"Hijos de la Declaración" Discurso de Romano Prodi

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SPEECH/00/172
Discurso de Romano Prodi
Presidente de la Comisión Europea
"Hijos de la Declaración"
en la sesión académica que conmemora el 50º aniversario de la
Declaración de Schuman
Bruselas, 9 de mayo de 2000
La idea propuesta el 9 de mayo de 1950 por el Ministro francés de Asuntos
Exteriores Robert Schuman fue nada más y nada menos que una genialidad:
cambió el curso de la historia europea de una manera que ni siquiera Schuman
hubiera podido prever.
Su genio no reside en haber propuesto construir una amistad entre viejos
enemigos, por muy noble y trascendente que fuera ese gesto. Su verdadero genio
radicó en proponer un proceso nuevo y profundamente pragmático para asegurar la
paz, la libertad y la prosperidad en Europa.
Pragmático, porque debía ser un proceso gradual de logros prácticos destinados a
unir las naciones de Europa y debía empezar poniendo en común sus recursos
económicos clave: el carbón y el acero.
Radicalmente nuevo, porque poner recursos en común significaba poner en común
las soberanías nacionales, creando así no solo una zona de libre comercio, y no
una organización intergubernamental, sino una forma absolutamente única de
unión entre Estados soberanos.
El poder de la idea de Schuman reside precisamente en que inicia un proceso sin
fin. No especificó la profundidad ni el alcance de la unidad que tenía en mente.
Debía ser efectivamente una comunidad económica, basada en la fusión de los
mercados, pero desembocaría en una Comunidad más grande y más profunda y,
por tanto, en cierta forma de federación europea. Su naturaleza exacta la fijarían
los Estados miembros en el Tratado que negociaran juntos. De esta manera, el
proyecto europeo era libre - y sigue siendo libre - para evolucionar en
circunstancias cambiantes y de conformidad con la voluntad política de sus
miembros.
Pero cualquiera que sea la forma que la Comunidad fuera a tomar, requeriría una
gestión institucional sólida y eficiente. Aquí es donde encontramos otra radical
novedad en la Declaración de Schuman: la propuesta de crear una institución
supranacional - la "Alta Autoridad" - para supervisar este proyecto nuevo y único.
De hecho, con el Tratado CECA en 1951 y el Tratado CEE en 1957, se
establecieron no solo una sino cinco instituciones europeas: La Alta Autoridad
(ahora Comisión), una asamblea común (ahora Parlamento Europeo), el Consejo,
el Tribunal de Justicia y el Tribunal de Cuentas.
Estas instituciones, nacidas de la idea intrépida y original de Schuman, pueden
llamarse verdaderamente los "hijos de la Declaración", y es su estructura fuerte, su
permanencia y su naturaleza supranacional lo que garantiza que Europa sea algo
más que una cuestión de cooperación intergubernamental.
La cooperación entre naciones es algo excelente, siempre que funcione, por
supuesto. El problema - como muestra la historia - es que la cooperación puede
degenerar con demasiada facilidad en conflicto. Precisamente para evitar este
peligro concibió Robert Schuman su brillante visión de la Europa supranacional.
Por otra parte, en una Europa democrática, las políticas nacionales pueden cambiar
radicalmente con la alternancia en el poder de los partidos políticos, y las presiones
electorales a corto plazo pueden desviar a los Gobiernos nacionales de los
objetivos a largo plazo.
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En consecuencia, Europa necesita la estabilidad que le dan las instituciones
supranacionales. El Parlamento Europeo representa a todo el espectro de
posiciones políticas, y por tanto, las elecciones al Parlamento Europeo producen
oscilaciones de menor repercusión en el panorama político que en el plano
nacional. Del mismo modo, el Consejo y el Colegio de Comisarios representan un
amplio espectro de posiciones políticas, puesto que sus integrantes proceden de
todos los Estados miembros de la UE y, en cualquier caso, la Comisión está
comprometida con su independencia frente a las políticas nacionales y con la
defensa de los intereses a largo plazo de Europa en su conjunto.
Por tanto, estas instituciones, así como los tribunales europeos, el Comité
Económico y Social y el Comité de las Regiones, desempeñan un papel
absolutamente vital en la construcción de una Europa estable, democrática,
pacífica y próspera para todos sus ciudadanos.
Juegan este papel a través de una forma única de interacción que llamamos el
método comunitario, y que ha probado su éxito durante medio siglo de integración
europea.
De todas las instituciones que interactúan en este sistema, la Comisión es la más
original. A causa de su naturaleza única es mal comprendida por el mundo
exterior. La gente tiende a pensar en la Comisión como la función pública de
Europa, y realmente es el brazo ejecutivo de la Unión, que gestiona las políticas y
negocia los acuerdos internacionales.
Pero es mucho más que eso. El método comunitario otorga a la Comisión una
función política, e incluso cuasijudicial, así como administrativa.
En primer lugar, la Comisión tiene "derecho de iniciativa": en otras palabras, la
facultad exclusiva de iniciar el proceso legislativo presentando propuestas.
Reservar el derecho de iniciativa sólo a una institución evita la cacofonía de
propuestas legislativas concurrentes e incoherentes. Durante los últimos 50 años,
también ha hecho de la Comisión la principal fuerza motriz de la integración
europea.
En segundo lugar, la Comisión es una importante diseñadora de políticas europeas.
Emplea a expertos en todos los campos de su responsabilidad. Al formular
propuestas legislativas también consulta a las partes interesadas de todos los
sectores y profesiones. Se ha convertido, de esta manera, en la depositaria de una
vasta cantidad de experiencia técnica que es crucial para la elaboración de políticas
europeas.
Una tercera función esencial de la Comisión es actuar como guardiana de los
Tratados, asegurándose de que la legislación de la UE es aplicada correctamente
por los Estados miembros. Desempeña de esta manera un papel cuasijudicial al
tomar medidas contra quienes en el sector público o privado no respeten sus
obligaciones derivadas del Tratado. Como último recurso, puede llevarlas ante el
Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas. Del mismo modo, en áreas
como la competencia, la Comisión tiene considerables poderes autónomos para
proceder contra entes públicos o empresas que incumplan las normas.
En el transcurso de casi medio siglo de existencia, la Comisión ha desarrollado una
manera única de funcionar y su propia cultura administrativa característica. No
puede ser igual a la cultura administrativa de ningún Gobierno nacional, ni ha sido
hasta ahora tan eficiente como las mejores administraciones nacionales. Pero la
eficiencia es cada vez más imprescindible si los "hijos de la Declaración" quieren
continuar desempeñando eficazmente su papel en la Europa moderna, con todos
los desafíos que ello supone.
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La Europa moderna es parte de un mundo en rápida evolución en el que la
globalización está disolviendo las fronteras nacionales y modificando el papel de la
nación estado. La revolución de la tecnología de la información está cambiando
radicalmente cada aspecto de nuestra manera de trabajar e interactuar,
transformando nuestro planeta en una aldea global digital.
Al mismo tiempo, Europa se enfrenta a desafíos económicos y sociales
considerables.
Para combatir el desempleo y llegar a ser globalmente
competitivos, tenemos que modernizar nuestras economías y generar dinamismo y
crecimiento. Nuestra población está envejeciendo y la población activa disminuye,
con graves implicaciones para la atención sanitaria y las pensiones dentro de diez a
veinte años.
Mientras tanto, la situación en los Balcanes muestra la importancia de estabilizar
nuestro continente y asegurar la paz, la prosperidad, la democracia y el respeto de
los derechos humanos en toda Europa. Para lograr esto tenemos que conseguir
que la ampliación de la Unión sea un éxito. Además de los preparativos de la UE
para acoger a hasta trece nuevos Estados miembros, tenemos que asegurar que la
democracia y el respeto por los derechos humanos, así como una política
económica saneada, se conviertan en la norma en todos los países candidatos.
Pero también tenemos que garantizar que nuestras nuevas fronteras no se
conviertan en nuevas líneas divisorias entre la pobreza y la prosperidad en Europa.
Necesitamos desarrollar una política coherente de cooperación con Rusia, Ucrania,
el Cáucaso y África del Norte, compartiendo con ellas los beneficios económicos de
nuestra ampliación.
Estos desafíos son complejos e interrelacionados: no pueden abordarse
aisladamente, o sin instituciones europeas fuertes y eficaces. Por ello, las actuales
reformas internas de la Comisión y las reformas institucionales más generales
emprendidas por la CIG son tan esenciales.
Pero si las instituciones europeas quieren disfrutar de la máxima legitimidad y de la
confianza pública, deben también ser enteramente transparentes y plenamente
responsables. Como dije ante el Parlamento en septiembre, "quiero abrir las
puertas cerradas de Europa y sacarla a la luz del escrutinio público. Quiero que la
gente pueda mirar por encima de mi hombro y comprobar que la Comisión está
ocupándose de los problemas que más les afectan".
Transparencia, responsabilidad y eficacia se cuentan, por tanto, entre los principios
fundamentales de las reformas que la Comisión está introduciendo ahora. Mi
objetivo, como he dicho en varias ocasiones, es transformarla en una
administración de clase mundial que practique con el ejemplo.
Pero la reforma institucional es solamente el principio: a más largo plazo también
necesitaremos llevar a cabo una revisión política pormenorizada, no para auditar
nuestras políticas por enésima vez, sino para cuestionar fundamentalmente su
impacto y su importancia política. Hasta ahora, las políticas europeas - como la
propia Unión - se han desarrollado en una especie de sucesión geológica por
capas, a medida que iban siendo necesarias y sin un "plan rector" de conjunto.
Pero la ampliación a casi 30 miembros nos obligará a replantear radicalmente
nuestras políticas existentes y su aplicación. Necesitamos preguntarnos qué hay
que tratar a nivel europeo y qué a nivel nacional, regional o de asociaciones civiles.
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La necesidad de tal debate es clara y urgente. Nuestros ciudadanos no están
contentos con la manera en que parecen hacerse las cosas a nivel europeo. Se
sienten lejanos de "Bruselas", percibida por muchos como una especie de conjura
de tecnócratas y burócratas que trabajan a puerta cerrada. No comprenden el
papel de las diversas instituciones europeas y la interacción entre la dimensión
nacional y la comunitaria. No confían en que los mecanismos políticos puedan
ayudar a producir la clase de sociedad que quieren. Tienen razón al reclamar un
mayor protagonismo en la configuración de la Europa del mañana y una
democracia mucho más participativa y directa.
Por tanto, el desafío no es simplemente reformar a las instituciones para que sean
más eficaces, aunque esto es esencial. El desafío real estriba en replantearse la
forma de hacer Europa para ver cómo podemos mejorarla, y hacerlo juntos, puesto
que Europa no solamente la dirigen las instituciones europeas; también la
construyen y la hacen funcionar los Gobiernos nacionales y la sociedad civil, así
como los entes regionales y locales.
Por ello, a principios del próximo año, la Comisión se propone publicar un Libro
Blanco sobre el gobierno europeo. Explorará métodos y medios para lograr una
forma más democrática de asociación entre los diversos niveles de gobierno en
Europa. Una asociación que yo llamo "Red Europa”, donde todos los niveles de
gobierno configuren, propongan, ejecuten y supervisen juntos la política.
¿Cuál será el punto final de este proceso? ¿Quiénes deben decidir? Robert
Schuman y otros grandes políticos europeos de su generación pueden haber
hablado, o al menos, pensado en algo como los "Estados Unidos de Europa", pero
no es ésta necesariamente la manera en que la gente ve hoy su destino.
Ciertamente, nadie quiere un "superestado europeo" homogéneo y centralizado, y
la Comisión no tiene tal objetivo. Al contrario: es hora de comprender que
"Bruselas" somos todos. Todos somos hijos de la Declaración.
Cómo lograr una Red Europa descentralizada espero que sea el tema de un
intenso debate en tantos foros como sea posible: en reuniones públicas, en grupos
de discusión, en los medios de comunicación locales, en línea, etc.
Lo esencial es que los ciudadanos se den cuenta de que el futuro de Europa está
en sus manos. Corresponde a los pueblos de Europa decidir democráticamente lo
que "una unión cada vez más estrecha" entre ellos significará en la práctica. Son
ellos quienes deben hacer de Europa lo que quieren que sea. La Unión Europea
existe para el ciudadano europeo: debe ser construida con y por los ciudadanos. Y
las instituciones europeas deben estar ahí, como parte clave de la nueva Red
Europa, sirviendo a los ciudadanos con eficacia y responsabilidad.
Si podemos lograr eso, habremos logrado algo de lo que Robert Schuman se
sentiría sumamente orgulloso.
Gracias.
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