3 Del filósofo-rey al príncipe humanista Si hay alguien a quien le sea lícito mentir, éste sólo puede ser el que gobierna la república, que podrá engañar a sus enemigos o a sus conciudadanos en beneficio de la comunidad, pero ningún otro está autorizado a hacerlo. Platón, República, 389b El logos y la polis: razón de la democracia En el ámbito de la filosofía política, la historia de los Specula principum comprende un período ininterrumpido de 20 siglos, limitado por dos sólidos torreones doctrinales: el siglo IV a.C., en que Platón e Isócrates, Aristóteles y Jenofonte abrieron la reflexión sobre la mejor forma de gobierno y la paideia para educar al gobernante ideal, junto a esa otra dramática encrucijada del siglo XVI en que se desatan todas las fuerzas del espíritu y estallan todas las controversias: el modelo del príncipe humanista que gobierna la ciudad ideal, la tensa relación entre el rey y la ley, el empeño de los monarcómacos por embridar el poder absoluto del monarca y, más allá de todas las éticas y todos los modelos de pedagogía, el instinto básico del poder. Maquiavelo. Mitos al margen, la democracia ateniense no surgió como resultado de una convicción racional ni, menos aún, como ideal político emergente: la democracia fue, simplemente, la "tercera" forma de gobierno, cuyos primeros balbuceos se debieron más al talante indiscreto, entrometido y casi obsceno de los griegos que a la mera reflexión filosófica. Amigos de lo público, pero amigos antes de husmear en casa del vecino. Porque la venerada tradición zanjaba la experimentación política y la pura teoría daba otros resultados: la monarquía, como forma natural de gobierno, y la aristocracia, como fórmula más eficaz de administrar la polis, relegaban cualquier ensayo democrático al apartado del tercio excluso. Ni siquiera debían tener clara conciencia de estar inventando algo importante, los griegos. Pretendían unas leyes iguales para todos, y a ese empeño lo llamaron isonomía; querían ser escuchados en sus opiniones porque todos querían llevar razón en la asamblea, y el guirigay resultante fue la isegoría; también querían estar todos en el ajo, ocupar el centro de la reunión, tener acceso a los cargos... y esa aspiración cuajó en el ideal de la isocratía. La igualdad ante la ley y en la plaza pública caracterizó el ensayo democrático de los griegos. Pero seguramente se es más fiel a la historia reconociendo que la democracia griega, en su comienzo, no fue un hallazgo sublime de la fraternidad humana sino un parche de la necesidad; y que no nació como cresta de la grandiosidad del espíritu, sino como gatera de la mezquindad de un pueblo que se rebeló contra los dioses de la tradición para entronizar seres file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (1 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 humanos de carne y hueso, sujetos a la ambición, la ignorancia y el error. Un pueblo interesado hasta la mezquindad, metijoso hasta la promiscuidad, justo hasta la mediocridad, pero que antepuso lo contingente y necesario a lo sublime y trascendental. El resultado, haber sido los heraldos de la democracia. Vale la pena revisar dos modulaciones de aquella obsesión por la igualdad que presidió el umbral griego de la democracia: el método de las suertes y la ley ateniense del ostracismo. El método de las suertes, que fue añorado aún en las ciudades ideales del siglo XVI, era el resultado lógico del mito platónico de Prometeo: si Hermes había sido enviado por Zeus para repartir el sentido moral y la justicia entre todos los hombres sin distingos, para que todos fuesen partícipes de la convivencia, no había motivo para la discriminación en los cargos públicos. Las suertes eran el baremo universal que mantenía a todos los ciudadanos en disposición de participar en la política activa, pero también en permanente actitud para abandonar los cargos, porque la vida política es tan digna como el interés particular; con dicha práctica mostraba Grecia, por el método popperiano de la falsación, la dignidad de la actividad política: la vida privada es digna sólo cuando se está dispuesto a sacrificar el interés particular en aras del bien común; y al contrario, la vida política es digna cuando, a ejemplo del admirado Cincinato, se está en disposición de renunciar a los oropeles del poder para regresar al cultivo anónimo de los paterna rura. Quién sabe si también la lección de que los idealismos singulares (sueños quijotescos) sean suplantados en la actividad política por la tosca sensatez de Sancho-Cincinato, para que Alonso Quijano suplante en el idios o en el oikos a un Sancho Panza que ha extraviado el juicio. El ideal político de la mediocridad, tan acariciado como denostado en la historia de las ideas, hunde sus raíces en el acervo clásico. Para encuadrar el marco de inteligibilidad de este concepto, cuyo sentido se ha deteriorado irremisiblemente con el paso del tiempo, es menester remitirlo al sabio Solón y a Aristóteles. Al legislador ateniense se le atribuye el axioma délfico meden agan (nada en demasía), que inspiraba en la Eunomía su programa del buen gobierno, cuando argüía que "Disnomía acarrea males sin cuento a una ciudad, mientras que Eunomía lo hace todo ordenado y cabal" . El meden agan de Solón (que Roma tradujo en el dictum Nihil nimis) y el ideal ético del mesotes o justo medio de Aristóteles son los cimientos de la mediocridad, que la democracia entendió como una determinación política y moral consistente. Después, Horacio cantó en sus odas el ideal de la aurea mediocritas, que fructificó como la dorada medianía en los versos quinientistas de fray Luis de León. Este ideal clásico de la mediocridad devino eje ordenador de la democracia en Atenas, y se hizo muy visible en la controvertida ley del ostracismo. La ley ateniense que implantaba esta pena fue promulgada por la Asamblea, a instancias de Clístenes, con el propósito de prevenir nuevas tiranías tras haber derrocado la de Pisístrato a fines del siglo VI. Así los políticos más excelentes, que fueren hallados culpables de acumular excesivo poder y constituir por eso un riesgo para la república, debían abandonarla por un período de diez años, precisamente para conjurar la amenaza de crear nuevos tiranos. En la votación anual se empleaban unos simples trozos de vasija de barro que, por analogía, recibían el nombre de óstraka (conchas file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (2 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 de ostra), y que abundaban esparcidos por el suelo del ágora. Los ciudadanos grababan en sus óstraka, con un punzón, el nombre del arconte al que querían expulsar y, si alguno de éstos alcanzaba los dos tercios de los votos, se ejecutaba la condena porque, según relata Aristóteles, "Una medida común a la democracia, a la oligarquía, a la monarquía y a todo régimen, es que nadie crezca de manera excesiva y desproporcionada (...) porque el poder es corruptor y no todo el mundo es capaz de resistirse a la prosperidad" (Política, V, VII). El estagirita aludía a la sensatez de la ley del ostracismo, aplicada por la ciudad como antídoto contra la desigualdad económica y contra la excelencia política. Arístides el Justo fue la más famosa víctima del ostracismo, el año 484 a.C., al parecer por instigación de Temístocles, quien después tendría que beber la misma cicuta. Y lo fue, a juzgar por el testimonio del campesino en bello relato de Plutarco, porque a la ciudadanía no le complacía el sobrenombre de "justo" que ostentaba. Hoy en día mostramos una clara incapacidad para comprender estas prácticas, el método de las suertes y la ley del ostracismo, y más aún para asociarlas al espíritu democrático. Los griegos las llevaron a efecto más por cuestión de desconfianza en la naturaleza humana que por convicción en sus efectos bondadosos, y así se ha encargado de señalarlo, entre otros, Popper, quien no ha visto el ostracismo como una medida punitiva para castigar culpabilidades, sino de simple precaución para ahuyentar el riesgo de la tiranía. Una bella y controvertida anécdota relatada por Heródoto, Aristóteles (Política, 1284a, 1311a) y Diógenes Laercio (Vidas de filósofos, I) viene a ilustrar el sentido del ostracismo: la mejor forma de gobernar pasa por evitar a toda costa la presencia en la república de ciudadanos cuya virtud brille en exceso. Bajo el gobierno de Trasíbulo a fines del siglo VII a.C., la polis de Mileto conoció su mayor esplendor. Por su parte, el sabio Periandro fue tirano de Corinto del 626 al 585 a.C., y la historiografía acostumbra a incluir su nombre en el último y más disputado lugar de las distintas relaciones de los Sabios de la Grecia arcaica. El historiador Heródoto atribuye a Trasíbulo esta conducta: "Despachó un heraldo a la corte de Trasíbulo para preguntarle con qué tipo de medidas políticas conseguiría asegurar sólidamente su posición y regir la ciudad con el máximo acierto. Entonces Trasíbulo condujo fuera de la ciudad al emisario de Periandro, entró con él en un campo sembrado y, mientras recorrían el trigal, empezó a formularle al heraldo repetidas preguntas sobre los motivos de su viaje desde Corinto; y de paso, cada vez que veía una espiga que sobresalía por encima de las demás, la desmochaba y arrojaba por el suelo hasta que, con semejante proceder, acabó por destruir lo más espléndido y granado del trigal. Y habiendo recorrido el labrantío, despidió al heraldo sin haberle dado ni un solo consejo. Cuando el heraldo regresó a Corinto (...) Periandro escuchó el proceder de Trasíbulo y entendió el mensaje: había que asesinar a los ciudadanos más excelentes" (Historia, V, 92). Lo de menos es la discrepancia de los testimonios a la hora de atribuir la paternidad del consejo a uno u otro tirano. Lo de más, la enseñanza contenida en el mismo: no hay mejor forma de gobernar la democracia y mantenerla que reforzando la mediocridad: desmochando file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (3 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 espigas o segando cabezas, eliminando de raíz a los ciudadanos que sobresalgan en excelencia, tanto si parecen enemigos de la república como si no, porque hasta un amigo deviene sospechoso para la conservación de la mediocridad democrática. La Oración fúnebre de Pericles, transcrita por Tucídides, es el testimonio que mejor define los ideales de la democracia ateniense bajo el gobierno del estratega que incardinó la ciudad perfecta en la república ideal, atrayendo a Atenas al arquitecto Hipódamo de Mileto, al filósofo Protágoras, al mismo Heródoto para que hiciese la historia, que es opus oratorum, para envidia de la posteridad... pero la larga guerra del Peloponeso zanjó los fastos y las alegrías de la democracia, y los filósofos del siglo IV tuvieron que volver a pensar la cuestión de la mejor forma de gobierno sobre nuevas premisas. El ideal de Pericles había fracasado. Los principios que fundaban la soberanía del demos, la igualdad aritmética y el método de las suertes, se tornaron sus más graves inconvenientes, y la nueva atmósfera propició la divulgación de la idea monárquica a través del recurso a los mejores, con base en el principio pitagórico de la igualdad geométrica, que enaltece la figura del gobernante como responsable de la suerte de la polis y salvaguarda de los intereses de los ciudadanos. El filósofo-rey de la República de Platón surgió en pleno desengaño del siglo IV, junto a la Ciropedia de Jenofonte y el discurso A Nicocles de Isócrates, auténticas teorías del poder regio; Jenofonte presenta a Ciro, hijo de Cambises, como espejo y ejemplo de virtud para sus súbditos: "Juzgaba que el mejor medio para incitarlos a las acciones nobles, ya que él era su soberano, consistía en procurar mostrarse él mismo a sus súbditos como el hombre más adornado de virtudes del mundo", y propone una paideia extraída de los modelos persa y espartano, para formar un príncipe-soldado curtido en la virtud militar y en cierto modo opuesto al modelo sabio del filósofo-rey de Platón. Mientras el discurso de Isócrates transpira una "fe fuertemente materialista en el bienestar, una ideología de despotismo ilustrado, sin dejar de hacer ciertas concesiones al moralismo filosófico de la época" (W.Jaeger, Paideia). Ambos espejos son el contraste perfecto del filósofo-rey. El PHILOSOPHOS BASILEUS de Platón La historia de las ideas se nutre de grandes ideales, de sistemas de leyes (naturales, morales o políticas) que, como decía Nietzsche, tienden a redondear el mundo; filosofemas y elevados conceptos elaborados por la propia filosofía en su vanidoso y peculiar metabolismo. Así ha sucedido con la isonomía, la justicia y hasta la misma democracia, surgida más que como forma ideal, como fórmula de contingencia o solución de compromiso, fruto testarudo del método de ensayo y eliminación de error. Las grandes palabras del discurso platónico, el Bien, la República y el filósofo-rey, también han sido fruto de una cocción lenta, más propia del "léxico del racionalismo ilustrado" que de los Diálogos. Por eso, una comprensión correcta del método de las suertes, de la ley del ostracismo y de la norma de la mediocridad, debe acotar el verdadero alcance de esos ideales, esas prisca verba del acervo clásico que a estas alturas, más que facilitar, distorsionan nuestra lectura de la historia. file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (4 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 La ciudad ideal de Platón, basada en la Justicia, no aspira a procurar la felicidad de una clase particular de ciudadanos, sino la de toda la comunidad. Por esa razón el primer libro de la República plantea la cuestión de dilucidar la esencia de la Justicia, mientras que la tensa conversación del segundo libro entre Sócrates y Glaucon versa sobre la génesis, la necesidad y la legitimidad del Estado; resueltas ambas tareas, el libro sexto se explaya en el programa educativo y argumenta la necesidad de que la república esté gobernada por los filósofos: "A no ser que los filósofos reinen en las ciudades, o que los que ahora se tienen por reyes filosofen sincera y auténticamente, identificando filosofía y poder político y, de esta manera, se excluyan necesariamente tantos como hoy se encaminan por separado a la filosofía y a la política, no habrá tregua para los males de la ciudad, ni tampoco, según creo, para el género humano" (República, 473 d-e) Ahora bien, como los Estados y las formas de gobierno no nacen de una encina ni de una piedra (544d-e), sino de los caracteres y conductas de unos ciudadanos que no están hechos de la misma argamasa (mito de los metales, libro III, 414), es el alma humana la que determina tanto la división de la sociedad en clases como las distintas formas de gobierno. El Estado es un gran ciudadano, en ambos hay un nivel superior que corresponde al logos, a la racionalidad y a la prudencia. Este nivel es el propio de los gobernantes-filósofos, cuya misión es legislar la ciudad según la idea de Justicia, auténtico entramado de la arquitectura de la polis. Y el régimen más perfecto es por eso la aristocracia, gobierno en manos del filósofo rey que mantiene el equilibrio y armonía entre las clases. Los demás regímenes son tan sólo episodios de la inevitable decadencia que amenaza a los asuntos humanos. Así la democracia, "que nace -arguye Platón- al vencer los pobres (...) y es un régimen en el que abunda la libertad de palabra", puede parecer el más bello de los gobiernos, pero la excesiva libertad fomenta el imperio de las pasiones, convirtiendo la ciudad en sodoma de la corrupción moral y en campo abonado para la irrupción de la tiranía (557c, 562c). Platón pone el gobierno de la república en manos del filósofo-rey, modelo acabado de sabiduría, justicia, templanza y demás virtudes (500c), y declara a la ciudad que tiene la dicha de ser gobernada por un tal rey, la más feliz y virtuosa (428e-429a, y Político, 292e). También la conversación de las Leyes entre el viejo ateniense y Clinias reproduce los trazos del príncipe-legislador: atemperado y prudente, grande y valeroso, magnánimo y esclarecido. Numerosos pasajes platónicos exponen la tesis del filósofo-rey, pero acaso el más conocido y sincero se halla en la célebre Carta VII, donde el fundador de la Academia confiesa las causas que le disuadieron de su inicial vocación política atrayéndolo a la filosofía: el régimen de los treinta tiranos, que "en poco tiempo hicieron parecer de oro el antiguo régimen" (Carta VII, 324d), la increíble e injusta condena de su maestro Sócrates y, en general, la corrupción general de las leyes y las costumbres (Carta VII, 325d) enfriaron su entusiasmo inicial por la política, aunque nunca pudo renunciar del todo a su más caro ideal: la organización de la perfecta república, gobernada por el filósofo rey para implantar la justicia: file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (5 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 "...Y al final llegué a comprender que todos los Estados actuales están mal gobernados; pues su legislación casi no tiene remedio sin una reforma extraordinaria unida a felices circunstancias. Entonces me sentí obligado a reconocer, en alabanza de la filosofía verdadera, que sólo a partir de ella es posible distinguir lo que es justo, tanto en el terreno de la vida pública como en la privada. Por ello, no cesarán los males del género humano hasta que ocupen el poder los filósofos puros y auténticos o bien los que ejercen el poder en las ciudades lleguen a ser filósofos verdaderos, gracias a un especial favor divino" (Carta VII, 326a-b). Los textos de la República y la Carta VII exponen los vectores que modulan el proyecto político de Platón: en primer lugar, la amarga denuncia de que todas las repúblicas estaban, a la sazón, mal gobernadas, sus leyes corrompidas y el género humano precipitado sin remedio ni tregua a su degeneración; después, el objetivo de todo gobierno, que consiste en propiciar la felicidad -pública y privada- de sus ciudadanos; y por último, la propuesta positiva: hay que unir la política y la filosofía, hay que implantar el gobierno de los más sabios y poner el Estado en manos del filósofo-rey que, buen conocedor de la Justicia, sabrá remediar la degeneración política y realizar la función del gobernante: presidir la ciudad justa. El filósofo-rey aparece ornado por un glosario de las virtudes cardinales: la prudencia (phrónesis) propia del alma racional y, por tanto, consubstancial a los gobernantes; el valor (andreia), esencia del alma irascible propia de los soldados; la moderación (sophrosyne) propia de los artesanos; la sabiduría (sophía) genuina de los filósofos como conocedores de lo justo, lo bello, lo bueno y lo verdadero; y por encima de todas, presidiendo el alma y el ergon del gobernante, la suprema virtud política de la justicia. Para conseguir este florilegio de virtud el alma del filósofo habrá de ser educada en la aritmética y la geometría, la astronomía, la armonía y, por último, la dialéctica, meta de la inteligibilidad sólo alcanzable cuando se contempla la idea del Bien; sólo en ese estadio supremo está el filósofo en condiciones de gobernar el Estado. El evergetismo es una doctrina de la filosofía política que ensalza al buen rey, destacando la función del monarca padre y bienhechor que trata a sus súbditos con amor. El rey evergeta (eu-ergon: buena función) es el padre bondadoso, pastor solícito de la grey que gobierna y atiende con sus dones regios. Pero la tradición del evergetismo, que es una consecuencia lógica de la tesis que postula el origen divino del poder, ha destacado en exceso el epíteto bueno en detrimento de la función, es decir, de la utilidad. El filósofo-rey sí reune este binomio conceptual cuando Platón proclama que "Si hay alguien a quien le sea lícito mentir, éste sólo puede ser el que gobierna la república, que podrá engañar a sus enemigos o a sus conciudadanos en beneficio de la comunidad, pero ningún otro está autorizado a hacerlo". El ideal platónico del bien va unido al beneficio de la comunidad, hasta exceptuar sólo al rey del respeto a la verdad. Sólo el filósofo-rey, evergeta por antonomasia, puede mentir para la utilidad de la república. file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (6 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 El más caro sueño de Platón, el filósofo-rey, ha tenido una singular fortuna en la historia de la filosofía política. El proyecto platónico ha seducido, inquietado, satisfecho e irritado, ha suscitado entusiastas adhesiones y generado fuertes resistencias, ha levantado muchas suspicacias y, sobre todo, ha producido innumerables glaucones incrédulos. Reacciones contrapuestas que se deben tanto a la constante búsqueda de formas políticas por parte del ser humano como al magnetismo de la propia teoría. Veamos sucintamente, entre esas respuestas, la enconada denuncia de Popper, y la más ponderada lectura que el profesor Lledó hace de la tesis platónica. La denuncia formulada en La sociedad abierta y sus enemigos, entre los cuales Platón ocupa un lugar de honor, consiste precisamente en desenmascarar qué hay detrás de tantos y tan altos ideales, a saber, de qué estaba hablando Platón cuando hablaba del Bien, la Justicia y la Verdad. La crítica de Popper es una denuncia radical del historicismo, la peligrosa tesis de que la historia, como la física, responde a unas leyes determinadas que condicionan su rumbo, y que por tanto este acontecer es previsible y orientable: el pesimismo historicista habría conducido a Platón a la determinación de frenar la historia. Entonces, la función por antonomasia del filósofo-rey es la de legislar desde el conocimiento del Bien, que es el sol divino del mundo de las Ideas y fuente de toda verdad. Pero siendo el Bien platónico todo aquello que "preserva", y el mal todo aquello que corrompe y degenera, el Bien político será el estado inalterable y quieto de las cosas: razón por la cual el Bien, antes que bello o verdadero, tiene que ser "útil". El bien (agathón) de la ideología aristocrática tiene una evidente dimensión utilitaria según la cual está bien y es bueno lo que redunda en beneficio de la comunidad. Asimismo la Justicia, viniendo a parar en una legitimación psicológica de la división social en clases y el mantenimiento de la esclavitud, aparece como la expresión más lograda del racismo, la sirvienta del estado totalitario. Popper también acusa a Platón de traicionar a Sócrates, de violar el intelectualismo moral subordinando el amor a la verdad al principio de la utilidad: el filósofo, que conoce la verdad, queda legitimado para usarla y administrarla, es decir, para mentir, según convenga al interés de la república. El Bien común del Estado, que consiste en preservar a la república en su ser y en su ser-gobernada por el filósofo-rey, legitima por sí mismo la acción de gobierno; y en nombre de la utilidad, el filósofo que ama la verdad resta autorizado a emplear el escorzo de la mentira para conseguir el fin, que no es el Bien en el Estado, sino el bien de la preservación del Estado. Las grandes Ideas del Bien, la Justicia y la Verdad restan postradas a pies de la utilidad, del mismo modo que el filósofo-rey resta legitimado, en aras de la superior utilidad del Estado, a gobernar administrando el mal, la injusticia y la mentira en beneficio de la comunidad. Popper concluye tachando la tesis del filósofo rey de "monumento a la pequeñez humana", denunciando que tras la soberanía del rey filósofo se oculta el deseo de poder, y reivindicando el argumento con el que Kant desveló en su Proyecto de paz perpetua la paradoja de la tesis platónica: "No es probable que los reyes se conviertan en filósofos o los filósofos en reyes ni tampoco hemos de desearlo, porque la posesión del poder afecta invariablemente el libre file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (7 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 juicio de la razón". El profesor Lledó sostiene (La memoria del logos) una tesis bastante más ecuánime y razonada. No es que la República sea una autobiografía inconfesable del instinto de poder que embargaba el ánimo de Platón, ni tampoco que éste propugnase un Estado quieto y detenido, pesimista ante el rumbo de todo acontecer histórico: es que "la constitución de una polis, libre de generación y corrupción, inconmovible e indestructible ... era la obra más importante con que la Grecia del siglo IV estaba enfrentada". La propuesta platónica no responde a ningún interés personal, teniendo en cuenta que mas bien podía ser objeto de burla: ya por entonces la palabra "filósofo" tenía connotaciones negativas; el filósofo era un personaje un tanto ridículo, despistado y siempre expuesto a caerse en el pozo, grotesco hasta buscar refugio en su idiotez, y que hasta "desconoce el camino que conduce al ágora" (Teeteto, 173c). Si la etimología presenta al político como antípoda del idiota recluído en el solo interés de su vida privada, cuando Platón expone la tesis del filósofo-rey no sólo expone: "se expone" a la mofa e incredulidad en su intento de rescatar al filósofo de la vida privada otorgándole todo el protagonismo político. El filósofo, pese a su aparente idiotez, es el más apto para gobernar la cosa pública. La esencia del filósofo es el eros del saber, que le hace capaz de des-velar la verdad (aletheia) del ser, frente al proceder del sofista presto a suplantar la estabilidad del Eidos por el cambio y la corrupción de la Physis. El programa educativo de la República pretende cultivar las cualidades innatas en el filósofo, que es por naturaleza memorioso, noble y gentil, amigo de la verdad, la justicia, el valor y la mesura... toda la carga conceptual del libro VI de la República concluye en la tesis del compromiso: el de la obligación que tiene el prisionero huído de regresar a la caverna, el que tiene el filósofo de asumir la más alta función en la república, la función del gobierno, así explicada por Lledó: "Ni el desengaño que aparta de la vida pública, ni el cultivo íntimo y minoritario de la filosofía justifican la personalidad del filósofo. Su misión no es individual, sino colectiva ; el sentido de su tarea no lo da siquiera la contemplación solitaria de las esencias supremas, sino la participación de sus meditaciones y la renovación de la comunidad cuando ésta lo precise. El filósofo aparece aquí como un "salvador de lo colectivo" (497a). Lo sublime de su vida teórica radica, precisamente, en que la luz que viene del mundo ideal no queda encerrada en él mismo, sino que llega a través de él a la comunidad. La esencia del filósofo, que al principio se nos presentaba sólo como contempladora, se ha convertido aquí en salvadora. De ahí que tenga que ser "rey". La salvación de la comunidad no puede hacerse sino a través de una constitución política, y a la salvación en común se llega por el camino del poder" (E.Lledó: La memoria del logos, p.193) Un símil tradicional parangona el Estado a una nave y el gobernante al capitán o timonel que rige su rumbo. La República cita esta similitud, pese a los defectos inherentes a la naturaleza filosófica. El filósofo tiene el deber de "politizarse" hasta hacerse cargo del gobierno público, file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (8 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 aunque por su innata ridícula torpeza no esté para controversias democráticas en las cuales lleva las de perder. De regreso a la caverna, tropezará a causa de su ceguera; y al mando del timón de la nave de la república, no es precisamente un argos con cien ojos ni un gerión de tres cabezas para llevarla a buen puerto... la vuelta del filósofo a la polis democrática le hace aparentar "un poco sordo y otro tanto corto de vista" (488b). Empero, la inutilidad del filósofo es más aparente que real: la penumbra de una caverna en democracia y su resistencia a no dejarse llevar por las opiniones de los mortales realzan la figura grotesca de quien ha contemplado el Bien. Bajo la máscara, late el anhelo del eros que impulsa al filósofo-rey en pos del ser, del saber... y del poder. El rey, νοµοξ εµψυχοξ "Si bene rem publicam et ex utilitate omnium rexeris". La teoría política en el helenismo griego y romano estuvo imbuida de estoicismo, cuya filosofía parece ser consubstancial a la forma de gobierno monárquica. En efecto, la resignación estoica ante las tribulaciones de la vida, la aceptación doliente y resignada del "orden" natural de las cosas y los hechos responde, en primer lugar, a la idea de que existe un orden cósmico trasladable a la esfera de la actividad política: el sabio estoico toma conciencia de este orden, propugna su respeto y se somete a él deliberadamente porque en esa sumisión consiste la libertad. El ejercicio de la autoridad regia es la expresión social de esa filosofía estoica que ve al monarca como un dios entre los hombres, partícipe de la divinidad que gobierna el cosmos. Epicteto condensa esta actitud estoica que coincide con la felicidad del sabio en el magistral Pensamiento XIV: No pretendas que las cosas sucedan como tú quieres que sucedan: desea que sucedan tal como suceden, y siempre serás feliz. En el helenismo, al abrigo de la filosofía estoica, se produjo también un hecho de enorme dimensión; una vez que la polis dejó de ser el marco de referencia válido para la participación política, se dio una transferencia de autoridad de la ley (único soberano de la polis griega) al rey, que vino a ser naturalmente considerado ley encarnada, ley animada (νοµοξ εµψυχοξ) y parlante, de la misma forma que la ley era juzgada un monarca mudo. El florilegio de lisonjas, encomios y panegíricos de emperador que salpican la época, tanto griega como romana, tienen por punto de partida el origen divino del poder que encarna el monarca. El rey no obra sólo como partícipe de la divinidad: el rey es dios y evergeta, a saber, protector y benefactor de la comunidad estoica de sus súbditos, cuya legitimidad asentó Horacio en la sentencia: "Rex eris si recte facies" (Epist, 1,1,59). El adverbio "recte" exige una conducta acorde con la virtud estoica, mas también una práctica de gobierno regida por la prudencia y por la norma superior de la utilidad del Estado. Entre los más conspicuos diseñadores-apologetas de reyes y emperadores cabe citar a Cicerón, a Séneca, el Enquiridión de Epicteto y los Pensamientos del emperador Marco Aurelio, empeñados en hallar la esencia del saber regio, la basilikè episteme, la ciencia de file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (9 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 gobernar. El orador de Arpino, en especial, elaboró una doctrina que es la síntesis del pensamiento helenístico (estoicismo, academia y peripatéticos), hecha por un espíritu ecléctico. Sus obras glosan la exaltación del poder monárquico (Leyes, 3, 15-16) y las cualidades del príncipe ideal, ciudadano por excelencia, entregado al servicio del Estado, y que encarna la propia ley identificada como la recta razón emanada de los dioses (Leyes, I, 18. 23. 33. 42). Pero las Leyes de Cicerón contienen un pasaje memorable, que es la expresión del isomorfismo rey = ley animada: la prosopopeya que caracteriza al rey como una ley animada y parlante, y a la propia ley como un magistrado mudo. Ya Jenofonte había atribuido a Ciro el juicio de que "para los hombres el buen soberano era una ley con ojos, que se basta para imponer el orden, ver quien es indisciplinado y castigarlo" (Ciropedia, VIII, 1, 22). Pero el auténtico origen de esta doble prosopopeya de la ley animada (principem legem esse loquentem), muy cultivada en la Edad Media y el Renacimiento, corresponde a Cicerón, para quien el soberano es no ya una ley con ojos, sino una ley que habla: "Marco.- Ya véis, pues, que la esencia de la magistratura está en el gobernar y disponer órdenes rectas, útiles y conformes a las leyes. Del mismo modo que las leyes gobiernan a los magistrados, así el magistrado gobierna al pueblo, y puede decirse en verdad que el magistrado es la ley que habla, y la ley el magistrado mudo" (Leyes, III, 1, 2) Los panegiristas imperiales siguieron la doctrina y hasta la terminología ciceroniana. Entre todos hicieron la apología de la Basilikè epistéme puesta más al servicio de la ideología imperial que al análisis descriptivo de una realidad histórica: al mismo paso que el imperio romano expandía su poder, los consejeros políticos desechaban cualquier veleidad crítica y la literatura política se recluía en la vía estrecha del encomio. Baste recordar al propio Séneca consejero de Nerón, a Musonio de Vespasiano, o la vasta producción de Plutarco. Sin embargo, es necesario destacar un testimonio del año 100, que representa fielmente este género encomiástico: el Panegírico de Trajano, donde Plinio el Joven erige al emperador de origen hispano (98-117) en modelo del perfecto monarca estoico, para que los buenos príncipes reconociesen lo que habían hecho, y los malos lo que deberían haber hecho. El panegirista loa a un emperador escogido por la providencia divina tanto como por el fervor humano, que desde el comienzo de su gobierno gozó el cognomen "optimus" (SPQR optimus princeps), y cuya innata moderatio le permitió ejercer el poder con la solicitud de un padre, gobernar hombres libres y no esclavos, ser el basileus evergeta antípoda del tirano y administrar la república según las instrucciones del Senado que lo coronó cual Júpiter humano. Trajano encarna la basilikè epistéme del príncipe estoico: el gobierno del mejor (princeps optimus) en beneficio de la mayoría. Su autoridad, espejo de la auctoritas y la gravitas que definían la forma de vida romana, era garantía calma de la libertas y la securitas del imperio, y fomentaba en sus súbditos espontáneamente el amor, como un buen padre en sus hijos, a saber, como un rey evergeta y bienhechor. Así llevó Trajano a Roma a su máxima expansión territorial y a la cima de su poder. file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (10 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 Plinio afirma que no está el príncipe sobre las leyes, sino al contrario: leges super principem idemque Caesari consuli quod ceteris non licet (LXV, 1); y establece una identidad entre el emperador y la ley que no entraña conflicto, ni libera al imperator de la autoridad de las leyes ni lo exime de su cumplimiento: para los súbditos, someterse al emperador es someterse a la ley. Roma era la Caput mundi, y hoy aún muestra orgullosa los 40 metros de esplendor de la Columna de Trajano, inaugurada el año 113 para servir poco después de mausoleo a sus cenizas y las de su mujer, Plotina. La tradición cristiana relata un pange lingua milagroso: exhumado el cadáver, la intacta lengua cantó la salida del infierno, la salvación del único pagano al que la Iglesia de Roma había concedido la gloria. Plinio ensalza en Trajano al emperador estoico por excelencia y por virtud; porque su proceder en el gobierno de la urbs y de sí mismo se ajustaba a la mentada máxima de Epicteto: "Tu enim foelicitatis est posse quantum velis, sic magnitudinis velle quantum possi. Que quiere decir que el más alto grado de felicidad consiste en poder lo que se quiere; y el de grandeza, en querer lo que se puede". Así se plantea abiertamente un problema que impregna la reflexión filosófica y jurídica sobre el poder: la relación entre la ley y el rey. Heródoto reconocía una genealogía común a la ley y al rey: a saber, la necesidad de encontrar un capitán para conducir los ejércitos y una persona de provecto juicio para dirimir controversias habría impulsado a las gentes a nombrar un rey. Pero el helenismo romano columbra ya nuevos horizontes de reflexión. No había corte de emperador que no tuviera su estoico o su pedagogo heleno. Porque para educadores, ya estaban los griegos. Roma pensaba en el poder; en el poder y en el derecho, es decir, en la administración de la ley. El ius romano, exacto y transcrito, substituye al logos sutil e idealista de los griegos (Touchard, Historia de las ideas políticas, p.66). Por eso la contribución más destacada del pensamiento latino no se halla en la pedagogía regia, sino en la ingente tarea de recopilación llevada a cabo por el emperador Justiniano, que se plasmó en el Corpus iuris civilis. El axioma de Caracalla: Princeps legibus solutus "Si libet, licet. an nescis te imperatorem esse et leges dare, non accipere?" Hay dos episodios clásicos que refuerzan la perversa tesis del tirano exento de la ley porque él mismo es la ley, y ésta emana a cada instante de su soberana voluntad. Ambos episodios corresponden a sendos incestos regios, y abonan idéntica conclusión: el rey puede hacer lo que le plazca sin jamás violar la ley, porque él es la ley. En el primer caso, Heródoto relata así la incestuosa intención del rey persa Cambises II, quien pretendía casarse con su hermana Atosa: "Se había prendado de una de sus hermanas, así que, con el propósito de casarse con ella, convocó a los llamados jueces reales y les preguntó si existía alguna ley que permitiese, a quien lo deseara, contraer matrimonio con una hermana suya (...) Pues bien, ante la pregunta de Cambises, le dieron una file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (11 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 respuesta justa y, a la vez, prudente: le dijeron que no acertaban a encontrar ninguna ley que permitiera a un hermano contraer matrimonio con su hermana; pero que, no obstante, habían encontrado otra ley, según la cual al rey de los persas le estaba permitido hacer lo que quisiera" (Heródoto, Historia, III, 31). El segundo episodio se refiere a Caracalla (emperador tan sanguinario como piadoso, que creó un tesorro particular, la Res privata principis, extendió con fines recaudatorios el derecho civil a todos los territorios del imperio y otorgó el derecho de ciudadanía romana a todos sus habitantes por la Constitutio Antoniniana del año 212), relatado en estos términos: "Hay que saber de qué modo se dice que esposó a su madrastra Julia. Conque, siendo ésta bellísima y habiéndole enseñado casi por descuido una gran parte de su cuerpo, como Caracalla exclamase: "Querría poseerte, si fuera lícito", dícese que ella le respondió: "Si te gusta, lícito es. ¿O no sabes que tú eres el emperador, y que haces las leyes, y no las recibes?" Oído lo cual, desatósele un ansia incontenible de llevar a cabo su plan y celebró aquellas nupcias, porque, sabiendo que era él quien daba las leyes, en verdad sólo él podría prohibirlo. Así, tomó por mujer a la madre (no se le podía llamar con otro nombre), y al parricidio añadió el incesto, si de verdad esposó a aquélla a cuyo hijo había matado hacía poco." (Scriptores Historiae Augustae, Caracalla, X, 1-4). Julia Domna, la ambiciosa, culta y bella madrastra del emperador, le enseña como por descuido su desnudez; y como el hijo mostrase su deseo de lo prohibido, la mujer le exhorta sin escrúpulos: Si libet, licet. an nescis te imperatorem esse et leges dare, non accipere? A saber, la licitud o ilicitud de una acción tan sólo depende del deseo del legislador, al no haber más ley que el dictado de su voluntad. La madrastra de Caracalla (¿acaso olvidas que tú eres el emperador y que te corresponde dar las leyes, y no recibirlas?) estaba formulando algo más que un dictum provocativo para conseguir su propósito libidinoso: acababa de condensar (casi también per negligentiam) la más sibilina síntesis del proceder tiránico, que condensa la quintaesencia de la tiranía, a saber, el libre albedrío del monarca determina la ley. Es la ley. Si libet, licet quiere decir que el objeto del deseo del gobernante es indiferente, porque lo que importa es el solo deseo. Si te agrada, es lícito, significa que la voluntad del gobernante determina la ley y se erige en criterio único de legitimidad. Tras la época de los encomios y los panegíricos imperiales, la más formidable aportación de Roma a la filosofía política pertenece al ámbito del Derecho. El emperador bizantino Justiniano llevó a cabo en el siglo VI la ingente tarea de recopilar la dispersa tradición legislativa y ordenarla en un corpus coherente, el Código Justinianeo, resumen de la jurisprudencia romana que fue el origen inmediato del Corpus iuris civilis, formado a su vez por cuatro partes: el Digesto o Pandectas, el Codex de Justiniano, las Institutiones y las file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (12 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 Novelas. La sentencia "Princeps legibus solutus est" (el príncipe no está obligado a las leyes) aparece compilada al menos en dos pasajes del Corpus Juris Civilis: en el Digesto, I, III, 31, y en las Instituciones, I, II, 6, de Ulpiano (el célebre jurisconsulto romano del siglo III de quien se decía que su opinión era ley): "Todo lo que quiere el príncipe tiene fuerza de ley, pues por la ley regia que se promulgó, el pueblo le concedió a él y por él todo su imperio y potestad". Esta sentencia hunde su raíz más literal en el dictum Si libet, licet, y constituye un principio del acervo romano que servirá de fundamento al absolutismo moderno. El Derecho y la filosofía política constituyen ámbitos diferentes, pero ambos refuerzan el vigor de la tesis Si libet, licet, que el Corpus iuris civilis sintetizó en la expresión Princeps legibus solutus y que, con el discurrir de los siglos, se mostró perversa y capaz de legitimar cualquier gobierno tiránico. Sin embargo, es preciso reconocer que no todas las sentencias del Corpus Iuris Civilis tienen la contundencia de los decretos de Ulpiano, ni todas absuelven al príncipe del cumplimiento de la ley. También en el derecho romano se abría paso, lentamente, la tesis de la superioridad de la ley sobre el rey, por ejemplo, en la recomendación del emperador Alejandro a Antígono: "...porque si bien las leyes del imperio eximen al Emperador de las formalidades del derecho, no obstante, nada hay mas propio del emperador que el vivir según las leyes" (Cf. Código, VI, XXIII, ley III). El retrato del príncipe cristiano En el siglo V, San Agustín modelaba su retrato de príncipe cristiano sobre la dicotomía ciudad de Dios / ciudad terrena. La necesidad de gobernar el imperio según las leyes que emanan de la Ciudad de Dios, y la virtud de saber gobernarse a sí mismo antes que al reino de los hombres, son los dos pinceles que el Obispo de Hipona utiliza para el retrato regio. Así, es juzgado feliz el emperador cristiano cuando gobierna justamente, sometiendo su poder a la majestad de Dios y amando el reino de Dios más que el gobierno humano; éste debe responder a la aplicación consecuente de la moral cristiana, y el bienestar material tiene que subordinarse a la esperanza de la felicidad eterna (La ciudad de Dios, V, 24). El filósofo rey se ha transformado en emperador cristiano, pero manteniendo la idea platónica de justicia y trasladándola a la esencia misma del Estado medieval, para demostrar que no puede haber estado al margen de la justicia. Es ésta una virtud de origen divino, mientras que las leyes, de hecho, están siempre presentes en cualquier asociación humana, hasta entre los salteadores de caminos. El de Tagaste, tras aseverar que un reino sin justicia es una banda de ladrones a gran escala, de la que sólo lo diferencia la "impunidad lograda", aduce el sorprendente episodio ciceroniano de Alejandro y el pirata, quien, tras ser preguntado por el discípulo de Aristóteles: ¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?, espetó sin asomo de duda: Lo mismo que a tí el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador (La file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (13 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 ciudad de Dios, IV, 4, en referencia al relato de Cicerón, De república, III, 14, 24). Más adelante, el Obispo de Hipona concluye por parecidas razones que, a juzgar por las tesis de Escipión en la República de Cicerón, nunca existió el llamado "Estado romano", ya que dicho Estado nunca fue la "empresa del pueblo"; la ausencia de justicia hurtaba todo fundamento de legitimidad, como atestigua el célebre axioma "ubi iustitia non est, non esse rem publicam" (La ciudad de Dios, XIX, 21, 1). El apogeo de la Edad Media propició el florecimiento de la espejos de príncipes, que subrayaban las virtudes cardinales del gobernante (justicia, prudencia, templanza, sabiduría, misericordia), cimentando un modelo de rey evergeta, rex sanctus y bondadoso "consagrado" por Dios como ejecutor de la doctrina cristiana. Un rey taumaturgo capaz hasta de hacer el milagro de frenar el señorío feudal, y práctico hasta no dudar en utilizar las armas que la Iglesia forjaba, poniéndolas al servicio de la monarquía temporal. En pleno siglo XII, el escolástico Juan de Salisbury realizó, en el Polycraticus, el primer intento de análisis sistemático de la filosofía del poder. A partir de la visión ciceroniana de la comunidad política como res-publica y de la premisa biologista que hace del Estado un organismo vivo, cuya cabeza es el príncipe, el corazón el Senado y el alma la religión, Salisbury propugna una organización del Estado a remedo de la Iglesia, por ser el buen gobierno del mundo y la salvación de las almas las metas supremas de la empresa humana. El Polycraticus es un buen testigo del agustinismo político, esa teoría medieval que propugna la síntesis de los dos poderes, la conjunción de sendas espadas, espiritual y temporal, en una sola: el poder espiritual goza de superioridad sobre el temporal, y ambas espadas pertenecen por derecho a la Iglesia, que otorga a los príncipes, como instrumentos de la providencia, el poder político (Hunc ergo gladium de manu Ecclesiae accipit princeps). Vindica también el poder de deposición, apoyándose en la sentencia del Digesto: "Quien puede legítimamente dar, puede legítimamente quitar". Por lo demás, la nítida distinción moral que hay entre el rey y el tirano lleva al autor a propugnar el tiranicidio mucho antes de que el jesuíta español Juan de Mariana sostuviese este argumento en el De rege. Negando el axioma Princeps legibus solutus, el rey se somete y obedece a la ley, a la cual debe su legitimidad; con la ley gobierna y sirve al pueblo, y por eso debe ser el mejor conocedor de las leyes (rex illiteratus est quasi asinus coronatus). Por contra, el tirano ha usurpado un poder que ejerce de manera ilegítima, convierte en ley los caprichos de su voluntad según el comodín moral Si libet, licet, que plasma en la práctica y justifica la lex regia: Quod principi placuit legis vigorem habet. El tirano no tiene más interés que su particular provecho, y sólo por eso el tiranicidio queda justificado: "quien usurpa la espada merece morir por la espada". Hasta Cicerón lo entendió así en De Officiis: "no solamente no está prohibido matar a un tirano, sino que es conforme a la justicia y al derecho el hacerlo". Las divergentes fuerzas feudales no disuadieron al autor inglés de su ideal de una sociedad universal regida por un poder común de origen divino, que es moralmente legítimo porque actúa para lograr el bien común. El Polycraticus apareció en medio de la controversia entre la file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (14 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 Santa Sede y el Imperio sobre las Investiduras, pero el autor plantea la reflexión política en un plano que trasciende la contingencia histórica del marco feudal, a partir de las bases doctrinales heredadas de Cicerón, san Pablo y san Agustín. La Monarquía de sto. Tomás, más conocida por De regimine principum, fue escrita hacia 1266 con un propósito didáctico: ofrecer "un libro para el rey sobre la monarquía, exponiendo el origen de la misma y los deberes propios de un rey, de acuerdo con los dictados de la Sagrada Escritura, los principios de los filósofos y los ejemplos de los príncipes famosos". El Aquinate formuló los principios generales del buen gobierno, que algunos historiadores han definido como una "democracia coronada por una teocracia", extrayendo de Aristóteles y Cicerón la visión del hombre como animal político y el esquema clásico de las formas de gobierno; de san Pablo, el genético axioma de Carta a los romanos, "Omnis potestas a Deo" (todo poder emana de Dios); y de san Agustín, la dimensión personal del hombre como sujeto moral responsable de su propia felicidad. El reino es la comunidad perfecta, autosuficiente y consumada, cuando está presidido por la paz, que es su orden característico; la polis aristotélica ha sido superada por la idea agustiniana de la universalidad, es decir, por el Estado, entidad natural y divina procedente de Dios, que tiene dos funciones primordiales: una material, proporcionar al ciudadano los medios para la vida, y otra ética, que consiste en instaurar un sistema de leyes que permita a los ciudadanos vivir conforme al bien. El bien común es la razón de ser del Estado, pero la felicidad personal, alcanzable en la vida eterna, sólo incumbe a cada ser humano, que es libre por naturaleza y responsable único de su propia salvación. A partir del triple esquema aristotélico de las formas de gobierno, el Aquinate opta por la monarquía ("rex a regendo, recte faciendo"), por ser la forma de gobierno más acorde con la naturaleza y equiparable al de Dios; es decir, la monarquía es el gobierno de uno solo según virtud, cuyas solas manos aglutinan el poder total del Estado y representan a toda la comunidad. ¡Ay de los gobernantes que buscan su propio beneficio!, impreca el autor contra el tirano, juzgado acreedor del máximo castigo, como gobernante que se olvida del bien común y solo atiende a su provecho particular: para defenderse del tirano, se proponen medidas como el acierto en la elección del rey, el control de su poder y, en último término, la paciencia; porque siempre es preferible soportar una tiranía moderada a atentar contra ella. Sólo si la tiranía es excesiva puede el tirano ser destituido mediante una acción emanada de la autoridad pública, y nunca por empresa particular. Pero pretender ver en la Monarquía una justificación del tiranicido, como la contenida en De rege et regis institutione del padre Mariana, o en la Vindicación contra tiranos de Junius Brutus, es falsificar su lectura. En resumen, el De regno es una firme propuesta para construir la paz en un Estado gobernado por un rey justo, donde los ciudadanos puedan vivir a salvo de enemigos interiores y exteriores, laborando su propia felicidad. El príncipe humanista file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (15 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 "Nescit regnare qui nescit simulare" El príncipe civil del Quattrocento El humanismo civil italiano condensó el ideal del príncipe en una pedagogía integral, a partir de la fórmula ciceroniana del princeps optimus, primus inter pares, y del rex litteratus plasmado en la Institutio oratoria de Quintiliano. En realidad, Platón era considerado el teórico del Estado racional y verdadero educador del género humano, y la República, culmen de la reflexión filosófica sobre el Estado y el gobernante. Sobre estas bases Italia realizó la síntesis de los nuevos ideales cívicos, y produjo a partir de Petrarca (De officio et virtutibus imperatoriis liber) los frutos más generosos de la paideia regia. Protagonista del siglo XV, Marsilio Ficino vinculó en el marco de la Academia de Caregii el gobierno florentino de los Médicis a la inevitabilidad de la renovación platónica, abriendo la senda humanista a la reflexión política de la época. También Uberto Decembrio (De re publica, 1422) Eneas Silvio Piccolomini en la corte del emperador de Alemania (De educatione liberorum, 1450), Bartolomeo Platina (Tractatus de vero principe) y Francesco Patrizi de Siena (De regno et regis institutione, 1484) acometieron la tarea de educar al príncipe en una nueva concepción mundana y laica de la virtus, orientando la acción de gobierno en pos de la construcción de una sociedad más racional. Pero destaca sobre todos Leon Battista Alberti, imagen total del éxito renacentista, gran conversador y espléndido atleta, humanista pragmático presto a intervenir en todos los órdenes del saber para transformar la realidad social de su tiempo. Alberti unió las artes plásticas a la pura racionalidad geométrica y participó en la reflexión político-moral con su tratado De la iciarquía, de 1470. Este diálogo italiano en tres libros es un glosario humanista de sabiduría moral y civil: el primer libro atiende a la moral privada individual, el segundo a la conducta social del ciudadano, y el tercero a la vida política; los tres versan sobre los males y remedios de la república, el amor a las leyes, la virtud civil, la dignidad y libertad del ciudadano, y el arte del buen gobierno. El príncipe es el "sumo magistrado", cuya autoridad propicia la virtud de los ciudadanos para incremento de la libertad pública, y cuyo ergon consiste en salvaguardar la dignidad y el sosiego urbanos; el amor voluntario a la ley aparece como el vínculo más sólido de la convivencia. Expone Alberti con brillantez los principios de la moral política, para concluir que el príncipe ideal, el "iciarca", no debe dominar como el tirano por el temor ni la fuerza, sino gobernar a los suyos con amor de padre, porque el Estado, cual una familia, responde a un fin utilitario: el interés común genera la unión necesaria, y el recto gobierno es expresión de la dignidad suprema del hombre. La Iciarquía republicana, escrita en la corte de Lorenzo de Médicis pocos meses antes de la muerte del autor, está dominada por el ideal de la "masserizia", versión humanista del mesotes aristotélico y guía inteligente de vidas y destinos según los cánones del equilibrio y la armonía fiados en la razón humana, y es por eso la obra que mejor file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (16 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 representa el ideal de virtud civil del Humanismo, basada -como la vida entera del autor- en la simbiosis pedagógica de teoría y práctica, en la fusión de vida privada y vida pública, del ámbito político y el moral. El ideal albertiano de la iciarquía condensa en la república la sinergía de las tesis estéticas del renacimiento y los principios morales del humanismo que, en armonía con las leyes de la naturaleza (summa e divina legge dei mortali), producen el recto gobierno de la razón. En resumen, la paideia humanista del príncipe se explayó en cuatro vectores: a) una educación integral, es decir, política, espiritual y física, según la conocida fórmula de Juvenal Mens sana in corpore sano, de la que el mismo Alberti era singular ejemplo; b) el aprendizaje de las artes liberales (trivium y quadrivium) y de la historia, llamada por Piccolomini mensajera de la antigüedad (testis temporum, lux veritatis, magistra vitae); c) la entronización de las virtudes sociales, por ser las de mayor utilidad para el ciudadano; y d) la excelencia del príncipe, cuyo título de legitimidad viene otorgado por la virtud, la prudencia, la magnanimidad y el saber. El príncipe humanista de Erasmo y Budé La pedagogía política de los siglos XV y XVI está imbuida de humanismo. Es verdad que Maquiavelo truncó la monotonía e imprimió una orientación radicalmente nueva a la imagen del príncipe, pero su obra levantó en un primer momento una auténtica cruzada en su contra, mientras que la asunción de sus postulados fue más lenta y ardua. La pedagogía regia del Cinquecento se inauguró con Baltasar Castiglione (Il cortegiano, 1514. Paradigma de la aristocracia intelectual, verdadera apología del filósofo que se viste el disfraz de cortesano para tornar razonables e ilustrados a los poderosos) y tuvo luego en el humanismo de Erasmo y de Budé sus dos bastiones más firmes. Erasmo escribió en 1516 la Institutio principis christiani para la educación de Carlos V, aunque por gratitud la dedicara a Carlos de Austria, tejiendo esta corona para la testa del príncipe: según la tesis humanista de que la educación forja y deviene una segunda naturaleza en los hombres, la educación regia se cimenta en los studia humanitatis, en la sabiduría moral y en la Philosophia Christi, alimentando las virtudes de la sabiduría, la justicia, la moderación, la previsión y el celo del bien público. Es menester que el príncipe "mantenga sus mejores afectos para con Cristo, que se embeba de sus enseñanzas sistematizadas por manera cómoda y directamente extraídas de sus propias fuentes". El príncipe erasmiano remeda al ideal platónico del filósofo-rey, porque "los vocablos son distintos, pero en la realidad son sinónimos". El resultado palpable de este esmerado proceso pedagógico es un príncipe ideal, speculum refulgente de sabiduría (Tu vida está a la vista de todos: no puedes esconderte; necesariamente debes ser bueno con gran bien de todos, o debes ser malo con daño general... el príncipe bueno, como elegantemente dijo Plutarco, es en cierta manera un retrato vivo de Dios), de prudencia y humanidad, de magnanimidad y templanza. El autor recupera los epítetos de Pólux, preceptor del emperador Cómodo, para su príncipe cristiano: padre, manso, magnánimo, suave, equitativo, próbido, humano, desdeñoso del dinero, exento de file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (17 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 pasiones, señor de sí mismo, razonable, circunspecto y sobrio, juicioso, perspicaz, justo y firme, con autoridad, conservador, benéfico, constante... y dotado de apariencia divina. Éste es el diseño erasmiano del príncipe perfecto, claramente opuesto a la crueldad del tirano que no admite más ley que su caprichosa voluntad. La redacción de El príncipe antecedió en cinco años la Institutio de Erasmo, pero éste desconocía la obra del Florentino; a pesar de lo cual esbozó una sosegada refutación a priori de las tesis más peculiares de lo que ha dado en llamarse "maquiavelismo portátil": no debe el príncipe faltar a la palabra dada, ni basar su poder en el temor de los súbditos, ni estar siempre presto a la simulación, ni hacer de la religiosidad una simple ficción espiritual, ni debe someter la norma moral al fin último de la conservación del poder... la fina pluma humanista desgrana estos postulados de la racionalidad cristiana, desde la propia convicción alejada de los libelos furibundos que salpicaron el siglo XVI contra El príncipe de Maquiavelo, y sus tesis responden al ideal de la Philosophia Christi: un idealismo político que subordina el ejercicio del poder al cumplimiento de las doctrinas esenciales del cristianismo: el irenismo que preconiza la paz entre soberanos, el evangelismo que ordena la concordia universal, la entrega del príncipe al bien público y la función de gobernar según los principios codificados en la razón humana. Guillaume Budé, gran père del humanismo francés, fue cortesano de Francisco I (Verbi certa fides, ut mundo augustior esset, Principe francisco nobilitata fuit), a quien dedicó en 1519 su Educación del príncipe. Gran conocedor de la lengua griega y la jurisprudencia romana, el autor diseña el modelo perfecto del príncipe humanista en los trazos de este "espejo" fundado en la Biblia, en la filosofía política de Aristóteles y Cicerón, en los relatos históricos de Heródoto, Lucano y Plinio, en los apotegmas de Plutarco y en Tito Livio. El resultado es la figura de un príncipe sabio que ostenta un poder absoluto e indivisible, no compartido con el pueblo ni la nobleza, pero basado en las buenas leyes, fruto de la razón y la virtud. El príncipe humanista cimenta su arte político en la peana de su vigor físico e intelectual: superioridad física y moral que legitima su dominio sobre los súbditos a los que gobierna. El grabado de Durero, Procesión triunfal de Maximiliano I, es una alegoría perfecta del príncipe del Renacimiento donde el artista resume el glosario de virtudes que acompañan al príncipe cristiano: el emperador surge rodeado de cuatro jóvenes sedentes que simbolizan las cuatro virtudes cardinales (justicia, templanza, fortaleza, prudencia), sobre un carro guiado por la Ratio, asistida de la nobilitas y la potentia, y sostenido en las ruedas de la magnificencia, el honor, la dignidad y la gloria. Una guirnalda corona la testa del victorioso emperador, semper augustus et semper invictus, semejante al mismo Dios en los términos usados en la Institutio de Erasmo: "A cujus unius virtute publica pendeat felicitas : & hanc admoneat esse vere principis imaginem". Erasmo y Budé se han erigido en paladines del ideal humanista del príncipe cristiano, sólidamente arraigado en la tradición clásica, frente al crudo realismo político atribuido a file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (18 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 Maquiavelo, que diseña un príncipe para una república pensando en cómo los hombres son, no en como deberían ser. La sentencia de la historia ha caído sobre ellos de manera asaz contradictoria, pues la obra del Florentino tuvo que sufrir las más furibundas condenas, antes de acabar entrando e imponiéndose en los gabinetes de los príncipes y en las cortes ilustradas de las monarquías absolutas; los anti-maquiavelos no sepultaron la voz ni las máximas del florentino, quien sutilmente continúa inspirando la práctica política del poder. ¿Quién piensa hoy al príncipe en términos de virtud cristiana? ¿Quién cita hoy a Erasmo?. Pero ¿quién no ha oído apelar, en el discurso político de cada día, a la inexorable y maquiavélica razón de estado? El príncipe útil: virtú contra fortuna El perenne debate de la superioridad política entre las armas y las letras, o entre el príncipe armígero y el príncipe ilustrado, así como la disputa afín entre la virtud (de la prudencia) y la fortuna, adquirieron un nuevo sesgo en el siglo XVI, a partir de las tesis del capítulo XXV de El príncipe. Maquiavelo sentenció la supremacía de las armas sobre las letras en interés de la república, y dejó en empate la incidencia de la fortuna y la previsión de la prudencia en el curso de la vida humana, debiendo ser ambas favorables al príncipe que quiera preservar el Estado; y sobre todo Maquiavelo afirmó la eficacia del principio político según el cual la simulación y la doblez son condición necesaria para la práctica de gobierno, en la expresión Nescit regnare qui nescit simulare, sometiendo ostensiblemente la ley moral al criterio de la utilidad política. Pero el Retrato del verdadero gobierno del príncipe (1552) de Lucio Paolo Rosello y, sobre todo, el Diálogo del príncipe perfecto y la república ideal (1562) de Giovanni Maria Memmo reabrieron el debate entre armas y letras con nuevos argumentos. Rosello diseña su príncipeespejo sobre el modelo del gran Cosme de Médicis, a cuyo primogénito Francisco está dedicado este diálogo, que escenifica la más formidable representación de la disputa entre el poder de las armas y el de las letras, al fin saldada en favor de aquéllas. Dos personajes de la obra se erigen en paladines de sendas tesis : Muzio y el propio Dux. El primero defiende la superioridad educativa de las letras por tres motivos: a) la doctrina conviene al príncipe más que a los particulares; b) el gobernante perfecto ha de poseer las virtudes regias (sabiduría, justicia, modestia); y c) las riquezas debidas a la fortuna son inestables y volátiles, conque no acompañan a quien más las merece, mientras que las letras, más sólidas y edificantes, "no subyacen a los juegos de la fortuna". Ni siquiera la guerra con su sarta de calamidades puede despojar a alguien de virtud, cosa que sí logra la carencia de letras. Así lo atestiguan los ejemplos históricos de Antístenes y Arístipo, quien, preguntado sobre cuáles eran los más sólidos tesoros que se podían legar a los hijos, contestó: "decid a los atenienses que otorguen a sus hijos riquezas tales que puedan salir a flote con ellos en un naufragio". Un pseudodiscurso del Dux Cosme incide en la superioridad "militar" de las letras sobre las armas, con estas razones: a) las letras son bienes del espíritu, mientras que las armas lo son de la fortuna; b) la verdadera felicidad consiste en la vida teorética, y por eso los file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (19 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 sabios mandan lo que los soldados ejecutan; c) las armas son intrínsecamente perversas, porque precipitan al hombre a la guerra; y d) tras todo gran capitán hay, en realidad, un gran historiador, detrás de cada arma mortífera hay una pluma apologética y, falta ésta, el poder de las armas se desvanece como el humo. Pero al final del diálogo el dux Cosme se encarga de mostrar la excelencia de las armas, en un discurso de exquisita construcción dialéctica divisible en cuatro puntos. El primero, de orden moral, pinta las armas como fundamento de fortaleza, magnanimidad y de justicia legítima, "nodriza viva de toda virtud". El segundo argumento remeda la tesis socrática de que "la ciencia de la virtud no es virtud", porque una cosa es conocer en qué consiste la justicia, y otra distinta ser justo, siendo esto a todas luces más excelente que lo primero; las letras deliberan, las armas ejecutan: luego las armas superan a las letras en eficacia. Es cierto que Tulio prefirió la toga a las armas, pero si Roma no hubiera tenido el poder militar que sometió al mundo, los argumentos del Arpinate habrían sido ineficaces. La tercera tesis parangona al príncipe con Dios: si todo poder emana de Aquél de quien el príncipe es imagen y lugarteniente, hay que convenir que Dios no gobierna al mundo con su sabiduría, sino con su poder, lo cual refuerza la primacía teológica de las armas sobre las letras. El discurso concluye así, apostando por la utilidad: "teniendo respeto por lo útil, razonablemente preferiremos las armas a las letras", porque las repúblicas no se defienden ni engrandecen con gruesos tratados de jurisprudencia ni con sistemas filosóficos, sino -como reconocía Maquiavelo- con buenas armas. En aras de la verdadera utilidad, en aras del interés público, es preciso afirmar la supremacía de las armas. El Diálogo del príncipe perfecto...(1562) de G. Maria Memmo contiene todas las posturas y todos los vectores contradictorios de la época en torno a la paideia humanista del príncipe. En tres sucesivas tertulias, diez personajes históricos hablan, concuerdan, discrepan y se denuedan en el diseño del príncipe ideal (primer libro), tomando por modelo al emperador Carlos V; el segundo libro construye la ciudad ideal sobre el trasfondo de la serenísima república, y el tercero delinea el perfil ideal del ciudadano republicano. El príncipe ideal de Memmo es el gobernante humanista, síntesis de los postulados de Erasmo y las tesis realistas de Maquiavelo. Las virtudes que ornan la corona regia son la religión, la magnanimidad, la liberalidad, la fortaleza, la humanidad, la justicia, la prudencia y el arte militar, propias de su noble estirpe y de su regia educación. Pero la aportación más sorprendente no es esta reiteración humanista de virtudes que poco añaden al speculum regio, sino la espléndida apología del oficio de mercader que Grimani hace en la tercera jornada del Diálogo. El oficio de mercader, esa bestia negra de la República de Platón, ese mercachifle trampantojo expulsado de todas las ciudades ideales, en tantas ocasiones sprezzato e tenuto vile, el mercader había sido siempre visto con extremada suspicacia: ladino e imprevisible, poco de fiar y dado al engaño, ¿quien iba a ensalzar las cualidades mercantiles? Esa es la tarea aquí asumida con el máximo riesgo: resaltar las ventajas que la actividad mercantil aporta a la república para exorcizar la condena histórica, destacar las cualidades naturales de su actividad para así redimir al mercader: file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (20 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 Et questo diceva -Grimani alude a su ilustre abuelo Antonio- esser il proprio ufficio del vero mercatante, essere universale, pratico e diligenti in tutti i negotii e maneggi di qualunque sorte. Et questi tali erano piu utili al mondo, e alle città e republiche, e alle case private di ogni altra sorte di huomini: facendo con le fatiche et industrie loro ricche le case private, et le città et le republiche con lo accrescer e dare infinita utilità a i datii e gabbelle che pagano delle merci condotte da loro nelle città et fuora di quelle. I quali datii sono i nervi e fondamenti delle città e republiche... (Memmo, Diálogo del príncipe perfecto y la república ideal, libro III) Si además Grimani aporta el dato histórico de que su abuelo, de origen mercader, había llegado a almirante de la mar para terminar como dux de la serenísima, pocas dudas pueden ya quedar sobre la dignidad de la práctica mercantil. El mercader es testimonio de la vida activa y su presencia en la ciudad es una tríaca contra el ocio, pues ninguna otra actividad supone como la suya la obligación de vivir en permanente alerta. El mercader se erige en vencedor de la fortuna; su oficio no atiende a la regularidad de la naturaleza, como el del agricultor, ni a la constancia e industria propias del artesano: el mercader depende de la variabilidad de la fortuna, de la imprevisión de los asuntos, de las duras leyes de un mercado incipiente, de la voluntad ajena. Por eso no hay mejor modelo regio que el príncipe-mercader: quien ha librado con éxito la lid de sus negocios privados, ha demostrado poseer las mejores cualidades para gestionar la república. El mercader veneciano realiza la transmutación de los valores clásicos, porque encarna el triunfo de la vida activa sobre la contemplativa. Su prosperidad es la mejor garantía de estabilidad política. Pero el mercader que irrumpe en la corte no llega en balde ni con las alforjas vacías: trae consigo una nueva forma de gobernar y unos nuevos modos que ya no se compadecen con el discurso de las virtudes tradicionales. La otrora magnificencia o liberalidad del rey se piensan ya en términos de utilidad, de universalidad y de eficacia unidas a un talante ecléctico que permite sortear los vaivenes de la fortuna. El príncipe-mercader instaura en la corte un esbozo de profesionalización, una mercantilización de la actividad política, un nuevo ergon definidor del gobernante moderno que, extrañamente, aún hoy no hemos acabado de entender. Aún hoy perviven ideas anacrónicas que no pueden entender la política como profesión. El mercader entroniza en el gabinete regio la legitimación del dinero y del afán de lucro, el reconocimiento de que la prosperidad privada no empece, antes bien contribuye al bienestar común. La utilidad suplanta a la virtud y el príncipe-espejo se dispone a ceder su lugar al nuevo modelo de gobernante, al príncipe-artesano, al artifex presto a administrar, cual un solícito y experto mercader, la empresa de la república. El modelo de príncipe cristiano del jesuíta español Pedro de Ribadeneyra (Tratado de la religión y virtudes del príncipe cristiano, 1595) se yergue, desde la tradición casuística de los jesuitas españoles, como la más sólida teorización de la tesis maquiavélica de la simulación en aras de la utilidad. Junto al calabrés Campanella, Ribadeneyra usa la expresión "razón de file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (21 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 estado cristiana" para legitimar las razones políticas del príncipe movido por el ideal ecuménico del Fiat de san Juan: un solo rebaño presidido por un solo pastor (Fiat unum ovile et unus pastor, Juan, 10, 16). Pero la denuncia de la norma maquiavélica de la doblez regia resulta más que dudosa en el Tratado: "La suma de todo lo que enseña Maquiavelo acerca de la simulación y virtudes fingidas del príncipe se cifra en formar y hacer un perfetísimo hipócrita, que diga uno y haga otro, y que sea como un monstruo, compuesto de varias figuras; que parezca oveja y sea lobo, con el rostro de hombre y el corazón de vulpeja (...) y remede la voz del hombre para engañarle, y le despedace y trague, y después llore como el cocodrilo; y por defuera parezca blanco, y dentro tenga la carne dura y negra, como el cisne; y sea como las manzanas de la tierra de Sodoma, hermosas y coloreadas a la vista, y en tocándolas se deshagan en humo y ceniza (...) y como si el Señor de todo lo criado fuese un dios de piedra o palo que ni sabe ni ve, ni remunera el bien o mal que se hace; así le enseña que tome la máscara de religión, de piedad, de justicia y de las otras virtudes fingidas, y sacrifique nuestra santísima religión a su codicia y ambición y deseo de conservación de su estado... Empero, no es mentira sino prudencia el disimular muchas cosas y pasar el príncipe por ellas y hacer que no las ve... ni menos es mentira recatarse el príncipe y mirar bien lo que cree y a quien cree, por haber tan pocos de quien fiarse, y tan gran falta es no creer a nadie como creer a todos. Asimesmo no es mentira, cuando la necesidad o utilidad grande lo pide, decir algunas palabras verdaderas en un sentido, aunque el que las oye, por ser equívocas, las podrá tomar en uno diferente (...) así desta simulación y ficción artificiosa se debe usar solamente cuando lo pide la necesidad, y que sea poca la cantidad y con su dosis y tasa, y condicionada con las leyes de cristiandad y de prudencia" . La denuncia parece apuntar a la religión fingida del príncipe, es decir, a la subordinación de la moral a la política. Pero el adjetivo "cristiano" aplicado a la razón de estado asienta las condiciones de posibilidad en que al príncipe sí le es dado usar la simulación y la mentira: a saber, cuando así lo pidan la necesidad o la utilidad del Estado... cristiano. Al modo en que la escolástica intentó metabolizar la filosofía de Aristóteles para provecho del organismo de la cristiandad, Ribadeneyra parece intentar el bautismo de Maquiavelo, acaso convencido de que el Florentino había exprimido ya completamente la razón política. Inexorablemente, el mensaje de Maquiavelo se iba abriendo paso. Bridas para el rey: los monarcómacos Reciben el nombre de monarcómacos un ramillete de pensadores franceses de credo hugonote, que tras la matanza de protestantes de la Noche de San Bartolomé (24 de agosto, file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (22 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 1572) ordenada por Carlos IX, vieron en la doctrina de Maquiavelo y en su brazo ejecutor Catalina de Médicis, que había importado a Francia la "forma de gobernar a la florentina", los factores responsables de la masacre. La respuesta no se hizo esperar: un espléndido florilegio de tratados políticos traspasados por una obsesión común: había que embridar al rey. Para prevenir los desmanes del monarca y evitar el riesgo de la tiranía era preciso señalarle límites al gobierno real; había que refundar la legitimidad de la monarquía sobre bases firmes y sólidas: el poder emana de Dios, la soberanía reside en el pueblo y la ley está por encima del rey. A partir del 1600, el escritor escocés W. Barclay (De regno et regali potestate adversus Buchananum, Brutum, Boucherium et reliquos monarchomachos) y Ralph Giesey (The monarchomach triumvirs: Hotman, Beza and Mornay) inventaron el término "monarcómacos" (lucha contra el monarca), referido a unos pensadores unidos por el propósito de tejer la condiciones de legitimidad del poder del rey, entre los que destacan Jean de Coras (Question politique, 1570), François Hotman (Francogallia, 1573), Thèodore de Bèze (Du droit des magistrats, 1574), Innocent Gentillet (Anti-Machiavel, 1576), Hubert Languet (Vindicación contra tiranos, 1579, aparecida bajo el pseudónimo de Étienne Junius Brutus) y Simon Goulart (Memoires de l'Estat de France). Sus tratados contienen una sistematización sólidamente argumentada del derecho a la insurrección contra el tirano, formulada desde la Francia protestante. La Vindicación contra tiranos, cuya primera edición latina apareció en 1579 con el título Vindiciae contra Tyrannos sive De Principis in populum populique in Principem legitima potestate, seguida en 1581 por la traducción francesa De la puissance légitime du Prince sur le peuple et du peuple sur le Prince, es un retrato regio que responde a esta coyuntura histórica, y pretende sujetar al rey con la brida de las leyes, arguyendo que la "transferencia de imperio" que el pueblo hizo al rey tiene un carácter condicional y no absoluto; que no siempre la ley coincide con la voluntad del rey ni es ley todo lo que al rey agrada, y que el rey está siempre por debajo de la ley, sometido a ella. Ésta es la espina dorsal que vertebra el esqueleto de la Vindicación: el firme supuesto de que el rey está sometido al imperio de la ley, y en ningún caso absuelto de su cumplimiento, razón por la cual accede a la majestad debiendo declarar desde el primer momento "qu'il est Prince lié aux loix". La historia sagrada y la profana y la jurisprudencia romana son, en todo caso, las fuentes donde los monarcómacos beben el agua de su argumentación ejemplar: la ley es anterior al rey, está por encima del rey, y éste sólo se legitima en la medida en que se somete a aquélla. La ley es alma del buen rey, al cual da movimiento, sentido y vida; el monarca habla, vive y respira "animado" por la ley, que tiene una procedencia divina: "Car puis que la loy est comme l'instrument donné de Dieu pour bien gouverner & mener à heureuse fin la societé des hommes" (Vindicación, p.136). Es la ley un instrumento de origen divino, un don de Dios para el buen gobierno de los hombres. Los monarcómacos comparten esta visión teogénica de la ley, la cual no se agota, sin embargo, en su origen, porque "la loy est la raison & sagesse de plusieurs sages, recueillie en peu de mots... la loy est une raison ou intelligence deliure de tout file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (23 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 trouble, non suiette à s'esmouvoir par cholere, ambition, haine, ou acception de personnes" (Vindicación, p.137). La ley, en su origen, es divina o natural; pero en su determinación práctica es resultado de la razón y prudencia de muchos sabios, inteligencia libre de toda turbación, no sujeta al arrebato de la cólera, la ambición, el odio o el favoritismo (y no tan indiferente como la regla lesbia, que se doblaba a conveniencia). La Vindicación enuncia la tesis que sitúa la ley como línea de demarcación entre el rey y el tirano. Aristóteles había dado un tajo profundo entre ambos, señalando una linde precisa: el tirano es un monarca que se olvida del bien público y atiende a su provecho particular. Contra la inveterada fórmula Princeps legibus solutus est, los monarcómacos hacen una nítida distinción: es rey quien se somete a la ley, y tirano quien no tiene más ley que su propio capricho. Bèze resuelve el problema en estos términos: "Car pour certain c'est une parolle tres-fausse, et non point d'un loial subject à son Prince mais de un detestable flatteur, de dire que les souverains ne sont astreints à nulles loix. Car au contraire, il n'y en a pas une par laquelle il ne doive et soit tenu de reigler son gouvernement, puis qu'il a juré d'estre le mainteneur et protecteur de toutes. Et pourtant ceste belle sentence de l'Empereur Marc Aurele doit estre plustost retenue, assavoir que c'est une parolle digne de Prince de monstrer et confesser ouvertement qu'il est astreint aux loix (...) celui qui fait les loix, doit aussi obtemperer aux loix, et qu'il n'y a rien plus propre à l'Empire que de vivre selon les loix; et que c'est une parolle digne de Prince, de confesser qu'on est obligé aux loix" (Du droit des magistrats, p.21). El jesuíta español Juan de Mariana fue más radical que nadie en su intento de argumentar la resistencia armada frente al tirano. El yugo de la ley unce la la cerviz del príncipe porque éste es "espejo" ejemplar: "sepa el príncipe que las sacrosantas leyes en que descansa el bienestar público serán sólo estables si las sanciona él mismo con su ejemplo... en las leyes está contenido lo que es lícito y justo, y el que las viola se aparta de la justicia y la rectitud, cosa que a nadie está permitida, y mucho menos al rey, cuya misión es administrar justicia...". (La dignidad real y la educación del rey, IX: Princeps non est solutus legibus, p.107). Pero no sólo la ley: la propia comunidad política es anterior y está por encima del rey, en cuanto autora de las propias leyes. Por esa razón Junius Brutus reivindica que "el cuerpo del pueblo", es decir, el pueblo representado en sus magistrados (éforos o pares, asamblea o parlamento) está siempre por encima del rey. Mariana juzgaba la observancia de la ley como el criterio preciso de demarcación entre el monarca y el tirano, y veía en su incumplimiento la más sólida razón para justificar el tiranicidio, vindicando la antigua sentencia del De officiis de Cicerón: "Honestum est tyrannum necare". El sometimiento a la ley no menoscaba un ápice la majestad real, porque la función más digna del monarca consiste precisamente en ser file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (24 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 guardián y defensor de las leyes. La Vindicación rechaza explícitamente las tesis del sofista Trasímaco, juzgándolas perversas y contrarias a la propia la naturaleza; este provocador de la República de Platón, para el cual "el provecho y el placer de los príncipes es la regla y la definición de toda ley" (Vindicación, p.141), no resiste el menor análisis, y el autor concluye que "el derecho limita el provecho de los príncipes, y las leyes reprimen sus placeres" (Vindicación, p.141). La enseñanza de la historia muestra que han sido reyes quienes se han sometido a esta norma, y tiranos quienes no la han tenido en cuenta; razón por la cual "no hay nada que exima a los reyes de la obediencia que le deben a la ley, a la cual deben reconocer como su dueña y ama"(Vindicación, p.136). Como el agrimensor que maneja la toesa, como el piloto que se guía por la aguja y la carta marina, así la ley para el rey: norma y razón de su conducta. Pero hay más; el autor de la Vindicación, que había definido la ley como: "l'ame du bon Roy, elle luy donne mouvement, sentiment & vie", concluye que es preferible obedecer a la ley antes que al rey, así como es harto más sensato obedecer al alma antes que al cuerpo. De ahí el rechazo al unísono del discurso de Trasímaco y de la detestable sentencia de Julia Domna, que Goulart recoge en estos términos: "lors que le provocant à commettre inceste avec elle, par son sein qu'elle lui monstroit descouvert, il lui dit: Ie le voudrois s'il estoit licite. Il t'est licite (ditelle) s'il te plaist, ne scais-tu pas que tu es Empereur, & que c'est à toi de donner la Loi, & non de la recevoir" (Memoires de l'Estat de France, t.III, p.323). La República de Bodin apareció en 1576, y aunque coincide con la reflexión política de los monarcómacos, trasciende de largo dicha coyuntura histórica. Los hugonotes veían en la perversa doctrina de Maquiavelo el veneno que emponzoñaba la vida política francesa, pero Bodin formaba parte del llamado partido de los politiques, que apostaron en favor del realismo del filósofo florentino, y tuvo el suficiente vigor intelectual para superar las vicisitudes de la época y construir, más allá de la fácil denuncia de El príncipe, la más sólida edificación del Estado moderno, por primera vez pensado como Estado de derecho. Bodin cimenta la monarquía moderna sobre el concepto de soberanía, entendida como "el poder absoluto y perpetuo de una república". La soberanía, como verdadera majestad, es absoluta, indivisible y no conoce límites: es el poder absoluto del príncipe sobre los súbditos. A su vez, la soberanía aparece formulada como solución al problema de la relación entre la ley y el rey, como respuesta al axioma Princeps, legibus solutus del código justinianeo, tan denostado por los hugonotes. El príncipe de Bodin está obligado a las leyes divinas y a las naturales, mas no al imperio de las civiles, porque no puede estar sometido a una ley quien tiene la potestad de hacerla y anularla, ya que nadie puede obligarse a sus propias leyes. El príncipe soberano, como todo ser humano, permanece vinculado a las leyes de Dios y la naturaleza; pero las civiles emanan de su soberanía y, en buena lógica, resta absuelto de su cumplimiento, aunque no puede hacer nada que sea "vituperable o injusto por naturaleza". La conclusión evidente es que "todos los príncipes se hallan sometidos a la ley divina y a la ley de la naturaleza", porque el derecho divino y natural marcan los límites al poder del soberano. El libro primero de La file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (25 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 République, tras infravalorar la importancia del conocido juramento de Aragón (el Justicia tomaba juramento al rey en estos términos: Nos qui valemos tanto come vos, y podemos mas que vos, vos elegimos Re con estas y estas conditiones entra vos y nos, un que mande mas que vos), establece las condiciones del poder absoluto: "Si nous disons que celuy a puissance absolue, qui n’est point suject aux loix, il ne se trouvera Prince au monde souverain: veu que tous les Princes de la terre sont sujets aux loix de Dieu, et de nature, et à plusieurs loix humaines communes à tous peuples (...) C’est pourquoy la loy dit, que le Prince est absous de la puissance des loix: et ce mot de loy emporte aussi en Latin le commandement de celuy qui a la souveraineté (...) Si donc le Prince souverain est exempt des loix de ses predecesseurs, beaucoup moins seroit-il tenu aux loix et ordonnances qu’il fait" (La République, livre premier, chapitre 8) El concepto de "razón de Estado" que empezaba a cobrar sentido en la filosofía política de la época halla su expresión más palpable en la sentencia bodiniana de que "Nada indispensable a la salvación del Estado -salus populi- puede aparecer como ignominioso", y es otro de los fundamentos del principio de soberanía. Aunque Bodin, en rigor, no llegó a utilizar la expresión "ratio status", sí elaboró la idea de una ratio gubernandi como expresión del utilitarismo político encaminado al logro del mayor interés común del Estado. Es obvio que Maquiavelo representa la fractura en la tradición de los espejos de príncipes y que, a partir de El príncipe, nada volvió a ser igual en la reflexión política. Sin embargo, la pedagogía regia tiene destellos de luz que con frecuencia se omiten o se eclipsan intencionadamente, sorprendentes puntos de encuentro que conectan teorías lejanas u opuestas. ¿Puede haber algo en común entre el filósofo rey y el príncipe, entre el idealismo platónico y el realismo de Maquiavelo? El dictum que encabeza este ensayo así lo permite entrever, aunque toda lectura de la República tienda a silenciarlo. Aristóteles, tras definir al hombre como animal político, para justificar el hecho empírico de la convivencia humana y legitimar la ciudad establece que "la utilidad común los une (a los hombres) en la medida en que a cada uno le impulsa la participación en el bienestar", y algo después argumenta la utilidad común como criterio de demarcación entre el tirano y el rey : "Tyrannus suam, rex subditorum utilitatem spectat" (Política, III, 1278b, 1279b). Sospechamos que este criterio de la utilidad común es la auténtica columna vertebral de la pedagogía política. Después, da igual que el rey se revista de sabiduría o de virtud, que sea armígero o letrado, que su forma de gobernar fomente el amor o el temor de los gobernados, que sitúe a mayor o menor altura el listón de legitimidad de la mentira, e incluso es indiferente que someta la moral a la política o que subordine la acción de gobierno a los principios morales. Esas disyuntivas son distintas melodías, variaciones para una ópera prima que responde al compás de la utilidad colectiva. El maquiavelismo hizo evidente lo que sus antecesores sólo insinuaban, que el príncipe puede y debe gobernar sobre el filo de la virtud sin vacilar saltarlo cuando las circunstancias lo aconsejen, y que la prudencia política convierte en legítima toda acción de gobierno necesaria; a saber, que en el ámbito de la práctica política es justo lo que es útil, lo que file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (26 of 27)09/06/2004 12:41:48 3 asegura la salud de la república. La Carta de Maquiavelo a Francesco Vettori desveló el secreto de su mensaje: dilucidar la esencia del Estado y velar las condiciones de posibilidad que aseguran su ser. La ética bien está para tiempos de bonanza colectiva; pero a fin de cuentas no deja de ser -Aristoteles dixituna rama de la política, y ésta versa sobre un bien de superior naturaleza; mas cuando se presenta la hora de la tribulación, cuando la república se juega su seguir siendo, entonces el príncipe debe prestar oídos sordos a los gritos de su conciencia moral y actuar en nombre de la utilidad del Estado. Entonces sí permanece la sentencia del Digesto "Princeps legibus solutus". Evelio moreno chumillas Doctor en filosofía file:///C|/Documents%20and%20Settings/Jordi/Mis%20documentos/demoment%20antic/evelio_moreno.htm (27 of 27)09/06/2004 12:41:48
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