Durkheim, E - Pablo Andueza

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Durkheim, E.
“Lecciones de sociología. Física de las costumbres y el derecho”
Editorial Schapire
Buenos Aires, 1966.
1. Reglas de la conducta sancionada
El autor al comienzo de la obra sostiene que el libro tiene por materia el estudio de un
cierto tipo de hechos sociales como lo son los hechos morales y jurídicos, los cuales
tienen en común que poseen la forma de reglas de conducta sancionada. Para el
sociólogo, existe siempre una dependencia de la regla jurídica a la sociedad que la crea
y la sostiene moralmente, de donde proviene la justificación de la sanción. Jamás la
regla ni la sanción podrá justificarse plenamente fuera de un determinado contexto
social, como se advierte de este párrafo:
“La sanción no se relaciona, pues, con la naturaleza intrínseca del acto, puesto que si la
sanción puede desaparecer, el acto permanece como tal. La misma depende por
completo de la relación que tiene dicho acto con una regla que lo permite o prohibe” (p.
8).
El método para alcanzar el propósito propuesto no es otro que la aplicación del método
sociológico general que describió con particular brillo en su “Método sociológico”, esta
vez las cosas a estudiar se corresponden con las reglas de conducta sancionada (p.7):
1. “Cómo se constituyeron históricamente estas reglas, es decir, cuáles son las
causas que las provocaron y los fines útiles que cumplen”.
2. “La forma en que funcionan en la sociedad, es decir, la forma en que los
individuos las aplican”
Visualicemos estas premisas básicas operando en la regla jurídica que prohibe el robo y
castiga en consecuencia a quien se queda con lo ajeno. La sociología deberá interesarse
en saber cómo se formó en una sociedad la noción de propiedad y de dónde proviene el
hecho que el robo sea considerado un crimen. Luego, se interesará en saber cuáles son
las condiciones que hacen que esta regla sea observada y con qué frecuencia ella es
inobservada.
¿Qué dispone la sociología para tal cometido investigativo?
De acuerdo a lo afirmado por el autor, los instrumentos de la física de las costumbres y
del derecho son de dos tipos. Primero, se nutre de la historia y la etnografía comparada
(en su concepto, etnografía es el estudio de las sociedades denominadas primitivas),
pues ambas perspectivas ayudaría a conocer la génesis de la regla; segundo, se basa en
la estadística comparada que permite medir el grado de autoridad relativa con que la
regla queda investida en los individuos.
2. La definición de Estado
La sociedad política en definitiva es quien crea las reglas de conducta sancionada.
Jamás podrán hacerlo los individuos pues en el pensamiento de Durkheim las reglas se
“imponen” a los individuos “desde el exterior”. Entenderá por sociedad política a un
grupo de personas –individuales y asociativas dice el autor- que reconocen el mando de
una autoridad soberana. En consecuencia, en la base (o en la cúspide si se prefiere) de la
sociedad política se encuentra lo que llamamos “Estado”, expresión actual de la
autoridad soberana.
Ahora bien, la noción de Estado de Durkheim tiene interesantes diferencias con la
noción jurídica del estado que predomina en nuestras facultades de Derecho. De partida,
argumenta Durkheim, el Estado no es el único ente social que se identifica con un
territorio puesto que hay sociedades particulares, como la familia o el clan, que se
identifican también con la tierra; como tampoco es relevante en la definición de Estado
la concurrencia de un gran número de personas como lo demuestra el hecho que hay
sociedades muy pequeñas organizadas en un Estado. Para el sociólogo, lo que reúne a
un conjunto de individuos en una sociedad política será la moral que le es propia, y que
vincula a los individuos con la autoridad soberana, léase con el Estado, “a cuya acción
están sometidos” (p. 49).
Estado entonces no es sinónimo de sociedad política. Estado será la organización
específica que representa la moral pública en el seno de una determinada sociedad
política, sin perjuicio de las funciones prácticas que puedan encomendársele. La moral
cívica determina esta recíproca relación entre Estado y sociedad política.
El Estado –que se forma en la realidad por una pluralidad de grupos especiales- se
caracteriza, en el pensamiento de Durkheim, por tener la “capacidad para pensar y
actuar en lugar de la sociedad” (p. 50). En extremo condescendiente con la capacidad
del Estado, el autor llega a afirmar que “las representaciones, como las resoluciones que
se elaboran en este medio especial, son natural y necesariamente colectivas” (p. 50).
Prefiere el autor no confundir Estado de sociedad política o nación como lo hace a
menudo la ciencia jurídica:
“Como es necesario una palabra para designar el grupo especial de funcionarios que
están encargados de representar esta autoridad (soberana), convendremos en reservar
para este uso la palabra Estado” (p. 49). Lo que define Estado, dice en otro párrafo, “es
un grupo de funcionarios sui géneris, en el seno del cual se elaboran representaciones y
voliciones que comprometen a la colectividad, aunque no sean obra de la colectividad”
(p. 51).
De estas definiciones iniciales se desprenden varios elementos de la visión
durkheimiana del Estado:
Primero, aunque organiza y da forma a la consciencia colectiva, ésta desborda al Estado
por todos lados. Segundo, a pesar que no agota la consciencia colectiva, en Durkheim el
Estado representa la expresión más alta y clara. Las representaciones del Estado, en
comparación con otras como los mitos o las leyendas, se distinguen “por su mayor
grado de consciencia y reflexión” (p. 51). Tercero, la importancia del Estado no reside
en su cualidad de órgano ejecutor sino, más bien, como órgano mismo de pensamiento
social. Cuarto, los fines del Estado no son especulativos ni se dirigen a formular
doctrinas, sino que para dirigir la conducta colectiva.
Las ideas de Durkheim en torno al Estado y la sociedad política se apartan de los ideales
liberales, como los que expresaban a la época del autor la figura de H. Spencer o las que
desarrollaron J.J. Rousseau y E. Kant en el siglo XVIII. De acuerdo a lo que nos
informa Durkheim, todos ellos tienen en común la convicción que la sociedad política
es un agregado de individuos y que la acción del Estado debe estar dirigida al desarrollo
de los individuos, especialmente previniendo las desviaciones que suponen la vida
colectiva y la asociación humana y velando por el mantenimiento de los derechos
individuales.
Pues bien, Durkheim observa que desde las ideas promovidas por estos autores hasta
ahora las atribuciones del Estado lejos de disminuir o limitarse han experimentado un
notable crecimiento, lo que se explica por la naturaleza de las cosas. “El celebro social,
como el cerebro humano, dice, ha crecido con el curso de la evolución” (p. 54). Ahora
bien, la paradoja que advierte el sociólogo que el desarrollo del Estado no ha sido en
perjuicio de los derechos individuales, como pronosticaban los liberales, sino al
contrario en la misma medida que se desarrollaron los derechos individuales. Esto no es
raro porque “la institución de estos derechos es la obra misma del Estado” y “la
actividad del Estado sería especialmente liberadora del individuo” (p. 58). Aún más, el
autor lleva el argumento al extremo: “cuánto más fuerte es el Estado, más respetado es
el individuo” (p.58).
La idea durkheimiana es que el Estado y las otras instituciones intermedias han
contribuido al progreso de la humanidad y correspondería a un sello propio de nuestra
especie. “Es la sociedad quien lo ha elevado a este punto por encima de la naturaleza
física, reflexiona el sociólogo, y ha logrado total resultado porque la asociación,
agrupando las fuerzas psíquicas individuales, las intensifica, las lleva a un grado de
energía y de productividades superiores a las que podrían alcanzar si hubieran
permanecido asiladas unas de otras” (p. 61).
Por otra parte, consignemos que Durkheim se esfuerza en señalar que su postura
favorable acerca de la misión del Estado no debe llevar a adherir a un endiosamiento del
Estado, como la hacen ciertos estatistas místicos al estilo de Hegel, que incluso llegar al
punto de negar al individuo o a los grupos intermedios.
3. La sociología de la ley y las costumbres
La ley es dictaminada por el Estado, la consciencia más lúcida y clara de la sociedad
política. Repetimos la idea durkheimiana: la ley será juzgada como meritoria no por sus
contenidos en sí mismos, que de hecho variarán de sociedad en sociedad por lo cual lo
que sea válido en una no lo será forzosamente en otras, sino por la capacidad de la ley
de representar fielmente el sentir y la moral colectiva de una sociedad. La
correspondencia entre ley y moral colectiva es la clave para explicar el cumplimiento de
las leyes por parte de los ciudadanos.
“Lo que hace verdaderamente el respeto de la ley, es que ésta exprese adecuadamente
las relaciones naturales de las cosas; sobre todo en una democracia, los individuos no la
respetan sino en la medida en que le reconocen este carácter. No es porque la hemos
hecho, porque ha sido querida por tantos votos por lo que nosotros nos sometemos a
ella; es porque es buena, es decir, de acuerdo con la naturaleza de los hechos, porque es
todo lo que debe ser, porque tenemos confianza en ella” (p. 104).
El relativismo jurídico que deba entrever el autor explica por qué en la antigüedad los
sentimientos más fuertes y respecto de los cuales su transgresión es objeto de castigos
más severos, son los que tienen por objeto el grupo en sí mismo, sea el grupo político o
familiar. De allí proviene, precisamente, la autoridad de los sentimientos religiosos y la
severidad de las penas en su contra: la religión representa la supervivencia del grupo
social; en cambio, lo concerniente al individuo en sí mismo afecta poco la sensibilidad
social. Por el contrario, en la actualidad, dice Durkheim, las cosas se han invertido y el
sufrimiento del individuo pasa a ocupar un primer plano, mientras que el sentimiento
que vincula al grupo un segundo plano.
Veamos ejemplos de institutos jurídicos concretos de las sociedades políticas
industriales, como la francesa a la que pertenecía Durkheim, siguiendo su propio
método sociológico.
a) Prohibición del homicidio
Según la lógica de nuestro sociólogo el respeto absoluto a la vida y la prohibición del
homicidio es una expresión visible de la inversión de la moral colectiva, desde el grupo
hacia el individuo. Las sociedades tradicionales, en las cuales la moral social predomina
sobre la moral individual, parecen ser más benévolas respecto a la violencia contra los
individuos, que lo que lo son las sociedades contemporáneas en las que el sufrimiento
personal es consagrado como un valor fundamental. Consecuente con esta moral
invertida, en las sociedades modernas el primer deber de los individuos es evitar atentar
contra la vida de los semejantes y prohibe el homicidio, lo que por norma se cumple
pues, como vimos, la prevalencia de una conducta está estrechamente vinculada al valor
social que la conducta tiene en la sociedad. De hecho, en los que Durkheim denomina
“países civilizados” las tasas de homicidios serían bajísimas en comparación con otros
países, como los del sur de Europa en los cuales las tasas se elevan de manera
significativa1.
La disminución del homicidio se debe a que el culto místico del Estado ha venido
perdiendo terreno, más que porque el culto del individuo gane tanto terreno, pues la fe
pública, el sentimiento de honor doméstico, el sentimiento de casta, la fe religiosa,
resultan a menudo generadoras de violencia, guerra y homicidios.
b) Derecho a la propiedad
1
La situación contraria es lo que sucede en los países desarrollados con la moral profesional donde al no
poseer un nivel de desarrollo como el que exhibe en materias de homicidio, los delitos económicos han
experimentado un aumento notable.
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