GRANDES SIMIOS, PERSONAS Y ANIMALES. RESPUESTA A LOS

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GRANDES SIMIOS, PERSONAS Y ANIMALES.
RESPUESTA A LOS CRITICOS
Paula Casal y Peter Singer*
[email protected]
RESUMEN
Este trabajo es una réplica a nueve filósofos españoles que respondieron a nuestro ensayo «El
Proyecto Gran Simio y el concepto de persona» (Laguna 7, 2000). Explicamos por qué El
Proyecto Gran Simio no es antropocéntrico ni especista. Aceptamos que para mostrar por
qué debería ser ilegal matarlos, torturarlos o encarcelarlos arbitrariamente, no es necesario
argumentar que los grandes simios son «personas», que poseen «derechos» o que pueden
«usar» un lenguaje humano. También explicamos por qué, no obstante, los términos «persona, «derechos» y «uso» del lenguaje han sido empleados justificadamente en este contexto.
PALABRAS CLAVE: grandes simios, personas, derechos, lenguaje.
This paper is a reply to nine Spanish philosophers who wrote in response to our essay «The
Great Ape Project and the concept of person» (Laguna 7, 2000). It explains why The Great
Ape Project is not anthropocentric or speciesist. We grant that it is not necessary to argue
that the great apes are «persons», posses «rights» or can «use» a human language in order to
show why it should be illegal to kill them, torture them or arbitrarily imprison them. We
also explain, however, why the terms «person», «rights» and «use» of language have been
justifiably employed in this context.
KEY WORDS: great apes, persons, rights, language.
Nueve filósofos españoles han respondido a nuestro artículo «El Proyecto
Gran Simio y el concepto de persona» publicado en el número 7 de la revista Laguna.
Ninguno de ellos se ha mostrado hostil al proyecto de proteger a los grandes simios
de la muerte, la tortura y el encarcelamiento injustificado; pero algunos cuestionan,
desde el punto de vista filosófico, algunos aspectos de nuestra defensa del Proyecto.
A Alicia Puleo le preocupa el posible sesgo antropocéntrico o incluso androcéntrico
del Proyecto, aunque apoya tanto sus metas como la forma en que hemos intentado
defenderlo, en términos de derechos, principios generales y argumentos racionales.
Este tipo de defensa le parece preferible a una defensa que se limite a apelar a las
emociones o la ética del cuidado. Estas apelaciones pueden apoyar la defensa del
REVISTA LAGUNA, 8; enero 2001, pp. 173-186
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ABSTRACT
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Proyecto, pero no sustituirla. Carmen Velayos expresa dudas acerca de la definición
de persona que debe elegirse, pero también apoya el proyecto, en sus fines y sus
medios, y se muestra asimismo favorable a la posibilidad de combinar los argumentos racionales con una apelación a la simpatía o la compasión.
Un artículo colectivo firmado por Samuel Doble, José Rafael Herrera, Manuel Liz, Aspren Morales, y David Viejo apoya también los fines, pero considera que
afirmar que los grandes simios son personas es una complicación innecesaria, que
crea más problemas filosóficos de los que resuelve. Es un criterio que a la vez se
queda corto y va demasiado lejos: crea en nosotros el deber de intentar defender a las
personas simias de otras personas simias, pero no nos permite defender a los nopersonas de las personas. Estos autores recomiendan que dejemos de hablar de personas y derechos y basemos el proyecto en obligaciones que percibimos como tales y
transmitimos a otros: en obligaciones cuya fuente no está en los simios sino en nosotros, nuestros sentimientos, nuestras tradiciones culturales y nuestra educación.
A Maria José Guerra le preocupa asimismo el posible antropocentrismo del
Proyecto, pero lo apoya y aprueba que se defienda en términos de derechos. Antoni
Gomila también apoya el Proyecto pero piensa que debería explorar nuevas concepciones del conjunto de condiciones necesarias y suficientes para que un individuo
pueda ser considerado persona.
Como no es posible comentar con detalle todos estos artículos, nos centraremos en tres cuestiones recurrentes:
1. ¿Es el Proyecto especista y antropocéntrico?
2. ¿Debe el Proyecto apelar al respeto a los derechos?
3. ¿Es necesario poder clasificar a los grandes simios como personas bajo algún
criterio de aplicación de este termino?
Las respuestas cortas a estas peguntas son, respectivamente: «No», «Si» y «No,
pero hay razones para hacerlo». Las respuestas largas se explican a continuación.
1. ¿ES EL PROYECTO ESPECISTA Y ANTROPOCÉNTRICO?
Al oír hablar por primera vez del Proyecto, las personas preocupadas por el
bienestar de los animales a menudo se preguntan: ¿y los demás animales, qué? ¿No
habíamos quedado en que la clasificación de individuos en especies ni es tan clara
como se nos había dicho desde el punto de vista biológico, ni es una característica
moral relevante? ¿Cómo podemos entonces justificar una campaña en defensa de
sólo cinco especies? ¿No estaremos acaso discriminando injustamente a favor de los
más inteligentes o los más humanos?
*
En el anterior número de la revista, por error, el orden de estos dos autores aparecía
invertido en su artículo. El orden correcto es el que aparece ahora: Paula Casal y Peter Singer. Por lo
demás, Laguna agradece la fructífera colaboración de estos autores en nuestra revista.
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Un célebre fragmento de Jeremy Bentham, que se cita en numerosos libros
y artículos en defensa de los derechos de los animales, termina con la frase: «…No
debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tampoco ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?»1.
Esta idea es la idea que se defiende también en Liberación Animal, donde se
emplea esta misma cita. El Proyecto sin embargo, parece abrazar el intelectualismo
característico del especismo antropocéntrico. Todas estas preguntas están íntimamente relacionadas, pero conviene responder a cada una por separado.
DE LA PERTENENCIA A DISTINTAS ESPECIES
Es cierto que existe cierta confusión entre los biólogos a cerca de cuáles son
las condiciones necesarias y suficientes (semejanza genética, capacidad de cruzarse y
reproducirse, etc.) a la hora de decidir si un grupo de individuos pertenece o no a
cierta especie o constituye una especie aparte. Los mismos bonobos, por ejemplo,
fueron considerados durante mucho tiempo como una especie de chimpancé, aunque no tienen ni los mismos genes, ni el mismo aspecto, ni el mismo comportamiento que los chimpancés, ni se cruzan con ellos. Por otro lado, cuando los biólogos encuentran diferencias genéticas entre grupos de animales tan pequeñas como
las que existen entre los humanos y los bonobos, con frecuencia las consideran
insuficientes como para justificar una clasificación en especies separadas. No obstante, ahora que las cinco especies de gran simio son mejor conocidas, la especie ha
resultado ser un indicador fiable de una serie de características que sí son moralmente relevantes, aunque la especie en sí no lo sea. Pero esto no convierte el Proyecto
en especista. Seríamos especistas si, en caso de tener que elegir entre rescatar a un
chimpancé con las características de un mandril medio, o a un mandril especialmente destacado, siguiésemos eligiendo al chimpancé. El Proyecto no es especista
porque no defiende a unos individuos en base a su pertenencia a una especie, sino
en base a la posesión de ciertas características. Conociendo la especie, podemos
predecir con bastante fiabilidad la presencia de ciertas características, pero son las
características individuales, no la especie, las que tienen relevancia moral.
1.2. ¿QUÉ
CARACTERÍSTICAS SON MORALMENTE RELEVANTES?
Las características que el Proyecto considera relevantes no son exclusivamente características intelectuales, ni han sido elegidas como relevantes por el hecho de que los humanos las posean en un grado muy alto. La relación entre las
características de un gran simio y nuestras obligaciones morales no es arbitraria. La
capacidad de un chimpancé o un gorila de recordar a un amigo o un familiar, es una
1
J. Bentham, Introduction to the Principles and Morals of Legislation, cap. 17, en Peter
Singer, Liberación Animal, Trotta, Madrid, 1999, p. 43.
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1.1. LA RELEVANCIA
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capacidad intelectual, pero también es una condición necesaria para ciertas capacidades emocionales, como la de echar de menos a un amigo al que uno no ha visto en
muchos anos. A su vez, esta capacidad hace que sea moralmente mas grave separar
de forma permanente o prolongada a un gran simio de sus amigos y familiares.
Si los grandes simios, en lugar de continuar hablando de sus seres queridos
durante décadas y de emocionarse al oír su nombre o ver su fotografía, se olvidasen
al día siguiente (como ocurre en otras especies animales), separarles de sus familiares
y amigos no tendría la misma gravedad. Así pues, no hay nada intelectualista, antropocéntrico o androcéntrico en relacionar nuestras obligaciones morales con ciertas
características intelectuales como la memoria, que son relevantes a la hora de discutir que tipo de trato debe darse a un individuo desde el punto de vista moral. Tener
ciertas capacidades mentales es necesario para poder padecer ciertas formas de sufrimiento y dolor. Incluso si las amebas, las almejas o las gambas pudiesen sentir algo
remotamente parecido lo que entendemos por dolor físico cuando se asfixian, no
pueden tener otras formas de dolor. No tienen miedo, no piensan con terror en lo
que les espera en el laboratorio al día siguiente o al mes siguiente, no se despiertan
con pesadillas, no se abrazan para soportar la perdida de un ser querido, y no se
mueren de aburrimiento y depresión cuando carecen de estímulos intelectuales y no
tienen con quien formar una relación afectiva.
Hablar de capacidades mentales no convierte a uno en intelectualista: No
supone afirmar que las capacidades intelectuales son lo único importante, ni lo más
importante. Las capacidades pueden tener una importancia derivada, en cuanto
que hacen posible ciertos tipos de angustia y dolor. Esto hace la discusión de las
capacidades de los grandes simios perfectamente compatible con la cita de Bentham:
lo que tiene importancia última es que sufran, no que piensen. Ahora bien, el echo
de que piensen, explica que, en ciertas circunstancias, también sufran. Quizás la
forma más directa de explicar esta idea sería una fotografía de un chimpancé encerrado en completa soledad en una pequeña jaula durante cincuenta años, y una
nota debajo que parafraseando a Descartes diga: «pienso, luego sufro». O «pienso y
por eso sufro más al estar encerrado aquí». Esto explica también por qué no es
antropocéntrico prestar especial atención a los individuos que pueden recordar, tener amigos o temer al futuro, (características que los humanos tienen en alto grado)
y no a aquellos que alcanzan gran velocidad, aguantan mucho bajo el agua o tienen
un olfato excelente (características que los humanos tienen en bajo grado). La razón
por las que damos importancia al primer grupo de características no es que los que
las poseen en mayor grado son humanos o cercanos a los humanos, sino que los que
las poseen en mayor grado son los más vulnerables a ciertas formas de privación y
sufrimiento2.
2
En «Las razones de las Personas Primates», Laguna VII, 2000, Antoni Gomila parece
rechazar la idea de relacionar las capacidades simias y nuestra obligación de no hacerles sufrir, con la
forma en que tales capacidades intensifican su «susceptibilidad a sentir dolor», pero no ofrece razones para ello, ni deja clara su posición al respecto. Dice preferir basar su argumento en las capacida-
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Hecha esta aclaración, hay que añadir que ésta no es la única razón que hace
permisible y compatible con Liberación animal hablar de capacidades mentales. Liberación animal denuncia la forma en que hacemos sufrir a los animales encarcelándolos y torturándolos (derechos 2 y 3 del Proyecto) en laboratorios y granjas factoría. Pero no discute la cuestión de si es o no permisible quitarles la vida (derecho 1).
Y esta es otra cuestión en la que puede ser perfectamente legítimo apelar a las capacidades de un individuo. Dado que perder la vida es más o menos malo dependiendo de que es lo que perdemos, es razonable pensar que es más lamentable perder
una vida larga y rica en proyectos y relaciones como la vida de un chimpancé, que
perder una vida de almeja o de lombriz3.
Las personas que trabajan en el Proyecto son en gran parte veteranos
animalistas. Las razones por las que han decidido especializarse en el mismo son
distintas. Algunos piensan que hay que elegir objetivos factibles y que mientras que
es posible que logremos proteger a todos los grandes simios, lamentablemente a
corto plazo no va a ser posible poner fin a todas las formas de explotación animal.
Para otros es una cuestión de eficacia en el manejo de la información o simplemente
una forma de división social del trabajo moral. Los problemas de los simios son
parecidos, los argumentos son parecidos y es más fácil para los voluntarios, para los
abogados y para todos los implicados, concentrar las energías y especializarse en un
tema concreto, llegar a conocerlo bien y luchar por él a fondo.
Pero también hay muchas personas que se sienten especialmente motivadas
para trabajar en el Proyecto después de haber leído a cerca del comportamiento de
los grandes simios, de conocer el trato al que están sometidos y de imaginar el sufrimiento que ello tiene que causarles dadas sus capacidades mentales y emocionales. El
Proyecto no exige que una de estas motivaciones domine a las demás. Al contrario, es
mejor que haya más de un motivo de apoyo. Si apenas tuviésemos esperanzas de
poder proteger a los grandes simios, y sin embargo fuese fácil lograr grandes victorias
en la defensa del resto del mundo animal, nos enfrentaríamos a una seria duda moral, al tener que elegir dónde invertir nuestras energías. Pero la situación real es la
contraria. Por otro lado, uno podría también sentirse incomodo decidiendo salvar a
un grupo de individuos (los niños blancos o guapos, en lugar de a los negros o los
feos), solo porque es más fácil salvarlos, si no hubiese ninguna diferencia moralmente relevante entre estos y los demás individuos a los que es más difícil salvar. Pero este
tampoco es nuestro caso. En nuestro caso, elegir objetivos factibles no nos plantea
des mentales de los simios, pero no explica qué relación no arbitraria existe entre el hecho de que los
simios tengan ciertas capacidades mentales y las fuertes obligaciones morales que piensa que ello
genera en nosotros.
3
Véase la introducción de Paula Casal a Liberación Animal.
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1.3. EL PROYECTO Y LA DEFENSA DE LAS DEMÁS ESPECIES
un difícil dilema moral, pues tenemos razones de ambos tipos: razones prácticas, de
eficacia (el Proyecto tienen mas probabilidades de éxito que la Liberación Animal
general), y razones de fondo (las características de los grandes simios y su sufrimiento
justifican dar al Proyecto una especial urgencia moral).
En cualquier caso el proyecto no se opone en ninguna forma a la defensa de
las demás especies, ni dificulta el proyecto animalista, del mismo modo que la defensa de la mujer no dificulta ninguna otra lucha emancipatoria. La mayoría considera la victoria del Proyecto como un paso intermedio que facilitara un cambio de
actitud en la sociedad respecto a las demás especies en general, y esta es la forma en
que queremos que sea entendido.
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2. ¿DEBE EL PROYECTO APELAR AL RESPETO A LOS DERECHOS?
El último punto permite contestar a esta pregunta con mas rapidez y claridad, porque la respuesta es estructuralmente parecida. Si hablar de derechos fuese
eficaz pero no justificado, ello podría plantear serias dudas morales. Por ejemplo, si
uno no cree que los embriones puedan tener derechos, quizás no debería emplear
ese término solamente porque piensa que va a resultar retórica o políticamente más
eficaz o a atraer la atención de los medios de comunicación.
Por otro lado, quizás uno no deba hablar de derechos, si hablar de ellos
estuviese filosóficamente justificado, pero fuese estratégica o políticamente suicida. En el
caso del Proyecto, tales dudas no se plantean porque el uso está filosóficamente
justificado en el caso de los grandes simios, y además, está resultando ser política y
legalmente eficaz.
Defender el proyecto en términos del derechos, principios generales y argumentos racionales es compatible con la simpatía, la compasión, la implicación personal con las historias individuales4 y con apelaciones a la ética del cuidado o a
nuestras obligaciones frente a seres que sufren, sean o no los portadores de derechos.
Pero una cosa es apoyar, reforzar o complementar una defensa y otra sustituirla.
La ética del cuidado, la responsabilidad y la simpatía suele asociarse con las
mujeres. En este caso, no obstante, la opinión de las tres mujeres que han respondido a nuestro artículo es que lo primero puede ser buena idea, lo segundo no. Y
muchas veces son las mujeres, de las que se ha dudado que puedan pensar en términos de derechos y principios universales, las que más firmemente los defienden
porque también entienden de forma más vívida lo que significa la desigualdad.
Quienes tienen presente la historia de la emancipación de la mujer —percibida
también, como señala Maria José Guerra, como una criatura a mitad de camino
entre la naturaleza y la auténtica, la masculina, humanidad— ven mas rápidamente
el significado del Proyecto. A estas personas no se les ocurriría sugerir que sería
4
Como recomienda Carmen Velayos en «El Proyecto Gran Simio y el concepto de persona: una cuestión de humanidad», Laguna VII, 2000, p. 361
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5
Samuel Doble et a. «El concepto de persona en el Proyecto Gran Simio», Laguna VII,
2000, p. 371.
6
Alicia Puleo, hace un comentario contra K. Warren en esta dirección en la p. 335 de su
artículo «Derechos versus contextualismo», Laguna VII, 2000.
7
«En nuestro país» escribe Maria José Guerra, «las elaboraciones culturales justifican
numerosos actos de crueldad con los animales», «Derechos animales y Justicia Interespecífica», Laguna VII, 2000, p. 379.
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mejor no hablar de los derechos de la mujer, o de los homosexuales o de cualquier
otro colectivo, porque crea problemas filosóficos o porque, si además queremos
defender también a los recién nacidos o a las ballenas, vamos a tener que emplear
otra estrategia. Si hace falta otra estrategia para defender a otros grupos, emplearemos otra estrategia para defender a esos otros grupos.
De hecho, hoy en día, a nadie se le ocurriría sugerir —como se hizo en el
pasado— que tenemos obligaciones de no tratar a las mujeres en ciertas formas,
porque no hay que hacerles sufrir, pero no porque tengan derechos. En el mundo
occidental, casi nadie dice ya que se trata de obligaciones cuya fuente está en los
varones, en «su historia natural, cultural y biográfica», en el hecho de que «reconozcan ciertas obligaciones como obligaciones», porque tienen cierta educación, ciertas
tradiciones culturales y porque tener y transmitir esas obligaciones se corresponde
con su idea del mundo en el que quieren vivir5. ¿Y si el mundo en el que quieren
vivir estos varones es el del Talibán?6 ¿Y si la tradición cultural en cuestión es la de
los toros?7 ¿Y si lo que sentimos como obligación no lo es y las auténticas obligaciones nos pasan desapercibidas?
Además de peligroso, es insatisfactorio tener que resignarse a que todo el
énfasis esté en que el fuerte reconozca su obligación de no abusar. Un hombre debe
respetar a su mujer porque su mujer tiene derechos, no simplemente porque el
hombre deba ser fiel a su idea de lo que significa «ser un caballero», o porque deba
sentir simpatía o compasión hacia ella. La igualdad de la mujer no depende de que
al hombre le dé o no le dé pena o de que dada su educación, le guste o le disguste la
idea de la igualdad. Si podemos decir que los grandes simios tienen derecho a que
no les torturen, ¿por qué insistir en presentar las cosas de forma en que todo dependa de que «reconozcamos» nuestra obligación de no torturarlos y la «transmitamos»
con éxito a los demás?
Los autores del artículo colectivo dan varias razones. Una de ellas es la de
que para defender a otros animales vamos a tener que usar otra estrategia. Y la
respuesta es simple: pues eso haremos. Cada campaña hay que librarla con los medios mas apropiados a la misma y más adecuados para ganarla. Otra es la cuestión
de si habría que intentar impedir que un grupo de simios masacrara, torturara o
dejase preso a otro grupo de simios. Y la respuesta es la misma que la que daríamos
en el caso de otras violaciones de derechos humanos: en principio sí, si es que ello
pudiese hacerse a un coste razonable y con altas probabilidades de éxito y sin temor
a que nuestra presencia sea contraproducente. En la práctica, probablemente estas
condiciones no se van a dar a menudo. Pero no hay porque descartar en principio la
posibilidad de impedir una guerra de chimpancés, por ejemplo, mediante una valla
que delimite dos territorios.
La tercera razón se refiere a las dificultades que los realistas morales pueden
encontrar al priorizar derechos. Pero esto no es algo que afecte ni directa, ni particularmente al Proyecto, aunque pueda afectar a los que hablen de derechos y sean
realistas morales. En lo que atañe al Proyecto, ni la palabra «obligación» ni la palabra «derecho» van a facilitar, ni a dificultar, las decisiones a cerca de qué simio hay
que rescatar primero. Estas son las cuestiones que tenemos que resolver cada día en
el Proyecto Gran Simio, cuyo objetivo no es facilitar ciertas cuestiones a los realistas
morales, sino defender a los chimpancés, los bonobos, los orangutanes y los gorilas
encarcelados.
La última razón, que supone que los derechos son más fáciles de ignorar
que las obligaciones, se basa en una idea muy especulativa que afectaría a todos
aquellos que defiende los derechos humanos y no quieren limitarse a hablar sólo de
obligaciones humanas. Se trata de un supuesto empírico sobre el que no tenemos
muchos datos. No obstante, si el Proyecto consigue que cada vez más países den
reconocimiento legal a estos tres derechos, y así conseguimos proteger a los simios,
este supuesto especulativo habrá quedado refutado, no en general, pero sí en cuanto
al objetivo de defender a los grandes simios, que es el que aquí nos ocupa.
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3. ¿ES NECESARIO PODER CLASIFICAR A LOS GRANDES SIMIOS
COMO PERSONAS BAJO ALGÚN
CRITERIO DE APLICACIÓN DE ESTE TÉRMINO?
La respuesta más corta a esta pregunta es «no». El Proyecto podría defenderse perfectamente sin mencionar la palabra «persona». En cierto modo, hablar de
personas parece complicar innecesariamente las cosas, entre otras razones, porque
hay desacuerdos respecto a cuáles deben ser las condiciones necesarias y suficientes
de la aplicación de este término y qué tipo de comportamientos confirman la posesión de tal o cual rasgo.
Incluso si queremos seguir hablando de derechos y no de obligaciones, no
necesitamos hablar de personas, ni emplear ninguna definición concreta de este
término. En esta respuesta, por ejemplo, el término «persona» apenas se ha utilizado, pero sí hemos hablado de los tres derechos que el Proyecto defiende8. Esto no
tiene nada de sorprendente. En el movimiento de defensa de los animales, hace
mucho tiempo que se habla de los derechos del animal, mientras que la idea de que
algunos animales pueden ser considerados personas, es algo mucho más nuevo.
En resumen, estamos de acuerdo con los autores del artículo colectivo en
que no es necesario emplear el término «persona». Sin embargo, hay varias razones
8
No sabemos por qué Antoni Gomila dice que ningún individuo, aunque sea humano,
puede tener derechos si no es una persona, pues no nos explica por qué piensa esto, op. cit., p. 382.
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9
Cf. J. Fletcher, «Indicators of Humanhood», Hastings Center Report 2.5, 1972 y P. Singer,
Animals and the Value of Life» in T. Regan (ed.) Matters of Life and Death, Nueva York, MacGraw
Hill, 1993, p. 295.
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para hacerlo. Una es práctica. Hablar de personas es una forma muy económica de
referirnos a individuos que poseen una serie de características moralmente relevantes sin tener que repetir esa lista cada vez. Es además una forma eficaz de motivar la
imaginación moral y de hacer que los no filósofos entiendan el Proyecto. También
es ventajoso poder argumentar que el grado en el que los grandes simios satisfacen
las condiciones necesarias y suficientes para ser clasificados como personas, basta
para clasificarlos como tales, o al menos, para erosionar la idea de que existe una
separación tajante entre las personas y las no personas, y que mientras que las personas tienen muchísimos derechos, las no-personas no tienen ninguno.
Si el Proyecto estuviese dirigido exclusivamente a filósofos profesionales y a
pensadores no antropocéntricos, como los que han respondido a nuestro artículo,
probablemente podría ser explicado sin referencia al término «persona», al menos
en un primer momento. Pero aquellos que quieren mantener una serie de derechos
y privilegios lejos del alcance de los miembros de otras especies, tienden a responder
al Proyecto, insistiendo en que los grandes simios no son humanos o no son personas. La primera objeción es puro especismo, y es una cuestión que ya se ha discutido
extensamente desde que el término de Richard Ryder apareció en el primer capítulo
de Liberación Animal. La segunda objeción puede ser refutada revisando las distintas definiciones del término persona y mostrando que las características de los grandes simios, nos permiten clasificarlos como personas, tanto si empleamos una de las
definiciones clásicas, incluyendo la de Locke (que es la empleada en Practical Ethics,
antes de que naciese el Proyecto), como si empleamos definiciones más modernas,
como si tomamos, pongamos por caso, la detallada lista de «indicadores de humanidad» del teólogo Joseph Fletcher9.
Si la idea de que los grandes simios son personas es entendida como argumento positivo, basta utilizar una sola definición que se adecue a la defensa de los tres
derechos. Pero si se trata de una refutación de una objeción, cuantas más definiciones
de persona satisfagan, mejor que mejor, incluso si la relación de estas definiciones y
los tres derechos no nos parece nada clara.
Un argumento y una refutación de una objeción tienen papeles argumentales
diferentes. Imaginemos el caso de un ecologista que da una conferencia explicando
al público que dado que la crisis medioambiental del planeta está poniendo en
peligro la vida de millones de personas, tenemos la obligación de hacernos vegetarianos, reciclar todo lo que podamos, y minimizar el uso del coche y el avión. En
estos casos, siempre hay alguien en el público que emplea lo que en inglés se llama
un «appeal to costs» y explica lo costoso que le resultaría comportarse de forma
ecológicamente responsable a alguien al que le guste comer carne, usar papel muy
blanco y transportarse con velocidad. El conferenciante puede responder que tener
que liberar a los esclavos también le costó mucho a los esclavistas. Esta es una buena
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respuesta a la objeción de que «ser ecológicamente responsable es demasiado costoso». Sin embargo no es un buen argumento para establecer su tesis de que hay que
hacerse vegetariano, correr menos o reciclar el papel. Para establecer eso están los
argumentos relativos a los altos costos energéticos y medioambientales de la producción cárnica, a los efectos de la contaminación o al problema de la deforestación.
Si estos argumentos ecologistas son sólidos, que algo sea costoso no nos exime de
nuestras obligaciones de reciclar, evitar la carne, y emplear menos combustibles.
Pero, claro está, el que sea costoso tampoco implica que debamos de hacerlo. En
otras palabras, la referencia a la esclavitud es una buena refutación de la objeción
anti-ecologista, pero no dice nada como argumento positivo en favor del ecologismo,
pues no todo lo que nos resulta costoso es también bueno para el medio ambiente.
La idea de que los grandes simios también son personas puede emplearse de
ambas formas, como argumento positivo («como los grandes simios son personas,
tienen estos tres derechos», entendiendo que ser persona no es una condición necesaria sino suficiente para tener estos derechos mínimos) y como refutación a una
frecuente objeción («los grandes simios tienen estos tres derechos, y no se les pueden
negar alegando que no son personas, entre otras cosas, porque lo son», entendiendo
que incluso si ser persona fuese una condición necesaria, ello no los descalificaría
como poseedores de estos derechos)10.
Cuando la idea de las personas simias se emplea como argumento positivo
para defender los tres derechos, lo lógico es elegir características íntimamente relacionadas con esos derechos. La definición de Locke, empleada en Practical Ethics, es
especialmente adecuada a la defensa del derecho a la vida. Un ser que puede verse a
sí mismo como una entidad que existe a través del tiempo, tiene más que perder
cuando una muerte súbita frustra sus proyectos y expectativas. Como ya señalamos
al principio, la memoria y el miedo al futuro intensifican el sufrimiento causado por
la tortura, y muchas otras características relacionadas con la curiosidad, la capacidad comunicativa, la amistad y la interacción social, hacen especialmente traumático
el aislamiento y la cárcel.
Cuando la idea de las personas simias se emplea como refutación de una
objeción al Proyecto, cuantas más definiciones establecidas del concepto de persona
puedan satisfacerse, mejor será. Incluso si los grandes simios sólo pudiesen satisfacer
parcialmente algunas de las definiciones, ello todavía tendría gran importancia ar-
10
En el primer caso argumentaríamos que p entonces q, afirmaríamos p, y concluiríamos
q diciendo: p q y p, luego q, y entendiendo que q (tener derechos) no implica p (ser persona),
porque q podría ser cierto por otras razones. En el segundo caso, afirmaríamos (los derechos) q, y
negaríamos que suponer que q presupone p (hay que ser persona para tenerlos), permite afirmar ¬q,
en base a (que no son personas) ¬p, dado que podemos afirmar p. Evidentemente, en vez de rechazar
el argumento contrario de que p q y ¬p, luego ¬q, defendiendo p o ¬( ¬p), podríamos centrarnos en rechazar el supuesto de que q presupone p. Es decir, que podríamos centrarnos en negar que
haga falta ser persona para tener ciertos derechos, mientras que uno tenga ciertas características:
¬(pq). Pero como a la postre, tales características son las que suelen asociarse con las personas,
no habría mucha diferencia entre tomar un ruta argumental o la otra.
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Op. cit., p. 383.
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gumental. Nos permitiría erosionar la idea antes mencionada de que existe una
separación clara y tajante entre un grupo de individuos llamados personas, que
gozan de una lista larguísima de derechos y otro grupo de individuos que no tienen
en ninguna medida, ninguna característica relevante, ni ningún derecho en común
con las personas.
Antoni Gomila elige la definición de D. Dennett de 1976, o cierta interpretación de la misma. Al parecer, quiere emplear esta definición como argumento
positivo, más que como refutación a una frecuente objeción al Proyecto. Sin embargo, no nos explica qué relación existe entre las capacidades mentales en las que elige
fijarse y nuestra obligación de respetar los tres derechos que el Proyecto defiende.
Solamente nos dice que rechaza nuestra idea de condenar la muerte, la tortura y el
encarcelamiento de los simios, por el sufrimiento que todo ello causa a seres tan
desarrollados. Pero ¿qué otras razones para condenar estos actos le parecen mejores?
Esto no nos lo explica. No obstante, debe tenerlas. Las necesita para poder rellenar
el hueco que de otro modo va a quedar en su argumento, ya que hay que poder
explicar la razón por la que tener ciertas capacidades implica tener ciertos derechos.
Gomila no cuestiona que los grandes simios sean «seres intencionales, que
elaboran planes y desarrollan medios instrumentales para obtener sus fines, en base
la complejas expectativas representacionales sobre sus medio»11. Sin embargo, duda
de que las conversaciones entre los simios y sus cuidadores puedan considerase un
«uso del lenguaje». Las razones de esta afirmación son las siguientes. La primera es
que aunque los grandes simios aprendan a expresarse en lenguaje de sordomudos si
algún humano o algún otro simio les enseña, no lo hacen espontáneamente si crecen en estado salvaje sin nadie que les enseñe. Según este argumento, nosotros tampoco estamos haciendo uso del lenguaje al escribir este artículo, pues a pesar de
tener los órganos mentales y bucales adecuados para el lenguaje humano, si en lugar
de haber crecido en Vigo o en Melbourne, hubiésemos crecido en la selva en estado
salvaje, sin nadie que nos enseñase a hablar, tampoco hubiésemos aprendido a hablar solos, ni en inglés, ni en español, ni en lenguaje de sordomudos. Probablemente daríamos aullidos como los famosos niños lobo, y nos comunicaríamos empleando los gestos y gruñidos adecuados a nuestras necesidades selváticas.
La chimpancé Washoe fue criada como una niña sordomuda y aprendió a
hablar como una niña sordomuda, y luego espontáneamente enseñó a su hijo a
hablar en lenguaje sordomudo, que luego alternaba con llamadas, quejas o amonestaciones de estilo chimpancé. Evidentemente si hubiese crecido en una cultura chimpancé, tendría una mayor capacidad de expresarse al estilo chimpancé, que es un
estilo que los humanos entendemos muy poco, pero no hablaría ingles en lenguaje
de sordomudos. Lo que esto muestra es que la capacidad de un individuo de adquirir un lenguaje no solo depende de sus capacidades mentales y bucales sino también
del entorno en que crece. Pero no demuestra que lo que uno logra hacer si dispone
de la educación y el ambiente adecuado, no sea «usar el lenguaje».
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La segunda razón es que los simios tienden a comunicarse mediante el lenguaje de sordomudos con los humanos o simios con los que ya se han estado comunicando en este idioma, y no con cualquiera. Pero este comportamiento puede tener
diversas explicaciones y no está claro que justifique la descalificación de un individuo
como usuario de un lenguaje, si lo emplea con varias personas. La última razón es la
escasa estructura gramatical de las frases que emplean los grandes simios, que recuerdan a los indios de las peliculas: «Blanco ahuyentar búfalo. Blanco matar Apaches.
Blanco mentir». Las faltas de gramática no son infrecuentes entre los humanos que
usan el lenguaje de sordomudos. Pero incluso si no lo fuesen, la mala gramática tiene
muy poca relevancia para el Proyecto. A fin y al cabo, lo importante no es que uno
quiera llamarle o no «uso del lenguaje» a lo que hacen los simios o los indios de las
películas. Esto no es relevante para el Proyecto, siempre que el derecho de los simios,
o de los indios, a no ser masacrado, encarcelado o torturado no vaya a depender de sus
faltas gramaticales. Lo importante al oír hablar al indio, es que uno sabe, que el indio
sabe, que el blanco a ahuyentado a los búfalos para que los indios se muriesen de
hambre y que ha matado Apaches, y que ahora no está diciendo la verdad. Un individuo capaz de expresar todo ello, y de sufrir por ello, no debería estar en la situación en
la que se encuentra el indio que emite estas frases. Eso es lo importante.
Nuestro interés en lo que dicen los indios o los grandes simios, no tiene
porque centrarse en si dominan o no la gramática, sino en muchos otros aspectos de
sus experiencias y su vida mental que pueden ser más relevantes para el Proyecto.
Cuando una chimpancé o gorila nos habla de un gatito o un amigo al que no ha
visto hace veinte años, sabemos que pueden recordar a alguien durante mucho tiempo.
Cuando nos dicen que quieren helado de fresa por su cumpleaños, como el año
anterior, o preguntan cuando va a llegar la Navidad sabemos que además de recordar pueden proyectarse en el futuro. Cuando expresan tristeza ante ciertas cosas
sabemos que ciertas cosas les entristecen. Cuando se le da una cesta con tres narajas
y otra con dos manzanas y se le pregunta cuanta fruta tienen de comida, y dicen
cinco, sabemos que pueden contar y sumar un poco y entender que fruta incluye lo
que hay en ambos cestos. Cuando inventan una definición correcta de una palabra,
sabemos que saben que es lo que esta palabra significa. Cuando gastan bromas,
hacen chistes y se ríen, sabemos que tienen sentido del humor. Gran parte de esta
vida mental pueden expresarse sin el lenguaje. Pero esto no es razón para ignorar la
evidencia lingüística de la existencia de esta vida mental, tanto si queremos llamar
«uso» a aquello que los grandes simios hacen con el lenguaje, como si decidimos
llamarlo de otro modo.
En cualquier caso, la cuestión es que no solamente hemos podido comprobar que tienen la compleja vida mental que tienen, sino que, además, que hemos
llegado a conocer esa vida porque ellos han sido capaces de expresárnosla mediante
el lenguaje —lo cual es, como poco, un dato adicional de importancia—. Si no
queremos decir que esto ha sido posible debido a su uso del lenguaje, podríamos
decir, por ejemplo, que los grandes simios «expresan sentimientos o describen sucesos reales o imaginarios, eligiendo cierta combinación de una serie de palabras que
seleccionan correctamente para este fin», o que «se expresan en lenguaje de sordomudos», o que «emplean este lenguaje», pero no lo «usan».
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Evidentemente, como señala el mismo Gomila, si uno quiere negar que un
grupo de individuos, ya sean simios, esclavos nubios o indios americanos, puedan
clasificarse como «personas», o como «usuarios del lenguaje», uno siempre puede
seguir añadiendo condiciones (ser libre, tener propiedades, hablar correctamente,
saber firmar con bolígrafo) a la definición de estas palabras de forma que queden
excluidos. Lo contrario no es cierto en la misma medida, porque no tiene sentido
relajar una y otra vez el significado de una palabra de forma que signifique cualquier
cosa. Además tampoco es necesario relajar ni la definición de Locke de persona, ni
muchas otras definiciones que se venían empleando en filosofía, antes de que naciese el Proyecto, para poder utilizar con legitimidad el término persona. Tampoco es
necesario satisfacer todas las definiciones, ni del término persona, ni de la expresión
«uso del lenguaje». Lo importante es que los grandes simios tengan cierta vida mental y ciertas características y capacidades que justifiquen la defensa de los tres derechos. Muchos se refieren al conjunto de esas características con el término «persona» y muchos consideran que las conversaciones de los grandes simios entre sí y con
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Annie, de 40 años, sufrió la explotación en un circo. Actualmente
ha sido elegida Presidenta del «Great Ape Standing & Personhood».
Su caso fue referido por Paula Casal y Peter Singer
en su artículo anterior, publicado en Laguna VII.
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sus cuidadores constituyen un «uso del lenguaje»12. Si otros prefieren referirse a lo
que los grandes simios son o dicen de otra manera, pues que se refieran a ello de otra
manera. El fin del Proyecto no es defender cierto uso de las palabras, sino defender
los tres derechos de los grandes simios.
A pesar del posible desacuerdo semántico que pueda haber sobre el empleo
de ciertos términos, el desacuerdo que existe respecto a cuál es la mejor forma de
defender los derechos simios es probablemente menor que el que existe entre las
distintas defensas de los derechos humanos, algunas de las cuales se hacen desde una
determinada religión o sistema legal. En cualquier caso, lo importante es que desde
distintas perspectivas podamos llegar a un acuerdo, o a lo que Rawls llamaría un
«overlapping consensus», y apoyar desde una perspectiva u otra, los derechos humanos y los derechos simios. Entre las personas que han contribuido al último número
de la revista Laguna ya hemos logrado tal consenso. Ahora solo falta atraer hacia ese
consenso a un número suficiente de personas para que este acuerdo ético se convierta en un acuerdo legal.
Este acuerdo, legalmente ratificado, nos acercaría un poco más al día en que
Bentham pensaba cuando escribió el célebre pasaje al que nos referiamos al principio.
Puede llegar el día en que el resto de la creación animal adquiera esos derechos que
nunca se le podrían haber negado de no ser por la acción de la tiranía. Los franceses han descubierto ya que la negrura de la piel no es razón para abandonar sin
remedio a un ser humano al capricho de quien le atormenta. Puede que llegue un
día en que el número de piernas, la vellosidad de la piel o la terminación de os
sacrum sean razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible al
mismo destino. ¿Qué otra cosa es la que podría trazar la línea infranqueable? ¿Es la
facultad de la razón, o acaso la facultad del discurso? Un caballo o un perro adulto
es sin comparación un animal más racional, y también más sociable que una criatura humana de un día, una semana, o incluso un mes. Pero, aun suponiendo que
no fuera así, ¿qué nos esclarecería? No debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?,
ni tampoco ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?
12
Cf., por ejemplo, Sue Savage-Rumbaugh, Stuart Shanker, Talbot J. Taylor, Apes, Language,
and the Human Mind, Oxford University Press, New York, 1998, o Sue Savage-Rumbaugh, Kanzi :
The Ape at the Brink of the Human Mind, John Wiley and Sons, 1996.
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