Misterios de la lengua adánica

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Babel ¿gloria o castigo?
"Yo les hice conocer el sucederse de las estaciones, la intrincada salida
y puesta de los astros, la ciencia de los números inventé para ellos y las
combinaciones de las letras, memoria de las cosas, fértil madre de las
Musas."
Así se lamenta el Prometeo de Sófocles, encadenado en el Cáucaso por
el delito de haber robado el fuego de los dioses. Que es, en realidad, mucho
más que fuego, tal vez la primera tecnología que la humanidad llegó a
dominar. Con el fuego, Prometeo entregó a los hombres la técné, la cultura,
la posibilidad de dominio sobre el mundo y la naturaleza, a la que hasta
entonces estaban sometidos. Por alguna razón, el ser humano siempre ha
vivido como una culpa ese dominio, que lo apartó para siempre de lo natural,
constituyéndolo como ser cultural, creador de artificios. Es asombroso que el
adjetivo "artificial", en lugar de connotar orgullo y elogio, siga cargando
sobre sí el sentido peyorativo que le impone la culpa de Prometeo.
En el pensamiento judeo-cristiano es la serpiente la que cumple la
función de Prometeo. Su propuesta de comer del árbol de bien y del mal
transforma al hombre otorgándole conciencia de sí mismo como algo distinto
de la naturaleza que lo rodea. Lo que en la tradición griega es un logro para
la humanidad, la tecnología y su consecuente posibilidad de dominio, en la
Biblia es un castigo: el mundo puesto en manos del hombre y bajo su poder,
y en particular la tecnología agrícola, implican la expulsión del Paraíso.
Siempre hay un pecado en la raíz de la cultura.
Ante el surgimiento de la cultura, los dioses ven tambalear su reinado.
Por eso le envían al hombre la caja de Pandora, que contiene a todos los
males que aquejan a la humanidad y, por si fuera poco, la engañosa
Esperanza. Por eso en el Antiguo Testamento el Señor se apresura a expulsar
al hombre de un lugar donde su desobediencia podría poner Su Supremacía
en peligro: no vaya a probar Adán el fruto del árbol de la vida, y acceder así
a la eternidad.
Hay, entonces, un doble juego: un logro del ser humano que Dios, no
tan Omnipotente, reconoce y teme y por lo tanto castiga. Pero el castigo
mismo incluye un premio, que en este caso es el dominio del hombre sobre el
mundo de la naturaleza.
El tema de la Torre de Babel es comparable. Los hombres descubren
una nueva tecnología: en lugar de piedras y argamasa, comienzan a construir
con ladrillos y cemento. ¿Conseguirán llegar al cielo? Dios no está dispuesto
a averiguarlo. Para destruir ese fructífero trabajo en conjunto, confunde su
lengua de manera tal que uno no entienda el habla del otro.
Y el Señor dijo, Hágase el Traductor, y el Traductor se hizo.
Entonces, una vez más, en el castigo está la gloria. Porque la variedad
de lenguas implica un magnífico enriquecimiento para la humanidad. Porque
toda lengua es una arbitraria clasificación del caos de la realidad, que le
permite al hombre vivir en el cosmos artificial de su cultura. Y quien conoce
más de una lengua, es capaz de ver con más de una mirada, de enfrentar el
caos con más de una posibilidad de clasificación. Hoy como nunca, tenemos
conciencia de esa riqueza, tal vez porque la variedad idiomática es una
especie en extinción. Las comunicaciones amenazan a Babel. Y todos los
días muere alguna lengua, alguna variante dialectal.
El investigador mexicano Daniel Goldin en su trabajo xxxx nos
recuerda que desde tiempos remotos muchos sabios se preguntaron qué
idioma utilizaron nuestros ancestros para comunicarse entre ellos, para
dirigirse a la serpiente y para responder a Dios en el jardín del Edén. Si antes
de Babel había una sola lengua, ¿cuál era este misterioso idioma edénico, al
que sería posible traducir casi sin esfuerzo todas las lenguas del mundo, ya
que todas provendrían de él? En un principio se dio por sentado que el
hebreo había sido el lenguaje original de la humanidad. Pero a partir del
Renacimiento, las supuestas lenguas del Edén prosperaron en todos los
rincones de Europa. En 1580, Goropius pensó que la lengua del paraíso debió
haber sido el holandés. Otros sostuvieron que fue el vasco, sueco o turco. En
1688, Andreas Kempe publicó en Hamburgo un opúsculo titulado Las
lenguas del Paraíso en el que se divirtió señalando los aspectos burlescos de
estas discusiones con la descripción de un Edén políglota: la voluptuosa Eva
sucumbió a la seducción de una serpiente que empleaba las palabras de la
lengua francesa. Adán hablaba en danés y Dios en sueco.
Pero no sólo eso: si se hubiera tratado apenas de trastocar el lenguaje,
qué fácil sería hoy la tarea de todos ustedes. Lo que hace Dios después de
Babel es esparcir a los impíos por todas las tierras, es decir, convertirlos en
pueblos distintos, es decir, crear las diferencias culturales que convierten a la
traducción en ese arte que jamás lograrán dominar las computadoras, por más
que jueguen mejor que nadie al ajedrez.
El lenguaje, en el que involucro la lengua y el habla el que estamos
inmersos, lleva en sí mismo, no a la manera de incrustaciones, sino
imbricado en su trama, todo el bagaje cultural y social de nuestro entorno.
Es, hasta cierto punto, la estructura con la que construimos nuestro
pensamiento, nuestro punto de vista, los casilleros mentales con los que
inevitablemente ordenamos el mundo.
Un idioma lleva inscripto en sí mismo a la cultura que lo produjo. En
las características de su estructura, que determina una cierta organización del
pensamiento, y también como portador de alusiones, refranes, rimas, chistes,
canciones que lo conforman. Cuando, en Argentina, le cantamos por primera
vez a un bebé, frente a la lluvia, "Que llueva, que llueva, la vieja está en la
cueva" lo estamos introduciendo en una cadena de asociaciones que lo
llevaran a entenderse de la forma más sutil y compleja con quienes compartan su experiencia de la lengua. Cuando acompañamos el momento del
desarrollo neurológico que le permite al bebé aplaudir con la canción
tradicional "Tortitas de manteca para mamá que me da la teta" estamos
introduciéndolo al mismo tiempo en una compleja red de normas y prejuicios
culturales en relación con el papel de la madre y el padre. ¿Puede jactarse de
ser un buen traductor del inglés alguien que no conozca las Nursery Rhymes?
¿Puede ser un buen traductor del español alguien que nunca haya escuchado
Mambrú se fue a la guerra?
En japonés no es posible referirse a uno mismo en forma directa, es
incorrecto por razones gramaticales empezar una frase diciendo "yo". En
inglés no existe la forma "se rompió", "it broke". Las cosas no "se rompen",
alguien las rompe: decir "se rompió" es un error gramatical que suelen
cometer los chicos y que hace reír a los adultos, como decir "ponido" en
lugar de puesto. Un error cuya corrección marca, además, una posición
cultural frente a la cuestión de la responsabilidad personal.
Recuerdo que un lugar común en la carrera de letras era la
comparación de la perspectiva de distintos pueblos a través de su lenguaje.
Nos enseñaban que el idioma, y por lo tanto la cultura esquimal, distingue
más de cien nombres distintos para llamar a lo que nosotros decimos "nieve".
Se suponía que los esquimales percibían como entidades radicalmente
diferentes la nieve recién caída, de la nieve congelada, de la nieve con
huellas, etc. etc. En este caso la tarea del traductor sería relativamente fácil.
(No se preocupen, volveré sobre estos temas controvertidos: los esquimales y
los nombres de la nieve). También nos enseñaban que cierto pueblo africano
que vive en una zona muy densa de la selva, tiene sólo dos palabras para los
colores: "ma" es el verde y "za" es todo lo que no es verde. ¿Cómo elegir, en
ese caso, la referencia al color en una traducción? ¿El traductor debe optar
por verde y no-verde o debe intentar deducir el color correspondiente en la
lengua a la que está vertiendo el discurso? El tema de las diferencias entre las
lenguas en la división del espectro de colores ha sido fatigado largamente por
los lingüistas
Un idioma es un punto de vista, una forma de enfrentar la infinita,
confusa masa de sensaciones que nos provee la experiencia, y reducirla a la
escala de la comprensión humana. El funcionamiento de nuestra mente exige
la generalización: eso es lo que hace el lenguaje. Y cada idioma generaliza a
su manera. Todos usamos estos casilleros naturalmente, sin pensarlo. Pero
los escritores necesitamos recuperar la conciencia de este sistema que nos
organiza el mundo, para ser capaces de desafiarlo: para encontrar nuevos
sentidos. Debemos estar constantemente atento a las vallas que cuadriculan
la experiencia para poder saltarlas, romperlas, para proponer una nueva
construcción que permita ver la realidad desde otro ángulo. Por eso la
traducción literaria es un desafío tan grande. El escritor hace un enorme
esfuerzo por desmontar los lugares comunes y los estereotipos de su propia
lengua: el traductor debería respetar ese esfuerzo y evitar la terrible tentación
de reemplazar una construcción “rara” por un bloque preestablecido en la
lengua a la que traduce. Pero para eso, por supuesto, tiene que dominar la
lengua del autor tanto como para darse cuenta de esa rareza y apreciarla. “En
mi idioma no se dice así” me han dicho algunas veces mis traductores.
Bueno, en castellano tampoco se dice así, o al menos, eso espero: la escritura
literaria trata, precisamente, de romper los moldes del idioma. Quisiera
aclarar que yo no soy partidaria de las traducciones literales, al contrario,
tengo plena conciencia de que un traductor debe traicionar para ser fiel, debe
encontrar el equivalente no literal en su propia lengua. Estoy hablando de lo
que el traductor “debe” o “debería” hacer y me doy cuenta de que es tan
difícil establecer una preceptiva de la traducción como una preceptiva
literaria. Lo que un gran traductor debe o debería hacer, en el caso de la
traducción literaria, es dejarse llevar por su intuición. Es casi imposible
establecer reglas rígidas. Los refranes y las frases hechas son un ejemplo
muy interesante de lo intraducible. Y a veces está muy bien reemplazarlos
por su equivalente. “It´s raining cats and dogs” por “Llueve a cántaros”. Pero
recuerdo haber leído una traducción del idish de un cuento muy famoso de
Sholem Aleijem, “Tevie el lechero”, el cuento que insipiró el musical “El
violinista en el tejado”. Yo no sé idish, pero es evidente que el personaje de
Tevie se expresa constantemente con lugares comunes del idioma, con una
ristra de refranes y frases hechas. El traductor optó por buscar en cada caso el
equivalente en español. El resultado es terrible: Tevie el lechero, en su aldea
de Rusia, convertido ni más ni menos que en Sancho Panza.
Como lo afirma Walter Benjamin en su texto “La tarea del traductor”,
la tensión entre libertad y fidelidad es el núcleo central del problema. Borges
toma el tema en una de sus conferencias en Harvard, “La música de las
palabras y la traducción”, publicada en el libro “Arte Poética”, donde discute
el tema de las traducciones de poesía y, aparentemente, rechaza las
traducciones literales, en favor de la recreación. Pero, como es demasiado
inteligente para quedarse con una sola respuesta, nos da también, uno tras
otro, varios ejemplos de traducciones famosas en que la opción por lo literal
fue capaz de producir rara belleza. Nos recuerda, por ejemplo, que El Cantar
de los Cantares, por ejemplo, jamás se llamaría así si el traductor al latín
hubiera tenido en cuenta que en el idioma original no existía el superlativo y
la expresión quería decir, en una traducción más correcta, El Gran Cantar, o
El Excelente Cantar.
Pero vuelvo al tema que dejé pendiente: los peligrosos esquimales, los
dudosos nombres de la nieve. Afirman los lingüistas que la prevaricación, la
posibilidad de emitir mensajes falsos, es decir, la mentira, es una de las
características que definen el lenguaje humano. Las abejas, con un baile que
es también un lenguaje, son capaces de indicar a sus compañeras de colmena
dónde y a qué distancia hay un campo de flores. Pero es dificil imaginar a
una abeja riéndose muy divertida porque acaba de mandar a todas las demás
obreras en dirección equivocada. Es difícil imaginar a un gorila emitiendo el
grito con el avisa a su grupo que se acerca un predador peligroso, cuando en
realidad lo que quiere es que se vayan de allí y lo dejen dormir la siesta. Y de
hecho, esto no sucede. Como bien lo señalan los lingüistas actuales, sólo los
seres humanos somos capaces de mentir y engañar. En este sentido, es muy
interesante lo que sucedió a lo largo del tiempo con esa afirmación acerca de
los nombres de la nieve que todos aceptábamos sin discusión porque
provenía de una autoridad. Hoy, quienes conocen el idioma esquimal,
asegura que no existen más de dos o tres raíces verbales para la palabra nieve
y que el resto no fue más que fantasía o mala comprensión. Pero además,
también en inglés hay una importante cantidad de nombres distintos para la
nieve. Por otro lado, en español, hay muchos nuevos nombres para una
substancia blanca que está haciendo estragos: “nieve” es hoy uno de los
nombres de la cocaína.
Esa es la otra tensión presente en la tarea del traductor: lo traducible
vs. lo intraducible. Algunos lingüístas siguieron la línea de las diferencias en
la concepción del mundo que implican los diferentes idiomas y la llevaron
hasta sus últimas consecuencias. Sapir y su discípulo Whorf, a través del
estudio de la lengua hopi, intentaron probar la hipótesis de que el lenguaje le
da forma al pensamiento humano y que hay ciertas lenguas completamente
ajenas a las occidentales que comportan una visión del mundo radicalmente
distinta. Al parecer, la hipótesis Whorf-Sapir estaba basada en un deficiente
conocimiento de la lengua hopi y su poca imaginación como traductores. Por
ejemplo, la asombrosa idea de que ciertas lenguas tienen una palabra para el
agua que corre y otra para el agua quieta, se vuelve menos sorprendente si
pensamos en “río” y “laguna”. Chomsky y en términos generales, toda la
lingüística contemporánea reconoce que, a pesar de los matices que introduce
cada lengua, la diferencia no es en modo alguno insalvable. Así como el
aparato de fonación le pone un límite biológico a las posibilidades humanas
de producir sonidos, las características de la mente, el funcionamiento del
pensamiento lógico, la razón, limitan las posibilidades de tener concepciones
tan radicalmente diferentes de la realidad. Es decir, sí, a pesar de Babel,
podemos entendernos, sí, la traducción es posible. Y necesaria, y
enriquecedora.
Y sin embargo lo intraducible existe, pero no viene de la primera parte
del castigo de Babel, sino de la segunda: el Señor los esparció por toda la
tierra. Y de ahí las diferencias en las realidades culturales, tan difíciles de
resolver para los traductores. Esa diferencias que hacen que los inmigrantes
no usen su idioma original, sino el de su entorno, para nombrar todo lo que
conocieron por primera vez en su nueva tierra. Esas diferencias que hicieron,
en su momento, que uno de mis traductores al inglés borrara de un plumazo
el argentinísmo mate que tomaban los personajes de mi novela,
reemplazándolo por una civilizada taza de té, tanto más comprensible, quería
convencerme él, para el lector anglosajón. Esas intraducibles diferencias que
a veces provocan, inevitablemente, las molestas NdT, siglas misteriosas en
mi infancia, que con el tiempo descubrí que querían decir Nota del
Traductor y unos años después, “Nota del pobre Traductor”. Por ejemplo, la
que tuvo que usar mi traductor al italiano para explicar a los lectores cómo es
el juego de cartas del Truco, tan argentino y tan poco conocido en Europa
como el mate.
Pero volviendo al mito de los esquimales y los nombres de la nieve, no
sólo no hay tantos nombre de la nieve como pensábamos (ciento treinta dos,
creía yo), sino que ya no es correcto, además, usar la palabra “esquimal”, que
significa “comedor de carne cruda”, y era el término con que llamaban a los
innuits otros pueblos originarios de América del Norte. Nótese que estoy
hablando de “pueblos originarios”, jamás diría tribus, o pueblos primitivos,
muchos menos indios y ni siquiera indígenas. La corrección política aplicada
a la lengua es un tema fascinante, infinito, en particular cuando se intenta
suavizar ciertas realidades dolorosas. Por ejemplo, en alguna época se habló
de inválidos, después se pasó a minusválidos, después a gente con hándicap,
y hoy se habla de personas con habilidades especiales. De ahí que “especial”,
entre los chicos, se haya convertido en una nueva forma de palabrota: “¿Qué
sos, niño especial, vos!” se pueden decir groseramente a la hora de insultarse.
La cuestión de la corrección política es un tema delicado para los traductores.
¿Qué hacer frente a un texto anterior a una de estas modificaciones? ¿Innuits
o esquimales? ¿Inválidos o especiales? ¿indígenas o pueblos originarios?
¿Ofender a la minoría en cuestión o traicionar al texto? Yo soy una autora de
ficción y mi especialidad no es dar respuestas sino plantear preguntas, de
modo que no pienso contestar ninguna.
El lenguaje no sólo encasilla la realidad, sino que la inventa, la crea,
extrae un mundo del caos. El dios Pta, en la mitología egipcia, crea a partir
de la palabra, crea al nombrar. El Verbo Divino, en el Génesis, separa la
oscuridad de la luz, le da forma a la informe masa de las sensaciones. Una
antigua leyenda tomada de la literatura midrásica (la literatura religiosa judía
posterior al Talmud) cuenta que cuando Dios creó al Hombre, le pidió a
todos su ángeles que lo reverencien. Pero Samael no quiso hacerlo: ¿debía un
ser hecho de la Gloria misma de Dios, prosternarse ante un ser hecho de
tierra? Entonces Dios les propuso una competencia: trajo ante los dos a un
burro, un buey y un camello y les pidió que los nombraran. Samael fracasó
en la prueba. Sólo el hombre, en toda la creación, es capaz de nombrar, es
decir, de crear. Es decir, de realizar la traducción de las traducciones, que
consiste en traducir la realidad a lenguaje. Y desde entonces el Hombre le
pone nombre a sus hijos.
Quien entra a un idioma encuentra al mundo ya creado, abierto a la
comprensión pero también cerrado a nuevas miradas. Sólo los niños
pequeños tienen todavía la posibilidad de ver las cosas por primera vez y,
entonces, son capaces de formular asociaciones que nos suenan poéticas y
que más adelante, cuando tengan mejor dominio del idioma, les resultarán
inimaginables. Un escritor de literatura debe llegar al mismo punto, recorriendo hasta las últimas consecuencias el camino contrario: llegar a un
dominio tan absoluto de su lenguaje, que pueda saltar por encima de la cerca
y volver a ver la realidad en toda su confusión, una vez más como si fuera la
primera vez. Como en la frase de Shakespeare, la vida es como el cuento de
un idiota, lleno de sonido y de furia. El escritor es un Dios menor, pequeño y
torpe que debe tomar otra vez de ese caos los elementos que le sirvan para
construir su moderado cosmos. El traductor debería ser capaz de
acompañarlo.
Hoy, con la intrusión de la informática, estamos asistiendo a una
revolución comparable a la invención de la imprenta: la posibilidad de mas
conocimiento sea accesible a más personas. ¿Significó la imprenta el fin de
la cultura? Sí, sin ninguna duda. De la cultura medieval, tal como se
entendía en su momento: cultura como recopilación. Nos es posible
imaginar reacción indignada de un monje copista ante ese engendro del mal,
la imprenta, máquina maldita de destrucción cultural.
Dante Alighieri escribió La Divina Comedia en lengua toscana. Pero
otros poetas de su tiempo y él mismo seguían escribiendo en latín. Todavía
se consideraba que la "gran" cultura, la ecuménica, la Importante, era en
latín.
La lengua cambia constantemente, crece, se modifica, se interrelaciona
con otras lenguas. Recuerdo en los años cincuenta y sesenta la desesperación
de los que suponían que el doblaje de las series al portorriqueño básico iba a
provocar una generación de jóvenes argentinos capaces de hablar de
“golpiza” y “balacera”, de decir “voltéate” en lugar de “date vuelta”. (No sé
cómo van a traducir esto los pobres intérpretes, me alegro de no estar en su
lugar). Lo que provocó, en realidad, es un pueblo familiarizado con muy
variadas formas dialectales del español. Tengo una hermana que vive en
Chicago y se dedica a las investigaciones sociales. En cierta oportunidad
tuvo que trabajar en un tema de mercado. Un canal latino había comprado el
teleteatro “Muñeca brava”, producido en la Argentina, y quería saber si la
mayoría latina en Chicago, formada por mexicanos, estaba dispuesta a
aceptar y comprender el dialecto argentino. Mi hermana tuvo que coordinar
grupos de mujeres que veían el teleteatro en dos versiones: la argentina
original y otra versión doblada al mexicano. Para gran alivio de todo el
mundo, las mujeres mexicanas entendían perfectamente la versión original y
la preferían.
Si el autor crea, el traductor recrea. Constantemente tiene que elegir
entre construcciones, términos, conceptos, palabras. Y las lenguas cambian.
Una y otra vez se alzan voces milenaristas acerca de los males que pueden
acontecer si se permite que la lengua siga modificándose. El inglés, la lengua
del imperio, penetra todas las demás, pero a su vez se ve penetrada, en este
momento, por el español. Yo misma me irrito al ver que se traduce al español
usando el anglicismo “controversial” cuando tenemos la linda palabra
“polémico”, aparece “reluctante” por “renuente”, “remover” por “quitar”. Y
sin embargo, nada de esto empobrece el lenguaje: al contrario, deberíamos
dar la bienvenida a nuevos sinónimos que lo hacen más rico y variado. En los
Mabinogion, esos textos medievales de la literatura popular galesa, hay una
historia estremecedora que da cuenta de lo antiguo que es ese terror, común
a toda la humanidad, porque implica una pérdida de la identidad que se
asimila a la muerte. Un ejército de galeses invade Europa, llegan victoriosos
hasta Roma, hacen cautivas a muchas romanas, que toman como esposas y se
vuelven a Gales llevándolas con ellos. Para que sus hijos mantengan la
pureza del idioma galés, los guerreros le cortan la lengua a sus mujeres
romanas.
Hoy, por suerte, nadie tiene el poder de cortarle la lengua a quien
aporte cambios al lenguaje. Ya sabemos que el diccionario es una
herramienta útil y no un libro sagrado, ni un código legal. Los traductores
sabemos que a veces es mejor el google que el diccionario, sobre todo
cuando se trata de averiguar la frecuencia de uso de una palabra o una
construcción. El chat o los mensajes de textos, son nuevos códigos,
comparables al código Morse, o al lenguaje de los telegramas. No hay que
asustarse. Hoy, como siempre, se teme a lo que no se conoce.
Quisiera cerrar esta charla con un cuento brevísimo que involucra a
los traductores, a la traducción. Como autora de ficción, nada me permite
expresar mejor la angustia, la ambigüedad y la confusión que el tema me
propone.
Las carnes permitidas
En mi ejemplar de la Biblia, el Levítico menciona al onocrótalo y el
calamón, al heriodón y caradrión entre las especies inmundas. Se pueden
comer, en cambio, el brugo y los de su casta, y el ataco y el ofiómaco,
convenientemente aderezados con grasa fresca de traductor.
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