PRESENTACIÓN Por varios y diversos motivos, unos personales y

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PRESENTACIÓN
Por varios y diversos motivos, unos personales y otros jurídicos, es
para mi una satisfacción acceder al ruego del autor de realizar la presentación de esta obra. Empezaré con los personales. En primer lugar,
por la gran amistad que me une con su padre, Juan Català, amistad y respeto mutuo que se han mantenido y acrecentado con el paso del tiempo;
en segundo lugar, porque este libro se edita en el seno del Grupo Revista
General de Derecho, fundado y dirigido desde 1944 por D. Augusto
Vicente y Almela, insigne jurista, autor de una obra, la Revista General
de Derecho, de la que los valencianos pueden sentirse orgullosos, y que
es instrumento de consulta imprescindible de todos los que nos dedicamos a la bendita profesión de juristas, ya sea desde la Universidad, ya sea
desde la magistratura, la fiscalía o la abogacía; no en vano esta publicación y su director fueron distinguidos el año pasado con el premio Justicia otorgado por la Generalitat Valenciana. La amistad que me une con
Augusto Vicente se remonta a muchos años atrás y puedo dar fe de que
su magisterio ha iluminado a insignes juristas. Y en tercer y último lugar,
la satisfacción de ver la obra de un castellonense, de una persona que
siente verdadera devoción por su patria chica, Vinarós, enclavada en uno
de los lugares más herniosos de la provincia de Castellón.
Pero a estos motivos personales se une uno estrictamente jurídico. El
profesor Alexandre Català i Bas, miembro del Departamento de Derecho
Constitucional y Ciencia Política de la Universitat de Valencia, aborda
con espíritu crítico el análisis de la jurisprudencia del Tribunal de Estrasburgo y del Tribunal Constitucional sobre uno de los temas que más preocupan a nuestra sociedad: el rebrote de la intolerancia.
La sociedad del siglo XXI ha de asentarse sobre bases democráticas
firmes y, sin embargo, es una realidad que la intolerancia se ha hecho un
hueco en ella. Nos encontramos ante un momento histórico único: la
construcción, por fin, tras siglos de desgarradoras luchas, de una Europa unida sobre bases democráticas y de respeto a los derechos fundamentales. Ello no obstante, este proceso está siendo ensombrecido por la
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lacra de la intolerancia. De forma clara lo exponía el profesor Jiménez de
Parga en su discurso con ocasión del acto de toma de posesión de la presidencia del Tribunal Constitucional en noviembre del año pasado refiriéndose a una de las lacras que, con mayor virulencia, azota España, el
terrorismo: "el Estado actual que existe en España tiene que resultar eficazmente estructurado, ya que en el horizonte sombrío aparece el terrorismo, y en el horizonte luminoso tenemos la gran unión de los pueblos
iberoamericanos, al otro lado del Atlántico, y la Unión Europea, aquende el mar".
El profesor Català i Bas apuesta decididamente por una postura que
compartimos muchos: la de defender la democracia con firmeza desde el
más absoluto respeto a la legalidad. Esta es la postura que se desprende
de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional y, especialmente, de la
jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Los órganos
de Estrasburgo han tenido ocasión de examinar numerosos casos en los
que las presuntas víctimas, demandantes de amparo, no eran más que,
en palabras del autor de este libro, lobos con piel de cordero. Así el
TEDH ha mantenido, por ejemplo, que en una democracia no pueden
ampararse las expresiones racistas, xenófobas o en favor del genocidio o
del terrorismo, o que un partido político que pretenda objetivos contrarios a la democracia o utilice medios no democráticos para alcanzar sus
propósitos puede ser perfectamente ilegalizado.
Por otra parte, el autor analiza otra cuestión, también de gran trascendencia e íntimamente ligada con la anterior: el trato que han recibido las minorías por parte de ambos tribunales. Como no podía ser de
otro modo, ambos tribunales coinciden en que el respeto hacia las minorías se encuentra en la base de toda sociedad democrática.
Una sociedad plural ha de partir del respeto a las costumbres y creencias de los grupos e individuos que la componen, formen parte de la
mayoría o de una minoría, siempre y cuando dichas costumbres o creencias sean respetuosas con los derechos fundamentales. Ello exigirá un
esfuerzo de todos, de los que estamos aquí pero también de los que vienen a convivir con nosotros. Desde el diálogo y el mutuo respeto puede
lograrse una convivencia pacífica y enriquecedora para todos en una
sociedad integrada, sin murallas ni guetos. Recuerda el autor en su nota
introductoria, que el Mediterráneo fue, ha sido y será, como dice la canción, pont de cultures, y la cultura está reñida con la intolerancia.
En definitiva, este libro, sistemático y riguroso, como todos los trabajos del profesor Català i Bas, llega en un momento muy oportuno.
Desde el firme convencimiento de que el Estado de Derecho logrará
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PRESENTACIÓN
s u p e r a r todos estos retos, sólo me resta felicitar al a u t o r y alentarle p a r a
que continúe con el í m p e t u que hasta ahora ha d e m o s t r a d o en su vocación académica.
CARLOS FABRA CARRERAS
Presidente de la Diputación Provincial de Castellón
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PRÓLOGO
Toda Europa quedó conmocionada al saber que, en la primera vuelta
de las elecciones presidenciales francesas de 2002, el líder de la ultraderecha Jean Marie Le Pen se puso por delante del candidato socialista Lyonel Jospin y a pocos puntos del neogaullista Jacques Chirac. La alarma
por ese resultado hizo que la participación ciudadana en la segunda votación aumentara más de diez puntos sobre la primera y que Chirac saliera victorioso con el mayor apoyo electoral en la historia de la V República. Le Pen no ganó muchos más votos pero reafirmó el apoyo de casi uno
de cada cinco votantes.
Justo al día siguiente de finalizar las elecciones presidenciales francesas, murió asesinado Pim Fortuyn, líder de la ultraderecha holandesa,
en plena campaña para las elecciones legislativas de aquel país. Los
resultados de dichos comicios no han dado lugar a sorpresas: su partido
se ha convertido en la segunda fuerza política del país.
La Europa que derrotó al nazismo ve resurgir partidos políticos que
resucitan los fantasmas del pasado y los parlamentos europeos se plagan
con parlamentarios de nulas convicciones democráticas. En este contexto, en España, el proyecto de ley de partidos políticos abre el debate
sobre la posibilidad de ilegalizar todo aquel partido cuyos estatutos, objetivos o, en definitiva, actuaciones atenten gravemente contra la democracia.
En los casos que acabo de mencionar; la pregunta de fondo es la
misma: ¿cuáles son los límites de la democracia y del Estado de Derecho?
¿Qué es más democrático, tolerar las opiniones y las formaciones políticas que defienden el derribo de la democracia y el recorte de los derechos
individuales, o más bien, ilegalizar esas formaciones políticas o sancionar a quien propague mensajes antidemocráticos? ¿Cuándo se debe tolerar y cuándo sancionar?
Por otra parte, los movimientos migratorios han llevado a que en
Europa se asienten minorías extraeuropeas, circunstancia que es fuente
de constantes conflictos tal como ha puesto de relieve, por ejemplo, Sartori en su polémico libro La. sociedad multiétnica (Taurus, 2001). Es una
realidad que en Europa conviven, en más o menos armonía, etnias y cul15
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turas distintas, pero el multiculturalismo no puede ser enfocado como
un enfrentamiento entre la cultura Occidental, presuntamente amenazada, y las culturas minoritarias, presuntamente responsables de dicha
amenaza. La cuestión es cómo encauzar el hecho de que ciudadanos con
culturas distintas a la mayoritaria quieran actuar de forma distinta
(cubriéndose con la "yihab", o dedicando al descanso un día distinto al
oficialmente establecido) o, incluso, demandar del Estado determinadas
prestaciones (recibir una educación religiosa conforme a su cultura, o
unos tratamientos sanitarios compatibles con sus convicciones religiosas). Se trata de asuntos que se nos plantean todos los días y, ante los
cuales, de nuevo nos planteamos cuándo la sociedad debe tolerar e incluso facilitar y cuándo no debe transigir.
Ambas cuestiones, el rebrote de la intolerancia y el asentamiento de
minorías en Europa, están íntimamente ligadas pues los partidos o movimientos intolerantes consideran a las minorías recién llegadas el enemigo número uno.
Tanto por arriba -formaciones políticas e ideologías que aspiran a
cambiar los valores fundantes de las sociedades democráticas- como por
abajo -individuos y comunidades que piden un tratamiento diferenciado
y, en ocasiones, contrario a los valores democráticos- los estados occidentales se encuentran ante un desafío sin precedentes. Del acierto en la
respuesta depende que la democracia se robustezca y garantice los derechos de todos, y no sólo de los mejor situados, o que dé paso a fórmulas
de violencia y exclusión.
El presente trabajo va directo al núcleo de estas cuestiones. Se trata,
por tanto, de una monografía que no sólo se ocupa de un tema actual
sino, y esto es más importante, del principal desafío para el futuro de la
democracia.
El profesor Alexandre Català acomete esta cuestión centrándose en el
estudio de las jurisprudencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y de nuestro Tribunal Constitucional. Con esta elección, ha logrado
esquivar un obstáculo importante -que el estudio de los límites de la tolerancia en una democracia no se convierta en un trabajo pretencioso y
desmesurado- y ha presentado por primera vez en España la doctrina del
TEDH sobre la tolerancia de una forma sistemática. Por cierto, que el
momento no podía ser más afortunado ya que en este año celebramos el
veinticinco aniversario de la incorporación de España al Consejo de
Europa y la firma del Convenio Europeo sobre Derechos Humanos.
De la jurisprudencia de ambos tribunales deduce el autor dos conceptos de tolerancia: un concepto débil, como soportar aquello que
molesta y un concepto fuerte como respeto a aquello que no se comparte o, al menos, nos es ajeno a nuestra forma de pensar, a nuestra cultura
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PROLOGO
o a nuestras creencias. Y estos dos conceptos los pone en relación con
dos cuestiones: por una parte, con las manifestaciones de intolerancia y,
por otra, con las culturas minoritarias. En el primer caso, el concepto de
tolerancia que entra en juego es el débil: una sociedad democrática ha de
soportar las manifestaciones de intolerancia pero, y el TEDH lo deja bien
claro, hasta cierto punto. Superado el umbral de tolerancia, que en una
democracia, como no podría ser de otro modo, es alto, la intolerancia no
ha de ser permitida (el racismo, la xenofobia, el integrismo, la defensa
del terrorismo, etc.). Con relación a las culturas minoritarias, el concepto de tolerancia que ha de ser utilizado es el fuerte: tolerancia como respeto a las costumbres, creencias y prácticas de las culturas minoritarias,
situándose el límite, del que tampoco escapa la cultura mayoritaria, en el
respeto a los derechos fundamentales.
Un Estado Social de Derecho, como el nuestro, no sólo ha de mantener una posición pasiva ante la cultura sino que contribuye positivamente a su máximo desarrollo. Si la actitud ante las manifestaciones culturales de las minorías -lengua, religión, costumbres, etc.- es de tolerancia, en
lo que no hay que caer es en pasar del significado fuerte al débil y así acabar estableciendo una cultura de primera, la socialmente mayoritaria, que
disfrutaría de todo el respaldo de los poderes públicos, y otras de segunda, a las que no se las perseguiría pero, desde luego, tampoco se las ayudaría. La dimensión prestacional de los derechos fundamentales exige del
Estado que, lejos de abstenerse, facilite a los individuos de las minorías
culturales la conservación y desarrollo de sus respectivas culturas. Y para
lograrlo es importante que quede claro que de lo que se está hablando es
de respeto.
No se puede ocultar que esta situación tiene su reverso: el respeto activo a las minorías no se puede separar de las políticas de integración. Si el
respeto a las diferencias no va acompañado del reconocimiento de una
base política y cultural común para todos los ciudadanos, el riesgo de
fragmentación social y conflicto parece inevitable. No se trata de crear
sociedades homogéneas que, sofocando lo distinto, hacen imposible su
propia renovación y supervivencia; ni tampoco sociedades heterogéneas,
cuya división conduce a su aniquilación. Se trata de promover sociedades
plurales que vayan más allá de la mera coexistencia pacífica entre perspectivas diferentes. Lo propio del pluralismo nó es la existencia de un
agregado de elementos, sino el esfuerzo por crear y mantener puentes que
permitan la comunicación entre ellos y el recíproco enriquecimiento.
¿Existe una fórmula para llegar a esas sociedades pluralistas? Evidentemente no. Las jurisprudencias del TC y del TEDH estudiadas en
este trabajo, sin embargo, nos ponen en la pista que conduce a su consecución. No sólo porque a lo largo de los años de trabajo han ido perfilando los contenidos esenciales y límites de los derechos fundamentales
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sino, sobre todo, porque nos descubren que los límites de la tolerancia
son una cuestión de (juris) prudencia. La filosofía práctica contemporánea vuelve a la idea aristotélica de prudencia como instancia ordenadora de este tipo de conflictos.
El Convenio Europeo de Derechos Humanos y la Carta Europea de
Derechos Fundamentales reafirman la convicción de que el régimen
democrático es el único que hace posible la realidad de los derechos fundamentales y por ello la democracia debe prevenirse frente a posiciones
que socavan sus fundamentos como forma de garantizar la supervivencia de aquellos, pero dejará de ser democracia si, en su nombre, arrolla
los derechos y libertades de cualquier individuo.
El profesor Català i Bas nos presenta las respuestas que tanto los
órganos jurisdiccionales del Consejo de Europa como nuestro más Alto
Tribunal, han ido dando a estos dilemas, atreviéndose además a tomar
posición con respecto a ellas. Quiero acabar estas líneas felicitándole por
todo ello porque ha hecho un trabajo importante que estaba por hacer,
porque lo ha hecho con rigor y claridad y, sobre todo, porque trabajos
como el suyo ayudan a centrar el debate sobre cuestión tan trascendental para el futuro de nuestra sociedad.
ENRIQUE ALVAREZ CONDE
Catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos
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NOTA DEL AUTOR
En este nuevo milenio en el que nos adentramos, Europa se enfrenta
al reto de hacer posible no sólo la coexistencia pacífica entre culturas dispares sino su intercomunicación, destruyendo las barreras que se pretendan: levantar en aras a mantener la superioridad y pureza de una de
ellas, sea la de la mayoría sea la de una minoría, frente a las otras, consideradas inferiores e impuras. Se ha de apostar decididamente por la
integración, no por la segregación. En el siglo XII, IBN RUSD en su
Exposición de la República de Platón, ya advirtió de la necesidad de la
cohesión social y de lo contraproducente que para una sociedad eran las
políticas segregacionistas: "no existe peor mal para el gobierno social que
aquella política que hace de una sola sociedad varias, al igual que no hay
mayor bien en las comunidades que aquello que las reúne y unifica" (1).
El Mediterráneo, que ha visto florecer las más esplendorosas culturas, siendo la nuestra hija de todas ellas, fue definido en la canción como
pont de cultures. Y la cultura es incompatible con la intolerancia. O mejor
dicho, la cultura es el mejor instrumento para erradicar la intolerancia.
Una sociedad en la que partes significativas de la población estén excluidas del acceso a la cultura, una sociedad en la que la cultura mayoritaria
intente imponerse a toda costa sobre las culturas minoritarias está abocada al fracaso.
La generación actual de jóvenes es, sin duda, la mejor generación que
ha tenido España. Decía D. Gregorio, el maestro del pueblo en la película La Lengua de las mariposas, que "si conseguimos que una generación,
una sola generación crezca libre en España ya nadie les podrá arrancar
nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro". Este deseo se ha
cumplido con la presente generación, que es la más tolerante y solidaria
de las que han existido nunca, la que con valentía ha erradicado prejuicios ancestrales enquistados en nuestra sociedad, pero alguno de sus sectores es muy vulnerable a falsos líderes que hacen de la intolerancia su
bandera. A esta generación le corresponde la tarea de construir la sociedad del tercer milenio, una sociedad sin exclusiones, y para recorrer este
camino no hay mejores alforjas que la educación y la cultura. Con toda
(1) Ibn Rusd, Exposición de la República de Platón, Tecnos, 1994, p. 462.
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razón afirmaba el malogrado profesor TOMAS Y VALIENTE que "la educación humanista debe consistir en la enseñanza de la libertad" (2). Y sin
embargo, se ciernen negras nubes sobre el horizonte. Qué equivocados
estaban los que profetizaban el fin de la historia. Nos adentramos en una
nueva era, en una nueva edad de la Civilización apasionante pero que
tendrá que superar graves obstáculos, uno de los cuales es la intolerancia. Europa asiste perpleja a rebrotes de ideologías y proyectos políticos
que desde la intolerancia ponen, incluso, en peligro el proceso de integración europea. Un fenómeno preocupante de primera magnitud. En
este sentido, los Jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros
del Consejo de Europa se mostraban persuadidos en la Declaración de
Viena de 9 de octubre de 1993 de que los fenómenos de intolerancia
"amenazan a las sociedades democráticas y a sus valores fundamentales
y destruyen las bases de la construcción europea". Y eso era en 1993, la
situación desde entonces no ha hecho más que empeorar y a las últimas
elecciones presidenciales francesas nos remitimos.
Las páginas que vienen a continuación, en primer lugar, intentan
mostrar cómo la solidaridad y la tolerancia se han hecho de forma progresiva un hueco entre el elenco de valores del Estado de Derecho. En
segundo lugar, muestran un análisis de la jurisprudencia del TEDH y del
Tribunal Constitucional sobre la tolerancia y la intolerancia, sobre sus
posturas ante fenómenos como el racismo, la xenofobia, el integrismo, la
violencia como método político, etc..
En los debates que suscitan todas estas cuestiones no se ha reparado
especialmente en lo que, para bien o para mal, han dicho los órganos de
Estrasburgo y el Tribunal Constitucional español, sin embargo, su doctrina al respecto puede arrojar alguna luz, también es cierto que alguna
sombra, a la hora de sentar las bases para encontrar una solución.
Sólo me resta agradecerle al Ilmo. Sr. D. Carlos Fabra Carreras, Presidente de la Diputación de Castellón, el gran interés que, especialmente
como jurista, ha mostrado por esta obra y la deferencia al haber aceptado abrir este libro con su presentación, gustosamente contraigo con él
una deuda de gratitud; al Dr. Enrique Alvarez Conde agradecerle haber
aceptado escribir el prólogo y sus enriquecedoras sugerencias, al Dr.
Manuel Martínez Sospedra, una vez más, que siempre tuviera un
momento para poder dialogar y resolver mis dudas, al Dr. D. Vicente Bellver Capella el gran interés que se ha tomado con este libro, al Dr. Augusto Vicente y Almela su constante aliento. Por último, a los Dres. Vicente
Garrido Mayol, Félix Crespo Hellin, Vicente Franch i Ferrer, Margarita
Soler Sánchez y Joaquín Martin Cubas su firme apoyo en todo momento, especialmente en los difíciles.
(2) TOMAS y VALIENTE, Francisco, "El uso de la libertad", A orillas del Estado, Taurus,
1996, p. 107.
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