No se culpa a nadie

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Julio Cortázar, nació en Bruselas en 1914.
Es uno de los escritores argentinos más importantes de
todos los tiempos.
Estudió Letras y Magisterio, y trabajó como docente en
Argentina.
Se mudó a París,
Sus cuentos son casi imperfectibles.
Rayuela, una de sus novelas, marcó un hito en la narrativa
contemporánea.
Cortázar murió en París en 1984.
No se culpe a nadie
por Julio Cortázar.
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel
contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para
elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay
que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño
es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un
tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y
empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la
camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo,
poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño
de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y
metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se
arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora
que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al
extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la
otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas
la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de
costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y
aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza
apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar
nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la
altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga
enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la
repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza
a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar
afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por
la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre
pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que
reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las
mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir
fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna
de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de
abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la
nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a
respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca,
probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo
momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una
afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano
derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le
está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la
mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que
puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire
poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente
salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la
manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana
que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla
cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las
pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va
envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo
eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver
sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la
tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha,
porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la
habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir
subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese
movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier
pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa
la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado
completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la
camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve
traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se
siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y
estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para
ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha
metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que
va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una
manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda,
del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en
cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire
aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como
arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla
cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha
perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de
gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que
tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde
a una finalidad
utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera
solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar
la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la
mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo
renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la
altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a
tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del
aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un
dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas.
Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga
izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la
mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse,
aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la
mano izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata
quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo
porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con
todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto
que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar
la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando
con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la
habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la
ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere
detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver,
áunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos
mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a
poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del
pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado
y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por
las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y
pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad
acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de
la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas
y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha
salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y
espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el
tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco
a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de
adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus
ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar
los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano,
que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para
que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara
mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin
mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo
acompañe y lo acaricie y doce pisos.
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