Cusco Valle Sagrado Machu Picchu

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Una mamacha
recorre las
ruinas incas de
Chinchero.
Cusco
+Valle Sagrado
+Machu Picchu
Primero hay que hacer pie en la Roma de América, y
luego seguir el curso del río Vilcanota –Urubamba más
adelante– hasta Aguas Calientes, umbral ineludible,
antes de abordar el último tramo del viaje: el que
concluye en las ruinas más famosas del universo andino.
P O R C o n n i e L lo m pa r t L a i g l e .
F OTO S D E X av i e r M a r t í n .
86
Si quiere ser uno de los 400 que
Cusco
Pisaq
70
76
Lo ideal es dedicarle tres días para conocer
la ciudad, sus alrededores y los pueblos no
evidentes de Tipón, Huasao y Oropesa.
Visítelo un domingo, cuando se monta el mercado
local y se celebra la misa en quechua.
Urubamba
78
Después de recorrer su mercado, descubra los
poblados de Maras, Moray y Chinchero.
Ollantaytambo
84
De aquí sale el tren hacia Aguas Calientes; también
tiene un legado arqueológico que merece ser conocido.
suben al Huayna Picchu, anótese y
madrugue: arranca a las 5 a.m.
Machu
Picchu
Cusco. Epicentro del imperio inca
e La Plaza de Armas y los
alrededores de Cusco al anochecer.
r Ceviche de trucha con
salsa de mango, en Greens.
e
A
3.350 metros sobre el
nivel del mar, entre
los ríos Vilcanota y
Apúrimac, el aire se vacía
de oxígeno y se carga de
glorias, de dioses, de pasiones
y resignaciones. Ésa es la
atmósfera que, con la ayuda
de la hoja de coca, se respira
en Cusco (Qosqo o Cuzco),
ombligo del imperio inca del
Tawantinsuyo, capital del
antiguo Perú y hoy punto de
partida para los millones de
viajeros que cada año recrean
el trayecto que conduce a la
ciudadela del Machu Picchu.
70 . lu gare sd ev i aj e. c o m
Un Cristo apostado en la cima
del cerro Pukamoqo vigila
Cusco, de calles estrechas,
casas coloniales y una muy
excitante vida nocturna
cuyo punto de reunión sigue
siendo la Plaza de Armas
(Huacaypata en tiempos
incas). En este retazo de tierra
en el que hoy las parejas se
besan junto a la fuente y los
artistas ambulantes ofrecen
sus pinturas a 10 soles, en 1572
los españoles decapitaron
a Tupac Amaru I –último
líder del Imperio Inca– y, en
1781, a Tupac Amaru II –un
mestizo llamado José Gabriel
Condorcanqui Noguera que
encabezó la mayor rebelión
indígena anticolonial de
América durante el siglo
XVIII–, tras un intento fallido
de descuartizarlo vivo.
Otro tanto hicieron con los
templos incas, sobre los cuales
levantaron iglesias, palacios y
casonas señoriales. Ejemplo
de ello es la actual Catedral de
Cusco (1560-1664). La original
fue la Iglesia del Triunfo;
erigida sobre el palacio de
Viracocha, hoy funciona como
capilla auxiliar de la Catedral.
Imponente, el edificio
renacentista diseñado por el
arquitecto Juan Miguel de
Veramendi se construyó con
bloques de piedra volcánica
saqueados del templo de
Saqsaywaman. Al norte de
Cusco queda el resabio de este
fuerte ciclópeo que comenzó
a existir durante el gobierno
de Pachacutec, en el siglo XV,
y se consolidó en el siglo XVI
bajo el mando de Huayna
Cápac. Durante la visita, es
preciso descubrir la silueta
de puma que representa la
ciudad de Cusco de la cual,
Saqsaywaman, es su cabeza.
Volviendo a la Catedral,
vale destacar que sus muros
atesoran unos 300 lienzos
de la escuela cusqueña entre
los que se destaca La última
cena, del artista plástico
Marcos Zapata o Zapaca Inca.
En ella se muestra a Jesús
compartiendo un plato de cuy
asado y pan de Oropesa (ver
destacado en pág. 78).
Algo similar sucedió con
la iglesia y el convento de
Santo Domingo. Ambos
edificios fueron superpuestos
al Qorikancha. De este
r
importante templo que supo
honrar al sol con sus muros
revestidos con oro, sólo
quedan algunos bloques en
pie como magros testimonios
del robo impune.
Para apreciar construcciones
incaicas vírgenes de
intervención, hay que alejarse
unos minutos de Cusco por
el camino que lleva a Pisaq.
La primera parada es Q’Enco,
un santuario distinguido por
sus galerías subterráneas y
su mesa ceremonial labrada
en piedra sobre la que se
embalsamaba a los muertos.
Un poco más arriba se
encuentra el tambo Puka
Pukara, que servía como
puesto de vigilancia y como
lugar de abastecimiento para
viajeros. Guarde un poco de
oxígeno en los pulmones y
no lo dude: llegue hasta los
3.765 metros, donde se levanta
Tambomachay con vertientes
que rinden culto al agua.
Ritmo siglo XXI
Es la quinta ciudad más
poblada del Perú (510 mil
habitantes) y en ella cada
día desembarcan hordas
de viajeros dispuestos a
calzarse el poncho y el
chullo (clásico gorro de lana
con orejeras) para revivir
las memorias incas. Las
construcciones coloniales,
donde otrora se alojara la
nobleza precolombina, hoy
funcionan como hostels, B&B,
hoteles de lujo, restaurantes
gourmet –por ejemplo Chicha,
del renombrado chef Gastón
Acurio–, tiendas de diseño
y discotecas que cierran sus
puertas a la madrugada.
Además del clásico recorrido
histórico –que no debe
lu ga re s . n º183 . 71
e El cabrito, mascota cusqueña.
r Vista de la Plaza Nazarenas y la
capilla de San Antonio Abad.
t Chutas, panes circulares
que se hornean en el vecino
pueblo de Oropesa.
u Víctor Olave en el taller-galería
que su familia posee en San Blas.
r
e
saltear el Museo de Arte
Precolombino–, el puesto
número uno del circuito off
es para el Mercado Central
de Cusco, conocido también
como Mercado de San Pedro.
Cerca de la Plaza de Armas,
es parada obligada diaria
para conocer los hábitos de
consumo locales y llevarse
un recuerdo auténtico. Desde
puestos para comer al paso
(menús por S$ 10) hasta
artesanías, el mercado es un
laberinto de tentaciones a
precio de bolsillo popular.
Entre las tiendas, que ofrecen
72 . lu ga resd ev i aj e. c o m
licuados frescos, café y
chocolate caliente, las más
concurridas son las santerías.
En ellas es posible encontrar
desde baños de florecimiento,
fetos de llama para realizar
pagos a la tierra y botellitas
llenas con la controvertida
ayahuasca –planta
alucinógena–, listas para
emprender un viaje espiritual
de un sorbo.
En los alrededores del
mercado, se encuentra el
segundo puesto del circuito
off: una zona más parecida
al Once porteño que es ideal
t
para hacer shopping de
baratijas. Ropa de imitación,
zapatos, ropa interior al por
mayor, elementos de bazar y
abrigadas frazadas de lana se
ofrecen a precios irrisorios.
Por último, aquí también
se encuentra El Paraíso, una
galería donde locales y
extranjeros se acercan para
conseguir tecnología de
estraperlo a precios insólitos.
UN POCO DE COOLTURA
EN SAN BLAS
Es el barrio de los artistas,
las casitas coloniales y unas
u
calles tan angostitas que para
circular por ellas los peatones
se turnan con los taxis. Es un
concierto de bocinas. Pero si
tolerar ese barullo tiene como
objetivo llegar a la plazoleta,
está justificado; en el lugar,
artesanos y ebanistas exhiben
sus trabajos los sábados hasta
las cuatro de la tarde.
Las cuadras que la rodean
tienen mucho que ver con su
historia: en ellas residen las
tres familias de artistas que
dieron la impronta artística
a San Blas. A un lado se
encuentran los descendientes
de Hilario Mendívil (19271977), uno de los imagineros
peruanos más importantes del
siglo XX. Su obra se destacó
por sus arcabuceros y sus
vírgenes de cuellos largos.
Esta estética alargada está
inspirada en la fauna andina y
se conoce como Llama Kunka.
Hoy, su hija Juana está a cargo
del taller-museo y del gift shop,
donde se pueden adquirir
piezas originales.
En la cuadra siguiente, los
Mérida mantienen vivo el
espíritu creativo de Edilberto
Mérida, un cusqueño que
dejó como legado su arte
representativo del hombre
andino. En la galería se
pueden ver sus figuras
modeladas en arcilla, que se
destacan por los pies y las
manos gigantes –representan
el camino de vida y la
labranza– y por la tristeza
de los ojos, que comunican
el dolor de la raza. Sus
creaciones expresionistas le
valieron el apodo de “escultor
del barro de protesta”.
Finalmente se encuentra el
Museo Taller Galería Arte
Olave. Allí todavía se lo puede
ver a Antonio (83) trabajando
junto a Víctor, uno de sus
cuatro hijos. Además de piezas
de cerámica que son imitación
del arte inca y preincaico,
Antonio Olave Palomino dejó
su marca al crear la figura
del Niño Jesús Manuelito,
conocido como el Pastor de
las Espinas. Se trata de una
imagen sonriente del niño
Jesús sentada sobre una sillita
tallada en madera.
Por las noches, un paso
obligado es la peatonal
Hathunrumiyoq, que corre
entre muros incaicos y
artesanos que ofrecen sus
tejidos en la calle. En la
intersección con la calle
Choquechaka es posible
toparse con el Jaque’s Café. No
regalan nada pero siempre
hay una larga fila en la puerta
porque los jóvenes extranjeros
lo consideran el mejor lugar
para comer mucho por unos
pocos soles. Si no tiene ganas
de esperar, en la misma cuadra
hay un camioncito que vende
pizza a la leña con queso
andino. Bien calentita, es ideal
para contrarrestar los efectos
de las frías noches cusqueñas.
lu ga re s . n º183 . 73
EN LAS AFUERAS DE CUSCO
Tres altos recomendados en el camino a Puno:
TIPÓN
A 30 minutos de Cusco y a 3.480 metros
sobre el nivel del mar se encuentra una
obra maestra de ingeniería hidráulica.
Para llegar hay que trepar un escarpado camino
de cornisa, sólo posible con vehículos pequeños, y
descubrir las 12 terrazas o andenes que, en aquel
entonces, se destinaban a la experimentación
agrícola. Cada una de ellas es aún irrigada por
el agua que transportan los canales labrados en
piedra –con caídas casi verticales– y que brota del
mismo manantial que motivó su construcción.
OROPESA
Salvo por su fundación española y porque
está ubicado al pie de las montañas, nada
tiene que ver con la población homónima
de la provincia de Toledo, España. Creado en 1571,
este pueblito se destacó por su templo colonial –con
imperdibles murales de la escuela cusqueña– y por
sus hornos, que pasaron de fundir oro a hornear
pan después del saqueo español. Con más de 1.500
hornos y 4.500 habitantes, este pueblo madruga para
cocinar la chuta –pan característico por su forma
redondeada y achatada– y, luego, distribuirla en
Cusco, su principal cliente. Visite los hornos de pan y
déjese tentar por un trozo recién salido del horno.
HUASAO
Es el pueblo de los paccos o sacerdotes
andinos. A él acuden personas de todas
partes en busca de sanación a través del
uso de las plantas medicinales, o de las claves de sus
destinos, que los paccos descifran en las hojas de coca.
Martín Pinedo es uno de los más renombrados, pero es
difícil encontrarlo en su casa de la calle Juventud Nº 7.
Su éxito lo ha convertido en un sanador trotamundos.
Pero en su lugar siempre queda Bernabé Fernández,
que obtuvo la gracia de la curación por efecto de
un rayo que atravesó su cuerpo y salió por su pezón
derecho, dejándole una quemadura como constancia.
No es necesario pedir turno –ya que hay varios paccos–
pero sí conviene ir con un guía que hable quechua.
e
74 . lu ga re sd ev i aj e. c o m
e Detalle de una de las caídas de agua de Tipón.
r Perfil del chamán Bernabé Fernández, en Huasao.
r
lu ga re s . n º183 . 75
Pisaq. Destino chamánico a 32 km al noroeste de Cusco
E
s el poblado donde
arranca el Valle Sagrado,
que se extiende
poco más de 100 km hasta
Ollantaytambo. Después el
camino continúa hasta Aguas
Calientes, preámbulo necesario
para acceder a la oculta
ciudadela de Machu Picchu.
Al Valle lo custodian montañas
escarpadas y por él discurre el
río Vilcanota, también llamado
Wilcamayu (sagrado), y, aguas
abajo, Urubamba, a la altura
del pueblo homónimo. A
la vera de este hilo plateado
–que según la creencia de los
incas se proyectaba en el cielo
como un río de estrellas o Vía
Láctea– las tierras se cubren de
verde, sobre todo de noviembre
a abril, época de lluvias; se
suceden pueblos andinos,
monumentos sagrados y los
mejores cultivares de maíz de
todo el Perú. Estas realidades
se van hilvanando por una ruta
asfaltada a la que se accede
desde Cusco, vía Chinchero o
Pisaq. Lo ideal es dedicarle dos
días completos al recorrido que
puede hacerse en micro, combi,
colectivo –por unas monedas–
o en auto, la mejor opción para
andar en libertad.
Trueque y misa
en quechua
e
76 . lu garesd ev i aj e. c o m
Pisaq es la primera parada en
el Valle, un pueblo de casitas
de adobe y calles angostas que
alcanza su máxima expresión
los domingos. Antes del
frío amanecer, mamachas y
papachos –como llaman a
los campesinos– bajan desde
las terrazas de cultivo hasta
la plaza, con los colores
de sus ropas bordadas, sus
elegantes sombreros y los
frutos de la tierra que cargan
sobre sus espaldas. En orden
y discretamente levantan
un mercado que se pone en
marcha con los primeros
rayos de Inti y se apaga con su
puesta, a las 17, en el que rige
la ancestral ley del trueque.
Parvas de vegetales frescos, sal
y otros bienes hoy comparten
protagonismo con tejidos y
piedras, objetos en la mira
de los turistas. La oferta de
souvenirs es bastante similar
a la del mercado cusqueño
de San Pedro, salvo por las
cerámicas, que son aquí un
ítem fuerte.
Este mercado se monta al
amparo de un soberbio
pisonay, tres veces centenario;
arraigado en la plaza de Pisaq,
este árbol cubierto por musgos
y líquenes es objeto de culto
por parte de los locales. El
tronco representa la morada
de sus ancestros; las ramas,
el linaje y los frutos, las
generaciones que vendrán. Un
buen lugar para admirarlo es el
Mullu Café, cuyo balcón es un
palco ideal para entretenerse
con la dinámica de la plaza, al
amparo de un cielo diáfano.
El domingo, a las 11, también
sucede la misa, que se da
en quechua y en la que
participan distintos grupos
indígenas liderados por sus
varayocs o alcaldes regionales.
Van vestidos de fiesta y en
procesión hacia la iglesia, una
escena que amerita tener la
cámara a mano.
Hoy, Pisaq se ha convertido
en lugar de residencia de
extranjeros que practican el
chamanismo aprendido en
la selva, y en epicentro del
turismo místico. Estos nuevos
pobladores conviven con
algunos hacendados que son
parte de la historia del pueblo.
Tal es el caso de la familia
Marín, propietaria de dos
atractivos que bien valen una
visita. El primero es el Horno
San Francisco, el más antiguo
de la zona y donde se hornean
unas deliciosas empanaditas
de queso andino y cebolla
que se pueden degustar en
las mesitas del patio interno.
En él también se encuentra
el castillo de los cuys (cuises),
donde estos mamíferos residen
hasta que les llega la hora de ser
sacrificados y horneados.
El segundo motivo de interés
es el jardín botánico. Este
parque, que parece encantado,
no es otra cosa que el jardín
de la imponente casona de los
Marín. En él se reúnen plantas
medicinales, orquídeas, flores
andinas y árboles frutales, un
espacio al diario cuidado (de
9 a 17) del jardinero Mariano
Rayo Flores.
Cuando la tarde declina, hay
que animarse a un paseo por
el cementerio, salpicado de
antiguas cruces de piedra y
hojalata, y de pueblerinos
que van a tomar cerveza en
compañía de sus difuntos.
El sitio tiene su magia. Los
senderos, aterrazados y
cubiertos de flores andinas,
invitan a una silenciosa
y meditada caminata en
un paisaje dominado por
montañas sagradas.
e Lugareños conversan en la puerta
del Jardín Botánico.
r Las calles de Pisaq y las andenerías
–o terrazas de cultivo– al fondo.
r
lu ga re s . n º183 . 77
Urubamba. Tierra de sal y de ruinas circulares
E
s uno de los siete distritos
que conforman la provincia
homónima y es, además,
su capital. Aquí el río Vilcanota
toma el nombre de Urubamba y
se convierte en uno de los tramos
preferidos por los amantes
del rafting. Es también el lugar
donde en la época de lluvias
–diciembre a marzo– maduran
duraznos, membrillos y frutillas
regordetas que los lugareños
ofrecen orgullosos en el mercado
local. Éste abre todos los días
y los miércoles se agranda con
vendedores ambulantes. Por su
oferta hotelera y su ubicación
–a mitad de camino entre Pisaq
y Ollantaytambo–, es una de las
mejores opciones para pasar la
noche en el Valle Sagrado.
Trece mil almas la habitan y
deambulan por sus angostas
calles, con sus awayos repletos
de verduras, sus carritos de
helado o a bordo de los veloces
mototaxis, transporte terrestre
muy popular en todo Perú. El
enclave echó sus bases en una
planicie a 2.875 metros y muchos
de sus habitantes no son locales,
sino allegados residentes. Pablo
Seminario es uno de ellos. Este
arquitecto cusqueño dejó su
ciudad natal dispuesto a difundir
sus conocimientos sobre
cerámica precolombina; primero
se instaló en una propiedad
colonial, ubicada sobre la
avenida más ancha de la ciudad,
y después abrió su casa-tallermuseo en la que dicta clases de
cerámica a extranjeros y produce
piezas originales junto a un
gran equipo. Quienquiera saber
cómo se hacen dichas piezas, no
tiene más que golpear la puerta,
cualquier día, de 8 a 19. El mismo
Pablo o su hijo se encargan de
guiar al visitante por los distintos
rincones del taller, además de
los corrales con llamas, gansos,
monos, loros y tortugas.
Un poco más alejado del centro,
sobre la ruta principal que
conecta Ollantaytambo con
Pisaq, un palo embanderado
con una bolsa de plástico roja
anuncia la presencia de una
chichería. Es El Descanso o
Ajha Wasi Inka Bar, un clásico
donde probar la chicha amarilla
–bebida alcohólica producto de
la fermentación del maíz– que
cada día, desde hace 32 años,
preparan Mercedes y Flora. Ellas
no sólo la elaboran, también les
encanta contar todos los secretos
e El mercado municipal
de Urubamba.
r Escalando la Vía
Ferrata de Natura Vive.
Adrenalina en el
Valle Sagrado
e
78 . lu garesd ev i aj e. c o m
r
En las afueras de Urubamba,
camino a Ollantaytambo, un grupo
de andinistas creó un circuito a
imagen y semejanza del modelo
europeo llamado Vía Ferrata
que consta de pasos de metal,
pasamanos y puentes colgantes
empotrados en una pared de roca.
El plan consiste en trepar 400
metros de ese muro vertical con
la ayuda de un arnés, asegurado
a un cable de acero, para llegar
hasta un nido de cóndores, punto
de descanso. El descenso desde la
cima se realiza a toda velocidad por
medio de cinco tramos de tirolesa
(cada uno de 500 metros –o casi– de
largo) y uno de rappel. La travesía
no dura más de 4 horas y regala
increíbles vistas del Valle desde las
alturas, más la vivencia: imborrable.
Natura Vive. T: (0051 84) 79-9158. [email protected]
www.naturavive.com Por persona, S$ 250. Incluye
transporte privado, guías, equipo y
un snack. Duración: 8 horas. No se
necesita experiencia previa.
lu ga re s . n º183 . 79
del procedimiento. Por S$ 2 hay
derecho a beber un enorme vaso
lleno con esta “cerveza inka”
que también se propone en
versión afrutillada.
Maras + Maray
+ Chinchero
Para descubrirlos, hay que tomar
la ruta que conecta la ciudad con
Cusco, hasta donde el camino
se bifurca. Si se toma el desvío
al noroeste, la primera parada
es Maras, una meseta rodeada
por montañas verdes y picos
nevados, en las que se destaca La
Verónica, con 5.682 metros.
e
80 . lu ga resd ev i aj e. c o m
Maras es un pueblito silencioso
que habla de sí a través de las
fachadas de piedra de las casas,
talladas con una simbología
que mezcla representaciones
andinas y católicas: unas remiten
a la fundación del imperio inca
y otras a la posterior ocupación
franciscana. Pero más allá de su
belleza arquitectónica, Maras
tiene un tesoro hecho de sal.
Afirmado en la ladera de la
montaña Qaqawiñay, se descubre
un complejo salinero compuesto
por tres mil estanques en las que
se almacena el agua salada que
baja de un manantial; el agua
está canalizada de tal manera
que cada poza tiene su propia
entrada, y la cantidad que ingresa
se regula por un sistema tan
básico como eficiente: con una
piedra. Cuando el sol evapora
toda el agua y queda como saldo
la gruesa capa de sal –que debe
extraerse a pico y pala–, se quita
la piedra para que se llene de
nuevo el estanque, se vuelve
a colocar una vez esté lleno
y así. Una obra de ingeniería
hidráulica preincaica admirable
y deslumbrante, imposible de
contemplar si no es con anteojos
oscuros. En las paredes de las
e Compactando el piso de las
salineras de Maras con un bloque
de madera de eucalipto.
r Las perfectas ruinas
circulares de Moray.
r
lu ga re s . n º183 . 81
pozas, la lluvia –que arrastra
sal y barro– esculpió formas de
asombrosa perfección, castillos
de mármol en miniatura.
Un poco más arriba, a 35 minutos
de las minas, el camino de ripio
conduce a Moray. A diferencia
de otros restos arqueológicos,
aquí hay que bajar la vista para
descubrir sus cuatro imponentes
ruinas circulares. Construidas
en depresiones naturales del
terreno –que alcanzan los 30
metros de profundidad–, se
caracterizan por sus terrazas
o andenes concéntricos que
funcionaron como una suerte
de invernaderos naturales
destinados a la experimentación
agrícola. Hoy, sobre todo por
las noches, son escenarios de
rituales chamánicos.
Llegar al último destino obliga a
retroceder hasta la bifurcación
de la ruta y a tomar el camino
hacia el suroeste, en dirección
a Chinchero. A 30 km de
Urubamba, la “tierra del arco iris”
es una de las ciudades incas más
importantes de la región. Como
en Cusco, la colonización ha
superpuesto sus construcciones
a las de antiguos templos
andinos. Tal es el caso de la iglesia
de la Virgen de Monserrat (1607),
rica en pinturas de la escuela
cusqueña y frescos que tapizan
sus techos, erigida sobre la casa
del dios Chinchay.
Chinchero también es
famoso por el mercado de los
domingos, pero sobre todo
por sus tejidos teñidos con
productos naturales. Virtuosas
alquimistas, las tejedoras
transforman flores, hojas y
raíces en vibrantes colores
con las que tiñen las lanas, por
ellas hiladas, y que habrán de
convertirse, telares mediante,
en coloridas prendas andinas.
e Tres muchachas tiñen madejas de
lana de oveja en Chinchero.
e
82 . lu garesd ev i aj e. c o m
lu ga re s . n º183 . 83
Ollantaytambo. Fin del trayecto por el Valle Sagrado
E
e
r
84 . lu garesd ev i aj e. c o m
stá en el otro extremo
del Valle Sagrado, y es
el anteúltimo mojón
en el largo viaje que habrá de
concluir en la Montaña Vieja.
Pero sobre todo, Ollantaytambo
es el único enclave incaico
que mantiene su arquitectura
original sin modificar en la que
todavía habita gente. Como en
los tiempos del Tawantinsuyu.
Para llegar desde Cusco, es
preciso sortear 89 km por la ruta
que lleva a Chinchero o ir en
tren. Ollanta es el vínculo entre
Cusco y Aguas Calientes, y por
esta razón, parada habitual de
los que se dirigen a la ciudadela.
En definitiva, todavía cumple, de
algún modo, su función original
de “tambo” (tampu en quechua),
un lugar de aprovisionamiento y
descanso para los viajeros.
Su trazado representa la
fisonomía de una mazorca de
maíz. ¿El motivo? Este cultivo,
que eliminó el nomadismo en las
sociedades andinas, se convirtió
en elemento –y alimento–
sagrado para rendir culto a la
naturaleza. Imitar su forma
era el camino espiritual para
incorporar su poder protector.
Las casas de piedra pulida –agrupadas de a pares por “cancha” o
manzana– representan los dientes o granos del choclo. Angostas
y orientadas hacia la salida del sol
en el solsticio de verano, las calles
todavía conservan sus nombres
incaicos y los canales por los que
aún corre agua de manantial.
Hoy, las mismas viviendas que
supieron ser hogar de la nobleza
inca están iluminadas con luz
eléctrica. Ventajas del mundo
tecnificado que aprovechan las
nuevas generaciones mestizadas.
Ollanta se compone de una gran
plaza y tiene su propio vigía
tallado en la roca del Pinkulluna,
el cerro que guarda los antiguos
silos del imperio y a cuyos pies
se extiende la ciudad antigua.
Esculpido sobre la ladera de esta
montaña, un monumental perfil
parece cobrar vida según le dé
el sol: es el rostro de Tunupa,
deidad de la abundancia. Por
efecto de la luz y sus sombras, los
ojos de Tunupa se ven cerrados
hasta las dos y media de la tarde,
que es cuando la luz ilumina al
gigante despertándolo.
El mismo efecto se aprecia en el
Parque Arqueológico, construido
de acuerdo a la silueta de una
llama acostada. En un sector del
templo que coincide con la cara
del animal, cada 21 de junio, la
parte que correspondería al ojo
de la llama es el único punto de
todo el parque que recibe un rayo
de luz. Esa señal se interpreta
como el despertar del camélido,
que anuncia los tiempos de
sequía. Dentro de este complejo
arqueológico, el Templo de
los Diez Nichos, el Templo del
Sol y el baño de la Ñusta son
referencias ineludibles.
Restaurantes no faltan, y ferias en
las que se consiguen los mismos
souvenirs que en Cusco y Pisaq,
tampoco. Ollanta es la última
oportunidad para comprar
cosas lindas sin pagar más de lo
que valen; sepa que en Aguas
Calientes, los precios a veces
suben más del doble.
A la caída del sol, Ollanta se llena
de luna en los días que le toca
mostrarse y, con o sin ella, se
anima con el desfile de ponchos y
chullos de colores para enfrentar
el frío que impera en las noches
del Valle Sagrado.
e Aún corre agua de manantial por las
acequias de las calles de Ollanta.
r Uno de los vagones del tren
Vistadome de PeruRail.
lu ga re s . n º183 . 85
Machu Picchu. La nueva meca de los viajes místicos
r
e
A
ntes de que el reloj
marque las seis de la
mañana, la estación
ferroviaria de Ollantaytambo
se convierte en una suerte de
colmena en acción. Europeos,
japoneses, chinos y otros
visitantes provenientes de
los lugares más recónditos
del planeta confluyen a ese
lugar por una misma causa:
abordar el tren Vistadome
–de PeruRail– que conduce a
Aguas Calientes, preámbulo
ineludible de Machu Picchu.
La misma escena, a la que
se suma el colorido de los
86 . lu ga resd ev i aj e. c o m
vendedores ambulantes, se
repite otras 16 veces en el día,
cada vez que parten los trenes
de los otros operadores.
En un abrir y cerrar de ojos,
la multitud pasa del andén a
los vagones y cada pasajero
se acomoda en su asiento
sin empujar ni contrariarse.
Milagros de la acción bien
sincronizada. El Vistadome
devora el paisaje gracias a
sus ventanales panorámicos
y laterales del techo
transparentes, grandiosas
claraboyas. En menos de dos
horas, bienvenido snack de
por medio, el paisaje andino
se convierte en una verdísima
selva tropical.
Unos minutos antes de llegar a
la estación de Aguas Calientes,
ciudad que suministra todos los
servicios turísticos vinculados
con Machu Picchu (y que
debe su nombre a la presencia
de aguas termales), el tren se
detiene en el Km 104, en la zona
arqueológica de Chachabamba.
Aquí descienden algunos
trekkers para iniciar la versión
acotada del Camino Inca, una
caminata de seis horas en lugar
de cuatro días.
Otra vez, vendedores y viajeros
se hacen presentes en este
paraje, entremezclándose en
ruidoso amontonamiento.
Pero en este caso el sonido es
otro, mucho más poderoso
y abarcativo. Se trata del
río Urubamba que corre y
ruge –sobre todo en enero
y febrero– a pasos de las
vías. Durante esos meses,
su caudal aumenta por las
lluvias y tanto crece que
llega a cubrir los tremendos
peñones que demarcan su
curso jalonan, muchas veces
hasta desbordarlo. Eso es lo que
ocurrió en enero 2010 cuando
dos mil turistas quedaron
varados como consecuencia
de un alud de barro que
desbordó las vías ferroviarias.
La región ya se repuso de tales
exabruptos de madre Natura,
de los que por suerte sólo
queda el recuerdo.
Ubicada a sólo seis kilómetros
del parque, la cercanía es la
única y principal razón para
pasar la noche –y algunos
días– en Aguas Calientes. Esta
ciudad híbrida funciona como
base de operaciones para los
viajeros que llegan al Machu
Picchu y quieren reposar
después de haber transitado
la ardua huella inca o desean
visitar el parque más de una
vez. Aguas Calientes es un
compendio de hoteles para
todos los gustos y bolsillos,
restaurantes, bares y locutorios
que desbordan de mochileros.
Desde allí parten los ómnibus
que trepan la serpenteante ruta
que lleva al parque.
Hacia la ciudad
perdida
A pie por el Camino Inca –o
en colectivo, a través de la
t
ruta Hiram Bingham–, dos
mil personas llegan cada día
hasta Machu Picchu. La gran
mayoría lo hace para admirar
los restos de un esplendor que
permaneció oculto durante
siglos, al que rodean montañas
cubiertas de selva tropical. Y
otros abordan el largo viaje a
estas ruinas con la intención de
vivir una experiencia mística.
Elegida como una de las
Siete Maravillas del Mundo
Moderno, y declarada en
1983 Patrimonio Cultural y
Natural de la Humanidad por
la Unesco, la ciudadela (o lo
e Así se ve la ciudadela de
Machu Picchu desde la cima
del Huayna Picchu.
r Los muros de piedra pulida
en el área de las viviendas.
t Llamas trepadoras en las
escaleras del Santuario.
lu ga re s . n º183 . 87
Cómo llegar a Machu Picchu
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que de ella queda) se despliega
ante el viajero, y lo que éste
contempla es un escenario
inverosímil a 2.490 metros, la
arquitectura fragmentada de
un baluarte ultrasecreto del
que los conquistadores jamás
tuvieron noticia.
Subir y bajar innumerables
escaleras (muchas esculpidas
en la misma roca) es la
constante en el recorrido de
Machu Picchu, y dado que ahí
arriba el sol no perdona, se
recomienda ponerse protector
y vestir ropas claras.
En la cima de una montaña
88 . lu ga resd ev i aj e. c o m
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ciudadela que surgió a
instancias de Pachacutec, circa
1438, gran reformador inca,
el primero que se atrevió a ir
más allá del valle del Cusco.
Las nubes, nieves eternas
y la vegetación selvática
amparan al Machu Picchu
en un complejo laberinto de
montañas sagradas (el pico
más alto es el Nevado de
Salcantay, con 6.271 metros) a
cuyos pies corre el Urubamba
rodeándolas como si fuera una
herradura.
Esta “ciudad perdida” y
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hallada formalmente por el
historiador norteamericano
Hiram Bingham, en 1911, fue
residencia de la aristocracia
incaica, pero sobre todo,
santuario y centro de
observación astronómica.
Machu Picchu (Machu,
montaña; Picchu, vieja) sienta
sus bases en una superficie
escarpada de cinco kilómetros
cuadrados. Ríos de turistas
recorren, en civilizado orden,
sus espacios; observan las
residencias de piedra pulida
destinadas a los nobles, el
sistema de 16 caídas del agua
que aún surge del mismo
manantial, las terrazas que
fueron de cultivo, las colcas
para almacenar cosechas, una
plaza sagrada en la que todavía
crecen orquídeas, vuelan
“gallitos de las rocas” o tunkis…
Las llamas, esquivas a la
presencia humana, ramonean
siempre a distancia de la gente.
Cada solsticio de junio, los
rayos del sol ingresan en el
templo que le rinde honores
por una de sus tres ventanas.
Todavía hay quienes veneran
a la Pachamama en la Roca
Sagrada, un inmenso bloque
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de piedra plana que también
es punto de partida del camino
que trepa a la cima del Huayna
Picchu, donde se halla el
Templo de la Luna.
Francisco Palomino, nuestro
guía, sostiene que para
comprender el verdadero
significado del Machu Picchu
hay que saber hablar quechua
y no el “quechuañol” que
la globalización propicia. Y
cuenta que hoy existe una
interpretación más oriental
de la mística de este parque
arqueológico, que dista de
la visión andina. Hoy, las
hornacinas que otrora alojaban
ídolos, se convirtieron en
espacios acústicos dentro de
los que los turistas recitan
mantras para “armonizar las
ondas del cerebro”. Otros,
frotan sus manos para luego
ponerlas sobre la piedra
Intihuatana y cargarse con su
energía, cuando en realidad
desde sus orígenes sólo fue
un calendario solar. “Creer
o reventar”, dice Palomino,
mientras mira las monedas que
los turistas dejan en las fuentes
como ofrenda a la Pachamama,
en vez de hojas de coca.
La cima del
Huayna Picchu
Quien llega hasta Machu Picchu,
sabe que la visita no es completa
si no se suben los 300 metros
hasta la cresta de la Montaña
Joven, a la que llaman Huayna
Picchu. Esa que se impone
justo enfrente a la ciudadela,
la que muestran todas las fotos
clásicas: en primer plano, las
emblemáticas ruinas, y detrás, la
pared que se alza como una aguja
marcando el norte del complejo
incaico. El Huayna Picchu tiene
2.667 metros de alto y forma
parte del macizo de Salcantay;
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hacer cumbre en él, es acceder
a una perspectiva distinta,
amplificada, de Machu Picchu,
y de paso, encontrarse con
la sorpresa de que allá arriba
hay importantes vestigios
arqueológicos.
Para escalarlo hace falta tener
buen estado físico, pero
además es fundamental no
sufrir de vértigo… ni de fobia al
despertador. Para enfrentar esa
subida que no es muy extensa
pero sí empinada, hay que
presentarse en la entrada del
parque –con ticket de acceso
general en mano– a las cuatro
lu ga re s . n º183 . 89
e
y media de la mañana. Es la
única manera de asegurarse un
lugar en uno de los dos únicos
turnos previstos por día, para
un máximo de cuatrocientas
personas en total.
El sendero comienza de espaldas
a la Roca Sagrada. Allí, en una
casilla de guardaparques hay que
registrarse con datos personales,
hora de acceso y firma, trámite
que debe repetirse después
de volver al punto de partida,
para confirmar que se llegó
sano y salvo. El camino primero
desciende por una estrecha
lengua de tierra que conecta las
90 . lu garesd ev i aj e. c o m
dos montañas, Machu y Huayna.
Y enseguida se inicia el duro
ascenso que obliga a escalar
mucho más de mil escalones
tallados en la roca. A medida que
se asciende, la vegetación se hace
más densa y, a través de las nubes
que rodean la Montaña Joven,
colibríes azules se posan sobre
las ramas bañadas de rocío.
El ascenso es de de dificultad
media, y subiendo a buen
ritmo demanda entre 45 y 60
minutos. De todas maneras,
lo ideal es ir haciendo paradas
para soportar el último tramo,
que siempre parece alejarse
más. Luego hay que reptar por
un túnel de piedra y, por fin, la
meta alcanzada, una cumbre
atravesada por terrazas que se
destinaban a escrutar la bóveda
celeste. Pero, como ya se dijo, la
recompensa de haber llegado a
estas alturas es la inmejorable
vista de la ciudadela, que se
muestra en todo su esplendor.
Sin aliento pero con mucho
orgullo, no hay viajero que
esquive la clásica foto estilo
Cristo, con los brazos abiertos
y el Machu Picchu como telón
de fondo. Todos se anotan a
inmortalizar la hazaña: los
norteamericanos, con sus
camisas caqui, zapatos de
trekking y bastones desplegables;
los europeos, vestidos con
poncho y chuyo, y los argentinos,
dando la nota con la camiseta de
algún club de fútbol. A quién le
importa. Los que están, posan
y dicen whisky, tan felices. Acto
seguido, hay que enfrentar la
bajada, que pinta resbaladiza y se
pone un poquito más difícil, pero
con calma y un calzado ad hoc, es
casi pan comido.
e Vista del caudaloso río Urubamba
desde el Parque Arqueológico.
lu ga re s . n º183 . 91
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