Fanatismo versus Consagración

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FANATISMO VERSUS CONSAGRACIÓN
Fanatismo versus Consagración
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).
Comúnmente podemos decir que un fanático es aquel que defiende con tenacidad
desmedida y apasionamiento exacerbado sus creencias y opiniones, ya que está
entusiasmado ciegamente por ellas, y por esto, muchas veces, traspasa con su proceder lo
que es racional y prudente, honorable y correcto. Según Larousse, el fanático es aquel que
defiende con apasionamiento y celo desmedidos una creencia, una causa, un partido, etc.
Como el lector podrá observar, la definición de “fanático” siempre tiene una
connotación negativa, aun cuando se aplique al apasionado ciegamente por una afición
aparentemente inofensiva (ej. “fanático de la música”). Nunca es bueno, ni sano, el
defender y reaccionar con celo desmedido y pasión ciega a favor de alguna doctrina, ideal u
opinión.
Con lo anterior en mente, es fácil reconocer que todo fanático religioso es a menudo
de mal carácter, melancólico, ignorante y vanidoso. Cuando decimos que el fanático religioso
es de mal carácter, nos referimos a que manifiesta un temperamento difícil. Cuando
afirmamos que es melancólico, nos referimos a que lleva consigo el egoísmo, pues vive
amargado y no es feliz. Además, para el fanático religioso “el fin justifica los medios”. Sin
embargo, bien sabemos, que si el “fin” es bueno también lo serán los “medios” para
alcanzarlo (cf. “¿Y por qué no decir… Hagamos males para que vengan bienes?”, Rom. 3:8).
Obviamente, el fanático es peligroso en todo ámbito donde actúe, pues reaccionará
en base a su capricho sin tomar en cuenta la norma de Dios. En esto, podemos contemplar
fácilmente la diferencia entre el fanatismo y la consagración. Cuando hablamos de
consagración, nos estamos refiriendo a la entrega total a Cristo. En palabras del apóstol
Pablo, “…ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la
fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20). “Pero lejos
esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es
crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).
¿Cuál fue la acción más vil en la historia de la humanidad (Mat. 26-27; Mar. 14-15;
Luc. 22-23; Jn. 18-19)? El juicio que varios fanáticos religiosos llevaron contra nuestro
Salvador. “Porque muchos decían falso testimonio contra él, mas sus testimonios no
concordaban” (Mar. 14:56). La traición de Judas, la negación de Pedro, la huida de los
discípulos, los cuatro gobernantes títeres (Anás, Caifás, Pilato y Herodes), la turba dispuesta
a linchar a un inocente, el santo sanedrín prestándose para una hipocresía… He aquí el
proceso que resultó ser la farsa más grande de la historia del derecho judicial. Sin embargo,
el único que estaba al mando era nuestro Señor Jesucristo (Jn. 10:17-18; 19:10-11). Él
había afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Luc. 9:51). Su hora había llegado (Jn. 17). Sus
enemigos se vieron obligados a emprender acciones, pero fue Jesús quien facilitó su propio
arresto. Nuestro Salvador se enfrentó al fanatismo, y cuando más vilmente se comportó el
hombre, más sublime aún fue la reacción de Dios. No se podía ser neutral con Jesús, había
que recibirlo o matarlo.
Entre las irregularidades más obvias de los juicios contra Jesús, están las siguientes:
La decisión fue tomada antes que el juicio comenzara. Los funcionarios no estaban
autorizados para efectuar un arresto de noche si el presunto culpable no era hallado
cometiendo delito. Los delitos capitales no podían ser realizados de noche. Los jueces debían
mantener el equilibrio, debían ser defensores y acusadores. Las pruebas no podían consistir
de rumores, ni podían ser circunstanciales. El menor de los miembros del Sanedrín era quien
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Por Josué Hernández
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debía votar primero. El sanedrín no debía formular cargos, sino juzgar al acusado de ellos.
Las sesiones del tribunal estaban prohibidas en las vísperas de las fiestas judías. No se podía
presionar al acusado para que testificara en contra de sí mismo. Un sumo sacerdote no
podía rasgar sus vestiduras.
Lo peor fue realizado por quienes debían ser los mejores. Impresiónese conmigo.
¡Vea la Escritura! ¡Cuán malos pueden ser los fanáticos de una religión!
Podemos ser acusados falsamente de "fanáticos", o de algo peor. Por ejemplo, “este
hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y
cabecilla de la secta de los nazarenos” (Hech. 24:5). Sin embargo, ningún genuino cristiano
en realidad es un fanático. Hay gran diferencia entre fanatismo y consagración. Dios quiere
que nos consagremos a su servicio, que seamos santos, pero jamás fanáticos. Ni siquiera el
concepto de fanatismo es observado en el patrón de Cristo para su pueblo, mucho menos la
palabra en sí.
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros
cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os
conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro
entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y
perfecta” (Rom. 12:1-2).
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en
vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por
precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de
Dios” (1 Cor. 6:19-20).
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo
que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí
mismo por mí” (Gal. 2:20).
“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por
quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).
“Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola
purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Ef. 5:25-26).
“para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una
generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el
mundo” (Fil. 2:15).
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu,
alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1
Tes. 5:23).
Los cristianos tenemos buenas razones y argumentos en los que basamos nuestra fe,
tenemos esperanza, manifestamos el amor de Cristo, no somos melancólicos, ni mucho
menos ignorantes, egoístas o vanidosos.
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Por Josué Hernández
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