¿Cómo puedo pensar eso?

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¿Cómo puedo pensar eso?
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Magazine La Vanguardia
Mientras pelaba las patatas, a la mujer se le pasó por la mente usar el mismo cuchillo para
degollar a su marido que leía
el periódico a su lado. La reciente madre pensó fugazmente en lo fácil que sería ahogar al
bebé con una almohada. El estudiante tuvo la instantánea de lanzarse a la vía del metro
mientras esperaba que este llegara. El devoto católico rumió que podría tener relaciones
sexuales con la Virgen María. Al heterosexual convencido se le ocurrió por un momento que
podía insinuarse con el amigo de toda la vida. El pacifista se imaginó en un destello actuando
como un francotirador durante una manifestación.
Si de verdad fuéramos honestos y observáramos con distancia el escándalo que nos produce,
admitiríamos que con frecuencia tenemos ideas inconfesables que nos pasan volando por la
mente y que no tienen nada que ver con nuestros valores y decisiones racionales. Estas ideas
son tan taimadas que a veces juegan con nosotros mostrándonos un “yo” perverso que no
cuadra con el “yo” coherente con nuestras creencias y nuestro sentido de lo que está bien y lo
que está mal.
“Intenta no pensar en un oso blanco”.
La presencia de pensamientos no voluntarios o invasores en la mente es un fenómeno
bastante universal. Muchos podríamos preocuparnos y dudar de si somos o no
obsesivo-compulsivos. Lo cierto es que los rasgos obsesivos se presentan en un gran número
de personas consideradas " normales”. De hecho, psicólogos ingleses investigaron los
pensamientos obsesivos en una muestra de 302 personas de la población general y el 84 %
informó que habían experimentado el asalto de pensamientos, imágenes o impulsos
indeseados más de una vez en su vida. El contenido de los pensamientos intrusos a lo largo
de los tiempos ha ido cambiando según las modas e inquietudes de cada época. Así, en
épocas más oscuras de la humanidad en las que las religiones regían sin cuestión las vidas de
las personas, los contenidos transgresores y pecaminosos proliferaban entre los citados
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pensamientos. Con el paso del tiempo, los temas referidos a la contaminación por gérmenes o
por virus como el Sida, haber cometido una negligencia, atentar contra la ley, ser víctima de
radiación y propagarla, sufrir enfermedades contagiosas, realizar acciones demoníacas, sufrir
un descontrol de la agresividad o de la sexualidad, encallarse en dudas insolubles han ido
alternándose en la florida imaginación obsesiva.
Por esta razón, no habría que preocuparse por tener ideas escandalosas de vez en cuando,
sino por creer que éstas pueden hacerse realidad aunque uno no lo quiera. Solo por pensarlas.
Si éste fuera el caso, estaríamos traspasando los límites de la normalidad mediante el
pensamiento mágico propio de la enfermedad obsesiva.
Para entender con un fácil experimento la razón porque un pensamiento no se va de la cabeza,
podemos acudir a la historia de los hermanos Tolstoy.
La historia de Tolstoy sobre el oso blanco nos cuenta que su hermano le dijo un día: “quédate
en el rincón hasta que dejes de pensar en un oso blanco.” A pesar de ser una instrucción
teóricamente fácil, el joven Tolstoy fue incapaz de realizarla. Se quedó horas en el rincón
pensando sin parar en osos blancos.
Eso es lo que nos pasa a todos cuando queremos dejar de pensar en algo. Cuánto más
luchamos contra la idea, ésta se hace cada vez más frecuente e insistente. No deja de volver y
volver a la cabeza. Siempre que deseamos dejar de pensar en algo logramos el efecto
contrario. Así se mantienen las ideas obsesivas.
La enfermedad secreta.
La enfermedad obsesivo- compulsiva va saliendo poco a poco de su vida secreta gracias a
películas y series como “El aviador”, la película de Scorsese que narra la lucha del millonario
Howard Hughes contra su enfermedad obsesiva, “Mejor imposible” donde el actor Jack
Nicholson borda la tipología de un obsesivo y “Monk” el detective privado obsesivo-compulsivo
que resuelve casos de asesinato con facilidad, pero se encalla ordenando sus calcetines.
En tiempos, el Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) se consideraba un trastorno relativamente
infrecuente, pero con el tiempo esto resultó no ser cierto ya que era un problema infra
diagnosticado por el secretismo de los afectados. Actualmente se sabe que muchos pueden
tardar hasta 17 años en consultar y, en consecuencia, recibir diagnóstico y tratamiento. Tanto
es así, su estimación llega casi a un 3% de la población general.
También se sabe que es la cuarta enfermedad mental más frecuente en los Estados Unidos y
en el Reino Unido.
El ocultamiento de la enfermedad se debe a que el obsesivo es totalmente consciente de su
problema y teme darlo a conocer por temor a no ser comprendido y ser considerado loco. En
muchas ocasiones el inicio ocurre en la infancia o en la adolescencia.
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Obsesiones, compulsiones y miedo
Lola tiene las manos dañadas por el uso excesivo de la lejía que utilizaba para librarse de todo
posible germen. Su temor era que pudiera contagiar a su familia con el cáncer a pesar de saber
que esto no era factible. Los actos que llevaba a cabo para evitarlo, su compulsión, era lavarse
escrupulosamente con lejía cada dedo repetidas veces, y hasta cuarenta veces al día durante
20 minutos.
Su obsesión era tan exagerada que había implicado a todos los miembros de la familia. El
marido y los hijos debían quitarse los zapatos al entrar en casa y cambiarse toda la ropa.
Cualquier indicio de contaminación le suponía un sufrimiento enorme y la incapacidad de
controlar el avance de los gérmenes por la casa la sumía en un estado depresivo constante. Su
actividad en casa era febril y se centraba solamente en limpiar, frotar y volver a empezar. Tenía
la sensación de que le faltaban horas al día y nunca estaba satisfecha.
Tomás podría parecer a primera vista un chico meticuloso, cuidadoso y pendiente de los
detalles. Sin embargo, sólo él sabía lo mal que lo pasaba cuando volvía al coche repetidas
veces (hasta seis o siete) para cerciorarse de que había cerrado bien las puertas.
Cuando tenía que mandar alguna carta, su empeño era cerrarla y volverla a abrir no fuera que
hubiera hecho algo mal o hubiera olvidado algún detalle. En la oficina repasaba el trabajo hasta
diez veces y se detenía a mirar continuamente si los papeles importantes aún estaban allí.
Miraba varias veces la papelera para ver si algo importante se había caído inadvertidamente. Al
cerrar nunca se fiaba que la secretaria apagase las luces y las estufas y llegaba a volver dos y
tres veces al despacho a ver si todo estaba en orden. En casa las dudas se centraban en la
llave del gas y su familia no podía entender que no acabara de confiar en sus propios sentidos
al verlo repetir una y otra vez el camino a la cocina para repasarlo todo tantas veces.
Su temor u obsesión era el ser responsable de un posible daño a sí mismo o a otros por su
falta de atención. Sus actos o compulsiones eran verificar y comprobar.
Para Víctor todo el problema estaba en su cabeza. Él era consciente de lo absurdo de sus
preocupaciones, pero esto no lo libraba de aquellos incómodos pensamientos que a veces lo
aterraban y a veces le causaban verdaderas crisis de angustia. Pero nada podía hacer ya que
cuanto más los deseaba alejar más se repetían impidiéndole trabajar, leer, estudiar e incluso
mirar la tele. Además todo lo que oía o leía se encadenaba mágicamente con ellos dándole la
sensación de que estaba atrapado. Su estado de ánimo estaba muy decaído y a veces creía
que no valía la pena vivir de ese modo.
Cada uno de estos pacientes pertenece a un tipo característico de trastorno obsesivo
compulsivo, aunque es frecuente que se mezclen diversos aspectos en la misma persona:
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compulsión por la limpieza.
compulsión por la comprobación.
pensamientos, imágenes e impulsos obsesivos.
lentitud y prolijidad excesivas. Las obsesiones se definen como ”pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes y
persistentes que se experimentan, al menos en algún momento mientras dura el trastorno,
como invasores e inapropiados y provocan malestar o ansiedad en un grado importante”. Las
ideas son vividas como algo que no es voluntario, que no tiene que ver con la voluntad de la
persona y, peor aún, muchas veces son contrarias a sus valores. Se reconocen como
irracionales y poco realistas, aunque no siempre eso se tiene tan claro. Las obsesiones
pueden desencadenarse a partir de desencadenantes internos o externos. Entre los internos:
ciertas sensaciones físicas o estados de ánimo y entre los externos, objetos, situaciones,
personas o información. La angustia que provocan las obsesiones impulsa al afectado a buscar
estrategias diversas para escapar. El significado que la persona le da al pensamiento es la
causa del malestar intenso que padece. El pensamiento no es lo más preocupante en las
obsesiones, sino la importancia que adquiere para la persona. Si el afectado cree que el
pensamiento se puede hacer realidad con solo pensarlo, por ejemplo, su angustia será
inmensa. Por eso es importante identificar qué significa para él ese pensamiento, es decir, las
supuestas consecuencias de pensar en él. Esto es lo que diferencia a una persona con trastorno obsesivo-compulsivo de otra que solo tiene pensamientos intrusos.
Si el temor al pensamiento obsesivo crea demasiada angustia, la persona puede sentirse
llevada a desplegar una serie de movimientos supuestamente protectores y defensivos que
constituyen las compulsiones. Su acción produce alivio a corto plazo, mientras que al mismo
tiempo incrementa la probabilidad de la aparición de más obsesiones.
Las maniobras de control (o pseudo control) llamadas rituales o compulsiones pueden tener
estas formas:
Evitar situaciones, objetos, personas, lecturas, películas y demás.
Realizar conductas y actos repetitivos, estereotipados, cuidadosamente orquestados.
Dialogar en forma de contra pensamientos, esta vez intencionados y consoladores, para
sortear la incomodidad y el malestar. Esta es la estrategia de neutralización. Pueden ser rezos,
canciones o diálogos con las obsesiones.
Prohibido prohibir.
Retomamos el lema representativo del mayo francés para insistir en ello: Para superar las
obsesiones es fundamental aceptar el pensamiento obsesivo. Cuando se acepta pensar lo
impensable y se permite que las obsesiones vengan cuando quieran dejando de luchar contra
ellas, solo entonces se reduce la ansiedad y se obtiene la paz mental. Cuando la ansiedad
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remite los pensamientos obsesivos tienden a desaparecer. La idea de pensar cosas
inaceptables puede parecer escalofriante, pero se ha demostrado que es la mejor terapia. Esta
técnica, concretamente, se llama en psicología “intención paradójica”. Es como si inoculáramos
la enfermedad para librarnos de ella. Es como prescribir la enfermedad.
Algunas personas sienten temor a pensar los pensamientos impensables por miedo a que se
hagan realidad. Pero esto es totalmente imposible. Nadie hace, realmente, algo que no quiere
hacer. Y esto es lo que importa.
Existen diversas teorías que podrían explicar porqué esta técnica funciona, pero lo que sí está
claro para todos los profesionales de la psicología, es que para dominar los pensamientos no
podemos prohibirlos. Hay que tomar el toro por los cuernos y aceptar lo que pensamos y lo que
sentimos.
Despiece
Clasificación de las obsesiones.
Según el tipo de ritual que desempeña el afectado, pueden clasificarse las obsesiones en siete
categorías
Lavadores y limpiadores. Preocupados por la contaminación producida por determinados
objetos o situaciones. Estos pueden ser: los fluidos corporales, los gérmenes, la enfermedad y
los productos químicos. Su manera de combatir la angustia le conduce a lavarse las manos de
modo excesivo, tomar duchas prolongadas o limpiar la casa durante horas. Tienen mucho
cuidado de no entrar en contacto con agentes contaminantes diversos, absteniéndose de tocar
muchas cosas, como objetos que hayan caído al suelo o las manillas de las puertas.
Verificadores. Inspeccionan todo de manera excesiva con el fin de que no ocurra nada malo,
como accidentes o catástrofes. Lo más frecuente es revisar estufas y aparatos eléctricos para
prevenir incendios, controlar que las ventanas y puertas estén bien cerradas para impedir que
entren ladrones y repasar el trabajo realizado para impedir errores o críticas. La revista se
hace reiteradamente porque, a menudo, poco después de haber examinado todo, vuelven a
tener dudas de haberlo hecho bien y de forma adecuada. Entre la duda y la comprobación
pueden pasar horas realizando sus rituales.
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Repetidores. El hecho de repetir acciones tiene, para este tipo de obsesivo, la facultad de impedir que un pensamiento alarmante se haga realidad. Tiene la convicción de que está
actuando de una manera eficaz para impedir consecuencias catastróficas. Detrás de estas
acciones aparentemente neutras, subyace la idea de que está impidiendo que pase algo malo.
En su pensamiento mágico, cree supersticiosamente que sus acciones son útiles.
Mantenedores del orden. Exigen que todo lo que les rodea esté dispuesto de acuerdo a
ciertas pautas rígidas, incluyendo distribuciones simétricas. Dedican gran parte de su tiempo a
cerciorarse de que las cosas estén en el “lugar correcto” y advierten de inmediato cuando se ha
modificado su disposición preestablecida. Se sienten sumamente incómodos cuando las cosas
se alejan de la perfección.
Acumuladores. Este tipo de obsesión lleva a la persona a coleccionar objetos que para otros
no tienen ninguna utilidad ni valor. Afirma que debe conservar todos esos objetos por si algún
día los llega a necesitar. En casos extremos, tiene que alquilar un espacio adicional para
colocar una cantidad enorme de objetos inservibles.
Ritualizadores mentales. Estos obsesivos se dedican a repetir pensamientos
deliberadamente para contrarrestar su ansiedad. Tratan de evocar ideas, discursos, listas,
números, oraciones, recuerdos, palabras, canciones y todo tipo de actividad mental repetitiva,
del mismo modo que los repetidores de comportamientos. La diferencia es que en este caso
las repeticiones son mentales.
Obsesivos puros. Los obsesivos puros sufren su aflicción exclusivamente en el plano de las
ideas. Sus contenidos suelen ser altamente angustiantes como pensar que tienen una
enfermedad grave, atraparse en eventos traumáticos del pasado, imágenes de conducta
sexual incorrecta, impulsos de matar y hacer daño a ellos mismos, a personas queridas o
indefensas. No practican rituales de conducta. Creen que por el hecho de pensar esas cosas,
todo se puede hacer realidad. Sus rituales suelen ser del ámbito mental o cognitivo. Es decir,
otros pensamientos que neutralizan los anteriores. Entre estas estrategias se encontrarían:
Elaborar el pensamiento.
Buscar elementos tranquilizadores.
Sustituir el pensamiento por otro.
Realizar una acción mental específica para ahuyentar el pensamiento.
Emplear actividades distractoras
Enfocar a atención al entorno y detener el pensamiento.
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Despiece.
“Son las cuatro de la tarde de un sábado. He recogido la cocina y la ropa. Todo está ordenado.
Necesito tenerlo así para poder disfrutar de una película que me interesa ver por televisión. Mi
hija pequeña me avisa que dará comienzo en unos instantes. Me siento tranquilamente en un
sofá que está situado al lado de la ventana. De repente aparece el pensamiento: ¿Y si te tiraras
por la ventana? ¿Por qué no te tiras? Este pensamiento me paraliza; me pongo rígida;
comienzo a sudar; el corazón me late muy aprisa; me cuesta respirar; tengo frío, un frío muy
intenso; tengo náuseas...
Pienso que no podré resistir y acabaré tirándome por la ventana y como vivo en un cuarto piso
me mataré. Sin embargo, sé que no quiero hacerlo, que solo es un pensamiento. Dudo. No
puedo asegurar que no lo haré. Vuelvo a dudar. Intento mirar la película, pero el pensamiento
me machaca el cerebro y no me deja en paz. Bajo la persiana; quizá así no lo haga, pienso. La
persiana me lo impedirá.
Observo a mis hijos y me digo que tengo mucha suerte con estos hijos, por lo tanto, ¿ por qué
voy a querer tirarme por una ventana?. No quiero hacerlo, sin embargo este razonamiento no
me sirve para nada. Sigo encontrándome mal y necesito ir una y otra vez al cuarto de baño. Me
coloco de espaldas a la ventana intentando parar este pensamiento que me tortura. Finalmente
no puedo aguantarlo más y me marcho de la habitación. Pero en los días siguientes el
pensamiento sigue torturándome hasta el punto de tenerlo presente incluso en mis sueños. El
miedo a hacer aquello que no quiero invade cada instante de mis días." (Testimonio ofrecido
por una paciente).
Despiece
Temática más habitual de las ideas intrusas.
Agresión y violencia: Temor a matar a un ser querido; a atacar físicamente a una persona; a
atropellar a alguien mientras se conduce sin darse cuenta; a haber escrito o dicho algo
inadecuado inadvertidamente, a insultar a un jefe; a enviar una carta ofensiva a un amigo.
Sexuales: Temor a poder abusar de un niño. Actuar como homosexual cuando se es, en
realidad, heterosexual.
Blasfemias y sacrilegios Tener relaciones sexuales con Cristo o Satán o con la Virgen María.
Hacer gestos o conductas inapropiadas en una iglesia.
Despiece
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Forma de pensar del obsesivo-compulsivo
Creer que sus pensamientos están unidos de forma automática a las acciones. A esto se le
llama pensamiento mágico. Pensar que solo el hecho de pensar algo, este algo puede hacerse
realidad. Al sobreestimar la importancia de los pensamientos se da la fusión pensamiento/
acción en la imaginación del afectado.
Pensar que se es responsable de que todo salga bien o mal. Exagerar su responsabilidad
propia sobre los hechos.
Exagerar su control sobre el entorno y necesidad de estar seguro de todo. Gran intolerancia a
la incertidumbre.
Interpretar exageradamente las probabilidades de consecuencias negativas derivadas de sus
pensamientos y acciones. Establecer relaciones supersticiosas (atribuir arbitrariamente unas
causas a unas consecuencias.)
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