LA BIBLIOGRAFÍA

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LA BIBLIOGRAFÍA
27
COLECC!ON CUADERNOS
LA BIBLIOGRAFÍA
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LOUISE NOELLE MALCLES
EUDEBA
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A I R E S
Título de la obra oríginal: La bibliographie
Presses Universitaires de France, 1956
Traducida por
RoBERTO JuARRoz
Revisión técnica de Josefa Sabor
© 1960
EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES -Florida 656
Fundada por la Universidad de Buenos Aires
HECHO EL DEPÓSITO DE LEY
IMPRESO EN LA ARGENTINA • PRINTED IN ARGENTINA
"El bibliógrafo está, muy a menudo, habituado
a la ingratitud de aq'.lellos a quienes sirve. Pero
le basta saber que su trabajo es útil y que crea
trabajo: con ello está recompensado."
LuciEN FEBVRE.
INTRODUCCIÓN
La historia de la bibliografía no ha sido escrita nunca o sólo lo ha sido
parcialmente. Ello significa que aunque se conozca el número y la calidad de
los repertorios de libros que se han sucedido en el curso de los siglos, se está
aún mal informado sobre las razones o las circunstancias que provocaron o
rodearon la creación de los mismos. Es posible que los primeros bibliógrafos
hayan trabajado instintiva y aisladamente, haciendo bibliografía quizá sin
saberlo, pero sin dejar por eso de ser influidos por los acontecimientos o instados por ciertas necesidades; sea como fuere, ignoramos todo o casi todo lo
referente a su personalidad, así como a las condiciones que determinaron su
trabajo. En la Grande Encyclopédie, un artículo de ochenta y cuatro columnas,
fechado en 18 8 5, consigna una suma considerable de repertorios bibliográficos
que, cual frutos arrancados del árbol, se hallan aislados de sus autores y de
su tiempo. De esta manera, no se deducen de ese erudito estudio las grandes
líneas directrices de las ideas y de las teorías bibliográficas. En cambio Ch.-V.
Langlois, pone claramente en evidencia esas líneas, pero sólo en lo que concierne a la bibliografía histórica, en su ya clásico Manuel ( 1900-1904). Más
recientemente, Th. Besterman bosquejó las de los siglos xv, XVI y XVII en su
opúsculo Les débuts de la bibliographie méthodique ( 1950), en tanto que
J. F. Fulton (1951) y J. Thornton (1949 y 1954) trataron de hacer lo mismo
respecto de la bibliografía médica y científica. Por otra parte, ninguna historia
de las letras o de las ciencias trata, a decir verdad, de la obra de los bibliógrafos; obra que, sin embargo, sobre todo en los siglos xvu y XVIII, se aproxima
mucho a la crítica.
Se impone, pues, un trabajo de interpretación de los resultados obtenidos
en bibliografía, desde el siglo :&'V hasta la actualidad. Realizado según el método
que se utiliza en arqueología y en historia, sería tan extenso y delicado como
apasionante y revelador; pero desbordaría con exceso el ámbito de esta colección. Por lo tanto nos limitaremos a un esquema, donde deseamos destacar
las figuras de los principales bibliográfos de cada siglo, al mismo tiempo que
los móviles que los condujeron a la causa bibliográfica; puede ser que así la
bibliografía cobre un nuevo aspecto, un aspecto menos frío que el que suele
ofrecer a menudo l.
1 Este libro estaba ya en prensas cuando nos llegó el anuncio de la siguiente obra: A history
of bibliographies of' bibliographies, por ARCHER TAYLOR, New Brunswick, Scarecrow, noviembr.e, 1955, 156 páginas. (N. de la ed. francesa.)
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CAPÍTULO I
OBJETO Y DEFINICIÓN DE LA BIBLIOGRAFÍA
El historiador Charles-Víctor Langlois
(1863-1929) escribió en 1904: "¿Qué hacer
para que el público esté en condiciones de
informarse, rápida y seguramente, sobre los
recursos de toda especie que ofrece la enorme
biblioteca acumulada por los escritores de
todos los tiempos y de todos los países, es decir,
el patrimonio literario y científico de la humanidad? ¿Cómo disponer ese patrimonio para
que todos los interesados lo aprovechen tan
completa y cómodamente como sea posible?
Tal es el enunciado más general del problema
bibliográfico." Sería difícil expresar dicho
enunciado en términos más accesibles; por eso,
con el fin de adoptar una forma igualmente
directa, se puede responder que la solución
del problema reside en la utilización de ciertos
instrumentos particulares del trabajo intelectual denominados bibliografías o repertorios
bibliográficos.
Los repertorios impresos a partir del siglo
xv, que se cuentan hoy por millares, son
nomenclaturas de textos igualmente impresos. Allí, cada texto se encuentra consignado
por autor o autores, título y pie de imprenta
(lugar de impresión y de edición, nombre
del impresor y del editor, fecha, formato,
número de páginas) si se trata de un libro, o
por las referencias de la publicación periódica,
si se trata de un artículo. Después de estas
características, que podríamos llamar descriptivas, suelen figurar notas especiales y analíticas, y comentarios críticos.
Cada repertorio tiene objeto propio y es
útil, por consiguiente, para investigaciones del
mismo tipo. Dicho de otra manera, las obras
allí enumeradas poseen caracteres comunes:
el mismo lugar de origen (impresión, edición) ,
la misma fecha o época de publicación, el
mismo idioma o el mismo asunto.
Los repertorios se clasifican en tres categorías principales. Los de carácter general,
que registran publicaciones impresas sin distinción de materia ni de idiomas, se llaman
universales o internacionales; los que registran publicaciones sin distinción de materias,
pero escritas en el mismo idioma o aparecidas
en el territorio de una sola nación, se denominan nacionales; y, finalmente, los que sólo
registran los escritos referentes a un tema
único se llaman especializados y pueden, a
su vez, ser internacionales o nacionales según
que esos escritos sean originarios de varios
países o de uno solo.
La función de los repertorios generales consiste en suministrar los datos estadísticos
relativos a la actividad tipográfica de un conjunto de países o de un país determinado.
En el primer caso, dado que el número de
libros aumenta rápidamente, se limitan, con
el tiempo, a presentar selecciones de los más
antiguos, de los más bellos o de los mejores.
En el segundo caso, en cambio, tienden a ser
cada vez más completos y se transforman,
a la postre, en fuentes oficiales de la producción impresa nacional: Ésta puede ser totalizada para un período pasado o presentada
periódicamente, a veces en fragmentos correspondientes a diversas categorías de documentos: libros propiamente dichos, publicaciones
oficiales de gobiernos y administraciones
públicas, escritos universitarios, nuevos pe9
riódicos, obras musicales, etcétera; con frecuencia, a los grabados, ilustraciones y fotografías, se añaden documentos iconográficos,
mapas, atlas, planos ...
En cuanto a los repertorios especializados,
su objeto es informar sobre la actividad intelectual, internacional o nacional, en cada
una de las ramas del conocimiento; por tal
razón, además de libros, consignan también
artículos aparecidos en periódicos; práctica
que no es habitual en los repertorios generales.
Las normas que se pueden adoptar como
principios de investigación, transcripción y
agrupamiento de las publicaciones registradas
en los repertorios presentan también aspectos
diversos; en razón de tales normas, se establecen nuevas distinciones entre ellos de manera que, generales o especializados, pueden
ser exhaustivos (o tender a serlo) , selectivos,
descriptivos, analíticos, críticos, retrospectivos y en curso, y estar clasificados alfabéticamente (por autor, título o materia), cronológica o sistemáticamente.
Estas nociones fundamentales fueron sistematizadas hace apenas unos cincuenta años.
Hasta entonces, no pasaban de ser fluctuantes y contradictorias. Daniel Grand lo demuestra en la Grande Encyclopédie ( 18 8 5), al
enumerar varios centenares de repertorios
en orden poco racional o según criterios que
hoy en día se consideran erróneos. Y lo mismo hace el bibliógrafo Henri Stein en el Mémento Larousse ( 19 3 6) .
Definición del término "bibliografía". El vocablo
"bibliografía" (del griego biblion =libro, y grapbein = escribir), es posterior al objeto que designa:
el repertorio de título. Éste, en forma impresa, aparece
hacia 1494, pocos años después del descubrimiento de
la tipografía; pero su origen, en forma de manuscrito,
'" mucho más antiguo. En el siglo II, el médico griego
Claudio Galeno, al escribir De libris propiis líber, ofrece
la primera manifestación de la noción bibliográfica
que equivale a "lista de obras". Tal idea reaparece en
los Scriptores ecclesiasticorum vitae, de San Jerónimo
Ct 420) y en el illustrium virorum catalogus, de Genadio, de Marsella ( t 49 5) ; ambas obras, que son biobibliografías, impresas conjuntamente desde 1470, en
10
Augsburgo, y un sinnúmero de veces en los siglos siguientes: en Basilea (1529) y en Francfort (1549), con
los .escolios de Erasmo. En 1580, se las reúne con las de
igual género y casi idéntico título, de San Isidoro de
Sevilla (570-634), Honoré d.e Autun (í 1140), Sigebert de Gembloux ( 1O3 0-1112) y Henri de Gand
(1220-1295), en un volumen de 430 páginas, impreso
en Colonia, que recogió alrededor de dos mil obras de
autores d.e la Iglesia.
El Myrobiblion, de Focio ( 815-891), patriarca de
Constantinopla, es un nomenclador de libros leídos y
comentados por el sabio, quien nos revela así gran
cantidad de textos desaparecidos. Esta obra fue impr.esa
por primera vez en Augsburgo, en 1601.
Los hombr.es instruidos que, a partir del siglo xv, se
preocupan por registrar en colecciones de títulos los
libros impresos, siguen la tradición antigua. El primero
es un abad del convento de benedictinos de Spanheim,
Prusia, Johann Tritheim (1462-1516), cuyo Liber de
scriptoribus eccl;siasticis apareció en Basilea, en 1494,
en París en 1512 y en Colonia en 1531 y 1546 (Cf.
página 14).
Desde entonces, los repertorios se multiplican con ritmo tan rápido como .el de la tipografía; pero no llevan
el nombre de bibliografía y se los designa con alguno
de los siguientes: bibliotbeca, catalogus, repertorium,
inventarium, index. En Francia el término "bibliografía" no .es adoptado hasta 1633, y el primero en usarlo
es Gabriel Naudé, bibliotecario de Mazarino, en su
Bibliograpbia politica. La nueva denominación no significa de ningún modo un cambio en las condiciones
d" la investigación de los textos impresos. Quienes se
dedican a tal tarea son, lo mismo que al comienzo, sabios y eruditos animados por viva curiosidad científica,
que trabajan aisladamente y, no hace falta decirlo, sin
reglas técnicas y a veces sin método apar.ente; su trabajo concierne directamente a la historia. Prueba de
ello es el hecho de que la gran mayoría de los rep.ertorios impresos entre el siglo XY y las postrimerías del
siglo XVIII son especializados y se limitan a consignar
la historia de los .estudios relativos a una disciplina
determinada.
En 17 51, el vocablo "bibliografía" no figura en la
Encyclopédie de Diderot y d'Alembert; en cambio, se
registra allí "bibliógrafo" con la acepción de "paleógrafo": el que d.escifra los manuscritos.
En Francia, el cambio fundamental de la bibliografía data de la segunda mitad del siglo XVIII. La
época revolucionaria, en efecto, ha de transformar lo~
hábitos y las posiciones adquiridas; pero, fenómeno
curioso, la bibliografía, que a partir del siglo xv se
había orientado por buen camino (es decir, había consistido espontáneamente en la búsqueda de libros, condición que recuperó después), se aparta bruscamente de
esa senda para extraviarse en un sinnúmero de vías
adyacentes y perderse a la postre en el conjunto de la
bibliología.
En 1789, en Francia y en otras partes, la bibliografía
se convierte en la "ciencia del libro" en todos sus aspectos. Esta concepción se impone a los hombres de la
Revolución que, de la noche a la mañana, tienen que ordenar las cantidades de libros confiscados a las corporaciones religiosas y a los emigrados, vale decir, clasificarlos y catalogarlos. El Rapport sur la bibliographie,
del 22 Germinal del año II ( 11 de abril de 1794), de
Henri Grégoire (1750-1831), obispo constitucional de
Blois, diputado de la Convención que "ordena a las
administraciones que aceleren los envíos de catálogos
y que en el término de una década rindan cuenta del
trabajo" fue escrito para estimular la tarea de catalogación de los libros que habían pasado a ser propiedad de la Nación, y sirvió para que se extendiera
considerablemente el sentido del término "bibliografía". Esa ampliación no hace más que acentuarse en
los escritos del abogado del Parlamento, Armand-Gastón Camus ( 1740-18 04), cuyas innumerables memorias
pr.esentadas al Instituto Nacional y referentes a bibliografía, tratan de la clasificación de los conocimientos humanos y, por ende, del ordenamiento de los
libros en las bibliotecas (véase el capítulo V).
Durante el Primer Imperio, aparec.en, en Francia, y
también en el extranjero, los primeros tratados teóricos
sobre la ciencia del libro; se titulan: bibliografía, aun
cuando tratan simultáneamente de bibliotecología, bibliofilia, biblioteonomía, bibliografía pura y hasta de
paleografía, historia de las bibliotecas y crítica literaria;
en suma, de un conjunto de estudios netamente diferenciados .en nuestros días. Todo el siglo xrx adoptará
esa manera de ver, consagrada en 1885 por la Grande
E1zcy~lopédie y fielmente reproducida hasta la fecha
por todos los diccionarios lingüísticos.
Ahora bien: en 1885, hace tiempo que los alcances
de la bibliografía están delimitados. Ya en 1810 dan
fe de ello la primera edición del Manuel du libraire, de
Jacqu.es-Charles Brunet, y sobre todo la creación de la
Bibliographie de la France (véase el capítulo VI); pero
nadie se da por enterado. Sin duda debe considerarse
entre las causas de tal anomalía el hecho de que en
la École des Charles 1, fundada en 1810, se imparta,
1
La École N ationale des Charles en París, es un
-instituto de especialización, encargado de formar ar-
desde 1847, enseñanza especial para clasificación de
archivos y bibliotecas, circunstancia que en 18 69 dará
lugar a la creación de una cátedra de bibliografía cuyo
programa, según Charles Mortet, primer titular de la
materia, comprende tres partes: 1) estudio de los principales instmmentos de información y de investigación
a los qu.e es menester recurrir, tanto para la parte histórica como para la descripción y clasificación de libros
en una biblioteca pública; 2) estudio de los elementos
esenciales y característicos que diferencian los libros
en las diversas épocas de la historia, desde la antigüedad
clásica hasta el siglo xx; 3 ) reglas teóricas de biblioteconomía, que comprenden, por una parte, la redacción
de distintos catálogos d.e libros manuscritos e impresos,
y por otra, el servicio de bibliotecas desde el punto de
vista de su formación histórica, su legislación y su
funcionamiento actual.
Se explica, pues, la definición d.e 1885 propuesta de
acuerdo con su escuela, aunque no con los hechos, por
un paleógrafo acostumbrado a consultar archivos.
Por fin, en 1934, el Centro de Síntesis Histórica de
París, trata oportunamente de dar una definición más
acorde con la verdad al hacer de la bibliografía un
sector de la bibliología, y al atribuirle la función que
efectivamente le corresponde y que .es la de seguir la
marcha de las producciones del espíritu.
Este retorno a la antigua concepción de los primeros
siglos de la impr.enta da la razón a Langlois, quien
afirmaba hace cincuenta años: "La bibliografía es esa
parte especial de la ciencia del libro que trata de los
repertorios y que suministra los medios para procurarse
lo más rápida y completamente posible, informaciones
sobre las fuentt>s", donde el término fuentes, entendido
según el espíritu del autor, vale tanto para los documentos manuscritos como para los impresos. Pero lo de
"bibliografia de fuentes manuscritas" parece paradoja,
a juicio de otro bibliógrafo eminente, Pierre Caron,
quien en 1945 escribió: "No utilicemos el término
'bibliografía' sino para una sola categoría de fuent.es:
los libros."
En consecuencia se puede decir que la bibliografía
investiga, transcribe, describe y clasifica los documentos
impresos, con el fin de constituir los instrumentos de
trabajo intelectual llamados repertorios bibliográficos
o bibliografías.
El mismo vocablo designa, pues, el proc.edimiento a
chivistas, paleógrafos y bibliotecarios. El término charle, antiguamente chartre (del latín charla, papel), está
tomado aquí en su acepción originaria o etimológica.
(N. del T.)
11
seguir en el trabajo y el resultado obtenido. Hay una
técnica bibliográfica que permite utilizar las normas
para investigación, transcripción, descripción y clasificación de documentos, estudiados en biblioteconomía; y
dicha técnica conduce a los repertorios que para el
trabajador intelectual representan tanto, por .ejemplo,
como el martillo y el yunque para el herrero 1 •
En resumen: aunque íntimamente ligada a distintas
ciencias, la bibliografía se presenta como disciplina
autónoma cuyo objeto propio es el inventario de los
textos impr.esos. Por lo tanto, no dispensa de leer sino
que ahorra lecturas o señala las necesarias. De ahí a
considerarla como simple técnica de orientación no hay
más que un paso,. muy fácil de dar. Sin embargo,
examinada con más perspectiva, se afirma como cien1 Es, pues, impropio llamar bibliografía a la lista
de trabajos citados a continuación de una obra o artículo. Sólo se trata de las referencias a los textos consultados por el autor y no de la bibliografía sistemáticarnente elaborada sobre el tema.
c1a concreta cuyas inr.o.ensas posibilidades, aún no explotadas, ni siquiera se sospechan; por las cifras, por las
razonadas clasificaciones que reúne en el curso de los
siglos, permite más d.e una deducción que beneficia,
entre otras, a las ciencias sociológicas y económicas. Estudios recientes demuestren, en efecto, que los datos
bibliográficos son capaces de conducir al descubrimiento de ciclos de creación intelectual y artística, y éste
no es más que uno de los primeros aspectos de su
poder 2 •
Así como el d.emógrafo hace el censo de ias poblaciones y estudia sus variaciones, sin conocer a cada
uno de los ciudadanos de los países que le interesan, el
bibliógrafo, sin haber leído todos los libros, sigue el
proceso de creación, el con tenido y la difusión de los
mismos. Al menos, así es desde el gran cambio del
siglo xvm, cuando bibliografía se identifica con 110menclatu1·a, en tanto que, en el origen, el término se
identificaba con lectura.
2 ZoLTOWSKI, VrcTOR: "Les cycles de la creation
intelectuelle et artistique", Année sociologique, 19 52.
CAPÍTULO II
LA BIBLIOGRAFÍA EN EL SIGLO XVI. LA ÉPOCA ERUDITA
Así como los cronistas y los compiladores
de la Edad Media preceden a los historiadores del siglo XVI, los practicantes de alquimia
y de ciencias mágicas y ocultas, preceden a
los sabios. Los unos, ante la falta de bibliotecas, no piensan en examinar el valor de los
documentos y criticarlos; los otros, sin aceptar
la observación y la experiencia, se dedican
a teorizar. Sólo con el Renacimiento comienzan verdaderamente los estudios históricos y
científicos 1 •
La invención de la imprenta facilita la
reunión de gran número de libros y la comparación de los mismos; el pensamiento se
1 GABRIEL MoNoo: "Du progres des études historiques en France depuis le XVIe siecle", Revue historique, 1876, págs. 1-38.
12
extiende por todas partes a la vez y modifica
todas las condiciones del traba jo.
En el dominio de las ciencias humanistas,
la Antigüedad, ignorada u olvidada durante
largo tiempo, es descubierta nuevamente y
admirada en virtud de sus monumentos, de
sus instituciones, de su historia y sobre todo
de su literatura, que el libro impreso pone
pronto al alcance de todas las manos. La cultura totalmente eclesiástica de la Edad Media
hace lugar, inclusive entre las gentes de Iglesia, a una cultura profana y laica. El estudio
del pasado, practicado hasta entonces por una
minoría, se convierte en pasión universal y en
la principal preocupación de casi todo el sector intelectual.
Los humanistas franceses se ocupan, du-
rante mucho tiempo, casi exclusivamente de
filología antigua; hay que aguardar hasta la
segunda mitad del siglo XVI para que realmente se despierte la curiosidad por otras
ciencias. La Reforma trae consigo el acrecentamiento de la actividad y la investigación
científicas con criterio liberal, pues las luchas
religiosas llevan a quienes participan en ellas
a buscar argumentos o armas en los hechos
controlados. Los estudios jurídicos adquieren
gran impulso y hombres imbuidos por la
Antigüedad y versados en el conocimiento de
las leyes heredadas de la Edad Media, examinan
las instituciones nacionales. Los sabios que
por sus trabajos ocupan el primer puesto en
el siglo XVI son en su mayoría jurisconsultos.
En el sector de las ciencias exactas, los conocimientos positivos atraen a naturalistas y
médicos.
Además, esa atmósfera general del ambiente
erudito del siglo XVI se refleja en los libros
leídos y coleccionados en esa época. Un estudio reciente sobre las bibliotecas formadas a
partir de 15 3 O y cuyos inventarios han sido
publicados, así lo demuestra. Encontramos en
ellos textos romanos, comentarios y glosas,
trabajos de jurisconsultos de la nueva escuela,
colecciones de ordenanzas, decretos de cortes
soberanas, fueros regionales, breviarios, textos y comentarios de derecho canónico.
En las bibliotecas de estudiantes, predominan los textos de la Antigüedad y dan
prueba del desarrollo de la cultura clásica
favorecido por la creación del Colegio de Francia en 1 53 O y el establecimiento de los jesuitas.
Por influencia de la Reforma, en las bibliotecas eclesiásticas aparecen, al lado de los tratados de teología escolástica y de derecho
canónico, las mejores ediciones de la Sagrada
Escritura y de los Padres, fuentes del pensamiento; a ellos se agregan los libros heréticos,
pues las controversias y discusiones dogmáticas originan gran cantidad de trabajos políticos y libelos.
Por fin, la sección de libros de medicina
ocupa vasto espacio en los inventarios de las
postrimerías del siglo, como consecuencia de
la renovac10n de la anatomía con V esalio,
de la cirugía con Paré y de las ideas de Fernel;
a los textos griegos y árabes de la Edad Media
suceden, con comentarios de esos textos, los
de los autores modernos.
Si se comparan ahora los libros en boga en
el siglo XVI, con los primeros repertorios bibliográficos, se comprueba que unos y otros
evolucionan paralelamente. En efecto, los
primeros investigadores de libros pertenecen
al mismo medio científico que los autores y
los lectores de los mismos. Symphorien Champier, médico lionés, publica la primera nómina de escritores médicos ( 15 06) ; Giovanni
Nevizzano, jurista piamontés, es el autor del
repertorio más antiguo de obras de jurisprudencia ( 1 5 22) ; Conrad Gesner, filólogo y
naturalista de Zürich, es el primero que se
interesa por la bibliografía general ( 15 4 5) ;
inmediatamente después le siguen los teólogos
y los filósofos.
¿Cómo cumplieron su propósito estos primeros compiladores de impresos, si no gracias
a las bibliotecas de su tiempo? Nevizzano,
Gesner y sus émulos del siglo XVI nos explican
que recorrieron las grandes ciudades y visitaron las bibliotecas célebres de humanistas y
de conventos, así como también a los libreros.
Los monumentos que han dejado, aunque a
menudo modestos por las dimensiones, grandes por el esfuerzo que representan -ingenti
labore, exigumn opus, dice Nevizzano- están construidos con material recogido directamente en las fuentes y dan prueba del nivel
alcanzado en ese entonces por cada una de las
ciencias. Sólo a partir del siglo xvn, en cuyo
transcurso las bibliotecas adquieren carácter
enciclopédico gracias al desarrollo del pensamiento y al progreso de la cultura, el trabajo
bibliográfico se enriquece y se extiende; cada
nuevo repertorio se nutre en los precedentes,
y así de seguido. Pero tal no es el caso al comienzo.
Evidentemente, los humanistas que impulsaron la ciencia bibliográfica son bibliógrafos
sin saberlo. Y, comprobación sorprendente, de
entrada acuerdan a la disciplina rasgos defini-
13
torios; en efecto: aún hoy siguen siendo suyos
los grandes dominios que a partir del siglo
XVI le fueron espontáneamente asignados; a
saber: bibliografías especializadas por una
parte, y por otra, bibliografías generales,
tanto universales corno nacionales.
Más aún. En los repertorios especializados
-los primeros en el tiempo- están representadas casi todas las ciencias: medicina, derecho, botánica, agronomía, cirugía, filosofía,
teología; consagradas todas las formas de presentación: descriptiva, analítica, crítica, y
adoptados todos los sistemas de clasificación:
alfabético, cronológico, sistemático. En pocas
palabras: que la bibliografía queda definida,
aunque sea en esbozo, desde el primer momento. Su redacción deja acaso que desear
desde el punto de vista técnico, y sus sistemas
de clasificación son, sin duda, rudimentarios
y poco prácticos; en cambio, informa admirablemente sobre los autores y su pensamiento
y también, aunque secundariamente, sobre sus
libros.
En verdad, los primeros repertorios se parecen más a diccionarios biográficos que a
nuestras bibliografías actuales, en las cuales
se sacrifica a los autores por la descripción
completa y técnica de los libros. En cambio,
las bibliotheca, scriptores o catalogus scriptorum nos hacen conocer antes que nada a
los escritores y sus obras, y después, muy sumariamente, los libros. La idea de considerar el
libro por él mismo, y de registrarlo debidamente tras riguroso examen, no acude aún
a la mente, y tal hecho constituye una prueba
suplementaria de que la curiosidad, o mejor
aún, la pasión científica, anima a los primeros
compiladores, quienes se revelan así como
historiadores del pensamiento y la cultura.
Cabe formular una aclaración importante:
la historia de los repertorios no debe confundirse con la de los catálogos de los primeros libreros y coleccionistas o con los de las
bibliotecas. Éstos pertenecen a la bibliografía
en lo atinente a la redacción y, sobre todo, a
la utilización práctica, pero no en lo que se
refiere al espíritu y a los métodos de compo14
SICion. Es innegable, y los documentos lo
confirman, que los catálogos de los impresores de los siglos xv y XVI (por ejemplo, los de
las ferias de libros efectuadas en Francfort
del Main y en Leipzig a partir de 15 64 y
1594), así corno los inventarios de las bibliotecas de los humanistas, constituyen fuentes
inapreciables y, por así decirlo, únicas, donde
abrevan con celo los colectores de títulos.
Sea como fuere, aunque los catálogos sirvan
de trampolín a la bibliografía, circunstancia
que ni siquiera se pone en duda, no por eso
deben ser confundidos con ella.
Bibliografía especializada
Johann Tritheim (1462-1516), abad del
monasterio de Spanheim, diócesis de Maguncia, abre la senda al publicar en 1494, impreso
por el célebre Amerbach, de Basilea, un Líber
de scriptoribus ecclesiasticis (ver página 1 O) ,
trescientas páginas in folio en las cuales se
reúnen por orden cronológico un millar de
autores de la Iglesia; la lista de sus escritos
figura después de la noticia bastante breve
acerca de su vida. La obra comprende alrededor de siete mil citas, con índice ordenado
por el nombre y no por el apellido del autor.
En 1495, el mismo abad brinda un Cathalogus
illustrium vivorum Gennaniae. Con esos dos
repertorios, los primeros en el tiempo, de
carácter patrístico el uno, nacional el otro,
Tritheim puede ser considerado, con justa
razón, el decano de los bibliógrafos.
Symphorien Champier (1472-1533) estudia humanidades en París y medicina en Montpellier; ejerce en Lyon y es primer médico
del duque de Lorena. Terapeuta y botánico,
astrólogo y filósofo, moralista, teólogo, poeta,
su espíritu se interesa por todo. Derrocha enciclopédica erudición en su Líber de quadru p lici vita ( 1 5O 7) , inspirado en el De
triplici vita (1489), del helenista y filósofo
florentino Marsilio Ficino (1433-1499).
El padre Allut, biógrafo del médico lionés,
escribe que Champier fue el primero que en
Francia se dedicó a la carrera de bibliógrafo.
~a prime_r_a de sus publicaciones, sin título y
sm mencwn del impresor ni del lugar y fecha
de impresión, se compone de diversos tratados
anunciados en el Index librorum in hoc volumine contentorum. El cuarto, De corporum
animorum morbis, consigna en el colofón el
lugar de impresión, Lyon, y la fecha, 15 06.
El primer tratado se titula De medicine claris
scriptoribus in quinque partibus tractatus· está con:puesto por 57 hojas que comprenden:
el elogio de los más grandes médicos, con examen y refutación de la magia; los soberanos
que se dedicaron al estudio de la medicina· los
filósofos y eclesiásticos que ejercieron ese ~rte
o que escribieron sobre ese tema; y, por último, los médicos italianos, franceses, ingleses
y alemanes. Todos ellos son citados en orden
cronológico; después de bosquejar sus vidas,
el autor detalla sus obras principales; pero
de manera muy sucinta, sin descripción, a
veces sin fecha. El segundo tratado de la colección, De quadruplici vita, en el que Champier
trata de medicina, teología, filosofía, astrología e historia, contiene una lista bastante
extensa de los primeros escritores médicos
franceses, con un catálogo de sus obras.
En 15 3 3, Champier publica en Lyon la
Apologetica epístola, dirigida al médico alemán Bernard U nger; en el folio XLVIII de
la misma se encuentra un Catalogus illustrium
medicorum ac novitiorum qui tem poribus
1ZOstris scripserunt, editado por segunda vez
en París, en 1541, a continuación del de Remacle Fuchs, de Limburgo: Illusfrium maedicorum qui superiori saeculo floruerunt ac
scripserunt vitae.
Digamos al pasar que Rabelais se burló de Champier
al inscribir el Campi clysterittm en el catálogo de la
biblioteca de la abadía de Saint-Víctor, en el siglo xvr.
En 1872, el bibliófilo Jacob [Paul Lacroix], al investigar los verdaderos títulos de cada volumen del catálogo imaginario, no vacila en decir que aquel ilustre
autor era esencialmente bibliógrafo durante la época
( 15 3 3) en que escribió el segundo libro de PaJttagruel,
uno de cuyos capítulos se titula "Acerca de cómo llegó
Pantagruel a París, y de los bellos libros de la librería
Saint-Victor". Y agrega que Rabelais se muestra como
bibliógrafo fino e ingenioso, a la par que bibliófilo
atento, no sólo en el catálogo en cuestión, sino en toda
su obra, por las reseñas bibliográficas que allí se encuentran dispersas; en cuanto a su biblioteca personal,
contenía casi todos los libros impresos hasta entonces.
. En or?e? cronológico, el segundo repertono especializado, compuesto por el jurista piarr:ontés Giovanni N evizzano ( t 15 40), se refiere a libros de derecho y aparece en Lyon
en 1522. Es el Inventarium librorum in utroque jure hacteJZus impressorum que la Bibliotheca bib~iographica italica, de G. Ottino y G.
Fumagalh (1889-1895), califica de rarísimo.
~n efecto, este libro no figura en los catálogos
rmpresos_ d~ las grandes bibliotecas y Baudrier,
en su Bzblzographie lyo11naise du XVI" sikle
tampoco lo cita; existiría un ejemplar mutilado en la Biblioteca Nacional de Florencia.
A juzgar por sus abundantes ediciones este
r~pertori~, .que ab~rcaba unas mil obras' jurídicas clasificadas SIStemáticamente de manera
bastante sumaria y desprovisto de índice, par~~e-~aber tenido cierto renombre. La segunda
e01c10n, fechada en V enecia en 15 2 5, corre:
por cuenta de Ludovico Gomes, obispo de
Sarno de 15 34 a 1543, con el título de I11dex
~ibrorum. omnium qui in utroque jure hi11c
mde edu11fur compositus; a los libros impresos,
a los cuales se había limitado Nevizzano, se
agrega gran cantidad de textos manuscritos.
El Index, más o menos corregido y aumentado, se imprime uu gran número de veces
hasta 15 96, con diversos títulos que recue~da~
constantemente, sirt embargo, el origen del
repertorio: Initio a Jo. N evizzano collectus.
Johann Fichard, jurisconsulto alemán ( 15121 581 ) , J. B. Zilettus y J. W. F reymon aumentan cada nueva edición con sus descubrimientos.
. En la dedicatoria del InveJZfarium, NeVIZZano cuenta todas sus búsquedas en las
bibliotecas eruditas o en las librerías; ha
estado en Roma, Venecia, Padua Bolonia.
Milán, Pavía, Turín y Lyon, y ha' recorrid¿
15
la Francia cisalpina; se excusa, sin embargo,
por sus omisiones y ruega al lector que lo
ayude a salvarlas. Ya en esa lejana época,
la bibliografía justificaba el pensamiento de
N evizzano transcrito al final del libro y
citado anteriormente: Iugenti labore, exiguum
opus, pensamiento que todo bibliógrafo, desde entonces, bien puede haber sentido como
propio.
El alemán Otto Brunfels (1488-1534) es
émulo de Champier. Doctor en medicina de
la Universidad de Basilea, profesor de botánica
y de medicina de Estrasburgo, médico en Berna, teólogo atraído por las doctrinas de la
Reforma -después de haber sido novicio entre los cart"u jos de Maguncia-, publica en
Estrasburgo, en 15 3 O, una gran obra que le
vale el título de padre de la botánica alemana;
el Herbarum vivae eicones, cuyas bellas ilustraciones, debidas a un artista de talento, Hans
\17eiditz, contrastan por su novedad y su perfección con las :figuras convencionales o poco
exactas de los primeros herbarios. También
en 15 3 O y en Estrasburgo, Brunfels publica
su Catalogus illustrium medicorum sive de
primis medicinae scriptoribus, opúsculo de setenta y ocho páginas, semejante en su aspecto
y ejecución al De vzedicine claris scriptoribus
de Champier. Figuran en él, en orden cronológico, las noticias biográficas relativas a más
o menos trescientos eminentes médicos griegos
y latinos. El texto está precedido por un índice de nombres, y seguido por un ensayo de
agrupamiento de los médicos según la especialidad; es quizás el ejemplo más antiguo
de clasificación en el campo de la medicina.
Después del Líber de scriptoribus ecclesiasticis de ]. Tritheim, impreso en 1494, ya
mencionado, y de las ediciones realizadas en
el siglo XVI de los textos de autores antiguos
y medievales que trataron el mismo tema, los
libros religiosos fueron reunidos, en 15 66, en
la Bibliotheca sancta ex praecipuis catholicae
ecclesiae autoribus collecta, del dominico Sixto
de Siena (1520-1569), judío convertido a
la fe católica, teólogo y predicador. Su obra
aparece en Venecia, en un volumen in folio
16
de más de mil pagmas, y posteriormente es
objeto de múltiples ediciones y reimpresiones;
en 1575, en Lyon y en Francfort; en 1576
y 1586, en Colonia; en 1593, de nuevo en
Lyon. También fue editada en París, en 1610,
después en Colonia, en 1626 y, por última
vez, en Nápoles en 1742, corregida y aumentada por el padre Milante. Esta erudita exposición de los libros santos, de su historia, sus
traducciones y comentarios, en la que se
examinan y aprecian las opiniones de los autores nombrados, no es, si hablamos con propiedad, repertorio, sino obra de controversia;
sin embargo, por sus fuentes, se la considera
repertorio. Es posible compararla con el Biblio-
thecae theologicae et scripturalis Epítome,
publicado en Roma en 1590 por Angelo Rocca
(1545-1620), filólogo italiano, religioso de
los ermitaños de San Agustín y secretario de
la capilla apostólica del Vaticano. En el Epitome, que consta de 264 páginas, se mencionan
y analizan obras de los mejores teólogos, colecciones de concilios y de decretos, y también
comentarios de las Sagradas Escrituras.
En 15 77, un médico y naturalista de
Nüremberg, discípulo de los más ilustres sabios de Europa, Joachim Liebhard o Kammermeister, llamado Camemarius (1534-1598),
publica en su ciudad natal De rustica opuscula nomzulla, in 4 9 de 55 hojas donde se encuentra, en el folio cuarenta y dos un Cata-
logus authorum quorum scripta tam extaut
quam desiderantur qui aliquid in giorgicis, re
herbari et similibus scripserunt. La segunda
edición de la obra aparece en 1956, también
en Nüremberg, muy aumentada, lo mismo
que el Catalogus, donde el número de autores
citados se eleva a unos quinientos: griegos, latinos, árabes, hebreos, latinos contemporáneos,
alemanes, italianos, franceses, ingleses, españoles. Es, éste, el primer ensayo de bibliografía
agronómica.
Paschal Lecoq (Paschalus Gallus) (1567163 2) , médico de Poitiers, publicó en Basilea,
en 1590, una nómina alfabética de médicos
con notas sobre sus vidas y sus escritos, separados éstos según se trate de textos latinos o
de textos en lenguas modernas; en total, alrededor de mil doscientas reseñas, algunas de las
cuales son muy completas. El N omenclator
Scriptormn medicorum de Israel Spach ( 15 60161 O) , doctor de la Universidad de T übingen,
médico y profesor de hebreo de Estrasburgo,
es edición muy aumentada y mejorada de la
bibliografía precedente, con clasificación muy
estudiada y ramificada, y dos índices, uno
por nombre -no por apellido- y otro por
materia. Aparece en Francfort en 1591.
Al año ;iguiente, en 1592, aparece el primer repertorio de obras filosóficas, cuyo autor,
Hans Jacob Fries (1541-1611), hijo del lexicógrafo Johannes Fries, es profesor de filosofía y de teología en Zürich, y discípulo del
gran Conrad Gesner, de quien nos ocuparemos oportunamente. La Bibliotheca philoso-
phorUJn classicorum authoru111 chronologica
enumera los escritos de los filósofos desde el
si.glo III a. C., hasta el final del siglo xv; una
segunda parte de la obra se refiere a los Padres
de la Iglesia hasta 1140; una tabla alfabética
completa cada una de las partes, integradas
por alrededor de mil quinientos y de seiscientos títulos, respectivamente. En 1598,
Israel Spach, citado anteriormente, publica
en Estrasburgo el N omenclator scriptorum
philosophorum atque philologicorum, donde,
agrupadas por temas, se clasifican las obras de
aproximadamente cuatro mil autores, sin contar las anónimas; los temas no se limitan, por
otra parte, a la filosofía y a la filología, sino
que comprenden muchos otros; después de la
clasificación por materias figura el índice por
nombre -y no por apellido- de los autores.
Bibliografía universal
Hacia 1 5 33, más o menos en la época en
que desaparecen Symphorien Champier y Otto
Brunfels, un joven de Zürich, de dieciocho
a..iíos, comienza su carrera de naturalista y bibliógrafo, y se labra en ambos dominios una
reputación que durante dos siglos nadie habrá
de discutir. Se trata de Conrad Gesner (1516-
15 6 5), a quien mucho le deben casi todos
los bibliógrafos citados precedentemente: Camerarius, Paschal Lecoq, Israel Spach, J. J.
Fries, tuvieron muy en cuenta los de aquél
al realizar sus propios trabajos.
Botánico, zoólogo, médico, filólogo, Gesner es uno de los espíritus mejor organizados
de su tiempo. Nacido en Zürich, asiste de 15 3 2
a 1534 a la Universidad de Bourges, y después
a la de París; cursa estudios· de medicina en
Basilea, ocupa de 15 37 a 15 40 una cátedra de
griego en la Academia de Lausana, es doctor
en Basilea en 15 41 y ese mismo año, médico
y profesor de historia natural en Zürich. Su
vocación de bibliógrafo despunta desde temprana edad: lee, traduce o coteja todos los
libros, mantiene correspondencia con eruditos
de todas partes, viaja, y trabaja en las bibliotecas más célebres: La Vaticana, la Biblioteca
San Salvador de Bolonia, la Laurenciana de
Florencia, la Marciana de Venecia, la Palatina
de Heidelberg. Tiene veinticinco años cuando
considera la posibilidad de ordenar todos los
conociwientos de su época y decide llevar a
cabo la tarea de acuerdo con un plan previamente establecido; su propósito es disponer
todos los títulos, hasta entonces más o menos
yuxtapuestos en los inventarios existentes, de
forma tal que integren un conjunto coherente;
y no halla sosiego sino cuando logra consignar en un solo repertorio todos los libros
impresos cuyos rastros ha podido descubrir,
inclusive gran cantidad de manuscritos. Su
obra bibliográfica se sitúa entre sus publicaciones filológicas y científicas: traducción de
Miguel de Efes o ( Basilea, 15 41 ) , edición y
traducción de Estobeo (Zürich, 1543), traducción de Marcial (Zürich, 1544), edición
de Claudio Galeno (Basilea, 1549), etcétera,
por una parte; y por otra, Historia animalium
(Zürich, 1551-1587), que contiene en el prefacio una bibliografía de obras referentes a
los animales y, al final, una lista de obras de
ictiología; Reí .berbariae scriptorum- catalogus,
que se agrega al De stirpium nomenclatoris,
Estrasburgo, 15 52, del médico Hieronymus
Tragus, cuyo verdadero nombre es J. Bock
17
( 1498-15 54), y por fin De chirurgis scriptores
optimi (Zürich, 15 55).
La Bibliotheca tmiversalis sive Catalogus omnium
scriptorum locupletissimus in tribus linguis, latina,
graeca et hebraica, de Gesner, aparece en 1545, en Zürich, impresa por Froschover, en un in folio de 631 hojas, y registra en las tres lenguas muertas indicadas en
el título, alrededor de doce mil obras, clasificadas alfabéticamente por el nombre y no por .el apellido de los
autores, luego de una lista sumaria d.e nombres al comienzo. Es seguida, en 1548, por un índice sistemático,
donde las mismas obras se distribuyen en veinte encabezamientos de ciencias: Pandectarum sive partítionum universalium libri XXI, in folio de 374 hojas. De
las veintiuna divisiones anunciadas, la vigésima no llegó
a publicarse, y la última, referente a teología, apareció
en volumen s.eparado, en 1549. Este sistema de clasificación es, digámoslo al pasar, creación original de
Gesner, que rompe con las siete divisiones de las a1·tes
liberales de la Edad Media; .en 15 87, Christophe de
Savigny lo utilizará en sus T ableauz accom.plis de tous
les arfs libéraux, que constituye una adaptación ampliada.
En 15 55, Gesner publica un Appendix Bibliothecae,
que describe alrededor de tres mil obras suplementarias.
En vida de Gesner se publican dos compendios de la
Bibliotheca universalis: uno de ellos, el Elenchus scripturom omnium qui ah exordio mzmdi usque ad nostra
fempora in diversis linguis artibus et facultatibus claruerunt editado en 15 51, en Basilea, por Conrad Lycosthene, 1.096 col.; el otro, por Josias Simler, en
Zürich, en 15 55, con el título de Epitom.e Bibliothecae
Conradi Gesneri, y compu.esto por 184 hojas. Después
de la muerte de Gesner, su obra, a la cual suelen añadírsele suplementos, se publica varias veces en .ediciones corregidas y aumentadas: en 1574, por ]. Simler,
.en 691 páginas; en 1583, por J. J. Fries, 838 páginas;
en 1585, por Antoine Du Verdier, en su Bibliotheque
franroise (ver pág. 20); en 1676, por J. Hallerword
(ver pág. 25); .en 1730-1731, por G. H. Wi!lschius,
Specimen supplemenfttm ad Bibliothecam Gesnero-Símlero; desde 1555, R. Constantin comienza con un
complemento para las obras en lenguas modernas: Nomenclator insigníum scriptorum quorum líbri extant
vel manuscripti vel impressi ex bibliothecis Galliae et
Anglíae, indexque totiu.s Bibliothecae atque Pandectannn C. Gesneri.
La Bibliotheca universalis y su Appendix
describen en total quince mil obras de tres
18
mil autores, y dan frecuentemente resúmenes
y extractos de textos. Gesner leyó o vio casi
todos esos libros, ya que se trasladó hasta los
lugares en que se encontraban los mismos.
Aparte de las bibliotecas, las fuentes de investigación son más bien escasas en la época. Declara haber recurrido a Champier, a Nevizzano-Gomes-Fichard, a Pedro Critinus (De
poetis latinis libri V, 1 5O 5 ) , a Lilio Gregorio
Giraldi (Historiae poetarum tam graecorum
quam latinorum dialogi decem, 1545, y Dia-
logi duo de poetis nostrorum temporum,
15 51), después de comenzar por Tritheim.
De cualquier manera, la Bibliotheca, con sus
quince mil títulos, no es realmente universal,
pues se limita a textos en lenguas muertas;
contiene, en realidad, la cuarta o la quinta
parte de la producción tipográfica europea
de 1 5 55. Le confiere universalidad el hecho
de abarcar todos los conocimientos sin excepción y de registrar libros de toda procedencia.
Si vale por su riqueza (notable para la época,
pues deben tenerse en cuenta la dispersión
de los libros y lo difícil de las comunicaciones),
vale aún más por su espíritu. En su juventud,
Gesner se había sentido muy impresionado
cuando los turcos incendiaron y saquearon, en
15 27, durante el asedio a la ciudad de Buda,
la biblioteca de Matías Corvino, rey de Hungría. Y cuenta (Epístola nuncupatoria incluida en la Bibliotheca) que tal suceso ejerció
influencia decisiva sobre él y lo indujo más
tarde a trabajar con el propósito de salvaguardar los testimonios del pensamiento, en el
supuesto caso de que los libros pudieran desaparecer. Ese móvil lo animó constantemente
y su convicción fervorosa acerca de la utilidad de sus investigaciones, así como su gran
sabiduría, le permitieron, en poco tiempo,
alcanzar su objetivo. Gesner es, en suma, el
primer bibliógrafo preocupado por los libros
en sí, ya que todos sus predecesores, sin excepción, hicieron de sus compilaciones la prolongación de sus estudios personales, por estimar secundaria, o de poca importancia, su
actividad en tal sentido. Para Gesner, se trata
de una actividad principal y que se impone
por sí misma; tiene derecho, pues, al título
de primer bibliógrafo de vocación, y de creador de la bibliografía moderna.
Bibliografía nacional
Los años 1506 y 1545 representan, respectivamente, la data de las dos primeras bibliografías, especializada la una, general la otra;
poco tiempo después, en 1548, aparece el primer repertorio consagrado a escritores de una
nación. El desarrollo de los estudios referentes
a las literaturas nacionales se confunde, al
principio, con el de las bibliografías de autores.
Las innumerables compilaciones que con el
título de Bibliotheca se sucederán a lo largo
de tres siglos, prefiguran, cuando sólo se ocupan de los hombres de letras de determinado
país, las actuales bibliografías nacionales. Digamos, además, que en ellas se reflejan las
controversias religiosas de la época, y que denotan espíritu más o menos partidiario.
John Leland (t 1552), capellán de Enrique
VIII, titular del cargo de anticuario de la Corona, creado para él, abandona la religión
católica y visita, por cuenta del rey, las bibliotecas conventuales; reúne así elementos para
una importante obra cuya publicación, dicho
sea de paso, habrá de postergarse hasta 1709:
los Commentarii de scriptoribus Britannicis,
impresos en Oxford por Anthony Hall. Otros
dos ensayos, ambos tendenciosos, se deben al
protestante John Bale y al católico John Pits.
John Bale (1495-1565), cronista y el más
antiguo de los autores dramáticos de lengua
inglesa, hace sus primeros estudios con los
Carmelitas y se convierte más tarde al protestantismo. Sus polémicas con los católicos lo
obligan a trasladarse a los Países Bajos, de
donde vuelve durante el reinado de Eduardo
vi; obispo de Ossory, en Irlanda, es después
arzobispo de Dublin, en 15 53. Su celo de
reformador lo hace impopular en su diócesis,
fuertemente adicta a la Iglesia católica y lo
obliga a expatriarse de nuevo. A su retorno a
Inglaterra, con el advenimiento de Isabel, reci-
be un beneficio en la iglesia de Canterbury.
La obra biobibliográfica de Bale parece ser
una tentativa consciente para salvar del olvido
los tesoros de las bibliotecas monásticas suprimidas o parcialmente destruidas. Emplea, en
la misma época que Gesner, la misma táctica
que el bibliógrafo suizo: correspondencia
directa con los sabios, cuando no puede tener
acceso a los libros, y visitas a las bibliotecas de
colegios y monasterios. Explora las de Cambridge, Oxford, Dublin, Londres, Francfort
y París (Carmelitas) ; visita a libreros y a
encuadernadores, y así, entre el material que
se utiliza en las cubiertas, descubre fragmentos
de manuscritos o de ejemplares impresos. La
obra de su amigo Leland representa para él
una fuente de valor excepcional. De ese modo
logra publicar en 1548 Illustrium majoris
Britanniae scriptorum hoc est Angliae, Cambriae ac Scotiae summarium ( Gippeswici,
J. Overton, 22 5 hojas), donde los escritores
ingleses están clasificados por orden cronológico, con índice de nombres -no de apellidos- al comienzo. Esa edición es reimpresa
en 15 49. La segunda edición aparece en Basilea,
en 1557-1559, en dos volúmenes de más de
mil páginas in folio con el título de Scriptorum
Illustrium majoris Brytanniae. . • catalogus;
allí se consignan mil cuatrocientos escritores,
clasificados de la misma manera que en el
Summariu1n, con su biografía y mención de
sus obras; éstas últimas, en conjunto, ascienden a casi diez mil. Todos los documentos
reunidos por Bale y no incluidos en el Catalogus son compilados por él en un voluminoso
manuscrito, que había de ser editado por
Reginald Poole en 1902: el Index Britanniae
scriptorzl1n quos ex variis bibliothecis non
parvo labore collegit Johannes Baleus cum
aliis ( Oxford, XXXVI+ 58 O páginas) .
El erudito John Pits (1560-1615) estudia primero en Oxford y después en .Reims,
en el Colegio de los Ingleses; recibe las órdenes
sacerdotales en Roma y enseña retórica y
lengua griega en Reims. Después de múltiples
peregrinaciones impuestas por las luchas civiles, termina su vida como deán de Liverdun,
19
a medida que se multipliquen las impresiones
y las bibliografías. Gesner ya utiliza a Tritheim, Champier y Nevizzano; Paschal Lecoq
se vale de Gesner, e Israel Spach de Lecoq;
todo nuevo repertorio halla su fuente en los
anteriores, y así sucesivamente. El trabajo
bibliográfico perderá poco a poco su origi-
nalidad. Pero la transformación exigir2 mucho
tiempo. Por el momento, al genio propio de
historiadores y de letrados laboriosos, a sus
innumerables lecturas, a su prodigiosa información personal y, sobre todo, a su obstinada
convicción, le debemos el conocimiento del
tesoro de los libros impresos en su tiempo.
CAPÍTULO III
LA BIBLIOGRAFÍA EN EL SIGLO XVII. LA ÉPOCA HISTÓRICA
El siglo XVI imprime a la actividad bibliográfica la dirección que ésta seguirá sin desviaciones durante casi dos siglos: la de la historia y la erudición.
A partir de la invención de la imprenta,
el comercio del libro ha prosperado mucho;
el impreso tiene derechos de ciudadanía entre las personas refinadas que antes no hubiesen adquirido costosos manuscritos; los más
cultivados o los más ricos forman bellas colecciones de libros al lado de su gabinete de
rarezas. El amor y el gusto por los bellos textos
inspiran a Gabriel Naudé, en 1637, un Advis
pour dTesser una bibliotheque, y al carmelita
Louis Jacob, en 1644, un Traicté des plus belles
bibliotheques publiques et particulieres qui
ont esté et qui sont a présent dans le monde.
Al mismo tiempo que se vulgariza el libro,
nace el espíritu científico moderno; la representación del mundo físico sufre profundas
transformaciones gracias al advenimiento del
método experimental, a la observación y a
la afición por los conocimientos generales. En
el siglo de Galileo, Kepler, Fermat, Harvey,
Newton y Cavendish, se determinan las fronteras de cada dominio de las ciencias positivas,
en tanto que declina la filología clásica.
La nueva orientación de los espíritus se
manifiesta en los historiadores, que son los
22
primeros en aportar su esfuerzo; a juicio de
ellos, es indispensable dar a la erudición histórica bases sólidas, sin las cuales resulta prematuro todo intento de generalización, y se
dedican a la publicación de textos aclarados
por minuciosa crítica.
La influencia monárquica y gubernamental por una parte, y la eclesiástica por otra,
se hacen sentir sobre los historiadores que ya
no se ven obligados, como en el siglo precedente, a emplear la erudición como arma de
combate. Los más grandes coleccionistas y
editores de textos y documentos tienen funciones oficiales, desde el jurisconsulto Pierre
Pithou (1539-1596), Papire Masson (15441611 ) , sustituto del procurador general de
París, y Jacques Bongars (1554-1612), agente de Enrique IV en Europa, hasta André du
Chesne ( 1 584-1640) , geógrafo e historiador
del rey, Pierre Dupuy (1582-1651), conservador de la Biblioteca y de las Cartas del
Rey, Charles du Cange (1610-1688), tesorero de Francia en Amiens, y Étienne Baluze
(1630-1718), bibliotecario de Colbert y profesor de derecho canónico en el Colegio Real.
Los miembros del clero regular y secular
se hallan, por su parte, unidos por idéntico
celo hacia los trabajos intelectuales, en una
Francia donde las reformas de la Iglesia han
pacificado la religión; aunque no tienen la
independencia o la audacia de los sabios del
siglo XVI, poseen las cualidades necesarias para
las grandes empresas: espíritu de disciplina y
de tradición, regularidad y prudencia en el
estudio y, sobre todo, inteligencia de los textos.
Si el siglo XVI se volvió hacia la Antigüedad,
el xvn se vuelve hacia la Edad Media. El clero
regular, cuyas reglas colocan los trabajos del
espíritu entre los deberes religiosos y en cuyos
conventos se conservan, acumuladas desde
hace siglos, inmensas riquezas manuscritas,
emprende, por primera vez, largos y áridos
exámenes de las cartas y documentos medievales 1 •
Todas las órdenes religiosas conen simultáneamente
manos a la obra: jesuitas y jan~enistas, benedictinos y
oratorianos rivalizan en actividad. El padre Fronton
du Duc (1558-1624), bibliotecario del Colegio de los
jesuitas de Clermont en París, publica en 1624 una
Bibliotheca veterum patrum et auctorum ecclesiasticorum, en doce volúmenes in folio, y los padres Jacques
Sirmond (1559-1651) y Philippe Labbé (1607-1670)
realizaron verdaderos modelos con sus colecciones de
textos conciliares.
Philippe Alegambe (1592-1651), sabio jesuita nacido en Bruselas y profesor de filosofía .en Gratz, continúa l:a obra de un jesuita de Toledo, el padre Ribadeneira (! 1611), cuyo Illustrium scripíorum Societatis
Jesu catalogus fue .editado tres veces entre 1608 y
1613. El trabajo de Alegambe aparece en Amberes en
1643, Y después es retomado y continuado hasta 1675
por el padr.e Sotwell, en Roma. Es la mejor obra de
-ese momento entre las relativas a la biografía y la
bibliografía de los escritores jesuitas y en ella los autores son citados por sus nombres d.e pila.
Otros dos teólogos de la Compañía de Jesús realizan
importantes investigaciones bibliográficas.. El primero
de ellos es Antonio Possevin (1534-1611) oriundo de
Mantua, que recibe de Gregorio XII el encargo de cumplir una misión comparable a la que Pío V le había
confiado, .en el siglo precedente, a Sixto de Siena con el
objeto de refutar los errores de los judíos y de los
heréticos. Poss.evin, más versado en letras y mejor instruido que Sixto de Siena, rabino conv.erso que después
se hizo dominico, comienza a escribir, con el pensamiento puesto en la conversión e instrucción de infieles,
1
G. MoNOD, op. cit.
el Apparaftts sacer ad scriptores veteris et novi Testamentí, que aparec.e en Venecia y en Colonia, en 1603,
1606 y 1608, en forma de voluminosa compilación
donde se pasa revista a más de seis mil autores eclesiásticos. El segundo es .el cardenal Roberto Belarmino
(1542-1621), cuyo De scriptoribus ecclesiasticis liber
aparece en Roma y Lyon en 1613 y después en París
en 1617, 1631, 1644 y 1658 (esta edición, aumentada
por Philippe Labbé); en Lyon, en 1662 y 1675; en
Lovaina, en 1678, y en Colonia, en 1657 y 1684. El
historiador belga Aubert Le Mire (1573-1640) se
inspirará en .esta obra para su Bibliotbeca ecclesiastica
aparecida en Amberes, de 1639 a 1649.
'
Los benedictinos de las congregaciones reformadas de
Saint V annes y de San Mauro sientan fama de inagotable erudición y de trabajadores incansables. La inmensa
producción de la escuela benedictina abarca las ediciones de los Padres de la Iglesia, la historia de la
Iglesia de Francia (Gallia christiana, cuya primera impresión data de 1626), la historia de Francia (Reetteil
des historiens des Gaules et de la France, que es, modificada totalmente, la Historiae Francorum scriptores, de
André du Chesne), la historia de la literatura francesa (Histoire littéraire de la France, biobibliografía de
antiguos escritores franceses, cuya publicación no habrá
de comenzar hasta 17 3 3 ) y, por fin, la historia local.
Los otros religiosos que se distinguen en el siglo xvn
en razón de trabajos bibliográficos, hoy tenidos por
clásicos, son: Théodor.e Peeters, Bibliotheca Cartusiana
sive illustrium sacri Cartuciencis scriptontm catalogus,
Colonia, 1609; Charles de Visch, Bibliotheca scriptorwm
sacri ordinis Cisterciensis, Douainis, 1649, y Colonia,
16 56; Lucas W adding, Scriptores ordinis Minorum, Roma, 1650; el carmelita Louis Jacob, cuya Bibliotheca
Pontificia, Lyon, 1643, reúne todos los escritos de los
papas, desde San Pedro hasta Urbano VIII, los de los
antipapas y los de los autores que publicaron vidas y
elogios de los papas o que escribieron contra la persona
de los soberanos pontífices; por último Louis Ellies
Dupin (1657-1719), profesor de filosofía en el Colegio Real, jansenista ardiente, publica a partir de
1686 la Notwelle bibliothéque des auteurs ecclésiasti-
ques COJttenant l' histoire de leur vie, le catalogue, la
critique et la chronologie de leurs ouvrages, que abarca
desde el siglo I hasta el XVIII y cuya t.ercera edición,
hecha en 1693 y continuada en 1736 por el abate
C.-P. Goujet, consta de veintidós volúmenes.
Mientras aquellos a quienes Langlois llama
"removedores de documentos", se abisman en
sus estudios, también la ciencia laica desarrolla
gran actividad. En el siglo xvu, los sabios
laicos no se reúnen en las universidades, sino,
al principio en salones y después en colegios,
donde, como en las congregaciones religiosas,
los esfuerzos se concentran y coordinan para
realizar importantes trabajos colectivos. A
partir de la segunda mitad del siglo xvn, los
colegios toman el nombre de academias, primero en provincias (en 1640, en Toulouse;
en 1644, en Burdeos; en 1652, en Caen; en
1662, en Nímes; en 1685, en Angers; en 1700,
en Lyon) y después en París. En 1663, la
Academie des Inscriptions et Belles Lettres
surge de una "Compañía" de la Academia
Francesa instituida por cartas patentes en
1637, y sus estatutos datan de 1701. Rivaliza
con la compañía benedictina cuyos trabajos
prosigue y no hay dominio de la erudición
histórica en el cual no realicen investigaciones
algunos de sus miembros.
En tanto que los historiadores del siglo XVII
se dedican a investigar textos, los sabios prefieren el estudio razonado de los hechos susceptibles de ser comprobados experimentalmente; tal como los letrados, adquieren la
costumbre de reunirse en pequeños cenáculos
para cambiar opiniones.
Los animadores de este movimiento son
Claude Nicolas Peiresc (1590-1637), consejero del Parlamento de Aix y protector de
Gassendi; Descartes, Mariotte y el padre Marin Mersenne, quienes mantienen estrecha
colaboración con sus colegas de París y del
interior (Roberval, Fermat), y también del
extranjero (Huyghens, Galileo, Torricelli,
Hobbes). Esas reuniones y relaciones darán
origen a la Academia de Ciencias, instituida
por Colbert en 1666.
Las corrientes de ideas no circulan solamente en Francia; más allá de las fronteras,
se agrupa una Europa sabia y se estrechan
los lazos de un internacionalismo intelectual
que procura la formación de un estado ideal,
la "república de las letras", constituida por
hombres de letras y de ciencia de todos los
países. La palabra "Gelehrtenrepublik", o
república de los sabios, designa más exacta-
24
mente esta sociedad donde los sabios desempeñan un papel mucho más importante que el
de los poetas; sus miembros tienden por toda
Europa una red de relaciones epistolares que
hace las veces de diarios, cong;esos y via ]es.
La vasta correspondencia del padre Mersenne
(1588-1648) y del ginebrino Jean Le Clerc
( 16 57-17 3 O) , en los dos extremos del siglo,
prueba la amplitud alcanzada por las relaciones intelectuales en esa época, y prepara
la senda al periodismo. El favor dispensado
a los primeros períodicos literarios y científicos revela, por su parte, la existencia de un
amplio público de gustos enciclopédicos. En
Francia, el Journal des scavans (1665); en
Inglaterra, las Phílosophical Transacfions
(1666); en Alemania, las Acta erudítorum
(1682); en Holanda, las Nonvelles de la Repúblique des lettres, de Pierre Bayle ( 1684),
como también las Bibliotheques universetle,
choísíe, ancienne et moderne, de Jean Le
Clerc ( 1686-1693, 1703-1713, 1714-1726),
desempeñan importante papel en la vulgarización de las nuevas ideas. Todos esos periódicos
se ocupan de las teorías científicas, de los
acontecimientos memorables para las letras y
las ciencias, e informan sobre libros recién
aparecidos. La Gazette de France, primer
periódico francés, es fundada el 30 de mayo
de 1631, con el patrocinio de Richelieu, por
Théophraste Renaudot ( 15 86-165 3), médico
y creador de laboratorios, que se dedica a
difundir los primeros descubrimientos de la
cirugía.
Además de las grandes personalidades, religiosas y laicas, que crean la ciencia por la
fuerza del pensamiento y de la reflexión, hay
multitud de hombres laboriosos, de amplia
cultura, "carentes a veces de la penetración
que distingue al sabio del compilador", pero
que, en un siglo en el cual se están gestando
todas las ciencias, contribuyen ampliamente,
por medio de incansables investigaciones, a
propagar la afición por el libro y a salvarlo
del olvido. Esos hombres, pertenecientes a la
generación de Louis Moréri ( 164 3-168 O), a
la de Pierre Bayle (1647-1706), y a la de
Fontenelle (1657-1757), consagran su vida
a recordar la de los personajes famosos del
pasado y a analizar los escritos de los mismos;
todo el siglo XVIII y aun el XIX recurrirán a
tales fuentes. Por lo tanto, es menester dedicarse a esos eruditos, muy conocidos en su
tiempo y actualmente olvidados, si se desea
seguir la evolución bibliográfica, que es reflejo de la evolución del pensamiento y la
cultura. ¿Quiénes eran? ¿A qué medio pertenecían? ¿Cuál era su formación, y cuáles
sus funciones? Responder a estas preguntas es
definir la bibliografía en el siglo XVII.
Un ex-estudiante de filología de la Universidad de Konigsberg, Johann Hallervord
( 1644-167 6) , muy relacionado con los libreros más conocidos de la época y con los
bibliotecarios de su ciudad, y poseedor de una
bella colección de libros adquiridos durante
sus viajes, consagra varios años de su corta
existencia a redactar, como complemento de la
Bibliotheca universalis de C. Gesner, una Bibliotheca curiosa, que aparece en 167 6. Allí
se describen unas tres mil obras de todas las
naciones y se nombra a los impresores y a los
editores de las mismas, hecho que todavía no
era corriente. Acrecienta el interés de ese repertorio el hecho de que su autor cita las
bibliografías anteriores por él utilizadas. Gracias a Hallervord podemos, pues, conocer las
compilaciones más difundidas en el siglo XVII
y formarnos una idea de la clase intelectual
y social de sus autores. A los nombres de los
teólogos y religiosos ya citados -Sixto de
Siena, Belarmino, Alegambe, Philippe Labbé,
de Visch- se agregan los del padre Andreas
Schott, S. J., filólogo flamenco que enseña
en Madrid y Zaragoza; V al ere André, profesor y bibliotecario de Lovaina; Gabriel
N audé, bibliotecario de Richelieu y de Mazarino; Aubert Le Mire, canónigo de Amberes
e historiador; los de dos escritores protestantes: Paul Colomies, de La Rochelle y William
Crowe, sacerdote inglés; Martín Zeiller, geógrafo de Ulm; J. A. Van der Linden, médico
de Amsterdam y profesor en Leyden; Vincent
Placcius, abogado y profesor de la Univer-
sidad de Hamburgo, etcétera. Podemos decir
entonces que la bibliografía, tanto en 'el siglo
XVII como en el XVI, es practicada por hombres de amplia cultura, fieles a la tradición
antigua. Además, al examinar sus compilaciones se deduce que la forma de los repertorios apenas ha variado; la afición por la
reseña biográfica priva todavía sobre la descripción de los libros, que a menudo suele
ser somera y descuidada.
Bibliografía especializada
Al frente de los bibliógrafos franceses figura André du Chesne ( 15 84-1640), geógrafo e historiador del rey, uno de los más
grandes eruditos y más útiles animadores de
los altos estudios históricos. Comparable con
los benedictinos y los bolandistas, es cronológicamente anterior a ellos. En su obra se
distinguen los libros de historia y de genealogía, las ediciones y traducciones de textos, y
la bibliografía. En 1614, concluye y publica
la Bibliotheca Cluniacensis, del Dom Martín
Marrier ( 15 72-1644) , monje cluniacense.
Trabaja en la Historiae Francorum scriptores
coaeta;zei, dos volúmenes de la cual aparecen
durante su vida, en 1638 y 1639, y los tres
restantes después de su muerte.
Su Bibliotheque des autheurs qui 01zi escript
l'histoire et topagraphie de la France divisée
en deux parties selon l'ordre des temps et des
1natieres, aparece en París en 1618, y la segunda edición, corregida y aumentada con
más de doscientos historiadores y con tablas,
en 1627. Ese volumen, de 312 páginas, tiene
el aspecto de una bibliografía moderna, pues
las reseñas biográficas no menoscaban la descripción de los libros, minuciosamente completa, excepto en lo referente a paginación.
Gabriel Naudé (1600-1653) es médico de
Luis XIII, bibliotecario de Richelieu y, posteriormente, de Mazarino y de la reina de
Suecia. Se conoce su actividad como bibliotecario de Mazarino, para quien adquiere más
de cuarenta mil obras y a quien dejará su
25
colección particular. Su Advis pour dresser una
bibliotheque lo señala como uno de los primeros bibliófiíos franceses; publicado en 1627,
dicho texto logra innumerables ediciones y es
traducido al latín y al inglés. N audé se interesa por todo, pero tiene evidente preferencia
por la política. Su Bibliographia política, Venecia 16 3 3, merece ser citada por su título,
ya que, por primera vez en Francia, se remplaza Bibliotheca por Bibliographia. Pero no
se trata, en realidad, de un repertorio de
títulos; en ese pequeño in 12 9 de 115 páginas,
el autor se ocupa, en latín, de autores que
han escrito sobre política, ya sea como filósofos o como historiadores. La obra alcanza varias ediciones: en Ley den, en 16 37 y 164 2;
en Amsterdam, en 164 5 ; en Cambridge, en
1684; y es traducida al francés en 1642.
La obra más importante, única hasta entonces en su género y que los bibliógrafos
no piensan siquiera completar, tarea que ceden a los historiadores de las letras, es la que
comienza, aunque no llegará a concluirla,
Adrien Baillet (1649-1706), profesor delColegio de Beauvais en 1672. Baillet, que se había ordenado en 1676, abandona en 1680 los
cargos eclesiásticos para convertirse en bibliotecario del presidente de Lamoignon. En el
desempeño de esa función descubre "que se
adelantaría mucho más en las artes y las ciencias si se supiera con exactitud cuáles son los
libros que deben leerse y cuáles los que deberían ser rechazados". Convencido de la inutilidad de muchos de ellos, cree que el primer
deber de un bibliotecario consiste en indicar
los libros cuya lectura es recomendable. Por
esta razón empieza a escribir los ]ugemem des
scavans sur les principaux ouvrages des auteurs, que, según él, es "tan sólo una compilación bastante simple de las principales obras
más conocidas, con algunas reflexiones de
otros". La obra aparece en nueve volúmenes
in 12 9 , de 1685 a 1686, y queda inconclusa.
Una edición revisada, corregida y aumentada
por el académico Bernard de La Monnoye, ve
la luz entre 1722 y 172 5, en nueve volúmenes
in 4 <?. Baillet comienza por los gramáticos y
26
los traductores, los que son tratados en cuatro
volúmenes; el primero de ellos está destinado
a preparar al lector y contiene reflexiones
generales sobre los libros y los primeros impresores; los tres siguientes reproducen juicios
acerca de gramáticos latinos, griegos, hebreos,
franceses, italianos y españoles, y sobre los
traductores; de vez en cuando se ocupan de
algún coetáneo, hecho que le significa a Baillet múltiples ataques, tanto de parte de sus
compatriotas como de parte de los extranjeros;
en el ] ournal des scavans de 168 5, se le critica
que haya hablado demasiado libremente de
los jesuitas y que se haya mostrado muy tolerante con Port-Royal. Los cinco últimos volúmenes de los ]ugemens tratan de los libros
escritos en griego, en latín o en lengua vulgar,
sobre el arte poética desde el Renacimiento de
las letras.
En 1688, Ménage, en respuesta a juicios desfav.orables sobre sus obras y en particular sobre sus poesías,
recopilados por Baillet, publica en La Haya el AntiBaillet ( 168 8) donde analiza los errores de los Jugemens; Baillet replica con las Satires personnelles, traité
historique et critique de celles qui portent le nom
d'anti, table générale des anti et celle des ¡zufeurs d'anti,
( 1689), donde revela curiosas investigaciones sobre
quienes han compuesto esas obras satíricas y sobre quienes son atacados en ellas. Cabe mencionar en la obra
bibliográfica de Baillet Des enfants célebres par leurs
études et leurs écrits, 1688, compuesta para .el hijo
del abogado general de Lamoignon, y también Auteurs
déguisez sous des noms étrangers, empruniez, supposez,
feints a plaisir, abrégez, chiffrez, renversez, retoumez
ou changez d'une langue dans une autre, 1960; la obra
contiene, en realidad, únicamente un Traité élémen·faire
sur le changement et la sttpp¡·essior~ des noms parmi les
auteurs, que termina con una lista de los seudónimos
cuyo descubrimiento prometía Baillet.
En otros campos, la segunda mitad del siglo
ofrece tres "bibliotecas" que merecen ser
citadas: La Bibliotheca chimica seu catalogus
librorlim philosophicorum hermeticorum, París, 1654, 276 páginas, editada en Heidelberg,
en 1656, es obra del químico y médico de
Castres, Pierre Borel (1620-1689), dueño de
uno de los más importantes gabinetes de hisXVII
toria natural de su tiempo, y miembro de la
Academia de Ciencias en 1674. Su libro es un
verdadero repertorio, por orden alfabético de
nombres, pero con descripciones muy sumarias. Tal es también el caso de la N ouvelle
bibliothéque historique et chronologique des
principaux auteurs et interpretes du droit
ch:il, canonique et particulier de plusieurs
Etats et provhzces depuis Irnerius avec des
jugemens sur leurs ouvrages, París, segunda
edición en 1692-1695, dos volúmenes, 390
y 394 páginas, de Denis Simon, consejero del
tribunal de Beauvais; y por último, la Biblio-
tl:úque orientale ou Dictionnaire universal
contenant tout ce qui regarde la connaissance
des peuples de l'Orient . . . des extraits de
tous leurs ouvrages, de leurs traitez, traductions, commentaires . .. et de tous leurs livres
écrits en arabe, en persan ou en turc sur toutes sortes de sujets, París, 1697, in folio de
1.060 páginas, de Barthelemy d'Herbelot
( 162 5-169 5), profesor de sirio en el Colegio Real. Puede recordarse, a propósito de
este último, el primer ensayo de Paul Colomies (de quien nos ocuparemos más adelante)
la Gallia orientalis sive Gallonun qui linguam
hebraeam vel alias orientales excoluerunt vitae, aparecido en La Haya, en 1655.
Si examinamos ahora algunas obras bibliográficas de otros países, veremos que sus
autores son también sabios e infatigables investigadores del tipo de los du Chesne y los
Baillet.
Poco se sabe de Pablo Bolduanus, natural
de Stolp, Pomerania, que da su nombre a tres
Bibliothecae; teológica la primera (Jena, 1614,
y Leipzig, 1622); filosófica la segunda (Jena,
1616) e histórica la tercera ( 1620) .
Juan Pedro Lotich (1598-1669) es un médico alemán que se dedica, también, a componer versos en latín; en su Bibliothecae poe-
ticae pars una et secunda, tertia, quarta et ultima, Francfort, 1625-1628, cuatro volúmenes, analiza las obras de los poetas célebres de
Grecia y de Italia, España, Alemania, Bélgica,
Francia, Inglaterra, Hungría, Dinamarca, Polonia y Bohemia.
La personalidad de Martín Zeiller ( 15 891661) es más accesible. Nacido en Austria y
establecido en Ulm, logra, por su saber y sus
escritos, un renombre que supera las fronteras de Alemania; Zeiller ha leído todas las
narraciones de viajes y utiliza esas descripciones en sus itinerarios y topografías. (Su
Fides Achates, de 1651, está considerado
como el primer Baedeker alemán.) Se le reprocha falta de originalidad y de impresiones
personales; pero se trata de un relator de observaciones y nada obsta para suponerse que su
objetividad es deliberada y que traduce una
curiosidad de espíritu completamente científica, que no necesita el adorno del sentimiento
y de la imaginación. Zeiller realizó obra de
bibliógrafo en su Historici chronologici et
geographi celebres ex variis qui de eorum aetate et operibus scripserunt, 1652-1657.
Martín Lipen (1630-1692), rector en Halle y después en Stettin, elabora varios repertorios especializados e independientes, cuyo
conjunto debía formar una Bibliotheca realis
universalis. Publica en Francfort, en seis gruesos volúmenes in folio: Bibliotheca realis medica, 1679, 492 páginas: Bibliotheca realis
jurídica, 1679, 560 páginas; Bibliotheca realis philosophica, 1682, dos volúmenes, y Bibliotheca realis theologia, 168 5, dos volúmenes,
donde están registradas las obras de casi veinte
mil autores. Esta enorme compilación es juzgada severamente en su tiempo; se pensaba
que las innumerables búsquedas e investigaciones que debía de haber requerido la misma,
no eran compatibles con los altos cargos de
una función universitaria y a menudo se la
tildó de defectuosa. En cambio, la Bibliotheca
jurídica tuvo acogida favorable y, durante el
siglo xvm, fue editada varias veces.
Vincent Placcius (1642-1699), abogado de
Hamburgo y, posteriormente, profesor en la
universidad de esa ciudad, es el primer bibliógrafo que trata de identificar las publicaciones aparecidas sin nombre de autor o con
nombre supuesto. Su De scriPtis et scriptoribus
anonymis et pseudonymis syntagma aparece
en Hamburgo en 1674, y en 1678 es comple-
tado en Amsterdam por John Deckerr, De
scriptis adespotis pseudepigraphis et suppositiis
conjecturae. La segunda edición, que lleva
prefacio y biografía, es publicada en 1708 por
el célebre J. A. Fabricius, con el título de
T heatrum anonyrnonun et pseudonymorzt11t,
y consigna ocho mil obras anónimas y tres
mil firmadas con seudónimos. En 1711, Aug.
Heumann, y en 1740 J. C. Mylius, bibliotecario de Jena, continuarán con esas investigaciones.
Trasladándonos a Inglaterra, hallaremos
primeramente el T heatrunt poetarum or a
complete collection of the poets especially
the most eminent of al! ages, Londres, 1675,
de Edward Phillips (1630-1696), sobrino de
John Milton y conocido por una biografía
de este poeta ( 1694) .
El librero Thomas Bassett ha escrito breves
bibliografías -que, sin duda, vendía en su
almacén- referentes a libros de derecho;
están fechadas en 1671, 1682, y 1694, y contienen, respectivamente, 120, 143 y 141 páginas. Pero, sobre todo, conviene destacar dos
repertorios concernientes a las ciencias religiosas. William Crowe ( 1616-167 5), pastor
protestante, es el autor del que aparece en
1672 con el título de Elenchus scriptorum in
Sacram Scripturant tam graecorum quam latinorum in qua exhibentur eorum gens, patria,
professio, religio librorum tituli, volumina,
editiones 1/ariae qua tempore claruerint vel
obierint, 344 páginas. Todos los tratadistas de
las Sagradas Escrituras están consignados allí
por orden alfabético; además, Crowe indica
la comunión o la secta de dichos autores; la
profesión y fechas de nacimiento y muerte
de los mismos, y emite juicios sobre sus obras.
"En ese género, no se conoce todavía nada
más exacto o más cómodo", escribe A. Baillet.
La segunda obra pertenece a un historiador
de la Iglesia, William Cave (1637-1713),
Scriptorum ecclesiasticorum historia literaria,
Londres. 1688, dos volúmenes in folio, impresos en Ginebra, en 1693, 1694, 1705 y
1720; en Oxford, en 1740-1743, y en Basilea
28
en 1741-1745; esta última edición contiene
cerca de trece mil títulos.
En los Países Bajos, dos bibliógrafos realizan,
en el siglo xvn, obra perdurable; Juan Antonio van der Linden y Cornelius a Beughem.
Van der Linden (1609-1664), doctor en medicina, ejerce en Amsterdam antes de ser profesor en Leyde, y publica en 1637 De scriptis
medicis libri duo. Corregida y aumentada por
el autor, esta obra se imprime también en
1651, con un total de 688 páginas, y en 1662,
con el agregado de un índice de materias.
Después de la muerte de Van der Linden, un
médico de N üremberg, George A. Mercklin,
la amplía aún más; así se edita el Lindenius
n:novatus, 1686, edición de 1.097 páginas.
Cornelius a Beughem es librero y editor
en Emmerich, W estfalia. Concibe el proyecto
de un repertorio universal de los libros aparecidos desde 16 5O y organizado por grandes
disciplinas, a la manera de Lipen. De 1680
a 1688 aparecen en Amsterdam, una Bibliographie }uridica et política, 1680; una Bibliographiemedica et physica, 1681-en realidad, una nueva edición de la obra de Van der
Linden, cuyos errores Beughem corrige y cuyas notas reproduce, dicho sea de paso, sin
nombrarlo; una Bibliographia historica, chro110logica et geographica, 168 5, y finalmente
una Bibliographia mathematica et artificiosa
110vissima, 1688. Todos siguen el mismo plan;
los libros se hallan clasificados por autor, previa diferenciación entre los escritos en lenguas
muertas o vivas, y los anónimos; los títulos
están bien transcritos, casi siempre Íntegramente, y se consigna el lugar de impresión, la
fecha y el formato. Pero Beughem es conocido
sobre todo como autor del Incunabulnm typographie, primera bibliografía consagrada a
las ediciones del siglo xv, en la cual describe,
cuidadosamente clasificados, unos tres mil incunables.
La Italia del siglo xvn brinda una notable
colección de bibliografías regionales; de ellas
se tratará más adelante. En el dominio de las
especializadas, dos personalidades se destacan.
Leone Allacci ( 15 86-1669), nacido en Quíos,
profesor de griego en Roma, bibliotecario del
cardenal Barberini y posteriormente en el
Vaticano, en tiempos de Alejandro VII, es
autor de fecunda pluma: traducciones y comentarios de autores antiguos, obras relativas a las Iglesias griega y romana, a la historia
de la Antigüedad, etcétera. Su Drammaturgia, aparecida en Roma en 1666, 816 páginas,
permite conocer las obras dramáticas italianas
de acuerdo con siete clasificaciones diferentes,
según el modo de F. Doni; hay otras ediciones de la obra, muy apreciada en su época; la
de 17 55 se imprime en Venecia, corregida y
aumentada, y contiene seis mil obras.
Ovidio Montalbani, quien publica sus obras
con el seudónimo de J. A. Bulmadus (16021671 ) , es médico de Bolonia, botánico y conservador del Gabinete de Historia Natural de
la ciudad. Publica en 1657, una Bibliotheca
botanica seu herboristarmn scriptoru11z promota synodia, obra muy estimada que aparecerá nuevamente en 1740, a continuación de
la Bibliotheca botanica de Jean Séguier. Ambas volverán a editarse en 1760, en Leyden por
Laurencio Teodoro Gronovius, regidor de la
ciudad, miembro de las sociedades eruditas
de Londres y de Harlem y continuador de
Séguier (ver página 3 6) .
Para concluir este corto estudio de la erudición bibliográfica en el siglo xvn, cabe recordar la obra realizada en dos dominios muy
especializados. Primeramente, la del escritor
español Antonio de León Pinelo (t 1660),
historiógrafo de las Indias en España, cuya
Biblioteca oriental i occidental, nautíca i geografica aparece en Madrid, en 1629. La obra,
reelaborada en 1739 y publicada en tres
volúmenes in folio, constituye el más vasto
repertorio bibliográfico de libros impresos y
manuscritos sobre viajes y misiones, particularmente en io que a América latina se refiere.
Un teólogo suizo, J. H. Hottinger (162016 67) historiador de la Iglesia, orientalista,
profesor de historia eclesiástica en Zürich y
posteriormente de teología y lenguas orientales en Heidelberg y Leyden, hizo conocer
gran número de escritores sirios y árabes, he-
breos, egipcios y etíopes, con su Promptuariu11t
sive Bibliotheca orientalis, impreso en Heidelberg, en 1658. La más importante bibliografía
de libros hebreos es la Bibliotheca m-agna
rabbinica de scriptoribus et scriptis hebraicis,
de Giulio Bartolocci, Roma, 167 5-169 3, cuatro
volúmenes in folio; el volumen cuarto está
dedicado a la obra del padre Carlo Giuseppe
Imbolati, titulada Biblíotheca latino-hebraica
sive de scriptoribus latinis qtti ex diversis nationibu.s contra Judaeos vel de re hebraica
utcumque scripsere, Roma, 1694, in folio, 594
páginas.
Bibliografía universal
En el primer cuarto del siglo xvn, aparecen
en Alemania dos grandes recopilaciones de
títulos de libros, sin excepción de idiomas
ni de asunto, compuestas ~on ayuda de los
catálogos de las ferias de libros de Francfort
y Leipzig. Estas compilaciones no tienen, pues,
carácter erudito; pero son, sin embargo, muy
interesantes como descripción de la librería
de esa época. Sus autores son poco conocidos,
sobre todo el primero, Johann Cless, quien
publica en Francfort, en 1602, Unius seculi
ejusque virorum literatorum mommtentis ab
anno 1500 ad 1602. Elencbus consHmmatissimus librorumque heb1-aei, graeci, latini, germani, aliorumque Europae idiomatum, typonun aeternitati coJZsecratorzlm, dos tomos en
un volumen in 4 9 , 569 y 296 páginas, respectivamente.
El segundo autor, Georg Draud (15731635), en sus Fürstliche Tichreden, de 16241626, dice ser pastor de Ortenburg. Escribe
varias obras teológicas y deja tres Bibliothecae
voluminosas y bien redactadas, dignas de
figurar entre las mejores. La primera: Biblio-
theca exotica. La Bibliotbeque universail contenant le catalogue de tolls les livres qui ont
esté imprimés ce siecle passé aux langues franr;oise, iialienne, espaignoles et autres depuis
l' an 1 500 jusques a l' an présent distribués en
certain ordre selon les matieres et les surnoms
des autheurs, Francfort, 1610, 219 páginas;
29
y 1625, 302 páginas. Las obras alemanas están
agrupadas en la Bibliotheca librorum germanicorum classica, 1611, 563 páginas, con un
índice de apellidos; constituye, una bibliografía nacional alemana referida al siglo XVI.
La tercera obra, es, realmente, de carácter
universal: Bibliotheca classica sive catalogus
officinalis in quo singuli singularum facultatum ac professionmn libri qui in quavis fere
ling1ta extant, 1611, 1.253 páginas; edición
de 162 5, 1.6 54 páginas. Todas las obras, citadas en orden sistemático van acompañadas de
mención del lugar y fecha de impresión y, a
veces, del nombre del editor. La subclasificación está hecha por apellidos, con un índice de
nombres dispuestos en tres columnas y 3 5
hojas.
Johann Hallervord, el estudiante de Koenigsberg (ver página 2 5), redacta, como suplemento de la Bibliotheca zmiversalis de Gesner, una Bibliotheca curiosa in quea plurimi
rarissimi atque paucis cogniti scriptores indicantur, 1676, buen repertorio de libros raros,
ordenados por el nombre y no por el apellido
de los autores, cuya profesión o condición y
datos biográficos también se consignan, lo
mismo que el lugar de impresión y la fecha
de publicación de sus obras 1 •
En Francia aparecen selecciones de libros
realizados en el campo de lo universal, pero
1 No corresponde a este estudio sobre r.epertorios
impresos ocuparse de los émulos de Gesner cuyas "bibliotecas" universales quedaron en manuscrito. Cabe,
.empero, mencionar al abate Philippe Drouyn (muerto
hacia 17 3 5 ) , doctor de la Sorbo na y clérigo consejero
del Parlamento de París, cuyo ensayo de bibliografía
universal, comenzado en las postrimerías del siglo, se
traduce en trescientos v.eintiún volúmenes conservados
en la Biblioteca del Arsenal, con los números 5428/5748.
Anteriormente, un erudito de Florencia, doctor de la
Universidad de Pisa, Francesco Marucelli (1625-1703),
había practicado el inventario de todos los libros conocidos en su época; su Mare magmtm omnium materiarum sive index universalis alpbabeticus s.e compone
de ciento once volúmenes, actualmente depositados
en la Marucelliana de Florencia. El teatino Raffaello
Savonarola (1680-1748), natural de Padua, realizó un
trabajo análogo al componer su Orbis litterarius uníversus, en el cual están registrados todos los impresos
30
no guardan relación con las anteriores; son de
carácter literario y están destinadas a satisfacer la curiosidad del hombre cultivado o
que aspira a serlo. El protestante Paul Colomies, de La Rochelle, filósofo, teólogo, hebraísta y bibliotecario del arzobispo de Canterbury, William Sancroft, publica en 1682
una Bibliotheque choisie, con propósito, según
declara, "de hablar no de toda clase de libros,
sino sólo de unos pocos, que atañen a las
bellas letras y que aún hoy son delicia de nuestros eruditos". Esa selección, que se compone
de unos cien libros, tanto franceses como
holandeses, ingleses o suizos, es reeditada en
1700 en Amsterdam, en 1709 en Hamburgo
y en 1731 en París.
La Bibliotheque curieuse et instructive del
jesuita Cl.-Fr. Menestrier (1631-1705), impresa en Trévoux en 1704, en dos volúmenes
in 12", de 161 y 226 páginas, está destinada
también "a mucha gente de bien que a pesar
de no dedicarse especialmente a las ciencias
desea, empero, conocerlas lo suficiente como
para poder tratar de ellas".
El Polyhistor, de Daniel-Georges Morhof,
profesor en Rostock y en Kiel (1639-1691),
tiene mucha más trascendencia que los tratados de Colomies y Menestrier. Aparece en
Lubeck en 1688-1692, y 1695; en 1747 es
editada por tercera vez. Son sus temas el uso
y la elección de los libros, los métodos de
enseñanza, la retórica, la física, las ciencias
ocultas, las matemáticas, lo moral y la historia; además proporciona una visión de conjunto de los conocimientos a través de las
mejores obras.
Con el Index universalis alphabeticus, de
Fabiano Giustiniani, aparecido en Roma en
1612, en un in folio de unas 700 páginas, nos
encontramos nuevamente con la seca enumeración, por orden alfabético de materias, de
aparecidos hasta 1700. Langlois nos dice que los cuarenta volúmenes de esta obra, conservados durante largo
tiempo en Padua, han desaparecido. Savonarola escribió
también, en 1713, una bibliografía geográfica: Uní-
versus terrarum orbis scriptorum calamo áelineaftts.
millares de libros cuyos títulos suelen estar
abreviados, e inclusive suprimidos, .ausentes la
mención de fecha y lugar de impresión, limitada la cita al nombre del autor debajo del
de la materia que tratan.
Bibliografía nacional
En Italia, a fines del siglo XVI; en Bélgica
y en los Países Bajos, en el primer cuarto del
xvn, y después en España, en la segunda mitad
de dicho siglo, algunos eruditos componen
notables biobibliografías de escritores regionales, en las que se ha querido ver, cQmo en
el siglo precedente, bosquejos de bibliografías
nacionales. Francia no elevará monumentos
tales a sus hombres de letras hasta el siglo
xvm; en cambio, a partir de 1643, el carmelita
Louis Jacob publica un boletín en el que se
registra la aparición de nuevos libros franceses y crea así, en Francia, la bibliografía
nacional propiamente dicha, género que ya
existía en Gran Bretaña en el siglo XVI, gracias
a Maunsell. En Alemania, los catálogos de
ferias, que Cless y Draud aprovecharon al
máximo, son todo por el momento; por otra
parte, según se vio oportunamente, Draud los
utilizó para su Bibliotheca librorum germanicarum classica, de 1611.
Los repertorios dedicados esp.ecialmen te a los hombres célebres y sus escritos, menudean en Italia; ya en
el siglo xvr, Padua, Florencia y Venecia honraban a sus
ciudadanos y escritores ilustr.es: De antiquitate tlrbis
Patavíí et claris civíbus Patavinis, de Bernardo Scardeoni (Venecia, 1558, y Basilea, 1560); Catalogus scriptorum Florentinorum, de Michele Poccianti ( 15 89);
Catalogo breve degli illustri et famosi scrittori V enetiani, de Francesco Alberici (Bolonia, 160 5). En el
siglo xvrr, el ejemplo es seguido por Francesco Agostino
della Chiesa (1614), Andrea Rossotto (1667), Leone
Allacci (1633) y Prospero Mandosi (1682-1693), en
Piamonte; por O. Montalbani (1641), en Bolonia; por
Lodovico Jacobilli (1658), en Umbría; por Donati
Cal vi ( 1664), en Bérgamo; por Rafaelle Soprani
(1667) y Agostino Oldoino (1680) en Liguria; por
Filippo Piccinelli ( 167 O) , en Milán; finalmente, por
Niccolo Toppi, en Nápoles, con la Biblioteca Napolctana de 1678, completada en 1683 por Lionardo Nicodemo, bello in folio de más de quinientas páginas que
registra alrededor de tres mil autores y doce mil obras
por nombr.e y no por apellido, con índice de apellidos
y varias ta bias.
Valere André (1588-1656), profesor y bibliotecario de Lovaina, es autor de una Bibliotheca Belgica, gran volumen de 800 páginas
aparecido en 162 3, que detalla los escritos de
mil doscientos escritores belgas. Reeditado en
1643, constituye, según A. Baillet, el más
hermoso ejemplar de "biblioteca" para los escritores de las diecisiete provincias de los Países Bajos. En el siglo siguiente, J. F. Foppens
revisará y completará dicha obra.
Antonio Sanders, o Sanderus (1586-1664),
canónigo de la catedral de Ypres, censor de
libros en Bruselas, publica en Amberes, en
1624, tres obras consagradas a los grandes
hombres de Flandes, de Gante y de Brujas:
De scriptoribus Flandriae, De Gandavensibus
eruditionis fama claris y De Brugensibus
eruditionis fama claris, pequeños in 49 de 160,
127 y 78 páginas respectivamente, donde los
personajes están citados por orden alfabético
no de apellidos sino de nombres y, en algunos
casos, brevemente reseñadas sus obras.
También un historiador de Amberes, Pedro
Francisco Sweerts (1567-1629) (que, dicho
sea de paso, acude a las investigaciones de
Valere André), publica en 1628 el Athenae
Belgicae sive nomenclator inferioris Germaniae scriptorum qui disciplinas philologicas,
philosophicas, theologicas, jurídicas, medicas
et musicas illustrarzmt, un i1~ folio de 708
páginas, mejor elaborado y más extenso que
los tres libros de Sanders; en el que registra
cuidadosamente las obras de dos mil autores y
llega a transcribir sus epitafios.
La Athenae Batavae, del humanista holandés Jan de Meurs, o Meursius, (1579-1639),
profesor de historia y de griego, e historiógrafo
de los Estados de Holanda, aparece en 162 5;
es, sobre todo, una historia de la ciudad y de
la Universidad de Leyde, así como de los hom31
bres que las honraron con su espíritu, su erudición y sus trabajos.
Las primeras investigaciones sobre los escritores de España se deben al recién citado
grupo de eruditos holandeses. V alere André
redacta el Catalogus clarormn Híspaniae scriptormn, aparecido en 1607, en Maguncia; un
año más tarde, su maestro, Andreas Schott
( 15 52-1629), sabio jesuita nacido en Amberes,
profesor de griego en Madrid y, posteriormente, en Zaragoza, publica en Francfort,
en cuatro volúmenes, in folio, Hispaniae illus-
tratae seu reru1n urbium que Hispaniae, Lusitaniae, Aethiopiae et Iudiae scriptores varii
(1603-1608), e Hispaniae Bibliotheca ...
ítem elogia et nomenclator clarorum Hispaniae
scriptorum- qui latine disciplinas onmes illustrarunt philologiae, philosophiae, medicinae,
jurisprudentiae ac theologiae t01nis III distincta, 1608, 649 páginas.
Sin embargo, Nicolás Antonio, (16171684), canónigo de Sevilla y agente del rey
de España en Roma, es, según juicio unánime,
el maestro de la bibliografía española. Su
patria le debe dos notables repertorios, reeditados en el siglo xvm, que se cuentan entre
las fuentes más estimadas por los hispanistas.
La Bibliotheca Hispaua nova data de 1672 y
trata de los escritores que vivieron después de
15 00; sus dos volúmenes in folio, impresos en
Roma, totalizan alrededor de nueve mil notas
dispuestas por orden alfabético no del apellido
sino del nombre de los autores, y tienen siete
índices, el primero de los cuales es el de nombres y el {rltimo el sistemático. La segunda
edición aparece en Madrid, en 1783-1788, en
dos volúmenes; uno de ellos, de 830 páginas,
y de 670 el otro. En 1696, doce años después
de la muerte de Antonio, aparece en Roma,
gracias a los esfuerzos del cardenal José Sáenz
de Aguirre, la Bibliotheca Hispana vetus, que
abarca desde el siglo I hasta el año 1500; la
segunda edición, compuesta por dos volúmenes, uno de ellos de 55 6 páginas, y de 467 el
otro, data de 1788; al segundo volumen se le
agrega una Bibliotheca arabico-hispaua.
En Francia, el carmelita Louis-Jacob de
32
Saint-Charles (1608-1670), de Chalon-surSaone, bibliotecario del Cardenal de Retz y
más tarde de Achille de Harlay, primer presidente del Parlamento, crea en 1643 las dos
primeras bibliografías nacionales corrientes,
consagradas por consiguiente a los nuevos libros franceses. La primera registra las impresiones parisienses, Bibliographia Parisina hoc
est Catalogus omniuJJZ librorum Parisiis annis
1643 et 1644 excusontm; aparece todos los
años, hasta 1650, y está clasificada sistemáticamente en gran número de secciones, con
buenas descripciones, pero sin índice. Se completa con la Bibliographia Gallica universalis
hoc est Catalogus omuium librorzt1n per universum regnmn Galliae annis 1643, 1644,
1645 excusorum, la cual sigue siendo editada
hasta 16 53. Merece señalarse, en este caso, una
clasificación por ciudades. En 1652, el padre
Jacob en el De claris scriptoribus Cabilonensibus aparecido en Lyon, registra los escritos de
más de doscientos escritores de su ciudad natal; el orden es cronológico y hay índice de
autores. En relación con esta bibliografía regional, cabe mencionar la Bibliotheque du
Dauphiné, publicada en Grenoble, por Gui
Allard ( 164 5-1716), consejero del Parlamento de Grenoble, pues se trata de las primeras dos obras de ese género. De la recién
citada, se hace una nueva edición en 1797.
La Bibliotheque franraise ou le choix et
l'exa11zen des livres franqais qui traitent de
l'éloqueuce, de la philosophie, de la dévotion
et de la conduite des moeurs, de Charles Sorel
( 15 97-167 4), literato satírico -sobrino del
historiógrafo de Francia, Charles Bernard, a
quien sucede en 1635-, es publicada en París
en 1664, en un volumen de 400 páginas, in
129 • La segunda edición data de 1667. Constituye una selección de los mejores libros franceses, comparable con De la connaissance des
bons livres ou examen de plusiers auteurs, también de Sorel, 1671, 429 páginas.
Gran Bretaña continúa el camino trazado
por Maunsell en 15 9 5. El librero William
London crea, en 1657, el Catalogue of the
most vendible books in England, en el cual
se enumeran más de tres mil títulos cuidadosamente clasificados. Es editado nuevamente
al año siguiente con un suplemento. La empresa de London, suspendida y reanudada varias veces nunca fue, sin embargo, abandonada
por completo y la serie íntegra está descrita
en A world bibliography of bibliographies, de
T. Besterman, 1947, páginas 905-912.
Otro librero, Robert Clavel, crea, en 1670
el Catalogue of books printed and published
at London, que aparece hasta 1709. Mediante
la refundición de sus catálogos periódicos,
Clavel publica en 1673, 1675, 1680 y 1696,
bibliografías retrospectivas de los libros impresos en Inglaterra a partir de 1666.
Esta ojeada sobre la labor bibliográfica en
el siglo XVII permite apreciar el estrecho parecido que guarda con el siglo anterior. Se dedican a ello lectores insaciables, impulsados por
su sed de conocimientos. Ponen su erudición
al servicio de la historia de un país, de una
provincia, de una ciudad o de una disciplina
privilegiada, pero no parecen tener conciencia de la fuerza potencial que el libro posee
como expresión del pensamiento universal;
devoran los escritos que les interesan y ni
reparan en los demás.
Independientemente de los eruditos, los primeros compiladores se dedican, con igual celo
aunque con menos cultura, a establecer los
fundamentos de esa producción; abren así el
camino de la bibliografía pura al interesarse
en la compilación de libros, por encima de
toda preocupación de orden personal. La nueva
ciencia, cuyos inicios se remontan hasta el
siglo XVI en Inglaterra y Alemania, se implanta
sólidam~nte en el siglo xvn, en esos dos países,
llega después a Francia y se ramifica por todas
partes. A consecuencia de ese primer impulso,
la investigación de los textos impresos se
aparta sensiblemente de su dirección inicial;
ejercida hasta entonces por hombres únicamente enamorados del pasado, se prepara para
dar su primer viraje y transformarse, poco a
poco, en actividad profesional.
CAPÍTULO IV
LA BIBLIOGRAFÍA EN EL SIGLO XVIII,
HASTA 1789. LA ÉPOCA HISTÓRICA Y CIENTÍFICA
A la estabilidad, que era uno de los fundamentos de la era clásica en su plenitud, siguió
el movimiento 1 . Desde el primer momento,
el gusto por los viajes y por los libros de viajes, que remplazan poco a poco a los epistolarios renuevan las ideas y provocan comparaciones entre las costumbres, los hábitos y las
1 ALBERT TRoux,
Juicio crítico sobre la obra de
Paul Hazard: u.La Crise de la conscience europé:enne"',
en Inform-ation historique, 1954.
formas de pensar. El esp1ntu de no conformismo y de libre albedrío que nace en Francia,
hostil a la autoridad y a la tradición, crea
corrientes de opinión, tanto en filosofía como
en política, en moral como en religión y, sobre todo, en ciencia, la que es exaltada.
Si el siglo XVII comenzó a recontruir pacientemente la historia por medio de la erudición
--edición de textos, estudio de las inscripciones en las piedras y en las monedas- el
siglo xvm se esfuerza todavía más para en33
contrar la relación entre los hechos descubiertos y las ideas generales, y comprender el
desarrollo de la civilización y sus leyes; busca
en la historia argumentos en favor de las nacientes doctrinas democráticas y la señala como
el fin de todas las ciencias. Desde 1777, en
virtud de "un fenómeno de difusión sin igual"
(Paul Hazard), estos diversos movimientos
adquieren amplitud y fuerza considerables.
Ello explica, en el plano de lo estrictamente
libresco, la importancia alcanzada por el diccionario, ese género de escasa consideración
en la jerarquía literaria, pero destinado a hacer
accesibles las más recientes especulaciones y
descubrimientos científicos 1 •
El Dictionaire historique et critique, de
Pierre Bayle (Rotterdam, 1697, undécima edición, y primera en Francia en 1820-1824)
inaugura el siglo, y tal vez lo domina, oponiéndose al Grand dictio1maire historique de
Luis Moreri (Lyon, 1674; vigésima edición en
1759); la Encyclopédie ou dictionnaire raisonné des ciences, des arts et des métiers ( 17 5117 8 O) , de Dennis Diderot, orienta al siglo a
mitad de camino, y una de las más vastas empresas que haya sido concebida en materia de
libros, lo cierra: la Encyclopédie méthodique
(1782-1832), del editor Charles-Joseph Panckucke.
Todo cuanto se refiere al idioma adquiere
importancia cada vez mayor; después de los
diccionarios de Richelet (1680), de Furetiere
(1687) y de la Academia Francesa (1694;
quinta edición en 1798), los jesuitas publican
el Dictionnaire universal fram;ais et latín llamado Dictionnaire de Trévoux ( 1704; séptima edición en 1771).
Por otra parte, el Dictionnaire philosophique
portatif, de Voltaire, obtuvo gran éxito y fue
editado diecisiete veces entre 1764 y 1776.
Los defensores de la tradición replican con
antidiccionarios; el benedictino L. Chaudon
(1737-1817) publica en 1767 el Dictionnaire
anti-philosophique pour servir de commentaire
1 RENÉ PoMEAU, "Histoire d'une oeuvre de Voltaire: Le dictionnaire philosophique portatif", en Information littérai1·e, 19 55.
34
et de correctif au "DictiomMire philosophique", y el padre Paulian, jesuita (1722-1801),
en 1770 y 1774, el Dictionnaire philosophothéologique. Además, se tiene presente el ejemplo de Moréri y el de Bayle y, en tanto que se
suceden las ediciones mejoradas de estos dos
autores, se multiplican los diccionarios biobibliográficos. El abate Pierre Barral (t 1772),
jansenista, publica en 1758-1759 un Dictionnaire historique, litMraire et critique, en seis
volúmenes; por ese mismo tiempo, en dos volúmenes in folio y con el título de Dictionnaire
historique ou 11zémoires critiques et littéraires
concernant la vie et les ouvrages de divers
personnages distingués de la République des
Lettres, aparece la obra dejada por el librero
P. Marchand ( t 17 56) , emigrado a Holanda
y editor, en 1720, de la tercera edición de
Bayle. En su primera edición, impresa en
1766, el Nouveau dictionnaire historique, del
Dom Chaudon, tiene cuatro volúmenes que,
en 1804, en ocasión de la octava edición, pasan a ser trece, convertidos a su vez en veintiuno para la refundición de 1810-1812, y
en treinta para la de 1821-1823.
El barnabita Jean-Pierre Nicéron (168517 3 8 ) domina este grupo de eruditos; sus
Mémoires pour servir a l' histoire des hommes
illustres de la République des Lettres avec un
catalogue de leurs ouvrages aparecen entre
1727 y 1743, en cuarenta y tres volúmenes
12'-' los cuatro últimos, con posterioridad a
su muerte. Esa colección se refiere a los hombres de letras y de ciencias que adquirieron
fama desde el Renacimiento en adelante, cualquiera sea la nación a la que pertenezcan. La
parte bibliográfica tiene esta vez tanta importancia como la biográfica: "mi propósito
ha sido principalmente el conocimiento de las
obras" dice Nicéron, "he consignado las diferentes ediciones, las traducciones, en suma,
todo cuanto puede interesar para ello", pero
sin cotejarlas. Al comienzo de cada volumen,
el autor consigna la nómina de los autores escogidos y al final los agrupa por orden de ciencias. En el volumen XLI se encuentra el índice
general.
in
Es posible citar empresas semejantes en otros
países; por ejemplo, el Allgemeines Gelehrten
Lexikon, de C. J. Jocher, Leipzig, 1750-1751
y 1784-1819, y el Onomasticon litterarum, de
Ch. Saxe, La Haya, 1775-1790-1803.
El público instruido se preocupa más que
nunca por las concepciones enciclopédicas.
Montesquieu ha creado el Esprit des lois, suma
de la legislación universal, y V oltaire ha
acumulado en el Essai sur les moeurs todo
cuanto un espíritu cultivado debe conocer
sobre la historia del mundo. La avidez de conocimientos se manifiesta, a partir de entonces, en el gran número de bibliotecas privadas
de las cuales se conocen, gracias a Daniel
Mornet \ quinientos catálogos, impresos entre
1708 y 1782; los poseedores ya no se conforman, como antaño, con colecciones especializadas, sino que se interesan por todas las disciplinas sin excepción.
•
Las publicaciones periódicas obedecen a esa
tendencia general de expansión. V oltaire, en
el prefacio del Ecossaise ( 1760), dice que por
entonces aparecían en Europa ciento setenta
y tres. Los que se encuentran más de veinte
veces en los catálogos privados totalizan cincu:nta mil volúmenes, cuyo contenido, de
qumcena en quincena o de mes en mes, mantiene activo el espíritu.
En esta atmósfera estimulante la bibliografía prosigue su marcha y se afianza. Al principio, ,siguen imperando las biobiblioo-rafías·
;:,
'
despues pone manos a la obra una nueva o-eneración de investigadores para quienes el libro
es un objeto precioso, tan digno de atención
como el autor. Ambos tipos de compilador
trabajan simultáneamente, pero en tanto los
eruditos autores de "bibliotecas" ven que sus
filas ralean cada vez más. Los recién llegados,
al organizarse, al crear sistemas de clasificación, al establecer normas de catalogación, y
al conceder, finalmente, al libro una importancia desconocida hasta entonces, imponen
~::>
1 DANIEL MoRNET,
"Les enseignements des biblio-
theques privées", en Revue d'hist. litt. de la France,
1:710, 449-4516.
alrededor de ellos mismos una mentalidad
nueva. Tal influencia es decisiva y orienta a
la bibliografía por un camino desusado, donde liberada, en gran parte, de la historia, vivirá en adelante su propia vida.
Bibliografía especializada
El número de "bibliotecas" consagradas a
escritores de congregaciones religiosas y de
órdenes monacales, redactadas de conformidad
con _la tradición de los dos siglos precedentes,
es d1gna de consideración; podrían citarse alrededor de quince aparecidas entre 1716 y
1780, tanto en Alemania como en Austria
País~s Bajos, Bélgica, Italia, España y Francia:
rel~t1vas a los agustinos, benedictinos, capuchmos, carmelitas, dominicos y teatinos. A la
par de ellas se sitúa la obra del oratoriano
Jacques Lelong (1665-1721), que desempeña
durante veintidós años las funciones de bibliotecario del Oratorio de París; su erudición
abarca la historia, la teología, la filosofía y las
matemáticas; se refleja en dos obras que constituyen la base de su reputación: en primer
término la Bibliotheca sacra, Amberes, 1709;
París, 1723; Halle, 1778-1785, que registra
todas las ediciones de la Biblia, así como sus
comentadores antiguos y modernos, católicos
y protestantes; en segundo lugar, la Bibliothe-
que historique de la France contenant le catalogue de tous les ouvrages tan! imprirnés que
manuscrits qui traitent de l' histoire de- ce
royaume ou qui y ont rapport avec des notices
critiques et bistoriques, que aparece en 1719,
en un v~lumen in folio de 1.100 páginas y
que contiene más de diecisiete mil artículos.
La obra está clasificada sistemáticamente según las grandes divisiones de la historia: eclesiástica, política, civil y literaria. Charles-Marie Fevret de Fontette (1710-1772), consejero
del Parlamento de Borgoña, prepara una edición corregida y muy aumentada de dicha
obra, y publica el primer volumen en 1768;
los cuatro siguientes aparecen después de su
muerte, de 1768 a 1778; integran esta segunda
35
edición más de cuarenta y ocho mil reseñas y
nueve índices.
El capítulo II de la Bibliotheque historique
fue tomado de la Bibliotheca scriptorum his-
toriae naturali 01nnium terrae regionznn
insen:ientium aparecida en 1716, obra de
J. J. Scheuchzer
( 1672-17 3 3 ) , de Zürich, para
la cual Lelong había redactado De scriptoribus historiae naturalis Galliae. Scheuchzer,
historiador, doctor en medicina, naturalista,
considerado el padre de la paleontología, de
la geología y de la geografía física contribuye
a propagar, con las ideas de Newton, el gusto
por las ciencias naturales. El médico y botánico Louis-Antoine Hérissant (1745-1769)
refunde Íntegramente la obra de Scheuchzer
en la segunda edición de la Bibliotheque de
Lelong; la reimpresión de este trabajo se convierte en la Bibliotheque physique de la France
(1771, XL+496 páginas).
La Histoire généra!e des auteurs sacrés et
ecclésiastiques qui contient leur vie, le catalogue, la critique, le jugement, la chronologie,
l' analy se et le dénontbrement de leurs ouvrages delDom Remi Ceillier, benedictino, (16881761), comprende veintitrés volúmenes in 4 9
publicados desde 1729 hasta 1763, y un índice
general aparecido en 1782. Esta obra, que
renueva la de L. Ellies Dupin (1686) se asemeja por su espíritu y su forma a las Mémoires de Nicéron (ver página 34), más extensas en cuanto a su objeto.
Armand-Gaston Camus ( 1740-1804), diputado de los Estados Generales y de la Convención, miembro del Consejo de los Quinientos y del Instituto, es abogado del Clero
de Francia y redactor de la Constitución Civil
del Clero; después de la Revolución, desempeña importante papel en la organización de
bibliotecas y se convierte en conservador de
los archivos nacionales. En 1772,' publica las
Lettres sur la profession d'avocat et les études
nécessaires pour se rendre capable de l'exercer.
On :Y a joint un catalogue raisonné des livres
utiles a un avocat. Las ediciones siguientes de
esta obra datan de 1777, 1805, 1818, 18301832; la cuarta y la quinta han sido corre36
gidas y aumentadas por A. M. Dupin; la
última aparece en Bruselas, en 1833. A partir
de 1805, la obra se titula: Lettres sur la pro-
fession d' avocat et Bibliotheque choisie des
livres de droit; la parte bibliográfica, clasificada en nueve capítulos y abundantes subdivisiones con notas razonadas, es considerada
durante mucho tiempo como modelo en su
género.
Jean-Franc;;ois Séguier, de Nimes (17031784), se ocupa de numismática, arqueología
y botánica y escribe, en 1740, una Bibliotheca
botanica sive catalogus auctorum et librorum
omnium qui de re botanica, de medicamentis
ex vegetabilibus paratis, de re rustica et de
horti cultura tractant, muy buscada durante
mucho tiempo y seguida, por otra parte, de
la Bibliotheca botanica, de O. Montalbani, de
1657 (ver página 29). En 1760, L.-Th.
Gronovius, regidor de la ciudad de Leyde,
edita las dos bibliotecas y agrega un Auctuarium a la de Séguier.
U no de los más célebres eruditos alemanes
del siglo XVIII es, al mismo tiempo, eminente
bibliógrafo; se trata de Juan Alberto Fabricius
( 16 6 8-17 3 6) , profesor de elocuencia, poética
y teología en Hamburgo. Todos los conocimientos de filología y de historia que posee,
los ordena y los integra en una obra bibliográfica durante mucho tiempo tenida por clásica.
Comienza, en 1697, con una Bibliotheca latina
sive N otitia auctorum veterum latinorum
quorumcumque scripta ad nos pervenerunt,
donde reúne todos los escritos legítimos o considerados como tales, de los autores latinos.
Hasta 1721-1722, sólo en Hamburgo habían
aparecido cinco ediciones. En Venecia, se imprime una nueva edición en 1728, la última,
corregida y aumentada por el sabio J. A.
Ernesti, e integrada por tres volúmenes, en
Leipzig, en 1773-1774.
La Bibliotheca graeca, compuesta según el
modelo anterior, aparece en Hamburgo en
1705 y en 1708; la tercera edición, de 1718 a
1728, comprende catorce volúmenes in 4 9 ; la
cuarta, que es la mejor, aparece entre 1790 y
1812. Finalmente, la Bibliotheca latina mediae
et i11jimae aetatis, es impresa, también en
Hamburgo, entre 1734 y 1736, en cinco volúmenes; la sexta edición, impresa en 1746, y
posterior a la muerte de Fabricius, es publicada por Ch. Schoettgen. Después de esa fecha
hubo aún nuevas ediciones; la mejor de ellas
es la que publica en Padua el padre Giovanni
Domenico Mansi, en 1754, compuesta por seis
volúmenes.
La actividad bibliográfica de B. Gotthelf
Struve (1671-1738), bibliotecario de la Universidad de Jena, y después profesor de historia y de derecho de esa misma universidad,
al mismo tiempo que consejero e historiógrafo
de la casa de Sajonia, se extiende a lo largo de
toda su carrera. Su Bibliotheca juris selecta
aparece en Jena en 1703 y se edita nueve
veces, la última en 1758. De su Bibliotheca
philosophica, publicada en 1704, se imprimen
nuevas ediciones en 1707, 1728 y 1740. En
1705 aparece una Selecta bibliotheca historica
secundmn monarchias, regna, secula et mateTÍas distincta, que corregida y aumentada en
1740 por Ch. G. Buder y después por I. G.
Meusel, de 1782 a 1804, representa con sus
once volúmenes, el repertorio más numeroso
aparecido hasta entonces en materia de historia
y de geografía. Por último, su Bibliotheca
historiae litterariae selecta logra tanto éxito
como las precedentes, ya que, aparecida en
1704, es aumentada y mejorada sin cesar hasta
1754-1763 y 1785. Entretanto, Struve publica
además una Bibliotheca librorum rariorum
(1719) y una Bibliotheca Saxonica (1736),
de 1.178 páginas.
Los eruditos alemanes se distinguen también
en el dominio de la bibliografía científica.
]. F. Weidler (1691-1755) es astrónomo y
físico y profesor de matemáticas en Wittenberg; después de su Historia astronomiae
( 1741) publica una Bibliographia astr0110mica
(1755) que servirá de base, en 1803, a la
Bibliographie astrOJtamique avec l'histoire de
la astronomie depuis 1781 jusqu'a 1802, de
Jérome de Lalande (1732-1807), in 4<?, 880
páginas. En esta obra, 660 páginas están dedicadas a la bibliografía, que se remonta hasta
480 a. C., con el Tratado de la esfera de Empédocles; clasificada cronológicamente, con
índice de autores, contiene unos cinco mil
títulos. Lalande recurrió también a la Astronomische Bibliographie de Johann E. Scheibel (1736-1809), matemático y astrónomo de
Breslau, publicada entre 1784 y 1795, y compuesta por 800 páginas, en las que se registran
las publicaciones sobre astronomía impresas
desde el siglo xv hasta 16 3 O.
A continuación, se consignan los médicos
y naturalistas; en 1743 F. E. Bruckmann
(1697-1753), doctor en Wolfenbuttel, con
la Bibliotheca animalium; en 1782, J. W. Baumer (1719-1788), médico y profesor de la
Universidad de Erfurt, con la Bibliotheca chemica; en 178 5, G. F. Fuchs ( 1760-1813),
profesor de medicina en Jena, con el Versuch
einer U ebersicht der chymischen Litteratur;
y por último el médico y profesor de anatomía
y botánica en Wittenberg, G. R. Boehmer
(1723-1803), con su importantísimo repertorio que registra alrededor de sesenta mil títulos, Bibliotheca scriptorum historiae naturalis,
oeconomiae aliarmnque artimn ac scientiarum,,
aparecido en Leipzig, de 1785 a 1789, en nueve volúmenes.
Finalmente, Wolfgang Panzer (17291804), ministro luterano de Nüremberg, después de haber estudiado en Amnalen der alteren deutschen Litteratur, Nüremberg, 1788180 5, la antigua literatura alemana impresa
hasta 1526, recoge todos los impresos del
siglo xv en sus Annales typographici, 17931803, compuestos por once volúmenes, en
los cuales continúa la obra de su antecesor,
el inglés Maittaire, de quien nos ocuparemos
oportunamente.
El suizo Albert von Haller (1708-1777) es,
después de Leibniz, uno de los espíritus más
universales. Poeta y erudito, doctor en medicina en Leyden, bibliotecario de la ciudad de
Berna, profesor de anatomía, de cirugía y
botánica en la Universidad de Gotingen donde
enseña durante diecisiete años, Haller, establecido en Berna, su ciudad natal, desarrolla
intensa actividad científica. Su obra princi37
pal, Elementa physiologiae corporis humani,
aparece en Lausana entre 1757 y 1766, en ocho
volúmenes in 4<:>; a continuación del último
volumen, figura un Catalogus editionum quibus auctor in hoc oPere usus est, de 100 páginas, verdadera bibliografía de las obras de
fisiología publicadas hasta entonces. Haller
debe su fama de bibliógrafo a las cuatro "bibliotecas" a las que consagró los diez últimos
años de su vida: la Bibliotheca botanica, Zürich,
1771-1772, dos volúmenes, uno de 680 y otro
de 78 5 páginas; la Bibliotheca chirurgica, Berna, 1774-1775, dos volúmenes, uno de 593
y otro de 69 5 páginas; la Bibliotheca anatamica, Zürich, 1774-1777, dos volúmenes, uno
de 816 y otro de 870 páginas; y la Bibliotheca
medicinae practicae, Berna, 1776-1788, en
cuatro volúmenes, de los cuales los dos últimos
aparecen después de la muerte de su autor.
En cada una de estas obras, clasificadas alfabética y, después, cronológicamente, figura a
continuación de los esbozos biográficos de los
autores la transcripción exacta de sus escritos,
seguida en cada caso por el resumen de los
mismos, con comentarios críticos acerca de las
conclusiones; tales análisis ocupan a menudo
más de una pági..11a de apretado texto en latín.
Es posible darse una idea de la magnitud de las
investigaciones de Haller, con solo observar
los índices de sus bibliotecas; el de la Bibliotheca chirurgica tiene cincuenta páginas, cada
una de ellas con más de cien nombres, lo que
totaliza cinco mil autores analizados; en el
índice de la Bibliotheca medici1tae, se registran más de once mil autores.
La obra de J. J. Manget (1652-1742), sabio
médico suizo, decano de la facultad de Ginebra, es estimada durante todo el siglo xvm,
y la integra la Bibliotheca chemica curiosa
(Ginebra, 1702) y la Bibliotheca scriptorum
medicordum veterum et recetiorum (Ginebra, 1731), cuatro volúmenes in folio; pero
esta última compilación no puede compararse
con las del gran Haller.
En Gran Bretaña y los Países Bajos, las escuelas universitarias que, desde mediados del
siglo xvrr hasta fines del XVIII son los princi38
pales refugios de la filología clásica, forman
muchos helenistas y latinistas, editores y comentaristas de textos (Richard Bentley, Gerard Meerman, Daniel W yttenbach) y pocos
bibliógrafos en comparación, por ejemplo, con
Alemania, que no alcanzará sino hasta el siglo
XIX superioridad decisiva en la elaboración
crítica de las literaturas de la antigüedad.
Edward Harwood (1729-1794) filólogo inglés, publica en Londres, en 1775, A view of
the variazts editions of the Greek and Roman
classics with remarks, editada nuevamente en
1778, 1782 y 1790; y posteriormente, en Venecia, en 1793, por dos filólogos italianos, el
abate Mauro Boni y Bartolomeo Gamba; Charles Nodier, en 1826, publicará una Bibliotheque sacrée grecque-latine, basada en Boni
y Gamba.
Un célebre filólogo inglés, de origen francés, Michel Maittaire (1668-1747) se interesa, después del holandés Beughem y antes
del alemán Panzer, por las producciones impresas del siglo xv. Sus Annales typographici,
La Haya, 1719-1741, en nueve volúmenes,
se extienden hasta 1664 y son prueba de largas investigaciones. Los trabajos de Maittaire
y de Panzer permitirán a L. Hain, bibliotecario de Munich, publicar en 1825 una obra
mejor elaborada.
El médico escocés James Douglas (16751742) escribió la Bibliographiae anatomicae
specimen sive catalogus omnium pene auctorum qui ab Hippocrate ad Harveum rem
anatomicam scriptis illustrarzmt, publicada en
Londres en 1715, y en Leyden en 1734. El
holandés, de origen alemán, L.-Th. Gronovius, continuador de Séguier en 1760 (ver
pág. 36), publica en ese mismo año una Bibliotheca regni a11imalis atque lapidei. Leyden,
i11 4<:> de 326 páginas, con cinco mil títulos.
El naturalista sueco Peter Artedi ( 170 5173 5) es amigo de Linneo, quien, después de
la prematura muerte de su camarada de estudios, se convierte en su biógrafo y editor,
y hace imprimir sus manuscritos bajo el título
de Ichthyologia sive opera omnis de piscibus,
Leyden, 1738; la obra comprende cuatro par-
tes, la primera de las cuales es una Bibliotheca
ichthyologica de 68 páginas. En 1788-1789,
J. J. W albaum publica en Greifswald una
edición corregida y aumentada.
El gran sabio Linneo ilustra la bibliografía;
en su Bibliotheca botanica, Amsterdam, 1738;
Halle, 1747; y Amsterdam, 1751, 220 páginas, los escritores sobre botánica están clasificados en dieciséis grupos cuya enumeración
no deja de ser interesante: los antiguos griegos
y latinos, los comentadores, los iconógrafos o
dibujantes, los descriptores, los curiosos o descubridores, los adonistas o especialistas en jardines, los floristas o componedores de flores,
los viajeros, los filósofos, los sistemáticos, los
clasificadores, los anatomistas, los jardineros,
los médicos, los anomali o varios. En la última
edición de la Bibliotheca, hay una tabla biográfica que menciona en orden cronológico los
nombres de ciento treinta y nueve botánicos,
desde Avicena, en 981, hasta Catesby, en 1749.
Por último, la segunda bibliografía agronómica, después de la de Camemarius, en 1577
(ver página 16), se debe al eclesiástico Marco
Lastri (1731-1811). Se trata de la Bibliotbeca
georgica ossia catalogo ragionato degli scrittori di agricultura, veterinaria, agrimensura, meteorología, economía pubblica, caccia, pesca,
s,betta1tfi all'Italia, Florencia, 1787. La primera bibliografía artística es obra del abate
Angelo Comolli, Bibliograpbia storico-critica
dell' arcbitettura civile ed arti subalterne,
Roma, 1788-1794, en tres volúmenes in 4'?.
Bibliografía universal
En el siglo XVIII sólo hay un ensayo de repertorio general de carácter universal y tiene
como punto de partida los catálogos de ferias
de libros, tal como en el siglo precedente las
compilaciones de Cless y Draud. Se trata de
la Allgemeines europiiisches Bücher-Lexikon,
de Th. Georgi, librero de Leipzig, publicada
entre 1742 y 1758, en cinco volúmenes in
folio con tres suplementos. Esta nómina es
única en lo que respecta a la producción im-
presa de todos los países hasta 1757. Está ordenada alfabéticamente, por autores y por obras
anónimas; las partes I a IV comprenden, sobre
todo, libros germánicos, en tanto que la parte
V está reservada para los libros franceses.
Pero ha llegado el momento en que, en
ciertos países, y sobre todo en Francia, gracias
a libreros instruidos para quienes el libro antiguo es tanto un objeto de arte como un
instrumento de conocimiento, la bibliofilia y
por consiguiente la bibliografía alcanzan un
auge sin precedentes, que habrá de prolongarse durante un siglo. Prosper Marchand
(t 1756), Gabriel Martin (1679-1761), J.-B.
Osmont (t 1773), G.-F. De Bure (17311782), Ch. Cailleau (1731-1798), y muchos
más, al mismo tiempo que organizan y catalogan los más célebres gabinetes de Europa,
son los artesanos de ese florecimiento. G.-F. De
Bure (1731-1782) brinda entre 1763 y 1768,
la primera selección verdaderamente importante de obras relativas a todas las ciencias,
cualquiera sea el idioma en que estén compuestas: la Bibliographie i11structive ou traité
de la connaissance des livres rares et singuliers,
en siete volúmenes, a la que siguió en 1769,
el Catalogue des livres de L.-G. Caignat, en
dos volúmenes, y posteriormente, en 1782, por
un índice referente a los nueve volúmenes.
El Dictionnaire typographique, historique et
critique des livres 1·ares, singuliers, estimés
et rechercbés en tous genres, 1768, en dos volúmenes, es obra de J.-B. Osmont. En el capítulo siguiente podrá apreciarse hasta dónde
llegó la pasión por los libros en el caso de los
libreros aficionados.
También en otros países se demuestra idéntico interés por los libros antiguos. Struve
comenzó en 1719, como ya lo hemos visto,
con la Bibliotbeca libror111n rariorum, (ver
página 37). En 1732, J. Vogt (1695-1764),
predicador protestante de Bremen, publica un
Catalogus historico-criticus librorum rariorum, Hamburgo, quinta edición en Francfort
en 1793, obra de 914 páginas, altamente estimada. La Bibliotheque curieuse, historique
et critique ou catalogue 1·aisonné des livres
39
rares et difficiles a trouver, de David Clément
( 17 O1-17 6 O) , pastor y predicador de origen
francés, aparece en Gotingen entre 1750 y
17~0, en nueve volúmenes in 4'?, pero queda
inconclusa. Por último, la Bibliotheca librorum rarionnn universalis, de J. J. Bauer,
Nüremberg, 1770-1791, comprende siete volúmenes. Las selecciones hechas en Gran Bretaña son posteriores.
Bibliografía nacional
Los trabajos de erudición consagrados a los
hombres de letras de determinado territorio
continúan ocupando gran parte de la producción intelectual nacional; aunque a menudo
se concede lugar preponderante a la biografía
de los escritores, la enumeración de las obras
y de sus ediciones se halla lo suficientemente
desarrollada y cuidada como para que la bibliografía pura se afirme.
En Francia, los religiosos benedictinos de
la congregación de San Mauro, publican desde
1733 hasta 1763 la Histoire littéraire de la
France, doce volúmenes in 4 9 • A partir de
1814, miembros de la Académie des Inscriptions continuarán la tarea. Esa bella obra histórica y bibliográfica comprende actualmente
treinta y ocho volúmenes, redactados conforme a la tradición de alta erudición de la época,
que tratan de los escritores de lengua francesa
habidos hasta el siglo XIV.
Obra también importante, fruto de las investigaciones de un solo autor, que se limita,
por otra parte, a los libros impresos, es la Bibliotheque frant;oise, del oratoriano y jansenista Cl.-P. Goujet (1697-1767), aparecida
de 1740 a 1756, en dieciocho volúmenes in
12'>. Goujet, continuador de Ellies Dupin en
1736 (ver página 23); en 1750 editor de
Moréri y en 1759 de Richelet, reúne y analiza, aunque con cierta parcialidad, las obras de
los escritores franceses desde la aparición de
la imprenta hasta su época, clasificando en
conjunto a gramáticos, historiadores, oradores
y poetas; su labor que había de abarcar también las artes y las ciencias, quedó inconclusa.
40
Se inspira en Ch. Sorel, en La Croix du Maine
y en Du Verdier, de quienes dice que "se
detienen más en los autores que en sus escritos"; por su parte, aspira a "hacer conocer lo
que tenemos en cada ciencia e indicar lo que
debe ser elegido o rechazado". "No escribo la
historia de los autores, no entro en el detalie
de sus vidas, hago la historia de los libros,
es decir, expongo las causas que los originaron, las controversias que provocaron, las críticas que recibieron; me ciño casi siempre al
método de M. Baillet y transcribo más la opinión de los sabios que la mía."
Alrededor de quice años más tarde, aparecen
Les trois siecles de notre littérature ou tableau
de !'esprit de JZOS écrivains depuis Frant;ois Ier,
Amsterdam, 1772, tres volúmenes; quinta
edición en 1788, cuatro volúmenes; por el
abate Antoine Sabatjer, llamado de Castres.
A ,estos repertorios de bibliografía literaria se añaden en la misma época, algunas biobibliografías regionales; la del padre Papillon sobre los autores de Borgoña, Dijon, 1742, dos volúmenes in folio; la del Dom
Calmet, acerca de los de Lorena, Nancy, 1754; la de
J.-F. Dreux du Radier, relativa a los de Poitou, París,
1754, cinco volúmenes in 129 ; y la de C.-F. Achard,
atinente a los de Provenza y a los del Comtat-Venaissin,
Marsella, 1786-1787, dos volúmenes in 4<:>.
Pero mientras los historiadores de las letras
traba jan con gran éxito, los precursores de
la nueva bibliografía se prodigan en laboriosos
esfuerzos para justipreciar la producción de
su tiempo. Los abates Jacques d'Hébrail y Joseph de la Porte componen France líttéraire,
obra cuyos seis volúmenes, aparecidos desde
1769 hasta 1784, registran "los autores vivos
y la nónima de sus obras y los autores fallecidos desde 17 51 en adelante y la nómina de
sus obras". Los Annales typographiques ou
notice des progres des connaissances humaines, publicados de 17 58 a 17 6 3 por Morin
d'Hérouville, en once volúmenes, están seguidos por el Catalogue hebdomadaire ou liste
des livres, estampes, cartes, qui sont mis eJZ
vente chaque semaine tant en France qu' en
pa)'S étrangers, por Bellepierre de Neuve-
Eglise, escritor y agrónomo, nacido en 1727;
y después por el impresor Ph.-D. Pierres
( 1741-18 O8) . Esta publicación, que aparece
de 1763 a 1781 en diecinueve volúmenes, se
convierte, de 1782 a 1789, en el Journal de la
librairie ou catalogue hebdomadaire contenant par ordre alphabétique les livres tant
nationaux qu'étrangers, volúmenes 20 a 37.
En otros países, también se advierten esas
dos tendencias: la una, histórica y literaria;
la otra, francamente moderna. En Gran Bretaña, todos los descubrimientos de Leland,
Bale, Pits y Cave son agrupados y aumentados en la Bibliotheca Britannico-Hibernica
sive de scripto1'ibus qui in Anglia, Scotia et
Hibernia ad saeculi XVII initium floruerunt,
de Thomas T anner ( 1674-17 3 5) , canónigo de
Ely y de Oxford y, posteriormente, obispo
de Saint-Asaph, publicada en 1748, después de
la muerte de su autor y que no ha sido
remplazada por ninguna obra posterior. Y en
tanto que los eruditos ingleses continúan editando colecciones de crónicas, y Thomas Rymer ( 1641-1713 ) , crítico dramático y poeta,
e historiógrafo real, es encargado oficialmente
de estudiar y valorar los archivos de la corona,
-toda la primera mitad del siglo XVIII está
ocupada por las ediciones de Foedera, con-
1Jentiones, literae et cujuscunque ge1teris acta
publica-, los libreros consolidan definitivamente la bibliografía nacional, ya más que
esbozada en el siglo anterior. William y Robert Bent, y después Thomas Hodgson, comienzan la tarea, en 1773, y redactan hasta
18 37 más de cuarenta catálogos de libros
ingleses, que T. Besterman registra minuciosamente por orden cronológico en su W orld
bibliography. William Bent reúne en un solo
repertorio, con el título de London catalogue
of books, los libros publicados de 1700 a
1800: once mil títulos en total.
En los Países Bajos, J. F. Foppens ( 16891761), canónigo de la catedral de Brujas,
profesor de teología en el seminario de Lovaina, y más tarde canónigo en Malinas, sigue
el ejemplo de T. Tanner, y reúne y aumenta
los trabajos de Aubert Le Mire, F. Sweert y
Valere André, en su Bibliotheca Belgica sive
virorum~
in Belgio vitae, scriptisque illustrium
catalogus librorumque nomenclatura usque
ad ann. 1680, Bruselas, 1739, dos volúmenes
in 49 de 1.233 páginas.
En la misma época, un librero de Leyden,
Johan Van Abkoude (1726-1761), compone
la primera bibliografía nacional holandesa de
carácter comercial, el N aamregister of verzaameling van N ederduytsche boeken, que
aparece en 1743 y registra los libros del período 1641-1741, con suplementos de 1744 a
1755. Una refundición del Naamregister
realizada por un colega de Rotterdam, R.
Arrenberg, abarca los años 1600 a 1772 y
aparece en 1773, con suplemento hasta 1787;
la empresa habría de continuar hasta nuestros días.
El italiano Justo Fontanini (1666-1736),
profesor de elocuencia en la Universidad de
Roma y arzobispo de Ancira, publica en 1706
un pequeño in 4'-' de 159 páginas que obtiene
éxito sorprendente, ya que se edita hasta 18 O3:
Delia eloquenza italiana. AggiUJttovi 1m catalogo delle opere piu eccellenti che intorno
alle principali arti e facoltá sono state scritte
in lingua italiana; en el catálogo, los libros
italianos están distribuidos en catorce secciones y las notas son muy completas; al final
se incluye un índice de autores. La segunda
y la tercera edición, impresas respectivamente
en 1724 y en 1726 aparecen en Roma, al
igual que la primera, y están muy aumentadas; la cuarta se publica en Venecia, en
1727, y tiene 320 páginas; las siguientes están
fechadas como sigue: la de 1731, en Luca; la
de 1736 en Roma; la de 1737, en Venecia
(ésta tiene 752 páginas e incluye las observaciones de diversos autores, entre ellos L.
A. Muratori); y la de 1753, en Venecia (dos
volúmenes, el uno de 494 páginas, y de 515
el otro, con anotaciones de A pos tolo Zeno,
que son "un tesoro de historia literaria, de
crítica y de bibliografía"). Esta última edición aumentada aparece finalmente en Parma, en 1803-1804 y en 1810 se le agrega un
índice.
41
de las bibliotecas y otorgaría realmente alma y vida
al cuerpo bibliográfico.
Camus distingue, por lo tanto, la Bibiiofilia
de la bibliografía científica, y determina sin
posibilidad de duda la función de ésta última.
Años más tarde, Napoleón I trata este mismo
asunto con una lucidez sorprendente. En
carta fechada el 19 de abril d~ 1807 \ en la
que expone la idea de un proyecto para establecer una escuela especial de literatura e historia en el Colegio de Francia, se leen estas
líneas que anuncian la École des Charles y
dan a la bibliografía su configuración auténtica:
La historia puede ser comparada con las ciencias
oara las cuales conviene disponer de una .escuela es~ecial. La manera de leer la historia es, por sí sola, una
v.erdadera ciencia. Todo ha sido dicho y repetido. Los
historiadores apócrifos se ha multiplicado hasta tal
punto, y hay una diferencia tan grande entre un libro
escrito en una época y otro redactado en época posterior -a la luz de los trabajos y de las enseñanzas de
los historiadores anteriores-, que el hombre que aspira
a pose.er buena instrucción y se encuentra de pronto
en una vasta biblioteca histórica, se siente perdido en
un verdadero laberinto. Conocer lo que queda de los
historiadores antiguos, saber lo que s.e ha perdido, distinguir los fragmentos originales de los suplementos
escritos por buenos o malos comentadores es, en sí,
casi una ciencia o, por lo menos, un importante motivo
de ,estudio. Así pues, el conocimiento y la elección de
buenos historiadores, de buenas memorias y de legítimas
crónicas de una época es conocimiento útil y verdadero.
Si en una gran capital como París hubiese una escuela
.especial de historia donde se siguiera primero un curso
de bibliografía, un joven, en vez de extraviarse durante
meses en lecturas insuficientes o poco dignas de confianza, podría ir hacia las mejores obras y conseguiría
más fácil y más rápidamente, mejor instrucción.
En la misma época en que ciertos espíritus
superiores señalan la importancia de la bibliografía y la describen tal como siempre ha sido
y debe ser, aparecen en Francia y en el extranjero los primeros tratados teóricos sobre dicha
disciplina, a la que los autores convierten no
1 Correspondance de Napoléon Ier, t. XV, 1865,
página 127, nQ 12.416., Finkestein, 19 de abril de 1807.
44
en el conocimiento, sino en la ciencia del libro;
la bibliografía se abroga, de pronto, junto con
la imprenta y su invención, la historia de los
primeros impresores y la de los caracteres tipográficos, las marcas de papel, los formatos,
los sistemas de clasificación y las reglas de
catalogación; sin olvidar las mejores ediciones
de los textos antiguos y modernos, el estudio
de las bibliotecas, su historia, los cuidados que
exigen, etcétera. La bibliografía surge de esos
tratados desfigurada, confundida con toda
la bibliología. Los autores responsables de tal
deformación son modestos funcionarios o libreros, animados por un celo loable, pero excesivo, en favor de la instrucción que debe
impartirse a los bibliotecarios. Entre ellos se
encuentran L. Boulard, librero parisiense, que
publica en 1797 un Trailé élémenlaire de bibliographie, y C.-F. Achard, bibliotecario de
Marsella, cuyo Co;trs élémenlaire de bibliographie ou la science dn bibliolhécaire aparece en 1806-1807. En ambas obras, con tono,
por lo demás, pleno de convicción, se trata
todo cuanto se refiere a los libros, hasta la
manera de despegarlos y conservarlos. El error
se acentúa a partir de 1847 en adelante, sobre
todo desde 1869, con la implantación de la
enseñanza de la bibliografía en la École des
Charles, que abarca no sólo el estudio de los
instrumentos de información y de investigación llamados repertorios, sino también el
de los elementos del libro y de las reglas técnicas de la biblioteconomía; y está en el
origen de la definición oficial de bibliografía,
dada en 18 8 5 y adoptada durante cincuenta
años (ver capítulo I).
De cualquier forma, la publicación de repertorios no se altera en lo más mínimo por la
confusión creada en torno del término bibliografía, ya que continúa según las normas tradicionales. Sin embargo, se advierte un cambio
significativo: las bibliografías especializadas
pierden terreno, mientras que las nacionales
lo ganan, o emprenden, en algunos países, una
marcha largamente diferida; las bibliografías
universales alcanzan el punto máximo de su
desarrollo.
Bibliografía especializada
Los aficionados a las letras y los bibliófilos
comienzan a competir con los eruditos o especialistas. Charles N odier ( 1780-1844), poeta, filólogo, historiador, novelista, «que ha
inventado, o por lo menos llevado a su más
alto grado, una pasión nueva: la bibliomanía",
se dedica desde muy joven a la bibliografía que
practica durante toda su vida como bibliófilo.
Bibliotecario, en 1824, de la Biblioteca del Arsenal; fundador, en 1834, del Bulletin du bibliophile; relacionado con los bibliógrafos y
libreros eruditos de su tiempo -Gabriel Peignot, Paul Lacroix, Antoine-Aug. Renouard,
Antoine-Alexandre Barbier-, Nodier es el
más ferviente aficionado a los libros y el más
ingenioso crítico que se puede imaginar. En
su juventud, atraído por la historia natural,
compone una Bibliographie entomologique
( 18 O1), donde tiene muy en cuenta el valor
de las obras coleccionadas; en 1812 publica
los resultados de sus investigaciones sobre las
supercherías literarias (segunda edición en
1828); en 1834-1835 publica, en suplementos del Bulletin du bibliophile, sus Notices
menelatura árida, pues las notas son curiosas y
bien redactadas, con abundantes detalles sobre
la importancia y el contenido de los libros,
agrupados por siglos y en cantidad superior
a los dos mil.
Los repertorios alemanes de este período están, casi
todos, consagrados a las ciencias exactas. E. G. Baldinger (1738-1804) se ocupa de la botánica, Marburgo, 1804; A. G. Kastner (1719-1800), de las matemáticas, Giitingen (1796-1800); F. A. Murhard (17781853), de física y de matemáticas, Cassel, 1797, y
Leipzig, 1797-1805; G. F. C. Fuchs, por último, de
química, Jena, 1806-1808.
En Italia, Filippo Re ( 1763-1817) profesor de la
Universidad de Bolonia, deja un repertorio digno de
estima, cuya primera edición, impresa en Venecia, en
1802, se titula Saggio di bibliografía georgica; la segunda, muy aumentada, que aparece en la misma ciudad en 1808-1809, en cuatro volúmenes, se titula
Dizionario ragionato di libri d' agTicoltura, di veterinaria
e di al!Ti rami d'economia campestre.
Finalmente, el erudito español C. A. de la Serna Santander (1752-1815), cons.ervador de la Biblioteca Real
de Bruselas, publica en esa ciudad, en 1805-1807, un
Dicti011naire bibliographique choisi du
siecle, en
tres volúmenes.
xve
bibliographiques, philologiques et littéraires,
ya aparecidas parcialmente en Temps; se encuentra allí una BibliograPhie des fous. De
quelq1tes ouvrages excentriques. Por último,
enriquece con notas los catálogos de venta de
su biblioteca ( 1827, 1829 y 1844), como también otros catálogos de coleccionistas (el abate
Pellier, Pixerécourt, Joseph Crozet), pasan-:do por el Dictionnaire bibliographique de Cailleau y Duelos, que encuentra de lectura agradable.
La obra de Gille Boucher de la Richarderie
( 17 33-181 O), que renuncia a la magistratura
para dedicarse a las letras, es considerada por
G. Peignot como un monumento de bibliografía especial, es la Bibliothéque universelle
des 11oyages, 1808, seis volúmenes. En 1810,
Victor-Donatien de Musset (1768-1832), literato, político, y editor, publica una Bibliographie agronomique de cuatrocientas cincuenta y nueve páginas, que no es una no-
Bibliografía universal.
Los precursores de Brunet
Los libreros continúan su obra. Después
de la Bibliographie instructive de G. De Bure,
de 1763-1768, le toca el turno al Dictionnaire
bibliographique, historique et critique des livres rares, précieux, singuliers, estin~és et rechercbés, del librero parisiense Ch. Cailleau y
del abate R. Duelos, 1790, tres volúmenes, y
a continuación al Répertoire de littérature
ancienne, de su colega F. Schoell, 1808.
Otro bibliófilo francés contribuye a difundir la bibliografía, consagrándose a ella en forma casi exclusiva durante cerca de cincuenta
años. Se trata de Gabriel Peignot ( 17 671849), abogado en Besan~on, después bibliotecario de la Escuela Central del Alto Saona,
inspector de librería en Dijón y posteriormente inspector de la Academia de esa ciudad.
45
CAPÍTULO VI
LA BIBLIOGRAFÍA DESDE 1810
HASTA 1914. LA ÉPOCA ARTESANAL
En 181 O, la bibliografía "profesional" ya
se ha abierto camino; insegura al comienzo, se
mantiene al lado de la bibliografía histórica,
para avanzar después a pasos agigantados. Los
libreros que la crearon tienen ahora visión más
clara y noción más exacta de la tarea inmensa
que deben desarrollar; rivalizan en iniciativa
y voluntad, y realizan en el campo de las
bibliografías generales universales y nacionales
grandes y definitivos trabajos, tan importantes como los de los maestros de los tres primeros
siglos de la bibliografía. Los artesanos que se
dedican a la búsqueda de libros son tan esquivos, obstinados y ardientes, como los eruditos
de otrora; fieles al ejemplo recibido de éstos
consagran su tiempo, y a veces su existencia,
a perfeccionar su obra predilecta; por otra
parte, más conscientes del objeto práctico que
~esean alcanzar, son más ordenados y disciplinados.
El gran movimiento científico del siglo XIX
transforma totalmente las condiciones del trabajo intelectual. La conquista de nuevos países
por medio de las exploraciones y misiones, los
progresos que realiza la instrucción pública en
virtud de las reformas de la enseñanza y de
la organización de las universidades, la creación
de grandes escuelas e institutos en todos los
países, la fundación de sociedades eruditas
provinciales, la reglamentación de la librería,
la multiplicación de la prensa periódica y,
por último, la formación de bibliotecas y de
centros de archivo accesibles a la mayoría,
allanan las dificultades, determinan a las inteligencias hacia la investigación en todos los
dominios y provocan, en última instancia, un
número incalculable de escritos, que aumenta
48
desmesurada y repentinamente la cantidad de
obras impresas.
La bibliografía adquiere, entonces, enorme
importancia y se revela como inigualable procedimiento de difusión que conviene aprovechar al máximo. Hasta ese momento, ha servido sobre todo para salvar de la destrucción
o del olvido los textos del pasado; en adelante
divulgará de día en día los descubrimientos
científicos. A la bibliografía retrospectiva,
que triunfó durante tres siglos, se agrega, y
pronto la remplazará, la bibliografía en curso, tanto nacional como especializada, destinada a cumplir esa función.
El impulso nace en Alemania, país que permanece durante todo el siglo XIX a la vanguardia del movimiento bibliográfico. Su superioridad en esa época, en el terreno de las ciencias
y de la edición, se debe en parte, dadas las
nuevas condiciones económicas, a la vigorosa
organización de sus universidades. En lugar
de desaparecer lentamente como sucede en
Francia, a partir del siglo XVI, para dejar subsistir únicamente los colegios de instrucción
secundaria, la enseñanza superior, por el contrario, se modifica gradualmente en Alemania,
según las necesidades de la época; abandona
las tradiciones eclesiásticas y teológicas de la
Edad Media, para dar paso al libre espíritu
laico y asume la alta dirección intelectual del
país. El movimiento erudito se concentra en
las universidades, donde se establecen fuertes
tradiciones científicas y hábitos metódicos y
rigurosos que se proyectan sobre las empresas
de orden bibliográfico.
En Francia, donde reinan más la fantasía,
la originalidad y el estilo, se observa menor
regularidad y los resultados sustanciales que
se obtienen son inferiores; la Academie des
Inscriptions que remplaza en 1816 a los benedictinos en las tareas que éstos tenían en ejecución, nunca ejercició gran influencia en la
dirección de los estudios. Poco a poco, en toda
Europa se sigue el ejemplo de Alemania y se
origina una abrumadora riqueza de publicaciones. Hacia el final del siglo, el impulso bibliográfico es tan fuerte y tan denso que los
dirigentes se ven obligados a buscar nuevos
métodos para dominarlos. Comienza entonces
la era de la cooperación y del trabajo en equipos y desaparece la "bibliografía de gabinete".
Los Estados Unidos van más lejos que los países de Europa, al convertir su bibliografía en
una verdadera industria.
Bibliografía especializada
Pocos cambios se observan en esta categoría
de repertorios, excepto que están técnicamente
mejor concebidos y redactados, y que sus
autores no tienen ya, como en épocas anteriores, ubicación sobresaliente en la vida científica. Cabe señalar que los autores continúan
trabajando aisladamente, guiados por su inspiración y sus gustos personales; no son organizados, de suerte que los repertorios especializados nacen al azar, sin que sea posible
advertir en su rápida sucesión el menor determinismo. Sin embargo, se observa que no se
extienden ya a amplios conjuntos, sino que se
limitan a ramas particulares de diversas disciplinas. Entre 1825 y 1899, aparecen en Europa
un centenar de bibliografías especializadas en
las que figuran todas las ciencias. Esa actividad
algo desordenada prosigue hasta 1914 aproximadamente y comienza después a agotarse.
Desde entonces, la bibliografía especial retrospectiva cede terreno a la bibliografía en curso.
El nacimiento de ésta última está Íntimamente ligado a la necesidad general de investigación, cada vez mayor; a la multiplicación
de las revistas y, finalmente a la creación de
sociedades eruditas, tanto en Francia como en
el extranjero, a comienzos del siglo xrx, y a su
expansión en la segunda mitad del siglo.
En Francia s.e crea en 1834 el Comité de Trabajos
Históricos y Científicos. La iniciativa corresponde a
Fran.;ois Guizot, quien ha creado primeramente comités de Investigaciones y Publicaciones dependientes
del Ministerio de Instrucción Pública, servicios que son
reorganizados por los ministros Salvandy, en 1837, y
Jules Ferry, en 1881. En el espíritu de sus creadores,
el Comité tiene como función estimular y dirigir las
investigaciones científicas, .editar textos y documentos,
vincular a las asociaciones científicas locales y difundir
sus trabajos. En 1846 aparece, con los auspicios del
ministerio, un Annuaire des sociétés savantes, donde
están descritas las principales asociaciones científicas de
Francia. Achmet d'Hericourt realiza un trabajo más
amplio en 1863-1864; el Ammaire des sociétés savantes de la France et de l'étranger, segundo año,
1866, 1.036 páginas. En 1877, Ulysse Robert, en
respuesta a una circular ministerial, publica en la
Revue des sociétés savantes una Bibliographie des sociétés savantes de la France (excluido París), reimpresa
con ese mismo título, en 1887, por Eugene LefevrePontalis. En esta última edición se enumeran seiscientas
cincuenta y cinco asociaciones históricas, arqueológicas
y científicas, de las cuales ciento cuarenta y dos son
parisienses. Ahora bien, en 1877, U. Robert cuenta
doscientas noventa y siete sólo para las provincias; de
dicha cantidad, treinta y seis sociedades habían sido
fundadas antes de 1800, catorce de ellas antes de 1772,
ciento veintitrés entre 1800 y 1850, y ciento treinta
y ocho entre 1850 y 1878. Los boletines publicados
por estas sociedades eruditas, y simultáneamente por las
universidades provinciales, son durante largo tiempo
los únicos periódicos en los que .eruditos y profesores
pueden publicar sus trabajos; resulta, por lo tanto, evidente la necesidad de una acción eficaz para evitar que
los mismos queden allí ignorados. Robert de Lasteyrie,
a partir de 1886, y Joseph Deniker, desde 1896, se
dedicarán a esa tarea, en sus repertorios clásicos reservados a los artículos de esos boletines.
Las primeras bibli~grafías
especiales en curso de publicación
Los nombres de muchos eruditos están lirados a las primeras bibliografías especializadas
periódicas, que publican primeramente como
49
anexos de las revistas que dirigen, antes de
estar en condiciones de editarlas independientemente; después, las sociedades científicas las
toman a su cargo. Más adelante, debido al
constante aumento de las bibliografías, así
como también a las condiciones económicas
cada vez más difíciles, los centros nacionales
de investigaciones y las organizaciones internacionales se ven obligados a acudir en ayuda
de los grupos eruditos superados; tal será la
obra del siglo xx, que verá el florecimiento de
esta forma de repertorios.
PRIMERAS BIBLIOGRAFÍAS ESPECIALIZADAS PERIÓDICAS
CREADAS EN EL SIGLO XIX
1322-
Tübingen
! Jahresbericbte
iiber die
Fortschritte der pbysischen
Wissenscbaften. Dir. J. J.
!RéjJertoire de chimie pure
iet appliquée. Dir. Société
18\8-1945
ichimique de France. Se
itransforma, en 1863, en el
Berzelius.
1823-
Berlín
1825-
Estocolmo
1826-1842
Estocolmo
18 3 0-
Berlín
Repertorium · der tecbniscben foJtrnal-Literafur.
Ofversigt af botanísktl arbeten.
Arsberattelse om nyare zoologiska arbeten.
Chemisches Centralblatt.
18>9-
París
1859-
Leipzig
Dir. Deutsch.e chemische
Gesellschaft, desde 1897.
1841-1848
Erlangen
1841-1890
Erhngen
1843-18 5O
Erhngen
184 5-
Berlín
Jahresberichte über d.ie
Fortschrítte der gesammte~>
Medicin. Dir C. Canstatt.
Jahresberichte über die
Fortschritte der gesammten
Pharmacie. Dir. C. Canstatt.
J ahresberichte über die
Fortschritte in der Bíologie.
Dir. C. Canstatt.
Die Fortschritte der Physik. Dir. Physikalische Ge-
A~>zeiger.
1870-1889
Milán
Agregado primeramente a
Archaeologische Zeítzmg, se
convierte en 1886 en Jahr-
1868-1944
Berlín
Bibliotheca philologica. Dir.
1849-
Berlín
do por
C.
1
50
1866-
Berlín
Gotingen
1
Londres
1868-1914
1848-1897
18 55-19 37 iL.eipzig
1864-1951
Roma
Jahresberichte über die Fortschritte der Chemie. Funda-
Gotingen
Berlín
1868-
Giessen
1853-1861
1862-1901
Leipzig
París
1847-1913
J.
J.
Liebig.
buch des k. dtschen archaeol.
Imt.
Bibliotheca historico-geographica. Dir. E. A. Zu-
Ge-
Chemisch-iechnisches
Re-
lpertorium.
Zoological record. Dir. Zoological Record Association.
Geographisches Jabrbuch.
Dir. E. B.ehm.
Polytechnische Bibliotbek.
Revue critique d' histoire et
de littérature. Dir. P:ml
Meyer.
Ruprecht.
Archaeologischer
che Morgenlandische
sellschaft.
1
1866-1941
1866-
sell, en B.erlín.
Bulle/in de la société.
"Bulletin bibliogra phi que
des ouvrages sur les BeauxArts et la curiosité", en Gazette des Beaux-A1·ts.
¡wissenschaf tlicher Jahresbe, richt über die Morgenliindische Studien. Dir. Deuts-
BolleHno di bibliografía e di
storía delle scienze matematiche e fisiche.
Allgemei~>e Bibliographie der
Staats- und Rechtswiss. Dir.
O. Mühlbrecht.
Annuario delle scimze mediche.
Jahrbuch über die Fortschritte der Mathematik. Dir.
Preussiche Akademi.e der
Wtissens (desde 192 5).
1871-1919
Munich
chold.
1872-
Leipzig
Jahresberichte über die Fortsch1·itte der chemischen techl nologie.
1873-
Leipzig
Jahresbericht über die Fortschritte der Thier-chemie.
Jahresbericht ilber die Fortschritte der Anatomie.
Just's Botanischer Jahresbericht. Dir. Leopold Just.
18/3-1887
1873-1898
[Londres
[París
1
18/4-1943 il\lunich
1
1676!S76-
Lcipzi¡;
1876-
Stutt¡;art
1876-
Lcipzi¡;
1876-
París
1878-1892
1878-192 5
París
Londres
Lrmdo11 mcdical record.
Rcuuc d rs sciences médicales cn Fra11ce ct a l'étra11ger.
Jabrcsbcricbt iiber die Fortscbriftc dcr classisscben Altcrtumswissenscbaft. Dir C.
Bursian.
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Beiblatt zn Anglia, en 1890.
Bibliotbeca orimtalís. Dir.
,K. Friederici. En 1887,
iOrientaliscbc Bibliograpbie.
Repertorium fiir Kmzstwissenscbaft.
Thcologiscbe Literatnrzcifnng. Dir. E. Schürcr y A.
Harnack, desde 18 8 l.
Revue des revues ct Jmblica tions rclatives a l' Aníiquif é classique
Année médica/e.
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E11gineeri11g index. American Society of Mechanical
Engineers.
Geograpbiscber Lifferafm·1836-1909
bericbt. Beilage zum Petter1
manns Mitteilungen.
1886-1939 !Nueva York [;:dfx fa legal periodical
1834-
!Nueva York
IGodu
!itcrafurc.
1887-
/Berlín
1
1888-
París
1 SS S-
Fulda
18901890-
París
Lcipzi¡;
1891-1912
Berlín
1891-1895
Bruselas
papers.
187S-
1S7S-
1879-1927
18791880-
1880-
1880-1945
18 811882-
fab¡·esbericbte der Gescbicbtswissenscbaft. Dir. H.
J;;strow y Historischc Gcsellschaf.t.
Halle
Zeitscbrift fiir romcmiscbe
Pbilologie. Supplementheft.
Bibliographie. Dir. G. Grober.
Nueva York Tlul ex medicus.
Lcipzíg
Zoologiscbcr Jahresbericbt.
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Casscl
Dir. O. Uhlworn. Dcutsche
botanische Gessclschaft, en
1922.
Lcipzig
Jabresbericbt iiber die Erscbcimmgen anf dem Gcbiefc dcr germaniscbe Philologie. Geselischaft für dcutsche Philologic.
Litcraturblait fiir germanisHeilbronn
zwd romauiscbc T'bilologie. Dir. O. Bchaghcl, K.
Bartsch.
T beologiscbcr Jabrcsbcricbt.
Leipzi;;
Dír. G. Krüger.
Frcibcr¡; 1111
Krifiscber Viertclj,¡!JrcsbcSachsm
ricbt iibcr die Bcrg-1wd
, J-Jiittcmnamliscbe Literatur.
Berlín
i 891-
1892-
Stuttgart
1890-1914 Munich
1893-1914
París
1893-1928
1893-1934
París
Lo vaina
Amsterdam
1894-
París
189'f-
Princcton
Jcna
1893-
18951895-1944
IParis
1897-
¡Boston
'
IS~S-1:102
lLondres
-
1898-1919
¡Turín
!
Jabrcsbericbt iiber sammtlicbe Erscbeimmgm auf dcm
Gebiete der Geschicbte der
Pbílosopbie. Dir. L. Stcin.
"Annéc épigraphiqu_c", en
Rn·ue arcbéologique.
Pbilosopbisches Jabrbucb.
Gorres-Gesellschaft.
Amzée pbilosopbique.
Jabrbucb der Asfrouomie
mzd Geopbysik.
Bibliotbeca
geogra pbica.
Dir. O. Baschin. Gcscllschaft
für Erdkundc.
Sommaire périodiquc des rcvues de droit. Se convierte,
en 189 5, en Bibliogra pbia
sociologica.
Zoologiscber Anzeigcr. Deutsche zoologischer GcselL
Jabresbericbte fiir 1tcncre
dcutsche Literaturgcscb.
Krifiscber Jabresbericbt
iiber die Forfscbritte dcr
romauischen Pbilologie. Dir.
K. Vollmollcr.
Anuales de GéograjJbic. Bibliografía.
Bibliographie a!lafomiquc.
Rcuue uéoscolastiquc.
Rcz·ue scmcsfricllc des {>ublicafio11s matbémafiqucs.
An11éc ps)'cbologique. Dir.
H. E. Beaunis, A. Binct.
Psycbological ind ex.
Anatomischer Anzeigcr.
l'w11éc biologiquc.
"Archaeological litcraturc",
en American Joumal o{ arcbacology.
.
Scie11ces abstracfs. Physical
Society.
Bolletino dí biblio;:.rafia e
sforia dclle scienze matcma' tic!Jc. Dir. G. Loria.
51
Bibliografía universal
Un librero parisiense, Charles-Jacques Brunet (1780-1867) se encarga de llevar a su
más alto grado de perfección la bibliografía
universal escogida, en virtud de un repertorio
clásico en el género que sus colegas de Francia
y del extranjero desarrollaron especialmente en
el último cuarto del siglo XVIII. En 1802,
cuando contaba veintidós años, Brunet escribió un suplemento al Dictionnaire bibliographique des livres rares de Cailleau y Duelos,
aparecido en 1790, en tres volúmenes (ver
página 4 5). En 181 O, publica la primera edición de su Manuel du libraire et de l' amateur
de livres, en el que continúa trabajando durante cincuenta años, perfeccionándolo sin
cesar hasta la quinta y última edición, en 1860.
En su primera edición, el Manuel -compuesto entonces de tr.es volúmenes- es un diccionario, ordenado
por nombre de autor y, si se trata de obras anónimas,
por títulos, donde se hallan registrados, descritos y comentados "los libros antiguos qu.e son a la vez raros
y preciosos, y gran número de obras modernas que por
su reconocido mérito, su singularidad, la belleza de su
ejecución, los grabados que las adornan o algunas otras
particularidades, pueden figurar entre los libros preciosos". El último volumen es un índice 1netódico de
materias, en el que están clasificadas todas las obras
del diccionario y además gran número d.e libros útiles
que no merecen figurar entre las obras preciosas. La
clasificación adoptada por Brunet, que será en adelante
el "sistema de los libreros", se inspira en la que Prosper
Marchand adoptó en 1706, en la Bibliotheca Bigotiana.
Dicha clasificación, retomada por Gabriel Martín y
mejorada continuamente, es utilizada durante todo el
siglo XIX por los vendedores expertos.
Brunet cita los repertorios anteriores que consultó:
el de Cailleau ( 1790), evidentemente redactado según
el de G. De Bure (1763-1768), y los de A.-A. Rcnouard, D. Clément (1750-1760), Lelong (1768),
Fontanini (1753), Haym (1771-1773), F. Sthoell
(1808), E. Harwood, A. Clarke, T. F. Dibdin, etcétera,
así como también los catálogos de bibliotecas privadas,
los periódicos literarios y las primeras bibliografías
nacionales en curso de publicación.
En la segunda edición ( 1814) y en la terc.era ( 1820)
el Manuel está integrado por cuatro volúmenes. A pesar
52
de que la nómina de 1820 es muy considerable, "dista
mucho de ser el inventario general de las riquezas literarias de todas las naciones y de todos los siglos": totaliza treinta mil obras o ediciones diferentes, "lo cual
no es ni la trigésima parte de los libros impresos".
La cuarta edición (1842-1844) distribuye la obra en
cinco volúmenes. Al comienzo del volumen V hay una
introducción especial re la tiva al origen e historia de
los sistemas de clasificación propuestos d.esde fines del
siglo xv. Brunet detalla los ensayos realizados en esta
materia, desde los Cent buffets de La Croix du Maine
( Y5 8 3) hasta las reformas d.e R. Merlín a su catálogo
del sabio orientalista A. Isaac Silvestre de Sacy ( 18421847), tres volúmenes. Al final del volumen IV de esta
edición, Brunet incluye una nota sobre las Heures gothiques, impresas en París en el siglo xv y a comienzos
del XVI, nota que figura también en la quinta edición.
Esta última fue impresa en 1860 y s.e compone de seis
volúmenes. Al pie de las columnas de cada página.
separados del texto por una raya, se citan los libros
nuevos que no están descritos, pero qu.e se incluyen en
el índice que forma el volumen VI. Con estos agregados, la última edición se acrecienta en más d.e un
tercio; es decir, totaliza más de cuarenta mil títulos,
según Leroux de Lincy en su Notice sur la vie et les
travaux de J.-Ch. Brunet, escrita como prefacio del
catálogo de su biblioteca ( 1868).
Brunet es una figura eminente en la historia
de la bibliografía francesa; erudito, bibliófilo
apasionado y, hombre de oficio, no redujo su
gran obra a una nomenclatura árida; por el
contrario: con sus largas disertaciones, sus
rasgos de humor y de carácter, supo darle
movimiento y vida; los detalles literarios y técnicos, junto con notas originales, observaciones
personales y humoradas, imprevistas a veces,
le otorgan, según Samuel-Silvestre de Sacy,
"ese no sé qué de picante que no esperamos
encontrar en este género de obras".
Pierre-Gustave Brunet ( 18 07-1896), escritor y bibliógrafo, miembro de la Academia de
Burdeos -no emparentado con Jacques-Charles- Pierre Deschamps ( 1821-1906), escriben en 1878-1880, sendos suplementos para
dicho Manuel.
El Nouveau dictíonnaire de bibliographie universellc,
publicado en 18 57, por dos bibliotecarios de la Biblia-
thique Saintc-Genevieve, Ferdinand Denis (1798-1890)
y Pierre Pin<;on (1802-1872) con ayuda del escritor
Antaine Leroux de Lincy (1806-1869), conservador de
la Biblioteca del Arsenal, es una obra seria, de 706 páginas de apretado texto dispuesto en tr.es columnas,
notas y referencias a las bibliografías especializadas d.e
cada clasificada por temas y subclasificada por fechas,
con materia; esta obra es forzosamente eclipsada por
el Manuel de Brun'l?f, del qu.e es, en última instancia,
una selección ordenada por materias.
En Alemania, Theodor Graesse ( 181418 8 5), historiador de la literatura medieval,
numismático, bibliotecario del rey de Sajonia
en 1848, publica en 1859-1860, en ocho volúmenes, in 4 9 , el Trisar des livres rares et précieux, concebido según el mismo plan que
el Manuel de Brunet, pero sin índice. Esta
obra es un complemento del Manuel, en lo
referente a los libros germánicos y orientales.
Había sido precedida en 1820-1830 por el
Allgemeims bibliograpbisches Lexikon, de F.
A. Ebert (1791-1834), bibliotecario de la Biblioteca Real de Dresde. Cabe señalar que
registra más de veinticinco mil títulos. En
Gran Bretaña, las selecciones de R. W att, en
1824, y de W. T. Lowndes, en 1834, a pesar
de su carácter bibliofílico, están consagradas
especialmente a los libros ingleses y pertenecen
por lo tanto, a las bibliografías nacionales.
El concepto de bibliografía universal basado
en la calidad de los libros y en su valor intrínseco y comercial, se desvanece con Brunet y
Graesse. La exuberante producción impresa
obligará a los bibliógrafos del siglo xx a renovar totalmente el concepto y a apartarse así,
de modo definitivo, de una tradición largo
tiempo defendida por los dos más grandes
representantes de la época bibliofílica.
Bibliografía nacional
El librero de Leipzig, Wilhelm Heinsius
( 17 6 8-1817) , inicia el gran movimiento de
los repertorios retrospectivos nacionales, al publicar, entre 1793 y 1798, el Allgemeines
Biicher-Lexikon oder Alphab. Verzeicbnis der
in Deutschland tmd dm angrenzendett Vhtdem gedrukten Bücher, que registra la producción en lengua alemana, desde 1700 hasta
1797. Una edición mejorada de esta bibliografía aparece a partir de 1812; sus cuatro
volúmenes abarcan el período 1700-1810.
A la muerte de Heinsius, algunos colegas suyos prosiguen la obra que concluye siendo un
repertorio retrospectivo en diecinueve volúmenes relativos a los años 1700-1892.
El librero y editor de Leipzig, C. G. Kayser
(1782-1857) retoma por su cuenta la iniciativa de Heinsius; su Vollstiindiges BiichcrLexikOJt o Deutsches Biicherverzeichnis comienza a aparecer en 1834 y toma como fecha de partida el año 1750. Fallecido Kayser,
este repertorio continúa publicándose ininterrumpidamente, por períodos quinquenales,
hasta nuestros días. En 1915, se encarga de
publicarla la Cámara del Libro, el Borsmvcrein der deutschen Buchhiindler y la Deutschc
Bücherei, biblioteca central fundada en 1913,
en Leipzig (ver pág. 6 5) •
Por otra parte, los libreros alemanes publican, a partir de 1825, la Bibliographie fiir
Deutschland, semanario que se convierte, en
1836, en Allgemeine Bibliograbhie fiir Deutschlmtd; en 1892, en la Wochmtliches Ver-
zeichnis der erschienenen und der vorbereiteten N euigkeitm des deutschen Buchhandels,
y en 1931, en la Deutsche National Bibliographie. Desde 1843 hasta 1915, la librería
Hi~richs, de Leipzig, se encarga de esta publicación, y después de esa fecha lo hace la
Deutsche Bilcherei y el Borsenverein.
Un proceso análogo al que acabamos de
describir se desarrolla en Francia. JosephMarie Quérard (1796-1865), de Rennes, nos
dice que fueron sus inspiradores y modelos
los libreros ingleses y alemanes: Bent, Watt,
Ersch, Ebert, Heinsius y Kayser. Dependiente de librero a la edad de once años, Quérard
trabaja en París en 1812, en la casa Bossange;
sus aptitudes y gusto por el oficio le valen el
ser designado para trabajos en las librerías
extranjeras. En 1819 se traslada a Austria y,
después, a Alemania, en la época en que los
53
1482-1830 '¡Dinamarca
-1862 España
-1863
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bibliografía espa~iola, 186281.
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'
l
1820-1861 EE.UU.
1861-1871
15 44-1877 Finlandi:~
1700-1827 Francia
1827-1849
franraise
contemporaine,
1790-1875
1867-1945.
-1824 G. Bretaña
-1864
1476-1700 Grecia
1531-1711 Hungría
1500-1876 Italia
lí39-1600 México
1643-1814 Noruega
18141473-
Países Bajos
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1850145 5-
Polonia
-18 58 Portugal
Brinkman's catalogus -van
boeken, 1883K. Estreicher, Bibliografja
Polska, 1872I. F. Da Silva. Diccionario
Ibibliographico portuguez,
11858-1923.
-1878
1
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bibliographico
Portuguez,
1878.
1491-1864 Rusia-URSS
1491-1730
1846-
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1518-1713
1830-1865 Suecia
Damaskin, Biblioteka Rosiiskaja, 1881 y 1891.
H. Linnstriim, Svenskt boklexikon, 1883-84.
Bibliographie nafionale SJtisse,
1892-1927.
1
1774-1839 Checoslovaquia A. Hansgirg, Katalog ceskych knih, 1840.
1774-1864
F. Doucha, Knihopisny slovník ceskoslovensk)', 1865.
1741-1867 Yugoslavia
S. Novakovic, Srpska bibliografija, 18 69.
-1 &92 1suiza
-1860
I. Kukuljevic Sakcinski, Bibliografija hrvatska, 1860-
El siglo xx completará este cuadro. (Ver página 67).
Así, en el inicio del siglo xx, la bibliografía
profesional alcanza su mayoría de edad y
obtiene su emancipación; ha definido sus fines, descubierto sus reglas y forjado sus medios. Todo el mundo tiene conciencia de su
aspecto "funcional" y de las posibilidades que
ofrece en la actualidad. Si bien los diccionarios idiomáticos conservan el rótulo de "ciencia del libro", los hechos desmienten tal aserto. Hoy más que nunca, la bibliografía es
56
"conocimiento" de las producciones del espíritu, conocimiento adquirido por medio de
los repertorios. A decir verdad, estos últimos
han modificado su aspecto desde el siglo XVI;
los autores han sido desalojados en favor de
sus obras, a las que precisamente recurre la
bibliografía para poder destacar y valorizar
tanto la actividad intelectual de las naciones
como el progreso de las ciencias.
CAPÍTULO VII
LA BIBLIOGRAFÍA DESDE 1914. LA ÉPOCA TÉCNICA
Bibliografía especializada
retrospectiva. El método cooperativo
La producción de repertorios particulares
de una disciplina, o de sus ramas, sigue durante
todo el siglo XIX; después, a comienzos del siglo xx, empieza a declinar. Las nuevas condiciones económicas creadas por la primera
guerra mundial no favorecen la actividad privada, que peligra o desaparece. El artesanado
bibliográfico, tan fecundo en el siglo XIX, es
impotente para mantenerse. Casi todas las bibliografías que abarcan materias muy vastas
o muy largos períodos, quedan en suspenso
después de 1914 y llega el momento en que
los bibliógrafos piensan en organizarse para
asegurar su supervivencia.
Resulta, pues, evidente que el registro de
todos los libros sin excepción, por una parte,
y por la otra la eliminación de los artículos
de periódicos, que hasta ahora había sido poco
menos que la norma en este género de repertorios, constituyen un sistema caduco que no
puede satisfacer las necesidades de la información contemporánea. Surge, entonces, la idea
de seleccionar cuidadosamente, entre la gran
cantidad de escritos, aquellos que se refieren
a un mismo tema. La fórmula tradicional
-investigación exhaustiva sin discriminación,
efectuada por una sola persona y según procedimientos forzosamente rudimentarios o
precarios-, es remplazada por la proposición
contraria: división del trabajo y distribución
del mismo entre especialistas capaces de desechar las obras de escaso interés o de calidad
muy discutible, y dejar a un lado las publicaciones de vieja data cuando su substancia
está incorporada a escritos recientes. Esta
nueva concepc10n bibliográfica ofrece a los
investigadores "un resumen del asunto". en
los que figuran únicamente los textos fu~da­
mentales, ya sea en forma de libros o de artículos de revistas; resúmenes evidentemente
renovables a corto plazo y que no excluyen
la posibilidad, si ello es preciso, de remontarse de referencia en referencia hasta los trabajos más antiguos o más particulares. Aunque no haya respuesta para todo, es difícil
de ese modo que un trabajo importante escape de la selección; y tal es justamente la
función de toda bibliografía retrospectiva
destinada a los estudiosos.
Aparecen así, en todas partes, agrupaciones
de especialistas, dependientes de eruditos que
reparten el trabajo y dirigen su ejecución.
Tales grupos emprenden la realización, en
cada dominio de las ciencias, de «síntesis colectivas" que reclaman un aparato bibliográfico enorme -cuidadosamente tamizado por
la crítica, claro está-, y que se llevan a cabo
con el más general como con el más particular
de los temas de bibliografía especializada escogida. Tanto la gran colección de cien volúmenes como el tratado de diez o veinte
volúmenes, sin olvidar el manual de enseñanza superior o secundaria, suministran las
fuentes esenciales en una sección final o de
capítulo en capítulo. En todo el mundo,
centenares de eruditos se dedican actualmente
a esas minuciosas selecciones y remplazan definitivamente al individuo incapaz de rivalizar, en un momento dado, con el grupo, cualesquiera sean su capacidad y su energía.
Ello no impide que continúen apareciendo
innumerables bibliografías muy especializadas;
su número, con referencia tan sólo a los países
57
occidentales incluyendo América, puede estimarse en aproximadamente trescientas por
año; están limitadas al campo de la erudición,
y sus temas, siempre muy definidos, son extraordinariamente variados e inesperados 1 •
1 Véase la crónica de la revista A.B.C.D., París,
desde 19 5O.
El método cooperativo, en la actualidad tan
difundido en todo el mundo, es practicado por
primera vez, en Alemania, a fines del siglo XIX.
Representa un retorno al "sentido de equipo",
concepto que los religiosos del siglo XVII supieron asimilar tan bien para mayor beneficio de
los estudios históricos y bibliográficos.
EJEMPLOS DE SÍNTESIS COLECTIVAS Y TRATADOS POSTERIORES A 1910
CON BIBLIOGRAFÍAS SELECCIONADAS
HISTORIA UNIVERSAL
1902-1911
1911-1936
1923-1939
192019241925-
Cambridge modem history, A. W. Ward.
Cambridge medieval history, J. B. Bury.
Cambridge ancient history, J. B. Bury.
Evolution de l'humanité, París, H. Berr.
Histoire dtt monde, París, E. Cavaignac.
Histoire générale, París, G. Glotz y R.
1926-
Penples et civilisations, París, L. Halphen
192619311934-
Historia del mundo, Barcelona, J. Pijoan.
Storia universale, Turín, C. Barbagallo.
Clio. Introduction aux études historiques,
1944-
Algemeene litcraftwr geschiedenis, U irecht,
F. de Backer.
1951-
Die Weltliteratur, Viena, E. Frauwallncr,
Viena.
BIBLIOLOGÍA
1931-
Cohen.
Handbuch der Bibliothekswissenschaft,
2da. ed., 1950, Leipzig, F. Milkau.
y Ph. Sagnac.
HISTORIA DE LAS RELIGIONES
1938-
V. Martín.
1944-
París.
19521953-
Historia mundi. Handb. der W eltgeschichte, Berna, E. Valjavec.
Histoire générale des civilisations, París,
1944-
Histoire des relations intenzaii011ales, París, P. Renouvin.
19511955-
La religioni del mondo, 2da. ed., Roma,
BELLAS ARTES
1905-1929
1911-1940
Histoire de l'art, París, André Michcl.
Handbuch der Kunstwissenscb<Jft, Pots-
19311934-
Nouvelle histoire de l'art, París, A. Auberr.
Histoire universelle des arts, París, L.
Handbuch der Altertumswissenschaft, Munich, Iwan von Müller: ediciones renovadas hasta nuestros días.
dam, E. Brinckmann.
Réau.
LENGUAS Y LITERATURAS
1904-
Grundriss der wmanischm Phil~logie, Ber-
1925-
Grundriss der slavischen P!Jilologie, Ber-
lín, G. Grober.
Histoire des religions, París, M. Brillant y
R. Aigrain.
Universitas litterarum. Handb. der Wis
senschaftkunde, Berlín, W. Schuder.
ANTIGÜEDAD GRECOLATINA
1886-
Histoire illustrée de l'Eglise, París, G. de
Plivan y R. Pittet.
N. Turchi.
HISTORIA GENERAL DE LAS CIENCI.AS
1954-
Mana. Introdttction a l' histoire des religions, París.
Histoire générale des religions, Par-ís, M.
Gorce y R. Mortier.
1946-
M. Crouzet.
1953-
Histoire de l'Eglise, París, A. Fliche y
193 8-
Histoire
générale
de
l'art,
París,
G.
Huisman.
1941-
Algemeene kunstgeschiedenis, Utrecht, \V.
Van Thienen.
lín, R. Trautmann, M. Vasmer.
Philologie,
1944-
Summa artis, Madrid, M. Bartolomé y
1933-
Storia universale delta letteratura, 2da, ed.,
1945-
Storia universale dell'arte, Turín, E. Tea
1937-
Handbuch der Weltliteratur, 2d~. ed.,
1928-
Handbuch der Musikwissenschaft, l'ots-
1947-1949, Francfort del Main, H. Eppelsheimer.
1954-
New Oxford history of music.
1926-
Grundriss der geT?nanischen
Cossio y
Berlín, H. Paul.
y V. Golzio.
1948, Turín, G. Prampolini.
58
J. Pijoan.
dam. E. Bücken.
fiLOSOFÍA
192319261939-
Grundriss der Geschichte der Philosophie,
Berlín, F. Ueberweg.
Histoire de la philosophie, París, E. Bréhier.
Logos. Introduction aux études philosophiques, París, L. Lavelle.
GEOGRAFÍA
19271947-
Géographie 11niverselle, París, P. Vida! d.e
La Blache y L. Gallois.
Orbis. Introduction aux études géographiques, París, A. Cholley.
CIENCIAS ECONÓMICAS Y
1.924-
194219481952195 5-
MATEMÁTICAS
Enzyklopedie der matbematiscben Wíssenscbaften, Leipzig.
1926-1929
Handbucb der Physik, Berlín, H. Geiger
y K. Scheel.
Hanclbucb der Experimentalpbysik, Berlín, W. :Wien y F. Harm.
Handbuch der Pbysik, Berlín, S. Flügge.
FÍSICA
19 55-
QUÍMICA
19181924-
193519401953-
Handbucb der organiscben Cbetr.ie, 4"
ed., Berlín, F. Beilstein.
Handbuch der anorganiscben Cbemie, s•.
ed., Berlín, L. Gmelin.
Bibliografía especializada
en curso. Las organizaciones internacionales
Las bibliografías especializadas que desde
fines del siglo XIX forman parte d~ periódicos
o viven independientemente, gracias al amparo de sociedades eruditas, atraviesan, de 1920
a 1930, por un período de crisis semejante al
soportado, después de 1914, por las retrospectivas. La abundancia de escritos y el aumento
constante de los precios de impresión tornan
cada vez más difícil el mantenimiento de equipos de especialistas que se dediquen regular-
Traité de cbimie minérale, París, P. Pascal.
Traité de chimie industrielle, París, P.
Baud, 4a. ed., 1952.
Traité de chímie organique, París, V.
Grignard.
Handbuch der analytiscben Cbemie, Berlín, R. Fr.esenius y G. Jander.
Comprebensive inorganic chemistry, Nueva York, M. C. Sneed.
CIENCIAS DE TIERRA
1907-1911
1897-1939
SOCIALES
Handlmcb der Wirtschaftsgeschichte, ]ena, G. Brodnitz.
Cambridge economic history of Europe.
Gnmdriss der Sozialwissenschaft, Giitingen, R. Schaeder.
Hanclworterbucb der Sozialwiss, Stuttgart,
E. v. Beckerath.
Handbucb der Soziologie, Stuttgart, W.
Ziegenfuss.
1893-1935
1926-1937
19311932-
1952-
Traité de géologie, París, E. Haug.
Handbucb der Mineralogie, Berlín, C.
Hintze.
Traité de paléontologie, París, J. Piveteau.
CIENCIAS BIOLÓGICAS
1911-1933
Biochemisches Handlexikon, Berlín, E.
Abderhalden.
1924Handbuch der Biocbemie, Jena, C. Oppenheimer.
1942Handbuch der Biologie, Darmstadt, L. von
Bertalanffy.
1925-1932 Hanclb. der normalen 1md pathologiscben
Pbysiologie, París, A. Bethe.
1926-1940 Traité de physiologie normale et pathologique, París, H. Roger, L. Binet.
BoTÁNICA
18 87-1915
Die natürlicbe Pflanzenfamilien, Berlín,
A. Engler y K. Prantl.
19241948-
Handbuch der Zoologie, Berlín, W:. Kükenthal.
Traité de zoologie, París, P. Grassé.
19291948-1953
Encyclopédie médico-cbirurgicale, París.
Traité de médicine, París, A. Lemiere.
ZooLOGÍA
CIENCIAS MÉDICAS
mente a examinar publicaciones impresas y a
seleccionar y analizar el contenido de las mismas. Algunos repertorios periódicos se editan
con gran atraso; otros dejan de aparecer.
Alrededor de 1930, esa falta de régimen,
cada vez más acentuada, da motivo para la
creación y el desarrollo casi repentinos, en la
mayoría de los países, de centros de documentación que logran en muy poco tiempo extraordinario éxito. La mayor parte de ellos dependen de organizaciones científicas privadas,
se desempeñan según criterios prácticos y dinámicos, están bien equipados y disponen de
59
recursos suficientes para poder lanzarse al asalto de la vieja bibliografía desguarnecida. Tales centros descubren la documentación que
es, lisa y llanamente, bibliografía con objetivos más amplios (cualquier clase de documento, no sólo el impreso), y más expeditiva
en el trámite. Asimismo, organizan, sobre el
terreno, servicios de información, publican con
periodicidad boletines de documentación, se
multiplican, constituyen uniones nacionales
(Un-ion franr;aise des Organismes de Docttmentation, UFOD, en Francia, 1932); después, internacionales (Federación Internacio:..
nal de Documentación, FID, en La Haya,
1938), y demuestran gran capacidad de emulación.
En 1939 el grado de adelanto que, con respecto a las diezmadas y empobrecidas empresas bibliográficas, han alcanzado esos organismos es tan evidente, que los partidarios de la
bibliografía se deciden a reaccionar y tratan
de recuperar el terreno perdido. En todos los
países de Europa, donde la segunda guerra
mundial ha hecho desaparecer muchas grandes
bibliografías en curso, la postguerra devuelve
a la bibliografía la perdida fuerza vital. De
hecho, la bibliografía debe su resurrección a
los centros nacionales de investigación y a los
organismos internacionales.
En efecto: una de las manifestaciones más
sorprendentes de nuestra época es la que se refiere a la organización científica del trabajo.
Tal organización consiste en la creación de
grandes servicios autárquicos, dotados de amplios recursos presupuestarios que, por el juego de relaciones y convenciones entre hombres,
laboratorios, instituciones, administraciones y
servicios públicos, deben procurar la ejecución
rápida y libre del trabajo (Centre National de
la Recherche Scientifique, o CNRS, con sede
en Francia, 1940) 1 • En un conjunto muy
rico en recursos materiales e intelectuales descentralizados, dicha organización hace las veces de columna vertebral que coordina distin1
HENRI LAUGIER, "Le CNRS", L'oeuvre de la 1116
Réjmblique, 1945, págs. 231-250.
60
tas tareas humanas y asegura el rendimiento
máximo de las investigaciones. Ahora bien,
como las necesidades de información sobre cada problema son tan urgentes como la relación
y la coórdinación de los estudios, estos servicios deben encargarse de la bibliografía. Lo
que ocurre dentro de los límites de las distintas naciones sucede también en la escala internacional; las instituciones especializadas se
unen para formar comunidades entre cuyas
actividades múltiples está comprendida la bibliografía.
En 19 55, la ONU y todas sus repart1c10nes especializadas (Organización para la Alimentación y la
Agricultura, FAO, con sede en Roma; Organización
Mundial de la Salud, OMS, con sede en Ginebra; Organización Meteorológica Mundial, OMM, con sede en
Ginebra; Organización Internacional del Trabajo, OIT,
con sede en Ginebra; Organización de la Aviación
Civil Internacional, u OACI, con sede en Montreal;
Unión Internacional de Telecomunicaciones, UIT, con
sede en Ginebra; Unión Postal Universal, UPU, con sede en Berna), publicaron bibliografías especializadas
en curso.
Entre esas instituciones, la que posee actividad bibliográfica más extensa y variada es, sin duda, la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
La UNESCO tiene en su programa el estudio de los
problemas vitales de la bibliografía: técnica, sistematización, servicios en todos los países del mundo, mejoramiento, ,equilibrio. Una parte de sus recursos está
consagrada a subvencionar sus empresas de carácter internacional, a asegurar o consolidar la existencia de
las mismas.
En el dominio de las ciencias humanas por intermedio del Consejo Internacional de Filosofía y Ciencias
Humanas ( CIFCH), creado en 1949; en el de las ciencias sociales, por intermedio del Comité Internacional
para la Documentación de las Ciencias Sociales ( CIDCS),
constituido en 1950; y, por último, en el de las ciencias
exactas y naturales, por intermedio del Consejo Internacional de Uniones Científicas (CIUC) qu.e data de
1952, la U1\TESCO favorece el mantenimiento y desarrollo de unas treinta bibliografías especializadas internacionales en curso. Si S!! tiene en cuenta que otras
organizaciones gubernamentales (Organización de los
Estados Americanos, Consejo de Europa, Organización
Europea de Cooperación Económica, OECE, Oficina
Internacional de Educación, O IE) y no gubernamentales (éstas, más de seiscientas en 19 53, entre ellas la
Federación Internacional de Documentación, FID; la
Organización Internacional d.e Normalización, OIN;
el Consejo Internacional de Archivos, CIA; la Asociación Internacional de Bibliotecas Musicales, o AIBM,
etcétera) desarrollan mayor actividad en materia bibliográfica, y que cada una de .ellas publica uno o
varios boletines documentales; si se tiene en cuenta, en
suma, que en todos los países hay algún centro nacional
qu.e hace exactamente lo mismo, resulta fácil comprender que el estudio artesanal de la bibliografía está
ampliamente superado y que ésta se halla ya definitivamente incorporada a la investigación científica.
En resumen, todas las grandes disciplinas de
las letras y de las ciencias poseen en la actualidad su propia bibliografía en curso; a veces,
para una sola ciencia hay dos, y aun tres,
publicadas en diferentes países, que se completan mutuamente, aunque el esfuerzo de las
organizaciones tiende tanto a evitar repeticiones como a subsanar lagunas. Con ei fin de
equilibrar las cargas de cualquier índole, todos
los países comparten la responsabilidad de la
ejecución y de la publicación de dichas bibliografías, como se advertirá a continuación.
PRINCIPALES BIBLIOGRAFÍAS ESPECIALIZADAS INTERNACIONALES
EN CURSO EXISTENTES EN 1955
HISTORIA UNIVERSAL
Bibliographie internationale des
sciences historiques
Nueva York, 1929París, 1917-
Année psychologique
Psychological abstracts
Répertoire bibliographique ...
Bibliographie de la philosophie
París, 18 94Lancaster, 1927Lovaina, 1934París, 1937-
París, 1926-
ANTIGÜEDAD GRECOLATINA
París, 1928-
Année philologique
Art Index
Revue de musicologie ...... .
LINGÜÍSTICA Y LITERATURA
FILOSOFÍA
GENERALES
lndogermanisches ]ahrbuch ..
Years work in modern languages ................. .
Bibliographie linguistique ... .
Bibliographie onomastique .. .
Publications of Modern Language Association (P.M.L.A.)
Studier i modern sprakvetenskap
Year's work in modern language studies .............. .
Revue de littérature comparée
Yearbook of comparative literature ................. .
Londres, 1931Utrecht, 1949Lovaina, 1950Washington, 1884Upsala, 1898Oxford, 1931París, 1921-
GERMÁNICA
Zeitschrift fiir wmanische Philologie ................. .
Revue d' histoire littéraire de la
France ................. .
]ahresbericht über die Erscheimmgen auf dem Gebiete der
germanischen Philologie ...
Year's work in English studies
Anmtal bibliography of English
lang. and litterature ..... .
Chap.el Hill, 1952-
CIENCIAS DE LAS RELIGIONES
Revue d'histoire ecclésiastique
Bibliographie internationale de
l' histoire des religions
FILOLOGÍA ROMANA Y
Berlín, 1914-
Lovaina, 1900Leyden, 1952-
Halle, 1877París, 1925-
Berlín, 1878Londres, 1919Londres, 1921ORIENTALISMO
Rcvue des études slaves ..... .
Abstracta islamica ........ .
Par Eastem quarterly ...... .
Middle East ]ournal ....... .
Annual egyptological bibliography ................ .
París, 1921París, 19 27Ithaca, 1941Washington, 1947-
Année sociologique ........ .
Bibliogr. der Sozialwissenschaft
Bibliogr. intem. de sociologie
Population Index ......... .
Population ............... .
París, 1896Gotingen, 1905Par-ís, 19 53Princeton, 193 5París, 1946-
Leyd.en, 1947-
ARTES Y ARQUEOLOGÍA
Archaeological bibliography
Archaeologische Bibliographie .
Répertoire d'art et d'archéologie
Annual bibliography of Indian
archaeology ............. .
Cambridge, Mass.,
1885Berlín, 18 89París, 1910Leyden, 1926-
CIENCIAS SOCIALES
61
sonal administrativo y científico, así como los gastos
que ello implicara, guardarían relación con su rendimiento? Los espíritus mejor dispuestos no están todavía de acuerdo sobre las respuestas.
Después de 1945, y para lograr fines idénticos a los de Otlet, se formulan proposiciones
más racionales. Las mismas propugnan refundir en uno solo los catálogos de todas las
bibliotecas del mundo. La idea inicial de esa
sugestión se funda en que los textos impresos
acaban siempre, tarde o temprano, por ser
incorporados a las bibliotecas en virtud de
leyes o de convenciones, o como consecuencia
de compras, donaciones y legados. Se deduce
que la fusión en un catálogo único, y por lo
tanto mundial, de todos los catálogos comunes
de los establecimientos de cada país, conduciría con gran aproximación hacia la bibliografía universal.
Actualmente se admite que el inventario
mundial de libros basado en las bibliografías
impresas, sería siempre parcial e insuficiente,
aunque se realizara con técnicas uniformes y
muy elaboradas, en tanto que la reunión sistemática del contenido de todas las bibliotecas
permitiría alcanzar resultados muy superiores.
Las órdenes religiosas preconizan esa idea respecto de las bibliotecas de los conventos.
Desde comienzos de este siglo, varios países
están preparando su catálogo colectivo nacional. Alemania encabezaba la lista, pues empezó en 1939; en Gran Bretaña, los Países Bajos y Suiza los trabajos están ya muy adelantados. Estados Unidos, Italia y Canadá los
iniciaron en 19 53.
En 1947, la UNESCO se interesa por el problema y
estudia qué condiciones requeriría la composición de
un catálogo colectivo .europeo, al que sucederían posteriormente los de los otros continentes. En realidad, el
interés es suscitado por el deseo de facilitar la circulación de los libros, de biblioteca en biblioteca, y de
intensificar los préstamos; pero el medio propuesto
para dicho fin constituye también una solución elegante
para el problema de la bibliografía universal. En 1947,
T. Besterman, .en una conferencia que pronuncia en la
UNESCO, prevé las etapas de la empresa; propone la
64
yuxtaposición de los catálagos colectivos nacionales europeos y .estima que el progreso actual de esos inventarios permitiría reunir, en tiempo relativamente corto,
veinte millones de fichas. La discusión ha llegado a
ese punto; por lo menos, .el rumbo está señalado; a los
gobiernos toca, si lo juzgan bueno, decidirse a seguirlo.
Bibliografía nacional.
La nueva industria
El siglo XX asiste al triunfo de las bibliografías nacionales en curso, creadas durante el
siglo anterior por los libreros.
Por su nuevo origen -depósito obligatorio (depósito
legal) o libremente ac.eptado por los editores y libreros,
en una biblioteca centralizadora- las bibliografías nacionales en curso reflejan la actividad cultural de los
estados y se convierten en las fuentes oficiales de estadística tipográfica y de información científica para
quien desee, por cualquier razón, comercial o erudita,
estar al corriente d.e la marcha de las ediciones. Sus
características -exactitud y regularidad en la publicación, registro completo, o muy levemente modificado, redacción de acuerdo con r.eglas codificadas- son
los factores que permiten apreciar el grado de éxito
y de importancia logrados. Su importante función en
la vida intelectual de todo país .explica que las bibliotecas nacionales, sede de los depósitos obligatorios o
voluntarios, se interesen cada vez más en su elaboración.
Actualmente, y con excepción de pocos países (Dinamarca, Estados Unidos, Países Bajos), reciben el apoyo
oficial de las grandes bibliotecas y se les confiere acrecentado prestigio. Mientras tanto, la colaboración de las
bibliot.ecas nacionales y de las asociaciones de libreros
se mantiene en pie, encargándose, las primeras, de la
redacción y las segundas de la edición y difusión de
los repertorios.
En adelante, los nuevos impresos se registran regular y casi automáticamente en todas
partes, de acuerdo con un mecanismo minuciosamente regulado, que permite que las bibliografías sean producidas en serie, como
cualquier producto industrial. Dos países, Alemania y Estados Unidos, son los maestros de
esta evolución actual.
En 1913, la creación en Leipzig de un cen-
tro nacional de todos los impresos en lengua
alemana aparecidos en el mundo, la Deutsche
Bücherei, destinada a remediar la falta de
biblioteca nacional en Alemania -sólo hay
bibliotecas provinciales, igualmente antiguas
y ricas- y la vinculación de dicho centro con
la Cámara alemana del Libro dio origen a
una organización notable, que publica regularmente una serie de repertorios nacionales,
tanto semanales como semestrales, anuales como quinquenales. Esos repertorios, unidos a
los iniciados por Kayser en 1834, forman una
cadena ininterrumpida, cuyo primer eslabón
data de 1750, y aun de 1700 si nos remontamos hasta Heinsius.
La división de Alemania en dos zonas comprometió después de 1945 y durante cierto
tiempo, la hermosa alianza a la que alude el
párrafo anterior, alianza que llevó, en 1947,
a la fundación en F rancfort del Main, de un
segundo centro bibliográfico; éste, fiel a las
mismas tradiciones y a las mismas normas
que el de Leipzig, compone repertorios que
duplican y completan a los primeros y viceversa.
La gran firma Wilson, fundada en 1898
en Minneapolis, instalada en 1917 en Nueva
York, puede compararse también con una
empresa industrial cuyos bien montados engranajes producen, sin la menor tregua, todos
los repertorios nacionales de los Estados U nidos, del semanal al mensual, del trimestral
al anual y al polianual. Muchos otros repertorios especializados en cualquiera de las abundantes ramas del saber proceden también de
ese verdadero taller bibliográfico.
Muchos países europeos compiten, cabe señalarlo, en la senda de esa industrialización;
en primera fila figuran los Países Bajos, los
países escandinavos, Bélgica, Suiza, y Gran
Bretaña; esta última desde 1950, año de fundación de su primera bibliografía nacional de
carácter oficial, compilada en el British Museum sobre la base del depósito legal. Los países latinos, se mantienen sensiblemente a la
zaga.
PRINCIPALES BIBLIOGRAFÍAS NACIONALES EN CURSO EXISTENTES EN 1955
Alemania
\18251
11947Argentina
119361
1
1
1
Australia
11936-
Austria
1946-
Bélgica
1875-
Brasil
1939!
j1943-
l
Deutsche N ationalbibliographie, Leipzig, Deutsche
Bücherei.
Deutsche Bibliogra phi e,
Francfort del Main,
Dtche Bibliothek.
Boletín bibliográfico argentino, Buenos Aires, Ministerio de Educación de la
Nación.
Annual catal. of Australian
books, Canberra, Natíona! Library.
Oesterreichische Bigliographie, Viena, Nationalbibliothek.
Bibliographie de Belgique,
Bruselas, Bibl. Royale.
Bibliografía brasileira, Río
de Janeiro, Inst. nac. do
livro.
Boletí-m bibliográfico, San
Pablo, Bibl. Municipal.
Bulgaria
1945-
Canadá
1921-
Checoslovaquia 1945!945-
Chile
119401
11952i
Colombia
119511
Costa Rica
1193 5-
Bolethn bibliogr. Brasileiro,
Río de Janeiro, Bibl. Nacional.
Bulgarski knigopis, Sofía,
Narodna biblisteka.
Canadiana; Ottawa, Natíona! library.
Ceská kniha, Praga, Národní knihovna.
Slovenská kniha, Bratislava,
Universitní knihovna.
Servicio bibliográfico chileno, Santiago, Zamorano y
Caperan.
Anuario de la prensa chilena, Santiago, Biblioteca
Nacional.
Anuario bibliográfico colombiano, Calí, Bibl. Municipal.
Boletin bibliográfico, San
José, Bibl. Nacional.
65
talogos, índices, bibliothecas, virorum litteratonmt vitas, elogia aut orationes funebres
scriptis co1tsignarunt, 1686, 5 59 páginas, y la
Pars altera, 1705, del escritor protestante
emigrado a Alemania, Antoine Teissier (16321712).
El siglo XVIII se interesa menos por este
género de compilaciones, que recobra su vigor
en el siglo siguiente. El Répertoire de bibliographies spéciales, curiouses et instructives y
después el Répertoire bibliographique universel de Gabriel Peignot, datan de 181 O y 1812.
Este último es una nomenclatura razonada
que en 514 páginas y por orden alfabético de
materias, presenta, en unas dos mil notas,
una visión panorámica de la producción bibliográfica de dos siglos y medio. Su autor,
bibliófilo sagaz, conocido por sus múltiples
traba jos (ver capítulo V) , habla como un
experto de los repertorios coleccionados y afirma que el suyo es el primero en el género.
Él y su amigo Quérard sostienen que ese trabajo ha sido utilizado ampliamente por el
inglés T. H. Borne, cuya Introduction to the
study of bibliography, 1814, contiene una
N otice of principal works extant on literary
history in general and 011 bibliography in particular; y, sobre todo, por el belga J. P. Namur ( 18 04-18 67) , bibliotecario, sucesivamente en Lovaina, Lieja y Bruselas, cuyo Manuel
du bibliothécaire, aparecido en 1834, concluye
con una Biographie spéciale systématique et
raisonnée des principaux ouvrages sur la bibliographie, reimpresa en 183 8 en la Bibliographie paléographico- diplomatico -bibliogique. Esta última obra se divide en siete
partes (paleografía, diplomática, historia de
la imprenta y de la librería, bibliografía,
biobibüografía, historia de las bibliotecas, y
colecciones literarias periódicas), y constituye
en sus secciones IV y V una verdadera bibliografía de bibliografías, sin notas, que enumera
cerca de dos mil quinientos repertorios. N amur, que en 1838 cita las fuentes que utilizó,
declara haber consultado a Leignot y F.-A.
Delantine, en cuyo Catalogue de la Bibliothéque de Lyon, tomo I, figura una Bi68
bliographie spéciale et chronologique des
principaux ouvrages sur l'imprimerie et la
bibliologie, 1812, reproducida en 1824 por
E. Psaume, aumentada con trabajos publicados
entre 1812 y 1822, en su Dictionnaire biblio-
graphique ou nouveau manuel du libraire.
La obra siguiente es muy superior a las
anteriores. Se trata de la Bibliotheca bibliographica de Julius Petzholdt, uno de los más
sabios bibliógrafos del siglo XIX, nacido y
muerto en Dresde (1812-1891), bibliotecario
de los reyes de Sajonia, desde 1839 a 1873.
Petzholdt funda en 1840 y dirige hasta 1884
la revista Anzeiger fiir Literatur der Bibliothekswissensschaft, que en 18 56 cambia ese
título por el de Neuer Anzeiger für Bibliographie und Bibliothekswissensschaft; colabora en Serapeum. Zeitschrift für Bibliotheks-
wissensschaft, Haandschrisftenkunde und altere Litteratur ( 1840-1870) ; publica, en
1844, un Adressbuch der Bibliotheken Deutschland, y en 18 56 un Katechismus der Bibliothekslehre, segunda edición en 1871, tercera
en 1877, refundido y actualizado en 1890 por
A. Graesel, bibliotecario de la Universidad de
Jena, con el título de Grunzüge der Bibliothekslehre, manual considerado clásico durante
casi cincuenta años. La Bibliotheca bibliographica es una obra muy erudita donde el autor
describe las colecciones periódicas consagradas
a la bibliografía, los sistemas de clasificación
y las bibliografías generales y especializadas;
cita y comenta casi seis mil repertorios.
A continuación conviene citar las compilaciones, menos brillantes por cierto, de Joseph
Sabin, Nueva York, 1877; de León Vallée,
París, 1883-1887, y luego el Manuel Bibliographique, del paleógrafo archivista Henri
Stein (1862-1940), que hace época en Francia. Bien ordenado en tres grandes secciones
-bibliografías universales, nacionales y especiales- y diecisiete subsecciones, el Manuel
describe y analiza particularmente cada repertorio, pero descarta los anteriores al siglo xvm.
Los émulos de Peignot, Petzholdt y Stein
abundan en el siglo xx. Conciben sus investigaciones de manera muy diferente según su
nacionalidad. Algunos de ellos publican selecciones de las me jores y más recientes bibliografías, destinadas a los servicios de información de las bibliotecas; tal el caso de Isadora
G. Mudge, en Estados Unidos, en 1917, con
Guide to reference book.s \ séptima edición en
19 51, por Constance M. Winchell; J ohn Minto, en Gran Bretaña, en 1929-1931, con Reference book.s; L. N. Malcles, en Francia, en
1950-1952, con Les sources du travail bibliographique. Los hay que efectúan exposiciones
históricas, como Georg Schneider, en Alemania, con su Handbuch der Bibliographie,
1926, cuarta edición en 1930; en esta obra
de Schneider sólo se estudian las bibliografías
generales. Aparecen también manuales didácticos, destinados a la formación del personal
científico de las bibliotecas, como la Guide
pratique de bibliographie, de Frantz Calot y
Georges Thomas, 1936, segunda edición en
19 50; Introduction to refermce books, de A.
D. Roberts, Londres, 1948, segunda edición
en 19 51; Guida bibliografica, de Oiga Pinto,
Roma, 1947; Cours de bibliographie, de L.-N.
Malcles, 1954. Hay, por último, sumas totales,
sin exclusiones, de todas las bibliografías conocidas desde el descubrimiento de la tipografía, tales como la bzternationale Bibliographie
der Bibliographie, de Hans Bohatta, W. Funke y F. Hodes, 1939-1952, y sobre todo la
A World bibliography of bibliographies, de
Théodore Besterman, 1940, segunda edición
en 1947-1950, tercera edición en 1955-56.
Esta última compilación, verdadero monumento que honra a la bibliografía, contiene
ochenta mil títulos, en cuarenta y cinco idiomas, clasificados en doce mil temas, y subclasificados cronológicamente. Esta obra es
indispensable, en lo sucesivo, para todo estudio histórico referente a la bibliografía, como
para la historia de cualquier ciencia.
A los inventarios retrospectivos de bibliografías se agregan, en nuestra época, las bi1 Precedida por las dos primeras ediciones, 1902 y
1908, dirigidas por Alice B. Kroeger, y con el título de
Guide o the study and use of reference book.s.
bliografías de bibliografías en curso, cuyo
objeto es señalar los nuevos repertorios, generalmente de año en año.
Alemania brinda, de 1926 a 1940 y de
1939 a 1940, dos excelentes bibliografías de este género; el autor de ambas es el bibliotecario berlinés Joris Vorstius; la primera se
titula Internationaler Bibliographie des Buchund Bibliothek.swesen, y abarca todo el dominio de la bibliología; la segunda es el Internacionaler Jahresbericht der Bibliographie, que
menciona únicamente las bibliografías universales, nacionales y especializadas. Publicaciones
análogas se editan en distintos países: Year's
work in librarianship, desde 1929, y Library
science abstracts, desde 1950, en Gran Bretaña; Bulletin de documentation bibliographique, 1934-1955, en Francia; Bib<liographic
Index, desde 1937, en los Estados Unidos.
En los intervalos de aparición de esas publicaciones, las crónicas de los periódicos bibliológicos informan sobre la actividad de los
bibliógrafos. Entre los principales periódicos
bibliológicos debemos citar los siguientes: Zentralblatt für Bibliothekswesen, Leipzig, desde
18 84; Zeitchrift für Bibliothekswesen uttd
Bibliographie, Francfort del Mai..'J., desde 1954;
N ordisk tidskrift for bok-och biblioteksvasen,
Lund, a partir de 1914; Revue de la documentation, La Haya, desde 1931; College and
1·esearch libraries, Chicago, desde 1939; JourHal of documentation, Londres, desde 1945, y
Bulletin des bibliotheques de France, a partir
de 1956.
Por último, el Index bibliographicus corona
el edificio bibliográfico dando el balance de
todas las bibliografías que aparecen periódicamente, ya sean generales, nacionales o especializadas, independientes o anexas a revistas.
La primera edición apareció en 192 5 y la seo-unda en 19 31, debidas a Mar e el Godet y
Vorstius; la tercera, en 1951-52, al cuidado de T. Besterman y con patrocinio de la
UNESCO, tal como la cuarta, a cargo de la
Federación Internacional de Documentación
(FID).
J.
69
SE ACABÓ DE IMPRIMIR
EN AGOSTO DE 1960, EN LOS
TALLERES GRÁFICOS DIDOT, S. R. L.
LUCA 2223, BUENOS AIRES
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