de esclavos a hijos amados

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DE ESCLAVOS A HIJOS AMADOS
Por Rolando López Concepción
En la Biblia, desde los primeros capítulos del libro de Génesis, Dios nos deja saber cómo transcurrió el proceso de
creación, incluido el de la especie humana. Allí vemos que originalmente fuimos hechos perfectos para que
viviéramos en un sitio ideal, pero el hombre le falló a Dios, tratando de igualarse a su creador, por lo cual fue
expulsado de la Divina Presencia y condenado a vagar por los confines de la Tierra, esclavo del peor de los amos. Al
respecto, dijo nuestro señor Jesucristo: “…de cierto os digo que todo aquel que practica el pecado, esclavo es del
pecado” (Juan 8:34). Y fue una esclavitud extensiva a todos, porque todos pecaron y “así está escrito: No hay un
solo justo, ni siquiera uno” (Romanos 3:10).
No obstante, ni aun en estas circunstancias el Señor se desentendió del hombre, sino que de inmediato comenzó a
preparar el modo de liberarlo de la esclavitud, esta vez, de manera definitiva. Escogió, de entre todos los hombres
de la tierra, a un pastor caldeo y lo convirtió, por su gracia, en Abraham, padre de una multitud de naciones
(Génesis 17:5), para, a través de su línea genealógica, ir formando, poco a poco, la familia que habría de recibir al
Hijo de Dios.
De Abraham nació Isaac, y de éste, Jacob (Israel) que a su vez tuvo doce hijos, cuyos nombres llevaron las tribus
que poblaron la tierra prometida; siendo, de éstas, Judá la elegida como hacedora de reyes, nación donde germinaría
la raíz de David, Jesucristo, manifestado para salvación de todos los hombres (Tito 2:11).
Muchas personas hoy no entienden por qué Jesús no se enfrentó directamente a la maldad de los hombres,
capitaneando un movimiento que, con la ayuda de Dios, obviamente lo habría llevado a la victoria. Ciertamente los
caminos de Dios son inescrutables, no obstante, en una de las respuestas de Jesús a Pilato podría estar la clave: Mi
reino no es de este mundo —contestó Jesús—. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los
judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo.… Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar
testimonio de la verdad (Juan 18:36-37).
A los judíos que habían creído en él, les había dicho: Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis
discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres (Juan 8:30-31), porque “a todos los que le recibieron,
a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12) ¡Bonita promesa! Pasar de
esclavos, muertos en pecado, a ser libres, herederos del reino de Dios; desde ahora y para siempre. Ese es el
evangelio que nos muestra la Biblia: la grata noticia de que aún siendo pecadores Dios nos ama y que para
salvarnos, envió a su propio hijo, Jesucristo, a pagar por nuestras culpas, limpiándonos con su sangre.
Cristo, el Señor que adoramos, es por tanto la solución perfecta y definitiva a todas nuestras carencias: espirituales,
pero también materiales. Hagámoslo el centro de nuestras vidas, entregándonos a él con fe y él se convertirá en
nuestro salvador personal; hoy, y hasta el fin de los tiempos.
Este escrito es una contribución del grupo de autores evangélicos cubanos denominado “Pluma Evangélica”. Tiene su sede
en Jatibonico, Sancti Spíritus, Cuba.
Usado con permiso
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