El Escenario Rusia/Crimea y la UE

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El escenario de la disputa
De origen eslavo, Ucrania fue una potencia en el siglo IX. Fue la más poderosa de Europa
hasta el siglo XII. En el siglo XIX, la mayor parte de Ucrania se integró al Imperio ruso, el
resto quedó bajo el control del Imperio austrohúngaro. En 1922 Ucrania surgió como una
república fundadora de la URSS. En 1954 le fue transferida Crimea. Ucrania declaró su
independencia tras la disolución de la URSS en 1991. En 2004, el primer ministro Viktor
Yanukovich ganó las elecciones y volvió en 2010 al poder hasta su reciente destitución.
Ahora Crimea votó por volver con Rusia luego de la ocupación militar ordenada por Putin.
“Esta es la amenaza más grave a la seguridad y estabilidad europeas desde el final de la
Guerra Fría”, dijo el secretario general de la OTAN Anders Fogh Rasmussen.
Crimea: del zar Nicolás I a Putin
Entrevista exclusiva. Tras el plebiscito, el gran historiador Orlando Figes analiza el mapa
del siglo XIX y el actual. En ambos, interpreta que Rusia eligió enfrentar a Occidente.
POR ANDRES HAX
CRIMEA. Votó por volver con Rusia luego de la ocupación militar ordenada por
Putin.
Hasta hace tres semanas, ubicar Crimea en el mapa era una tarea que merecía
conocimientos extras en Geografía. Hoy el nombre de esa península en conflicto, ubicada
en el norte del Mar Negro, aparece en los titulares de los diarios y en los zócalos de los
noticieros de TV. La disputa por Crimea –flamante ex provincia de Ucrania que, desde el
lunes pasado, aspira a ser territorio bajo soberanía rusa– está en la mira de la comunidad
internacional. Es allí donde los especialistas huelen la presencia del fantasma de la
Guerra Fría recorriendo el mundo. ¿Cómo llegamos a esta situación? El historiador
británico Orlando Figes lo explica desde Londres en esta entrevista con Ñ.
El 21 de noviembre del año 2013 el entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukovich,
anunció que su gobierno abandonaría los planes de fortalecer lazos con la Unión Europea
y, al contrario, reafirmaría los vínculos con Rusia. Inmediatamente, comenzaron las
protestas por segmentos de la población quienes deseaban una Ucrania parte de Europa
y que acusaban a Yanukovich de corrupto. A partir de diciembre, la plaza central de Kiev,
Maidan, se convierte en un lugar de lucha popular. Putin, atento a los disturbios, y
preocupado entre otras cosas de que la fiebre traspasara eventualmente a Moscú,
empieza a intervenir en la politica ucraniana, entre otras cosas, comprando 15 mil
millones de bonos de ese pais. Durante el mes de febrero la violencia en Maidan continua;
centenares de manifestantes mueren en confrontaciones con la policía, pero logran –con
un plan apoyado por la Unión Europea– sacar a Yanukovich de la presidencia e instalar
un gobierno provisional.
A principios de marzo, Putin ocupa Crimea con tropas rusas. El domingo 16, en un
plebiscito casi unánime, la población de Crimea vota reincorporarse a Rusia. Hace solo 60
años Nikita Kruschev, tras una breve (y algunos dicen ebria) deliberación le había
regalado la península (cuya mayoría de la población es rusa parlante) a Ucrania. Por lo
tanto, esta anexión de la semana pasada fue celebrada en Rusia hasta por Mikhail
Gorbachov, quien es crítico de Putin. EE.UU. y la Unión Europea, por su lado, dicen que
se violaron derechos internacionales. Aunque le han impuesto sanciones económicas y
diplomáticas, Rusia parece ser el más poderoso en este conflicto.
Crimea es una enorme parte de la historia rusa. Entre 1853 y 1856 ocurrió allí la primera
gran guerra industrial, mecanizada en la cual viejas costumbres caballerescas chocaron
con nuevas tecnologías, según explica Figes. Fue la primera guerra en la cual existía el
telégrafo y la fotografía. Allí también luchó León Tolstoi, quien usó su experiencia como
base para su novela La guerra y la paz . Entre los hitos de la guerra fue el Sitio de
Sebastopol, que duró 11 meses y que, aunque en el final fue vencido el imperio ruso, se
mantiene en la imaginación como un triunfo moral y un ejemplo eterno de la valentía y
resistencia del soldado ruso.
Todo esto se relaciona con lo que está ocurriendo en estos días. Por eso leer el libro de
Figes: Crimea, la primera gran guerra (Edhasa) es un ejercicio para apreciar cómo la
historia opera directamente en los sucesos políticos contemporáneos. Figes nos explicó
esta semana –por teléfono, desde su oficina en Birbeck College de la Universidad de
Londres, donde es profesor de historia europea y rusa– que: “en Crimea hubo un choque
entre el cristianismo ruso, el mundo bizantino y sus legados, y el mundo musulmán. Eso,
combinado con la cruzada de los poderes occidentales en contra de Rusia, la rusofobia de
los británicos y los franceses a mediados del siglo XIX, era muy similar a la rusofobia que
vimos en la Guerra Fría y que creo que aún estamos viendo hoy. Es un momento histórico
muy interesante en el cual se desarrolla, en gran parte, la construcción del mundo
moderno. Muchas de las fisuras sobre las cuales vivimos hoy ya estaban allí.”
–¿El voto del plebiscito en Crimea fue constitucional?
–Según la constitución ucraniana el voto del referendo fue inconstitucional. Eso está claro.
El problema es que según la mirada rusa todo está en juego porque no hay un gobierno
legítimo en Ucrania... Mi punto de vista personal es que el referendo no tiene un nivel de
validez como para tener una aprobación internacional. Fue llevado a cabo con una gran
presencia militar intimidante para los que podrían haber estado en desacuerdo. Además,
las mismas preguntas del referendo estuvieron claramente sesgadas hacia el resultado de
reintegrarse con Rusia. No se le preguntó a la población de Ucrania si querían
mantenerse en su situación actual. Eso socava cualquier reclamo legítimo que podría
llegar a hacerse para establecer un reclamo válido en un contexto internacional. Pero
nuevamente, los rusos dirían –y lo hacen continuamente en su propaganda: ¿y qué pasa
con Kosovo? ¿y Sudán del Sur? Es una pregunta legítima. Hay otras instancias en las
cuales Occidente ha respaldado movimientos de disidencia apoyado por un referendo que
en algún punto tienen paralelos con la situación en Crimea. Por lo tanto, en algún sentido,
la pregunta de que si es legal no es pertinente. La cuestión es: qué estándares está de
acuerdo en aceptar el mundo. Pero no veo que Occidente ahora pueda hacer algo en
contra de la anexión de Crimea por parte de Rusia. Es un fait accompli .
–Hubo quienes criticaron a Gran Bretaña porque aprueba el referendo de los kelpers en
Malvinas pero no el de los habitantes de Crimea. ¿Encuentra paralelos en este sentido?
–No puedo entender que se sostenga esa comparación, porque las Falklands no son
parte de la Argentina. Uno podría argumentar que deberían serlo, pero eso es otro tema.
El referendo por el cual los isleños de las Falklands votaron seguir perteneciendo a Gran
Bretaña no es una situación similar a lo que pasa en el referendo de Crimea. Crimea fue
parte de Ucrania hasta la Revolución Rusa. El punto más amplio acá es que todas las
revoluciones son ilegales. Hablando estrictamente, hay un doble estándar por el cual se
podría acusar al gobierno provisional ucraniano y también a Occidente; y es que ellos
dicen que el referendo de Crimea es ilegal, pero se podría decir que Viktor Yanukovich fue
elegido democráticamente presidente y la revolución o el golpe –o lo que quieras
llamarlo– también fue ilegal. El problema de cualquier revolución es que todo está en
juego porque no hay una situación legal clara. Pasó lo mismo con el imperio ruso en 1917
donde hubo una revolución que voltea un emperador, se instaló un gobierno provisional, y
hubo casos como los de Ucrania y Finlandia que votaban para irse del imperio ruso. No es
una cuestión de legalidad. Se trata de cuanto están dispuestos a hacer los poderes
extranjeros para impedir que eso pase. Ese es realmente el punto aquí.
–¿Muchos sostienen que dice que lo que está pasando tiene grandes similitudes con los
meses previos a la Primera Guerra Mundial?
–No veo ningún paralelo. Creo que los estados bálticos y Polonia están nerviosos por esta
agresión rusa, con motivos históricos comprensibles. Pero es muy improbable que la
situación en Ucrania sobrepase los límites de ese país. Puede pasar al este de Ucrania,
pero no más allá.
–¿Qué es lo que teme, concretamente, Occidente ante esta maniobra?
–No creo que sea Occidente quien tema. Pero es una situación muy precaria porque no
hay nada que realmente se pueda hacer para detener la anexión de Crimea. Tampoco se
podrá luchar contra referendos en Ucrania oriental u otros lugares que quisieran
rejuntarse con Rusia. Occidente no puede parar esto. Creo que los políticos de Occidente
se están guiando por principios de soberanía y ley internacional y tienen razón en hacerlo.
Pero no creo que eso se base en el temor. Si hay miedo en los grandes poderes es por
parte de Rusia. Creo que el régimen de Putin tiene miedo de que Ucrania se junte con la
OTAN. Hay un miedo del movimiento democrático en Ucrania, y que las protestas de
Maidan, se desparramen hacia Rusia. Creo que el régimen de Putin tiene miedo de que
movimientos parecidos al de Maidan lleguen a Moscú. Entonces, el miedo está del lado
del Kremlin.
–¿Hay entonces una conexión directa entre la anexión de Crimea con los eventos en
Kiev? ¿Una es la consecuencia de la otra?
–Maidan comenzó, como usted sabe, a fines de noviembre por la decision del gobierno de
Yanukovich de aceptar el trato con los rusos en lugar del acuerdo con la Unión Europea.
Rápidamente se convirtió en un movimiento democrático contra una dictadura corrupta.
Moscú vio estas demostraciónes masivas y se puso muy nervioso que posibles
movimientos anti-autoritarios y anticoprrupción comiencen a ocurrir en Rusia. Creo que
eso en parte llevó a esta reacción rusa.
–Hacia el final del libro hay un párrafo que parece, ahora, profético: “La pérdida de Crimea
ha sido un golpe severo a los rusos... Nacionalistas han militado activamente para que
Crimea vuelva a Rusia...”
–Estoy sorprendido, y un poco horrorizado en realidad, de la dramática forma en la que
los paralelos han llegado a los títulos de los diarios en estos días. Hay una parte en el
libro en el cual hablo de los apuntes que hizo Nicolas I sobre un memorándum y, Dios
mío, es justamente como está pensando el Kremlin ahora. Lleno de resentimientos con
Occidente por sus dobles estándares: quejándose de que ellos intervienen donde quieren
pero cuando “nosotros” intentamos defender a los simpatizantes de nuestra religión en la
península balcánica ellos nos atacan. Si miras Rusia hoy, tiene exactamente el mismo
tono de resentimiento y de acusaciones con Occidente por su doble moral. En ese
sentido, nada realmente ha cambiado y la Guerra de Crimea sólo sirvió para fijar esa
sensación de resentimiento contra Occidente.
–En su libro enfatiza la capacidad de la prensa de influir en las políticas a través de la
opinión pública. ¿Como analiza el comportamiento de la prensa en este conflicto?
–En la Guerra de Crimea del período 1853-1856 hubo una prensa rusofóbica en Gran
Bretaña y también, aunque menos, en Francia. Hoy no hay un paralelo con esa situación,
aunque creo que se podría invertir la pregunta. Los medios controlados por Putin están
cebando profundos sentimientos anti-occidentales y eso está llevando a una posición de
endurecimiento entre rusos parlantes de Crimea. Sin embargo, diría que los medios
occidentales están haciendo un buen trabajo, básicamente. Tal vez estén reaccionando
lentamente tras haber estado, efectivamente, a favor del movimiento de protesta en
Maidan. Ahora, tal vez, se están dando cuenta de que esto es un poco más complicado y
de que hace falta comprender el punto de vista ruso, aunque no se tolere su
comportamiento. Esa comprensión tiene que ser parte de cualquier solución diplomática o
política.
–¿Nicolás I es un héroe y un modelo de Putin?
–No lo sé. Lo que puedo decir es que hay obvios paralelos. Nicolás I era un zar
tremendamente autoritario que aumentó la presencia de la policía, de la censura, aplastó
a grupos opositores y –en cierta medida– la opinión pública. Se envalentonó con su poder
y decidió enfrentarse con Occidente en defensa a lo que vio como los intereses de Rusia.
Pero a diferencia de 1854, ahora los poderes occidentales están muy débiles.
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