Historia filosófica de la idea de forma orgánica

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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Índice
Pág.
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Introducción
Cap.1. Aristóteles: la forma orgánica como forma sustancial
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I. Los tratados biológicos en el conjunto de la obra aristotélica
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II. Forma y gnoseología.
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1. El debate reduccionismo / antirreduccionismo en tiempos de Aristóteles.
2. La forma orgánica y la búsqueda de principios.
3. La forma de la diferencia interorgánica: clasificación o definición.
3.1. La Investigación sobre los animales como taxonomía.
3.2. La Investigación sobre los Animales como tratado empírico.
3.3. La Investigación sobre los Animales como un estudio de la diferencia.
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III. Forma y ontología.
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1. La eternidad del mundo y la permanencia de las especies.
2. Todo y parte: los niveles de organización de la materia.
3. La forma orgánica: la forma biológica como forma sustancial.
3.1. Forma y estructura
• La forma como determinación en la materia segunda.
• La forma como heterogeneidad espacial.
• La forma como principio estructural.
3.2. Forma y función.
3.3. Forma, función y materia: la necesidad hipotética.
3.4. Forma y materia: los caracteres variables.
4. La forma de la diferencia interorgánica.
4.1. Materia y forma como principios lógicos para la definición:
el genos como materia y el eidos como forma
5. La forma del individuo.
5.1. Los principios de la generación: lo masculino y lo femenino.
5.2. Las causas de la reproducción.
2.1. La causa final.
2.2. La causa formal: la forma del individuo o la forma de la especie.
2.3. La causa material: el flujo menstrual femenino.
2.4. La causa motora: el semen del macho.
5.3. La teoría de la herencia.
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IV. La actualidad de la biología de Aristóteles.
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Cap.2. La herencia de Aristóteles: Galeno y Linneo.
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Galeno y la forma del organismo.
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I. Forma y gnoseología.
II. Forma y ontología.
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Linneo y la forma interorgánica.
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I. El primer Linneo: la lectura escolástica de la biología aristotélica.
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1. El eternalismo aristotélico y el fijismo linneano.
2. El esencialismo y la forma de la diferencia inteorgánica.
II. El sistema de clasificación de Linneo en sus obras de madurez: la introducción del
tiempo y la crisis del esencialismo.
1. De los géneros porfirianos a los géneros modulantes.
2. La nomenclatura binomial: la disociación entre clasificación y definición.
3. Variabilidad intraespecífica y variabilidad en el tiempo.
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Cap.3. Kant: la forma orgánica como forma ideal.
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I. La Crítica del Juicio en el conjunto de la obra kantiana.
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II. Forma y Gnoseología.
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1. El debate reduccionismo/antirreduccionismo en tiempos de Kant: el idealismo vs. el realismo de
la finalidad.
2. La idea de fin y la idea de Todo y Parte: la Técnica de la Naturaleza.
3. El concepto de fin como concepto regulativo. Juicio determinante y Juicio reflexionante.
3.1. El concepto de fin como principio objetivo: las antinomias de la Razón.
3.2. El concepto de fin como principio regulativo.
4. El Todo como Naturaleza y el Todo como organismo.
4.1. La Naturaleza como un todo.
4.2. El organismo como un todo: la transformación del organismo en mecanismo.
4.3. La relación entre todo y parte en el plano epistemológico: entendimiento discursivo y
entendimiento intuitivo.
III. Forma y Ontología.
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1. La forma orgánica.
1.1. El entendimiento intuitivo y la “cosa en sí”.
1.2. La subordinación del entendimiento discursivo al entendimiento reflexivo: la materia
como medio de la forma.
2. La forma de la diferencia interorgánica.
2.1. La descripción de la naturaleza: variedad dada o variedad creada.
2.2. La historia de la naturaleza: una técnica sin intención.
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Cap.4. La herencia de Kant: Morfología idealista y Teoría celular.
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La Morfología idealista
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I. Forma y Gnoseología.
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1. La doble disolución ontológica y epistemológica de las antinomias kantianas.
2. Observación y Experimento.
3. Análisis y síntesis.
4. El fenómeno primigenio.
5. El debate reduccionismo / antirreduccionismo en tiempos de la morfología idealista.
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II. Forma y Ontología: la forma de los organismos.
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1. Todo y parte.
1.1. El todo como Naturaleza.
1.2. El todo como organismo.
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2. La forma de los organismos.
2.1. Las formas orgánicas como variedad dada: la afinidad formal como afinidad geométrica.
2.1.1. La forma como simetría de las partes.
2.1.2. La forma como combinación de partes formales.
2.1.3. La forma como figura geométrica.
2.1.4. La forma como morfotipo.
a) La teoría espiral de las plantas
b) El plan de organización: una cristalografía de los animales.
2.2. Las formas orgánicas como variedad construida: la afinidad formal como afinidad
genética.
3. Forma y función.
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La teoría celular
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I. Forma y Gnoseología
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1. La célula como materia empírica.
1.1. El experimento.
1.2. El microscopio.
2. La forma de la teoría celular.
1.1. La influencia de la Naturphilosophie.
1.2. El neokantismo de Schleiden y Schwann: una nueva filosofía inductiva,
genética y mecánica.
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II. Forma y Ontología
1. Forma y fuerza.
2. Forma y tiempo.
2.1.La célula como unidad estructural
2.2. La formación celular.
2.2. El crecimiento.
3. Forma y función.
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III. El debate entre reduccionismo y antirreduccionismo a la luz de la teoría celular.
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Conclusiones
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Bibliografía
189
3
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Introducción
El calificativo “filosófico” aplicado a la Historia de una idea debiera sonar
redundante para quien conciba a la Historia de la Filosofía, precisamente, como la
Historia de las ideas. Sin embargo, el actual protagonismo de los enfoques filológico y
sociológico, en filosofía en general y muy en particular en filosofía de la ciencia, ha
transformado al epíteto en un adjetivo de irrenunciable especificidad.
Quienes aplican la metodología filológica al análisis histórico de la Filosofía,
quieren atenerse al “rigor” de una hermenéutica que rescate el sentido originario de los
textos, científicos o filosóficos, que nos han sido legados. A esta historia filológica,
cuyos frutos son, no obstante, uno de los materiales más preciosos para el historiador de
la filosofía, se le opone nuestra investigación en un doble sentido sincrónico y
diacrónico. Desde el punto de vista esencial, porque la perspectiva filosófica no se
interesa sólo por la representación de las ideas que explícitamente articulan la
gnoseología y la ontología de un autor cualquiera; para quien concentra en la idea el
foco de su atención, y a diferencia del filólogo, los presupuestos que subyacen al
ejercicio de su construcción revisten un interés tan radical como el de los principios
filosóficos explícitos, máxime cuando, en tantas ocasiones, se demuestran
inconmensurables. Desde el punto de vista histórico, porque el encuadre sistemático de
una idea sólo será posible desde el presente, una vez se han explorado, a lo largo de su
desenvolvimiento, las distintas alternativas que han integrado a esa misma idea en el
sistema filosófico de referencia. Por otro lado, la historia posterior a las configuraciones
de una idea en momentos cronológicos dispares arroja una luz retrospectiva que no sólo
ilumina al pretérito, sino también, tras el camino de vuelta, al propio presente filosófico;
un presente que, ignorando —demasiado a menudo en filosofía de la ciencia— la
raigambre de las ideas sobre las que polemiza por considerarlas nada más que reliquias
anacrónicas de la prehistoria de su disciplina, incurre en un infantilismo filosófico
imperdonable.
La Sociología es esa otra gran disciplina que amenaza con solapar,
institucionalmente, a la Filosofía de la Ciencia. Pero frente a la historia sociológica, que
aplicada a las ideas se limita a señalar los contextos (tecnológicos, políticos o sociales)
en los que, indudablemente, se generan y realizan, la historia filosófica investiga los
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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
pensamientos que en ella se desenvuelven en tanto que cauces a través de los cuales —
mediante su concreción formal labrada en el tiempo— el mundo, un mundo objetivo
que los desborda, comienza a definir sus contornos y se nos hace presente. Con ello, no
queremos significar que las Ideas subsistan autónomamente en un mundo ideal, ni negar
tampoco que las fuentes de estas Ideas emanen de ciertas formas culturales o sociales.
Pero si bien toda idea filosófica se realiza en determinaciones sociales, tecnológicas o
políticas, no se reduce a ellas, sino que son esas mismas realizaciones las que quedan
absorbidas en la idea. Por eso hablamos de desbordamiento, y no de desarraigo, y por
eso es tarea filosófica inexcusable investigar la genealogía de las ideas construidas en su
historia, pues a su través descubrimos su raigambre fenoménica.
El carácter doblemente histórico y sistemático de nuestra investigación se ha
acometido mediante la intersección de dos ejes, uno temporal y otro lógico, de modo
que para orientarnos por esta historia de la idea de forma orgánica podamos manejar el
índice que la estructura como una brújula: la coordenada vertical señala la orientación
histórica, a cuyo través se ordenan, cronológicamente, los contextos tecnológicos,
políticos y sociales en los que la idea de forma orgánica se ha encarnado y transformado
desde el hilemorfismo aristotélico hasta la microanatomía celular; a su vez, cada uno de
los capítulos históricos aparece atravesado por coordenadas sistemáticas generales e
idénticas que, en función de las posiciones filosóficas características de cada período, se
especificarán en epígrafes a veces análogos, a veces distintos.
1. El eje histórico: genealogía de la idea de forma orgánica.
El concepto de forma orgánica sólo empieza a constituirse en idea filosófica
cuando es atravesado, en el Timeo platónico, por la idea ya conformada de forma
geométrica. En este sentido, podría suponerse que el contexto material donde hunde sus
raíces fue el mismo suelo que alimentó a la idea de forma geométrica, especificada
después en su significación biológica. Sin embargo, la idea de forma orgánica posee un
rasgo distintivo tan esencial respecto a la geométrica y, en general, respecto a la idea
global de forma, que nos obliga a pensar en un origen distinto. Ese otro rasgo reside en
la inexorable vinculación de la forma orgánica con su significado fenoménico, y ese
otro origen sólo puede ofrecerse aquí como contramodelo de las hipótesis ensayadas
hasta el momento para explicar la génesis material de la idea de forma tanto global
como geométrica. Lo importante aquí es que, en cualquiera de estos dos casos, su
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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
raigambre histórica ha sido siempre desplazada a contextos tecnológicos donde el
significado originario de las formas generadas en ellos no es ontológico sino
convencional. Así, se ha sugerido que la idea global de forma habría empezado a cobrar
entidad conceptual (correlativamente a la de materia) a partir de ciertos marcos
operacionales, como los artesanales, donde una misma forma se demostraba realizable
en materias distintas; en un sentido similar, la conceptualización de la forma geométrica
se ha interpretado como una abstracción progresiva de las figuras trazadas por las
operaciones de la agrimensura. Frente al desprendimiento de la materia y frente a la
convencionalidad del significado que en ambos casos aparece asociado a la idea de
forma, la etimología de la forma orgánica nos remite a un contexto tecnológico distinto.
El término zôion designa en griego tanto al ser animado como a la figura de una obra
artística, y todavía nuestro idioma califica de figurativo al arte que nos devuelve formas
reconocibles. La analogía entre arte y naturaleza, tan recurrente en esta historia, no sería
ya sólo una herramienta heurística posterior, sino que actuaría como germen originario,
aunque desde luego no suficiente, de la idea de forma orgánica. En efecto, la
representación artística de la naturaleza es el primer lugar donde la forma cobra entidad
ontológica, una entidad que, a diferencia de la forma geométrica, tiene, de manera
inmediata, significado fenoménico. Precisamente, la matemática empieza a ser
problemática y a constituirse en fuente de la reflexión filosófica cuando, al demostrar su
eficacia pragmática, parece “representar” a la realidad. De ahí que sólo entonces pueda
pretender Platón, en el Timeo, reducir la forma orgánica a la forma geométrica; sólo
entonces, comienza también la historia filosófica de la idea de forma orgánica.
Desde su constitución en idea filosófica, el problema de la forma orgánica
atraviesa la historia entera de la Filosofía, de modo que son muchos los momentos en
los que podríamos haber detenido nuestra investigación. Sin embargo, creemos que los
episodios puntualizados en el espacio resultante de esa doble coordenada temporal y
sistemática son suficientes para trazar el hilo de esta historia; suficientes y necesarios,
porque la genealogía de esta idea no se resuelve en una línea recta que pudiera
hilvanarse con sólo dos de sus inflexiones (Aristóteles y Kant, por ejemplo). Al
contrario, su historia deja el rastro de una hebra serpentante, entretejida con otras
muchas ideas, con bifurcaciones y regresiones constantes a puntos de partida que ya no
son tales, porque la flecha del tiempo, en filosofía, siempre es irreversible.
Si los capítulos que estructuran el eje cronológico de nuestro trabajo anudan
efectivamente esos puntos de inflexión es porque, en los autores escogidos, la idea de
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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
forma orgánica se configura a partir de una praxis biológica ejercitada por ellos mismos.
De este modo, y atendiendo al espíritu filosófico de nuestra historia, podremos explorar
las consecuencias teóricas, no sólo de la filosofía representada, sino también de la
gnoseología ejercida cuando ha tratado de aprehenderse, empíricamente, la forma
orgánica.
Aristóteles y Kant articulan los dos grandes episodios de esta historia: “La forma
orgánica como forma sustancial” y “La forma orgánica como forma ideal”. A cada uno
de ellos le sigue otro capítulo dedicado a sus herederos: Galeno y Linneo, en el caso de
Aristóteles; la morfología idealista y la teoría celular, en el de Kant. Naturalmente, los
saltos histórico-filosóficos nunca son inmediatos, de modo que el giro epistemológico
que imprime el criticismo kantiano a la historia de la idea de forma orgánica debe leerse
aquí en un sentido cualitativo, atendiendo a la ley dialéctica de la transformación de la
cantidad en calidad: si, en general, es la Escolástica quien nutre el terreno sobre el que
se ejecuta la inversión del problema general del conocimiento, la historia de la biología
encuentra en Linneo la bisagra entre dos épocas.
Aristóteles, Galeno, Linneo, Kant, los morfólogos idealistas y los primeros
teóricos celulares dirigen la orientación histórica de una idea constituida en la
codeterminación constante entre el trabajo del naturalista y la reflexión del filósofo. No
en todos ellos se da, desde luego, un entretejimiento perfecto entre ambos procederes.
La mayoría de los trabajos de los morfólogos franceses que precedieron a la
Naturphilosophie no se correspondió, por ejemplo, con una reflexión previa sobre los
fundamentos filosóficos de su quehacer científico; si los hemos integrado aquí es
porque la filosofía natural alemana asimiló todo este material hasta convertirlo en
propio. En el otro extremo aparece Kant, cuyo protagonismo en esta historia no le ha
sido atribuido, obviamente, por sus aportaciones como naturalista, sino porque su
filosofía condiciona la gnoseología entera de todos los naturalistas que, desde entonces,
reflexionaron sobre los presupuestos de su investigación. Sin embargo, cuando hemos
podido elegir entre dos autores de análoga relevancia filosófica pero desigual actividad
científica, hemos escogido al filósofo naturalista. Es el caso de Goethe, frente a
Schelling: fundador de la morfología idealista, su filosofía no sólo expresa con igual
profundidad el espíritu que movía a todos sus integrantes, sino que se corresponde con
una prolífica actividad científica ejercitada en constante dialéctica con la newtoniana.
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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
2. El eje sistemático: gnoseología y ontología de la forma orgánica.
Desde el punto de vista sistemático, hemos organizado cada uno de los capítulos
en dos grandes bloques que recogen la relación de la forma con la gnoseología y la
ontología de cada sistema filosófico. Puesto que la malla horizontal que apresa los
distintos momentos atravesados por la idea de forma orgánica se ha concebido
sistemática y no genéticamente, no deberá extrañar que, en el mundo clásico, la
gnoseología se anteponga a la ontología. Las razones podrán inferirse fácilmente de
nuestra defensa de una historia específicamente filosófica: por un lado, las
clasificaciones sistemáticas se acometen siempre desde el presente, y hoy la reflexión
filosófica sobre la Naturaleza no puede darse ya sin la mediación de las ciencias; por
otro, desde la coordenada sincrónica no sólo queremos confrontar las distintas
concepciones de la idea de forma orgánica, sino también investigar la luz que ciertas
partes suyas, traducidas al lenguaje contemporáneo, pudieran arrojar sobre la actual
reivindicación de una ontología morfologista.
Cada uno de esos dos grandes bloques se divide, a su vez, en otros tantos
epígrafes. En el marco gnoseológico situamos la idea de forma orgánica en el debate
entre reduccionismo y antirreduccionismo para, una vez ubicada en el campo disciplinar
que corresponda, determinar, en el siguiente epígrafe, la metodología propuesta o
ejercida para su aprehensión. El marco ontológico aparecerá siempre bifurcado en los
dos planos en los que se desdobla la idea de forma como configuradora del reino de lo
vivo. La forma aparece, en primer lugar, como un criterio de distinción entre lo
orgánico y lo inorgánico: frente a los seres inertes y artificiales, se dirá, por ejemplo,
que la forma orgánica es anterior al todo, o que posee un dinamismo esencial que la
distingue de la rigidez de las estructuras inorgánicas. En segundo lugar, una vez
delimitado el reino de lo vivo por la unidad de la forma orgánica frente a la inorgánica,
es la multiplicidad de las morfologías vegetales y animales la que se presenta incierta:
¿Cuál es la razón de las semejanzas y diferencias que aproximan y separan a las formas
naturales?
Ambos
despliegues
problemáticos
de
nuestra
idea
(titulados,
respectivamente, “la forma orgánica” y “la forma de la diferencia interorgánica”) han
tratado de resolverse con herramientas filosóficas similares que han quedado recogidas
en otros tantos subepígrafes ontológicos. Cualquier capítulo de nuestra historia ha
procurado especificar, ante todo, el significado estructural de la forma orgánica a partir
de la idea, más general, de todo y parte; a continuación, cada uno de los sistemas que se
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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
suceden en la coordenada temporal ha ensayado conjugar la idea de forma orgánica con
otras tantas ideas (materia, fuerza, tiempo y función) que también entre los cuerpos
vivos adquieren una significación específica. Sin embargo, en ninguno de ellos se
relaciona la idea de forma orgánica con la serie completa de estos otros términos. Sólo
en las conclusiones, desde el presente y después de nuestro recorrido histórico,
podremos ofrecer una clasificación sistemática de todas las alternativas ensayadas hasta
hoy para explicar la singularidad, todavía irresuelta, de la forma orgánica.
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Historia filosófica de la idea de forma orgánica
1
Aristóteles: la forma orgánica como forma sustancial
I. Los tratados biológicos en el conjunto de la filosofía aristotélica: el
símil del escultor
Al poner en relación la biología de Aristóteles con el conjunto de su obra, la
mayoría de sus intérpretes asume la disociación entre la forma teórica de los tratados
lógico-metafísicos y la materia empírica de los estudios biológicos en los que raramente
invirtiera su madurez: por un lado, la arquitectura ontológica de su Metafísica y la
metodología impecable de los Analíticos Segundos; por otro, las “notas de campo”
compiladas por el maestro y sus ayudantes en la Investigación, y la heterogeneidad
desconcertante de la gnoseología ejercida en las Partes y en la Reproducción de los
Animales1. A autores como Jaeger2 esta supuesta escisión les parece incluso
biográficamente liberadora: el viejo Aristóteles, desatado del yugo de la Academia,
pudo por fin dirigir su mirada a los pormenores individuales arrojados por la
investigación empírica. En el extremo opuesto, la biología aristotélica ha sido
contemplada como el ejercicio fracasado del primer escultor de las especies animales: el
cincel teórico forjado en los tratados lógico-metafísicos se reveló impotente ante las
vetas largas e intrincadas, fluctuantes e inaprensibles, que recorrían la espesura de una
naturaleza recién explorada; la materia viva opuso una resistencia insalvable, y el reino
animal, a veces doblegado, acabó desmoronándose en una amalgama de fragmentos
incoherentes.
Lejos de percibir en el producto de esta empresa los vestigios de un naufragio,
han sido muchas las soluciones ensayadas hasta el momento para salvar la discrepancia
aparente entre la teoría científica y la práctica biológica en Aristóteles: si interpretamos
sus tratados empíricos como la realización parcial de un ideal acabado, las
incoherencias, por transitorias, se vuelven tolerables; o, tal vez, la definición no sea,
1
Cuando citemos textualmente a Aristóteles nos referiremos a la Investigación sobre los Animales como
HA, a las Partes de los Animales como PA, a la Reproducción de los Animales como GA y al tratado
Acerca del Alma como DA.
2
JAEGER, W.: Aristóteles [trad. J. GAOS], F.C.E., México, 1946 (reimp. Madrid, 1983), p.373.
10
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
como creímos, guía del método científico, sino simplemente el modo, nunca acometido
en biología, de formalizar los resultados obtenidos por vía de la dialéctica3.
Pero construido o no un puente que salvaguarde la unidad de su pensamiento,
todas las soluciones esbozadas hasta ahora admiten, como decíamos, la disociación
entre la forma teórica y el trabajo empírico. Desde esta perspectiva, los tratados
biológicos dejan de ser una fuente primaria de información filosófica: puesto que en
ellos, o bien no se ejercita o bien simplemente se aplica la lógica categorial construida
en otra parte, es preferible contemplarlos como estudios fundamentalmente empíricos:
aunque contagiados de supuestos metafísicos, inauguran la mirada atenta y minuciosa
del científico que persigue en los detalles la regularidad natural; y esto es, en definitiva,
lo que debemos salvar. Así lo creyó la interpretación taxonomista clásica, que diluyó la
teoría biológica en la información descriptiva propia de una enciclopedia animal. Y así
lo cree también la reasimilación contemporánea de la obra aristotélica a categorías
biológicas del presente: a pesar de ciertas sombras teóricas, naturales en los orígenes de
cualquier disciplina científica, la historia natural, la anatomía comparada, la fisiología y
la embriología comienzan su andadura de la mano de Aristóteles.
Últimamente, sin embargo, la mayor parte de los intérpretes de la biología
aristotélica coincide en negar la demarcación entre el trabajo lógico-metafísico y el
biológico. La práctica de la definición, la existencia de principios en la naturaleza viva y
el uso de los conceptos de genos y eidos como instrumentos para la definición y no para
la clasificación, se han convertido en los ejes principales de la reivindicación de la
continuidad entre la lógica, la metafísica y la biología del fundador del Liceo4.
Desde este nuevo enfoque, y frente a la analogía del escultor, cuya fertilidad
didáctica ha terminado por convertirse en el mejor obstáculo para la comprensión del
hilemorfismo, la comparación de la filosofía aristotélica con un todo orgánico se revela
mucho más ajustada; pues así como diría Aristóteles que la sangre separada del cuerpo
se solidifica en un barro distinto, así decimos nosotros que una parte desligada del todo
de su obra se convierte en una amalgama de fragmentos incoherentes. Veremos cómo la
situación inversa no implica las mismas consecuencias; pues así como un cuerpo
mutilado continúa siendo un cuerpo, así se conserva la unidad de su obra a pesar de la
ausencia de muchas de sus partes.
3
BARNES, «La prueba y el silogismo», 1981. Cit. en GOTTHELF, A.: «First principles in Aristotle’s
Parts of Animals», en GOTTHELF, A., y LENNOX, J.G. (eds.): Philosophical Issues in Aristotle's
Biology, Cambridge University Press, 1987, pp.167-198.
4
GOTTHELF, A., y LENNOX, J.G. (eds.): Philosophical Issues....
11
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Todo esto no significa que dejemos de maravillarnos ante los frutos, primeros y
acertados, de la observación empírica5, ni de perseguir en los desaciertos los prejuicios
teóricos6 o la consecuencia inevitable de una técnica rudimentaria. Pero el análisis
histórico, siempre entrecruzado con la filosofía de la ciencia, no puede trivializar la
extraordinaria carga teórica de los tratados biológicos. Su exploración filosófica no debe
limitarse a señalar hallazgos sorprendentes y estrepitosos deslices que la biología
contemporánea archive hoy en las vitrinas de su historia de referencia. La Investigación,
las Partes y la Reproducción de los Animales, encuadradas en el marco teórico del De
Anima y sus anexos, significan, ante todo, el ejercicio de una filosofía natural cuya
actualidad no puede dejar de sorprendernos.
Hemos de reconocer que, a finales del siglo XIX, la eternidad de las especies y
la teleología natural eran presas demasiado atrayentes como para resistir las invectivas
de los guardianes del estatuto científico de la biología. Reconociendo en Aristóteles a su
maestro, Darwin despedía con gesto caballeroso a un oponente poderoso pero vencido7:
evolución y azar estaban ya destinados a convertirse en las grandes consignas de la
revolución darwiniana, traducción biológica del giro que siglos atrás imprimiera Galileo
a la historia de la física.
Ahora que los éxitos de la genética y de la biología molecular vuelven
innecesarias las apologías, podemos quizás recuperar a Aristóteles sin maniqueísmos.
No se trata, desde luego, de salvarlo a toda costa. Muchos lo han hecho, relativizando
ciertos principios y considerando a otros como una mera herramienta heurística. Pero
así no sólo traicionamos su pensamiento; perdemos la potencia explicativa de
5
“Así, permanece su división entre sanguíneos y no sanguíneos, que corresponde a nuestros vertebrados e
invertebrados; la inclusión de los cetáceos entre los mamíferos; la distinción entre peces óseos y
cartilaginosos; la división de los invertebrados en crustáceos, cefalópodos, gasterópodos y bivalvos, e
insectos; el reconocimiento del carácter animal, y no vegetal, de formas inferiores marinas; o su idea de la
continuidad entre materia no viviente y materia viviente, y entre los animales y el hombre.” JIMÉNEZ
SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: «Introducción» a ARISTÓTELES: Partes de los animales, Ed. Gredos,
Madrid, 2000.
6
Lloyd llama la atención sobre dos teorías biológicas que se sostienen a partir de un fundamento
biológico débil: la superioridad del hombre sobre los animales y el cardiocentrismo. El hombre en
Aristóteles no sólo se distingue de los demás animales por ser erecto, poseer el cerebro más grande en
relación a su talla y tener las manos y la lengua adaptadas para hablar. Más dudosamente, se sostiene que
su sangre la más fina y pura, su carne más suave, y que emite más esperma en relación a su tamaño. En
cuanto al cardiocentrismo, el corazón aparece como el principio de la vida, siendo el asiento no sólo del
alma nutritiva, sino de todas las facultades de locomoción y de los sentidos. Cfr. LLOYD, G.E.R.,
«Empirical research in Aristotle’s biology», en Philosophical Issues ..., pp.53-64.
7
“Linneo y Cuvier han sido mis dioses aunque de manera muy diferente, pero no eran sino escolares con
respecto al viejo Aristóteles” En DARWIN, F. (ed.), Darwins’s Life and Letters, John Murray, Londres,
1969, vol. III, p. 252.
12
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
intuiciones teóricas que, traducidas al lenguaje contemporáneo, iluminan de manera
sorprendente los debates actuales en filosofía de la biología.
II. Forma y Gnoseología
1. El debate reduccionismo / antirreduccionismo en tiempos de Aristóteles.
Dice Mayr que el debate entre reduccionistas y antirreduccionistas se brega hoy
en campo epistemológico8. El vitalismo es ya un monstruo del pasado y ningún biólogo
actual cuestiona el hecho de que, en última instancia, toda materia, sea natural o
artificial, inerte o viva, está compuesta de átomos. La polémica entonces se polariza
entre quienes pretenden reducir todo fenómeno natural a las leyes de la física, y quienes
reclaman la autonomía legisladora o conceptual de la biología.
Desde esta perspectiva, la biología aristotélica debería ser considerada
ontológicamente reduccionista, pues en ningún lugar encontramos nada semejante a una
fuerza vital que, abriéndose paso contra la oposición de la materia inerte, explique la
entidad excepcional de las plantas y los animales; en último término, Aristóteles reduce
el mundo sublunar a los cuatro elementos fundamentales, y no es a partir de otra
sustancia, sino de la organización de los mismos cuerpos simples en un cuerpo vivo,
cómo explica la singularidad de los fenómenos vitales.
Pensar, sin embargo, que el enfrentamiento entre Empédocles y Aristóteles se
resuelve en el ámbito gnoseológico oscurecería penosamente los términos de la
discusión. Toda gnoseología remite necesariamente a una ontología, y los modos en los
que ésta puede configurarse son mucho más complejos que los recogidos por Mayr en
aquella alternativa sin posibilidad de elección entre reduccionismo y vitalismo.
Es bien sabido que en el plano gnoseológico, Aristóteles asumía la multiplicidad
de las ciencias como un factum irreductible. Pero ni la configuración del relieve
disciplinario ni la denotación de los campos a los que se referían las ciencias del siglo
IV a.C. eran parecidas a las actuales, y esta distancia no puede ser ignorada si queremos
seguir bautizando a Aristóteles como predecesor de las voces antirreduccionistas que
hoy alzan su voz en biología.
8
Cfr. MAYR, E: The Growth of Biological Thought, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1982,
pp. 60-62.
13
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La autonomía disciplinaria que defendía Aristóteles no tenía como protagonista
a la biología frente a la física, sino a la física frente a la matemática y la filosofía
primera9; aunque en un sentido muy distinto, tanto la una como la otra practican una
abstracción legítima de la forma que, bajo ningún concepto —dice Aristóteles— puede
permitirse la ciencia natural: la sustancia, objeto propio e irrenunciable de la física, sólo
existe como materia conformada.
La defensa aristotélica de la multiplicidad disciplinaria se enfrentaba, así, al
proyecto totalizador del Timeo platónico, empeñado en vincular ciencia y filosofía
dentro de una arquitectura geométrica. En términos modernos, la frontera disputada no
se erigía, por tanto, en el interior del terreno hoy ya confinado de las ciencias naturales,
sino que separaba a estas últimas de las ciencias formales. No podía ser de otra manera:
la Geometría era entonces la única disciplina que había alcanzado su madurez de la
mano de Euclides, y la investigación de la naturaleza, que habría de recorrer largo
camino hasta diferenciarse en nuestra física, biología y química actuales, sólo podía
oponérsele como un todo:
El vocablo physikê, que en griego era un adjetivo, no hay que tomarlo como la
denominación de una ciencia especial, como lo sería la «nuova sciencza» de Galileo,
sino como la de una ciencia omnicomprensiva. En efecto, phýsis no era el nombre de
una región especial del ente, sino que en la tradición griega designaba todo cuanto
existe en el Universo: los astros, la materia inerte, las plantas, los animales y el
hombre10.
En cierto sentido, la física moderna estudia también todo cuanto materialmente
existe en el universo, pero la restricción, como señala Guillermo R. de Echandía, reside
en la óptica que adopta:
[L]o que define la fisicalidad de un hecho no es la realidad misma de los cuerpos, su
ousía, como dice Aristóteles, sino su sometimiento a las leyes universales de la
naturaleza. Quedan entonces fuera de las física el estudio de la realidad propia de las
plantas, los animales y el hombre. Los abarca, ciertamente, pero sólo en cuanto que
dichos cuerpos se encuentran sometidos a las mismas leyes que los objetos inanimados:
así, según la ley de gravitación, quedan físicamente igualados una piedra, un animal y
un objeto artificial. De ahí que la biología tuviese en Europa un desarrollo enteramente
independiente de la física en cuanto al método. Para Aristóteles, en cambio, el vocablo
física designaba un plural colectivo en cuanto que abarcaba no sólo el estudio de los
9
Cfr. Fís. II, 2.
DE ECHANDÍA, G.: «Introducción» a su traducción de Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998,
pp.10-11.
10
14
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
principios generales de la phýsis y de los diversos procesos en que se manifiesta, sino
también la cosmología, la biología, la psicología y la antropología.11
Es precisamente dentro del campo de la propia física, tal y como ha quedado
definida, donde Aristóteles mantiene con los “fisiólogos” una polémica relativamente
extrapolable a la discusión actual. Pero si la defensa de la materia, contra Platón, se
ejercía en el plano gnoseológico al exigirla como demarcadora del campo de estudio de
la física frente a la matemática, la reivindicación de la entidad sustancial de la forma
biológica aparece como una cuestión primariamente ontológica. Y es que la negación,
en el campo biológico, de una sustancia distinta a la material no implica un necesario
mecanicismo. En el caso de Aristóteles, aunque el mundo sublunar se componga,
finalmente, de los cuatro elementos, su metafísica se construye en permanente dialéctica
con la de Empédocles, y aquí es, precisamente, donde las posibilidades gnoseológicas,
arraigadas en ontologías enfrentadas, se bifurcan: si —con Aristóteles— afirmamos la
autonomía ontológica, que no corpórea, de la forma, serán necesarias leyes o conceptos
particulares que la expliquen; si, por el contrario, consideramos con Empédocles que la
forma es resultado exclusivo de la mezcla original de las partículas elementales que la
componen, creeremos que el estudio de las cualidades e interacciones de los últimos
elementos acabará por conducirnos al desvelamiento de cualquier fenómeno natural.
Las Partes de los Animales es, sin duda, la obra más preocupada por el problema
del reduccionismo biológico. Ver en ella un tratado rudimentario de anatomía
comparada nos cegaría ante la conciliación más acabada que Aristóteles lleva a cabo
entre la teleología y la causalidad material y eficiente; una conciliación que, por cierto,
continúa planteando hoy problemas muy similares a los que se le presentaron a
Aristóteles: cómo es que las leyes de la naturaleza, siendo necesarias, pueden conducir
ciertos sistemas naturales a estados finales reiterados y estables, y cuál es, en tal caso, el
significado de esa dirección12.
2. La forma orgánica y la búsqueda de principios.
Algunas cosas son por naturaleza, otras por otras causas. Por naturaleza, los animales y
sus partes, las plantas y los cuerpos simples como la tierra, el fuego, el aire y el agua
[...] Todas estas cosas parecen diferenciarse de las que no están constituidas por
naturaleza, porque cada una de ellas tiene en sí misma un principio de movimiento y de
11
12
Op.cit., pp.23-24.
BALME, D.M.: «Teleology and necessity», en Philosophical Issues ..., p.275.
15
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
reposo, sea con respeto al lugar o al aumento o a la disminución o a la alteración. Por el
contrario, una cama, una prenda de vestir o cualquier otra cosa de género semejante, en
cuanto que las significamos en cada caso por su nombre y en tanto que son productos
del arte, no tienen en sí mismas ninguna tendencia natural al cambio; pero en cuanto
que, accidentalmente, están hechas de piedra o de tierra o de una mezcla de ellas, y sólo
bajo este respecto, la tienen. Porque la naturaleza es un principio y causa del
movimiento o del reposo en la cosa a la que pertenece primariamente y por sí misma, no
por accidente (Fís. II. 1, 192b 8-24)
Todo ente emerge, para Aristóteles, de un principio. Si es intrínseco (phýsis), su
emergencia será un «nacimiento» natural; si es extrínseco (téchnê) nos encontraremos
ante la producción artificial de una cosa. Ambos tipos de principios dan lugar a dos
clases contrapuestas y excluyentes de entes, pues la téchnê sólo engendra artefactos,
cosas que una vez producidas carecen de actividad natural. Pues bien, separados en la
Física los entes naturales de los artificiales, los Analíticos Segundos identifican en la
localización de los principios que gobiernan la naturaleza (archai) el fin capital de la
investigación científica, pues sólo a partir de ellos podremos alcanzar las definiciones
de los objetos en tanto que pertenecientes a una clase determinada. Y es que, a
diferencia de la unicidad del principio que gobierna a los seres eternos, los principios de
las cosas naturales son múltiples y heterogéneos: “El principio de las cosas inmutables
es la esencia; en cambio, en las cosas sujetas al devenir ya hay varios principios, pero de
forma diversa y no todos del mismo tipo” (GA II 742b 32-35). Para Aristóteles, los
principios de cada ciencia deben ser propios y específicos, y no son objeto de
demostración, sino que vienen proporcionados por la experiencia. Los tratados
biológicos no nos ofrecen, por tanto, una relación explícita de los principios que operan
en la naturaleza orgánica, sino que van surgiendo en la propia teorización de la praxis
empírica.
El reconocimiento de principios y de las definiciones asociadas a ellos en la
biología aristotélica es, como señalábamos al principio, uno de los argumentos
esgrimidos con más fuerza últimamente a la hora de evidenciar la coherencia entre la
teoría y la práctica aristotélicas13. Lejos de tratarse de una cuestión puramente técnica,
una constatación semejante conlleva implicaciones gnoseológicas y ontológicas de
primera magnitud para la conformación del aparato teórico de las biologías de la forma.
La importancia de lo visible se ha convertido, desde Aristóteles, en una
constante fundamental en las teorías de la biología que han reclamado la autonomía
13
BOLTON, R.: «Definition and scientific method in Aristotle’s Posterior Analytics and Generation of
Animals», en Philosophical Issues ..., pp.120-166.
16
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
sustancial de las formas naturales: la forma orgánica aparece siempre a escala humana,
y la reivindicación de la percepción como modo de acceso a la verdad parece inevitable.
Al contrario, los enfoques reduccionistas se han mostrado tradicionalmente escépticos
ante todo lo que tuviese que ver con la mirada humana. En tiempos de Aristóteles, la
reducción de los organismos a sus constituyentes elementales era un postulado tan
especulativo como el hilemorfismo y, desde luego, adolecía de una potencia explicativa
considerablemente inferior. En nuestra era, sin embargo, el reduccionismo ha
encontrado en el microscopio un aliado demoledor frente a cualquier tentativa
morfologista. La eliminación de la distancia entre el sujeto científico y su objeto de
estudio nos ha devuelto entidades absolutamente ajenas a nuestra experiencia cotidiana,
y esto parece ya, por sí mismo, garantía de verdad científica.
Pero volvamos a Aristóteles. Su asunción de lo visible como vía de acceso a las
esencias naturales no implica una teoría descripcionista de la verdad que vea en la
Ciencia el modo de leer lo que se nos muestra en la naturaleza a través de los sentidos14.
El método científico, la vía de acceso al conocimiento de la esencia de una cosa, se
identifica en Aristóteles con la definición. Y la definición parte siempre de ciertos
caracteres de una cosa que son directamente perceptibles, pero no se agota en ellos.
Las diferentes maneras de acceder al conocimiento de la esencia se corresponden
en Aristóteles con los tipos de definición y éstos, a su vez, con los estadios posibles de
la investigación científica15:
1) En cualquier indagación científica, comenzamos con el conocimiento de
algunos rasgos fácilmente aprensibles que aparecen manifestados por cierta clase de
cosas. En el caso de esos mismos rasgos conformasen la esencia básica de la clase de
cosas a la que pertenecen, nos encontraríamos con el tipo más originario de definición y
la investigación científica se detendría en este primer estadio.
2) Lo que hallamos normalmente son, sin embargo, rasgos que necesitan ser
explicados por referencia a otros rasgos más fundamentales. En esta otra fase de la
investigación, podemos formular el segundo tipo de definición, en función del cual
definimos los rasgos de una clase por referencia a sus rasgos esenciales.
14
En Acerca de la generación y la corrupción (316a 6 y ss.) dice Aristóteles que los errores de los
antiguos provienen de la apeiría (impericia en el análisis), y que se requiere más “familiaridad con los
fenómenos” para comprender los principios; es muy distinto examinar las cosas physikôs que hacerlo sólo
logikôs.
15
Cfr. APo II, 10. La reexposición sistemática de los tres tipos de principios en Aristóteles la tomamos de
BOLTON, R.: «Definition and scientific method in Aristotle’s Posterior Analytics and Generation of
Animals», en Philosophical Issues ..., pp.145-146.
17
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
3) Pero tales rasgos pueden no ser todavía esenciales y necesitar referirse, de
nuevo, a caracteres últimos para ser explicados. Éste es el tipo de definición que se
corresponde con la última etapa de la investigación científica.
Es evidente que el proceso metodológico que acabamos de describir no aparece
explícita y formalmente ejercitado ni en las Partes de los Animales ni en ningún otro
lugar de los tratados biológicos. Su latencia es, sin embargo, inexcusable si queremos
entender todas y cada una de las explicaciones que Aristóteles nos ofrece de los
caracteres animales. Es precisamente en el análisis de su praxis biológica donde
descubrimos que la metodología aristotélica está muy lejos del carácter lógico-formal
que aparentemente le atribuyen los Analíticos Segundos. Aristóteles va descubriendo los
principios últimos que gobiernan la organización de lo vivo en su propio trato empírico
con los objetos naturales. Y es que una de las vías más fértiles para localizar un
principio tiene que ver con que, cuando se altera, “suelen cambiar al mismo tiempo
muchas cosas que derivan de ese principio.” (GA I. 716b 3). Así sucede, por ejemplo,
con los caracteres sexuales:
Esto es evidente en el caso de los animales castrados: pues sólo con la mutilación del
órgano generador, casi toda la forma del animal cambia tanto que se parece a una
hembra o le falta poco, como si el animal fuera hembra o macho no por un órgano
cualquiera ni por una facultad cualquiera. Es evidente, entonces, que el sexo femenino o
el masculino son claramente un principio: al menos muchas cosas se alteran a la vez al
cambiar aquello por lo que el animal es hembra o macho, como si se transformara un
principio. (GA I 716b 3-13)16
Vemos que la amputación de una parte heterogénea como el órgano reproductor
le permite a Aristóteles descubrir el principio de la diferencia sexual. Anticipa, así, la
distinción actual entre los caracteres sexuales primarios (órganos genitales) y los
secundarios (diferencias de voz, vello, en el caso de los hombres; o de pelaje y plumas
en el caso de los animales), que dependerían de la secreción de hormonas sexuales17.
Pero no sólo eso; en los tratados biológicos, la manipulación de la forma orgánica
modifica en ocasiones intuiciones teóricas brindadas por la pura observación: a primera
vista, ser hembra o macho podría parecer un atributo tan esencial para el individuo
como para un pájaro lo es ser gorrión o colibrí. Sin embargo, la conversión del macho
en hembra que conlleva la castración del órgano reproductor lo convierte en principio
16
También en GA 766a 26-30.
SÁNCHEZ, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Reproducción de los animales, B.C.G., Madrid,
1994, n.21 del Libro I, p.65.
17
18
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
explicativo de la diferencia sexual, pero no de la diferencia animal en tanto que
perteneciente a una clase determinada: “aunque se dice del animal completo que es
hembra o macho, sin embargo no es respecto a todo su cuerpo hembra o macho, sino en
lo que se refiere a una determinada facultad y un determinado órgano.” (GA 716a 2830). El par de lo masculino y lo femenino sí será un principio último para Aristóteles,
pero actuará, como veremos más adelante, en un plano ontológico muy distinto. Lo que
queremos subrayar en este primer contexto gnoseológico, es que la forma no es, para
Aristóteles, inaccesible a la manipulación y, por lo tanto, al método científico tal y
como hoy lo entendemos vinculado al experimento: si, como sucede con los caracteres
sexuales, al segmentar una parte del animal se modifica su forma entera, nos
encontramos inevitablemente ante un principio formal que explica, de algún modo, el
aspecto morfológico que en todos los casos le aparece asociado.
3. La forma de la diferencia interorgánica: clasificación o definición.
3.1. La Investigación sobre los animales como taxonomía.
La interpretación taxonómica de la biología aristotélica, organizada en la
sistemática del primer Linneo en un catálogo animal sin fisuras, determinó una lectura
unívoca de los términos genos y eidos que coincide con el significado actual de
“género” y “especie” y que en términos aristotélicos podemos expresar como sigue: el
género (genos) designa a una familia zoológica que reúne a animales cuyas partes
difieren en grado, mientras que la especie (eidos) agrupa a todos aquellos cuyas partes
son iguales. Así, de hecho, lo explicita Aristóteles:
Entre los animales, algunos se parecen entre sí en todas sus partes, mientras que otros
poseen partes en las que difieren. Algunas veces las partes son idénticas en cuanto a su
forma, como, por ejemplo, la nariz o el ojo de un hombre se parecen a la nariz o el ojo
de otro, la carne a la carne o el hueso al hueso; y lo mismo ocurre con un caballo y con
todos los otros animales que reconocemos que son de una y la misma especie; pues así
como el todo es al todo, así se corresponden las partes entre sí. En otros casos las partes
son idénticas, salvo la diferencia que manifiestan por exceso o defecto, como en el caso
de los animales que son de uno y el mismo género. Por 'género', entiendo, por ejemplo,
las aves o los peces, y puesto que ellos están sujetos a diferencias con respecto a su
género, así hay muchas especies de peces y aves (HA I 1. 468a 5-25).
19
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
A partir de aquí, la Investigación sobre los Animales fue interpretada como un
tratado de sistemática: pionero adelantado de la historia natural, Aristóteles identificaba
los caracteres sustanciales que distinguían a los animales y los clasificaba en los géneros
y especies que más tarde completara y sistematizara Linneo. De este modo, la
clasificación parecía encontrar una continuidad natural con el esencialismo aristotélico.
La forma se identificaba con la especie y las formas individuales con las variaciones de
una forma específica que excluiría a los accidentes materiales responsables de las
diferencias entre los individuos de una misma especie.
Sin embargo, cuando eliminamos el filtro de las sistematizaciones posteriores, la
intención clasificatoria del primero de los tratados biológicos parece más que dudosa.
En primer lugar, porque los rasgos que debieran ser característicos de cada especie
animal poseen en la Investigación una importancia extrañamente desigual: por un lado,
ni son completos ni aparecen sistemáticamente ordenados, sino que se encuentran
dispersos a lo largo de todo el tratado; por otro, las diferencias zoológicas (genéricas,
específicas, raciales e incluso individuales) no aparecen sólo en el nivel de la especie,
sino en todos los estratos taxonómicos. En segundo lugar, el uso real de los conceptos
de genos y eidos está muy lejos de permitir una traducción unívoca: tanto uno como
otro aparecen referidos a clases de extensión muy distintas, relativas siempre al punto de
vista y al objetivo inmediato de la investigación que Aristóteles tiene a mano en cada
momento. Así, los criterios clasificatorios son tan dispares como la posesión de sangre o
de su análogo, la complejidad creciente de los órganos reproductivos, o la forma y
disposición de los órganos nutricionales, de modo que las taxonomías que de ellos se
derivan resultan inevitablemente incompatibles. Ninguna de ellas puede ascender, por
tanto, a la cúspide de una jerarquía que subordine a todas las demás.
3.2. La Investigación sobre los Animales como tratado empírico.
La debilidad teórica aparente de la Investigación sobre los Animales ha llevado a
renombrados intérpretes de la filosofía aristotélica a considerarla una especie de
colección de materiales que sería después sometida al análisis filosófico de las causas de
las partes y de la generación de los animales. Así, de hecho, parecía confesarlo
Aristóteles: “primero, comprender las diferencias y atributos que pertenecen a los
animales; después, descubrir sus causas” (HA I. 491a 9).
20
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
En esta línea interpretativa, Jaeger establece un paralelismo “perfectamente
evidente” entre la relación de la colección de constituciones con la Política y la de la
Historia de los Animales con los demás tratados biológicos:
Es en realidad perfectamente evidente de suyo que la mecánica celeste de la obra Del
Cielo, junto con el estudio especulativo de los conceptos fundamentales de la “física”,
fuesen académicos por su origen, como mostramos que lo son, mientras que este
absorberse en detalles, la mayoría de ellos sin relación alguna con la filosofía, no encaja
en el período de especulación. Pero debemos ir todavía más lejos. La propia Historia de
los Animales no pertenece por su estructura intelectual al mismo tipo conceptual que
ejemplifica la Física, sino al mismo plano que la colección de constituciones. Como
colección de materiales, su relación con los libros De las Partes y De la Generación de
los Animales, que trabajan sobre ella e indagan las razones de los fenómenos que ella
contiene, es exactamente la misma que la de la colección de constituciones con los
libros más tardíos, los empíricos, de la Política. Los provee de una base.18
De este modo, Jaeger relativiza las supuestas incongruencias de la taxonomía
aristotélica, pues “la clasificación fue mucho menos importante en el desarrollo de la
ciencia natural que el hecho de que aquí se tomó por primera vez absolutamente en serio
la observación y descripción del individuo y la historia de su vida.”19
Ya dijimos al principio que reconocer el valor de la observación empírica era,
sin duda, inexorable en cualquier análisis de la biología aristotélica. El “elogio por lo
pequeño” que —reproduciendo la literatura de Jaeger— se practica en la Investigación
sobre los Animales, hace pensar en una dilatada y admirable dedicación personal a esta
clase de trabajo. Y no sólo personal: “en aquellos puntos en que carecía de un
conocimiento directo buscó informarse donde pudo: con los pastores, los cazadores en
general y, en particular, los cazadores de pájaros, los boticarios y los pescadores del mar
Egeo.”20 De ahí que la labor de Aristóteles como recopilador de la herencia legada hasta
entonces por los saberes biológicos haya sido justamente equiparada al papel de
Euclides respecto a la geometría21.
18
JAEGER, W.: Aristóteles [trad. J. GAOS], F.C.E., México, 1946 (reimp. Madrid, 1983), p.378.
Ibid.
20
ROSS, W.D.: Aristóteles [trad. D.F. PRO], 2ª ed., Charcas, Buenos Aires, 1981, p. 165.
21
JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: «Introducción» a su traducción de Aristóteles. Partes de los
animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000, p.11.
19
21
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
3.3. La Investigación sobre los Animales como un estudio de la diferencia.
Las paradojas de la Investigación sobre los Animales no pueden interpretarse
como un fracaso, ni pasarse por alto reduciendo su contenido a una especie de cuaderno
zoológico. Si —como insiste David Balme— dejamos de ver en ella un tratado de
historia natural y lo interpretamos como un estudio de la diferencia, las contradicciones
cobran una nueva coherencia22. Desde esta perspectiva, la Investigación sobre los
Animales aparece como un tratado teórico donde se investigan los diferentes modos en
los que podemos distinguir y definir a los animales. Y puesto que aquí las diferencias no
actúan como método de referencia dentro de un sistema de catalogación, es natural que
las características que interesen a Aristóteles sean tanto esenciales como accidentales,
pues su elección depende del problema concreto que se afronte en cada caso.
Una lectura semejante requiere una transformación radical del par conceptual
genos/eidos, clásicamente interpretado como herramienta clasificatoria. Y esa
transformación comienza, ante todo, por reconocer su ascendencia platónica, donde
precisamente es utilizada, no como instrumento taxonómico, sino como método de
definición. Ya en el Fedro23, pero fundamentalmente en el Sofista y el Político24, Platón
designa con el término genos a aquellos grupos susceptibles de división, mientras que
eidos queda reservado a los conjuntos que resultan de la diairesis. Esto no implica, sin
embargo, una absoluta subordinación formal de un término al otro: una realidad dada,
siempre que no haya alcanzado a los elementos indivisibles, a los atomon eidos, puede
ser genos o eidos en función de la perspectiva desde la cual la estemos considerando:
[S]i el género no existe de modo absoluto aparte de las especies del género, o si
existe, pero existe como materia (pues la voz es género y materia, mientras que las
diferencias producen las especies, es decir, las letras a partir de aquélla), es evidente
que la definición es el enunciado constituido a partir de las diferencias. (Met. VII 12.
1038 a 5 y ss.)
22
BALME, D.M.: «The place of biology in Aristotle’s philosophy», en Philosophical Issues..., p.11.
Balme refuerza su tesis con los últimos estudios alrededor de la cronología de la Investigación sobre los
Animales, que parecen demostrar que, en su mayor parte, es posterior a los otros tratados biológicos.
23
La descripción platónica original de la diairesis (Fedro 265d) la presenta como el segundo estadio del
procedimiento lógico de la dialéctica. El primer estadio consistiría en una “colección” en la que distintos
objetos son agrupados de acuerdo con su “forma”. El segundo estadio es el de la “división”, en la que un
grupo general es dividido de diferentes formas que a su vez son divididas hasta que se alcanza el objeto
de la definición. Es el mismo proceso inductivo-deductivo que establece Aristóteles en Apo. II. 97b7.
24
En el Sofista y el Político, Platón construye varias divisiones separadas para alcanzar el mismo
definendum y después extrae de todas ellas juntas lo que parecen ser las mejores caracterizaciones.
22
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Las innovaciones que introduce Aristóteles en el uso de la diairesis supondrán
un giro radical en el modo de entender el Ser y, en particular, el ser animal. Genos y
eidos se convertirán en la traducción lógica del singular hilemorfismo construido en la
comprensión del cuerpo orgánico y de las formas heterogéneas pero recurrentes en las
que se organiza la vida. La elucidación del lugar que ocupa la forma orgánica en la
ontología aristotélica habrá de preceder, por tanto, a la indagación del modo en el que se
concretan las diferencias interespecíficas. Sin embargo, este marco gnoseológico común
en el que se mueven maestro y discípulo nos obliga a admitir, como punto de partida,
que el funcionamiento lógico del par conceptual genos/eidos —a diferencia de lo que
sucede con nuestros conceptos de género y especie— no está destinado a servir como
base para una clasificación estable de los objetos a los que se aplica.
II. Forma y Ontología.
1. La eternidad del mundo y la permanencia de las especies.
Como es imposible que la naturaleza de este género de seres sea eterna, lo que nace es
eterno en la medida que puede. Ahora bien, en número es imposible (pues la entidad de
los seres está en lo particular); si fuera así, sería eterno; en especie, en cambio, sí es
posible. Por lo tanto, siempre hay un género de hombres, de animales y de plantas. (GA
II 731b 32-732a 2)
La eternidad de las especies, reflejo de la divina y platónica perfección del Cielo
en el mundo sublunar, ha sido, junto a la teleología, el blanco predilecto de los
detractores de la biología del Liceo. Desde que la Teoría de la Evolución diera el
definitivo golpe de gracia a la inmutabilidad de las especies, fuera ésta eterna o creada
por el Divino Hacedor, la sombra de la sospecha se cernió sobre el conjunto entero de la
biología aristotélica. Quizás por ello Montgomery Furth relativice la fuerza extensional
del postulado, arguyendo que aunque para Aristóteles fuesen eternos los ciclos
estacionales del mundo sublunar, no tendría por qué serlo el modo particular en el que
se organizan las plantas y los animales que lo componen25.
Ya advertíamos arriba que éste no es el mejor modo de recuperar a Aristóteles.
La eternidad de las formas biológicas, sean éstas interpretadas como genéricas,
específicas o individuales, constituye un principio fundamental en su biología; si
25
FURTH, M: «Aristotle’s biological universe: an overview», en Philosophical Issues ..., pp.9-20.
23
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
deshacemos este nudo, deshilvanamos también las hebras que a partir de él entretejen
los tratados biológicos. Y es que, dada la eternidad de las formas aprehendidas en la
Investigación sobre los Animales, las Partes y la Reproducción de los Animales no
tratan sino de responder a los dos problemas que inevitablemente aparecen asociados a
ella: por qué son como son estas formas y de qué manera se mantiene su existencia
eterna.
La actualidad de la biología aristotélica no puede reivindicarse, por tanto, desde
el cuestionamiento de sus postulados más elementales. La vigencia aparece al
comprobar cómo muchos de los problemas que se le plantearon a Aristóteles al
enfrentarse con la naturaleza viva, traducidos al lenguaje contemporáneo, guardan un
paralelismo sorprendente con las cuestiones que hoy se discuten en filosofía de la
biología. Éste es uno de ellos: para Aristóteles, la eternidad de las especies no es una
solución sino un problema, y ese problema es conceptualmente equiparable a una de las
cuestiones que continúa siendo radical para la biología: la permanencia de las especies.
Reformulada en términos contemporáneos, podríamos plantearla como sigue: dado un
medio estable, la manera en la que se organizan y se comportan las plantas y los
animales es también permanente. Y ése es el hecho que, tanto para nosotros como para
Aristóteles, hay que explicar. De ahí que en las distintas soluciones que se barajaban
entonces para explicar la eternidad del mundo y, por lo tanto, de las plantas y animales
que contiene, reconozcamos anticipaciones de las posturas actuales26.
La primera posibilidad, explorada ya por el mecanicismo, consistía y consiste en
argumentar “desde abajo”: dada la naturaleza de los materiales constituyentes del
mundo, éste tiende naturalmente, por medio tan sólo de principios materiales, a producir
y mantener las formas naturales en las que actualmente se organiza.
La segunda explicación, de raigambre platónica y sorprendentemente recuperada
por parte de ciertos emergentismos actuales, consistiría, por el contrario, en argumentar
“desde arriba”: la creencia en que la naturaleza tiende hacia la máxima riqueza y
variedad responde a un hecho fundamental que no necesita ser explicado. Las clases
naturales que actualmente observamos constituyen, por lo tanto, el mundo más rico y
variado posible.
26
La sistematización de las tres soluciones barajadas en tiempos de Aristóteles para explicar la
permanencia específica la tomamos de COOPER, J.M.: «Hypothetical necessity and natural teleology»,
en Philosophical Issues..., pp.243-276.
24
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La respuesta aristotélica logra salvarse de la caída en cualquiera de los dos polos
extremos que representan, respectivamente, los reduccionismos corporeísta e idealista.
Aristóteles acepta como un postulado fundamental de la ciencia natural que el mundo
posee permanentemente las especies que contiene y que, por ello, se gobierna a sí
mismo para preservar su existencia. Pero el criterio de “bondad”27 esgrimido para
explicar tantos fenómenos naturales no es una idea metafísica que proceda de algún
lugar separado, sino que viene dado por el mismo mundo: lo “bueno” se identifica, por
tanto, con lo existente.
No obstante, las críticas de Aristóteles no se dirigen tanto a la estrategia
platónica como a la reduccionista, que se muestra impotente a la hora de ofrecer una
explicación completa de la permanencia específica. Explicitado el marco de la
discusión, es evidente que la reacción contra la teoría de Empédocles no es, en absoluto,
un enfrentamiento entre el evolucionismo empedoclíteo y el eternalismo aristotélico.
Cuando Aristóteles tacha a semejante explicación de inconcebible, imposible, absurda,
fantástica... lo hace en el terreno de un problema mucho más fundamental: el
mecanicismo no repara en la diferencia entre mezcla y estructura28 y es,
consecuentemente, incapaz de descifrar la adecuación entre estructura y función.
La distinción entre mezcla y estructura se comprende mejor con uno de los
ejemplos que tanto gustaban a Aristóteles: podemos —diría él— aceptar sin reparos la
posibilidad de hallar la fórmula que especifique la proporción exacta en la que los
cuatro elementos se combinan para conformar la sangre; pero sería absurdo asumir que
algo semejante pudiera aproximarse a la definición de un caballo, pues un animal es,
obviamente, mucho más que una mezcla.
Una vez asumida la irreductibilidad de la estructura orgánica, aparece
inmediatamente el problema de su ajuste con la función. La elucidación de una
evidencia tan incontestable sólo permite dos soluciones: o bien tal adecuación es
ventajosa por coincidencia, o bien sucede precisamente en virtud de su valor
teleológico, es decir, por “el bien que hace”. Pero una coincidencia es, por definición,
una ocurrencia excepcional, y si admitimos, como parece inevitable, que los órganos
animales están siempre formados de esa manera, parece también obligado que el hecho
27
Más adelante veremos que la “bondad”, que en el ámbito de la ciencia natural se identifica con la
función, tiene en los tratados biológicos un significado muy preciso.
28
FURTH, M: «Aristotle’s biological universe: an overview», en Philosophical Issues ..., p.44.
25
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
de que así sea se debe a que sirve a las necesidades de los seres vivos29. El marco de la
eternidad de las especies acota de un modo muy preciso la relación aristotélica entre
forma y finalidad: dada la eternidad de las especies, el sentido teleológico de la forma
orgánica no puede considerarse previo desde una perspectiva temporal sino causal. Y
esta causa, como insiste Aristóteles en la Física, no es una causa externa, sino
absolutamente inmanente al ser orgánico30. Eliminado el postulado de la eternidad
específica, la lectura teológica de la naturaleza aristotélica encontraría aquí su mejor
aliento.
Si asumimos, en fin, la regularidad natural como un hecho no derivable de otros
principios naturales, no podemos sino interpretar que ella misma expresa un principio
natural: es, pues, un hecho inherente (no derivado) al mundo natural el que éste
consiste, en parte, en clases naturales y que trabaja para mantenerlas permanentemente
en la existencia. Y es que el ser, en Aristóteles, se dice siempre de muchas maneras, y
en el caso de las especies, en lo que afecta a su infinitud, su ser es como el del tiempo,
no como el del infinito por división:
En ambos casos asistimos a una emergencia sucesiva e interminable de partes, cada una
de las cuales es una unidad limitada. Pero, a diferencia de la divisibilidad infinita, en la
que cada parte persiste tras la división, en el caso del tiempo y de la especie humana
cada miembro perece: lo que es interminable es el flujo del tiempo y de las
generaciones31
2. Todo y parte: los niveles de organización de la materia.
[T]enemos que proceder desde las cosas en su conjunto a sus constituyentes
particulares; porque un todo es más cognoscible para la sensación, y la cosa en su
conjunto es de alguna manera un todo, ya que la cosa en su conjunto comprende una
multiplicidad de partes (Fís. I. 1, 184a 23-27)
La prioridad del todo sobre las partes se ha convertido en el núcleo programático
de cualquier posición que contemple la forma orgánica como una entidad irreductible: la
forma del todo —sostienen los emergentismos actuales— aparece con propiedades
29
Cfr. Fís. II, 8.
Cfr. Fís. II, 1.
31
DE ECHANDÍA, G: notas a su traducción de Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998, n.69. Dice
Aristóteles en el pasaje comentado por Echandía que no hay que tomar el infinito como un individuo
particular, como un hombre o una casa, sino en el sentido en que hablamos del día o de la competición,
cuyo ser no es como el de algo que llega a ser una sustancia, sino que está siempre en generación y
destrucción, finito en cada caso, pero siempre diferente (Fís. III, 6, 30-36).
30
26
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
cualitativas que no estaban contenidas en las partes del sustrato material. Se hace
necesario, por tanto, distinguir en la configuración de lo físico un doble nivel
microestructural (el de las partes) y macroestructural (el del todo) que habrá de
afrontarse con herramientas gnoseológicas distintas.
Pues bien, frente al circunscrito valor heurístico de esta filosofía natural,
limitada a constatar la presencia de fenómenos irreductibles a la base material que les
sirve de soporte, la arquitectura ontológica que construye Aristóteles se revela de una
complejidad sorprendente para cualquier observador contemporáneo. Y es que, en ella,
la forma biológica exige para su comprensión herramientas gnoseológicas de mayor
finura que esa discriminación global e inmediata entre todo y parte. La distinción entre
partes homogéneas y heterogéneas es el gran descubrimiento aristotélico, porque
complica su relación con el todo volviéndola mucho más fecunda para el análisis de las
formas naturales: las partes homogéneas son aquellas que, al resultar de la división de
un todo, comparten con ese todo las mismas propiedades, de modo que su definición no
necesita remontarse a su origen para ser completa; las partes heterogéneas, al contrario,
se distinguen porque sus rasgos característicos, distintos a los del todo del que forman
parte, sólo pueden, sin embargo, comprenderse en función de este último32.
Es a partir de la diferencia entre lo homogéneo y lo heterogéneo cómo
Aristóteles, lejos de limitarse a describir el doble modo de aparecer en el que se nos
muestran los objetos naturales, llega a distinguir hasta seis niveles de organización de la
materia en un cuerpo vivo. Naturalmente, la potencia de este análisis no sólo reside en
la superioridad numérica de los estratos ontológicos. La distancia que lo separa de los
enfoques holistas actuales se concentra, como veremos, en dos cuestiones de especial
calado filosófico: por un lado, los niveles que describiremos a continuación no son
estratos que, como en un yacimiento arqueológico, se ordenen paralela y
jerárquicamente, sino modos organizacionales cuyo profundo entretejimiento los vuelve
inseparables; por otro, no son tampoco una traducción al mundo natural de lo
cuantitativo y lo cualitativo, puesto que algo similar a esta dualidad se halla presente en
todos los modos de organización.
La forma orgánica como forma sustancial comienza a configurarse, entonces, a
partir del concepto de heterogeneidad. Determinar sus relaciones con la materia y la
función es el objetivo primario de este capítulo. Pero antes habremos de exponer de
32
Cfr. HA, I, 1.
27
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
manera resumida los seis estratos en los que Aristóteles resuelve la arquitectura de lo
vivo, o, dicho en términos menos literarios y más aristotélicos, de los seres que son uno
en virtud de ser “naturalmente continuos”:
— La infraestructura empedoclítea.
1) Los simples: ya hemos dicho que, para Aristóteles, el mundo se encuentra
absolutamente saturado de materia empedoclítea. Los tipos más simples de “cuerpos”
son los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego), resultado a su vez de pares de
contrarios (húmedo/seco, y frío/caliente) combinados del siguiente modo: tierra (seco +
frío), agua (frío + húmedo), aire (húmedo + caliente) y fuego (caliente + seco). Cada
uno de estos elementos es “homogéneo” y “uniforme”, pues cualquiera de sus partes es
idéntica al todo: cualquier cantidad de agua posee las mismas propiedades que
caracterizan al volumen total de agua terrestre.
2) Los compuestos: los elementos se combinan de varios modos, y en
proporciones variables, para formar compuestos más complicados como los metales, la
madera o el cristal que, no obstante, continúan siendo homogéneos y uniformes: roto un
cristal, cualquiera de los fragmentos resultantes podría ser definido atendiendo a la
misma fórmula que define las propiedades del cristal original. En cierto sentido, estos
compuestos
pueden
también
ser
denominados
“sustancias”,
pues
existen
autónomamente, sin necesidad de formar parte de un todo, como precisarán los
compuestos orgánicos. Conforman, en definitiva, el tipo de organización más elevado
que pueden aspirar a explicar los cuatro elementos y las dos fuerzas elementales a las
que Empédocles redujera la totalidad de lo existente. A partir de este nivel, la acción
conjugada de materia y forma se extiende hasta a configurar el escenario de lo viviente.
— Del agregado al individuo.
3) Las partes homogéneas de los animales: como anunciábamos arriba, existen
también compuestos uniformes integrados en los seres vivos, pero que, a diferencia de
los compuestos artificiales, no pueden existir autónomamente fuera de su
funcionamiento como parte de un organismo. Es el caso de la sangre, el suero, la grasa,
la médula, el semen33, la bilis, la leche o la carne. Su naturaleza incluye su adecuación a
33
En realidad el esperma, aunque cumple el requisito de que todas sus partes son iguales entre sí y con
respecto al todo, sin embargo no puede encuadrarse propiamente dentro de las partes homogéneas porque
éstas son la materia de la que se componen las heterogéneas, y ningún órgano del cuerpo está compuesto
28
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
una función determinada y en el momento en que, al ser extirpados del todo al que
pertenecen, dejan de ser lo que son, quedan reducidos a una mezcla de tierra, aire, agua
y fuego. Las propiedades de las partes uniformes de los animales — la suavidad, la
viscosidad, la humedad o la fragilidad— son, pues, propiedades potenciales, porque su
composición sólo alcanza la proporción adecuada en el contexto de un todo orgánico.
De ahí que los cambios que observamos en los tejidos o los residuos que son separados
del cuerpo no tengan que ver con su composición material sino con sus propiedades
disposicionales34. Como veremos a continuación, los rasgos cualitativos de las partes
homogéneas son paralelos a las características funcionales de las heterogéneas, pues
tampoco los órganos pueden considerarse órganos genuinos una vez que, retirados de
una sustancia viva, pierden sus capacidades funcionales35.
4) De lo homogéneo a lo heterogéneo: en un estrato que en un lenguaje
contemporáneo podríamos denominar “interfásico”, existen ciertos tipos de partes,
como las vísceras, las venas o los huesos, cuya naturaleza es ambigua, en el sentido de
que actúan doblemente como masa informe y como estructura: por un lado, su
naturaleza es homogénea, pues es divisible en partes idénticas (cualquier parte de una
víscera o de una vena sería visceral o venosa), y sus cualidades son también las de las
partes uniformes: la carne es blanda, el tendón seco y elástico, el hueso seco y
quebradizo36; pero, por otro, poseen cierta estructura que las vuelve heterogéneas
(ninguna de esas partes sería ni una víscera ni una vena). Y es que estas partes
intermedias, además de por sus cualidades disposicionales, son también definidas por la
función que desempeñan. De ahí que, aunque consideradas aisladamente parezcan
homogéneas, en realidad, desde el punto de vista de la totalidad del cuerpo, han de ser
consideradas heterogéneas, dado que la definición de un hueso o de una vena requiere
integrarlos en un sistema óseo o venoso.
5) Las partes heterogéneas de los animales: la cabeza, las orejas, los miembros,
los dedos, los órganos internos y externos son partes heterogéneas de los animales, pues
de una vena podemos decir que es como sus partes, pero no de un rostro: una parte de
un rostro, dice Aristóteles, no es un rostro. Con más razón que en las anteriores, estas
partes de ningún modo existen autónomamente, sino siempre operando en un ser vivo.
de esperma. DE ECHANDÍA, G: notas a su traducción de Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid, 1998,
Libro I, n.126, p.97.
34
Cfr. PA II, 2; II, 3.
35
Cfr. PA I,1.
36
Cfr. GA II, 743b 1-5.
29
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Separadas de él o perdida su función en un animal muerto, pueden parecer todavía,
superficialmente, “lo que son”, pero en realidad no lo son más que si estuvieran
esculpidas en piedra. De ahí que nos advierta Jaeger que
cuando se discute alguna de las partes o estructuras, sea la que fuere, no hay que
suponer que sea su composición material aquello a que se dirige la atención o que es
objeto de la discusión, sino la relación de tal parte con la forma total. Análogamente, el
verdadero objeto de la arquitectura no son los ladrillos, ni el mortero o las vigas, sino la
casa; y así, el principal objeto de la filosofía natural no son los elementos materiales,
sino su composición y la totalidad de la forma, independientemente de lo cual no tienen
existencia alguna37.
6) Los animales: las partes no uniformes aparecen siempre organizadas e
integradas en el organismo vivo completo, de cuyo todo son indisociables. De ahí que
cuando Sócrates muere, lo que queda no sea un hombre, ni sus órganos sean órganos, ni
sus venas, venas. Extendiendo el razonamiento de Aristóteles y dada la indisociabilidad
entre forma y función, podríamos decir que cuando un animal muere ha sido también,
en cierto sentido, extirpado del todo natural del que formaba parte.
3. La forma orgánica: La forma biológica como forma sustancial.
3.1. Forma y estructura
[L]a materia para los animales es sus partes: para todo el animal entero, las partes
heterogéneas; para las partes heterogéneas, las homogéneas; y para éstas, los llamados
elementos de los cuerpos (GA, I, 715 a 8-14).
El advenimiento de partes heterogéneas es, como acabamos de comprobar, el
factum más excepcional que aparece en los sucesivos estadios que explican la
constitución de un objeto biológico. El problema es que el concepto de heterogeneidad,
al igual que el de finalidad, no aparece desarrollado teóricamente; la única definición
explícita que Aristóteles nos ofrece de las partes heterogéneas es la de que se resuelven
en partes distintas al todo. Y es que ni la forma biológica ni su carácter teleológico son
conceptos que se apliquen apriorísticamente a la comprensión de la naturaleza; en el
marco teórico ineludible de la Metafísica y, sobre todo, del De Anima, uno y otro se
construyen en la praxis biológica.
37
JAEGER, W.: Aristóteles [trad. J. GAOS], F.C.E., México, 1946 (reimp. Madrid, 1983), pp. 388-389.
30
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Es precisamente la práctica de esa dialéctica constante entre el todo y sus partes
la que nos devuelve una imagen mucho más compleja de lo que tradicionalmente se ha
venido traduciendo como “homogeneidad” y “heterogeneidad”. Una traducción que, por
cierto, acarrea importantes confusiones: al hablar de partes homogéneas y heterogéneas
podemos pensar que nos encontramos ante un problema de composición material. Y, en
efecto, sucede normalmente que si un todo posee la misma composición material y ésta
se muestra organizada en idénticas proporciones, es divisible en partes homogéneas.
Pero ya hemos visto que no siempre es así. La diferencia radical entre las partes
homogéneas y las heterogéneas es que las primeras son partes materiales (en el sentido
de que para definirlas no es necesario referirse al todo de donde proceden), mientras que
las segundas son partes formales (puesto que para comprenderlas es inexorable hacer
alusión al todo del que resultan): los materiales biológicos que conforman un cuerpo son
aquellos divisibles en partes homogéneas pero que no son pensables fuera del cuerpo
que a su vez los acoge como un todo. Una porción de carne, de hueso o de sangre es una
parte en relación con la carne toda de un animal dado, un hueso completo o los litros de
sangre que acoge un sistema circulatorio. En este sentido, su elucidación sí puede
hacerse depender exclusivamente de la cantidad, proporción y mutua interacción en las
que los cuatro elementos se combinan entre sí. Pero si es el cuerpo lo que tomamos por
un todo, las partes se vuelven heterogéneas, pues ni la carne, ni los huesos ni la sangre
de un cuerpo dado, comparten con ese cuerpo idénticas propiedades. Sus características
dependen ahora “del bien que hacen” y no responden, por tanto, a la necesidad que
gobierna a los cuerpos simples. La forma biológica puede así comenzar a redefinirse
como forma limitadora de aquellos seres de cuya división, en tanto que “todos”, resultan
partes heterogéneas. Y aquí es, precisamente, donde esta distinción enlaza con la
finalidad aristotélica: son estas partes las que aparecen por un fin, y este fin, en los seres
vivos, es la función:
[L]as partes se distinguen unas por una facultad, otras por sus cualidades: las partes
heterogéneas, por ser capaces de realizar una función, por ejemplo la lengua y la
mano; y las homogéneas, por la dureza, blandura y otras cualidades semejantes (GA I.
722b, 30-35)
A propósito de la finalidad, tenemos que distinguir los sentidos imbricados, pero
distintos, con los que Aristóteles emplea el término “fin” en su producción biológica: el
término “fin” tiene, en primer lugar, un significado anatómico-fisiológico: la adecuación
31
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
entre forma y función, la organización de las partes en un cuerpo entero y su particular
configuración en cada una de las especies, es objeto de atención fundamental en las
Partes de los Animales; en segundo lugar, la teleología aristotélica aparece, en la
Reproducción de los Animales, en el ámbito embriológico de la morfogénesis. Si en este
primer epígrafe nos limitamos a analizar las consecuencias filosóficas de la primera
acepción, en el tercero comprobaremos cómo Aristóteles describe el desarrollo
embrionario en un sentido comparable al que le conferimos hoy al hablar de la
diferenciación de tejidos, rasgos y órganos animales. La identificación de este fin con el
fin funcional es evidente: la diferenciación progresiva que constatamos en la
ontogénesis remite a una especificación de la estructura y una especialización de la
función que en el animal adulto se identifican con la diversificación estructural y la
articulación adaptativa.
Esta genérica distinción entre el fin adaptativo y el fin de la generación se
concreta después en cada uno de los fines particulares que Aristóteles reconoce en su
doble acepción; pero, de momento, es suficiente para comprender que en el ámbito
biológico la teleología aristotélica no se plantea en el contexto de una cosmología
general. Como subraya Marjorie Grene, “el tipo de 'fines' que normalmente interesan a
Aristóteles son puntos finales determinados de procesos particulares en el mundo
natural.”38
Aclarada la diferencia, veamos cómo logra Aristóteles concretar la conjugación
de la forma biológica con la materia, el fin y la función de los seres naturales.
3.1.1. La forma como determinación en la materia segunda.
Materia y Forma son siempre en Aristóteles conceptos indisociables. La materia
es en todos los casos materia organizada, y sólo como concepto límite podemos
pensarla informe e indeterminada. En este sentido, la materia aristotélica puede
comprenderse como un concepto no denotativo sino regulativo en el sentido kantiano39.
Así es como Balme puede sostener que la relación entre teleología y necesidad no
suponía problema lógico alguno para Aristóteles:
38
GRENE,M.: «Aristotle and Modern Biology», en The Understanding of Nature, Reidel, Dordrecht,
1974, pp. 76-84.
39
WIELAND: «Arist.’s Physics and the Problem of Inquiry into Principles» y DÜRING: Aristoteles, Carl
Winter, Heildelberg, 1966, pp.233 y ss. Cit. en DE ECHANDÍA, G: Aristóteles. Física, B.C.G., Madrid,
1998, n.94 del Libro I, p.118.
32
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
[L]a alternativa a la teleología no sería tanto un orden universal mecánicamente
determinado por nexos causales en los que cada efecto estuviese determinado y fuese a
su vez causa de un efecto futuro y predecible, como un caos del que no podía emerger
nada aprensible a la investigación científica. La “materia primera” es materia
indeterminada en el sentido de que las acciones de los elementos, aunque poseedores de
direcciones características, son ilimitadas. Esto no significa que la acción de los
elementos sea incierta ni inescrutable, sino, simplemente, que la materia no ha sido
todavía formalmente determinada en un estado preciso. La producción de un animal
requiere, por tanto, dos procesos materiales que están combinados en la naturaleza:
deben darse las acciones primarias de los elementos, y debe haber un movimiento
limitador.40
Pero la constatación de que la materia se encuentra por doquier organizada,
aunque necesaria, resulta insuficiente a la hora de explicar el modo peculiar en el que
materia y forma se conjugan en un ser vivo; si interpretáramos la totalidad de la
“materia” aristotélica como materia primera41, la peculiaridad que separa a los objetos
naturales de los artificiales se convertiría en un problema puramente formal: en virtud
de la forma que organice cada parcela de esta materia indeterminada, tendremos uno u
otro objeto, sea natural o artificial.
El problema se esclarece cuando atendemos a una de las distinciones clásicas en
la historia de la filosofía, a saber, la diferencia entre los planos de la Ontología general y
de la Ontología especial. Cuando hablamos de materia biológica no podemos referirnos
a esa materia primera que, como concepto límite, puede oponerse a la forma
interpretada también conceptualmente. De otro modo, estaríamos abordando un campo
de materialidad determinado (el biológico), objeto propio de la Ontología especial, con
herramientas gnoseológicas de la Ontología general, o de la Filosofía Primera, en
términos aristotélicos. Cuando esto se ignora, se incurre una vez más en la extrapolación
literal del símil del artista; y a diferencia de lo que sucede con un bloque de mármol,
cuyas formas posibles vienen sólo limitadas por la imaginación del artista, en los
objetos naturales la forma se da siempre en un cuerpo que en potencia tiene esa forma.
Si esa forma es la forma de la especie o la forma del individuo es algo que
dilucidaremos en nuestro último epígrafe. De momento, lo que nos interesa subrayar
aquí es que la materia de un cuerpo animal o vegetal no puede quedar reducida a
40
BALME, D.M.: «Teleology and necessity», en Philosophical Issues ..., p. 283. La traducción es
nuestra.
41
Además, el concepto de “materia primera”, en Aristóteles, puede entenderse desde un punto de vista
relativo o absoluto. Por ejemplo, para los objetos hechos de bronce, el bronce es materia primera desde el
punto de vista relativo; pero desde una perspectiva absoluta, es el agua, porque todas las cosas fusibles
son agua. Cfr. Met. 1015a 8.
33
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
materia primera aún por organizar, puesto que ya es, de algún modo (a saber,
potencialmente) materia organizada. Aquí reside, precisamente, la diferencia radical que
en Aristóteles separa a la materia de la privación:
Nosotros afirmamos que la materia es distinta de la privación, y que una de ellas, la
materia, es un no-ser por accidente, mientras que la privación es de suyo no-ser, y
también que la materia es de alguna manera casi una sustancia, mientras que la
privación no lo es en absoluto (Fís. I. 9, 192a 3-7)
Pero no es sólo que la materia aristotélica sea ya, de algún modo, materia
conformada. Es que, además, la materia está potencialmente configurada de ese modo
preciso porque ella misma le impone a la naturaleza ciertas restricciones. La naturaleza
—dice Aristóteles— “se sirve necesariamente de lo que existe en vista de un fin” (PA
III 663b 23-24) Y esa necesidad le viene impuesta por la materia. Así, dada una
cantidad determinada de elemento terroso, por ejemplo, la naturaleza habrá de servirse
de él para fabricar medios de defensa en cada una de las especies. Pero como este
material es limitado, la naturaleza lo utiliza bien para los dientes, bien para los cuernos,
o bien para los espolones, pero nunca para todos ellos. Este apartado es sólo un primer
esbozo de la relación entre materia, forma y función, que analizaremos con
detenimiento una vez que hayamos precisado el significado de cada uno de los términos
que intervienen en la conjugación aristotélica entre necesidad y finalidad. Pero los dos
modos en los que acabamos de bifurcar la indisociabilidad del par materia/forma
evidencian de qué modo los tratados biológicos precisan y complican el significado del
esencialismo aristotélico al que acostumbramos a acceder por vía exclusiva de su
Metafísica.
3.1.2. La forma como heterogeneidad espacial.
La característica más evidente de las partes no uniformes en el sentido
aristotélico es su heterogeneidad espacial con respecto al todo del que forman parte. Es
el caso de los órganos en los que se organiza un cuerpo animal; distribuidos a lo largo
de ciertos ejes geométricos, exhiben con respecto a ellos simetrías y asimetrías
características que explican por qué, al dividir un objeto natural, resultan partes
diferentes al todo. De ahí —dice Aristóteles— la causa de que las vísceras sean dobles:
34
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Todas las vísceras son dobles. La causa es la división del cuerpo en dos partes, pero que
constituyen un solo principio: existe el arriba y el abajo, el delante y el detrás, la
derecha y la izquierda. Por eso también el cerebro tiende a ser bipartito en todos los
seres, e igual cada órgano sensorial. Por la misma razón el corazón con sus ventrículos.
El pulmón en los ovíparos está dividido de tal modo que parece que tienen dos
pulmones. Los riñones resultan evidentes para todo el mundo. (PA III 669a 18-26)
Las partes heterogéneas son simétricas en relación a un plano de simetría
bilateral —lo izquierdo y lo derecho— y asimétricas en virtud de la distribución de los
órganos animales a lo largo de dos ejes: el dorso-ventral, por el que los animales son
asimétricos con respecto al arriba y al abajo, y el antero-posterior, que asociado a la
dirección de la locomoción y la orientación del aparato digestivo, hace a los animales
asimétricos en relación a la parte trasera y delantera.
Aunque los ejes de simetría actúan ellos mismos como causa, su razón última no
es, sin embargo, geométrica. Como las mismas partes, los ejes geométricos existen
precisamente en virtud del bien que hacen. Así, en el diafragma:
Su causa es que existe para la separación de la zona abdominal y la zona del corazón, a
fin de que el principio del alma sensible quede a salvo y no sea afectado
inmediatamente por la exhalación que surge del alimento y por el exceso del calor
externo. Para eso, pues, la naturaleza trazó una separación, haciendo del diafragma
como una barrera y cerca, y separó la parte noble y la menos noble en todos aquellos
animales en que es posible separar la parte de arriba y de abajo, pues la parte superior es
el fin y la mejor, la inferior existe por ella y es necesaria en tanto que receptáculo del
alimento. (PA III 672b 15-24).
Esto nos conduce inmediatamente a esa identificación irrenunciable entre forma
y función. Pero los ejes son también la estructura en la que las partes heterogéneas se
organizan en el todo orgánico. La forma total actúa aquí como principio, y esa es la
siguiente implicación que debemos analizar.
3.1.3. La forma como principio estructural.
En Aristóteles, los principios que gobiernan la configuración de un organismo se
refieren tanto a la materia elemental que lo compone como a la naturaleza formal que lo
distingue al considerarlo como un todo. Ontológicamente, por tanto, la existencia de
principios en todos los niveles diferenciados por Aristóteles complica la distinción un
tanto burda que suele hacerse entre materia y forma en términos de propiedades
cuantitativas y cualitativas.
35
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Como comprobábamos al hablar de los elementos que en última instancia
conforman todo lo existente, cada uno de los constituyentes materiales de los cuerpos,
sean naturales o artificiales, tiene una naturaleza y unas propiedades potencialidades
asociadas a ella. La naturaleza de un cuerpo simple, a saber, su privativa forma de
moverse si no es impedido por otro cuerpo, es locomotora; sus potencialidades, es decir,
sus maneras características de interactuar con otros cuerpos, son cualitativas: cada
elemento posee un par de cualidades primarias y son éstas las que determinan sus
interacciones, incluyendo sus transformaciones mutuas. Ser más caliente o más frío, ser
más seco o más húmedo son, pues, archai a los que la naturaleza de muchas cosas está
referida.
Esas “muchas cosas”, en un cuerpo natural, son las partes homogéneas, resultado
de la mezcla de los cuatro elementos. Su elucidación no puede corresponderse, por
tanto, con el tipo originario de definición. Necesitamos recurrir a otras partes (los cuatro
elementos), y a los principios que gobiernan esas otras partes (lo frío y caliente, lo
húmedo y lo seco) si queremos comprender su naturaleza. Sin embargo —decíamos
arriba—, las cualidades de los cuerpos simples no agotan tampoco la definición de las
partes homogéneas; analizadas en tanto que pertenecientes a un todo orgánico, sus
principios explicativos no pueden hacerse depender de los elementos, sino de las
naturalezas que dirigen su función en el conjunto de ese todo del que son parte. Pero la
naturaleza de un cuerpo natural considerado como un todo no es material sino formal. Y
este tipo de naturaleza no hace nada sin un fin: siempre actúa dirigido hacia lo mejor
que es posible para su ser. Éste es precisamente el principio moviente de cualquier
naturaleza formal, que, a su vez e inevitablemente, determina las partes materiales que
la componen.
Con el principio de “lo mejor entre lo posible” resuelve Aristóteles el problema
de la conjugación entre teleología y necesidad: la naturaleza no es aquí un actor
omnipotente que pueda inventar soluciones infinitas; la naturaleza produce lo mejor
entre una gama limitada de posibilidades, y esa limitación viene impuesta por la
necesidad que rige la combinatoria de los cuatro elementos.
En realidad, con el principio de “lo mejor” soluciona Aristóteles la cuestión de la
permanencia específica en un sentido general. El modo particular en el que se organizan
las plantas y los animales no puede, sin embargo, hacerse depender en exclusiva de un
principio tan abstracto: si hipostasiáramos “lo mejor”, si “lo mejor” tuviera una
traducción unidireccional, todos los cuerpos naturales estarían diseñados de la misma
36
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
manera. Así sucede, en parte, con respecto al arriba y al abajo, a lo derecho y lo
izquierdo42, a lo masculino y lo femenino. Pares de contrarios que invariablemente
presentes en el mundo natural manifiestan “lo mejor” en uno de sus polos: el arriba, lo
derecho y lo masculino, aunque no puedan darse sin su contrario, concretan la “bondad”
que en la naturaleza actúa como principio.
Pero la explicación de la permanencia no resuelve, decíamos, la diversidad
específica43. Aristóteles no puede dejar de saberlo y por ello sus tratados biológicos
están plagados de principios explicativos que actúan en diferentes niveles de
generalidad, y no sólo en ese doble plano que hoy se concreta en lo micro y lo
macroestructural. De ahí que en las Partes de los Animales se afirme en numerosas
ocasiones que alguno de los caracteres de una clase animal es la ousía de esa clase44. Y
de ahí también que, lejos de ver aquí una ambigüedad resultado de esa lucha fracasada
entre la forma teórica y la materia empírica, coincidamos con Gotthelf al interpretar que
cada principio especifica cada uno de los modos en los que se organiza un cuerpo
natural: “para todo nivel en el que hay una explicación de los caracteres de algunos
animales, hay caracteres básicos (causalmente primarios) en ese nivel, caracteres que
definen en ese nivel una parte del ser de los animales que tienen los caracteres
explicados en él.”45
Ciñámonos, pues, a las partes de los animales, comenzando por las partes
homogéneas. Sabemos ya que su explicación debe comenzar, no por las naturalezas de
los elementos, sino por las naturalezas mismas de las formas animales. Pero sabemos
también que los principios últimos no siempre aparecen en el primer estadio de la
investigación, sino que, generalmente, la explicación de unas partes depende de otras
partes, aunque éstas, en última instancia, dependan de otro principio. Y así sucede con
42
“Las langostas y los cangrejos tienen todos la pinza derecha mayor y más fuerte, pues todos los
animales actúan naturalmente más con la parte derecha” (PA IV, 684a, 26-28)
43
Este es, según Balme, el asunto principal de los Parva Naturalia, mucho más que una arcaica
fisiología. En ellos, la pregunta nuclear se dirige no tanto al cómo, sino al por qué los animales difieren:
“Si su función, como pensamos tanto nosotros como Aristóteles, es comer, sobrevivir y reproducirse, ¿por
qué no pueden todos ellos hacerlo de la misma manera?. Para esta cuestión ingenua no tenemos todavía
una respuesta satisfactoria, ni en el nivel empírico ni en el filosófico.” BALME, D.M.: «The place of
biology in Aristotle’s philosophy», en Philosophical Issues..., p.10.
44
El término ousía fue usado a veces por Aristóteles para designar la sustancia individual concreta, es
decir, aquello que siendo siempre sujeto nunca es predicado (como sustancia primera), pero también
para designar la especie o el género, la esencia o predicado común a varias sustancias individuales
concretas (sustancia segunda). Para evitar esta ambivalencia, se distinguió entre ousía como esencia o
comunidad, e hipóstasis como sustancia individual o propiedad no común.
45
GOTTHELF, A.: «First principles in Aristotle’s Parts of Animals», en Philosophical Issues ..., p.192.
Gotthelf encuentra en los libros segundo, tercero y cuarto de las Partes de los animales hasta ocho pasajes
en los que Aristóteles identifica ciertos caracteres animales como primeros principios, pp.190-191.
37
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
las partes homogéneas, cuyos principios, en tanto que partes homogéneas y no
funcionales, son el hueso y la carne46, y, entre éstas, la carne por encima del hueso:
Es evidente a la observación sensible que todas las otras partes existen en función de
ésta, me refiero a los huesos, la piel, los tendones y las venas, y aún a los cabellos, las
uñas y cualquier otra parte del mismo tipo. En efecto, los huesos, que son duros por
naturaleza, han sido creados para preservar las partes blandas en los animales que tienen
huesos; en los que no los tienen, la parte análoga, como en los peces en unos casos la
espina, en otros el cartílago. (PA II 653b 30-35)
A diferencia de las homogéneas, las partes heterogéneas presentan propiedades
irreduciblemente estructurales: se originan —acabamos de remarcarlo al hablar de la
forma como estructura— por la manera en la que las partes están organizadas,
distribuidas o relacionadas entre sí, y no son atribuibles a la naturaleza de esas mismas
partes reunidas de diferente manera. En cualquier acontecimiento vital, el factor que en
última instancia explica la función de la entidad homogénea correspondiente, no es, por
tanto, otra parte, sino que depende de la integración de las partes; en definitiva, de un
principio distinto.
Las partes principales de los animales, partes siempre heterogéneas, son tres:
aquella por donde se ingiere la comida, aquella por donde se descargan los residuos y lo
que es intermedio entre estas dos. Aquí es donde está localizado el arché o principio
controlador:
[E]s preciso buscar siempre este principio hacia la mitad del cuerpo, en los animales
fijos, entre el órgano que recibe el alimento y aquél por el que se realiza la secreción,
bien del semen, bien del excremento. (PA IV. 681b, 33-36)
En ese lugar intermedio se localiza “el punto de donde procede el movimiento”
(GA II. 742b35): el corazón en los sanguíneos y el órgano análogo en los no sanguíneos,
que en ambos casos actúa como principio articulador de todas las partes animales. En él
reside el calor, “chispa vivificante de la naturaleza” y responsable, por tanto, de la
mayoría de las funciones vitales, como los cambios sustanciales implicados en la
digestión, los procesos regenerativos o el crecimiento. Pero ningún principio puede
darse en Aristóteles sin su contrario, que aquí vendrá encarnado por el cerebro, la
estructura anatómica más fría, y su función refrigerante.
46
Cfr. PA, II, 655b, 22-23.
38
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
En realidad, el calor acogido por el corazón y distribuido por los cuerpos
animales a través de la sangre que bombea no es él mismo un principio, sino
instrumento del verdadero principio de los animales: el alma:
[E]l fuego es tomado por algunos como la causa de la nutrición y del crecimiento,
puesto que sólo él entre los cuerpos o elementos se nutre a sí mismo y se hace crecer; de
aquí nace la idea de que en las plantas y los animales él es la fuerza operativa. En un
sentido, ciertamente es causa concomitante, pero no la causa principal; ésta es más bien
el alma. (DA, II. 4, 416a 10-14)
Para la historia de la ciencia, toda esta fisiología constituye, naturalmente, el
punto más débil de la biología aristotélica, marcada como lo está por la influencia del
tradicional cardiocentrismo griego. Pero desde una perspectiva filosófica, las
implicaciones gnoseológicas y ontológicas de la forma como principio en el sentido en
el que lo especifica Aristóteles son de una actualidad deslumbrante. En primer lugar,
por el radical anti-vitalismo de su ontología, que busca en el corazón o en los órganos
análogos la “carne” del alma. En segundo lugar, por la complejidad —no sólo
proclamada sino ejercitada— en la que concreta la explicación de las partes de los
organismos: Aristóteles no se contenta con decir que el alma es la responsable de la
organización vital y de todas las funciones asociadas a ella; para dar cuenta de la
diversidad específica, conjuga en cada caso los principios materiales y los principios
formales que actúan en cada una de las partes y en cada una de las funciones cumplidas
por ellas en las especies animales.
3.2. Forma y función.
De qué partes y de cuántas está constituido cada ser vivo ha quedado más claramente
expuesto en la Investigación sobre los animales; pero por qué causas cada una tiene su
característica propia hay que estudiarlo ahora, tomando por separado cada una de las
partes citadas en la Investigación. (PA II 646a 1-10)
Desde el punto de vista de la forma, el hecho evidente que en Aristóteles separa
a un animal de su reproducción escultórica radica en la diferencia entre energeia y
morphê. Ya vimos que la adecuación entre estructura y función era uno de los
principales problemas que se le presentaban al reduccionismo, en cuanto que el azar era
incapaz de explicar cómo en cada especie, las partes de los animales que la conforman
aparecen altamente adaptadas a las funciones vitales de la locomoción, la ingestión, la
digestión, la reproducción o la sensación. Y si la función no es posterior al órgano,
39
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
como argumenta el reduccionismo, “por azar”, una sola solución era posible: “la
naturaleza crea los órganos para la función, pero no la función para los órganos” (PA IV
694b, 13-15).
Al hablar de la eternidad de las especies, advertimos ya de las consecuencias que
implicaba este postulado para la relación entre forma y función: si asumimos la
eternidad de las formas del mundo sublunar, no tiene sentido imaginar la naturaleza
aristotélica como un agente antropomorfizado que pone en cada animal los órganos más
perfectos en virtud de un proyecto de bondad y belleza previamente concebido. La
anterioridad de la función con respecto al órgano no es —ya lo advertimos— una
cuestión temporal sino lógica: al igual que en Aristóteles el adulto es siempre anterior al
embrión, la función es siempre anterior al órgano47. No se trata, pues, tan sólo, de que
aquí se asuma uno de los presupuestos de la adaptación: la correlación directa entre
estructura anatómica y funcionalidad fisiológica48. Lo revelador es que, al contrario de
lo que pueda parecer, Aristóteles no se encuentra en este punto tan alejado del
darwinismo: la naturaleza, diría un evolucionista, “selecciona” las partes animales mejor
adaptadas al medio que las acoge. Desde un punto de vista lógico, la función es
también, como en Aristóteles, anterior a la forma49. Así explica Aristóteles la
adecuación entre la mano y la inteligencia humanas:
... Anaxágoras afirma que el hombre es el más inteligente de los animales por tener
manos, pero lo lógico es decir que recibe manos por ser el más inteligente. Las manos
son, de hecho, una herramienta, y la naturaleza distribuye siempre, como una persona
inteligente, cada órgano a quien puede utilizarlo. Y, en efecto, es más conveniente dar
flautas a quien es un flautista que enseñar a tocar a quien tiene flautas, pues a lo mayor
y principal la naturaleza añade lo más pequeño, y no a lo más pequeño lo más preciado
y grande. Si realmente es mejor de esta manera, y la naturaleza hace lo mejor entre lo
posible, no por tener manos es el hombre el más inteligente, sino por ser el más
inteligente de los animales tiene manos. (PA, 687a 10-20)
O de las partes reproductoras:
47
La identidad entre forma y función se comprende mejor teniendo en cuenta que la palabra órganon, en
griego, significa tanto instrumento o herramienta como órgano del cuerpo. Cfr. JIMÉNEZ SÁNCHEZESCARICHE, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Partes de los animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000,
n.62 del Libro I, p.75.
48
JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: «Introducción» a su traducción de Aristóteles. Partes de los
animales, B.C.G., Madrid, 2000, p.17.
49
Desde el punto de vista temporal no tiene porqué serlo, pues “lo anterior tiene ya muchos sentidos” (GA
II 741a 20): “En las obras biológicas, donde la causa final es predominante, Aristóteles aplica el principio
de que lo perfecto es anterior a lo imperfecto desde el punto de vista de la entidad y la naturaleza, pero es
posterior desde el punto de vista de la generación. En este caso, la finalidad es anterior por naturaleza y el
órgano que sirve para ese fin es posterior, aunque, atendiendo al proceso de formación, es anterior el
órgano al fin.” JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Partes de
los animales, Ed. Gredos, Madrid, 2000, n.111 del Libro II, p.162.
40
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
El macho y la hembra difieren desde el punto de vista de la razón, porque cada uno
tiene una facultad diferente, y desde el punto de vista de la observación, por ciertos
órganos: en lo que respecta a la razón, difieren porque es macho aquello que puede
engendrar en otro, como se dijo antes, y hembra aquello que engendra en sí mismo y de
donde nace lo engendrado, ya existente en el engendrador. Puesto que están definidos
por una cierta facultad y una cierta función, como además se necesitan instrumentos
para cada actividad, y las partes del cuerpo son los instrumentos para esas facultades, es
necesario que también existan órganos para la procreación y la cópula y que éstos sean
diferentes entre sí, en lo que diferirán el macho y la hembra [...] Tales órganos son, en el
caso de la hembra, lo que llamamos útero, y en el del macho los testículos y el órgano
genital, hablando de todos los animales sanguíneos.
Y no sólo los órganos en general; también su forma específica depende de
ciertas capacidades. Así resuelve Aristóteles la razón del tamaño del útero y de los
conductos seminales: como el macho y la hembra se distinguen por su capacidad y su
incapacidad de cocer la sangre, los machos tienen conductos (porque el residuo es de
cantidad moderada), mientras que las hembras hay una gran cantidad de residuo
sanguíneo (porque no está elaborado), de modo que es necesaria una parte receptora (el
útero) de tamaño considerable50.
Sin embargo, la relación entre estructura y función no siempre es directa. “La
naturaleza —dice Aristóteles— hace todo o porque es necesario o porque es mejor” (GA
I 4. 717a 15). Y lo necesario, que continúa siendo un medio para lo mejor, no aparece,
en este caso, referido a la materia de la que están compuestos los órganos, sino a las
propias partes heterogéneas. Así, el bazo es sólo condicionalmente necesario para
formar una pareja con el hígado y la localización espacial de las vísceras parece también
un producto necesario de un fin muy particular:
Para qué sirve efectivamente cada una de las vísceras, ya se ha dicho. Existen, además,
por necesidad en los extremos interiores de las venas, pues es preciso que una humedad
salga, y tal humedad es sanguínea, y a partir de ella, condensada y coagulada, se forma
el cuerpo de las vísceras. Por eso son sanguíneas y tienen una naturaleza corpórea
semejante entre sí, pero diferente a los otros órganos. (PA III. 673a, 30-35)
Así se explican también las diferencias que las partes heterogéneas de los
animales inferiores demuestran con respecto a los órganos de los que ocupan las
posiciones más elevadas en la escala naturae. Es el caso de la ausencia de testículos en
50
Cfr. GA IV 766b 18-26.
41
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
peces y serpientes, a la que Aristóteles caracteriza no como un bien, sino como
resultado de la necesidad de que su cópula sea rápida51.
3.3. Forma, función y materia: la necesidad hipotética.
Quizás lo necesario se encuentra también en el concepto de una cosa. Pues si definimos
la operación de aserrar como un cierto tipo de división, tal división no se podrá cumplir
si la sierra no tiene determinado tipo de dientes, y estos dientes no podrán ser tales si la
sierra no está hecha de hierro. Porque también en el concepto hay ciertas partes que son
como su materia (Fís. II, 9, 200b, 5 y ss.)
El problema de la permanencia y la diversidad específica no se agota en la
heterogeneidad espacial y su traducción funcional. La singularidad de la materia
orgánica es, para Aristóteles, tan problemática como la especificidad de la forma.
Desde el punto de vista geométrico, hemos visto cómo materia y forma se
identifican con las partes homogéneas y heterogéneas de un cuerpo animal. Pero vimos
también que, atendiendo a una perspectiva funcional, las partes homogéneas dejaban de
serlo en sentido estricto, pues muchas de sus propiedades potenciales, extirpadas del
todo orgánico, desaparecían al perder su función específica, y que, en ese sentido,
podían ser consideradas partes heterogéneas.
La relación entre forma y función nos conduce a una comprensión de la materia
animal mucho más acabada que encuentra en el concepto de “necesidad hipotética” su
mejor expresión: algunas materias, dice Aristóteles, son hipotéticamente necesarias para
que cierto fin u objetivo sea realizado:
Ésta es como una necesidad condicional. Como, por ejemplo, puesto que es preciso que
el hacha corte, hay necesidad de que sea dura, y si es dura, de bronce o de hierro, y de la
misma manera, puesto que el cuerpo es una herramienta (pues cada una de sus partes
sirve para algo, y lo mismo el todo), hay consecuentemente necesidad de que sea así y
hecho de tales elementos, si debe ser aquella herramienta (PA I. 642a, 9-14)
Así también, el ojo humano, para poder acometer su función, exige
necesariamente dos condiciones materiales: estar hecho de una sustancia líquida, y estar
51
Cfr. GA I 717 b 32-35. “Y es que, por ser de constitución tan alargada, si hubiera además una demora
en la zona de los testículos, el semen se enfriaría por causa de la lentitud.” (GA, I, 718 a 20-22).
42
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
cubierto de algo sólido y resistente a la penetración, como la piel que conforma los
párpados52.
Lo que aparece en cada caso como una necesidad “hipotéticamente necesaria” se
identifica, por tanto, con las propiedades potenciales que resultan de los elementos
combinados en proporciones muy precisas; es decir, lo que viene requerido es cierto
tipo de materia que posea las propiedades potenciales adecuadas para servir a un fin
determinado. Y aquí es donde se concreta para el mundo animal la relación entre
teleología y necesidad: cada forma animal es la mejor posible en el sentido de que le
posibilita la mejor ventaja funcional; y “lo posible” viene dado por las combinaciones
limitadas en las que pueden resolverse los compuestos materiales53. Así:
La parte ósea en el cuerpo de los animales es terrosa; por eso también hay en los
animales más grandes, por decirlo así al observar la mayoría de los casos. Y, en
consecuencia, la naturaleza utiliza el exceso de tal material corpóreo que existe en los
animales más grandes con fines de protección y conveniencia, y la materia que fluye
necesariamente hacia la zona superior las distribuye en forma de dientes y colmillos en
unos animales, y en otros en forma de cuernos. Por eso, ningún animal con cuernos
tiene dentadura completa: pues no tienen incisivos en la mandíbula superior. En efecto,
la naturaleza lo que quita de aquí lo destina a los cuernos, y el alimento destinado a esos
dientes lo emplea en el crecimiento de los cuernos. (PA III. 663b, 30-35)
3.4. Forma y materia: los caracteres variables.
Entre los animales, no obstante, no todo es “bueno” ni hipotéticamente
necesario, porque no todo está vinculado a la realización de ciertos fines:
[C]ada cosa existe para algo, y por esta causa y las restantes se desarrollan de hecho
todas las características que están incluidas en la definición de cada ser, y que existen
con un fin o son un fin. Pero de las características cuya formación no es así, la causa
hay que buscarla ya en el movimiento y en el proceso de la generación, pensando que
adquieren sus diferencias en el mismo momento de su composición. (GA V 778b 1119)
Nos referimos a la causa material que explica los caracteres variables, que varían
dentro de un mismo género pero también, con la edad, dentro de un mismo individuo,
como el color del pelo. Su necesidad (vinculada mayoritariamente al calor y la
52
Cfr. PA, II,13, 657a 30-5.
La lectura de Kosman de la Metafísica nos recuerda la conexión entre el término aristotélico de
dynamis y el verbo dynasthai, “ser capaz”: para Aristóteles, unas potencialidades materiales dadas son sus
capacidades para llegar a ser ciertas cosas (e.d., para estar conformadas de una determinada manera) y
para servir de (e.d., tener determinadas funciones). KOSMAN, L.A.: «Animals and other beings in
Aristotle», en Philosophical Issues ..., pp.360-391.
53
43
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
humedad) no es ya hipotética, sino puramente accidental. Así sucede con el color de los
ojos, el ejemplo más citado para distinguir en Aristóteles lo que pertenece a la esencia
de un animal y lo que le es accidental: tener ojos es un carácter esencial para cualquier
animal sanguíneo; la liquidez de la retina y la resistencia de los párpados son
propiedades hipotéticamente necesarias para el desempeño de la función visual; e
incluso la posesión de un tipo de ojo concreto se debe también a la necesidad, “pero no
por el mismo tipo de necesidad, sino de otro modo, porque está formado por naturaleza
para actuar y padecer de una manera determinada o de otra.” (GA V 778b 19) Sin
embargo, el color de los ojos, dependiente de la cantidad de humedad54, no puede ser
incluido en su definición, a no ser que tenga una función específica. Del mismo modo,
el rizo del pelo “sería una contracción por falta de humedad debida al calor del medio
ambiente” (GA V. 782 b, 28-30). O la blancura del cabello, que a causa de la edad “se
produce por debilidad y falta de calor” (GA V. 784a, 31-32).
Analizada la forma de los animales en un sentido general, es decir, a partir de
sus partes y no de las clases en las que parecen organizarse, podemos afrontar ya las
diferencias formales que separan a los unos de los otros.
4. La forma de la diferencia interorgánica.
4.1. Materia y forma como principios lógicos para la definición: el genos
como materia y el eidos como forma55.
Decíamos en nuestro primer epígrafe gnoseológico que el género en Aristóteles,
como en Platón, no es una clase sino una diferencia. Pero esto es sólo el punto de
partida; en los Tópicos y en las Categorías, Aristóteles introduce distinciones
ontológicas que transformarán radicalmente la diaeiresis platónica: género, diferencia,
especie, propiedad y accidente esencial y contingente se revelarán herramientas
categoriales de profunda fecundidad explicativa. Puesto que el ser, en Aristóteles, no es
54
“los ojos que tienen mucha humedad son negros porque una cantidad grande no es transparente; y son
azules los que tienen poca humedad, como se ve que ocurre también con el mar: el agua de mar
transparente parece azul; la menos transparente, pálida; y aquella cuya profundidad es indefinida resulta
negra o azul oscura. Los ojos de un color intermedio entre éstos se diferencian de hecho por más o por
menos.” (GA V 779b 28-33)
55
BALME, D.M.: «Aristotle’s use of division and differentiae», pp.69-89; PELLEGRIN, P.: «Logical
difference and biological difference: the unity of Aristotle’s thought», pp.313-338; LENNOX, J.G.:
«Kinds, forms of kinds, and the more and the less in Aristotle’s biology», en Philosophical Issues..,
pp.339-365.
44
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
primariamente forma sino sustancia, su definición ya no puede hacerse depender de una
combinación de las formas de las cuales participa, sino de la unidad sustancial que en él
se produce entre materia y forma.
Desde esta perspectiva, el par genos/eidos se imbrica también con el
hilemorfismo aristotélico, aunque de una manera muy distinta a como lo entendiera la
lectura esencialista clásica: el genos actúa como el sustrato material para su
diferenciación en eidê, mientras que el eidos no es sino el modo de considerar cualquier
cosa desde un punto de vista formal.
La raigambre platónica del método divisorio aristotélico, el significado lógico de
los términos genos y eidos y la relectura de la Investigación sobre los Animales como
un estudio de la diferencia y no como un proyecto taxonómico, ha llegado a poner en
duda el esencialismo aristotélico56. Creemos, sin embargo, que negar la pretensión
tipológica de la biología aristotélica no contradice en absoluto su esencialismo. Al
contrario, intentaremos demostrar que los trabajos de autores como Balme, Lennox o
Pellegrin pueden esclarecer la cuestión con una luz nueva que articule la esencia de las
especies con una precisión desconocida. Trataremos de exponer cómo ahondando en esa
continuidad entre los tratados lógico-metafísicos y los tratados biológicos, la tríada
conformada por la materia, la función y la forma encuentra en el par genos/eidos la
herramienta lógica más fecunda para precisar el modo en el que todas ellas se articulan
en los géneros, las especies y los individuos animales.
Existen, para Aristóteles, tres tipos de funciones: aquellas que pertenecen a todos
los animales, aquellas que pertenecen a lo que hoy entendemos por géneros y aquellas
que pertenecen a lo que hoy entendemos por especies. Toda función se identifica, a su
vez, con una parte heterogénea, y toda parte heterogénea está, además, compuesta de
una materia determinada. Ya hemos visto que el principio explicativo último de cada
una de las partes es la “bondad”, es decir, su adaptación a una función determinada. La
primera tarea del biólogo será, pues, identificar las funciones comunes a todo el reino
animal; a saber, la locomoción, la ingestión, la digestión, la reproducción y la sensación.
Las partes asociadas a ellas son formalmente idénticas en ciertos animales y distintas en
otros. Así, por ejemplo, para protegerse del frío, los peces tienen escamas y las aves
56
Las clasificaciones “son puramente procedimientos empíricos, destinados a facilitar el trabajo del
biólogo, pero permanecen propiamente fuera de la investigación empírica.” (p.313); FURTH, M:
«Aristotle’s biological universe: an overview»; Pellegrin concluye que las clasificaciones son
procedimientos puramente empíricos pensados para facilitar el trabajo de los biólogos, pero que, en un
sentido estricto, son ajenas a la investigación científica (Aristotle’s Classification of Animals, 1986.
También PELLEGRIN, P., «Logical difference and biolical difference: the unity of Aristotle’s thought»)
45
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
plumas57. Tener escamas o tener plumas conformarán, entonces, genos distintos que
podrán relacionarse entre sí mediante la analogía: lo que es a (escamas) en el genos A
(peces) es b (plumas) en el genos B (pájaros). Y como el genos puede denotar niveles de
clases muy variables, es obvio que si el genos cambia de nivel, también lo hará la
analogía, que no sirve, por lo tanto, para distinguir familias, sino para relacionar a un
grupo de animales con otro partiendo de algún punto de referencia y, en última
instancia, para relacionar a todos los seres vivos con un único ser tomado como modelo
de inteligibilidad: el Hombre, pues la biología aristotélica no es tanto jerárquica como
antropocéntrica58.
El siguiente paso consistirá en diferenciar a cada uno de los genos en sus
respectivos eidê. El genos es ya una unidad y, en ese sentido —viene a decir
Aristóteles— actúa como materia. Se trata, naturalmente, de una materia lógica, pero,
como en el ontológico, también en este plano la materia impone restricciones al modo
en el que la forma puede configurarla. Al considerar al genos como un sustrato material
sobre el que practicar la división, la diferencia no puede, en primer lugar, plantearse en
términos de posesión-privación, puesto que la privación —así sucedía también en su
vertiente ontológica— es de suyo un no-ser, y el no-ser no puede interesarle a la
definición de una esencia. La oposición entre los eidê que resultan de la división de un
genos —dice Aristóteles— ha de fundamentarse en la contrariedad, un tipo de antónimo
muy distinto al de la “posesión-privación”; los contrarios, en primer lugar, incluyen
tanto a aquellos que no tienen intermedio (par/impar) como a los que sí lo tienen
(vicio/virtud); en segundo lugar, mientras que los contrarios pueden transformarse
recíprocamente los unos en los otros (el negro en blanco y el blanco en negro), el
cambio de la posesión a la privación es biológicamente irreversible (la ceguera no se
transforma en videncia); por último, y a diferencia de lo que sucede con la “posesiónprivación”, un término puede tener contrarios en varias direcciones: terrestre, de aire y
acuático son tres pares de contrarios cuando hacen referencia a la forma de vida y al
movimiento local de los animales.
Queda, pues, establecida como primera premisa la división del genos en eidê
contrarios. Ahora bien, acometido el primer estadio de la diairesis, cada una de las
57
Así también, la función del pulmón es refrescar el cuerpo. Los peces, por analogía, tienen branquias en
lugar de pulmón.
58
El hombre como “normalidad” de la naturaleza: gracias a su posición erguida, el hombre es el único
animal cuyo cuerpo está organizado según una perfecta normalidad. Todos los otros animales, en
comparación, son, en cierto sentido “enanos”.
46
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
especies resultantes puede actuar, a su vez, como género para una división ulterior. Y
esto exige un nuevo control en la aplicación de la diferencia: la consideración del genos
como materia requiere, además, que su división proceda a partir de la “diferencia
específica”; es decir, es necesario que los miembros del grupo que va a ser dividido
compartan alguna propiedad sobre la cual se aplique la diferencia. El animal con patas,
por ejemplo, puede ser diferenciado como cuadrúpedo o bípedo, pero no como gregario
o solitario, caracteres que no designan, evidentemente, a clases de animales provistos o
desprovistos de patas. Frente a la diaeiresis platónica, en la que cada nueva forma es
añadida arbitrariamente por intuición, Aristóteles preserva, de este modo, la unidad de
la definición, asegurando que la diferencia final implique a sus predecesoras. Las
diferencias intermedias se convierten, así, en pasos analíticos conducentes hacia una
determinación final que las vuelve redundantes: ser bípedo implica, naturalmente, tener
patas, y este carácter sólo existe en la naturaleza cuando se especifica numéricamente.
Las variaciones que dentro de un mismo género distinguen a unas especies de
otras pertenecen a la variedad del más y el menos. Así, mientras que —decíamos— las
diferencias entre las aves y los peces pertenecen a la forma:
En las aves la diferencia mutua reside en la abundancia o escasez de sus partes y en
relación al más o menos. Y así, unas tienen las patas largas, otras cortas, y la lengua
unas la tienen ancha, otras estrecha, y lo mismo también en lo referente a las otras
partes. (PA IV 692b 5-9)
El problema es que la diferencia “en relación al más o menos” nos conduce a
variaciones materiales que, llevadas hasta sus últimas consecuencias, alcanzarían a los
individuos pertenecientes a cualquier especie. Y aquí aparece el problema: si cada eidos
puede, a su vez, actuar como genos en los estadios sucesivos de la diairesis, ¿en qué
momento preciso habremos de detener la división si con ella aspiramos a definiciones
esenciales? El límite —viene a decir a Aristóteles— aparece determinado por la
función: los caracteres animales que varían en grado son esenciales siempre que lleven
aparejada una función vital determinada. Así sucede con las aves, que “presentan
diferencias en los picos según su género de vida. Unas lo tienen recto, otras curvo: recto
las que lo usan para la alimentación, curvo las carnívoras, pues un pico así es útil para
dominar a sus víctimas, y les es necesario para procurarse el alimento de animales
vivos.” (PA IV 693a 11-14). La materia, en otras palabras, deja de pertenecer a la
esencia de una especie cuando, al desgajarse de una función, se separa también de la
47
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
forma y se vuelve accidental. Por eso la diaphora, la diferencia específica, sólo puede
ser atribuida a dos cosas que tengan entre sí una contrariedad esencial y no accidental. Y
la esencialidad o la accidentalidad de un carácter no es una propiedad absoluta que
pueda determinarse apriorísticamente, sino que depende del contexto en el que
aparezca: “El ojo, evidentemente, es para algo, pero que sea azul no es para algo,
excepto que esta característica sea propia del género” (GA V. 1, 778a 33-4)59.
Obtenidas las diferencias que separan a unos animales de otros, la definición de
la esencia de un animal dependerá de la aplicación simultánea de todas las diferencias
que le pertenecen. Dado que los contrarios no pueden ser divididos en otros tantos
contrarios que no compartan con ellos diferencias específicas, la división dicotómica
practicada por la Academia, la definición de un animal a partir de una sola línea de
diferenciación, es impensable. De ahí la reiterada insistencia de Aristóteles a lo largo de
todos sus tratados en el hecho de que los géneros pueden solaparse.
Muchas veces se solapan los géneros: pues ni los bípedos son todos vivíparos (ya que
las aves son ovíparas) ni todos ovíparos (pues el hombre es vivíparo); ni los
cuadrúpedos son todos ovíparos (pues el caballo, la vaca y muchísimos otros son
vivíparos) ni todos vivíparos (pues los lagartos, los cocodrilos y otros muchos son
ovíparos). Tampoco la diferencia está en tener o no tener pies: pues también hay
animales sin pies vivíparos, como las víboras y los selacios, y otros ovíparos, como el
género de los peces y las demás serpientes. Entre los que tienen pies hay muchos
ovíparos y también muchos vivíparos, como los cuadrúpedos ya citados. Y son
internamente vivíparos tanto animales con pies, por ejemplo, el hombre, como sin pies,
por ejemplo la ballena y el delfín. Por lo tanto, no es posible basar en este aspecto una
división, ni ninguno de los órganos de la locomoción es el causante de esta diferencia...
(GA II 732b, 15-30).
Tanto el género como la especie, tal y como hoy los entendemos, son en
Aristóteles resultado, no de la clasificación, sino de una definición obtenida por el
entrecruzamiento de cuantas diferencias específicas sean necesarias para agotar los
caracteres de una clase animal. La diferencia entre género y especie reside en que, en el
primero, los rasgos que lo caracterizan son rasgos formales, mientras que en la especie,
la materia ha sido concretada hasta sus últimas consecuencias, que son siempre
consecuencias funcionales. La función actúa, así, como el engarce entre la forma y la
materia: una definición que atendiese tan sólo a los rasgos formales de una clase animal
nos devolvería la imagen de cualquiera de los géneros en los que clasificamos hoy al
reino animal. Así, referirse a las diferentes especies de pájaros en tanto que pájaros
59
El subrayado es nuestro.
48
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
significa ignorar la manera en la que el pico, las plumas, las alas, las patas, etc. están
realizadas. En el extremo opuesto, una descripción exhaustiva de los caracteres
materiales pertenecientes a un ser vivo retrata individuos y no clases de individuos. Pero
una definición que dé cuenta de la forma de las partes concretada materialmente en
virtud de las funciones que desempeñan, es la definición de una especie. Así, mirar a
Sócrates en tanto que humano significa ignorar aquellos detalles inesenciales (es decir,
los caracteres variables) de su naturaleza orgánica. La esencia de la especie no es, en
efecto, un concepto exclusivamente morfológico, pero tampoco es reductible a un
universal lógico: materia, forma y función se conjugan en la especie en una tríada
perfecta.
Ser sanguíneo o no sanguíneo, vivíparo, ovíparo o fruto de la generación
espontánea, cuadrúpedo o bípedo, carnívoro o herbívoro .... son diferencias y no clases.
Pero no son tampoco diferencias que se agoten en eso, en la pura variación. Son
diferencias que, entrecruzadas, darán lugar a todas y cada una de las especies en las que
se organiza el reino animal. La “superioridad” de unas especies sobre otras depende,
precisamente, del número de diferencias necesarias para dar cuenta de una especie
determinada. Y aquí Aristóteles vuelve a sorprendernos con una solución inesperada a
uno de los problemas clásicos en filosofía de la biología: la complejidad, convertida hoy
en un fantasma casi tan etéreo como el de la emergencia, encuentra una medida precisa:
cuanto mayor sea el número de diferencias morfológicas requeridas para definir una
especie, más diversas serán también sus funciones y más compleja será, por tanto, la
especie. La relación entre complejidad de modo de vida y organización biológica60 es
otro de los principios básicos que gobiernan la naturaleza aristotélica. De él se deriva la
ley según la cual, cuanto mayor es la complejidad de las funciones y de las relaciones
con el medio de un organismo, tanto mayor deberá ser el número de sus partes y la
complejidad de su organización. La scala naturae aristotélica, que va de las plantas al
hombre, no es sino una gradación de índices de complejidad funcional y estructural
siempre más elevados61.
Materia, forma y función viene siendo la tríada que guía nuestros pasos. Su
coyuntura nos ha permitido, en el primer epígrafe, comprender el modo en el que los
animales, en general, se organizan y comportan. En el segundo, acabamos de precisar su
60
En 1827, Milne Edwards reformuló el mismo principio, atribuyéndose el descubrimiento.
JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE: Introducción a su traducción de Aristóteles. Partes de los
animales, B.C.G., Madrid, 2000, p.39.
61
49
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
articulación, accediendo así al modo en el que el mundo animal se nos presenta bajo la
forma de especies particulares. Su permanencia no es ya sólo una cuestión de hecho,
como lo es siempre en el primer estadio de cualquier indagación filosófica; aprehendida
la forma de los animales, de las especies y de los individuos que las componen, el
factum del orden natural se ha vuelto inteligible.
Elucidado el cómo y el porqué de la permanencia específica, Aristóteles tratará
de resolver en los últimos tiempos de su actividad filosófica el modo en el que esta
regularidad natural se mantiene. En este contexto, y no en el de una embriología arcaica,
es donde hemos de situar la teoría aristotélica de la reproducción. A ella se dirige el
último epígrafe de este primer capítulo.
5. La forma del individuo.
Dado que de las cosas que existen, unas son eternas y divinas y otras pueden ser o no
ser, que lo bello y lo divino, por su propia naturaleza, son siempre causa de lo mejor en
las cosas que lo admiten; que lo no eterno es posible que exista (y que no exista), y que
participe de lo peor y de lo mejor; que el alma es mejor que el cuerpo, lo animado mejor
que lo inanimado por causa del alma, y el ser mejor que el no ser y vivir mejor que no
vivir, por todas estas causas hay reproducción de animales. (GA II 731b 24-32)
La Reproducción de los Animales es, sin duda, la obra crucial para la
comprensión de la biología de Aristóteles, porque en ella ha de comprobar la actuación
de todos los principios localizados en los tratados anteriores. La reproducción actúa, en
primer lugar, como evidencia sustentadora de la eternidad de las especies:
La operación más natural en los seres vivos que han crecido completamente y que no
están mutilados o nacen por generación espontánea, es que engendran otro ser de la
misma especie: el animal un animal, la planta una planta, a fin de que, según su
capacidad, participen de lo eterno y divino. Pues todo tiende hacia esto, y hacia ese fin
último actúa. Según el número, ciertamente, lo mortal no es capaz de ser eterno (pues la
existencia es lo que está en el individuo), pero según la especie puede ser eterno. Por
ello existen eternamente las especies hombre, animal y planta. (DA II 4, 415a 26-b7)
En segundo lugar, la generación es también, junto al movimiento interno, el otro
gran principio que Aristóteles subraya en su demarcación entre lo vivo y lo inerte:
Un hombre nace de un hombre, pero una cama no nace de una cama; por eso se dice
que la naturaleza de una cama no es la configuración, sino la madera, porque si
germinase no brotaría una cama sino madera. Pero aunque la madera sea su naturaleza
también la forma es naturaleza, porque el hombre nace del hombre. (Fís. 193b 8-13)
50
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Pero, sobre todo, la solución aristotélica al problema de la reproducción ha de
elucidar el modo en el que las cuatro causas definidas en la Física se conjugan en un ser
vivo. Las interpretaciones (nominalistas o esencialistas) de la filosofía aristotélica se
juegan, por ello, su consistencia en la reexposición que de la ontogénesis aristotélica
sean capaces de articular.
5.1. Los principios de la generación: lo masculino y lo femenino.
Como comprobamos al ejemplificar la prioridad aristotélica de la función sobre
el órgano, la existencia de lo masculino y lo femenino responde, ante todo, a la facultad
reproductora:
[S]iempre hay un género de hombres, de animales y de plantas. Y ya que la hembra y el
macho son el principio de éstos, sería con vistas a la reproducción por lo que existirían
la hembra y el macho en los seres que tienen los dos sexos. (GA, II, 731b 32-732a 4)
La hembra y el macho aparecen, así, de manera inmediata, como los principios
de la reproducción. De ello, dice Aristóteles, nos convencemos fácilmente al comprobar
cómo los flujos que intervienen en la gestación proceden tanto de la hembra como del
macho62. Pero ¿por qué son dos en lugar de uno?, ¿cuál es la causa de la diferenciación
sexual?
La respuesta a esta pregunta no es, como la primera, evidente. Si la admisión del
macho y la hembra como principios de la reproducción se legitimaba con la observación
genérica que ve en ellos la fuente productora del esperma, el enigma de la
diferenciación sexual requiere una teoría que precise el origen de los flujos sexuales63.
De ella depende, además, la comprensión del problema radical de la generación: el
parecido entre padres e hijos. Pues bien, la solución ensayada por la teoría de la
pangénesis se le revela a Aristóteles insuficiente por varios motivos. En primer lugar,
porque algunas de las semejanzas que presentan los hijos con respecto a sus padres (la
manera de andar, el timbre de la voz) no pueden explicarse por la transmisión de un
aporte material; en segundo lugar, porque los padres que todavía no tienen barba o
62
Cfr. GA I 716a 8-10.
Erna Lesky ha señalado las tres explicaciones fundamentales que dieron los griegos acerca del origen
del esperma: la teoría encéfalo-mielógena, según la cual la semilla procedería del cerebro y la médula
espinal (Alcmeón de Crotona); la teoría de la pangénesis (Anaxágoras, Demócrito y tratados hipocráticos)
y la teoría hematógena, que tiene a la sangre como el origen del esperma (Diógenes de Apolonia). En
SÁNCHEZ, E.: notas a su traducción de Aristóteles. Reproducción de los animales, B.C.G., Madrid,
1994, n.141, p.103, y n.91, pp.84-85.
63
51
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
canas engendran hijos que las tendrán; y, por último, porque los hijos muchas veces no
se parecen a sus padres sino a otros familiares64. Tanto el semen como el flujo menstrual
—dice Aristóteles— se fabrican a partir de un excedente alimenticio: las sustancias
nutritivas que ingieren los animales, y que no se utilizan para nutrir a las estructuras
corporales, se convierten en sangre o en un fluido análogo en el caso de los no
sanguíneos:
[E]l esperma es un residuo del alimento, el último. Llamo último a que es llevado a cada
una de las partes. Por eso también lo engendrado se parece al progenitor; pues no hay
ninguna diferencia entre provenir de cada una de las partes o llegar a cada una, pero de
esta forma es más correcto (GA IV 766b 8-12).
La razón de que, en unos casos, la parte sobrante se transforme en semen y en
otros en flujo menstrual, la hace residir Aristóteles en el calor vital, menor en las
hembras que en los machos, “[p]ues la hembra es hembra por una cierta impotencia: por
no ser capaz de cocer esperma a partir del alimento en su último estadio (esto es, sangre
o lo análogo en los no sanguíneos), a causa de la frialdad de su naturaleza.” (GA, I, 728
a 18-22). Y como el calor es principio de movimiento, Aristóteles postula que es el
semen y, por lo tanto, el macho, el que actúa en la generación como vehículo de la causa
formal del hijo, mientras que la madre aporta la materia para el individuo, al igual que
en la coagulación de la leche, donde “la leche es el cuerpo, y el jugo de la higuera o el
cuajo, lo que contiene el principio de la coagulación” (GA I, 729a 10-13)65.
Como advierte Düring66, la separación de lo masculino y lo femenino en los
seres más perfectos cobra sentido, para Aristóteles, en el contexto y los límites de su
imagen del mundo. El par masculino-femenino aparece, en el ámbito de la
reproducción, como la traducción del esquema bipolar (forma−materia, acto-potencia,
alma-cuerpo, motor-movido) en el que se resuelve la tendencia de los seres naturales
hacia la perfección de la forma. Así, en lo masculino ve Aristóteles “el principio del
movimiento y de la generación”, y en la hembra, “el principio material”:
64
Cfr. GA, I, 18, 722a 1-15.
La teoría de que la sangre de la menstruación era la materia de la que se formaba el embrión, fue
aceptada hasta el s. XVII, cuando William Harvey la refutó en su obra Exercitationes de generatione
animalium (1651), donde demuestra que todo animal proviene de un huevo. Antes de finalizar esta
centuria, se postuló la hipótesis de que los ovarios femeninos eran la fuente de esos huevos, y que el
esperma aportaría el material hereditario del macho. JIMÉNEZ SÁNCHEZ-ESCARICHE, E.: notas a su
traducción de Aristóteles. Partes de los animales, B.C.G., Madrid, 2000, n.164, p.109.
66
DÜRING, I.: op.cit., p.843.
65
52
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Y siendo la causa del primer movimiento mejor y más divina por naturaleza, ya que ahí
residen la definición y la forma de la materia, es preferible también que esté separado lo
superior de lo inferior. Por eso, en todos los casos en que es posible y en la medida de lo
posible, el macho está separado de la hembra. Pues para los seres que se generan, el
principio del movimiento que es el macho, es mejor y más divino, mientras que la
hembra es la materia. Pero el macho se une y se mezcla con la hembra para la función
de la reproducción, pues ésta es común a ambos. (GA II 732a 4-11)
Sin embargo, la teoría ontogenética de Aristóteles no puede reducirse a este
esquema bipolar. La Reproducción de los Animales articula, como adelantábamos
arriba, la conjugación más perfecta de las cuatro célebres causas, que sólo después de
haber aprehendido justamente, podemos refundir en la genérica dualidad conformada
por el par materia/forma. Creemos que tanto la interpretación nominalista como la
esencialista incurren en reduccionismos derivados, precisamente, de la hipóstasis de uno
y otro término. Trataremos de demostrar que una lectura auténticamente sustancialista
de la forma orgánica en Aristóteles, construida a partir de la diferenciación precisa de
las cuatro causas que intervienen en la generación, incorpora las ventajas y supera las
dificultades implicadas por los reduccionismos formalista y materialista que,
respectivamente, practican las interpretaciones esencialista y nominalista de la biología
aristotélica.
5.2. Las causas de la reproducción.
Las causas definitorias de la esencia, en Aristóteles, son siempre la causa formal
y la causa final. Y la esencia sólo puede predicarse, como concluyó la Metafísica, de un
individuo concreto. De ahí que sólo en la Reproducción de los Animales hallen
respuesta definitiva las dos grandes preguntas que han venido perfilándose a lo largo de
toda la filosofía aristotélica: cuál es la esencia de un individuo y en qué sentido la
teleología se impone sobre la causalidad material.
5.2.1. La causa final.
En su doble vertiente anatómico-fisiológica y ontogenética, la causa final
aristotélica se identifica con la forma. Hemos comprobado ya cómo, en el primer caso,
la forma animal se identificaba con la función, tanto en sus partes anatómicas como en
53
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
el cuerpo en tanto que totalidad. El fin de la generación requiere, naturalmente, una
elucidación distinta aunque no independiente, como trataremos de explicar.
Al igual que sucedía con la permanencia específica, la elucidación de la
generación, el hecho irrevocable de que siempre tiene por fruto un individuo completo,
no puede hacerse depender sólo de los elementos, ni individualmente (“fuego o tierra o
cualquier otro elemento”) ni en combinación aleatoria (“espontaneidad y azar”). En
lenguaje contemporáneo: el problema de la ontogénesis no puede resolverse en términos
de principios físico-químicos que no hagan ninguna alusión al fin que una y otra vez es
realizado. Porque, de nuevo —arguye Aristóteles—, la única explicación razonable es
aquella que comprende que el proceso que de manera permanente se resuelve en
instancias de orden y belleza es, esencialmente, un proceso hacia el orden y la belleza:
[N]o por el hecho de que cada ser se desarrolle de una cierta manera, por eso es de esa
manera, sino más bien todas las obras de la naturaleza que son regulares y definidas, se
desarrollan de una manera concreta porque son así: es decir, las génesis depende de la
existencia y está en virtud de esa existencia, y no es ésta la que está en función de la
génesis. Los antiguos filósofos de la naturaleza creyeron lo contrario. La razón de eso es
que no veían que las causas fueran varias, sino que sólo tenían en cuenta la causa
material y motriz, y éstas vagamente, pero no prestaban consideración a la causa formal
y a la final. (GA V 778b 3-11)
También en el ámbito de la embriogénesis la causa final aristotélica ha recibido
interpretaciones diversas que pueden concretarse en dos lecturas extremas: la
antropomorfización de la causa generativa en un “agente inmaterial”, y su reducción a
“condición explicativa”67: la primera, partiendo del uso de las metáforas del esfuerzo y
el deseo y del símil entre arte y naturaleza, construye el telos aristotélico por analogía
con la acción humana intencional: el desarrollo del embrión se explicaría en virtud de
un agente que de manera más o menos consciente dirige el flujo de materia, guiando su
desarrollo hacia la madurez68; la segunda, interpreta el telos como idea regulativa en el
sentido kantiano: la “causa final” no es propiamente una causa, sino que desempeña un
papel meramente heurístico en la comprensión de la ontogénesis, pues el único modo de
volver inteligibles a los estadios del desarrollo orgánico consiste en identificar aquello
para lo cual son necesarios69.
67
GOTTHELF, A.: «Aristotle’s conception of final causality», en Philosophical Issues ..., pp.227-228.
Zeller (1897), Collingwood (1945), Rist (1965) y Robinson (1983). Cit. en GOTTHELF: op.cit., n.52,
p.227.
69
Randall (1960), Toulin y Goodfield (1966) y Wieland (1962). Cit. en GOTTHELF, A.: op.cit., n.53,
p.228.
68
54
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Podemos imaginar que cualquiera de estas dos alternativas traiciona el sentido
entero de la biología aristotélica. La identificación de la causa final con un agente
inmaterial, aunque reconoce la dialéctica entre Aristóteles y el mecanicismo de sus
predecesores, incurre, de nuevo, en la literalidad de la analogía entre arte y naturaleza
que hemos venido denunciando reiteradamente. De hecho, en el caso del desarrollo
embrionario, Aristóteles acude reiteradamente a un símil distinto, el de los muñecos
automáticos, para enfatizar, precisamente, la innecesaria presencia de un agente. Desde
el momento en que el semen desata el movimiento de la materia femenina, y puesto que
las partes se encuentran en potencia en la materia, “una cosa sigue inmediatamente a la
otra, como en los muñecos automáticos.” (GA II 741b 8):
En efecto, igual que en los autómatas, en cierto modo ese agente exterior es el que
mueve sin tocar en ese momento nada, aunque sí ha habido un contacto previo; de la
misma forma también, el ser de donde procede el esperma o el que lo hizo, tuvo algún
contacto, pero ya no lo tiene: de alguna manera es el movimiento que está dentro de él,
igual que el proceso de construcción con respecto a la casa. Está claro, entonces, que
hay algo que actúa, pero no una cosa determinada ni presente en el semen como algo
acabado desde el principio. (GA, II, 734b 14-19)
Esto no puede conducirnos, sin embargo, a una lectura mecanicista de la
embriogénesis aristotélica, porque, una vez más, la analogía es sólo una figura retórica:
[D]ebe entenderse no que las partes se muevan cambiando de lugar, sino que
permaneciendo, se alteran respecto a la blandura, dureza, colores y las demás
diferencias de las partes homogéneas, y llegan a ser en acto lo que antes eran en
potencia (GA, 741b 12-14).
En el extremo opuesto, la reducción de la causa final a una idea regulativa,
tratando de huir de confusiones teológicas, permitiría que acontecimientos debidos al
azar pudieran ser interpretados como tendentes a un fin, algo radicalmente contrario a la
filosofía aristotélica. Y es que la comprensión del desarrollo embrionario en Aristóteles
no puede disociarse de la teoría del movimiento construida en la Física, pues la
ontogénesis se concibe en términos de un movimiento progresivamente diversificado. Y
el movimiento, en Aristóteles, no es independiente sino intrínseco a las cosas; no es,
como lo será en la mecánica moderna, un estado sino un proceso, un llegar a ser que
sólo deja de ser al alcanzar su término. Por eso, porque el movimiento expresa una
dinámica que nace de la inmanencia y su dirección es autónoma, la causa final de la
embriogénesis no puede quedar reducida ni a un agente inmaterial que actúa desde fuera
ni a una idea regulativa que niegue la autonomía direccional del movimiento mismo.
55
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
5.2.2. La causa formal: la forma del individuo o la forma de la especie.
La teoría aristotélica de la reproducción es, sin duda, una de las exposiciones
más acabadas del hilemorfismo. Su potencia explicativa, condensada en la expresión
“un hombre engendra a un hombre”, desbordaba tanto al idealismo platónico como al
reduccionismo empedoclíteo70. La forma, contra los platónicos, descendía de la
trascendencia a la inmanencia, pero, contra Empédocles, tampoco podía ser fruto del
azar: cada individuo procede un individuo de la misma forma; la existencia del semen
presupone, por tanto, la de animal adulto que lo ha producido:
Por eso Empédocles no tenía razón al decir que muchas características se dan en los
animales por haberse producido durante el proceso de formación, como tener tal tipo de
columna vertebral porque al estar doblada se ha llegado a fracturar. Desconoce, en
primer lugar, que el germen constituyente debe existir ya con tal potencialidad; luego,
que lo que produce existe con anterioridad no sólo lógicamente, sino también
temporalmente: así el hombre engendra un hombre de modo que, al tener tales
características aquél, el proceso de formación de este otro se produce de tal manera.
(PA, 640a 20-28)
El problema es dilucidar la forma a la que se está refiriendo Aristóteles: la forma
transmitida por el padre ¿es la forma individual o es la forma de la especie?
Al hablar del antirreduccionismo aristotélico vimos ya la razón de la irrevocable
inconmensurabilidad entre la física y la geometría: mientras que la definición se
identifica con la esencia en todos aquellos objetos donde puede considerarse separada
de la materia, esto es imposible para las sustancias naturales; si bien el círculo puede y
debe ser definido sin hacer referencia a la materia en la que puede encarnarse, un
hombre es siempre un hombre de carne y hueso, de modo que su definición no puede
prescindir de la materia. El compuesto hilemórfico sólo aparece, por tanto, como una
unidad definible bajo la forma de individuos particulares, donde la materia se revela
idéntica a la forma realizada en ella71.
La solución que en la Metafísica ofrece Aristóteles al problema de la esencia es
otro de los argumentos esgrimidos por la lectura nominalista del concepto aristotélico
70
DÜRING, I.: op.cit., pp.821-826. Düring analiza las implicaciones de esta tesis a partir de los trabajos
de FRANK, E.: «Das problem des Lebens bei Hegel und Aristóteles», en Wissen, Wollen, Glauben,
Zürich, 1955, pp.218-231, y OEHLER, K.: Ein Mensch zeugt einen Menschen, Frankfurt, 1963.
71
Cfr. Met. H.6. El ser, en Aristóteles, “no puede ser uno en cuanto a la forma, sino sólo en cuanto a la
materia” (Fís. I.3 19-20).
56
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
de “especie”. David Balme72 sostiene que, dado que la afirmación de la identidad entre
materia y forma no parece implicar ninguna distinción entre las propiedades esenciales
y las accidentales, la definición de la esencia de un individuo incluiría, para Aristóteles,
un completo dar cuenta de toda su materia en un momento dado. Sin embargo —dice
Balme— es evidente que los universales son objetivos y, para ello, la biología
aristotélica ha de descubrir alguna razón por la que las especies existan. Y si la solución
esencialista (que entendería la especie como una forma absoluta impuesta sobre los
individuos) ha sido descartada, se hace necesaria alguna otra hipótesis que valide el
poder explicativo de las especies y que dé cuenta del parecido universal que vincula a
las familias de una misma especie.
En el segundo epígrafe veíamos cómo muchas de las diferencias que, dentro de
un mismo género, separan a unas especies de otras, son diferencias de grado, materiales,
y cómo esto ha llevado a ciertos autores a practicar una interpretación nominalista de la
biología aristotélica que podría resumirse como sigue: dado que, desde un punto de
vista estrictamente formal, Aristóteles no señala ninguna diferencia entre las distintas
especies pertenecientes a un mismo género (en su acepción contemporánea), y que la
teleología es el único modo de asegurar la unidad de cada especie animal, podemos
afirmar que el estatus de la especie es el de un nombre que tiene una validez objetiva,
pero no esencial; la única definición que puede capturar la esencia de un animal es
aquella que dé cuenta de toda la materia que lo compone en un momento dado.
Pues bien, hemos tratado de demostrar en el análisis de la Investigación sobre
los Animales y a partir de los presupuestos teóricos manejados en las Partes, cómo la
indisociabilidad entre materia, forma y función no permite desnaturalizar el
esencialismo aristotélico convirtiéndolo en una cuestión lingüística, sino que, al
contrario, lo configura de un modo muy preciso en el plano de las especies animales.
Sin embargo, el nominalismo no sólo encuentra asiento en la discusión sobre la esencia
de la Metafísica y en la lectura contemporánea de los términos genos y eidos, sino
también en una interpretación muy especial de la teoría aristotélica de la herencia: según
Aristóteles, el padre transmite a través del semen ciertos rasgos no formales sino
materiales, como el sexo o el color de los ojos; y puesto que se trata de caracteres
individuales y no específicos, parece inevitable concluir que, en consecuencia, la forma
heredada no es la de la especie sino la del individuo. De este modo, la teoría de la
72
BALME, D: «Aristotle’s biology was not essentialist», en Philosophical Issues ..., p.295.
57
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
embriogénesis aristotélica manifiesta su continuidad con la interpretación de la especie
como universal lógico: la especie no es (porque no puede serlo) causa eficiente de la
generación, sino una consecuencia fundamentada en el parecido individual. En palabras
de Balme:
Defiendo que en la GA Aristóteles sostiene que los animales se desarrollan
principalmente hacia el parecido paterno, incluyendo incluso detalles no esenciales,
mientras que la forma común de las especies es sólo una generalidad que “acompaña” a
este parecido [...] [Aristóteles] trata las especies simplemente como un universal
obtenido por generalización. Si bien es cierto que los miembros de una especie pueden
ayudar a explicar los rasgos de los individuos, esto no se debe a que la especie sea una
causa eficiente de la formación del individuo, sino a que individuos en circunstancias
similares son dotados de rasgos similares.73
El cuestionamiento contemporáneo de la entidad ontológica de la forma de la
especie en Aristóteles no puede dejarnos indiferentes. En el plano de la definición de las
clases animales, la lectura esencialista clásica todavía podía salvar su fuerza explicativa
haciendo hincapié no tanto en las diferencias materiales como en el entrecruzamiento de
las diferencias formales. Podría alegar que, aunque las partes de las especies
pertenecientes a un mismo género difiriesen entre sí por el más y el menos, el conjunto
de las diferencias genéricas (entendidas ya como diferencias formales) nunca es idéntico
entre las especies que lo componen. Pero en el ámbito de la reproducción, la cuestión se
vuelve mucho más espinosa, pues no hay duda de que tanto el color de los ojos como el
sexo son caracteres materiales que, sin embargo, pueden ser herencia paterna.
Nuestra posición quiere evitar caer en cualquiera de los reduccionismos
materialista y formalista que desvirtúan el hilemorfismo aristotélico. Como
adelantábamos al principio, tanto el nominalismo como el esencialismo formalista
dirimen la discusión sobre la forma heredada en el contexto de la dualidad
femenino/masculino como traducción biológica del par materia/forma. Y como sólo
hay verdadera definición, es decir, diferencia cualitativa de la materia, allí donde hay
fecundación, la polémica se restringe al polo de la forma que se considera “impresa” por
el macho. Sin embargo, una comprensión auténticamente sustancialista de la forma
orgánica ha de tener en cuenta el modo específico en el que las cuatro causas actúan en
la generación. Aquí hemos comenzado por las causas final y formal porque sólo desde
ellas pueden comprenderse las causas material y motora. Pero es que, a su vez, la
73
BALME, D:«Aristotle’s biology was not essentialist», en Philosophical Issues ..., p.291. La traducción
es nuestra.
58
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
especificación de estas últimas revela el sentido que la forma y el fin adquieren en la
reproducción de las especies. Y es que el esencialismo aristotélico no es el esencialismo
formal al que, certeramente, dirige sus invectivas el nominalismo. La forma de la
especie, en Aristóteles, es la forma sustancial, y su esencialismo es, por tanto, tanto
formal como material.
5.2.3. La causa material: el flujo menstrual femenino.
La comprensión del papel jugado por la hembra es absolutamente vital para una
comprensión ajustada del esencialismo aristotélico, porque en los cuerpos orgánicos el
modo de actuar de la causa material se complica hasta límites insospechados para la
Física. Distinguíamos arriba los dos sentidos en los que Aristóteles utilizaba el concepto
de “materia primera”, e insistíamos en que, para los cuerpos naturales, el cambio había
de producirse siempre en un sustrato material que ya potencialmente pudiera sufrir ese
cambio. No es otro el caso del residuo sanguíneo que constituye el esperma femenino.
La materia aportada por la hembra posee, potencialmente, la forma de la especie. Y
decimos la forma de la especie y no la del individuo —como quiere la lectura
nominalista de Balme— por varias razones.
En primer lugar, porque una hembra no puede ser fecundada por cualquier
macho, sino por un macho de su especie: el generador “es en acto lo que en potencia es
aquello de donde se forma el nuevo ser.” (GA II 734b 35-36). Es cierto que en la
Reproducción se admite, aunque como suceso excepcional, el cruce interespecífico. Se
supone, además, y no como una hipótesis sino como un hecho observacional que
requiere ser explicado, que los seres engendrados son fértiles. Es el caso de las crías de
zorra y perro, o las de perdiz y gallo74. Sin embargo —advierte Aristóteles—, el
apareamiento fecundo entre especies distintas sólo puede darse dentro de márgenes muy
restringidos: la reproducción sólo es posible entre especies caracterizadas por un calor
vital, un tamaño y un período de gestación similares. Porque sólo a partir de una
alimentación concreta, en un útero con una capacidad precisa y con una cocción
determinada, puede producirse la materia destinada a convertirse en un animal
específico. Y precisamente porque la sangre femenina que forma el cuerpo de los
híbridos es la materia de la especie fecundada, por eso los frutos de las uniones son
híbridos, porque el movimiento que imprime el macho se encuentra con la resistencia de
74
Cfr. GA II 738b 32.
59
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
los movimientos, propios de esa otra especie, que el semen desata. De ahí, entonces, la
imposibilidad de que nazcan seres resultantes del cruce entre especies cualesquiera:
[Q]ue es imposible que nazca un monstruo semejante, o sea, un animal dentro de otro
diferente, lo demuestran los periodos de gestación, que difieren mucho entre un hombre,
una oveja, un perro y un buey; es imposible que se forme cada uno de ellos fuera de sus
propios periodos. (GA, IV, 769a 23-26)
La especificidad de la materia específica en la biología de Aristóteles se
comprueba también en las restricciones de tipo cuantitativo a las que ésta ha de estar
sometida, en cada especie, para dar lugar a un animal completo: “la materia espermática
de la que se forman [los animales] no es ilimitada ni para más ni para menos, hasta el
punto de que se pueda formar un embrión de una cantidad cualquiera de materia.” (GA
IV 772a 3-5). Si, en general, se produce un exceso de cantidad —dice Aristóteles— en
lugar de una sola cría, la hembra engendrará gemelos; si el exceso afecta sólo a alguna
de sus partes, entonces nacerá cierto tipo de seres a los que llamamos monstruosos por
el exceso de órganos.
5.2.4. La causa motora: el semen del macho.
Tanto en la reproducción sexual como en la espontánea75, es imprescindible el
pnêuma (que encierra en él el calor anímico) para que el proceso de generación se
ponga en marcha. El semen no interviene como causa material, porque, para Aristóteles,
el macho no aporta al embrión nada somático; su materia “se disuelve y evapora, al
tener una naturaleza húmeda y acuosa”, como el jugo de la higuera que cuaja la leche.
(GA II 737a 13-14). Dos observaciones empíricas actúan como justificación y como
fuente misma de esta idea: por un lado, en algunos animales el macho no emite semen
y, sin embargo, se acomete la fecundación; por otro, en el caso de la reproducción de los
peces ovíparos, que sí lo emiten, el esperma no penetra los huevos, sino que es el mero
contacto con su superficie el que los vuelve fecundos. Así,
en la misma manera a como ninguna parte material va del carpintero a la materia
[...] sino que la figura y la forma son conferidas a la materia por medio del
75
“Los animales y las plantas nacen en la tierra y en el agua porque en la tierra existe agua, en el agua un
soplo vital, y en todo éste hay calor anímico, de forma que en cierto modo todo está lleno de alma.” (GA
III, 762a 19-21)
60
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
movimiento que él pone en marcha. [...] De modo análogo, en los machos de
aquellas clases de animales que emiten semen, la naturaleza usa el semen como
instrumento y como poseedor de movimiento en acto (GA, II, 22, 730 b 10 – 21).
Desatado, el movimiento se diversifica y en el embrión se actualizan
progresivamente los rasgos potenciales hasta que “una vez cesado el movimiento, se
forma cada una de las partes y deviene animada.” (734b 22-25). El enfoque aristotélico
no es, pues, preformacionista —como lo seguirá siendo siglos más tarde—, sino
epigenético: el germen no contiene a un individuo que existe en miniatura a la espera de
crecer durante la gestación, sino que él mismo desata los pasos de un proceso que,
valiéndose del corazón, acaba por hacerse autónomo y desemboca en la formación de un
individuo completo:
Una vez que el embrión está formado, actúa como las semillas de las plantas.
Porque las semillas también contienen el primer principio del movimiento en
ellas mismas, y cuando éste (que previamente existe en ellas sólo potencialmente)
se ha diferenciado, la raíz y el retoño se generan a partir de él, y por medio de la
raíz la planta obtiene el alimento que necesita para crecer. Así también en el
embrión todas las partes existen potencialmente en cierto sentido, pero el primer
principio es anterior en lo que se refiere a la realización. Por ello el corazón
alcanza el acto en primer lugar. Esto no es sólo claro para los sentidos (que lo es)
sino también sobre bases teóricas. Porque una vez que el joven animal se ha
separado de sus padres, ha de ser capaz de mantenerse por sí mismo, como un
hijo que ha dejado la casa de su padre [...] A ello obedece el que el corazón
aparezca primero en todos los animales sanguíneos76, pues es el primer principio
tanto de las partes homogéneas como heterogéneas... (GA, II, 4, 739b 32 - 740a
19).
Pero, como sucedía con la materia, el semen del macho no es genérico sino
específico. Como la materia ha de darse siempre en una cantidad determinada, “de igual
forma, si el macho expulsa más esperma o más potencias en el esperma una vez
dividido, esta abundante cantidad no producirá nada más grande, sino todo lo contrario,
lo destruirá desecándolo.” (GA, IV, 772a 8-12). Y es que “tanto la potencia del que
padece el efecto como la del calor que actúa tiene un límite preciso.” (GA, IV, 772a 2930). En la especificidad de los flujos que intervienen en la generación se resuelve,
creemos, el esencialismo aristotélico, pues sólo aquí alcanza el hilemorfismo una
formulación tan precisa:
[E]ste calor no produce lo que sea, carne o hueso, ni donde sea, ni cuando sea, sino lo
que es conforme a la naturaleza, donde es natural y cuando es natural. Pues lo que es en
76
Y en los no-sanguíneos, su análogo. Cfr. GA II, 1, 735 a 23-26.
61
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
potencia no existirá por efecto de un motor que no posea la actividad, ni lo que posea la
actividad producirá algo a partir de cualquier cosa; igual que el artesano no haría un
cofre salvo con madera, y sin el carpintero tampoco existirá un cofre a partir de la
madera. (GA II, 742a 23-27)
La célebre y controvertida definición del alma como el acto primero “de un
cuerpo natural que en potencia tiene vida”77 cobra aquí todo su sentido. El alma no sólo
no existe sin el cuerpo, sino que es siempre el alma particular de un cuerpo
determinado: la materia de la especie anidada en cada una de las hembras que la
conforman.
5.3. La teoría de la herencia.
Idénticas son las causas de que la descendencia se parezca en unos casos a los
progenitores y en otros no; y de que unos se parezcan al padre y otros a la madre; tanto
en el conjunto del cuerpo como en cada una de las partes, y más a ellos que a sus
antepasados, y más a éstos que a otros cualesquiera; de que los machos se parezcan más
al padre y las hembras a la madre; de que a veces los hijos no se parezcan a ninguno de
los parientes, pero se parezcan al menos a cualquier ser humano; de que otros ni
siquiera tengan el aspecto humano sino ya el de un monstruo (GA, IV, 767 b 3-6).
Queda por integrar en nuestra lectura sustancialista de la forma específica la
solución que ensaya Aristóteles ante el problema del parecido individual. La teoría de la
herencia, la manera en la que se especifican los movimientos por los que,
progresivamente, se diferencia la materia en un cuerpo fecundado, es, sin duda, el
capítulo nuclear de la Reproducción de los animales. En la generación, dice Aristóteles,
actúa lo individual y lo general, pero fundamentalmente lo individual78. Tanto el
esperma masculino como el femenino poseen los movimientos que pueden definir las
características individuales del ser que va a ser engendrado. De entre éstos, unos están
en acto y otros en potencia: en acto, los del progenitor y los de las características
generales, como las de la especie humana y las del animal; en potencia, los de la hembra
y los de los antepasados. Y puesto que “el macho está perfectamente dispuesto por
naturaleza para dominar y ser dominado”:
Si el movimiento que proviene del macho prevalece pero el que viene de Sócrates no
prevalece, o éste sí y aquél no, entonces lo que sucede es que nacen o varones parecidos
a la madre o hembras al padre. Por otro lado, si los movimientos se relajan, y aquél por
el que es un macho prevalece pero el de Sócrates se relaja en el de su padre, entonces,
77
78
DA, II, 1, 412a 25.
Cfr. GA, IV, 777b 17-778b5.
62
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
según este principio, habrá un macho parecido al abuelo o a algún otro de los
antepasados remotos. Pero si es dominado el movimiento por el que es un macho,
entonces habrá una hembra, y parecida sobre todo a la madre, pero si también este
movimiento se relaja, la semejanza será con la madre de la madre o alguna otra de sus
antepasadas, de acuerdo con el mismo principio.
Y en el caso excepcional de que todos los movimientos se relajen y la materia no
sea dominada, entonces “queda lo más general, o sea, el animal”. (GA, IV, 769a 12-13).
Los movimientos cristalizan diferencias, y las diferencias tienen aquí la misma
entidad lógica que atribuíamos al genos como herramienta para la definición de una
esencia. Ahora bien: si en el plano lógico comenzábamos por las diferencias generales
para luego concretarlas hasta alcanzar “lo indivisible en especie”, y esto porque, de otro
modo, “se dará el caso de hablar muchas veces sobre el mismo carácter por encontrarse
en muchas especies en común” (PA I 644b), en el plano biológico la situación es
inversa, pues lo que existen son individuos particulares. Y así también funciona la
herencia: lo que prima en la generación es lo individual; los movimientos del progenitor
son los movimientos más intensos, pero son tan actuales como los de la especie y los del
animal. Y es que, como comprobamos en el plano lógico, lo indivisible en especie
implicaba ya el genos de donde procedía: los movimientos paternos o maternos por los
que se definen las partes del embrión contienen, por tanto, a la diferencia de la especie,
y ésta a la del animal. De ahí que, si bien en lógica esa materia podía a su vez dividirse
en otros tantos eidê que compartieran con ella una diferencia específica (la especie
hombre compartiría con el resto de las especies su ser animal), al tratar de practicar el
recorrido inverso nos encontremos ahora con las bifurcaciones selladas: en biología la
materia, que no es ya una materia lógica, sino una materia corpórea y potencialmente
definida, sólo puede diferenciarse en la forma de la especie de sus progenitores.
IV. La actualidad de la biología aristotélica.
La obra biológica de Aristóteles nos ofrece, sin duda, la expresión más acabada
de la forma orgánica que la historia de la filosofía de la biología haya logrado articular
jamás. Si en el afán reduccionista de la biología molecular reconocemos,
conceptualmente, al mecanicismo de Empédocles, ninguna de las alternativas que se le
oponen en filosofía de la biología se aproxima hoy a la fuerza teórica de la filosofía
natural aristotélica. Frente a la hipóstasis de la materia practicada por el reduccionismo
63
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
materialista, funcionalistas y emergentistas han hecho lo propio con la función y la
forma. Para el funcionalismo, materia y forma se vuelven indiferentes al quedar
supeditados a la supremacía de las funciones vitales; para el emergentismo, la forma
macroestructural, aunque en ocasiones conectada con la función, se independiza de la
materia que le sirve de sustrato. En Aristóteles, sin embargo, materia, forma y función
conforman una tríada indisociable en cada una de las especies.
Pero además de la genial conjugación de estos tres términos en la unidad de la
especie, nos interesa resaltar las implicaciones filosóficas que cada uno de ellos posee
separadamente para la filosofía de la biología contemporánea. Desde el punto de vista
(sólo conceptualmente separable) de la forma, queremos insistir en que la definición
aristotélica de la especie como un entrecruzamiento de diferencias formales nos depara
una medida de la complejidad cuya precisión debiera ser considerada por todas las
corrientes disciplinarias que hoy ven en ella su objeto de estudio. Pero, además, el
análisis de las partes anatómicas a partir de las propias partes y no de las clases animales
nos ofrece un cuadro de las formas zoológicas que habría de contemplarse por sí mismo
y no como un conjunto de esbozos destinados a una composición ulterior. Cualquier
teoría de la forma biológica exige, como primera premisa, rescatar de entre la diversidad
inmensa del reino animal aquellas formas que, independientemente de su origen
filogenético, se repiten en diferentes especies. Encontrar la razón de su permanencia no
era sencillo en un tiempo en el que no estaban desarrolladas las herramientas
matemáticas que ahora sí empiezan a ser capaces de aprehenderlas. Aún así —como
comprobamos al hablar de los ejes de simetría—, Aristóteles imagina ya ciertos
principios geométricos que actúan en la distribución de las partes animales. Y en esta
intuición ha de verse reflejada cualquier teoría actual de la forma biológica.
Reconocer en la función la bisagra conceptual entre forma y materia es también
una intuición maravillosa. Al considerar que la materia es materia biológica no ya por
su naturaleza sino por sus propiedades cualitativas en tanto que propiedades
funcionales, Aristóteles —frente al emergentismo— explica cómo aquellas formas que
se nos imponen invariables en una y otra especie aparecen encarnadas en materias
distintas. Materias distintas, pero no cualquier materia, frente al funcionalismo. Porque
la articulación particular de formas diversas en animales distintos requiere —como
hemos tratado de demostrar— diferentes tipos de materia para cada una de las especies.
La distinción entre partes homogéneas y heterogéneas, fruto también de la
articulación aristotélica entre materia, forma y función, es otra de las herramientas
64
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
categoriales cuya potencia explicativa exige, a nuestro entender, una renovada y urgente
atención. La medicina, de hecho, trabaja con esta diferencia. Algunas partes del cuerpo
−las que Aristóteles identificó como homogéneas− pueden ser reemplazadas por otras
partes de la misma forma pero de distinta materia; otras −las heterogéneas− no. Un
hueso, por ejemplo, puede ser sustituido por una prótesis de titanio, pero un pulmón
habrá de ser suplantado, no por ningún otro objeto de idéntica forma pero distinta
materia, sino por otro pulmón.
El panorama ontológico se ha transformado radicalmente y, sin embargo, en su
empeño reduccionista, la biología contemporánea ha vuelto a toparse con la forma. En
lenguaje aristotélico, una molécula de ADN contiene, potencialmente, la forma entera
del organismo al que pertenece, de modo que sigue siendo la forma la que continúa
marcando el límite en el que ha de detenerse la indagación biológica si quiere recuperar
a la totalidad de un cuerpo vivo. Por otro lado, el estudio cualitativo de las propiedades
de los componentes materiales del organismo continúa siendo indispensable para
comprender las funciones de las partes que lo conforman. Y es que −ya lo dijimos− la
arquitectura ontológica construida por Aristóteles enriquece la distinción entre lo
cualitativo y lo cuantitativo en un sentido que también habría de ser recuperado.
En definitiva, la actualidad del pensamiento de Aristóteles no reside −como
advertíamos al inicio− en su carácter de precedente histórico de nuestra ciencia
biológica, sino en la fecundidad explicativa del utillaje categorial que nos ha sido
legado.
65
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
2
La herencia de Aristóteles:
Galeno y Linneo
La concepción del método divisorio como vía de acceso a la definición, hace
que, en Aristóteles, la forma del organismo y la forma de la diferencia (intergenérica,
interespecífica e interindividual) encuentren un perfecto entrelazamiento en la idea
global de la forma orgánica. Con el tiempo, sin embargo, las dos direcciones en las que
ésta se bifurca adquieren una progresiva independencia: la investigación de la forma
del organismo, de prioritario interés para la ciencia médica, se consolida como
anatomía fisiológica; paralelamente, la interpretación del estudio aristotélico de la
diferencia como un primer proyecto clasificatorio, convierte a la taxonomía en una
subdisciplina relativamente desconectada de la definición de la forma orgánica.
Después de Aristóteles, la historia de la forma biológica deja de ser, por tanto,
unidireccional, de modo que Galeno y Linneo, los grandes herederos de la biología del
estagirita, lo serán en campos muy distintos: en medicina, Galeno resucita a la forma
orgánica del letargo atravesado con la cultura alejandrina; en el ámbito de la botánica
y la zoología, será el joven Linneo quien consume en su sistemática la lectura
escolástica del estudio aristotélico de la diferencia.
Desde el punto de vista diacrónico, Galeno y Linneo completan el largo lapso
que media entre la Era Clásica y el siglo XVIII en direcciones cronológicas contrarias:
la obra de Galeno, cuya autoridad será escrupulosamente respetada hasta el siglo XVII,
entraña la concepción del organismo que heredarán los siglos venideros; inversamente,
la sistemática que Linneo construye en su juventud contiene todas las transformaciones
que la idea de forma sufriera, previamente, por obra de la Escolástica.
66
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Galeno y la forma del organismo
Como decíamos arriba, la aversión alejandrina hacia los presupuestos teóricos
del Liceo mantuvo adormecida a la idea de forma orgánica hasta que Galeno la rescatara
del letargo. Con el propósito de completar los estudios anatómicos recogidos en las
Partes de los animales, el médico de Pérgamo sitúa a sus investigaciones en un marco
ontológico y gnoseológico declaradamente aristotélico. La filosofía galénica vuelve a
ser, ante todo, una filosofía de la naturaleza, principio motor, organizador y generador
de los procesos vitales; la estructura de los cuerpos animales que se propone desentrañar
revela, por tanto, en última instancia, el orden con el que la Naturaleza se autogobierna.
I. Forma y gnoseología
Desde el punto de vista gnoseológico, el orden natural es, para Galeno, un orden
accesible, porque los principios causales que lo rigen79 pueden y han de ser
aprehendidos por el investigador de la Naturaleza. También la gnoseología galénica se
sitúa, como vemos, en el más ortodoxo aristotelismo: partiendo de un decidido realismo,
la concepción de la investigación científica como búsqueda de los principios causales
que rigen el acontecer natural, convierte a su fisiología en una ciencia no sólo
descriptiva, sino fundamentalmente explicativa80.
La conciencia del entramado conceptual con el que Galeno se enfrentó a la
investigación natural no aminoró, sin embargo, la preocupación analítica y experimental
que tanto obsesionara a la escuela alejandrina; como señala García Ballester, Galeno
“era consciente de que la apelación a los sentidos, es decir, la realización práctica de
disecciones y el atenimiento a ellas como fuente de conocimiento morfológico era lo
único en que basar un programa de revisión crítica del saber morfológico antiguo.”81
Para un aristotélico, las manos son, además, la herramienta específica de la inteligencia;
y podrá imaginarse que, en el campo de la anatomía humana, la traducción gnoseológica
de esta tesis encuentra en la disección anatómica el mejor instrumento cognoscitivo.
79
Física II, 3.
GARCÍA BALLESTER, L.: Galeno, Guadarrama, Madrid, 1972, p. 233
81
Op.cit., p. 225.
80
67
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Como ya le sucedió a Aristóteles, los errores de la morfología galénica vinieron
tanto de sus fuentes de información como del método esencialista y deductivo. Entre
los primeros, la atribución a la mano humana de la estructura muscular propia de la
mano del macaco y la idea de que el riñón derecho se halla localizado algo más alto que
el izquierdo son los ejemplos más destacados. Entre los segundos, el supuesto de una
comunicación anatómica entre los ventrículos del corazón, y la creencia que localizaba
el nacimiento del sistema venoso en el hígado. Ambas tesis, avaladas por la inmensa
autoridad que los siglos posteriores concederán a su figura, condicionarán
profundamente aspectos básicos de la anatomía y la fisiología humanas.
II. Forma y ontología
Como el contexto filosófico general en el que se enmarca la morfología de
Galeno, su concepción global del organismo es también aristotélica: partiendo de una
posición radicalmente antivitalista, la anatomía fisiológica que descubrimos en Sobre
los procedimientos anatómicos y Sobre el uso de las partes se fundamenta en dos
supuestos fundamentales de la biología de Aristóteles: las funciones vitales sólo pueden
comprenderse si el cuerpo animal se concibe como un todo conformado por partes
intrínsecamente encadenadas; y la Naturaleza hace lo mejor entre lo posible: la forma de
cada especie es la más adecuada para la plena actualización que, en cada medio, habrán
de experimentar sus funciones vitales. En definitiva, el organicismo teleológico que, de
un modo general, defiende Galeno descansa en la noción aristotélica de eîdos:
Galeno veía la forma del animal según lo que los griegos entendieron por eîdos, así su
descripción anatómica pretenderá expresar [...] la figura del animal vivo en la plenitud
de su movimiento vital. De ahí que se ocupe de los órganos y funciones que expresan y
realizan dicha plenitud: digerir, respirar, mantener el calor vital de sus partes, sentir,
moverse, pensar.82
Pero ya hemos dicho que en el ámbito más restringido de la anatomía, y en
particular de la anatomía humana, Galeno se propone completar la labor del filósofo de
Estagira. Sus investigaciones morfológicas no pretenden, simplemente, reforzar con
nuevos datos empíricos lo que ya dijera Aristóteles alrededor de las partes animales.
Aunque, en general, los rasgos constitutivos de su fisiología (sustancialismo,
82
Op.cit., p. 230.
68
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
organicismo y finalismo) pueden predicarse también de la ciencia natural del Liceo, la
incorporación del humoralismo transforma radicalmente la idea de forma orgánica,
porque afecta a la propia naturaleza del alma.
En lo que respecta a sus propiedades cualitativas, el alma galénica no presenta
ninguna innovación destacable con respecto a la platónico-aristotélica: de acuerdo con
la teoría platónica de las localizaciones, sus tres dimensiones se corresponden con el
cerebro83, el corazón y el hígado; y, como en Aristóteles, se expresa en diferentes
potencias (vegetativa, sensitiva y racional) que luego se realizan en facultades
secundarias correspondientes a las distintas operaciones fisiológicas. De este modo,
Galeno conserva la inspiración dinamista de la ciencia natural del Liceo: cualquier
proceso de la naturaleza es un movimiento o cambio en el que una u otra potencia queda
actualizada de acuerdo con el plan inmanente al ser de cada cosa84. Así, en el caso de
los seres orgánicos, los movimientos o cambios posibles continúan siendo los
sustanciales (transformación del alimento en sangre), los cuantitativos (crecimiento), los
cualitativos (variación de la temperatura) y los locales.
Es en lo que afecta a la naturaleza del alma, a su composición material, donde
interviene el humoralismo, concretando la materia biológica aristotélica en una
dirección muy particular. Influido por el “corporalismo naturalista” de la escuela
peripatética, y tras una lenta evolución de sus reflexiones en torno al “alma”, Galeno
acaba de concretar su postura en Las costumbres del alma se derivan de la complexión
humoral del cuerpo. En este tratado, identifica la sustancia del alma con la naturaleza
del hombre, definida como pura krásis o complexión humoral85.
Heredados de la tradición hipocrática, los humores aparecen, filtrados por el
aristotelismo, como partes homogéneas. Compuestos de la distinta mixtura de tierra,
agua, aire y fuego, sus cualidades resultan también de la actualización de las
propiedades potenciales de los cuatro elementos, dependiendo su naturaleza del
elemento predominante en cada caso: la sangre, como el aire, es de naturaleza caliente y
83
A diferencia de Aristóteles, y a pesar de la influencia de la biología peripatética, Galeno da a su
fisiología especial un enfoque cerebrocéntrico, ensayando distintas hipótesis sobre el modo en que los
espíritus animales discurren por los nervios hacia las zonas periféricas. La práctica experimental
continuada le ayudó, además, a poner de manifiesto hechos de gran significación en apoyo del
cerebrocentrismo. La paralización de distintas zonas del cuerpo, mediante la sección de nervios craneales,
reforzó, por ejemplo, su convicción de que era el cerebro y no el corazón el órgano que controlaba el
movimiento corporal.
84
Como en Aristóteles, la sustancia es el sujeto de los procesos fisiológicos, y el cambio sustancial es el
fundamento de las actividades que tienen lugar en el organismo.
85
GARCÍA BALLESTER, L.: op.cit., p.237.
69
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
húmeda; la bilis amarilla, cálida y seca, al igual que el fuego que en ella abunda; la bilis
negra, seca y fría, porque contiene primordialmente tierra; la flema, fría y húmeda,
como el agua que se impone en su composición.
La introducción de nuevas partes homogéneas no tendría mayores consecuencias
teóricas si el médico de Pérgamo, al ascender al estrato de las partes heterogéneas
hubiese hecho residir en él el núcleo explicativo de la organización corporal. Pero lo
que hace Galeno es vincular cada una de las partes del cuerpo a cierto humor,
fundamentando así en estos últimos, y no en las propias partes anatómicas, la
consideración holista del organismo. El principio explicativo de la estructura y las
funciones orgánicas no se detiene, por tanto, como en Aristóteles, en las partes
heterogéneas, sino que se retrotrae a las partes homogéneas que las componen. Esto no
significa, sin embargo, que la forma desaparezca de la ontología galénica; la forma
orgánica se identifica ahora con la estructura humoral: en su continuo flujo, la sangre, la
bilis y la flema interactúan con una regularidad que mantiene permanentemente el
equilibrio exigido por las funciones vitales. De este modo, Galeno vuelve a conectar,
con espíritu aristotélico, estructura y función.
En la estructura humoral de los animales descansa también el calor vital, agente
biológico imprescindible, como en Aristóteles, para la realización de las funciones
vitales. Entre los sanguíneos, queda ubicado en el corazón, desde donde el pulso arterial
lo reparte por el cuerpo entero; gracias a su presencia, y a la del aire ambiental que se
ingresa en la respiración, se efectúa la digestión de los alimentos.
Con la introducción del humoralismo hipocrático, Galeno precisa la naturaleza
de la materia biológica de la que hablara Aristóteles: si para éste el alma era la
actualización de las potencialidades formales-funcionales de cierta clase de materia,
para Galeno, que ha identificado la materia animal con los humores, el alma será el tipo
de organización humoral del ser vivo. Pero con la mutación de la materia orgánica se
transforma también, inevitablemente, la forma en la que ésta se organiza: al hacer
residir el núcleo explicativo de la totalidad orgánica en fluidos y no en partes sólidas
como los órganos, Galeno radicaliza el dinamismo de la forma biológica. El mismo
espíritu subyace a la introducción de otro de los conceptos más originales y
controvertidos de la biología galénica: el pneûma, causa material de las funciones
vitales cuya sutilidad le permite atravesar sin dificultad las partes sólidas del cuerpo.
El pnêuma tenía ya una importancia sustancial en la biología aristotélica, donde
encarnaba, como vimos, el principio vital que desata la generación de todo ser natural.
70
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Pero, además, al final del tratado de la Reproducción de los animales, Aristóteles
sugiere para el pnêuma una función más radical de la hasta entonces otorgada:
[E]s probable que la mayoría de las cosas se realicen con el aire interior como
instrumento: igual que algunas cosas son útiles en los oficios para muchos usos, como
el martillo y el yunque en el trabajo del herrero, del mismo modo el aire interior tiene
muchos usos en los organismos conformados por la naturaleza. (GA 789b 9-13)
Galeno lleva esta sugerencia hasta sus últimas consecuencias, si bien es cierto
que el neumatismo constituye uno de los aspectos más confusos de su fisiología. Sólo el
galenismo, convertido en escuela a lo largo de la Edad Media, logrará precisar la
función de cada uno de los espíritus o pneúmata: el espíritu natural, que con sede en el
hígado se reparte por el cuerpo a través de las venas; el espíritu vital, que se sintetiza en
el corazón y se distribuye por medio de las arterias; y el espíritu animal, producido en el
cerebro y difundido por los nervios.
Como decíamos al principio de este capítulo, el organicismo galénico
constituye un período nuclear para la historia de la forma biológica, pues el radio de su
pensamiento abarca tanto al pretérito que lo antecede como al futuro que seguirá sus
pasos. En el sentido retrospectivo, su obra clausura la era clásica de la teoría biológica:
En su anatomía y su fisiología se cierra un modo de representación de la organización
vital dentro del cual aparecen integradas las más antiguas, más activas y más
consolidadas corrientes del pensamiento griego en torno a la vida. La biología galénica
es en lo esencial una biología elaborada sobre el concepto aristotélico de forma,
dependiente de la idea de phýsis, orientada hacia la interpretación teleológica de la
estructura o de la función, y regida por el humoralismo. Pero, además, en ella se hacen
presentes la preocupación analítica y experimental de la escuela alejandrina, la
aceptación del cerebrocentrismo pitagórico o una tensión no del todo resuelta entre el
hipocratismo, la noción de alma que Aristóteles había legado y el materialismo estoico.
Galeno también reservó un lugar en su concepción de la vida a los términos que habían
adquirido mayor carga teórica desde el siglo VI a.C. El calor innato y el pneûma
siguen siendo principios que sirven a la acción fisiológica y que permanecen ligados a
la complexión humoral del organismo86.
Pero el protagonismo histórico de la forma galénica se mide, sobre todo, por el
largo futuro que su pensamiento gobierna. Tras la muerte de Galeno, las ciencias de la
vida entran en un largo período oscurecido por el dogmatismo, el abandono del método
observacional y la renuncia a la búsqueda de nuevos patrones teóricos. Más tarde, la
86
GONZÁLEZ RECIO, J.L.: Teorías de la vida, Síntesis, Madrid, 2004, p.97.
71
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
escolástica convierte al galenismo en un marco teórico inamovible que todavía la
biología renacentista será incapaz de revisar:
La crisis del galenismo quedaba anunciada en cada anomalía recogida en el registro
observacional, pero su auténtica revisión no se produciría hasta que las novedades
empíricas pudieron ser ordenadas en un nuevo marco interpretativo. Ni Vesalio ni sus
contemporáneos fueron capaces de brindar a la fisiología un programa teórico diferente
del galénico. Esa es precisamente la distancia que los separa de Copérnico, y que
marca también el diferente momento por el que pasaron en el siglo XVI la astronomía
geométrica y las ciencias de la vida. La biología de la época continuaba siendo la
biología, la teoría de la vida de la forma 87.
87
Op.cit, p.133.
72
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Linneo y la forma de la diferencia interorgánica
La obra de C. Linneo (1707-1778)88 ha pasado a la historia de la biología
asociada a la idea de la inmutabilidad de las especies, y suele figurar como el paradigma
del esencialismo aristotélico aplicado a la clasificación botánica y zoológica89. Pero
después de nuestro recorrido por la biología aristotélica, después de nuestra reiterada
insistencia en disociar los presupuestos teóricos del estagirita de la lectura teológica
medieval, podrá imaginarse nuestra resistencia a asumir semejante tesis: el papel de la
escolástica en el largo lapso que separa a estos dos grandes episodios de la historia de la
forma biológica, no puede hacerse análogo al de un hilo conductor que conserva
invariable el mensaje transmitido. Éste es, sin embargo, el supuesto que subyace a la
mayoría de las exposiciones de la taxonomía linneana: Rádl90, Cassirer91 y Svenson92
coinciden en presentarla como una aplicación sistemática de la lógica de Aristóteles;
Cain93 y Stearn94 admiten también el aristotelismo de Linneo, aunque, más cautos, no
creen que en su trabajo biológico pueda descubrirse una perfecta adecuación entre la
lógica aristotélica y la práctica clasificatoria. Ninguno de ellos repara, por tanto, en la
necesidad de “diferenciar, en la obra de Linneo, entre aquellos componentes que puedan
considerarse genuinamente aristotélicos y aquellos otros que sean imputables a la
tradición porfiriana y escolástica”95.
Para nosotros, Linneo juega en la historia de la forma orgánica un papel
protagonista precisamente porque en sus sistemas clasificatorios encarna todas las
88
La bibliografía crítica sobre Linneo (a excepción de los títulos que aparecen referidos en la
bibliografía) y las referencias a su obra que manejamos en este capítulo la hemos tomado de
ALVARGONZÁLEZ, D.: El sistema de clasificación de Linneo, Pentalfa Ed., Oviedo, 1992.
89
Teofrastro (307-287 a.C.), discípulo de Aristóteles, aplicó en su Historia plantarum los principios
aristotélicos esencialistas a la clasificación botánica, tomando como criterio las características de la
germinación de las semillas, pero no llegó a entender la distinción real entre plantas masculinas y
femeninas, que sería la clave del sistema sexual de Linneo. Éste dedicó más atención a las plantas que a la
zoología, aunque en la primera edición de su obra Systema naturae (1735), realizó una división de los
animales que luego se ampliaría sustancialmente en la décima edición (1758).
90
RADL, E.M.: Historia de las teorías biológicas, Alianza, Madrid, 1988.
91
CASSIRER, E., El problema del conocimiento en la filosofía y en la ciencia modernas, México, F.C.E.,
1963, t.IV, p.156.
92
SVENSON, H.K.: «Linnaeus and the Species Problem», Taxon, vol.2, 1953, p.55.
93
CAIN, A.J.: «Logic and Memory in Linnaeus’s System of Taxonomy», en Proceedings of the Linnaean
Society of London, n.169, abril 1958, p.163.
94
STEARN, W., T., «Four Supplementary Linnaean Publications: Methodus (1736), Demonstrationes
plantarum (1753), Genera plantarum (1754), Ordines naturales (1764)» en la edición facsímil del
Species plantarum, Londres, Ray Society, t.II, p.73, nota.
95
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.16.
73
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
transformaciones que sufrió esta idea desde que el cauce de la escolástica volviera a
ponerla en circulación. Guyenot96, siguiendo a J. Von Sachs, llega a considerar que el
horizonte teórico en el que se mueven sus obras no presenta ninguna aportación original
si se compara con autores anteriores de la tradición escolástica como Cesalpino, Jung,
Ray, Rivinius o Boerhave. Esta acusación, que en todo caso podría ajustarse a la obra de
juventud de Linneo, no vale, sin embargo, para su segunda etapa. Y aquí entra en juego
la otra gran objeción que David Alvargonzález opone al fijismo esencialista con el que
suele identificarse el sistema de clasificación de Linneo. Y es que, dentro de su propia
obra, a partir de 1753 (fecha de publicación del Species plantarum), tienen lugar
cambios de gran importancia que alejan a nuestro autor de la tradición escolástica, y que
posibilitan e incluso preludian las tesis transformistas y evolucionistas97.
Las dos épocas de Linneo conforman, por tanto, el doble engranaje que engarza
a los dos grandes episodios de nuestra historia de la forma biológica. La obra de
juventud condensa las transformaciones que esta idea, tal y como fue perfilada por
Aristóteles, sufriera de la mano de la escolástica; la obra de madurez prepara el terreno
sobre el que se erigirá la idea de “plan” que Kant somete a crítica y que la morfología
idealista recupera en su búsqueda de los “tipos primigenios”. Linneo fue, a la vez,
enemigo e inspirador para todo aquél que, en el siglo XVIII, se enfrentara a la
comprensión de la forma de los organismos vegetales o animales. Pero no sólo eso;
como ha sido señalado en numerosas ocasiones98, el sistema de clasificación de Linneo,
al establecer una disposición ordenada de los organismos, sentó las bases sobre las que
luego se construyó el evolucionismo y la teoría de la variabilidad de las especies99. Sin
la sistemática predarwinista, sin antes definir, describir y catalogar las especies sujetas a
evolución, hubiera sido imposible alcanzar las conclusiones de El origen de las
especies.
96
GUYENOT, E.: Las ciencias de la vida en los siglos XVII y XVIII, México, UTEHA, 1956. Cit. en
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit.,, pp.13-14.
97
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit.,, pp.13-14.
98
GILSON, E.: De Aristóteles a Darwin (y vuelta), Navarra, Eunsa, 1976, pp.79-91.; LÉVI-STRAUSS,
Usos y significados del término estructura, Buenos Aires, Piados, 1969.
99
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., pp.16-17.
74
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
I. El primer Linneo: la lectura escolástica de la biología aristotélica.
El sistema de clasificación de Linneo puede adjetivarse de fijista y esencialista
siempre que circunscribamos esta caracterización a su obra de juventud. Ahora bien,
como acabamos de advertir, la tradición escolástica que media entre Aristóteles y
Linneo no puede considerarse una mera transmisora de la biología del estagirita. Tanto
el fijismo como el esencialismo sufren con Porfirio y Tomás de Aquino un viraje tan
radical, que la idea de forma orgánica heredada por Linneo es absolutamente otra. En
nuestro primer capítulo, tuvimos ya ocasión de comprobarlo cuando, al hablar del
eternalismo y de la concepción de la diferencia interespecífica en Aristóteles, refutamos,
precisamente, la lectura escolástica de ambos postulados. Insistíamos entonces, desde
una perspectiva interna, en recuperar el sentido originario de la biología aristotélica por
la luz que hoy arroja. Pero para la construcción de una historia filosófica de la forma
orgánica, es innegable que el Aristóteles que heredó el siglo XVIII, fue el Aristóteles
filtrado por la escolástica. Y en el ámbito biológico, la sistematización de esta lectura
fue obra de Linneo, cuyas taxonomías se convertirán en referencia obligada para
cualquier botánico o zoólogo de los siglos XVIII y XIX.
1. El eternalismo aristotélico y el fijismo linneano.
Tanto para Aristóteles como para Linneo, la inmutabilidad de las especies en el
tiempo se bifurca en un doble postulado ontológico y gnoseológico. Sin embargo, la
revisión teológica a la que la escolástica somete al eternalismo, conlleva una
transformación radical de los presupuestos fijistas sobre los que Linneo construye su
primer sistema de clasificación.
Ya vimos que en Aristóteles, desde una perspectiva ontológica, “el orden natural
es eterno, sin un origen pasado que haga necesaria la referencia a un creador. La
naturaleza es inmanente y su estabilidad afecta tanto a la regularidad de los
movimientos celestes como a la invariabilidad de las especies orgánicas. El fijismo
aristotélico no necesitaba de un Dios creador, y resultaba constantemente corroborado
por los hechos del mundo sublunar en unos tiempos en los que no había conocimientos
para poder proponer un transformismo, un degeneracionismo, o un evolucionismo que
75
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
no fueran directamente mitológicos.”100 En Linneo, por el contrario, el fijismo de las
especies sólo resulta inteligible cuando se conecta con los presupuestos ontológicos de
la dogmática religiosa cristiana tal y como viene expresada en el relato bíblico del
Génesis.
Gnoseológicamente, el fijismo era también, en Linneo, un presupuesto
irrenunciable para poder afrontar la tarea de construir un sistema de clasificación:
precisamente porque las especies eran finitas, invariables y creadas de una vez, podía
pensarse en el proyecto de clasificarlas y ordenarlas para mejor conocer, describir y
venerar la obra de Dios. La escolástica veía en la ciencia una investigación acerca de los
planes divinos al crear el mundo; la naturaleza se interpretaba como un todo ordenado
que podía ser conocido y descrito, y Linneo se consideraba a sí mismo como la persona
escogida por Dios para desvelar sus ocultos secretos. Además, sostenía que, en el caso
de la ciencia botánica, el estudio de la obra divina sólo podía ser completado si se
ejecutaba desde un cierto sistema, que podía ser natural (si se consideraban
simultáneamente la totalidad de los rasgos pertenecientes a un género), o artificial (si se
escogía un número limitado de caracteres).101 Después de evaluar todas las opciones
posibles y reconocer que el método natural es inalcanzable en un sentido pragmático,
Linneo se decide a favor de un sistema artificial sexualista. Se trata de un sistema
universal (porque trata de comprender todas las clases existentes) y sexualista (porque,
tomando de Aristóteles la importancia concedida a la generación como criterio
taxonómico, se basa en los caracteres de los órganos sexuales).
2. El esencialismo y la forma de la diferencia.
Al discutir el sentido de la Investigación sobre los Animales de Aristóteles,
dejamos ya bien establecido que su objetivo primario no era el de la clasificación, sino
el de la definición de los animales. El mismo espíritu guía la construcción de la
taxonomía linneana en su primer período, donde la clasificación, aunque es ya un
declarado propósito en sí misma, coincide absolutamente con la definición. El problema
aquí es que, en Linneo, el método para alcanzarla sólo aparentemente revela su
continuidad con el aristotélico. Y que, en consecuencia, el tipo de esencialismo que se
deriva de sus clasificaciones es también muy diferente al sustancialismo que nos
100
101
Op.cit., pp.34-35.
Cfr. Ph.B. Clasificación de los «fitólogos».
76
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
deparaba nuestro primer capítulo. Naturalmente, esto no significa que el legado
aristotélico en el sistema clasificatorio que propició la escolástica nos haya de parecer,
ahora, completamente irreconocible. En general, el método divisorio postulado por
Aristóteles fue bien comprendido; el problema, como enseguida veremos en cada uno
de los estratos en los que se enfrenta el análisis de la diferencia, residirá en la materia
sobre la que se aplica.
Tanto en Aristóteles como en Linneo, el criterio para la delimitación de los
reinos de la Naturaleza es fundamentalmente fisiológico102. En ambos, los vegetales se
caracterizan por la posesión del alma nutritiva, responsable no sólo de la nutrición, sino
también del crecimiento y la reproducción. Y tanto en uno como en otro, los animales se
distinguen de las plantas por la posesión añadida del alma sensitiva; de ahí que Linneo,
como Aristóteles, aceptase las zoofitas (morfológicamente plantas pero sensibles)
dentro del reino animal. Sin embargo, en este estrato general de la diferenciación
interorgánica, Linneo se distancia de Aristóteles en dos aspectos fundamentales: en
primer lugar, considera a los minerales un reino más de la naturaleza, a pesar de que no
se alimentan ni se reproducen; en segundo lugar, el hombre no constituye ya un reino
aparte, sino que, junto a otros primates, queda incluido dentro del reino animal, en el
grupo de los antropomorfa103.
Dentro de los reinos vegetal y animal, Linneo distingue cinco estratos en la
clasificación biológica: la clase, el orden, el género, la especie y la variedad. La entidad
ontológica que otorga a cada una de ellas se enmarca, precisamente, en la polémica
entre nominalistas y realistas que provocara la recepción de Aristóteles. La solución de
Linneo consiste en adoptar una posición nominalista en lo que se refiere a los órdenes,
las clases y las variedades, y una posición realista para los géneros y las especies: la
clase y el orden son obra de la naturaleza y del arte, y varían según el autor que realiza
la clasificación104; aunque en otro sentido, las variedades son también artificiales, fruto
del arte y del cultivo de hortelanos y jardineros; por último, los individuos monstruosos,
aquellos que no pueden incluirse en ninguna especie, quedan también fuera del ámbito
de la sistemática. Sólo los géneros y las especies son considerados obra de la naturaleza,
102
SCHILLER, J.: Physiologie et classification, París, Maloine, S.A., 1980, pp.3 y 4.
S.N., 1ª ed. y Disertario in antropomorfa, 1760.
104
En el Classes plantarum (1738) Linneo hace un repaso exhaustivo de los diferentes sistemas de
clasificación en lo que se refiere a los órdenes y a las clases: unos se fijarán en la forma de las hojas
(Matías de l’Obel, 1538-1616), otros en la forma de la corola (A.Q. Bachmann, Rivinius, 1652-1723),
otros en el cáliz (Pierre Magnol, 1638-1715), etc.
103
77
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
y, de estos dos, los géneros son los únicos que se conservan invariablemente en todos
los sistemas, pues las especies son, muchas veces, confusas105.
Todas las historias de la biología subrayan la original introducción, con respecto
a Aristóteles, de las unidades superiores de clasificación. Pero advierten también que la
continuidad se mantiene porque, de entre todos los estratos, el género continúa
ocupando un lugar central y privilegiado106. Y, en efecto, no hay ninguna duda de que,
para el primer Linneo, el género es la unidad taxonómica fundamental, pues sólo a partir
de él se derivan las especies y variedades. Su prioridad en el sistema de clasificación
responde, de hecho, a motivos muy diversos. Desde un punto de vista ontológico, y en
conexión con los presupuestos del fijismo, el género se identifica con la esencia de la
planta, permitiendo al botánico rehacer el plan divino. Desde una perspectiva
gnoseológica, son dos las razones de su protagonismo: en primer lugar, Linneo
considera al género la categoría taxonómica fundamental desde un punto de vista
pragmático: sólo los géneros son estables, ya que los grupos superiores varían de autor
en autor, y las especies suscitan a menudo importantes discusiones; en segundo lugar,
Linneo se acoge al método aristotélico de definición “por género y diferencia”; así, en la
Philosophia Botanica el tratamiento del género ocupa un lugar central (partes VI y VII)
mientras que el estudio de las especies se deja para el capítulo que trata “sobre la
diferencia” (capítulo VIII), ya que la especie surge precisamente de aplicar la diferencia
al género y, por tanto, es éste el que ha de determinarse en primer lugar. Del mismo
modo, en la Critica Botanica107, Linneo insiste en que la determinación del género
debe preceder siempre a la de las especies, poniendo así de manifiesto el carácter
descendente del proceso de clasificación, que partiría de las categorías más amplias para
ir determinando sucesivamente las inferiores, más restrictivas.
Ya adelantábamos arriba que el método divisorio por género y diferencia se
conservaba en el sistema clasificatorio del primer Linneo. En este sentido, coincidimos
con Cain108 al subrayar que su taxonomía se atiene a las condiciones estipuladas por
Aristóteles: que la división sea exhaustiva109, que las especies de un mismo género sean
105
Ph.B., afor. 202, C.B., 216, 224 y 225.
Álvarez López, Cain y W.T. Stearn.
107
C.B., 285, 225.
108
CAIN, A.J.: «Logic and Memory in Linnaeus’s System of Taxonomy», en Proceedings of the
Linnaean Society of London, n.169, abril 1958, pp.144-163.
109
S.N., p.7.
106
78
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
mutuamente excluyentes110, y que la división proceda, hasta donde pueda, siguiendo un
sólo fundamentum divisionis111.
Ahora bien: lo que de ningún modo podemos aceptar es la conclusión que en
Cain sigue a este análisis. Según el principal intérprete de la biología linneana, el
fracaso de Linneo al intentar hacer uso de un sólo fundamentum divisionis para cada
género habría demostrado que los principios lógicos, válidos para la geometría y las
matemáticas, no serían de aplicación en una ciencia empírica como la biología. Sin
embargo, según nuestro estudio de la diferencia en Aristóteles, el fracaso de Linneo
radicaría, no en el empleo del método divisorio, sino en la lectura que Linneo, a través
de Porfirio, hace de los conceptos de género y especie112.
En una perspectiva extensional que queda reflejada en su célebre árbol, Porfirio
interpretó los predicados en términos de clases e individuos, y de relaciones de
inclusión y de pertenencia: el individuo está incluido en la especie y ésta en el género.
Los géneros profirianos son, por tanto, anteriores a las especies y la especie se define
añadiéndole al género la diferencia113. De este modo, Porfirio hacía de la especie un
predicable más, lo cual es manifiestamente incompatible con la teoría aristotélica, donde
la especie no era un predicable, sino el sujeto de la predicación114.
En nuestro primer capítulo nos detuvimos ya en el significado que los términos
genos y eidos demostraban en la biología aristotélica: el género no era un conjunto de
especies, ni la especie un conjunto de individuos; el género era una diferencia formal, y
la especie, la concreción material de esa diferencia. La definición tanto del género como
de la especie en el sentido extensional que hoy les atribuimos, sólo podía acometerse, en
Aristóteles, a través del entrecruzamiento de las diferencias. La interpretación
escolástica del género y la especie en términos de lógica de clases trastoca
absolutamente la situación:
Desde la perspectiva aristotélica, no pueden existir contenidos intermedios entre
unos géneros y otros. Como Linneo se acoge también, explícitamente, a la necesidad de
esta premisa, Alvargonzález cree ver aquí una concomitancia con Aristóteles. No se da
110
G.P., p.5 y C.B., 246 y 285.
Ph.B., afors. 26, 92 y 93.
112
Alvargonzález subraya también esta diferencia, pero no lleva el análisis hasta sus últimas
consecuencias: “No procede en este ensayo analizar de un modo extenso la transformación sufrida por la
doctrina aristotélica en la época medieval, pero sí vamos a referirnos a algunas cuestiones puntuales que
afectan de modo central a la lógica material de la clasificación.” En ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit.,
p.29.
113
PORFIRIO: Isagoge, 15, 17 y 17, 9.
114
Tópicos, I, 4 y 5.
111
79
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
cuenta, sin embargo, de que todo lo que a partir de ahora se pronuncie sobre el género
no tendrá, ya, nada que ver con lo que predicara Aristóteles. Para éste, no podía haber
géneros (diferencias) intermedios, pero sí animales intermedios; es el caso de las focas y
los murciélagos, que pertenecen a dos géneros: “las primeras a los acuáticos y a los
terrestres, los segundos a los voladores y a los terrestres, por eso participan de ambos
géneros y de ninguno en particular”115.
Por otro lado, ya hemos dicho que, para Linneo, el método ideal es el método
natural, caracterizado por tener en cuenta, simultáneamente, todos los caracteres que
diferencian a un género de otro. En Aristóteles, sin embargo, son todos los géneros, es
decir, todas las diferencias, las que han de considerarse a la hora de definir la esencia de
un animal. Tanto los géneros como las especies, entendidos en su acepción actual, son
posteriores, y no previos, a la división.
II. El segundo Linneo: la introducción del tiempo y la crisis del
esencialismo.
La obra de madurez de Linneo ha tendido ha minusvalorarse por considerarla, de
un modo paralelo al que analizamos en Aristóteles, una aplicación fracasada de los
presupuestos teóricos escolásticos de su juventud. De nuevo, forma teórica y materia
empírica quedan disociadas biográficamente en el joven biólogo teórico y el botánico
empirista maduro. Y, en efecto, fueron los propios materiales del campo de la biología
con los que tuvo que enfrentarse Linneo a lo largo de su biografía los que determinaron
paulatinamente la necesidad de construir la nomenclatura binomial y los géneros
posteriores. Pero ya advertíamos en nuestra introducción que los presupuestos
conceptuales que subyacen a cualquier producción científica no han de buscarse sólo en
las declaraciones teóricas explícitas, sino también, y fundamentalmente, en los
procedimientos lógico-materiales desplegados en la propia praxis biológica116. Es cierto
que en el Linneo joven este recordatorio habría sido irrelevante; allí las herramientas
taxonómicas se revelaban aplicación directa de los principios teóricos heredados de la
interpretación escolástica de Aristóteles. No es éste el caso del sistema de clasificación
que construye Linneo a partir de 1753; aquí es la mutación metodológica que implica la
115
116
Cfr. PA, 697b.
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.55.
80
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
nueva taxonomía la que determina la forma teórica de su obra de madurez,
independientemente de la conciencia que manifieste sobre las consecuencias
conceptuales de este viraje. La utilización de géneros modulantes, el sistema binominal
de nomenclatura y el estudio sistemático de las variedades, son las tres grandes
transformaciones procedimentales que, siguiendo a Alvargonzález, analizaremos en este
epígrafe. La repercusión de todas ellas (profundamente entrelazadas) sobre la idea de
forma orgánica, nutrirá el suelo sobre el que se erigen todas y cada una de las
reflexiones biológicas que le sucedieron, desde Kant hasta el evolucionismo
darwiniano.
1. De los géneros porfirianos a los géneros modulantes.
En 1751, en su Philosophia Botanica117, Linneo se había propuesto construir un
sistema de clasificación discreto y finito. Discreto, porque el espacio entre un género y
otro había de estar vacío; finito, porque el número de géneros tenía que ser limitado.
Para ello, hace un cálculo sencillo de los géneros que pueden existir: puesto que hay 38
caracteres, y puesto que cada uno de ellos puede variar según cuatro parámetros
(número, figura, situación y proporción), entonces habrá 38x38x4 = 5.776 géneros.
Independientemente de las fallas de tipo lógico que puedan atribuírsele a este
118
cálculo
, lo que nos importa aquí —siguiendo a Pennell119 y Stearn120— es que, en la
práctica, el procedimiento que usaba Linneo para determinar los géneros no era de tipo
apriorístico. Lejos de lo que podría deducirse de sus previsiones basadas en la
combinatoria, la técnica de este segundo Linneo consistía en hacer un estudio de la
especie aparentemente principal de un género y en compararla luego con otras especies
del mismo, con el fin de eliminar de la descripción genérica todos los caracteres no
compartidos por el conjunto de las especies estudiadas.
Este nuevo procedimiento clasificatorio implica una transformación radical del
concepto linneano de “género” que, en el lenguaje de Pennell y Stearn, deja de ser
“lógico” (como lo fue en Porfirio), para ser mejor adjetivado como “biológico”. Pero ya
hemos advertido de la debilidad heurística que entraña este tipo de lecturas. El análisis
117
Ph.B., afor.167, y S.P., «Prefacio».
Cfr. ALVARGONZÁLEZ, D.: Op.cit., p.61
119
PENNELL, F.W., «Genotypes of the Scrophulanaceae in the First Edition of the Species plantarum»,
en Oriceedings of the Academy of Natural Sciences of Philadelphia, nº 82, 1939, pp. 9-26.
120
STEARN, W.T., «Notes on Linnaeus’s Genera plantarum», en la edición facsímil del Genera
plantarum de Weinhem, Cramer, 1960, p.XI.
118
81
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
que de esta mutación metodológica acomete Alvargonzález121 en términos de “géneros
porfirianos” y “géneros modulantes” recoge con una precisión muy superior las
implicaciones teóricas que aquí entran en juego.
En sus primeras obras122, Linneo utiliza los géneros porfirianos anteriores. El
género es aquí la categoría taxonómica básica, pues las especies se definen a partir de
él, por vía de añadirle una diferencia. De este modo, reiteran las características
genéricas y, por tanto, en ningún caso pueden traspasar los límites del género. El género
aquí es “absorbente” y sus especificaciones, subgenéricas.
El relativo fracaso del sistema combinatorio dada la imposibilidad de su
aplicación rígida y automática, hizo que Linneo abandonara progresivamente el
procedimiento de clasificación porfiriano de los géneros anteriores en favor de los
géneros modulantes posteriores123. En ellos, son las especies las que se determinan en
primer lugar, y sólo después, mediante el análisis comparativo de éstas y de sus rasgos
característicos, se llega a definir el género. Así, las especies no son ya subgenéricas
(reiterativas de un género anterior) sino cogenéricas, ya que cada una de ellas
contribuye de diferente modo a la constitución del género. El género puede llamarse
entonces “modulante”, pues adquiere contenidos diferentes dependiendo de las especies
que lo forman124. Alvargonzález afronta así los rasgos conceptuales de los géneros
porfirianos anteriores y los géneros modulantes posteriores:
El género anterior, porfiriano, aparece como si estuviera dado de antemano (por
ejemplo, deducido de las clases o de los órdenes), mientras que este género posterior
tiene que construirse por vía de una tipificación. El género anterior es «perfecto»,
acabado de una vez por todas; el género posterior es «infecto», constitutivamente
incompleto y problemático. El género anterior es esencial, inmutable; el género
posterior, sin embargo, puede llegar a transformarse, a degenerar (géneros
climacológicos), incluso a desaparecer, como consecuencia de la influencia de sus
especies.125
Linneo, que en su juventud se había ocupado del estudio de los géneros como
unidades básicas de clasificación, habría ido reconociendo paulatinamente la
importancia de las especies, “aunque esto en ningún caso implique considerar superflua
la categoría del género ya que ésta continúa teniendo un importante significado
121
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.62.
G.P. y Ph.B.
123
SP y décima edición del S N.
124
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.63.
125
Op.cit., pp.63-64.
122
82
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
pragmático cuando se trata de establecer correlaciones más amplias entre especimenes
de muy diferente procedencia geográfica.”126
2. La nomenclatura binominal: la disociación entre clasificación y definición.
La adopción de la nomenclatura binominal implica para el concepto de “especie”
una transformación tan drástica como la que conllevó para el de “género” el giro que, en
su madurez, imprime Linneo al criterio clasificatorio. Ya en 1736, en su Fundamenta
Botanica 127, Linneo distinguía los dos modos posibles de denominación de una especie:
el “nombre específico legítimo”, sometido a una serie de normas128, había de recoger en
un máximo de doce palabras los caracteres esenciales de la especie nombrada; al
contrario, el “nombre específico trivial” era un nombre simple cuya elección carecía de
toda regla. Este último, precedido por el primero, dio lugar a la llamada “nomenclatura
binomial.”
Hemos visto que, en sus primeras obras y al igual que otros botánicos
escolásticos, Linneo identificaba el problema de definir una especie con el de darle un
nombre129; “la taxonomía —en palabras de Alvargonzález— era a la vez clasificación,
denominación y definición.”130 Sin embargo, el sistema de nomenclatura esencialista se
reveló tan cansino como utópico; las denominaciones resultaban extremadamente
largas, y la determinación de caracteres esenciales exigía requisitos difícilmente
practicables: el conocimiento de multitud de especies, el estudio de sus partes, la
selección de sus caracteres esenciales y la búsqueda de una terminología adecuada,
continuaban conformando el horizonte ideal del botánico, pero la introducción del
nombre trivial se hacía cada vez más urgente para su trabajo cotidiano. En 1753, en el
Species plantarum, Linneo comenzó a utilizarlo de manera generalizada.
Decíamos que las implicaciones teóricas de este cambio eran tan fundamentales
para la especie como las que había conllevado, para el género, la transición desde los
géneros porfirianos a los modulantes. Como señala Alvargonzález, “el hecho de separar
denominación y definición hace que las especies, en lo sucesivo, tiendan a diferenciarse
según un conjunto de caracteres cada vez más amplio, ninguno de los cuales es
126
Op. cit., p.72
Cfr. F.B., afor. 257.
128
Cfr. F.B., afor. 258-305.
129
Cfr. Ph.B., afors. 256-258.
130
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., p.68.
127
83
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
propiamente esencial.”
131
Con la nomenclatura binominal, la especie se disocia del
esencialismo y pasa a ser una unidad sistemática construida conforme a criterios muy
variados.
3. Variabilidad intraespecífica y variabilidad en el tiempo.
3.1. Variabilidad intraespecífica.
Al hablar del primer Linneo, vimos que en su Critica Botanica (1737)132 había
despreciado el concepto de variedad, cuya denominación atribuía a la mera ociosidad de
los jardineros. En su obra de madurez, al convertir la especie en el núcleo de su sistema
taxonómico, y al disociar su denominación de su definición, Linneo comienza a separar
con claridad las variedades y a dar cada vez más importancia a este estadio de la
clasificación. De nuevo, este hecho repercute en el concepto de especie: dado que en el
primer Linneo las variedades no eran consideradas en la práctica, la especie se
componía directamente de individuos cuya homogeneidad no podía enriquecerla; en el
segundo Linneo, la importancia concedida a las diferentes variedades, vuelve más
complejo, inevitablemente, el concepto de especie: aunque, generalmente, suele
coincidir con la planta más conocida y las variedades con las menos estudiadas, en
ocasiones una especie se divide en distintas variedades coordinadas, ninguna de las
cuales se considera más importante a la hora de determinarla133. Al igual que ocurrió
antes con la categoría de género, ahora las especies dejan también de ser totalidades
“perfectas” para convertirse en totalidades “infectas”, internamente anómalas y
problemáticas134.
3.2. Variabilidad en el tiempo.
Los cambios procedimentales ejercitados en la última etapa de la biología
linneana llevaron también asociada una revisión radical del postulado del fijismo. A
partir de 1753, en su Species plantarum, Linneo empieza a reconocer que ciertas
especies han de ser “hijas del tiempo”, habiéndose derivado unas de otras. Desde
131
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., pp.68-69.
Cfr. C.B., afors. 306 y 310.
133
SPRAGUE, T.A.: «The Plan of the Species plantarum», en Proceedings of the Linnean Society of
London, nº 165, pp.151-156.
134
ALVARGONZÁLEZ, D.: op.cit., pp.71-72.
132
84
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
entonces135, Linneo irá perfilando una historia filogenética de las especies que
actualmente componen el panorama biológico: Dios habría creado una sola especie de
cada orden de plantas, y por hibridación, de un modo análogo a como se produce en la
práctica de los horticultores y jardineros, habrían surgido las demás especies. A su vez,
las especies habrían dado lugar, en su entrecruzamiento, a las diferentes variedades, que
no se presentan ya sólo como obras del arte de los hortelanos, sino como resultado de
las mezclas entre especies producidas por azar:
3. Estas plantas genéricas han sido mezcladas por la Naturaleza, de donde han
procedido tantas especies de cada género como existen en la actualidad. 4. Estas
especies han sido mezcladas por el azar, de donde proceden tantas variedades como se
nos aparecen. 5. Estos procesos tuvieron lugar a causa de las leyes de la Naturaleza que
producen híbridos; y por las leyes del Hombre que observa lo que ocurre. 6. El botánico
debe observar estas leyes hasta donde pueda.136
Parece que el reconocimiento del papel de la hibridación tuvo que ver con la
constatación por parte de Linneo de la existencia de los llamados “géneros
monotípicos”, es decir, los géneros conformados por una sola especie. En ellos, el
carácter genérico, al coincidir con el específico, es muy poco seguro, ya que no tiene
comparación ni confirmación posible con otras especies del mismo género. Pues bien,
esta dificultad gnoseológica es “salvada” por Linneo al suponer que los géneros
monotípicos actualmente existentes son algunos de aquellos géneros primordiales,
puestos por el Creador, sobre los que la Naturaleza no ha actuado para dar lugar a
especies por hibridación. Como vemos, los presupuestos teológicos de la escolástica
cristiana que determinaron la ontología del joven Linneo continúan funcionando, pero
sustancialmente aminorados: al limitarse la intervención divina al comienzo del mundo,
es la hibridación, regulada por las leyes naturales, la responsable de la existencia de las
especies actuales.
Las dos etapas de Linneo perfilan las dos grandes líneas en las que se bifurcará
la investigación biológica hasta la segunda mitad del siglo XIX. Por un lado, el sistema
de clasificación construido en su juventud se convierte en paradigma de lo que Kant
denominará la “descripción de la Naturaleza”; contra la rigidez de su método se revelará
la Naturphilosophie, que a través de la morfología tratará de capturar el dinamismo de
135
Disquisitio de sexu plantarum (1760), Fundamenta fructificationis (1782), Genera plantarum (1764),
Ordines naturales (1764), Systema vegetabilium (1774)
136
Ordines naturales (1764), en STEARN, W.T.: «Four Supplementary Linnaean Publications: Methodus
(1736), Demonstrationes plantarum (1753), Genera plantarum (1754), Ordines naturales (1764)» en la
edición facsímil del Species plantarum, Londres, Ray Society, t.II, pp.96-97.
85
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
la forma orgánica. Por otro, la variable temporal que Linneo incorpora en sus obras de
madurez, y la introducción del mecanismo natural de la hibridación, servirá a Kant de
ejemplo para la definición de la “historia de la Naturaleza” que, a su vez, como
señalábamos al principio, sentará las bases para la construcción de nuestro actual
evolucionismo.
86
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
3
Kant: la forma orgánica como forma ideal
I. La Crítica del Juicio en el conjunto de la filosofía kantiana
Escindida la Razón en los dos grandes pilares de la razón pura y la razón
práctica, el afán sistemático del filósofo de Königsberg no podía dejar de proyectar la
pieza arquitectónica que asegurase el cierre del edificio de su pensamiento. Movida por
un interés exclusivamente estético, la Crítica del juicio no se concibe ya como el tercer
cimiento de la Razón, sino como el puente que permite el tránsito entre sus dos polos.
Desprovista del asiento de las dos primeras críticas, levantadas sobre el suelo distinto
pero firme de la Naturaleza y la Libertad, del Ser y el Deber, la estética kantiana se
precipitaría inevitablemente en el vacío.
La imagen del arquitecto neoclásico empecinado en la armonía geométrica de
sus construcciones ilustra la acogida que gran parte de la literatura kantiana dispensara
a la Crítica del juicio. Frente al escenario, más trágico, del escultor vacilante que
inauguraba la historia filosófica de las formas orgánicas, el siglo XVIII irrumpe en ella
con el decorado de una arquitectura artificiosa. Como en Aristóteles, el acercamiento
kantiano a la forma final ha provocado entre nuestros contemporáneos una parecida
perplejidad que, aunque fruto también de la incomprensión resultante de la distancia
secular, nos permite acercarnos a las concomitancias y diferencias que aproximan y
separan a los dos grandes hitos de nuestra historia de la forma orgánica.
Sólo en el último estadio de su madurez, Aristóteles y Kant deciden afrontar el
estudio sistemático de las formas biológicas. Ambos habían construido ya una batería
categorial impecable que, sorprendentemente, parece incapaz de aprehender los
intrincados pliegues que surcan el reino de lo vivo. Pero el fracaso y la artificiosidad
son acusaciones muy distintas: Aristóteles, el escultor, no podía construir a su antojo las
formas naturales, porque tenía ante sí una materia que domeñar; el arquitecto Kant, sin
embargo, al eliminar la objetividad de la forma final, sólo podía rescatarla
subsumiéndola en un principio heurístico que acaba convertido en elemento decorativo.
87
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Aunque desproporcionada, esta interpretación no es, desde luego, arbitraria137.
Es cierto que uno de los rasgos fundamentales de la metodología trascendental kantiana
consiste en que siempre hace referencia a una materia determinada sobre la cual opera la
crítica filosófica, mientras que los problemas a los que se dirige la “capacidad del
juicio” parecen distinguirse precisamente por estar desprovistos de toda objetividad . En
la Crítica de la Razón Pura el “hecho” examinado venía dado por la forma y estructura
de la matemática y de la física; en la Crítica de la Razón Práctica, por la actitud del
“sentido común humano”. En la Crítica del Juicio, sin embargo, son sólo las partes,
pero nunca el todo, las susceptibles de aseguramiento trascendental en un concepto
unitario.
Esta constatación ha conducido a gran parte de los intérpretes del idealismo
trascendental a considerar que la Crítica del juicio teleológico no está inspirada en una
necesidad nacida de la cosa misma, sino en la inclinación que arrastra a Kant hacia la
ordenación artificiosa de los conceptos y de la capacidad cognoscitiva en distintas
“familias”. Así, podríamos decir que mientras los tratados aristotélicos han sido
reducidos a mera compilación de materiales biológicos, la Crítica del Juicio ha sido
acusada, en el sentido inverso, de puro formalismo.
Pero si —como insiste Cassirer— analizamos la Crítica del Juicio no sólo desde
el punto de vista sincrónico, sino también en su dimensión diacrónica, nos encontramos
con una paradoja sorprendente, pues “lo que en un análisis puramente intrínseco del
contenido filosófico de la Crítica del Juicio parece revelarse como una parte
relativamente fortuita y superflua de la obra es también lo que, de otro lado, parece
haber constituido el factor esencial de la influencia histórica directa y de la acción
general que esta obra ejerció.”138 Nos referimos, naturalmente, al idealismo romántico
de los Naturphilosophen que, lejos de ver en Kant a un enemigo, reconocieron en la
tercera crítica a su más profunda inspiradora. En un pasaje ya célebre, Goethe confiesa
deberle “una época extraordinariamente alegre de su vida”, precisamente porque en ella
vio reunidas sus “aficiones más dispares, tratados por igual los productos del arte y de la
naturaleza, mutuamente iluminados los juicios estéticos y los teleológicos...”139
137
El análisis crítico de la bibliografía sobre la Crítica del Juicio se lo debemos a CASSIRER, E.: Kant,
vida y doctrina, Fondo de Cultura Económica, México, 2ª reimpr., 1974, pp.319-323. Aquí nos centramos
en lo que afecta a la Crítica del juicio teleológico.
138
CASSIRER, E.: op.cit., p.321.
139
Cit. en CASSIRER, E.: op.cit., pp.320−321.
88
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Ya insinuamos arriba la responsabilidad del abismo temporal en la generación de
esta incoherencia. Un abismo que, como en Aristóteles, ha oscurecido la conexión
profunda que en la Crítica del Juicio media entre la sistemática formal y los problemas
a los que dirige su mirada. Redescubrir la transparencia con la que esta articulación se le
mostraba a la cultura espiritual del siglo XVIII se nos impone, entonces, como la mejor
vía de acceso a la concepción kantiana de la forma final.
Al formular la paradoja que la lectura contemporánea de la Crítica del Juicio nos
devuelve, decíamos que el problema radicaba en que la pulverización de la materia (la
materia como conjunto de hechos) impedía a la capacidad de juicio apresarla bajo la red
legítima de una forma teórica. Sin embargo, si pretendemos dejar de ver en la teleología
kantiana un arco suspendido en el vacío, habremos de admitir la unidad intrínseca en la
que pueda apoyarse el problema filosófico. En este sentido, sostiene Cassirer que el
concepto de “desarrollo” es el “hecho” sobre el cual opera la Crítica del Juicio. El
material fragmentario y problemático al que se enfrenta queda, por tanto, subsumido en
un término muy concreto. Pero esto no es suficiente; el concepto de “desarrollo” no es
unívoco, y hemos de tener mucho cuidado en precisar su significado, porque, de nuevo,
como ya nos sucedió con Aristóteles, la perspectiva de la biología moderna puede turbar
penosamente su comprensión: el término “desarrollo” es (no podía ser de otro modo)
completamente ajeno a la estrecha acepción a la que lo circunscribe el evolucionismo
decimonónico. Independientemente de que en la Crítica del juicio teleológico
reconozcamos pasajes “premonitorios” de nuestra teoría filogenética, es la teleología
metafísica quien brinda aquí el material para la investigación crítica. De ahí que
tampoco tenga ya el sentido que le conferíamos en Aristóteles; desde la antigüedad
hasta la era ilustrada, la polémica sobre la posibilidad de una causalidad final directora
del desarrollo ha terminado por convertirse en la discusión sobre la posibilidad de una
“inteligencia arquetípica”140. Esta alternativa nos apareció ya al barajar las diferentes
soluciones interpretativas de la finalidad aristotélica. Entonces la desechamos sin
ningún celo, porque venía contaminada por una teología tan extraña a la aristotélica que
no merecía la pena refutar pormenorizadamente. Desde Plotino, sin embargo, el
desarrollo aparece bajo la forma metafísica de la “emanación”, y ahora sí habremos de
detenernos en su análisis.
140
Cfr. CASSIRER, E.: op.cit., pp.332-333.
89
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Antes de proseguir, hemos de insistir en una última advertencia importante: la
ascendencia metafísica del término “desarrollo” no vuelve menos “factual” a la materia
que afronta Kant en la Crítica del juicio teleológico. Los objetos problemáticos
continúan siendo aquí, principalmente, los seres naturales organizados. Precisamente
por eso, por no ser, en absoluto, un arrebato artificioso, su impacto imprime un punto de
inflexión a la historia de la forma orgánica. Un punto de inflexión cuyas consecuencias,
como las de todo suceso revolucionario, fueron devastadoras pero también fecundas.
Devastadoras a corto plazo, porque, con Kant y a pesar de los esfuerzos de los
Naturphilosophen, las morfologías desaparecen de los campos científicos141; fecundas,
para una mirada contemporánea, porque la postulación kantiana (aunque sea por vía
negativa) de un entendimiento intuitivo anuncia el tipo de aproximación conceptual que,
en nuestro siglo, está dando paso a “una nueva ontología, esta vez no mecanicista, como
en Newton, sino morfologista”142.
II. Forma y Gnoseología
1. El debate reduccionismo/antirreduccionismo en tiempos de Kant: el
idealismo vs. el realismo de la finalidad.
Desde la célebre inversión que imprime Kant al problema de la relación entre
sujeto y objeto, el debate entre reduccionismo y antirreduccionismo sí puede plantearse
en términos epistemológicos, al margen de que aceptemos o no la pertinencia de este
enfoque. Veíamos que, en Aristóteles, el enfrentamiento entre mecanicismo e
hilemorfismo se desataba en terreno ontológico y se traducía después en estrategias
gnoseológicas dispares. Ni siquiera podíamos hablar entonces de epistemología, pues la
comprensión de la naturaleza no se planteaba en términos de sujeto y objeto, sino de
materia y forma. Pero incluso ignorando esta distancia, el panorama científico, al no
estar todavía fragmentado con sus perfiles contemporáneos, tampoco podía revelar un
conflicto que desde nuestra perspectiva epistemológica actual resultara problemático.
Veintidós siglos después, la situación, tanto científica como filosófica, se ha trastocado
por completo.
141
PÉREZ HERRANZ, F.M.: Las articulaciones naturales de la Filosofía, Publicaciones de la
Universidad de Alicante, Alicante, 1998, p.183.
142
Op.cit., p.184.
90
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Desde el punto de vista del relieve disciplinario, la física ya no es la ciencia
omnicomprensiva de la que hablaban los griegos, sino una ciencia especial que,
identificada con la mecánica newtoniana, ha dejado de ocuparse de esencias para
contemplar a los cuerpos sólo en tanto que sometidos a la universalidad de sus leyes. La
organización de los cuerpos vivos y su aparente adecuación a fines continúa
inaprensible para la ciencia, y ahora sí puede aparecer la pugna epistemológica entre
quienes confían en que la mecánica acabará engullendo cualquier fenómeno natural al
que se enfrente, y quienes se resisten al imperio homogeneizador de la física ya clásica.
Se tratará, como veremos con la Naturphilosophie, de una resistencia emocional
condenada al fracaso, porque no dispondrá de armamento matemático alguno con el que
enfrentarse a la fuerza predictiva del sistema newtoniano.
Desde una perspectiva estrictamente filosófica, el reemplazo de la gnoseología
por la epistemología y el privilegio del sujeto como punto de partida de toda
investigación actuarán como revulsivos igualmente potentes. Convertidos el juicio y el
objeto en conceptos rigurosamente correlativos, la verdad del objeto ya sólo podrá ser
encarada, en un sentido crítico, desde el punto de vista de la verdad del juicio. La
síntesis a priori sobre la que descansan la forma y la unidad del juicio será también la
base de la unidad del objeto, siempre que éste pueda concebirse como objeto de una
posible experiencia. Así, en el caso que nos ocupa, la crítica del juicio teleológico no
tratará de descubrir las condiciones que determinan la existencia de formaciones
naturales ajustadas a un fin, sino el modo en que actúa nuestro conocimiento cuando
enjuicia algo como ajustado a un fin. La solución del conflicto entre las causalidades
mecánica y final no consistirá ya en determinar si la primera ofrece una explicación
suficiente de las formas que distinguen a los cuerpos organizados o si, por el contrario,
la irreductibilidad de estas últimas nos obliga a descubrir en ellas un principio distinto.
Como veremos con detenimiento, ahora es hasta cierto punto indiferente que la
causalidad mecánica sea o no capaz de ofrecer una explicación completa de la forma
biológica. Aquí de lo que se trata es de dictaminar la objetividad o la subjetividad de la
necesidad que nuestro juicio le atribuye en tanto que forma ajustada a un fin:
La cuestión puede, pues, ser tan sólo: si este principio es valedero sólo subjetivamente,
es decir, si es una máxima de nuestro Juicio, o si es un principio objetivo de la
naturaleza, según el cual, además de su mecanismo (según meras leyes del
movimiento), la naturaleza posee otra clase de causalidad, a saber, la de las causas
finales, entre las cuales, aquéllas (las fuerzas de movimiento) sólo estarían como causas
medias (KU § 72).
91
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Pero antes de desentrañar la solución kantiana, expongamos, como hicimos en
nuestro primer capítulo, las diferentes alternativas a las que se enfrenta Kant a la hora de
explicar la aparente finalidad de los cuerpos organizados.
2. La idea de fin y la idea de Todo y Parte: la Técnica de la Naturaleza.
También a Kant, como a Aristóteles, la belleza de las formas naturales y su
aparente adecuación a fines se le impone como un factum incuestionable, pues “[n]adie
ha puesto en duda la exactitud del principio de que sobre ciertas cosas de la naturaleza
(seres organizados) y su posibilidad, debe juzgarse según el concepto de causas finales”
(KU § 72).
Ahora bien: antes de proseguir, hemos de tener muy en cuenta que el concepto
de fin no estaba todavía en el siglo XVIII contaminado por la idea de intención con la
que, inevitablemente, lo asocia el “sentimiento lingüístico moderno”. La expresión de
“adecuación a un fin” tiene aquí un sentido mucho más amplio:
[V]e en ella la idea de toda coordinación de las partes de un todo múltiple para formar
una unidad, cualquiera que sean las razones sobre que descanse esa coordinación y las
fuentes de que pueda emanar. En este sentido, la expresión de referencia viene a ser la
trascripción alemana del mismo concepto que Leibniz incorpora a su sistema con el
nombre de “armonía”. Dícese que un todo es “adecuado al fin” cuando las partes se
hallan enlazadas y agrupadas en él de tal modo que cada parte no sólo aparece al lado
de la otra, sino que se ajusta además a ella en cuanto a su sentido peculiar143.
Esta adecuación de las partes al todo del que dependen parece conducir
inevitablemente a la analogía entre arte y naturaleza: al igual que en los objetos
artificiales descubrimos la técnica humana, los productos naturales —dice Kant—
insinúan la latencia de una técnica de la naturaleza. Pero el símil del artesano no
ilumina ya la realidad que pretendía ilustrar Aristóteles. Aunque el giro lingüístico que
ha caracterizado a nuestro siglo no había restringido inexorablemente el fin a la
intención, la transformación de la gnoseología en epistemología sí introduce la
posibilidad de contemplar en la forma la manifestación de una voluntad subjetiva. Por
eso la analogía entre arte y naturaleza que Kant hereda es otra, porque los términos de la
comparación no son tanto los de materia/forma como los de sujeto/objeto: si Aristóteles
utilizaba el símil de la estatua para evidenciar que su definición no podía limitarse al
143
CASSIRER, E.: op.cit., p.337.
92
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
mármol que la compone, o para explicar cómo el semen, al igual que el cincel, no aporta
al embrión nada material, la teleología metafísica de donde Kant hereda el problema, ha
puesto el énfasis en el sujeto que, externamente, imprime a la materia la forma final de
una obra de arte. De ahí el categórico rechazo de la analogía arte/naturaleza con el que
inaugura su Crítica del juicio teleológico:
Se dice demasiado poco de la naturaleza y de su facultad en los productos organizados
cuando se la llama un análogo del arte, pues entonces se piensa al artista (ser racional)
fuera de ella; más bien se organiza a sí misma en cada especie de sus productos
organizados, cierto que según un único ejemplar en el todo, pero, sin embargo, con
convenientes divergencias que la propia conservación, según las circunstancias, exige.
[...]
La belleza de la naturaleza, no siendo añadida a los objetos más que en relación con
la reflexión sobre la intuición exterior de los mismos y, por tanto, sólo a causa de la
forma de la superficie, puede con razón ser llamada un análogo del arte. Pero la interior
perfección de la naturaleza, tal como la poseen aquellas cosas que sólo son posibles
como fines de la naturaleza, y que por eso se llaman seres organizados, no es pensable
ni explicable según analogía alguna con una facultad física, es decir, natural, conocida
por alguno de nosotros (KU, § 65).
Y de ahí también que, en una nota a pie de página, proponga Kant una figura
retórica distinta donde el protagonismo del sujeto individual ha desaparecido:
Puédese, inversamente, por medio de los citados fines inmediatos de la naturaleza,
aclarar cierto enlace que también, empero, se encuentra más en la idea que en la
realidad. Así, en una transformación total, recientemente emprendida, de un gran pueblo
en un Estado, se ha utilizado con gran consecuencia la palabra organización, a menudo
para designar la sustitución de magistraturas, etc., y hasta de todo el cuerpo del Estado.
Pues cada miembro, desde luego, debe ser, en semejante todo, no sólo medio, sino
también, al mismo tiempo, fin, ya que contribuye a efectuar la posibilidad del todo y
debe, a su vez, ser determinado por medio de la idea del todo, según su posición y su
función.(KU, n.68)
Pero independientemente del estatuto que Kant conceda a esa organización
interna de los seres naturales, lo importante ahora es que las concepciones metafísicas
de la finalidad a las que se enfrentaba sí habían introducido ya la subjetividad en el
tratamiento del problema. En realidad, el célebre “giro copernicano” no tanto inaugura
una revolución como imprime un nuevo ciclo a una revolución que ya había sido puesta
en marcha por el Cristianismo144. En qué consiste esa otra vuelta de tuerca lo
dilucidaremos al afrontar la alternativa radical que Kant opone a las teorías metafísicas
144
BUENO, G: «Confrontación de doce tesis características del sistema del Idealismo Trascendental con
las correspondientes tesis del Materialismo Filosófico.», en El Basilisco, Segunda Época, nº 35, JulioDiciembre 2004, pp.3-40.
93
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
que lo han precedido. Pero es esencial tener en cuenta que, a partir de la Edad Media, la
historia de la idea de Dios afecta irrevocablemente a la de forma orgánica. En nuestro
primer capítulo no habíamos tenido la necesidad de nombrar siquiera al Dios
impersonal de Aristóteles, pues ni crea al mundo ni lo conoce. Sin embargo, en la
teología judeocristiana medieval, el Acto Puro aristotélico “rompe a hablar” en un
lenguaje que con la Escolástica se vuelve inteligible. Y es al convertirse ese dios
cristiano en un dios antropomórfico que impone su forma al mundo, cómo ésta puede
hacerse dependiente del entendimiento, sea éste humano o divino. Así las cosas, Kant
se enfrenta a una técnica de la naturaleza que hacía tiempo que podía ser concebida
como intencional o como no intencional:
La primera debe significar que la facultad productiva de la naturaleza según causas
finales debe ser tenida por un modo particular de la causalidad; la segunda, que en el
fondo es totalmente idéntica al mecanismo de la naturaleza y que la coincidencia casual
con muchos conceptos de arte y sus reglas, como condición meramente subjetiva para
juzgarla, es falsamente interpretada como un modo particular de la producción natural.
(KU § 72)
En virtud de ambos enfoques, Kant agrupa sus diferentes formulaciones
filosóficas en dos grandes sistemas (el idealismo y el realismo) que, a su vez,
dependiendo del estatuto (físico o hiperfísico) que éstos le confieran a la técnica natural,
se bifurcan respectivamente en otras dos alternativas que podemos encuadrar como
sigue:
Físico
Hiperfísico
Idealismo Casualismo (Epicuro, Demócrito) Fatalismo (Espinosa)
Realismo Hilozoísmo
Teísmo
Fig.1. Concepciones metafísicas, según Kant, de la técnica de la naturaleza.
Según el idealismo de la finalidad, la forma final de los productos naturales no
es intencionada. Dentro de este sistema, el Casualismo relaciona a la materia con su
fundamento físico, es decir, con las leyes del movimiento, mientras que el Fatalismo
espinosista le otorga un fundamento hiperfísico. En él, la causalidad final no es
intencionada, porque se deduce de un ser primero pero no de su entendimiento y, por lo
tanto, de ninguna intención suya, sino de la necesidad de su naturaleza y de la unidad
del mundo que de ella proviene; los seres organizados no son, por tanto, producto de la
naturaleza, sino accidentes inherentes de ese ser primero que actúa no como causa sino
como substrato, dado que, en tanto que ser unitario, no puede ser intencional.
94
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Dentro del realismo de la finalidad, el hiloizismo (realismo físico) fundamenta la
finalidad natural en un ser intencional que imprime vida a la materia, bien
externamente, bien por medio de un principio interior, vivificador, que actuaría como
alma del mundo. Por su parte, el teísmo deriva los fines naturales “del fundamento
primero de todo el mundo, como ser inteligente (originariamente vivo) que produce con
intención” (KU § 72).
Veremos inmediatamente cómo la inversión kantiana del problema filosófico
que en la modernidad enfrenta a sujeto y objeto, arrasa con todas estas alternativas sin
necesidad de detenerse en una refutación que asumiera las coordenadas metafísicas en
las que todas ellas, según el análisis crítico, se sitúan. Aun así, Kant no se resiste a
descubrir las contradicciones que internamente les afectan.
En el marco del idealismo de la finalidad, el primer sistema, atribuido a
Demócrito y Epicuro, le resulta a Kant “tan manifiestamente absurdo” como a
Aristóteles, y por una razón idéntica: el mecanismo del ciego azar ni siquiera explica la
apariencia. El sistema de la fatalidad de Espinosa, sin embargo, no le parece ya “tan
fácil de refutar”, dada la inherente incognoscibilidad del ser primero. Aún así, encuentra
en él una debilidad radical: la unidad sustancial no explica, de ningún modo, la unidad
de fin: “Esta última es, en efecto, una muy particular especie de unidad que no sale en
modo alguno del enlace de las cosas (seres del mundo) con un sujeto (el ser primero),
sino que lleva consigo completamente la relación a una causa poseedora de
entendimiento”. Sin estas condiciones formales —continúa— “toda unidad es mera
necesidad natural”, pues, “si ser una cosa y ser un fin es idéntico, entonces no hay, en el
fondo, nada que merezca particularmente ser representado como fin” (KU § 73).
En cuanto al realismo, subraya Kant que la independencia ontológica de la forma
final sólo puede sostenerse cosificando su entidad, ya sea en una materia viviente
(hiloizísmo) o en un entendimiento agente (teísmo). Pero si postulamos una sustancia
distinta —advierte— hemos de asegurar, al menos, la posibilidad de su existencia. Y
esto no lo consigue ninguno de los sistemas realistas de la finalidad. El hiloizísmo,
porque incurre en un circularismo explicativo insalvable: la finalidad natural se deduce
de la vida de la materia que nos brinda la observación de los seres organizados, y esta
vida, a su vez, sólo puede conocerse en ellos; sin la experiencia de los organismos no
podemos, por tanto, formarnos concepto alguno de la posibilidad de los mismos.
Tampoco el teísmo prueba, por último, la posible existencia de los fines naturales,
95
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
porque no puede demostrar, para el Juicio determinante, la imposibilidad de que la
materia se rija tan sólo por la causalidad mecánica.
Como vemos, la confusión esencial que la metodología kantiana atribuye a todos
estos sistemas es la ignorancia de esa conciencia crítica que ha dirigir toda
investigación. Como las otras dos, la Crítica del juicio y, en particular, del juicio
teleológico, no arranca ya de esa concepción total de la metafísica, de la forma de la
realidad misma, sino de la forma de nuestros conceptos de lo real; no parte, en otras
palabras, de la sistemática del universo, sino de la sistemática de estos conceptos145.
Veamos, entonces, de qué manera y a qué lugar nos conduce este nuevo enfoque.
3. El concepto de fin como concepto regulativo. Juicio determinante y Juicio
reflexionante.
3.1. El concepto de fin como principio objetivo: las antinomias de la Razón.
“Facultad de Juicio es —dice Kant, la capacidad de concebir lo especial como
contenido dentro de lo general” (KU, Introducción, IV), pues el Juicio, si no quiere
disolverse en el caótico magma fenoménico, aspira por definición a “un conocimiento
conexo de la experiencia según una general conformidad de la naturaleza a leyes” (KU §
70). Pero el ordenamiento de los objetos empíricos en conceptos y su entrelazamiento
en leyes no siempre es necesario. Lo será cuando un principio objetivo le sea dado al
Juicio por medio del entendimiento. En tal caso, el Juicio será determinante, porque la
Razón estará fundada en leyes universales que el entendimiento prescribe a priori a la
Naturaleza. Su aplicación no exige de él ningún principio particular de la reflexión,
porque los principios se identifican aquí con los propios conceptos en los que
ordenamos los objetos de la experiencia. Y, en este sentido, es obvio que el juicio
determinante no puede encerrar ninguna contradicción interna. Ahora bien: “en lo que
se refiere a las leyes particulares, que pueden sernos conocidas sólo por medio de la
experiencia, puede haber en ellas tan gran diversidad y desigualdad, que el Juicio se vea
obligado a servirse de sí mismo como principio para, aun sólo en los fenómenos de la
naturaleza, buscar y acechar una ley, ya que la necesita como hilo conductor” (KU §
70)146. Cuando el Juicio no dispone de una ley ya dada y es obligado a fundamentarse
145
146
CASSIRER, E.: op.cit., p.337.
El subrayado es nuestro.
96
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
en sí mismo como principio, nos encontramos ante el juicio reflexionante. Pero,
entonces, el orden que sea capaz de imponer sobre la multiplicidad empírica no es ya
objetivo y necesario, sino subjetivo y contingente. Cuando en la investigación empírica
nos enfrentamos al concepto de un objeto, podemos, pues, proceder con él dogmática o
críticamente, en función de que el Juicio esté determinando a o esté reflexionando sobre
el objeto:
Procedemos dogmáticamente con un concepto (aunque deba ser determinado
empíricamente) cuando lo consideramos como contenido bajo otro concepto del objeto
que constituye un principio de la razón y lo determinamos conforme a éste. Procedemos
con él sólo críticamente cuando lo consideramos sólo en relación con nuestra facultad de
conocer; por lo tanto, con las condiciones subjetivas para pensarlo, sin emprender la tarea
de decidir algo sobre su objeto. El proceder dogmático con un concepto es, pues, aquél
que es conforme a la ley para el Juicio determinante, el crítico, aquél que lo es sólo para el
reflexionante (KU § 74).
El problema es que, al ser el Juicio uno sólo, puede ocurrir que, “en su reflexión,
parta de dos máximas, una que el mero entendimiento a priori le proporciona y otra que
es ocasionada por experiencias particulares que ponen la razón en juego para instaurar,
según un principio determinado, el juicio de la naturaleza corporal y de sus leyes” (KU
§ 70). Esta antinomia, que en el plano epistemológico inaugura una dialéctica natural,
puede plantearse en términos de tesis y antítesis:
La primera máxima de la misma es la tesis: Toda producción de cosas materiales y de
sus formas debe ser juzgada como posible según leyes meramente mecánicas.
La segunda máxima es la antítesis: Algunos productos de la naturaleza material no
pueden ser juzgados como posibles sólo según leyes meramente mecánicas (su juicio
exige una ley de la causalidad totalmente distinta, a saber, la de las causas finales)
Pero si invertimos el problema, es decir, si transformamos los principios
regulativos para la investigación en constitutivos de la posibilidad de los objetos
mismos, si, en definitiva, convertimos una cuestión epistemológica en un problema
ontológico, la antinomia reaparece con toda su fuerza: por un lado (tesis), afirmaríamos
que toda producción de cosas materiales es posible según leyes meramente mecánicas;
por otro (antítesis), que alguna de ellas no lo es. En el ámbito del objeto, una de las dos
proposiciones habría de ser necesariamente falsa: en tanto que principios objetivos
fundamentarían ambos al juicio determinante, y la contradicción no afectaría ya al
Juicio sino al objeto constituido. Y puesto que la Razón no puede decantarse por
ninguna de las dos máximas, dado que le es imposible poseer un principio que
97
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
determine a priori la posibilidad de las cosas según leyes empíricas, la única solución
posible consistirá en recuperar el planteamiento inicial del problema: si en lugar de
afirmar que todo suceso natural responde a la causalidad mecánica, sostenemos que
todo suceso natural debe ser investigado atendiendo a ella, la antinomia se diluye; pues
con ello no estaremos negando que otro principio —a saber, el principio de las causas
finales— actúe en la reflexión sobre las formas naturales, sino que su objetividad es
indemostrable para nuestro entendimiento. Puede que en el fondo por nosotros
desconocido de la naturaleza, la causalidad mecánica y la causalidad final estén, en las
mismas cosas, conectadas en un solo principio; “mas nuestra razón no está en estado de
unirlas en uno semejante, y el Juicio, por tanto, como Juicio reflexionante (por un
motivo subjetivo), y no como determinante (por consecuencia de un principio objetivo
de la posibilidad de las cosas en sí), se ve obligado a pensar, para ambas formas de la
naturaleza, como base de su posibilidad, otro principio que el del mecanismo natural”
(KU § 70).
Pues bien, en esa conversión de una dialéctica perteneciente al Juicio en una
antinomia por la que parece contradecirse la propia naturaleza radican —para Kant—
los errores a los que se ven conducidos todos y cada uno de los sistemas que han tratado
de dar cuenta de las formas naturales en tanto que fines:
Si ahora hablamos de los sistemas de la explicación de la naturaleza en consideración a
las causas finales, hay que notar bien que todos ellos discuten dogmáticamente, es decir,
sobre principios objetivos de la posibilidad de las cosas, por medio de causas que efectúan
intencionadamente o puramente sin intención, pero no sobre la máxima subjetiva, para
simplemente juzgar sobre la causa de semejantes productos finales: en este último caso,
principios dispares podrían, sin embargo, ser unidos, mientras que en el primero no
pueden, principios contradictoriamente opuestos, compensarse y coexistir uno junto a otro
(KU § 72).
La negación categórica de que el mundo pueda estar regido por principios
dispares no es, desde luego, evidente. A diferencia de Aristóteles, Kant presupone una
idea unitarista de Ciencia que, inspirada en el modelo de la física newtoniana, hace
extensible a toda la naturaleza. Y el criterio de cierre de esta unidad, como en
Aristóteles lo fuera de la multiplicidad, no es otro que la idea de causalidad. Pero la
causalidad, en el enfoque crítico, adquiere un significado muy distinto. La articulación
causal de los fenómenos no se deriva de su objetiva sucesión en el tiempo, sino que
aparece como el único medio del que dispone nuestro entendimiento para objetivar una
determinada cadena de percepciones. En este sentido, no puede existir siquiera la
98
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
posibilidad de exceptuar ningún campo especial de la naturaleza de la universal vigencia
del principio causal. Así, en el caso que nos ocupa:
... si la evolución que atribuimos al organismo es, y no puede dejar de ser, un acaecer,
tiene que estar sujeta necesariamente y sin limitaciones a la ley fundamental de la
causalidad. Todas y cada una de las manifestaciones concretas y específicas que se
presentan en su sucesión tienen que explicarse a base de las precedentes y de las
condiciones del mundo en torno. No hay más remedio que excluir aquí toda posibilidad de
determinar lo dado y presente por algo todavía no dado y futuro: sólo lo anterior
condiciona y crea lo posterior, por ser bajo esta forma de condicionalidad como se
constituye, y por no poder constituirse de otro modo, el fenómeno objetivo de una
sucesión unívoca en el tiempo147.
La regularidad estadística deparada primero por la termodinámica y después por
la física cuántica ha convulsionado la idea de causa hasta límites que Kant no podía
haber imaginado. La realidad efectiva de nuestro panorama científico no permite ya, si
no es como aspiración, sostener la idea de Ciencia única vinculada a un concepto
también exclusivo de conexión legal. De todos modos, no es éste el punto en el
debemos detenernos, pues en nada han avanzado aquellas dos subdisciplinas,
revolucionarias en el campo de la física, en la comprensión científica de la forma
biológica. Sólo queremos subrayar que el reduccionismo kantiano a la física
newtoniana, aunque relativamente legitimado por la situación histórica en la que se
concibe, ha sido cuestionado, no ya por la biología, sino por la propia física. De nuevo,
sin embargo, la física cuántica, que a pesar de todo continúa sostenida por una
matemática referida a magnitudes, se enarbola como el modelo que acabará dando
cuenta de todo fenómeno existente. Y de aquí que la conversión kantiana de la forma
final en principio regulativo continúe demostrando toda su vigencia en los actuales
debates en filosofía de la biología.
3.2. El concepto de fin como principio regulativo.
El debate entre reduccionismo y antirreduccionismo se plantea, ahora sí, en
términos epistemológicos. Puesto que el entendimiento no puede demostrar ni la verdad
ni la falsedad de las formas naturales en tanto que fines, Kant se abstiene de
pronunciarse sobre su entidad ontológica, aún admitiendo la necesidad de que el Juicio
reflexionante, en su legítima búsqueda de la regularidad natural, trame en la propia
147
CASSIRER, E.: op.cit., p.398.
99
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
praxis de la observación empírica el “hilo conductor” que, orientado por la finalidad,
entreteja las formas en las que se nos presentan los seres organizados:
Es, pues, totalmente distinto decir que la producción de ciertas cosas de la naturaleza, o
también de la naturaleza en su conjunto, es sólo posible mediante una causa que se
determina a obrar según intenciones, y decir que, según la característica propiedad de mis
facultades de conocer, no puedo juzgar sobre la posibilidad de esos casos y su producción
más que pensando una causa de ellos, que efectúe según intenciones y, por lo tanto, un ser
que es productivo, según la analogía con la causalidad de un entendimiento (KU § 75).
Y aquí es donde se produce ese otro vuelco con el que Kant termina de trastocar
la “revolución copernicana” que sufre el pensamiento en la modernidad. Un vuelco que,
en términos epistemológicos, no tiene tanto que ver con el sujeto como con el objeto.
Veíamos que, en Aristóteles, el acceso al mundo de las esencias y al mundo de los
fenómenos no requería entendimientos distintos. Al contrario, decíamos que lo visible
era siempre la primera, cuando no la única, vía de acceso a la realidad. Pero una vez que
el “giro crítico” ha convertido al sujeto y al objeto en términos correlativos, la
disociación del mundo fenoménico y el mundo de las esencias (noumenal), y el vínculo
del primero con el entendimiento humano, según se expresa en las leyes de la física
newtoniana, introducirá —al pensar la naturaleza como un sistema de leyes, y por vía
del segundo— la necesidad de un entendimiento distinto que ya no podrá ser sino
divino.
Ahora bien: sin dejar de tener en cuenta que, en cualquiera de sus
manifestaciones, Kant considera heurística la idea de un todo previo a las partes, hemos
de distinguir muy nítidamente los dos contextos en los que el concepto de un todo
natural aparece en la Crítica del juicio teleológico. Precisamente porque si en el
análisis de la finalidad kantiana no sólo tenemos en cuenta la inversión epistemológica
del problema, sino también la desarticulación de la faz fenoménica y esencial del objeto,
la idea de todo se desdobla en dos ideas muy distintas en función de que su extensión
abarque a la naturaleza entera o a los cuerpos naturales organizados.
4. El Todo como Naturaleza y el Todo como organismo.
4.1. La Naturaleza como un todo.
Si la particularidad de la idea de “sujeción formal a un fin” no puede ser
primariamente ontológica, sino que ha de tratarse de una singularidad de nuestro
100
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
entendimiento con respecto al Juicio, la investigación crítica no habrá de dirigirse a
ninguna singularidad extensional del concepto, sino a la singularidad interna del
concepto mismo. Esto es evidente cuando consideramos el concepto de un todo de la
experiencia, pues esta totalidad no puede ser concebida como algo “dado”, sino como
algo simplemente “planteado”. La naturaleza, considerada como un todo, no puede
aparecer, desde el punto de vista crítico, como un objeto formalmente limitado, porque
todo juicio teórico de experiencia es necesariamente fragmentario. Todo eslabón de la
serie de la experiencia necesita, para poder ser comprendido científicamente, de otro
que le señale, como su “causa”, el lugar fijo que le corresponde dentro del tiempo y del
espacio. De este modo, enlazándose unos elementos con otros y unas leyes particulares
con otras, vamos construyendo el objeto de la experiencia, que no es, a su vez, sino un
“conjunto de relaciones”148. Esta totalidad tiene un carácter puramente ideal: es una
premisa y un postulado que nuestra reflexión se ve obligada a establecer en su
aprehensión de la naturaleza, pero que no pertenece su estructura intrínseca. De este
modo, todas las fórmulas que en Aristóteles habíamos postulado como principios
objetivos naturales, “[t]odas esas fórmulas según las cuales la naturaleza sigue siempre
el camino más corto, no hace nada en balde, no tolera ningún salto en la variedad de las
formas y es, aunque rica en especies, ahorrativa en géneros, aparecen así no tanto bajo
la forma de determinaciones absolutas de su esencia como con la función de
'manifestaciones trascendentales de la facultad del juicio'”149.
No obstante, el carácter subjetivo del principio teleológico no impide a Kant
reconocerle una función radical en la investigación científica; una función regulativa
que no se opone a la explicación causal, “sino que la prepara, señalándole los
fenómenos y los problemas sobre los que ha de proyectarse.”150 El proceder sintético
del juicio teleológico genera las unidades que en nuestro proceder analítico
segmentaremos en sus distintos elementos causales. Así, la investigación crítica, que
parecía anunciar una defunción definitiva del principio teleológico, acaba resucitándolo
de entre los escombros: desde una perspectiva metafísica, el concepto de fin es, en
efecto, aquel asylum ignorantiae del que hablaba Espinosa; pero, metodológicamente,
148
Op.cit., pp.359-360.
Op.cit., p.349.
150
Op.cit., p.400.
149
101
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
se convierte en el medio para un conocimiento cada vez más exhaustivo de los engarces
y las relaciones estructurales de la naturaleza orgánica151.
Ahora bien: como en Aristóteles, una cosa son los principios rectores de la
Naturaleza y otra bien distinta los principios organizadores de los cuerpos naturales. El
concepto de todo aplicado a los seres vivos tiene una peculiaridad muy especial que lo
diferencia radicalmente de ese todo natural que, sin ninguna dificultad, identificamos
con la idea de Mundo en Ontología General. Los cuerpos organizados sí se nos
presentan, al menos aparentemente, como algo dado. En terminología kantiana: si la
idea de todo como Naturaleza pertenece al sustrato nouménico, la idea de todo como
organismo se nos aparece, en principio, “fenoménicamente”. Y esto exige una
explicación distinta.
4.2. El organismo como un todo: la transformación del organismo en
mecanismo.
Kant reconoce, por tanto, que existe una “región ontológica” en la que el fin
parece presentarse especialmente ante nosotros como un principio constitutivo y no
reflexivo de nuestro entendimiento. La idea de fin, a diferencia de lo que sucede en su
acepción estética o incluso en el ámbito natural cuando la aplicamos a la Naturaleza
concebida como un todo, se nos muestra en la naturaleza misma bajo la forma de los
seres organizados. Y el concepto de vida implica necesariamente un tipo de acción que
no va de las partes al todo, sino del todo a las partes. Un suceso natural se convierte en
proceso vital cuando, como veíamos en Aristóteles con la metáfora del día, no lo
concebimos como mera sucesión de detalles causalmente entrelazados, sino que vemos
en ellos modalidades sucesivas de una misma “sustancia”.
A este proceso en el que el tiempo no es ya una sucesión discreta, sino un
continuum infragmentable en el que pasado y futuro pertenecen al presente, hace
referencia el concepto de “evolución” al que se enfrenta Kant. La evolución es por sí
misma un concepto de fin, pues presupone una forma, un “sujeto” unitario de los
fenómenos vitales que, transformándose, se mantiene igual a sí mismo a través de todos
los cambios. Y ese “sujeto”, ese todo que con respecto a las partes actúa como principio
151
Op.cit., p.402.
102
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
orientador y no como resultado, es el concepto de “organismo” que, a diferencia del de
totalidad de la Naturaleza, plantea problemas tan especiales:
Así como en un producto semejante de la naturaleza, cada parte existe sólo mediante las
demás, de igual modo es pensada como existente sólo en consideración de las demás y
del todo, es decir, como instrumento (órgano). Pero eso no basta (pues pudiera ser
también instrumento del arte, y entonces ser representada posible sólo como fin, en
general) sino que ha de ser pensada además como un órgano productor de las otras
partes (por consiguiente, cada una a su vez de las demás), tal como no puede serlo
ningún instrumento del arte, sino sólo de la naturaleza, la cual proporciona toda materia
para instrumentos (incluso los del arte), y sólo entonces y por eso puede semejante
producto, como ser organizado y organizándose a sí mismo, ser llamado un fin de la
naturaleza (KU § 65).
La antítesis entre un objeto artificial y un organismo vivo puede ser, así,
demostrada directamente en el fenómeno y como tal fenómeno:
En un reloj, una parte es el instrumento del movimiento de las demás, pero una rueda no
es la causa eficiente de la producción de las otras: una parte está ahí, ciertamente, en
consideración de las demás, pero no mediante éstas. De aquí que la causa productora de
aquél no esté tampoco encerrada en la naturaleza (de esa materia) sino fuera de ella, en
un ser que puede proceder según ideas de un todo posible mediante su causalidad. De
aquí que, así como una rueda en el reloj no produce otra rueda, tampoco un reloj puede
producir otros relojes, utilizando para ello otra materia (organizándola). De aquí que no
reponga por sí mismo las partes que le faltan, o remedie los defectos de la primera
formación por medio de la ayuda de otras sucesivas, o le mejore por sí mismo cuando
cae en desorden, todo lo cual, en cambio, podemos esperarlo en la naturaleza
organizada. Un ser organizado, pues, no es sólo una máquina, pues ésta no tiene más
que fuerza motriz, sino que posee en sí fuerza formadora, y tal, por cierto, que la
comunica a las materias que no la tienen (las organiza), fuerza formadora, pues, que se
propaga y que no puede ser explicada por la sola facultad del movimiento (el
mecanismo) (KU § 65).
El “crecimiento” de un objeto natural se diferencia radicalmente de cualquier
otro incremento de magnitud que responda a leyes puramente mecánicas, pues la
materia que se engendra y añade en este proceso no es reductible a un mero incremento
cuantitativo, sino que aparece, además y ante todo, como un proceso cualitativo y
dirigido152. Admitiendo, por tanto, la factual singularidad de la evolución orgánica, Kant
se encuentra con la necesidad de desarrollar el concepto de “sujeción a un fin sin fin”. Y
aquí, como señala Cassirer, vuelve a estar en consciente contraposición con su época.
En la Ilustración, toda la teleología se caracteriza por la constante confusión del
concepto de la sujeción a un fin con el de la vulgar utilidad153. Pero este enfoque,
152
153
Op.cit., p.395.
Ibid.
103
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
condensado en la irónica frase de Voltaire según la cual Dios habría dotado de nariz al
hombre para que pudiera usar gafas, es radicalmente rechazado por Kant, quien
distingue nítidamente “entre la adecuación relativa a un fin para el hombre u otra
criatura cualquiera de la adecuación interior a un fin que no exige más punto de
comparación que el fenómeno mismo y el ensamblaje de sus partes”154.
4.3. La relación entre todo y parte en el plano epistemológico:
entendimiento discursivo y entendimiento intuitivo.
Convertido el concepto de la finalidad objetiva de la naturaleza en “un principio
crítico de la razón para el Juicio reflexionante” (KU § 75) el problema de la relación
entre el todo y sus partes no se afronta ya con herramienta categorial alguna. La
articulación aristotélica entre partes homogéneas y heterogéneas, la relación precisa de
la forma con la materia y la función, es barrida en un solo gesto, y el significado
filosófico de la forma biológica se empobrece hasta quedar reducido a esa vaga
afirmación según la cual, en los seres organizados, es el todo el que explica a las partes
que lo componen.
Sin embargo, aunque ha quedado ya bien establecida la negación kantiana de
todo fundamento objetivo de la idea de fin, el traslado de la discusión —en torno a la
articulación del todo con sus partes— al ámbito del sujeto le obliga a considerar la
posibilidad de un entendimiento distinto. Un entendimiento intuitivo que, en lugar de
dirigirse de las partes al todo, como el discursivo, vaya, directamente, del todo a las
partes: “Pero, si ello es así —dice Kant— debe aquí hallarse a la base la idea de un
entendimiento posible, diferente al humano [...] para poder decir que ciertos productos
de la naturaleza deben, según la particular constitución de nuestro entendimiento, ser
considerados por nosotros, en su posibilidad, como producidos intencionadamente y
como fines” (KU § 77).
La contingencia de la relación entre nuestro entendimiento y el Juicio supone
una particularidad del primero frente a otros entendimientos posibles. Nuestro
entendimiento es un entendimiento discursivo, porque en lo general subsume lo
particular, y porque el modo múltiple en lo que lo particular puede presentarse a nuestra
percepción es contingente. Ahora bien: puesto que al conocimiento pertenece también la
intuición, podemos pensar negativamente en una facultad de conocer “distinta de la
154
CASSIRER, E.: op.cit., p.396.
104
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
sensibilidad y totalmente independiente de ella”: un entendimiento intuitivo iría de lo
universal a lo particular, y no se daría ya, para él, aquella contingencia de la
concordancia de la naturaleza en sus productos, según leyes particulares, con el
entendimiento155. La concordancia de tales leyes con nuestro juicio, que para nosotros
sólo es posible mediante el medio de enlace de los fines, sería ahora una concordancia
necesaria:
Nuestro entendimiento tiene, en efecto, la propiedad de que en su conocimiento, v.gr., de la
causa de un producto, debe pasar de lo analítico-universal (de conceptos) a lo particular (la
intención empírica dada), en el cual, pues, respecto a la diversidad de lo particular, no
determina nada, sino que debe esperar esa determinación para el Juicio de la subsunción de
la intuición empírica (cuando el objeto es un producto natural) bajo el concepto. Ahora bien:
podemos también pensar en un entendimiento que por no ser, como el nuestro, discursivo,
sino intuitivo, vaya de lo sintético-universal (de la intuición de un todo, como tal) a lo
particular, es decir, del todo a las partes... (KU § 77).
La constitución de nuestro entendimiento sólo nos permite pensar en un todo
“como efecto de las fuerzas motrices concurrentes de las partes”. Para el conocimiento
intuitivo, sin embargo, el todo no dependería de las partes, sino las partes del todo, pues
él contendría “el fundamento de la posibilidad del enlace de las partes”.
Ahora bien: si no queremos representarnos la posibilidad del todo como
dependiente de sus partes, sino a la inversa, no podemos pensar en el todo de modo que
contenga el fundamento de la posibilidad del enlace de las partes, “sino sólo que la
representación de un todo contenga el fundamento de la posibilidad de la forma del
mismo y del enlace de las partes.” Y es que nuestro entendimiento discursivo —dice
Kant— está “necesitado de imágenes” (intellectus ectypus), y es esa necesidad la que le
conduce a suponer un intellectus archetypus. Es, por tanto, en la representación del
todo donde actúa lo que llamamos fin. Pero entonces ya no es en el todo, sino su
imagen, lo que está actuando como causa: el fin no se refiere a una entidad sino a cómo
nos orientamos en su representación; es, por tanto, un principio reflexionante, porque no
opera en la determinación del objeto: simplemente nos guía, ayudándonos a pensar la
clase de objetos que constituyen los organismos.
155
Cfr. KU § 77.
105
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
III. Forma y Ontología
1. La forma orgánica.
1.1. El entendimiento intuitivo y la “cosa en sí”.
La postulación de un entendimiento intuitivo, aunque sea por vía de la negación,
permite a Kant recuperar el planteamiento ontológico del problema de la forma. Ahora
sí “es posible considerar el mundo material como mero fenómeno, pensando algo como
cosa en sí (que no es fenómeno) que sea su substrato, y poner bajo éste una intuición
intelectual correspondiente (aunque no sea la nuestra)” (KU § 77). Se hallaría, así, un
fundamento real, suprasensible, de la naturaleza, aunque incognoscible para nosotros
hombres. Y puesto que “ninguna razón humana [...] puede absolutamente esperar
comprender la producción ni siquiera de una hierbecita por causas meramente
mecánicas”, sino que al Juicio le es indispensable, hasta para pensar en la posibilidad de
un objeto, imaginar el enlace teleológico de las causas y efectos, es necesario “buscar el
fundamento superior de los fines en un entendimiento originario, como causa del
mundo”. La posibilidad de un principio superior común está, así, fundamentada, puesto
que ambos principios se refieren a fenómenos que presuponen un fundamento
suprasensible. Así pues:
[L]o que en ella [en la naturaleza] es necesario como objeto de los sentidos lo
consideraríamos según leyes mecánicas, y, en cambio, la concordancia y la unidad de
las leyes particulares con las formas correspondientes que debemos juzgar como
contingentes respecto de aquellas leyes, las consideraríamos (con la naturaleza entera en
un sistema) como objeto de la razón, según leyes teleológicas, y juzgaríamos así la
naturaleza según dos clases de principios, sin que el modo de explicación mecánico sea
excluido por el teleológico como si ambos se contradijeran (KU § 77).
Lo que de ningún modo puede permitirse es que ambos principios heterogéneos
se enlacen como principios dogmáticos y constitutivos de la naturaleza para el Juicio
reflexionante:
Cuando, por ejemplo, admito que un gusano hay que considerarlo como producto del
mero mecanismo de la materia (de la nueva formación que realiza por sí misma, cuando
sus elementos son puestos en libertad por medio de la putrefacción), no puedo, empero,
deducir ese mismo producto de la misma materia como de una causalidad de obrar
según fines. Inversamente, cuando admito ese mismo producto como fin de la
106
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
naturaleza, no puedo invocar una manera mecánica de producción del mismo y admitir
ésta como principio constitutivo para el juicio del mismo, según su posibilidad, y juntar,
pues, ambos principios. Pues uno de los modos de explicación excluye el otro, aun
suponiendo que objetivamente ambos fundamentos de la posibilidad de semejante
producto descansaran en uno sólo pero no hiciéramos referencia a él. El principio que
debe hacer posible la reunión de ambos en el juicio de la naturaleza según ellos debe
ponerse en lo que está fuera de ambos (por tanto, fuera de la representación posible,
empírica, de la naturaleza), y contiene, sin embargo, el fundamento de ambos, es decir,
en lo suprasensible: a éste debe ser referido cada uno de ambos modos de explicación.
Ahora bien: como de lo suprasensible no podemos tener más que el concepto
indeterminado de un fundamento que posibilita el Juicio de la naturaleza según leyes
empíricas, es decir, como se trata de un principio trascendente, entonces no podemos
hacer descansar en él la explicación de la posibilidad de un producto según leyes dadas
para el Juicio determinante, sino sólo en un fundamento de la exposición de la misma
para el reflexionante:
Señalar los fines de la naturaleza en sus productos, en cuanto constituyen un sistema
según conceptos teleológicos, pertenece propiamente sólo a la descripción de la
naturaleza, arreglada según un hilo conductor particular, en la cual la razón, si bien
lleva a cabo un asunto magnífico, instructivo y de finalidad práctica en algunas
direcciones, sin embargo, no da conclusión alguna sobre el origen y la posibilidad
interior de esas formas (KU § 79).
La máxima para el juicio reflexionante queda, entonces, como sigue:
Que, según la constitución del entendimiento humano, para la posibilidad de seres
orgánicos en la naturaleza no puede ser admitida ninguna otra causa más que una causa
que efectúe con intención, y que el mero mecanismo de la naturaleza no puede ser en
modo alguno suficiente para la explicación de esos sus productos, sin querer, por eso,
decidir por este principio nada sobre la posibilidad misma de semejantes cosas (KU §
78).
1.2. La subordinación del entendimiento discursivo al entendimiento
reflexivo: la materia como medio de la forma.
La máxima del juicio reflexionante —dice Kant— lleva consigo la necesidad de
unir el principio mecánico y el principio formal en el juicio de las cosas como fines de
la naturaleza. Esa unión no puede, sin embargo, ejecutarse reduciendo el uno al otro, y
puesto que no podemos afirmarlos simultáneamente, sólo podemos subordinar el
mecanismo al tecnicismo intencionado, siempre según el principio trascendental de la
finalidad en la naturaleza:
107
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Pues allí donde se piensan fines como fundamento de la posibilidad de ciertas cosas,
hay que admitir también medios, cuya ley para proceder no necesita para nada algo que
presuponga un fin, y, por tanto, puede ser mecánica, y, sin embargo, causa subordinada
de efectos intencionados (KU § 78).
En el plano de las esencias, Kant vuelve así a reconciliarse con la concepción
aristotélica del organismo, donde el principio material aparece siempre supeditado al
principio de la forma.
2. La forma de la diferencia interorgánica.
En su ensayo «Sobre el uso de los principios teleológicos en la filosofía»156 Kant
establece una distinción fundamental en el campo de la biología: la que media entre la
“descripción” y la “historia” de la naturaleza. Como apuntábamos al concluir nuestro
anterior capítulo, la doble construcción linneana de la forma orgánica contenía,
precisamente, la bifurcación intradisciplinar que todavía Kant señala como incipiente y
que el siglo XIX acabará de consumar: bajo el rótulo de la descripción de la naturaleza
incluye Kant a todos aquellos sistemas taxonómicos que, como el del primer Linneo,
han tratado de organizar la factual multiplicidad de las formas vegetales y animales que
hoy contemplamos; la historia de la naturaleza es —dice Kant— muy distinta de la
clasificación, pues, aunque necesita de esta última para poder ensayarse, no acomete
sólo una comparación de las semejanzas y diferencias entre ejemplares vivos, sino que
introduce en su investigación la cuestión del origen para indagar, desde entonces, el
proceso por el que han ido apareciendo las formas naturales que actualmente clasifican
las descripciones de la naturaleza. Es el caso del segundo Linneo, que a partir de la
divina creación de un reducido número de especies, explicaría por el mecanismo natural
de la hibridación la actual diversidad de las formas orgánicas.
La demarcación entre la descripción y la historia de la naturaleza nos resulta
fácilmente traducible por el límite interno a la biología que hoy desliga a la historia
natural de la teoría evolutiva. Pero Kant no se limita a bautizar una frontera que, por
recién nacida, apareciera confusa a los ojos de los naturalistas de la época. Precisamente
156
KANT, I.: «Sobre el uso de los principios teleológicos en la filosofía» (Trad. Nuria Sánchez Madrid),
en Logos. Anales del Seminario de Metafísica, Vol. 37, Servicio de Publicaciones Universidad
Complutense, Madrid, 2004, pp.7-31.
108
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
porque la “historia de la naturaleza” era todavía un embrión informe, Kant ofrece la
definición no tanto de lo que era como de lo que debía ser. Tampoco los sistemas
taxonómicos se reducían, necesariamente, a la mera descripción; aunque ya vimos que
la introducción de la nomenclatura binomial fue una herramienta pragmática
fundamental para la disolución del esencialismo, la segregación conceptual entre
clasificación y definición estaba muy lejos de haberse consumado.
2.1. La descripción de la naturaleza: variedad dada o variedad creada.
Inevitablemente, la clasificación de las formas orgánicas implica el
reconocimiento de la afinidad formal entre las diferentes clases vegetales o animales,
sean éstas definidas con la generalidad que se quiera. Y la elucidación de las causas de
esta homología cuanto menos aparente no pertenece ya a una descripción sino a una
teoría de la naturaleza; una teoría que, necesariamente, habrá de suponer algún tipo de
unidad morfológica que subyazca a esas múltiples partes que se resolverían entonces
como manifestaciones suyas. Pero antes de perseguir la adecuación a un fin en las
formaciones naturales, el criticismo kantiano obliga a guardar prudencia para tratar de
descubrirla en algún otro terreno en el que la razón haya sido ya capaz de identificarla.
Y este campo no puede ser otro que el conformado por las formas geométricas. En
efecto, este tipo de coordinación de las partes en un todo múltiple aparece en cualquier
sistema de conocimientos matemáticos. En la geometría euclidiana, por ejemplo,
partimos de un conjunto limitado de principios simples y obtenemos resultados cada vez
más variados y complejos. Es éste un tránsito necesario, pero también sintético, porque
en cada paso ampliamos el conocimiento anterior: “Reina aquí, por tanto, una unidad de
principio que se traduce, continua y constantemente, en una variedad de resultados, un
simple embrión intuitivo que va desarrollándose para nosotros conceptualmente y
desdoblándose en una serie de por sí infinita y, sin embargo, plenamente dominable y
abarcable de nuevas formaciones”157.
Ahora bien —dice Kant—, la “unidad de lo múltiple” en el campo geométrico
resulta comprensible tan pronto como cobramos conciencia de que la variedad
geométrica no es una variedad dada, sino constructivamente creada. La “afinidad
formal” que guardan entre sí los elementos componentes de un sistema geométrico no
es, por tanto, extrapolable a los todos orgánicos como si se tratase de unidades
157
CASSIRER, E.: op.cit., p.338.
109
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
realmente existentes. La idea de que el material biológico puede ser ordenado desde
determinados puntos de vista y clasificado en “géneros” y “especies” no deja de ser un
postulado que formulamos a una experiencia que de ningún modo parece obligada a
acatar.
La constatación kantiana del paralelismo conceptual entre el todo geométrico y
el todo orgánico y su distinción entre variedad dada y variedad creada, contienen las dos
grandes líneas en las que se bifurcará la interpretación morfológica de las clases
animales y vegetales. Para la Naturphilosophie, y de manera menos consciente para los
taxonomistas franceses del XVIII, la variedad biológica en tanto que manifestación de
una forma organizadora subyacente vuelve a ser, como en Aristóteles, una variedad
dada. En el otro extremo, Kant legitima una vía de investigación que indagará también
en la afinidad formal de las partes vegetales y animales, pero no como hecho dado, sino
como resultado de una evolución histórica: si trasladamos el proceso de construcción de
un sistema geométrico a la elucidación del origen filogenético de las especies, sí
podemos someter a este último al mecanismo causal que autoriza la configuración de
nuestro entendimiento. Sin embargo, la descripción de la naturaleza sólo puede valerse
de la imaginación, responsable del hallazgo de semejanzas entre las formas orgánicas y
de subsumirlas bajo las rúbricas del género o la especie.
2.2. La historia de la naturaleza: una técnica sin intención.
A pesar de la solución que nos ofrece la contemplación de la diversidad orgánica
como una variedad no dada sino construida, Kant advierte que la historia de la
naturaleza no podrá aspirar jamás a conquistar el estatuto definitivo de su cientificidad.
Y es que, por mucho que el historiador de la naturaleza someta la evolución de las
formas a la investigación genética del mecanismo causal, la cuestión del origen se
revela esencialmente especulativa:
[D]ebe, sin embargo, en definitiva, atribuir a esa madre universal una organización
puesta, en modo final, en todas esas criaturas, sin lo cual la forma final de los productos
del reino animal y vegetal no es pensable en modo alguno según su posibilidad. Pero
entonces no ha hecho más que retrotraer más allá el fundamento de la explicación y no
puede pretender haber hecho la producción de esos dos reinos independientemente de la
condición de las causas finales. (KU, § 80).
110
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Esto no nos obliga, sin embargo, a concebir la historia de la naturaleza como un
relato de acontemientos naturales que arrancase del surgimiento primero de plantas y
animales, pues esta ciencia —dice Kant— sería “una ciencia para dioses [...], no para
hombres”. Aunque la investigación del origen esté condenada a ser especulativa, la
historia que entonces se desató sí puede ser sometida a las exigencias de lo teórico; si
recorremos el camino inverso al del relato y, en lugar de arrancar de la Creación,
partimos de las “hechuras actuales de las cosas”, entonces será posible acatar la máxima
establecida por la Crítica del juicio, según la cual,
Es [...] razonable, y hasta meritorio, seguir el mecanismo de la naturaleza para una
explicación de los productos naturales, tan lejos como ello pueda hacerse con
verosimilitud y no abandonar este ensayo porque sea imposible en sí coincidir por su
camino con la finalidad de la naturaleza, sino sólo porque ello es imposible para
nosotros hombres, pues se exigiría para ello una intuición diferente de la sensible y un
determinado conocimiento del substrato inteligible de la naturaleza que pudiera dar
fundamento también al mecanismo de los fenómenos según leyes particulares, todo lo
cual supera totalmente nuestra facultad (KU, § 80).
La historia de la naturaleza queda, así, redefinida por contraposición al relato
mítico: “tan sólo llevar la articulación de ciertas hechuras actuales de las cosas naturales
con sus causas en un tiempo anterior tan lejos como lo permita la analogía, según leyes
eficientes no fingidas por nosotros sino derivadas a partir de las fuerzas de la naturaleza,
tal y como ésta se nos muestra ahora, eso sería historia de la naturaleza”.
En el marco de la evolución, ese “tan lejos” encuentra un límite preciso en la
cuestión, por naturaleza metafísica, del origen; un límite radical, porque impide que
podamos alcanzar, a través del mecanicismo, una solución definitiva del problema que
depara la aparente afinidad de las formas naturales. Y es que para poder construir la
historia de las especies resulta imprescindible que el investigador de la Naturaleza
ponga “siempre a la base alguna organización primitiva que utilice aquel mecanismo
para producir otras formas organizadas o desarrollar la suya en nuevas figuras (que, sin
embargo, siempre se derivan de aquel fin y son conformes a él).” (KU, § 80). De modo
que, por mucho que avance la derivación causal mostrando de un modo puramente
mecánico cómo el siguiente eslabón de la cadena evolutiva se deriva y nace del anterior,
por mucho que nos remontásemos, acabaríamos topándonos siempre con un estado
inicial de “organización” que necesariamente tendríamos que conceder como premisa.
La consideración causal puede enseñarnos con sujeción a qué reglas se pasa de una
estructura a otra, pero lo que no puede hacernos comprender, lo que no puede más que
111
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
enunciar como un hecho, es la existencia de estos “embriones” individuales que sirvan
de punto de partida de la evolución158.
Y, sin embargo, si hacemos epojé de este origen, podemos aplicar el principio
del mecanismo a la afinidad de las formas orgánicas de modo que la evolución logre
explicarse de un modo puramente causal en todas y cada una de sus fases:
La concordancia de tantas especies animales en un esquema común, que parece estar a
la base no sólo de su esqueleto, sino también de la disposición de las demás partes, en
donde una sencillez de contorno, digna de admiración, ha podido producir, por
achicamiento de unas y alargamiento de otras, por recogimiento de éstas y desarrollo de
aquéllas, tan gran diversidad de especies, deja penetrar en el espíritu un rayo, aunque
débil, de esperanza de que se pueda obtener aquí algo con el principio del mecanismo
de la naturaleza, sin el cual no puede, en general, haber ciencia alguna. Esa analogía de
las formas, en cuanto, a pesar de toda la diversidad, parecen ser producidas según un
prototipo común, fortalece la sospecha de una verdadera afinidad de las mismas en la
producción de una madre común primitiva, por medio de la aproximación gradual de
una especie animal a otra, desde aquélla en que el principio de los fines parece más
guardado, hasta el pólipo, y de éste, incluso, hasta los musgos y los líquenes, y,
finalmente, hasta la escala inferior, que podemos observar, de la naturaleza, la materia
bruta, de la cual y de cuyas fuerzas, según leyes mecánicas (iguales que las que siguen a
la producción de los cristales), parece provenir toda la técnica de la naturaleza, que en
los seres organizados nos es tan incomprensible que nos creemos obligados a pensar
para ellos otro principio (KU, § 80).
A diferencia de la descripción, la historia de la naturaleza queda remitida al
entendimiento, facultad que, más allá de reconocer semejanzas, establecería, en el caso
biológico, las leyes bajo las que se establecen los lazos de parentesco, es decir, las leyes
de la conexión reproductiva159. Pero para alcanzarlas, el método que Kant defiende
vuelve a ser el de la anatomía comparada, como lo fue en Aristóteles y como lo será
entre los morfólogos idealistas:
Es una gloria recorrer por medio de una anatomía comparativa la gran creación de las
naturalezas organizadas para ver si en ella se encuentra algo semejante a un sistema según el
principio de producción, sin tener necesidad de quedarnos en el mero principio del Juicio
(que no da conclusión alguna para el conocimiento de su producción) y de renunciar
cobardemente a toda pretensión de penetrar la naturaleza en ese campo (KU, § 80).
Es en el concepto kantiano de “evolución” donde mejor se revela la
interdependencia armónica de los principios de fin y mecanismo en el marco de la
experiencia. Y es que, aunque la idea de finalidad renuncia a descifrar el enigma de la
transición entre las formas animales, ordena los fenómenos, como acabamos de
158
159
CASSIRER, E.: op.cit., pp.402-403.
KANT, I.: Sobre el uso de principios... pp.36-37.
112
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
comprobar, en torno a un nuevo eje, con lo que establece una forma distinta de su
entrelazamiento. En tanto que ordenados, tales hechos no permiten ser examinados
desde la plataforma del entendimiento, sino que debemos partir de ellos en busca de
causas finales que, sin embargo, queden condicionadas empíricamente. En palabras de
Lebrun, “[l]a reflexión se sitúa en el punto en el que el azar no es ni admisible ni
reabsorbido, —donde las configuraciones no son ni premeditadas ni fortuitas”160. Su
función, destinada a articular ese espacio intermedio entre la técnica y el azar, no
consiste —como advierte Cassirer— en descifrar los “enigmas del mundo”, sino en
“aguzar más y más la mirada para que pueda descubrir la riqueza de los fenómenos de la
naturaleza orgánica y penetrar cada vez más a fondo en las particularidades y en los
detalles de los fenómenos de vida y de sus condiciones”161. De modo que, para el
conocimiento, esta constante imposibilidad de resolver el problema constituye su
verdadera fecundidad: aunque por el procedimiento mecánico no podamos llegar nunca
a descifrar conceptualmente el misterio de la vida orgánica, sí lograremos ampliar y
ahondar incesantemente el conocimiento y la intuición de las formas individuales de la
naturaleza.
160
LEBRUN, G.: Kant et la fin de la métaphisyque, Cit. en SÁNCHEZ MADRID, N.: «Una técnica sin
artesano: la teleología dentro de los límites de la mera Razón», Introducción a su traducción de Kant.
Sobre el uso de los principios teleológicos en la filosofía, en Logos. Anales del Seminario de Metafísica,
Vol. 37, Servicio de Publicaciones Universidad Complutense, Madrid, 2004, p.46.
161
CASSIRER, E.: op.cit., p.408.
113
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
4
La herencia de Kant:
la Morfología idealista y la Teoría celular
La historia de la filosofía en el siglo XIX es, en
gran parte, la historia de la asimilación, difusión,
combate, transformación y reasimilación de las
ideas kantianas.162
La sentencia que inaugura nuestro último capítulo puede aplicarse con idéntica
rotundidad a la idea de forma orgánica que manejó la biología del siglo XIX. En el
marco general de la ciencia germana, la poderosa influencia ejercida por la filosofía
kantiana se bifurca durante el Romanticismo en dos direcciones163: por un lado, el
idealismo especulativo poskantiano de Fichte, Schelling y Hegel; por otro, la filosofía
neokantiana de Fries y Apelt. Ambas trayectorias encuentran su traducción más preclara
en el campo biológico: el idealismo romántico, nutre el suelo filosófico en el que
arraigan las investigaciones morfológicas de la Naturphilosophie; la máxima
mecanicista que consolida el neokantismo, se convierte en seña filosófica de la primera
teoría celular. Los dos extremos, que Kant lograra conciliar como máximas
subordinadas de nuestro Juicio, vuelven a enfrentarse en la parcela ontológica explorada
por la morfología. Valgan de ilustración las definiciones que ofrecen de esta disciplina
dos de los adalides más destacados en una y otra alternativa. Para Goethe, la morfología
es la “[c]ontemplación de la forma, tanto en sus partes como en su conjunto, sus
concordancias y discordancias, sin tener en cuenta ninguna otra cosa”164; para
Schleiden, el “conocimiento completo de todas las series de evolución en la vida
vegetal”165. En idéntico sentido divergirá la idea de la diferencia interorgánica: la teoría
de los tipos ensayada por la filosofía natural, concibe las morfologías específicas como
162
JODL, Gesch., p.534, Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.484.
D.VON ENGELHARDT, «Zur Naturwissenschatft und Naturphilosophie um 1780 und 1830», Hegel
und die Chemie, Wiesbaden, 1976, pp.5-30. Cit. en ALBARRACÍN, A.: La teoría celular, Alianza,
Madrid, 1983, p.39.
164
GOETHE, W.: Goethe y la Ciencia. Traducción de Carlos Fortea y Ester de Arpe, Biblioteca de
Ensayo Siruela, Madrid, 2002, Cap.2.7.
165
SCHLEIDEN, M.: La botánica como ciencia inductiva, 1842, 3ª ed., 1849, I, p.72. Cit. en RADL,
E.M.: op.cit., T.II, p.63.
163
114
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
variaciones cuantitativas de un número más o menos amplio de formas originarias; el
tipo de historia natural legitimada por la Crítica del Juicio, cifra la heterogeneidad
morfológica en su génesis histórica.
Aunque con estatutos ontológicos muy distintos, el tiempo transforma la idea de
forma orgánica en los dos enfoques que, durante el Romanticismo, se disputaron su
comprensión: frente a la rigidez de la sistemática del primer Linneo, la morfología
idealista querrá capturar, no la forma acabada, sino el proceso formativo en que consiste
la vida de un organismo; por su parte, la perspectiva genética del neokantismo incorpora
el tiempo como esa otra variable independiente que, en física clásica, se intersecta con
el espacio: el continuum fragmentable en el que se engarzan, mecánicamente, causas y
efectos.
Junto con el tiempo, la función adquirió también, a lo largo de la primera mitad
del siglo XIX, una importancia creciente que acabó por minar el protagonismo teórico
de la forma. Ni la filosofía de la naturaleza ni la teoría de la célula fueron capaces de
dotar a las morfologías de un significado funcional que, como en Aristóteles, articulase
forma y función en una unidad cerrada. Desde entonces, el análisis fisiológico sumió a
la morfología, desprestigiada por los excesos poéticos de la Naturphilosophie, en un
progresivo olvido del que sólo recientemente ha empezado a rescatársele.
115
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La Morfología idealista
I. Forma y Gnoseología
El contenido sin método conduce a la fantasía; el
método sin contenido, al vacuo sofisma; la
sustancia sin forma, a la torpe erudición; la forma
sin sustancia, a la hueca especulación166.
Decíamos al principio que la descripción de la Crítica del juicio como artificio
arquitectónico nos devolvía una imagen paradójica de su doble dimensión sincrónica y
diacrónica; aunque aparentemente ajustada desde una perspectiva interna, esta lectura se
revelaba, sin embargo, incapaz de explicar el entusiasmo con el que el idealismo
romántico invocara a la tercera crítica. Nuestro análisis, focalizado en la Crítica del
juicio teleológico, nos ha permitido reconstruir una concepción kantiana de la forma
orgánica que ahora sí presenta una continuidad manifiesta con los desarrollos que a
partir de ella practicaron los Naturphilosophen; el reconocimiento de un sustrato
ontológico inaprensible a la investigación analítica y la postulación comedidamente
hipotética de un entendimiento intuitivo, demostrarán una asombrosa fertilidad que
impregnará gran parte de la cultura espiritual del siglo XIX. Naturalmente, los
“desarrollos” de la morfología idealista no consistieron en meras prolongaciones de la
obra kantiana; al contrario, el engorde progresivo de lo que en principio fue un elemento
perfectamente integrado en el conjunto del sistema, acabó convertido en germen de su
propia destrucción. En este sentido, la Naturphilosophie imprime un nuevo punto de
inflexión a nuestra historia filosófica de la forma orgánica, porque se impone la tarea
(titánica, después de Kant) de devolverle la entidad ontológica perdida. Ya
anunciábamos arriba el fracaso inevitable de esta empresa. Aunque la anatomía
comparada arrojó teorías anatómicas que todavía perviven167, la ausencia de
herramientas matemáticas lo suficientemente flexibles como para aprehender el
dinamismo de las formas orgánicas, impidió que la filosofía natural de los morfólogos
166
GOETHE, W.: op.cit., Cap.5.15.
La teoría de la construcción unitaria de los aparatos bucales de los insectos (J.C. Savigny, 1816) y la
teoría vertebral del cráneo (Goethe, 1790; Oken, 1806; Duméril, 1824; Spix, 1825).
167
116
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
alemanes pudiera ejercitarse en una praxis biológica coherente. En el segundo epígrafe
de este tercer capítulo, trataremos de sistematizar los esfuerzos que, en esta dirección,
acometieron los botánicos y zoólogos de la Naturphilosophie y los morfólogos
franceses que de un modo menos consciente les precedieron. Para la exposición general
de los fundamentos filosóficos de la morfología idealista que ahora nos proponemos,
hemos decidido limitar nuestro análisis a la filosofía natural de Goethe. Sin dejar de
reconocer en Schelling al gran artífice del más amplio marco conceptual en el que ésta
se encuadra, dados los objetivos de nuestro trabajo, el protagonismo de Goethe se nos
impone: la filosofía del fundador de la morfología más tarde tildada de idealista, no sólo
expresa con igual profundidad el espíritu que movía a todos sus integrantes, sino que se
corresponde con una prolífica actividad científica ejercitada, además, en consciente y
permanente dialéctica con la newtoniana.
La filosofía natural alemana hereda la idea de la forma ajustada a un fin en los
términos en los que había sido definida por Kant. Recordemos, a modo de síntesis, que
la Crítica del juicio teleológico respondía al problema ontológico del desarrollo
delimitado por las coordenadas en las que lo había situado la teleología metafísica del
Cristianismo. Y que la solución crítica ha consistido en hacerle corresponder un tipo de
juicio distinto que, a pesar de no ser constitutivo sino reflexionante, desempeña un papel
decisivo como orientador de la investigación científica. Pero, sobre todo, hemos
insistido en que, ante el todo orgánico, Kant sufre una especial perplejidad que le obliga
a postular, aunque sea por vía negativa, la posibilidad de un entendimiento distinto que
pudiera permitir al juicio determinar las formas naturales que identificamos como fines
en sí mismas. En la breve exploración de esta alternativa (Schelling comentó de estas
partes de la Crítica del juicio que tal vez no se habían condensado jamás en tan pocas
páginas tantos y tan profundos pensamientos)168 germinará el movimiento entero de los
Naturphilosophen.
1. La doble disolución ontológica y epistemológica de las antinomias
kantianas.
La Naturphilosophie irrumpe en la Europa de principios del XIX como una
reacción convulsa ante el reduccionismo avasallador del mecanicismo. Es bien sabido
que la visión de la Naturaleza como mecanismo de relojería y la concepción de los
168
Cit. en CASSIRER, E.: op.cit., p.410.
117
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
organismos como máquinas extremadamente complejas hunde sus raíces más allá de
Kant. Desde el Renacimiento, el organicismo aristotélico, profundamente debilitado por
la lectura teológica, había encontrado en el modelo mecanicista un oponente cada vez
más poderoso:
La nueva ciencia galileana y la mecánica de Descartes se apartarán de la filosofía de la
naturaleza que rige los tratados científicos de Aristóteles, debido a que, en su propósito
de instaurar una concepción unificada de los movimientos naturales, éste edificó una
física categorialmente biológica. Su teoría en torno a las sustancias que son susceptibles
de movimiento es una indagación sobre la razón, el orden y la lógica del movimiento
natural, pero iluminada por la razón, el orden y la lógica del movimiento vital. Tal vez
resulte impropio y anacrónico hablar de un intento de reducción de la física a la
biología, pero lo que sí parece posible afirmar al menos es que la mirada del biólogo
169
prevaleció y abarcó la naturaleza entera .
La introducción del grabado en madera en los escritos biológicos a principios de
la Edad Moderna, la teoría maquinal de la vida de los cartesianos170 y el método
sistemático del primer Linneo, serán factores determinantes en el fortalecimiento de la
alternativa al organicismo. Desde el punto de vista ontológico, todos ellos favorecieron
la visión de las plantas y los animales como agregados de partes materiales
relativamente inmutables que el mecanicismo cartesiano se encargaría de poner en
conexión. Y en cuanto a las consecuencias cognoscitivas asociadas al resucitado modelo
empedócleteo, la biología sufrió un radical viraje hacia la sensualización: tanto la
inmutabilidad de los rasgos que presentaban los grabados como el “método natural” de
Linneo ofrecían caracteres directamente asequibles a la percepción inmediata de los
sentidos que parecían agotar la información necesaria para la definición de un
organismo.
Aun así, el factum del desarrollo continuaba demostrando una potencia
suficiente como para resistir a su reducción mecánica. Y aquí es donde Kant y su “giro
copernicano” aparecen en escena para ejecutar sobre el organicismo su golpe de gracia
definitivo: independientemente de que la Naturaleza en general y los organismos en
particular tengan, en tanto que todos, entidad propia, su esencia es incognoscible para
nosotros hombres.
La solución de la Naturphilosophie, el único modo de salvar la entidad
ontológica de la forma biológica, consistirá en recuperar el planteamiento clásico del
problema, volviendo a articular la dimensión fenoménica y esencial de la Naturaleza. El
169
170
RADL, E.M.: op.cit., pp.296-297.
.
GONZÁLEZ RECIO, J.L.: Teorías de la vida, pp.60-61.
118
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
noúmeno no es, ya, para la filosofía natural romántica, un sustrato oculto más allá de los
fenómenos, sino que, al contrario, se manifiesta en ellos mismos. Así rezan los versos
de Goethe:
La Naturaleza no tiene ni núcleo
Ni corteza,
Todo lo es a un tiempo 171
Rescatada la forma orgánica de la impenetrable oscuridad de lo nouménico, la
filosofía natural está ya legitimada para precisar su definición. Una definición que,
además, no ha de estar sometida a las categorías del entendimiento, pues pertenece a
una dimensión distinta de la realidad natural. La forma biológica que tratará de
aprehender la Naturphilosophie no es la forma estática grabada en los tratados de
Historia Natural de la época, sino una forma dinámica irreductible a cualquiera de los
estadios que atraviesa en su desenvolvimiento. La distinción entre Gestalt (forma) y
Bildung172 (formación), entre lo que está formado y fijado en el individuo y el proceso
formativo como tal, es el principio fundamental de la aproximación goetheana al estudio
de los organismos vivos. La “morfología” consistirá, precisamente, en un esfuerzo por
llegar más allá de la Gestalt, estática, hasta la Bildung, dinámica, que constantemente
crea y construye nuevas formas:
El alemán tiene la palabra Gestalt para el complejo de la existencia de un ser real.
Con esta expresión hace abstracción de lo dinámico, asume que un todo
interrelacionado está establecido, definido y fijado en su carácter.
Pero si contemplamos todas las formas, especialmente las orgánicas, encontramos
que en ningún sitio aparece algo permanente, en ningún sitio algo en descanso, algo
cerrado en sí mismo, sino que más bien todo fluctúa en un constante movimiento. De
ahí que nuestro idioma suela hacer abundante uso de la palabra Bildung tanto para lo
producido como para lo que se está produciendo.
Así pues, si queremos iniciar una morfología no podemos hablar de la forma, ya
que si empleamos esa palabra sólo estamos pensando en la idea, en e concepto o en algo
que en la experiencia sólo puede aprehenderse por un momento.
Lo que se forma se transforma al instante, y si queremos alcanzar en alguna medida
una percepción viva de la Naturaleza, tenemos que mantenernos igual de ágiles y
flexibles, siguiendo el ejemplo que ella nos da173.
El concepto de evolución y, por lo tanto, de movimiento que implica la forma
entendida como Bildung es, como vemos, muy distinto al kantiano. Para Kant, toda
explicación causal de un fenómeno por otro se reduce en último término a que éste
171
GOETHE, W.: op.cit.,Cap.9.1.
La palabra Bildung es un derivado del verbo bilden, que significa formar, dar forma.
173
GOETHE, W: op.cit., Cap.3.1.
172
119
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
determine el lugar que aquél ocupa en el tiempo y en el espacio. No se trata de señalar
el “cómo” de la transición del uno al otro, sino de establecer simplemente el hecho de la
necesaria cohesión de los elementos en la cadena de la experiencia. La forma orgánica
de los románticos, sin embargo, no puede descomponerse en los estadios discretos que
recorren la sucesión temporal de un acontecimiento mecánico. En este sentido, el
concepto de forma orgánica de la filosofía natural tiene mucho que ver con la manera en
la que Aristóteles precisaba el modo singular en el que potencia y acto se conjugaban en
un cuerpo vivo, cuyo ser consistía —igual que en los Naturphilosophen— en un
permanente estar siendo.
Pero, desde Kant, ya no es posible abordar la solución desde una perspectiva
exclusivamente ontológica. En realidad nunca lo fue, como tuvimos ocasión de
comprobar en Aristóteles al tratar las implicaciones gnoseológicas de los principios que
gobiernan la naturaleza del estagirita. Pero es innegable que a partir de la investigación
crítica del problema del conocimiento, la reflexión epistemológica cobra un papel
protagonista en filosofía en general y muy en particular en filosofía de la ciencia. Así, la
teoría del conocimiento de Goethe, de reconocida ascendencia platónica pero atravesada
por el criticismo kantiano, hará corresponder a cada uno de los dos planos de la realidad
una facultad cognoscitiva distinta. No sólo Goethe; en general, todos los
Naturphilosophen mantienen la distinción que la Crítica del juicio establece entre el
entendimiento discursivo y el intuitivo. Todos ellos entienden que la única manera de
recuperar la cognoscibilidad del noúmeno convirtiéndolo en esencia, consiste en “rehumanizar” a la intuición. Así, sujeto y objeto vuelven a fundirse en una sola sustancia.
De ahí la vuelta, incentivada por Schelling, a los textos de Espinosa, que, no en vano,
había sido el oponente más respetado por Kant.
Pero es Goethe quien, en esa dialéctica apasionada y constante con la física
newtoniana, analiza mejor las consecuencias que para el método científico implica la
teoría del conocimiento de la filosofía natural. En su enfrentamiento con la disociación
kantiana entre forma teórica y materia empírica, Goethe se opone a que el científico
ponga un énfasis excesivo en las hipótesis teóricas. De este modo —denuncia— el
investigador impone artificialmente la forma teórica a la experiencia, cuando en realidad
deberíamos ahondar en ésta hasta que la idea contenida en ella se nos manifestase: la
contemplación de la Naturaleza sugiere ideas porque una observación verdaderamente
contemplativa nos permite penetrar, a través de la intuición, en aquello que, de un modo
creativo y espiritual, organiza la multiplicidad fenoménica:
120
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La contemplación de la Naturaleza sugiere ideas a las que atribuimos el mismo grado de
certidumbre que la Naturaleza misma... un grado muy alto, de hecho; y de que tenemos
derecho a guiarnos por esas ideas tanto en nuestra búsqueda de datos como en nuestros
intentos de ordenar lo que hemos encontrado174.
Goethe se opone, por tanto, a la idea de verdad como adecuación que subyace a
la defensa del método hipotético-deductivo, y le enfrenta una concepción de la verdad
como desvelamiento que sólo requerirá el entrenamiento suficiente de los sentidos para
ser hallada. En este sentido, la propia percepción humana ha de sufrir una
transformación que le autorice a “ver” las formas que para Kant sólo eran
“representaciones” de un intelecto necesitado de imágenes. De ahí la defensa goethiana
de una “imaginación perceptiva”:
La imaginación es en primer lugar re-creativa, se limita a repetir los objetos. Además,
es productiva al animar, desarrollar, extender, transformar los objetos. Añadamos a esto
que podemos postular una imaginación perceptiva, que aprehende identidades y
similitudes [...] Aquí se hace evidente la deseable analogía que lleva la mente a varios
puntos relacionados, de forma que su actividad puede reunir lo homogéneo y lo
homólogo175.
Acabamos de ver que, para Goethe, lo perceptible para los sentidos ya está
formado. De ahí que, aunque pueda ayudar al científico a dirigir la vista hacia lo
formativo, no pueda ser equiparado a ello, como ingenuamente creía el sensualismo. Es
necesario, por tanto, emplear otra facultad, a la que llama Anschauung (percepción
intuitiva), para ver a través de lo que está ya cristalizado, de las Gestalten perceptibles
exteriormente, los principios formativos subyacentes que las unen en un todo vivo y
coherente176.
Eliminado el planteamiento prioritariamente epistemológico del problema y
disuelta la separada sustancialización de lo fenoménico y lo esencial, Goethe está ya
legitimado para exigir la participación de todas las capacidades humanas en la
investigación científica. El entendimiento y la intuición pueden, por fin, afirmarse de
manera no contradictoria, aunque en un sentido muy distinto al kantiano:
En la actividad científica, no habría que excluir ninguna de las capacidades humanas.
Los abismos de la imaginación (Ahnung), la segura conciencia del presente, las
profundidades matemáticas, la exactitud física, las alturas de la razón (Vernunft), la
174
GOETHE, W.: op.cit., Cap.6.1
Op.cit., Cap.9.7. El subrayado es nuestro. Como veremos enseguida, en esta “imaginación perceptiva”
se fundamentará el método de la anatomía comparada que guiará a la nueva morfología.
176
NAYDLER, J.: notas al Cap.3.1. de Goethe y la ciencia, pp.84-85.
175
121
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
agudeza del entendimiento (Verstand), la ágil y nostálgica fantasía, la amable alegría de
lo sensorial, de nada se puede prescindir para una viva y fértil aprehensión del
momento.
Por más que estos elementos requeridos puedan aparecer, sino en contradicción,
sí de tal modo contrapuestos que incluso los espíritus más excelentes no puedan esperar
ponerlos en armonía, están presentes en toda la humanidad y pueden surgir en todo
momento, si no son contenidos por los prejuicios, por la testarudez de los individuos
que los poseen, y por todas las demás negaciones, incomprensivas, intimidatorias y
mortíferas, llámense como se llamen, en el instante en que podrían ser eficaces, y su
manifestación es aniquilada en su origen177.
2. Observación y Experimento.
El hombre mismo, cuando se sirve de sus sentidos sanos, es el mayor y más exacto
aparato físico que puede haber, y la mayor desgracia de la física moderna es
precisamente haber separado, por así decirlo, los experimentos del ser humano, y
reconocer la Naturaleza únicamente en aquello que muestran los instrumentos
artificiales y querer limitar y probar con ellos lo que puede hacer.178
La doble disolución ontológica y epistemológica a la que la Naturphilosophie
somete a las antinomias kantianas tendrá repercusiones decisivas en sus consideraciones
metodológicas. A comienzos del siglo XIX, la metodología científica se ha identificado
por completo con el método hipotético-deductivo, y la crítica a la que lo somete la
filosofía natural se dirime en sus dos frentes nucleares: la hipótesis teórica y el
experimento. Frente a Newton, Goethe los interpreta como un doble yugo al que el
científico somete a la Naturaleza, y les opone un “delicado empirismo” que no obligue a
los fenómenos a comportarse como previamente esperamos que lo hagan.
El método hipotético-deductivo presume, en primer lugar, que la mente humana
opera en una esfera separada de la Naturaleza, formulando sus ideas y teorías desde una
posición de relativo alejamiento de los fenómenos. La metodología de Goethe, en
cambio, supone que el espíritu tiene la capacidad de penetrar en las esencias que los
propios fenómenos exhiben. La idea de verdad como desvelamiento reduce, así, la
forma teórica a la materia fenoménica, que, prácticamente, “habla” por sí misma:
La plasticidad esencial del acto de observación significa que puede ser conformado y guiado
por la atención de la mente hacia lo que los fenómenos están diciendo en realidad. Así, es
posible llegar a la teoría, que es al mismo tiempo una genuina penetración en el fenómeno
investigado. La teoría no es algo separado de la experiencia de los fenómenos, sino que la
informa y enriquece, fomentando así una incrementada sensibilidad hacia el mundo
natural.179
177
GOETHE, W.: op.cit., Cap.9.3.
Op.cit., Cap.1.1.a.
179
Ibid..
178
122
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Y puesto que “el fenómeno no es independiente del observador”, sino que “más
bien está engullido por y enredado en la individualidad del mismo”180, en «El
experimento como mediador entre sujeto y objeto»181, Goethe se compromete con una
observación desinteresada de la Naturaleza, una cuidadosa atención a los fenómenos
donde la tendencia del sujeto a ver confirmadas sus propias preferencias y apriorismos
sea sometida a una constante revisión:
En la ciencia encontramos [...] innumerables intentos de sistematizar, de esquematizar.
Pero hemos de dirigir toda nuestra atención a espiar el proceso de la Naturaleza, de tal
modo que no la obliguemos a rebelarse imponiéndole normas coactivas, pero tampoco
nos dejemos alejar de nuestro objetivo por su arbitrariedad182.
No obstante, la idea de alétheia no es tan ingenua como pudiera parecer en una
primera lectura. En Goethe adquiere incluso tintes constructivos cuando, como
Aristóteles, sostiene que el espíritu se aferra a principios que, una vez aprehendidos,
alteran nuestra percepción de los fenómenos y la relación que, consiguientemente,
establecemos con ellos a partir de entonces. Pero, sobre todo, hemos de insistir en que la
observación que demanda la Naturphilosophie no es una observación incauta. La
filosofía natural alemana reivindica la necesidad de la “distancia” que, a diferencia del
experimento, posibilita la observación; pero al igual que el experimentador tiene que
estar siempre en guardia contra la fantasía, el deseo y otras proyecciones subjetivas en
el trabajo científico, advierte Goethe que también habrán de estarlo nuestras facultades
cuando se orienten a la observación de la Naturaleza:
En los sentidos pon tu confianza,
nada erróneo verás en la distancia,
si el entendimiento en guardia pones.183
En cuanto al papel del experimento, no es de extrañar que su avasallador
protagonismo provocara entre muchos de los Naturphilosophen declaraciones
exageradamente reprobatorias. Es, curiosamente, el caso de John Müller, fisiólogo
alemán que, poco después, se convertirá en maestro de Schwann, fundador, junto con
Schleiden, de la primera teoría celular:
180
Op.cit., p.5.4
«El experimento como mediador entre sujeto y objeto», 1823. En GOETHE: op.cit., Cap. 4, 5 y 6.
182
GOETHE, W.: op.cit., Cap.5.3
183
Op.cit., Cap.1.2.
181
123
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
El trato con la naturaleza viviente se hace por observación y experimento; la
observación es sencilla, atenta, aplicada, sincera, sin prejuicios; el experimento es
artificial, impaciente, caprichoso, saltarín, apasionado y poco de fiar184.
Pero, en realidad, el rechazo no vino provocado tanto por el experimento en sí
mismo, como por la confianza ingenua y excluyente que le otorgaran las ciencias de la
época. Hemos de tener en cuenta que el experimento se identificaba aquí de manera
absoluta con el análisis empírico, y es a esta reducción donde debemos enfocar la
vehemencia del antiexperimentalismo romántico: si el método científico se limita a
trasladar al laboratorio el análisis matemático, entonces el objeto investigado sólo
revelará su aspecto cuantitativo, pues el campo de la Matemática está restringido a lo
mensurable. El método científico legitimado por la mecánica clásica es, por tanto,
incapaz de ofrecer una visión completa de la realidad, porque el aspecto cualitativo de la
Naturaleza, objeto privativo de la morfología, no es susceptible de medición:
La medición de una cosa es una acción tosca, que no puede aplicarse sino de manera en
extremo imperfecta a cuerpos vivos. Una cosa que tiene existencia viva no se puede
medir con nada que sea externo a ella, sino que, si ha de hacerse, ella misma tiene que
aportar su escala de medida; sin embargo, esta escala es en extremo espiritual, y no
puede ser hallada por los sentidos185.
De ahí la necesidad de que esta visión parcial de la Naturaleza que nos depara el
método matemático haya de ser completada por una ciencia cualitativa como la
morfología. Desde otra perspectiva, la censura de la manipulación analítica vuelve aquí
a vincularse con la reivindicación de la observación: mientras que el aspecto espiritual
de la Naturaleza no puede penetrarse con instrumentos sensibles, una observación
contemplativa de las cualidades y de las formas que directamente encontramos en ella
es suficiente para que surja una conciencia de las fuerzas formativas y de los principios
ordenadores que subyacen en ellas. Si permitimos a la percepción y al entendimiento
intuitivos un lugar en el método científico —dicen los Naturphilosophen—, entonces
será posible una experiencia de la Naturaleza mucho más plena y completa.
En concreto, Goethe se opone frontalmente a la concepción newtoniana del
papel de un único experimentum crucis destinado a probar la veracidad de una hipótesis
científica: el experimento único tiene poco valor aislado de otros experimentos, y nunca
184
MÜLLER, J.: “De la necesidad de una fisiología y de una consideración fisiológica de la naturaleza”,
1824, en Zur Vergleichenden Physiologie des Gesichtssinnes der Menschen und der Tiere, Leipzig, 1826,
p.20. Cit en RADL, E.M.: op.cit., p.73.
185
GOETHE, W.: op.cit., Cap. IV.8.
124
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
debería ser considerado prueba de una hipótesis; simplemente crea las condiciones bajo
las cuales se produce una cierta clase de fenómenos que luego habría que conectar con
otra serie de fenómenos producidos en condiciones diversas.
Una vez fundamentada la conexión ontológica entre la multiplicidad
fenoménica, la cuestión que inmediatamente se plantea es el modo de aprehenderla. La
solución a este problema, que en el ámbito de la metafísica inauguró toda una vía de
investigación de la mano de la fenomenología, encuentra en Goethe una concreción
interesante en el terreno de la metodología científica. Una solución que, además, ejerció
activamente en los experimentos que le llevaron a construir una teoría del color
alternativa a la newtoniana186. Frente al experimentum crucis, el método goethiano
consiste en dirigir una serie de experimentos en los que un conjunto de fenómenos,
vistos desde varias perspectivas y manifestándose en distintas condiciones, nos revelen
una conexión subyacente. Entonces —sostiene Goethe—, puede constatarse la unidad
interna de las series de experimentos, como si fueran en realidad uno sólo desde una
multiplicidad de puntos de vista. Una vez más, el objetivo no es tanto formular una
teoría como alcanzar una experiencia “superior” de la unidad subyacente a una
diversidad de percepciones187:
El objetivo supremo sería entender que todo lo fáctico es ya teoría. El azul del cielo nos
revela la ley fundamental del cromatismo. No se busque nada detrás de los fenómenos: ellos
mismos son la teoría.188
3. Análisis y síntesis.
Quien estudia la existencia orgánica
Primero expulsa al alma con rígida persistencia
Después ya puede considerar partes
Y clasificar las partes que quedan en sus manos,
Pero, ¡ay!, el vínculo espiritual se pierde.
GOETHE, Fausto.
Cuando, en Aristóteles, investigamos las consecuencias gnoseológicas de la
forma como principio, advertíamos de la desconfianza que la ciencia contemporánea
había proyectado sobre la distancia entre el sujeto y su objeto de estudio en la
investigación científica. Los objetos dados a escala humana, sospechosos de estar
186
GOETHE: Teoría del color
NAYDLER, J.: notas al Cap.3.1. de Goethe y la ciencia, Cap.5.9., pp.128-129.
188
GOETHE: op.cit., Cap.6.6.
187
125
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
manchados de un antropomorfismo oscurecedor, no son, para el reduccionismo
corporeísta que impregna a gran parte de la ciencia actual, signos de ninguna esencia,
sea ésta separada o inmanente. Al contrario, las cualidades con las que conocemos y nos
relacionamos con la Naturaleza en nuestra diaria cotidianeidad, encuentran su
traducción “objetiva” en la infraestructura de partículas y procesos esencialmente
cuantitativos a la que sólo logra acceder el conocimiento científico especializado. Ya
hemos visto que Kant legitimó filosóficamente esta concepción de la realidad natural al
ver en el método analítico189 la única aplicación que el juicio determinante puede
ejecutar sobre el objeto. En unas notas tituladas “Análisis y síntesis”190, Goethe aborda
específicamente la cuestión del lugar del análisis y la síntesis en el trabajo científico. En
ellas, no se declara en absoluto enemigo de la investigación analítica; acepta la valiosa
contribución de la bioquímica al estudio de los organismos, y probablemente habría
alabado los avances en microbiología del siglo XX, pero no admite que el proceso
formativo de un organismo vivo pueda ser desentrañado exclusivamente mediante
análisis físico-químicos:
Cuando observamos los objetos de la Naturaleza, especialmente los vivos, de tal modo
que deseamos procurarnos acceso a la relación entre su esencia y su acción, creemos
que el mejor modo de alcanzar tal conocimiento es separar las partes, y realmente ese
camino es adecuado para llevarnos muy lejos. Hacen falta pocas palabras para traer a la
memoria de los amigos del conocimiento lo que la química y la anatomía han
contribuido a la comprensión y visión de conjunto de la Naturaleza.191
El problema —objeta Goethe— reside en no ser conscientes de los límites del
análisis, en perder de vista, en definitiva, el objeto que estábamos tratando de explicar:
Pero esos esfuerzos de separación, cuando se prosiguen incesantemente, traen consigo
también algún perjuicio. Sin duda lo vivo está dividido en elementos, pero no se puede
recomponer y reanimar a partir de ellos. Esto vale ya para muchos cuerpos inorgánicos,
y no digamos para los orgánicos.
Por eso los científicos de todos los tiempos se han distinguido por la inclinación a
reconocer las formaciones vivas como tales, a registrar, relacionadas, sus partes visibles
externamente, aprensibles, a tomarlas como indicios de su interior y a dominar en cierto
modo la percepción intuitiva del todo. No hace falta extenderse en explicar lo cerca que
esta pretensión científica está del impulso artístico y del impulso imitativo.
189
Cuando a partir de ahora hablemos de “análisis” nos referimos a su acepción metodológica: el análisis
como la división empírica de un todo en sus partes constituyentes.
190
Escritas en 1829 fueron publicadas a título póstumo por vez primera en 1833.
191
GOETHE: op.cit., Cap.3.4.
126
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
De ahí que a lo largo de la historia del arte, del conocimiento y de la ciencia haya
habido varios intentos de fundar y desarrollar una disciplina a la que podemos llamar
morfología.192
El método analítico ha de ser, para Goethe, el medio a través del cual descubrir
las síntesis erróneas y alcanzar las correctas. En este sentido, el análisis por sí solo es
inútil, a no ser que se acometa dentro del contexto general del establecimiento de una
comprensión sintética del todo: “Lo principal, en lo que parece que no se piensa cuando
se aplica en exclusiva el análisis, es que todo análisis presupone una síntesis.”193
De nuevo, esta alternativa había sido ya contemplada por Kant. Recordemos que
en nuestro epígrafe dedicado a la subordinación de la materia a la forma, la Crítica del
juicio admitía que, en el caso de que la forma del todo gobernase la configuración de lo
fenoménico, la causalidad final tendría, necesariamente, que anteceder a la mecánica.
Luego podrá suponerse que la defensa goethiana de la prioridad epistemológica del
método sintético, sólo puede sostenerse afirmando, previamente, que en la Naturaleza se
produce, en efecto y constantemente, ese doble proceso de análisis y síntesis:
Dividir lo unido, unir lo dividido, es la vida de la Naturaleza; es la eterna sístole y
diástole, la eterna sincrisis y diacrisis, la inspiración y espiración del mundo en el que
vivimos, nos movemos y somos194.
Y que, en esa dialéctica que gobierna la naturaleza orgánica, el todo es siempre,
como también lo fue para Aristóteles, anterior a las partes que lo componen. De modo
que, aunque el trabajo analítico nos ofrece una percepción transparente de los elementos
materiales constituyentes, el objetivo último de la empresa científica ha de situarse en la
percepción de la unidad subyacente que los vincula; una unidad que habrán de expresar,
precisamente, las leyes que comprimimos en las teorías o hipótesis científicas. La
filosofía natural fundamenta, así, su desconfianza en la capacidad de la química de
desentrañar los procesos vitales sin alterarlos:
[L]a química moderna se basa principalmente en separar lo que la Naturaleza había
unido; eliminamos la síntesis de la Naturaleza para conocerla en elementos separados.
¿Qué otra cosa es un ser vivo sino una síntesis superior, y para qué nos
atormentamos con la anatomía, la fisiología y la psicología si no es para formarnos en
192
Ibid.
Op.cit., Cap.3.9.
194
Op.cit., Cap.2.8.
193
127
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
alguna medida un concepto del complejo que resulta siempre, por muchas partes en que
lo hayamos decompuesto?195
La anterioridad ontológica del todo con respecto a las partes, de la síntesis frente
al análisis, se traduce, por tanto, en la prioridad epistemológica de la razón (idea
superior intuitiva y sintética) frente al entendimiento (comprensión analítica ordinaria):
a través de la minuciosa observación de las estructuras y procesos físicos, debería ser
posible alcanzar una percepción más íntima de la fuerza formativa de la que éstos no
son más que manifestaciones.
4. El fenómeno primigenio.
Probablemente, el concepto que mejor expresa la idea de verdad manejada por la
filosofía natural es el del “fenómeno primigenio”, porque su entidad abarca tanto a la
idea como a la experiencia sensorial: aunque se aprehende en esta última, se encuentra
más allá de ella, como una cualidad ideal que informa un fenómeno o grupo de
fenómenos. Especialmente en el caso de la forma orgánica, “[n]ingún ser orgánico se
corresponde por entero con la idea que subyace en él. La idea superior se esconde detrás
de cada uno de ellos.”196 El fenómeno primigenio —dice Goethe— se da cuando un
grupo o secuencia de fenómenos revela una coherencia interna subyacente que es
aprehendida por el intelecto en un momento de comprensión intuitiva. Se trata, por
tanto, no de una “representación” (como creía Kant), sino de una “manifestación” del
ámbito espiritual de los fenómenos observados por los sentidos.
Para Goethe, la aprehensión intuitiva del fenómeno primigenio es un tipo de
experiencia superior al que normalmente alcanzamos en nuestra observación de la
Naturaleza. Es, de hecho, la experiencia más elevada a la que un científico puede
aspirar, pues permite al observador comprender la Naturaleza desde la perspectiva de su
unidad más profunda. La Naturphilosophie amplía, así, los límites que Kant había
impuesto a nuestro conocimiento: “Cuando el fenómeno primigenio nos maravilla, nos
deja satisfechos. No podemos permitirnos una experiencia que vaya más allá de ésta, y
es fútil tratar de encontrarla.” 197
195
Op.cit., Cap.3.9.
Op.cit., Cap.7.11.
197
Op.cit., Cap.7.9.
196
128
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
5. El debate reduccionismo/antirreduccionismo en tiempos de la morfología
idealista.
Podrá imaginarse que, en el marco del debate entre reduccionismo y
antirreduccionismo,
la
filosofía
natural
romántica
sólo
puede
declararse
antirreduccionista tanto en sus compromisos ontológicos como en sus estrategias
cognoscitivas. Al “recuperar” la formulación clásica del problema, al disolver la
frontera entre sujeto y objeto y plantear la dialéctica en términos de fenómenos y
esencias, el postulado de “irreductibilidad” vuelve a ser tanto epistemológico como
ontológico. De ahí que Goethe, para quien la sutil complejidad de la Naturaleza exige de
nosotros la máxima flexibilidad y apertura interiores a sus múltiples fenómenos, juzgue
imposible mantenerse de forma rígida dentro de los límites de una sola forma de
conocimiento. En el marco estrictamente científico, un fenómeno dado puede ser
aprehendido desde diferentes perspectivas que se identifican, a su vez, con toda una
gama de disciplinas distintas pero complementarias. La diferencia entre ellas no radica,
por tanto, en que se dirijan a regiones ontológicas distintas, sino en el grado en el que
emplean las facultades humanas más íntimas de pensamiento, imaginación e intuición
creativa. Para la filosofía natural, cada una de las formas de observación humana tan
sólo es sensible a una dimensión de las múltiples existentes en la Naturaleza. Y cuanto
más amplio sea el conjunto de visiones que adoptemos, tanto más completa será nuestra
percepción y, consecuentemente, nuestra comprensión de ella. No obstante, dada la
subordinación tanto ontológica como epistemológica del análisis a la síntesis, la
topografía que Goethe imagina del panorama disciplinario no es la de una naturaleza
entrecruzada por vías de investigación igualitarias. El cuadro científico que, en general,
nos depara la filosofía natural es el de un árbol jerárquico en el que la Morfología ocupa
el rango más elevado.
129
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
II. Forma y Ontología: la forma de los organismos.
1. Todo y parte.
1.1. El todo como Naturaleza.
La idea de Todo/Parte se bifurca también entre los Naturphilosophen en la doble
vertiente que ya señalamos en Kant. En un sentido muy espinosista, la Naturaleza
aparece, en primer lugar, como una entidad cerrada cuyas partes serían, en realidad,
manifestaciones de una unidad subyacente:
La Naturaleza, por múltiple que pueda ser en sus manifestaciones, es, sin embargo,
siempre una entidad simple, una unidad; y así, aunque se manifieste en una parte, todo
el resto tiene que servir de base para esa parte, y la parte tiene que estar relacionada con
todo el resto198.
Desde una perspectiva más restringida pero inspirada también en el paralelismo
macrocosmos/microcosmos, la teoría de la recapitulación de Oken y Kieser (1806)
consideró al reino animal en su totalidad como un gigantesco organismo cuyas partes
especializadas se hicieron corresponder con cada una de las especies animales.
Este tipo de especulaciones estaba condenado desde el principio a quedar en eso,
en pura especulación. Independientemente del compromiso ontológico que la
morfología idealista entablara explícitamente con la idea de un todo natural, en la
práctica sólo podía funcionar como idea regulativa en el sentido más puramente
kantiano. Hoy la imagen de una naturaleza unitaria y autónoma renace en la literatura
cada vez más abundante sobre Gaia, que en un inesperado resurgimiento del ser
parmenídeo, vuelve a ver en la Tierra entera a un organismo autónomo199. No podemos
dejar de señalar las concomitancias entre este movimiento y el idealismo romántico en
tanto que reacciones desesperadas ante los reduccionismos fisicalistas de sus respectivos
tiempos. No obstante, lo que interesa a los objetivos de nuestro trabajo son los
presupuestos teóricos que subyacen a esta concepción del todo como Naturaleza y que
afectarán también (ahora o más adelante) a la idea de forma en biología.
198
Op.cit., Cap.6.8.
LOVELOCK, J.: Gaia: Una nueva visión de la vida sobre la tierra, 1979. Cit. En LEWIN, R.:
Complejidad. El caos como generador del orden, Tusquets Ed., Barcelona, 2002, p.138.
199
130
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
En primer lugar, la idea del todo como Naturaleza aparece como presupuesto
necesario para sostener la tesis del gradualismo, común a todos los Naturphilosophen:
Emprenda lo que emprenda la Naturaleza, sólo puede hacerlo realidad en una secuencia.
Nunca da un salto. Por ejemplo, no puede producir un caballo si éste no viene precedido
de todos los animales por los que asciende a la estructura del caballo, como por los
peldaños de una escala. Así, cada cosa existe en aras de todas las cosas, y todas en aras
de ella; porque el uno es también el todo. La Naturaleza, a pesar de su aparente
diversidad, siempre es una unidad, un todo; y así, cuando se manifiesta en cualquier
parte de ese todo, el resto tiene que servir de base para esa particular manifestación, y
esta última tiene que tener una relación con el resto del sistema.200
El principio clásico de la continuidad natural, condensado en la fórmula “Natura
non facit saltus”, había sido ampliamente desarrollado por Leibniz201, referencia
obligada en las fuentes filosóficas del idealismo romántico. Al hablar de la conjugación
kantiana entre todo y parte vimos ya que el gradualismo, junto con todos aquellos
principios que querían resumir el modo en el que la Naturaleza se autogobierna, había
quedado reducido a idea regulativa. Lo interesante de la Naturphilosophie es que, al
recuperar la autónoma existencia de la forma orgánica, concreta también la formulación
metafísica de la continuidad natural en el campo biológico. No es otra la tesis que
subyace a la concepción morfológica de los cuerpos naturales, tanto en lo que afecta a la
forma de su unidad como a la forma de las diferencias que los separan. En su acepción
más restringida, el gradualismo se aplica a series determinadas de órganos, subrayando,
como veremos, la dependencia continua entre las partes anatómicas del cuerpo vegetal o
animal. En segundo lugar, la latencia de este principio en el estudio de las diferencias
interespecíficas, explica las construcciones morfológicas de las “escalas naturales”,
donde las formas orgánicas aparecen como modificaciones graduales de otras formas
primigenias, ya sean éstas subyacentes o primeras en el tiempo. En este ámbito, el
gradualismo creó divergencias importantes entre los defensores del “plan de
organización”. Los más extremos, como St. Hilaire, aceptaron un solo organismo
primigenio a partir del cual se derivarían todos los demás por diferencias cuantitativas.
Otros, más apegados a la investigación empírica, como Linneo o Cuvier, postularon un
número mayor de tipos originarios.
200
201
Op.cit., Cap.3.20.
Cfr. «Prefacio» a los Nouveaux essais sur l'entendement humain, 1703-1705.
131
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
En segundo lugar, y a la luz de las implicaciones biológicas que hoy empieza a
demostrar la teoría de los fractales de Mandelbrot202, queremos rescatar la idea
romántica de que la parte contiene al todo. “Para buscar acomodo en el todo —dice
Goethe— hay que aprender a descubrirlo en la más pequeña de sus partes”203. Es en este
sentido en el que hemos de comprender el arquetipo goethiano, a menudo acusado de no
ser más que una traducción del platónico. En realidad, —acabamos de verlo al hablar
del fenómeno primigenio—, no es ni un ancestro común (como lo será en las lecturas
filogenéticas de la forma orgánica) ni un hecho abstracto detrás de la pluralidad, sino la
propia dimensión interna del fenómeno. La pluralidad aparece, así, dentro del uno en
tanto que manifestación suya, y no como un conjunto de partes componentes:
Esta forma concreta de unidad es una y muchas al mismo tiempo, lo cual permite
diversidad dentro de la unidad, mientras que la forma abstracta de la unidad excluye la
diversidad y sólo permite la uniformidad204.
Por último, la idea romántica del todo como Naturaleza anticipa, también, el
concepto de “emergencia”:
[L]a unión también puede producirse en un sentido superior, cuando lo dividido primero
se intensifica y con la unión de sus partes intensificadas produce un tercero, nuevo,
superior e inesperado205.
Ya dijimos en nuestro primer capítulo que la articulación aristotélica de los
diferentes planos en los que la materia se configura demostraba una potencia explicativa
muy superior a la posibilitada por el carácter puramente descriptivo del concepto de
emergencia. Pero no podemos dejar de señalar la recurrencia de las ideas filosóficas que
una y otra vez parecen habérseles impuesto a todos aquellos que han tratado, o bien a la
Naturaleza en general, o bien a los organismos en particular, en términos de todo y
parte.
202
MANDELBROT, B.: Los objetos fractales, Tusquets Ed., Metatemas 13, Barcelona, 2000.
GOETHE, W.: op.cit., Cap.3.17.
204
BORTOFT, H.: «Prólogo» a Goethe y la Ciencia, p.17.
205
GOETHE: op.cit., Cap.3.7.
203
132
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
1.2. El todo como organismo.
Ahondando en el carácter recurrente de las ideas que acabamos de señalar, el
modo en el que la Naturphilosophie define la singularidad del cuerpo orgánico frente a
otros cuerpos, sean naturales o artificiales, se mantiene prácticamente idéntico al de
Aristóteles. Y es que la subordinación interna de las partes conformadoras del todo se
ha convertido en una invocación invariable frente al mecanicismo. Valgan para ilustrar
su permanencia, en este momento histórico, dos citas de Schelling y Goethe:
[N]inguna de sus partes singulares pudo surgir fuera de ese todo, y ese todo a su vez
sólo consiste en la relación de acción recíproca entre sus partes. En cualquier otro
objeto las partes son arbitrarias, sólo están ahí en la medida en que yo parto y divido.
Sólo son reales en los seres organizados; existen sin que yo ponga nada de mi parte,
porque entre ellas y el todo hay una relación objetiva206.
El principal concepto que, me parece a mí, tiene que subyacer en toda observación de
un ser vivo, y del que no debemos apartarnos, es que sea autónomo en sí mismo, que
sus partes guarden una relación necesaria, que nada sea mecánico, por así decirlo
construido y producido desde fuera, aunque las partes actúen hacia fuera y se vean
afectadas desde fuera207.
Vimos que también Kant reconocía honestamente esta singularidad y que fue
ella, precisamente, la que le condujo a la necesidad de postular la posibilidad de un
entendimiento intuitivo. Pero el giro epistemológico ya ejecutado en la Crítica de la
Razón Pura le impidió abordar, por haberse demostrado irrelevante, un análisis de la
relación entre el todo y sus partes algo más minucioso que esa genérica subordinación
de las unas al otro. La filosofía natural alemana, que, como acabamos de demostrar,
recupera para la ontología el problema de la forma orgánica, vuelve a hablar en un
sentido bastante próximo al aristotélico, de partes homogéneas y heterogéneas. En la
terminología goethiana, las partes formales se corresponden con las partes “anatómicas”
y las partes materiales con las “similares”:
Si dividimos a un organismo en sus partes anatómicas, y estas partes a su vez en
aquellas en que se pueden separar, acabamos por llegar a los comienzos que han sido
llamados partes similares. No hablaremos aquí de ellas; más bien llamaremos la
atención sobre una máxima superior del organismo que expresaremos de la siguiente
forma: todo ser vivo no es un individuo, sigue siendo una acumulación de seres vivos
autónomos, iguales en su idea, en su disposición, pero que pueden ser iguales o
206
207
En LEYTE, A: Escritos sobre filosofía de la naturaleza de Schelling, Madrid, Alianza, 1996, p.82
GOETHE, op.cit., Cap.3.15.
133
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
similares, desiguales o disímiles en su apariencia. En parte estos seres ya estaban
originariamente unidos, en parte se encuentran y se reúnen. Se dividen y vuelven a
buscarse y causan así una producción infinita de todas las maneras y en todas las
direcciones208.
Aunque Goethe no desarrolló una ontología como la aristotélica ni un proyecto
de definición de las especies animales de magnitud y precisión lejanamente similares, la
medida que ofrece de la complejidad vegetal o animal demuestra evidentes
concomitancias con la aristotélica:
Cuanto más imperfecta es la criatura, tanto más se asemejan o parecen esas partes, y
tanto más se parecen al todo. Cuanto más perfecta es la criatura, tanto más desiguales
son las partes entre sí. En aquel caso el todo es más o menos igual a las partes, en éste el
todo es distinto de las partes. Cuanto más similares son las partes entre sí, tanto menos
subordinadas están unas a otras. La subordinación de las partes indica una criatura más
perfecta209.
Veíamos que, en Aristóteles, un animal era más perfecto cuantas más diferencias
específicas fueran necesarias para la definición de su esencia. Y puesto que las
diferencias eran siempre diferencias formales concretadas materialmente, no es
arriesgado interpretar que la sugerencia goetheana de medir la perfección en función del
parecido de las partes de un organismo es bastante equiparable.
2. La forma de los organismos.
Identificado el carácter distintivo de los cuerpos orgánicos con la singularidad
irreductible de su morfología, la centuria que media entre las segundas mitades de los
siglos XVIII y XIX aparece recorrida por proyectos de investigación que, desde todos
los frentes, tratarán de definir, primero, la singularidad de la forma orgánica para
explicar, después, el modo en el que ésta da cuenta de las semejanzas y diferencias que
observamos en los reinos animal y vegetal.
Hemos incluido aquí no sólo a los integrantes de la filosofía natural alemana,
sino también a todos aquellos botánicos y zoólogos, mayoritariamente franceses, que les
precedieron en su concepción morfológica del organismo. Hasta ahora no hemos
hablado de ellos porque su trabajo biológico no se corresponde con una reflexión previa
sobre los fundamentos filosóficos de su proceder científico. La mayoría adoptó el
208
209
GOETHE, W.: op.cit., Cap.3.14. La cursiva es nuestra.
Ibid.
134
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
criterio morfológico en su construcción de sistemas clasificatorios de animales o
plantas; y fue la propia praxis biológica la que les condujo a enfrentamientos teóricos
con taxonomías no morfológicas como la linneana que los Naturphilosophen integraron
después en los fundamentos de su filosofía natural. No obstante, veremos que tanto unos
como otros terminaron introduciendo, tanto en la teoría como en la práctica,
consideraciones fisiológicas que acabarían mermando el proyecto originario de la
anatomía comparada.
Hemos visto que tanto en Kant como en los Naturphilosophen la causalidad final
se distingue de todas las demás categorías en que, mediante ella, se afirma un nuevo
tipo de “unidad de lo múltiple” en la que el todo no es ya un conglomerado de partes,
sino su fundamento originario. Y que, mientras en la investigación crítica la “sujeción
formal a un fin” no constituye un nuevo aspecto de los fenómenos, sino la coincidencia
de éstos con los postulados de nuestro entendimiento, en la filosofía natural, la forma
orgánica, en tanto que dimensión interna de la multiplicidad fenoménica, puede ser
aprehendida por la intuición. La única vía crítica de legitimar el estatus científico de la
historia natural consistía en concebir la heterogeneidad en que se nos presentan las
formas naturales como una variedad creada y no dada. Decíamos que esta distinción,
inspirada en el paralelismo conceptual entre el todo geométrico y el todo orgánico,
contenía las dos grandes líneas en las que se bifurcará la interpretación morfológica de
las clases animales y vegetales. Los morfólogos, franceses y alemanes, tratarán de
reducir la diversidad orgánica a un número limitado de tipos morfológicos subyacentes;
la historia natural legitimada por la Crítica investigará la variedad orgánica en tanto que
resultado de una evolución histórica, entendiendo por evolución un proceso mecánico.
2.1. Las formas orgánicas como variedad dada: la afinidad formal como
afinidad geométrica.
2.1.1. La forma como simetría de las partes.
Pyrame de Candolle (1778-1841), estudiado con entusiasmo por los filósofos
naturalistas alemanes, fue uno de los pioneros de los proyectos clasificatorios de los
Naturphilosophen. De Candolle parte de la tesis de que muchos de los órganos animales
no sirven a una función determinada y que su existencia ha de responder, por tanto, a
una ley natural que él cifrará de carácter geométrico:
135
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
[E]n infinidad de casos se ofrecen formas semejantes a las que sirven para una función
determinada; pero no se ejercitan, y la naturaleza parece haber obrado en esos casos,
como en el reino animal, por principio de formación simétrica, produciendo formas
totalmente inútiles... Todas esas son formaciones que sólo podemos explicarnos por la
ley natural 210.
A partir de aquí, De Candolle pretende construir el sistema natural sobre el
conocimiento de los órganos y sus relaciones mutuas, pues “[e]l lugar y posición de las
partes es el punto de vista supremo.”211 En realidad, la reducción de la simetría de las
partes a las relaciones de posición, hace que el contenido morfológico de este sistema
sea bastante pobre. La regularidad de la distribución de los órganos animales a partir de
ciertos ejes de simetría ya había sido advertida por Aristóteles cuando interpretó como
principios naturales el arriba y el abajo, el delante y el detrás, lo derecho y lo izquierdo.
La debilidad de la sistemática de De Candolle reside en que se queda en esto, sin entrar
a valorar la propia morfología de los órganos: siempre que las circunstancias de
posición relativa están reguladas por el mismo plan —dice—, ofrecen los órganos un
lugar de semejanza absoluto, independientemente de su forma particular. Así, en el caso
de las plantas, para cada una de las clases en las que las agrupamos hemos de conocer,
en primer lugar, el plan de simetría, que servirá de base a toda teoría de las afinidades
naturales.
No obstante, hay una novedad destacable en esta singular topografía de las
formas naturales: afirma De Candolle que para poder juzgar un órgano
morfológicamente es preciso investigar tanto su simetría como sus relaciones con otros
órganos o con toda la planta. Y aquí es donde introduce la diferencia fundamental entre
lugar absoluto y lugar relativo. No basta, por ejemplo, saber que, en una especie
vegetal determinada, las anteras se encuentran en la base del fruto (lugar absoluto);
hemos de considerar también si se alternan con las hojas de la corola o son opuestas a
ellas (posición relativa).
La distinción entre posición absoluta y relativa demostrará una fertilidad
importante en los trabajos de la morfología idealista. Sin embargo, la completa
abstracción de todas las modificaciones de las formas orgánicas, acaba comprimiendo a
210
DE CANDOLLE, A.P. y SPRENGEL, K.: Fundamentos de la botánica científica, p.148, cit. en
RADL, E.M.: op.cit., p.299-300.
211
DE CANDOLLE, A.P.: op.cit., p.165. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.300.
136
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
estas últimas en “puntos masa”, revelándose inevitablemente insuficiente como criterio
tanto definitorio como clasificatorio de las diferencias específicas.
2.1.2. La forma como combinación de partes formales.
Los primeros proyectos clasificatorios de tipo morfológico aparecieron en el
campo de la botánica. Bernard de Jussieu, A.L. de Jussieu y Michel Adanson
construyeron sus taxonomías vegetales a partir de la comparación de las partes formales
de distintas especies. Bernard de Jussieu (1699-1776), encargado de la catalogación de
las plantas del jardín botánico de Trianon, fue pionero en la introducción de un sistema
vegetal natural dispuesto conforme a las afinidades anatómicas. Su trabajo clasificatorio
fue difundido y enriquecido posteriormente por su sobrino A.L. de Jussieu (1748-1836),
que se propuso, además, la definición de las familias vegetales a partir de caracteres
ordenados jerárquicamente.
Michel Adanson (1727-1806) enfrentó también la concepción morfológica del
organismo al tipo de descripción linneana. Su método consistió en localizar los órganos
compartidos por diferentes plantas y en tratar después de sistematizar sus
modificaciones particulares. Partiendo de las variaciones de un solo órgano, clasificó
todas las plantas y, a partir de él, estableció las relaciones de afinidad entre ellas.
Repitió el proceso con cada uno de los órganos vegetales y obtuvo, así, una serie de
sistemas que comparó entre sí. En función de la superioridad numérica de los sistemas
en los que las especies se aproximasen, quedaba establecido un grado también mayor de
afinidad.
En el campo zoológico, D’Azyr y St. Hilaire acometieron los esfuerzos más
destacados en la elucidación de las formas animales a partir de sus partes anatómicas.
En su Discurso acerca de la anatomía212, Felix Vicq d’Azyr (1748-1794) desarrolla los
fundamentos teóricos de una biología absolutamente morfológica. Acabamos de
comprobar cómo los botánicos franceses habían recuperado el método comparativo para
la construcción de sistemas naturales fundamentados en la semejanza morfológica entre
los órganos de diferentes especies vegetales. Vicq d’Azyr admite la fertilidad de esta vía
de investigación, pero orienta la anatomía comparada hacia una nueva y reveladora
dirección que vincula el estudio de la forma orgánica con la investigación de la
212
VICG D’AZYR: Discours sur l’anatomie, Oeuvres Y, IV, p.1. Cit. en RADL, E.M.: op.cit.
137
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
diferencia interespecífica: la morfología no sólo tendrá que comparar los órganos
semejantes de diversos animales (la mano del hombre y la pata del caballo), sino
también, partiendo del “principio de la correlación de las formas”, los órganos distintos
pero de estructura análoga que encontramos en una misma especie (la mano y el pie del
hombre).
Recordemos que, al hablar de los órganos sexuales, Aristóteles había advertido
ya que la modificación de ciertas partes formales del cuerpo animal conllevaba la
transformación simultánea de otras partes asociadas a ellas. D’Acyr no se distingue por
la minuciosidad de sus investigaciones empíricas, pero al establecer la subordinación
conceptual entre órganos internos y externos concreta conceptualmente el principio de
dependencia formal: los órganos externos (que sirven sobre todo para la locomoción) y
los internos (necesarios para la nutrición, sensación y reproducción) se corresponden
entre sí y no pueden experimentar cambios esenciales sin que recíprocamente participen
los otros en ellos.
Geoffroy St. Hilaire (1772-1844) hace residir en el plan constructivo de los
animales el principio fundamental de la morfología: cada organismo constituye una
unidad cerrada cuyas partes se encuentran relacionadas regularmente entre sí de manera
que se determinan unas a otras, como los planos de los cristales. Este principio general
se concreta, a su vez, en dos leyes morfológicas particulares: la “afinidad electiva de los
elementos orgánicos”, referida al modo en el que los materiales se ordenan entre sí para
construir un órgano, y la “ley del equilibrio orgánico”, que establece que ninguna parte
del cuerpo logra un desarrollo excesivo sin que otra parte sufra modificaciones
proporcionales. Con ella se recupera el “principio de compensación” aristotélico, según
el cual “siempre la naturaleza frente al exceso de una parte ingenia una ayuda asociada
de la parte contraria, para que una equilibre el exceso de la otra” (PA 652a 31-33).
En la misma línea, sostiene Georges Cuvier (1769-1832) la teoría de la
correlación de las formas:
Todo animal constituye un sistema único, cerrado en sí mismo, en el cual todas las partes
(primero) se hallan atenidas estructuralmente unas a otras y (segundo) cooperan a una
actividad unitaria conjunta del cuerpo, según relaciones regulares. Ninguna parte puede
cambiarse, sin que se cambien las demás, y de este modo cada parte determina a las demás.
138
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
2.1.3. La forma como figura geométrica.
Acabamos de ver en el epígrafe anterior que el principio de correlación de las
formas de Vicg d’Acyr encuentra en St. Hilaire una concreción material interesante.
Lamentablemente, esta preocupación desaparece entre la serie de morfólogos idealistas
que, posteriormente, recuperaron la hipótesis de la afinidad formal ensayada por la
morfología francesa. La composición material del organismo y su relación con la forma
que la delimita no despierta ya interés alguno en biólogos como Bronn, Dutrochet o
Ensenbeck. No obstante, la forma orgánica entendida como forma geométrica, alcanza
aquí su expresión más acabada. Lejos de ver en ella un mero entrecruzamiento de ejes
de simetría, el ideal compartido por esta tríada de biólogos románticos, consistió, como
veremos inmediatamente, en hacer corresponder las partes formales de los organismos
con figuras geométricas.
El proyecto del zoólogo y paleontólogo alemán H.G. Bronn parece una
reexposición del Timeo platónico. Sus Estudios morfológicos213 suponen que los
animales son resultado de una progresiva diferenciación de otras formas más simples:
los mundos del universo están gobernados por la forma esférica; el reino inorgánico
revela sus leyes de simetría en los cuerpos cristalizados; las distintas especies de plantas
no son más que variaciones de la forma ovoide: sus dos polos, representados por la raíz
y la copa, puntualizan los extremos de un eje vertical desde donde se extienden las
ramas en todas las direcciones; finalmente, los animales constituyen una gradación
jerárquica de diferenciación morfológica: la base inferior de la pirámide la ocupan los
organismos sin forma fija (amorfozoos), el tronco los animales radiados y la cúspide los
bilaterales, simétricos en relación a la derecha y la izquierda pero asimétricos delante y
detrás, arriba y abajo.
Con un espíritu similar al de Bronn, Dutrochet214 enseñaba en Francia que las
plantas más sencillas (celulares) tenían forma esférica; las más desarrolladas, provistas
de raíz y tallo, serían bipolares con sección homogénea circular (monocotiledóneas) o
radiada (dicotiledóneas). En las formas inferiores de los animales, reinaría también el
círculo; en las superiores, la polaridad.
213
BRONN, H.G.: Estudios morfológicos referentes a los seres naturales en general y a los orgánicos en
particular, Leipzig y Heidelberg, 1858. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.22.
214
DUTROCHET: Memoria de la Academia de Ciencias de París, 1819. Cit. en RADL, E.M.: op.cit.,
T.II, p.22.
139
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Fue el botánico alemán Nees V. Ensenbeck215 quien llevó a su punto culminante
la concepción geométrica de la naturaleza orgánica; su Doctrina morfológica general de
la naturaleza, publicada en 1852, está dedicada a la reducción de las formas orgánicas,
particularmente vegetales, a esquemas geométricos que siguen el orden de los
Elementos euclidianos. Su búsqueda del punto, de la línea, del plano, y, finalmente, de
las formas de los volúmenes, se convierte en un escudriñamiento artificioso que revela
la impotencia de la matemática clásica para dar cuenta de la flexibilidad de las formas
naturales.
2.1.4. La forma como “morfotipo”.
De entre todos los morfólogos franceses, St. Hilaire puede considerarse el
representante más paradigmático de una filosofía natural francesa. Si no lo hemos
incluido al hablar de los presupuestos teóricos de la morfología idealista es porque,
como él mismo reconoce, sus especulaciones biológicas no se fundamentan en una
previa reflexión filosófica fundamental216. De todos modos, aún ciñéndonos a las ideas
que se desprenden de sus reflexiones biológicas, la diferencia más notable con respecto
a la filosofía natural alemana reside en la ausencia del concepto de tendencia217.
Mientras que St. Hilaire concibe a las formas orgánicas como figuras geométricas, para
los morfólogos idealistas la naturaleza tiende a asumir formas determinadas y a pasar de
unas formas a otras. De este modo, queda introducido un elemento dinámico
prácticamente ausente en los proyectos morfológicos de la biología que precedió e
inspiró a los Naturphilosphen. Con el tiempo, este elemento dinámico acabó
identificándose con la función, menoscabando, así, el sentido originario de la
morfología. Aunque por motivos de orden mucho más pragmático, esto les había
sucedido ya a muchos de los morfólogos franceses. A falta de instrumentos matemáticos
adecuados, la concepción exclusivamente fisiológica del reino animal parecía
inevitable.
a) La teoría espiral de las plantas.
215
ENSENBECK, N.V.: Doctrina morfológica general de la naturaleza, 1852. Cit. en RADL, E.M.,
op.cit., p.22.
216
ST. HILAIRE: Fragments sur la Nature, Courtint-Encyclopédie moderne, 1829. Cit. en RADL, E.M.:
op.cit., p.326.
217
Cfr. RADL, E.M.: op.cit., p.326.
140
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La concepción dinámica de la forma orgánica encuentra su expresión más
acabada en la teoría espiral de las plantas. Frente al carácter estático de las figuras
geométricas euclidianas, la forma espiral, aplicada no ya a la morfología de la planta
adulta sino al crecimiento de las hojas a lo largo de su vida entera, recoge ese sentido
aristotélico del cuerpo orgánico como un permanente “estar siendo”. Desde antiguo, se
había observado que las hojas de muchas plantas crecían en el tallo siguiendo una
espiral. Bonnet fue el primer naturalista en describirla, pero es Goethe, en «Sobre la
tendencia espiral de la vegetación», quien procura demostrar de manera más estricta
que, al crecer, los vegetales siguen en parte la tendencia vertical y en parte la espiral. En
sus «Notas preliminares para una fisiología de las plantas», Goethe aboga por una
fisiología basada en una mejor comprensión de las bases físico-químicas de la vida. Esta
investigación no agota, sin embargo, la entidad de un ser vivo. Es preciso considerar “el
todo en tanto que vive y actúa y esta vida se somete a una fuerza espiritual”. Y aquí es
donde interviene la teoría espiral de la vegetación: la tendencia vertical se revela en el
crecimiento rápido hacia arriba; la espiralidad, tanto en los pequeños órganos de las
plantas (los vasos espirales), como en la disposición del cuerpo entero, en el orden de
las hojas florales, en el botón, o en el modo en el que se arrolla el tallo a los soportes
fijos.
Los botánicos Karl. B. Schimper (1803-1867) y A. Braun concibieron todavía
más concretamente la idea de la espiralidad, demostrando que la disposición de las hojas
sobre el tallo podía ser expresada matemáticamente. En el contexto más amplio del
romanticismo alemán, este tipo de hallazgos provocó especulaciones poéticas de lo más
arriesgadas. Entre otros, Leising afirmó que aquella expresión matemática representaba
un caso especial de la ley de la sección áurea y que, por consiguiente, el cuerpo vegetal,
como toda creación artística, estaba construido conforme a las leyes estéticas.
El peligro que amenazaba a la vinculación romántica entre Arte y Naturaleza ya
había sido advertido por Kant:
Pero si queremos desde las formas de los objetos de la experiencia, es decir, de abajo a
arriba (a posteriori), ya que en ellas creemos encontrar finalidad, apelar para explicarlas
a una causa que efectúa según fines, entonces explicaremos tautológicamente y
engañaremos a la razón con palabras; esto sin contar que allí donde, con ese modo de
explicar nos perdemos en lo transcendente, en regiones donde el conocimiento de la
141
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
naturaleza no nos puede seguir, la razón es llevada a exaltarse poéticamente, cosa que
tiene que evitar, porque evitarlo es su determinación principal (KU, § 77)218
Pero independientemente del descrédito que sus aplicaciones estéticas acabaron
infundiendo a la teoría espiral, su fracaso se explica también en virtud de razones
puramente internas: sólo por aberraciones pudo aplicarse a las hojas envainadoras y
abrazadoras y, además, consideraba tan sólo la forma de la planta adulta, sin tener en
cuenta su desarrollo embrionario. En 1868, encarnando ese giro hacia el mecanicismo
que orientó desde entonces a la ciencia biológica, W. Hofmeister trató de reemplazar la
teoría morfológica del crecimiento vegetal por una explicación exclusivamente
mecánica. En 1878, S. Schwendener llevaba esta investigación hasta sus últimas
consecuencias.
b) El plan de organización: una cristalografía de los animales.
Acabamos de ver cómo el paralelismo conceptual entre las formas geométricas y
las formas animales fue interpretado por la morfología idealista en un sentido sincrónico
y no diacrónico, como hiciera Kant. Lo mismo puede decirse de la comparación entre el
modo de construcción de los cristales y la organización de los cuerpos orgánicos,
analogía predilecta entre los fundadores de la morfología: del mismo modo que existe
una relación genética entre las formas de los diversos cristales de un sistema
cristalográfico, debía haber también un parentesco morfológico entre los diferentes
animales y plantas:
La historia de la morfología animal demuestra una especie de parentesco genético, en el
sentido de que vienen a la vida en la sucesión correlativa de su perfección; no se trata de
un parentesco de consanguinidad directo por herencia, como se ha supuesto sobre la
base de falsas interpretaciones de los resultados de la historia evolutiva, sino de un
parentesco de las formas, análogo al que existe entre los diversos cristales de un mismo
sistema cristalográfico, entre sí combinados, un parentesco morfológico basado sobre
diferentes maneras de emplear elementos del mismo valor.219
En el ámbito metodológico, esta analogía se tradujo en la defensa de la anatomía
comparada: así como en la cristalografía se reducen los caracteres morfológicos del
cristal a un esquema, ejes y planos de simetría obtenidos por comparación, de igual
218
La cursiva es nuestra.
RÜTIMEYER, L.: Morfología e Historia del esqueleto de los vertebrados, 1856. En Obras menores, I,
p.58. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.22.
219
142
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
modo se propuso aquella morfología hallar para cada género y especie su esquema a
través de la “anatomía comparada”.
Fue Kant quien advirtió primero ese paralelismo entre un cristal y un cuerpo
orgánico, alertando, también, de la fertilidad del método comparativo. Pero el proyecto
al que orientó este proceder fue muy distinto al de la Naturphilosphie. Ya dijimos que
mientras ésta veía en la afinidad formal de los órganos animales una forma organizadora
subyacente, el carácter primitivo de la forma originaria que persiguió Kant no lo era en
un sentido esencial sino histórico.
La filosofía natural orientó la anatomía comparada a la búsqueda incesante del
“plan de organización” que había de subyacer a la multiplicidad orgánica. No era ésta
una hipótesis novedosa. Maupertius había sostenido ya que los organismos habían sido
creados como una serie ininterrumpida de formas cuya jerarquía había sido, sin
embargo, sustraída a nuestro conocimiento por la desaparición histórica de numerosas
formas de tránsito220. Robinet, de la escuela de Leibnitz, discutía en 1761 esta opinión:
Las inteligencias más claras señalan que todos los seres son del mismo grado, no
existiendo diferencias esenciales entre ellos, y que no hay más que un prototipo para
todos los seres, y los seres son variaciones diferenciadas de dicho prototipo221.
Pero tanto Maupertuis como Robinet tenían la común convicción de que los
organismos representan una jerarquía ininterrumpida, independientemente de que hoy
se nos mostrase más o menos completa.
Si, en este sentido, nos interesa la morfología romántica es porque trató de
demostrar el presupuesto filosófico de la continuidad natural en su praxis biológica. En
1784, Goethe descubría el hueso intermaxilar en la mandíbula humana, cuya existencia
se había negado hasta entonces. Fue un hallazgo revelador, pues la existencia de un
modelo anatómico básico compartido por los seres humanos y todos los demás animales
superiores autorizaba la creencia de la filosofía natural en la unidad subyacente a la
Naturaleza.
Por otro lado, la idea de “plan” está profundamente conectada con la idea
romántica de la forma como forma dinámica que analizamos al distinguir entre Gestalt
y Bildung. Veíamos que al percibir el desarrollo vivo de los organismos como dotado de
una coherencia global, la morfología idealista exigía dirigir la investigación de la
220
221
MAUPERTUIS: Obras, I, pp.72-74. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.38.
ROBINET: Obras, IV, pp.1-2. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.38.
143
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Naturaleza hacia un principio ordenador que no podía ser aprehendido por el tipo de
análisis minucioso que caracteriza a la moderna metodología biológica. En el ámbito
restringido de la forma orgánica, Goethe acuña el término “morfotipo” para nombrar a
esa “fuerza espiritual” que ni es reducible a las partes físicas constitutivas de un
organismo, ni puede ser identificada con ningún estadio particular de su desarrollo. El
morfotipo es tanto lo que organiza a las partes constitutivas de un organismo en una
unidad que funciona armoniosamente, como aquello que guía su desarrollo para que sus
diferentes manifestaciones en el tiempo sean expresión de esta misma unidad
subyacente. Éste es el carácter de las “formas primigenias” en las que los botánicos y
zoólogos de los siglos XVIII y XIX cifrarán el “plan de organización” de la Naturaleza.
Vicq d’Azyr es uno de los pioneros de la teoría del plan de organización. A
partir de evidencias como la clavícula rudimentaria de muchos mamíferos, establece que
“[l]a naturaleza parece haber impreso en todos los seres dos caracteres de ningún modo
contradictorios: el de la constancia del tipo y el de la variabilidad en las modificaciones
del último”222.
En una línea similar, en St. Hilaire la forma de la diferencia interorgánica se
inspira en las teorías evolucionistas que en el ámbito de la ontogénesis se sostuvieron en
el siglo XVII. Según Ch. Bonnet, los estadios embrionarios de todos los animales sólo
se diferencian, en realidad, por el crecimiento desigual de elementos idénticos. Del
mismo modo —dirá St. Hilaire—, todas las formas animales desarrolladas son, en
esencia, una y la misma forma, que también por crecimiento desigual de los elementos
produce la multiplicidad del reino orgánico:
[Estos hechos] me han llevado al convencimiento de que los gérmenes para todos los
órganos que pueden observarse, por ejemplo, en diversas familias de los que respiran
por pulmones, existan en general en todas las especies animales, y que la causa de la
variabilidad infinita de las formas..., y del gran número de órganos mal desarrollados o
totalmente obliterados ha de buscarse en el desarrollo relativamente más fuerte de otros
órganos, los cuales se desarrollan a costa de los órganos vecinos223.
Al igual que vimos con la forma del organismo, St. Hilaire establece dos leyes
biológicas para explicar la multiplicidad efectiva de las morfologías vegetales y
animales: el “principio de las partes análogas” y el “principio de las conexiones”. En el
222
VICG D’AZYR: Oeuvres, IV, p.315, Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.303.
ST. HILAIRE.: Exposition d’un plan d’experiènces, 1800. Cit. en GEOFFROY, I.: Vie d’Èt. Geoffroy,
p.137. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.I, p.319.
223
144
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
“principio de las partes análogas” St. Hilaire reconoce una “ley” ya contemplada por
Aristóteles, que, no obstante, ha de ser entendida en su acepción más amplia: no sólo la
forma de los órganos, considerada en general, es análoga a todos los animales; las partes
constitutivas de cada órgano son también idénticas en las formas análogas: “la sospecha
de que en toda familia hemos de hallar siempre todos los materiales orgánicos que
observamos en otra, es lo que, en el transcurso de mi trabajo, he llamado teoría de las
análogas”224. El “principio de las conexiones” concreta el principio más general de la
analogía y tiene mucho que ver con la idea de forma como distribución geométrica que
veíamos en De Candolle. A través de él, St. Hilaire concibe la analogía en el sentido de
que en las partes análogas los elementos materiales constitutivos tienen la misma
distribución espacial. Por tanto, la semejanza entre dos formas consiste en la identidad
de sus partes constitutivas, que ocuparán en ambos casos la misma posición.
Si todos los animales poseen los mismos elementos y en el mismo número, y si
en todos ocupan la misma posición relativa, resulta, entonces, que en el mundo no existe
más que un animal y que la pluralidad de las formas se produce tan sólo por la atrofia
(cuantitativa) de algunas partes componentes; luego no existen diferencias cualitativas
entre los organismos:
Por consiguiente, resultan todas las formas en cada clase de animales, por mucho que
varíen, fundamentalmente de órganos que son comunes a todos; la naturaleza no quiere
crear otros nuevos. Así pues, todas las modificaciones esenciales entre las familias de
una clase proceden de distinta disposición, complicación o modificación de los mismos
órganos225.
Ya vimos al hablar de la forma orgánica en St. Hilaire que su biología es
puramente morfológica. El órgano —dice— se nos impone como lo primariamente
dado, y no puede adivinarse por la función que desempeña:
Atengámonos a la descripción de lo que está dado; no hablemos de las funciones antes
de haber visto o antes de haber buscado por medio de qué órganos se realizan. Todo ser
salió de manos del Creador con condiciones materiales dadas; rinde todo lo que le fue
dado rendir desde el principio; aplica sus órganos conforme a su capacidad de
rendimiento226.
224
ST. HILAIRE.: Phil.anat., p.32. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.I, p.320.
Op.cit., p.135. Cit. en p.319.
226
Op.cit., p.341. Cit. en p.323.
225
145
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
También el anatomista inglés Richard Owen (1804-1892) reconoció la
semejanza formal entre los órganos de distintos animales, pero precisó con mayor
minuciosidad la general constatación de la “homología orgánica”. Dentro de ella,
distinguió entre homología especial, que consiste en cierta semejanza de los órganos de
animales distintos (la pata del caballo y la de un pájaro); homología general, referida a
la relación de un órgano con tipo general (la mano del hombre es la extremidad
delantera de los mamíferos) y los homotipos, que repiten el mismo plan sobre el mismo
individuo, como los segmentos de los anélidos o las extremidades torácicas y
abdominales de los vertebrados.
Cuvier fue el representante más célebre de la teoría de la unidad en el plan
estructural. Ahondando en ese paralelismo entre un sistema geométrico y el sistema
animal, afirma que, al igual que toda figura regular, toda especie animal está formada
según un plan particular que varía de una especie a otra. Así como los individuos de la
especie, también todas las especies de un género tienen un plan común referido a su
estructura; y, de la misma manera, los géneros de un orden y los órdenes de una clase.
Partiendo de este principio, Cuvier postula cuatro planes estructurales de organización,
independientes e irreductibles para los vertebrados, los moluscos, los articulados y los
radiados.
Pero la aportación más interesante de Cuvier reside en la elaborada conexión que
establece entre su concepción de la morfología del organismo y su teoría sobre la forma
de las diferencias animales; a la unidad del plan estructural, añade Cuvier el criterio de
la “subordinación de los caracteres”, y lo convierte en base fundamental de su
sistemática. Se trata, en primer lugar, de una taxonomía jerárquica: los rasgos de menor
importancia son aquellos que sólo pertenecen a círculos menores de formas animales;
los caracteres más elevados en esta otra pirámide de las formas orgánicas se
corresponden, por el contrario, con aquellos que demuestren una mayor generalidad en
el reino animal.
Hasta aquí, el sistema clasificatorio es, conceptualmente, muy similar al
linneano. Pero Cuvier añade una novedad importante; en su taxonomía, adquieren un
valor también distinto las correlaciones entre los caracteres orgánicos. Existen, para
Cuvier, correlaciones formales más o menos generales, y cuanto más general sea una
correlación, tanto mayor valor poseerá para la clasificación. El valor de la correlación
es, por lo tanto, una medida para la importancia sistemática de una propiedad, de modo
que, en función de que la subordinación formal de unos rasgos a otros sea más o menos
146
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
intensa, podemos determinar la pertenencia de un carácter orgánico a la clase, el género,
la especie o el individuo. Así, las variaciones en la formación de los dientes conllevan
cambios radicales en la estructura de los animales. El tipo de correlación que se
establece entre la dentición y otras propiedades del cuerpo, nos permite definir los
géneros, las especies y otros grupos menores. Para el establecimiento de grupos
mayores, existen otras partes anatómicas cuya transformación implica transformaciones
mucho más drásticas. Es el caso de la médula espinal, cuya presencia o ausencia
caracteriza a los vertebrados frente a los invertebrados. La relación morfológica entre la
médula espinal y el resto de propiedades orgánicas es tan fija que apenas es influida por
las variaciones de las demás partes del cuerpo; la dentadura, por ejemplo, puede variar
dentro de límites muy amplios sin que la médula espinal sea fuertemente influida por
ello; incluso puede faltar, como en las ballenas, pero la médula permanece invariable.
Sin embargo, si varía la médula espinal en su estructura, entonces aparecen fuertes
cambios en la dentadura que caracteriza a las distintas clases de vertebrados; y si falta,
entonces cambia tan radicalmente la estructura del cuerpo, que ya no es posible pensar
siquiera en la presencia de dentición, como ocurre en los animales invertebrados.
Las propiedades que en Cuvier caracterizan a los tipos, las clases, los órdenes,
los géneros y las especies, no son, pues, propiedades fijas que puedan determinarse
apriorísticamente; sólo por el estudio comparativo y por el experimento —insiste
Cuvier—, se llega al conocimiento de la importancia de una parte del cuerpo. No son,
tampoco, rasgos diferenciales independientes cuyo entrecruzamiento genere los
distintos grupos animales. La concepción del organismo como un todo cuyas partes
formales se subordinan las unas a las otras en esa unidad que las acoge y que es, al
mismo tiempo, su resultado, vale también para la clasificación del reino animal.
2.2. Las formas orgánicas como variedad construida: la afinidad formal
como afinidad genética.
Aquí tiene el arqueólogo de la naturaleza plena libertad para hacer surgir de las trazas
conservadas de sus más antiguas revoluciones, según todo el mecanismo, conocido o
verosímil, de la misma, aquella gran familia de criaturas (pues así deberá uno
representársela, si ha detener fundamento la afinidad citada en general conexión). Puede
hacer surgir del seno maternal de la tierra, que acababa de salir de su estado caótico (por
decirlo así, como un gran animal), primero, criaturas de forma menos final; de éstas, a
su vez, otras que se formaron más adecuadamente a su lugar de producción y a sus
relaciones unas con otras, hasta que esa madre creadora misma, endurecida, se haya
osificado, haya limitado sus partos a determinadas especies, ya en adelante no
147
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
diferenciables, y la diversidad permanezca tal y como se había repartido al fin de la
operación de esa fructuosa fuerza de formación (KU, § 80).
Este breve ensayo, que hoy muchos interpretan como una genial intuición del
evolucionismo actual es considerado por su propio ejecutor como “una audaz aventura
de la razón” frustrada, en gran parte, por la ausencia de datos paleontológicos
suficientes que nos permitan reconstruir con rigor científico una historia semejante. Luis
Agassiz fue uno de los primeros zoólogos en tener en cuenta a los animales extinguidos.
Reinterpretando la teoría de Cuvier a la luz de la filogénesis, cree que aquellos mismos
cuatro tipos fueron puestos por Dios en el momento de la Creación. A partir de ellos,
nacieron nuevas formas que expresan con progresiva claridad el plan que ya existía
desde el principio de los tiempos. Así, los tipos embrionarios y los tipos proféticos que
nos deparan los fósiles representan un presagio, una cierta indicación de lo que el
futuro deberá traer. Otras veces, como es el caso de los tipos hipoembrionarios, se
desarrolla de manera extraordinaria en el cuerpo de un animal un órgano, como el cuello
de la jirafa, que en otros animales existe menos pronunciado227.
El engarce natural del evolucionismo de Agassiz con la morfología idealista,
evidencia que el problema de la forma de las clases animales no se dirime en el terreno
del enfrentamiento entre creacionismo y transformacionismo. Como ya señalamos al
discutir el eternalismo aristotélico, el hecho de que la existencia se considere dada o
creada resulta aquí hasta cierto punto indiferente. Las interpretaciones de las formas
originarias como “morfotipos” o como embriones realmente existentes en un tiempo
remoto, implican, naturalmente, concepciones muy distintas de la forma de la diferencia
interorgánica. Pero, desde cualquiera de los dos enfoques, mientras la definición de las
clases animales se haga depender de su morfología, las propiedades que las caracterizan
residen en esta última, como cuando diferenciamos la elipse, la hipérbola y la parábola,
que determinamos por su regla de construcción. De ahí que el origen filogenético de las
especies no fuera interpretado como una amenaza para la morfología, sino que, al
contrario, zoólogos como Agassiz sometiesen el plan organizativo al decurso temporal.
227
Como advierte Radl, la lucha de Agassiz contra el transformacionismo y la inmediata irrupción de
Darwin en el panorama biológico de la época, ha oscurecido la importancia de esta figura. Agassiz
advirtió que la concepción exclusivamente anatómica del ser vivo no era suficiente. Llamó la atención
sobre el hecho de que las especies afines no sólo se parecen en la forma de su cuerpo, sino que tienen
también locomoción, costumbres e incluso voces parecidas. E insistió en que para una clasificación
natural del reino animal no ha de tenerse sólo en cuenta el criterio morfológico, sino también la
embriología, la paleontología, la fisiología y la difusión geográfica. Cfr. RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.41.
148
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La gran alternativa al esencialismo morfologista consistirá en considerar que los
caracteres que determinan la especie están dados ya por el mundo exterior en el sentido
en el que lo están los contornos de las islas, modelados por la erosión del mar o las
desembocaduras de los ríos. En este caso, es inútil buscar reglas por las cuales está
formada la especie; tan sólo habrán de investigarse las causas. Pues bien, en este tránsito
juega un papel decisivo la introducción de consideraciones fisiológicas en el estudio de
los organismos: si la función se antepone a la forma, la dilucidación de las estructuras
corporales vendrá dada tan sólo por los cambios que se produzcan en el medio externo.
De ahí que sea precisamente en este punto, en la elucidación de la causalidad que
explica los cambios morfológicos en el tiempo, donde Agassiz se enfrente al
transformacionismo lamarckiano. Su objeción consiste en que, por diferentes que sean
los animales y sus modos de vida, conservan una unidad de plan: desde el Polo hasta el
Ecuador, todas las aves y todos los peces están constituidos análogamente, pudiéndose
perseguir las homologías hasta detalles tan ínfimos como las plumas o las escamas que
los recubren.
3. Forma y función.
A pesar de figuras como la de St. Hilaire, la mayoría de los morfólogos
franceses sólo en sus declaraciones de principios permaneció fiel a la investigación
morfológica. En la praxis clasificatoria, sin embargo, la fisiología acabó imponiéndose
como criterio principal. En el desarrollo de su sistema vegetal, De Candolle aplicó la
metodología morfologista cuando determinó los pequeños círculos de afinidad, pero al
establecer las divisiones mayores y supremas del reino vegetal, terminó guiándose por
notas fisiológicas228. Es también el caso de Vicq d’Azyr, que a pesar de sus
convicciones morfologistas, acabó identificando los principios clasificatorios con las
funciones animales (cambios de materia, locomoción y sensibilidad).
Pero la introducción de consideraciones fisiológicas en la investigación de los
organismos vivos no fue sólo un recurso ad hoc obligado por la praxis clasificatoria.
También desde un punto de vista teórico, la mayoría de los morfólogos franceses y
alemanes acabó hablando de la función de los órganos. Establecida la semejanza formal
entre los órganos animales y vegetales, la pregunta por la causa de la semejanza les
228
SACHS, J.: Gesch. d. Bot., pp.137 y ss. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., p.301.
149
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
condujo a distinguir entre lo que de una manera genérica podríamos denominar causas
formales y causas funcionales. Cuvier229, Lamarck230, Blainville231, W.S. Mc. Leay232 y
el propio Goethe233 señalaron con terminología distinta esta diferencia, aunque la
distinción de Owen entre órganos análogos y homólogos fue probablemente la más
precisa: comparando las estructuras de los animales y las estructuras de algunas de sus
partes, distingue entre órganos análogos y homólogos: los análogos son los órganos de
morfología distinta que, sin embargo, desempeñan la misma función en diferentes
especies animales. Así sucede, por ejemplo, con las alas de la mariposa, de los
murciélagos y de los pájaros; los homólogos son aquellos de estructura interna
semejante, independientemente de que su función sea o no análoga.
Inmerso en el marco teórico de la morfología idealista, Owen no prestó
demasiada atención a la analogía y centró su investigación en la homología orgánica,
como comprobamos en el epígrafe destinado a la subordinación formal de los órganos
animales. En general, la distinción entre causas externas e internas constituye un indicio
de una tendencia que al principio fue ajena a los Naturphilosophen: la prevalencia del
criterio funcional sobre el morfológico a la hora de clasificar y comprender la forma de
los seres vivos. La gran debilidad de la filosofía natural en su incorporación de la
fisiología al estudio de la forma orgánica, radicó en su incapacidad para articular forma
y función en un sentido parecido al que lo hiciera Aristóteles.
La recuperación del principio aristotélico que subordina el órgano a la función,
se gestó en el mismo campo anatómico. Aunque, en muchos casos, su exploración
continuó limitada a la descripción topográfica, anatomistas como Albrecht von Haller
(1708-1777) o John Hunter (1728-1793) reivindicaron ya en el siglo XVIII el estudio
simultáneo de la morfología y la fisiología de los organismos. Su vinculación, como en
229
CUVIER, G.: Anatomie comparée, tomo I, p.38. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., pp.306-307.
LAMARCK: Historia Natural de los animales sin vértebras l, p.287. Cit. en RADL, E.M.: op.cit.,
T.II, p.31. Lamarck se refiere a esta diferencia distinguiendo entre causas “internas” y “externas”.
231
BLAINVILLE, H.: Osteografía, París, 1839. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.31. Blainville exigía
que los animales fuesen clasificados por sus propiedades morfológicas, pero admitía que las escalas
resultantes se hallarían interrumpidas por “anomalías” en aquellos casos en los que un animal estuviese
destinado a un género de vida muy particular.
232
Leay llamó a la semejanza debida a causas internas “afinidad” y “analogía” a la que obedece a causas
externas.
233
En el «Ensayo de una teoría general de la comparación», dictado en 1790 y publicado póstumamente,
Goethe estudia la interacción entre las influencias del entorno y los factores intrínsecos de un organismo a
la hora de establecer la estructura y forma característica que adopta una criatura: todo organismo existe en
una interrelación dinámica con su entorno, pero existe también un principio ordenador, una especie de
arquetipo espiritual irreducible al análisis físico-químico, dentro de cada criatura. Cfr. GOETHE, W.: Die
Schriften zur Nautrwisenshaft, ed. por G. SMITH et alii, en Aufträge der Deutschen Akademie der
Naturforscher. Leopoldina, Weimar, 1947, I.10.118-22. Cit. en GOETHE, W.: op.cit.
230
150
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Aristóteles, se hacía depender de la idea de fin: “Los medios, o sea los órganos, y por
consiguiente el objeto de la anatomía, se ajustaban a los fines, cuya determinación era la
diaria tarea y el gran objetivo de la fisiología”234. En el siglo XIX, ambas disciplinas
eran ya perspectivas indisociables para la anatomía:
Las dos ciencias se hicieron virtualmente sinónimas: el análisis del organismo vivo iba
a guiar las investigaciones de muchos estudiantes de la estructura orgánica del siglo
XIX. Como parte central de esa doctrina, estaba la noción de que se examinen las partes
del cuerpo como anatomista, pero se comprendan como fisiólogo. El conocimiento de la
estructura, obtenido por observación superficial, disección y aun vivisección, adquiría
significado sólo si se especificaba el “propósito” de las partes235.
Fue Georges Cuvier quien consumó esa adecuación definitiva entre forma y
función, convencido de que las partes anatómicas y sus funciones respectivas
constituyen una unidad cerrada cuyo vínculo había de ser expresado por una ley. Y esa
ligazón entre las causalidades formal y funcional depende, una vez más, de la que
Cuvier denomina “finalidad estática”: el carácter teleológico de un ser vivo, aunque en
ciertos casos puede descubrirse en cada una de sus partes anatómicas, encuentra su
verdadera expresión en la totalidad del cuerpo orgánico: la unidad en que se hallan
unidas las partes del organismo es el fin del organismo; y puesto que todo ser vivo está
inmerso en una relación determinada con su medio ambiente, su estructura y su función
están también acomodadas a un fin, adaptadas precisamente a esas condiciones.
Cuvier fue el primero de los morfólogos en distinguir entre causalidad formal y
causalidad funcional en la elucidación de la estructura de las partes anatómicas de un
organismo: la forma de algunos órganos, como los colmillos afilados de los
depredadores, depende del modo de vivir del animal; la razón de la estructura de otras
partes anatómicas, como las pezuñas dobles de los rumiantes, reside, sin embargo, en su
organización interna. Pero, además, a partir de la causalidad funcional, Cuvier es capaz
de explicar, desde una doble perspectiva, el principio de la correlación formal que otros
biólogos habían interpretado como puramente morfológico. En primer lugar, Cuvier
establece correlaciones entre estructuras y funciones determinadas: los órganos,
entendidos como unidades elementales morfológicas, tienen asociados ciertos planes
estructurales; la mano, por ejemplo, considerada como instrumento del que se vale el
cuerpo, es un órgano; la extremidad anterior, que representa un plan estructural para
234
235
COLEMAN, W.: op.cit., p.38.
Op.cit., pp.37-38.
151
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
diversos instrumentos como la mano, la pata delantera o el ala, ha de concebirse como
un elemento exclusivamente morfológico. En segundo lugar, y partiendo de su
concepción holista del organismo, Cuvier investiga las relaciones entre todos los
órganos y todas las funciones del cuerpo: precisamente porque unos y otras se
encuentran en equilibrio en el todo que vive, la modificación o ausencia de una parte del
cuerpo perturba el plan de la forma. Así, si el tubo digestivo de un animal se halla
dispuesto para la alimentación cárnica, su estructura dental deberá servir al corte de la
carne, sus órganos motores a la aprehensión de la presa, el cerebro al instinto de
desatarla... Luego conociendo la vida de un animal —dice Cuvier—, podemos deducir
ciertos aspectos de su organización. Ahora bien, si en el caso de un animal carnívoro se
puede deducir fácilmente la estructura a partir del género de vida, en otros casos, como
decíamos, resulta imposible. No podemos, por ejemplo, partiendo de sus funciones
vitales, reconocer por qué todos los rumiantes tienen dos pezuñas o por qué sólo este
orden animal está dotado de cuernos. Aquí no es la función, sino la relación formal
entre distintas partes anatómicas, la que habrá de iluminar la estructura de ciertos
órganos. Y, dado que éstas y otras parecidas relaciones “interorgánicas” son constantes,
habrán de tener una razón suficiente que sólo la experiencia podrá proporcionarnos. De
ella aprendemos, por ejemplo, que la dentadura y la estructura del pie de los animales
que tienen pezuñas pero que no son rumiantes es mucho más compleja que la de
aquellos que sí los son. Si, mediante este método, lográsemos comprender la relación
completa entre las estructuras y las funciones orgánicas, entonces —concluye Cuvier—
seríamos capaces de reconstruir el animal completo con sólo conocer uno de sus
órganos.
Al hablar de la forma como forma geométrica vimos ya que Cuvier, con su
teoría de los cuatro tipos, era también defensor de la unidad del plan estructural común a
toda la morfología idealista. El criterio formal aparecía, por tanto, como prioritario para
la clasificación de los animales. Sin embargo, la conjugación entre estructura y función
que postula en su concepción de la forma orgánica, afecta también a sus trabajos sobre
la forma de la diferencia interespecífica. Así, los grupos supremos en los que organiza a
los animales están fundamentados fisiológicamente: partiendo del principio de que la
construcción del cuerpo se halla dominada, en general, por órganos de mayor
importancia funcional, el sistema nervioso, que concentra la unidad sensible del animal,
se le impone como órgano supremo; le siguen los órganos de la respiración y la
circulación, responsables de la vida material, y, por último, los órganos digestivos,
152
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
garantes de la conservación de esta última. El problema es que toda esta fisiología no
logra articularse con una morfología elaborada; como en De Candolle, la semejanza del
plan estructural no se concibe en términos morfológicos, sino que acaba reducida al
número y a la posición relativa de los órganos.
Si a escala intraorgánica, la teoría celular logra vincular estructura y función en
esa unidad cerrada anhelada por los morfólogos, el estudio macroscópico de las formas
naturales, de su evolución y de sus diferencias, queda progresivamente reducido al
estudio de las funciones vitales. Hasta hoy, las morfologías dejan de configurar el
relieve del campo biológico.
153
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La teoría celular
I. Forma y Gnoseología
Los primeros artífices de la teoría celular pertenecen a la que ha sido
considerada “la generación de sabios germanos que lleva a cabo el tránsito de la
especulación de la Naturphilosophie a la mensuración y experimentación de la
Naturwissenschaft”236. Leído como recurso hiperbólico, este tipo de caracterizaciones
subraya bien la radicalidad del viraje histórico que sufre la biología en la segunda mitad
del siglo XIX, pero hemos de tener cuidado en no interpretarlo literalmente, como si la
teoría celular pudiera reducirse a un mero salto de la especulación teórica a la praxis
experimental. Y esto no sólo por la general imbricación entre teoría y experiencia, sino
por razones muy particulares de un momento histórico en el que la tradición
microscópica y la herencia filosófica de la Naturphilosophie ejercieron una influencia
igualmente poderosa:
[L]a teoría celular no era simple creación de dos microscopistas con inventiva. Era el
producto de muchos cursos prolongados y diversos de investigación, respecto a la
estructura orgánica y la naturaleza del organismo. Por una parte, existía una tradición de
investigación microscópica unida, a menudo, a una generalización indebida basada en
observaciones con frecuencia erróneas; por otra parte, estaban las conclusiones
altamente especulativas pero no menos sugerentes de los Naturphilosophen (filósofos
naturalistas) alemanes. Hacia 1830, esas dos tendencias se habían mezclado y Schleiden
y Schwann, para nombrar sólo a los más prominentes abogados de la teoría celular,
estuvieron sujetos a la influencia de ambas237.
El gran mérito de los trabajos de Schleiden y Schwann no residió, por tanto, en
la originalidad empíricamente contrastada de su propuesta, sino en la sistematización,
por medio de una teoría acabada y homogénea, de “los indecisos ensayos teóricos, las
observaciones inconexas y las huidas especulativas que desde hacía tiempo proliferaban
en el seno de la anatomía microscópica o la fisiología animal y vegetal”.238 A diferencia
de la vía explorada por la filosofía natural alemana, Schleiden y Schwann quisieron
volver a subordinar la forma de su teoría a las categorías del entendimiento discursivo,
236
ALBARRACÍN: op.cit.
COLEMAN, W.: op.cit., p.47.
238
GONZÁLER RECIO, J.L.: op.cit., p.87.
237
154
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
ampliadas, como veremos, por el neokantismo de Fries y Apelt. Partiendo de este marco
general, trataremos de desentrañar, en este primer epígrafe, la singular conjugación
gnoseológica entre materia empírica y forma teórica que acometiera la primera teoría
celular.
1. La célula como materia empírica.
La observación y el experimento son los medios más importantes para la investigación.
Máximas directrices para ello son el pensamiento embriológico, la concepción
autonómica de la célula vegetal y la utilización del microscopio239.
1.1. El experimento.
En lo que atañe a la praxis experimental, es obligado recordar que el rechazo que
la filosofía natural mostrara ante el experimento no fue generalizado, sino
específicamente dirigido a un tipo de manipulación que “obligaba” a la Naturaleza a
comportarse en función de los intereses teóricos del experimentador. Lo que Goethe
denunciaba era aquella visión parcial de los fenómenos naturales empeñada en doblegar
su carácter cualitativo en “la siniestra cámara de tortura empírico-mecánicadogmática”240. De ahí que, apasionados de una observación desinteresada, los
Naturphilosophen fueran también entusiastas defensores del microscopio, operador
protagonista en los laboratorios de los primeros teóricos celulares.
La reivindicación del experimento enarbolada por los artífices de la primera
teoría celular no es una exigencia ingenua que vea en la investigación empírica la
panacea para la conversión de la botánica y la zoología en una sola ciencia natural.
Formados en el marco general del criticismo kantiano, tanto Schleiden como Schwann
han aprendido que, aunque toda ciencia experimental ha de partir de hechos conocidos
por los sentidos, sólo se hace ciencia cuando la razón humana los ordena y deduce de
ellos reglas y leyes generales. De ahí que la acusación de dogmatismo escolástico que
Schleiden dirige a los botánicos sistemáticos, a los que censura su carencia de
formación tanto filosófica como física y química241, pudiera ser compartida por
cualquiera de los morfólogos idealistas.
Y es que, de nuevo, el problema para los teóricos de la célula residía no tanto en
la escasa implantación del experimento entre los biólogos, como en la especial
239
ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.44.
GOETHE, W.: op.cit., Cap.1.7.
241
SCHLEIDEN, M.: La botánica como ciencia inductiva, ed., 1849, I, op.cit., 2ª ed., p.46.
240
155
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
resistencia de los fenómenos orgánicos a dejarse aprehender por las categorías del
entendimiento. Acabamos de ver cómo la solución de la Naturphilosophie consistió en
humanizar la intuición y recuperar, así, el mundo de las esencias para la investigación
natural. Ni Schleiden ni Schwann optarán por un proyecto que, desprovisto de
herramientas matemáticas, se había revelado infecundo a lo largo de las décadas previas
al comienzo de su actividad científica. Como apuntábamos arriba, los primeros teóricos
de la célula deciden ensayar la vía del neokantismo de Fries y Apelt, donde el
experimento vuelve a concebirse como una subordinación de lo fenoménico al aparato
matemático legitimado por el entendimiento discursivo. Es la exigencia de esa
subordinación, y no la del experimento aislado de sus fundamentos epistemológicos, el
rasgo verdaderamente distintivo de las consideraciones metodológicas a las que
Schleiden y Schwann dedican gran parte de su producción científica242. La conciencia
de este hecho es especialmente intensa en el caso de Schwann, cuyo maestro, Johannes
Müller, a pesar de haber introducido en sus investigaciones el método experimental,
continuaba fiel a una concepción vitalista del organismo que refrendaba, precisamente,
en cada una de las pruebas de laboratorio.
En la introducción metodológica de los Gruzdzünge, Schleiden reivindica para la
botánica el ideal que Kant establece como distintivo de la ciencia natural: “retrotraer
todas las teorías físicas a fundamentos explicativos determinables de modo puramente
matemático”. El acercamiento a este objetivo, vendrá regulado por una serie de
máximas conductoras que contradicen, punto por punto, las tesis nucleares de la
gnoseología goethiana: si Goethe reivindicaba la morfología como esa mirada superior
pero complementaria del análisis cuantitativo, Schleiden establece, ante todo, que “[l]a
ciencia natural estudia el cuerpo, no el espíritu”; si Goethe defendía la multiplicidad de
las ciencias naturales como perspectivas distintas de un mismo fenómeno, Schleiden
formula ahora la “Ley de la unidad”, según la cual, “no existe más que una ciencia
natural”. De estas dos máximas, cuyas implicaciones gnoseológicas y ontológicas
indagaremos más adelante, se deduce la “Ley de la economía”, que vuelve a legitimar el
método hipotético-deductivo: si Goethe reclamaba un experimento múltiple en el que se
cruzasen las comprobaciones de todas las hipótesis sugeridas por cada una de las faces
242
En la primera edición de La botánica como ciencia inductiva, publicada entre 1842 y1843, Schleiden
dedica un quinto de la obra a la introducción metodológica.
156
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
del poliedro natural, Schleiden postula que “no debe admitirse una nueva hipótesis en
tanto que baste con las anteriores”243.
1.2. El microscopio.
La irrupción del microscopio compuesto mejorado en la década de 1840 fue, sin
duda, un acontecimiento revolucionario para la biología244; gracias al aumento de la
precisión del microscopio simple y a la corrección de las aberraciones ópticas que
afectaban a los primeros microscopios compuestos, se confirmó la base celular de
plantas y animales, se afirmó la patología celular y se rectificaron aspectos de la
generación celular. No podemos, sin embargo, presentar estas conquistas a modo de
“descubrimiento”, como si al eliminar la distancia entre el sujeto científico y el objeto
observado que posibilitó el nuevo aparato, la Naturaleza hubiera “revelado” sus más
ocultos secretos. De hecho, la existencia de las células era bien conocida desde que
Robert Hook, ya en 1665, las observara con su microscopio y las bautizara por analogía
con las celdas de un panal de miel. Los siglos XVII y XVIII, especialmente en el campo
botánico, continuaron deparando evidencias microscópicas de las estructuras celulares
que, sin embargo, no llegaron a convertirse en núcleo explicativo del organismo hasta
bien entrado el siglo XIX:
En el escenario histórico previo a la formulación de la teoría celular se reunieron [...] un
crecido número de noticias y observaciones que imprecisa y vagamente aludían a un
tipo de entidades biológicas cuya naturaleza era aún motivo de discusión. Esbozados, si
acaso, algunos de sus rasgos distintivos, la célula, o mejor el concepto de «célula»,
distaba mucho de ser unívoco, de contener notas comunes en cada uno de los zoólogos
o botánicos que lo empleaban, de trascender en todos los casos el nivel de la descripción
anatómica, y de poder transformarse en el núcleo de una teoría nueva.245
Razones de índole tecnológica explican, en parte, esta tardanza, especialmente
en el campo de la anatomía animal, donde la rápida tendencia a la putrefacción de los
tejidos animales hacía que el microscopio fuera un operador todavía menos común y
fidedigno. En general, la calidad de la microscopía, tanto animal como vegetal, no
permitía determinar la exacta naturaleza de las células, cuya imagen imprecisa
interpretaban unos como mera cavidad hueca y otros como entidad sustantiva:
243
ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.44.
COLEMAN, W.: op.cit., pp.43-44.
245
GONZÁLEZ RECIO, J.L.: op.cit., p.84.
244
157
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Gallini y Ackermann sostienen que las células son los elementos que constituyen el
cuerpo de los animales; entre los botánicos, Kurt Sprengel y Brisseau de Mirbel hablan
de las células suponiendo que son simples intersticios huecos246; Ludolf Treviranus y
Karl Rudolphi se inclinan hacia una interpretación que ve en estas vesículas diminutos
entes reales. Interpretación a la que se suman Link y Moldenhawer y que complementan
atribuyendo a la célula los caracteres de unidad estructural y funcional. Quienes más
impulsan la “protofisiología” celular son Dutrochet, Turpin y Meyen. Dutrochet247 se
declara partidario de una concepción globulista de los organismos animales y vegetales,
en la que los corpúsculos globulosos ejercerían notables actividades secretoras y
excretoras. Turpin y Meyen subrayan la autonomía funcional de las vesículas o células,
lo que les permite pensar que son auténticos organismos vivos248.
Pero junto con las dificultades técnicas, el factor que de manera determinante
impidió que la célula se convirtiera en el núcleo explicativo de la forma orgánica fue
fundamentalmente teórico: a lo largo del siglo previo a la “revolución” celular, la célula
era considerada un constituyente más del organismo, por lo que apenas fue objeto de
reflexión. Los órganos y los sistemas de órganos, considerados partes estructurales
últimas del cuerpo animal, se mostraban directamente accesibles a los ojos y a las
manos del biólogo. Las investigaciones anatómicas eran, como comprobamos en
nuestro anterior capítulo, fundamentalmente topográficas, y en ellas encontraba el
fisiólogo el asiento de cualquier función orgánica. Más tarde, la teoría de la fibra y la
doctrina que proponía los tejidos como unidades últimas del organismo en el ámbito
más restringido de la anatomía humana, tampoco implicó transformaciones importantes:
al perseguir la interrupción localizada del tejido provocada por la enfermedad, el
anatomista patólogo continuaba, en definitiva, la tradición del cirujano.
No obstante, la doctrina tisular249 sí fue un paso intermedio fundamental para la
ejecución de ese salto del órgano a la célula protagonizado por Schleiden y Schwann. Al
hablar de la articulación entre forma y función llevada a cabo por los morfólogos
franceses y alemanes, decíamos que la anatomía había acabado por subordinar, bien por
imperativos pragmáticos, bien por convicciones teóricas, la morfología a la fisiología.
246
Brisseau-Mirbel (1776-1854), hábil microscopista y agudo intérprete de sus observaciones, intuyó que
las células vegetales iban a encontrarse en cualquier parte del organismo. Asimismo, especuló acerca de
su producción, sugiriendo que las células eran formadas de novo en un líquido primitivo. Las células y el
tejido celular resultante podían compararse con las cavidades formadas en la espuma de un líquido en
fermentación y la coagulación de ese líquido formaba una red continua de membranas que constituían el
tejido celular.
247
DUTROCHET, Recherches anatómiques et physiologiques sur la structure intime des animaux et des
végétaux et sur leur motilité, París, 1824.
248
GONZÁLEZ RECIO, J.L.: op.cit., p.
249
BICHAT, X.: Traité des membranes, 1800; Anatomie genérale, 1801. Cit. en COLEMAN, W.: op.cit.,
p.42.
158
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Xavier Bichat (1771-1802), artífice y adalid indiscutible de la doctrina tisular, reconocía
también que, al estudiar una “función”, era preferible “examinar en forma general el
órgano complejo que la ejecuta”. La novedad que favorece el tránsito a la teoría celular
aparece cuando se propone investigar “las propiedades y la vida” de ese órgano; para
ello —dice Bichat— tenemos que “descomponerlo”, pues sólo si “lo analizamos con
rigor podemos conocer “su estructura íntima”250.
La doctrina tisular significó, como vemos, un paso importante en el regressus
hacia los elementos estructurales y activos irreductibles de la organización vital. Sin
embargo, los tejidos se concebían como partes “heterogéneas” del órgano, no del cuerpo
entero. Si la célula no acababa de convertirse en la médula estructural del organismo, no
era sólo por las dificultades técnicas que complicaban su observación microscópica,
sino, en gran parte, porque se daba por supuesto que la división de los órganos, en
relación con la totalidad del organismo, daría lugar a partes homogéneas, como creyó
Aristóteles. Pocos años después, los Ensayos microscópicos de Schwann lograban
reducir los tejidos animales a las partes elementales que, paradójicamente, serían
declaradas unidades estructurales del organismo. Pero, para ello, había sido necesario un
desplazamiento radical del foco teórico de la morfología.
2. La forma de la teoría celular.
Podemos considerar, señores, a los organismos y a toda la naturaleza desde un doble
punto de vista: o bien considerando en ellos su finalidad, o bien examinando sus causas
eficientes. Por el primer modo se intenta encontrar la idea que se expresa en la
naturaleza y en los organismos particulares; se intenta, en tanto que posible, comprender
la idea del Creador cuando dotó a la materia de sus propiedades particulares. El segundo
encierra la cuestión de las causas eficientes de los fenómenos. El primero pertenece a la
filosofía; el otro constituye sobre todo el objeto de las ciencias naturales,
particularmente de las ciencias físicas generales: física, química y fisiología... Deben
mostrar cómo los fenómenos orgánicos son producidos por leyes tan necesarias como
las de la naturaleza inorgánica251.
2.1. La influencia de la Naturphilosophie.
La común ascendencia kantiana de la idea de forma orgánica que heredó la
botánica y la zoología del siglo XIX explica la natural continuidad con la que, a pesar
de todas las diferencias, se produjo el tránsito de la morfología idealista a la
250
251
Op.cit. Cit. en COLEMAN, pp.41-42.
FLORKIN, op.cit., pp.75-79. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.87.
159
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
microscopía celular. Cualquier historia de la biología subraya hoy la influencia que
sobre los presupuestos teóricos de las investigaciones de Schleiden y Schwann
ejercieron las “poéticas” especulaciones de la filosofía romántica. Junto al general y
compartido criticismo kantiano, la búsqueda de las unidades estructurales constitutivas
del organismo fue una empresa directamente heredada de la Naturphilosophie, que,
además, ofreció en la solución de Lorenz Oken una imagen del organismo
sorprendentemente similar a la concepción celular.
Aunque la aprehensión de la forma biológica se encaró desde frentes muy
distintos, la morfología francesa y alemana persiguió una sola meta: alcanzar las partes
formales mínimas a partir de las cuales poder reconstruir la totalidad del cuerpo
orgánico. Como reconoce Coleman, fue el mismo horizonte el que continuó regulando
las exploraciones microscópicas de los primeros teóricos celulares:
[A]l menos puede decirse que de la filosofía natural llegó gran parte del interés de los
microscopistas alemanes en el ideal central que propugnaban: el de que el organismo
tiene que resolverse en unidades activas y de composición más pequeñas, pero de
ninguna manera menos importantes.252
Con este espíritu se concibe, precisamente, la teoría infusorial de los
“Urthiere”253. Lorenz Oken (1779-1851) sitúa los orígenes de la vida en un líquido
mucoide originario e indiferenciado, muy similar, conceptualmente, a la idea de
citoblastema que manejaron Schleiden y Schwann. En este moco primitivo se habría
generado una multitud de vesículas primitivas, los “infusorios”. Partiendo de la idea
romántica que concibe las partes como un reflejo del todo, Oken supone, además, una
forma esférica tanto para el líquido primigenio como para los infusorios, pues esférica
es la forma del planeta. Desde el comienzo de la vida, y por grados de agregación
creciente, cuenta Oken que las vesículas primitivas se unieron para formar organismos
cada vez más complejos y sacrificar su individualidad a favor de una unidad superior.
La teoría infusorial defiende, por tanto, una concepción globular de los cuerpos vivos
que delimita el campo de la materia orgánica, ya sea animal o vegetal:
Toda carne puede resolverse en infusorios. Podemos invertir esta declaración y decir
que todos los animales superiores tienen que estar formados por animálculos
constitutivos. A éstos les llamamos Animales Primitivos y observamos que constituyen
no sólo la materia fundamental de los animales sino también de las plantas... En un
252
253
COLEMAN, W.: op.cit., p.51.
OKEN, L.: Texto de filosofía natural, 1809-1811. Cit. en RADL, E.M.: op.cit., T.II, p.59.
160
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
sentido más amplio puede llamárseles la sustancia primitiva de todo aquello que está
organizado254.
Los infusorios aparecen, además, como el núcleo básico no sólo de la estructura,
sino también de la función y el desarrollo orgánico. Como la celular, la teoría infusorial
parte de unidades estructurales autónomas que se convierten, después, en médula
explicativa tanto de la fisiología como de la ontogénesis orgánicas. Sin embargo, desde
la epistemología del neokantismo, si la biología quería ofrecer una explicación
mecánica del organismo, la idea de forma manejada por la filosofía natural había de ser
triturada y reencajada en las categorías del entendimiento. De ahí que, como
comprobaremos inmediatamente, la sumisión de la célula a los mecanismos causales
desplegados en el tiempo fuera la gran empresa a la que se entregaron los primeros
teóricos celulares.
2.2. El neokantismo de Schleiden y Schwann: una nueva filosofía inductiva,
genética y mecánica.
[E]n tanto que no nos veamos obligados a abandonar la manera de explicación
reconocida en la naturaleza inorgánica, en tanto que los procedimientos orgánicos
pueden ser considerados como producidos por fuerzas que actúan ciegamente, no
debemos abandonar esta manera de explicar255.
Hemos ido comprobando ya que, si hablamos de un nuevo y radical giro en la
historia de la forma biológica no es porque Schleiden y Schwann abandonen la teoría en
pos de la experimentación, o porque colmen de materia empírica un molde teórico
previamente forjado por la Naturphilosophie; si la década de 1840 es tan significativa
para la constitución científica de la biología, es porque, aún compartiendo un horizonte
común, la Naturwissenschaft opone a los principios filosóficos de sus predecesores las
máximas del criticismo neokantiano.
A las alturas del siglo XIX en las que comenzó a gestarse la teoría celular, los
fenómenos biológicos no habían dejado de ofrecer esa especial resistencia a dejarse
aprehender por la metodología físico-química:
Las ecuaciones de la mecánica, por ejemplo, relacionaban magnitudes nacidas de la
interpretación teórica de fenómenos observables. El esbozo conceptual de tales
254
255
OKEN, L.: Die Zeugung, 1805. Cit. en COLEMAN, W.: op.cit., p.50.
FLORKIN, op.cit., pp.75-79. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.87.
161
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
magnitudes físicas —fuerza, masa inercial, aceleración...— suponía ya un grado de
análisis al que los fenómenos biológicos no se prestaban. La fibra, el tejido o la célula
—entendidos incluso como términos vinculados a una teoría—no podían ser variables
de algo parecido a una función, puesto que constituían complejas entidades
estructurales. Aún más: así como el cálculo infinitesimal permitía una prolongación de
los métodos de análisis conquistados en física, quedaba fuera de duda que fibras, tejidos
o células eran límites de la organización vital cuya división suponía la pérdida de las
propiedades definitorias de la vida. En pocas palabras: el paradigmático análisis del
físico no podía ser trasladado al dominio del mundo vivo en toda su radicalidad. Las
más pequeñas unidades de la vida ni se asemejaban (a) ni se resolvían (en) magnitudes
o conceptos físico-químicos256.
Tanto Schleiden como Schwann deciden afrontar el problema de la
irreductibilidad biológica desde el marco filosófico del neokantismo de Fries y Apelt.
Frente a la irreductible singularidad de los seres orgánicos que el vitalismo de la época
enarbola como su principal postulado, Schleiden y Schwann se acogen a la máxima
kantiana que prohíbe introducir en la investigación científica cualquier pronunciamiento
ontológico: no debe meditarse sobre la esencia de las cosas, sino buscar la explicación
mecánica de la naturaleza por combinaciones de fuerzas fundamentales que originan las
formas257.
Para Schleiden, las fuerzas que gobiernan la formación de un ser orgánico son
las mismas fuerzas físico-químicas que dirigen los procesos configuradores de lo
inorgánico. Así lo demostraría la identidad esencial entre cristales y organismos, que
traducida al ámbito metodológico se convierte en máxima reguladora de la
investigación del biólogo: así como el cristalógrafo intenta explicar por la atracción y
repulsión de las moléculas la estructura inorgánica, así el morfólogo debe explicar por
las mismas fuerzas las formas orgánicas258.
En el terreno de la zoología, y enfrentándose a las opiniones de su maestro
Johannes Müller, Schwann se propone también construir una biología mecanicista, pues
sólo así podrá llamársele ciencia:
El organismo no tiene por base una fuerza fija, actuando impulsada por una cierta idea,
sino que nace por leyes ciegas de la necesidad, mediante fuerzas dadas en el mismo
sentido por la existencia de la materia que las fuerzas en el mundo inorgánico. Como los
tejidos elementales en la naturaleza orgánica no son diferentes de los de la inorgánica,
sólo puede quedar como razón de los fenómenos orgánicos otra combinación de las
materias...259
256
GONZÁLEZ RECIO, J.L., p.86
SCHLEIDEN, M.: La botánica como ciencia inductiva, 1842, 3ª ed., 1849, I, p.72.
258
Ibid. Como vemos, la analogía entre organismos y cristales no se plantea ya, como entre los
morfólogos idealistas, en términos geométricos, sino en relación a las fuerzas.
259
SCHLEIDEN, M.: op.cit., p.226.
257
162
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Pero para Schwann, esto no significa, como creyó Schleiden, que las fuerzas que
activan los procesos plásticos y metabólicos que presenciamos en la formación celular
hayan de ser las mismas fuerzas físico-químicas; el reduccionismo kantiano no se
ejecuta reduciendo todas las ciencias a una sola, sino exigiendo que toda teoría
científica demuestre una misma forma teórica, la que viene dada por las matemáticas:
Considerando la composición de nuestra experiencia de la naturaleza desde sus
elementos individuales, encontramos hechos subordinados a leyes y determinados por
ellas [...] De esto se deduce que una experiencia teorética completa, en la que
explicamos la conexión de los hechos sujetos a leyes a partir de los últimos, sólo es
posible sobre la base de las matemáticas y sólo en tanto en cuanto ello es factible260.
Por eso, en el caso de las fuerzas que intervienen en la generación celular,
Schwann no pretende hacerlas isomorfas, sino análogas a las fuerzas físicas: “Las
fuerzas de la materia (viva), sin embargo, no tienen por qué ser explicadas mediante las
conocidas leyes físicas, apelando, por ejemplo, a la electricidad o similares, sino que
actúan como dichas fuerzas...”261 De ahí la recuperación del símil kantiano (como
analogía y no como sinonimia) entre los fenómenos vitales y los procesos de
cristalización que operan en el mundo inorgánico. Para Schleiden,
Si abstraemos todo lo que es especialmente peculiar de la formación celular, a la
búsqueda de un concepto inmediatamente superior que permita asumirla en un proceso
que se presenta en la naturaleza inorgánica, habremos de considerar tal formación como
el hecho de que a costa de una sustancia disuelta en un líquido, se forma en éste un
cuerpo sólido de forma regularmente determinada. Este superior concepto abarca
también, en la naturaleza inorgánica, el proceso de cristalización que constituye, por
ello, el más inmediato análogo de la formación celular262.
La comparación entre el proceso de formación de un cuerpo orgánico y el de un
cristal se establece ahora en un sentido más preciso: ambos coinciden “en el punto
fundamental de que, a costa de una sustancia disuelta en un líquido, de acuerdo con
determinadas leyes, se forman cuerpos sólidos de una forma determinada, regular”263.
Sin embargo, Schwann reconoce importantes diferencias entre cristales y células en lo
que se refiere a los fenómenos plásticos y, especialmente, a los fenómenos metabólicos.
La distancia entre la causalidad interna y externa reaparece entre las células, que, a
260
SCHWANN, T.: Grundzüge, 3ª ed., p.39. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.47.
Ibid.
262
SCHWANN, T.: Mikroskopische Untersuchungen, Berlín, 1839. En HÜNSELER, F.: Ostwalds
Klassister der exakten Wissenschaften, vol.176, Leipzig, 1910, p.239. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit.,
T.II, p.81.
263
Op.cit., p.242.
261
163
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
diferencia de los cristales, no precisan causas externas que influyan en la solubilidad del
líquido donde se forman. Aunque la formación de las partes elementales de los
organismos puede concebirse como la cristalización de una sustancia, esa sustancia, en
los cuerpos vivos, tiene “capacidad de imbibición”. Y es que, insistimos, la
comparación entre los procesos orgánicos e inorgánicos no tiene por objeto hacerlos
idénticos, sino demostrar la igualdad de su forma de actuación:
En tanto que esta comparación no persigue más finalidad que representar con mayor
claridad el proceso de la génesis celular, nada debería objetarse contra ella; nada hay en
ello de hipotético, puesto que no ofrece explicación alguna; no se afirma que la fuerza
fundamental de las células tenga realmente algo en común con la fuerza en cuya virtud
se forman los cristales264.
En realidad, tanto Schleiden como Schwann asumen, desde el principio, que la
peculiar entidad de las fuerzas que actúan en la formación de un organismo requiere
instrumentos metodológicos propios. Pero ese otro instrumento cognoscitivo no puede
ser la intuición, como lo fue para la Naturphilosophie, porque implicaría una vuelta a
las esencias que comprometería, de nuevo, el estatuto científico de la biología. Sin
embargo, el método inductivo, que Kant desestimara como forma válida de
ordenamiento de lo fenoménico, había sido ya fundamentado en una estructura
matemática apriorística. Herramienta tradicional de la biología, la inducción fue
recuperada para la ciencia en la filosofía neokantiana de Fries y Apelt, mentores
reconocidos de la epistemología de Schleiden y Schwann.
Para Jacob Friedrich Fries, los juicios a priori hallados en la crítica no eran
absolutamente válidos para el sujeto trascendental, sino que pertenecían a una nueva
esfera de conocimientos que requería seguir siendo investigada. Este autoconocimiento
se concibe como una reflexión interna, un análisis psicológico que, partiendo de los
hechos dados en la conciencia como indudables, clarifique lo que oscuramente
presentimos como evidencia. Así, en el curso de esta descripción “empírica”, edificada
sobre la confianza que la que la razón tiene en sí misma, irán descubriéndose los
principios que la rigen y que quedan fundamentados como hechos indemostrables pero
ciertos. Discípulo de Fries, Ernest Friedrich Apelt concentra la investigación instigada
por su maestro en la fundamentación del método inductivo. Partiendo de los juicios a
priori a los que están sujetos los hechos accidentales de la experiencia, Apelt conecta
así la inducción racional y la empírica:
264
Op.cit.,p.254.
164
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La inducción empírica consiste en el conjunto de casos similares. De acuerdo tan sólo
con la probabilidad matemática, se sigue de ello que debe existir una cierta regularidad
en casos similares... La inducción racional, por otra parte, abarca mucho más de lo que
se comprende en una simple colección de percepciones.[...] La inducción sola no puede
contribuir a nuestro conocimiento con ninguna noción que no exista en nuestra
percepción, sino se apoya en nociones percibidas a priori. Así, por ejemplo, nuestra
facultad de juicio exige a priori la validez de las nociones causales como una condición
de la posibilidad de experiencia, y sobre este supuesto puede ser utilizada la
inducción265.
La introducción metodológica de los Gruzdzünge de Schleiden consiste en una
reconocida aplicación del neokantismo alemán a la epistemología biológica; Fries, en la
primera edición, y sobre todo Apelt a partir de la segunda266, certifican filosóficamente
la cientificidad de la teoría celular. Respaldado por la conexión entre la inducción
racional y la empírica, fundamentada esta última en nociones a priori y recuperado, por
fin, su uso legítimo para la investigación científica, Schleiden puede ya identificar el
método de la botánica con el método analítico-causal basado en la inducción. En el
“Fundamento metodológico” de la que, a partir de 1845 vendrá a llamarse La Botánica
como ciencia inductiva, Schleiden contrapone el nuevo método al dogmatismo
escolástico de los botánicos. Gracias a la inducción, Schleiden puede enfrentarse a la
biología entendida, en terminología kantiana, como “descripción de la naturaleza”, y
oponerle una botánica teórica que no describa sino explique a los organismos. Y es que,
gracias a la inducción, podríamos decir que Schleiden logra trasladar a la esfera de la
forma orgánica la filosofía genética que Kant exigía para la construcción válida de una
Historia de la Naturaleza: así como en la inducción se pasa de lo particular a lo general,
de lo simple a lo complejo, así el botánico para concebir exactamente los procesos de la
vida debe seguir su evolución, que también se eleva de lo simple a lo compuesto. La
construcción de las plantas sirve de ejemplo: el tejido vegetal desarrollado consta de
diferentes formaciones (célula, vasos, cribas y vasos lacticíferos) y sólo al perseguir su
evolución se reconoce su conexión, es decir, la procedencia de todos de comienzos
semejantes267:
265
APELT, E.F.: Die Theorie der Induction, Leipzig, 1854, p.46. Cit. en ALBARRACÍN, A: op.cit.,
p.42-43.
266
La segunda edición de los Gruzdzünge de Schleiden, publicada entre 1845 y 1846, aparece con el
nuevo título de Die Botanik als inductive Wissenschaft behandelt (La Botánica como ciencia inductiva).
267
SCHLEIDEN, M: La Botánica como ciencia inductiva, 3ª ed., 1842, p.72. Cit RADL, E.M.: op.cit.,
p.63.
165
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
La única posibilidad de lograr percepción interior científica en la botánica y con ella el
único e indispensable recurso metodológico dado por la naturaleza del objeto mismo, es
el estudio de la historia del desarrollo orgánico268.
De nuevo, el mecanicismo genético se contrapone a la morfología idealista,
aunque con una ventaja incalculable respecto a la Historia de la Naturaleza: la nueva
botánica no es simplemente una “audaz aventura de la razón”, porque para la
aprehensión de la forma del organismo parte de lo fenoménico, y no de las reliquias,
siempre incompletas, que nos evocan a las fantasmagóricas formas del pasado.
Explicitados los fundamentos epistemológicos de la obra de Schleiden y
Schwann, podemos abordar ya las implicaciones ontológicas que la teoría celular
tuviera para la idea de forma orgánica.
II. Forma y Ontología
1. La forma del organismo.
Los anatomistas del siglo XVIII habían hecho hincapié en la estructura y la función de
los órganos y de los sistemas de órganos. Hacia 1800, este punto de vista fue puesto en
peligro, principalmente por los anatomistas del ser humano que introdujeron la doctrina
histológica. Rápidamente ganó aceptación. Pero el concepto, tanto de órganos como de
tejidos, iba a su vez a ser transformado radicalmente por la enunciación y el
establecimiento de la teoría celular. Después de mediados de siglo, la célula se había
convertido, para la gran mayoría de los biólogos, en el punto de referencia estructural
esencial para la interpretación de la forma orgánica269.
1.1. Forma y fuerza.
Aunque Schleiden y Schwann parten de una aversión igualmente fundada hacia
el vitalismo, es este último quien desarrolla la teoría más elaborada contra la idea de la
fuerza vital. Mientras las invectivas de Schleiden se dirigían fundamentalmente a la
botánica sistemática, el vitalismo era el blanco natural de la zoología, donde su arraigo
oponía una resistencia mucho mayor:
Fuerza simple, diferente de la materia, la fuerza vital, tal como se suponía, formaría el
organismo de idéntico modo que un arquitecto que construye un edificio siguiendo un
plan, pero un plan del que ella (la fuerza vital) no tiene conciencia; daría además a todos
nuestros tejidos lo que se llamaba la energía propia, a saber, las propiedades que
distinguen los tejidos vivos de los tejidos muertos: los músculos le serían deudores de
268
269
SCHLEIDEN, 1842, Cit en COLEMAN, W.: op.cit., p.46.
COLEMAN, W.: op.cit., pp.35-36.
166
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
su contractilidad, los nervios de su irritabilidad, las glándulas de su función secretora.
He aquí, en dos palabras, lo que era la doctrina de la escuela vitalista270.
En plano ontológico, Schwann va mucho más allá que Schleiden. Ignorando la
prudencia crítica que admite la posibilidad de un sustrato organizador de los cuerpos
vivos inaprensible pero distinto, niega categóricamente la irreductibilidad ontológica de
los fenómenos vitales a los principios físico-químicos. Pero no, como sería de esperar,
por la profesión definitiva de un materialismo mecanicista, sino por la creencia
metafísica en una causa final que se extiende al reino de lo inorgánico. Para Schwann, el
postulado de la fuerza vital introduce en la Naturaleza atributos y cualidades que en
realidad pertenecen a su Creador:
Yo no he podido concebir jamás la existencia de una fuerza simple que cambiaría por sí
misma su modo de acción, con objeto de realizar una idea, sin poseer no obstante los
atributos característicos de los seres inteligentes; he preferido siempre buscar la causa
de la finalidad, de la que la naturaleza entera ofrece testimonio hasta la saciedad, no en
la criatura, sino en el creador, y siempre de este modo he rechazado, por ilusoria, la
explicación de los fenómenos vitales tal como era concebida por la escuela vitalista. He
sentado, por principio, que estos fenómenos tienen que ser explicados como los de la
naturaleza inerte271.
Sin embargo, la adecuación con vistas a un fin no es un rasgo privativo de los
seres orgánicos; la complejidad que, en todo caso, hace aparentemente distintos a los
fenómenos vitales estaba ya virtualmente impresa en las fuerzas atómicas desde la
Creación272:
Una vez creadas y mantenidas en su integridad, estas fuerzas (materiales) pueden
perfectamente, de acuerdo con sus inalterables leyes de la ciega necesidad, crear
combinaciones que muestran, incluso, un elevado grado de adecuación individual. Pero
si la fuerza inteligente, tras la Creación, se presenta únicamente como mantenedora, no
como inmediatamente activa, puede ser totalmente abstraída del terreno científiconatural273.
El carácter teleológico de los fenómenos naturales afecta, por tanto, a toda
materia, sea orgánica o inorgánica, pero las ciencias habrán de ignorar su presencia si no
quieren adentrarse en las oscuras profundidades de la metafísica.
270
FLORKIN, 1960. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit. p.63
Ibid.
272
GONZÁLEZ RECIO, J.L.: «Elementos dinámicos de la teorías celular», Revista de Filosofía, 3ª
época, vol. III, 1990, núm. 4, pp.83-109, Editorial Complutense, Madrid, p.90.
273
SCHWANN, T., MU, p.226, cit. en ALBARRACÍN, A., op.cit., p.75.
271
167
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
1.2. Forma y tiempo.
Las Beiträge de Schleiden contienen la mejor exposición de las tesis nucleares
de la primera teoría celular:
1. «La célula vegetal es la unidad elemental constitutiva de la estructura de la planta».
2. «La célula se origina en una gelatina compleja, a través de un proceso que se inicia
con la aparición en ella de los nucleolos; en torno a éstos surgen los núcleos o
citoblastos; sobre éstos la aparición de una tenue vesícula que va creciendo
paulatinamente, da lugar a la célula adulta»
3. «El proceso de crecimiento de la planta estriba en la multiplicación de las células
dentro de otras células, salvo en los órganos leñosos, en los que la coagulación de
un líquido da lugar a la formación súbita del tejido celular»274
Todas ellas encuentran una traducción directa para el reino zoológico explorado
por Schwann, de modo que los postulados básicos de la primera teoría celular podrían
resumirse como sigue:
1. La célula es la unidad elemental constitutiva de la estructura del organismo.
2. Toda célula se origina a través de un proceso idéntico.
3. El proceso de crecimiento del organismo estriba en la multiplicación de las
células.
Como toda teoría de la forma orgánica, la teoría celular hubo de ensayar la
espinosa conjugación entre el todo orgánico y sus partes constituyentes.
Independientemente de los presupuestos filosóficos de Schleiden y Schwann, la nueva
biología teórica no implicaba una ontología reduccionista, porque la célula continuaba
constituyendo una unidad estructural irreductible a las partículas físico-químicas que
igualan los reinos orgánico e inorgánico. Filosóficamente, la reducción no afectaba
tanto a las partes “formales” como a las fuerzas que aseguraban su vinculación. Y ni
siquiera, en el caso de Schwann, a las fuerzas en un sentido esencial, sino a la forma
(teórica, en este caso) de tales fuerzas, es decir, a su expresión matemática. Ahora bien:
aunque, conceptualmente, la forma continúa desempeñando un papel nuclear, su entidad
se ha trastocado por completo; si, como exige el mecanicismo, el todo ha de ser siempre
posterior a las partes, entonces la investigación genética habrá de sustituir a la
morfológica. Si todavía en el ámbito de la diferencia interorgánica el tiempo podía
constituir el sustrato en el que se desplegasen las formas, “por achicamiento de unas y
alargamiento de otras”, en el terreno de la forma orgánica, la teoría celular disuelve por
completo las morfologías en las que los organismos se nos muestran a escala humana.
274
ALBARRACÍN, A.: op.cit., pp.55-56.
168
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Cuando Schleiden establece la ley de la generación celular, reconoce que, aunque este
proceso ha demostrado seguir el curso descrito en la mayoría de las plantas, existen
ciertas modificaciones que no encajan en el esquema que enseguida presentaremos. Y,
sin embargo —dice el botánico—, estas anomalías no restan validez general a la ley,
porque podemos rendir cuenta completa de los fundamentos de la imposibilidad de la
observación directa. La primera razón es de orden epistemológico: es muy probable que
parte del proceso de transformaciones químicas que tienen lugar durante la citogénesis
escape al observador275. Pero el argumento principal, de orden ontológico, podría ser
compartido por cualquier filósofo de la Naturaleza:
los materiales que preceden a la formación celular son estudiados por nosotros aislados
en su aspecto y caracterización, porque elegimos para ello un momento arbitrario,
cuando constituyen un algo continuo y permanente en el proceso orgánico-químico de
la vida vegetal, que ignoramos totalmente276.
1.2.1. La célula como unidad estructural.
La esencia de la Botánica no hay que buscarla en las leyes de la física y de la química,
sino en la configuración de las formas, en el desarrollo de las plantas como tales277.
Aunque tanto Schleiden como Schwann partían de la convicción de que las
células habían de ser las partes estructurales últimas constitutivas del organismo, lo
cierto es que su imagen microscópica revelaba una extraordinaria desigualdad tanto en
su forma como en su distribución. En el terreno de la diferencia interorgánica, pero ante
el mismo problema de la diversidad formal, la Naturphilosophie había tratado de
aprehender la forma primigenia que organizaba toda aquella multiplicidad. La
epistemología genética de Schleiden y Schwann dirige su investigación en un sentido
muy distinto: “si se iba a demostrar que las “causas” de la generación tanto vegetal
como animal eran idénticas, entonces los productos (células) de ese proceso formativo
tenían que ser también cuerpos equivalentes.”278 Y, en efecto, la implicación ontológica
más inmediata y fundamental de la primera teoría celular fue la unicidad de las partes
estructurales constitutivas del organismo para todo el reino vivo:
275
SCHLEIDEN: op.cit., pp.157-58. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.53.
Op.cit., p.156.
277
SCHWANN, T.: Grudzüge, 1ª ed., p.15.
278
Ibid.
276
169
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Con ello se ha derrumbado una pared divisoria fundamental entre el reino animal y el
vegetal, la diferencia de su estructura. Conocemos la significación de las partes
singulares de los llamados tejidos animales, en comparación con los de las células
vegetales, y sabemos que estos tejidos, células, membrana celular, contenido celular,
núcleos y corpúsculos nucleares son totalmente análogos a las partes homónimas en las
células vegetales279.
1.2.2. La formación celular.
Cada célula lleva una vida doble: una totalmente autónoma, correspondiente tan sólo a
su adecuado desarrollo, y otra mediata o indirecta, por la que llegará a ser parte
integrante de una planta. Pero es fácil observar que tanto para la fisiología vegetal como
para la fisiología comparada en general, el proceso vital de cada célula singular debe
constituir primordialmente el fundamento absolutamente indispensable, razón por la
cual tiene que surgir en primer término la pregunta: ¿cómo se origina entonces,
realmente, este peculiar y diminuto organismo, la célula?280
Fundamentada epistemológicamente la implicación que la génesis celular habrá
de tener para la concepción de la forma entera del organismo, Schleiden describe el
proceso de formación celular para las plantas: a partir de una mezcla de almidón, moco,
azúcar y goma, se constituye una gelatina, en la que primero surgen nucleítos y en torno
a ellos, por una especie de coagulación, los citoblastos o núcleos. Una vez maduros
éstos, por un proceso químico, la gelatina se transforma en membrana celular,
constituyendo una sutil vesícula que se adapta al citoblasto, e iniciándose el crecimiento
de la célula, que suele acabar con la disolución del núcleo281.
Si en Botánica, la teoría celular de Schleiden había permitido deducir la noción
de la vida individual de las células y la consiguiente negación de una fuerza vital común
a toda la planta, en zoología seguía creyéndose que la presencia de vasos sanguíneos
hacía del desarrollo animal un crecimiento esencial e irreductiblemente vascular.
Cuando, en 1837, Schleiden comunicó a Schwann los resultados de su
investigación, que convertían a la célula en “la unidad elemental constitutiva de la
estructura de la planta”, éste recuerda haber “quedado pasmado por la semejanza de este
cuerpo importante, es decir, el núcleo celular de la planta con un cuerpo que él ya había
observado a menudo en tejidos animales”. Schwann sospechó el establecimiento de una
nueva visión de la estructura orgánica, si pudiera probarse “que las partes elementales
de los animales se desarrollan esencialmente en la misma forma que las células
279
SCHWANN, T.: MU, p.39. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.65.
SCHLEIDEN: Beiträge, p.138.
281
ALBARRACÍN, A.: op.cit., pp.51-52.
280
170
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
vegetales” 282. Desde entonces, su objetivo declarado consistió en convertir a la teoría
celular en la plataforma desde donde afrontar los fenómenos de la vida orgánica sin
apelar a la hipotética existencia de una fuerza vital. Si lograba demostrar que el núcleo
de estas células jugaba el mismo papel que el de las células de los vegetales,
Se deduciría de ello, en efecto, merced a la identidad de fenómenos tan característicos,
que la causa que produce las células de la cuerda dorsal no puede ser diferente de la que
da origen a las células vegetales. Habría desde entonces en el animal un órgano, la
cuerda dorsal, compuesto de partes elementales que poseen su vida propia, que no
dependen de una fuerza común del organismo. Ello sería, por tanto, todo lo contrario de
la teoría generalmente admitida para los animales, según la cual una fuerza común
construye el animal a la manera de un arquitecto283.
Dos años más tarde, los Ensayos microscópicos sobre la concordancia en la
estructura de animales y plantas demostraban que aquellas células que Schwann
observara en la cuerda dorsal y el cartílago de las larvas de rana derivaban de
estructuras idénticas a las de las células vegetales con núcleo, membrana y vacuola. Las
células formaban, por tanto, la base estructural de la planta, porque eran el producto de
una génesis igual.
A lo largo de las décadas de 1840 y 1850, se demostró que el concepto de la
generación celular de Schleiden y Schwann era erróneo, y su noción de la formación
celular por precipitación química fue reemplazada por la idea de la continuidad
reproductiva de la célula viva. Sin embargo, desde entonces perduró la convicción de
que el proceso de reproducción celular, independientemente del modo en el que se
concretase, era el único lugar desde donde asaltar el problema de la microestructura
general del organismo284.
1.2.3.El crecimiento.
Nos queda ahora por proporcionar el segundo argumento para la concordancia de la
estructura animal y vegetal, a saber, que la mayoría, o todos los tejidos animales se
desarrollan de células285.
Una vez asegurada la común identidad de las células, había que conectarlas, en
tanto que partes, con la totalidad del organismo. Como advertíamos arriba, la idea de
282
SCHWANN: «Prólogo» de los MU.
Op.cit., p.74.
284
COLEMAN, W.: op.cit., p.46.
285
MU, p.40.
283
171
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
todo y parte no podía sostenerse en la concepción romántica del morfotipo. En su teoría
de las células, Schwann se pregunta si el fundamento de los fenómenos orgánicos
estriba en el organismo entero o en cada una de sus partes elementales singulares. La
respuesta es que,
En general, debemos atribuir a las células una vida autónoma, es decir, que las
combinaciones de las moléculas, tal como se dan en una célula singular bastan para
liberar la fuerza merced a la cual la célula está en condiciones de atraer nuevas
moléculas. El fundamento de la nutrición y del crecimiento no estriba en el organismo
como conjunto, sino en las partes elementales, en las células286.
El organismo no podía ser anterior sino posterior a sus partes, así que, de nuevo,
la mejor manera de encarar la cuestión consistió en investigar el modo en el que la
célula intervenía en la formación de las partes del organismo. De este modo, la génesis
celular se mantenía como principio nuclear del organismo:
[S]e puede establecer la ley de que existe un principio de evolución común para las
partes elementales más variadas de los organismos y que la formación de la célula es
ese principio de evolución287.
Y, sin embargo, se pregunta Schwann años más tarde, “¿por qué las células
forman un conjunto tal como un organismo?”:
Como la primera célula decide la naturaleza de la segunda, ésta de la tercera, etc., el
todo depende de las propiedades físicas y químicas de la primera célula. El todo debe
adquirir una forma característica por la misma razón por la que una veta de plomo
difiere de una veta de plata. La prueba de que la reunión de individualidades no
dominadas por una fuerza común puede tomar una forma característica y constante es
proporcionada por los pólipos y otros animales compuestos288.
Como vemos, la relación entre todo y parte no se plantea ya en términos de
morfológicos sino en términos de fuerzas: la idea de todo se identifica con la fuerza
vital y la idea de parte con la de fuerza individual. Aún así, y a pesar de la tesis de la
autonomía celular, la parte vuelve a subordinarse al todo: aunque “[l]a célula, una vez
formada, crece continuamente mediante su fuerza individual”, “está tan dirigida por la
influencia del organismo entero como requiere el plan del todo.”289 Pero la influencia de
286
M.U., p.230.
SCHWANN, T.: MU, p.196. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., T.II, p.67.
288
SCHWANN: notas manuscritas de su curso de anatomía general ofrecido en Lieja en 1853. En
FLORKIN: op.cit., p.78-81. Cit. en ALBARRACÍN, A.: op.cit., p.77.
289
MU, p.45.
287
172
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
la totalidad que aquí está actuando no es ya la de la fuerza vital. En un lenguaje muy
aristotélico, dice Schwann que la fuerza individual de cada célula no depende de
ninguna fuerza total, sino que sólo se manifiesta en el contexto global del organismo:
“La manifestación de la fuerza inherente a la célula depende de condiciones que sólo
pueden serle proporcionadas en conexión con el todo”290.
La conversión de la célula en núcleo estructural del organismo sustrae el
protagonismo a las partes que Aristóteles llamara heterogéneas. En el segundo apartado
de sus Estudios morfológicos, Schwann trata de demostrar el fundamento celular de
todos los tejidos: cualquiera de las estructuras orgánicas, tanto las informes291 como las
organizadas292, están constituidas por células; las diferencias que distinguen a las partes
vascularizadas de las carentes de vasos sanguíneos pueden explicarse en virtud del
mayor o menor grado de desarrollo que precisan adquirir las células para la formación
de un tejido.
1.3. Forma y función.
La célula es un elemento arquitectónico de importancia primordial y la unidad crítica de
función orgánica por encima del nivel molecular. Es, por consiguiente, el sitio del
metabolismo y el intercambio de energía; la base de la actividad nerviosa y secretoria, y
por lo tanto, el fundamento del funcionamiento armonioso, integrador y orgánico; la
célula, como se manifiesta en los productos de la reproducción, asegura, por último, la
continuidad de la vida a través de las generaciones.
El principio de la formación celular tuvo una implicación esencial para la
relación entre forma y función: en la generación de los tejidos, las moléculas no se
reúnen de manera distinta según la significación fisiológica de tales partes sino que, en
general, lo hacen de acuerdo con las mismas leyes. A escala macroscópica, la pérdida
de la relevancia morfológica de las partes “heterogéneas” implica, por lo tanto, el
menoscabo consiguiente de su significación funcional. Sin embargo, a nivel celular,
aunque el problema de la formación siguió siendo el punto focal de la teoría de las
células, Schwann hizo también hincapié en ciertos aspectos funcionales de la célula.
Consideraba que la célula, núcleo del consumo y la producción de oxígeno y dióxido de
290
MU, p.230.
Las estructuras no organizadas son las carentes de vasos sanguíneos, que Schwann organiza en tres
grupos: linfa, sangre, secreciones; epitelio, pigmento negro, uña, garra, pluma, cristalino; cartílagos,
huesos y dientes.
292
Las estructuras organizadas, en Schwann, son los tejidos, los músculos, los nervios y los vasos
capilares.
291
173
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
carbono, tenía que ser el último asiento de la actividad metabólica. Es cierto que en sus
Ensayos microscópicos no ofrecía indicio alguno de una demostración, pero establecía
un ideal de comprensión que marcaría el rumbo de las investigaciones de las
generaciones de fisiólogos posteriores. Como sucedió con la morfología francesa y
alemana, la idea de forma fue progresivamente reemplazada por la idea de función:
A medida que la fisiología del siglo XIX avanzaba desde el estudio de la actividad
metabólica general de todo el organismo hasta el análisis de sus elementos vitales, la
teoría celular se iba transformando muy gradualmente, de una visión esencialmente
estructural del organismo en una interpretación principalmente funcional de sus
estructuras constitutivas293.
2. El debate reduccionismo/antirreduccionismo a la luz de la teoría celular.
La repercusión de la teoría celular sobre el panorama científico de la época es
absolutamente revolucionaria. A partir de 1840, la célula se convierte en la principal
plataforma desde la que se consolida el estatuto científico de la biología: convertida en
núcleo explicativo del organismo, legitima el engarce definitivo entre la botánica y la
zoología y delimita, simultánea y consecuentemente, un campo de estudio propio frente
a la física:
Conseguida la unificación teórica de la anatomía microscópica animal y vegetal,
apuntadas, asimismo, sus posibles consecuencias fisiológicas, la biología entró en una
nueva era. El término «biología» —consagrado y difundido por Gottfriend Treviranus y
Lamarck—vino a designar pronto un tipo de actividad científica que, como la física,
perseguía la resolución teórica, la explicación, la inteligible justificación de los
fenómenos que había convertido en su objeto294.
A su vez, la descripción y clasificación de plantas y animales, parte hasta
entonces vital de la ciencia natural, queda desgajada de la biología. Reducidos a
Historia Natural, los sistemas clasificatorios consuman, así, la absoluta independencia
de la teoría que denunciaba Schleiden:
Ni Trevinarius ni Lamarck otorgan a la historia natural tradicional un sitio integral en la
nueva ciencia. La descripción y clasificación de los minerales, plantas y animales,
habían prosperado y progresado desde el siglo XVIII. Una vasta visión de los productos
naturales (minerales, plantas y animales, en contraste con las producciones de artificio
del hombre), encontró albergue análogo en las innumerables Historias Naturales del
293
294
COLEMAN, W.: op.cit., p.55.
Ibid..
174
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
siglo XVIII. La actividad descriptiva general constituía la esencia de la historia natural
y quienes se dedicaban a ella podían llamarse en gran parte naturalistas...295
La teoría celular siempre tuvo la vocación de convertirse en teoría generalizada
de la forma. Aunque no especificaba cuáles eran los mecanismos de la diferenciación
celular ni brindaba los principios de la organización macroscópica, establecía un ámbito
de investigación (el citológico) que se pensaba que en el futuro proporcionaría todos los
secretos del orden macroestructural de los organismos. En un sentido analítico y
descendente, la teoría celular fijaba las unidades morfológicas y funcionales de todo
sistema biológico; pero en un sentido ascendente y compositivo, se ofrecía como un
programa de investigación que en el futuro proporcionaría las claves y las leyes de toda
la arquitectura macroanatómica de cualquier sistema orgánico: los principios de la
especialización y de la espacialización debían ser también celulares. Y, sin embargo,
como investigaremos en nuestra tesis doctoral, lo que, de nuevo, discute en este siglo la
morfología de los sistemas dinámicos es la capacidad de semejante programa de
investigación para dar cuenta completa de la forma orgánica.
295
Op.cit., pp.10-11.
175
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Conclusiones
De la mano de Aristóteles, la idea de forma orgánica irrumpe en el panorama
disciplinario con una fuerza tal que sus ondas expansivas prolongarán su influencia
hasta bien entrado el siglo XVIII. En sentidos cronológicos inversos, Galeno y Linneo
completan ese lapso bifurcando a la idea global de forma orgánica en dos direcciones
independientes: en un sentido históricamente ascendente, la concepción galénica del
organismo, además de integrar la teoría biológica del período clásico, cristaliza en
dogma incuestionable para la anatomía venidera; en el sentido descendente, la
taxonomía del primer Linneo sistematiza la lectura que hiciera la Escolástica del estudio
aristotélico de la variedad morfológica. Ni uno ni otro actúan como mero canal
transmisor del mensaje aristotélico, que, al alcanzar el siglo XVIII, se ha vuelto
prácticamente irreconocible: en el caso de la idea de forma orgánica aplicada al estudio
de la organización del cuerpo, no es tanto Galeno como su elevación a autoridad casi
sagrada quien traiciona el sentido de la forma sustancial aristotélica; en el caso de la
forma de la variedad interorgánica, la tradición escolástica que dirige la sistemática del
primer Linneo, convierte al estudio aristotélico de la diferencia en un proyecto
clasificatorio de rigidez inamovible. A partir de 1753, la taxonomía linneana sufre una
serie de transformaciones procedimentales que la alejan del esencialismo fijista: la
introducción del tiempo y la revisión de los conceptos de género y especie convierten a
la obra linneana en el engranaje imprescindible para comprender el tránsito al otro gran
episodio que configura a la idea de forma orgánica. La referencia de la Teodicea a una
inteligencia arquetípica generadora de las formas naturales, ha posibilitado el célebre
giro que Kant imprime a la teoría del conocimiento biológico; habiendo sido entendida
la causalidad final como expresión de una voluntad y un entendimiento creadores, la
filosofía crítica prohíbe al entendimiento humano la aprehensión esencial de la forma
orgánica, que queda desplazada al sustrato impenetrable de lo nouménico.
Inmediatamente, la interpretación morfológica de las clases animales y vegetales sufre
la misma suerte, y aquí es donde aparece la distinción entre variedad dada y variedad
creada que, presente en la doble sistemática de Linneo, vuelve a bifurcar la historia de la
idea de forma orgánica: la “descripción de la naturaleza” concibe la multiplicidad
orgánica como una variedad dada que sistematiza en clases genéricas y subgenéricas; la
176
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
“historia de la naturaleza”, investiga esta diversidad morfológica en tanto que resultado
de una evolución histórica. A su vez, los dos enfoques delimitados por Kant se
concebirán en otros dos sentidos que, una vez más, escinden el hilo conductor de la
forma orgánica en una cuádruple ramificación. La descripción de la Naturaleza en
géneros y especies puede limitarse a representar la realidad mediante ciertas imágenes
que simplifiquen la diversidad de lo orgánico; es el caso de la actual Historia Natural
que, desde la teoría celular, dejará de pertenecer al núcleo de la biología teórica. La
morfología idealista se revela contra esta limitación, y, rehumanizando la intuición que
Kant considerara exclusiva de un entendimiento divino, ensaya explicar la diversidad
orgánica a partir de un número limitado de tipos morfológicos subyacentes. Por su
parte, la historia de la naturaleza que investiga la multiplicidad orgánica en tanto que
variedad creada en el tiempo, concibe la evolución, bien como un despliegue
morfológico de aquellos mismos tipos originarios, o bien como resultado de un proceso
mecánico. La primera alternativa viene encarnada por los planes de organización que
algunos de los morfólogos románticos someten al decurso temporal. A su vez, la
investigación genética legitimada por la Crítica del Juicio, que en la exploración de la
multiplicidad orgánica vendrá de la mano del evolucionismo darwiniano, demuestra su
primera fertilidad en el ámbito de la forma del cuerpo orgánico. Como un legado más de
la filosofía de la biología kantiana, filtrada ya por la Naturphilosophie, Schleiden y
Schwann convierten a la célula en núcleo explicativo de la organización y el
crecimiento de los cuerpos vegetales y animales, que, frente a lo inorgánico, se unifican,
por fin, en un solo reino.
Este apretado relato quiere esbozar, con trazo grueso, las líneas que articulan el
árbol genealógico de la idea de forma orgánica. Como advertíamos en nuestra
introducción, sólo una vez recorridos cronológicamente los senderos en los que su
historia se ramifica, podemos articular, sistemáticamente, los distintos modos,
gnoseológicos y ontológicos, ensayados para aprehenderla.
177
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
I. Forma y Gnoseología
1. El debate reduccionismo/antirreduccionismo
La dialéctica reduccionismo/antirreduccionismo que, desde su nacimiento,
discute la entidad de la forma orgánica y la posibilidad de su aprehensión científica no
puede plantearse en términos absolutos. Desde la perspectiva diacrónica, porque la
configuración de la idea de forma y de la ciencia a la que se atribuya su estudio no se
produce al margen, sino enraizada en el panorama disciplinario de cada época; desde la
perspectiva filosófica, porque, en los límites impuestos por la geografía científica del
momento, la dicotomía es también relativa a la plataforma sistemática desde la que
decidamos encararlo; relativa, en primer lugar, al plano ontológico o gnoseológico en el
que emplacemos la dialéctica; y, en segundo lugar, relativa al criterio (formal o
material) que tomemos como definitorio de las alternativas enfrentadas.
En el plano ontológico, si elegimos a la materia como referencia, la dialéctica se
identifica con el enfrentamiento entre materialismo y vitalismo: para el materialismo,
toda materia, sea natural o artificial, inerte o viva, puede reducirse a partes elementales
idénticas, ya sean los cuatro elementos de la Antigüedad, ya sean nuestros átomos
actuales; para el vitalismo, los seres orgánicos explicarían su singularidad en virtud de
la interior posesión de una sustancia o de una fuerza distinta que animaría a los cuerpos
naturales hasta su muerte. Desde esta perspectiva, y a excepción del vitalismo de algún
miembro de la filosofía natural alemana, todas las posiciones examinadas en nuestra
historia se han acogido al postulado materialista. Ahora bien: si en lugar de la materia
tomamos a la forma ontológica como criterio definitorio, la dialéctica entre
reduccionismo y antirreduccionismo se hace paralela a la oposición entre monismo y
pluralismo ontológico, que no depende ya de la composición material, sino de la
estructura de los cuerpos naturales. Para el monismo ontológico, la singularidad de la
forma orgánica es sólo una apariencia; para una ontología pluralista, la forma en la que
se organizan los distintos tipos de cuerpos no es reductible a las fuerzas que vinculan a
sus partes constituyentes, sino que responde a una causalidad distinta. Este supuesto lo
admite sin vacilación el aristotelismo, clásico y escolástico, y, naturalmente, la
morfología idealista. También el criticismo de Kant y sus continuadores, aunque al
sumergir a la forma orgánica en la incognoscible oscuridad de lo nouménico, renuncie a
precisar la singularidad de su entidad.
178
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
En el mundo clásico, la gnoseología se subordina a la ontología, de modo que las
posturas ontológicas reduccionistas y antirreduccionistas obtienen una inmediata
traducción gnoseológica donde materia y forma se conjugan de manera necesaria. Así,
el pluralismo sustancialista que define la ontología de Aristóteles y Galeno encuentra su
reverso gnoseológico en una idea de Ciencia también plural que declara
inconmensurables a la Física y a la Matemática. También la defensa romántica de una
concepción plural del mundo natural se corresponde con una idea de Ciencia
heterogénea. Sin embargo, mientras que el panorama científico aristotélico aparece
fragmentado en parcelas con caracteres específicos, la morfología idealista, al concebir
la Naturaleza como un gigantesco organismo, subsume a las disciplinas que investigan
cada una de sus partes en una totalidad jerárquica regida por la Morfología, responsable
del estudio de la forma total.
Desde la inversión que imprime la crítica kantiana al problema de la relación
entre sujeto y objeto, el debate entre reduccionismo y antirreduccionismo sí puede
plantearse en términos exclusivamente gnoseológicos: lo que importa no es ya la
materia de la ciencia, que deja de coincidir con lo que ontológicamente se reconoce
como existente, sino la forma en la que el entendimiento pueda organizarla. Así, en
nuestro caso, resulta ya indiferente para el investigador de la Naturaleza que la
causalidad mecánica sea o no capaz de resolver el problema de la forma orgánica. La
idea de Ciencia no depende ya de la materia sino de las formas del entendimiento
humano, y por eso es única y no múltiple, como en Aristóteles296. En el campo de
nuestro trabajo, el criticismo no se concreta reduciendo la biología a la física, sino
exigiendo a toda indagación científica una misma forma teórica; de ahí que, para los
teóricos celulares, las fuerzas que intervienen en la generación no se pretendan
idénticas, sino análogas a las fuerzas físicas.
2. La aprehensión científica de la forma orgánica.
En función de las posiciones adoptadas en el debate reduccionismo /
antirreduccionismo, la forma orgánica se ha comprendido desde distintos modos
gnoseológicos que, con René Thom, podemos agrupar en dos grandes estrategias
explicativas: la explicación reduccionista “se inicia con un análisis causal de los
296
Sin que ello impida a Kant mostrarnos el papel heurístico que la causalidad final adquiere cuando
tenemos que reflexionar sobre la compleja organización de los seres vivos.
179
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
fenómenos X observados, y se pregunta: ¿estos fenómenos X son causados por entes de
otra especie Y o encuentran en sí mismos sus causas? En el primer caso, se consagra al
estudio de los fenómenos Y, olvidando, por así decirlo, la morfología intrínseca de X
[...] En el segundo caso, cuando los fenómenos X no tienen otra causa visible que ellos
mismos, el reduccionista trata de explicarlos mediante la descomposición del medio que
es soporte de X en entidades más pequeñas, invariables e indestructibles, cuya
combinatoria debe reconstruir por agregación la morfología X.” Frente a la estrategia
reduccionista, “la tendencia «estructural» aspira a simplificar su descripción con un
número finito de reglas combinatorias relativas a alguna morfología elemental que
permitan reconstruir la morfología en cuestión” 297 .
En nuestra historia, la tendencia estructural se corresponde con el período
aristotélico y la morfología idealista; la reduccionista, con el método genético
autorizado por la crítica kantiana y aplicado por la primera teoría celular. Una y otra se
especifican después en estrategias metodológicas diversas, tanto para la investigación de
la forma orgánica como para el estudio de la variedad morfológica. Como advertimos en
nuestra introducción, esta historia no se ha limitado a perseguirlas en las declaraciones
teóricas explícitas, sino también en los procedimientos desplegados en la propia praxis
biológica. De este modo, la gnoseología de la forma del período aristotélico se ha
enriquecido con el análisis del método divisorio aristotélico, con el operacionalismo
galénico que depara la vinculación entre la mano y la inteligencia, o con las
modificaciones procedimentales introducidas en la sistemática del segundo Linneo. Sin
embargo, el despertar de la conciencia sobre los límites del entendimiento humano,
convierte a la época abarcada por la influencia kantiana en el período indudablemente
más fértil para la reflexión gnoseológica sobre la forma orgánica. La inversión crítica
del problema del conocimiento, la potencia predictiva del método experimental y la
incorporación de nuevas técnicas como el microscopio en la investigación anatómica,
multiplican la exploración de los límites y posibilidades de una ciencia morfológica.
297
THOM, R.: Parábolas y catástrofes, Tusquets, Barcelona, 1985, pp.14-15.
180
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
2.1. La estrategia estructural: síntesis, intuición e investigación geométrica
de la forma orgánica.
Puesto que las morfologías orgánicas se nos presentan a escala humana, la
tendencia estructural siempre ha reivindicado la legitimidad científica de la observación
directa. En las coordenadas aristotélicas, los principios que gobiernan la configuración
de lo vivo son siempre accesibles no sólo a los ojos, sino también a las manos del
investigador de la naturaleza, como lo fueron para Galeno a partir de sus disecciones
anatómicas. La Escolástica, igualmente, concibe la Naturaleza como un todo ordenado
que puede ser conocido. Por su parte, la consideración de la Ciencia como una vía de
acceso al pensamiento divino, convierte a la investigación morfológica en una praxis
absolutamente subordinada a los principios de la razón. La morfología idealista vuelve a
reivindicar la totalidad del ser humano, y no sólo su entendimiento, como “el
instrumento más exacto”. La intuición, que la filosofía crítica había definido como una
condición de nuestro acceso a los fenómenos, se convierte para los románticos en el
instrumento cognoscitivo específico de la morfología.
En cuanto a las herramientas metodológicas ensayadas para capturar la variedad
morfológica, la anatomía comparada se impone en esta historia como protagonista.
Ahora bien: aunque entre los defensores de la tendencia estructural, la comparación sea
siempre el medio para agrupar las semejanzas y delimitar las diferencias que organizan
la multiplicidad orgánica, los términos generales en los que se incluyen las
consonancias y las disonancias morfológicas son muy distintos en Aristóteles, Linneo y
los morfólogos idealistas. En el hilemorfismo, los términos genos y eidos no son clases
lógicas sino diferencias formales y materiales, y es su entrecruzamiento ulterior lo que
permite definir los grupos de individuos que hoy entendemos por géneros y especies.
Sin embargo, la sistemática del primer Linneo interpreta ambos conceptos en los
términos de la lógica de clases, y la taxonomía se convierte en un proceso descendente
que parte de categorías más amplias para ir determinando, sucesivamente, las inferiores.
La morfología idealista recupera el espíritu aristotélico, pero su teoría de los tipos no se
dirige a las partes sino a la totalidad del cuerpo orgánico; el plan de organización tratará,
así, de capturar los esquemas morfológicos mínimos que subyacen a la multiplicidad de
las formas orgánicas.
181
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
2.2. La tendencia reduccionista: análisis, inducción e investigación genética
de la forma orgánica.
Frente al método sintético, la intuición y la investigación geométrica, el análisis,
la inducción y la investigación genética aparecen en nuestra historia como los modos
gnoseológicos específicos de la tendencia reduccionista. Si la forma no es más que una
apariencia, o si, simplemente, se demuestra inaprensible para nosotros hombres, la
exploración de metodologías, conceptuales o tecnológicas, específicas para su captura
pierde toda pertinencia. El método analítico, desdoblado en su sentido experimental y
teórico, será aquí el mejor aliado para descomponer a las morfologías en sus partes
elementales y reconstruir el todo originario a partir de principios puramente mecánicos.
Ésta es la máxima que impone Kant al investigador de la Naturaleza y que la teoría
celular acata con un éxito tan contundente frente a la Naturphilosophie que, hasta hoy,
barre con toda gnoseología morfologista. Sin embargo, el carácter subjetivotrascendental que la filosofía crítica atribuye a la causalidad formal no la sustrae
absolutamente de la investigación científica; para kantianos y neokantianos, la idea de
forma orgánica desempeña una función regulativa que dirige a la explicación causal en
el momento ascendente de su investigación, cuando trata de recuperar la totalidad
orgánica. De ahí que la reivindicación de la cristalografía como modelo teórico haya de
leerse aquí en un sentido muy distinto: el investigador de la Naturaleza habrá de imitar
al cristalógrafo en su indagación del parentesco no geométrico sino genético de las
formas.
También en el campo de la variedad morfológica, la investigación histórica y el
juicio reflexionante que guía sus pasos se revelan instrumentos cognoscitivos
predilectos en todas las épocas del reduccionismo. El segundo Linneo, con la
introducción del tiempo y del mecanismo natural de la hibridación, es el ejecutor
inconsciente del único modo gnoseológico de proceder que Kant decreta legítimo para
la construcción de una historia de la Naturaleza. También aquí, el juicio reflexionante
juega un papel regulativo que encuentra en la anatomía comparada a su mejor
instrumento. Si a partir de las reliquias de nuestro presente, ordenadas por el intelecto
imaginativo en ciertas clases naturales, nos retrotraemos al origen y, sin pronunciarnos
sobre él, reconstruimos la historia evolutiva mediante la causalidad mecánica, podremos
aspirar a la construcción científica de una historia de la Naturaleza.
182
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
Junto al análisis y la investigación genética, la inducción completa la tríada
gnoseológica en la que se despliega la tendencia reduccionista. Como el genético,
también el método inductivo aparece ejercitado en la sistemática del segundo Linneo.
Pero si el método histórico aparece epistemológicamente fundamentado desde Kant, la
inducción ha de esperar al neokantismo de Fries y Apelt para participar legítimamente
en la investigación biológica, que siempre la tuvo como método privilegiado. En el
plano de la forma del organismo, Schleiden y Schwann defienden su uso para la
fundamentación de una biología teórica; en el ámbito de la variedad morfológica, es, de
nuevo, el segundo Linneo quien la introduce en la construcción de un nuevo método
clasificatorio. La utilización de géneros modulantes, el sistema binominal de
nomenclatura y el estudio sistemático de las variedades, invierten el proceso deductivo
que en la primera época definiera a las clases animales. Ahora, mediante la anatomía
comparada, los grupos taxonómicos se obtienen por selección de los rasgos compartidos
por diferentes especies, en el caso del género, y por diferentes variedades, en el caso de
la especie.
II. Forma y Ontología.
1. La idea de todo y parte.
A diferencia de las ideas de materia, fuerza o tiempo, la relación entre todo y
parte aparece indisolublemente entretejida con el doble sentido de la idea de forma
orgánica. En su primera acepción, la figura total del organismo aparece identificada con
el todo, mientras que las partes se desdoblan en dos tipos: por un lado, las partes
“materiales”, partes informes comunes tanto a los cuerpos orgánicos como a los
inorgánicos; por otro, las partes “formales”, específicas de los seres vivos. La primera
distinción, y también la más precisa, entre ambos tipos de partes aparece en la
discriminación aristotélica entre lo homogéneo y lo heterogéneo. Desde entonces, la
relación de la forma orgánica con la materia y con la estructura se ha presentado bajo
denominaciones diversas, pero en un sentido prácticamente invariable.
Desde el punto de vista de la multiplicidad de las morfologías orgánicas, la
relación entre todo y parte aparece en nuestra historia con un significado muy distinto;
la anatomía comparada no persigue a las partes en tanto que elementos conformantes de
183
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
una totalidad determinada, sino como especificaciones de una unidad previa; el todo no
es ya un conglomerado de partes, sino su fundamento originario. Así, tanto las partes
anatómicas como el todo orgánico se comprenden como concreciones materiales de una
serie de formas primigenias.
2. Forma y materia
La articulación entre forma y materia alcanza su expresión más acabada en el
hilemorfismo aristotélico, donde la materia se relaciona con la forma en un doble
sentido: como materia determinada y como necesidad hipotética para la realización de
una función. En ambos casos, la materia es siempre la materia específica de un cuerpo
determinado que la requiere para la realización de las funciones que le son propias. La
fisiología galénica hereda el hilemorfismo aristotélico, concretando, a través del
humoralismo, la especificidad material de la forma orgánica. Sin embargo, la
inaprensibilidad de la estructura humoral, con la que se identifica la naturaleza del alma
en el galenismo, limita la fertilidad heurística de la forma sustancial en la
anatomofisiología helenística.
La relación entre materia y forma en el ámbito de la variedad morfológica, alcanza
también en Aristóteles su conjugación más elevada. El método divisorio comprende al
genos como una diferencia formal que se concreta después, materialmente, en diferentes
eidos. La definición aristotélica de las semejanzas y las diferencias morfológicas entre
las clases animales revela, así, un carácter topológico de deslumbrante actualidad.
Frente al hilemorfismo clasificatorio, el formalismo logicista del primer Linneo elimina
a la materia de la investigación sistemática: el método combinatorio calcula
apriorísticamente todos los géneros posibles. Contra el fijismo de la taxonomía
escolástica se revela, precisamente, la morfología idealista. Sin embargo, las invectivas
de la filosofía natural no se dirigen al formalismo sino al estatismo de la definición
linneana de los géneros y las especies. Entre los morfólogos, el problema de la
singularidad de la materia orgánica desaparece del campo anatómico. Sólo St. Hilaire, a
través del “principio de la afinidad formal”, ensayará una conjugación entre materia y
forma que, no obstante, acaba desembocando en la pura reducción de la una a la otra.
184
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
3. Forma y estructura
Todas las inflexiones que nuestra idea ha sufrido a lo largo de su historia han
tratado de localizar las partes formales mínimas a las que podía reducirse la explicación
de un cuerpo orgánico. Desde Aristóteles hasta la morfología idealista, esas partes
fueron siempre las partes orgánicas, junto con los sistemas óseo, nervioso y sanguíneo.
La doctrina tisular permite la transición hacia la teoría celular, que desata una
revolución en el panorama biológico al localizar en la célula el núcleo estructural del
organismo entero.
Pero una vez efectuado el descenso hasta las partes elementales, la recuperación
ascendente de la totalidad del cuerpo orgánico se demuestra el momento más difícil. En
esta otra fase de la investigación morfológica, la forma orgánica ha sido concebida de
varios modos no siempre compatibles: como estructura simétrica, como totalidad
subordinante de sus partes o como figura geométrica.
a) La forma como estructura simétrica: identificadas las partes formales que se
articulan en el todo orgánico y su dependencia mutua, la disposición de tales partes a lo
largo de ciertos ejes de simetría ha especificado recurrentemente la relación entre
elementos y estructura. La filosofía natural del Liceo, incluyendo a Galeno, interpreta
como principios estructurales de las partes orgánicas el arriba y el abajo, el delante y el
detrás, lo derecho y lo izquierdo. Despreocupados por la materia, algunos morfólogos
franceses y alemanes llevan esta idea hasta sus últimas consecuencias. De Candolle es,
sin duda, el caso más destacado; comprimiendo a las partes anatómicas en meros
“puntos-masa”, su obra reduce el problema de la forma orgánica al “plan de simetría”
por el que los órganos se distribuyen en un espacio bidimensional.
b) La forma como correlación de las partes formales: la constatación de la
correlación formal entre las partes anatómicas reaparece también de manera recurrente a
lo largo de nuestra historia. Desde Aristóteles, unas partes son principios de otras
cuando su transformación implica modificaciones consecuentes en las partes
subordinadas. El corazón, el cerebro, la médula espinal... Una vez identificadas las
partes estructurales del organismo, cada sistema privilegia a unas partes sobre otras
como principios articuladores. Algunos morfólogos como Cuvier fundamentan sus
taxonomías en el principio de la subordinación formal de unas partes a otras. En
general, sin embargo, la semejanza morfológica entre especies distintas se establece,
como en Aristóteles, en función de la homología formal entre sus partes.
185
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
c) La forma como figura geométrica: tras el Timeo platónico, y hasta la
morfología idealista, se renunció a insertar las formas orgánicas en los moldes rígidos
de la geometría euclidiana. Con la vuelta al platonismo defendida por algunos de los
miembros de la filosofía natural, la forma orgánica entendida como forma geométrica,
alcanza en Bronn, Dutrochet y Ensenbeck su expresión más acabada.
4. Forma y función
La significación funcional de la forma orgánica es, sin duda, el aspecto más
arduo del problema que abordamos en nuestra historia. Aristóteles lo resuelve a través
de la materia, y también Galeno a través de los humores: una forma determinada sólo
podría cumplir la función que le corresponda si se encarna en una materia cuyas
propiedades cualitativas le permitan ejecutar esa función. Este principio se aplica tanto a
las partes como al todo, pues también la forma global y la materia correlativa de cada
especie es la más adecuada para la plena actualización que, en cada medio, habrán de
experimentar sus funciones vitales. También desde el punto de vista de la definición de
la variedad morfológica, el hilemorfismo aristotélico se vincula con la función, que
actúa como límite del método divisorio. En uno y otro plano, el postulado de la
eternidad de las especies juega un papel esencial: dada la permanencia eterna en la que
se organizan las formas animales, la función es previa no en un sentido temporal sino
lógico, pues no cabe aquí una inteligencia divina que prevea, bien en el origen, bien en
cada nueva gestación, el modus vivendi de sus creaciones. Esto es, precisamente, lo que
sucede con la lectura que la sistemática escolástica hará de Aristóteles: en el fijismo
linneano, la función antecede temporal y lógicamente al rasgo en la mente de Dios.
Si la distinción que separa las partes formales y las materiales aparece
invariablemente entre todos aquellos que han tratado de explicar la relación de la forma
orgánica con la estructura y la materia, la diferencia entre partes homólogas y análogas
es la que, de manera repetida, ha aparecido entre todos aquellos que han tratado de
comprender la conjugación entre forma y función en el plano de la variedad
morfológica. Desde Aristóteles, las partes homólogas son aquellas que tienen la misma
forma, mientras que la analogía designa a las partes que, a pesar de las diferencias
morfológicas, comparten una misma función en distintas especies animales. Sin
embargo, la presencia o la ausencia de la idea de materia en la sistematización de las
semejanzas y las diferencias interorgánicas, depara una relación muy distinta entre
186
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
forma y función: en el hilemorfismo aristotélico, la analogía relaciona a géneros
distintos de cuya división resultan partes homólogas que, a su vez, se concretan
materialmente en partes específicas; en la morfología idealista, la eliminación de la
materia en la consideración de la forma orgánica desemboca, finalmente, en la
disociación entre forma y función. El único nombre que sí logra articularlas es Cuvier,
que no sólo constata la diferencia entre las causalidades formal y funcional, sino que,
además, las vuelve correlativas en un principio de dependencia mutua.
5. Forma y tiempo.
Dado el principio de la eternidad de las especies, en Aristóteles la conjugación
entre forma y tiempo sólo se produce en el ámbito restringido de las operaciones de la
forma orgánica. En ellas, el tiempo imprime un esencial dinamismo por el que potencia
y acto se suceden en la vida de un organismo, cuyo ser se concibe como un permanente
estar siendo. Galeno hereda la inspiración dinamista de la ciencia natural del Liceo,
radicalizando la importancia del movimiento al hacer residir el núcleo explicativo de la
totalidad orgánica en fluidos y no en partes sólidas como los órganos.
Aunque con estatutos ontológicos muy distintos, el tiempo transforma la idea de
forma orgánica en los dos enfoques que, durante el Romanticismo, se disputaron su
comprensión. Frente a la rigidez de la sistemática del primer Linneo, la morfología
idealista querrá capturar, no la forma acabada, sino el proceso formativo en el que
consiste la vida de un organismo. Para la filosofía natural idealista, y frente a los
proyectos morfológicos que la precedieron, la forma orgánica es irreductible a
cualquiera de los estadios que atraviesa en su desenvolvimiento; éste es el sentido de la
teoría espiral de las plantas, en botánica, y de los diversos planes de organización que,
en zoología, se sometieron al decurso temporal. En el otro extremo, la perspectiva
genética del neokantismo incorpora el tiempo como una variable independiente que
cruza el espacio; frente a los románticos, el criticismo descompone a la forma orgánica
en los estadios discretos que recorren la sucesión temporal de una serie mecánica. Éste
es el sentido en el que Kant interpreta la introducción del tiempo en los ensayos del
segundo Linneo, según el cual, Dios habría creado una sola especie de cada orden de
plantas, y por hibridación, habrían surgido las demás especies. De este modo, la
intervención divina se desplaza al origen y se le concede el protagonismo causal a un
mecanismo natural y no geométrico.
187
Historia filosófica de la idea de forma orgánica
6. Forma y fuerza.
La incorporación de la idea de fuerza al problema de la forma orgánica aparece
asociada al triunfo predictivo de la mecánica newtoniana. De ahí que, lejos de tratarse
de un regreso al oscurantismo, el vitalismo haya de concebirse como un intento de
garantizar a las ciencias de vida medios de análisis equivalentes a los aplicados por el
físico 298. La idea de fuerza aparece entre los morfólogos como “morfotipo”, una fuerza
espiritual que ni es reducible a las partes físicas constitutivas de un organismo, ni puede
ser identificada con ningún estadio particular de su desarrollo. El morfotipo es, así,
tanto lo que organiza a las partes, como aquello que guía su desarrollo para que sus
diversas manifestaciones temporales sean expresión de una misma unidad subyacente.
Ni Schleiden ni Schwann, herederos de Kant, niegan, en el plano ontológico, la
existencia de una fuerza formativa, pero la decretan inaprensible para la investigación
científica. Como las fuerzas físicas, las fuerzas orgánicas que logre precisar la teoría
biológica habrán de tener la forma de la causalidad mecánica.
Ni el análisis matemático ni la geometría euclídea han logrado capturar el
secreto de las formas biológicas, que hoy continúan ofreciéndosenos con tan evidente
capacidad de seducción como a Aristóteles. Desde un punto de vista científicofilosófico, sin embargo, el presente al que conduce la historia que nuestra investigación
ha procurado articular y explicar ofrece herramientas categoriales hasta ahora
inexploradas para situar la idea de forma orgánica en una nueva perspectiva teórica. Y
así como el mecanicismo empedoclíteo sólo demuestra sus verdaderas consecuencias
gnoseológicas y ontológicas de la mano de la física clásica, así los sistemas que han
defendido la entidad singular de la forma orgánica, sólo podrán exhibir la fertilidad de
su análisis cuando encuentren en la actual topología su peculiar lenguaje matemático.
Analizar las consecuencias que la geometría flexible, desde Poincaré, muestra en su
aplicación a las morfologías biológicas es el último objetivo de nuestra futura tesis
doctoral. Una vez más, el asunto más arduo de este nuevo episodio al que ha de
enfrentarse la teoría del orden estructural de lo vivo, tendrá que ver con lo que, desde su
nacimiento, aparecía como el rasgo más distintivo de los organismos: el significado,
siempre funcional, de las formas orgánicas.
298
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