Kenia, ante los desafíos del multipartidismo y la democracia liberal

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ANÁLISIS
MAGUEMATI WABGOU
Kenia, ante los desafíos
del multipartidismo y la
democracia liberal
ituada en el África oriental y con sus 580.370 km2 de superficie, Kenia limita al sur con Tanzania, al oeste con Uganda, al suroeste con el lago
Victoria, al noroeste con Sudán, al este con Somalia, al sureste con la costa
del océano Índico, y comparte su frontera norte con Etiopía. Con una población de
36.913.721 habitantes (2007, estimado), el promedio de hijos por mujer es de 4,9 y
la esperanza de vida es de 55 años (2007, estimado). La composición étnica de la
población es muy diversa en la medida en que hombres y mujeres kenianos son
principalmente bantúes, nilohamíticos, nilóticos, camíticos, somalíes, sudaneses y
kushitas. Asimismo, se encuentran alrededor de 42 grupos étnicos, que abarcan a
los kikuyus, con el 22% del total de la población; los kalenjines, el 15%; los luhyas,
el 14%; los luos, el 13%; los kambas, el 11%; los kisiis, el 6%; los merus, el 6%;
otros grupos étnicos, el 12%; y los asiáticos, europeos y árabes, el 1%.
S
Cabe mencionar que, aunque los datos son inciertos, se estima que el 66% de la
población es cristiana (38% de protestantes y 28% de católicos), entre 10 y 20% es
musulmana, el 12% es practicante de las religiones tradicionales y el resto (2%) es
adepto a otras religiones, tales como el hinduismo, el jainismo y la fe bahai. El idioma oficial es el inglés mientras que el idioma nacional es el suahili.
En este contexto general, y con el fin de contribuir al entendimiento de los sucesos recientes (diciembre de 2007 a febrero de 2008) en Kenia, se expone una breve
mirada a la historia del país desde el siglo VII hasta el siglo XX.
■ De la colonización a la independencia
La colonización de Kenia remonta al siglo VII con la expansión del imperio árabe
que, partiendo de la Península Arábiga y Persa, abarcó el África del Norte, el África
sudánica occidental 1 y el África oriental. La mayoría de los árabes que se apoderaron del monopolio comercial en el África oriental y las islas del océano Indico hasta el siglo XVI eran «aventureros, herejes y rebeldes huidos de Arabia o Persia».
Maguemati Wabgou, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.
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análisis
Entre los siglos VII y XI, instalaron una serie de almacenes y comercios a lo largo de
la costa oriental africana conformada por Mogadiscio, Malindi, Mombasa, Pemba,
Zanzíbar, Mozambique, Kilwa y Sofala y terminaron estableciéndose en las Comores y Madagascar (islas del océano Índico). La migración de familias árabes a África
del Este provino particularmente del Hadramaut, en Arabia meridional. Con el paso
del tiempo, se ha ido consolidando la cultura islámica en la región costera junto a
las prácticas culturales autóctonas mediante matrimonios mixtos entre africanos
bantúes y colonos árabes. El proceso de integración sociocultural resultante fue
acompañado por el desarrollo de la lengua suahili 2 (lo que significa en árabe «costa», «costero» o «gente de la costa»), que se convirtió tanto en una lengua franca
del litoral este africano como en una lengua materna de la población mestiza. Kenia
vivió una influencia económica, cultural y religiosa marcada por el mundo árabe
hasta el establecimiento del sistema colonial portugués en 1498, que en los años
1600 fue eclipsado por la gestión política del líder islámico Imam de Omán. Tras la
conferencia de Berlín de 1885, Gran Bretaña estableció su dominio sobre el país
con la instauración del Protectorado del África del Este (East African Protectorate,
1895) antes de transformarse oficialmente en una colonia británica, hecho que ocurrió a partir de 1920.
El proceso de descolonización de Kenia se inició con varios movimientos de protesta a lo largo de la historia, de los cuales destaca la rebelión o guerrilla Mau Mau
(de 1952 a 1960). Los Mau Mau fueron «un movimiento campesino surgido de entre el mayor grupo étnico en Kenia, los kikuyus […]» (Wallerstein, 2008); una organización nacionalista, pro-independentista y espontánea, que actuó como una sociedad secreta alimentada por el sincretismo religioso, material y político, y que recurrió a métodos violentos y terroristas contra intereses británicos con el fin de
alcanzar metas sociopolíticas y económicas: «autonomía, recuperación de las tierras tomadas por los blancos, abolición del cristianismo y restauración del orden
tradicional reimplantando usos y costumbres antiguos. Sus acciones descoordinadas, pero eficaces, eran llevadas a cabo por grupos reducidos contando con el apoyo o colaboración de la mayoría de la población negra, que si bien a veces reprochaba sus excesos, mostraba simpatía por el movimiento» (Cortés López, 2001: 2).
Sus tácticas y objetivos incluían el asesinato de los colonos británicos y de los kenianos que colaboraban con los británicos, así como el ataque de las prisiones coloniales para llevarse armas y tender emboscadas en los bosques y las montañas a
los enemigos colonos. Ante la importancia del movimiento, las autoridades británicas optaron por el uso de la represión contra estos activistas; a finales de 1959 e inicios de 1960: una gran mayoría fue internada en campos de concentración y sometida a un sistema de control de movilidad con métodos represivos ejecutados por
miembros del ejército británico colonial de la zona, entre los cuales se destaca la
participación de Idi Amin Dada entre 1952 y 1956 (futuro dictador de Uganda tras
el golpe de Estado de 1971).
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En este contexto de fuertes represalias, queda definida la prohibición de todos los
partidos políticos del país, comenzando por la Unión Nacional Africana de Kenia
(Kenyan African National Union, KANU, por sus siglas en inglés), partido creado en
1960. Unos años antes, en 1952, Jomo Kenyatta, junto más de 100 otros dirigentes
políticos, fue encarcelado y condenado a siete años de prisión acusado de ser el cerebro del movimiento Mau Mau y de incitar al odio y la violencia contra los europeos. En 1958 el número de representantes africanos elegidos por sufragio directo
para el Consejo Legislativo se elevó a 14 por la Constitución de Lennox Boyd, secretario general del Colonial Office, avance que no logró desactivar las tensiones
generadas por las críticas a la representatividad de estos elegidos que raramente llegaban a acuerdos para llevar a cabo en conjunto la africanización de las instituciones. Además, ni los radicales blancos, ni los negros de la misma tendencia agrupados en un nuevo partido no reconocido por la administración colonial, el Movimiento para la independencia de Kenia (The All African Kenya Independance
Movement, KIM) liderado por Oginga Odinga, Gikonyo Kiano y Tom Mboya, no
aceptaron la idea del «equilibrio multirracial» que la Constitución pretendía establecer. Un año después, en 1959, por medio de una ley especial, se concedió a los
africanos de cualquier grupo étnico-racial el derecho a poseer tierras en cualquier
parte del país, rompiendo uno de los privilegios más conservados de los europeos,
el monopolio blanco de la tenencia exclusiva de las mejores tierras. Esta medida
tampoco suscitó entusiasmo entre los africanos nacionalistas que aspiraban a obtener la independencia.
Las autoridades británicas organizaron, en febrero de 1960, la Conferencia de
Lancaster House para intentar un consenso con los nacionalistas africanos en torno
al procedimiento electoral en el Consejo de Ministros. «Los africanos querían elecciones con colegio único y algunos escaños reservados a otros grupos y mayoría en
el Consejo de Ministros. Las otras formaciones pretendían la instalación de colegios
especiales para cada una de las etnias. La fórmula aceptada fue la creación de una
Cámara con 65 escaños en la que los miembros elegidos serían: 33 africanos, 10
europeos, ocho asiáticos y dos árabes. A éstos, había que añadir otros 12 miembros
designados: cuatro por cada uno de los grupos anteriores, excluyendo a los árabes»
(Cortés López, 2001: 3). Sin embargo, persistió la influencia del factor étnico en la
vida política keniana en la medida en que a un año de las elecciones de 1961, se
produjo una división polarizada de la Unión Africana de Kenia (KAU), partido nacionalista creado en 1944 por Jomo Kenyatta: la Unión Nacional Africana de Kenia
(KANU) y el partido Unión Democrática Africana de Kenia (Kenya African
Democratic Union, KADU). El KANU, integrado en su mayoría por kikuyus y algunos luos, estaba liderado desde 1960, entre otros, por Oginga Odinga (luo) y Tom
Mboya (luo) puesto que Kenyatta (kikuyu) estaba preso desde 1952, defendía un
Gobierno centralizado en Nairobi y una constitución unitaria. Mientras, el KADU,
integrado en buena parte por miembros de etnias minoritarias y encabezado por
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Ronald Ngala, abogaba por la necesidad de reunir a los pequeños grupos étnicos en
un Estado federal que garantizara los intereses de las minorías étnicas. Es decir, el
KADU aspiraba a establecer un sistema político federal favorable a las autoridades
regionales y un Gobierno central débil con base en una Constitución federal: se trataba de un régimen federal que permitiría evitar la concentración del poder en manos de los kikuyus. Esta posición que encontró el apoyo de los moderados blancos
y de la administración colonial, exigía encontrar una solución de compromiso consistente en un Gobierno central fuerte con la concesión de fuerzas moderadas en
las asambleas regionales.
El nacionalismo defendido por el KANU siguió con sus luchas de emancipación y
reivindicación hasta que ganó las elecciones de febrero de 1961; asimismo rechazó
toda posibilidad de formar un Gobierno sin Jomo Kenyatta, lo que implicó reclamos
para su liberación de parte de su partido y sus seguidores. Mientras tanto, Ronald
Ngala accedió a formar Gobierno con algunos aliados europeos y asiáticos. Un año
después, esta iniciativa fracasó por falta de respaldo popular. Con la liberación de
Jomo Kenyatta en enero de 1962, la clase política retomó la vía de la salida a la crisis política mediante una nueva conferencia en Lancaster House que tuvo lugar en
febrero del mismo año. Ante la imposibilidad de conciliar las posiciones completamente incompatibles de ambos partidos, Kenyatta no dudó en «[…] considerar la
independencia como única solución a los problemas y a tomar con firmeza la dirección de los asuntos de Estado. En las elecciones de mayo de 1963, el KANU
consiguió el 75 % de los escaños y el 1 de junio fue nombrado primer ministro que,
al mismo tiempo, controlaba las relaciones exteriores, la seguridad interna y el
Ejército. En septiembre de este mismo año otra nueva conferencia en Londres fijó la
independencia para el 12 de diciembre de ese mismo año» (Cortés López, 2001: 4).
En síntesis, tras un largo proceso de descolonización marcado por protestas populares, tensiones y distensiones (1951-1963), Jomo Kenyatta proclamó la independencia de Kenia el 12 de diciembre de 1963, asumiendo la dirección política del
nuevo Estado. Pero pronto en 1966, el vicepresidente Oginga Odinga (de etnia luo)
se distanció del Gobierno debido a sus molestias con el presidente Kenyatta y formó un pequeño partido izquierdista de la oposición denominado Unión de los
Pueblos de Kenia (Kenya People's Union, KPU). El KPU fue prohibido poco después
y su líder detenido en 1969 junto con otros dirigentes. A continuación, Odinga fue
encarcelado varias veces (por ejemplo en 1982 y 1983 bajo el régimen de Arap
Moi), convirtiéndose en la década de los ochenta en uno de los máximos líderes de
la oposición. Tras la prohibición de los partidos de la oposición en 1969, Kenia se
convirtió en un sistema de partido único bajo la hegemonía del KANU, y Tom
Mboya (de etnia luo), que se había desempeñado como ministro en el Gobierno de
Kenyatta, fue asesinado. La acumulación de hechos incita el descontento de los
grupos étnicos minoritarios y provoca motines políticos de carácter étnico ya que
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Kenyatta fue muy criticado por gobernar en beneficio de los kikuyus y en detrimento de los demás grupos étnicos.
■ Contiendas multipartidistas
La era poscolonial de Kenia fue marcada por el autoritarismo de Jomo Kenyatta y
la hegemonía de su partido, el KANU, con base a una ideología unitarista llamada
socialismo africano tradicional. Para Kenyatta, «[…] el socialismo africano democrático que rechaza tanto el capitalismo salvaje como el comunismo, constituye la
base del desarrollo keniano y, según Tom Mboya, ministro de Economía de Jomo
Kenyatta y teórico de dicho socialismo, el socialismo africano tradicional asegura a
todos los miembros de la sociedad unos medios de subsistencia relativamente adecuados. Por ello, se niega a inspirarse en los modelos de Occidente y de Oriente y
lo hace en la filosofía de las sociedades africanas tradicionales que se fundamentan
en la caridad universal y ‘las concepciones cosmológicas que hacen del hombre,
no un medio para la sociedad sino un fin en sí mismo dentro de la sociedad’ […] se
niega la existencia de clases en África y, al mimo tiempo, se elogian la propiedad
privada, el enriquecimiento individual y el derecho al consumo y a la acumulación
individual […]» (Kabunda, 1997: 78-79). 3 Además, «[…] en el socialismo africano,
todos los miembros de la sociedad son importantes e iguales. El Estado tiene la obligación de asegurar iguales oportunidades a todos sus ciudadanos, erradicar la explotación y la discriminación y proveer los servicios sociales necesarios tales como
la educación, la atención médica y la seguridad social» (Republic of Kenya, 1965;
p. 4, citado por Ayittey, 2005: 69).
Después de trece años de Gobierno autocrático, Jomo Kenyatta murió en agosto
de 1978, a los 85 años, dejando un vacío de poder. Daniel Arap Moi, su vicepresidente, como presidente interino, va a seguir fielmente la línea política trazada por
su ex mentor Kenyatta con el fin de terminar el mandato en noviembre de 1978, antes de liderar a su partido KANU en las elecciones generales del mismo año, elecciones de las cuales salió confirmado como segundo presidente de la república de
Kenia. Como miembro del grupo étnico kalejin, el mantenimiento de Moi en el poder presagiaba el final de la dominación kikuyu en la vida política del país, debilitando las tensiones políticas con trasfondo étnico existentes. Sin embargo, la agudización de la crisis económica marcada por la desconfianza en la administración
Moi con un régimen unipartidista, que siguió las líneas trazadas por la ideología del
socialismo africano: «[…] basándose en los ricos recursos del país, ha reforzado el
liberalismo, logrando un relativo crecimiento económico controlado por el capital
extranjero […] Así el sistema capitalista fue introducido en nombre del socialismo
africano que quedaba solo a nivel teórico, en los discursos oficiales, mientras que
en la práctica, Kenia ha seguido abiertamente la vía del desarrollo capitalista con el
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mantenimiento de los intereses sudafricanos. El socialismo sigue siendo una simple
disposición de espíritu, sin efectos reales» (Kabunda, ibid.: 79). En otras palabras,
«[…] las desconfianzas continuaron, agravadas por la difícil situación económica:
el tipo de actividades emprendidas por el capital trasnacional provocó desequilibrios estructurales que ahondaron la crisis y las tensiones sociales». 4
Antes de terminado su primer mandato presidencial de 6 años, Daniel Arap Moi
anticipó las elecciones de 1983 presentándose como candidato y ganando rotundamente. Esta sería una estrategia para confirmarse en el poder con el fin de expandir
las atribuciones de su cargo en detrimento del Parlamento, después de haber sufrido
un golpe de estado fallido en 1982 y una «supuesta» tentativa de golpe en 1983,
con la hipotética complicidad de Israel y Suráfrica. Tras el complot militar de 1982,
estalló una violenta crisis en agosto que culminó en gigantescas protestas populares
y saqueos generalizados de los comercios y edificios públicos de Nairobi. Esto fue
seguido de medidas represivas sin precedentes de parte del Ejército (favorable al
presidente Moi) contra los responsables de la tentativa de golpe, profesores y estudiantes universitarios, partidos opositores, entre otros. Una situación que desembocó en la profunda alteración de las relaciones políticas en Kenia puesto que se instaló una creciente desconfianza entre los diversos actores y grupos políticos integrantes del KANU. En los años siguientes, «obligó a todos los funcionarios públicos
a afiliarse al KANU y suprimió la votación secreta en las elecciones internas del
partido por un sistema de voto público que facilita las prácticas intimidatorias. La
organización de mujeres Manndeleo Ya Wanawake, moderadamente opositora, fue
intervenida por el Gobierno en 1986. Las denuncias de violaciones a los derechos
humanos, sostenidas por Amnistía Internacional y otras organizaciones, involucraron al Gobierno en torturas y asesinatos de opositores y especialmente de miembros
del movimiento subversivo Mwakenya […] En agosto de ese año [1988] Moi completó la institucionalización autoritaria poniendo a las autoridades judiciales bajo
su mando directo y extendiendo el plazo de detención preventiva de 24 horas a 14
días, sin necesidad de dar aviso al juez». 5 Estas prácticas marcaron una nueva etapa
del endurecimiento del manejo del poder central con carácter esencialmente dictatorial: Moi se vuelve un presidente impopular y la imagen del país se deteriora afectando negativamente al turismo, fuente básica de la economía keniana.
Las respuestas locales e internacionales a estas formas represivas de gobierno fueron constantes con oleadas de protesta popular contra el gobierno Moi y aislamiento diplomático, principalmente a finales de los ochenta. A pesar de que la presión
se alivia tras la guerra del golfo Pérsico debido al firme apoyo que brindó Moi a
Estados Unidos y la coalición multinacional, cabe resaltar el deterioro de las relaciones diplomáticas de Kenia con países como Noruega, Sudán, Etiopía y Uganda
por motivos que van desde la violación de los derechos humanos hasta las acusaciones mutuas de protección a grupos rebeldes. En este contexto, marcado por re-
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vueltas internas y la presión externa, el presidente Moi propuso e impulsó en 1991
reformas democráticas con la autorización del multipartidismo a nivel nacional con
el fin de impulsar una fachada de democracia, una apertura democrática que no le
impedirá ordenar la encarcelación de algunas personalidades opositoras tales como
el abogado James Orengo y la ecologista Wangari Maathai 6 a principios de 1992,
acusados de «difundir rumores maliciosos», según los cuales el presidente tenía planes para entorpecer el proceso de democratización iniciado en 1991. La versátil y
sutil personalidad del presidente-dictador Moi lograba desarmar a menudo a sus
oponentes obsesionados por el poder. Por ejemplo, tras las fraudulentas elecciones
nacionales de diciembre de 1997 que dieron la victoria a Moi y las críticas generalizadas sobre la legitimidad de su presidencia, no dudó en nombrar a Raila Odinga y
Mwai Kibaki para que ejercieran una vicepresidencia conjunta que definitivamente
contribuyó a bajar la tensión política en el país.
Si duda, estos disturbios políticos tienen un trasfondo interétnico que ha ido instrumentalizando el mismo Daniel Arap Moi con el fin de mantenerse en el poder
durante cuatro mandatos consecutivos (1978-2002): veinticuatro años de gestión
caótica del país, de descontento popular por la prolongada dictadura, salpicada de
despotismo, y de marasmo económico. Un marco en el que Moi por razones constitucionales sería obligado a no presentar su candidatura para la elección presidencial de 2002. Esta limitación lo llevó a brindar su apoyo a Uhuru Kenyatta, del KANU, (hijo del primer presidente de Kenia, Jomo Kenyatta) como aspirante a la presidencia, frente al candidato de la Coalición Nacional Arco Iris (National Rainbow
Coalition, NARC), Mwai Kibaki. 7 En estas elecciones participó Raila Odinga a cambio del cargo de primer ministro, cargo que nunca le fue otorgado. Sería una coalición fruto de las concertaciones iniciadas por el candidato en octubre de 2000: se
trata de una alianza de su partido, Partido Democrático (PD), con el Partido Liberal
Democrático (LDP), el Foro para la Restauración de la Democracia en Kenia (Forum
for the Restoration of Democracy, FORD-K), el Partido Nacional de Kenia (National
Party of Kenya, NPK) y otros trece grupos menores. El programa de la Coalición defendió una nueva estrategia de desarrollo económico, socialmente orientado e incompatible con la corrupción 8 y un proyecto de construcción de una nación multiétnica. Frente al joven Kenyatta, Kibaki ganó estas elecciones presidenciales tras
haber hecho valer su experiencia como economista y gestor, además de tener fama
de incorruptible.
De todos modos, el proceso de democratización emprendido por Moi en 1991
permitió el nacimiento y la legalización de nuevos y antiguos partidos y movimientos, mayoritariamente de la oposición. De ellos, se destacan el Foro para la
Restauración de la Democracia (Forum for the Restoration of Democracy, FORD),
liderado por Oginga Odinga, por su programa socialista; el Partido Democrático
(Democratic Party, DP) de Mwai Kibaki; la Liga de Mujeres Votantes de Kenia (The
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análisis
League of Kenya Women Voters, LKWV); el Congreso Social de Kenia (Kenya Social
Congress, KSC), de George Anyona; el Congreso Nacional de Kenia (Kenya
National Congress, KNC), de Chilube wa Tsuma; y el Partido de los Candidatos
Independientes de Kenia (Party of Independent Candidates of Kenya, PICK), de
Harun Mwau. Se observa el constante desmembramiento de los partidos tradicionales de la oposición por motivos internos a las organizaciones y formaciones, realidad que refleja el carácter reciente, cambiante y frágil de la democracia keniana.
Por ejemplo, el Foro para la Restauración de la Democracia (FORD) se dividió principalmente en FORD Asili (FORD-A), FORD Kenia (FORD-K) y FORD People
(FORD-P). En esta misma lógica se observan varias desintegraciones de las clase política, tales como las que se presentaron en medio de un proceso de revisión constitucional puesto en marcha por el presidente Mwai Kibaki en 2005: el Movimiento
Democrático Naranja (Orange Democratic Movement, ODM) de Raila Odinga, 9
principal partido opositor del país, se separó del Movimiento Democrático NaranjaKenia (Orange Democratic Movement Kenia, ODM-K) y la Coalición Nacional del
Arcoiris Kenia (NARC-K) derivada de la división de la Coalición Nacional del
Arcoiris (NARC). Igualmente, hay que mencionar la creciente importancia de los
partidos islamistas 10 (por ejemplo, el no autorizado Partido Islamista de Kenia en
1992, IPK) en el país en general, y entre las comunidades musulmanas de la costa
(principalmente en Mombasa) en particular: el movimiento de los Musulmanes para
los Derechos Humanos (Muslims for Human Rights, Muhuri), el Consejo de los
Imanes y Predicadores (Council of Imams and Preachers) y el Consejo Supremo de
los Musulmanes y Amigos de Al Aqsar de Kenia, ala de Mombasa (The Mombasa
branch of the Supreme Council of Kenya Muslims and the Friends of Al Aqsar), siguen jugando un papel importante en la vida política de Mombasa a pesar de sus limitaciones que consisten en que no tengan todavía ningún vehículo político para
incorporar su agenda en el nivel nacional.
Tras cumplir su primer mandato en 2007, Mwai Kibaki, de la etnia kikuyu, se
postuló a un segundo mandato para las elecciones presidenciales de diciembre como representante de una coalición de catorce partidos denominada Unidad
Nacional (Party of National Unity, PNU). Su rival, Raila Odinga (hijo de Oginga
Odinga) de la etnia luo y líder del Movimiento Democrático Naranja (ODM), denunció los fraudulentos resultados de estos polémicos comicios que daban la victoria a Kibaki. Cabe recordar que los resultados de las elecciones parlamentarias realizadas simultáneamente con las presidenciales, otorgaban una aplastante victoria al
ODM y la consiguiente derrota del PNU. Por tanto, se proyectaba la victoria de
ODM en las elecciones presidenciales. Contra toda expectativa, Kibaki tomó posesión de su segundo mandato el 30 de diciembre de 2007, una reelección cuestionada por la oposición y los observadores occidentales que supervisaron dichas elecciones. Por ello, la observación de Wallerstein (2008) nos parece pertinente para
aprehender las fuerzas implicadas en las dinámicas de política keniana desde la lle-
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gada de Kibaki al poder. Wallerstein escribe: «Estados Unidos reclutó a Kibaki como aliado clave. Se le recompensó con mucho dinero del exterior y con los interminables encomios del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Los años
de 2002 a 2007 fueron un periodo de considerable crecimiento económico en términos neoliberales. Pero Kibaki renegó de todas sus promesas. El crecimiento económico no se filtró abajo, a los pobres rurales, ni a las multitudes de los guetos urbanos. Kibaki corrió al hombre que había contratado para investigar la corrupción.
Y se deshizo de Odinga y de otros aliados de la NARC. Así que cuando llegaron las
nuevas elecciones en 2007, el ODM y Odinga ganaron fácilmente. El hecho de que
Arap Moi ahora respaldara a Kibaki no fue relevante. El ODM enfatizó las crasas
inequidades en Kenia. Llamó a una renovada guerra contra la corrupción. Y comenzó un entendimiento con la comunidad musulmana de Kenia para ponerle un alto a
las entregas de «terroristas». Fue obvio que el programa le gustó a los votantes, pero
no a Kibaki. Así que se robó la elección. Y Estados Unidos y Gran Bretaña hacen un
gran intento por que funcione su hurto electoral».
La contienda electoral se convierte entonces en foco de violencias y enfrentamientos políticos marcados por un trasfondo étnico. Este carácter étnico predomina
sobre lo político en la descripción de la situación keniana que hacen los medios de
comunicación occidentales puesto que el líder opositor Odinga cuenta con el firme
respaldo de sus aliados luos mientras que los seguidores del presidente Kibaki son
mayoritariamente kikuyus, grupo que desde la independencia han dominado la vida política del país. Pero aquí sostenemos que se trata de una crisis política con impacto en las formaciones sociales étnicas ya que los actores políticos las han instrumentalizado para fines políticos, siguiendo una lógica de personificación e identificación étnicas del poder pese a las retóricas y declaraciones de buena intención
(visión interétnica) de parte de los actores políticos como Kibaki: el conflicto político al que aludimos deriva de las dificultades de alternancia del poder (acceso al poder del partido opositor), un práctica fundamental de la democracia liberal.
Tampoco puede desconocerse que las consecuencias de los enfrentamientos entre
miembros de distintos grupos étnicos son muy graves porque contribuyen a desmoronar la frágil cohesión social mantenida desde el inicio del multipartidismo (1991)
y a romper los tejidos sociales y políticos en el país: las zonas rurales y los suburbios de las zonas urbanas han sido los más afectados con un saldo de más de 1.500
muertos y cientos de miles de personas desplazadas.
Estos violentos sucesos causaron la preocupación e interés de la comunidad internacional encabezada por la Unión Africana (UA) que propuso la mediación 11 del
ghanés Kofi Annan, ex secretario general de la ONU, ante los dos protagonistas de
los recientes sucesos kenianos, quienes, a duras penas, pactaron un acuerdo político el 28 de febrero de 2008. Lo esencial de este acuerdo, tras varias semanas de
negociaciones, gira en torno a la formación de un gobierno de coalición o unidad
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análisis
con el fin de compartir el poder entre el Gobierno, representado por el presidente
Mwai Kibaki y la oposición, liderada por Raila Odinga. Sin embargo, es imprescindible crear legalmente el puesto de primer ministro que va a ocupar la oposición en
la medida en que la Constitución keniana no lo prevé; esta responsabilidad reposa
en el Parlamento, dominado por la oposición, que ratificó el acuerdo. Además, con
la intención de asegurar una continuidad del Gobierno y una estabilidad política
durante los próximos años, se fijaron otras dos condiciones esenciales: (1) el primer
ministro solo será reemplazado si el Parlamento aprueba una moción de censura,
sus funciones se limitan a la coordinación y supervisión de las funciones ejecutivas
del Gobierno y la de los dos viceprimeros ministros; estos últimos solo serán reemplazados mediante una moción de censura aprobada por el Parlamento; y (2) la coalición gobernante solo podrá disolverse si se disuelve el Parlamento.
Este acuerdo abrió paso al cese de violencias étnico-políticas, condición necesaria para entablar amplias negociaciones entre el Gobierno y la oposición con el fin
de abordar temas relacionados con la formación de un nuevo Gobierno, las reformas constitucionales, los mecanismos para establecer a mediano o largo plazo la
confianza entre los pueblos, el retorno de las poblaciones desplazadas, el establecimiento judicial de las responsabilidades de los criminales y acusados de corrupción, entre otros. En definitiva, la situación caótica en la que se encuentra este país
después de la crisis nos lleva a elaborar algunos planteamientos con el fin de abrir
el debate en torno al funcionamiento y la viabilidad de la democracia liberal en
Kenia y el resto del continente africano.
■ Reflexiones finales a modo de cierre
El análisis de la coyuntura política que afectó a Kenia entre diciembre 2007 y febrero 2008, ineluctablemente, nos ha llevado a hacer un recorrido histórico, remontándonos a los tiempos coloniales árabes y europeos, porque creemos que la aprehensión de estos conflictos desborda los límites de una polémica electoral puntual:
es necesario incursionar en este pasado keniano y sus consecuencias para comprender las lógicas de producción (¿por qué? y ¿cómo?) de esta lamentable situación. Por
ello, los ataques interétnico-políticos carecen de fundamento aunque entendemos
que tras los polémicos comicios de diciembre 2007 y sus implicaciones étnicopolíticas (conflictos, asesinatos, desplazamientos, etc.) volvieron a aflorar desencuentros
y disensos profundos, producto de las herencias coloniales que crearon heridas no
cerradas a pesar del paso del tiempo. Aun así, la responsabilidad política recae más
en la clase política cuyas prácticas, discursos clientelistas y recurso a la personificación del poder han sido determinantes para que las masas populares rayan en el reino de la confusión, el odio y la revancha contra el «otro étnico», supuestamente
ventajeado o favorecido individual y/o colectivamente por el régimen de turno.
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Los problemas surgidos de las relaciones étnicas en el presente tienen sus raíces
en el legado colonial de la gestión patriarcal del poder en función de las pertenencias étnicas y las clases sociales. El grupo étnico kikuyu es quien más dominio político y económico ha tenido en el país, teniendo en cuenta la participación de integrantes de las etnias kalejin con Moi, luo, con Odinga. Además, los miembros de la
etnia kikuyu fueron la punta de lanza del movimiento que desembocó en la independencia de Kenia, en 1963, hecho que recuerda el papel del movimiento Mau
Mau en esa insurrección. Igualmente, Jomo Kenyatta, el líder de las reivindicaciones proindependentistas y el primer presidente del país es kikuyu; y todas las tramas, renuencias y manipulaciones de la administración colonial británica para conceder la independencia junto con sus derivas etnicistas a favor o contra la opción
de un Estado federal y la divisiones internas de las clases políticas kenianas, entre
otros, se constituyen en el caldo de cultivo de la situación vivida en la era poscolonial y en la génesis de las tensiones étnico-políticas que, a pesar del discurso integrador, siguen creciendo y agudizándose.
Como en muchos otros países africanos, todavía no se ha logrado o producido la
despersonalización «étnica» de la política en Kenia. La etnia kikuyu sigue ostentando el legado histórico (protagonismo en la lucha proindependentista y en el liderazgo político posindependentista) como una garantía y un derecho «natural» a gestionar y, quizás, adueñarse del poder: la clase política keniana, sobre todo de origen
kikuyu, todavía no ha sido capaz de superar este «complejo de superioridad» con
respecto a lo «político», que la sitúa en posiciones privilegiadas y la mantiene definitivamente en una ceguera política o una falta de visión política. Sin embargo, no
basta ser kikuyu para beneficiarse de los favores de índole política y económica de
parte del régimen; es necesario pertenecer al clan político para alcanzar este fin. Se
observa que la clase política keniana ha quedado prácticamente igual desde la independencia del país, y sobre todo a partir de los noventa, teniendo en cuenta los repetidos cambios en la composición y tono de las alianzas entre las mismas personas.
Nos referimos así a los dos protagonistas políticos actuales: en 1992, ejercieron por
un tiempo relativamente corto juntos en el Gobierno de Moi como vicepresidentes;
en el 2002, formaron juntos la coalición NARC para las elecciones presidenciales
antes de que Odinga se distancie de Kibaki. Además, Kibaki, como cacique del KANU, ha ocupado varios puestos en los gobiernos de Jomo Kenyatta y de Moi, que
parte desde el ministerio de Finanzas (1963-1965) hasta la vicepresidencia de la
República y el ministerio de Interior entre 1983 y 1988, pasando por la cartera de
Finanzas y Planificación Económica (1969-1982), entre otros. Se distanció del régimen Moi al criticar principalmente la gestión caótica del país según las pertenencias
étnicas y con base en la corrupción. Sin embargo, se observa que durante su administración (2002-2007), no cumplió con su promesa de lucha contra la corrupción y
la visión de establecer bases interétnicas en la práctica política del país y quedó preso de las costumbres políticas clánicas recurriendo a una mera retórica voluntarista.
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análisis
Por último, no sobra mencionar que Raila Odinga no es un ángel ni un revolucionario ya que heredó de las prácticas políticas del clan político y los lobbies de su
padre Odinga Odinga, que fue un ilustre opositor de los regímenes Kenyatta y Moi.
En esta línea, se reproducen viejos métodos «radicales» de oposición, dignos de la
época del despotismo Moi, en pleno siglo XXI. En ambos lados, urge revisar sus estrategias políticas en la medida en que no nos parece «sano» que valga la pena esperar algo más de dos meses para llegar a un acuerdo con el Gobierno de Kibaki
conocido por su insensibilidad a las demandas populares respecto de los cambios
políticos, mientras que el pueblo y el país están enfrentados a fuego y sangre. Es necesario revisar y replantear sus visiones «radicales» de la política en un país más
que nunca insertado en el sistema global mundial y cuya economía depende mucho del turismo.
Es más, siendo un país «democráticamente joven» que vive el multipartidismo
desde 1991, hace falta un aprendizaje institucional porque estamos en presencia de
«[…] sistemas multipartidistas inexpertos […] en los cuales un progreso genuino hacia la democracia coexiste con un tinte de autoritarismo suficientemente fuerte para
levantar dudas acerca de los resultados democráticos [presentes y] futuros» (Van de
Valle, 2004: 195); y persiste un problema de funcionamiento de las instituciones
con toda su transparencia. Los sucesos violentos acaecidos entre diciembre de 2007
y fines de febrero de 2008 en Kenia destapan el carácter paradójico de la democracia liberal y las condiciones concretas del Estado y la sociedad en Kenia y el resto
de África con procesos orientados al multipartidismo más bien impulsados desde
arriba sin la acción de la base popular, con el fin de responder a las exigencias del
nuevo orden mundial globalizado. «Por muchos años, pero en particular en los últimos cinco años, Kenia es vendida en la prensa y por los gobiernos de Occidente
como una «democracia estable», a diferencia de tantos otros Estados africanos. Uno
podría recordar que el otro Estado que solía recibir este cumplido era Costa de
Marfil, que en años recientes ya cayó en una guerra civil continuada. ¿Qué significa
que la llamen una «democracia estable»? Parece querer decir que es un Gobierno
confiablemente pro Occidente y muy abierto a la inversión occidental. Kenia se
ajusta a ese modelo, como lo hizo Costa de Marfil. Dicho país se desbarrancó, y
ahora parece que Kenia pudiera estar en situación semejante» (Wallerstein, 2008).
De todos modos, nos parece importante resaltar el papel jugado por Kofi Annan
como mediador entre los dos protagonistas de la escena política keniana con el fin
de llegar a un acuerdo político a esta crisis política, ya que se trata de un africano y
no un europeo o norteamericano que cumplió «exitosamente» con sus responsabilidades de conciliador pese a las dificultades implicadas. Esto es simbólicamente importante desde una visión panafricanista. Sin duda que la presión ejercida por
Estados Unidos sobre los mismos protagonistas ha contribuido a encontrar una salida a esta rivalidad política.
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1. Es distinto del Sudán, país ubicado en el África del Este. Se refiere a la «[…] región geográfico-histórica que comprende Senegal, Malí, Níger, Burkina Faso, Chad, parte de Mauritania y porciones de países
costeros del alto golfo de Guinea […]» (Hrbek, 1992: 27). El África sudánica incluiría también Sudán.
2. También conocido como kisuahili, el suahili comenzó a expandirse mediante extensas interacciones
entre africanos de la región oriental con los del Océano Índico tal como las islas Comores y Madagascar;
teniendo en cuenta que el comercio y las migraciones ayudaron a difundir la lengua entre naciones del
sureste africano tales como Malaui y Tanzania. Es discutible cuánta gente habla suahili como primera o
segunda lengua puesto que las más conservadoras estimaciones hablan de 45 millones mientras que otras
señalan unos 60 millones de personas en África del Este y Central, particularmente en Tanzania, Kenia,
Uganda, Somalia, Mozambique, Malaui, Ruanda, Burundi, Zambia y la República Democrática del
Congo. En la actualidad, el suahili es una lengua oficial de la Unión Africana (UA) porque se considera
que es parte de la identidad africana y se espera que en el futuro se convierta en «una lengua panafricana». Las otras lenguas oficiales de la Unión Africana son el inglés, el francés, el árabe, el portugués y el
español.
3. Para más detalle sobre el socialismo africano keniano y sus contradicciones, véase Kabunda (1997: 7779).
4. Disponible en http://www.cddhcu.gob.mx/comisiones/exteriores/paises/kenia.htm Consulta el 31
de marzo de 2008.
5. Disponible en http://www.cddhcu.gob.mx/comisiones/exteriores/paises/kenia.htm Consulta el 31
de marzo de 2008.
6. Vale la pena recordar que a Wangari Maathai le otorgaron el Premio Nobel de la Paz de 2004 por su
compromiso con el medio ambiente dadas sus iniciativas y acciones en contra de la deforestación en el
país lideradas desde la ONG «Green Belt Movement», que han tenido efectos en países africanos como
Tanzania, Uganda, Malaui, Lesotho, Etiopía y Zimbabue.
7. No sobra destacar algunos puestos ocupados por Kibaki en su trayectoria política: secretario parlamentario en el ministerio de Finanzas (1963-1965), titular de la cartera de Comercio e Industria entre
1965-1969; ministro de Finanzas y Planificación Económica (1969-1982), vicepresidente de la KANU
(1978-1986), vicepresidente de la República y ministro de Interior entre 1983 y 1988 antes de convertirse en un disidente de la KANU en diciembre de 1991, creando asimismo el Partido Democrático
(DP) con proyecciones interétnicas.
8. Cabe destacar el carácter atractivo de la estrategia de la NARC sobre la cuestión de la corrupción, que
se ha vuelto un serio problema en el país. Sobre el estado de la corrupción en Kenia y su impacto sobre
la economía nacional, véase Mathangani (2007).
9. En las elecciones de 1997, como líder del Partido Nacional de Desarrollo (NPD).
10. Sobre el Islam y la política en África del Este (Kenia, Uganda y Tanzania), véase Oded (2005).
11. Además, cabe destacar la presencia del presidente de Tanzania, Jakaya Kikwete, presidente de turno
de la Unión Africana, y de Benjamín Mkapa, ex presidente de Tanzania e integrante del equipo de mediación.
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análisis
BIBLIOGRAFÍA
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Nueva York.
CORTES LOPEZ, José Luís (2001): Historia contemporánea de África, desde 1940 a nuestros días, Editorial
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HRBEK, Ivan (1992): «África en el contexto de la historia mundial» en Mohammed EL FASI & Ivan
HRBEK (dirs.) Historia general de África. África entre los siglos VII y XI, Vol. VIII, Tecnos, Madrid.
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unipartidista al pensamiento úniconeoliberal, Acidalia, Barcelona.
MATHANGANI, Patrick (2007): «Fighting corruption is costly: tax payers must get value for their money» Adili, No. 89, (Kenya. economic cost of corruption, Transparency international) Abril.
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http://www.binghamton.edu/fbc/225spj.htm Consulta 1 de abril de 2008.
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