Ahorros a la deriva

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Economía | 31 años de inversiones
Ahorros a la deriva
Un estudio encargado por NOTICIAS revela que la inversión más
productiva siempre fue el dólar y el ahorro externo. Una historia cíclica.
Por Cecilia Boufflet
Los argentinos son claramente reconocidos por el “deme dos” de las épocas en las que el tipo de cambio
estuvo alto. Tiempos en los que se gastaba mucho y se guardaba casi nada. Pero también por la
posibilidad de que “cualquier hijo de vecino” considere como opción girar sus ahorros al exterior, abrir
cuentas en el extranjero y hasta decidir inversiones bastante más sofisticadas que un sencillo plazo fijo.
La verdad es que la historia económica de la Argentina justifica ampliamente esas actitudes.
En su edición aniversario, NOTICIAS se propuso repasar lo sucedido con los ahorros de los argentinos
que optaron por algunos de los más tradicionales instrumentos de inversión disponibles en el mercado.
Un análisis realizado por la sociedad de bolsa Portfolio Personal comparó lo que hubiera sucedido con un
ahorro de 1.000 dólares de un argentino en el ‘76 si hubiera conservado la misma herramienta de
inversión durante los últimos 31 años. La primera conclusión es que, en ese largo plazo, resguardar el
valor del capital fue una tarea heroica, casi inalcanzable.
Desde entonces, existieron en el país cuatro monedas diferentes: Peso Ley 18.188, Peso Argentino,
Austral y Peso. Mientras tanto, la moneda nacional perdió un total de once ceros, una velocidad de
depreciación que puede ranquear entre las diez primeras del mundo en países del tamaño y las
condiciones macroeconómicas de la Argentina.
Si se descuentan los 10 años de Convertibilidad en los que la relación peso-dólar estuvo congelada 1 a 1,
la moneda local perdió un cero cada dos años. La explicación es, claro, que sucedieron dos
hiperinflaciones en el medio. Y la cuenta final revela que la inflación acumulada desde 1976 a la fecha
equivale a un incremento de precios de 393.223 millones %, un porcentaje ridículo y devastador.
Así las cosas, si a algún argentino se le hubiera ocurrido la idea de atesorar, todo ese tiempo, sus ahorros
en el colchón y en pesos (que por entonces eran pesos Ley 18.188 y equivalían a 277.000 pesos- hoy
tendría 0,00000277 pesos actuales. Es decir, nada. Para poder llegar a alguna unidad mínima de la
moneda actual, en el ‘76 habría que haber guardado 1.000 millones de pesos Ley para contar hoy con un
centavo de peso. Eso sí, habría que haber hecho cuatro veces la cola en el banco para cambiar de
papeles y, finalmente, de monedas.
Era de confiscaciones. Una suerte bien esquiva hubiera sufrido quien intentó mantener su ahorro en
moneda local, en un plazo fijo y en el sistema financiero durante todo ese tiempo. En los últimos 31 años,
además de las dos hiperinflaciones –jamás las tasas de interés bancarias lograron compensar la pérdida
del poder adquisitivo del dinero-, habría que registrar dos escandalosas confiscaciones de depósitos. La
primera fue el Plan Bonex impuesto en 1989 por el entonces ministro de Economía, Erman González, ya
en el gobierno de Carlos Menem. A la crisis se había llegado luego de que la espiral inflacionaria llevara a
que los depósitos a plazo fijo a 30 días se pactaran a tasas superiores al 400%. El 28 de diciembre de ese
año, se dispuso un canje compulsivo de los plazos fijos que superaban el millón de australes, por títulos
públicos Bonex 89 que vencían en un plazo de 10 años. Las estimaciones indican que la medida habría
alcanzado al 60% de los depositantes.
Allí se frustró la primera posibilidad de mantener un plazo fijo con cierta garantía de estabilidad. El
segundo golpe se dio en etapas y se denominó “corralito-corralón”. En diciembre del 2001, y ante la
necesidad de frenar una corrida bancaria, el ministro de Economía de Fernando de la Rúa, Domingo
Cavallo, dispuso una restricción a la extracción de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y
cajas de ahorro. Un mes y cinco presidentes después, la dupla de Eduardo Duhalde y Jorge Remes
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Lenicov dictó una serie de normas por las que se pesificó y se reprogramaron todos los depósitos en
cajas de ahorro, cuentas corrientes y plazos fijos en función de los montos depositados.
Es decir, como instrumento, el plazo fijo en pesos terminó totalmente desacreditado, tanto como el
sistema financiero, incapaz de sostenerlo a través del tiempo y de las crisis.
Si hubiera existido un instrumento ajustable por inflación, unos 1.000 dólares del ’76 (ó 277.000 pesos
Ley) serían unos 10.892 pesos de los vigentes hoy, lo que permitiría a ese hipotético inversor comprar
poco más de 3.480 dólares. Es decir, hubiera conseguido una ganancia del 248% en 31 años. No hubiera
sido una renta extraordinaria, pero tampoco una defraudación. Aunque en materia de poder adquisitivo
estaría casi igual, ya que la inflación en dólares en este lapso rondó el 260%.
Los que ganaron. Los que diversificaron el riesgo, en cambio, optaron por instrumentos en el exterior o
apostaron a las acciones de empresas argentinas, consiguieron con éxito conservar su poder adquisitivo y
realizar atractivas ganancias, aunque supuestamente estaban sometidos a un mayor riesgo.
Analizando el escenario, la directora de Portfolio Personal, Paula Premrou, sostiene: “Una buena
estrategia de inversión es aquella que logra maximizar el retorno para un nivel de riesgo determinado. El
ahorrista debe determinar cual es el nivel de riesgo que está dispuesto a asumir y en función de ello elegir
la canasta de activos que le permitan obtener el mayor retorno. La clave está en la diversificación no solo
entre diferentes activos sino también entre distintas plazas financieras”.
“Si bien cada vez es mayor la correlación entre los mercados financieros distribuir los riesgos en las
distintas clases de instrumentos e incorporando activos del exterior ha resultado ser el secreto del éxito en
el largo plazo”, asegura la especialista.
Las opciones que mejor rindieron:
l Plazo fijo en dólares en el exterior: de mantener el dinero en una divisa e invertirlo en un plazo fijo
tradicional que rinda una tasa equivalente a la Libor (la tasa interbancaria de Londres que se utiliza como
referencia para muchas colocaciones pasivas) el ahorrista hoy contaría con 12.936 dólares y hubiera
obtenido una rentabilidad del 1.193 por ciento en 31 años. En términos reales la ganancia también habría
sido positiva en dólares ya que la inflación acumulada en el período en los Estados Unidos fue del 258%.
l Acciones norteamericanas: Si se hubiera decidido por invertir en el Índice S&P (el que reúne a las 500
empresas más grandes de los Estados Unidos) hoy tendría 14.057 dólares. Una rentabilidad de 1.307%
en el período. Además de ser una excelente renta, hay que considerar que los papeles de las empresas
pagan dividendos regularmente, que se suman a la ganancia acumulada.
l Acciones argentinas: Para calcular el retorno de alguien que optó por invertir en papeles de empresas en
el país hay que computar una fecha posterior. El Índice Merval (donde operan las principales compañías
de la Argentina que cotizan en Bolsa) comenzó a computarse recién en enero de 1988. Desde esa fecha
las acciones porteñas incrementaron su valor en más de 7 millones de veces. Como en esos casi 20 años
la inflación fue menor, la ganancia de las acciones superó en 4.7 veces a la suba de precios en el mismo
período. Los 1.000 dólares de referencia en 1988 eran 5.500 australes, que con el crecimiento del
mercado de 7.373.367% en el período 88-07 hoy equivaldrían a 40.553,52 pesos de la moneda actual. En
dólares equivalen a alrededor de 12.874 dólares, un retorno de 1187%. La mejor de las tres opciones, ya
que computó el menor período.
“La inversión en acciones no goza de mucha popularidad en la Argentina ya que está asociada a la
especulación. Y si bien es cierto que la volatilidad del mercado bursátil no ha sido apta para cardiacos en
el día a día, en el largo plazo las acciones han demostrado ser un buen refugio frente al principal
problema de la economía doméstica que es la inflación”, repasa Premrou.
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El crédito, la contracara. El atractivo adicional de la Bolsa argentina es que en el período considerado, ha
sido una buena inversión medida en dólares también, que fue, es y será la unidad de cuenta de los
inversores domésticos, dada la inestabilidad de las variables financieras locales.
Según las estimaciones de Portfolio Personal, no haber hecho nada en los últimos 31 años en dólares
también hubiera sido muy costoso. Premrou aclara que así como la inflación doméstica se hubiera comido
todo el capital si se hubieran guardado pesos en un cajón, haber guardado dólares en una caja de
seguridad hubiera sufrido un recorrido menos agresivo, pero similar. El poder adquisitivo de esos dólares
hoy sería notablemente menor tanto en la Argentina como en el exterior.
También hay que aclarar la performance exitosa que logran las acciones de las empresas en el país y en
el exterior no se ha repetido con garantías en los títulos públicos. Si bien tradicionalmente se ha tratado
de papeles con menor riesgo de default que el de las empresas, los impagos de la mayoría de los países
latinoamericanos en los ´80, las crisis asiática y los defaults de Rusia y la Argentina han puesto en duda
esa tesis.
Los antecedentes terminan justificando el poco apego de los argentinos a ahorrar dentro del sistema
financiero, a hacerlo en moneda local, y a dejar su dinero en el país. El dilema más profundo que esconde
el problema de los ahorristas en la Argentina es que su contracara es la falta de crédito para el
crecimiento y, en definitiva, el desarrollo económico del país.
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