el ser humano hacia un universo que trasciende

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EL SER HUMANO HACIA UN UNIVERSO
QUE TRASCIENDE
Por:
Yolanda Ruan de De la Carrera
Bogotá, D.C., Julio del 2000
Ensayo presentado durante la especialización en Bioética, realizada en la Pontificia Universidad
Javeriana. Instituto de Bioética en el año 2000.
EL SER HUMANO HACIA UN UNIVERSO QUE TRASCIENDE
Por:
Yolanda Ruan de De la Carrera
Bogotá, D.C., Julio del 2000
El desarrollo del ser humano es y debe ser integral, sus aspectos de tipo orgánico, psíquico e
intelectual no son procesos independientes, están estrechamente vinculados, el error y
desconocimiento hacia la naturaleza del ser humano radica en la tendencia creciente hoy en día a
tratar al hombre en compartimentos estancos, debido esto a la super-especialización que
predomina en la actualidad en el desarrollo de las diferentes ciencias. Un desarrollo puede
comenzar por nuestra capacidad de percepción y nuestros sentimientos, pero no se realizará sino
logramos comprendernos a nosotros mismos, planear la estrategia y ejecutar las tácticas que
aseguren una compañía o empleo convenientes. Integración es equivalente a desarrollo humano,
en quien se van cumpliendo diferentes etapas hasta lograr la trascendencia. El ser humano que se
queda en sus primeras etapas de desarrollo no logra la trascendencia, que quiere decir “ir más
allá”1.
Entre la limitación y la trascendencia se dá una ley conocida como la “ley de la tensión” que
consiste en que por un lado el desarrollo se da en el sujeto y es del sujeto y por otro lado, procede
del sujeto tal como es y se ordena al sujeto tal como ha de ser. Su punto de partida es el sujeto
como es, pero se orienta al desarrollo integral del ser humano que deberá vencer su actitud de
conformismo para tratar de superarse y lograr la trascendencia.
El desarrollo intelectual del ser humano se apoya en el predominio de un deseo desasido y
desinteresado de conocer, invita al ser humano a ser inteligente y razonable tanto en su
conocimiento como en su vida, orientando sus acciones dentro de un contexto inteligible, donde
aquello que es aprehendido inteligentemente y afirmado razonablemente, incluye el orden
inteligible. Todo desarrollo es en tanto vá más allá del sujeto en su etapa inicial, situación que está
marcada en el ser humano por ese “ir más allá” enmarcado por el desasimiento y el desinterés del
deseo puro. También considera Lonergan, que todo desarrollo es desarrollo en tanto tiene un
punto de partida, un material concreto por transformar y que en el ser humano este material
concreto se encuentra en la psique sensible2.
El ser humano es un ser vivo, sensible, inteligente, razonable. Su desarrollo consiste en ir dela
dependencia relativa de la niñez hasta la autonomía relativa de la madurez, es un ser que conoce
mediante la indagación inteligente y la reflexión racional yendo más allá en su experiencia
sensible, donde la reflexión, la aprehensión y el juicio no quedan satisfechos con meros actos de
suponer, definir y considerar, sino que van más allá de estos hasta la confluencia de los hechos,
del ser, de lo que se afirma como verdadero y que existe realmente. Es aquí donde el ser
trasciende cuando indaga, sigue la huella, se hace preguntas y se cuestiona permanentemente en
aras de lograr el conocimiento y trascenderlo.
1
2
Lonergan. Insight., p.554
Ibid., p.556
1
La trascendencia significa entonces un desarrollo del conocimiento humano que es pertinente
para el desarrollo del propio hombre en el ser. El conocimiento al que da lugar exige a la voluntad
humana el esfuerzo por desarrollar su disposición a querer y a hacer así que sus acciones sean
consistentes con su conocimiento, es un deseo de comprender correctamente, llegando a
afirmarse que es un deseo irrestricto de conocer, lo que significa afirmar el cumplimiento de una
sola entre muchas condiciones para el logro de una comprensión irrestricta3.
El hombre inteligente desea comprender cabalmente, ese deseo de comprender sirve de
fundamento a la indagación y la reflexión; la indagación conduce a la comprensión, la reflexión
conduce a la afirmación; y el ser es todo aquello que puede ser aprehendido inteligentemente y
afirmado razonablemente. Se distinguen cuatro etapas del conocimiento: en la primera,
concentramos la atención en la actividad cognoscitiva en cuanto actividad; en la segunda,
pasamos a la actividad cognoscitiva en cuanto cognoscitiva y comenzamos por el caso particular
de la autoafirmación; en la tercera, pasamos al caso general del conocimiento del ser
proporcionado y en la cuarta etapa llegamos al conocimiento humano del ser trascendente. Esta
última etapa contribuye a la “determinación de las virtualidades y limitaciones de la mente
humana, en la medida en que se compruebe que la aprehensión inteligente y la afirmación
razonable del ser trascendente son la culminación inevitable de toda nuestra explicación del acto
de comprensión y del acto de juzgar”4.
Se concluye entonces que “el conocimiento del ser trascendente implica tanto la aprehensión
inteligente como la afirmación razonable. Pero antes de poder afirmar razonablemente, debemos
aprehender inteligentemente, y, antes de poder aprehender inteligentemente al ser trascendente,
tenemos que hacer una extrapolación a partir del ser proporcionado”5.
Surge entonces la inquietud sobre qué es el ser. Al respecto Lonergan distingue cuatro nociones
fundamentales: 1) la noción pura del ser; 2) la noción heurística del ser; 3) ciertos actos
restringidos de comprender, concebir y afirmar el ser y 4) el acto irrestricto de comprender el ser.
La primera noción se relaciona con el deseo desasido, desinteresado irrestricto de conocer; la
segunda es aquello que ha de ser aprehendido inteligentemente y afirmado razonablemente; la
tercera acepta restringirse provisionalmente, hacer una pregunta a la vez, prescindir de otras
preguntas en tanto avanza hacia la solución del problema que trae entre manos y en la cuarta
termina diciendo que “únicamente el contenido del acto irrestricto de comprender puede ser la
idea del ser, pues únicamente suponiendo un acto irrestricto es como todo acerca de todo viene a
ser comprendido”6. Es aquí donde se sigue que la idea del ser es absolutamente trascendente,
puesto que el deseo de conocer del ser humano es irrestricto aunque su capacidad sea limitada.
Para Kant el término trascendente está en relación con la condición de posibilidad del
conocimiento y el exámen de esta posibilidad es trascendental. Kant distingue entre trascendental
y trascendente, siendo el primero lo referido a aquello que hace posible el conocimiento de la
experiencia y no traspasa los límites de la misma; el segundo denota aquello que se halla más allá
de toda experiencia7.
3
Lonergan. Op. Cit., p.734.
Ibid., p. 738.
5
Ibid., p. 739.
6
Ibid., pp.740-741.
7
Diccionario de Filosofía., p. 554.
4
2
Desde el punto de vista del conocimiento, el concepto de trascendencia desempeña un
importante papel en la relación sujeto-objeto. La trascendencia noseológica del objeto supone la
trascendencia del sujeto hacia el objeto en el acto de conocer por cuanto el objeto es exterior. La
trascendencia absoluta del objeto supone una concepción “realista” del conocimiento; cuando se
niega la trascendencia del objeto se sostiene una concepción “idealista del conocimiento”8.
Ahora bien, sólo cuando el individuo conoce es que es capaz de tomar decisiones libres y
autónomas, Aristóteles decía que las acciones libres son las acciones voluntarias, que no son
producto de la coacción ni de la ignorancia, quedando así estrechamente ligados los conceptos de
libertad y razón. La libertad consiste en elegir algo trascendente. La libertad es consecuencia del
ejercicio de la voluntad, la voluntad consiste en esa exigencia moral en la expresión de buscar la
coherencia entre el pensamiento y la acción. La exigencia moral es autotrascendencia moral
donde las operaciones de la decisión posibilitadas por las preguntas prácticas llevan a
determinarnos por nosotros mismos lo que queremos hacer con nosotros mismos. La decisión
moral última no es qué escojo entre esto o aquello, la decisión realmente moral es con relación a
nosotros mismos.
Para Kant el concepto de libertad es la clave para explicar la autonomía de la voluntad. En su libro
“Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres” se expresa así: “Voluntad es una especie de
causalidad de los seres vivos, en cuanto que son racionales, y libertad sería la propiedad de esta
causalidad por la cual se puede ser eficiente, independientemente de extrañas causas que la
determinen”, sigue diciendo más adelante “El concepto de una causalidad lleva consigo el
concepto de leyes según las cuales, por medio de algo que llamamos causa, ha de ser puesto algo,
a saber: la consecuencia. De donde resulta que la libertad, aunque no es una propiedad de la
voluntad, según leyes naturales, no por eso carece de ley, sino que ha de ser más bien una
causalidad, según leyes inmutables, si bien de particular especie; de otro modo, una voluntad libre
sería un absurdo”, sigue diciendo más adelante “la voluntad es, en todas las acciones, una ley de sí
misma, caracteriza tan sólo el principio de no obrar ninguna otra máxima que la que pueda ser
objeto de sí misma, como ley universal. Esta es justamente la fórmula del imperativo categórico y
el principio de la moralidad; así pues, la voluntad libre y voluntad sometida a leyes morales son
una y la misma cosa”9.
Kant plantea una ética imperativa del deber ser, donde el bien supremo es la buena voluntad, que
quiere lo que quiere “por puro respeto al deber” como ley universal de la naturaleza, es allí donde
aparece el concepto de persona moral que es la que logra unir sus sentimientos morales con la
razón, estableciendo el principio de la reflexión, del juicio mediante el cual caigo en cuenta de que
estoy aquí por el hecho de ser yo y en otras ocasiones por el hecho de ser un principio universal.
Kant compromete a las personas a obrar bien porque así deben obrar, utilizando su libertad
mediante un acto de buena voluntad donde se dá un elemento racional reflexivo, que es una
ampliación ulterior de la creencia en un “curso de acción”, donde la obligación consiste en captar
el nexo que se dá entre lo inteligible y la decisión.
Lonergan, para elaborar el problema de la decisión dice que nuestra voluntad es en cierta medida
una experiencia, un apetito, una deseabilidad y que la decisión está mediada por una
inteligibilidad no sólo en cómo deseamos si queremos algo, sino que ese deseo lo mediamos a
8
9
Diccionario de Filosofía., p.554.
Kant, Immanuel. “Fundamentación de la Metafísica de las Costumbre”., pp. 55-56.
3
través de la comprensión del objeto de dicho deseo y por eso nuestra voluntad no solamente es
capacidad, apetito, deseo, sino que ascendemos a un nivel en donde hablamos más bien de
habilidades, disponibilidad de la voluntad. Lonergan caracteriza nuestra voluntad, como ese hacer
objeto posible de la elección racional10.
Aristóteles en su obra “Moral a Nicómaco. Libro VI: De las Virtudes Intelectuales” dice que el
principio de la acción es la elección y el de la elección es el apetito y el raciocinio en vista de un fin,
dice también que no puede haber elección sin entendimiento y pensamiento, como tampoco sin
un hábito moral. Así pues la elección es inteligencia apetitiva o apetito intelectual y un principio
semejante es el hombre. Aristóteles distingue cinco virtudes mediante las cuales, afirmando o
negando, el hombre alcanza la verdad, estas son: arte, ciencia, prudencia, sabiduría, intuición11.
Para efectos del presente trabajo se hace referencia a la virtud de la prudencia a la cual se refiere
Aristóteles como la virtud mediante la cual el hombre puede deliberar acertadamente sobre las
cosas buenas y provechosas para él, diciendo además que la prudencia es un hábito práctico
verdadero, acompañado de razón, con relación a los bienes humanos, dice también que la obra
del hombre se consuma adecuadamente solo en conformidad con la prudencia y la virtud moral,
porque la virtud propone el fin recto y la prudencia los medios conducentes. “Para ser virtuoso,
debe uno, a lo que parece, practicar cada acto con cierta disposición como resultado de una
elección y por motivo de los actos mismos. La virtud es causa de la recta elección, pero en cuanto
a las cosas que deben naturalmente hacerse en vista de la elección… Todos parecen adivinar que
la virtud es un hábito de la prudencia, siendo la prudencia la recta razón: no es posible ser hombre
de bien sin prudencia, ni prudente sin virtud moral. Al estar presente la prudencia estarán
presentes las demás virtudes. No habrá elección recta sin prudencia ni sin virtud, porque ésta
propone el fin y aquella pone por obra los medios conducentes al fin”12.
Se concluye entonces que para tomar decisiones responsables éstas deben estar mediadas por el
conocimiento y la reflexión. Solamente tras haber hecho una reflexión a conciencia, tomando en
cuenta todos los pros y contras de una circunstancia en especial, es que se puede llegar a la
acción, teniendo en cuenta siempre el valor moral que conlleva la elección de un parecer sobre
otros. De otra parte, se debe tener en cuenta el contexto en que esta decisión será tomada, pues
lo que es bueno para unos, de pronto no es lo ideal para otros. El contexto en que se desarrollan
los hechos tiene una influencia vital en la toma de decisiones responsables.
10
Lonergan., Op.Cit., pp.706-710.
Aristóteles. “Moral a Nicómaco”., pp.200-203
12
Ibid., pp.200-203.
11
4
BIBLIOGRAFÍA
Aristóteles. “Moral a Nicómaco”. Madrid: Espasa-Calpe, S.A., 1984.
Carrel, Alexis. “La incógnita del hombre”. Buenos Aires: Joaquín Gil, 1946.
Hoyos, Guillermo. “Ética y moral”. (Charla dictada a los estudiantes de Bioética en junio del 2000).
Kant, Immanuel. “Tránsito del conocimiento moral vulgar de la razón al conocimiento filosófico”.
EN: Fundamentación de la metafísica de las costumbres. México, D.F.: Editorial Porrúa, 1998.
Lonergan, Bernard. “Insight: estudio sobre la comprensión humana”. México, D.F.: Universidad
Iberoamericana, A.C., 1999.
Martin Barbero, Jesús. “Antropología y cultura”. (Charla dictada a los estudiantes de Bioética en
junio del 2000).
Martínez Echeverri, Leonor y Hugo Martínez Echeverri. “Diccionario de filosofía ilustrado”.
Santafé de Bogotá: Panamericana Editorial Ltda, 1996.
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