Labial Ghost Town Diana Araceli Rosas Morales El camino se abre

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Labial Ghost Town
Diana Araceli Rosas Morales
El camino se abre en la noche. Conduces, lo haces con tanta cautela. Veo tus manos
acariciar el volante, como acaricias mi rostro. Atravesamos la carretera bajo las luces
del tiempo. Vamos dejando la vida atrás. Las desilusiones, los fracasos, el camino
recorrido desaparece a nuestro paso. Doblas por la carretera con tanta suavidad. Te
detienes en la luz roja del camino. Volteas a verme y sonríes. Te acercas lentamente y
besas mi mejilla, acaricias mi rostro y retomas la conversación. Música. Eso eres,
apasionantes acordes que se unen en una nota placentera. Todo en ti desborda. Mi
cintura se derrite al contacto con tu piel, como el azúcar que tanto te gusta en el café. Tu
voz. Es todo lo que importa en la oscuridad. Es el blues que nos acompaña por
el asfalto, en éste nuevo e improbable camino. Te veo mirarme a través de las sábanas.
Te ríes, ésa risa a la que no logro acostumbrarme sin sentirme como una adolescente. Sé
que estás a punto de decirlo porque yo también lo siento. ¿Sentir? Había olvidado
cómo hacerlo. Juegas con mi cabello y entrelazas nuestras manos. Me miras y sigues
sonriendo. Si pudiéramos alojarnos en ése momento. La siguiente canción es más suave
aún. Y poco a poco voy reconociendo el camino a la orilla de éste mundo. Los árboles
comienzan a verse iguales. Me besas. Qué dulce sabor el de ésta noche. La carretera
parece eterna. Ojalá lo fuera. Ojalá la música de fondo no dejara nunca de tocar. Te
levantas y cruzas la puerta. Escucho el correr del agua en el lavabo. Tic, tac, tic, tac; el
tiempo se escapa por la alcantarilla, lo escucho a través de las paredes. Y yo sigo
mirándote conducir por la carretera. Incluso ahí respiro tranquilidad. Lo haces con tanta
paciencia. Como si el tiempo no fuera factor en nuestra vida. Como si ni tú, ni yo
aguantáramos despedirnos un día. La realidad comienza a colarse bajo la piel. Es una
permanente picazón en cada una de las extremidades. La noche ya es muy espesa. La
música se detiene y escucho tu ronca voz susurrando en mi oído. Vamos a perdernos,
me dices. La noche comienza a esfumarse. Casi puedo escuchar el portazo de
tu Aveo negro como ésta oscuridad a la que con poca conciencia me aferro. Las
sombras, las decepciones, todo regresa en cuanto cierro la puerta. Te has ido. ¿Por qué
no hui ésta noche contigo? Debía regresar por mis cosas ¿Por qué no pude tan sólo
dejarlas atrás? ¿Por qué me sigo aferrando a éste infierno conocido? A éste hálito de
muerto vivo. Somos tan diferentes. ¿Por qué no lo vi ? Tal vez me di cuenta, tal vez
todos lo hacemos. Sin saber que la soledad no puede doler más que esto. Y de pronto
veo el páramo; putrefacto, oscuro. El húmedo sabor de la tierra asalta mi
lengua. Un escalofrío nace en mi nuca y recorre mi espalda. ¿Qué es un muerto? Acaso
una plegaria, ceniza bajo el cielo. Un lamento que se aferra al recuerdo.
Él. La piel se eriza cuando lo nombro. ¿Puede alguien gobernar tu mundo? El micro
universo de la mente, la fosa de un cuerpo. La primera vez que me golpeó me obsequió
un estuche de sombras, "minerales" decía la etiqueta; "edición limitada" se leía al frente.
Mientras miraba la gama de colores me imaginaba haciéndome uno con la tierra. Con
sus tonos cobrizos. Maquillé mis párpados con sombras violáceas que se tornaban verde
amarillento con el paso de los días. El labial tenía un nombre curioso ghost town, por
eso lo recuerdo. Pueblo muerto, cubría mis labios con su tono "nude", para disimular las
grietas. Las estelas cicatrizantes que nacían en mi labio superior y morían como
culebras, zigzagueando, cruzando el sur de la frontera. En apariencia cuando no abría la
boca formaba una perfecta pangea. Tranquilidad le decía, él. Que sólo colapsaba
cuando un temblor naciente en la lengua, inflamada de dolosos sollozos, estallaba. A
veces también maquillaba mis brazos, pero me resigné a cubrirlos. A tener siempre frío.
Un frío auto infligido acompañado de excesiva palidez. Hasta que llegó el día en que
ingresé al hospital cuando me arrojó por las escaleras. Recuerdo el sonido agudo de mis
huesos quebrarse. El temblor de cada una de mis extremidades. Mi brazo envuelto en
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llamas internas. El vacío en su mirada. Dentro de él ya no hay nada. Se arrastra como
una serpiente a la que le han arrancado las alas. Las alas que un día le obsequié. Ya
no lo amo. Lo sabe y lo sé.
La gente murmura. Siempre lo hace, sobre la infelicidad ajena ¿Qué dirán si lo dejo? Si
lo intento. ¿Se apiadarían de mi si les obsequio un espectáculo circense acompañado del
estallido de sirenas rojas, gritos y penas? Si al cierre del telón presento mi acto final.
Yo, en una silla bajo luces blancas compareciendo, frente a un jurado carente de
empatía, con mi sollozante soliloquio del porqué ya no deseo acompañarlo en nuestro
acto del ventrílocuo. ¿Se quedarían boquiabiertos de ver a una muñeca hablar por si
sola? Seguramente se burlarían. Nunca fui buena protagonista. Lo dejaré, me iré. Se
que dirán que me olvidé del manual de las buenas costumbres. Dirán que cualquier cosa
que me pase en adelante seguro la merecía. Hay una clase de regocijo en la desgracia
ajena, una búsqueda sin misericordia por encontrar una falta. Un error que te conduzca a
la condena eterna.
Hoy es el día, lo dejaré. Las maletas están listas. Todo lleva su tiempo. Pero lo he
calculado. Todo está preparado para cerrar ésta puerta. No sabrá qué fue de mi. Me
asomo por la ventana una y otra vez. Llueve intensamente. Me despierta el
golpeteo. Parece un reloj agónico dentro de una caja. Midiendo el tiempo que falta. El
cielo cae de golpe en ésta obscuridad. Me siento menos coherente en este momento.
Tampoco siento las manos. Se ven pálidas, creo que finalmente se durmieron esperando.
Se cansaron. Mis manos. Tan pequeñas y ávidas de vida, él decía que eran incapaces de
sanarlo. Decía que la vida no podía contenerse en ellas. Era tan falso. Tan vacío. Él y
tú, son tan diferentes. El frío de tu ausencia se dibuja en mi rostro lleno de ansia. Es
extraño estar aquí mirando la nada. En éste páramo que no se apiada de la
mente, ni de la carne. El vacío es un cuervo engullendo los ojos develados de un
muerto. La permanente espera suele ser el peor de los infiernos. Viene un recuerdo a mi
mente. Las iguanas, siempre supe que le causaba satisfacción su agonía. Aunque
quería ocultar su risa. ¡Cómo odio su risa! Tomaba su afilado machete y lo dejaba caer
como si se tratara de gusanos. Primero la cola. Que continuaba moviéndose aún después
de cercenada. Sonreía. Después retomaba el aliento y continuaba con las patas traseras.
Retiraba todo en bolsas transparentes. Sabía que debía prolongar mi náusea. Era terrible
observarlas desmembradas, retorciéndose. Ahogándose en su propia y miserable vida.
Ahí supe que la vida sí mataba. Casi podía escuchar su dolor. Y mis ojos se inundaban
de agua. Jamás había sentido tanta lástima por una vida, excepto por la mía. Me miró y
me dijo que permanecían vivas por varios minutos. Le pregunté por qué no las
mataba de una vez. Sólo sonreía.
Los brazos me duelen. Se ven como cadenas de flores marchitas arrojadas al
vacío hace años. Les hizo falta tanto amor. Se olvidaron del instructivo para flexionarse,
para hacer circular la sangre. Pálidos y fríos. Cansados de buscar caricias de fantasmas
que
se
regocijaban
en
otras
vidas.
Los
latidos
de
mis
dedos, desaparecen gradualmente. Mi vientre saciado de ausencia. Mantiene en
penumbra el botón de la vida, ahora detenida. Hace frío, mis mejillas se sienten
rígidas, están congeladas al otro lado del río. Ya no puedes golpearlas. Mis
piernas parecen livianas. Ahora por fin descansan. Estaban hasta el hastío de querer
huir. Del miedo que las paralizaba, que les detenía de golpe la circulación. Que evitaba
cualquier movimiento que requiriera autonomía. Eran su extensión. Mi cuello se siente
tenso. Rígido como el resto de mi cuerpo. Pensé que me había liberado de ésa atadura.
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Pero ahora todo está tan frío. Tengo miedo. Mi pecho está vacío. Pálido, hace resaltar
aquel tatuaje que me hice años atrás. Se ve tan verde ahora. Las alas de ése pobre
pajarillo nunca fueron diseñadas para volar.
Es curioso que ésa imagen me venga a la cabeza ahora. En éste momento de implacable
espera. En donde ya no siento el cuerpo y veo inertes las alas del pajarillo que nunca
voló en mi pecho, tal vez si las hubiera abierto. Tal vez. Hay una luz roja parpadeando a
lo lejos. Escucho un portazo, no eres tú, no es tu auto negro. Lo sé, no escucho el blues.
Seguiré esperándote aquí en la nada, desapareciendo con el tiempo.
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