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LA ASOCIACIÓN CULTURAL ESCUELA LAICA DE
VALLADOLID (ACEL) VE LA PUERTA ABIERTA PARA
LOGRAR LA RETIRADA DE LOS SÍMBOLOS RELIGIOSOS
ESTA ASOCIACIÓN VALORA LA RECIENTE SENTENCIA DEL TSJ Y
EXPONE SUS LÍNEAS DE ACTUACIÓN
La Asociación Cultural Escuela Laica de Valladolid (ACEL) considera la
reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León (TSJ), referida a
la presencia de símbolos religiosos en las aulas del colegio público Macías Picavea, un
pequeño paso atrás en el camino hacia la solución definitiva que ponga fin a la violación
de derechos fundamentales que tal situación supone, al no obligar directamente a la
Consejería de Educación a pronunciarse sobre el tema.
Sin embargo el hecho de que el fallo estime solo parcialmente el recurso
presentado por la Junta de Castilla y León, al reconocer que aunque la decisión le
corresponde a los Consejos Escolares la administración autonómica tiene la obligación
de revisar dicha decisión, abre la puerta a diversas líneas de actuación que la ACEL va a
poner en marcha de forma inmediata.
Por un lado, esta Asociación, en previsión de que el procedimiento iniciado en
Septiembre de 2005 pudiera sufrir algún contratiempo, inició en Septiembre de 2006
(con el nuevo curso) un procedimiento similar siguiendo los pasos señalados por la
propia Consejería de Educación. La nueva negativa del Consejo Escolar fue recurrida en
alzada ante la Dirección Provincial, que no ha respondido, por lo que de forma
inmediata se iniciará la vía judicial con una nueva demanda contencioso-administrativa,
indicando que en la propia sentencia del TSJ se recoge que de haber recurso en tiempo y
forma la administración autonómica está obligada a revisar las decisiones tomadas por
los consejos escolares en el tema de los símbolos religiosos si media recurso.
Por otro lado, se solicitará a la Consejería de Educación que cumpla la sentencia
del TSJ, en la parte que desestima su recurso de apelación, y revise las decisiones ya
habidas del Consejo Escolar del colegio Macías Picavea, máxime considerando que en
todos los casos se han producidos escritos posteriores a la Dirección Provincial de
Educación pidiendo su intervención ante la negativa del Consejo Escolar a retirar los
símbolos, y alegando que de no hacerlo se vulneran derechos fundamentales que gozan
de protección constitucional. De no responder o responder ratificando la decisión del
Consejo Escolar de no retirar los símbolos religiosos, la ACEL iniciaría la puesta en
marcha de un sumario preferente de protección de derechos fundamentales, vía judicial
mucho más rápida.
Si ninguna de las dos vías diera como resultado la retirada de los símbolos
religiosos, se abriría la posibilidad de recurso de amparo ante el Tribunal
Constitucional. En este sentido hay que reseñar la jurisprudencia de este Tribunal
defendiendo inequívocamente la neutralidad ideológica y religiosa en los centros
públicos.
Por todo ello, la ACEL ya no va a insistir más en la cuestión de quien tiene la
competencia y se va a centrar en exigir que de una vez por todas se resuelva el tema
principal, que es la presencia de símbolos de una religión particular presidiendo la
actividad en un centro público. La propia sentencia del TSJ zanja la cuestión indicando
la obligación de la Junta de Castilla y León de revisar la decisión del Consejo Escolar,
por lo que la ACEL interpreta que al recurso de la Junta la sentencia le dice sí pero no,
lo que se traduce en un no pero sí a la pretensión de la Asociación en esta cuestión.
Respecto a otros puntos de la sentencia, la ACEL quiere señalar que contiene
numerosos argumentos que coinciden con los postulados defendidos por esta
Asociación.
Reconoce la sentencia que los símbolos no pueden considerarse mero
mobiliario. Esa era una pretensión de la Junta en su intento de justificar la dejación de
funciones que hace negándose a revisar la decisión del Consejo Escolar.
Reconoce también que la asistencia religiosa en centros escolares tiene como
finalidad facilitar la formación religiosa y moral. Por tanto, como ha indicado la ACEL
numerosas veces, no puede ser impuesto a quien no lo quiera, y por ello los símbolos
solamente podrían estar en la clase dedicada a impartir religión.
En el mismo sentido, la sentencia reconoce que la Ley de Libertad Religiosa
ampara a quien no quiere “ser obligado a practicar actos de culto o a recibir asistencia
religiosa contraria a sus convicciones personales” (frase en cursiva y subrayada en la
sentencia).
Respecto a la legitimidad de la ACEL para ser parte demandante en este
proceso, la sentencia califica repetidas veces de temeraria a la Junta de Castilla y León
por haber intentado cuestionarla.
Junto a estos argumentos que la ACEL califica de positivos, la sentencia
contiene otros puntos abiertamente negativos.
Por un lado reitera, asumiendo sin más lo alegado por la Consejería de
Educación, que los padres de alumnos que realizaron la solicitud de retirada de los
símbolos religiosos aceptaron la negativa del Consejo Escolar al no recurrir esa
decisión. Este aspecto, en principio formal pero que sirve de base para legitimar el que
la administración no haya intervenido posteriormente, es rotundamente falso. Lo cierto
es que dos días después de recibir la respuesta negativa los padres elevaron un escrito a
la Dirección Provincial de Educación pidiéndole que interviniera.
Similar argumento se emplea contra la propia ACEL, al indicar que no ha
seguido una pauta procesal ordenada. Si no esperó los tres meses que el Consejo Escolar
tiene para responde es porque a los pocos días de realizar la solicitud tuvo conocimiento
de que ya se había realizado una reunión del Consejo Escolar y la directora del centro
decidió que ese tema no se iba ya a tratar. De hecho, la ACEL nunca recibió respuesta.
Otro aspecto que la ACEL juzga negativo es la no asunción de la sentencia que
sobre el mismo tema emitió el TSJ de Madrid en el año 2002, negando la competencia
de los Consejos Escolares para decidir sobre la presencia de símbolos religiosos en los
centros públicos.
Aún más desafortunados, por su trascendencia, son los puntos OCTAVO Y
NOVENO de la sentencia, cuyo contenido se sitúa fuera de los márgenes de la
Constitución.
En el punto OCTAVO justifica la presencia de símbolos indicando que forma
parte del proyecto educativo y que éste debe adaptarse a las peculiaridades del entorno.
Tal afirmación viola los derechos de los alumnos no católicos, que acuden al centro en
calidad de ciudadanos y no de feligreses, así como el deber de neutralidad ideológica
que tiene la administración.
El derecho de los padres a elegir el tipo de educación que deseen para sus hijos
incluye la elección de una educación libre de simbología religiosa. La existencia de
centros educativos públicos y privados, éstos últimos con ideario, pretende dar
satisfacción al derecho a elegir; pero si a un centro público se le priva, con la excusa de
“adaptarle a las peculiaridades del entorno”, de sus características de pluralidad y
aconfesionalidad y se le dota de ideario mediante la simbología que preside la actividad
educativa, el derecho de elección desaparece y es sustituido por una uniformidad propia
de regímenes totalitarios.
Por su parte el punto NOVENO indica que la ausencia de símbolos no es la
única solución posible para preservar la libertad religiosa y la aconfesionalidad del
Estado. Como posible “solución” apunta la posibilidad de colocar símbolos religiosos
en centros en los que todos los alumnos profesen la misma religión, y en su caso de
colocarlos en unas aulas sí y en otras no en atención a las peticiones recibidas según su
composición
Esta “solución” implicaría por un lado recabar la opinión de los alumnos o sus
padres respecto a la religión que profesan, cuestión absolutamente contraria al artículo
16.2 de la Constitución. Y por otro lado introduce la posibilidad de segregar a los
alumnos en función de sus creencias, de forma que habría aula de católicos, aula de
ateos, aula de musulmanes y un largo etc., algo que se comenta por sí solo en una
sociedad que ha de tender a la integración y la convivencia.
Si los derechos son recíprocos y universales, todas las personas han de tener las
mismas opciones de colocar o no colocar sus símbolos (religiosos o no), sin depender de
mayorías y minorías, pues de lo contrario habría ciudadanos de primera y de segunda
categoría, algo que así mismo choca con el principio constitucional de igualdad.
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