Nota XI: Mo chao - Misterios Mayores

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MO CHAO
Si hay algo que contraviene el modo de ser, la manera de pensar y actuar
del hombre occidental, debe ser el MO CHAO.
En esta parte del mundo, nos han enseñado a razonar, a calificar,
cuantificar, a pensar que real es sólo lo que se puede percibir con los cinco sentidos.
Se nos ha dicho que debemos creer, que debemos soñar, que debemos leer para
estudiar, estudiar para saber y no hacemos más que acumular conceptos ajenos en
nuestra mente. Sostenemos que ésta, es lo más grandioso que tenemos, es rápida,
inteligente, poderosa.
En ese ajetreo diario por alimentar la mente, la volvemos cada vez más
activa y nos vamos confundiendo con ella, identificándonos con sus voces,
imágenes y sueños, haciéndolos propios.
El Maestro Samael en su libro LA REVOLUCIÓN DE LA DIALÉCTICA, en
el capítulo MO-CHAO expresa lo siguiente:
“La palabra china "Mo", significa silencioso o sereno; "Chao",
significa reflexionar u observar. Mo-Chao, por tanto, puede traducirse como
reflexión serena u observación serena.
El sentimiento de sereno, trasciende a eso que normalmente se
entiende por calma o tranquilidad, implica un estado superlativo que está más
allá de los razonamientos, deseos, contradicciones y palabras; designa una
situación fuera del mundanal bullicio.
Asimismo, el sentido de reflexión está más allá de eso que siempre
se entiende por contemplación de un problema o idea. No implica aquí
actividad mental o pensamiento contemplativo, sino una especie de conciencia
objetiva, clara y reflejante, siempre iluminada en su propia experiencia.
Por lo tanto, 'sereno', es aquí serenidad del no pensamiento, y
"reflexión", significa conciencia intensa y clara.
Reflexión serena, es la clara conciencia en la tranquilidad del no
pensamiento.”
Estas enseñanzas vertidas por el Avatara de Acuario, señalan un estado
mental diametralmente opuesto al que tenemos; la mente pasa a ser un instrumento
de naturaleza receptiva, pasiva, muy útil para experimentar lo real en esas
condiciones.
Veamos. Lo silencioso o sereno no se puede adquirir ni lograr por
imposición. Es como meternos en el mar hasta nuestra cintura, e intentar con las
palmas de las manos aplastar las olas para que se aquiete el agua (además de
imposible, ridículo). La única solución es esperar que se serene sola, que cesen sus
corrientes internas y externamente que calme la brisa. Entonces no escucharemos el
rugir del mar, sólo podremos percibir un inmenso espejo donde se refleja la luna en
forma silenciosa, plácida y encantadora.
Si cesa por agotamiento el parloteo mental que permanentemente existe
en nuestro interior, si la serenidad surge y se adueña de nosotros, obtendremos un
momento mágico para percibir las cosas tal cual son.
Lao-Tzu dice: “Si quieres ser infinitamente poderoso, deberás
convertirte en femenino. Tórnate pasivo.”
En cuanto a Reflexión, no quiere decir pensar o razonar, ni aún
contemplar, sino más bien permitir en esta condición, que la realidad se refleje en la
mente, la podremos ver en nuestro interior porque se reflejará en este espejo mental,
la observaremos. Cómo dice el V.M. Samael, ese estado implica una “conciencia
objetiva, clara y reflejante, siempre iluminada en su propia experiencia.”
Estas palabras me recuerdan la conferencia “La Intuición” o “La
Organización de la Psiquis”, donde el Maestro pone el siguiente ejemplo, para
explicar lo que es la intuición:
“Una emperatriz china no entendía bien esta cuestión de la intuición.
Un sabio le explicó que era la facultad de interpenetración. Está correcta esa
definición, pero ella no entendía.
Entonces el sabio trajo una veladora encendida y la colocó en el
centro de un recinto y a su alrededor colocó también diez espejos. Es claro
que la llama de aquella veladora se reflejaba en un espejo, y ese espejo la
proyectaba a otro espejo, y el otro espejo la proyectaba al otro, y el otro al
otro. Así notaron que los diez espejos mutuamente se proyectaban la luz uno a
otro, se formó un juego de luces maravilloso, un juego con interpenetración.
La Emperatriz entendió, he ahí la facultad de la intuición.”
De la misma forma que podemos comprender lo que es la intuición,
también podemos imaginar a diez sabios meditando en estado de reflexión serena o
MO CHAO. En ellos, cual espejos, se refleja la misma realidad - la luz de la vela que no es tan exterior, sino más bien interior, porque como el Maestro agrega unos
párrafos más adelante “Téngase en cuenta que uno está contenido en el
Cosmos. He dicho que uno es una parte de un todo. Dentro del Microcosmos
hombre hay mucho, existe mucho y sin embargo la totalidad de uno no es sino
una parte del todo.”.
Debemos ser como el espejo de un lago, pero no podemos permitir que el
polvo (los yoes) se acumule en él, pues si no el espejo deja de reflejar.
Es la mente con su dualismo, con el “yo” y “tu”, con la fijación del “más”,
con el engaño del tiempo pasado y futuro, la que nos sumerge en el sueño profundo
de la ignorancia, de la herejía de la separatividad. Así, pronto olvidamos que somos
parte de la misma realidad, realidad que podemos ver fuera, pero que en verdad
mora en nosotros mismos.
Quetzalcoatl cuando arribó a las tierras de mesoamérica fue interrogado
por el pueblo sobre su nombre, su origen. Dicen las tradiciones que no respondía,
hasta que al final lo hizo en estado de arrobamiento, diciendo: “soy el mar, soy la
arena, el árbol y las innúmeras estrellas…”
Si está el ego no está el Ser. Mientras no esté el Ser no podremos reflejar
en nosotros la realidad. Sólo Dios se conoce a sí mismo.
Recogemos de un estudio Zen: “Cuando dices: ‘Es una rosa’, la estás
clasificando. Y las rosas no pueden clasificarse, porque son tan únicas e
individuales que no es posible clasificarlas. No le otorgues una clase, no la
encasilles, no la encajones. Disfruta su belleza, su color, su danza. Estate ahí.
No digas nada. Observa. Permanece en MO CHAO, en un reflejo sereno y
silente. Sólo refleja. Deja que la rosa se refleje en ti; tú eres un espejo. Si
puedes convertirte en espejo, te habrás convertido en meditador.”
Ese estado lo podemos ir creando en el diario vivir.
En “Técnica de la Disolución del Yo”, Samael Aun Weor expresa:
“La Gnosis se vive en los hechos, se marchita en las abstracciones y
es difícil de hallar, aún en los pensamientos más nobles. Le preguntaron al
Maestro Bokujo: ‘Tenemos que vestir y comer todos los días. ¿Cómo
podríamos escapar de esto?’. El Maestro respondió: ‘Comemos, nos vestimos’.
‘No comprendo’, dijo el discípulo. ‘Entonces vístete y come’, dijo el Maestro”.
Agrega Samael seguidamente:
“Si estás comiendo, come; y si estás vistiéndote, vístete, y si estáis
andando por la calle, anda, anda, anda, pero no pienses en otra cosa, haced
únicamente lo que estáis haciendo, no huyas de los hechos, no los llenes de
tantos significados, símbolos, sermones y advertencias. Vívelos sin alegorías,
vívelo con mente receptiva de instante en instante.”
Nada de todo esto es sencillo para el hombre occidental. Desde pequeños
fuimos programados para vivir en un mundo - que nosotros como humanidad
creamos, es nuestra propia extensión – donde se nos enseñó que meditar es pensar
en algo, que en la vida debemos soñar, que debemos ser “alguien”, etc., etc.
Quebrar con esa filosofía de vida, con esa cultura que hemos adquirido,
implica re-educarnos.
Para ello debemos vivir diferente, fundamentar nuestros conocimientos
con lo que nuestra conciencia pueda captar, comprender y experimentar, utilizando
la mente como un instrumento maravilloso en su estado natural, es decir receptivo,
sin reaccionar, sin objetar, sin proyectar, eliminando de nuestra naturaleza interior
todo lo que no es el Ser, creando los vehículos para que Él venga a dar su
magisterio, amando y sirviendo a la humanidad. Es dejar de existir, para ser.
La Gnosis nos enseña que durante la Noche Cósmica, en la Gran
Pralaya, éramos un simple átomo en el seno del Padre, sumidos en un mar de
felicidad. El deseo de ser algo más de lo que humildemente éramos, desequilibró la
balanza, desencadenó la aurora de la creación… y surgió el Mahanvantara. El
deseo de existir fue nuestra perdición.
En el diario de Leonardo da Vinci aparece la siguiente frase: “Entre las
grandes cosas que pueden encontrarse entre nosotros, el ser nada… es la más
grande”.
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