LAF 167 Observaciones sobre la conducta de

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OBSERVACIONES
SOBRE LA CONDUCTA DE BONAPARTE,
Y DEL SENADO CONSERVADOR DE FRANCIA, CON
LAS POTENCIAS EUROPEAS Y EN PARTICULAR
CON LA CASA DE AUSTRIA,
EXTRACTADAS
DEL PERIÓDICO DE LONDRES
EL AMBIGÚ,
O SEA MISCELÁNEA POLÍTICA Y MILITAR
DE MR. PELTIER.
CON LICENCIA.
REIMPRESO EN CASA DE ARIZPE,
1809.
OBSERVACIONES
SOBRE LA RELACIÓN DE CHAMPAGNY,
documentos oficiales que la acompañan,
y representación del Senado.
Cuando Bonaparte salió de París, dejó a su Ministro el encargo de
comunicar al Senado una de aquellas relaciones falaces destinadas a insultar
la nulidad de aquel cuerpo, y hacer resaltar la sumisión que le tributa. Lo que
obliga al usurpador a semejantes confidencias está muy lejos de ser de ser
respeto, pues lo desprecia demasiado para temerle y lo conoce muy a fondo
para inspirarle el menor recelo: le incomodaría seguramente el recibir de él la
menos prueba de deferencia que no fuera acompañada de una bajeza
asquerosa, y que no fuese concebida bajo las expresiones de la adulación más
infame: no le pide más que la obediencia del esclavo; obediencia que carece
de mérito, porque carece de libertad. Así que si le da algún conocimiento de los
negocios del Estado, es únicamente para obligarle a consagrar su voto, y
aplaudir por sus discursos las atrocidades políticas que consuman el vilipendio
y la ruina de la Francia, y preparen la esclavitud de la Europa continental.
El Senado de Francia es un cuerpo inerte sin representación y sin
fuerza, que jamás le ha negado al usurpador el contingente periódico destinado
a reemplazar innumerables víctimas en las guerras de la ambición, y que sin
informarse siquiera del número de hombres que devoró el año anterior, los
prodiga en la misma proporción que se le prescribe. No le es permitido
proponer ni sancionar las medidas, por las cuales el usurpador aparenta
algunas veces aliviar las fatigas de los males públicos: todas sus funciones se
limitan a aprobar nuevas guerras, y a entregar gradualmente la población de la
Francia al verdugo, que destinándola a un combate tras otro, satisface al
mismo tiempo su implacable odio contra ella, y su insaciable sed de sangre y
de poder. De esta manera se reserva para sí el honor del bien que su política le
aconseja, y encarga a los cuerpos que ha creado lo odioso de sus medidas.
“Mister Champagny intenta persuadir en su relación que Bonaparte por
un acto de generosidad restituyó al emperador de Austria su capital y sus
estados:” Vuestra Majestad no pudo ver, dice, sin una profunda sensación a
aquel Monarca despojado de su fuerza y de su grandeza. ¡Ah! ¿y qué
sensación sentía al considerar a la familia Real de España, que por medio de la
traición más horrorosa había él mismo despojado de su fuerza y de su
grandeza? Vos queréis persuadir que ese enemigo de los pueblos y de los
reyes, es capaz de alguna generosidad; que puede sentir la más leve
compasión: ¡Vos que conocéis profundamente ese carácter que reúne todos
los extremos y todos los contrastes, que es susceptible de la más abominable
hipocresía, de la superchería más bien calculada, y del disimulo más bien
sostenido, igualmente que de los arrebatos más furiosos, y de las más
desmedidas pasiones! ¡Vos que conocéis ese corazón a quien la amistad, el
cariño y todos los sentimientos que forman las delicias de la vida, le son
totalmente extraños y desconocidos, que sólo palpita de placer a vista de las
pinturas de la desolación y la muerte, que sólo se regocija cuando ve
consumado los atentados más negros! ¿Hay por ventura alguno que no haya
descubierto los motivos de esa supuesta generosidad, y las causas de ese
tratado de Presburgo concluido con tanta brevedad, pero que tan mal ha
cumplido Bonaparte? El emperador fue vencido a la verdad; su capital estaba
en poder de un conquistador feroz; pero la Hungría estaba intacta, y una parte
de Bohemia y del Austria, quedaba aun por conquistar. El sistema de la Prusia
cambiaba evidentemente y nada había más incierto que su neutralidad. Si
Bonaparte se internaba más en la Bohemia encontraba con el ejército ruso,
que estando más inmediato a sus refuerzos y almacenes, era tanto más
formidable. Además él ofrecía a la Prusia unos términos que ésta no podía
dejar de abrazar (a pesar del aturdimiento de sus consejos) ya para establecer
su preponderancia, ya para libertar a la Europa del azote que amenazaba
destruirla por entero. Si intentaba dirigirse hacia la Hungría, hacia aquella parte
de los estados Austriacos, que es tan formidable al enemigo por la fidelidad y
ánimo de sus habitantes; encontraba con el ejército del Archiduque Carlos, que
venía al socorro de la capital invadida, y se hallaba casi intacto. Era necesario
pues, que para la ejecución de sus futuros proyectos, y para prevenir los
reveses que su obstinación en continuar sus conquistas podía suscitarle,
aparentar generosidad bien persuadido que luego después abatida la Prusia,
seducida o desanimada la Rusia y organizada enteramente la confederación
del Rhin, el Austria sería una presa muy fácil a devorar.
Si según dice él mismo, se permitió al emperador de Austria existir de
nuevo; no fue sino para destruirle con mas seguridad; para aislarle de todos
sus auxilios, de todos sus apoyos, para cercarlo de las potencias enemigas, y
para dar a la política de sus antiguos amigos y aliados naturales una dirección
enteramente opuesta a que había hasta entonces observado. Esto es lo que el
emperador de Austria ha debido descubrir, y esto es lo que efectivamente ha
descubierto en los supuestos beneficios de Napoleón, y lo que ha fijado en su
espíritu el pensamiento de la guerra. Vuestra Majestad, dice el ministro, no ha
recogido el tributo de reconocimiento que le era debido; el emperador de
Austria ha olvidado bien pronto aquel juramento de fidelidad eterna. Con
dificultad se encontrará mayor absurdidad e insolencia, de la que encierran
estas dos frases. ¿Cómo es eso? ¿Con que el emperador de Austria debe
estar reconocido al enemigo declarado de su casa, a aquel que establecía
nuevos potentados alrededor de los estados Austriacos, con el proyecto
decidido de conquistarlos un día, a aquel que excitaba el orgullo y la codicia de
la casa de Baviera, con el fin de despertar rencores y pretensiones injuriosas a
la de Lorena, a aquel que sometía todo el imperio Germánico a una laboriosa
dislocación, y a una organización totalmente dirigida en contra su antiguo
protector? Si el emperador de Austria hallándose al lado de este hombre, cuya
seducción es tan poderosa, y creyendo deber a su generosidad la restitución
de sus estados conquistados, se dejó arrastrar de un movimiento natural a todo
corazón sensible y generoso, si prometió buena fe y amistad a un hipócrita que
parecía no deplorar sus propias victorias, y sacrificar sus mismas conquistas,
sino para sacar en adelanta mayores ventajas: ¿no debía abjurar esa amistad
como un sentimiento sacrílego e indigno, cuando vio que ese monstruo
destronaba y aprisionaba a aquel monarca español que había sido el aliado
más fiel, y el amigo más útil para la Francia?
El ministro francés reprocha al Austria el haber reorganizado sus
fuerzas, es decir: que permitiendo, como dice con insolencia, que el Imperio de
Austria existiera de nuevo, Bonaparte suponía que debía permanecer en el
estado de desorganización y de endeblez, a que lo habían reducido sus
reveses. Este es el modo como el opresor de los reyes es generoso, esto es,
cuando les concede territorios, o cuando les devuelve lo que les ha usurpado,
exigiéndoles las promesas de que o se considerarán sino como depositarios de
ellas, y que de los medios de poder y prosperidad que puedan adquirir, no
harán otro ningún uso sino el que sea conforme a su voluntad o útil para sus
proyectos. La guerra contra la Prusia, añade el ministro, hizo conocer bien
pronto esas disposiciones malévolas. ¡Y qué! ¿es acaso la inacción que Austria
manifestó entonces disposición malévola? ¿un movimiento solo de los ejércitos
que le quedaban, aun después de la batalla de Jena no era bastante para
poner a Bonaparte en el mayor peligro? ¿y si éste no hubiera contado con esa
inacción; si hubiera temido estas disposiciones malévolas, se hubiera
adelantado tanto? ¿se hubiera expuesto cuando se encaminaba hacia el
Niemen con todas sus fuerzas, a no tener ningún medio de salvarse, en el caso
de que un ejército Austriaco se le hubiera presentado (como era muy posible)
por su retaguardia? Así es como Bonaparte hace acusara los reyes de aquellos
actos mismos que han resultado en beneficio suyo. Así es como para tener un
pretexto para despojar al rey de Prusia, y para impedir que las desgracias de
este Príncipe excitasen la compasión de la Europa, le reprochara aquella
misma política, que había destruido la obra de Francisco el grande, acelerado
el éxito de la revolución francesa, y dádole a aquél que en el día es el heredero
odioso, los medios de desquiciar o más bien de derribar todos los tronos de la
Europa continental. Así es como acusará algún día al emperador Alejandro o
de no haberle auxiliado sino muy débilmente en sus proyectos, o de haber
hecho adelantar hacia sus fronteras del Austria unos ejércitos que hubiera
dirigido contra él mismo, si hubiera experimentado algunos contratiempos.
El ministro pretende probar que Bonaparte no tenía intenciones hostiles
contra el Austria, porque después del tratado de Tilsit dejó en una entera
inacción los 400 000 hombres que ceñían a este Imperio. Pero si se examina la
posición que Bonaparte ocupaba en aquella actualidad se verá, que esta
inacción era efecto de la necesidad, igualmente que de los proyectos que tenía
formados contra otro punto de Europa. Después de su campaña contra los
rusos, Bonaparte no tenía en Alemania más que tropas debilitadas con la
fatiga, y desprovistas de municiones, de provisiones y de efectos de campaña;
cualquiera nueva guerra hubiera producido en ellas el descontento o al menos
un desaliento, que hubiera tenido para él funestas consecuencias, Además,
siéndole fácil juzgar cuán difícil es el conquistar unos reinos, defendidos en
especial por la adhesión y amor de los pueblos a su legítimo Soberano, no
creyó deber atacarles hasta rodearles de todos los peligros, que pudieran
entregarlos a su ambición, Era menester para esto que el emperador de Rusia
subyugado ya en parte por la fatal entrevista sobre el Niemen, se prestara a su
arbitrio como un instrumento dócil, y se liase con él, así para la paz como para
la guerra. Era necesario también que la confederación del Rhin fuese
enteramente organizada, y por el reino de Westfalia se elevase en medio de
ella para servir de Faro a los Príncipes que la componen, y ofrece al Austria el
presagio funesto de la caída mortal que Napoleón le prepara. Mientras que
toda esta organización amenazadora se perfeccionaba, juzgó Bonaparte
conveniente emplear los momentos de ocio que dejaba, en consumar la
escandalosa catástrofe que precipitó del todo a la familia de España.
No es nuestro designio acompañar al ministro francés por entre todas
las aserciones falsas, y todos los hechos forzados que se encuentran en su
relación. Bástenos haber indicado todo cuanto el exordio de esta Filípica contra
el Austria, encierra de cargos absurdos y de insultos irritantes. Hay ciertas
acusaciones que el emperador francés está muy lejos sin duda de querer
desaprobar, y cuando el ministerio le reprende el no haber querido participar
de los sentimientos de indignación, que Bonaparte quería excitar en toda la
Europa contra la Inglaterra, hace justicia, sin querer, a la seguridad y al honor
de Su Majestad Imperial, que seguramente no podía participar de un odio tan
ciego como infundado contra una nación grande y generosa; contra un
gobierno, que siempre ha estado pronto a socorrer a los pueblos y a los
soberanos en sus esfuerzos, para luchar contra la usurpación, y para
conquistar su independencia. El ministro ha caracterizado, impensadamente, el
género de cooperación que Bonaparte obtiene de las demás potencias contra
la Inglaterra: ellas a la verdad aparentan prestarse a sus ideas, y participar de
sus sentimientos, pero en lo interior ansían por la prosperidad del mismo país,
contra la cual se las excita, y fijan su esperanza en ella luego que conciben l
más ligera libertad. Mister Champagny advierte a Bonaparte que tal vez hubiera
sido una política sana haber obligado a su tiempo al Austria a desarmar,
amenazándola con aquellos ejércitos victoriosos que la rodeaban por todas
partes. Pero ¡ah! si vuestros ejércitos rodeaban el Austria, si el capricho solo de
un hombre que ha manifestado que nada sabe respetar, podía entregar este
Imperio a los horrores de la guerra, ¿es a caso de maravillar que se tomen
precauciones para oponerse a unos riesgos siempre urgentes, y a una acción
siempre amenazadora?
El ministro Champagny exagera como un mérito grande para su
Emperador, la carta que éste escribió al de Austria la momento de su salida de
Erfurt, dándole parte de que evacuaba las plazas de la Silesia, y de que 200
000 hombres de tropas francesas abandonaban la Alemania. Pero si como
luego después se ha descubierto, se estipularon en las conferencias de Erfurt
cierto capítulos contrarios a la integridad y a los intereses de la monarquía
Austriaca, la carta de Bonaparte no es más que una de aquellas charlatanerías
que le son tan familiares, y uno de aquellos actos de tramoya y de hipocresía
que son siempre, para el soberano a quien se dirigen, el anuncio de su odio, y
el presagio de los mayores atentados de usurpación y violencia. Evacuaba las
plazas de la Silesia, ¿pero por ventura lo hacía esto para la seguridad de
Austria? ¿no era esto más bien para complacer al emperador de Rusia, y
persuadir a éste principalmente que quería cumplir todas sus promesas, y
restablecer al rey de Prusia en el rango de las potencias europeas? ¿el sacar
los 200 000 hombres de Alemania era pues manifestar al Austria sus
intenciones amistosas, o era para consumar la mayor de las infamias que haya
podido inventarse para atacar la libertad de los pueblos, y para usurpar los
derechos de la soberanía? A la verdad, no es para nada menos que para ir a
llevar la espada y el fuego contra la nación española, que se había armado en
masa para conservar sus leyes, su religión y sus propiedades, y para vengar a
su legítimo soberano, a quien ha jurado fidelidad. Esta sacrílega expedición,
lejos de asegurar a la Austria, no hacía más que probarle que si Bonaparte
destronaba a un monarca, contra quien no podía alegar el menos agravio, si
antes bien le debía muchos favores, mucho menos respetaría a una potencia
que había vencido de antemano, y a la que sólo había mostrado generosidad
para despedazarla más a su salvo. El ministro de Bonaparte le hace cargo al
Austria de haber rehusado la garantía de la Rusia contra la Francia, y la de la
Francia contra la Rusia Dejando a parte que estas dos garantías no presentan
más que un círculo vicioso, y una extravagancia diplomática ¿qué seguridad
podía encontrar el Austria en la garantía de dos potencias que declaran
haberse unido tanto para la paz como para la guerra? esto es, que cada una de
ellas se obliga a hacer la guerra a los enemigos de la otra, sin averiguar los
motivos ni el fin. Es verdad que el emperador de Rusia ha creído no haber
concluido ni firmado cosa alguna en Erfurt, que fuese contraria a los intereses
de la Austria; pero la carta interceptada de Champagny a Bonaparte manifiesta
todo el valor de esta garantía recíproca. El ministro se queja en seguida de
haber asesinado a los correos del emperador su amo. Nada tiene de particular
que se hayan empleado contra ese monstruo ambicioso, los medios atroces y
sanguinarios de que se ha valido él mismo tantas veces, para descubrir los
secretos de aquellos gabinetes de que desconfiaba; ni que se le haya
demostrado, que si él mandaba asesinar a los correos en los caminos reales
para posesionarse de sus papeles, tampoco hallaría seguridad alguna para los
mensajeros de desorganización o de muerte, que enviaba a las últimas
extremidades del mundo. El que batiere a Bonaparte con sus propias armas,
siempre merecerá bien de la humanidad. Dice en seguida el ministro, que al ver
los armamentos del Austria, renunció Bonaparte enteramente sus proyectos
contra los ingleses. ¡Cada vez que este hombre ha querido aumentar sus
ejércitos y destruir una potencia, ha dado por pretexto a sus preparativos la
guerra contra Inglaterra; luego que se halla en estado, ataca la tal potencia,
tomando por pretexto el haberle negado a auxiliarle o haberse vendido a los
ingleses. Esa paz marítima que pretende conquistar, le ha servido siempre de
excusa para turbar la del continente, y cuando finge amenazar las costas de la
Inglaterra, es puntualmente cuando se prepara a marchar contra alguna
potencia vecina. De modo que cada vez que anuncia una expedición contra la
Inglaterra, es cuando medita el trastorno de algún Imperio sobre el continente,
y si no búsquese lo que ha dicho, y lo que ha hecho cuando ha llevado la
guerra hasta el dentro de la Italia y de la Alemania, y se verá que iba a atacar a
los ingleses. Mientras que fuerza a los soberanos a coligarse con él, contra ese
coloso, a quien no osa atacar de frente, medita cómo volverá contra él las
fuerzas que parecía haber destinado a obrar en una cooperación común, como
podrá encontrar en la misma sumisión un pretexto para acusarlos y
envilecerlos.
No, dice el ministro, no es el motivo de haber tomado el Austria las
armar, el que la Francia se hubiese armado. La Francia nunca ha cesado de
armar ni de conservar una posición amenazadora contra las potencias con
quien ha hecho la paz, después de haberlas vencido. Siempre bajo el pie de la
guerra, ataca a los soberanos que aumentan sus armamentos y que toman
contra ella, no aun medidas hostiles, sino precauciones prudentes. Si parece
abandonar algunos territorios, los circunda de tropas, y toma posiciones
militares, a fin de poder invadirlas de nuevo siempre que encuentre una
ocasión favorable. El emperador de Austria rodeado de los ejércitos de
Bonaparte no tenía más que una existencia precaria y dolorosa; su ruina
estaba jurada, y no le quedaba otra incertidumbre que la del momento en que
convendría a Bonaparte el obrar, y bien convencida de la máxima del mismo
tirano que vale más un mal agudo, pero de corta duración, que una ligera pena
prolongada, se determinó a hacer estos esfuerzos prodigiosos de que se le
acusa, para ver de salir de esos terrores continuos, y de esa agonía lenta.
Escogió para participar la guerra el preciso momento que le prometía un éxito
favorable: la Francia se hallaba, como dice muy bien el ministro, debilitada por
una y otra guerra, y si esta circunstancia fraguada por la providencia, que no
quiere que el usurpador continúe por mucho tiempo su carrera impía y
desoladora, no produjere la libertad de la Europa, a lo menos habrá mostrado
que aún en medio de sus mayores victorias puede ser atacado este bandido, y
que a pesar de sus ejércitos inmensos, se pueden hallar en una población fiel y
constante los medios de resistirle, y aun de vencerle.
El Austria ha hecho la guerra sin haber precedido una demanda, porque
estaba bien convencida de que mientras que Bonaparte no se hubiera creído
con fuerzas suficientes para atacarla, y arrojase sobre ella con todas sus
fuerzas disponibles, se hubiera mostrado condescendiente, usando de todas su
artes y falacias, le hubiera quitado todo pretexto de ruptura. ¿Qué es lo que
podía pedir? ¿qué destruyera Bonaparte esa confederación del Rhin, y ese
reino de Westfalia organizados sin la menor duda contra el Austria? él hubiera
respondido que la confederación del Rhin y el reino de Westfalia eran más
inmutables que la triple corona de la costa de Lorena. Si le hubiera pedido que
para el restablecimiento de la casa soberana de España en sus honores y sus
derechos que le había quitado, le probase que no despreciaba y hacía burla de
los tratados más sagrados, y de los empeños más solemnes, que igualmente
prescribía a sus aliados como a sus enemigos, y que hacía la guerra a todos
los soberanos legítimos, hubiera respondido: “Que no hacía más que
restablecer la obra de Luis XIV y asegurar de nuevo los lazos, que por espacio
de cien años habían mantenido la paz entre la Francia y la España”. Si se
hubiera pedido que en prueba de que verdaderamente deseaba la paz del
continente, disminuyera ese estado militar que diariamente engrosaba por
medio de una conscripción forzada, que destruía la población de la Francia, y
la de todos los pueblos que le dan el contingente, y a quien ha envuelto en el
sistema federativo; y si le hubiera objetado que sería un insensato el soberano
de Europa, que quisiera mantener ejércitos tan inferiores en número, y tan
incapaces de mantener su independencia, hubiera dicho que esta progresión
rápida de medios para subyugar era dirigida contra la Inglaterra, que él nada
más pedía a las potencias del continente, que conquistar juntamente con él la
paz marítima.
En la conversación que tuvo Bonaparte con Mister de Metternich,
embajador de Austria, es difícil averiguar qué incita mas la cólera, o el tono de
perfidia que reina en sus expresiones, o las baladronadas soldadescas de un
hombre recién salido del cieno, y que llegando al grado supremo no se adapta
a ceñirse a la dignidad que le conviene, sino que conserva en sus discursos
aquel trono trivial e insolente del que ignora las reglas de una buena crianza.
Había escogido para este insulto el día mismo que se celebrara su
cumpleaños, creyendo que esta solemnidad que reúne a su alrededor ese
ganado de esclavos que ha titulado y condecorado, y ese melancólico
fantasma a quien para escarnio, llama cuerpo diplomático, estremecería mucho
más la imaginación del embajador, y daría mayor celebridad a lo que él
intentaba dirigir más bien a los soberanos de la Europa, que no al embajador
de Austria.
Si el poder de Bonaparte no excediera con mucho todas las
proporciones conocidas hasta el día, si su nombre solamente no esparciese
por todas partes una profunda consternación, los pueblos juzgarían más a
sangre fría las circunstancias en que él se muestra tal cual es, no verán en él
otro que un miserable farsante que arregla con muy poca gracia las escenas
donde pretende hacer brillar Su Majestad, y que recita desgraciada y
miserablemente los retazos que ha aprendido de memoria, para lucir sus
conocimientos y sus luces. No hablaremos aquí de la superioridad de que se
reviste cuando se trata de destruir las monarquías legítimas. Nadie le disputará
aquel instinto maléfico, a quien ningún crimen acobarda ni perturba, y que nada
es capaz de satisfacer, que cada año produce nuevas catástrofes más terribles
que las que se creían como el cúmulo de las desgracias y atrocidades, de una
producción tan nueva y tan desconocida, que estremecen y horrorizan al modo
de aquellos fenómenos que amenazan la destrucción de la naturaleza entera;
pero es menester convenir en que separado de esta carrera de devastación en
que ha sido colocado para castigo de los hombres, no se manifiestan en sus
acciones y discursos sino unas pasiones miserables y un espíritu sumamente
limitado.
¿Quién os amenaza? ¿quién os ataca? le decía a Mister de Metternich,
¿no está todo tranquilo alrededor vuestro? Esta pregunta es seguramente
pueril e insolente, hecha por un hombre que acababa de inundar la España de
sangre para colocar a su hermano sobre el trono de un príncipe amigo y aliado
de la Francia. La Europa toda conocía el valor de semejante pregunta, y
juzgaba como es regular, que lo acababa de hacer contra una potencia que
jamás le había negado cosa alguna, lo repetiría con mucha mayor audacia
contra un soberano, que no quería sacrificarle nada, ni el honor de su dinastía,
ni del territorio gobernado por sus antepasados. “¡Quién nos amenaza!” hubiera
podido responderle el embajador de Austria. “Toda vuestra conducta, todos
vuestros sistemas, vuestros diarios, la posición de vuestros ejércitos, la política
de vuestro gabinete. Después de la caída de la casa de España, todos los
soberanos deben mirarse como amenazados y como atacados, deben reunir
todas sus fuerzas, armar la población de sus estados y caminar contra vos. Las
deliberaciones serían su ruina, no debe haber dilación, no se debe vacilar,
deben hacerse cargo que entren en una guerra moral contra el héroe de la
usurpación, es preciso o que él quede aniquilado o que ellos perezcan. Vos
intentáis invertir y cambiar todas las naciones del bien y del mal, de lo justo y
de lo injusto, a fin de trastornar el orden social: vos llamáis rebelión a los
esfuerzos de la lealtad, castigáis de muerte a los que son fieles a sus
juramentos, a los que quieren la conservación de su patria, de sus leyes, de su
religión y de su soberano. Vuestra violencia no conoce freno alguno, vuestra
ambición no se sujeta a límites, emprendéis cuanto creéis posible ejecutar, y no
os detenéis un momento si no es para recoger más fuerzas, y destruir al
segundo golpe lo que no habíais podido desquiciar por el primero. ¿pretendo
yo a caso algo, decís, que os deba inspirar recelo? Es preciso que os creáis
bien seguro de nuestro silencio o de nuestra insensatez, cuando nos hacéis
semejante pregunta. La organización de la confederación del Rhin, que quita al
emperador de Alemania una de sus más bellas prerrogativas, que sustrae de
su influencia tantos príncipes que lo reconocían por si jefe; esa organización
consumada en menosprecio de los tratados, de vuestra promesa, y de nuestras
reclamaciones, ¿no anuncia pretensiones que deben inspirar recelo? ¿no es el
presagio de nuestra caída, y la señal de la guerra que nos preparáis?
Vos nos reprocháis el haber levantado el grito de la alarma, y de haber
llamado al pueblo a la defensa de la patria. Sin duda hubiera convenido a
vuestras ideas, que insensible a todos los síntomas que le anunciaban que
habías jurado aniquilarla, la casa de Lorena hubiera aguardado en la inacción
el resultado de vuestras intrigas y de vuestros atentados, y que os hubiera
entregado sin resistencia los pueblos que en otros tiempos la han libertado de
los riesgos. Entonces les hubiera aconsejado que abandonasen a una familia
incapaz de protegerles, y hubierais de este modo encontrado en su misma
lealtad el medio para someterles a vuestras leyes.
Sabemos muy bien que no queréis el que se os resista, no aun tanto por
las dificultases que esta resistencia oponga a vuestros proyectos, como por las
consecuencias que suponéis que a lo lejos os pueda acarrear. Vos queréis que
se os entreguen los pueblos como gavillas de esclavos viles, en quienes se
haya extinguido hasta la más mínima centella de aquellos sentimientos que
honran la humanidad y ennoblecen la existencia.”
Cuando se elle a sangre fía aquella conversación de Bonaparte, se le
encuentran una incoherencia en las ideas, y una puerilidad en las reflexiones,
que le deben perjudicar infinito en el espíritu de aquellas gentes que se
obstinan en atribuirle todos los actos de su gobierno. Reprende al emperador
de Austria el haber en parte vestido sus milicias, el haber provisto sus plazas, y
haber mandado comparar caballos. Se debe confesar ingenuamente que nada
hay más absurdo que el detalle de estas quejas. “He mandado acampar mis
tropas, (añade) en países extranjeros porque sale más barato que en Francia”.
Ello no hay duda que no hay nada más barato que este modo de mantener los
soldados: en Francia se vería obligado a darles sueldo y víveres, mientras que
en el país extranjero se lo hace suministrar todo bajo promesas de
indemnización que nunca cumple, a los infelices vecinos. Es como si dijera: “yo
robo a mis vecinos para vivir, esto me sale menos caro”. Sin embargo, parece
que cuando se hacen acampar tropas es con el fin de que estén prontas para
entrar en campaña a la primer señal, y es porque se tienen miras hostiles
contra el país en cuya vecindad se las hace descansar. Esta razón que da de
sus intenciones pacíficas, es un evidente absurdo. “Su política, (añade) está a
la vista porque es lea”. Mejor hubiera dicho: porque es la de un salteador que
no respeta cosa alguna, ni teme manifestarse tal cual como es, porque tiene
bastante fuerza para despreciar el horror que inspira. “Vos me suponéis, (dice)
designios ambiciosos sobre la Turquía, yo os declaro que eso es falso (modo
cortés de explicarse) y que no pretendo nada de la Turquía, (cuyo
desmembramiento sin embargo ha propuesto al Austria y a la Rusia.) Cuando
un hombre que se sienta entre los soberanos, y que pretende haber recibido de
Dios la misión de gobernar a los pueblos, y de regenerar los imperios, dice
públicamente tan palpables y desvergonzados embustes; cuando de tal modo
se abate y coloca entre la clase más despreciable de la sociedad, no se
pueden dejar de deplorar amargamente las circunstancias que nos rodeas, y
que han levantado hasta la cima del poder a un miserable, que no solamente
hace burla de lo más respetable y santo, sino que se abate hasta representar el
vil papel de embustero, sin necesidad ni designio, y solamente para mostrar el
vicio de su educación, y las inclinaciones que conserva bajo la usurpada
púrpura que lo adorna.
Bonaparte dice, que ha conservado a Venecia únicamente para dejar
menos motivos de discordia. Cuando uno piensa que es él quien ha proferido
semejante barbajada con la mayor seriedad, no puede contener la ira por las
alabanzas de sus panegiristas. De modo, que se queda con lo que no es suyo
para evitar motivos de discordia; sin duda es por el mismo motivo que ataca
sucesivamente a todas las potencias de la Europa, y luego da los despojos a
su dinastía. Esto ni lo dice por burla, ni por hipocresía, porque según él mismo,
es demasiado fuerte para disimular ni fingir; es pues únicamente por
bestialidad. Mister de Metternich, debió sonreírse de lástima cuando le oyó
decir al enviado de la provincia muy solemnemente: “si le he quitado a vuestro
amo el estado de Venecia que le había dado, ha sido porque era muy regular
que por el tiempo me hubiera venido el deseo de quitárselo; él es probable que
hubiera querido defenderse, valía pues mucho más ocupándola desde luego,
quitar este pretexto de guerra:” Luego después, añade. “El emperador no
quiere, la guerra, el ministro tampoco la quiere ni los hombres distinguidos de la
monarquía la quieren, y sin embargo se efectuará seguramente.” Toda esta
enumeración es absurda. ¿Cómo puede efectuarse una guerra, si todo cuanto
tiene la influencia sobre la marcha de gobierno en su rango se opone a ella?
Se debe pues convenir en que esta charlatanería insustancial es totalmente
indigna del hombre, sobre quien tiene fijada la vista el universo, y que si
Bonaparte es majestuoso al frente de sus legiones revolucionarias, es nada
más que un pobre hombre en las sesiones con los embajadores de los
soberanos. Esto prueba lo que llevamos ya dicho varias veces que en
Bonaparte hay dos hombres, uno que es el personaje revolucionario arrastrado
por toda su voluntad poderosa, por su prodigiosa actividad, y como dispone de
medios inmensos, excita por los resultados que alcanza, la admiración y el
asombro: otro por el contrario es siempre el hijo de un pobre aldeano de
Ajaccio, que aún no ha podido despegársele el uno de las barracas donde ha
pasado su juventud. Nada hay tan extravagante como esta frase, por la cual
acusa a los ingleses de que un francés no puede penetrar a las aguas de
Bohemia. ¡Santo Dios! ¡las aguas de Bohemia! ¿y hay sufrimiento para tanto?
Seguramente nadie creyera encontrar ingleses en este negocio. Menos ridículo
hubiera sido si hubiera deseado ser más verídico, y confesar sinceramente que
por todas partes cuando los pueblos osan manifestar sus opiniones, se vengan
sobre los instrumentos serviles de la ambición de Bonaparte, de los males que
les causa o del que les amenaza. Tal es la lastimosa situación en que se halla
esa desdichada nación francesa, que jamás podrá tener honor, ni conseguirá
las ventajas de las victorias, porque prodiga su sangre y sus tesoros, y que el
dueño que la domina y la envilece no le dejará por herencia más que el odio de
sus pueblos, y su terrible venganza.
“Si es solamente a la intervención de la Rusia, (dice Bonaparte) que la
Europa debe la conservación de la paz, ni la Europa ni yo podremos miraros
como mis amigos.” He aquí que la Europa y él, que forman dos individuos, y
tienen unas mismas inclinaciones y un mismo modo de ver y de pensar, la
Europa no sale la más bien librada en esta ocasión, puesto que no puede
consultar sus afectos personales, y sólo tiene la facultad de juzgar cuáles son
los amigos de Bonaparte, pues éste no dice los amigos de la Europa y los
míos, sino única y redondamente mis amigos. Aunque esta frase es absurdo,
no deja de descubrir cuán poseído está de la idea de poner a la Europa bajo
sus leyes, también prueba que se considera ya como dueño de ella, pues
anuncia de antemano la opinión que ésta manifestará, y los sentimientos
simpáticos de que será animada cuando verá que es únicamente a la
intervención de la Rusia a quien se debe la continuación de la paz. No quiere
decir los soberanos de la Europa, no, él se cree muy superior a éstos: los
comprende a todos bajo de una denominación colectiva, y los confunde a todos
bajo de un individuo político a quien él llama la Europa, para que no se crea
que piensa colocarlos bajo la misma línea que él ocupa.
“Me veré, (añade) dispensando enteramente de convocarlos a concurrir
a las determinaciones que pueda exigir el estado de la Europa”. De esta
manera después de parecer ansiar la paz, y buscar cómo calmar las
inquietudes de la potencia, cuyos armamentos desea hacer suspender,
anuncia aun de nuevo determinaciones; esto es, las convulsiones que excita en
los estados, para tener un pretexto de cambiar su constitución, deponer sus
soberanos y transmitir sus pueblos a un dueño que bien o los compra a dinero
constante, o por la cesión de un territorio que le es más conveniente al
usurpador, Aquí dejaba descubrir a un gabinete, a quien le suponía aun la
política antigua que ha producido los desastres de la Europa, que le tenía
destinada una cantidad de despojos, que las determinaciones que meditaba
pondrían a su disposición. Este hombre ha llegado a cegarlo la ambición en
tales términos, que no conoce cuando habla de paz, proclama él mismo la
guerra, y que anunciando los deseos de mantener los tratados, demuestra que
va a violarlos abiertamente. Amenaza al Austria, diciéndole que no evacuará
los estados de Prusia. Así es como él ha encontrado siempre en sus supuestas
inquietudes, que le ha dado una potencia pretexto para no cumplir sus tratados
con la otra. Se queja de que el emperador Francisco tiene un ejército de 400
000 hombres, y él mismo anunciaba ya tiempos antes que lo tenía de 800 000,
sin contar con las tropas de sus aliados. Estas inquietudes continuas que ha
manifestado cuando ha visto a una potencia organizar sus ejércitos, según el
nuevo sistema militar introducido en Europa por la guerra revolucionaria, sus
quejas y sus amenazas prueban que no quiere permitir a potencia alguna que
esté aliada con él, tanto para la paz como para la guerra, el levantar tropas en
proporción relativa a su población y extensión. No será nada extraño que algún
día simplifique en extremo la circunstancia de la paz y de la guerra, diciéndole
a un soberano.”Yo tengo a mi disposición un millón de hombres, vos no podéis
oponer sino es un número muy inferior, y así es enteramente inútil que
mantengáis un ejército que no puede resistirme. Si queréis aumentarlo no lo
podéis hacer sino por unos esfuerzos que destruirán vuestro comercio e
industria, y que amenazarían tumbar la paz del continente: así no os permito el
mantener más soldados que los que fueren precisos para conservar la dignidad
del trono, preservar la policía en vuestros estados, y conquistar juntamente
conmigo la paz marítima.” Tal es el lenguaje implícito con que le hablaba el
Austria, y con el mismo le hablará a ese poderoso emperador del Norte, a
quien ha adormecido y halagado con la quimera de un engrandecimiento que lo
pondrá al nivel de la Francia. No es posible concebir cómo al ver lo que está
sucediendo, y calculando la carrera progresiva de las usurpaciones de
Bonaparte, un solo soberano legítimo pueda aspirar a conservar su corona.
Aquellos que están bajo la dependencia de este héroe de la usurpación, no
deben considerarse en la clase de soberanos pues lo que eminente y
esencialmente constituye la soberanía es la independencia. Ellos están
encerrados en sus capitales, están encadenados bajo de sus tronos, el pedo
de unas coronas colocadas por la mano impropia sobrecarga y marchita sus
sienes: no pueden, ni salir de su esclavitud por una abdicación, ni hacerla más
tolerable por una sumisión ciega a la voluntad del que los ha elevado. Su
actividad les atormenta, su violencia les asusta; ignoran hasta dónde debe
llegar su obediencia, estando bien persuadidos que no tiene límites. Hoy les
prescribe el reposo, y mañana los pone en una penosa agitación, sin
manifestarles el designio. Si aquel demuestra un exterior pacífico, éstos deben
caminar con suavidad y timidez. Cualquier despacho que se recibe a la llegada
de un correo, cambia enteramente el curso de sus gabinetes, si es permitido
dárseles tal nombre a unos cuerpos que no ejercen más que funciones
administrativas. Y luego que a todos estos nuevos reyes los habrá hecho ser el
objeto de la burla y vilipendio de la Europa, y el menosprecio e indiferencia de
sus mismos vasallos; cuando los habrá transplantado sucesivamente de un
país a otro, cuando les habrá hecho trocar los estados de que eran legítimos
dueños, por lo que el ha usurpado, les dirá con la mayor serenidad que no
están analogía con el nuevo sistema de la Europa, y los enviará a participar de
la suerte de la familia de España.
La situación de las potencias que no están aun subyugadas a
Bonaparte, es seguramente mucho menos infeliz que la de los príncipes a
quienes él mismo ha declarado sus protector: de éstos últimos quiere servirse
para destruir todo cuanto le hace sombra, y cuanto se opone a su desbocada
carrera. Lisonjeando y halagando las casas soberanas de primer orden, con la
esperanza de elevarlas a superior rango, ha conseguido arrastrarlas a entrar
en sus ideas contra el poder preponderante. Al presente que tiene ya en su
arbitrio estos reyes de su creación a quienes ha obligado a auxiliarles en sus
atentados, y a quienes los pueblos que antes los miraban como a sus legítimos
dueños, miran ahora como esclavos de un poder revolucionario e instrumentos
de una ambición insaciable, ya no parece realizar las quimeras que les ha
prometido sino para envilecerlos más. Les ofrecerá en lugar del patrimonio de
sus antepasados, en lugar de aquellos pueblos que tantos siglos hace que les
han sido fieles otros dominios y otros vasallos, haciéndoles de este modo
perder unos derechos reconocidos desde tan largo tiempo, para transmitirles
otros que, o no lo serán jamás o estará siempre a voluntad del tirano el
confirmar o destruir. Temería siempre de quitar por la violencia a estas casas
soberanas sus antiguos patrimonios; pero luego que obtiene el sacrificio de
ellas, las priva de lo que poseían legítimamente bajo el pretexto de darles otros
mayores, y de este modo las somete a su entera dependencia en señal de
retribución por lo que les hace aceptar en cambio. Si la suerte de todos los
príncipes amigos y enemigos de Bonaparte debe ser la misma, en el caso de
que éste realizara el inmenso plan que ha concebido para la descomposición
de todas las potencias del mundo, el destino de los soberanos está ya
descubierto, sus funciones ya no son nada equívocas, y así vale mucho más
perecer como reyes, que como esclavos.
Ya hemos en varias ocasiones demostrado que hasta Bonaparte, la
revolución francesa había principalmente ejercido su funesta y devoradora
actividad en lo interior de la Francia, y que estado muy lejos de dar a la Europa
un empuje que presagiara las catástrofes, que hace algunos años que
trastornan los imperios. Lo que la revolución francesa había operado al interior
de la Francia, produciendo las más lastimosas mutaciones, confundiendo todos
los estados, destruyendo todos los derechos de propiedad, y estableciendo
autoridades y fortunas nuevas en lugar de las antiguas, Bonaparte lo ha
realizado en los otros reinos, sometiendo los soberanos a un sistema de
desolación, que hasta entonces sólo había envuelto en su fatal progresión las
haciendas y caudales de los particulares de un solo imperio. En el día de hoy
destruye entre los soberanos la antigüedad de la nobleza y la ilustración del
origen, así como la revolución los ha destruido entre las familias privilegiadas
que existían en Francia. Si en la actualidad restablece en Francia una nobleza
nueva que debe borrar todos los recuerdos, todas las pretensiones y derechos
de la antigua, por el mismo principio someterá todas las dinastías de la Europa
a la propia descomposición, para regenerarlas luego después, de manera que
él solamente sea el manantial de todo poder, y de toda ilustración, y para que
su dinastía brille entre todas las demás por la primacía de su origen, por la
inmensidad de sus privilegios, por la extensión de sus mayorazgos, y por la
pompa de sus atributos.
Todas sus conversaciones y todo lo que hace, descubren el sistema de
regeneración revolucionario, y cuando le dice al embajador de Austria. “La
Europa y yo” demuestra claramente que no considera ya a la Europa como
dividida en estados más o menos poderosos sometidos a soberanos
independientes, y regidos por las leyes particulares, sino como a un solo total
en donde ya no hay ni emperador de Austria, ni emperador de Rusia, etcétera,
etcétera, la considera como un cuerpo dependiente de su voluntad, y sujeta a
todas las mutaciones a que la querrá reducir. Véase puntualmente su
pensamiento que le posee y ocupa con tanta fuerza que él mismo lo descubre
aún en aquellos momentos que más le interesaba el ocultarlo.
Bonaparte termina su conversación por un adefesio que todo el talento9
que Míster Champagny no fue bastante a paliar su ridiculez, ni a disminuir su
oscuridad. Como es una frase amoldada exclusivamente en el cerebro del
supuesto hombre grande del siglo, y ha querido hacer alarde y demostración
de algunos conocimientos físicos, no podemos dispensarnos de presentarla a
nuestros lectores. “Cuando todos los recursos están comprimidos y tirantes
(dice este filósofo) la guerra es de desear para salir de la zozobra; del mismo
modo, (añade) que en el mundo físico, en el estado de angustia en que se halla
la naturaleza a la proximidad de una tempestad, es de desear que esta se
efectúe y desfogue para que se extiendan sus fibras encrespadas, se limpie la
atmósfera, y vuelva a gozar la tierra de una dulce serenidad.” Etcétera,
etcétera.
¿A qué cosa llamará él naturaleza? Si es al conjunto del mundo físico el
que desea que la tempestad se declare para extender sus fibras encrespadas.
Él indica el estado de angustia en que está la naturaleza, luego menciona las
fibras encrespadas sin transferir éstas últimas voces al cuerpo humano, de que
resulta, que es de las fibras de la naturaleza de lo que él ha querido hablar, lo
cual es algo más que un absurdo. En seguida nos representa como a
resultados de la tempestad que ha desfogado, la limpieza de la atmósfera, y la
restitución de la serenidad a la tierra, porque ya sin duda sus fibras no estaban
encrespadas. Dejando aparte la ignorancia, la pedantería, y el mal gusto que
encierra la tal comparación; descubrimos sin embargo en ella una señal que
indica bien claro el carácter de Bonaparte. Este hombre que trastorna los
imperios, que hace llorar a los reyes, que ha visto con frente serena las
campiñas desoladas, las ciudades incendiadas, que por todo donde ha llevado
sus armas se ha regocijado con la tortura de las víctimas, y que ha reído a vista
de los suplicios, este hombre, digo, habla de la crispatura de las fibras a la
proximidad de una tormenta, como pudiera hablar una currutaca de París. Nos
querrá sin duda persuadir que es susceptible de alguna delicadeza, tanto en lo
físico, como en lo moral; pero ¡cómo es posible darle crédito en aquel momento
que meditaba una nueva guerra, y cuando combinaba el modo de introducir la
espada y el fuego en los estados de un soberano, cuyo embajador estaba
mortificando!
Bonaparte dice. “Que todas las esperanzas de la paz marítima se le
desvanecían, y que las medidas fuertes tomadas para obtenerla, quedaban sin
efecto.” Este hombre nos habla incesantemente de la paz marítima para tener
siempre pretexto de turbar la paz del continente. Pero ¿qué entenderá él por
paz marítima? Será por ventura una paz que deje en sus manos casi todo el
continente, y que confirmando todas sus usurpaciones obligue a Inglaterra a
reconocer los reyes que él ha creado, a aprobar todos los atentados que ha
cometido contra los legítimos soberanos, a consagrar la aniquilación de tantas
familias reales, desde muy antiguo veneradas por los pueblos, a aplaudir la
elevación de una supuesta dinastía, que únicamente debe la vergonzosa
celebridad de que goza de algún tiempo a esta aparte, a los felices latrocinios
de su jefe? En fin, ¿será una paz que abriéndole los mares ofrezca nuevo
pábulo a su ambición y prepare a los pueblos a donde todavía no habían
podido llegar, los mismos desastres que han arruinado al continente europeo?
Cualesquiera que sean las ventajas que descubierto en una paz de esta
naturaleza, nunca le ha deseado sinceramente, porque aún no se ha creído en
estado de dictar sus condiciones. Pero cuando vea a la Europa continental
enteramente a su disposición, cuando la habrá regenerado a su modo, cuando
no tenga ninguno de sus puertos abiertos a la Inglaterra, entonces ofrece a
este país ilusiones por cuyo medio ha subyugado a los demás, y bajo pretexto
de paz, buscará cómo introducir elementos de destrucción que ha esparcido
por todas partes, en donde se ha participado de su contacto. En una palabra, él
entiende por paz marítima lo mismo que entiende por paz continental; que es
decir, quiere que esta paz se consolide por el envilecimiento o por la
aniquilación de la potencia con quien la contrate.
El mismo Champagny, concluye de un modo muy particular la relación
de la conversación de Bonaparte. Temeroso sin duda de que la Europa la
considere como alguna de aquellas escenas escandalosas, en que este
hombre se entrega a toda la impetuosidad de su carácter, y a una locuacidad
que está muy lejos de indicar un estadista: el ministro dice que Bonaparte no
ha hecho más que expresarse con el calor que es natural cuando se trata de
materias graves. Esta reflexión prueba suficientemente que algunas veces el
héroe se arrebata más allá de los límites regulares. Si no quebrantase todos
los términos de la decencia cuando suelta las riendas a su fogosidad, si no se
poseyera casi siempre que se le contradice de un calor parecido al frenesí,
¿sería necesario observar que en esta conversación no manifiesta más que un
movimiento análogo a la gravedad de la materia? El ministro añade que
Bonaparte no habló sino con respeto del emperador del Austria; pero si relata
fielmente esta conversación ¿qué necesidad tiene de caracterizar el modo con
que su amo habló de un monarca poderoso? Por el contrario, si ha omitido
alguna cosa, ¿no indica esta omisión que Bonaparte no habló del emperador
de Austria en los términos que debía? En fin este documento extravagante por
todos los estilos, concluye por un elogio absurdo del hijo del aldeano de
Ajaccio, quien dice el Señor Champagny, se ha mostrado noble, leal, ingenuo,
observador fiel de los contrastes, en los que observa una delicadeza suma,
elocuente cuanto sensible, etcétera, etcétera. No es posible que el ministro
haya escrito esto con todas veras. Nosotros estamos bien persuadidos, que
Bonaparte está tan alucinado de amor propio, y de un a vanidad la más
extravagante que al leer la conclusión de un despacho destinado a ser remitido
a todos los embajadores, habrá creído que no solamente nada había en él
exagerado, sino que cuantos lo leerían, aplaudirían todo lo que contiene en su
particular; pero su ministro que no carece de talento ni de finura, no ha podido
seguramente encontrar esa nobleza en un hombre a quien no se le observan
más que modales ásperos y turbulentos, posturas grotescas, una estatura de
enano, y todo el empaque y facciones de un pillo. En lo que toca a su lealtad e
ingenuidad, es inútil advertir que uno de los confidentes de sus pensamientos,
y el que le ayuda en sus intrigas, y le sirve en las traiciones, es preciso que
haya mentido descaradamente cuando le supone estas dos cualidades.
Nuestros lectores pueden juzgar por el análisis que hemos hecho de su
conversación, si Bonaparte es elocuente; o si por el contrario no reúne la
maldad a la ignorancia; sino ha sido simplemente trivial, y destituido de ideas; y
si a pesar del cuidado y esmero que se ha puesto desde que ha entrado en la
farsa de iluminar cuanto dice, sus discursos dejan de llevar el sello de la
ignorancia y la mala educación.
SENADO CONSERVADOR
EXTRACTO DEL ACUERDO DEL SENADO conservador, congregado en el
número de miembros, prescrito por el artículo XC. de las Actas de constitución
del 22 frimaire año 8.
Deliberando sobre los oficios que se le han comunicado en nombre de Su
Majestad el emperador y rey, por medio del ministro de relaciones exteriores,
es su sesión el 14 de este mes.
Después de haber oído el informe de su comisión especial, nombrada en
la misma sesión.
Decreta: Que en respuesta a los dichos oficiales se haga a Su Majestad
una representación, cuyo tenor es el siguiente.
“El Austria, Señor, acaba de avanzar sus ejércitos sobre el territorio de
uno de vuestros aliados. En medio del delirio que le enajena, da principio a una
guerra que no tiene ánimo para declarar.”
“A unos preparativos tantas veces conducidos con ministerio, dirigidos
por entre la oscuridad, suspendidos por el temor y desaprobados por mala fe,
han seguido ese furor de facciones, esas agitaciones tumultuarias, y esas
convulsiones violentas, precursores de la caída de los tronos.”
“La perfidia, la ceguedad, la debilidad, el error y el orgullo, han sofocado
la voz de la sabiduría, y han dado sobre las márgenes del Ihn la señal para el
combate.”
“¿A caso han podido olvidar, Señor, las repetidas veces que la suerte
del Austria ha estado en vuestras manos victoriosas?”
“Dueño ya de Viena, y de la mayor parte de los estados Austriacos,
hubierais podido muy bien conservar vuestra conquista; pero vuestra
magnanimidad restituyó la corona a las sienes del emperador Francisco.”
“Muy en breve olvidó los juramentos de su gratitud: la victoria de Jena
desconcertó los proyectos de sus pérfidos consejeros, y la paz de Tilsit, lo dejó
rodeado de 400 000 franceses, que a una sola orden vuestra se hubieran
reunido rápidamente en el seno de sus estados.”
“Cuando Vuestra Majestad dejó los muros de Erfurth, para llevar a las
riberas del Tajo sus águilas libertadoras, esas legiones invencibles circundaban
todavía las posesiones austriacas. La generosidad de Vuestra Majestad no le
permitió dudar de la sinceridad de las protestas del gabinete de Viena.”
“Y sin embargo de esto, Señor, el Austria se apresura en violar la
palabra que había dado en Erfurt, hace resonar el grito de la guerra, arranca de
sus pacíficos hogares todas las clases de vasallos, víctimas infelices de un
extranjero y corruptor; se reúne con el enemigo del continente, y lo recibe en el
único puerto que le queda: no se abochorna de seducir secretamente a los
rebeldes de España, a quienes el fanatismo ha trastornado los sentidos, y
cuyas juntas engaña con promesas falaces: inflama en todos sus estados la
imaginación de una multitud ignorante y crédula, con relaciones ridículas y con
libelos absurdos: rehúsa la medicación del grande y poderoso aliado de
Vuestra Majestad: desecha la doble garantía de la integridad de su territorio,
ofrecida por la Francia y por la Rusia: deja impune el insulto de uno de vuestros
cónsules; el arresto de algunos de vuestros vasallos de la Italia: el asesinato de
dos correos de Vuestra Majestad, y la violación de sus papeles: negocia y
termina la estrecha alianza de la Turquía con la Inglaterra; os obliga a
suspender la ejecución de vuestros formidables designios contra el autor de
todos los males de la Europa; ¡y de qué asombro se hallará pose{ida la
posteridad cuando sepa que durante una conducta tan infiel, Vuestra Majestad
en sus relaciones con el Austria no ha formado demanda alguna: no ha
elevado pretensión alguna: no ha recibido la menos queja: ha manifestado en
una conversación, digna de ser admirada, unas disposiciones tan pacíficas, y
unos sentimientos tan magnánimos, ha propuesto levantar sus campamentos
de la Silesia y desarmar las plazas de esta provincia; en fin ha dado cuantas
seguridades pudiera apetecer la mayor desconfianza: no ha cesado de mostrar
una moderación y paciencia que sólo puede ser justificada por el inmenso
poder de Vuestra Majestad; y en una carta, para siempre memorable dirigida al
emperador Francisco, brillan estas notables frases. Pórtese Vuestra Majestad
de manera que sus acciones manifiestan confianza, y con eso la inspirará a los
demás. En el día de hoy la más refinada política es la sinceridad, y la verdad:
confíeme Vuestra Majestad sus inquietudes, si es que le afijen algunas que yo
las disparé en el momento!”
“Vos habéis deseado, Señor, añadir a vuestras falanges 30 000
franceses la conscripción de 1810 llamados desde el año anterior, y en la cual
no se habían aun pedido tantos mozos como en las requisiciones anteriores.”
“Vuestra Majestad ha querido también que 10 000 conscriptos de los
cuatro años anteriores reciban el honor, tan distinguido y solicitado de todos los
valerosos, de rodear el carro triunfal de Vuestra Majestad en medio de esa
guardia imperial, cuyo nombre sólo recuerda unos tan nobles destinos y una
gloria tan brillante.”
“El senado, Señor, se apresura en adoptar el proyecto de SenatusConsulto que consagra estas disposiciones.”
“Vuestra Majestad no pide además a sus pueblos ninguna nueva
contribución para ir a vencer a la Inglaterra en el territorio austriaco.”
“El gobierno británico que sólo busca cómo desviar la tempestad que le
amenaza, ha abierto un profundo volcán en el Austria; él ha encendido la llama,
pero los terribles efectos caerán sobre el aliado a quien ha seducido.”
“El destino del Austria está decidido, dentro de pocos días ya habrá
cesado de poder auxiliar los furores de la Inglaterra.”
“Vuestra Majestad habrá establecido sobre bases permanentes la paz
del continente, aquella paz, cuyos grandes resultados, eterno objeto de los
deseos y de las sublimes ideas de Vuestra Majestad, conseguirán la paz
marítima, la libertad de comercio y la felicidad de la Europa.”
Recibid, Señor, los deseos del pueblo francés, y el amor, la confianza y
homenaje de la fidelidad del senado, etcétera.
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