser los más ruidosos en la fiesta que nos sentimos tan
incómodos cuando otros son los que hacen ruido. Lo que quiero decir es que el
orgullo es esencialmente competencia. El orgullo no se complace de tener algo
sino de tener más que el otro. Decimos que hay quienes se sienten orgullosos de
ser ricos, de ser inteligentes o de tener una buena figura, pero no es así. Están
orgullosos de ser más ricos, de ser más inteligentes o de tener mejor figura que
los demás. Si cada quien llegara a ser igualmente rico, inteligente o de buena
figura, no habría nada de que estar orgulloso. Es la comparación la que nos hace
orgullosos: el placer de estar por encima de los demás. Si no hay competencia,
no hay orgullo. Casi todos los males del mundo que la gente califica de codicia
y egoísmo, son resultados del orgullo”.
C.S Lewis
Somos orgullosos por lo miserables que somos. Hitler dijo que el orgullo no era debilidad, sino
más bien un arma. ¡Cuán grande decepción para él! Esa arma fue la que lo llevó al suicidio
cuando se vio derrotado al final de la 2da Guerra Mundial.
Pero ¿qué hacer con este problema? ¿Cuál es la solución? ¿Seguir haciendo algo? Es obvio
que no; eso no nos ha funcionado. ¿Quién único es la respuesta? Se llama Dios.
“En Dios hallamos a alguien que en todos sentidos es inmensamente superior a
nosotros. A menos que reconozcamos que Dios es así y que por lo tanto,
reconozcamos que no somos nada en comparación con Él, no conoceremos a
Dios. Mientras seamos orgullosos no podemos conocer a Dios. El orgullo
siempre se cree por encima de los demás, y mientras estés mirando hacia abajo,
no puedes ver lo que hay arriba de ti.
Esto nos lleva a una tremenda pregunta. ¿Cómo es que hay personas que son muy
orgullosas y dicen que creen en Dios porque son muy religiosas? Me temo que
adoran a un Dios imaginario. Si tú piensas que tu vida religiosa te está haciendo
sentir que eres bueno y — sobre todo que eres mejor que otros — creo que
puedes estar seguro de estar siendo manejado por el diablo, no por Dios. La
prueba real de estar en la presencia de Dios es la de que te olvides del todo de ti
mismo”.
C.S Lewis
La solución es comprender que Dios nos ha hecho aceptos en su hijo por la obra redentora que
hizo en la cruz y Dios nos ve a través de él. Por eso Dios dice de nosotros que somos sus hijos
amados en quienes él tiene complacencia.
Una vez que entendemos esto no nos importará lo que digan de nosotros porque nuestro
significado se encuentra en Cristo. Ya Dios nos acepta, y gústenos o no, somos incapaces de
cambiar esto.
Es decir, nos da todos los derechos, como hijos e hijas, para ser miembros de la familia de
Dios. Tenemos derecho a relacionarnos con Dios. ¡Pensemos en ello! Tenemos todo aquello a lo
que Jesús tiene derecho: al amor eterno de Dios, a su acogida, a su honor. ¡Somos aceptados
completamente, gracias a Jesús!
Si confiamos en nosotros mismos vamos a decaer emocionalmente cada vez que fallemos,
porque encontraremos nuestro valor en lo que podemos hacer y caeremos una y otra vez, la
clave es entender que soy hijo amado de Dios y nada ni nadie me podrá separar de su
amor.…Más el justo por la fe vivirá.
Porque yo soy Jehová, soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No
temas, yo te ayudo (Isaías 41:13)
Entonces, nuestra seguridad, ¿dónde está?
Este escrito es una contribución del grupo de autores evangélicos cubanos denominado “Pluma Evangélica”.
Tiene su sede en Jatibonico, Sancti Spíritus, Cuba.
Usado con permiso
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