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25 años del asesinato de
monseñor Óscar
Romero
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Felipe Zegarra
Al conmemorarse 25 años del paso de monseñor Romero al Padre (ver Juan 13,1), quisiera
unirme al homenaje que en diversos lugares del mundo se le hace (a él y, en su persona, a los
muchos mártires de tiempos recientes), teniendo en cuenta numerosos textos de sus
homilías.
La víspera de su muerte, el domingo 23 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador,
Mons. Óscar A. Romero, fue más claro que de costumbre en un pedido hecho durante su
homilía:
“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en
concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos,
son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una
orden de matar que dé un hombre debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘no matar’.
Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley
inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y de
que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… Queremos que el
gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre.
En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben
hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de
Dios: ¡Cese la represión!”.
Leyendo estas palabras, tan rotundas y tan bien fundadas, y conociendo el contexto de la
época en El Salvador, lo ocurrido el lunes 24 de marzo de 1980, cuando Monseñor concluía la
homilía en la capilla del hospital en el que vivía, resulta casi del todo previsible, pero no por eso
menos abominable. Sus últimas palabras se referían a la eucaristía:
“Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente
también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo,
no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos,
pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por doña Sarita y por
nosotros…”
En ese momento fue asesinado. Anteriormente, Monseñor había mencionado esa posibilidad.
Su vida y su palabra le habían ganado enemigos muy poderosos. Pero él persistía en su estilo
de vida y elevaba constantemente su voz para anunciar el evangelio y denunciar la violencia
que caracterizaba entonces a su patria. Cumplía así el compromiso hecho meses antes:
“Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no
abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me
exige” (11.XI.1979).
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Agradezco profundamente a Leonardo Rego, o.m.i., director del Centro Pastoral Óscar Romero. Por su
generosidad, he podido volver a leer las predicaciones de monseñor Romero. Para escribir este texto, me
he basado sobre todo en un libro de su biblioteca, factura del Equipo de Educación Maíz, de El Salvador:
Monseñor Romero. El pueblo es mi profeta (1994).
Monseñor se había preguntado: “¿Qué me puede hacer la muerte?” (2.IX.1979). El suyo no es
un coraje heroico, sino fruto de una convicción evangélica: la vida es un don de Dios, el más
directo y preciado (ver lo que dice Génesis 2,7), pero hay valores por los cuales puede y quizá
debe ser sacrificado. Eso ocurrió en el caso de Jesús (leer Juan 10,17-18), y ocurrió también
con Monseñor: la fe en el Dios que garantiza la vida más allá de la muerte y la esperanza en la
resurrección son centrales en el patrimonio cristiano.
I. PASTOR EN UNA ÉPOCA Y UNA SITUACIÓN PECULIAR
Monseñor Romero fue arzobispo de San Salvador sólo durante tres años. Su país vivía ya una
violencia de gran intensidad. Algo semejante ocurría en muchas otras naciones
latinoamericanas, especialmente en el llamado “Cono Sur”. Hay un testimonio temprano de la
reacción de Monseñor: “Seis meses de caminar por el calvario de la Iglesia de la arquidiócesis
recogiendo muertos, consolando hogares, gritando no a la violencia” (11.IX.1977). Ya antes
había dicho: “La violencia la producen todos, no sólo los que matan sino los que impulsan a
matar” (12.V.1977).
La Iglesia sufría gravemente esa violencia. Ya desde antes que monseñor Romero fuera
nombrado arzobispo, se habían asesinado a muchos laicos pobres y algunos sacerdotes. La
valoración de Monseñor, más allá de su dolor, fue evangélica: “La persecución es algo
necesario en la Iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es persegui-da. Jesucristo lo
dijo: “Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros”… No puede vivir la Iglesia
que cumple con su deber sin ser perseguida” (29.V.1977). Esa situación fue compartida en
muchos de nuestros países, pero en El Salvador la dureza fue mayor. Y duró aún después de la
muerte de Monseñor: los cinco jesuitas de la UCA y las dos mujeres que trabajaban en su casa,
las misioneras americanas, etc.
Monseñor Óscar Romero advirtió repetidamente contra esa violencia profundamente inhumana
y antievangélica: “Las victorias que se amasan con sangre son odiosas. Las victorias que se
logran a fuerza bruta son animales (25.III.1978). Hermanos, esto me preocupa: la
insensibilidad que se está sembrando. Se catean cantones, casas; se atropella gente,
desaparece gente y parece que esto va siendo ya lo más natural” (8.X.1978). Los textos del
evangelio le permitían precisar su denuncia, en un país profundamente desigual: “Yo denuncio,
sobre todo, la absolutización de la riqueza. Este es el gran mal de El Salva-dor: la riqueza, la
propiedad privada como un absoluto intocable” (12.VIII.1979). “El que quiera estar demasiado
bien, el que quiera salvar su vida… no comprometerse, no meterse en líos, en problemas, pues
ése la va a perder. Hermanos, ésta es una sentencia de Cristo” (16.IX.1979).
La violencia venía de diversos lados y Monseñor fue crítico con todos los que la promovían:
“Nos hemos polarizado. Y los que están en el extremo derecho miran que todo lo de la
izquierda es comunismo, es terrorismo y hay que acabar con ello. Los grupos que se han
alineado a la izquierda ¡no miren hacia la derecha como si todo fuera reaccionario!”
(12.IV.1979).
Su juicio sobre la violenta realidad era nítido: “No podemos calificar de cristiana una sociedad,
un gobierno, una situación cuando en esas estructuras, envejecidas e injustas, nuestros
hermanos sufren tanto” (25.II.1979). Monseñor hizo suyo el contenido del texto sobre la Paz en
la Conferencia Episcopal de Medellín: “Yo no me cansaré de señalar que, si queremos de veras
un cese eficaz de la violencia, hay que quitar la violencia que está en la base de todas las
violencias: la violencia estructural, la injusticia social” (23.IX.1979). Por eso no tuvo problemas
en criticar la represión contra lo más pobres del país:
“Estos operativos, además de ser inhumanos, son anticonstitucionales, en razón de que
sin ninguna base legal y amparándose sólo en acciones de hecho y rumores, los Cuerpos
de Seguridad se toman por tres días o más varias poblaciones, creando ejércitos y zonas
de ocupación, suprimiendo, tal como hacen en estados de sitio, los derechos más
fundamentales de campesinos salvadoreños” (2.III.1980).
Monseñor Romero afirmaba también los caminos de solución: “Creemos que en el diálogo de
todos los grupos del país está la solución de nuestra patria” (24.XII.1978). “Es necesario
profundizar en un diálogo que sea verdaderamente diálogo, no monólogo en defensa de un solo
modo de pensar, sino diálogo en el cual se va dispuesto a buscar la verdad y a deponer
actitudes por más queridas que parezcan” (17.VI.1979).
Pese a su insistente ministerio, la violencia fue creciendo y ya en 1980 la guerra civil se veía
inminente. Monseñor llamó a la justicia, a la fraternidad y a la solidaridad:
“A nombre de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia, les hago un nuevo llamado para que
oigan la voz de Dios y compartan con todos gustosamente el poder y las riquezas, en vez
de provocar una guerra civil que nos ahogue en sangre. Todavía es tiempo de quitarse
los anillos para que no les vayan a quitar las manos” (13.I.1980).
“Quiero hacer un llamamiento a todos los sectores del país para que evitemos el tener
que llegar a una guerra civil y de todos modos logremos en nuestro país una auténtica
justicia. Para ellos es indispensable que todos estemos dispuestos a compartir con los
demás lo que somos y tenemos, y a participar en la medida de nuestras posibilidades en
crear esa estructura económico-política que, de acuerdo con el plan de Dios, favorezca
equitativamente a todos los salvadoreños (20.I.1980)”.
Ocho días antes de morir exhortó:
“Este es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la
vida humana. Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro
derecho humano, porque es la vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino
negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz. ¡Lo que
más se necesita hoy es un alto a la represión!” (16.III.1980).
Muerto monseñor Romero, la guerra civil se desencadenó, con la consecuente virulencia. Pero,
como en otros países, cuando la guerra civil finalmente acabó, sus secuelas en el desenfreno
cotidiano hicieron de El Salvador el país más violento del mundo, ya que superó incluso a
Colombia.
II. FIGURA EXCEPCIONAL EN EL EPISCOPADO LATINOAMERICANO
Es conocido que Monseñor Romero cambió radicalmente después de su nombramiento, el 3
de febrero de 1977, como arzobispo de San Salvador. Él fue desde 1970 auxiliar en la misma
arquidiócesis, pero en l974 fue nombrado titular de la diócesis de Santiago de María. Su
designación como sucesor de monseñor Luis Chávez y González sorprendió, porque la
situación, en opinión de muchos, reclamaba una personalidad con actitudes más claras y
decididas. Pero el 12 de marzo fueron asesinados el sacerdote jesuita Rutilio Grande, que
trabajaba en la parroquia campesina de Aguilares, y dos campesinos. Dos días después, el
arzobispo Romero predicó en el triple funeral, en la catedral de San Salvador, en términos
como los que siguen:
“En nombre de la arquidiócesis, quiero agradecer a estos colaboradores de la liberación
cristiana, al padre Grande y a sus dos compañeros de peregrinación a la eternidad que…
nos están dando la dimensión verdadera de nuestra misión. No lo olvidemos. Somos una
Iglesia peregrina, expuesta a la incomprensión, a la persecución; pero una Iglesia que
camina serena porque lleva esa fuerza de amor”.
Poco antes había señalado el compromiso de los tres mártires con la doctrina social de la
Iglesia, que, según Monseñor, fue confundida “con una doctrina política que estorba al mundo,
a la que se quiere calumniar, como subversión, como otras cosas que están muy lejos de la
prudencia que la doctrina de la Iglesia pone a la base de su existencia”.
No creo que sea atrevido decir que monseñor Romero “aprendió” a ser arzobispo, y que el gran
impulso lo recibió con esas muertes. Él se refirió muchas veces en su homilías a su ministerio
episcopal:
“Yo no pretendo otra cosa, hermanos, sino ser cristiano, obispo, el cristiano que está
desempeñando su papel de signo de unidad. No soy más que nadie (5.II.1978). Es como
pastor que yo expreso, con ánimo de corregir, el clamor del pueblo oprimido por el
pecado y la injusticia del mundo” (14.V.1978). En las condiciones arriba recordadas, ser
obispo no era algo sencillo, implicaba un cambio profundo: “También los obispos, el
Papa, todos los cristianos, vivimos esa tensión que Cristo dejó en el mundo, de
conversión. ¡Y ay del pastor que no viva esa tensión, que se instale en una manera bonita
de vivir! Nosotros tenemos que compartir con el pueblo la conversión (22.V.1978). La
autoridad en la Iglesia no es mandato, es servicio… ¡Qué vergüenza para mí, pastor! Y les
pido perdón, a mi comunidad, cuando no haya podido desempeñar como servidor de
ustedes mi papel de obispo. No soy un jefe, no soy un mandamás, no soy una autoridad
que se impone. Quiero ser el servidor de Dios y de ustedes” (10.IX.1978).
Esa conciencia, a fines del mismo año, lo llevó a reconocer:
“Soy un hombre frágil, limitado, y no sé qué es lo que está pasando, pero sí sé que Dios
lo sabe. Y mi papel como pastor es esto que dice hoy san Pablo: ‘No extingáis el Espíritu
Santo’. Si con un sentido de autoritarismo yo le digo a un sacerdote: ¡No haga eso!; o a
una comunidad cristiana: ¡No vaya por ahí!, y me quiero constituir como que yo fuera el
Espíritu Santo y voy a hacer una Iglesia a mi gusto, estaría extinguiendo el Espíritu”
(17.XII.1978).
Brian Pierce, en este mismo número de la revista, dedica un artículo al ministerio que
caracterizó por excelencia a monseñor Romero, el de su predicación. Permítaseme decir al
respecto algunas cosas.
Ciertamente, el punto de partida es la comprensión que monseñor Romero tenía de la fe, y que
corresponde plenamente con los textos bíblicos: “La fe no solamente consiste en creer con la
cabeza sino en entregarse con el corazón y con la vida” (7.I.1979). Esta es la verdadera
religión: “La Iglesia busca adoradores de Dios en espíritu y en verdad, y esto se puede hacer
bajo un árbol, en una montaña, junto al mar. Donde haya un corazón sincero que busca
sinceramente a Dios, allí esta la verdadera religión” (26.II.1978). Esta afirmación, que
evidentemente se inspira en el evangelio de Juan (4,23-24), se precisa más tarde:
“No me agrada tu plegaria si arranca de un corazón lleno de rencor. No me reces, no me
ofrezcas misas si vienes con injusticias, tus manos manchadas de odio, de violencia.
Misericordia quiero primero” (11.VI.1978). “No hagan consistir su religión sólo en cosas
teóricas. Si una religión está vacía de obras no entrará en el reino de los cielos. Ya lo dijo
el señor: No es el que dice ‘Señor, Señor’, el que reza mucho y bonito, el que entrará en
el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos…
Esto es la verdadera religión: no sólo conservarse limpio, sino visitar viudas y huérfanos;
es una expresión bíblica1 que quiere decir ocuparse del necesitado” (2.XI.1979). Desde
Cristo, y gracias a él, la fe tiene siempre un potencial profético2: “La religión necesita
profetas y gracias a Dios que los tenemos, porque estaría muy triste una Iglesia que sólo
condena, una Iglesia que sólo mira pecado en los otros y no mira la viga que lleva en el
suyo, no es la auténtica Iglesia de Cristo” (8.VII.1979).
Esta conciencia de una fe inseparable del profetismo lo condujo tempranamente a anunciar la
Palabra desde el “hoy”, como lo enseñó el papa san León Magno en el siglo V:
“No tenemos que traer el evangelio literal de hace veinte siglos, sino el evangelio que la
Iglesia, arrancando de aquel evangelio de Cristo, va aplicando a las circunstancias de
cada tiempo (23.X.1977). No podemos segregar la palabra de Dios de la realidad
histórica porque no sería ya palabra de Dios, sería historia, libro piadoso, una Biblia que
es libro de nuestra biblioteca; pero se hace palabra de Dios porque anima, ilumina,
contrasta, repudia, alaba lo que se está haciendo hoy en la sociedad” (27.XI.1977).
Monseñor insiste, a veces largamente:
“Estas circunstancias actuales no las puede perder de vista el predicador, a no ser que
quiera predicar un evangelio que no diga nada a los hombres de hoy… La palabra de
Dios, pues, según san Pablo en la lectura de hoy, tiene que ser una palabra que arranque
de la antigua palabra de Dios pero que toque la llaga presente, las injusticias de hoy, y
1
2
Ver la carta de Santiago 1,27.
Ver Joel 3,1-5, cumplida desde Pentecostés (Hechos de los Apóstoles 2,17-21).
esto es lo que crea problemas. Esto es ya decir: ‘La Iglesia se está metiendo en política,
la Iglesia se está metiendo a comunista’. Ya aburren con esa acusación” (4.XII.1977).
“Predicación que no denuncia el pecado no es predicación del evangelio” (22.I.1978).
Se trata de establecer permanentemente una adecuada y estrecha relación entre La Palabra y
3
la vida, según lo señalado a fines de 1975 por el papa Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi .
Romero lo tiene muy en cuenta:
“Por eso mi preocupación de traer como marco a la palabra de cada domingo la historia
de cada semana. Es una historia tan densa la de El Salvador, queridos hermanos, que
nunca se agota. Cada domingo encontramos hechos que están pidiendo la luz de la
palabra del Señor” (19.II.1978). “Yo hago un llamamiento para que, si de veras somos
cristianos y venimos a ratificar nuestra fe en la misa de cada domingo, sea esa palabra
de Dios como espada penetrante... que nos problematice, que nos cuestione, que no nos
deje tranquilos ni dormir mientras no hagamos algo por el reino de Cristo y su evangelio”
(14.X.1979).
La Palabra así anunciada despierta conflictos: “Que no digan, pues, que no leemos la Biblia. No
sólo la leemos sino que la analizamos, la celebramos, la encarnamos, la queremos hacer
nuestra vida” (11.XI.1979). Y es que implica, además, escuchar al pueblo: “Estas homilías
quieren ser la voz del pueblo, quieren ser la voz de los que no tienen voz. Y por eso, sin duda,
caen mal a aquellos que tienen demasiada voz” (29.VI.1979).
Es notoria la radicalidad de Monseñor. Pero el término debe ser rectamente entendido: “Si
queremos que cese la violencia y que cese todo ese malestar, hay que ir a la raíz. Y la raíz está
aquí: la injusticia social” (30.IX.1979). Monseñor Romero supo enfrentar la dificultad con
decisión: “No le tengo miedo al conflicto, cuando ese conflicto lo provoca nada más la fidelidad
al Señor” (11.III.1979). “El evangelio que la Iglesia predica siempre provocará conflictos”
(22.IV.1979).
Esta radicalidad se hace más comprensible si se tienen en cuenta sus motivaciones. Aludiendo
a Jeremías, Monseñor dice: “Esta es la crisis del profeta: no quisiera decir lo que dice, pero Dios
le manda decir” (3.IX.1978). Dios antes que nada:
“Un pueblo, un hombre, donde la ternura de Dios se ha disipado, donde interesa que no
exista Dios para hacer injusticias, para cometer el pecado que Dios castiga, es
inspiración de un ateísmo práctico. Y por eso, ateo no sólo es el marxismo, ateo práctico
es también el capitalismo, ese endiosar el dinero, ese idolatrar el poder, ese poner ídolos
falsos para sustituir al Dios verdadero” (21.V.1978). “Dios es infinitamente bueno, pero
también es infinitamente justo. Y toda esa sangre, todos estos crímenes, todas estas
hipocresías…” (5.XI.1978). “Dios nos ha enseñado… que él es un Dios que quiere estar
con los hombres, un Dios que siente el dolor de los que son torturados y mueren así, un
Dios que reprueba con la Iglesia, que denuncia la tortura, la represión y todos esos
crímenes. El Dios que nosotros adoramos no es un Dios muerto, es un Dios vivo que
siente, que actúa, trabaja, conduce esta historia y en él esperamos, en él confiamos.
Dios va con nosotros” (9.III.1980).
Dios vive y obra en Jesús resucitado, el que según Mateo 25 se identifica con sus hermanos,
especialmente con los “más pequeños”:
“Dios es el Dios de Jesucristo. El Dios de los cristianos no tiene que ser otro, es el Dios de
Jesucristo, el del que se identificó con los pobres, el que dio su vida por los demás, el
Dios mandó a su hijo Jesucristo a tomar una preferencia sin ambigüedades por los
pobres; sin despreciar a los otros, los llamó a todos al campo de los pobres para poderse
hacer iguales a él” (27.V.1979). “Cristo vive ahora –concreta Monseñor– en cada cantón,
en cada pueblo, en cada familia donde haya un corazón que haya puesto en él su
esperanza, donde hay un afligido que espera que pasará la hora del dolor, donde hay un
torturado, hasta en la cárcel está presente, en el corazón del que espera y ora”
N. 29: “La evangelización no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el
curso de los tiempos se establece entre el evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre…”.
Este texto fue reproducido en nota al documento de Puebla, n. 1254.
3
(7.V.1978). “Cristo es salvadoreño para los salvadoreños. Cristo ha resucitado aquí en El
Salvador para nosotros, para buscar desde la fuerza del Espíritu nuestra propia
idiosincrasia, nuestra propia historia, nuestra propia libertad, nuestra propia dignidad de
pueblo salvadoreño” (24.II.1980). “Es Cristo el hombre necesitado, el hombre torturado,
el hombre prisionero, el asesinado” (16.III.1980).
Esta concepción, profundamente bíblica y católica, llama a una coherencia de vida: “Todo aquel
que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del
prisionero, de toda esa carne que sufre, está cerca de Dios” (12.II.1978). Por ello, “ningún
cristiano debe decir “yo no me meto, yo no me comprometo”, porque eso sería ser mal
cristiano, también mal ciudadano” (5.III.1978). “Es inconcebible que alguien se diga ‘cristiano’
y no tome, como Cristo, una opción preferencial por los pobres. Es un escándalo que los
cristianos de hoy critiquen a la Iglesia porque piensa por los pobres. ¡Eso ya no es cristianismo!”
(9.IX.1979).
Monseñor se empeñó personalmente en ser profundamente solidario: “Un bienestar personal,
una seguridad de mi vida no me interesa mientras mire en mi pueblo un sistema económico,
social y político que tiende cada vez más a abrir esas diferencias sociales” (14.I.1979). Se
planteaba “conocer los mecanismos que engendran la pobreza, luchar por un mundo más
justo, apoyar a los obreros y campesinos en sus reivindicaciones y en su derecho de
organización, estar muy cerca de la gente” (6.VIII.1979).
Pero esa solidaridad, manifestación personal del amor de Dios, debe concretarse –como acaba
de señalarse– en la opción preferencial e incluyente por los pobres. Monseñor hace suya, con
4
fuerza y claridad, la visión de Juan XXIII y de Medellín :
“La Iglesia de los pobres es un criterio de autenticidad porque no es una Iglesia clasista,
no quiere decir desprecio a los ricos, sino decirle a los ricos que si no se hacen como
pobres en el corazón no podrán entrar en el reino de los cielos. El verdadero predicador
de Cristo es la Iglesia de los pobres para encontrar en la pobreza, en la miseria, en la
esperanza del que reza en el tugurio, en el dolor, en el no ser oído, un Dios que oye, y
solamente acercándose a esa voz se puede sentir también a Dios” (5.XI.1978). “Cuando
hablamos de Iglesia de los pobres simplemente estamos diciendo a los ricos también:
vuelvan sus ojos a esta Iglesia y preocúpense de los pobres como de un asunto propio”
(4.III.1979). “Dios quiere salvar a los ricos también, pero precisamente porque los quiere
salvar, les dice que no se pueden salvar mientras no se conviertan al Cristo que vive
precisamente entre los pobres” (1.VII.1979). “La Iglesia de hoy tiene que convertirse a
ese mandato de Cristo. Ya no es tiempo de los grandes atuendos, de los grandes
edificios inútiles, de las grandes pompas de nuestra Iglesia… Ahora, más que nunca, la
Iglesia quiere presentarse pobre entre los pobres y pobre entre los ricos, para
evangelizar a pobres y ricos” (15.VII.1979).
Esta opción llevó a Monseñor Romero a promover la organización: “Yo quisiera aquí hacer un
llamamiento a los queridos cristianos: no les está prohibido organizarse; es un derecho y en
ciertos momentos, como hoy, es también un deber, porque las reivindicaciones sociales,
políticas tienen que ser no de hombres aislados, sino la fuerza de un pueblo que clama unidos
por sus justos derechos” (16.IX.1979). La Iglesia tiene al respecto un encargo muy preciso, por
encima de banderías: “La Iglesia no se identifica con ninguna opción concreta política, sino que
apoya lo que en ella hay de justo, así como está dispuesta a denunciar siempre lo que tenga de
injusto. No dejará de ser voz de los que no tienen voz mientras haya oprimidos, marginados de
la participación en la gestación y en los beneficios del desarrollo del país” (20.V.1979). “Lo
hemos dicho mil veces, que la Iglesia defiende este derecho del pueblo a organizarse. Pero
que, naciendo con fines tan nobles, se puede prostituir también en una falsa adoración cuando
se absolutiza, cuando se considera como valor supremo la organización y ya se subordinan a
4
En su Mensaje a los pueblos de América Latina, los obispos que participaron en la conferencia de
Puebla habían afirmado algo muy similar: “Nuestras preocupaciones pastorales por los miembros más
humildes, impregnadas de humano realismo, no intentan excluir de nuestro pensamiento y de nuestro
corazón a otros representantes del cuadro social en que vivimos. Por el contrario, son serias y oportunas
advertencias para que las distancias no se agranden, los pecados no se multipliquen y el Espíritu de Dios
no se aparte de la familia latinoamericana” (n. 3).
ella todos los otros intereses, aunque sean del pueblo. Ya no interesa el pueblo sino la
organización” (4.XI.1979).
En este Año de la Eucaristía, pienso que el recuerdo de la predicación y del martirio de
monseñor Óscar Romero es, para los cristianos, un llamado muy fuerte a vivir con coherencia
en las condiciones actuales, similarmente dolorosas, aunque, por cierto, menos trágicas.
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