BIOÉTICA Y VIDA COTIDIANA

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Publicado en: Derecho y Vida. Ius et Vita. Primera parte: Junio, No. LIII; Segunda
parte: Julio, No. LIV, Universidad Externado de Colombia
ÉTICA, BIOÉTICA Y VIDA COTIDIANA
Carlos Eduardo Maldonado
Profesor-investigador CIPE
Universidad Externado de Colombia
E-mail: [email protected]
I
De una manera inusitadamente creciente, existe una amplia, y creo que sólida,
preocupación por la ética1. Son cada vez crecientes los eventos académicos consagrados
a la misma; el número de artículos en revistas especializadas y generales sobre la misma
es significativo. Se han creado incluso cátedras que implican o que atraviesan
transversalmente a la ética. Existen ya, en el país, estudios a nivel de postgrado
dedicados a la misma. En fin, existen incluso asociaciones profesionales y otras
definidas por su interés nuclear por la ética. En una palabra, podemos decir que la ética
en general puede ser identificada como un atractor fijo, no un atractor periódico y
mucho menos extraño. Quiero pensar que esta situación es el resultado, esto es, el efecto
de una serie de circunstancias altamente conspicuas.
Quisiera ocuparme con este texto indirectamente de la ética, y más directamente de un
campo anexo, por así decirlo: la bioética. Lo que haya de decir sobre ésta puede
aplicarse, por derivación, extensión o analogía, a aquella. La razón por la que me
propongo aquí esta delimitación es la de que, si se me permite la expresión, la bioética
puede ser caracterizada, en el sentido lato de la palabra, como un atractor extraño.
Extraño por cuanto el conjunto de la sociedad no ha accedido a la bioética, y extraño
además porque no existe aún un consenso sólido acerca de la misma, si bien puede
apreciarse un interés creciente por la misma.
1
Texto de la conferencia presentada ante el X Seminario Nacional de Ética y el V Simposio de
investigación y trabajos de ética y bioética de la Asociación Colombiana de Facultades de Enfermería
(ACOFAEN), en Junio, 2006.
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La bioética ha sido interpretada como una ética aplicada, por ejemplo, a la manera de
una ética deontológica, vinculada estrictamente a los ámbitos, temas y problemas de las
ciencias de la salud, de los profesionales de la salud y, en general, de los agentes de
salud. Como tal, la bioética sería parte integrante, aunque aplicada y parcial, de la ética
en general. Desde este punto de vista, la bioética se ocupa de temas y problemas que
pertenecen al espacio ocupado entre dos extremos: los dilemas del comienzo y del final
de la vida. En una palabra, la bioética, así entendida tiene como núcleo a la bioética
clínica y, en un espectro quizás más amplio, a la bioética médica; por ejemplo, definida
a partir de los retos y desafíos de la biomedicina y de las tecnologías aplicadas a la vida.
Pues bien, esta es la comprensión normal de la bioética.
Con ello, quiero sostener dos ideas. De un lado, la caracterización mencionada trata de
la bioética normal, tomada la normalidad en el sentido que la asigna Th. Kuhn a la
ciencia normal. Así, “ciencia normal” es el concepto empleado para designar
sencillamente aquella ciencia que funciona, esto es, que sirve para resolver problemas,
aquella que se enseña normalmente y sobre la cual existen currículos más o menos
consensuados o que por lo menos no implican grandes divergencias; en fin, se trata de
aquella ciencia que es política y socialmente correcta. Kuhn sostiene que la ciencia
normal al mismo tiempo que consiste en, puede sintetizarse como, higiene, asepsia. Así,
por ejemplo, se trata de todo el trabajo pedagógico, cultural, político de conservación
del conocimiento y de transmisión adecuada y rigurosa del conocimiento.
Lo maravilloso de la comprensión kuhniana de ciencia es que la ciencia normal no es la
única –e incluso ni siquiera es la más importante- forma de ciencia. En efecto, al lado de
la ciencia normal Kuhn concibe igualmente a los nuevos paradigmas. La manera más
amplia y genérica de designar a los nuevos paradigmas es como “ciencia
revolucionaria”. Esta es la ciencia que ya no solamente resuelve problemas, sino, más
significativamente aún, plantea (= formula) problemas. Se trata, en una palabra, de la
ciencia que se da la tarea, denodada, riesgosa, difícil pero apasionante, de correr las
fronteras del conocimiento.
Kant sostenía en su momento algo que sigue siendo válido en nuestros días: “vivimos
una época de mucha moralidad, pero de muy poca ética”. Pues bien, en relación
estrecha con la idea expuesta por Kant, con este texto me propongo defender una idea
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que a algunos les parecerá desatinada, desproporcionada o extremista. Me propongo
defender la idea según la cual la ética no es algo que se pueda ni se deba enseñar. No es
necesario enseñarla y mucho menos es deseable hacerlo. Por extensión, lo que afirme
acerca de la ética será análogamente válido para la bioética. Esto es, la bioética no es
algo que se pueda ni que se deba enseñar. Sólo que, en el caso de la bioética, esta
aseveración es extensible tan sólo a la bioética normal. Con esta tesis, me propongo, en
realidad, defender una segunda tesis, a saber: la bioética no es lo que la comprensión
normal afirma ni lo que ha trabajado. La bioética normal es un engaño: debe ser posible
y es incluso necesario pensar y trabajar la bioética en otro sentido. Me refiero a la
bioética entendida como una disciplina científica que se ocupa, con preocupaciones
éticas, culturales y políticas, de los sistemas vivos. Esto es, de los sistemas que exhiben
vida.
II
Hay un doble fenómeno generalizado sobre el cual quisiera llamar la atención. Una
observación puntual: los fenómenos generalizados, en la esfera social y cultural, son en
realidad fenómenos habituales, obvios, que van de suyo, y sobre los cuales, usualmente,
existe muy poca reflexión crítica. Se los toma como datos o evidencias a partir de las
cuales, eventualmente, realizamos otras consideraciones y nos ocupamos sobre las
mismas, dando por sentados aquellos.
Me parece conspicuo que, de un lado, haya una preocupación grande por la metodología
de la ciencia y la lógica de la ciencia, notablemente, en el contexto de la investigación.
Así, la metodología de la investigación científica, así como la lógica de la investigación
científica constituyen serios y crecientes motivos de ocupación y preocupación. Dejo de
lado aquí incluso la preocupación por las técnicas de la investigación científica, entre
otras razones porque considero esta preocupación algo banal.
Creo que las razones sanas por esta preocupación por la lógica y la metodología de la
investigación corresponden a consideraciones afanosas por alcanzar la ciencia, por
hacer algo extremadamente difícil de hacer: buena ciencia, en fin, por crear y consolidar
una comunidad científica sólida y prestigiosa. Esto, sin embargo, no nos debe desviar la
mirada sobre razones menos saludables y sí más interesadas, como es, en nuestro
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contexto, la lucha férrea aunque callada, por los procesos en marcha de acreditación
académicas a todos los niveles y la búsqueda de la excelencia y académica y las
consecuencias que acarrean estos procesos y logros de acreditación.
Pues bien, a partir de lo anterior, es notable que haya –creo que afortunadamente no
muchos- profesores y expertos en metodología de la investigación e incluso, más
ampliamente, profesores de lógica; por ejemplo, de lógica de la investigación. Casi por
definición, hay que advertir que, por definición, un profesor de metodología de la
investigación, de lógica de la investigación e incluso de técnicas de la investigación, no
es, en realidad, un investigador en el sentido fuerte y exigente de la palabra, si bien
existen excepciones notables. Mejor aún, quien sea de verdad un investigador
consagrado y prestigioso difícilmente se definirá a sí mismo(a) como profesor de
metodología, aun cuando lo(a) inviten a hablar de la metodología o de lógica. Insisto,
habiendo, naturalmente, notables excepciones.
En lógica uno de los capítulos más importantes desde muchos puntos de vista es el
estudio de las falacias y los errores lógicos, incluido el problema del falibilismo; esto es,
si la lógica es falible o infalible. En lógica es sumamente grave hablar de, e identificar,
errores lógicos, tales como falacias formales y falacias materiales, paralogismos,
referencias sin sentido, sentidos no referenciales y otros semejantes. En una palabra, un
error lógico es un error en el pensamiento, y si tenemos en cuenta que creemos que los
seres humanos son lo que son y son lo que pueden ser gracias a las ideas, los conceptos
y los juicios que tienen y que elaboran, hablar entonces de errores lógicos equivale, de
manera necesaria, a decir que hay seres humanos que se equivocan en la vida, que están
equivocados e incluso que han estado equivocados. La traducción ética, política,
cultural y filosófica de esta idea es de una gravedad que no escapa a nadie sensible. Sin
embargo, no es sobre este plano que quisiera que nos inclinemos, por delimitación del
tema propuesto.
Por el contrario, hay un segundo fenómeno que me parece igualmente fundamental y
que, en realidad, es complementario –la otra cara, si se me permite la expresión-, de
aquel otro. Me refiero al hecho, sorprendente, de que hay clases de ética, existen
profesores de ética, e incluso hay estudiantes que se rajan en ética; pero aún, hay
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estudiantes que pierden ética, la repiten, la habilitan o la validan. Esta circunstancia me
parece sencillamente anodina.
Propongo que nos detengamos, por un instante, en esta circunstancia.
III
Sin ambages, cabe decir que en el mundo contemporáneo, la ética cumple análogamente
las mismas funciones que en la Edad Media cumplía la teología. De modo más directo,
la ética cumple en el mundo contemporáneo las mismas funciones que cumplía la
teología durante el medioevo. En efecto, como se recordará, la teología fue considerada
durante algo más de diez siglos, como scientia magna a la cual, por lo demás, le
correspondía una via regia, que era la filosofía. Era la ciencia a la cual conducían todos
los demás conocimientos, saberes y prácticas y, a su vez, era la ciencia de la cual se
derivaban todos los demás conocimientos, discursos y haceres. Este es, en lenguaje
lógico, la teología era al mismo tiempo que instancia de validación y legitimación, el
ámbito de la fundamentación. La teología era, literalmente, el conocimiento de Dios,
por medio de o gracias a la fe. A quien, por alguna razón no se le diera la teología, le
quedaba la filosofía, que era a la sazón el conocimiento de Dios por medio de la razón,
mientras se le da la fe y si acaso se le da, pues la fe era una gracia a la cual se debía
aspirar, pero que no necesariamente le acaecía a todos y cada uno. Por ello exactamente
se emprendían catequizaciones y se hablaba de la importancia de la propagación de la
fe. La propaganda es hija del espíritu medieval, sólo que en el mundo moderno y
contemporáneo se desarrolló por otros medios y con otros lenguajes.
Por razones históricas por todos conocidas, la teología cayó en descrédito, la Edad
Media murió, atravesamos por el Quattrocento y el Renacimiento, entramos en la
modernidad y descubrimos el pensamiento científico, propiamente dicho, llegando
ulteriormente hasta el mundo contemporáneo. Pues bien, como resultado de esta
transición la teología fue confinada a espacios cerrados y especializados, pero en su
lugar, en la llanura abierta y desierta, nació y prosperó la ética. En otras palabras, dado
que en un mundo axiológicamente plural y marcado por la diversidad no es, por así
decirlo, de buen recibo hablar de teología, en ese mismo mundo sí es natural y necesario
hablar de ética. De esta suerte, no es en manera alguna posible hablar de ningún otro
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conocimiento o práctica sin presuponer o implicar, o sin atravesar, de manera necesaria
y diagonal, por la ética. Así, se ha vuelto natural y necesario hablar de política y ética,
derecho y ética, economía y ética, medicina y ética, periodismo y ética, pedagogía y
ética, por ejemplo, y han surgido numerosas aplicadas y deontológicas.
Y entonces tuvo lugar un acontecimiento completamente inusitado en toda la historia de
la humanidad. La ética se institucionalizó de varias maneras: surgieron currículos de
ética, se organizaron eventos académicos de toda índole sobre la misma, se
desarrollaron incluso departamentos y equipos humanos enteros dedicados al tema, y
apareció una profusión de textos de toda clase sobre ética. Nunca en toda la historia de
la humanidad se ha hablado, discutido y publicado tanto sobre ética como en el
transcurso del siglo XX y lo que va de este siglo. Esta profusión nace con Kant a partir
de sus preocupaciones metafísicas.
En efecto, como se recordará, la pregunta de base en Kant es la de cómo es posible la
metafísica como ciencia, considerando que el modelo científico paradigmático es la
física newtoniana. Y la respuesta que encuentra Kant, es la de que la metafísica no es
posible como ciencia a la manera newtoniana, pero sí es posible como metafísica de las
costumbres. Esto es, la metafísica es posible como ética y como función ética. En otras
palabras, la metafísica no es posible en el ámbito de la razón pura, sino en y como el
ámbito propio de la razón práctica. La metafísica es una guía de vida, y más
exactamente es guía como ética. En fin, la metafísica es la ética misma.
Con esta respuesta, Kant inaugura toda la filosofía contemporánea, la cual estará
prioritariamente volcada hacia la razón práctica –el derecho, la religión, la ética,
algunos atisbos incluso de política, e incluso alguna reflexión sobre la historia-. El resto
es historia conocida. Sólo que esta historia se acelera con el curso del siglo XX, cuando
desde diversas fronteras y dominios, la ética se convierte en el modo par excellence de
hacer filosofía. Afortunadamente, los desarrollos del pensamiento en el curso del siglo
XX hacen que la ética en general sea no ya un asunto de especialistas –por ejemplo,
como sucedía con la teología durante la Edad Media, e incluso con la ética en el modo
del pensamiento kantiano-, sino, se convierte en un asunto de consideración, de
reflexión y de crítica abierta, pública. La ética es demasiado importante para dejársela
sólo a los filósofos.
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IV
En sus orígenes, la ética no es, en absoluto, un campo normativo. Por el contrario, en
Sócrates, que es quien descubre la ética por primera vez en la historia de la humanidad
occidental, la ética es un problema, un reto, un desafío. Más exactamente, es un
problema agónico en el sentido griego de la palabra; esto es, se trata de un asunto en el
cual nos va la vida o la muerte.
Durante veinticinco siglos, la ética fue un asunto exclusivamente antropológico o
antropocéntrico. Tan sólo de los seres humanos, dicho en general, podía decirse que
eran sujetos éticos. O sujetos morales. Sin embargo, en el curso del siglo XX y hasta
nuestro días, la ética sufre una transformación radical, en verdad sorprendente e incluso
maravillosa.
La ética ha abierto, por así decirlo, sus puertas y sus fronteras a otras realidades que el
simple ser humano. Hoy hablamos sin dificultad de la ética del medioambiente, de la
ética de los animales –notablemente gracias a P. Singer-, de la ética del nascitur o del
paciente inconsciente, e incluso de la ética de las cosas mismas, de los objetos
inanimados –notablemente a partir de reflexiones adelantadas a partir del Laboratorio de
Medios (Media Lab) del MIT.
Podemos decir que, desde el punto de vista de sus contenidos, la historia o los
momentos de la ética en la historia de la humanidad occidental se condensa en cuatro
estadios, así: desde sus orígenes en la Grecia antigua, gracias a Sócrates, la ética se
refiere a preocupaciones antropológicas y, más exactamente, del individuo. Este fue el
tema de la ética durante veinticuatro, cerca de veinticinco siglos. Posteriormente, hacia
los años 1980s, comenzamos a hablar de una ética del medioambiente y, en general, de
las preocupaciones e incluso las actitudes y las acciones hacia el medioambiente. Este
giro fue, en verdad, excepcional, puesto que a nadie escapa que el medioambiente no
está vivo. Puntualmente dicho, el medioambiente consiste en la litosfera, la atmósfera y
la hidrosfera. Se trató, pues, de un desarrollo de la ética hacia una entidad no viva, como
complemento o alternativo a la más importante entidad viva de la humanidad
occidental: los seres humanos. El tercer estadio, mucho más reciente, se inicia hacia la
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década de los 1990s, cuando se comienza a hablar de la ética dirigida a entidades vivas
de una dignidad menor, relativamente a la historia oficial de Occidente: los animales.
Los animales también son susceptibles de juicios, acciones, cuidados y consideraciones
éticas. Por lo reciente, a algunos este tercer momento les resulta incómodo. Los soportes
científicos de los estadios segundo y tercero son la biología de la conservación, la
ecología de la conservación y la ecología de paisajes. Finalmente, hasta la fecha, el
cuarto momento es el de una ética de las cosas. Las cosas tiene derecho a su identidad,
esto es, a un buen uso, a un entorno adecuado, y al acceso, a su vez, a otros objetos o
cosas. Una manera adicional de designar a estos cuatro estadios históricos de la ética es
hablar de la misma o de los mismos contenidos en términos de derechos. Así, por
ejemplo, se trata del ser humano como sujeto de derechos, el medioambiente, los
animales y la cosas, respectivamente, también como sujetos de derecho.
Sin embargo, desde el punto de vista lógico, la ética se articula en dos grandes
dimensiones. De un lado, minoritaria en toda la historia de la humanidad occidental, la
ética es un problema. Es decir, la ética no propone ni resuelve nada, sino plantea retos
descubre desafíos, trabaja sobre problemas. Para Sócrates, el fundador de la misma, el
problema esencial de la ética se compone de un solo y mismo problema que, no
obstante, se dice de tres maneras distintas:
a) ¿Cómo debo vivir?
b) ¿Cómo se debe vivir?
c) ¿Cómo debemos vivir?
Quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el problema en manera alguna
consiste en el problema de cómo puedo o podemos vivir. Con Sócrates, posteriormente
han sido muy pocos, excepcionalmente pocos los autores o pensadores que han
abordado, desarrollado y hecho suyo el modo de existencia de la ética como problema.
De otra parte, notablemente a partir del triunfo del cristianismo como doctrina oficial
del Imperio Romano y hasta nuestros días, el segundo modo lógico de la ética es
radicalmente distinto y ha sido el predominante, incluso el modo exclusivo de
existencia, abordaje y transmisión de la ética. La ética ha sido, tradicionalmente, un
ámbito normativo. Exactamente desde este punto de vista, la ética ha formado parte de
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la razón o de la racionalidad práctica, en el sentido kantiano y postkantiano de la
palabra, por cuanto ésta consiste en las razones mediante las cuáles actuamos o dejamos
de actuar en un momento dado y en una dirección determinada. La ética es un campo
eminentemente normativo, independientemente de si se trata de normas personales o
sociales, escritas o no escritas.
V
Tradicionalmente se nos ha dicho e insistido de múltiples maneras y a través de diversos
canales, que debemos ser éticos. La idea básica es que la ética se asume, así, implícita o
abiertamente, como condición y garantía de la existencia misma. Por ejemplo, de la
construcción y creación de capital social y humano, incluso de capital intelectual, en fin,
como el cemento de la sociedad, para retomar una idea reciente de J. Elster.
Sencillamente, sin ser éticos, la vida se vuelve imposible y estamos abandonados
entonces a un estado de naturaleza a la manera de Hobbes o de Rousseau, por ejemplo,
en la que todo es posible. Quisiera subrayar esta idea: gracias a la ética, no todo es
posible. Más que una dimensión de limitaciones, la ética impone restricciones.
A partir de esta idea primaria, lo demás es historia. Esto es, lo demás ha sido, con
diferentes justificaciones de orden religioso, social, cultural, filosófico o político, la
constitución de diversos bandos éticos y morales. En el mundo contemporáneo toda la
discusión ética se concentra en cuatro mandos principales: los neokantianos, los
neoaristotélicos, los neocontractualistas y los (neo)utilitaristas. Si bien al comienzo
existían fricciones y enfrentamientos entre ellos, actualmente las diferencias se han
hecho menos agudas, existen numerosos canales de comunicación entre ellos, y en
muchas ocasiones se implican y se refuerzan mutuamente. Por lo menos algunos de
ellos. Al lado de estos cuatro bandos principales, existen otros equipos o grupos,
minoritarios, siendo quizás los más representativos, la ética de corte analítico, la ética
individualista o la ética del multiculturalismo. Este panorama no impide, desde luego,
que desde la historia otras voces se hagan escuchar y sentir.
Al interior de este panorama contemporáneo, la ética se articula en dos fases
principales: la ética procedimentalista y la ética sustantiva. Y, a su vez, se articula la
ética en dos expresiones puntuales: la ética de mínimos y la ética de máximos.
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La circunstancia política y cultural más importante de los últimos tiempos es la de que
ética ha llegado a estar incluida, y también ha sido suprimida de, la Agenda
Internacional. En verdad, hasta antes de los sucesos del 11 de Septiembre del 2001, la
Agenda Internacional estaba definida por cuatro elementos: los temas y problemas del
narcotráfico, del medioambiente, la corrupción y los derechos humanos. Notablemente,
es en relación con los dos últimos que la ética estaba de manera sólida y explícita
contenida en la Agenda Internacional. Al respecto, no sobra recordar que la Agenda
Internacional es un corpus político (y no ético o moral).
Sin embargo, luego y a raíz de los acontecimientos de la fecha mencionada, la Agenda
Internacional sufrió una transformación radical y ha estado definida por dos temas:
terrorismo y narcotráfico. Sencillamente, de un plumazo, los temas y problemas de
corrupción, de medioambiente y de derechos humanos fueron eliminados o desplazados
a lugares secundarios. Al respecto siempre vale atender a la siguiente distinción: una
cosa es el la formulación de la Agenda Internacional, y otra es el manejo de la misma.
Por derivación, lo mismo puede y debe decirse con respecto a las diversas Agendas
Nacionales, las cuales se expresan, por ejemplo, en planes de desarrollo y en políticas
públicas. Pero este es ya un tema aparte.
S. Hawking que puede ser acusado de todos menos de ser reduccionista en cualquier
sentido de la palabra, afirma en un momento determinado:
“El mundo ha cambiado mucho más en los últimos cien años que en cualquier
siglo precedente. La razón de ello no han sido las nuevas doctrinas políticas o
económicas, sino los grandes desarrollos auspiciados por los progresos en las
ciencias básicas” (El universo en una cáscara de nuez, pág. 26).
Quisiera suscribir esta reflexión de Hawking.
Lo que nos ha hecho posibles hasta la fecha no es, a pesar de todas las apariencias, la
existencia y el debate en torno a valores, principios, creencias. Todo lo contrario. Ha
sido en nombre de tal o cual Dios que nos hemos matado, que hemos organizado y
justificado batallas y guerras, que hemos establecido a priori la preeminencia de una
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cultura sobre otra(s), de determinado estilo y estándar de vida sobre otro(s), en fin, de
una forma de vida como siendo mejor, más válida, o preferible que otra(s). La moral, la
religión, el derecho y la ética han sido factores que han alimentado y justificado guerras,
violencia y exterminio. Si así ha sido la cosa, algo parece no andar muy bien en algún
lado, por decirlo de esta manera. Que así haya sido tradicionalmente no justifica en
manera alguna la historia, sino, peor aún, muestra lo patológica que han sido las
enseñanzas y transmisiones que hemos recibido en ese sentido, con esos contenidos, y a
través de esos canales.
En contraste, con Hawking, podemos aprender o recordar que lo que nos ha hecho
posibles hasta el momento no han sido propiamente la religión, el derecho, la moral y la
ética, sino el triunfo –no lineal-, de la investigación en ciencia y tecnología. Debemos
nuestra existencia, hoy mucho más, definitivamente mucho más a gente como Pasteur,
los arquitectos de los acueductos romanos, I. Fleming, los ingenieros de materiales y la
física de materiales, el descubrimiento de la tectónica de placas y las construcciones
sismo-resistentes, a la etología incluso y sus explicaciones acerca de la existencia y la
proximidad y el significado de los animales para la vida humana, por ejemplo. Esto
antes que a personajes como el Cardenal Bellarmino –que quiso callar a Galileo-, al
obispo de la antigua Armero, y muchos otros casos semejantes.
VI
La ética nace de una tensión y permanece como una tensión que, en determinadas
épocas y lugares, se resuelve a favor de uno de los extremos o atractores de la tensión.
La ética siempre ha nacido y ha permanecido como el problema que termina
resolviéndose en términos de los atractores religión y política.
A fin de entender esta situación se hace imperativo antes establecer una precisión a todo
lo que se ha dicho hasta aquí. La ética no simplemente se ocupa de los actos o las
acciones humanas. Más exactamente, la ética consiste en el estudio, la
problematización, el posibilitamiento o la acusación incluso del valor de los actos
humanos. Todas las otras ciencias, disciplinas y prácticas se ocupan, cada cual a su
manera, de los actos humanos. Por ejemplo, según si esos actos redefinen en términos
de salud o de enfermedad, de riqueza o de pobreza, de inclusión o de exclusión, de
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ignorancia o de conocimiento, por ejemplo. Pero es específico de la ética ocuparse,
adicionalmente, de los actos humanos para establecer el valor que tienen o que pueden
tener.
Pues bien, el valor de las acciones humanas se funda –por ejemplo, se justifica, o es
causado-, en términos de dos grandes dominios. De un lado, se trata de la propia
conciencia de cada quien. De la conciencia de cada quien, que, por tanto, conduce de
manera necesaria hacia el asiento último de la conciencia entendida individual o
aisladamente. En esto consiste, en el sentido primero de la palabra la religión –en el
sentido suficientemente explorado del religare de la conciencia consigo misma-. De
manera más precisa, cuando alguien aborda temas y problemas pertinentes a la ética
hablando de la tranquilidad de la conciencia, la ética se funda en o conduce hacia la
religión –en sentido no positivo-. De esta suerte, es posible decir, sin ambages, que uno
de los nutrientes de la ética ha sido siempre –y presumiblemente siempre lo será-, la
religión entendida como el encuentro y la confiabilidad de la conciencia consigo misma.
Vale recordar al respecto, por ejemplo, el conocido proverbio alemán: la mejor
almohada es una conciencia tranquila. Un problema perfectamente distinto, aunque no
ajeno a estas consideraciones es el de los resortes, intereses, motivaciones o razones
sociales y culturales que la religión tenga o pueda tener. De esta cuestión no podemos
ocuparnos aquí y queda como una reflexión para otra ocasión.
Sin embargo, el problema más importante de todos los que conciernen a la ética que
consiste, esencialmente, en una fuerza que parcialmente se nutre del fuero interno, es el
de si es posible, y si lo es cómo, hacer de esta fuerza privada o personal una fuerza
común y para todos. Pues bien, este problema dirige la mirada hacia el segundo atractor
de la ética: la política. En verdad, el problema de cómo hacer de un valor que se
fundamenta en el fuero interno un principio común para todos no es un problema ético
ni religioso. Por el contrario, este es motivo de la acción política y de los espacios
políticos. Así, la ética se nutre, adicionalmente, de razones, motivaciones y valores
políticos, cuando no simplemente permanece en el individuo, sino cuando apunta
además hacia la sociedad e incluso al conjunto de la humanidad.
Ahora bien, ambos atractores de la ética, la religión y la política, no tienen el mismo
estatuto. Quizás tampoco la misma importancia. Si se me permite la transliteración, la
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religión es un atractor fijo, en cuanto que el áurea de la religión ha sido usualmente el de
la paz, la calma, el sosiego, el remanso. Por su parte, en contraste, la política puede y
debe ser vista como un atractor periódico y en muchas, muchas ocasiones como un
atractor extraño. En verdad, lo propio de la política son los pactos y sus rupturas, las
treguas y las guerras, la organización y el orden social y sus rupturas y quiebres. Nada
más lejano al sosiego y el remanso que la acción política, la voluntad y las decisiones
políticas. En fin, por así decirlo, la religión puede ser considerada en cuanto nutriente
como regulador; la política, por su parte, es un elemento formador y energético de la
alimentación de la ética. Esto en el sentido que conocemos gracias a la nutrición.
El problema central es que en determinados momentos y lugares la política y la religión
se implican, se refuerzan y se conectan de distintos modos. Cuando ello sucede, estamos
en presencia del fundamentalismo. Es un principio fundamental la separación de la
religión y la política. Aquella permanece en la esfera privada; ésta otra pertenece a la
esfera pública. Este es el sello distintito de la modernidad.
VII
La grandeza y la sensibilidad de la ética no es otra que su preocupación permanente por
el individuo. Cuando en el discurso ético se habla de la ética de la empresa, por
ejemplo, se considera a la empresa como un individuo. Sin embargo, ésta que es la
especificidad y la importancia de la ética marca, al mismo tiempo las limitaciones de la
misma. La ética poco sabe y nada puede de temas sociales y históricos, a menos que sea
bajo el supuesto del individualismo ontológico o del individualismo metodológico.
La ética es un asunto eminentemente individual. Pero cuando queremos hablar de ética
en la dimensión meso y macro de la existencia, el término adecuado es otro. Se trata no
ya de temas y problemas éticos, sino, más exactamente, de temas y problemas de
justicia. En otras palabras, la ética tan sólo sabe del individuo, aun cuando alcance a ver
a la sociedad, a la historia y al planeta. Pero en estos dominios la ética nada puede.
Cuando se lanza en estos otros territorios, la ética deja de ser lo que es, para
transformarse en justicia. Es una situación análoga a la de la oruga. La oruga sólo sabe
de superficies, aun cuando alcance a ver el espacio, los volúmenes y las formas. Pero si
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desea aventurarse en ellos, debe convertirse en mariposa. Con lo cual, por lo demás,
transforma su belleza. Se hace, como decimos en ecología, más carismática.
El mundo contemporáneo ha hecho, por distintas y numerosas razones y desde diversos
ángulos y puntos de vista, una contribución fundamental a la historia de las ideas éticos.
Se trata del reconocimiento de que existe al mismo tiempo que una implicación en
términos de tensión, también una diferencia en términos estructura, entre la ética y la
justicia. Esto es, en términos de los contenidos, alcances, significado, posibilidades y
límites de la ética relativamente a la justicia, y viceversa.
Algunos de los términos de esta tensión y estructuras son: pobreza, inequidad, igualdad,
participación, acción colectiva y racionalidad colectiva relativamente a la acción
individual y la racionalidad individual, responsabilidad individual y social, valores
individuales y capital social y humano, medicina curativa y medicina preventiva, en fin,
disfrute personal, bienestar colectivo y sostenibilidad. Hay que decir que sobre éstos –y
otros temas conexos y afines-, no se ha dicho aún la última palabra. Y antes que ver en
este rasgo una limitación, se trata, en verdad, de magníficas oportunidades.
Puntualmente dicho, de estupendas posibilidades de vida.
VIII
Hay un tema que no hemos comenzado o por lo menos terminado de pensar. Se trata de
las relaciones entre ética y evolución. Debemos poder pensar en una ética evolutiva o
evolucionista. Sencillamente, en una ética con carácter y valor histórico, pues lo propio
de la historia es su carácter evolutivo. Por el contrario, el carácter, la estructura y el
talante de toda ética habida hasta el momento en la historia de la humanidad occidental
es de la ética en términos de y como orden y estabilidad. Si se me permite la expresión
filosófica: toda ética habida hasta la fecha en Occidente ha sido ética del ser, no del
movimiento, el cambio o el devenir.
En este sentido, existe un anacronismo entre el discurso y las pretensiones de la ética y
el decurso y los avatares del mundo contemporáneo. Notablemente, vivimos un mundo
crecientemente acelerado, cada vez más interconectado y sensible en escalas inmediatas
y a mediano y largo plazo, un mundo en el que lo local no es opuesto sino una expresión
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de lo global mismo, y en el que, a su vez, lo global se nutre de localidades y
variaciones.
Propongo, con una fuerza simplemente exhortativa, una ética evolutiva (o
evolucionista). Claramente no en el sentido, desafortunado, por lo demás, de H.
Spencer. Se trata de una ética que afirme, gratifique, plenifique, cuide y haga posible y
cada vez más posible la vida –la vida humana tanto como la vida en general en el
planeta; o mejor, la vida misma de Gaia-, en relación estrecha con la flecha del tiempo y
con las velocidades y direcciones de la flecha del tiempo. Desde este punto de vista, el
motivo de trabajo en el que pienso es el de las relaciones entre ética y complejidad, un
territorio completamente inexplorado hasta el momento.
Esta idea implica, en realidad, una tesis fuerte. Todas las éticas habidas hasta hoy han
sido éticas reduccionistas –exceptuando, quizás, las propuestas del multiculturalismo-.
En otras palabras, el fundamento de la evolución tanto como la obra misma de la
evolución es la diversidad. Una ética evolutiva debe ser, consiguientemente, una ética
de y para la diversidad. Esto es, como diversidad creciente, o también, como
complejidad creciente. El tema que sirve como referente es el de las conexiones entre
ética y el estudio de los fenómenos, sistemas y comportamientos no-lineales.
IX
La ética no puede ni debe enseñarse. La ética es ejemplar y el modo de existencia suya
debe ser ejemplarizante. Aprendemos no a través del dolor y el sufrimiento, sino con
entusiasmo, con placer (lúdica), y en el ejemplo que vemos a nuestro alrededor. Para la
esfera normativa hay un instrumento idóneo: el derecho, en toda la extensión y
profundidad del término. El derecho y sus aparatos, mecanismos y agentes. Pero si
hablamos y pensamos en términos de vida y de libertad, no ya coercitivamente –que es
lo propio del derecho-, sino en términos de liberación y de afirmación y exaltación de la
vida, tenemos la ética. La ética no en el sentido de la historia oficial y ortodoxa de la
humanidad occidental, sino la ética, por así decirlo, en el sentido primario y prístino de
Sócrates. De Sócrates y de algunos más.
16
El valor de los actos humanos es aprendido por empatía (Einfüllung), o también como
analogía. La imaginación desempeña un papel fundamental al respecto. Pues bien, no
hay nada tan opuesto a la normatividad como el ejercicio o la vida de la imaginación.
Nos hemos pasado el tiempo construyendo normas de toda índole para no matarnos en
lugar de dedicar nuestras mejores energías a la creación de un mundo bueno y mejor
común para todos como un mundo diverso y de complejidad creciente. La historia de
Occidente ha exaltado la norma sobre la vida en nombre de la vida. Y ha exaltado
también el control a expensas de la imaginación y la libertad. Esa historia ha llegado –
por lo menos ha comenzado a ha llegar a su final-. Si es cierto que la humanidad entera
se encuentra en un cuello de botella, el futuro posible será el resultado del
desplazamiento de la norma a favor de la vida, de la imaginación en contraste con la
obediencia, en fin, de la alegría en contra del espíritu de seriedad, sobriedad y pesantez;
de desasosiego incluso.
Lo dicho: la ética es un problema. Y lo maravilloso de los problemas no es simple y
llanamente resolverlos. Por el contrario, se trata de ver diferentes maneras de
resolución, y el descubrimiento, al mismo tiempo, de muchas otras variantes, juegos,
retos, desafíos y problemas. El problema fundamental de la ética es el cuidado, el
posibilitamiento y la gratificación de la vida. Pero, así las cosas, la ética se revela no
como un fin, sino como un instrumento; simple y llanamente una herramienta y nunca
un fin. Pues el fin es el cuidado y la exaltación de la vida.
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