Luz cenital

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Luz cenital
Texto: Llorenç Bonet
En este espacio religioso la qibla es un muro de hormigón, levemente inclinado en alzado y curvo en planta, iluminado indirectamente a través de unos lucernarios invisibles a simple vista.
La entrega del muro de la qibla con el techo, en vez de ser un
ángulo dónde se encuentran dos planos, deja un leve vacío por
donde entra la luz natural. De esta manera, a pesar de no tener
ventanas y que recuerde vagamente a una cueva, la mezquita
está relacionada con el exterior a través de esta luz; una luz
vertical que podrá ser entendida como un eje entre lo celeste
y lo mundano, pero también como una luz que invita a fijarse
en lo terrenal, es decir, en toda la riqueza de un simple muro de
hormigón –simple quiere decir que los arquitectos han cuidado
la configuración de este muro hasta el detalle más mínimo. Un
mecanismo que da indicios del exterior –el paso del tiempo, la
estación del año, una nube que tapa el sol– sin ser evidente.
Miguel Fisac, en la iglesia de Santa Ana de Moratalaz (1966)
utilizó una estrategia igual de simple y efectiva. Dónde debiera haber un retablo, hay sólo un muro de hormigón iluminado
por una luz cenital indirecta, sin que se vea de dónde proviene.
Tanto en el espacio de Fisac como en el de Emre-Arolat, la luz
cenital es utilizada para acompañar algo tan poderoso como el
sentimiento religioso, que de por sí es inmaterial. Los arquitectos conocen estos recursos como si de trucos de magia se
trataran, ya que les interesa el efecto que provocan en el espacio, no la ventana por sí misma, o la arquitectura por sí misma.
La arquitectura, pues, ha de estar al servicio de los usuarios;
en este caso, ha de formalizar lo trascendente, o, siendo menos
pretencioso, ha de dignificar un espacio que pertenece a la comunidad.
Pero no toda la luz ha de tener este sentido. Eeilen Gray diseñó
en la casa 1027 E uno de los lucernarios más espléndidos del
siglo xx, justo encima de la cama del dormitorio, dónde ella dormía con su amante. La materia y la forma pueden ser utilizadas
para propósitos diferentes: no todo está escrito de antemano,
ni todas las formas están ligadas a una función.
Aún así, la luz ha sido entendida como una energía portadora
de vida, inmaterial y celeste; con sus repercusiones tanto teológico-estéticas (Plotino) como arquitectónicas: el templo griego aún es explicado como el juego de la luz mediterránea en la
columna en contraste con la sombra del pórtico; la mezquita
azul de Estambul es admirada por las brillantes cerámicas de
su interior, el gótico francés por sus vitrales, y el gran juego formal del panteón de Roma queda sintetizado en el gran óculo
de ocho metros de diámetro en lo alto de la cúpula. Todas estas
obras resuenan en la pequeña mezquita de Sancaklar.
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