una cooperativa de cartoneros porteños exporta chatarra a una

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UNA COOPERATIVA DE CARTONEROS PORTEÑOS EXPORTA CHATARRA A UNA
ACERIA ESPAÑOLA
Cartoneros for export
La cooperativa Reciclando Sueños ya envió 60 toneladas de chatarra a Bilbao. Lo
lograron después de dos años de trámites, asesorados por una entidad profesional.
Consiguen precios cuatro veces mejores que aquí, pero pagan una fortuna en
impuestos.
Valentín con su hijo, un socio y la chatarra.
Imagen: Pablo Piovano
Subnotas
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“Esclavos de las acerías”
Sustentables
Por Eduardo Videla
Que los cartoneros llegaron a Buenos Aires para quedarse es un dato que
nadie discute. Pero que la actividad puede llegar a generar negocios como la
exportación de chatarra sí que es una novedad. La cooperativa de familias
del barrio Fátima, en la Villa 3, de Soldati, lleva ya cinco años de trajín en
las calles de la ciudad. Todavía no tiene oficina ni galpón, pero improvisa el
depósito en un domicilio del barrio de calles angostas y pasillos. Allí no pasó
inadvertido, hace una semana, el container donde cargaron a pulso, durante
horas, 20 toneladas de hierros oxidados que cruzaron el Atlántico para
convertirse en herramientas, en una acería de Bilbao, España.
“Por ahora, para nosotros, es una promesa. Creemos que va a funcionar, pero
todavía no tenemos los elementos necesarios”, dice a Página/12 Valentín Herrera
Curi, coordinador de la cooperativa Reciclando Sueños, que lleva adelante el
proyecto. El grupo, integrado por 47 familias, pisa fuerte en la zona sur de la
ciudad: en poco tiempo se harán cargo del Centro Verde que equipará una de las
empresas recolectoras de residuos de la ciudad ahí nomás, cerca del improvisado
depósito, en un galpón ubicado justo frente a la cancha del club Sacachispas.
Los cartoneros de Reciclando Sueños salen con el carrito y la pechera a recorrer
la zona y recalan en cada taller metalúrgico a la pesca del excedente de fierros.
“Al principio fue difícil, porque los talleristas prefieren venderlos a los botelleros
o a los chatarreros. Nosotros les llevamos yerba, azúcar o galletitas, porque por
ahora no estamos en condiciones de pagar”, comenta Valentín.
Al lado de su casa se amontonan los hierros en un sector del terreno que funciona
como depósito. Ahí está estacionado un viejo colectivo Mercedes Benz del año
’80, que en sus buenos tiempos hizo viajes desde Ezeiza alistado en las filas de
Manuel Tienda León y ahora, cuando aparenta mucha más edad de la que le
atribuyen, funciona como camión recolector cuando logra responder a los
intentos de arranque. Junto a la chatarra, un perro roe un hueso de asado y tira
algún tarascón si alguien le pasa demasiado cerca.
En esa pila, dice Valentín, había unas 20 toneladas, lo necesario para completar
un nuevo embarque, el tercero desde que firmaron el acuerdo con la empresa
Interrecicla SA, de España. El cargamento fue subido a pulso por los hombres de
la cooperativa cuando el camión con el container volvió a alborotar el barrio:
“Había que subir los cables con un palo para que no se los lleve puestos”, grafica
el líder de la cooperativa.
¿Cómo llegó un grupo de cartoneros a realizar una complicada operación de
comercio exterior que les puede cambiar el futuro? Todo empezó en 2004, en un
seminario organizado en la Cámara de Diputados por la Asociación de
Profesionales y Operadores del Comercio Exterior (Apoce) sobre asociatividad
para la exportación. “Allí, entre todas las cooperativas, estaban los cartoneros y
uno de ellos nos dijo: ‘Todo muy lindo, pero esto para nosotros es inaccesible’”,
relata José Bertino, titular de Apoce. Ellos venían vendiendo chatarra en el
mercado local a 12 centavos el kilo y sabían que en el exterior se pagaba cuatro
veces más. “Ese mismo día tomamos el compromiso de asesorarlos e hicimos
contactos a través de nuestros asociados en el exterior.” Fue entonces que salió el
convenio con la empresa Interrecicla, una acería de Bilbao que utiliza chatarra
como materia prima para la fabricación de herramientas”, explica Valentín.
El trámite no fue fácil: tuvieron que registrarse como exportadores, pero el
proceso demoró más de la cuenta: “No nos atendían, no sé si porque íbamos
vestidos así. Entonces fuimos con 20 compañeros y nos quedamos hasta que nos
recibió Eduardo Echegaray (el titular de la Aduana)”, agregó. Así consiguieron
los permisos para exportar y la autorización para que la carga se haga en el
barrio, con la certificación de funcionarios de Aduana. Pero no pudieron evitar el
impuesto del 40 por ciento que tributa la exportación de chatarra (ver recuadro).
Al barrio llegó, incluso, el representante local de la empresa española. “No sé si
se les ablandó el corazón, pero nos prometieron ayuda para comprar un pequeño
vehículo de carga para subir el material al container cada vez que tienen que
hacer un embarque.”
Los españoles ya recibieron dos embarques de 20 mil kilos de chatarra cada uno,
el primero en abril, el segundo en mayo. El tercero va en camino. “Nos mandaron
un fax diciendo que estaba todo bien, que estaban conformes con la calidad”,
dice Valentín con orgullo. Por cada tonelada cobran alrededor de 100 euros.
La exportación de chatarra es el último eslabón de una cadena que se inició hace
cinco años, cuando se creó la cooperativa. Por entonces, Valentín tenía 41 años,
había perdido su puesto de chofer de camiones y ya no conseguía empleo. Al
principio eran diez socios, todos vecinos del barrio, desempleados, víctimas de la
crisis que explotó en 2001.
La sociedad les fue abriendo caminos, como la posibilidad de participar en
talleres de educación ambiental, en algunas escuela de la ciudad, donde cuentan
su experiencia a niños de cuarto a séptimo grado, o como su protagonismo en el
programa El Sur Recicla, impulsado por el gobierno porteño. En el marco del ese
plan, recorren las casas del barrio Samoré (un complejo de edificios de 15 pisos,
en Villa Lugano) y reparten bolsas para la recolección diferenciada de plásticos y
cartones. “Después pasamos con los carros, los lunes y los jueves a la mañana, a
retirar las bolsas”, cuenta Valentín.
“En las escuelas, les contamos a los chicos la importancia del reciclado, que
gracias a los papeles y cartones que se juntan, se evita la tala de muchos árboles.
Nos presentamos como cooperativa y explicamos cómo la basura, separada y
comercializada, se convierte en plata y puede ser el medio de vida de muchas
familias”, dice Valentín sobre sus clases especiales.
La cooperativa tiene códigos y los respeta. Utilizan guantes y pecheras
identificatorias, no rompen las bolsas en las veredas y no permiten que haya un
menor de 18 años trabajando con ellos en la calle. “Todos los chicos van a la
escuela y para los más grandes conseguimos becas de la UBA para que se
capaciten en la administración de empresas”, dice Fátima, esposa de Valentín e
integrante activa de la cooperativa. Una de las que acaba de terminar el curso es
Carolina, de 15 años, hija de un socio de Reciclando Sueños. “Nuestra idea es
que los chicos, cuando crezcan, no tengan que hacer este trabajo”, agrega la
mujer.
¿Por qué son tan pocos los cartoneros que se asocian en cooperativas? “Es algo
cultural, el cartonero busca la independencia, pero sobre todo, su esperanza es no
seguir perteneciendo, tal vez mañana poder zafar de esta actividad. Entonces no
se va a poner a armar una cooperativa, con todo el esfuerzo que eso implica”,
argumenta Valentín.
–Por lo visto, no es lo que ustedes esperan.
–Nosotros creemos que la cooperativa tiene futuro. Nos dimos cuenta de que
nadie nos va a ayudar. Por eso, encontramos alivio a todos los problemas en la
organización.
Cuando la charla termina, los hombres se calzan su pechera y salen a hacer, cada
uno con su carro, el recorrido por los talleres. Ya están pensando en el próximo
embarque.
Sociedad del Domingo, 23 de Julio de 2006(10)|Hoy
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“Esclavos de las acerías”
Nota madre:
Cartoneros for export
Por E. V.
“Los impuestos a la exportación de chatarra, por obra de nuestro ex ministro de
Economía Roberto Lavagna, constituyen un subsidio encubierto a las grandes
acerías de la Argentina”, dice José Bertino, titular de la Asociación de
Profesionales y Operadores del Comercio Exterior (Apoce), la entidad que
asesora a la cooperativa de cartoneros en su operación internacional.
“Al cobrar un impuesto del 40 por ciento sobre el total que recibe el exportador,
está deprimiendo el precio local de la chatarra, que es el que pagan las acerías.
Pero ellas luego venden su producto a precio internacional”, explicó Bertino. El
mercado local del acero está liderado por Techint y Acindar.
Para el directivo de la asociación, “lo que pagan los cartoneros como impuesto
está por encima de lo que paga cualquier trabajador y hasta un gerente en
relación de dependencia”. “Con ese dinero que les roba el Estado, ellos podrían
pagar su obra social y hacer sus aportes previsionales –se indigna–. En definitiva,
los cartoneros son esclavos de las acerías.”
Apoce patrocinó a la cooperativa en su reclamo para eximirlos de esa carga
impositiva, pero hasta ahora no tuvieron éxito. “Al menos conseguimos que el
descuento se haga sobre el precio realmente facturado y no sobre el que fija la
Aduana, que suele ser casi el doble que el real, lo que también duplica el
impuesto”, destacó Bertino. Pese a todo, rescató el papel de los funcionarios de la
Aduana, que contribuyeron a facilitar los trámites de exportación.
Sociedad del Domingo, 23 de Julio de 2006(10)|Hoy
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Sustentables
Nota madre:
Cartoneros for export
Aunque no participa del proyecto, el gobierno porteño celebra la operación
comercial de la cooperativa. “Esta experiencia desmiente ese mito de que las
cooperativas de recuperadores sólo son viables con el apoyo del Estado. En este
caso, la exportación de chatarra es un negocio que armaron ellos”, destacó el
ministro de Medio Ambiente porteño, Marcelo Vensentini,
“Lo que nosotros hacemos y vamos a seguir haciendo –agregó– es promover la
asociación de recuperadores en cooperativas y asistirlos hasta que caminen
solos.” El ministerio también monitorea la construcción del Centro Verde, a
cargo de la empresa Nítida, que será gestionado por la cooperativa Reciclando
Sueños.
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