LA CONTROVERSIA MONETARISTA O ¿DEBERÍAMOS

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LA CONTROVERSIA MONETARISTA O ¿DEBERÍAMOS
DESECHAR LAS POLÍTICAS DE ESTABILIZACIÓN?*
Franco Modigliani
(MIT)
Durante los últimos años y especialmente desde los inicios de la depresión actual los economistas y el público profano en general han oído ya
bastante acerca del agudo conflicto entre "monetaristas y keynesianos" o
entre "monetaristas y fiscalistas". La diferencia entre ambas "escuelas"
habitualmente se centra en la cuestión de si es la oferta monetaria o son
las variables fiscales los principales determinantes de la actividad económica agregada, y, por lo tanto, en la de cuál es el instrumento más adecuado para las políticas de estabilización.
Mi tesis central es que este enfoque se encuentra bastante alejado de
la realidad, y que los puntos a discutir son mucho más de índole práctica. En realidad no existen desacuerdos analíticos grandes entre los principales monetaristas y los no monetaristas más connotados. Se sabe que
Milton Friedman dijo en alguna ocasión: "En la actualidad todos somos
keynesianos", y yo estoy completamente dispuesto a responderle diciendo
que "todos somos monetaristas" —si entendemos por monetarismo asignarle un papel primordial a la cantidad de dinero en la determinación
de la producción y los precios. En realidad la lista de los que han sido
monetaristas en este sentido desde tiempo atrás es muy larga, e incluye
entre otros a John Maynard Keynes y a mí mismo, como lo demuestran
mis artículos de 1944 y 1963.
A decir verdad las características que distinguen a la escuela monetarista y sus verdaderos puntos de desacuerdo con los no monetaristas no
versem sobre el monetarismo propiamente dicho sino más bien sobre el
papel que debería asignársele a las políticas de estabilización. Los no
monetaristas aceptan lo que yo considero es el mensaje práctico fundamental de la Teoría general: que una economía de iniciativa privada que
emplea dinero intangible o fiduciario necesita ser estabilizada, puede ser
estabilizada, y por lo tanto debería ser estabilizada por políticas monetarias y fiscales adecuadas. Por contraste, los monetaristas son de la opinión
* Tomado de American Economic Review. 69, pp. 1-19 fl977), con el
Los derechos de autor son de la American Economic Association. Discurso
sesión de la presidencia de la American Economic Association en Atlantic
el 17 de septiembre de 1976, durante su 89 sesión. Traducción al español
de la Lama. Revisión de Mercedes Paredes Z.
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permiso del editor.
leído al tomar poCity, Nueva Jersey,
de Ignacio Chávez
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de que no existe una verdadera necesidad de estabilizar la economía; de
que incluso en el caso de que la hubiera esto no podría realizarse, ya
que las políticas estabilizadoras probablemente incrementarían en vez de
disminuir la inestabilidad; y por lo menos algunos de ellos creo que irían
tan lejos como para afirmar que, incluso en el improbable caso de que
las políticas de estabilización resultaran benéficas, a fin de cuentas, no
debería confiársele al gobierno el poder necesario para practicarlas.
Lo que me ha impulsado a abordar esta controversia es la reciente
propagación del monetarismo tanto de manera simplista y superficial
como bajo la forma de una influencia creciente en la conducción práctica
de la política económica, cuya repercusión, como argumentaré más adelante, ha sido una de las causas de los trastornos en los últimos tres años.
Así pues, a continuación me propongo, primero, revisar los argumentos más importantes que sustentan la necesidad de políticas de estabilización, esto es, el probable alcance de la inestabilidad en ausencia de tales
políticas, y después examinar la cuestión del supuesto efecto desestabilizador de tratar de aplicar políticas estabilizadoras. Mi objetivo principal
es abordar la inestabilidad generada por los tipos de perturbaciones tradicionales -—shocks de la demanda. Pero antes de terminar expondré algunas consideraciones sobre los difíciles problemas planteados por los
nuevos tipos de perturbaciones —shocks de la oferta.
I.
LA POSICIóN KEYNESIANA SOBRE LAS POLíTICAS
DE ESTABILIZACIÓN
1. La Teoría general
La novedosa conclusión de Keynes acerca de la necesidad de políticas
de estabilización, tal como fue presentada por los primeros intérpretes de
la Teoría general, por ejemplo John Hicks (Modigliani, 1944), fue resultado de la interacción de una contribución básica a la teoría monetaria
tradicional —la preferencia por la liquidez— y una hipótesis poco ortodoxa acerca del funcionamiento del mercado del trabajo —la rigidez total de los salarios a la baja.
Debido a la preferencia por la liquidez, un cambio en la demanda
agregada, que puede ser ampliamente definido como cualquier hecho que
produce un cambio en el mercado de compensaciones o en el equilibrio
de la tasa de interés, generará un cambio correspondiente en la demanda
real de dinero o en la velocidad de circulación, y por lo tanto en el stock
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real de dinero requerido en una situación de pleno empleo. En tanto los
salarios sean perfectamente flexibles, aun con una oferta monetaria nominal constante, el pleno empleo podría y debería ser sostenido por medio del cambio necesario en los salarios y los precios para producir la
transformación requerida en la oferta monetaria real —a pesar de que
aun en ese caso la estabilidad del nivel de precios requeriría políticas
monetarias anticíclicas. Sin embargo, según el supuesto keynesiano sobre
los salarios el ajuste clásico a través de los precios puede ocurrir únicamente en el caso de un aumento de la demanda. Por el contrario, si ésta
declina la rigidez de los salarios evita el incremento necesario en la oferta monetaria real y la caída concomitante de la tasa de interés. Por lo
tanto, si la oferta nominal de dinero es constante el equilibrio inicial
debe conducir a otro nuevo y estable, caracterizado por una baja de la
producción y por una reducción involuntaria en el empleo, denominada
ésta así porque no es resultado de un cambio imaginario en los patrones
de la demanda y la oferta en términos de salarios reales sino únicamente
de una insuficiente oferta real de dinero. La naturaleza de este equilibrio
es descrita con elegancia por el modelo IS-LM de Hicks, el cual se ha
convertido para nuestra generación de economistas en algo casi tan familiar como el modelo demanda-oferta lo fue para las generaciones anteriores.
Este análisis implica que una oferta fija de dinero, lejos de garantizar la estabilidad aproximada de los precios y la producción, tal como lo
sostiene el punto de vista tradicional, traería como consecuencia una economía bastante inestable, que alternaría prolongados periodos de desempleo y estancamiento con estallidos de inflación. El grado de inestabilidad
hacia la baja de la economía dependerá en parte de la profundidad de los
efectos exógenos sobre la demanda y en parte de la fuerza de lo que podría llamarse el mecanismo hicksiano. Con esto quiero decir el grado en
el que un desplazamiento de la curva IS, a través de su interacción con
la curva LM, desemboca en un cierto descenso de las tasas de interés y
por lo tanto en un cambio en el ingreso inferior al desplazamiento original. El poder de estabilización de ese mecanismo es controlado por varios
parámetros del sistema. En particular la economía será más inestable
cuanto mayor sea la elasticidad-interés de la demanda de dinero, y cuanto
menor sea la capacidad de respuesta-interés de la demanda agregada. Finalmente, un multiplicador elevado es también desestabilizador puesto que
implica un mayor desplazamiento de la curva IS resultante de un shock
dado.
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Sin embargo, la inestabilidad puede ser combatida con rapidez por
medio de políticas de estíibilización adecuadas. La política monetaria podría cambiar la oferta nominal de dinero para acomodar el cambio en la
demanda real resultante de los shocks de la demanda agregada. La política fiscal podría, por medio del gasto y los impuestos contrarrestar estos
shocks, haciendo así congruente el pleno empleo con el stock inicial de
dinero nominal. En general ambas políticas, la monetaria y la fiscal, podrían usarse en forma combinada. Pero debido a una incertidumbre
percibida en la respuesta de la demanda a los cambios en las tasas de
interés, y debido a que los cambios en las tasas de interés generados por
la política monetaria podrían encontrar dificultades y retrasos considerables relacionados con las expectativas (llamadas trampas de liquidez), se
pensaba que la política fiscal poseía algunas ventajas.
2. Los primeros keynesianos
Los primeros discípulos de la nueva doctrina keynesiana, todavía obsesionados por los recuerdos de la Gran Depresión, frecuentemente tendieron a exagerar el pesimismo de Keynes sobre la inestabilidad potencial de la economía. La preocupación por las trampas de liquidez fomentó
la creencia de que la elasticidad-interés de la demanda de dinero era
alta; la incapacidad para distinguir la propensión marginal a ahorrar en
el corto y el largo plazo condujo a sobrestimar la tasa de ahorro en el largo plazo, aumentando la inquietud por el estancamiento, y llevó a que se
subestimara la propensión a corto plazo, inflando así el multiplicador de
corto plazo. Se suponía que las tasas de interés afectaban, en el mejor
de los casos, la demanda de inversiones fijas de larga duración, y se
consideraba baja su elasticidad-interés. Por tanto, se creía que los shocks
producían una amplia respuesta. Finalmente la demanda de inversiones
era concebida como controlada por el capricho del "espíritu emprendedor" de los hombres de negocios, lo que originaba importantes fuentes
de shocks. Todo esto justificaba el apoyo a políticas estabilizadoras muy
activas. Más aún, dado que las circunstancias que producen una amplia
respuesta a los shocks de la demanda también producen una respuesta
igualmente amplia a las acciones fiscales, y una corta respuesta a las acciones monetarias, existía una tendencia a enfocar la política fiscal como
el instrumento principal para sostener la economía cerca del pleno empleo.
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3. La curva de Phillips
Durante las dos décadas posteriores a la aparición de La Teoría general se produjo cierto número de desarrollos teóricos del sistema keynesiano que incluían la dinamización del modelo, el hincapié en los impuestos
en desmedro de los gastos y el multiplicador del presupuesto equilibrado, así como los primeros intentos de estimar los parámetros críticos mediante técnicas y modelos econométricos. Pero para los propósitos presentes el más importante fue el descubrimiento de una relación estadística
"estable" entre la tasa de variación de los salarios y la tasa de desempleo,
relación que desde entonces es conocida como la curva de Phillips, Dicha
relación, y su generalización por Richard Lipsey para poder considerar
el efecto de la inflación reciente, ganó gran aceptación aun antes de
que pudiera proporcionársele un apoyo analítico en parte porque pudo
responder a la "confusa experiencia de 1954 y de 1958, cuando los salarios se mantuvieron ascendentes a pesar de un aumento creciente en el
desempleo. Esto también sirvió para dar fin a la bastante estéril controversia entre inflación por "empuje de los costos" e inflación por "jalón
de la demanda".
En los años siguientes se puso mucha atención en el desarrollo de los
fundamentos teóricos de la curva de Phillips, en particular en los lincamientos de los modelos de investigación (por ejemplo Edmund Phelps y
otros). Este enfoque sirvió para arrojar nueva luz sobre la naturaleza del
desempleo, buscándola en primer lugar en la rotación de la fuerza de
trabajo y en el tiempo de búsqueda de empleo más que en la falta de plazas de trabajo propiamente dichas: en cierto sentido todo el desempleo
es friccional, por lo menos en los países desarrollados. Al mismo tiempo esto aclara cómo la disponibilidad de mayor número de puestos laborales tiende a reducir el desempleo por la vía del incremento de vacantes
y por tanto de la reducción del tiempo de búsqueda de empleo.
La aceptación de la relación de la curva de Phillips implica algunos
cambios significativos en el sistema keynesiano que en parte pasaron inadvertidos hasta los ataques subsiguientes de los monetaristas. En virtud
de que la tasa de cambio de los salarios decrecía al compás de la tasa de
desempleo, no había más de un pleno empleo único sino más bien toda
una familia de posibles tasas de equilibrio, cada una asociada con una
diferente tasa de inflación (lo cual presuntamente requería de un crecimiento monetario diferente a largo plazo).
También distorsionó la noción de un equilibrio de subempleo estable.
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Una caída en la demanda podría causar todavía un aumento inicial en el
desempleo, pero este aumento, al reducir el crecimiento de los salarios,
a la postre incrementaría la oferta real de dinero, tendiendo a hacer retornar el desempleo a la tasa de equilibrio compatible con el incremento
de dinero dado en el largo plazo. Pero a nivel práctico esto no disminuyó
la importancia de contrarrestar las perturbaciones duraderas de la demanda vía políticas de estabilización, en vez de apoyarse en el lento proceso de
ajuste salarial a costa de un desempleo prolongado e inestabilidad de
precios.
En realidad, el campo de acción de las políticas de estabilización pareció expandirse en el sentido de que la autoridad estabilizadora tenía el
poder de escoger la tasa de desempleo alrededor de la cual se estabilizaría
el empleo, aunque en ese caso tenía que aceptar la inflación asociada. Finalmente la dependencia de los cambios en los salarios también con respecto a la inflación pasada generó el reconocimiento de una diferencia entre
la curva de Phillips en el corto y el largo plazo, exhibiendo esta última
la tasa de equilibrio de la inflación a largo plazo que una tasa de desempleo sostenida implica. El hecho de que el grado de compensación
entre el desempleo e inflación de largo plazo fuera necesariamente menos
favorable que el de corto plazo abrió nuevos horizontes para las políticas
del tipo "goce ahora, pague después", e incluso produjo una bibliografía
muy entretenida acerca del ciclo político de la economía o los negocios
y de cómo mantenerse en la silla de montar de la curva de PhiUips (véase
por ejemplo a Ray Fair y William Nordhaus).
II.
EL ATAQUE DE LOS MONETARISTAS
1. El poder estabilizador del mecanismo de Hicks
Desde su comienzo el ataque de los monetaristas al keynesianismo no
se dirigió contra el propio marco de referencia keynesiano sino a si éste
implicaba realmente una necesidad de estabilización. Esto descansó en un
cálculo empírico radicalmente diferente del valor de los parámetros que
controlan el poder de estabilización del mecanismo de Hicks, y de la
magnitud y la duración de la respuesta a los shocks, dada una oferta monetaria estable. Se pensó que esta forma distinta de calcular justificaba
a su vez una pérdida radical de la importancia práctica del marco de referencia keynesiano, en contraposición a su validez analítica.
La preferencia por la liquidez fue una excelente contribución a la
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teoría monetaria, pero en la práctica la capacidad de respuesta de la demanda de dinero, y por lo tanto de la velocidad, a cambios en la tasa
de interés, lejos de ser incontrolablemente grande era tan pequeña que, de
acuerdo con un bien conocido texto de Milton Friedman (1960), no
podía siquiera ser descubierta empíricamente. Por otro lado, el efecto de
la tasa de interés sobre la demanda agregada era grande y de ninguna
manera limitado a las inversiones fijas tradicionales sino muy difundido.
La dificultad para descubrirlo empíricamente resulta de enfocarlo en un
rango estrecho de tasas de mercado calculadas y de que, si bien en términos agregados podía considerarse que responderían, la respuesta de los
componentes individuales podría no ser estable. Finalmente la célebre contribución de Friedman a la teoría de la función consumo (1957) (y mi
propio trabajo sobre la hipótesis del ciclo de vida realizado con Richard
Brumberg y otros, revisado por el autor, 1975) sostenía la presencia de
una propensión marginal al ahorro de corto plazo muy alta en respuesta
a perturbaciones transitorias del ingreso y por lo tanto un reducido multiplicador a corto plazo.
Todo esto justificó la conclusión de que: i) a pesar de que los shocks
de la demanda pueden trabajar cualitativamente en los términos descritos
por Keynes, el mecanismo de Hicks es cuantitativamente tan fuerte que su
efecto podría ser reducido y transitorio siempre y cuando las existencias
de dinero fueran mantenidas en una senda de crecimiento constante;
ii) las acciones de política fiscal, al igual que otros shocks en la demanda,
tendrían efectos menores y transitorios sobre la demanda, mientras los
cambios en el dinero producirían efectos grandes y permanentes en el ingreso monetario, y por lo tanto, iii) la estabilidad observada de la economía, que de cualquier manera estaba resultando ser moderada a medida
que transcurría en periodo de posguerra, era con mucho el resultado más
probable del crecimiento inestable del dinero, ya sea causado por los desorientados intentos de estabilizar el ingreso o por la persecución de otros
objetivos, que resultaban irrelevantes, o en el caso de las metas de la
balanza de pagos se deberían haber vuelto irrelevantes por el abandono
de los tipos de cambio fijos.
2. La desaparición de la rigidez salarial y la
curva vertical de Phillips
Pero el reto más grande a los keynesianos provino del Mensaje Presidencial de Friedman (1968), edificado sobre ideas desarrolladas también
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por Phelps (1968). Su mensaje básico es que a pesar de las apariencias
los salarios son en realidad perfectamente flexibles, y que de acuerdo con
ello no hay desempleo involuntario. La evidencia contraria, incluida la
curva de Phillips, no es según esto sino una ilusión estadística resultante
del fracaso en diferenciar los cambios de precios de los cambios inesperados de precios.
En el texto Friedman comienza reviviendo la concepción keynesiana
de que en cualquier momento existe una tasa única de pleno empleo, misma que él denomina "la tasa natural". Una baja no prevista de la demanda en el mundo competitivo de Friedman conduce a las empresas a
reducir los precios y también la producción y el empleo a lo largo de la
curva de costo marginal de corto plazo —a menos que el salario nominal
decline junto con los precios. Pero los trabajadores fracasan en juzgar correctamente la caída corriente y la previsible de los precios, y malinterpretan la reducción de los salarios nominales como una merma de los
salarios reales. Así, suponiendo una función de oferta dependiente positiva, reducen su oferta de trabajo. Como resultado el salario real efectivo
se eleva hasta el punto en que la declinación resultante en la demanda
de trabajo se iguala al descenso de la oferta mencionado con anterioridad. Por tanto, la producción cae no porque decline la demanda sino porque se reduce en forma enteramente voluntaria la oferta de trabajo en
respuesta a percepciones erróneas. Más aún, la caída del empleo sólo puede ser temporal, en virtud de que las expectativas deben emparejarse pronto con los hechos, por lo menos en ausencia de shocks nuevos. Ese mismo
mecanismo funciona en el caso de un incremento de la demanda, de manera tal que la capacidad de respuesta de los salarios y los precios es
igual en ambos lados de la tasa natural.
La conclusión de que el modelo de Friedman también implica una
relación tipo Phillips entre la inflación, el empleo o el desempleo, y la
inflación pasada —suponiendo que esta última variable sea interpretada
como una proxy razonable de la inflación esperada. Pero eso pone la explicación tradicional de cabeza: en vez de que el empleo (excesivo) sea
lo que causa la inflación, es (el componente inesperado de) la tasa de
inflación lo que ocasiona el empleo excesivo.
Una implicación muy fundamental del modelo de Friedman es que el
coeficiente de expectativas de precios debería ser precisamente la unidad.
Esta especificación implica que cualquiera que sea la forma de la curva
de Phillips de corto plazo —una forma determinada por la relación entre los cambios de precios esperados y los reales, y por la elasticidad de
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la oferta de trabajo con respecto al salario real percibido— la curva
de largo plazo debe ser vertical.
La novedad del giro de Friedman aportó una base de sustentación a
la afirmación de que las políticas de estabilización no son en realidad
necesarias, ya que con flexibilidad salarial, excepto posiblemente por distorsiones transitorias, el mecanismo de Hicks recibe un refuerzo muy poderoso por parte de los cambios en la oferta monetaria real. De modo
similar, el hecho de que el pleno empleo era un filo de navaja vino a
proporcionar apoyo a la afirmación de que las políticas de estabilización
estaban destinadas a arrojar resultados desestabilizadores.
3. La revolución de las expectativas macroeconómicas
racionales
Pero el tiro de gracia a la diezmada posición keynesiana habría de llegar tan sólo poco tiempo después, al ser incorporado al modelo de Friedman la así llamada hipótesis de expectativas racionales o HER, Grosso
modo esta hipótesis, debida originalmente a John Muth, establece que los
agentes económicos racionales intentarán formarse expectativas de las variables importantes futuras haciendo el uso más eficiente posible de toda
la información que les han proporcionado los acontecimientos del pasado.
Es esta una contribución fructífera y fundamental que ha encontrado ya
muchas aplicaciones importantes, por ejemplo, en conexión con los mercados especulativos, y como base para una crítica conceptuosa de Robert
Lucas (1976) a algunas características de los modelos econométricos. Lo
que me ocupa aquí es sólo su aplicación a la macroeconomía, o HERM,
asociada a autores tales como Lucas (1972), Thomas Sargent (1976) y
Sargent y Neill Wallace (1976).
El ingrediente básico del HERM es el postulado de que los trabajadores
del modelo de Friedman tienen expectativas racionales, lo que viene a tener una serie de implicaciones notables: i) los errores de las expectativas
de precios, que son la única fuente de partida de las desviaciones del estado natural, no pueden ser evadidos, sólo pueden ser aleatorios y de
vida efímera. En particular, no puede haber desempleo persistente por
encima de la tasa natural ya que esto simple y sencillamente implicaría
una alta correlación serial entre los errores sucesivos de expectativas, lo
que no es congruente con las expectativas racionales; ii) cualesquiera
intentos por estabilizar la economía mediante las reglas monetarias o fiscales mencionadas están destinados a ser totalmente inefectivos debido a
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que SU efecto será descartado enteramente por las expectativas racionales;
iii) ni puede el gobierno adoptar con éxito medidas ad hoc para compensar los shocks. El sector privado está cuidándose ya de cualquier shock
anticipado; de ahí que la política del gobierno podría ser de ayuda sólo
si la información gubernamental fuera mejor que la del público, lo cual
es imposible por la definición misma de las expectativas racionales. En
estas condiciones es más probable que las políticas de estabilización ad
hoc produzcan, por lo contrario, shocks de desestabilización ulteriores.
Claramente estas son conclusiones notables y constituyen un redescubrimiento, puesto que todo había sido dicho por Keynes en un fragmento
bien conocido de la Teoría general hace 40 años:
La dirección monetaria estaría de hecho en manos de los sindicatos obreros
con miras a la ocupación plena, y no en las del sistema bancario, si los obreros pudieran actuar (y lo hicieran) siempre que la ocupación fuera inferior
a la total, con el fin de reducir sus demandas monetarias por acción concertada hasta el límite requerido, sea cual fuere, para que el dinero abundara
tanto, en relación con la unidad de salarios, que la tasa de interés tendiera
a bajar a un nivel compatible con la plena ocupación (FCE, p. 235).
La única novedad es que el HERM remplaza el "si" inicial de Keynes
por "puesto que".
Si uno acepta esta pequeña enmienda, el caso contra la estabilización
queda completo. La economía es inherentemente bastante estable —a excepción quizá del efecto de una torpe intervención del gobierno. Y en la
medida en que hay una pequeña inestabilidad residual, aliviarla está más
allá del poder de los seres humanos, por no decir nada del gobierno.
III.
¿CUAN VáLIDO ES EL CASO MONETARISTA?
1. El modelo monetarista de comportamiento
de salarios y precios
Para efectos del contrataque es conveniente comenzar con el modelo
monetarista del comportamiento de los precios y los salarios. Aquí se debe
distinguir el modelo como tal de una implicación específica suya: que la
curva de Phillips de largo plazo es vertical, o en esencia, que el dinero es
neutral en el largo plazo. Por ahora esa conclusión no merece objeciones
serias de parte de los no monetaristas, por lo menos en una primera aproximación.
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Pero la propuesta de que si se mantiene todo lo demás constante y
si hay tiempo suficiente a la postre la economía se ajustará a im nivel de
stock monetario sostenido indefinidamente, o bien a la enésima derivada
de ello, puede deducirse de una variedad de modelos, y en todo caso es de
muy pequeña importancia práctica, como argumentaré más adelante. Lo
que es inaceptable, debido a su incompatibilidad tanto con la experiencia
microeconómica como con la macroeconómica, es el modelo monetarista
específico referido anteriormente, y su implicación de que todo desempleo
es una respuesta voluntaria y pasajera a percepciones erróneas transitorias.
Es útil comenzar con una crítica al modelo de expectativas macroeconómicas racionales y con un examen de por qué el "si" de Keynes no debería ser remplazado por el "puesto que". Benjamín Friedman ha llamado
la atención sobre la omisión en la HERM de un modelo de aprendizaje
explícito y ha sugerido que por lo tanto sólo puede ser interpretada como
una descripción no del equilibrio de corto plazo sino del de largo plazo
en el cual ningún agente desearía recontratarse. Pero entonces es claro
que las implicaciones de la HERM están lejos de ser asombrosas, y su importancia política es casi nula. En cuanto a lo institucional Stanley Fischer
ha mostrado que basta la sola aceptación de los contratos de largo plazo
para generar rigidez salarial y un amplio margen para las políticas de
estabilización. Pero la falla más notoria de la HERM es que no es compatible con las pruebas: si fuera válido, las desviaciones del desempleo
respecto a la tasa natural serían pequeñas y transitorias, en cuyo caso la
Teoría general no hubiera sido escrita ni tampoco este trabajo. Sargent
(1976) ha intentado remediar esta falla garrafal adoptando como hipótesis que las fluctuaciones largas y persistentes del desempleo reflejan sólo
oscilaciones correspondientes en la propia tasa natural. En otras palabras
lo que sucedió en los Estados Unidos en los años treinta fue ¡un severo
ataque de pereza contagiosa! Sólo puedo decir que, a pesar de la ingenuidad de Sargent, ni yo ni, espero, la mayoría de los demás de por lo menos
convicciones no monetaristas estamos listos para desplazar la esfera de las
fluctuaciones económicas a la psicología social.
Objeciones igualmente serias son válidas para el modelo de Friedman,
según el cual el mercado de mercancías es perfectamente competitivo, de
suerte que la tasa salarial real se iguala continuamente al producto marginal de corto plazo de la fuerza de trabajo; así como para su tratamiento
de la fuerza de trabajo como una mercancía homogénea que se comercia
en un mercado de subastas, de modo que, al salario vigente, nunca hay
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demanda excesiva por parte de las empresas u oferta excesiva por parte
de los trabajadores. Las inadecuaciones de este modelo como formalización útil de las economías actuales de Occidente son tan numerosas que
sólo las principales pueden ser mencionadas en este escrito.
El punto de vista de Friedman sobre el desempleo como reducción
voluntaria de la oferta de trabajo en el mejor de los casos podría suministrar una explicación de las variaciones en la fuerza de trabajo —y
sólo entonces en el supuesto cuestionable de que la función de oferta tiene
una pendiente significativamente positiva—, pero no puede explicar correctamente los cambios en el desempleo. A mayor abundamiento no puede concillarse con el hecho bien conocido de que el desempleo creciente
es acompañado por una disminución y no por un aumento de las renuncias, ni con el papel que desempeñan los despidos temporales hacia el
cual Martin Feldstein ha llamado la atención recientemente. De nuevo su
modelo competitivo del mercado de mercancías, aceptado también en la
Teoría general, implica que los cambios en los salarios reales, ajustados
por la tendencia de la productividad de largo plazo, deberían estar significativamente correlacionados de manera negativa con cambios cíclicos en
el empleo y la producción y con cambios en los salarios monetarios. Pero
ya desde 1938 John Dunlop mostró que su conclusión fue rechazada por
unos 80 años de experiencia británica, y sus resultados han recibido algún apoyo en pruebas más recientes de Ronald Bodkin para los Estados
Unidos y el Canadá. Pruebas más similares utilizando información trimestral suministran confirmaciones categóricas de que para las últimas décadas, desde el final de la guerra de Corea hasta 1973, es predominantemente positiva y muy significativa la asociación de la tendencia ajustada
de los pagos de las compensaciones del sector no agrícola privado ya sea
con el empleo o con el cambio en los pagos por compensaciones nominales.^
^ Por lo tanto, en una regresión logarítmica de ]a compensación por hora del sector privado
no agrícola deflacionada por el deflacionador sobre la producción por hora-hombre, el tiempo y
el empleo del propio sector privado no agrícola, y después de corregir la correlación serial de
primer orden, la última variable tiene un coeficiente de .17 y una razón-í de 5. Se han hallado
resultados similares aunque menos significativos para la industria manufacturera. Si el empleo
es remplazado por el cambio en la compensación nominal su coeficiente es igual a .40 con una
razón-í de 6.5. Finalmente si el cambio en la compensación nominal es remplazado por el
cambio en los precios, a pesar del sesgo negativo del error de medición del precio, el coeficiente
de esta variable sólo es de —.09, con una razón-/ completamente insignificante de .7. El
periodo posterior a 1973 se ha omitido de la prueba por ser irrelevante para nui'siros propósitos,
dado que la inflación fue alimentada básicamente por un shock de precios exógeno y no por
exceso de demanda. Como resultado del shock los precios y en cierto grado los salarios se ele-
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En vez de ello estas pruebas pueden ser tomadas en cuenta por el modelo oligopólico de formación de precios —de acuerdo con el cual el precio es determinado por un costo promedio mínimo de largo plazo más un
margen de ganancias (o mark-up) que refleja consideraciones de barreras
a la entrada (véase del autor, 1958)— junto con algunos desfases en el
ajuste de los precios a los costos. Este modelo implica que las empresas
responden a un cambio en la demanda intentando ajustar la producción
y el empleo sin inducir cambios significativos en los precios relativos a
salarios, y que los cambios resultantes en las plazas disponibles tienen
su efecto inicial no en los salarios sino más bien en el desempleo por la
vía de los despidos temporales y las reincorporaciones, así como por medio de cambios en el nivel de vacantes, y en consecuencia en la duración
del tiempo promedio de búsqueda de empleo.
Si en el proceso las vacantes se elevan por encima de un nivel crítico,
o "tasa natural", las empresas intentarán reducirlas ofreciendo más que
las otras, y elevando consecuentemente la tasa de cambio de los salarios.
Por tanto, mientras los empleos y las vacantes se mantienen por encima, y
el desempleo por debajo de algún nivel crítico que pudiera ser denominado "tasa no inflacionaria" (véase al autor y Lucas Papademos, 1975),
salarios y precios tenderán a acelerarse. Si, por el otro lado, las plazas de
trabajo caen por debajo y se eleva el desempleo por encima de la tasa no
inflacionaria, las empresas encuentran que las vacantes son menores que
el óptimo —en el límite los desempleados formados en fila de espera a
las puertas de las empresas las ocuparán instantáneamente— tendrán un
incentivo para reducir su oferta relativa de salario. Pero en este caso, en
el cual demasiada fuerza de trabajo está compitiendo por un número muy
reducido de plazas, la tendencia hacia una declinación sostenida de la tasa
de crecimiento de los salarios es probablemente más débil aún que la
aceleración correspondiente al caso en que demasiadas plazas se ofrecen
a muy pocas personas. La razón principal es la no homogeneidad de la
fuerza de trabajo. La fuente mayor y más valiosa de oferta de fuerza de
trabajo para una empresa es con creces la configurada por los empleados que no están listos para el intercambio con los desempleados y que,
a diferencia de éstos, están preocupados por proteger sus ingresos y no
por restablecer el pleno empleo. Por estas razones, y debido a que los
varón con rapidez, en tanto el empleo y los salarios reales disminuyeron. Así pues, la inclusión
de los últimos dos años tiende a incrementar espuriamente la asociación positiva entre los
salarios reales y el empleo, y a mermar la existente entre los salarios reales y el cambio en
los salarios nominales o en loa precios.
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EL TRIMESTRE ECONómCO
primeros en renunciar probablemente sean los mejores trabajadores, una
reducción de la fuerza de trabajo puede, dentro de los límites, ser lograda más económicamente no reduciendo los salarios para generar suficiente
número de renuncias sino despidiendo de manera definitiva o, cuando sea
posible, mediante despidos temporales que aseguren el acceso a la fuerza
de trabajo calificada cuando la demanda se recupere. De modo más general el aliciente para reducir los salarios relativos y eliminar la oferta
excesiva es moderado por el efecto que tal reducción tendría en renuncias
y en costosa rotación, incluso cuando las vacantes que resultaran pudieran ser ocupadas prontamente por desempleados. Las consecuencias en
términos de desmoralización y de pérdida de buena voluntad de los trabajadores son asimismo importantes, en parte por las razones que han sido
elaboradas por la bibliografía sobre los contratos implícitos (véase a
Robert Gordon). Así, aunque haya alguna tendencia a caer de la tasa de
cambio de los salarios, más fuerte mientras más extendido es el desempleo —por lo menos en una economía como la estadunidense, en la que
hay centrales sindicales con poder incontrastable— esa tendencia se amortigua notablemente.
Y si, dada una tasa de desempleo significativa y persistentemente arriba del nivel no inflacionario, la tasa de cambio de los salarios tiende a
la postre a volverse negativa y a declinar sin límite, o si tiende a volverse
asintótica, es algo que dudo que la evidencia empírica llegue a contestar
alguna vez. El único experimento que hemos tenido —la Gran Depresión— sugiere que la respuesta es negativa, y si bien admito que por una
diversidad de razones esa prueba no es clara, espero que no tengamos
nunca la oportunidad de un segundo y limpio experimento.
En todo caso lo que es en realidad importante para fines prácticos
no es la relación de equilibrio en el largo plazo como tal sino la velocidad
a que es enfocada. Tanto el modelo bosquejado como la prueba empírica
sugieren que el proceso de aceleración o desaceleración de los salarios
cuando el desempleo difiere de la tasa no inflacionaria tendrá más un carácter reptante que galopante. Bastará recordar en este punto que hubo
presión de demanda excesiva en los Estados Unidos por lo menos de 1965
a mediados de los setenta, y que durante ese periodo el crecimiento de
la inflación fue de 1.5 a 5.5 % anuales escasos. La respuesta a la presión
de oferta excesiva de mediados de 1970 a comienzos de 1973, y del 1974
tardío a la fecha fue igualmente lenta.
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
567
2. El poder de los mecanismos implícitos de estabilización:
La prueba de los modelos econométricos
Todavía queda por considerar la crítica inicial de los monetaristas
al keynesianismo para darnos cuenta de que, aun sin amplia flexibilidad
salarial, la respuesta del sistema a los shocks de demanda es pequeña
y fugaz, en razón del poder del mecanismo de Hicks. Aquí debe reconocerse el hecho de que cada una de las críticas de los monetaristas al keynesianismo temprano y simplista han resultado correctas en gran medida.
En lo que concierne a la elasticidad-interés de la demanda de dinero
los desarrollos poskeynesianos en teoría monetaria, y en particular las
contribuciones teóricas de William Baumol, James Tobin, Merton Miller
y Daniel Orr, señalan un modesto valor de entre un medio y un tercio, y
hay estudios prácticos (véase por ejemplo a Stephen Goldfield) que son
de gran congruencia con esta predicción (¡por lo menos hasta 1975!).
De manera similar la dependencia del consumo en el largo plazo o ciclo de vida, del ingreso y la riqueza, aunado a las altas tasas de tributación marginal del periodo de la posguerra, especialmente el impuesto a
las corporaciones, y las filtraciones a través de las importaciones nos
llevan a una estimación más bien baja del multiplicador.
Al final aunque no menos importante, tanto el trabajo teórico como
el empírico, reflejados en parte en los modelos econométricos, han vindicado con holgura la disputa de los monetaristas de que los efectos del
interés sobre la demanda son penetrantes y considerables. Por lo tanto,
en el modelo econométrico del MIT Penn Social-Science Research Council (MPS) para los Estados Unidos hallamos evidencia empírica de efectos
por lo menos modestos de casi cada uno de los componentes de la demanda agregada. Una respuesta a los cambios de la oferta monetaria que
es de importancia especial en el MPS, aunque algo controvertida, se produce vía las tasas de interés sobre el valor de mercado de todos los activos y consecuentemente sobre el consumo.
Por consiguiente hay acuerdo sustantivo de que en los Estados Unidos
el mecanismo hicksiano es moderadamente efectivo para limitar el efecto
de los shocks, y de que la respuesta de los salarios y los precios a la
oferta o la demanda excesivas también funcionará de manera gradual en
el sentido de eliminar, si no totalmente sí en gran escala cualquier efecto sobre el empleo. Pero a juicio de los no monetaristas las pruebas apoyan de manera contundente la conclusión de que la respuesta interina es
todavía de magnitud significativa y de duración considerable, básicamen-
568
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
te porque los engranes del mecanismo de compensación giran de modo
lento. Sin duda el primer eslabón del mecanismo —la elevación de las
tasas de corto plazo— surte efecto con prontitud, y lo hace poderosamente,
dada la baja elasticidad de la demanda de dinero, pero la mayoría de
los gastos depende de las tasas de largo plazo, que por lo general responden sólo gradualmente, y la respuesta de la demanda es casi siempre también gradual.
Más aún, mientras esta respuesta va ganando impulso los mecanismos
multiplicador y acelerador operan en el sentido de ampliar el shock. Finalmente el mecanismo clásico —el cambio en la oferta monetaria real
vía precios— tiene un desfase todavía mayor debido a la lenta respuesta
de los salarios al exceso de demanda.
Estas interferencias son apoyadas por simulaciones con modelos econométricos como el MPS. Si se aisla primero el funcionamiento del mecanismo hicksiano manteniendo constantes los precios encontramos que un
shock de demanda de 1 %, digamos un alza de las exportaciones reales
mayor que 1 %, se eleva a su valor máximo de aproximadamente sólo
2 % un año más tarde, y luego declina con lentitud hasta un nivel aproximado de 1.5 %.
Tomar en consideración el mecanismo salario-precio difícilmente modifica la perspectiva para el primer año debido a su inercia. A partir de
ese punto, sin embargo, se torna crecientemente efectivo, de modo que
un año más tarde la respuesta real se halla de vuelta en el nivel del efecto y para el final del tercer año el shock ha sido compensado por completo (de allí en adelante la producción fluctúa de modo débil alrededor de
cero). Por el otro lado, el ingreso monetario alcanza un valor máximo
de más de 2.5 y sólo hasta mediados del segundo año. A partir de ahí
declina y a la postre tiende a fluctuar alrededor de un valor positivo en
virtud de que normalmente un shock de demanda requiere a fin de cuentas un cambio en las tasas de interés y por tanto en la velocidad y el ingreso monetario.
Estos resultados, confirmados de manera amplia por otros modelos
econométricos, ciertamente no sustentan la visión de una economía muy
inestable en la que la política fiscal tiene efectos poderosos y permanentes sobre ella. Pero tampoco sustentan la visión monetarista de que una
economía es altamente estable en la que los shocks apenas repercuten y
los efectos de la política fiscal son débiles y de vida efímera.
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
569
3. La prueba monetarista y la incertidumbre
de San Luis
Sin embargo, por lo general los monetaristas han sido dados a cuestionar esta prueba. Primero se opusieron con pruebas concernientes a la
estabilidad de la velocidad y la insignificancia del multiplicador, mismas
que, no obstante, como indica mi trabajo crítico realizado con Albert Ando
(1965), deben ser consideradas como casi carentes de valor. Más recientemente varios autores del Banco de la Reserva Federal de San Luis
(Leonall Andersen, Keith Carlson, Jerry Lee Jordán) han sugerido que,
en vez de deducir los multiplicadores de la solución analítica o numérica
de un modelo econométrico compuesto por numerosas ecuaciones, cualquiera de las cuales puede ser cuestionada, deberían ser calculados directamente mediante ecuaciones "de forma reducida", relacionando el cambio en el ingreso a los cambios cíclicos corrientes y desfasados en alguna
medida adecuada de la oferta monetaria y de los impulsos fiscales.
Los resultados de la prueba original, que utiliza el valor corriente y
desfasado y sólo 4 valores de AT, así como un alto gasto federal en empleo como medidas de los impulsos monetarios y fiscales, resultaron ser
tales que el corazón de los monetaristas se llenó de gozo. La contribución
del dinero, no sólo del corriente sino también del desfasado, fue grande,
y los coeficientes implicaban un razonable efecto del orden de magnitud
de la velocidad de circulación, aunque un poco más alto. Por otra parte,
los coeficientes estimados de las variables fiscales parecían apoyar plenamente el planteamiento de los monetaristas de que su efecto era tanto
pequeño como efímero: el efecto alcanzó valores máximos en sólo dos trimestres, apenas fue apreciable en uno y desapareció totalmente para el
cuarto trimestre después del cambio.
Estos resultados fueron atacados de inmediato sobre la base de que
los autores habían utilizado una medida errónea de las acciones monetaria y fiscal, y se mostró que el resultado era aproximadamente sensible
a otras mediciones. No obstante, la naturaleza básica de los residtados no
cambió, por lo menos de manera cuantitativa. En particular el resultado
no difiere materialmente, por lo menos para el periodo original hasta
1969, si se remplazan los altos desembolsos para empleo por una variable que pudiera considerarse más adecuada, como el gasto gubernamental en bienes y servicios más exportaciones.
Debe reconocerse que estos resultados son desalentadores para los no
monetaristas, pues existe poca duda de que los movimientos en las com-
570
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
pras del gobierno y las exportaciones son una fuente importante de las
perturbaciones de la demanda; si en el modelo econométrico las estimaciones de la respuesta a las perturbaciones de la demanda son válidas
grosso modo, ¿cómo pueden ser tan burdamente incompatibles con las estimaciones de la forma reducida?
Los intentos de reconciliar estas dos posiciones han tomado direcciones diversas, las cuales son el tema de un artículo en colaboración con
Ando (1976). Nuestra conclusión principal, basada en técnicas de simulación, es que el método de la forma reducida de San Luis arroja estimaciones altamente inestables y no confiables de la verdadera estructura del
sistema que genera los datos, cuando el ingreso es objeto de severos shocks
de muchas fuentes diferentes a la monetaria y la fiscal, de modo que estas variables son responsables de sólo una moderada porción de las variaciones en el ingreso (en los Estados Unidos ha sido del orden de un medio
a dos tercios).
El papel fundamental del carácter inestable y poco confiable de las
estimaciones ha sido confirmado en un trabajo más reciente de Daniel
O'Neill para su tesis de próxima aparición. En primer lugar, él muestra
que los distintos métodos de estimación arrojan resultados ampliamente
diferentes, incluyendo muchos que exageran de manera clara los gastos
y subvalúan los multiplicadores monetarios. Además señala que dado el
carácter no confiable de los cálculos resultantes de la multicolinealidad y
la gran varianza residual, la pregunta importante a formular no es si estos cálculos difieren de los obtenidos mediante estimación estructural sino
si la diferencia es estadísticamente significativa; esto es, si es mayor que
la que podría ser adjudicada razonablemente a las fluctuaciones muéstrales.
Yo he llevado a cabo esta prueba estadística estándar utilizando como
coeficientes verdaderos de respuesta los generados por el modelo MPS a
que se hizo mención con anterioridad.* Hallé que, por lo menos cuando
la prueba se basa en la muestra más grande posible —el periodo completo de la posguerra de Corea hasta los últimos dos años que registraron
fuertes perturbaciones—, la diferencia es totalmente insignificante cuando
la estimación está en forma de nivel {F es menor que uno) y sigue siendo
insignificante aun al nivel de 5 % en las primeras diferencias.
' Para el propósito de la prueba los coeficientes fueron reducidos en un tercio a fin de
permitir que se manifestaran algunos sesgos importantes del gasto del gobierno observado para
los objetivos que nos ocupan (principalmente el tratamiento del abasto militar sobre la base
de entrega más que sobre la de trabajo en progreso, y la inclusión del gasto militar directo en
el extranjero).
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
571
Esta prueba resuelve el acertijo mostrando que en verdad no hay tal
enigma: las dos estimaciones de los multiplicadores del gasto no son incompatibles, dado el margen de error de las estimaciones. Ello implica
que uno debería aceptar cualquiera de las dos estimaciones que sea producida por un método más confiable y estable, y que sea más sensible por
lo general. A mi juicio esos criterios reclaman sin duda alguna la adopción de los cálculos de los modelos econométricos. Pero por si persistiera
sombra alguna de duda sobre esta elección, me complace poder informar
los resultados de una prueba final que creo debería disponer de las estimaciones de la forma reducida —por lo menos por algún tiempo. Supóngase que las estimaciones de San Luis del multiplicador del gasto están
más cerca de la verdad divina que las obtenidas mediante modelos econométricos; entonces el caso tendría que ser que si uno utiliza sus coeficientes para pronosticar el ingreso más allá del periodo de ajuste, estos pronósticos deberían ser apreciablemente mejores que los obtenidos de una
ecuación de predicción en la cual los coeficientes de la variable gasto se
hacen iguales a los obtenidos de los modelos econométricos.
He llevado a cabo esta prueba comparando una ecuación de forma
reducida ajustada al periodo que se utilizó en San Luis, el cual termina
en 1969 (pero restimado con la última información estadística revisada)
con una ecuación en la que los coeficientes del gasto gubernamental más
exportaciones estaban restringidos a ser los que se estimaron a partir del
MPS, utilizados en la citada prueba-F. Los resultados son claros: los errores al usar el coeficiente de la forma reducida no son más pequeños sino
en promedio, considerablemente mayores que los que utilizan los multiplicadores del MPS. Para el periodo de los primeros cuatro años, que concluye a fines de 1973, la ecuación de San Luis produce errores claramente mayores en ocho trimestres y menores sólo en tres, y su error cuadrático
es un tercio mayor. Para el periodo de los últimos dos años de perturbaciones, ambas ecuaciones se comportaron pobremente, aunque incluso aquí
los coeficientes MPS se desempeñaron un poco mejor. He repetido esta
prueba con ecuaciones calculables para la primera mitad del periodo de
la posguerra y los resultados están, si acaso, más de un solo lado.
La moraleja de esta historia es muy clara. Primero, las ecuaciones de
la forma reducida que se basan en sólo dos variables exógenas son muy
poco confiables si se trata de calcular la estructura, ni tampoco resultan
particularmente precisas para pronosticar, aunque son sorprendentemente
buenas en cuanto a dólar de gasto de investigación. Segundo, si la gente
de San Luis desea continuar usando este método así como asegurar el
572
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
mejor pronóstico posible, entonces deberían preguntarle al MPS O a cualquier otro modelo econométrico complejo qué coeficientes debería utilizar
para la variable gasto del gobierno en vez de intentar calcularlos mediante
su método no confiable.
De la teoría y los resultados prácticos revisados debemos pues concluir que optar por una tasa de crecimiento constante de la oferta monetaria nominal puede propiciar una economía estable sólo en ausencia de
shocks exógenos significativos. Pero obviamente la economía ha estado y
continuará estando expuesta a muchos shocks significativos, provenientes
de cuestiones tales como la guerra y la paz, y otros grandes cambios en
el gasto gubernamental, el comercio exterior, la agricultura, el progreso
tecnológico, los desplazamientos poblacionales y tantas otras cosas. La
prueba más clara de la importancia de tales shocks es nuestro historial
de la posguerra, marcado por seis recesiones.
IV.
EL HISTORIAL DE LAS POLíTICAS DE ESTABILIZACIóN:
¿ESTABILIZAN O DESESTABILIZAN?
1. ¿Se debió la inestabilidad de la posguerra al crecimiento
inestable del dinero?
En este punto, desde luego, los monetaristas objetarán; dirán que, a lo
largo del periodo de la posguerra, no tuvimos una política de crecimiento
monetario constante e insinuarán que a la inestabilidad observada puede
seguírsele la pista con holgura hasta llegar a la inestabilidad monetaria.
La única manera de afrontar esta objeción debidamente podría ser, claro
está, remontar la historia con una buena computadora capaz de calcular
el 3 % en la cúpula de mando del Fed, el banco central estadunidense
de la Reserva Federal.
Un enfoque más factible pero menos concluyente podría ser buscar
algunos periodos largos en los que la oferta monetaria creció bastante suavemente y ver cómo se comportó la economía durante ellos. Revisando
nuestra historia de la posguerra de Corea he podido hallar sólo dos segmentos de varios años en los que el crecimiento del stock monetario fue
relativamente estable, sea que se escoja medir la estabilidad en términos
de desviaciones porcentuales respecto a un crecimiento constante o bien en
términos de la dispersión de los cambios de cuatro trimestres. Puede causarle sorpresa a algunos el hecho de que uno de estos segmentos tuvo lugar muy recientemente y de que consta de un periodo de aproximadamen-
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
573
te cuatro años que comienza en el primer trimestre de 1971 (véase Modigliani y Papademos, 1976). Durante este periodo el crecimiento monetario promedio fue bastante grande, 7 %, pero fue relativamente suave
y por lo general estuvo bien dentro de la franja de 6 a 8 %. La desviación
promedio respecto a la media es aproximadamente .75 %. El otro periodo duró de principios de 1953 a la primera mitad de 1957, es decir, un
segmento de aproximadamente cuatro años. En gran contraste con el periodo más reciente, el crecimiento monetario promedio es bastante modesto, de sólo 2 %. Pero de nueva cuenta la mayor parte de los cambios
en el cuarto trimestre cayó hasta una franja de dos puntos porcentuales,
y la desviación promedio es nuevamente de .7. Por contraste, durante el
periodo restante de 13 años que va de mediados de 1957 a fines de 1970
la variabilidad del crecimiento monetario fue aproximadamente del doble si se mide por la desviación promedio de los cuatro cambios trimestrales y unas cinco veces mayor si se mide por la desviación porcentual
del stock monetario respecto a la tendencia del crecimiento constante.
¿Cómo se comportó la economía durante estos dos periodos de crecimiento monetario relativamente estable? Es del conocimiento público que
el periodo que abarca de 1971 a 1974, o de 1972 a 1975, si queremos
considerar un desfase de un año para que el dinero surta sus efectos, se
distinguió por ser el más inestable de la historia reciente, con fluctuaciones muy pronunciadas de la producción y distorsiones mucho muy bruscas
de la tasa de cambio de los precios. Como resultado la desviación promedio de los cuatro cambios trimestrales de la producción fue de 3.3 %, más
del doble que en el periodo de crecimiento monetario menos estable. Pero
el primer segmento se caracterizó también por una inestabilidad muy
superior a la promedio, debido a la contracción económica de 1954, la
vigorosa recuperación de 1955 y la nueva contracción de 1958, la más
pronunciada en la historia del periodo de la posguerra a excepción de la
actual. La variabilidad de la producción en este caso es, de nuevo, 50 %
mayor que la del periodo intermedio.
Sin duda graves shocks exógenos desempeñaron un papel primordial
en el desarrollo de los precios y posiblemente de la producción durante el
episodio reciente, aunque lo mismo no queda claro tan fácilmente para
el periodo de 1953 a 1958. Pero en todo caso circunstancias tan extenuantes como ésta son más bien irrelevantes para el punto que voy comentando; pues no sugiero que la estabilidad monetaria fue la causa
primordial de la actividad económica, o al menos ¡no todavía! Todo lo
que sostengo es que: i) no hay base para el planteamiento de los mone-
574
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
taristas de que nuestra inestabilidad económica de la posguerra puede ser
adjudicada a la inestabilidad monetaria —nuestros periodos más inestables han coincidido con los periodos de relativa estabilidad monetaria—,
y ii) la estabilidad de la oferta monetaria no es suficiente para darle estabilidad a la economía, precisamente porque hay perturbaciones exógenas.
Finalmente permítaseme mencionar que de hecho sí he tratado de remontar la historia para indagar si una oferta monetaria estable estabilizaría la economía, aunque de una manera que reconozco desde un principio que no es idónea, esto es, mediante una simulación con el MPS. El
experimento, llevado a cabo en colaboración con Papademos, abarcó el
periodo relativamente tranquilo y estable que va de comienzos de 1959
a la introducción de los controles de precios y salarios de mediados de
1971. Si uno elimina todas las causas principales de shocks, suavizando,
por ejemplo, los gastos gubernamentales de tipo federal, encuentra tal
como lo hizo Otto Eckstein en un experimento anterior, que un crecimiento monetario estable de 3 % al año estabiliza la economía, como estaba
previsto. Pero al tomar en consideración todos los shocks históricos el
resultado fue que con un crecimiento monetario constante la economía
estuvo lejos de comportarse establemente; de hecho fue de manera clara
menos estable que la experiencia concreta, por un factor de 50 %.
2. La efectividad global de las políticas de
estabilización de la posguerra
Pero aun concediendo que una oferta monetaria estable no producirá
un mundo muy estable y que en consecuencia hay margen para las políticas de estabilización, los monetaristas no dejarán de argüir que de todas
maneras deberíamos evitar tales políticas. Ellos afirman primero que tomando en cuenta la existencia de desfases variables e impredecibles y de
shocks futuros imposibles de prever no sabemos lo suficiente como para
elaborar políticas de estabilización, y segundo, que el gobierno sería seguramente incapaz de escoger las políticas adecuadas o bien carecería de
la disposición política y forzar su observancia oportuna. Por tanto, en la
práctica las políticas de estabilización producirán desestabilización económica la mayor parte del tiempo.
Esta perspectiva es apoyada por dos argumentos: uno lógico y otro
empírico. El argumento lógico es el mismo que Friedman desarrolla en su
Mensaje presidencial (1968). Un intento de estabilizar la economía con
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
575
pleno empleo está destinado a ser desestabilizador debido a que el pleno
empleo o tasa natural no es conocido con certeza y está sujeto a desplazamientos en el tiempo, y si nos decidimos por la tasa incorrecta, el resultado debe ser necesariamente la inflación explosiva o la deflación. Por
contraste, con una política de oferta monetaria constante la economía automáticamente rastreará y descubrirá a la postre esa escurridiza tasa natural, donde quiera que ésta se oculte.
Propongo que este argumento no es más que una argucia de debate.
Descansa en el supuesto absurdo de que la única opción a un crecimiento
monetario constante es perseguir un objetivo de desempleo muy preciso
al cual adherirse indefinidamente sin que importe nada, y de si el objetivo está fuera por una fracción centesimal la inflación galopante está a
la vuelta de la esquina. En verdad todo lo necesario para seguir políticas
de estabilización es un burdo rango de objetivos que incluye la tasa garantizada, en sí misma un rango y no un filo de navaja, y desde luego, los
partidarios responsables de las políticas de estabilización han estado conscientes desde hace mucho tiempo del hecho de que el rango de objetivos
necesita ser ajustado en el tiempo sobre la base de los desplazamientos
previsibles en el rango garantizado, así como a la luz de la nueva prueba
de que el objetivo corriente no es compatible con la estabilidad de precios. Precisamente por esta razón yo, al igual que muchos otros no monetaristas, me sumaría a los monetaristas para oponerme categóricamente a
las recientes propuestas de establecer por estatuto una tasa objetivo de
desempleo rígida y fija (aunque no hay nada de malo en que el Congreso
estadunidense se comprometa y comprometa al país a abocarse al logro
eventual de alguna tasa objetivo de desempleo mediante cambios estructurales más bien que con políticas de demanda agregada).
Es claro que ni la misma continua actualización de los objetivos puede garantizar que se eviten los errores plenamente, ni siquiera que se reconozcan con prontitud, y mientras los errores persistan tendrán como
resultado presiones inflacionarias (o deflacionarias), Pero la inflación
creciente a que Friedman se refiere es, repetímoslo, una reptación, no un
galope. Es útil recordar en este punto la experiencia de 1965-1970 mencionada con anterioridad, con el señalamiento ulterior de que la existencia de empleo excesivo fue generalmente reconocida a tiempo, y de que
si no se pudo eliminarlo se debió aplastantemente a consideraciones de
tipo político y no a un diagnóstico equivocado.'
' Yo propongo que el argumento lógico de Friedman contra las políticas de estabilización
y en favor de la regla del crecimiento monetario constante es algo muy parecido a discutirle a
576
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
Así, sólo nos queda la prueba empírica: ¿han funcionado las políticas
de estabilización en el pasado, y lo harán en el futuro? Los monetaristas
consideran que la respuesta es negativa y sugieren, como hemos visto, que
los desorientados intentos de estabilización, especialmente mediante políticas monetarias, son responsables de mucha de la inestabilidad observada. La evidencia principal que apoya este señalamiento es la Gran Depresión, episodio bien documentado por el laborioso trabajo de Friedman y
Anna Schwartz, aunque sigue siendo objeto de controversia (véase por
ejemplo Peter Temin). Pero en todo caso ese episodio, si bien puede dar
testimonio del poder del dinero, es irrelevante para los propósitos que
nos ocupan en virtud de que la contracción de la oferta monetaria ciertamente no fue parte integrante de un programa global de estabilización en
el sentido poskeynesiano.
Al llegar al importante periodo de la posguerra el problema de establecer si las políticas fracasaron o tuvieron éxito es riguroso en extremo.
Se han hecho muchos intentos para desarrollar pruebas objetivas precisas, pero a mi modo de ver ninguna es de valor, aunque confieso ser
culpable de haber contribuido en este sentido con uno de mis peores trabajos (1964). Incluso la prueba más ingeniosa, la planteada por Víctor
Argy, que se basa en una comparación de la variabilidad del ingreso con
la de la velocidad de circulación, sólo resulta válida con supuestos restrictivos altamente improbables.
Dennis Starleaf y Richard Floyd han propuesto probar la efectividad
de la estabilización comparando la estabilidad del crecimiento monetario
con la del crecimiento del ingreso, tal como lo hice líneas arriba para los
Estados Unidos, salvo que ellos aplican su prueba a una sección cruzada
de países industrializados. Ellos encontraron que para 13 países el
grado de asociación fue claramente positivo. Pero de nueva cuenta esta
prueba es de poco valor, porque si bien una asociación negativa para un
país dado, tal como la sugerida por mi prueba para el caso de los Estados
Unidos, arroja alguna débil indicación de que el activismo monetario
ayudó más que limitó, el hallazgo de una asociación positiva no prueba
absolutamente nada. De hecho puede mostrarse fácilmente que en la meun individuo de St. Paul que desea ir a Nueva Orleáns para resolver asuntos de negocios importantes que cería tonto irse manejando hasta allá y que debería más bien conseguirse una
tina y navegar aguas abajo por el Missisippi: de esta manera puede estar del todo seguro de
que la corriente lo depositaría en su destino a la postre, mientras que si manejase estaría expuesto a dar una vuelta equivocada y antes de que se percate se estará alejando más y más
de su destino, y podría terminar pronto en Alaska, donde seguramente contraerá pulmonía y
no llegar nunca a Nueva Orleáns.
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
577
dida en que la variabilidad diferencial del ingreso refleja diferencias en
el carácter de los shocks —la más probable circunstancia para su muestra— la estabilización exitosa también implica una correlación positiva
entre la variabilidad del ingreso y la del dinero.
Pero aunque la búsqueda de pruebas cuantitativas no ambiguas ha
arrojado hasta la fecha magros resultados, existe un tipo de pruebas diferente en favor de las políticas de estabilización keynesianas, notable, si
bien difícil de cuantificar. Para citar las palabras de 1959 de uno de los
padres y fundadores del análisis de los ciclos económicos, Arthur Burns:
"Desde 1937 hemos tenido cinco recesiones, la mayor de las cuales duró
solamente 13 meses. No existe paralelo alguno para tal secuencia de contracciones tan benignas y breves, por lo menos durante los últimos cien
años en nuestro país" (p. 2). Hoy en día podemos añadir a esa lista las
recesiones de 1961 y 1970.
Más aún, hay pruebas de que conclusiones muy similares son válidas
para otros países industrializados que han aplicado políticas de estabilización: en todo caso esa fue la opinión predominante entre los participantes de una conferencia internacional celebrada en 1967 sobre el tema
"¿Son obsoletos los ciclos económicos?" (véase Martin Bronfenbrenner).
Nadie pareció impugnar la mayor estabilidad en la posguerra de todas
las economías occidentales —ni esto causa sorpresa cuando se recuerda
que los especialistas del ciclo económico se sentían durante esos días tan
amenazados por dicha nueva estabilidad que argumentaban que había
que redefinir los ciclos económicos como fluctuaciones en la tasa de crecimiento más que en el nivel de la producción.
Se reconocía que la atenuada severidad de las fluctuaciones podría
reflejar en parte cambios estructurales en la economía y el efecto de más
potentes estabilizadores implícitos inspirados por supuesto en el análisis
keynesiano. Por añadidura, la estabilidad robustecida en los Estados Unidos y en otras naciones industrializadas obviamente no son hechos independientes. Aún, por lo menos en el tiempo de esa conferencia, había poco
desacuerdo así como algunas pruebas de que parte del crédito de la mayor
estabilidad debería atribuirse al intento consciente y en general exitoso
de estabilizar la economía.
Sm
V.
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
EL CASO DE LOS SHOCK DE OFERTA Y EL EPISODIO DE
1974-1976
1. ¿Se debió la depresión de 1974 a errores de
obra o de omisión?
Al señalar nuestra relativa estabilidad de la posguerra y el éxito calificado de las políticas de estabilización he definido con cuidado el periodo de la posguerra con término en alguna parte en 1973. ¿Qué ha
sucedido desde entonces que ha opacado tanto la reputación de los economistas? Para afrontar el problema, la primera pregunta que debe formularse es si a la reciente combinación de tasas inflacionarias y de desempleo sin precedentes debe seguírsele la pista hasta adjudicarla a crímenes
de actuación o bien de omisión. ¿Acaso erraron nuestras políticas fiscales
y monetarias, o nosotros fuimos los que fallamos al utilizarlas?
Podemos comenzar estableciendo un punto que ha sido oscurecido por
el fácil recurso de las acusaciones de los monetaristas a la política monetaria reciente: la virulenta explosión que elevó la tasa trimestral de inflación de cerca de 4 a 6.5 % para el tercer trimestre de 1973, a 11.5 %
en 1974 con una tasa trimestral máxima de 13.5, no puede de manera
alguna ser adjudicada a un crecimiento excesivo o desordenado de la oferta monetaria. Como ya se dijo antes, la tasa promedio de crecimiento de
comienzos de 1970 al segundo semestre de 1974 fue cercana a 7 %. Indudablemente esta fue una tasa elevada y podría esperarse que tarde o
temprano generara una inflación indeseablemente alta —pero ¿qué tan
alta? No se puede llegar con ningún supuesto razonable a una cifra superior a 6 %. Esto podría explicar lo que sucedió hasta el otoño de 1973,
pero no del tercer trimestre de 1973 a fines de 1974, que es el periodo
problemático en realidad. De manera similar, como se señaló líneas arriba, el crecimiento monetario fue razonablemente suave a lo largo de este
periodo, más suave que en cualquier otro momento del periodo de la
posguerra, pues siempre estuvo bien dentro de la franja de 2 %. Por lo
tanto el desastre de 1974 simplemente no puede atribuirse al comportamiento errático del dinero resultante de un intento desorientado de estabilización.
¿Se debe concluir entonces que la catástrofe fue ocasionada por una
adhesión servil a una tasa estable de crecimiento, desechando la oportunidad de utilizar la política monetaria para estabilizar la economía? En
cierto sentido la respuesta a esta pregunta debe ser, a mi juicio, afirmativa. Hay bases amplias para sostener que la rápida contracción de la
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
579
economía que se produjo a fines de 1974, tras una lenta declinación durante los tres trimestres precedentes, y que elevó el desempleo a su cúspide de 9 %, se debió principalmente al alza astronómica de las tasas de
interés que tuvo lugar a mediados de año. Dicha alza en el costo del dinero fue a su vez resultado inevitable de la obcecada negativa del 'Fed'
a ajustar en una medida adecuada el shock inflacionario debido al petróleo, permitiendo que el crecimiento de la oferta monetaria excediera
la tasa de 6 % anunciada a principios de ese año. Y esto se hizo a pesar
de las reiteradas advertencias de que ese sería precisamente el resultado
inevitable (véase por ejemplo, Modigliani, 1974).
Los monetaristas han sugerido que esa pronunciada recesión no fue
producto de im crecimiento monetario demasiado lento a lo largo del año
sino de la declaración que ocurrió en la última mitad de 1974 y en los
comienzos de 1975. Pero esta explicación no responde a los hechos. La
caída del crecimiento monetario trimestral en el tercer y el cuarto trimestres fue débil, especialmente sobre la base de las cifras revisadas disponibles en la actualidad: de 5.7% en el segundo a 4.3 y 4.1 —¡apenas
mayores que el error de estimación de las tasas trimestrales! Sin duda, en
el primer trimestre de 1975 el crecimiento cayó a 6 %. Pero para entonces la violenta contracción se hallaba bien en marcha —entre septiembre
de 1974 y febrero de 1975 la producción industrial cayó a una tasa anual
de 25 %. Lo que es más, para el trimestre siguiente el crecimiento monetario se había reanudado poderosamente. No hay manera pues de que
el planteamiento de los monetaristas pueda cuadrar con estos hechos a
menos que sus prolongados y variables retrasos fluctúen tanto que se conviertan a veces en indicadores importantes. Pero aun en ese caso, una caída del crecimiento monetario de un solo trimestre de duración no podría
haber tenido un efecto perceptible.
2. Lo que las políticas macroeconómicas de estabilización
pueden lograr y cómo
Pero reconocer que en la adhesión a una senda de crecimiento monetario constante a lo largo de gran parte de 1974 estriba la causa primordial de la aguda contracción no establece o implica per se que la política
fuera errónea. La razón es que el shock que sacudió el sistema en 19731974 no fue del tipo habitual de shocks de demanda que gradualmente
aprendimos a afrontar más o menos adecuadamente. Este fue en cambio,
un shock de oferta a precios proveniente de una acumulación de causas.
580
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
en su mayor parte externas, lo que plantea un problema de estabilización
totalmente distinto. En particular, en el caso de los shocks de demanda
existe en principio una política ideal que evita todos los costos sociales, o
sea que compensa completamente el shock estabilizando de manera simultánea el empleo y el nivel de precios. Puede haber desacuerdo en cuanto
a si este propósito es realizable o no, pero no acerca del mismo.
Pero en el caso de los shocks de oferta no hay cura milagrosa, no
hay política macroeconómica que pueda mantener un nivel de precios estable y mantener el empleo en su tasa natural. Para mantener los precios
estables ante shocks exógenos de precios, digamos un incremento en los
precios de importación, se requeriría una caída de todos los precios de la
producción interna; pero no sabemos de política macroeconómica alguna
por medio de la cual los precios internos puedan ser obligados a bajar
excepto la de crear suficiente atonía para presionar los salarios a la baja.
Y el nivel de estancamiento tendría que ser considerable en virtud de la
flojedad que caracteriza a los salarios cuando hay desempleo. Si no compensamos el shock exógeno completamente, entonces la erupción inicial,
incluso si es activada por un alza por completo transitoria de algunos precios, como un deterioro de una vez y para siempre en los términos del intercambio, alentará incrementos ulteriores, como el alza de los salarios nominales en un vano intento de preservar los salarios reales. Esta reacción
secundaria también sólo puede ser frenada mediante la atonía. En suma,
una vez que el shock de precios se suscita no hay manera de retornar al
equilibrio inicial excepto después de un doloroso periodo tanto de desempleo como de inflación superiores al nivel de equilibrio. Desde luego hay
en principio políticas diferentes del manejo de la demanda agregada a
las que podríamos recurrir y que son atractivas en vista de lo desagradable de las opciones ofrecidas por el manejo de la demanda. Mas hasta
ahora tales políticas, por lo menos las del tipo del control de precios y
salarios, han sido decepcionantes. La creación de mejores opciones es probablemente el mayor de los retos que hoy en día enfrentan los que se interesan en la estabilización. No obstante, estas políticas quedan fuera de
mi comentario actual. La única opción abierta a la sociedad dentro del
campo del manejo de la demanda agregada es cruel: escoger entre vías
inflacionarias factibles y vías de desempleo asociadas, y lo mejor que el
economista puede ofrecer son políticas elaboradas para aproximarse lo
más posible a la senda escogida.
A la luz de lo antedicho podemos preguntar ¿es acaso concebible que
una tasa constante de crecimiento de la oferta monetaria provea una
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
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respuesta satisfactoria a los shocks de precios en el sentido de dar origen
a una senda de desempleo-inflación que el país resienta menos?
3. La prescripción monetarista o el crecimiento monetario
constante una vez más
Los monetaristas son dados a contestar esta pregunta de manera afirmativa, cuando no en términos de las preferencias del país, cuando menos
en los términos que ellos piensan que el país debería tener. Esto se evidencia por su firme y continuado apoyo a la tasa de crecimiento monetario de 6'% más o menos durante 1974, 1975 y 1976.
Este razonamiento parece ceñirse a los siguientes lineamientos. La hipótesis de la tasa anual implica que la tasa de inflación puede cambiar
sólo cuando el empleo se desvía de la tasa natural. Ahora supóngase que
partimos de la tasa natural y de alguna tasa constante de inflación correspondiente, la cual puede suponerse igual a cero sin menoscabo de la
generalidad. Y haya entonces im shock exógeno que eleva inicialmente
la tasa de inflación, digamos, a 10 %. Si el Banco Central mantiene el
empleo en su tasa natural reordenando este aumento de precios, la nueva
tasa de 10 % se mantendrá también y de hecho continuará indefinidamente en tanto la oferta monetaria la acomode. La única manera de eliminar
la inflación es incrementar el empleo lo suficiente, por arriba de la tasa
natural y durante un tiempo suficiente de modo que la reducción acumulada de la inflación nos haga retornar a cero. Claro está que habrá muchas sendas de desempleo posibles que lograrán esto mismo. Así, la siguiente pregunta es ¿cuál es la menos indeseable?
La respuesta de los monetaristas parece ser —^y aquí confieso que la
atribución se vuelve difícil— que no importa gran cosa, pues en una
primera aproximación el monto acumulado de desempleo necesario para
reducir la inflación es independiente de la vía. Si en un principio se elige
más desempleo se requiere tener menos después, y viceversa. Pero se sigue
de inmediato que la senda específica de desempleo que sería generada
por un crecimiento monetario constante es, si no mejor, por lo menos tan
buena como cualquier otra. El corolario es: un crecimiento monetario
constante es una respuesta satisfactoria a los shocks de oferta tal como lo
es a los de demanda; así como, es válido sospechar, a cualquier otra enfermedad, indisposición o desorden concebibles.
582
EL TRIMESTRE ECONÓMICO
4. ¿Por qué el crecimiento monetario constante
no puede ser la solución?
Este razonamiento es admirablemente simple y elegante pero padece
varias fallas. La primera es una confusión entre el nivel de precios y
su tasa de cambio. Con un crecimiento inalterado del stock monetario nominal el sistema regresará a su posición de equilibrio no cuando la tasa
de inflación regrese a cero sino sólo cuando además el propio nivel de
precios retorne a su nivel inicial. Esto significa que cuando la inflación
ha regresado finalmente a la tasa original deseada, el desempleo tampoco
puede retornar al nivel original sino que se mantendrá por arriba tanto
tiempo como sea necesario para generar deflación suficiente para compensar la inflación anterior acumulada. Dudo mucho que esta solución
llegue a encontrar muchos partidarios por una buena razón: es equivalente a plantear que ninguna de las cargas del shock de precios debería recaer
sobre los tenedores de contratos monetarios fijos a largo plazo —como
las deudas— y que todos los demás sectores de la sociedad deberían soportar íntegro cualquier costo que fuera necesario para asegurar este resultado. Pero si, como parece haber acuerdo generalizado, el objetivo
social es hacer regresar al sistema a la tasa inflacionaria original —cero
en nuestro ejemplo— entonces no puede mantenerse constante el crecimiento de la oferta monetaria. Entre el momento en que el shock arremete
y el momento en que la inflación ha regresado al nivel de largo plazo
debe haber un incremento adicional en la oferta monetaria equivalente al
nivel de precios o la inflación acumulada a lo largo del camino.
Un segundo problema del análisis monetarista es que implica una
función de preferencia más bien especial que depende sólo del desempleo acumulado. Y al final, aunque no de menor importancia, requiere
el supuesto heroico de que la curva de Phillips sea no sólo vertical en el
largo plazo sino también lineal en el corto plazo, un supuesto que no parece ser compatible con las curvas estimadas en términos prácticos. Abandonar este último supuesto tiene el efecto de que para cualquier preferencia social dada habrá en general una vía óptima única. Es claro que
para que esta vía sea precisamente la generada por un crecimiento monetario constante se necesitaría un milagro ¡o algún truco de prestidigitación de la mano invisible!
De hecho hay bases para plantear que la vía de desempleo generada
por un crecimiento monetario constante, aun cuando se elevara temporalmente a fin de que se encargase de la primera falla, no podría ser cercana
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al óptimo. Esta conclusión se basa en un análisis de vías óptimas y descansa en el tipo de función lineal de bienestar que parece subyacer en el
argumento de los monetaristas, y que es también una generalización directa del célebre "índice de descontento económico" de Okun. Tal índice
(que según Michael Lovell parece contar con algún apoyo empírico) es
la suma del desempleo y la inflación. El índice utilizado en mi análisis
es un promedio ponderado del desempleo y la inflación acumulados a lo
largo de la vía. Los pesos expresaron la preocupación social relativa por
la inflación versus el desempleo.
Utilizando este índice se ha mostrado en una tesis de próxima aparición de Papademos que en general la política óptima reclama elevar el
desempleo de inmediato a un nivel crítico determinado y sostenerlo allí
hasta que la inflación haya mermado básicamente. El nivel crítico depende de la naturaleza de la curva de Phillips y de los pesos relativos,
pero no depende significativamente del shock inicial —en tanto éste sea
apreciable. Pero para dar una idea de los órdenes de magnitud de que
estamos hablando, si uno confía en el cálculo de la curva de Phillips presentado en mi trabajo realizado en coautoría con Papademos (1975), curva que es muy cercana a la vertical y utiliza las ponderaciones de Okun,
encuentra que: i) en la actualidad la tasa no inflacionaria de desempleo
correspondiente a una tasa inflacionaria de 2 % puede estimarse en
5.6 % y ii) la respuesta óptima a un shock exógeno de gran escala en los
precios consiste en aumentar el desempleo de 5.6 a cerca de 7 %. Este
nivel debe sostenerse hasta que la inflación caiga por debajo de 4 %;
luego hay que reducirlo lentamente hasta que la inflación llegue a 2.5 %
(lo que se calcula puede tardar dos años) y después rápidamente. Si, por
el otro lado, la sociedad considerara la inflación dos veces más costosa
que la desocupación, la tasa de desempleo inicial se vuelve algo mayor que
8 %, aunque en ese caso el camino al equilibrio final es más corto. Estos
resultados parecen ser intuitivamente sensibles y cuantitativamente razonables, y aportan justificación ulterior a la función de bienestar supuesta, con su atractiva propiedad de totalizar las preferencias en un solo y
comprensible número.
Una implicación importante de la naturaleza de la vía óptima descrita
es que un crecimiento monetario constante no podría ser el óptimo mientras la inflación está siendo expulsada del sistema, independientemente
de los pesos relativos atribuidos al desempleo y a la inflación. Tendería
a ser demasiado pequeño para algún periodo inicial y demasiado grande
en adelante. Uno debe pues concluir que el argumento de un crecimiento
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EL TRIMESTRE ECONÓMICO
monetario constante no es más defendible en el caso de los skocks de
oferta que en los de demeinda.
VI.
CONCLUSIóN
En resumen, los monetaristas han realizado una contribución válida y
muy valiosa al establecer que nuestra economía es mucho más inestable
de lo que imaginaban los primeros keynesianos y al revalidar el papel
del dinero como un determinante de la demanda agregada. No obstante
se equivocan en ir tan lejos como para afirmar que la economía es lo
suficientemente inmune a los shocks para que las políticas de estabilización no sean necesarias. También han realizado una contribución importante al señalar que tales políticas podrían de hecho resultar desestabilizadoras. Esta crítica ha tenido un efecto saludable en revaluar lo que las
políticas de estabilización pueden y deberían hacer, y en desalentar mayores ambiciones. Pero su aseveración de que las fluctuaciones económicas de la posguerra fueron resultado de un crecimiento monetario inestable o de que las políticas de estabilización reducían la estabilidad en vez
de aumentarla simplemente no resiste un examen imparcial del historial
de la posguerra de los Estados Unidos y de otros países industrializados.
Hasta 1974 estas políticas han coadyuvado a mantener la economía razonablemente estable en relación con los estándares históricos, aunque ciertamente se pueden puntualizar algunas fallas ocasionales.
El gran deterioro de la estabilidad económica desde 1973 debe atribuirse en primer lugar a la naturaleza nueva de los shocks que nos afectaron, esto es shocks de oferta. Ni el mejor manejo de la demanda agregada puede compensar tales shocks sin una gran cantidad de desempleo
combinado con una gran cantidad de inflación. Pero, por añadidura, el
manejo de la demanda estuvo lejos de ser el mejor. Esta falla debe atribuirse en buena medida al hecho de que teníamos poca experiencia y aun
carecíamos de un marco conceptual adecuado para afrontar estos shocks;
pero, por lo menos según mi lectura del historial, fue también resultado
del fracaso en la utilización de políticas de estabilización, incluyendo la
descabellada adhesión a la prescripción de los monetaristas: el crecimiento monetario constante. Debemos por lo tanto rechazar categóricamente la
proposición monetarista de darle marcha atrás cuarenta años a las manecillas del reloj para descartar el mensaje básico de la Teoría general. En
cambio deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en hacer las políticas
de estabilización del futuro más efectivas de lo que han sido hasta ahora.
LA CONTROVERSIA MONETARISTA
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