Lea cómo Marilyn Monroe conoció al presidente Jhon F

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Marilyn y Bobby
Uno de los mayores problemas que debía enfrentar Pat
Kennedy Lawford a comienzos de la década de 1960 era la
reputación de su marido, Peter. Él y su grupo de amigos,
conocido como el Rat Pack (el grupo de ratas), habían abusado de tal manera de su casa para sus aventuras sexuales
con mujeres que algún gracioso rebautizó el lugar con el
vulgar nombre de “High Anus Port” (“Puerto Ano Alto”).
Jeanne Martin, buena amiga de Pat, decía: “realmente no sé
en qué estaba pensando Peter. ¿Cómo pudo poner a Pat, y a
él mismo, en esa situación? Eso siempre fue un misterio
para mí. No era un hombre desconsiderado, pero hacerle
eso a su esposa…”. En efecto, cuando Pat se enteró del sobrenombre, se sintió avergonzada. Sin embargo, no era mucho lo que podía hacer al respecto. Su hermano, John, era
presidente de los Estados Unidos, y si él quería tener encuentros con mujeres en su casa cuando iba a California, ella
sentía que no tenía más remedio que permitirlo. “Obviamente, Pat lo sabía todo”, decía George Jacobs. “Lo que
pasa es que se había resignado. [Pero] a Pat debía resultarle
1
detestable que su casa se usara como un burdel para jfk”.
1
Jacobs dice que su jefe, Frank Sinatra, jamás se permitió esas aventuras en la casa de Pat, “porque la respetaba muchísimo más, creo, que
su propio hermano”.
Lo único que ella consideraba que podía hacer para darle
algo de dignidad a su lugar de residencia era dar ocasionalmente cenas elegantes y con clase, que solía hacer cuando su
hermano Bobby y Ethel estaban en la ciudad. Nadie recuerda que hubiera hecho cenas similares con jfk y Jackie, y
la principal razón para ello es que cuando John Kennedy iba
a la costa oeste lo hacía sin su esposa, pues la presencia de
ella a su lado le impedía hacer lo que quisiera. La reunión
más reciente de los Kennedy organizada por Pat tendría
lugar el 1 de febrero de 1962. Una vez más, la fiesta era en
honor a Bobby y Ethel, pues habían ido a Los Ángeles en
una primera escala de un viaje de buena voluntad por catorce países del mundo.
A través de las diversas narraciones sobre esta cena uno
puede comenzar a comprender una de las razones que explican los rumores sobre Marilyn y Bobby. Antes de esta noche, Marilyn –siempre inclinada a embellecer una historia
de por sí interesante– se pasó al menos dos semanas contándole a gente como Danny Greenson (hijo del médico),
Jeanne Martin y Henry Weinstein (productor de Something’s Got to Give), entre otros, la emocionante noticia:
“Tengo una cita con Bobby Kennedy”.
Henry Weinstein recordaba: “un día me llamó Marilyn
a decirme que tenía una cita muy importante con un hombre muy importante. Ella quería saber qué tipo de cosas le
podía decir, qué preguntas le podía hacer, que lo dejaran
bien impresionado. Yo le dije: ‘bueno, pero ¿quién es el
hombre? Para poder darte indicaciones sobre algunos temas.
Ella contestó: ‘Es Bobby Kennedy’. Yo quedé sorprendido.
‘¿En serio?’, le pregunté. ‘Sí’, me dijo. ‘Tengo una cita con
Bobby Kennedy. Entonces yo le dije: ‘ah, bueno, estamos
en pleno proceso de los derechos civiles, entonces pregúnta-
le qué está haciendo para calmar los disturbios, qué piensa
de Martin Luther King y todas esas cosas”.
En los años siguientes, se vio que las fuentes a las cuales
Marilyn dijo que estaba “saliendo” con Bobby Kennedy no
estaban mintiendo. Al parecer era la propia Marilyn la que
estaba mintiendo. En este caso, ciertamente no era una “cita” en el sentido clásico. Era una cena en la casa de Pat, y
Marilyn era nada más una de las personas invitadas. Sin
embargo, ella le dijo a la gente que era “una cita”, y la información pasó a los reporteros. Todo el mundo cuenta la
misma historia: ella escribió en una servilleta las preguntas
que le sugirieron, para poder recordarlas. Eran cuestiones
sobre los derechos civiles, sobre el apoyo de los Estados
Unidos al régimen de Diem en Vietnam y sobre el Comité
de Actividades Antiestadounidenses (huac, por sus siglas en
inglés).
Marilyn se vistió esa noche de la cena en casa de Pat para causar sensación. Años más tarde, Joan Braden, presente
aquella noche, recordaría: “Bobby dio media vuelta, yo di
media vuelta y ahí estaba ella… rubia, hermosa, con sus
labios rojos listos, con un vestido de encaje negro, que apenas si cubría la punta de sus senos perfectamente formados y
que le marcaba a la perfección las curvas de su cuerpo espectacular”. Joan susurró al oído de Bobby: “Bobby, esta es
Marilyn Monroe. La real y auténtica”. Luego, Pat se acercó
y dijo: “Bobby, quiero presentarte a Marilyn”.
Mientras que Bobby estaba medianamente interesado
en conocer a la estrella de cine, su esposa, Ethel, quedó más
impresionada por la diva. A diferencia de muchos de los
Kennedy, Ethel era una persona con los pies en la tierra y
nada pretenciosa. Se divertía, le encantaba jugar fútbol
americano con los hombres de la familia y era considerada
un poco masculina. También era el alma de las fiestas, un
poco como su cuñada, Pat. Antes de conocer a Bobby quería ser monja, pero obviamente se casó con Kennedy y tuvo
once hijos con él. Era muy querida por la familia, aunque
muchas veces hubo choques entre ella y Jackie. Ethel, siempre dispuesta a decir lo que pensaba, era devota de la familia
Kennedy y era quien más apoyaba a Bobby en sus ambiciones políticas. Mientras que sus dos cuñadas –Jackie y Joan–
tenían que hacer un esfuerzo por participar en las carreras
políticas de sus maridos, a Ethel le fascinaba la política y
esperaba algún día llegar a ser primera dama.
Ethel tenía ganas de conocer a Marilyn desde un año
atrás, cuando había decidido que esta actriz debería representarla en la versión para cine del libro de Bobby, The
Enemy Within (El enemigo en casa), que versaba sobre sus
investigaciones sobre las actividades ilegales de Jimmy Hoffa y el sindicato de los Teamsters. En ese momento, el estudio donde trabajaba Marilyn, 20th Century-Fox, estaba
trabajando para llevar el libro a cine. Budd Schulberg, quien
había escrito el guion para On the Waterfront (Nido de ratas), estaba adaptando la obra de Kennedy. Al final, el proyecto no se llevó a cabo, pero es interesante que Ethel
hubiera pensado en Marilyn para representarla a ella. A juzgar por las apariencias, es extraño. Al fin de cuentas, las dos
mujeres no se parecen en nada. Mientras que Marilyn destilaba sensualidad, Ethel era una figura más maternal y mundana. Sin embargo, Ethel había visto muchas de las películas de Marilyn y la encontraba interesante no por su apariencia física sino por lo que mucha gente veía en ella: una
muy buena actriz. “Yo pienso que está subvalorada”, le dijo
a Joan Braden, amiga de la familia Kennedy. “Creo que ha
hecho muy buenos trabajos y me sentiría honrada de que
me representara a mí en la película”. El aprecio de Ethel por
Marilyn no duraría mucho después de haber tenido la oportunidad de conocerla… y verla interactuar con Bobby.
Joan Braden recordaba: “Bobby terminó sentándose al
lado de Marilyn en la cena, con Kim Novak, Angie Dickinson y yo en la mesa. No recuerdo quiénes eran los hombres
que estaban entre nosotras. Sólo recuerdo a las mujeres y
sus vestidos, que mostraban sus pechos”.
Braden continúa el relato sobre el encuentro de Marilyn
y Bob: “Hicieron una conexión inmediata, lo cual no es una
sorpresa, pues los dos eran carismáticos e inteligentes. A
Bobby le encantaba hablar con mujeres hermosas e inteligentes y Marilyn, sin duda, entraba en esta categoría. Además, tenía una curiosidad infantil, que tal vez a él le parecía
refrescante. A mí me parecía encantadora, y todos los presentes en la fiesta estaban completamente hechizados por
ella, deslumbrados con su presencia”.
Después de la cena, Marilyn sacó su servilleta con las
preguntas y empezó a usarlas en su conversación con Bobby. Ella, a decir verdad, no necesitaba ese apoyo. Marilyn
sabía cómo desarrollar una conversación intelectual con una
persona como Bobby Kennedy. Al rato, los dos se retiraron
al bar a hablar sobre J. Edgar Hoover. Marilyn decía que el
hombre estaba fuera de control. “Espía a todo el mundo.
Hasta a mí me espía, ¿y yo qué tengo que esconder?”, preguntaba, según Jeanne Martin, que también estaba en la
fiesta y oyó la conversación a cierta distancia. Lo único que
hago es filmar películas e ir de compras, pero él pone a sus
gorilas a perseguirme”. Marilyn sentía que la seguían desde
hacía mucho tiempo. Pensemos en el incidente en que llamó a su seudománager, Lucille Carrol, para contarle que
alguien la estaba espiando en su habitación, aunque ninguna
escalera habría podido llegar siquiera hasta el tercer piso del
edificio donde vivía. Hubo muchos incidentes similares. Sin
embargo, un dicho se aplica muy bien en este caso: el hecho
de que uno sea paranoico no excluye que alguien lo esté
siguiendo. El hecho real de que a Marilyn sí la seguían los
gorilas de Hoover tuvo que alimentar su paranoia de base.
Bobby dijo que él y su hermano tenían la misma percepción
de Hoover (y tenían razón, pues sus agentes los espiaban
hasta en su menor movimiento), pero que todavía no podían hacer nada al respecto.
Cabe anotar que se han dado muchas versiones según las
cuales el primer encuentro entre Marilyn y Bobby dataría,
incluso, de 1960. Sin embargo, según la información recogida para este libro, queda claro que la fecha de su primer encuentro fue el 1 de febrero de 1962. Inmediatamente después, el 2 de febrero, Marilyn le escribió una carta a Isadore
Miller, el padre de Arthur. En ella se dirigía a Miller como
“querido papá”, y le contaba sobre su encuentro con Bobby
Kennedy: “parece bastante maduro y brillante para sus treinta y seis años, pero lo que más me gustó de él, aparte de su
programa de los derechos civiles, es que tiene un fabuloso
sentido del humor”. También le escribió al hijo de Arthur,
Bobby, con quien Marilyn tenía una relación cercana.
“Cuando le preguntaron a quién quería conocer, él respondió
que me quería conocer a mí”, escribió Marilyn. “Entonces
fui a esa cena y me senté a su lado. También es buen bailarín”. Por las palabras de Marilyn (“quería conocerme a mí”)
puede deducirse que los dos no se habían conocido antes de
esa noche. La actriz también escribió que le había hecho a
Bobby preguntas sobre el movimiento de los derechos civiles
y que quedó impresionada por sus respuestas. Afirmó también que Bobby le había prometido mandarle una carta don-
de resumiría la conversación. Marilyn le prometió enviarle a
Miller una copia de esta carta, “porque va a tener cosas muy
interesantes. Yo le hice muchas preguntas sobre las que la
juventud de los Estados Unidos quiere respuestas y quiere
ver resultados”.
“Después, comenzamos a bailar y recuerdo que Marilyn
le enseñaba a Bobby a bailar twist”, relataba Joan Braden.
“Los dos se reían y se divertían mucho. A mi modo de ver,
eso debía ser muy molesto para Ethel. Yo me preguntaba
cómo Bobby podía ser tan abiertamente coqueto con otra
mujer, sabiendo que Ethel estaba mirando, y también me
preocupaba por lo que pudiera sentir Ethel. La gente consideraba que Ethel era una mujer fuerte, más que las otras
mujeres del clan Kennedy. Pero yo siempre pensé que debajo de esa apariencia de bravuconería de Ethel había una mujer muy sensible e, incluso, dolida”.
Se ha dicho infinidad de veces que Marilyn Monroe llegó a tal grado de embriaguez aquella noche que no pudo
conducir su vehículo de vuelta a casa y, que, supuestamente, Bobby y su asistente de prensa, Ed Guthman, la llevaron. Incluso se ha citado a Guthman diciendo que esto fue
cierto. Es posible que eso haya ocurrido alguna otra noche –
aunque jamás se ha demostrado– pero ciertamente no ocurrió en la noche del 1 de febrero.
Nuevas investigaciones nos permitieron concluir que
Marilyn no se fue en su automóvil hasta la casa de los Lawford. A ella la recogió a las ocho de la noche un vehículo de
la compañía Carey Cadillac Renting Company, de California, en su apartamento ubicado en Doheny Drive y en él
la llevaron a la propiedad de la familia Lawford. Allí se quedó hasta las tres de la mañana y la llevaron de vuelta a su
apartamento. Para probarlo existe un recibo de la compañía
Carey Cadillac Renting Company.
Edward Barnes, ahora propietario de una empresa de
servicio de valet parking, era un muchacho que trabajaba
como encargado de estacionamiento aquella noche en la
propiedad de los Lawford. Él cuenta que mientras Marilyn
esperaba a que llegara su conductor, hubo un alboroto frente a la puerta. “Otro muchacho que también estaba trabajando en el servicio de valet parking rompió una regla de
oro y le preguntó a la señora Monroe si podía tomarle una
foto. Ella dijo: ‘por supuesto’. En ese mismo instante, un
agente del Servicio Secreto apareció de la nada. Todo el
mundo quedó aterrado. Marilyn, también sorprendida, le
dijo: ‘un momento. ¿Quién diablos es usted?’. Él le contestó: ‘Servicio Secreto, señora’. Justo en ese momento, un
asistente de Kennedy, que luego me enteré que era Ed
Guthman, dijo: ‘tenemos agentes aquí, Marilyn. No hay
problema’. Ella respondió: ‘pues sí hay problema, porque no
está bien robarle a nadie la cámara’. Se dio media vuelta
hacia el agente y le dijo: ‘devuelva la cámara de inmediato’.
¡Y el tipo le obedeció! Luego, posó para la foto. Todo el
mundo miraba boquiabierto. Fue un momento único. No
lo olvidaré jamás. Yo pensaba que era increíble que Marilyn
se hubiera enfrentado a un agente del Servicio Secreto y
hubiera ganado”.
“Al día siguiente, le pregunté cómo había estado su cita
con Bobby Kennedy”, recordaba Henry Weinstein, “y me
dijo que muy bien. Luego añadió: ‘¿adivina qué? Tengo
otra cita con él’. A mí me pareció excelente. Pasaron unos
días en que no tuve noticias de ella, entonces la llamé y le
dije: ‘¿y cómo vas con Bobby Kennedy?’. Ella me dijo:
‘bueno, dígamoslo de esta manera: ya no necesito más preguntas’”.
JFK:
“¡al fin llegaste!”
A finales de febrero de 1962, Peter Lawford invitó a Marilyn a una cena en Nueva York, en honor al Presidente John
F. Kennedy. A Kennedy le encantaba la cultura de Hollywood y vivía fascinado con las celebridades, especialmente
con las actrices hermosas o, más específicamente, las actrices rubias muy hermosas, aunque, como se sabe, jamás
rechazó a una pelirroja o a una pelinegra. Marilyn había
conocido a Kennedy en la década de 1950, cuando este era
senador, pero en aquella época no tuvo oportunidad de
conversar con él a profundidad. Después de tener la oportunidad de conocer a Bobby, Marilyn tenía muchos deseos de
conocer a John. Ella no tenía intenciones románticas con él.
Al menos, no todavía.
La cena tendría lugar en la residencia de Fifi Fell, viuda
de un rico industrial. Milt Ebbins, socio de Peter Lawford
en su compañía productora, recuerda:
“Dave Powers [un asistente del presidente] y yo debíamos llevar a
Marilyn a la fiesta. La cena era a las ocho. Nosotros llegamos al apartamento de ella a las siete y media. Por supuesto, Marilyn no estaba lista en absoluto. La mucama salió de
la habitación de Marilyn y dijo que la señora no sabía qué
ponerse. Además, estaba su estilista [Kenneth Battelle] tratando de peinarla. Finalmente, Dave dijo: ‘yo no voy a quedarme aquí sentado cuando podría estar con el Presidente’.
Entonces se fue y luego mandó una limusina para que nos
recogiera”
“La limusina llegó a las ocho y cuarto y Marilyn todavía
no estaba lista. En ese momento, Peter llamó y dijo: ‘¿qué
carajos está pasando? ¿Acaso no se da cuenta que está
haciendo esperar al Presidente?’. En ese momento, algo me
hizo clic en la cabeza y pensé: ‘ah, pues tal vez esa es la
idea’”.
A las ocho y media, Marilyn seguía sin aparecer, pero el
estilista salió de la habitación, muy tranquilo, como si nada
le importara. Antes de irse, le dijo muy entusiasmado a
Milt: “vale la pena la espera. Créame. Se ve fabulosa”.
A las ocho y cuarenta y cinco Peter llamó de nuevo a
Milt. A estas alturas, Peter estaba histérico, con Dave Powers maldiciendo a su lado, y gritó por el teléfono: “Tráela
de una maldita vez. El Presidente la quiere acá, ahora”.
Milt respondió: “Estoy tratando, estoy tratando”. Peter
bufó: “pues deja de tratar y hazlo”, y le tiró el teléfono.
A las nueve el teléfono volvió a sonar y la mucama
anunció que era Peter. Milt le dijo: “dígale que ya salimos”.
Ahora, totalmente desesperado, entró como una tromba en
la habitación de Marilyn. Ella estaba dándole la espalda,
sentada frente al tocador, mirándose, con un delineador en
la mano, o eso le pareció a Ebbins, retocándose su famoso
lunar (en la mejilla derecha). “¡Marilyn, por Dios!”, dijo
Milt. “¿Te das cuenta de que estás haciendo esperar al Presidente?”. Marilyn volteó la cabeza. Estaba completamente
desnuda, pero tenía unos tacones negros. “Ay, cálmate,
Milt”, dijo muy tranquila. “Más bien ayúdame a ponerme
este vestido”. Se tomó un trago de jerez, sin prisa, agarró
un vestido de canutillos y lentejuelas que estaba en la cama
y empezó a ponérselo por arriba. Le llegó hasta las caderas.
Durante los siguientes diez minutos, Milt Ebbins estuvo
tratando de ayudarle a Marilyn en la tarea de ponerse, como
él decía, “el vestido más apretado que le he visto a cualquier
mujer. No lo podíamos bajar de las caderas. Por su puesto,
típico de Marilyn, no tenía ropa interior. Ahí estaba yo, de
rodillas frente a ella, con la cara a tres centímetros de su
entrepierna, halando el dichoso vestido hacia abajo con todas mis fuerzas, para hacerlo pasar de su gran trasero. Ella
no paraba de decir: ‘sigue halando, Milt. Sigue halando. Tú
puedes. Tú puedes’”.
Por fin, el vestido pasó de las caderas y le llegó hasta las
rodillas. “Ah, perfecto”, exclamó Marilyn. “Yo sabía que tú
podías, Milt”. Luego se puso una gran peluca roja y unas
gafas negras y comenzó a mirarse en el espejo otra vez. “Finalmente, la agarré del brazo”, recordaba Milt, “y le dije:
‘no más. Nos vamos’”.
“Nos subimos en la limusina y llegamos a Park Avenue.
Cuando salimos del automóvil, el lugar estaba lleno de fotógrafos esperando a ver quiénes eran los invitados del presidente. Nadie la reconoció. Subimos al piso donde estaba el
presidente y cuando llegamos nos recibieron dos agentes del
Servicio Secreto. Ellos nos llevaron al apartamento”.
Frente a la puerta cerrada, Marilyn se quitó la peluca y
se la entregó a uno de los agentes. Después de esponjarse su
brillante pelo rubio, se quitó las gafas y se las dio al otro
agente. Luego tomó aire, se alisó el vestido y dijo: “Bueno,
¿vamos?”. Uno de los agentes abrió la puerta y Marilyn
entró en el apartamento, seguida por Milt Ebbins.
“Cuando entró, fue como si se hubiera abierto el Mar
Rojo”, recordaba Ebbins. “Había unas veinticinco personas
allí y le hicieron una especie de calle de honor a medida que
avanzaba por el recinto”.
La actriz Arlene Dahl, casada con Fernando Lamas (y
madre del actor Lorenzo Lamas), también estaba en la fiesta. “Marilyn entró con su agente y, jamás lo olvidaré, todo
se detuvo, todo el mundo se quedó quieto. Fue realmente
mágico. Jamás he visto que nadie produzca ese efecto en un
salón. El Presidente se dio media vuelta y la vio. Era claro
que le había gustado. ‘¡Al fin llegaste!’, dijo con una gran
sonrisa, al tiempo que avanzaba hacia ella. ‘Aquí hay algunas personas que se mueren por conocerte’. Luego se le
acercaron todos. La gente quería estar cerca de ella, oler su
perfume, respirar de su mismo aire”.
John F. Kennedy tomó a Marilyn del brazo y se apartaron, no sin que antes jfk se volteara hacia Milt Ebbins, con
una sonrisa traviesa y una señal para darle las gracias.
El presidente Kennedy quedó totalmente prendado de
Marilyn aquella noche. Nada sorprendente. Antes de que la
actriz se fuera, él le pidió su teléfono. Como es obvio, ella se
lo dio. Al día siguiente, la llamó para hacerle una propuesta.
Le explicó que iba a estar en Palm Springs el 24 de marzo.
Se quedaría con su amigo –y, hasta donde entendía, también amigo de ella– Frank Sinatra. ¿No le gustaría acompañarlos? Ah, y por si acaso, “Jackie no va a estar allá”.
Pesos pesados
No deja de ser impresionante que Marilyn Monroe haya
hecho planes para una escapada romántica con el Presidente
de los Estados Unidos. Ahora bien, parecía que el destino se
encargaría de que la cita amorosa se concertara en medio de
un gran melodrama en el que participarían los dos hermanos Kennedy, Frank Sinatra y Peter Lawford, el marido de
la amiga de Marilyn, Pat.
Todos los que conocían a Bobby Kennedy tenían una
cosa clara: él estaba decidido a acabar con el hampa. No
sólo eso: además, como le había contado antes a Marilyn,
creía que J. Edgar Hoover estaba implicado en ciertas actividades ilegales, y que estaba usando informantes de la mafia para alimentar sus archivos difamatorios sobre la familia
Kennedy. Bobby, el más belicoso y volátil de los hermanos,
se pasó la mayor parte de 1960 y 1961 haciendo investigaciones a partir de estos indicios. La ironía es que todo el
mundo sabía que su padre, Joseph, tenía toda clase de conexiones con el hampa. ¿Habrá duda de que un hombre tan
astuto e informado como Bobby no supiera sobre ellas
también? Con todo, en febrero de 1962, sus investigaciones
sobre el hampa habían terminado y el Departamento de
Justicia había compilado un informe. En él se afirmaba básicamente que Sinatra estaba tan metido con la mafia que
prácticamente administraba su propia banda.
Las cosas se pusieron más negras para Sinatra cuando, el
27 de febrero de 1962, los agentes del fbi le informaron a J.
Edgar Hoover que una mujer llamada Judith Campbell
Exner se estaba acostando con el presidente Kennedy. Exner
era una de las muchas novias de un jefe de la mafia llamado
Sam Giancana. A Hoover no le tomó mucho tiempo descubrir que fue Sinatra quien presentó entre sí a todos estos
pesos pesados. ¡Finalmente, el fbi daba con una!
Tal como le mencionó John F. Kennedy a Marilyn, él
había programado quedarse con Sinatra en su casa de Palm
Springs. Sinatra idolatraba a jfk (a quien llamaba ep, El Presidente), de la misma forma que adoraba a sus conocidos
mafiosos. Sinatra acababa de construir unas hermosas casas
en su propiedad para la visita de jfk. También puso fotos de
los Kennedy por todas partes en la casa principal, e incluso
mandó poner una placa de oro en la habitación presidencial
que decía: “John F. Kennedy durmió aquí”. Mandó instalar
nuevas líneas telefónicas para el Servicio Secreto, así como
un nuevo helipuerto.
Sin embargo, Sinatra se estrellaría contra la realidad.
Bobby le dijo a su hermano John que, debido a las circunstancias de los vínculos de Sinatra con la mafia, el Presidente
de los Estados Unidos de ninguna manera se podía hospedar
en esa casa. jfk estuvo de acuerdo. Por supuesto, este razonamiento santurrón era el colmo de la hipocresía, pues una
de las razones por las que Bobby y jfk estaban de acuerdo en
hacer a un lado a Sinatra es porque era amigo de Sam Giancana y su novia, Judith Exner, ¡la mujer con quien se estaba
acostando John F. Kennedy! “Al presidente Kennedy le gustaban las situaciones de peligro”, observa el jubilado agente
del Servicio Secreto Lawrence Newman, “y yo creo que él
estaba moviéndose en terrenos que bordeaban la oscuridad y
el peligro”.
El pobre Peter Lawford fue escogido como emisario por
Bobby, para que le diera la noticia a Sinatra. Peter no podía
salir bien librado, y lo peor fue cuando le dijo a Frank dónde
se hospedaría jfk en Palm Springs. Sinatra tiró el teléfono.
Luego, lo estrelló contra el suelo. Mirando por la ventana
hacia el desierto caliente, le dijo a su empleado, George
Jacobs: “¿Sabes dónde se va a quedar? En la casa de Bing
Crosby… ¡y el tipo es republicano!”. Después de eso, Frank
sacó a Peter de dos películas para el Rat Pack, Robin and
the 7 Hoods [Cuatro gánsteres de Chicago] y 4 for Texas
[Los cuatro de Texas]. Para él, Peter Lawford había muerto.
Pat Kennedy Lawford estaba furiosa con este giro de los
acontecimientos. En todo caso, durante los últimos tiempos
Frank no estaba en su lista de gente favorita. No siempre
fue así. De hecho, gracias a Pat se reconciliaron Peter y
Frank Sinatra después de una discusión sobre la ex esposa de
Sinatra, Ava Garnder, sucedida la década de 1950. Aquella
fue la primera vez que Sinatra le retiró su amistad a Lawford; duró un par de años sin hablarle. Frank conoció después a Pat en una cena en casa del actor Gary Cooper, en
Lobby Hills. Aunque ella estaba embarazada, hubo un poco
de coqueteo entre los dos. Al parecer, en un momento dado, Sinatra recordó que su antiguo amigo, Lawford, estaba
casado con una de las hijas de una familia que tenía el potencial de convertirse en una de las más poderosas del mundo. Sinatra siempre había pensado meterse en la política y
empezó a abrigar la ilusión de que la familia Kennedy lo
ayudara en ese sentido. Repentinamente, los dos hombres,
Frank Sinatra y Peter Lawford, volvían a ser amigos. Cuando Pat dio a luz a su bebé, le pusieron a la niña el nombre
de Victoria Francis, por Francis Sinatra. Pat incluso invirtió
dinero de la familia para comprar los derechos del guion de
Ocean’s 11 [La cuadrilla de los once], pensando que los
protagonistas serían Peter y Frank. Sin embargo, ¿quién
terminó protagonizándola? Frank. Con Dean, Sammy…
ah, sí… y Peter. “Pero después de lo que Sinatra le hizo a
Peter en relación con jfk, Pat lo echó al olvido para siempre”, concluyó su amiga, Pat Brennan.
El fin de semana de Marilyn
con el Presidente
El 24 de marzo de 1962, un sábado por la mañana, Marilyn
se preparaba para su cita presidencial.
Las tuberías de su residencia estaban averiadas, y Marilyn tuvo que ir a toda carrera a la casa del doctor Greenson
para lavarse el pelo en la mañana del día veinticuatro. Luego volvió a su casa para vestirse. Entre tanto, Peter Lawford
caminaba de un lado a otro en el salón, esperando a que
Marilyn terminara de arreglarse, para llevarla al desierto. El
hecho de que Peter todavía siguiera involucrado en todo
este asunto indica que estaba irremediablemente ligado a la
historia Kennedy-Sinatra-Monroe y que realmente no quería que acabara su participación en ella. Marilyn salió por fin
del baño, con una enorme peluca negra sobre su pelo recién
lavado y peinado. Lawford y Monroe luego hicieron el recorrido de dos horas hasta Palm Springs.
Para comprender cómo se sentía Marilyn en esta cita
con el Presidente, hay que ver en qué clase de mujer se
había convertido y a qué tipo de cosas se había acostumbrado en su vida. Durante muchos años fue muy apetecida: era
la chica sensual de los afiches en los Estados Unidos desde
mediados de la década de 1950. Se había acostumbrado con
el tiempo a ser el centro de atención, a ser el blanco de todas las miradas en una fiesta. De hecho, la fiesta no comenzaba hasta que no llegaba ella. También estaba acostumbrada a verse rodeada de hombres inteligentes y poderosos –
como Joe DiMaggio y Arthur Miller– y también estaba
acostumbrada a que ellos se enamoraran de ella. Por eso,
aunque uno podría pensar que ella estaba deslumbrada ante
la idea de un encuentro con el Presidente de los Estados
Unidos, mientras que su esposa, la primera dama, estaba
ausente, la realidad es otra. Para ella, era… interesante.
Simplemente otro día loco en la vida loca de una actriz loca. Esta actitud es refrendada por dos fuentes creíbles.
Diane Stevens, de la oficina de John Springer, recordaba:
“Yo la llamé el 22 de marzo para hacerle una pregunta sobre Something’s Got to Give, y le dije: ‘¿qué planes tienes
para el fin de semana?’. Ella me respondió como si nada:
‘ah, voy a Palm Springs a pasar el fin de semana con Frank
Sinatra y John Kennedy’. [Al parecer, en ese momento Marilyn no sabía que el lugar de la fiesta había sido cambiado].
Lo dijo con tal despreocupación que hasta parecía extraño.
Yo le dije: ‘¡Anda, Marilyn! Es una cosa muy especial’. Y
ella dijo: “¿de veras?”. Yo repliqué: “¡Pues claro!” Luego,
ella contestó: ‘Bueno, pues Bobby y yo hemos salido dos
veces’ –algo que yo no sabía– ‘y hace poco conocí a John en
Nueva York. Es un tipo amable, y voy a ver qué pasa’.
Cuando colgué me quedé pensando: ‘¡Qué vida!’”.
Philip Watson, ex tasador del condado de Los Ángeles,
conoció a Marilyn en aquel encuentro en Palm Springs, y
decía que ella parecía muy calmada, luciendo lo que él describió como “una especie de bata”. Y añadía: “había mucha
gente al lado de la piscina, y muchos entraban y salían de la
casa laberíntica de estilo español. Marilyn y el Presidente
estaban ahí, y era evidente que andaban juntos. No tengo la
menor duda de que estaban pasando un momento muy
placentero. […] Sin duda, ella había bebido demasiado.
Había una intimidad entre ambos, y era obvio que iban a
pasar la noche juntos”.
Durante su estadía con jfk en Palm Springs (Jackie, por
su parte, andaba en India), Marilyn llamó a su amigo
Ralph Roberts. Los tres tuvieron una conversación que
indica que ni ella ni el Presidente entendían el lío que se
armaría si se llegaba a saber algo de su cita amorosa, o
indicaba que eso no les importaba. Marilyn le dijo a Roberts que estaba con un “amigo” que tenía ciertos problemas de espalda. Los dos –ella y Roberts– habían hablado anteriormente sobre algunos grupos de músculos y
Marilyn creía que esas eran las mismas zonas que aquejaban a su amigo. También quería preguntarle por el músculo sóleo, acerca del cual había leído en un libro llamado
The Thinking Body, de Mabel Ellsworth Todd. Marilyn
quería que Roberts hablara con él, y así lo hizo. A continuación, pasó al teléfono un individuo que hablaba exactamente como el Presidente. Hablaron un poco y Roberts
colgó pensando que su amiga Marilyn se estaba metiendo,
de nuevo, en algo enredado. Más adelante, ella le dijo que
ciertamente era Kennedy, y que agradecía el rápido diagnóstico de Roberts sobre sus problemas de espalda.
Marilyn pasó dos noches con el presidente Kennedy. No
se sabe a ciencia cierta si tuvieron relaciones íntimas alguna
de esas noches, y mucho menos si las tuvieron durante ambas noches. Sin embargo, podría pensarse que sí, porque jfk
estaba acostumbrado a tener relaciones íntimas con mujeres
hermosas y Marilyn sin duda estaba en el primer lugar de la
lista de la mujer más deseable, especialmente en 1962.
También, por su parte, a Marilyn tal vez le resultaría muy
difícil resistirse a Kennedy. Era fuerte, poderoso y apuesto.
Y no sólo eso: era el Presidente de los Estados Unidos. De
hecho, pensar que estos dos seres apasionados no darían vía
libre a sus pasiones sería un poco ingenuo. La pregunta sería, más bien, si ocurrió una noche o las dos. Con todo, esta
cita romántica sería la primera y la única para Marilyn en lo
que respectaba a John Kennedy. “Y ahí se acabó eso”, recordaría muchos años más tarde Ralph Roberts. “Marilyn
me dijo muy específicamente que habían estado juntos
aquel fin de semana, y esa fue la única vez. Fue sólo después
de muchos años que comencé a oír rumores que contradecían su historia, pero yo no los creí simplemente porque ella
fue muy específica en su relato de lo ocurrido”. En efecto,
según Roberts y muchas otras fuentes fiables, incluyendo
agentes del Servicio Secreto, cuyo trabajo era vigilar al milímetro las actividades del presidente, aquel fin de semana
fue el único que compartieron la estrella de cine y el comandante en jefe de los Estados Unidos. Un agente que
pidió que no se revelara su identidad lo dijo de esta manera:
“Si hubiera habido una aventura de larga duración, yo me
habría enterado. No hubo ningún romance. Lo siento. Fue
sólo un fin de semana. Nada más”. Otro agente afirmó:
“En esa época, todos supimos lo del fin de semana. Cuando
los dos ya estaban muertos, la gente comenzó a hablar de
una aventura. Créame: en 1962 nadie hablaba sobre ningún
romance. Lo que sabíamos es que jfk y Marilyn tuvieron
relaciones sexuales en la residencia de Bing Crosby, y eso es
todo. No pensamos que tuviera mayor trascendencia. El
Presidente se acostaba con muchas mujeres. Mirándolo retrospectivamente, ella fue una de las muchas mujeres que
pasaron por su vida, sin nada que resaltar. Si hubo algo más
entre ellos [Kennedy y Monroe], lograron ocultárnoslo… y
no creo que se pueda ocultarle algo así al Servicio Secreto”.
En efecto, y contrario a las especulaciones que durante
décadas afirmaron que los dos personajes tuvieron una larga
historia, la verdad es que Marilyn y jfk sólo compartieron
una o dos noches de –tal vez– pasión. Por supuesto, cabe la
posibilidad de que haya habido más: todo es posible. Sin
embargo, no hay pruebas verosímiles que confirmen un
amorío prolongado entre ellos. Decir algo más al respecto
sería estrictamente producto de una imaginación desbordada.
Something’s Got to Give
Marilyn Monroe estaba obligada por su contrato con Fox
de 1956 a hacer una última película, y el estudio la quería
para 1962. Esa película sería Something’s Got to Give [sin
título en español], una nueva versión, con presupuesto modesto, de My Favorite Wife, el excéntrico clásico de 1940,
protagonizado por Cary Grant, Irene Dunne, Randolph
Scott y Gail Patrick.
En esta época, los ejecutivos de Fox estaban en pánico
porque el estudio estaba al borde de la quiebra debido a las
pérdidas producidas por Cleopatra, la película épica filmada
en Roma. Aunque a Elizabeth Taylor le pagaron un millón
de dólares por hacer este filme (diez veces la suma que recibiría Marilyn por Something’s Got to Give), la película sufrió muchas demoras por culpa de las múltiples enfermedades de la actriz y sus días de ausencia en el plató. El estudio
no podía darse el lujo de tener problemas en el plató de otra
de sus películas principales. Ya había vendido la parte trasera de sus instalaciones para financiar Cleopatra y necesitaba desesperadamente el capital operativo que una película
con Marilyn podía aportar. Por desgracia, esta sería una
labor titánica. Hacer una película con Marilyn, en el mejor
de los casos, solía ser una terrible experiencia debido a sus
habituales retardos. En aquel momento, era obvio que la
actriz no estaba nada bien, ni emocional ni físicamente.
Con el tiempo, se hicieron muchísimos libros y documentos fílmicos sobre la complicada producción de Something’s Got to Give, pues en realidad fue un desastre desde
un comienzo. Cinco escritores diferentes trabajaron en el
guion. Walter Bernstein hizo el trabajo final, que no fue
ninguna maravilla. ¡La película desbordaba su presupuesto
casi desde antes de comenzar a filmar! Para enredar todavía
más las cosas, el doctor Ralph Greenson también logró
meterse en este aspecto de la vida de Marilyn, aunque no
sólo por voluntad propia. El director del estudio, Peter Levathes, seguramente sabía que su estrella Marilyn iba a causar todo tipo de problemas de producción por causa de su
enfermedad, así es que contrató al doctor Greenson para
que se encargara de que Marilyn apareciera todos los días en
el plató. Al parecer, todo lo que Greenson necesitaba era
una invitación para participar, pues antes de que los demás
pudieran reaccionar, el productor David Brown fue reemplazado por un amigo de Greenson, Henry Weinstein, sin
saberse cómo y para gran disgusto del director George Cukor.
Marilyn tenía el director que había escogido, George
Cukor, y su actor principal favorito, Dean Martin. Tenía
como diseñador de vestuario a Jean Louis. Tenía a su disposición a su maquillador personal, Whitey Snyder, lo mismo
que el estilista de mgm Sydney Guilaroff, quien le dio a su
cabello un aire esponjado perfecto y un maravilloso y nuevo
color platino. Lo que no tenía era la voluntad para luchar
contra los demonios que la mantendrían alejada del plató
durante los primeros dieciséis días de la filmación. Marilyn
le echaría la culpa de su ausencia a una larga serie de enfermedades: sinusitis, insomnio, virus, pérdida de la voz, agotamiento físico. El estudio contrató a tres médicos para que
estuvieran todo el tiempo en el estudio: un otorrinolaringólogo, un internista y un psiquiatra.
Es difícil ver el dvd del documental Marilyn: Something’s Got to Give –un repaso exhaustivo sobre la elaboración de esta película–, y mucho más si tomamos en consideración lo que habría podido ser la vida y la carrera de Marilyn si no hubiera vivido tan atormentada por dudas, inseguridades, relaciones desdichadas, paranoia, abatimiento y dependencia de las drogas. Es bastante notable, sin embargo,
que Cukor haya podido obtener algunas excelentes secuencias para la película, donde Marilyn aparece –sin exagerar–
más hermosa, más atractiva y, en fin, más Marilyn Monroe
que nunca. Hasta el final, uno de los grandes misterios de su
vida fue cómo hacía para verse siempre despampanante a
pesar de la pesadilla que era su vida privada. De hecho, bajó
ocho kilos antes de hacer su aparición en el plató, para las
pruebas de maquillaje y vestido, y por esa razón lucía una
figura sorprendentemente joven y tonificada. Como era
obvio, no estaba tomando su medicamento, lo que explica
en parte la pérdida de peso (para no hablar de algunos de los
problemas que tenía en el plató). Su delgada silueta la hacía
sentir más segura. Era juguetona, como una niña, cuando
posaba para la cámara luciendo algunos de los modelos que
le diseñó Jean Louis. Caminaba con una elegancia nueva. Es
maravilloso verla. Las filmaciones de prueba fueron incluidas
en el documental que mencionamos más atrás, al igual que
las escenas filmadas por Cukor. Durante años se pensó que
no quedaba nada de la película, pero en 1982 se descubrieron
en una atiborrada bodega del estudio ocho cajas de cintas sin
editar. Algunas estaban un poco descoloridas, pero todavía
en buenas condiciones. Unos cuarenta años después de que
Fox despidiera a Marilyn y diera por terminada la producción, el estudio salvó treinta y siete minutos de filmación e
incluyó parte de esta en el documental, que se dio a conocer
en un especial de televisión.
Algo que debe decirse sobre esta producción es que Marilyn estaba muy dispuesta a colaborar en los días en que
llegaba a trabajar. Haber escogido a Cukor como director
fue una decisión que lamentó. Marilyn sabía que él era un
buen director y respetaba su trabajo, pero también sabía que
el director no la tenía en buena estima, así que en cierto
sentido fue muy valiente de su parte llamarlo para este trabajo. Marilyn ya había aprobado a Cukor como director en
Let’s Make Love (El multimillonario) dos años atrás, y no
es fácil entender por qué quería repetir la experiencia con él.
“La madre era loca y la pobre Marilyn era loca”, diría más
adelante Cukor sobre ella. Al descubrir que tendría problemas con Cukor, Marilyn trató de hacer que el guionista
Nunnally Johnson lo reemplazara, pero sin éxito. “La chica
era neurótica como no te imaginas”, recordaría Johnson.
“Aunque fueran lo suficientemente locos como para dejarme reemplazar a George, dos semanas después algo podría
pasar y ella comenzaría a detestarme igual que lo detestaba
a él. Marilyn se iba alejando cada vez más de la realidad”.
Al final, Cukor terminó poniendo a Marilyn a repetir una y
otra vez las escenas más ridículas, como una donde aparecía
con un perro, que sólo ocuparía unos cuantos segundos en el
producto final. Habrían podido haber hecho un mejor uso
de su tiempo. Hasta en las escenas que podían hacerse con
ella de espaldas (donde su actriz sustituta, Evely Moriarty
habría podido hacer fácilmente el trabajo) Cukor insistía
que Marilyn estuviera presente en el plató para hacer una
toma tras otra. Sin embargo, ella no perdía los estribos.
Como dato adicional, 20th Century-Fox volvió a comenzar la filmación de la película el año siguiente, esta vez
con Doris Day y James Garner en los papeles que tenían
Marilyn y Dean. El título sería Move Over, Darling
[Apártate, cariño]. Lo curioso de esta película terminada es
que las escenas donde Marilyn aparece con vestidos de
coctel y peinados elegantes, vemos a Doris en blue jeans,
con el pelo recogido en una simple cola de caballo. Así se ve
la diferencia de personalidades entre las dos grandes actrices,
Monroe y Day.
La fascinación de Marilyn
con el Presidente
No es aventurado decir que Marilyn no tenía cabeza para
Something’s Got to Give, aunque trataba de hacer lo mejor
que podía. Después de pasar el fin de semana con el presidente John Fitzgerald Kennedy en Palm Springs, Marilyn
parecía no tener más que una preocupación: el Presidente.
Según la información obtenida recientemente, es claro que
ella quería verlo otra vez. Rupert Allan recordaba: “Lo único que sé es que ella parecía obsesionada con el Presidente.
En un momento, comenzó a parecer confuso lo que ocurría
entre ellos, aunque yo no creo que fuera gran cosa. Pero a
ella se le veía que quería más”. Un agente del Servicio Se-
creto que trabajó durante la administración Kennedy añadió: “Ella trataba de llamarlo con insistencia. Quería verlo.
Lo hizo saber claramente. Todo el mundo lo sabía”.
No es difícil entender el entusiasmo instantáneo de Marilyn por el presidente Kennedy. Por su enfermedad, la esquizofrenia paranoide límite, padecía graves accesos de paranoia. Sabemos que el fbi la seguía. Es posible que la siguieran otros políticos excéntricos, aunque sólo fuera por su
vínculo con Arthur Miller. En realidad tenía grandes motivos de preocupación. No es descabellado suponer que Marilyn veía en Kennedy al gran protector. Al fin de cuentas, era
el hombre que tenía bajo su mando a todo el departamento
de defensa de los Estados Unidos. Si alguien había en el
mundo que pudiera protegerla de sus enemigos reales o
imaginarios, tenía que ser John Fitzgerald Kennedy. Él era,
de lejos, el hombre más poderoso que había conocido. Los
otros dos hombres notables de su vida –DiMaggio y Miller– tenían presencia personal. Eran poderosos en el sentido
en que dominaban la reacción de la gente en un salón, en
una situación social. Kennedy, por su parte, era poderoso a
escala global. No dominaba un salón. Dominaba el mundo.
Para comprender la obsesión repentina de Marilyn
Monroe con jfk es necesario recordar que ella, ante todo, era
una mujer que temía mucho quedarse sola. Por desgracia,
las circunstancias de su vida fueron tales que se vio abocada
a estar sola mucho tiempo. Sin lugar a dudas, las decisiones
que Marilyn tomaba por la época de 1962 eran producto
del miedo, cuando estaba sola en la oscuridad, asustada de
lo que le podría ocurrir, imaginando con temor las nuevas
pruebas por las que tendría que pasar cuando saliera el sol.
Si el doctor Greenson sentía que podía confiar en Eunice
Murray, estaba equivocado. Años más tarde, la propia Mu-
rray tendría que admitir que no tenía idea sobre la presencia
de los Kennedy en la vida de Marilyn, aunque vivía en la
casa de esta y se la pasaba fisgoneando para obtener información. Las personas en quienes Marilyn confiaba eran gente como Pat Newcomb, su publicista –y de ella tampoco
estaba muy segura–, Joe DiMaggio, Pat Kennedy Lawford;
tal vez Peter, el marido de Pat, Ralph Roberts y otros pocos más. Su círculo era cerrado y cada vez se cerraba más.
Incluso su media hermana, Berniece, era una observadora
externa por esta época. En las últimas llamadas telefónicas
sostenidas entre ella y Marilyn, la conversación era muy
superficial. Es muy probable que Marilyn sintiera que necesitaba ayuda; quizás hasta cierto punto sentía que John F.
Kennedy podía ser su salvador. Desde luego, también le
interesaba obtener el respeto que una conexión de este tipo
le podría aportar. Infortunadamente, ella no estaba en la
lista de las preocupaciones del presidente Kennedy. Ni siquiera devolvía las llamadas que le hacía a la Casa Blanca.
El amigo y empleado de Frank Sinatra, George Jacobs,
había tenido agradables conversaciones con jfk en épocas
anteriores, cuando el Presidente todavía se sentía cómodo
en casa de Sinatra. “Pasé suficiente tiempo con ese hombre
como para saber que ninguna mujer, ni siquiera su esposa,
era sagrada para él. Necesitaba lo mismo que Alejandro
Magno: conquistar el mundo. Para él, Marilyn era una conquista más, un trofeo. El Gran Tiburón Blanco de Hollywood, tal vez, pero nada más. Un nombre en una lista, no
un romance”.
“John dejó de interesarse por ella después de Palm
Springs”, afirmaba el senador George Smathers [demócrata
de la Florida], buen amigo de Kennedy. “Creo que sólo
volvió a verla una vez más, que fue cuando ella vino a Was-
hington inesperadamente y nosotros –él, yo y otros, incluyendo a Hubert Humphrey, imagínese– la llevamos a navegar en un barco por el río Potomac. Marilyn y Hubert
Humphrey… fue raro. Ellos dos no tenían mucho de que
hablar. Regresamos a las 11:30 de la noche. Ella no se quedó en la Casa Blanca. Se quedó en otra parte. Con seguridad, no hubo sexo entre Marilyn y jfk aquella noche. Lo sé
porque le pregunté al día siguiente y él me habría contado
feliz, sin problema. De hecho, Jackie sí se enteró de ese paseo. Una vez estábamos en un baile en la Casa Blanca y me
dijo: ‘no creas que soy ingenua. Yo sé lo que tú y John
hacen con esas muchachas bonitas –como Marilyn– navegando en el Potomac a la luz de la luna. Parecen adolescentes, George”.
“Jackie estaba acostumbrada a las indiscreciones de
John, pero esta en particular le molestó mucho. Sabía por lo
que había leído y oído decir que Marilyn era una mujer
atormentada. ‘Tenle compasión’, le dijo, según me contó
John después. No estaba enojada sino molesta. John me
dijo: ‘no vale la pena, George. Jackie me da mucha libertad.
Y si esta mujer va a ser un problema para ella y me causa
líos respecto a la forma en que trate a otras mujeres que me
interesen, puedo vivir sin ella. Puedo vivir sin Marilyn
Monroe. No hay problema. Entonces, mira, acabemos este
asunto de Marilyn Monroe antes de que sea demasiado tarde’”.
“Yo quedé sorprendido”, continúa Smathers. “Yo sabía
que Jackie tenía influencia, pero no tanta, no al punto de
hacer que el Presidente terminara su relación con una estrella de cine. Pero así era, al parecer. Entonces llamé a un conocido, un amigo de Marilyn en quien yo podía confiar, y le
dije: ‘mira, necesito que le pongas freno a Marilyn para que
deje de abrir tanto la boca y deje de contar lo que está pasando con John. Está comenzando a molestar’. Eso fue todo
lo que hice para que se terminaran las cosas; mi pequeña
contribución. Pero sé lo que hizo John. Dejó de recibir sus
llamadas, si es que alguna vez las recibió. Él ya no quería
nada más con ella. Pero Marilyn… bueno, deshacerse de
ella no era tan fácil, por así decirlo”.
“Si Kennedy hubiera manejado de otra manera a Marilyn es posible que las cosas no habrían tomado un giro tan
dramático”, diría Rupert Allan. “Pero evitarla como lo
hizo no fue bueno”.
Más aún, parece ser que jfk le dijo a Marilyn una dura
frase en Palm Springs. George Smathers recuerda: “John
me dijo que estaban hablando sobre cualquier cosa y en un
momento dado le dijo algo así como: ‘tú no tienes madera
para ser primera dama, Marilyn’. Según me dijo, ella quedó
muy golpeada. No le gustó para nada oír eso”.
Kennedy jamás le dijo a Marilyn que ya no quería nada
más con ella y que su relación sólo duraría lo que duró aquel
fin de semana en Palm Springs. Tal como indican actualmente las fuentes, él simplemente se negó a devolverle las
llamadas que ella le hacía a la Casa Blanca. También vale la
pena anotar en defensa de Kennedy que él era quien estaba
al frente de todo un país. Tenía muchas otras cosas en qué
pensar. Marilyn, sin embargo, no hacía más que pensar en
él. “Marilyn era una persona muy obsesiva y neurótica”,
decía Diane Stevens. “Tenía una enfermedad mental, no
nos digamos mentiras. Consumía drogas y no pensaba con
claridad. Se pasó de la raya con este hombre y yo realmente
no sé por qué. Fue sólo un fin de semana, al fin y al cabo.
Mirando retrospectivamente, creo que eso fue el catalizador
de su ruina total. El hecho de que él no le devolviera las
llamadas la enloqueció”.
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