Capítulo 5 Jota me está metiendo prisa, está entusiasmado, da

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Capítulo 5
Jota me está metiendo prisa, está entusiasmado, da vueltas por la casa pegando
saltos, a pesar de mis advertencias de que no se ilusione demasiado, porque
probablemente no podremos permitirnos ese dichoso piso, pero por echar un vistazo
¿qué tenemos que perder?
Cuando suena el timbre, sale corriendo escaleras abajo para abrir. ¡Joder, es
temprano! aún no estoy vestida y cojo lo primero que pillo. Vaqueros, camiseta beige y
cazadora de cuero marrón, “así está bien” le digo a esa chica con pelos de loca que me
mira desde el otro lado del espejo.
–Rebeca date prisa, ya ha llegado –me grita Jota.
Tropiezo bajando la escalera con las prisas y Don Perfecto suelta una risita. Ya
empezamos, resoplo y lo miro con desaire, pero él permanece ahí parado riéndose
disimuladamente. Elsa se asoma desde la cocina para saber qué ocurre; nada más verlo,
se le iluminan los ojos y se coloca bien su melena rubia antes de salir al rellano donde
estamos todos.
–¿No me presentáis a vuestro amigo? –dice en tono amable y provocador justo
cuando nos vamos a ir.
No, vuelve a lo tuyo hipócrita. No tengo ganas de que nos estropees el día con
tus locuras y mucho menos que lo retengas aquí. Cuanto más tiempo estemos fuera
mejor, pero lejos de hacer caso a mis pensamientos, se acerca a Don Perfecto, ¡qué
frustrante es esta chica!
–Hola, soy Elsa.
Le da dos besos y le sonríe coqueta pestañeando más rápido, como si con eso
lograra captar su atención, por favor no le entretengas, suplica una voz en mi interior. A
Don Perfecto no parece causarle muy buena impresión, es más, se aleja de Elsa un par
de centímetros, se mantiene indiferente, no se presenta y nos mira aburrido, como si la
escena se repitiera en su vida constantemente. Jota y yo nos miramos asombrados y
ambos esbozamos una pequeña sonrisa de maldad. Nos divierte ver esta escena, no es
muy habitual que le den calabazas a Elsa, pero a pesar de eso quiero salir de ahí cuanto
antes. Como no está familiarizada con este tipo de desatención, empieza a ponerse
nerviosa.
–Él es Don Per… David Torres –me apresuro a corregir antes de que vuelva a
abrir la boca.
¡Mierda! casi me equivoco. Me mira extrañado, pero gracias a Dios olvida lo
que he dicho y sale por la puerta sin mediar palabra. Dejamos a Elsa atrás irritada, no
está acostumbrada a que la ignoren de esa forma. Eso me pone contenta y me da la
sensación de que a pesar de todo, hoy nos espera un buen día. Jota y yo salimos por la
puerta riéndonos y mirándonos con complicidad, cuando al girarnos, vemos a Don
Perfecto esperando apoyado en un coche plateado impresionante.
–Es un BMW M6 gran coupé –nos dice al ver la cara de asombro que tenemos–
,motor v8, BMW MTwinPower Turbo, cambio de doble embrague M de siete
velocidades. Es el modelo más nuevo.
–Esto… perdona… que yo sepa se trataba de alquilarnos un piso, no de
vendernos un coche –opino mientras Jota y yo nos montamos en el coche. Mira hacia
los asientos traseros elevando una ceja como si no creyera lo que está oyendo y emite un
suspiro.
–Eres encantadora ¿lo sabías? –me dice irónico arrancando.
–Lo sé.
El motor ruge con fuerza y nos mezclamos entre el tráfico. Él mira por el espejo
retrovisor y diviso en su cara una pequeña sonrisa. El trayecto parece que va a ser
eterno, pues reina un silencio sepulcral en el coche y la tensión se palpa en el ambiente.
Don Perfecto parece darse cuenta e intenta amenizar el camino con un poco de música.
Para mi asombro suena "There goes my baby".
– ¿Usher?
– ¿Lo conoces? –pregunta extrañado.
–Me gusta, ¿por qué te parece tan raro?
–Creí que solo escuchabas música latina. No te imaginaba escuchando este tipo
de música.
–Tú tampoco tienes pinta de escuchar este género musical, y mira.
–A ver listilla, ¿qué tipo de música se supone que me debería gustar?
–No sé, clásica, ópera, no sé qué tipo de música escuchan los pijos niños de
papá.
–No soy un niño de papá y tampoco un pijo.
No voy a contestarle porque no quiero enfadarle, al fin y al cabo ha tenido el
detalle de recogernos. Vamos pasando calles y calles. Hay mucho tráfico. A medida que
avanzamos mi preocupación aumenta. Estamos pasando por las zonas más adineradas
de Madrid, y sin querer empiezo a frotarme las manos, intranquila. Jota me da un golpe
en ellas para que me esté quieta, lo estoy poniendo nervioso, yo estoy histérica y cada
minuto que pasa más aún. El coche se detiene y acciona un mando que abre una enorme
puerta de garaje subterránea, ¿tiene garaje? ¡Oh no!… más caro. Mi ansiedad aumenta.
Al entrar por el garaje no he podido observar la fachada del edificio: está en el
lateral, pero eso ahora no me preocupa, me preocupa más lo que quiere enseñarnos.
Subimos el ascensor hasta la octava planta. Cuando llegamos, Don Perfecto sale al
pasillo con paso decidido y nosotros lo seguimos mirando a todos lados. Él parece
olvidarse de que va acompañado, está sumido en sus pensamientos y ni siquiera habla.
Se detiene en una puerta de madera normal y corriente, que tiene una elegante letra D
colocada sobre la mirilla.
–Ya hemos llegado, bienvenidos a mi casa, bueno, mi otra casa.
Entramos despacio sin saber que esperarnos, y cuando conseguimos pasar del
rellano, nuestra cara se ilumina. ¡Oh, Dios mío! Es un piso enorme. La cocina es
grandísima. Muebles blancos en armonía con una encimera de mármol negro y
electrodomésticos de última generación, separada del salón por una barra americana que
sigue la línea de colores de la cocina, con taburetes a juego. El salón… que decir del
salón… tiene un enorme ventanal y ¡chimenea! de gas, pero ¡chimenea! Tanto los
muebles como el sofá son blancos, todo blanco, precioso y moderno. Don Perfecto nos
va guiando, nos enseña el aseo y las tres habitaciones, dos de ella con sus propios baños.
Lo miramos asombrados, sin embargo, él parece contento, supongo que le agrada que
nos guste, tal vez con la esperanza de poder recibir un dinero extra. Dudo que le haga
falta, pero los ricos siempre quieren más. Jota esta fuera de sí, no sabe qué hacer, ni a
dónde mirar, pero es normal yo me siento igual, deslumbrada, no encuentro palabras
para describir lo que estoy viendo.
–Te gusta el blanco ¿eh? –consigo decirle.
–No es que sea mi color favorito, pero es un color neutro. Pensé que lo alquilara
a quien lo alquilara, se sentiría cómodo y a gusto con él.
–Yo creo que sólo por tener baños propios en cada habitación, ya se habría
sentido a gusto cualquiera.
–Entonces, ¿te gusta?
–¿A mí? Lo que más me gusta es la chimenea –digo mientras le señalo la
chimenea a Jota entusiasmada.
–Bueno, pues acéptalo.
–Yo no soy cualquiera –le digo burlona, aunque todavía en estado de shock–
.Ahora hablando en serio, ¿dónde está el truco? ¿El baño está roto? ¿Tiene ratas? porque
no me creo que nos hayas traído hasta aquí para alquilarnos esto, sabiendo donde
trabajamos.
Don Perfecto coge un papel y apunta algo. Jota y yo lo miramos con curiosidad,
y cuando nos enseña el papel nos quedamos boquiabiertos. En el papel está apuntada la
cifra de lo que pide por el piso y es realmente muy poco. Él sonríe y me mira
sentándose en uno de los taburetes de la cocina.
–¿Qué opinas?
–Que nos estas tomando el pelo. No creo que pidas esto por este piso,así que
basta de bromas y vámonos.
me estoy empezando a enfadar, no sé de qué va, ni por qué nos ha gastado
semejante broma.
–No es ninguna broma.
–Entonces, ¿dónde está la trampa?
–Os lo dejo a ese precio… si cenas conmigo esta noche.
¿Qué? así que ese era el truco. ¿Una cena a cambio de un alquiler? Es muy raro.
Miro a Jota que tiene pinta de estar alucinando y asiente con la cabeza rápidamente
medio suplicándome.
–¿Seguro que no es ninguna broma? –le pregunto seriamente.
–Para nada. Es más, si aceptas, podéis firmar ahora mismo el contrato, la única
condición es que tienes que aceptar esa cena.
Empiezo a leer el contrato pero no me entero de nada de lo que estoy leyendo,
sólo estoy pensando en el precio del alquiler y el piso. Lo cierto es que ya me veo
viviendo ahí, sin Elsa, sin preocupaciones. Además esta oportunidad nos da para ahorrar
muchísimo más. Quiero aceptar, pero no sé si está jugando con nosotros o va en serio.
Yo sigo pensando que se trata de una broma muy pesada. Habrá que arriesgarse, me
digo a mí misma, si sale mal al menos lo hemos intentado, pero ¿y si sale bien?...
–Está bien, acepto.
–Genial, debéis firmar aquí y listo, todo vuestro.
–¿Y ya está?
–Bueno, después de la cena. Ahí te daré las llaves.
–Solo una condición –le digo apuntándolo con el bolígrafo en la mano antes de
firmar– el sitio lo elijo yo.
–Tú y tus condiciones, vale, está bien.
–¡Ay dios! ¡Ay dios! Vamos a vivir aquí –chilla Jota eufórico pegando saltos–;
hay que añadirle un poco de color a esto ¿eh? Se puede ¿verdad? –casi le suplica, mira a
Don Perfecto con ojos de corderito, cuando se pone así es casi imposible negarle nada.
–Claro. Iba a contratar un diseñador de interiores para mejorarlo, pero no he
tenido tiempo.
–Él estudia el último curso de diseño de interiores –le comento distraída mirando
la chimenea del salón.
–Entonces, contratado. Estoy seguro que harás un buen trabajo.
A Jota está a punto de darle un infarto. Tiene la cara blanca, se ha quedado
parado como una estatua y cuando reacciona lo único que hace es correr a abrazar a Don
Perfecto y decirle "eres mi héroe"
Vaya mañana. Ahora solo queda empaquetar y prepararme, porque aparte de
tener piso nuevo, tengo una cena. Estoy muy ilusionada, pero… ¿por qué? ¿Por qué
viviré en un piso enorme? ¿O porque cenaré con un chico guapísimo? Me da igual,
perderé de vista a Elsa de una vez. El día no puede ir mejor.
—
Como consecuencia de estar toda la mañana con el tema del piso, he tenido que
aprovechar la tarde para ir a la empresa. Claudia no para de pasarme trabajo, así que he
decidido llevármelo a casa y terminarlo esta noche después de la cena, ¿o es una cita?
No estoy seguro, de lo único que estoy seguro es que estoy muy nervioso. Esta chica es
imprevisible. Aún no sé cómo he conseguido que aceptara el piso. Creo que se lo debo a
su amigo, sin él habría sido imposible, eso seguro. Estoy mirando el reloj todo el
tiempo, se ríe de mí, porque cada vez que miro marca la misma hora. Son las siete de la
tarde y hemos quedado a las nueve en punto, debo irme a casa a prepararme, no quiero
llegar tarde. Por lo poco que la conozco creo que esta mujer es capaz de no perdonarme
por ser impuntual y lo que es peor me lo echaría en cara a cada momento. Espero que la
ducha me relaje, porque si sigo así me acabara dando un ataque.
Las 20.45. Estoy en su puerta llamando al timbre y temblando como un flan, he
llegado más temprano, pero no podía esperar más, estaba inquieto en casa. ¿Qué me
pasa? Parezco un quinceañero en su primera cita. Me abre la puerta su compañera…
¿Elsa, podría ser? Soy malo para recordar nombres, aunque su cara sería difícil de
olvidar, es muy guapa. Me mira entusiasmada y me hace pasar.
–Hola –me dice con voz chillona.
–Hola… esto… vengo a por Rebeca.
–Ah… Rebeca, ahora baja supongo.
Su cara cambia y con una mueca de desprecio y una sacudida de cabello se aleja
dejándome en el salón, sin saber muy bien qué hacer. El salón es pequeño, ahora
entiendo por qué les encantó el mío. Voy mirando distraído las fotos. Casi todas parecen
reportajes de estudio fotográficos, aunque sólo sale Elsa, no parece que viva nadie más
en la casa. Cuando estoy a punto de sentarme en el sofá, aparece de nuevo.
–Oye si Rebeca no puede ir, podría yo ir en su lugar ¿no?
– ¿Por qué? ¿le pasa algo? –pregunto preocupado.
–No, nada, es un suponer.
No voy a responder a esa pregunta, aunque ella parece esperar una respuesta.
Vuelve a tocarse el pelo y mientras juega con él se pone frente a mí, demasiado cerca,
me hace sentirme un poco incómodo. Estoy acostumbrado a tratar con este tipo de
chicas, pero ésta en concreto, se toma demasiadas confianzas para ser la segunda vez
que me ve.
–Por cierto, ¿tú me ves atractiva?
–Eh…sí, lo eres –tartamudeo extrañado y muy incómodo–. ¿Tardará mucho
Rebeca?
–No lo sé –me contesta bruscamente.
Parece molesta, así que me mantengo en silencio y pasados dos minutos,
escucho tacones bajando por las escaleras. ¡Oh Dios, por fin! Voy hasta la puerta
principal y la veo allí, parada, mirando a Elsa con cara de odio. La observo, está
preciosa, lleva un vestido floreado que deja caer sobre su hombro derecho dejándolo al
descubierto, se ha maquillado y su pelo, aún revoltoso como siempre, me resulta
atractivo.
–¿Nos vamos? –me dice sin ni siquiera un atisbo de sonrisa en su cara.
Abro la puerta y dejo que pase primero. Antes de irnos le vuelve a lanzar la
misma mirada de odio a Elsa, y una vez montados en mi coche, me pide perdón por la
actitud de su compañera. No lo entiendo, pero tampoco quiero preguntar. No me gusta
esa chica, ni como me hace sentir.
–Bueno ¿adónde vamos? –pregunto antes de arrancar.
–Tú conduce y yo te guío.
–A la orden.
Me mira mal pero sonríe y me lo tomo a broma, así que pongo el cd de Usher y
observo cómo va tarareando las canciones. Me sorprende que lo haga. Tal vez no había
pensado que pudiera gustarle este tipo de música, pero supongo que trabajar en un pub
latino no significa que sólo escuche música latina. No sé por qué, pero me gusta verla
mirar por la ventana, distraída. De vez en cuando me indica por dónde coger y a mí me
mata la curiosidad. Quiero saber dónde me lleva, espero que sea un sitio con buena
comida y tranquilo, donde poder saber más de ella, o mejor dicho, de la chica que
bailaba. Aquella que era feliz y estaba en paz consigo misma.
–Para aquí mismo –dice de repente.
Me hace parar en un aparcamiento abarrotado de coches y jóvenes bebiendo,
donde una música imposible de entender sale de los grandes altavoces camuflados en
los maleteros de los coches. La miro dudando de si se trata de algún tipo de broma o no.
¿Estamos en un centro comercial? ¿De verdad piensa que dejaré mi coche aquí? Como
su mirada es impasible, opto por confiar en ella y la sigo.
–No, no puede ser, ¿me has traído al Burger King?
–Es un buen sitio –me dice divertida.
–Me niego a entrar ahí, no puedo entrar ahí, mírame –le digo mientras me señalo
la ropa con desesperación.
Había escogido un pantalón vaquero, camisa celeste y americana. Creí que
iríamos a un sitio más elegante. No es un vestuario acorde con un burguer. Ella me mira
de arriba a abajo, se muerde el labio como si dudara y parece compadecerse de mí, pero
me tira del brazo y me mete dentro del local.
–¿Te da igual no?
–Me burlaba de ti, lo cierto es que no vienes vestido para esto, pero hazme caso,
confía en mí.
Gruño y noto como me empuja hasta el mostrador donde tenemos que pedir la
comida. ¿No nos atiende la camarera? Miro desconcertado a todos lados y a todo el
mundo. No sé qué demonios hacer, los carteles son confusos. ¿2x1? ¿Menús? ¿Qué
demonios tengo que pedir? Estoy hecho un lío.
– ¿Qué te parece si pido yo? –propone al ver mi cara.
–Por favor –le suplico, porque no tengo ni idea de que comer.
Se dirige a la mujer que nos atiende y le dicta con total seguridad el pedido.
Cuando termina y nos dice el precio, saco la cartera, pero ella es más rápida y paga.
¿Qué? eso sí que no. Nunca me han pagado la comida.
– ¡Oye tú!, no deberías haber pagado – le regaño.
– ¿Por qué? ¿Porque eres rico? Hay que ser más rápido chaval.
Vuelvo a gruñir. La mujer nos da el pedido y nos sentamos en una de la mesas
del fondo. Mi hamburguesa tiene buena pinta pero tengo que sacar valor para darle un
bocado. A mí alrededor todo está asqueroso y pringoso, no sé cómo voy a comer aquí.
Le doy un pequeño mordisco esperando no vomitar allí mismo, pero... ¡está delicioso!
Me olvido de los modales y empiezo a devorar la comida. ¿Cómo es que nunca había
venido a este local? Lo conozco, pero es tan... mediocre.
–Debo reconocerlo, me has sorprendido –le comento mientras le robo una patata
frita.
– ¿Para bien o para mal?
–Para bien, o eso creo, aunque hubiera preferido otro lado. No me gusta comer
con tanto ruido –miro a dos niños que pasan corriendo por mi lado.
–También tienes la opción de llevarte el pedido a casa.
– ¡Anda! eso ya es otra cosa, la próxima lo llevamos a mi casa.
– ¿Quién te ha dicho que habrá próxima?
–Lo digo yo.
– ¿Y si yo no quiero? No puedes obligarme.
–Confía en mí, la habrá.
–Eres un creído.
–Bueno, cuéntame algo de ti.
–No.
Intento sonsacarle lo que puedo de su vida, pero no consigo sacarle más de lo
que ya sé. Donde trabaja, donde estudia y donde vive. Es una chica misteriosa y no
cuenta absolutamente nada de su vida. Tengo la sensación de que tendré que ir
descubriéndolo poco a poco.
–La chica esa que vive con vosotros, ¿la odias verdad? –le pregunto intentando
averiguar algo más de ella.
–Sí, tanto Jota como yo estábamos desesperados por irnos de ahí, así que gracias
por darnos la oportunidad de hacerlo.
–De nada. No sabía si hacerlo o no, pero decidí arriesgarme. Espero que no me
rompáis el piso.
–Debo advertirte que somos unos inquilinos ruidosos. Solemos montar orgías en
nuestros días libres.
– ¿Que, qué? –Pregunto asustado–, será coña ¿no?
–Eh... –una mueca de vergüenza se muestra en su rostro–, deberías averiguar
más sobre la gente a la que alquilas.
–Rebeca, ¿te estás cachondeando de mí verdad? –le pregunto preocupado y
acojonado. Ella se ríe a carcajadas mientras me señala con el dedo.
–Deberías haber visto la cara que has puesto. No te preocupes, no te daremos
problemas, solo queremos vivir tranquilos.
– ¡Dios! Te odio, me estaba empezando a preocupar. No quiero llenar mi casa de
tíos y tías gimiendo sin parar.
Aunque eso no me preocupa. Me preocupa donde voy a llevar a mis ligues a
partir de ahora, si lo pienso, es lo mismo, tías gimiendo sin parar. Lo que no me gusta es
la idea de que ella participe en orgías, creo que no es momento de pensar en eso. Ella
deja de reírse e interrumpe mis pensamientos preguntando por mi vida.
–Oye David.
–Señor Torres para ti –le digo sonriendo.
–Está bien, David –me replica riéndose–, el piso que nos has alquilado fue un
regalo de papá ¿verdad?
Alzo una ceja y le hago una mueca de desprecio, ella se encoge de hombros
mientras se dibuja en su boca una pequeña sonrisa ladeada.
–Sí, al graduarme me regaló el piso para que me independizara.
–Imagino que el coche también fue regalo de papá
–No, eso lo pagué yo. Es mi segundo coche. El primero fue uno viejo de
segunda mano. Ahorré mucho para conseguir este aunque no lo creas.
–Has acertado, no me lo creo
Estamos terminando de comer, pero como me he quedado con hambre me pido
otra hamburguesa, es la excusa perfecta para pasar más tiempo con ella. Empiezo a
sentirme a gusto aquí, nunca imagine que me sentiría así en un local como este, ¿o es su
compañía? Eso no quiero ni pensarlo.
–En tu trabajo, ¿es obligatorio bailar con todos? –le pregunto volviendo a
intentar saber algo de su vida.
–No, bueno, no es que sea obligatorio, pero el jefe nos deja bailar con los
clientes que lo piden. A mí me sirve para despejarme y el cliente se lleva una buena
imagen del servicio.
–Entonces si yo te pidiera bailar, ¿aceptarías?
–Dudo mucho que sepas bailar.
– ¿Y qué pasaría si supiera bailar?
–Que te diría que no –se ríe a carcajadas.
–Hagamos un trato. Si yo un día te saco a bailar y resulta que sé bailar, me debes
otra cena –le propongo.
–Hecho, ¿puedo escoger el sitio?
–Ni hablar, me toca a mí.
–Bueno, vale. Aunque sigo dudando que sepas bailar.
Tengo que buscar un profesor de baile, porque quiero volver a cenar con ella,
aunque me haya sonsacado ella a mí, más que yo a ella, quiero saber más, me siento
como si estuviera resolviendo un misterio y quiero llegar hasta el final.
Nos marchamos del burguer y nos dirigimos al coche, que por suerte no ha
sufrido daño alguno. La cosa ha ido mejor de lo que esperaba. Se ha portado bien
conmigo y no ha sido borde como otras veces, pero no he visto a la chica que esperaba,
aquella chica feliz, segura de sí misma. ¿Cuántas personalidades tendrá esta mujer?
¿Cuál de ellas es la verdadera? ¿Qué personalidad es el escudo bajo el que se esconde?
Tengo muchas preguntas, pero sé que no me las respondería por las buenas, tendría que
torturarla.
–Oye ¿qué te parece si nos tomamos una copa?
–Lo siento, es tarde, mañana debo madrugar, además tengo una mudanza que
hacer. Por cierto, ya hemos cenado, me debes una llave.
Entonces recuerdo un tatuaje que vi mientras cenábamos en su muñeca derecha.
Una elegante llave en blanco y negro, de cerraduras antiguas, como las que abrían las
cerraduras de las mazmorras de los castillos. Lleva un lazo doblado, colgando de uno de
sus agujeros, que rodea discretamente la llave.
–Es cierto, hablando de llaves, he visto que tienes una tatuada en la muñeca
derecha ¿tiene algún significado?
Su mirada se entristece y gira la vista hacia la ventana del coche, tarda mucho en
responder y creo que he metido la pata. Olvídalo, pienso, por favor, olvídalo. Entonces
se gira, me mira con ojos llorosos y me cuenta la historia.
–Alguien me dijo una vez, que si tenía la llave adecuada podría abrir cualquier
puerta, que sería capaz de todo, así que me tatué esta llave para recordarme que si una
puerta se cierra, tengo la llave para abrir la siguiente.
– ¡Vaya! Que profundo, ¿tienes más tatuajes aparte de ese? –intuyo que no se
entristece por el significado, sino por la persona que lo dijo. Tal vez un ex-novio o una
persona que ya no está. Pero no quiero preguntarle.
–Tengo otro más, pero tendrás que descubrirlo tú mismo.
Su cara ha cambiado y ahora me lanza una mirada retadora. Me relajo en el
asiento y decido no hacer más preguntas, aunque mi mente vuelve a campar a sus
anchas imaginando en qué sitio debe tener ese otro tatuaje y cual será.
Estamos en mi habitación, desnudos. Quiero empezar a torturarla, a torturarla
suavemente, hasta que me cuente todos sus secretos. Amarrada al cabecero de la cama,
me suplica que la suelte, pero no quiero. Me gusta, me gusta verla así, atada sólo para
mí, hasta cuando yo diga. Estoy a punto de hacerla llegar al clímax y entonces... me
despierto. ¡Joder, maldita sea! Otro condenado sueño. Por suerte este no consigue
desvelarme y vuelvo a dormirme del tirón.
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