Fragmento de “El Lugar” de Mario Levrero Por fortuna, se produjo

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Fragmento de “El Lugar” de Mario Levrero
Por fortuna, se produjo una variante en la situación: al entrar en una pieza
vi, de inmediato, que por debajo de la puerta de enfrente (las que ya había
comenzado a llamar «de salida», cuando estaba dentro de la pieza, y «de
entrada» apenas pasaba a la siguiente) se filtraba una delgada y débil raya de luz.
La timidez me volvió a frenar, y en lugar de precipitarme en la habitación
golpeé la puerta con los nudillos. Del otro lado se hizo oír un ruido breve, como si
alguien apartara una silla o se levantara de ella bruscamente. Aguardé unos
instantes, y al no obtener respuesta repetí el llamado.
Ahora, unos pasos pesados y vacilantes se dirigieron hacia la puerta y allí
se detuvieron; escuché una respiración un tanto asmática o nerviosa. Pasaron
algunos minutos sin que el desconocido mostrara otra intención que la de
permanecer allí respirando ruidosamente.
Consideré que mi cortesía había sido excesiva. Abrí la puerta unos
centímetros y miré hacia el interior de la pieza. Una lamparita eléctrica, desnuda y
de escaso poder, colgada de su cable desde el centro del techo, iluminaba un
recinto que parecía tener las mismas dimensiones de las piezas oscuras; pero
contaba con una serie de elementos; en el estrecho campo visual había una mesa
pequeña, de cocina, con dos o tres platos y algunos utensilios, junto a la pared de
enfrente; observé que en los platos había comida, y la boca se me llenó de saliva
una vez más.
El ambiente era más cálido gracias a una estufa de queroseno, de formato
antiguo, que vi luego próxima a una mecedora, en el centro de la habitación,
debajo de la lamparita eléctrica. Por encima de la mesa, y contra la pared, había
una estantería rectangular, con una cortina verdosa que impedía ver su contenido.
Empujé un poco más la hoja de la puerta; la persona que había estado
parada allí todo el tiempo se vio obligada a retroceder un par de pasos al chocar
levemente la hoja contra la punta de sus zapatos. Resultó ser un individuo
extraño: era muy gordo, y de estatura apreciablemente inferior a la normal; usaba
lentes redondos, grandes, y el detalle que más llamaba la atención era su ropa, de
tamaño excesivo y desproporcionada al cuerpo, lo que le daba un aspecto
payasesco. El ridículo se acentuaba por la actitud del hombrecillo, quien,
evidentemente atemorizado y muy sorprendido por mi presencia, me miraba con
fijeza y trataba de ser grave y digno.
Cuando di un paso adelante tuvo que esforzarse por no retroceder; se le
contrajeron algunos músculos de la cara, así como los párpados, pero se mantuvo
firme en su sitio. Sonreí, tratando de parecer simpático, y murmuré un saludo que
no le hizo variar de actitud.
Me animé a dar otro paso y ya decididamente dentro de la pieza eché un
vistazo alrededor; lo primero que vi fue a la presunta esposa del hombrecillo, una
mujer que aparentaba su misma edad, que podría situar por los cincuenta años;
tejía, sentada en una silla, a mi izquierda, próxima a un biombo que ocultaba el
rincón formado por la pared izquierda y la puerta «de entrada».
La mujer estaba concentrada en su trabajo, con la vista baja, y no parecía
prestar atención a lo que sucedía; descubrí, sin embargo, que de vez en cuando
levantaba la vista con disimulo para espiarme, y que también tenía miedo.
Detrás de la mujer, y contra esa pared izquierda, había una cama que no
llegaba a ser matrimonial, aunque más grande que las de una plaza. Entre la
cama y la mesa de cocina, sobre la pared correspondiente a la puerta «de salida»,
había una cocinilla. No recuerdo otros elementos del mobiliario, o decorativos. Mis
ojos se posaron finalmente en los platos de comida. Había carpe, cortada en
pequeños trozos, y pan y queso; también un par de manzanas no muy atractivas.
Comencé a hablar con fluidez, a explicar mi situación. Al cabo de unos
instantes los músculos del hombrecillo parecieron relajarse un poco, y la mujer me
miraba ahora sin disimulo. Continué hablando unos instantes, con cierto
entusiasmo por el avance logrado, y finalicé con una exhortación a ser invitado a
comer.
El hombre permaneció mudo un par de minutos, y al fin carraspeó y abrió la
boca; luego la cerró. Volvió a carraspear, y por último dijo algo que no entendí.
Lo miré en forma interrogativa. El hombre repitió su frase y me di cuenta de
que hablaba en un idioma que me era desconocido. Pregunté entonces si no
habían entendido nada de mi discurso; respondió el hombre encogiéndose de
hombros y mostrando las manos vacías.
A pesar del intento de diálogo, el miedo persistía en la pareja, revestido de
ese aspecto de indiferencia o dignidad. Seguían a la expectativa y ninguno se
movía de su sitio. Se notaba claramente que todo lo que deseaban era que me
fuera de allí lo más pronto posible. Me pareció estar en la situación de alguien que
se pierde en un hotel y entra por error en una habitación ajena: correspondía sin
duda pedir disculpas y alejarse, pero para mí las cosas no eran tan sencillas.
Me pregunté si aquello no sería realmente un hotel; ello explicaría muchas
cosas; pero pensé que, desgraciadamente, no todas: cómo había llegado allí, por
qué no se podía avanzar más que en una dirección, y atravesando forzosamente
las habitaciones, en lugar de pasillos; pero el momento no era muy indicado para
cavilaciones. Intenté, entonces, otros idiomas; tanto al inglés, como al francés,
como a las tres palabras que sé de alemán y a las dos de ruso, el hombrecillo
respondió con un movimiento negativo de cabeza. Después dijo una frase más
larga que la anterior.
Con cautela, pues temía que el miedo pudiera inducirlos a una reacción
violenta, me fui moviendo hacia la mesa. Cuando estuve al lado miré al
hombrecillo y le señalé el plato de carne, y luego me señalé el estómago. Él se
encogió de hombros. Miré la mujer, quien no hizo ningún gesto de oposición.
Siempre la expectativa temerosa. Entonces tomé con la mano un trocito de esa
carne cocida, y me lo llevé a la boca. Después otro, que acompañé con un pedazo
de pan, y terminé por comer la mitad de la carne y buena parte del queso y del
pan.
Después me encontré sin saber qué hacer. Tenía ganas de tirarme en la
cama a descansar; pero la pareja seguía firme, cada uno en su sitio, sin mostrar
signos de cortesía; incluso parecían malhumorados. Pensé que si desde un primer
momento hubiese utilizado en mi provecho el miedo que les producía, habría
podido conseguir alguna otra ventaja. Pero no lo había hecho, y ahora las fuerzas
estaban parejas. No se animaban a echarme, pero ya era demasiado tarde para
conseguir una invitación a permanecer.
Me llevó un instante resolver el problema de la puerta que debía usar; si
salía por la que había entrado no hallaría nada que valiera la pena; era volver a la
oscuridad y al frío; pero tenía una ventaja; la próxima vez que tuviese hambre
podría regresar allí, cosa que me sería imposible si usaba la puerta «de salida» y
el hombre decidía cerrarla. Pero enseguida concluí en que no tenía sentido volver
a los mismos lugares; mi problema principal no era alimentarme, sino salir de ese
lugar, donde ya había perdido demasiado tiempo.
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