Propiedad del subsuelo - Actividad Cultural del Banco de la República

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FIDEL PERILLA BARRETO
PROPIEDAD
DEL SUBSUELO
•••
TIPOGRAFIA
MINERVA
Este Libro fue Editado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República,Colombia
FIDEL PERILLA BARRETO
----
,
PROPIEDAD DEL SUBSUELO
TESIS PARA OPT AR AL DOCTORADO EN DERECHO Y
::
ClENC1ASPOUT1CAS
;:
BOOOTA - MCMX)X - T)POORAFIA MINeRVA
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eLa Facultad no aprueba ni desaprueba las opiniones emitidas en
las tesis; tales opiniones deben considerarse como propias de sus autores». (Acuerdo del Consejo Directivo de la Facultad, de 14 de
agosto de 1919).
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A la memoria de ml padre
Dn. Fidel Perilla Martínez
A mi madre y hermanos
A mi querido y distinguido pariente
Marco Tulia Perilla T.
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República de Colombia - Universidad Nacional - Facultad de Derecho y Ciencias Políticas
Rector de la Facultad,
DR. ANTONIO JOSÉ URIBE
Presidente de Tesis,
DR. PRÓSPERO MÁRQUEZ
Consejo de examinadores:
DR. ANTONIO JOSÉ URIBE
DR. MIGUEL ABADíA MÉNDEZ
DR. CARLOS BRAVO
Secretario de la Facultad,
DR. CLEMENTE MATIZ FERNÁNDEZ
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EXPLICACION NECESARIA
Deliberamente nos abstendremos de considerar en esta
monografía lo que al respecto establece nuestra legislación, por ser un punto ya estudiado y dilucidado admirablemente, no sólo por la prensa de la capital y del resto del pais, por las Cámaras Legislativas con motivo de
los proyectos de ley s()bre petróleos, por la Corte Suprema de justicia y el Consejo de Estado, sino también por
personalidades de indiscutible competencia y de serios conocimientos, como los doctores Olano, Felipe Santiago
Escobar y Vicente O/arte Camacho en célebres y recientes publicaciones, y por el mismo Poder Ejecutivo en su
importantisimo Decreto 1225 bis del 20 de junio del
presente ailo; Decreto que a más de ser un estudio completo y como el resumen de cuanto se ha dicho y escrito
sobre el particalar, fue una voz de alerta dada al patriotismo colombiano en hora de grave trascendencia para los
intereses más altos de la República.
En las anales de la Patria sin duda será contado con
el del Libertador de 1829, como uno de los monumentos juridicas de mayor interés e importancia que haria honor a su
autor, si este espiritu de indecisión y de inconstancia que
nos caracteriza, y que parece convertirse en endémico para
nuestros Gobiernos, no hubiese determinado su intempestiva suspensión, en momentos en que precisamente se haela indispensable que la acción oficial saliera a la defen'sa de la riqueza del pais contra las insaciables codicias,
no sólo de extranjeros, sino también de ciertas compaflias
nacionales, que no tit "en inconveniente en posponer a sus
intereses personales «;' !tereses que no siempre son derechos», como decia eL :.octor Dávila Flórez, las más altas
conveniencias del Estado.
Este acto que podría ser tachado de debilidad de parte
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-8de la actual administración, seria una de las cosas que
lamentariamos siempre como algo dañino y perjudicial
para el patriotismo, para la misma soberania, y como una
nota que desdiria en mucho de la seriedad y energia que
deben caracterizar y distinguir a toda autoridad en el
eejrcicio augusto de sus funciones gubernamentales, si tal
medida no se hubiese justificado por la reunión casi inmediata del Congreso Nacional, al que, por lo tanto, el
Poder Ejecutivo encargó y encomendó de hecho el delicadisimo problema del Decreto mencionado, para que
aquél le diera la solución más práctica, más acertada y
conveniente, sin perder un sólo instante de vista los legitimos derechos y primordiales intereses de la Nación,
particularmente en lo que mira a su integridad y soberania.
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PROPIEDAD DEL SUBSUELO
NOTA
PRELIMINAR
Los proyectos de ley sobre «minas de petróleo e hidrocarburos en general-, presentados a la consideración de
las Cámaras Legislativas, el Decreto Ejecutivo /225 (bis)
del 20 de junio de este aflo, que relflamenta la exploración de esas minas, y el peregrino Memorandum
de los
Estados Unidos sobre la misma materia, han dado origen a una cuestión trascendentalmente interesante, como
lo es la de la propiedad del subsuelo.
La circunstancia especialisima de ser poseedora la América Latina de inmensas riquezas subterrár¡eas, en su mayorfa vfrgenes e inexplotadas, y de primera necesidad para
la industria contemporânea, hare que el tópico de la propiedad del subsuelo sea asunto de seria preocupación no
sólo desde el punto de vista económico, sino también desde el politico, para todos los Gobiernos de las incipientes
nacionalidades de este continente.
Dichas riquezas, en efecto, han venido a constituir el
objeto predi/ecto de la insaciable codicia y de la perenne
tentación por parte de ciertos Estados poderosos y poco
escrupulosos del derecho ajeno, que en Sil ambición exagerada no descansan en buscar pretexhs· de toda clase
para conselfuir por la fuerza y la astucia lo que no han
podido ni quieren obtener por medios l!!/{ítimos y licitas,
creando asi waves dificultades a las naciones débiles, hasta el grado de poner en inminente peligro su soberania e
independencia territoriales. El vertiginoso movimientc comercial, los nuevos descubrimientos de !a ciencia, la reacción equilibradora que ha seguido a la hecatombe europea, son la causa de que hoy todo el orbe, especialmente
el europeo, se preocupe demasiado en hacerse a ciertos recursos y materias minerales de primera necesidad, como declamas antes, para dar nuevo y vigoroso impulso a sus em-
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presas paralizadas y casi muertas; reponer los descalabros económicos sufridos con la guerra; asegurarse su futuro progreso, su vida industrial y estabilidad nacional.
El subsuefo, plies, con sus inlllPnsas riquezas ha venido a ser hoy la meta, el punto de mira para II rehabilitación de las carcomidas nacionalidades del Viejo Mundo
y la esperanza más fecunda para el desarrollo y el adelan/a de los países americ/1IIos.
Ante este movimiento universal era natural que Colombía también, por medio de SIlS legisladores,
tratara de
s(¡[va[!uardiar SIlS intereses, SI/S ingentes riquezas naturales, dictando reglas y adoptando el sistema más apropiado para su exo{otación racional y prudente, lo mismo que
para mantenerlas a lino conveniente y respetable distancia de las codicias y no ocultos intentos de rapiña de
Estados imperialistas, como nuestro temible vecino, el Coloso del Norte.
Estas consideraciones fueron las que nos determinaron
a estudiar el asunto, y a elegirlo como tema de nuestra
tesis de grado.
Con ello creemos no sólo cumplir con una formalidad
reglamen/aria, sino rendir un tributo de gratitud intensa
a los fundadores de la Patria en el primer centenario de
la magn? Batalla de Boyacá " y más cuando el fin que
por medio de tan modesto tr.Ibajo nos proponemos
obtener, es el resumen de muchos esfuerzos y la síntesis de
muchos sacrificios.
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INTRODUCCION
Importanc.ia de la c.uestión
El asunto, como se ve, es de actualidad; reviste singular importancia; a su solución van vinculados alias intereses y aún la vida misma de los Estados. La propiedad
del subsuelo es una propiedad sui generis que mira por
una parte al interés privado y por otra al inlerés público; cae, pues, bajo la doble acción del Derecho Civil y el
Derecho Públtco. Bajo la acción del Derecho Civil, como
quiera que dicha propiedad puede enlrar a formar parte
del patrimonio indivídual de los asociados, y bajo la acción del Derecho Público, porque la naluraleza especial
de los productos minerales que se hallan en las capas
subterráneas del suelo, ha hecho que se les considere como
de absoluta y de primera necesidad para los intereses generales del Estado, productos que como son agotables, es
necesario que respeclo a ellos tome aquél medidas previsivas para su conservación y economia.
En lomo a este importante asunto se ha concentrado
la atención del pais entero, y no sin razón, por ser uno
de aquellos en que, a primera vista, parecen encontrarse
el interés público y privado, pudiendo dar ocasión, no pocas veces, a graves conflictos de carácter juridico. Por
tanto, bien merece que se le estudie con todo cuidado,
con toda atención y desde todos sus puntos de vista,
particularmente a la luz de los principios fundamentales
del derecho, que es lo que precisamente nos proponemos
exponer y desarrollar en es la monografía.
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CAPITULO I
Noción del subsuelo. - Minas. - Diversas clases
de bienes.
Generalmente
se da el nombre de subsuelo a la
capa geológica comprendida entre la superficie vegetal de la tierra y el centro de la misma. Es decir, el
espesor que se extiende desde donde termina la porción tcrrestre que los hombres suelen utilizar para la
agricultura y la construcción, indefinidamente, hacia
el dicho centro terráqueo.
El subsllclo no ofrece interés jurídico sino por razón de las minas o yacimientos de substancias, de
metales, piedras preciosas y corrientcs de agua que
se encuentran en él y que son úLiks para la industria. Por tanto, al hablar de la propiedad del subsuelo, debe entenderse que se trata de las minas y
no de otra cosa.
El subsuelo, pues, desde este punto de vista, puede ser objeto, como cualquier otro bien, de derechos,
y en particular del de propiedad.
En efecto, para que una cosa se mire como un
bien, o mejor, como susccptible de apropiación, es
necesario que llene tres requisitos indispensables:
Primero: que sea útil, porque lo que a los hombres inclina al apropiarse un objeto, es únicamente
la esperanza y el deseo de obtener de él una ventaja o un provecho. La propiedad es la facultad de
usar, de gozar y de disponer de una cosa; luego es
inconcebible que ella se ejercite sobre objetos inade-
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-14cuados para esas tres clases de operaciones, el u~;o,
el goce y la disposición;
Segundo: que consista en algo que no esté en cantidad ilimitada, o en otros términos, que sea agotable, que pueda consumirse por el uso, el goce y la
disposición que de ella se haga y cuya posesión lIue
consigo necesariamente la exclusión de cualquier otro
dueño; porque evidentemente no hay razón para apr:>piarse cosas que pueden ser útiles a todo el mundo
sin sufrir menoscabo, sin consumirse, y cuyo w;o
está siempre a discreción de cualquiera que intente
servirse de ellas, tales como la luz, el calor del sol,
el aire y el agua; y
Tercero: que se preste a una ocupación efectiva; la
ocupación es el modo originario para adquirir el d,)minio de cualquier cosa y por lo mismo para utilizaria, gozaria y disponer de ella; por consiguiente,
es necesario que de hecho sea posible respecto d ~I
objeto que se pretende apropiar, porque de nada se~viria que éste llenase las condiciones de los dos nllmeros anteriores, en lo que respecta a su utilidad y
a la limitación de su cantidad, si su aprehensión mé.terial o simbólica en que puede consistir la OCUPélción efectiva, no estuviese al alcance del poder del
hombre. «Una flor, dice Garriguet, que se encuentra
en lugar inaccesible, un tesoro oculto en las profurdidades del océano, un pájaro que vuela por las a;turas del espacio, son de derecho cosas susceptibles
de apropiación, pero no lo son de hecho: seria preciso alcanzarlos o capturarias". (I)
Pero no es a esta sola imposibilidad
física a la
que nos referimos; es también a la que resulta d~
las prohibiciones de la moral y de las leyes positivas. Hay, en efecto, muchas cosas que siendo suscep\1) GarrillUet, eLa Propiedad».
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- 15tibles de ocupación de hecho no lo son de derecho,
v. gr., las que están fuéra del comercio, las cosas
sagradas, la libertad y las que ya tienen dueño. Tal
era el sentido en que los romanos entendian la r.ropiedad, cuando con Bartolus la definian: <,-,'us perfec-
te disponendi de re co/porati, nisi lege prohibeatur;»
y es también en el que lo toman la mayor parte de
las legislaciones modernas y todos los tratadistas de
derecho. Así el Código de Napoleón, en su artículo
544, dice: "es el derecho de gozar y disponer de las
cosas del modo más absoluto, en todo lo que no esté
prohibido por las leyes o los reglamentos». El nuéstro, en su artículo 669, la define: "El dominio (que
se llama también propiedad), es el derecho real en
una cosa corporal, para gozar y disponer de ella arbitrariamente, no siendo contra la ley o contra el derecho ajeno».
El subsuelo con todas sus riquezas, desde el momento en que éstas son útiles para la industria, en que
existen en cantidades limitadas, y en que mediante su
explotación o sea mediante el trabajo humano, se
prestan a una ocupación efectiva, y aún de derecho
mientras tales actos no estén prohibidos por las leyes,
puede ser, como decíamos antes, objeto de derecho de
propiedad, y por lo mismo deben mirarse como cualquier otro bien de los que reglamenta y garantiza el
Código Civil.
Los bienes de que el hombre puede hacer uso, o
mejor, que puede apropiarse, son de varias clases;
corporales e incorporales, muebles e inmuebles, naturales e industriales.
Esta división es de gran importancia en lo que
toca a su adquisición, a su disposición y demás consecuencias juridicas. Por eso, respecto de cada una de
estas clases, las leyes adoptan disposiciones especiales:
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así en todos los Códigos vemos que hay reglas d-eterminadas para los bienes corporales, para los incorporales, para los muebles, para los inmuebles,así
como para los naturales e industriales, que no :)On
más que una especie en que se dividen los anteriores.
Para la apropiación, para la posesión de unos ex ¡girá la ley determinadas
formalidades; par ejemplo,
para los bienes corporales, muebles o inmuebles, la
tradición de ellos, la que, según el caso, consistiril o
bien en S:.I entrega material como en la venta de un
caballo; o bien mediente un acta simbólico como la
que consistiría en la entrega de las llaves de un almacén o de un granero que una persona vende,
dona o transfiere a otra; o bien en la inscripción
del correspondiente
título en la oficina de regis'ro,
si se trata de bienes inmuebles o fincas raíces. Para
la adquisición de otros señalará ciertos hechos sometidos también a condiciones determinadas, v. :~r.,
la sucesión por causa de muerte y la prescrición; y
por último, para el dominio de otros, la ocupac ón
que unida al trabajo constituye el modo originario y
por excelencia de toda adquisición, y en especial, de
los objetos que carecen de dueño, así como la acces:ón, lo es también, para los productos que tma
cosa dé o «de lo que" -como
dice nuestro Códgo
Civil-«se
junta a ella».
Todos estos bienes pueden ser naturales o ind JStriaJes o civiles. Naturales los que se producen 5in
el concurso del hombre, es decir, que da espon táneamente la naturaleza, v. gr., la caza, la pesca, lo
mismo que los productos o frutos de las plantas, de
los animales, etc.
Industriales, los que resultan de la industria y <leI
trabajo, v. gr., los vestidos, las casas y en fin cuanto
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-17 proceda de la actividad del hombre, sea física o intelectual: v. gr., los libros, la música, etc.
La tierra puede considerarse, o como un bien natural cuando está libre de todo cultivo, de cualquier
trasformación obtenida por la mano del hombre, v.
gr., las inmensas selvas vírgenes de nuestro territorio; o bien como un producto, cuando en ella se ha
incorporado el trabajo humano consistente en mejoras,
en cultiyo, plantaciones o construcciones.
Ahora bien: ¿ A cuál de estas clases de bienes pertenece el subsuelo, o mejor, las minas, y a qué reglas por tanto deben sujt.:tarse su adquisición, su exploración o explotación?
Desde luégo debemos decir que son bienes corporales, como quiera que todas
las sustancias en que consisten «tienen UIl ser reaL y
pueden ser percibidas por Los sentidos». (1) Son también inmuebles y así los consideran todos los Códi~
gas del mundo: el nuéstro, en su artículo 556, entre
tales bienes los incluye, como puede verse con su
lectura: «Inmuebles o fincas raices son las cosas que
no pueden trasportarse
de un lugar a otro; como
las tierras y minas, y las que adhieren permanentemente
a ellas como los edificios, los árboles»,
Son bienes naturales, por lo menos en cuanto respecta a su origen, pues que son productos espontáneos de la tierra i y bienes industriales una vez que
el hombre incorpora trabajo en ellos para su explotación o laboreo.
Entre los bienes inmuebles se encuentran algunos
que carecen de dueño determinado, tales como los
baldíos, que se llaman también res lluLlius,. otros cuyo
dominio se ha reservado expresamente
el Estado,
como los mares, ríos navegables, las plazas, calles y
edificios para sus oficinas. A los primeros se les lla(1) C. C. art. 653.
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ma bienes de la nación o bienes fiscales, que pertenecen originariamente
al Estado por el solo hecho
de encontrarse dentro de sus límites territoriales.
Nuestro Código Civil, en su articulo 675, dice: "Son
bienes de la Unión todas las tierras que estando situadas dentro de los limites territoriales careCfn de
otro duefio"; a los segundos se les llama tanbién
bienes de la Nación, pero de uso público po ~ poderse servir de ellos todos los habitantes.
Fuéra de estas dos clases, podemos concebir una
tercera, formada por el subsuelo con sus min IS, y
cuyo dominio se lo pueden disputar el Estado / los
par.iculares, dando asi origen al problema que nos
proponemos ventilar.
Lo natural seria que esta última clase de biem:s siguiera en todo las reglas que para los demás inmu:bles
estatuye el Código Civil, en lo que mira a su prtlpiedad, a su uso, goce, etc., y los asociados pudieran
libremente hacerse a ellos o por medio de la ocupación o de la accesión, o de cualquiera otro que, para
la adquisición del dominio, el derecho privado reconoce. Mas no sucede asi: la circunstancia
espedalísima de ser el subsuelo, con todas las substancias y
productos que de él hacen parte, la principal y más
preciosa riqueza con que el Estado cuenta para foIr.entar la industria nacional, su desarrollo, y aun para
la garantía y defensa de su soberanía y vida política, ha hecho que, en todo tiempo, aquél haya sido
objeto de una legislación particular, y de que, :onsecuencialmente, se le haya substraido y exceptuado
de las disposiciones o reglas comunes a los demás
objetos susceptibles de apropiación.
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CAPITULO II
Modos de adquisición del dominio. - Modos de
derecho civil. - Modos de derecho público.
Antes de entrar al estudio principal de e3ta monografia, nos ha parecido conveniente examinar brevemente
los diversos modos de adquiqr el dominio, no sólo de
derecho civil sino también de Derecho Público, principiando por algunos del primero.
Estos son cinco: La ocupación, que es el modo originario y principal de adquirir, y que consiste en la «aprehensión o apoderamiento de cosas que carecen de dueño, o bien porque no lo han teniùo jamás, o porque han
sido desocupadas o abanL~onadas con inter;ción de no
seguir con ellas-. (1)
Cuando la ocupación constituye el.único titulo de propiedad sobre un objeto, se dice que es natural j v. gr.,
el que tiene el que se apodera de la pesca, de la caza
o de cualquier otro bien que jamás ha tenido dueño.
Cuando ella en su duraciÓn está limitada al tiempo necesario, v. gr., para cosechar una siembra, se dice que es
de derecho de gentes; y cuando ella constituye un titulo
susceptible de transmisión por sucesión, donación, cte.,
entonces se denomina ocupación de derecho civil.
Para que la ocupación sea realmente un título que las
leyes puedan reconocer y garantizar, es necesario que
ella -como declamas-consista
en la aprehensión material del objeto, acompañada del ánimo expreso o tácito
de apropiarse, ánilTlO que puede presumirse por las labores o trabajos que en él se realicen o incorporen.
(I) Escriche.
".Diccionario de Legislaci6n
y Jurisprudencia
••
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-20La ocupación unida al trabajo es lo que individualiza
y concreta el derecho de propiedad que existe (n abstracto, y que no es lilás que una mera potencia; por lo
misml', d~be recaer subre una cosa determill.lda r conocida. Los beneficios realilados por la ocupación en el
orden jurídico, han sido siempre de alta trascendencia no
sólo para la e:;tabrliJad de la propiedad, sino tamhién
para la paz y tranquilidad social, as! como para el desarro:Jo y fumento de la industria y de la riqutza general •
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La accesión es el segundo modo del derecho :Jrivado
para adquirir la propiedad de las cosas.
El articulo 713 de nuestro Código Civil, la def ne diciendo que «es un modo de adquirir por el cual el dueño de una cosa pasa a serio de lo que ella pro juce o
de lo que se junta a ella-.
éste modo de adquirir se diferencia del anterior en que
supone la posesión o la propic dad de otro objeto princip.ll; de aqui que también se defina as!: «Modo de adqUirir una cusa por razón de otra que se posee•. (')
Más que un modo de adquirir, es la consecue:lcia de
un derecho, que autorila ni propietario de una co:;a mueble o inmueble a hacer suyo todo cuanto ella pruduce;
todù cuanto se le Junta por la mano del hombre o por
la naturaleza, o por cunsecuencia de ambas. De aqui,
pues, que algunos autores sostengan que es la cc ntinuación o extensión del derecho ùe propiedad que l,) integra y lo completa. Benthan decía: «La propiedad de una
cosa abarca todo lo que cuntiene y lo que puede producir-.
Las cosas en general aumentan o mejoran, o en virtud
de un principio o fuerza interna de las mismas, o en virtud de una fuerza o principio externo. Por razón del primero, el dueñu de ellas pasa a serIo de sus prot uctos o
(i} Escriche. D. de L. y J.
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- 21frutos: ase el dueño de un árbol lo será de los frutos o
madera que él produzca; pf\r razón del segundo, de la
fuerza externa, el propit'tario de aquellas mismas cosas
pasará a serlo de cUr!nto se les junte, ya por ohra de la
naturaleza o pnr obra del homhre, O de amhos a la vez,
y siempre que se verifique de manera inseparable, es decir, que la accesoria no pueda separarse
de la (¡tra sin
su perjuicio o daño.
La institución de la accesión responde II un dohle principio de justicia V de necesidad: a un principio de justicia, porque el dueño de Jas C'lsas dehe serlo tamhién
de los aumentos o mejoras que haya alcan ado
natural
o artificialmente, así como lo es que uno sea dueño de
lo que filhrir'a, v. gr. ciel libro cie que es lIut. r, de la pieza de música que componE'; responde
talllbiéll a otro
principio de neresidad y de utilidad que h3.ce que el interés menor ceda y se suhordine al interés mayor o más
importante.
Como puede suceder, y sucede muy frecuentemente,
que se presente duda acerca de cu:\l de d~s cosas que
se juntan es la principal y cuál la IIccesorii1, especialmente cuando cada una de ellas tiene existencia propia
y se unen para componer un solo todn, nos parer¿ oportuno insertar a continuación las reglas que trae Escriche
en su Diccionario Je Legislación
y jLlrisprudencia.
Son
las siguientes:
Primera regla. cCu~n:io unr! cosa no puede existir sin
la ntra, se mirMá como princiOéll aquella sin la cual la
segunda 110 podrA suhsisijr. Necese est ei rei cedi quod
sine illa esse non postest •. (Es necesilrio que ceda a
aquella crsa lo que l'in ella no puede existir).
Segunda regla. cCuando cada una de las cosas unidas
puede subsistir por separado, se considera entollCès accel'oria la que sirve pari! el uso o complemento
de la
otra. Principale est ob quod alterum est •. (Lo principal es
aquello por lo que ntra cosa tienen razón de ser). cSe
monta, v. gr., un1 pie In en oro p1ra hacer un anillo; la
piedra es lu principal y el oro lo acce~orio,
porque no
se ha unido la pieJra por el oro, sino al cuntrariu. cSem7
l
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- 22-
per enim, quod qœsumus quid cui cedat, illu specj'amus
quid cujus rei ornandœ causa adhibeantur ut accesio cedat principa/i>. (Siempre que tratamos de inquiri¡' qué
cosa accede a otra, examinamos cuál de las dos s'~ junta a la otra por razÓn de adorno, de modo que ar'arezca que accede a la principal).
Tercera regla. cCuando cada una de las cosas unidas
puede subsistir sin la otra, y la una no se ha hechc, más
para la otra, que la otra para ella, debe en tal caw tenerse por principal la que sobrepuja de mucho er volumen, y habiendo igualdad de volumen, la que fuese de
mayor precio>. 'Dum partes duorum dominorum ferrumi-
ne cohareht, hoe quum qaereretur utri eedant. Cassills dit
proportione rei aestimandum vel pro praetio cujusqu~ patis.' (Cuando los objetos de dos propietarios estul'ieren
soldados y se preguntare cual accede al otro, 2asio
dice, hay que tener en cuenta o se debe estimar la proporción de la cosa o el precio de cada una de sus partes-). (I)
Estas reglas el mismo autor las resume en la regh general que sigue: cCuando las cosas principales ac :esorias no están unidas entre si de manera que {ormtn un
sólo cuerpo, se reputan entonces accesorias las q Je se
hallan destinadas para servicio perpetuo de las otras, o
tienen tal dependencia de éstas que por separadas serran
inútiles, o no podrlan subsistir, v. gr., los caños, tubos,
tejas, ladrillos, etc.Ahora bien: de lo hasta aqui expuesto deducimoB que
quien por compra, venta donación o herencia y también
por ocupación adquiere el dominio de una cosa, adquiere, igualmente, el de sus accesorios;
cAquél que fizo la
véndida, dice la ley 28, trtulo 5.0, partida 5.a, debe entregar al otro la cosa que le vendió con todas las ,:osas
que pertenecen a ella o que le son adquiridas>. cE.ntregar debe el heredero, dice la Ley 37, tltulo 9.0, partida
(1) Es<:ri<:he, D. de L.y J.
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- 236.·, a aquel a quien fuese fecha la manda de la cosa que
el testador le ma1dó con todo lo que al que pertenece
a aqut:lla cosa mandada», y que cuando se extingue lo
principal, se extingue lo accesorio; por eso IllS romanos decían: «Cum prineipalis ea ¡sa non consistit, nec ea
q:1Ïdem qae sequuntur loeunt habet». (Cuando la causa
principal no eXiste, tampaco existirirán las cosas que le
siguen); y por Últim'1, que la accesión no se considera
respecto de lo principal sino en CUétntoaquella pueda
infiuÍr en el valor, precir), utiliJad de éste y en cuanto
sirva para el ad()rno y cultivo del primero.
Con lo dicho creemos dejar bastante dara la noción
de accesión que desempeñ'lrá papel importante en el capítulo siguiente, por constituír la base de uno de los sistemas que se disputan el campo de la propidaù de su
suelo.
No nos parece oportuno hacer mención de Ir,s demis
modos de adquirir eJederecho privado, como la tradición,
la prescripción, etc.; prescin.limos de ellos para ceder
su lugar a un análisis breve de los modus de adquirir
de derecho público •
•
••• •••
El Estado puede tomarse bajo una doble person 1Jidad: bajo la jurídica y la política. Cnmo persona jurídica pued~ al igual de cualquier particular celebrar actos de derecho privado, no sólo con otros Estados sino
también con particulares y compañías nacionales o extranjeras, v. gr., para contratar empréstitos; y por consiguiente debe, en tales actos, regirse por las regl3s y
disposiciones del Código Civil. Como persona política,
obra ya en su carácter de soberano, y su,> actos deberán sujetarse a otras reglas, a saber, las del Derecho Público, quI' se divide a su vez en Internacional Público y
Privado. De suerte que para la adquisición de bienes en
tal carácter, tendrá sus modos especiales, aunque no del
todo distintos de los del derecho privado.
Entre tales modos tiene lugar preferente el de la ocu-
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- Z4pación, modo originario que por lo que ataña al dominio del territorio, es inseparable del concepto de estado, toda vez que él constituye uno de los elementos que
unido al de población y gobierno forma parte dl: toda
colectividad política. Luégo sigue la conquista,
Jlor último la anexión; algunos también agregan la pTi~scripción.
La conquista era, sobre todo en las épocas primitivas,
el modo más común y corriente como los Estados se hacfan a nuevas extensinnes de territorio, estuviesen habitados o no, pertenecieran o no a otro Estado. BaUlonia,
Egipto, Roma, Grecia y Cartago no conocfan otro medio
que éste. Ell la Edad Media no fallMon Estado> conquistad()res; en el siglo pasado con Napoleón el Grande se vnlvió a ver este medio salvaje y que puglia con
toda civilización y con todo principio de derecho, y aun
en los comienzos del presente, llamado de las lucl~s, del
progreso y de la civilización, y por algunos tratadistas
siglo del Derecho Internacional, algunos pueblos, Colombia entre otros, han sido víctimas de las tendenci as imperialistas del Coloso del Norte.
La anexión, que no es más que una consecuencia del
modo anterior, consiste en la sumisión total o Jarcial
del territorio de un Estado a la soberanía de otro, '{ puede tener por causa, o bien la ocupación de un territorio dudoso, o bien una cesión, ya forzosa a conSI~cuencia de una guerra, ya voluntaria, de acuerdo con el Derecho Internacional.
Por conquista fue como España adquirió el dominio
del Continente americano, conquista motivada por el interés de la religión y de la civilización, interés que decidió a transformaria en una cesión de la Santa Sede,
considerada en ese entonces como dueña suprema d e todo
el Orbe Católico; lo cual.justificó la célebre Bula del 4
de mayo de 1493 que el Papa Alejandro VI dirigi(, a los
Soberanos de España y Portugal, y que a la letra dice:
cOamos, constitufmos y asignamos a vos perpetuamente
(Rey Fernando) y a los Reyes de Castilla y de León,
vuestros herederos y sucesores, señores de ellas, con li-
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-25bre, lleno y absoluto poder, autoridad y jurisdicción
.
todas las islas y tierras firmes hal1adas y que se hallaren descubiertas
y que se descubrieren
hacia el Occidente y Mediodfa, fabricando y comprendiendo
una línea
del Polo Antártico, que es el Mediodía;
ora se hayan
hallado islas y tierras firmes, ora se ha:¡an de hallar hacia la India, o hacia cualquier otra parte; la cual dista
de cada una de las islas que vulgarmente dicen de los
Azores y Cabo Verde, cien leguas hacia el Occidente y
Mediodía»,
Por último, tenemos como modo de Derecho Público
lo que pudiéramos llamar herencia, o sea por el que un
Estado adquiere lo que pertenec!a a sus antecesores legítimos. El Estado colombiano
es dueño del territorio
que antes era de España y que le cupo a la formación
de las nuevas nacionalidades
americanas.
Hechas a grandes rasgos estas consideraciones,
que
nos parecieron oportunas y necesarias
para el más fácil
desarrollo y exposición de este trabajo, pasamos al capítulo siguiente, en que lo estudiaremos
con la mayor amplitud posible.
y analizaremos
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CAPITULO III
¿ A quién pertenece la propiedad del subsuelo?
Esta pregunta, que a muchos parecerá extraña y a no
pocos tonta, plantea un problema moderno de singllar
importancia, y, por lo mismo, de alto interés jurídico.
Tres son los sistemas que se han ideado para re~01verla, correspondientes
a las tres únicas hipótesis que
pueden caber y existir acerca de él, a saber: o que el
dueño del suelo lo es igualmente del sub suelo, o que
éste es res nullius, o que pertenece al Estado.
Tales son los tres puntos principales que nos proponemos desarrollar en este capítulo, o sea los tres sistemas dichos de la accesión, de res nullius, y, por ú:timo, el del dominio del Estado.
TEORIA DE LA ACCESIÓN. - EL DUEÑO DEL SUELO LO ::S
DEL SUBSUELO
Los sostenedores de este sistema consideran el subsuelo con sus riquezas como parte o extensión del primero; por lo mismo, al dueño de éste debe pertenecer
aquél con todo lo que en él se encuentre. No admiten
dístinción o separación entre el uno y el otro, sino que
a ambos los miran como un todo absoluto e indivisib :e.
Pretender hacer distinción o separación,
dicen, entre la
superficie y sus interioridades, es nada menos que querer consagrar un atentado, un acto de violencia, un dé spaja verdadero e injustificable.
Esta teoría es la misma que los romanos profesann
en la antigüedad, y que expresaban con esta frase: «C¡ui
dominus est soli dominus est coeli et inferarum». Es te
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- 27principio está consagrado
por el Código francés en su
artículo 552, que dice: «La propiedad
del suelo comprende lo de encima y lo de debajo». Este artículo fue
modificado por una ley de 1810, que decía: qLas minas
no pueden ser explotadas sino en virtud de un acto de
cesión discutida en Conscjo de Estado».
Demolombe, comentando el articulo 552 arriba citado,
expone así la misma teoria de la accesión:
«El suelo
comprende lo de encima y lo de debajo, como una sola
cosa, como un solo bien. El espacio y el subsuelo son
elementos constitutivo') del suelo mismo; el suelo no s~
podría concebir separado
de una manera absoluta
del
subsuelo y de ]a parte superior, porque no seria más
que una especie de superficie geométrica sin ningún espesar; sería una abstracción».
La ventaja de esta teoría no e!; otra qu·e la de ser demasiado respetuosa
de ]a propiedad
privada, a ]a que
considera como algo completo y sano, no adelgazado por
conveniencias
sociales de ninguna clasc. Sus defensores
con Dunoyer rechazan ]a distinción
entre e] suelo y el
sub sucIo como algo artificial e indeterminado.
«No concebían entonces-dice
el doctor Arias Mejía en su tesis
de grado y refiriéndose a las opiniones de los romanos
sobre el particular-cómo
el derecho de propiedad sobre
la tierra puede llegar sólo hasta ciertos límites, y cómo
en una mina se pueden-para
que sirva de objeto a aquel
derecho-hacer
abstracción
de lo que él guarda en sus
entrañas». (1)
La refutación de esta teoría, lo mismo que la de la siguiente, nos la reservamos para después de la exposición del tercer sistema o sea el del dominio del Estado.
II
SEGUNDA
TEORiA.
- RES NULLIUS
Esta teoría es ]a de los que sostienen y creen que el
subsuelo con sus minas es res-nullius, o sea que carece
(1) Arias Mejía. Tesis de grado.
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- 28de dueño, y que por lo mismo debe
ocupante, como si se tratara de un
otro animal salvaje. Este sistema ha
Turgot, y existe en algunos estados
un poco atenuado, lo mismo que en
como Chile.
pertenecer al primer
pez o de cualquier
sido defendid(l por
de Alemania, pero
algunos de America,
III
TERCER SISTEMA. - DOMINIO DEL ESTADO
Este es el de los que sostienen, y que son los más,
que el Estado es el dueño del subsuelo con todas las
sustancias, metales y piedras preciosas que en él se encuentran, y que sean útiles para la industria. Este sistema, llamado también patrimonial y de regalía, es el que
faculta al Estado para disponer como de algo suye del
subsuelo, y reglamentar
su propiedad
sin otros Iínites
que el bien general de la comunidad y el respeto debido a ciertos derechos legítimamente adquiridos, en cuanto
el ejercicio de éstos no llegue a perjudicar o a in"adir
el campo del bien general. Este sistema mira y cc nsidera, a la inversa de la accesión, como cosas distintas
el suelo y el subsueloj y como tales, susceptibles
de
separación y de división, si no absolutamente
material,
si por lo menos jurídica, y consecuencialmente,
de a)ropiaciones independientes.
Este es, como decfa antes, el sistema más generali;¡ ado
en el mundo.
Es casi universal, y mâs en los tiempos actuales, en
que en el subsuelo se buscan los principales elementos,
no sólo fiscales, sino de absoluta necesidad para la defensa y seguridad de las naciones.
El dueño de la superficie no lo será, según este sistema, necesariamente
del subsuelo.
Este puede ser ) es
en realidad un objeto distinto del primero, y cada I:ual
con su respectivo propietario,
sin que de ello se !iiga
ningún trastorno
o revolución
social, ni origine ningún
abuso o despojo.
Según este sistema, el subsuelo
pertenece al Estldo
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-29en su calidad de soberano y de dueño por tanto, de
los bienes fiscales.
Tal es el sistema del dominio eminente acerca del cual
se expresaba asi P. fiare: «A la soberanía del Estado
pertenece, además de imperium y la pública potestas, el
dominium eminenes. Tiene, pues, la exclusiva facultad
de mandar con sus propias leyes en t,)do el territorio,
de excluir cualquier soberania extranjera, de realizar directa o indirectamente en nombre propio algún acto imperativo, ejecutivo o coercitivo, y el derecho de disfrutar exclusivamente
la propiedad
pÚJlica. No quiere
decir esto que el Soberano pueda disponer a su arbitrio
de los derechos correspondientes
a los propietarios sobre sus cosas, o considerar estos derechos como efecto,
de la concesión
de dicho Soberano; nó: el derecho de
propiedad
perteneciente
a los particulares se funda en
otra base. Debe sin embargo, admitirse que el Soberano
territorial ejerce un supremo dominio :>obre todo el territorio, esto es, sobre los inmuebles reunidos y contiguos considerados
como un todo.
El Soberano manda con sus leyes y ejerce sus poderes de un modo exclusivo
e indivisible, lo cual constituye lo que se lIama el dominio eminente». (1)
El dominio que el Estado ejerce sobre el subsuelo, y
en virtud del cual puede cederia o traspasarlo bajo ciertas condiciones, a los particulares, puede ser de dos maneras: o a título colectivo o a título privado: a título
colectivo, por aquello del principio que establece
«que
lo que no pertenece a nadie pertenece a todo el mundo»
y como el Estado puede considerarse
como representante
de todo el mundo, se le mira por tanto como dueño del
subsuelo y de ciertas minas, y esto en virtud del dominio eminente de que acabamos
de hablar; a título privado, por aplicación del otro principio de «que lo que
a nadie pertenece, pertenece al príncipe», que es lo que
viene a constituir el sistema de regalía, que es la base
de la legislación española.
(1) Derecho Internacional Público, Tomo Primero.
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~ 30IV
REFUTACIÓN
DEL
PRIMER
SISTEMA
Debe rechazarse el sistema de la accesión:
El principio de que «quien ~s dueño del suelo lo es
del subsuelo~, entendido
rigurosamente
como lo entE ndian los romanos y como lo entienden algunas legisaciones modernas, es inadmisible.
En primer lugar, parte de un concepto absoluto e ilimitado del derecho de propiedad que hoy no existe ni
reconoce ninguna institución o legislación. Pretender q le
el dueño del suelo lo sea también de subsuelo, es na:ia
menos que pretender que se consagre y se erija COr.1O
regla de derecho y de iusticia lo que no es más q le
un simple abuso; y ya sabemos que si existen y se di~tan leyes, es precisamente para amparar, reconecer y garantizar el ejercicio racional de todos los derechos,
y
no el ejercicio de los abusos, los que, como su nomb re
lo indica, son aquellos actos que van más allá de los
limites señalados por la ley o por la naturaleza.
De:;truir sin causa legitima las cosas, inutilizarIas, hacerlas
inservibles
o impedir que el Estado o los que tengén
modos las hagan producir de manera benéfica no só o
para su dueño sino para la sociedad, es cometer senc:lIamente un abuso, digase lo que se dijere; un abu~o
que de ninguna manera podrá protegcr ni sancionar. a
ley cuyo mayor intcrés es el de que los bienes se corserven, se usen de modo racional, no se destruyan
inLtilmente en perjuicio del bienestar común.
Los derechos
son tales mientras en su ejercicio se
acomoden
a los dictados de la jusíicía social y a les
limites fijados por la razón; más allá, serán otra cosa
cualquiera menos derechos, y por lo mismo, no podrá 1
exigir ni el respeto ni el amparo de la ley.
En este sentido se expresaba
Napoleón I cuando se
discutia y comentaba el Código de su nombre: «Hay reglas establecidas,
decía, en provecho de la propiedad
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-31que ningún propietario
tiene el derecho de introducir;
por ejemplo, yo no toleraría que un particular dejase en
esterilidad veinte leguas de tierra en departamento
propio para la siembra de trigo, con el fin de destinarias
aparte; el derecho de abusar no llega hasta privar a un
pueblo de su subsistencia;
el derecho de propiedad debe
reprimirse siempre gue perjudique a la sociedad;
por
eso se impide cortar el trigo verde, arrancar los viñedos
replantados, etc.~ Cùmte decía: «los verdaderos filósofos
no vacilan en sancionar las reclamaciones
instintivas de
los proletarios contra los vicios de definición adoptada
por la mayor parte de los juristas modernos, qu~ atribuyen a la propiedad una individualidad
absoluta como
derecho de usar y abusar. (1)
Lean Duguit, Profesor de derecho de la Universidad
de Bourdeaux, en una de sus célebres conferencias que
dictó en Buenos Aires, deCÍa: cEn cuanto a la propiedad, no es ya en el derecho moderno el derecho intangible, absoluto, que el hombre que posee riqueza tiene
sobre ella. Ella es, y ella debe ser; es la condición indispensable de la prosperiedad
y la grandeza de las sociedades, y las doctrinas
colectivistas
son una vuelta a
la barbarie. Pero la propiedad no es un derecho; es una
función social. El propietario,
es decir el poseedor
de
una riqueza, tiene por el hecho de poseer esta riqueza
una función social que cumplir; mientras cumple esta misión, sus actos de propietario están protegidos;
si no la
cumple, o la cumple mal, si, por ejemplo, no cultiva
su tierra, o deja arruinarse su casa, la intervención
de
los gobernantes
es legitima para obligarle a cumplir su
función social de propietario,
que consiste en asegurar
el empleo de las riquezas que posee conforme a su destino .... La propiedad no es, por consiguiente,
el derecho
subjetivo del propietario;
es la función social del tenedor de la riqueza. Hace menos de medio siglo la cuestión no se suscitaba en el espíritu de nadie; hoy día se
presenta ante todos, y si en un pais como Francia lIega(1) Si&teme de politique positive.
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-32se el momento en que la falta de explotación de los ~apitales territoriales adquiriese una proporción conside rabIe, nadie discutiría ciertamente si la intervención del :Jegislador sería legítima». (1)
La doctrina que acabamos
de exponer es la mi~ma
que la Iglesia «el poder más tradicionalista que existe en
el mundo», como dice el doctor felipe Santiago Es ;0bar, ha sostenido siempre, especialmente
desde la Edad
Media hasta nuestros días; de aquí que algunos
digan,
aun entre sus propios enemigos, que aquélla es más :;0cialista que los mismos socialistas.
En efecto, a partir
de 1241 Clemente IV permitió a todo extranjero cultivar
los campos cuyos propietarios
se obstinasen
en d(:jar
baldíos. Uno de sus sucesores, el Papa Sixto IV, ordenó: «Será permitido en lo porvenir, y siempre a todos
y a cada uno, labrar y sembrar en el territorio de Rom'1 y
del patrimonio de San Pedro, en las épocas conveni ~ntes y habituales, un tereio de los campos incultos a su
arbitrio, quienquiera
que sea el propietario».
Igual nedida adoptó Clemente VII en un motu propio de malZO
de 1523; más tarde, en 1742, el Papa Benedicto IV, ante
las quejas de gran número de pobres contra los pro~ ietarios que les impedían espigar en los campos para iejarlos más bien a sus ganados, dictó un decreto en el
mismo sentido que sus antecesores.
Otro tanto hicie"on
los Pontífices siguientes hasta León XIII, que reconoció
expresamente
que «el derecho de propiedad, aunque un
derecho real, no es un derecho absoluto y sin límites» :2),
llegando varios de ellos, como Pío VI, Plo VII, Sixte VI
y Clemente VII, a imponer fuertes multas a los que no
cultivasen sus heredades.
Pero donde aparece ad;T\irablemente,
de una mar era
completa, el sentir de la Iglesia a ese respecto, es en
uno de los célebres discursos de Ketteler, ilustre Arzobispo de Maguncia:
«Es U'1 crimen perpetuo, decía, contra
la naturaleza, porque gradúa de justo destinar parh la
(1) Tran~forml\ci6n del Derecho Privado.
(2) Encíclica "Rerum novarunl."
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-33satisfacción de unos cuantos lo que Dios ha destinado a
la nutrición y el vestido de todos. Es un crimen contra
la naturaleza, porque tiende a extinguir los más nobles
sentimientos en el corazón de los hombres y a desenvolver en él la dureza, la indiferencia, la insensibilidad
en presencia de la miseria humana. Como el abismo llama
al abismo, según la expresión de la Santa Escritura, un
crimen contra la naturaleza llama a otro crimen. La práctica de este falso derecho de propiedad es lo que ha
producido una reacción violenta, lo que ha dado incremento al socialismo, cuyos ataques legitima en cierto
modo. Los abusos de este régimen han facilitado hasta
ahora el triunfo de los adversarios de la propiedad». (I)
L. Garriguet, Rector del Seminario de Avignon, en su
espléndida ohra titulada eLa pr()piedad», al criticar y refutar la teoria del derecho absoluto de propiedad se expresa asi: eSi en lugar de dejar la tierra como bien
común, ha querido la Providencia
que fuese repartida,
fue sólo para que por este medio se desenvolvieran
mejor las utilidades y los recursos que encierra, para obtener con mayor abundancia lo que necesita la humanidad. Asi ha atendido ante todo, no al bien individual
del propietario, sino al bien común de la sociedad. Desconocen pues, los designios del Creador los que afirman que la noción de la propiedad
implica principalmente una idea de goce personal, y que se autoriza al
particular a guardar para si solo, lo que está destinado
a todos. Evidentemente la propiedad tiene como fin proporcionar al hombre, individuo o familia, los medios necesarios para su desenvolvimiento
físico y moral; pero
también tiene por objeto asegurar el bien general y servir para la común utilidad de todos. Estos dos fines no
se eXcluyen; se completan,
se confunden, y son igualmente sagrados: sacrificar el uno es comprometer el otro
y desoír la voz de la naturaleza». (2)
Ahora bien: en el sistema de la accesión se confunden
(1) Garriguet. "La Propiedad."
(2) GarriguAt. "La Propieflad."
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-34lastimosamente los derechos reales con las simples espectativas o esperanzas, al querer aplicar a éstas, "eglas
que sólo pueden serIo a los primeros. Por eso Esteban
Ruiz decía en su obra La propiedad del carbón y del
petróleo: «La garantia no se refiere a los derechos de
esperanza; no se refiere a las facultades generale~ que
la ley concede y de que podemos usar, sino exch~sivamente a propiedades
concretas que ya han entrado en
nuestro patrimonio, por virtud de un acto jurídico determinado, que exterioriza nuestra voluntad de usara
facultad general establecida por la ley, o por virtud de
una consecuencia o de un efecto ya realizados de aquel
acto jurídico •. (1)
Evidentemente para que la ley proteja un derech,), es
necesario no sólo que existan en principio, en mera potencia o expectativa, sino que exista en concreto, r que
sea conocido y determinado. Las leyes no se dictan para
lo desconocido o inexistente; si bien algunas toman medidas preventivas para asegurar la existencia de una
cosa futura, estas son excepcionales y por lo misrr o de
aplicación restrictiva.
Para el ejercicio de todo derecho, y en particular el
de propiedad, es condición sine qua non que el ot'jeto,
o cosa sobre que recaiga sea indi vidualmente detl~rminado, y más cuando dicho objeto o cosa consist~ en
inmuebles, como lo es el subsuelo con sus minas. ¿ Cómo
determinar éstas cuando sus limites o linderos, en lél generalidad, no cuadran a los de la superficie y p Jr lo
mismo nos son desconocidos?
A los objetos los conocemos y apreciamos no sólo
por los componentes o sustancias de que están constituidos, sino también por sus Ilmites; por sus bordes o
mejor por razón del lugar que ocupan en el espacie,.
El sistema de la accesión perjudica el desarrolla y
fomento de la riqueza y de la industria nacional.
En efecto, si se sienta como base indiscutible el Jrincipio absoluto de que el propietario del suelo lo es tam(1) Esteban RuiJI,Propiedad del carb6n y del petr6leo,
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- 35bién del subsuelo, el desarrollo de la riqueza y de la
industria estaría exclusivamente
limitado al dominio tan
sólo de aquellos propietarios territoriales que estuviesen
en capacidades
para las empresas de minería. Estas obras
son de alto aliento, y por lo mismo requieren
fuertes y
fabulosos capitales,
de que en un país pobre como el
nuestro carece la generalidad
de sus habitantes.
"Si se
considera que la propiedad de la corteza terrestre--dice
el doctor Gerardo Arias Mej!a en sus tesis de gradopresupone la del fondo, las riquezas que éste esconde
s610 podrán ser explotadas
por los respectivos
dueños;
y como en muchos casos los hombres, por falta de recursos, por egoísmo, por abulia, por desinterés, por desconocimiento de la tarea del progreso que a cada unidad
humana le corresponden
en la marcha del l1undo y de
las cosas, no se preocupan por dar aumento y realce a
la propiedad nacional, tedr!amos que la sociedad, el Estado se hallaría privado de eficacísimos factores para su
engrandecimiento>.
(I)
Ante esto y lo que dejamos dicho, que no se n03 vaya
a alegar el rebuscadísimo
y trivial argumento de los derechos adquÙidos, porque nos veremos en el deber de
decirles con Dalloz a quienes nos lo presenten, que «con-
tra la más grande felicídad del Estado
cho adquirido'" «Todo ciudadano-dicen
fia
hay dere-
Duvergjer
y
Nailher de Chassat-sabe
o debe saber que las leyes que
le acuerden en materia de minas tales o cu.:¡les prerrogativas, son leyes de interés público, y, por lo mismo,
susceptibles
de modificaciones
cuando nuevas necesidades sociales as! lo exijan. El derecho o facultad que
ellas conceden está subordinado
siempre al bién del Estado .... El legislador, C(Jmo órgano de los intereses generales de la sociedad, puede regir el pasado y el presente en nombre de esos intereses.
Podrá, sin duda, lasti-
mar algunas esperanzas formadas bajo la ley antigua;
¿ pero este mál será mayor o menor que el de dejarla
subsistente?
¿ Quién pesará
esos inconvenientes
y quién
(1) Minas, tesis de grado, pago 6.", Arias Mejia.
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-36decidirá? Es el legislador quien deberá decidir l:is cuestiones de utilidad, pues tal es su misión». (1)
Sostener que el dominio del suelo abarca igual y necesariamente el del sUbsuelo, es querer someter .11 capricho y al arbitrio de unos pocos particulares
lo!; intereses más altos del Estado, como son los que se refieren
a su seguridad e independencia territoriales;
es lergiversar el orden de las cosas; es consagrar nada m~nos que
un absurdo jurídico.
Los hombres, por el hecho de vivir en sOciedéd, están
obligados a obedecer y a cumplir las leyes de é ;ta; deben subordinarse
a su voluntad soberana en sus deseos,
en sus caprichos, y, en general, en cuanto de aquéJla
exija el común bienestar.
El principio que combatimos va igualmente
contra el
estado actual del mudo. Los tiempos de la época presente, con sus descubrimientos,
con su vertiginoso
progreso en todo sentido, con sus hombres, con sus obras,
sus nacionalidades,
con sus armadas y poderosisimos
ejércitos, son bien distintos de los de ahora die~, veinte
o cuarenta siglos; por lo mismo, sus necesidades,
sus
costumbres, y en particular sus leyes, son totalrr ente diferentes. Por consiguiente,
el principio
de la a ::cesión,
que ahora rechazamos, bien pudo ser legitimo y aun convenientfsimo en aquellas épocas pasadas de absnlutismo
y de barbarie, y cuando la libertad y la propiedad, las
ruedas máximas sobre que marchan el progreso y la civilización de los pueblos, eran apenas el patrimonio de
unos pocos privilegiados.
Por último, el sistema romano de la accesión lleva a
desconocer ciertos principios universales
de del echo, y
sobre los que descansa la misma propiedad y l, economia politica, como lo es el siguiente:
la relación fundamental entre la naturaleza y la humanidad en que consiste la propiedad, no se individualiza
y conwta
sino
por medio del trabajo, lo mismo que la personalidad sobre el objeto no puede llegar sino hasta dond~ llegue
P> Cita traida por el doctor Felipe S. Escobar en
uoleo y la propiedad minera."
lU
IibN "El pe.
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-".rTese esfuerzo para aprovecharlo,
o sea para ponerlo en
condiciones
adecuadas a la satisfacción
de sus necesidades.
Ahora bien: si el subsuelo perteneciera también al dueño del suelo, ¿ hasta dónde lIegarla el derecho de dicho
propietario?
Indefectib]emente
deberia limitarse en su
aprovechamiento
o Uso a ]a apropiación vertical de los
Hmites de la superficie hasta el centro del globo terráqueo, cosa difícil e irrealizable, como ya lo hemos demostrado, toda vez que la forma de las minas, sus yacimientos son caprichosfsimos,
y, por lo tanto, no cuadrarán los Ifmites de éstos exactamente con los del suelo. Y en caso de un Iiti~io entre dos propietarios
vecinos acerca de linderos, ¿ qué hacer el juez? ¿ Qué regIas tomar, y más cuando los dueños de la superficie
lo son tan sólo de pequeñas
porciones de ella? Luego
el sistema romano y francés, al quererse tomar rigurosamente, literalmente, como lo indican los tE'xtos de sus
leyes, crean problemas
que ellos mismos no se pueden
encargar de resolver.
v
¿ Cómo entender y aplicar entonces ciertas legislaciones que en sus códigos consagran el principio de que
«quien es dueño del suelo lo es también del subsuelo?
Veámoslo: el célebre comentador de derecho civil Ricci,
después de hacerse pregunta
parecida a la anterior, la
contesta de esta manera: «Sean lo que fueren los extractos inferiores del suelo, ¿ puede considerarse
que corresponde al propietario de los mismos el mismo derecho que le corresponde con relación al suelo? Si tomamos la expresión a la letra, debemos responder de UI1 modo afirmativo; pero interpretándola
según su espíritu, estamos obligados a dar una respuesta negativa. El derecho de propiedad, en efecto, no se concibe sino en cuanto la cosa sobre la cual se ejercita es apta para procurar algún bién, beneficio, comodidad o utilidad. Cuando
nada de esto puede obtenerse de una cosa, el derecho
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-38de propiedad de la misma no tiene razón de ser, a~ií como no puede concebirse. Según esto, dada la prop edad
sobre el suelo, en tanto se concibe la propiedad
je lo
que está encima o debajo de él, en cuanto al aire y a la
luz que están encima, y los extractos inferiores del fondo sirven para el uso a que hemos destinado la cosa.
Sin el aire, en efecto, y sin luces, el suelo no produciría ni seria habitable, y sin el subsuelo el edificio no se
podría levantar y nO seria posible la vegetación.
Pero
si llegamos a una profundidad
tal del sub suelo que no
ejerza influjo alguno sobre el uso que el propietario hace
o puede hacer del suelo, llegamos también a un :)unto
en que es necesario que el derecho de propiedad se detenga, por faltar el fin y razón del derecho mismo>.
La doctrina contenida
en la anterior exposición
que
nos hemos permitido transcribir,
es la misma que sostienen la mayorla de los comentadores
franceses,
~spañoles y americanos, y es la que está de acuerdo con el
verdadero concepto de propiedad que hace que e: la se
extienda únicamente sobre lo que es necesario para el
ejercicio útil y nacional de la cosa sobre que recaiga.
Al tratar de la propiedad
territorial, para estimar ~u alcance seria preciso, por consiguiente,
investigar {I fin
principal, su destino, para luego determinar los límites
hasta donde ese derecho deba ir de acuerdo con el mismo fin y ese destino determinado.
El que compra un
campo para el cultivo tendrá, pues, derecho para cavaria
hasta la distancia necesaria
que lo haga apto para la
producción, yendo su dominio hasta donde llegue el esfuerzo para apropiárselo
y hacerla útil; o mejor, para
ponerlo en condiciones-como
decíamos antes- ad ~cuadas para la satisfacción
de sus necesidades,
que I:n el
caso que contemplamos,
serían todas la relacionada~ con
la agricultura. En consecuencia,
podríamos sentar la regIa siguiente:
el alcance o extensión del derecho
de
propiedad que el dueño del suelo puede tener sohre el
subsuelo,
está limitado por el destino del primerc;
de
modo pues, que esa propiedad irá hasta donde al :ance
la última raiz de la planta o árbol sembrado, chasta don-
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- 39de alcance el último azadonazo» dado en la tierra para
aprovechar
]a superficie, que es ]0 que en reHadad en
ocupa, se vende, permuta o transfiere, si se trata de su
campo destinado a la agricultura;
o hasta donde vaya o
esté la última piedra o ladrillo de los cimientos de un
edificio, si el campo ha sido destinado
para tal objeto.
Esto no es más que la clara y recta aplicación del sabio principio de que quien desea el fin es preciso que
tenga derecho a los medios proporcionados;
principio
que justifica la institución de las servidumbres y que domina en general el campo del derecho.
La propiedad no es solamente el derecho desnudo y
rfgido para gozar y disponer, sino que comprende todo
aquello que facilite y ayude, o exija el ejercicio de tales
acciones. cEs el conjunto de bienes o condiciones-dice
Pacheco-que
sirven para satisfacer las necesidades físicas
o intelectuales del hombre. Por tanto no debe ir o extenderse más allá de los medios que son indispensables
para Il satisfacción
de esas necesidades,
debe cesar
cuando cesan las necesidades-.
Las leyes de algunos paises dnfinen lo que se entiende por suelo y por subsueJo.
El artfculo 3.· de la Ley
de Minas de Venezuela del 3 de agosto de 1905, dice:
«En toda zona o circunscripción
hay suelo y subsuelo ;
el primero principia en la superficie y se extiende en línea
vertical hasta la profundidad de tres metros y el segundo
comienza a los ties metros y se extien de hasta una profundidad indefínina •.
El artículo 4. de la Ley peruana de 1900, dice: «La
propiedad de las minas es distinta y separada de la del
terreno o fondo superficial; y el dominio, uso y goce
de ella son transferibles con arreglo a las leyes comunes
y las reglas especiales de este Código».
La legislación española ha sido más explícita sobre el
particular como puede verse con la lectura de los articulas 5.° y 6.° del Decreto-Ley
del 29 de diciembre
de
1868 que contienen:
«El suelo que comprende la superficie propiamente dicha y además el espesor a que haya
allegado el trabajo del propietario ya sea par el cultivo,
D
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-40ya para solar y cimentación, ya con otro objeto distinto
de la minería, y 2.0 El subsuelo que se extiende indefinidamente en profundidad, desde donde el suelo termina.... La concesión de las sustancias a que se refiere
este articulo, constituyen una propiedad separada de la
del suelo; cuando una de ambas, deba ser anulada y absorbida por la otra, proceden la declaración de la utilidad pública, la expropiación y la indemnización ( orrespondiente».
Las demás legisla.ciones como la italiana, la alE'mana,
chilena, argentina y suiza que consagran el princiJ:io del
artfculo 552 del Código francés, o sea de que el dueño
del suelo lo es también del subsuelo, han hecho é,clararaciones y puesto limitaciones a tal principio. El mismo
Código francés, ha sido modificado al respecto Jor la
la ley del 21 de mayo de 1810 y por la ley del 27 de
julio de 1880, que exceptúan del principio las minas,
con lo cual implicitamente reconocen la distinción entre
el suelo yel subsuelo que las leyes de otros paises reconocen expresamente.
Otras leyes, como las de Méjico, anteriores a la constitución de 1917, determinan el objeto o el alcance de la
propiedad que el dueño del suelo tiene sobre el sub suelo,
que es como dice el artfculo 731 del Código Chil del
pais mencionado, para «usarlo y hacer en él tod iS las
obras, plantaciones, o excavaciones que quiera, salvo
las restricciones establecidas en el titulo de las servidumbres, y con sujeción a lo dispuesto en la legislación
especial de minas y los reglamentos de polida».
Las disposiciones legales trascritas no hacen mas que
confirmar la tesis que venimos sosteniendo, relat va al
modo como debe entenderse la fórmula del sistema de
la accesión, lo mismo que la parte que propiamentl~ debe
llamarse Y considerarse como subsuelo, o sea, corno dec1amos en nuestra definición, al principio del capltdo 1.0
de este trabajo: «al espesor o capa geológica que se
extiende desde donde termina la porción terrestre que
los hombres suelen utilizar para la agricultura y la construcción, indefinidamente hacia al centro terráqueo».
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-
41 -
No puede ser atril la interpretación;
es la más natural
y más conforme con el modo de ser, con la natureleza
de las acciones y de las necesidades del hombre. ¿ Por
ventura el agricultor necesitará generalmente para la conveniente utilización, cultivo y producción de su campo,
más de tres o cinco metros de profundidad hacia el centro de la capa terrestre? Decimos generalmente, porque
puede suceder que llegue a necesitar de una extensión
mayor de interioridad del suelo, v. gr., para sacar agua
para el riego de sus plantíos o para abrevar sus ganados; más esto no debe mirarse como una contravención a
la regia que hemos adoptado, sino pM contrélrio, como
aplicación de ella misma. Es claro que si el agricultor
carece del agua necesaria para el uso, p:¡ra el empleo o
destino conveniente de su fundo, puede perfectamente
hacer las excavaciones indispensables para proporcionársela, si es que por otros medins no le e:; posihle o fácil conseguiria. El derecho de propidad q'le tiene sobre
su heredad, es justo, que abmque y comprenda también
las facultades o medios correspondientes
para su natural
ejercicio.
cEl derecho del dueño del suelo-dice
Dalloz, en su
obra Propiedad de las minas--,ccae exclusivamente sobre el espesor del terreno necesario para los trabajos
de] cultivo, para las plantaciones de los árboles y para
los cimientos de las construcciones, para ia investigación
de las fuentes y preparación de los pozo~, así COnlOpara
la extracción de los materiales propios para construír;
en una palabra, sobre la porción del subsuel0, sin lo cual
los actos que constituyen el ejercicio ordinario y usual
del drecho de propiedad serían imposibles, o por lo menos gravemente entorpecidos». (1)
Las leyes se dictan para el bien de la comunidad, y son
y deben ser, para que se reputen justas y consigan e] fin
que se proponen, medidas racionales; o como decía Santo Tomás, deben consistir en la ordenación de ]a razón,
•.rationis ordinatio», y no en actos arbitrarias o capri(1) uPropiedRd
ele minas."
Da lloz
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- 42chosos de legislador.
Por consiguiente, si han de t~ner
por base la razón, lógico es que en su interpretacién
y
aplicación se siga el mismo criterio. ¿De dónde vh:nen
acaso los pleitos y dificultades
que suelen presentarse
en la vida civil, pública y aun política de un puehlo?
¿No será de la manera errónea como se interpretan las
leyes, queriéndoles dar un alcance y un sentido que lealmente no tienen, o porque pugnan con la naturalez~. de
las cosas o con el sentido común?
Todos los códigos del mundo tienen partes especialmente destinadas para dar reglas relativas a la intel pretación de sus disposiciones;
y entre esas reglas se encontrarán
indefectiblemente,
en una o en otra Iam a, o
con sólo variación de términos, las mismas sabias n:glas
que nuestro Código Civil consa~ra en el capítulo IV del
título preliminar.
Luego necesario es que las leyes se interpreten y se
apliquen racionalmente,
atendiendo,
ante todo, a SlI espíritu, al sentido que más cuadre con la equidad o que
mejor convenga al bién general, que, como declamas,
debe ser su objetivo y norma predilecta. Los términos,
las palabras con que suele expresárselas, pueden en muchas ocasiones no ser bastante
propios, ser obscJros,
ambiguos, haciéndose, por consiguiente, necesaria Sil debida aclaración; y ¿ qué mejor consultor para ello q'le la
naturaleza misma de los hechos y de las cosas pan que
se dictaron, y que sin duda tuvo en cuenta el legislador?
Ahora bien: volviendo al asunto de que nos O/:upãbarnas, nos preguntamos:
¿ Al autor del Código fré ncés,
al redactar el artículo 552, no se le ocurrirían las mismas ideas. el mismo modo de razonar que al es:udiar
dicho artículo se nos han ocurridl)?
¿ Perdería de vista
los principios generales de derecho, de la equidad y de
la justicia, y, sobre todo, pasaría inadvertido
por sobre
los altos intereses de la Nación y por sobre sus nl~cesidades, su bienestar, desarrollo y perfeccionamiento,
para
posponerlos
a la exclusiva comodidad de unos Cl antos
propietarios, pues que eso significaría la interpretación Iite-
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-43rai del mencionado artículo 552 ¿ o, por el contrario, teniendo presentes todas esas cosas, dictó la disposición
dicha, dejando a los jueces o funcionarios
públicos y
aun a los mismos particulares la labor de desarrollar, de
interpretar y aplicar el principio que ella encarna de manera racional-como
debió suponérselo
el legislador de
1789-al dictar sus medidas para seres también racionales, y, sobre todo, en una época en que se buscaban
con ahinco las fórmulas más sabias, que se estudiaban
las medidas más a propósito para--sobre
base de equidad
y de justicia-realizar
la transformación
benéfica que siguió a la declaración de los Den:chos del Hombre, transformación
cuyos resultados
tll\¡ eran eco, y muy eficaz
y significativo:
en e] Continent; americano?
Naturalmente que esto últim , y as! lo entienden y lo
ha entendido
la generalidad
de los comentadores
del
Código de Napoleón,
en lo 'lue atañe al artículo a que
nos referimos, a excepción je unos pocos, C\lmo Demolambe.
y lo que ha pasado er Francia, con respecto a ese
modo de sl'ntir y de pE'llsar de sus jurisconsultos
más
notables, ha pasado en los demás países, especialmente
en las naciones cuya I~gislación no es más que una derivación, desarrollo o ampliación del Código Napoleónico.
En Méjico, por ejemplo, el notable e ilustrado jurisconsulto doctor Roberto Esteva Ruiz, en luminoso estudio sobre la píOpiedad del carbón y del petróleo, expuso las ideas que a continuación transcribimos, y con que
ponemos fir. a este capitulo, por ser ellas de lo más
completo que al respecto hemos encontrado:
~As! es
-dice-que
llegando a cierta profundidad del suelo, en
]a cual no tenga interés práctico el dueño de la superficie, es absurdo suponer que tenga un derecho de propiedad sobre ese mi~mo subsuelo. La propiedad de un
terreno está constituIda por una parte material y por otra
parte ideal. La primera recae sobre las capas geológicas materialmente
ocupadas, y la segunda recae sobre
aquellas capas del subsueIo que sean necesarias para la
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-44utilización de las cnpas materiales ocupadas; de tal manera que a cada nu eva ocupación material hacia el ~entro de la tierra corresponderá
siempre una ocupación
ideal de las capas más profundas que sean requeridas
para el aprovechamiento
de las otras.
eYa hemos dicho anteriormente que la ocupación I~S el
origen de la propiedad en general, y que respecto de la
inmueble, el derecho se extiende sobre la parte materialmente ocupada o sobre la que idealmente es necesaria para utilizar la primera.
eLa propiedad
minera no podia constituir una excepción de esto, porque es inconcebible
que !tnga
dos naturalezas
una nsma
institución jurídica. P 1drá
discutirse más o menos si las minas deben formar una
propiedad
independiente
de la del suelo, o si se :rata
no más que de substanci<o ~ que forman parte del :;ubsuelo. Pero en uno y otro ~aso es evidente que el dueño de la superficie no pod á ser considerado como )ropietario de las minas o de las substancias minerales sino
con los caracteres jurfdicos de toda propiedad, seg(n lo
que hemos demostrado sobre la naturaleza de esta institución. El derecho de los pfllpietarios del subsuelo, observa Domat, ha estado Iimitad'Q en su origen al US(I de
sus heredades para sembrar, plaatar o construir en ellas,
o para otros usos semejantes, y sus títulos no han supuesto un derecho sobre las mina" que eran desconocidas-. (1)
(1) Propiedad
del carb6n y del petr6leo.
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CAPITULO IV
Res nullius
Quienes defienden este sistema, no han pesado los gravlsimos inconvenientes
que acarrearfa, no sólo contra la
propiedad
privada sino contra la misma seguridad
del
Estado, si se le aceptara como leg(tima. En efecto, ¿ con
qué tftulo un propietario rural o urbano impedirfa a quienes, so pretexto de descubrir
minas, hallaran sus heredades, destruyeran sus plantaciones,
derribaran sus edificios e inutilizaran cLlantas mejoras hubiese incorporado
en aquellas; siendo así que los inventores te'1Jrían mejor
derecho por razón de la calidad de las riquezas subterráneas, que el mismo propietario del suelo, cuyo dominio no vendría en consecuencia
a reducirse más que a
algo accesorio o a una dependencia
obligada de tales
riquezas?
lnvertírfanse entonces los papeles del sistema anterior,
o sea, que el dueño del sub suelo lo serfa también de la
superficie, y no sólo en la extensión estrictamente necesaria para la explotación
o laboreo de aquel, sino que
su derecho lo podrIa hacer abarcar 12. porción de terreno comprendida entre las líneas recta.> que, partiendo
de los ¡¡mites de los yacimientos minerales, subieran hacia la superficie, llevándose
de hecho, como es de suponer, dada la forma caprichosa e irregular de las existencias mineras, no sólo la propiedad
de una heredad
sino la de varias.
Por otra parte, su poniéndose tales riquezas sin dueño,
todo el mundo, sin excepción
alguna, nacionales y extranjsros, tendrfan perfectlsimo derecho
para intentar su
apropiación
mediante la ocupación.
¿ Y que sucederfa
entonces?
Que no sólo el país donde existieran las mi-
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-46nas podia realizar tal operación, sino que todos los demás se considerarían
con iguales títulos para hac erlo,
llevándose de plano todas las prerrogativas
y privil€gios
de la soberania del primero, soberanía que no vendría a
hacer más que un mito, una pura ficción o asbtracción
ridicula.
Este sistema, para adaptarse
en todo su rigor, como
creemos no haya existido jamás, trastornaría
por c ompleto el orden de las cosas; reduciría el mundo a
un perpetuo estado de revolución y de anarquismo;
no
habría ni propiedad
privada ni propiedad pública;
haríase imposible la existencia de toda sociedad, y el i mperio de la razón, de la justicia y del derecho, ten jría
que ceder al de la violencia,
quedaría al arbitrio del
más fuerte, toda vez que al no propietario se pon jria
en una condición jurídica superior a la del propietario,
y por lo tanto con facultades
más amplias para hccer
valer sus pretendidos derechos sobre el dominio del s lbsuelo que descubriera.
En realidad dicha teoría ni siquiera se puede conct:bir
en una época en que la libertad y la propiedad, lo rrismo que el respeto a la soberanía
territorial, aún de los
países débiles, se pretenden erigir en canon sagrado e
intocable de justicia y de paz universal.
Este principio no resiste el menor análisis jurídico ni
filosófico. Sus bases son totalmente falsas; parte, en efl~cto, de un orden de cosas que no es el ordinario ni el
natural, como es el de suponer que haya bienes inmuebles sin dueño en los dominios territoriales
de un E stado. ¿ Por qué entonces más bien no atribuir, como lo
hace el sistema anterior de la accesión, la propied'id
del subsuelo al dueño del suelo, siendo asi que él, a
más de su derecho para hacer entrar en su patrimon o,
mediante la ocupación de cualquier cosa sin dueño, pueje
alegar un hecho más, cual es el ser propietario,
el p:>seer la superficie por donde indefectiblemente podría p~netrar en el interior de la capa terrestre? ¿ Quién se p)drá creer con titulas mejores para adueñarse de las riquezas subterráneas,
el poseedor del suelo bajo el cual
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"
- 47se encuentran, o el extraño que pretenda invadir la heredad ajena, para hacer exploraciones tendientes
a descubrir supuestos bienes geológicos res nulLius, y sin más
razón justificativa que su deseo individual y egoista de
hacerse rico?
Naturalmente que el primero¡ como quiera que a la tenencia del derecho igual para todo el mundo de apropiarse las cosas res nullius, agrega-como
decíamos-un
hecho importantísimo
de que carece cualquier otro aspirante, a saber, la ocupación de la superficie o corteza
terrestre debajo de la cual se halla el subsuelo, hecho
que, en el campo del derecho, es de la más alta significación.
Quien en una controversia puede alegar un hecho más
que su adversario, es justo que se le reconozca
mejor
derecho, y más cuando tal hecho es de la importancia
del enunciado en el caso presente.
y ahora preguntamos:
¿ Al admitir el sistema que combatimos sin restricción de ninguna clase, no sería dar
ocasión a continuos pleitos y a diarias dificultades entre los propietarios y los descubridores ocupantes? ¿ Cuál
propietario rural o urbano seda tan complaciente y resignado para que sin oponer resistencia
dejara que un
individuo cualquiera,
de buenas a primeras, y sin más
título que una simple expectativa
de un vago derecho
de dominio sobre jas interioridades desconocidas del suelo, quisiera acabar con sus plantíos o destruir sus edificaciones, bajo el pretexto de descubrir
bienes subterráneos sin dueño?
Si es absurdo
el principio
que pregona que el fin
cuando es desconocido
y determinado, por bueno que
sea, justifica los medios, sean cuales fueren éstos, lícitos
o illcitos ¿qué se diría de quien quisiera erigir y consagrar en norma de justicia, que la consecución de un fín
desconocido
y vago autoriza los más reprobables
atentados contra la propiedad privada y contra el orden social, como sucedería en el caso que comentamos?
No basta la intención del señorío, o el animus, como
decían los romanos,
para la posesión de una cosa j es
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-48necesario tambien el corpus, la aprehensión material para
que se consume el fenómeno llamado propiedad,
para
que ese animus se concrete y se realice, y por lo m 'sma,
puedan invocarse las consiguientes
prerrogativas
d~ reconocimiento
y de respeto, que siguen o acompañan necesariamente a todo derecho.
Si la sola intención,
si el solo animus fuera suficiente para conocido el dominio de cualquier cosa, todos
los hombres sin excepción podrían ser dueños de cuanto
existe no sólo sobre la tierra sino también de cuanto
haya o pueda haber en mundos superiores.
¿ Y ente nces
cuál seria la suerte del concepto de propiedad?
Sin duda
no existiría; carecería de objeto.
y he aquí que tendríamos
entonces otro absurdo más
grande que el de la justificación de los medios por e fin,
pues que ya no sería un fin, o mejor un bien, el que facultaria o legitimaria despojos, injusticias y violencias, sino
que sería una simple intención que bien podía con ;istir
o en un mero capricho o en un antojo cualquiera.
Ahora bien: ¿ podrá pensarse, concebirse siquiera por un
momento, que haya en realidad dentro de un terri :orio
perteneciente a un Estado, bienes inmuebles, como son
las minas, res-nullius en el sentido extricto del vocablo,
siendo así que en toda nación bien organizada lo qUI~ no
pertenece a nadie, o cuanto carezca de dueño, por supuesto que COll limitaciones, pertenece a ella, cuya Jersonalidad colectiva encarna o representa en cierto modo
la personalidad de los asociados en general, cuyo bie:1estar común es el patrimonio por excelencia. que está laja
su custodia?
"No hay bienes sin dueño, decla en célebre y jurídico
discurso el año pasado en el Senado el doctor Dé:vila
Flórez, dentro del buen orden social, y de ahí el principio de los bienes mostrencos y vacantes,
que el Es!ado
adjudica en determidas condici.ones, reservándose
parte
de su valor o de sus productos.
Así como los anti~uos
físicos decían que la Naturaleza
tiene horror al vado,
puede decirse que el derecho tiene horror al nihili:¡mo
en materia de propiedad, y por eso, en los Estados mo der-
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-49nos no hay cosas nullius» (1). El señor Cuesta MarHn, distinguido autor de derecho administrativo,
al comentar la
legislación española en esta cuestión, se expresa así: -La
primera solución. o sea la de considerar
las sustancias
minerales como res nullius, no resiste al examen porque,
enclavadas tales sustancias en terreno determinado y considerado este, en su totalidad,
en el suelo y en el subsuelo, la condición del mismo servirá para fijar la condición de aquéllas, y a menos que el terreno sea cosa
nullius, las minas habrán de ser del dueño de la tierra.
Ahora bien: La tierra en que vive la sociedad política,
llamase de ordinario territorio nacional, sin duda porque
los Estados se hallan, constituídos comunmente por naciones o por que están son o tienden a constituirse en Estado
Síguese de 10 dicho que no siendo las minas res nullius, en cuanto forman parte integrante de una cosa ya apropiada, el territorio nacional, ni de
dominio particular, que originariamente
no pudo adquirirse mediante la ocupación, por falta de intención, no por
el trabajo, no ejercitado sebre ellas, pertenecerán a la colectividad, a la sociedad polftica, y la representación
de
ésta o el poder-público
será el competente para establecer las reglas que estime convenientes y fijar las condiciones mediante las que haya de adjudicarse a los particulares la propiedad
de las minas y se facilite su investigación y explotación
sin perjucio del derecho de
propiedad privada, a cuyo dueño debe indemnizarse cuando por aquellas se perjudique o menoscabc». (2)
Para terminar este capítulo, nos permitimos
observar
que el sistema res llullius que combatimos, es el riguroso que sostenían Turgot y otros, es decir, aquel que
considera el subsuelo tan absolutamente sin dueño, como
si se tratara de la luna o de cualquier otra cosa perdida en el espacio.
A este sistema podrfanse hacer otras crfticas fuera de
las ya hechas, como a todo aquello que, partiendo de un
(I) Discul'sO del añil de 1918.
(2) Curso de Derecùo administl'ativo.
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-50enteramente diferente del común, y ordinario que
en el mecanismo y vida sociales,
se pretendiera
y reconocer como regla de derecho.
lo que mira a un sistena relativo o limitado de
res nullius, puede admitirse; claro que con las Iimita::iones que lleva consigo el ejercicio de todo derecho; as(
lo comprenden varios autores, y es el que impera en 10
referente a los bienes superficiales que carecen de dueño, tales como los baldíos, mostrencos o vacantes.
cEl
verdadero principio,
en este caso, dice el señor Giner en su curso de Filosofía del Derecho, debe quizá buscarse en una aplicación
de Jus usus innoeui de
explotar aquellas utilidades de toda cosa que son cnmpatibles con el aprovechamiento
del primer dueño, ell;ual
no puede prohibirlas ni limitarias en tal caso. (I>
orden
existe
erigir
ror
(1) CurIO de Filosofía del Derecho.
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CAPITULO V
El subsuelo pertenece al Estado
En los capitulas anteriores nos hemos ocupado de los
sistemas de la accesión y de res nullius, relativos al dominio del subsuelo; tócanos ahora tratar del tercero, o sea
del dominio del Estado, para cuyo mejor estudio y sus
tentación recordaremos algunas nociones antes expuestas.
Entre los bienes que se dicen de dominio público o
bienes de la Nación, hay unos, como decíamos en el capItulo II, que son de uso común, de que se pueden aprovechar todos los ciudadanos, v. gr. las calles, las plazas,
los caminos, puentes, puertos, etc.; y otros que pertenecen al Estado como a un particular y que por lo mismo
se llaman bienes patrimoniales del Estado. Los primeros
no son propiedad exclusiva de ningún individuo sino de
la comunidad, existen para el uso público y por lo mismo son inalienables.
Los segundos, sin ser de uso común, pertenecen
al Estado como a representante
social,
encargado
de realizar el dere::ho y con poder para Ile
nar todas las funciones que privativamente
le corresponden, y por lo tanto, para fomentar la riqueza nacional,
encomendada
de manera cspeciallsima
a su cuidado. Estos bienes, sin ser, como decíamos, de uso público, ni estar destinados
a ningún servicio público determinado,
como los palacios de justicia,
los edificios para las Cámaras, los cuarteles, cárceles, etc., sirven para la satisfacción de las propias necesidades
del Estado, para su
desarrollo, su seguridad y todo cuanto exige el bienestar
general. De ellos dispone el Estado, más que en calidad
de propietario absoluto o directo, en el de tutor o representante de la riqueza nacional, o mejor ccomo órgano
social del derecho, según dice Manresa, como institución
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.;.....
52que exige privativamente,
medios adecuados para sostenerse, para VIVIr, para conservar
su organismo natural,
y cumplir de este modo meior, y más adecuadamente su
misión terrena» (I).
A esta clase de bienes, es a los que pertenece el subsuelo con sus minas, es decir, forma parte de l:>s llamados fiscales, como los baldíos, los bienes mos :rencos
y en general cuanto sin tener dueño actual determinado,
se encuentran
dentro de los dominios territorial es del
Estado.
El subsuelo, decfamos atrás, no ofrece interés i lrfdico
sino por razÓn de las minas de diversa clase que en él
se encuentran, desde que ellas, como cualquiera otr:> bien,
pueden ser objeto de transacciones
comerciales,
E s decir, susceptibles
de vender, de comprar, de arrend,H, hipotecar, etc.
Su naturaleza especial ha hecho que su condici 5n jurídica también lo sea; de suerte pues, que por I) menos en cuanto se refiere a su propiedad
originada,
se
les exceptúe de las reglas comunes a que está s:>metida la generalidad de los demás bienes, y esto, p)r razón de que su «aprovechamiento,
<-amo dice Ménresa,
entraña conflictos con los usos de la superficie terrestre,
particularmente
con los usos de la edificación y de la
agricultura». C) Con todo, creemos que la razón m~s poderosa y justificativa del proceder peculiar de las leyes
de los diversos paises respecto de tales minas, es la de
ser, como el mismo autor dice, «fuentes de intensilas riquezas», y más cuando algunas de ellas, como los hidrocarburos,
en sus varias manifestaciones,
han llegado a ser de aplicación obligada
para el desarrollo
de
las principales industrias, muchas de las cuales van vinculadas a los más importantes intereses del Estado, como
la seguridad y defensa de su soberanía.
Circunstancias
son estas, que hacen sobremanert interesante y necesario el que se dé solución de manera
formal y precisa a tan importante
asunto. Todl)s los
(1) M••nresa. (Jllmentario8
(2) Obra cita1a.
al Código Uivil Español.
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- 53paIses parecen tomar cartas sobre el particular y moverse constantemente
en tal sentido, optando por el abandono total y definitivo de sistemas que, ante la evolución actual de las sociedades,
ante los nuevos progresos
y descubrj;"]jentos de las ciencias, las trar¡formaciones
regenerado ras que se están sucediendo,
resultan ya demasiado anticuados, y por 10 mismo, de aplicación completamente nula y aun pe1í~rosísima
para \a existencia
de las nacionalidades
débiles que, hoy más que nunca,
requieren una organización
política más sólida e intensa,
basada
a su vez sobre la organización
científica de
sus recursos fiscales y ec,)nómicos; resultados
difíciles
de alcanzar con teorIas como las de la accesión y res
nullius, inspiradas,
una, en un individualismo
llevado
hasta el ogolsmo más repugnante y absoluto; y la otra,
en principios perturbadores
y anárquicos
que acaharlan
hasta con el concepto mismo de propiedad y de orden.
De suerte pues, que los hechos sociales se están encargando
de confirmar y consagrar
como verdades inconcusas y de conveniencia vital para el adelanto de Jas
países, ciertos principios y sistemas-como
el del dominio originario del Estado sohre el subsuelo--que
dejando
el carácter de simples opiniones dudosas y probables, y
por lo mismo más o menos discutibles, vienen a constituirse en reglas casi axiomáticas
que no necesitan demostración, y esto mal que les pese y pe,judique a los
propietarios de ciertos intereses creados-o
como dicenadquiridos.
La evolución
social lleva también consigo necesariamente la evolución legislativa y la jurfdica;
el cambio
de instituciones, así como la moderación del ejercicio de
algunos derechos que, como el de propiedad, que en otras
épocas, aun recientes, se miraban como algo sagrado e
intocable, hasta el punto de posponer a un injustificable
respeto, la salud de la patria misma y de la sociedad
entera. ¿Será esto lo que los defensores de la accesión y
res nullius pretenden conseguir?
No lo creemos;
imposible, y aun inconcebible que su ambición fuera hasta el
grado de disputar al Estado prerrogativas
las más au-
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-54~
gustas y esenciales para el cumplimiento de sus funciones peculiares, entre las que-como principal-se cuenta
la de procurar el bien común por medios \fcitos y adecuados, consagrando al efecto en sus leyes, principios
o sistemas de eficacia prActica y socialmente b ~néfica.
•.Un derecho, decía el doctor Dávila Flórez, es la aplicación de un principio en conexión con un hecho, y para
deducir conclusiones jurfdicas de los hechos, es indispensable conocer por deducción la razón de tajes hechos. La ley positiva es la expresión de un principio de
la vida social. En cuanto a los principios de tal naturaleza, unos se refieren a lo fundamental de esa vida, y
son inmutables, eternos; otros son de naturaleza adjetiva, pero derivados de los primeros, se manifie!.tan en
determinada época y en ciertas circunstancias del movimiento social humano. La seguridad pública, la mayor
seguridad para los fines del Estado, pueden hacer que
éste se reserve derechos de última categoria, porque la
necesidad general prima entonces sobre el interés particular-. (,)
Las necesidades cada día mayores de los E ;tados,
pues que ellas marchan a la par con su desarrollo V progreso, son la mejor confirmación del concepto anterior.
En efecto, en los pueblos contemporáneos existen lechos
sociales que en otras épocas eran del todo desconocidos, y que por lo mismo, no habían suscitado problemas de solución urgente y capital que requiriesen, como
los de ahora, nuevas medidas, nuevas reformas en el
campo de las instituciones, del derecho y de las eyes.
Los principios jurfdicos en su esencia son illmutables y absolutos, mas no en su ejercicio; él varia al compás de las transformaciones polfticas y sociales qUl~traen
consigo los tiempos y las generaciones que se V.ln sucediendo. El derecho de propiedad, en sus fundamentos
será siempre el mismo, verdadero e inmutable, mas en
su ejercicio tendrá que someterse al orden regular { evolutivo de las cosas, tendrá que acomodarse a las actua(1) DilCur80 pronunciado
en el Senado el año de 1918.
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- 55les circunstancias,
a las nuevas exigencias
de la vida
contemporánea
de los pueblos.
cNo basta que la ley,
dice el doctor Uribe Antonio José en su tratado de servidumbres, reconozca el derecho de propiedad,
como absoluto e inviolable, es preciso, sino que es necesario que
reglamente su ejercicio de manera de hacerla más fecundo no sólo para el dueño sino para los demás. De lo
contrario dónde estaría la interdependencia
y solidaridad
de una misma colectividad?
As! pues, deben garantizarse los medios indispensables
para hacer más provechoso
el uso de la propiedad;
a no Sfr as!, la propiedad quedaría incompleta, sería ilusoria y no tendría objeto. ¿ Qué
fuera por ejemplo, de un campo encerrado
en otros de
distinto dueño sin la servidumbre de tránsito?
(')
Ahora bien: el sistema que en este capítulo sostenemos, es fruto de esa evolución
que progresivamente
se ha venido verificando en la vida de las naciones, y
a que nos acabamos de referir; no es una invención cualquíera y arbitraria, es nada menos que la obra del tiempo y del curso natural de las cosas que, incesantemente, tienden a un grado mayor de perfección
y que los
legisladores de todos los paIses no pueden pasar inapercibidos y más cuando su trascendencia
aumenta y
se intensifica cada vez más.
El sistema del dominio del Estado, a diferenci:i de los
otros dos sistemas; y de la accesión y res nullius, parte
de puntos más conformes con el actual orden de cosas,
su fundamento reposa sobre más altos fines, sobre el carácter social del hombre, sobre el concepto mismo del Estado, sobre el objeto de su institución y de las diversas
funciones privativas
que a él sólo corresponden,
as!
como sobre la naturaleza particular
del subsuelo mismo
y de sus riquezas, alejando por consiguiente de su aplicación los inconvenientes
que suelen presentar la de los
otros dos de la accesión y res nullius, para traer en
cambio al Estado ventajas de vital importancia, no sólo
de orden económico y fiscal sino social y polftico, como
(1) Tratado
de 8ervidumbres.
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-56adelante 10 veremos. Reposa sobre el carácter social del
hombre, como es lógico que sobre él repose toda in:ititución verdaderamente jurídica; carácter que hace que el ejercicio de los derechos de aquél y aún de sus deberes esté
limitado y regido por la justicia distributiva, o sea que no
puede invadir el campo del derecho ajeno, ni menoscab.u los
intereses del todo social, sino que por el contrario debe
procurar armonizar en lo posible sus propias conveliencias con las de la sociedad, cediendo en sus pretelsiones cuando así lo demanda el bienestar de ésta. Dl:cansa igualmente sobre el concepto, objeto y funcione'; del
mismo Estado, como quiera que sólo por razón de éste
es que se hace necesaria su aceptación e implantamiento;
y hé aquí la base de toda nuestra argumentaciól
en
favor del tercer sistema a que nos referimos en estf~ capítulo.
La condición
indispensable
para el ejercicio de todo
derecho, para el goce de todo bien, es la existencia. Sill ella
los demás derechos no serían posibles ni siquiera concebibles, así como no lo sería una función sin facultad,
un movimiento sin fuerza propulsara, un cuerpo sir. forma, un efecto sin causa. Todo derecho implica ne'~esariamente la relación de un sujeto con un objeto :iobre
el que obra en atención a un fin especial.
Luego debe
haber dos términos
principales,
activo el uno y pasivo el otro. Si uno de ellos llega a faltar, v. gr. el
primero, el sujeto, la relación o mejor el derecho no
existirá; y por consiguiente,
serán del todo impo~;ibles
las nuevas relaciones o derechos que pudieran derivarse
de él. Esto es una verdad incontrovertible que la filosofía acepta y consagra como el más fuerte de sus cimientos y que enuncia con la conocidísima frase latina • Operari sequitur esse». De aqui, por tanto, la necesida j de
que el Estado, si pretende alcanzar su fin natural, conservarse y desarrollarse,
se preocupe en primer lug.if de
garantizar
por medios legítimos y justos, reservárdose
aquellos bielles más valiosos y eficaces y de natunleza
especialfsima, como las minas de diversa clase, su~xistencia, no sólo contra peligros internos, disturbios, revo-
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- 57IUciones, sino también contra peligros
exteriores como
las ambiciones, codicias e intentos expansionistas
y absorventes de otros Estados más poderosos, y más cuando todo eso ha sido inspirado precisamente por el deseo de hacerse a ciertas riquezas como aquellas del subsuelo a que ya nos referimos.
Lo que acontece en un orden inferior y particular con
el individuo, con la persona natural, se verifica de manera muy semejante
en la escala superior del Estado,
persona moral, y por lo tanto, capaz como el primero
de derechos y obligaciones;
con necesidades que satisfacer, con fines que alcanzar y funciones que ejercitar.
Ahora bien: Si la institución
del Estado responde a
algún objeto, si tiene indefectiblemente,
como cualquier
otro sér, papel que desempeñar y un fin que conseguir,
preciso es que tenga también las condiciones
propias
para ello.
Si al Estado incumben privativamente-como
en realidad sucede,-~iertos
servicios y funciones encaminadas
a la consecución del bienestar, de la comunidad o sociedad que él representa,
necesariamente,
lógicamente,
todos los medios que para la realización
de tal fin requiera, deben estar no a disposición de todos los asociados, sino única y exclusivamente
a la de aquél.
Absurdo serra que se le atribuyeran y reconocieran facultades, cargos y funciones, privativos, para en seguida
no más desconocerle, negarle el derecho de servirse de
ciertos medios que él juzga necesarios para desempeñar-
los.
La existencia,
decimos, es la condición de todo derecho y de toda actividad;
luego el primer deber, repetimos, del Estado, la primera función privativa que le
incumbe es la de garantizar mediante el ejercicio libre
y prudente de su soberania,
apelando
a toda clase de
recursos
de que pueda servirse lieitamente
cuando la
necesidad
asi lo exigiere, yendo, hasta la expropiación
de ciertos derechos
individuales,
previa la respectiva
indemnización,
porque cen cuanto a la expropiación forzosa por causa de utilidad pública, dice Prisco en su
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-1S8filosoffa del Derecho, además de hallar su fundamento
racional en la obligación que tienen todos de cOopt:rar
al bien común, la condición de una previa recompe 1sa
salva el respeto debido a la propiedad y borra la injusticia del despojo en daño de uno para beneficio de
los demás~. (')
Al tratar 'de la expropiación,
y en cuanto se refiere
al laboreo y explotación
del subsuelo, debemos advertir que aquélla sólo debe comprender la parte de la 5Uperficie estrictamente
necesaria que se utilice para la
realización de dichas operaciones,
v. gr. para hacer las
excavaciones,
hacer ciertas construcciones
lo mismo que
para la conducción
de aguas cuando ellas sean inclispensables, como en la explotación de metales y de I,iedras preciosas.
Declamas que la primera preocupación
de todo E:;tado debía ser la conservación
y garantía de su exist ~ncia. ¿Y qué es la existencia de un Estado? Nada menos que su vida misma, que la condición que resulta de
la reunién de los tres elementos del territorio, de la 10blación y del Gobierno
o autoridad,
que es la parte
formal de toda colectividad política, asl como los elos
primeros constituyen su parte material.
Estas tres cosas juntamente son las que no debe perder de vista cualquier pals, si es que quiere vivir libre
e independiente,
con soberanIa propia, patrimonio r ropio, funciones y fin propios, es deeir, si quiere obrar y
moverse por sI mismo, que es en lo que precisamE:nte
consiste el concepto de vida o de existencia.
Todos estos tres elementos son importantes, pero en
especial, el territorio ha de constituir para el Estado, objeto de singular vigilancia;
como quiera que aquel, a
más de servirle de punto de apoyo en el pspacio, de
campo de acción de todo sujeto, (en este caso el E;tado), entra en su patrimonio, sirviendo a la vez par.l la
determinación
del alcance o extensión de su actividad
jurldica bajo la forma de Leyes. ¿ Y qué mejor ml:dio
(1) Filosofía de Derecho,
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- 59para la garantía de dichos elementos esenciales a la vida
de un pals, particularmente
el territorio, que la aceptación espontánea,
que la adopción
del sistema que defendemos del dominio del Estado sobre el subsuelo?
La
reserva de la propiedad del subsuelo en favor del Estado, y particularmente
de aquellas substancias
subterráneas, como el petróleo,
que constituyen el objeto predilecto de las ambiciones
ilimitadas de otros Estados
poderosos, hace que aquél se vea obligado a dictar medidas, a reglamentar [a explotación y laboreo, a no hacer concesiones
para tales actos sino a quienes ofrecieren suficientes garantías de honradez y de actividad
benéfica para los intereses generales del pals, de manera
especial si se tratare de compañfas extranjeras, en la generalidad poco escrupulosas
del respeto debido a la soberania y leyes de los Estados hospitalarios,
donde tienen los centros de explotación de sus empresas de mineria.
Con esto no queremos decir que se:obstruya
y dificulte
en absoluto la inmigración al pals, no sólo de población
y de capitales extranjeros de que tanto necesitan naciones
como [a nuestra, de extensos territorios, y a la vez escasas de brazos y de recursos para la magna obra del progreso y de [a civilización; nó, no pretendemos eso; por e[
contrario, somos partidarios fervientes de que se fomente
esa inmigración como supremameute bienhechora para el
desarrollo del Estado, pero con sus limitaciones, poniendo por encima de [as conveniencias aisladas de los mineros inmigrantes, de esas compañías extranjeras y, eso
que también, de unos cuantos nacionales, [as altag conveniencias de la comunidad
política o sea del Estado.
Queremos es que se alejen, en cuanto sea posible, todos
los peligros contra [a soberanía,
no sólo de orden interno sino también de carácter internacional, que en países como la nación hermana de Méjico se han suscitado,
no pocas veces, con motivo de estas cuestiones de explotación y laboreo del subsuelo, y fomentado por los
poderosos trust yanquis que allí existen, y ayudados por
unos cuantos desalmados mejicanos que, a los genero-
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-60sos sentimientos de patriotismo, han antepuesto ll)s de
su codicia y ambición ilimitadas. De aqur que dicho
país se haya visto obli~ado, en 1917, a elevar a l:anon
constitucional el principio que nosotros defendemos, y
que allí ha producido resultados benéficos, o sea, el del
dominio del Estado sobre el subsuelo con sus ríq1lezas
minerales.
Estas son las razones de orden polltico de dicho sistema, razones a la vez jurídicas, toda vez que el Estado, al tener un fin peculiar que alcanzar, como es d del
bien común, debe tener medios adecuados que ne:esariamente presuponen facultades o derechos para p Jnerlos en práctica, es decir, poderes legItimas e inviolables
no sólo para hacer sino también para exigir.
Ahora bien: como uno de los principales argumentos
que se ale~an, y tal vez el único de mayor fuerza, contra el sistema de la propiedad del Estado sobre el subsuelo, es el de tos derechos adquiridos, haremos para
terminar atgunas observaciones, fuera, por supuesto, de
tas razones con que ya combatimos los otros dos sistemas de la accesión y de res nullius, y que por cllnsiguiente, obran y subsisten en favor de nuestra tesis.
El Estado, al reservarse el dominio det subsuelo con
sus diversas minas, y en especial con aquellas de primera necesidad para la industria, no obra como d leño
absoluto, como propietario directo, con facultades para
disponer de ellas arbitrariamente sino más bien com) un
tutor de la riqueza pública, como un administrador de
los bienes de la sociedad. «El Estado, obrando no CJmo
un propietario, dice Dalloz, que vende su casa, sino
como un tutor de la riqueza pública y como representante de los intereses generales, crea por vIa de concesión un derecho de propiedad sobre el subsuelo lT:ineraI en favor del particular, que ofrece mejores garartt{as
de buena explotación». (1)
¿ El Estado, al obrar en tal condición para declararse
dueño del subsuelo, podrá decirse en puridad de verdad
(1) De la Propieté, Tomo I.
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- 61que realiza
despojos, que defrauda derechos adquiridos
de los propietarios superficiales?
Despojar, defraudar derechos,
es quitar, es arrebatar,
es privar a alguien de lo que actualmente
tiene en su
patrimonio, de lo que está poseyendo.
¿Las riquezas
minerales de diversa clase que se hallan en el seno, en
el fondo de la tierra, podrá decirse que realmente
pertenecen al dueño del suelo, que forman parte de su fortuna o patrimanio, y que por lo mismo constituyen para
él derechos adquiridos, siendo así que entre dicho propietario superficial y dichos bienes subterráneos,
ningún
vínculo existe ni aun el de simple conocimiento, faltando por lo mismo los requisitos
indispensables
de toda
apropiación, de toda posesión, como lo son la intención
de señorío, el animus y el corpus o sea la ocupación o
aprehensión material y efectiva? De ninguna manera: el
Estado, al reservarse la propiedad del sub suelo, no hace
más que tomar ciertas medidas, ciertas precaucior.es tendientes a obtener un mejor y más útil aprovechamiento
de las riquezas subterráneas,
permitiendo su explotación
a quienes--como
declamas-den
mejores garantías y a
la vez tengan los recursos necesarios para acometer empresas de esa índole .•• No se puede decir que el Estado,
dice el doctor Arias Mejía en su obra ya varias veces
citada, al declarar que las minas le pertenecen, lleva encima un despojo, porque, en primer término, despojar
es privar a alguna persona o corporación de lo que actualmente está poseyendo,
y ninguna relación existe entre Poi propietario y el subsuelo;
y después, porque ni
el Estado hace esta declaración-no
debe hacerla por lo
menos en su provecho directo, sino COlLa intermediario,ni el dueño del suelo no hace más que vender forzosamente un lote de él en beneficio de la comunidad, ya
que bajo un régimen de minas sabio, liberal y ordenado, la propiedad en que una mina haya sido reconocida debe quedar ipso facto sujeta a la servidumbre de
verse ocupada por el minero a medida que las circunstancias lo requieran. Hay en este caso, debe haber, una
expropiación
por causa de utilidad pública. De otra suer-
y esperanzas
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- 62te, con un falso respeto a la propiedad privada, la industria minera, la más aleatoria de todas cuantas alkntan
en el organismo social, se hallaría cohibida en sus intentos y nunca saldría de su época embrionaria». (1)
Por otra parte, ¿ qué despojo podría haber, qué violación de derechos adquiridos, respecto de aquello que el
propietario del suelo no tuvo ni en la más remota idea,
intención de adquirir? El hombre, al hacerse a la posesión de un campo, al comprar una casa, atiende en el primer caso a sus condiciones de fertilidad, de clima, de
posición y otras ventajas superficiales; y en el segundo, a
las comodidades que ofrezca, ya para vivir, o pala el
establecimiento de alguna empresa; mas no se fij.l ni
considera en lo que puede haber debajo de esas fincas,
en el centro de la tierra, y por lo mismo, no incorpora
trabajos de ningún género fuéra del necesario paré. la
agricultura o edificación que-como ya sabemos-ne
va
más allá de la capa vegetal. En la generalidad de los
casos, el propietario del suelo no tendrá, respecto a los
productos minerales subterráneos, ni siquiera simples expectativas, que los demás, y el Estado en particular, estén en la obligación de respetar, y más cuando éstas por
más que existan, no constituyen ningún derecho de (:sos
inviolables, intangibles, que se imaginan los impugnadores del sistema del dominio del Estado sobre el sub~uelo. «Las meras expectativas, dice el articulo 17 de la
Ley 153 de 1887, no constituye derecho contra la ley
nueva que las anule o cercene». (">
Pero en fin, ¿qué es adquirir un derecho? ¿ Qué son derechos adquiridos?
El verbo adquirir parece que significa, y asl lo tc,ma
el diccionario de la lengua, conseguir algo una perse na,
hacerse a la apropiación de algún objeto que antes no
tenia en su poder, hacer entrar un bien en su patrimonio.
«Si nos preguntamos qué es derecho adquirido, dice
(1) Obra citada.
(~) Ley 15S de 1887.
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-63el distinguido jurisconsulto
chileno Eugenio Vergara, talvez nos veamos en embarazo para poder respondemos.
y sin embargo, esa expresión que ha pasado a ser técnica en el lenguaje de la jurisprudencia,
la vemos empleada a cada paso en las obras de derecho, y la aplicamos aún a negocios que no se prestan a admitir esa
calificación:>. (') Efectivamente, definir lo que es derecho
adquirido, es algo dificil, algo que se escapa a las primeras apreciaciones
del pensamiento,
y sin embargo,
todo el mundo habla de derechos adquiridos, llevando hasta confundir dicho concepto con las expectativas
o meras esperanzas de derecho, a que faltan todos los requisitos de lo que comunmente se llama adquisición.
El ilustre jurisconsulto
y gran patriota doctor Vicente
Olarte Camacho, en su alegato ante la Corte Suprema de
justicia, sosteniendo la exequibilidad
del Decreto Ejecutivo 1255 bis, agota la materia i por eso nos permitiremos
insertar varias de sus citas, lo mismo que algunos de
sus conceptos sobre el particular. Entre los autores citados por éste, se encuentra el señor Eugenio Vergara,
quien a su vez cita a M. Merlin, a Chabot de l' Allies, a
M. Duvergier, a M. Demolombe,
cuyas definiciones
de
derecho adquirido, exponemos a continuación
y por su
orden: el primero de los citados lo define asl: aquel derecho que ha sido adquirido por alguien antes del hecho
o acto que se le opone, para frustrar el goce de ese derecho; y en este sentido decimos que un derecho adquirido una vez pór alguien, no puede ser arrebatado sin su
asentimiento, ni menoscabado
o dañado por derecho de
un tercero:>. El segundo,
o sea M. Chabot de I'Allies,
dice: eSe entiende por derechos adquiridos aquellos que
habran sido irrevocablemente
conferidos y definitivamente adquiridos antes del hecho, acto o ley que se trata
de oponerle, para impedirle el goce pleno y completo de
esos derechos:>. El tercero de los nombrados, M Duvergier, se expresa: eSon derechos adquiridos lac; que pue(1) Alegato del doctor Olarte Oama.choante 1&Cnte Buprema de
Justicia.
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-64den ejercerse actualmente, es decir, a los cuales, en caso
de agresión o resistencia, el poder público debe protección, tanto para ponerJos a salvo de los ataques ce un
tercero, como para asegurar contra éste todo desanollo».
y por último, M. Demolombe dice: eQué es, pues, l:n derecho adquirido?
Es, definiéndolo
aqui a grandes
rasgos, y bajo la reserva de las aplicaciones que haremos
más adelante, el derecho bien y debidamente hecho mestra, con el cual nos hallamos
investidos,
del que nos
hemos apropiado, y que un tercero no podría arrebatárnoslo».
"Distfnguense tres órdenes de hechos íntimamente relacionados entre sí a saber: Derechos adquiridos, facultades o aptitudes, meras expectativas.
eLas facultades o aptitudes consisten en la capad dad
de obrar; en el poder legal de ejercitar ciertos ,lctos
propios de un estado o condición reconocidos
por la
ley; en los derechos anexos a dicho estado o condidón.
Tales son los derechos
que la ley concede al marido
sobre la persona y bienes de la mujer; al padre sobre
sus hijos y sobre los bienes de éstos ....
eLas facultades o aptitudes, mientras no llegue el caso
de ejercitarlas, tienen carácter de meras expectativas. Así,
el padre de familia tiene una expectativa de derecho al
usufructo y a la administración
de ciertos bienes de su
hijo, expectativa que se convierte en la facultad de ejercer el indicado derecho cuando ya el hijo adquiere laIes
bienes». (1)
Todas estas definiciones
de expectativa, suponen
un
estado reconocido por las leye'3, es decir, un estado que
habilita a quien esté en él, para adquirir y esperar Cllanto en razón del mismo pueda llegar a existir. Ahora ¡Jreguntamos: ¿ el propietario, por el hecho de estar en posesión de una finca raiz, como una casa o un fundo, (ebe
reconocérsele
como hábil, y por lo mismo con derecho
para obtener aquello que en razón de su calidad de propietario del suelo, no tiene ni siquiera la menor idea, la
(1) Citll. del doctor Ola.rte Ca.macho, en su alegatotant&
la C. S.
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-65menor intención de alcanzar, ni que necesariamente se
haya de derivar de ese mismo carácter, como una consecuencia? Claro que nó. Luego podríamos asegurar
-como dijimos atrás-que respecto de los productos minerales subterráneos, el propietario del suelo en la generalidad de las veces, no tiene ni siquiera simples expectativas; y si no las tiene ¿ cómo quererle reconocer
gratuitamente algo de mayor importancia y trascendencia como es un derecho adquirido de propiedad sobre lo
que ni aún conoce?
Al propietario del suelo, ¿cuándo se le ha conferido
irrevocable y definitivamente la facultad de apropiación
del subsuelo en lo que consistiria, según Chabot de
L'Allies, un derecho adquirido? ¿Dónde está el ejercicio actual de ese derecho, en qué debe consistir todo
derecho adquirido, y que puede invocar como título legitimo contra cualquiera agresión extraña, como dice
Duv ergier?
¿Dónde está el modo, o el titulo que lo autoriza para
hacer entrar debidamente en su patrimonio el sub suelo
con sus minas, y qué exige todo derecho adquirido, de
acuerdo con los principios de la filosofia jurídica, y según lo expresado por Demolombe?
En sentencia de 11 de junio de 1893, la Corte Suprema de Justicia definió así los derechos adquiridos: eSon
aquellos que hacen parte de nuestro patrimonio y que
están fuera del alcance del derecho de un tercero; como
por ejemplo el que uno tiene para recoger los bienes de
una persona que ha muerto y válidamente nos ha instituído en su testamento; o, en otros términos, es el que
nos presenta como algo que se intima con nosotros; que
está sujeto a nuestra dominación y que forma parte de
nuestro haber, (1)
Baudry-Lacantinerie y Houques-Fourcade, citados por
los doctores Champeau y Uribe Antonio José en su tratado de Derecho Civil, traen la siguiente definición, de
derechos adquiridos a la vez de expectativas: epor dere(1) GautfJo Jud1c1fJol,
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-66chos adquiridos, y debe entenderse las facultades lEgales
regularmente ejercidas, y por expectativas las que no la
habían sido en momento de efectuarse el cambio de legislación- (1) El doctor Uribe y Champeau hacen ,~I reparo de que «el derecho adquirido no es la facultad legal
misma sino el resultado que se obtiene por el ejerci( io de
elIa» C) Esta aclaración nos parece opurtuna, como quiera que evita la confusión entre la operación de la ldqui
sición y el objeto de ella misma.
De consiguiente, podemos definir el derecho adquirido
así: es aquel que tenemos sobre una cosa que, por nedio
o de la ocupación unida al trabajo o de la delacion de
una herencia, o de la tradición o prescripción, y àemás
modos de adquirir el dominio, hacemos entrar en nuestra fortuna patrimonial, y forma parte de esta en el momento actual.
Con esto creemos dar una idea clara de lo que I~S un
derecho adquirido, y a la vez dejar demostrada la sin razón de ser de la trivial argumentación
de los den~chos
adquiridos
sobre el subscelo, que en favor del cueño
del suelo se alegan y en contra de la teoría raciona que
sustentamos, la cual responde a una alta conveniencia
social; evita pletos difíciles de resolver por medio de los
otros sistemas, como son los que se suscitan sobn~ d~rechos indeterminados y aun desconocidos;
fomenta la riqueza nacional haciendo que las minas pasen a ITianos
hábiles y capaces que las exploten, las hagan producir
de manera provechosa para el bienestar de todos; r por
último pone coto y Ifmite a las pretensiones, a las astucias de compañías nacionales y extranjeras que intl~ntan
defraudar en su exclusivo beneficio las riquezas má!; valiosas del pais, y de primera necesidad para su industria,
progreso y seguridad.
¿Por qué tanto empeño en negar a la Patria el del echo
de apropiarse cosas de que nosotros no nos servimos,
o por lo menos no podemos utilizar, ni que son tar ab(1) Tratado de Derecho Oivil
(~) Obra citada.
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- 67solutarnente indispensables para nuestro desarrollo y subsistencia individual, en cambio que para ella y el bienestar común sí lo son? Cómo no alegar entonces iguales o parecidas razones para eximimos, por ejemplo, del
servicio militar, para no ofrendarle nuestras vidas en los
campos de batalla cuando su salud y defensa as! lo exigieren? ¿ Qué vale más, qué bien o derecho será mayor,
si la vida que más que un derecho adquirido es un derecho innato y connatural al hombre, anterior a toda sociedad y a todo otro derecho, y que constituye la condición sine qua non para cuanto pueda ser y adquirir el
hombre, o unos yacimientos de metales, de sustancias y
piedras más o menos preciosas, de que muchas veces no
tenemos noticia, y sin las cuales podemos vivir, conservamos e ilustramos?
Luego el sistema del dominio del Estado sobre el subsuelo, debe aceptarse como el más conveniente, el más
racional y conforme con el orden común y ordinario de
las cosas, y por ser, como dice el doctor Antonio José
Uribe, cel único que da impulso poderoso a la actividad
humana en la tarea de buscar los ricos yacimientos de
piedras y metales preciosos que, beneficiados, son fuente
de prosperidad nacional». (I)
Puede imprimirse.
El Presidente de Tesis,
PROSPERO MARQUEZ
(1) Tratado de aenidumùre.
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BIBLIOGRAFIA
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tarías al Código de Minas.
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DAVILA fLÓREZ. Discurso en el
Senado de 1918. Anales
del Senado.
Gaceta judicial de la Suprema Corte.
Anales de las Cámaras de 1918 y 1919.
NOTA.-La sentencia de la Corte Suprema a 9ue nos referimos en la «Explicaciónnecesaria. que va al princIpio de este trabajo, no es la que acaba de dictar, que ofrece serísimas críticas de orden legal y jurídico, por adolecer de una argun,e1tación
ficticia, falsa y altamente superficial. y que no pudimo, estulUar en esta monografía por estar ya la mayor parte en prensa.
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INDICE ANALlTICO
CAPITULO
I
Noción del subsuelo. Minas. Diversas clases de
bienes. Qué es subsuelo? Dónde principia y hasta
dónde va. Cual es su interés jurídico. Sus riquezas.
Es susceptible de derecho de propiedad. Condiciones de todo bien. Debe ser útil. Debe cotlsistir en
algo limitado. Debe prestarse a ocupación efectiva.
Imposibilidad física. Imposibilídad moral. Derecho de
propiedad. Cómo la define el Código de Napoleón;
nuestro Código. Bienes corporales, incorporales, muebles, inmuebles. A qué clase pertenecen las minas.
Son bienes inmuebles, corporales. Bienes naturales.
Bienes Res nullius. Bíenes de dominio público. Bienes de uso público.
CAPITULO
II
Modos de adquisición del dominio. Modos de derecho Civil. Modos de derecho público. Ocupación
Natural, de derecho de gentes, de derecho civil.
Condiciones de la accesión. Animus, corpus. La ocupación unida al trabajo, cuánto individualiza el tr~bajo. Accesión. Definición de nuestro Código. Es la
consecuencia de un derecho. Doble fin a que responde la accesión. Varias reglas sobre accesión. Regla general. Doble personalidad
del Estado. Personalidad política, personalidad
privada o jurídica.
Modos de adquirir de Derecho Público. Ocupación.
Conquista. Anexión. Forzosa. Voluntaria. Herencia.
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-70 -
CAPITULO
III
A quién pertenece el subsuelo? Sistema de la accesión. Res nullius. Dominio del Estado. El (ue es
duefio del suelo lo es del subsuelo. Exposición de la
teoría. ¿ Es un atentado? Demolombe cómo comenta
el artículo 552 del Código francés. Ventaia de la
teoría. Res nullius. Existe en algunos Estados de
Alemania. Dominio del Estado ¿en qué con:;iste?
Se basa en la distinción del suelo y del subsue'o. Se
ha generalizado. Dominio eminente. Refutación del
primer sistema. Se funda en un concepto abHoluto
de propiedad. Es la consagración de un abuso. Para
qué se dictan leyes? Qué dice Napoleón. Comte.
León Dinguit. La propiedad no es un derecho, es
una función social. Sistema Católico. La IglesÎél más
socialista que los mismos socialistas. León XI1I. Ketteler. L. Oarriguet. Sus opiniones. Se confunden el
Derecho con la espectativa. La acción perjudi:a el
desarrollo de la riqueza nacional
y de la industria.
Va contra el estado actual. La accesión dese )noce
principios universales de derecho. No es capaz de
resolver las dificultades que se presentan.
Cómo
explicar, quien es duefio del suelo lo es del subsuelo? Cómo se formula el principio. Ley d~ minas de Venezuela. Suelo y subsuelo. Ley pe'uana
de 1900. Legislación espafiola. Méjico. Cuál I~S el
origen de los pleitos? Es necesario que las le)es se
interpreten racionalmente. Código Civil nuéstro, regIas de interpretación. Debe atenderse a su espíritu.
El autor del Código francés qué consideraciones
pudo hacer al redactar el articulo 552? Evollción
en la interpretación
de las leyes en los diversos
países.
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-
71-
CAPITULO
IV
Res nullius. Inconvenientes del sistema. Trastornaria el orden social. Anarquía. No puede concebirse
en la actualidad. Daría origen a continuos pleitos.
Absurdo de la justificación de los medios por el fin.
Absurdo mayor a que conduciría. Animus y co/pus.
¿Hay realmente en un territorio res nullius?
CAPITULO
V
Bienes de dominio público, de uso público y del
dominio del Estado. Diferencias entre todos ellos.
Bienes para el servicio público. Los hechos sociales
convierten en verdad inconcusa el sistema del dominio del Estado sobre el subsuelo. Evolución juridica, legislativa. Los derechos en sus principios no
varían. Su ejercicio se acomoda a los cambios sociales. La existencia, condición de todo derecho. Operari sequitur esse. Los peligros contra los que debe
asegurar el Estado su existencia. Analogía entre la
vida del individuo y la del Estado. Si el Estado
tiene fines debe tener los medios. Absurdo será lo
contrario. La existencia como condición de todo derecho debe ser el primer acuerdo del Estado. Expropiación por causa de utilidad pública y lo que dice
Prisco al respecto. A qué debe limitarse. Territorio,
población que forman la parte material y el Gobierno parte formal del Estado. El sistema del dominio
del Estado sobre ci subsuelo es la mejor garantía de
esos tres elementos. Este sistema no impide la inmigración, la reglamenta. El Estado no obra como
dueño absoluto sino como tutor de la riqueza nacional. No arrebata derechos, reglamenta. Es imposible
el despojo, sobre lo que no pertenece al propietario
del suelo, sobre lo que es mera expectativa. ¿Qué
Este Libro fue Editado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República,Colombia
-72 es adquirir? Derechos adquiridos. Varios conceptos
de derechos adquiridos. Diferencia con las exp¡:ctati vas. Concepto de los doctores Champeau y U·ibe.
La propiedad del subsuelo no es absolutament€ indispensable para el desarrollo individual del prc,pietario dll suelo. La Nación sí la necesita, por Sl:r el
único sistema necesario para su prosperidad.
Este Libro fue Editado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República,Colombia
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