La ejecucion de la sentencia penal. S.T. Baleares

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LA EJECUCION DE LA SENTENCIA PENAL
EL JUICIO Y LA EJECUCION
Resulta obligado iniciar la presente con la cita del Artículo 117.3 de la
CEE en cuanto dispone que «el ejercicio de la potestad jurisdiccional en todo
tipo de procesos, juzgando u haciendo ejecutar lo juzgado y haciendo ejecutar
lo juzgado corresponde exclusivamente a los Juzgados y Tribunales
determinados por las leyes, según las normas de competencia y procedimiento
que las mismas establezcan.
En parecidos términos se produce el artículo 2.1 de la Ley Orgánica del
Poder Judicial.
La conclusión es obvia, en consecuencia y significa que, en razón a la
exclusividad, nota esencial de la jurisdicción, deben ser órganos dotados de
esta naturaleza los que, en las causas criminales, o de otro orden fallen y
lleven a cabo la determinación y ejecución de sus acuerdos y resoluciones. La
razón de que esto sea así es tan conocida, concluyente y básica que huelga
cualquier fundamentación y comentario al respecto.
Sin embrago, cuando se plantea en el orden penal la indisolubilidad de
las funciones de juzgar y ejecutar lo juzgado, materia sobre la que giran estas
notas, el tema no se detiene en la simple reafirmación de principios
constitucionales, sino que en realidad lo que cuestiona, a nuestro juicio, son
determinados aspectos del problema, de extraordinaria relevancia y que, a
continuación, pasamos sintéticamente a exponer, sin propósito exhaustivo.
1. Descartando que el órgano ejecutor debe ser necesariamente
jurisdiccional, el problema estiba en determinar si tal función debe
realizarla el mismo órgano decisor o puede encomendarse a otro y
en tal supuesto, si es deseable o no que se haga.
En principio no parece exista inconveniente alguno en que sea uno el
órgano jurisdiccional encargado de juzgar y otro, del mismo orden, el que tenga
la misión de ejecutar lo juzgado (las magistraturas de ejecución, en material
laboral, son buena prueba de ello).
En la jurisdicción penal la disociación de órganos podría llevarse a
efecto mediante la creación de Juzgados de ejecución de penas o la
potenciación de la figura del Juez de Vigilancia Penitenciaria. Medida la
cuestión bajo criterios exclusivos de eficacia, quizás esta solución sería la
idónea, pues ofrece ventajas de cierta especialización y de potenciar
posiblemente la celeridad 3en la tramitación de las ejecutorias, existiendo
supuestos en que la aplicación de la ley es casi mecánica o depende de un
simple cálculo matemático.
Sin embargo, evaluadas todas las ventajas e inconvenientes, esta
Sección Territorial entiende mayoritariamente que la ejecución de la sentencia
debe corresponder al mismo órgano que la dictó, ya que dicha interpretación es
la que mejor se acomoda a la letra, al menos, del precepto constitucional y
orgánico. Este criterio es, además, el que consigue el legislador en la reciente
Ley Orgánica de 28 de diciembre de 1988 para el caso del procedimiento
abreviado para determinados delitos.
Pero lo que, en definitiva, es argumento más importante es que el
órgano sentenciador es quien mejor conoce la realidad del caso que se le ha
sometido a decisión, con lo que la individualización de la pena y su
cuantificación, en relación con las circunstancias del supuesto y de la
personalidad del autor, se vería comprometida si dicha individualización no
continuara en la ejecución o si se confiara a órgano distinto del decisor que es
el que está en mejores condiciones de abarcar toda la problemática real del
caso.
2. Incardinado con el anterior se presenta el tema que ahora se
trata. Dado que nuestro sistema punitivo se basa casi
exclusivamente en la pena única privativa de libertad, sin otras
penas o medidas alternativas, lo que hace necesario un «Servicio
de Prisiones», cuyas decisiones son netamente administrativas y
no jurisdiccionales, habrá que dilucidar hasta que punto es dable
que estas autoridades o funcionarios intervengan en el proceso de
ejecución de penas, por lo que ello puede suponer de
desjudicialización
de
la
función
jurisdiccional
confiada
constitucionalmente en exclusiva a los Juzgados y Tribunales.
Se propugna por ello que se establezca un control judicial, cuando
menos, en todo lo que suponga una reducción de pena, progresión o regresión
en grado o incluso en el traslado de internos.
Sería deseable, por otra parte, que legislativamente se crease un
procedimiento judicial de ejecución de penas, cuya ausencia es cusa de buena
parte de los problemas que se apuntan.
3. En función del contenido del artículo 25.2 de la CE que consagra el
principio de que las penas privativas de libertad y las medidas de
Seguridad están orientadas a la reeducación y reinserción social y
en atención a lo dispuesto en el artículo 24.2 del mismo texto
constitucional que concede el derecho a un proceso público sin
dilaciones indebidas, habrá que afrontar decididamente la solución
a situaciones desgraciadamente frecuentes, en que un apersona se
ve sometida a juicio varios años después de la comisión de los
hechos delictivos, cuando, ni personal, ni socialmente, la pena que
se le pueda imponer, por el tiempo transcurrido y el cambio
conductural del afectado, tiene sentido ni puede contribuir al
cumplimiento de su función social.
Dicha problemática es peculiarmente grave, pues si los órganos
jurisdiccionales están sometidos al imperio de la ley (art. 117.1 de la CE) no
pueden dejar de sancionar, salvo prescripción, conductas delictivas, ni una vez
impuestas las penas dejar de ejecutarlas, en principio.
Sin embargo, es más cierto que el artículo 106.2 de la CE establece el
derecho de los particulares a ser indemnizados por toda lesión que sea
consecuencia del funcionamiento de los servicios públicos y, más propiamente,
su artículo 121 dice que «los daños causados por error judicial, así como los
que sean consecuencia del funcionamiento anormal de la Administración de
Justicia darán derecho a una indemnización a cargo del Estado, decisión
constitucional –por cierto no desarrollada- cuyo valor normativo es extraíble y
aplicable directa e inmediatamente; y no mera contraseña vacía de sentido,
poco más allá del valor de los buenos consejos.»
Mayor funcionamiento anormal que la infracción de un derecho fundamental (a
un proceso sin dilaciones indebidas) difícilmente es concebible. Cuando un
Tribunal se enfrenta a este problema y se halla en el convencimiento de que el
citado derecho se ha vulnerad ha de elegir entre la tricotomía de: a) la de a
todas luces inviable de absolver, aún con conocimiento de la comisión de un
delito; b) condenar, más no ejecutar la pena por prevalencia de otros valores
constitucionales de superior orden (de ahí la relevancia del tema con el objeto
de estudio); o c) acudir a otros remedios legales, cuya viabilidad y eficacia es
discutible (art. 2 del CP).
Evidentemente debería descartarse la solución de condenar y ejecutar la
pena, sin más. Entre las opciones b) y C9 podría encontrarse salida al
problema que queda abierto a la polémica.
4. Hay que dejar constancia y acudir, de nuevo a la autocrítica, de que
en demasiadas ocasiones los órganos jurisdiccionales se detienen en la
función de juzgar y una vez dictada la sentencia definitiva creen
(creemos) haber finalizado la función asignada.
Obviamente no es así, más en descargo hay que afirmar que la situación
se ve propiciada por la escasa intervención, en el sistema actual, en el proceso
de ejecución del órgano sentenciador, por la intromisión ya indicada sin –en
ocasiones- control jurisdiccional, de las autoridades administrativas.
En el mismo sentido se orienta la circular del Consejo general del Poder
judicial que al fijar los módulos de laboriosidad de los Juzgados y tribunales
parece detenerse exclusivamente en el dictado de resoluciones y, por tanto, en
el cumplimiento de la función de juzgar, con total olvido –salvo parcelas muy
acotadas- de la misión de ejecución.
Por otra parte, es altamente preocupante la práctica inejecución de la
parte civil de las sentencias penales, mas ello es motivo de reflexión en el
apartado de protección a la víctima.
Finalmente, dejar constancia que algunos problemas expuestos podría
tener solución con un sistema de penas distinto del vigente o con eficaces
medidas alternativas a la de privación de libertad.
LA DEFENSA EN LA EJECUCION
Desde la promulgación de la Constitución la Asistencia Letrada a la
persona encartada en una causa criminal se ha incrementado tanto en
extensión como en intensidad. En la actualidad las leyes procesales prevén la
intervención letrada desde la incoación de la causa hasta la sentencia firme. La
asistencia letrada ha ganado en intensidad en cuanto que devenido legalmente
obligatoria no sólo en la fase del juicio oral, sino también en la declaración del
detenido o preso. Además, tras la reforma de la LO 7/1988 de 28 de diciembre,
la intervención del letrado tendrá para el justiciable la ventaja de la continuidad
en virtud de lo dispuesto en el nuevo artículo 788 de la LECri. La única franja
del procedimiento en la que la Asistencia Letrada no está garantizada, ni
siquiera explícitamente regulada en la ley es la fase de ejecución.
Sin embargo, es evidente que el cumplimiento de la pena puede tener
muy distintas características, ser más o menos aflictivo o resolcializador
aplicando las diversas opciones que se prevén en la normativa penitenciaria.
Los intereses que en esta fase del procedimiento se ventilan pueden tener una
importancia para el penado y, en ocasiones, una decisión tomada en ejecución
de sentencia puede tener mayor repercusión práctica que algunos acuerdos
que se adoptan en la fase previa a la sentencia en los que la intervención
letrada es incluso obligatoria. Así, en la refundición de condena de la regla 2ª
del artículo 70 del Código Penal, acumulación de penas prevista en al artículo
en el artículo 59 c) del Reglamento Penitenciario, redención de penas por el
trabajo del artículo 100 del Código Penal, concesión y revocación de la
Remisión Condicional de la pena, emisión del informe pronóstico final previsto
en el artículo 67 de la LGP, decisiones sobre clasificación, regresión o
progresión de grado y sanciones penitenciarias. En las penas no privativas de
libertad, la fijación de plazos y la determinación del momento a partir del cual
debe empezarse a cumplir la pena de privación del permiso de conducir, tienen
una gran trascendencia práctica.
La introducción de la defensa en esta fase produciría el efecto de que en
una materia como la presente, regida por criterios discrecionales, cuando no
arbitrarios, comenzase a imperar un criterio de mayor legalidad. Obligaría
asimismo a introducir algunas normas procedimentales que en la actualidad no
existen y, finalmente, se daría cumplimiento a la Resolución 43/173, de 8 de
diciembre, de la Asamblea General de las Naciones Unidas en la que se prevé
la asistencia letrada al condenado en virtud de sentencia penal.
APUNTES PARA LA PONENCIA «PROTECCION DE LA VICTIMA»
Resulta cuanto menos extravagante hablar hoy del “derecho de la
víctima” dentro del proceso penal. No puede negarse que todo –o casi todo- el
esfuerzo protector actual de derechos y reconocimientos se concentran en los
del presunto autor del delito frente al aparato represor del estado. Ello aún con
la conciencia de que la víctima tiene constitucionalmente derecho a “obtener la
tutela efectiva de los Jueces y Tribunales” (art. 24.1 de la CE) y a “un proceso
público sin dilaciones indebidas” (art. 24.2), preceptos que no sólo van dirigidos
al acusado.
“Con frecuencia se observa –dice Drapkin: ”El derecho de las víctimas,
Anuario de Derecho Penal Y Ciencia Penales, 1980- Que a mayores garantías
para el delincuente, menores son los derechos de las víctimas… Quienes son
incapaces de comprender este conflicto de derechos, tampoco pueden captar
la naturaleza de una decisión moral. No se trata aquí de elegir entre bueno y
malo, justo o injusto, porque el asunto no representa una alternativa ética, sino
que apenas resume la integración de un juicio moral”.
Maquinalmente, los propios Jueces de Instrucción vienen limitándose al
obligado ofrecimiento de acciones del artículo 109 de la Ley de Enjuiciamiento
Criminal y los Tribunales a otorgar una indemnización la más de las veces
ilusoria, porque ni siquiera se ha agotado en la fase instructora la excusión de
bienes del encartado, aprobándose luego, sin más, el Auto de insolvencia
consultado, incluso las fianzas son constituidas, por lo general, a nombre de
terceros, cuando no a nombre del Abogado Defensor (vía indirecta y cuasi
fraudulenta para asegurar el pago de honorarios).
Abogar, sin embargo, por un “status” protector de los derechos de las
víctimas ni es una posición ideológico-política ni es, además, un cambio de
opinión como enseguida habrá de verse.
En tal sentido, recordar desde ahora que ya se han celebrado varios
simposios internacionales sobre victimología, término al parecer acuñado por
Benjamin Mendelsohn en 1945.
Tuvo lugar el primero en 1973, en Jerusalem, organizado por el ya citado
Israel Drapkin; el segundo, en 1976, organizado por Schafer; el tercero, en
Munster-Westfalia, 1979, organizado por Schneider; resumido este por Antonio
Beristain en “Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales”, 1980, pág. 93 y
ss. Hubo comunicaciones importantes sobre “Tratamiento de las víctimas.
Reparación y profilaxis del crimen” y sobre “La víctima en el sistema Penal”.
Bien que las orientaciones de esta dirección científica sean más plurales
que individuales, concretas a grupos o colectividades; clases desfavorecidas,
minorías étnicas, consumidores, mujer como víctima, etc.
En definitiva, sin embargo, «todo esto –como dice el mismo Drapkin (op.
cit. Pág. 367)- representa la vitalidad del tema y tiene importancia para
movilizar la opinión pública contemporánea a favor del establecimiento del
Derecho de las víctimas en incluirlo en la Declaración Universal del Hombre».
Lo cierto es que incluso se ha creado la Sociedad Internacional de
victimología, pero que ningún Pacto o Convenio Internacional alude a la víctima
como tal.
El Comité de Ministros del Consejo de Europa, con ocasión de la 387
Reunión de los Delegados de los Ministros, en 28 de junio de 1985, ha
abordado rectamente el tema de la «posición de la víctima en el marco del
Derecho Penal y el Proceso Penal», adoptando la Recomendación nº R (85) 11
de los Estados Miembros. La Recomendación parte de dos bases, entre otras,
fundamentales:
A) La función fundamental de la justicia penal debería ser la de
responder a las necesidades de la víctima y a la de proteger sus
intereses.
B) Las medidas que, en tal caso, deberían adoptarse no tienen por qué
entrar en contradicción con los principios del Derecho y del proceso
penal en orden al fortalecimiento de las reglas sociales y la
reinserción del delincuente.
De las recomendaciones interesa ahora destacar:
1. En el orden policial:
a) La Policía debería informar a la víctima de sus derechos
asistenciales y de sus posibilidades de reparación.
b) Debería quedar informada de la suerte del proceso
2. En el nivel de investigación:
a) La víctima debería ser informada sobre la decisión definitiva relativa
a la persecución, salvo renuncia expresa de este derecho.
Podría pedir la revisión de la Autoridad en orden al archivo, siendo
citada directamente y en todo caso.
3. En el juicio:
a) Debería ser siempre informada del día, lugar y hora de juicio, con
expresión de sus derechos.
b) La reparación podría consistir bien en una pena, bien en un
sustitutivo de la pena, o bien ser objeto de resolución al mismo
tiempo que la pena.
4. En el orden de ejecución, cualquier reparación debería ser ejecutada
del mismo modo que las multas y tener prioridad sobre cualquier otra
sanción pecuniaria.
5. En lo referente a la protección:
a) Debería protegerse a la víctima de toda publicidad que implicara un
ataque a su vida privada o a su seguridad.
b) Si el tipo de infracción, el estatuto particular, la situación o la
seguridad personal de la víctima requieren de especial protección, el
proceso o juicio debería tener lugar a puerta cerrada o la divulgación
de los datos personales de la víctima personales de la víctima
debería ser objeto de restricciones adecuadas.
c) Cuando parezca necesario, singularmente en casos de delincuencia
organizada, la víctima y su familia deberían ser eficazmente
protegidas contra las amenazas y riesgos de venganza del
delincuente.
Hasta aquí las recomendaciones y bien es verdad que varias de ellas se
hallan ya institucionalizadas en el marco normativo de nuestra legislación
penal, pero no es menos cierto que quedan otras sin soporte legal interno y que
algunas son cumplidas en forma automática y rutinaria.
En nuestra legislación, y comenzando por la fase instructora, siempre
habrá de distinguirse los casos en que la víctima haya formulado querella y con
ello adquiriendo la condición de parte procesal, de aquellos en los que sólo
haya interpretado denuncia quedando en el supuesto desligada del ulterior
desarrollo del proceso. Así, el artículo 302 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal
alude a que «las partes personadas podrán tomar conocimiento de las
actuaciones e intervenir en todas las diligencias del procedimiento» y el artículo
311 dice «Que el Juez que instruya el sumario practicará las diligencias que el
propusieran el Ministerio Fiscal o cualquiera de las partes personadas, si no las
considera inútiles o perjudiciales».
A la víctima y bajo la denominación de «perjudicado» se alude sólo en
ocasiones en nuestro legal procesal.
El artículo 109, ya citado, regula la instrucción de sus derechos para
mostrarse parte de la causa, el 110 precluye el tiempo de personación, en el
nuevo «Procedimiento Abreviado par determinados delitos», instaurado por la
Ley de 28 de diciembre de 1988; el artículo 783 crea la demandada modalidad
de la asistencia legal gratuita, el artículo 281 les exime de prestar fianza en
caso de que se opte por formular querella, los 642 y 643 les faculta para
sostener la acción cuando no es ejercitada por el Ministerio Fiscal…
En definitiva, se hecha en falta un estatuto orgánico y completo de su
regulación, cuanto más en la fase de juicio y en la fase de decisión…, con las
solas excepciones, que evidentemente recuerdan las recomendaciones
europeas, de que las indemnizaciones concedidas a los perjudicados gozan de
especial preferencia cuando los bienes del culpable no alcancen a cubrir todas
las responsabilidades (art. 111 del Código Penal) y de la protección que se
concede a los denunciantes contra las extorsiones y venganzas que, tras la
reforma de 25 de junio de 1983, contempla el artículo 325 bis del Código.
Conviene recordar, en punto a nuestra legislación interna, la regulación
no definitiva de las indemnizaciones a las víctimas del terrorismo (Ley de 3 de
enero de 1985), regulación, sin embargo, fragmentaria, parcial, y no ultimada.
Lasa bases eran:
1. Si se produjeran lesiones no invalidantes, la cantidad a percibir no
podrá ser inferior a la fijada en el baremo de indemnizaciones
vigente en cada momento, para tales lesiones, en el sistema d e
Seguridad Social.
2. De producirse lesiones invalidantes, la cantidad a percibir no
podrá ser inferior a catorce mensualidades del salario mínimo
interprofesional vigente.
3. En los casos de muerte, la indemnización no podrá ser inferior a
veintiocho mensualidades se salario mínimo interprofesional.
La reparación de los daños causados o la indemnización de los
perjuicios irrogados sigue, no obstante, el sempiterno camino de su inanidad.
Mínimos son los casos en que tal reparación puede hacerse efectiva y sólo hay
dos caminos hábiles aunque no exentos de dificultades, amén de la
potenciación del sistema de fianzas y embargos en la forma en que
consuetudinariamente se viene realizando en la esfera civil y no así en la penal
o paga el culpable con su prestación personal o paga el estado aunque luego
repercuta en aquél.
En el primer orden de ideas basta dejar constancia de que el artículo 8.3
c) I) de la Declaración Universal de los derechos Humanos, adoptada y
proclamada en la 183ª Asamblea general de la ONU el 10 de diciembre de
1948, establece que no se considerarán como «trabajo forzoso u obligatorio»
(prohibidos por el propio artículo en su apartado 3.a) el cumplimiento de una
pena de trabajos forzosos impuesta por un Tribunal competente, los que exijan
normalmente a un apersona presa en virtud de decisión judicial o de un
apersona que habiendo sido presa en virtud de tal decisión se encuentre en
libertad condicional.
Y el artículo 4.3 a) del Convenio para la Protección de los Derechos
Humanos y de las Libertades Fundamentales, Roma, 4 de noviembre de 1950,
entiende que no se considerarán trabajos forzosos u obligatorios (a los efectos
a su prescripción) los exigidos normalmente a una persona privada de libertad
en las condiciones previstas en el artículo 5º del Convenio o durante su libertad
condicional.
En el mismo orden, sin embargo, resulta curioso observar cómo en el
informe que, en noviembre de 1977, presentó el Comité Nacional Sueco para la
prevención del Delito y que contenía un programa de reformas del sistema
sueco de sanciones, que resalta que «es difícil combinar el trabajo coercitivo,
como sanción independiente, con un punto de vista moderna de la vida laboral.
Resulta dudoso que el trabajo pueda convertirse en una forma de pena en unos
momentos en que se considera cada vez más como un privilegio» (citado por
José cerezo Mir en «Anuario de Derecho penal y Ciencias Penales», 1979,
pág. 179)
En el segundo punto de ideas, recordar el texto del Convenio Europeo
sobre la Indemnización a las Víctimas de Delitos Violentos, hecho en
Estrasburgo el 24 de noviembre de 1983, a consecuencia de Resolución (77)
27 del Comité de Ministros del Consejo de Europa. En él se parte de la
consideración de que, por razones de equidad y solidaridad social, es
necesario ocuparse de la situación de las víctimas de delitos internacionales
violentos que han sufrido lesiones corporales o daños en su salud o denlas
personas que estaban a cargo de las víctimas fallecidas. El convenio interesa
instaurar o desarrollar regímenes de indemnización a cargo del estado en cuyo
territorio se hubieron cometido tales delitos, sobre todo cuando el autor no ha
sido identificado o carece de recursos. Se establece un sistema de percibo de
tales indemnizaciones que habrán de comprender la pérdida de ingresos,
gastos médicos y hospitalarios, gastos funerarios y pérdida de alimentos
cuando se trate de personas a cargo.
Concretamente, el convenio 116 del Consejo de Europa hecho en
Estrasburgo el 24 de noviembre de 1983, sobre la indemnización a las víctimas
de delitos establece unas disposiciones mínimas en esta esfera, sentando en el
Título I los principios fundamentales a los que las partes signatarias habrán de
acomodar sus soluciones adoptando a tal fin las disposiciones necesarias para
llevar a efecto aquellos principios.
Los principios fundamentales son sustancialmente los siguientes:
1. El Estado contribuirá a la indemnización cuando ésta no pueda ser
asumida por otras fuentes y aunque no se pueda proceder a
sancionar al autor.
2. Las personas que tienen derecho a tal indemnización estatal son
aquellas que hubieren sufrido lesiones corporales graves o daños
en su salud, como consecuencia directa de un delito internacional
de violencia, así como las personas a cargo del fallecido si se
ocasionara la muerte. Quedan, por consiguiente, excluidos de estas
disposiciones mínimas los daños materiales, así como las lesiones
corporales y daños a la salud de carácter culposo.
3. La indemnización comprenderá como mínimo, según los casos, los
siguientes elementos del perjuicio: pérdida de ingresos, gastos
médicos y de hospitalización, gastos funerarios y pérdida de
alimentos cuando se trate de personas a cargo de la víctima
fallecida. Se autoriza a fijar límites mínimos y máximos de las
indemnizaciones.
4. La indemnización estatal sólo entra en juego cuando resultan
ineficaces los normales sistemas de cobertura, de tal manera que el
Estado puede deducir de la indemnización que haya de conceder
cualquier cantidad relacionada con el perjuicio ocasionado por el
delito que hubiera podido percibir la víctima, del propio delincuente,
de la Seguridad Social, de una entidad aseguradora o por cualquier
otro medio. El sistema es, por ello, un último remedio ante el
desamparo de la víctima.
5. En determinados supuestos, la indemnización puede ser reducida o
incluso suprimida, concretamente en cuatro casos:
- Ponderación de la situación financiera del solicitante
- Comportamiento de la víctima antes, durante o después del delito
o en relación con el daño causado.
- Participación en la delincuencia organizada o pertenencia a una
organización que perpetre delitos violentos.
- Indemnización en todo o en parte contraria al sentido de la justicia
o al orden público.
6.
El estado podrá subrogarse en los derechos de la persona
indemnizada hasta el máximo de la cantidad pagada.
7. El Convenio autoriza para fijar un plazo a fin de que la víctima
presente la oportuna solicitud de indemnización, más allá del cual
se entiende caducado su derecho a ser resarcido por el Estado.
8. Dada la naturaleza multilateral del Convenio, se establece que sea
el Estado en cuyo territorio se perpetró el delito quien haga frente a
la indemnización a la que tienen derecho, no sólo los nacionales
del estado en Convenio, sino también los nacionales de cualquier
otro Estado miembro del Consejo de Europa a condición de que
tenga residencia permanente en el estadio en cuyo territorio se
cometió el delito.
9. El Convenio compromete a los signatarios a fin de que adopten
medidas adecuadas para que los posibles solicitantes tengan
acceso a la información relativa al régimen de indemnizaciones.
El Estado español no ha ratificado aún ese Convenio del Consejo de
Europa, aunque nuestro ordenamiento jurídico contempla supuestos singulares
en los que es el estado quien directamente o a través de algún organismo
asume la obligación de indemnizar las víctimas del delito.
En definitiva, con el fin de ofrecer una mayor protección al
perjudicado, y además de seguir las recomendaciones del Consejo de Europa,
podrían adoptarse las siguientes medidas:
1.
2.
Que los autos de sobreseimiento o archivo sean siempre
notificados al denunciante, aunque no esté personado, con el fin de
que pueda utilizar los recursos en la forma que disponen los
artículos 216 y siguientes de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
Se cumplirá así la posibilidad prevista en el artículo 234 de la Ley
orgánica del Poder Judicial que permite informar al interesado
sobre el estado de las actuaciones. El requisito que establece tal
disposición en orden a que ha de preceder una solicitud por parte
del interesado se salvaría si en el momento de ofrecerle las
acciones, y tras informarle debidamente, aquél solicita que se le
notifique a resolución que pueda recaer acordando el
sobreseimiento o el archivo.
Para acreditar certeramente la insolvencia de los condenados, no
debe limitarse la ejecutoria a unas declaraciones testificales (falsas
e inexactas en la mayoría de los casos) y a una certificación de
Hacienda informando que el condenado no paga contribuciones ni
está sujeto a licencia fiscal o comercial o a obtener un acopia de la
declaración de la renta. Si la información obtenida por ambas vías
es negativa se dicta auto de insolvencia pese a que la realidad
puede ser muy distinta.
Como solución a tal disfunción proponemos que por la Policía
correspondiente se elabore un informe lo más amplio posible sobre
las actividades laborales y medios de vida con los que cuenta el
declarado responsable civil.
Con ello posiblemente obtendríamos una relación de bienes y
enseres pertenecientes al referido que podrían embargarse y
procederse conforme a los artículos 1481 y siguientes de la Ley de
3
Enjuiciamiento Civil reguladores del procedimiento de apremio para
bienes muebles a inmuebles, consiguiéndose finalmente el pago de
las indemnizaciones.
Por último, entendemos que ha de ponerse fin, de una vez por
todas, al reiterado incumplimiento de las compañías aseguradoras
al pago de las indemnizaciones que les corresponde hacerse cargo
según la sentencia, obteniendo un retraso en la atención del
mandato judicial que les permite negociar con el dinero de las
indemnizaciones en lugar de pagar a la víctima.
Ello se solucionaría si se otorgara a tales entidades un plazo
perentorio para que hagan efectiva la indemnización, y una vez
transcurrido el mismo sin haberse verificado se proceda al embrago
de sus cuentas corrientes con retención del saldo u otra medida
aseguratoria que el Juez estime oportuna.
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